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lunes, 10 de agosto de 2026

No seamos una fruta que nos guardamos para nosotros mismos sino generosamente sembremos la semilla que generará abundantes frutos de vida

 


No seamos una fruta que nos guardamos para nosotros mismos sino generosamente sembremos la semilla que generará abundantes frutos de vida

2 Corintios 9, 6-10; Salmo 111; Juan 12, 24-26

Supongamos que alguien ha tenido especial cuidado en cultivar una planta porque quería sacar un fruto maravilloso que poco menos que fuese único; lo ha logrado aquel fruto es la joya de su corona, y como todo fruto tiene una semilla en su corazón; pero quiere conservar ese fruto, guardarlo como signo y señal de su trabajo, dedicación y esfuerzo.

Claro aquel fruto podría ser alimentación de alguien y como todo alimento produce vida; o la semilla de aquel fruto podría sembrarse de nuevo que se multiplicaría en nuevos frutos generadores de mucha vida; pero aquel de quien estamos hablando no quiere ni una cosa, ni otra, solo guardar su fruto como perenne testimonio de su esfuerzo y llamarla así sabiduría; pero sabemos en lo terminan unos frutos a los que no dejamos que de una forma o de otra sean transmisores de vida; se pudrirá y secará, nadie tendrá beneficio de vida porque a nadie alimentará y perderá todo su sentido y valor.

¿Podría ser así nuestra vida? ¿Nos podrá suceder algo así que por el sentido que le hayamos dado a nuestra vida al final quedemos sin ningún fruto de vida? ¿Nos queremos guardar tanto que al final no somos generadores de ninguna vida? ‘El que se ama a si mismo, se pierde’, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Nos amamos tanto que no queremos gastarnos y al final podremos ser un adorno muy bonito pero nos hemos perdido porque hemos perdido el sentido de nuestro vivir que es dar vida.

Nos habla Jesús de la semilla sembrada en tierra para que sea fecunda. ‘En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Es lo que vemos en Jesús y con ello encontramos el significado de pasión y de su muerte; es lo que nos está enseñando que tiene que ser nuestra vida. Por eso o podemos guardarnos para nosotros mismos; por eso nuestro auténtico testimonio es el del servicio, el de la entrega, el de amor con todo el sentido del amor verdadero.

Algunas veces lo olvidamos o nos confundimos; amamos porque nos sentimos complacidos con alguien que hace algo por nosotros, pero no somos los que hemos tomado la iniciativa de comenzar a darnos, de poner generosidad en nuestra vida, de olvidarnos de los beneficios que podamos obtener porque lo importante es lo que yo pueda enriquecer a los demás. Algunas veces decimos que amamos, pero en el fondo somos unos profundos egoístas, porque no prima el desinterés, el altruismo verdadero, la generosidad sin esperar nada a cambio.

Hoy la liturgia nos ha propuesto este texto del evangelio cuando estamos celebrando a san Lorenzo mártir. Al pensar en san Lorenzo siempre nos acordamos de la parrilla donde fue quemado en su martirio, pero el martirio de san Lorenzo fue mucho más allá de eso. Mártir significa testigo, y es lo que no podemos olvidar, su testimonio pasaba por la generosidad. Era diácono de la Iglesia de Roma con el Papa Sixto III y como tal era el encargado de ejercer la caridad en nombre de la Iglesia con los pobres y necesitados, alimentándolos en sus necesidades. Y ese fue su testimonio grande de fe y de amor, que le llevaría luego al martirio dando su vida quemado en la hoguera porque un día había dicho que la riqueza de la Iglesia eran los pobres a los que alimentaba.

La generosidad desde el amor era el sentido de su vida y su testimonio que lo hacía testigo de una fe que envolvía y empapaba toda su vida. ‘Y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’, como nos diría Jesús en lo que hemos escuchado hoy del evangelio. Y generosidad es olvidarse de si mismo para pensar en el otro, para regalar amor. Y la generosidad, dice san Pablo, produce frutos en quien es generoso. Y lo es en la medida de esa generosidad. La generosidad beneficia, pues, tanto al que recibe la ayuda, como al que la ofrece. La generosidad es desprenderse de la semilla para recibir el premio de la cosecha, que multiplica el valor de la semilla.

La generosidad no se guarda nada para si mismo. Nos estará hablando de la grandeza de nuestro espíritu porque es exigencia y consecuencia de nuestra condición humana, de ese sentido social de todo ser humano: algo, pues, esencial al género humano de manera que nos atrevemos a afirmar que no ser generoso nos hace inhumanos. Por eso nos decía san Pablo: ‘El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará’.


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