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jueves, 15 de octubre de 2020

Sepamos detenernos, hacer silencio, hacer vacío en nuestro interior para buscar donde encontrar esa paz que necesitamos, entonces podremos comenzar a escuchar y a sentir a Dios

 


Sepamos detenernos, hacer silencio, hacer vacío en nuestro interior para buscar donde encontrar esa paz que necesitamos, entonces podremos comenzar a escuchar y a sentir a Dios

Eclesiástico 15, 1-6; Sal 88;  Mateo 11, 25-30

La vida es una buena maestra de la vida; y aunque nos parezca un círculo cerrado sin embargo creo que todos nos damos cuenta como en la vida misma hemos ido aprendiendo a vivir. Quizás hayamos tenido que pasar por experiencias fuertes que nos han enseñado a descubrir lo que es verdaderamente importante de la vida; claro que no siempre somos buenos alumnos o discípulos que queramos aprender y quizás muchas cosas no nos sirvan de nada, pero depende de nosotros.

Los golpes que recibimos en la vida nos hacen bajar los humos y cuando nos creíamos prepotentes, capaces de todo, llenos de poder o incluso nos creíamos llenos de sabiduría hubo quizá un acontecimiento que nos marcó, una enfermedad que nos hizo comprender lo débiles que somos y lo caducas que se pueden convertir las cosas que habíamos consideramos tan esenciales, hubo una prueba grande en la vida que quizás nos desestabilizó y nos ayudó a buscar otros sentidos de lo que realmente estábamos haciendo que nos dimos cuenta que de nada nos servía ni nada nos llenaba porque había un vacío muy grande en el interior.

La vida nos enseña si somos capaces de pararnos a reflexionar, a analizar, a buscar verdaderamente el por qué de las cosas o si llegamos a descubrir donde está nuestra verdadera grandeza. Ojalá fuéramos buenos discípulos y aprendiéramos.

Me estoy haciendo estas reflexiones, por una parte con la luz de la Palabra de Dios que hoy se nos propone en la liturgia y por otra parte teniendo en cuenta la fiesta de santa Teresa de Jesús que hoy celebramos.

Teresa era una mujer fuerte que buscaba a Dios y lo hacía con toda la intensidad también de su carácter fuerte. Por eso entró en el Carmelo, las monjas contemplativas del convento de la Encarnación en Ávila. En principio según el estilo de la época en que incluso quienes pudiesen provenir de familias pudientes tenían hasta su servicio especial dentro del convento. Así pasó muchos años pero pronto su vida se vio llena de muchas turbaciones que hasta en cierto modo le hicieron poner en peligro su fe.

Enfermedades por una parte, que incluso en momentos la tuvieron alejada del convento, mucha turbación de su espíritu que buscaba y buscaba pero siempre estaba llena de dudas y de turbulencias en su propia fe hasta que pudo ir saliendo de todo aquello que la ponía a prueba pero que haciéndole bajar sus humos en un camino de humildad comenzó a encontrar el camino de ascesis y perfección que le llevaría a las más altas cotas de la mística. Cuando se vació de sí misma se pudo llenar de Dios. Y qué gran obra realizó a partir de ese momento con la reforma del Carmelo.

Es lo que hoy escuchamos en el evangelio. El Dios que se revela a los pequeños y a los humildes. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños’. Jesús da gracias al Padre enseñándonos así que cuando entramos en ese camino de humildad entraremos en el camino del encuentro con Dios. Pero nos cuesta recorrer ese camino; es el gran obstáculo para la fe, un corazón engreído, porque un corazón engreído nunca se dejará enseñar. Y hoy vamos por la vida de autosuficientes con esos conocimientos que decimos que tenemos, con esas ciencias que habremos adquirido. Y nos olvidamos que si capacidad tenemos para el conocimiento y para la ciencia es porque Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Pero eso lo hemos querido cambiar.

Necesitamos aprender de la vida, como decíamos al principio de nuestra reflexión. Si fuéramos capaces de mirar con más atención cuánto nos va sucediendo en la vida seguro que entraríamos por otros caminos. Pero la soberbia que tantas veces se nos mete dentro de nosotros nos impide aprender las lecciones que la misma vida nos esta ofreciendo. Tenemos como referencia a Jesús, mirémosle a El y aprendamos de El, asemejémonos a él en la mansedumbre y en la humildad de nuestro corazón. Porque a la larga vivimos atormentados en medio de nuestras carreras y nuestras luchas y no somos capaces de encontrar esa paz para nuestro espíritu.

Sepamos detenernos, hacer silencio, hacer vacío en nuestro interior para buscar donde encontrar esa verdadera paz que necesitamos. Cuando estemos en ese vacío y en ese silencio podremos comenzar a escuchar y a sentir a Dios, podremos descubrir que es lo que de verdad tiene que llenarnos interiormente y que nos dará esa verdadera paz y esa fuerza que tanto necesitamos.

Jesús nos dice hoy: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’.

jueves, 2 de abril de 2020

Las palabras de Jesús son una invitación a vivir en ese amor nuevo, el amor de Dios, que cuando inunde de verdad nuestro corazón nos llenará de vida eterna


Las palabras de Jesús son una invitación a vivir en ese amor nuevo, el amor de Dios, que cuando inunde de verdad nuestro corazón nos llenará de vida eterna

 Génesis 17, 3-9; Sal 104; Juan 8, 51-59
‘En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre’. Quería hablarles Jesús de la vida eterna pero a ellos les costaba entender. Claro que hemos de reconocer que al hombre y mujer de hoy, de este siglo XXI también nos cuesta entender.
Y es que nuestro pensamiento se ve condicionado por muchas cosas, por la misma experiencia de la vida – aunque esa experiencia también podría ser un motivo para trascendernos a más allá de lo que vivimos en el presente -, por el mundo tan materialista que vivimos donde con tanta facilidad olvidamos todo lo espiritual, desde la experiencia que tenemos de la muerte y como dicen tantos nadie ha venido del más allá para decirnos lo que hay. Y claro cuando se nos habla de vida eterna nos cuesta entender.
Tenemos que saber entrar en otra órbita; es otra la mirada que hemos de tener; es algo distinto lo que tenemos que aprender a saborear; tenemos que abrirnos y saber entender también esas ansias más nobles y espirituales que llevamos dentro de nosotros que nos hacen aspirar a más, nos hacen soñar con una plenitud de todo lo bueno y noble que ahora y aquí podamos vivir, que nos hacen aspirar también a que todo eso bueno no se acabe y dure para siempre. Claro que hablar de vida eterna es mucho más que todo eso, aunque todas esas ansias que llevamos dentro de nosotros nos ayuden a entender lo que Cristo nos ofrece.
Lo que Cristo nos ofrece es su vida misma, es vivirle a El. Es una comunión tan íntima y tan profunda que nos hace sentirnos como una misma cosa con El. Es una vivencia intensa de amor y esa vivencia de amor nos hace sentir en la comunión más profunda de la que ya nunca nos queremos separar. El amor humano vivido en esa más profunda e intensa intimidad hace sentir a los que se aman en una profunda comunión de amor que parece que ya nunca nada lo puede separar, lo puede romper. Añadamos a eso la intensidad de un amor divino y sobrenatural que nos traslada a esa vivencia de eternidad porque así nos unimos con Dios.
Será algo místico e indescriptible porque es como un vaciarnos nosotros en Dios al mismo tiempo que Dios nos inunda y nos da la más perfecta plenitud. Es difícil expresarnos porque no encontramos el lenguaje que lo puede describir y definir; por eso los grandes místicos cuando hablaban de su experiencia de Dios se hacían hasta poetas para ofrecernos bellas y ricas imágenes con las que acercarnos a lo que ellos tan intensamente habían vivido. Recordemos por ejemplo que los escritos de los dos grandes místicos españoles, santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, son obra cumbre de la poesía y de la literatura hispana.
Me dio pie a esta reflexión que os he venido ofreciendo las palabras de Jesús en sus diatribas con los judíos en las que malinterpretaban sus palabras y les faltaba auténtica fe para comprender todo el misterio que Jesús les ofrecía. Se quedan ellos en su pensamiento en la vida temporal y terrena, por eso vemos que en sus discusiones hasta la sacan la edad que pudiera tener Jesús. No llegan a comprender todo el misterio de Dios que se revela y se manifiesta en Jesús. No entienden que Jesús nos ofrece su perdón pero nos ofrece su vida, una vida que nos eleva a un plano sobrenatural porque nos hace participar de la vida de Dios.
Hay mucha muerte en nosotros porque llenamos nuestra vida de pecado, el pecado que nos aparta de Dios, que rompe nuestra comunión con El, en el que no queremos vivir en su amor. Todo esto que Jesús nos dice y nos ofrece es esa invitación a vivir en ese amor nuevo, el amor de Dios que cuando inunde de verdad nuestro corazón nos llenará de vida eterna. Ese amor que nos eleva, que sobrenaturaliza cuanto hacemos y vivimos, que nos hace entrar en una dimensión nueva, que nos hace mirar la vida misma y la vida de los que nos rodean de manera distinta.
Que el Señor nos conceda la sabiduría del Espíritu para que comprendamos todo este misterio de amor que nos introduce en la vida eterna. Que arranquemos las sombras de muerte y de pecado que aun quedan en nosotros para que vivamos en su luz, para que vivamos la luz divina de la vida de Dios, la vida eterna.

sábado, 15 de octubre de 2016

Ansiamos la paz que dé sosiego a las ansiedades de nuestro espíritu y Jesús nos invita a ir hasta El, manso y humilde de corazón, que nos dará nuestro descanso

Ansiamos la paz que dé sosiego a las ansiedades de nuestro espíritu y Jesús nos invita a ir hasta El, manso y humilde de corazón, que nos dará nuestro descanso

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30

Qué sabroso es que tras los cansancios y los agobios del trabajo y de las luchas que nos da la vida cada día, al finalizar la tarde podamos encontrar un lugar que sea un remanso de paz, que nos sirva de descanso para reparar nuestras fuerzas y donde nos encontremos también con aquellas personas amadas que con su presencia y su delicadeza nos ofrezcan también esa paz para nuestro espíritu que tanto necesitamos.
Ansiamos esa paz, esa serenidad que nos da descanso, que eleva también nuestro espíritu porque nos da ocasión para la reflexión, para levantar nuestros pensamientos en altos y soñadores vuelos de futuros llenos de felicidad. Necesitamos soñar en algo distinto, algo que le de un futuro mejor a nuestra vida. Hemos de saber aspirar a ideales más altos y nobles que llenen de verdad nuestro espíritu. Nos sentimos cansados muchas veces en las carreras de la vida y no solo es el cansancio físico sino que es muchas veces un desasosiego que sentimos dentro de nosotros y que no sabemos dónde y cómo calmar. Necesitamos una profundidad en las raíces de nuestra vida que muchas veces por pensar solo en lo material y caduco parece que se nos desvanece bajo los pies.
Es esa profundidad del espíritu que asentando bien los pies sobre la tierra (por la vida) por la que caminamos sin embargo nos haga levantar la vista para buscar más altos valores e ideales que nos den una mayor permanencia a nuestro ser. Nos quedamos solo en lo material que palpamos pero dentro de nosotros, sin saber cómo, sin embargo nos damos cuenta que no es eso lo que nos llena y lo que puede dar una mayor plenitud a nuestra vida. Necesitamos una espiritualidad para no ser tan materialistas en la vida como tantas veces somos.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que vayamos hasta El los que nos sentimos cansados y agobiados porque en El vamos a encontrar nuestro descanso, nuestra paz. Sí, aunque a algunos nos cueste reconocerlo en ocasiones, necesitamos ir a Jesús. Pero no podemos ir de cualquier manera, aunque vayamos tal como somos con nuestros cansancios y nuestras limitaciones.
No podemos ir cargados con nuestras alforjas llenas de nuestras autosuficiencias y nuestros saberes; tenemos que aprender a vaciarnos, a vaciarnos de ese yo de nuestra autosuficiencia y nuestro orgullo, para ir con humildad, la humildad de la pobreza de nuestra vida tan vacía y con la sencillez del que lleva los ojos y los oídos del corazón bien abiertos para ver, para escuchar, para sentir lo que El quiere ofrecernos, no simplemente lo que nosotros apetezcamos. El nos ofrecerá siempre algo mejor.
Jesús, le hemos escuchado, da gracias al Padre porque revela estos misterios a los humildes y a los sencillos, porque la Buena Nueva se anuncia a los pobres que son los que mejor la escuchan, porque la liberación de nuestro espíritu, de nuestro corazón la podremos alcanzar cuando en verdad reconozcamos aquellas cosas que quizá nosotros mismos hemos puesto que son las que nos oprimen y no nos dejan ser libres de verdad.
Hoy celebramos a una gran mujer, una gran santa que supo ir haciendo ese recorrido en su vida, santa Teresa de Jesús. Aunque ya desde joven entro en el monasterio de la Encarnación para vivir en la vida del retiro y de la clausura, necesitó el paso de muchos años para hacer ese trabajo de ascesis en su vida para purificar de verdad su corazón y así abrirlo totalmente a Dios. Así llegó a la altura de su mística unión con Dios que le hacía transverberar  en su vida para sentirse inundada de Dios. Así pudo luego emprender la reforma del Carmelo y la fundación de tantos nuevos monasterios a lo largo y ancho de toda Castilla y hasta los rincones más lejanos de España.
Buscó a Dios, se dejó conducir por El, puso en El todos sus anhelos, purificó su Espíritu y se llenó de Dios. Un camino ejemplo para el camino de nuestra vida. Un camino de pobreza y de humildad que nos hace abrirnos a Dios que llenará en plenitud nuestra existencia.

jueves, 15 de octubre de 2015

Teresa de Jesús modelo del camino de perfección y santidad para llenarnos de Dios y saborear la sabiduría de su presencia

Teresa de Jesús modelo del camino de perfección y santidad para llenarnos de Dios y saborear la sabiduría de su presencia

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30
En este día del 15 de octubre celebra la Iglesia la festividad de santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia. Precisamente en este día viene a concluir el año teresiano que venimos celebrando en el quinientos aniversario de su nacimiento. Aquella mujer fuerte que tras un largo proceso en su vida emprendió el camino de la perfección que le llevaría a la altura y profundidad de la vida mística de unión con Dios y que se sintió llamada y escogida por el Señor para emprender la inmensa tarea de la reforma de la Orden del Carmelo.
Centrando su vida en la contemplación del misterio de Dios, del que recibió inmensos favores y aunque en la vida dura de la clausura del convento que con tanta fuerza trató de reformar para llevarlo a la forma más autentica de lo que había de ser la vida de unas personas consagradas a Dios en la clausura para ser fortaleza de la Iglesia con su testimonio y oración, sin embargo se le llama la monja andariega porque recorrería los caminos de Castilla, llegando incluso a Andalucía, para la fundación de los nuevos conventos reformados de las Carmelitas Descalzas.
Sus escritos en las cartas que dirigía a los conventos reformados o a quienes acudían a ella pidiendo consejo y orientación para sus vidas, en el relato de la experiencia de su vida y de las profundidades de la vida espiritual que Dios le otorgó la convirtieron también en escritora que se convierte así en gloria de las letras españolas en el siglo de Oro de la literatura española. Pero la profundidad de su vida y de sus escritos han hecho por otra parte que la Iglesia la reconozca como doctora mística de la Iglesia, convirtiendo así su doctrina y enseñanzas en magisterio espiritual para quienes quieren alcanzar un alto grado de contemplación en su vida espiritual.
Como Teresa estaba abierta a Dios y a su Palabra, nosotros también en su fiesta dejémonos iluminar por la Palabra de Dios que la liturgia nos ofrece en su celebración. Nos hablan los textos sagrados de Sabiduría y de humildad, de mansedumbre y de búsqueda de nuestra fortaleza y nuestro descanso en Dios.
No es una sabiduría como estábamos acostumbrados a ver a los sabios de este mundo que se puede quedar en mero conocimiento intelectual. Podemos aprender cosas, podemos adquirir muchos conocimientos, podemos ser expertos en toda clase de ciencias, aunque bien sabemos que no podemos abarcarlo todo y normalmente nos centraremos en un área concreta de conocimientos.
Pero la sabiduría de la que nos habla hoy la Palabra de Dios es otra cosa. Buenos son todos esos conocimientos de tipo llamémoslo intelectual o científico con el que estamos también desarrollando esos dones con que reconocemos nos ha dotado Dios. Pero esa sabiduría nos lleva a algo más, porque es como un saborear ese sentido de la vida, es entrar en otra profundidad que va incluso mucho más allá de unos conocimientos filosóficos porque nos hacen descubrir ese sentido de Dios que llena e inunda todo nuestro ser dándole el más profundo de los sentidos.
Y hoy Jesús en el evangelio nos está diciendo que ese misterio del ser humano que encontraremos en Dios solo se revela a los que son sencillos y humildes de corazón. Da gracias Jesús porque el Padre se ha revelado no a los que se creen sabios y entendidos sino a los pequeños y a los sencillos, porque son los que mejor pueden abrirse a ese misterio que nos trasciende, a ese misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor’.
Y nos invita Jesús a que desde nuestras luchas y nuestros cansancios, desde nuestras búsqueda y desde nuestros agobios acudamos a El que es manso y humilde de corazón, aprendamos de su mansedumbre, aprendamos de su humildad, aprendamos cual es ese sentido verdadero que hemos de darle a nuestra vida y que solo en El vamos a encontrar. Es Jesús el que con la fuerza de su Espíritu nos va a ayudar a encontrar esa sabiduría de Dios, ese sentido de Dios para nuestra vida.
En la salvación que Jesús nos ofrece no solo nos regala el perdón que viene a restaurar nuestra vida rota por el pecado, sino que en El vamos a encontrar esa luz que nos conduce por caminos de vida eterna, por los caminos de mayor plenitud que nosotros podamos imaginas o podamos encontrar.
Todo esto nos lo estamos reflexionando en la fiesta de santa Teresa de Jesús. Cuando su corazón se vació de si mismo empezó a encontrarse con Dios y a llenarse de El cada vez en una mayor plenitud. Es el camino de ascesis y camino de perfección y santidad que ella emprendió. Hoy la contemplamos y celebramos. Es modelo y estimulo para nuestra vida como lo son todos los santos, pero a ella queremos hoy contemplar e invocarla de manera especial. Que no nos falten nunca en nuestro corazón esos deseos de Dios, esos deseos que nos llevan por caminos de santidad y nos conduzcan a la plenitud del conocimiento de Dios, de la sabiduría de Dios. Que saboreemos de verdad en lo más hondo de nosotros mismos ese presencia de Dios que nos llena de sabiduría y que nos hace resplandecer de santidad.

viernes, 15 de octubre de 2010

Que se encienda en nosotros el deseo de la verdadera santidad

Fiesta de Santa Teresa de Jesús
Eclesiástico, 15, 1-6;
Sal. 88;
Mt. 11, 25-30

‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Esta antífona con que comienza hoy la Eucaristía en la fiesta de santa Teresa de Jesús muestra la sabiduría de la Iglesia que no pudo escoger otra antífona que mejor expresar los deseos y ansias del corazón de santa Teresa por llenarse de Dios y que alcanzó en sus altísimas cotas místicas. Ansia de Dios, deseos de Dios, búsqueda de Dios fue el camino de santa Teresa y pudo llegar a un conocimiento de Dios y una contemplación de Dios, que el Señor concede a las almas grandes. ¿Los tendremos nosotros también?
La liturgia nos ofrece en esta fiesta de santa Teresa este evangelio donde Jesús da gracias al Padre que revela los misterios de Dios a los pequeños y sencillos. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Así Padre te ha parecido mejor…’ Así son las cosas de Dios. Así de admirable es su amor y su ternura para con los pequeños y sencillos.
Miremos para conocer ese sentir de Dios a Jesús rodeado siempre de los pequeños, los pobres y los que sufren. ‘Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’, terminará diciéndonos Jesús en las bienaventuranzas. No son los ricos, los sabios o los engreídos, los poderosos o los que se sienten llenos de si mismos o de sus cosas, los preferidos de Dios para darse a conocer.
Un corazón grande, un alma grande, decíamos antes, refiriéndonos a Santa Teresa que llego a tan alta contemplación del misterio de Dios en su vida mística. Pero cuando se hizo pobre y se vació de sí misma pudo llegar a experimentar ese consuelo de Dios. Pasó por tiempos de sequedades y vacíos como ella misma nos cuenta en su vida, pero fue esa purificación interior para hacer ese camino que le llevaría a Dios de verdad para conocerle y vivirle como ella lo vivió.
Y cuando se llenó así de Dios fue cuando pudo darlo de verdad a los demás en la gran empresa y trayectoria de su vida, de la reforma del Carmelo y de todos esos monasterios que fue fundando a lo largo de toda España. Porque estaba llena de Dios de esa manera, a pesar de sus propios achaques físicos pudo recorrer los caminos de Castilla para ir realizando aquella obra que el Señor le confiaba.
No voy en este momento a hablar de su vida, sus viajes, sus fundaciones o sus escritos. Simplemente tomemos su ejemplo siguiendo la trayectoria del Evangelio para que así podamos abrir nuestro corazón a Dios y llenarnos también de Dios. Que el Señor nos conceda a nosotros el don de la oración aprendiendo de santa Teresa.
Que aprendamos a abrir nuestro corazón a Dios desde la humildad y desde el amor. Hagámonos pequeños y sencillos. Vaciemos nuestro corazón de tantos apegos que nos distraen y no dejan lugar a Dios en nuestra vida. Y podremos llenarlo de Dios. Y podremos sentir su paz y su consuelo. Y así iremos creciendo más y más en ese camino espiritual de santidad que hemos de recorrer; un camino donde nos vamos apartando del mal, venciendo toda tentación, alejándonos de todo peligro; un camino donde iremos creciendo más y más en ese conocimiento de Dios, del Dios que se nos revela allá en lo secreto del corazón. Y nos sentiremos entonces fuertes para lo que el Señor nos pida.
Que la Sabiduría de Dios nos alimente con el pan de la sensatez, nos dé a beber el agua de la prudencia y alcancemos el gozo y la alegría de tener a Dios siempre en nuestro corazón, como nos decía el libro del Eclesiástico.
Que con la intercesión de santa Teresa se encienda en nosotros del deseo de la verdadera santidad caminando ese camino de perfección que nos lleve cada día a estar más cerca de Dios.

jueves, 15 de octubre de 2009

En Teresa de Jesús se muestra a la iglesia el camino de la perfección


Ecle. 15, 1-6
Sal. 88
Mt. 11, 25-30



‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Esta es la antífona que nos propone la liturgia para comenzar la celebración de la Eucaristía de este día. Sedientos de Dios, buscando al Señor, queriendo contemplar su rostro, como se manifiesta en tantos salmos. Como decía san Agustín ‘nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti. Ansiamos conocer a Dios. Es el deseo profundo de nuestro corazón, porque todos deseamos plenitud. Queremos llenarnos de lo más bello, buscamos lo que es el sumo bien. Buscamos a Dios.
Hoy celebramos a Santa Teresa de Jesús. Ansiosa de Dios, hambrienta de Dios. A los veinte años entra en el Carmelo en el monasterio de la Encarnación en Ávila. Era una monja como tantas, cumpliendo la regla, viviendo su consagración al Señor en lo que era la vida del convento entonces. Luego sabremos de su alma insatisfecha que le llevará a la reforma del Carmelo. Serán años también de pruebas, de sequedades interiores, de silencio de Dios muchas veces, de noches oscuras, como diría luego su gran amigo y compañero de reforma san Juan de la Cruz. Dios estaba purificando su corazón y preparando para cosas grandes. Llegaría a alturas místicas inauditas. Un día se volcaría totalmente en Dios.
A los veinte años de su entrada en el Carmelo, a partir de lo que ella llama su conversión, inicia la reforma del Carmelo saliendo de la Encarnación y fundando san José, también en Ávila. No le fue fácil pero fue el inicio de un camino largo que le llevaría por los anchos caminos de Castilla, incluso llegando a Andalucía, fundando nuevos conventos de la reforma. No hacemos reseña completa aquí de su vida y de su obra que encontraremos en otros lugares y momentos. Quede simplemente constancia de la altura y profundidad de su santidad.
La liturgia de la Iglesia en este día nos dice que el Señor suscitó por inspiración del Espíritu a Santa Teresa ‘para mostrar a la Iglesia el camino de la perfección’, y le pedíamos en la oración que encendiera en nosotros ‘deseos de verdadera santidad’, a su ejemplo y con su enseñanza. Es lo que contemplamos en los santos, en lo que son modelo y estímulo para nosotros y en lo que ellos de manera especial interceden por nosotros.
Como Teresa hemos de aprender nosotros a vaciarnos de nosotros mismos. Aquel camino de pruebas y purificación fue un aprender ella a vaciarse de sí misma para poder llenarse de Dios. Y qué bien supo hacerlo. De todos es conocido la profundidad de su contemplación y la altura mística en que vivía. Porque es que Dios se revela a los pequeños y a los sencillos. Así tenemos que hacerlo. Nos lo recuerda una vez más el evangelio de hoy. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y tierra, porque no has revelado esto a los sabios y entendidos sino a los pequeños y sencillos’.
Lo hemos reflexionado muchas veces pero tenemos que seguir haciéndolo para que así se transforme nuestro corazón, para que así nos despojemos de nuestro yo, nuestros orgullos, nuestras vanidades, nuestros ‘saberes’ para disponer nuestro corazón sólo para Dios. A los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Hagámonos pobres vaciándonos de nosotros mismos para que así llegue esa Buena Noticia a nuestro corazón, para que así nos sintamos impulsados por esos caminos de santidad.
Todos tenemos que ser santos, allí donde estamos, donde está nuestro lugar. La contemplación de santa Teresa nos podría hacer pensar que sólo en la soledad de un monasterio es donde podemos alcanzar ese grado de perfección y santidad. Esa es una vocación concreta. Cada uno tiene que descubrir su vocación, los planes de Dios para su vida, el lugar que ha de ocupar en la vida. Ahí respondiendo generosamente al Señor es donde tenemos que vivir nuestra santidad, donde tenemos que dar gloria a Dios.