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lunes, 10 de agosto de 2026

No seamos una fruta que nos guardamos para nosotros mismos sino generosamente sembremos la semilla que generará abundantes frutos de vida

 


No seamos una fruta que nos guardamos para nosotros mismos sino generosamente sembremos la semilla que generará abundantes frutos de vida

2 Corintios 9, 6-10; Salmo 111; Juan 12, 24-26

Supongamos que alguien ha tenido especial cuidado en cultivar una planta porque quería sacar un fruto maravilloso que poco menos que fuese único; lo ha logrado aquel fruto es la joya de su corona, y como todo fruto tiene una semilla en su corazón; pero quiere conservar ese fruto, guardarlo como signo y señal de su trabajo, dedicación y esfuerzo.

Claro aquel fruto podría ser alimentación de alguien y como todo alimento produce vida; o la semilla de aquel fruto podría sembrarse de nuevo que se multiplicaría en nuevos frutos generadores de mucha vida; pero aquel de quien estamos hablando no quiere ni una cosa, ni otra, solo guardar su fruto como perenne testimonio de su esfuerzo y llamarla así sabiduría; pero sabemos en lo terminan unos frutos a los que no dejamos que de una forma o de otra sean transmisores de vida; se pudrirá y secará, nadie tendrá beneficio de vida porque a nadie alimentará y perderá todo su sentido y valor.

¿Podría ser así nuestra vida? ¿Nos podrá suceder algo así que por el sentido que le hayamos dado a nuestra vida al final quedemos sin ningún fruto de vida? ¿Nos queremos guardar tanto que al final no somos generadores de ninguna vida? ‘El que se ama a si mismo, se pierde’, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Nos amamos tanto que no queremos gastarnos y al final podremos ser un adorno muy bonito pero nos hemos perdido porque hemos perdido el sentido de nuestro vivir que es dar vida.

Nos habla Jesús de la semilla sembrada en tierra para que sea fecunda. ‘En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Es lo que vemos en Jesús y con ello encontramos el significado de pasión y de su muerte; es lo que nos está enseñando que tiene que ser nuestra vida. Por eso o podemos guardarnos para nosotros mismos; por eso nuestro auténtico testimonio es el del servicio, el de la entrega, el de amor con todo el sentido del amor verdadero.

Algunas veces lo olvidamos o nos confundimos; amamos porque nos sentimos complacidos con alguien que hace algo por nosotros, pero no somos los que hemos tomado la iniciativa de comenzar a darnos, de poner generosidad en nuestra vida, de olvidarnos de los beneficios que podamos obtener porque lo importante es lo que yo pueda enriquecer a los demás. Algunas veces decimos que amamos, pero en el fondo somos unos profundos egoístas, porque no prima el desinterés, el altruismo verdadero, la generosidad sin esperar nada a cambio.

Hoy la liturgia nos ha propuesto este texto del evangelio cuando estamos celebrando a san Lorenzo mártir. Al pensar en san Lorenzo siempre nos acordamos de la parrilla donde fue quemado en su martirio, pero el martirio de san Lorenzo fue mucho más allá de eso. Mártir significa testigo, y es lo que no podemos olvidar, su testimonio pasaba por la generosidad. Era diácono de la Iglesia de Roma con el Papa Sixto III y como tal era el encargado de ejercer la caridad en nombre de la Iglesia con los pobres y necesitados, alimentándolos en sus necesidades. Y ese fue su testimonio grande de fe y de amor, que le llevaría luego al martirio dando su vida quemado en la hoguera porque un día había dicho que la riqueza de la Iglesia eran los pobres a los que alimentaba.

La generosidad desde el amor era el sentido de su vida y su testimonio que lo hacía testigo de una fe que envolvía y empapaba toda su vida. ‘Y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’, como nos diría Jesús en lo que hemos escuchado hoy del evangelio. Y generosidad es olvidarse de si mismo para pensar en el otro, para regalar amor. Y la generosidad, dice san Pablo, produce frutos en quien es generoso. Y lo es en la medida de esa generosidad. La generosidad beneficia, pues, tanto al que recibe la ayuda, como al que la ofrece. La generosidad es desprenderse de la semilla para recibir el premio de la cosecha, que multiplica el valor de la semilla.

La generosidad no se guarda nada para si mismo. Nos estará hablando de la grandeza de nuestro espíritu porque es exigencia y consecuencia de nuestra condición humana, de ese sentido social de todo ser humano: algo, pues, esencial al género humano de manera que nos atrevemos a afirmar que no ser generoso nos hace inhumanos. Por eso nos decía san Pablo: ‘El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará’.


sábado, 10 de agosto de 2024

Saber morir para saber dar vida, grano de trigo que si no se entierra sabemos que queda infecundo, entender lo que es ser creador de vida desde el morir a nosotros mismos

 


Saber morir para saber dar vida, grano de trigo que si no se entierra sabemos que queda infecundo, entender lo que es ser creador de vida desde el morir a nosotros mismos

2Corintios 9, 6-10; Salmo 111; Juan 12, 24-26

Es preciosa la flor de una planta y sabroso será el fruto que luego recojamos y comamos, pero ¿nos habremos parado a pensar en todo el proceso previo para poder llegar finalmente a saborear el fruto? Desde la semilla que se entierra para que pueda germinar y que de alguna manera es como morir a sí misma para poder hacer que surja una vida, como todo el proceso de crecimiento con sus cuidados correspondientes, la belleza de la flor que un día como que desaparece para que pueda hacer surgir lo que será el fruto que ha de llegar a su correspondiente maduración. Nos comemos el melocotón, por decir una sabrosa fruta, pero no pensamos en todo ese camino para llegar a ser ese sabroso fruto que así vamos a degustar.

Hoy Jesús nos habla de una semilla, como tantas veces lo hace en el evangelio, pero nos dice que la semilla tiene que morir para germinar. Pero no se queda Jesús en la materialidad de ese proceso de la naturaleza sino que nos está haciendo una comparación con nuestra vida. ¿Llegaremos un día a ese estado de la fruta madura como fruto de lo que hemos hecho o vivido? Lo podemos pensar meramente en el aspecto humano de la persona, del sentido de nuestra vida, de lo que hacemos y de lo que somos. No podemos simplemente vegetar, estar ahí porque nos ha tocado estar ahí, como un cañaveral que está en un barranco o un zarzal que se enracima por la pared o por la ladera.

Estamos llamados a dar un fruto en esas obras que realizamos con las que no solo estamos haciéndonos a nosotros mismos sino que estamos siendo fructíferos y fecundos para los demás y para el mundo en el que vivimos; en lo que hacemos nos vamos plasmando, vamos dejando nuestro ser, nos hacemos creadores y creativos porque vamos repartiendo vida, vamos haciendo que nuestro mundo tenga vida.

Desde nosotros mismos estamos alimentando la vida de ese mundo en el que vivimos; no somos unos zánganos que simplemente nos aprovechemos de lo que hay en ese mundo o de lo que hacen los demás. ¡Qué hermoso cuando encontramos ese sentido para nuestra vida! ¡Qué satisfacción más honda podemos sentir dentro de nosotros mismos!

Claro que eso significará también un proceso que hemos de ir realizando en nuestra vida para que haya ese crecimiento y lleguemos a esa madurez. Comenzamos por no centrarlo todo en nosotros mismos, encontraremos el sentido del amor como donación no solo como satisfacciones que recibimos de los demás o nos lleguen por los sentidos. Y ese sentir esa nueva vida, ese nuevo sentido de vida en nosotros algunas veces se nos vuelve doloroso porque habrá que arrancar muchas raíces de egoísmo o de orgullo que se nos van metiendo en los entresijos del alma. Y eso cuesta, como doloroso es el parto que hace hacer una nueva vida.

Por eso hoy Jesús nos hablará de ese morir a nosotros mismos para alcanzar la plenitud de la vida. Es lo que nos va describiendo de lo que significa seguirle, ser su discípulo, vivir ese camino nuevo que nos está señalando. Será costoso pero podemos sentir el gozo del amor del Señor que se derrama y derrocha sobre nuestra vida. Y eso nos hará generosos en nuestro amor, en nuestra entrega, en nuestra capacidad de servicio para los demás.

Hoy en la liturgia se nos están ofreciendo estos textos de la Palabra en razón de la fiesta que celebramos, San Lorenzo Mártir. Cuando lo recordamos a todos nos viene a la memoria la imagen de la parrilla en que fue martirizado, pero quizá no tenemos en cuenta todo lo que hay detrás en su vida; aunque era procedente de España sin embargo él era un diácono de la Iglesia de Roma, con el Papa Sixto V que precisamente hemos celebrado hace unos días. La función del diácono era la del servicio, sobre todo en la atención de los pobres y necesitados con lo que aportaban los cristianos de la Iglesia de Roma.

Después del martirio del Papa la voracidad del emperador de Roma quería apoderarse de los bienes y de las ‘riquezas’ de la Iglesia. ¿A quién reclamar? Al diácono Lorenzo como administrador de los bienes de la Iglesia. Y Lorenzo reunió a todos los pobres de Roma y se los presentó al emperador diciendo que esos eran la riqueza de la Iglesia. La reacción fue el martirio de Esteban, precisamente en ese tormento del fuego, por lo que es presentado con esa imagen de la parrilla.

Esteban bien conocía el pasaje del evangelio que nos ha dado pie hoy a nuestra reflexión, del grano de trigo que si no se entierra y muere no da fruto. No temió por su vida, sino que la entregó libremente, como había hecho Jesús en su subida al Calvario, porque así sabía que obtendría una vida que dura para siempre, la vida eterna.

Ahí tenemos el fruto de la vida de Lorenzo. ¿Seremos capaces nosotros también de llegar a dar esos frutos porque vivamos el sentido de este evangelio?


domingo, 17 de marzo de 2024

Jesús nos habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida, Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida, ahí está nuestra glorificación

 


Jesús nos habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida, Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida, ahí está nuestra glorificación

Jeremías 31, 31-34; Salmo 50; Hebreos 5, 7-9; Juan 12, 20-33

Alguna vez habremos escuchado hablar de alguien, del que quizás nos han contado maravillas, y tenemos deseos de conocer a esa persona. Motivados por esa curiosidad y sobre todo sintiendo admiración en cierto modo ya de entrada sobre esa persona, buscaremos medios y formas para acercarnos a ella, lograr que nos la presenten, intentar entrar en su círculo de amistades para hacernos un hueco y poder acercarnos a ella.

Son cosas normales en nuestras mutuas relaciones, que forman parte del engranaje de la vida social en el que nos movemos; será alguien de quien hemos escuchado que hace muchas cosas buenas por los demás, una persona altruista que se desvive por los otros, o como sucede en la sociedad en la que estamos, un deportista famoso, un político de esos que tienen un arte muy especial para ganarse adeptos y amigos, será alguien del mundo de la cultura si esto está en nuestros intereses, un artista de fama que arrastra masas y de quien pretendemos arrancarle aunque sea un autógrafo.

¿Cómo nos sentiremos cuando le conozcamos o logremos aquello que tanto soñábamos? Seguramente que encantados, aunque también hay el peligro o la posibilidad de que nos sintamos desilusionados porque en persona no es lo que nosotros habíamos imaginado. Muchas veces pudiera ser mucho más lo que nosotros llevamos en la cabeza, en la imaginación, que la realidad de ese personaje que queríamos conocer.

¿Cómo se sentirían aquellos griegos que querían conocer a Jesús y de los que nos habla hoy el evangelio? Nos relata el evangelista que había dos griegos, quizás en cierto modo cercanos al mundo judío o prosélitos, que a través de Felipe primero y luego también de Andrés quieren acercarse a Jesús. ‘Queremos ver a Jesús’ fue su petición, y ambos apóstoles se los presentaron a Jesús. Importantes que son también las mediaciones. ¿Nos habremos parado a pensar a través de quienes a lo largo de nuestra vida nos hemos acercado a Jesús o le hemos conocido más? Sería también algo para pensar, pero también para agradecer, quienes han sido mediación en la vida para que nosotros conozcamos a Jesús. Nuestros padres, el testimonio de alguien a nuestro lado, un catequista, el sacerdote que nos ha acompañado, el ejemplo de una persona en la que nos fijamos que calladamente hacía el bien y sin ella siquiera saberlo ha influido en nosotros. Daría para largas reflexiones, como también tendríamos que pensar en cómo habremos sido nosotros mediación para los demás.

Seguramente el encuentro con Jesús de aquellos griegos fue impactante. Fijémonos de lo que comienza a hablar Jesús. Llega la Hora en que ha de ser glorificado el Hijo del hombre. ¿Cuál ha de ser esa glorificación? Los judíos que tan ansiosos estaban por la llegada del Mesías, con su manera tan particular de entenderlo, estarían pensando en esos días de gloria para el pueblo de Israel que por fin se vería liberado de la esclavitud y de la opresión. Días de gloria habían sido los de la salida de Egipto en búsqueda de la libertad, aunque el camino había sido bien duro a través del desierto para llegar a la tierra prometida. ¿Llegarían esos nuevos días de gloria?

Pero Jesús habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida. Jesús habla de una entrega que El va a realizar de sí mismo porque es la manera de alcanzar la vida. ¿Recordarían los discípulos aquello que Jesús tantas veces les había anunciado de que el Hijo del hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y les había hablado de padecer y de muerte? Ellos nunca lo habían querido entender, y seguramente serían palabras que estarían bien guardadas quizás por los temores de lo que anunciaban. Habla Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida. Pero eran palabras que resultaban duras. Y Jesús les dice que el que quiera servirle que le siga, pero ese es el camino, el de la entrega hasta perder la vida para ganarla.

En medio de los interrogantes que podrían están surgiendo en el corazón de quienes escuchaban las palabras de Jesús va a surgir momentáneamente algo extraordinario. Se va a oír una voz venida de lo alto que habla de esa glorificación. ‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Fue como un trueno, fue algo extraordinario que no acababan de entender, como también les costaba entender las palabras de Jesús; era como la voz de un ángel del cielo, pero todos se sentían como aturdidos. ¿Recordarían los discípulos lo sucedido en lo alto del Tabor? ¿Alguien recordaría las palabras venidas del cielo allá en el Jordán cuando Jesús fue bautizado por Juan? Mas tarde en Getsemaní, ¿recordarían lo que ahora había sucedido?

Allí se estaba manifestando la gloria de Dios. Era como un anticipo de lo que Jesús tanto había anunciado que el Hijo del hombre que había de ser crucificado resucitaría al tercer día. Seguramente después de la resurrección recapitularían todas esas cosas y con la fuerza del Espíritu Santo recibido en Pentecostés llegarían a la plena comprensión.

Nosotros lo escuchamos hoy, en vísperas ya de la celebración del misterio pascual. Es lo que vamos a contemplar y a celebrar. Es la glorificación del Hijo del hombre, pero que va a ser para nuestra gloria, para nuestra salvación, porque en ese amor de Dios que se va a manifestar alcanzaremos el perdón, nos llenaremos de la salvación.  Es para lo que tenemos que seguir preparándonos con intensidad en estos días que nos quedan de cuaresma. Es lo que vamos a vivir en la Pascua. Jesús nos está diciendo que cuando sea elevado sobre la tierra, atraerá a todos hacia El.


jueves, 10 de agosto de 2023

Nuestra alegría y satisfacción poder entregarnos, como el grano de trigo enterrado para dar fruto, no nos importen las quemaduras que tengamos que sufrir por nuestra entrega

 


Nuestra alegría y satisfacción poder entregarnos, como el grano de trigo enterrado para dar fruto, no nos importen las quemaduras que tengamos que sufrir por nuestra entrega

2Corintios 9, 6-10; Sal 111; Juan 12, 24-26

Diríamos que es una persona de una mente obtusa si nos dijera cuando ve que nos disponemos a sembrar una semilla que con eso que estamos echando a la tierra en lugar de enterrarlo podríamos darle de comer a un montón de personas que están pasando necesidad; en fin de cuentas, nos dirá, no sabemos cual va a ser el resultado, si germinará o no esa semilla, si se va  dar bien la cosecha, si va a venir un temporal que lo va a arruinar todo, y así nos dará veinte mil razones para convencernos de lo incongruente que es lo que vamos a hacer.

¡Qué sabia es la naturaleza! Algunas veces hay mentes que se quedan bien cortas. Es necesario que se entierre el grano de trigo y aparentemente se pudra, pero lo que está haciendo en realidad es germinar una nueva planta que nos dará abundantes frutos. Estudiando la vida de la naturaleza veremos cuantos animales en el momento de fecundar una nueva vida ellos mueren.

Ya sé que quizás no nos vamos a encontrar con ese elemento de mente obtusa que nos diga lo que antes veníamos diciendo, pero sí nos vamos a encontrar a muchos, y puede que sea en ocasiones también nuestra tentación, que no entiendan lo de gastarse y entregarse por los demás; total para qué, pensamos algunas veces, para qué me estoy sacrificando y trabajando con tanto esfuerzo si luego ni me lo van a agradecer; y lo piensa el que se ha comprometido por los demás, y lo puede pensar el maestro cuando le cuesta tanto sacar buenos resultados de sus alumnos que parece que nunca le escuchan y que están siempre en otro lado, y lo puede pensar el padre de familia que se sacrifica cada día por dar lo mejor a sus hijos, pero luego no siempre encuentra la respuesta que le gustaría encontrar.

Pero ese es el sentido más hermoso de la vida, generar vida; y generar vida no es solo engendrar un hijo, sino tanto que podemos hacer para que en nuestro mundo haya más vida, tanto que podemos hacer dándonos, comprometiéndonos, sacrificándonos incluso para hacer que las cosas sean mejores, que los que están a nuestro lado también encuentren un sentido de la vida, para que haya alguien que pueda ser un poquito más feliz, para que palpite la vida allí donde estamos porque hay alegría de la buena, porque nos sentimos más cercanos los unos a los otros, porque hacemos que las cosas mejoren en nuestra familia, en nuestro entorno social, en el mundo de nuestro trabajo.

Algunas veces nos cuesta, tenemos que superarnos mucho y en muchas cosas, tenemos que ser nosotros los primeros que crezcamos por dentro, pero dejaremos una huella, haremos sentirse feliz a alguien, ponemos mejores flores en nuestro mundo. Habrá significado quizá que hayamos tenido que olvidarnos de nosotros mismos, habremos restado tiempo a nuestro descanso o a nuestras diversiones, nos habrá costado en ocasiones dolores de cabeza y dolores en el espíritu porque no somos comprendidos, porque nos encontramos a gente en contra, porque incluso seremos criticados y hasta injuriados, pero seguimos adelante porque para nosotros amar es vida, y amando damos vida, haciendo que haya más vida en nuestro mundo la gente comenzará a amarse más. Es nuestra alegría, nuestra satisfacción. Por eso entendemos las palabras de Jesús que nos hablan del grano de trigo enterrado en tierra para que dé fruto y como nos decía san Pablo, ‘el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará’.

Hoy estamos celebrando a quien supo vivir todo esto con toda intensidad hasta llegar a dar su vida; estamos celebrando a san Lorenzo, que entendía que la riqueza de la iglesia eran los pobres, y para ellos era todo, era diácono que significa ser servidor, y su servicio llegó hasta dar la vida en el martirio. No nos pedirá el Señor que tengamos que morir en la hoguera, como san Lorenzo, pero quizás algunas veces tenemos que sufrir quemaduras de los demás a causa de nuestra entrega. No nos importe, el Señor es nuestra fuerza y nuestra alegría.

viernes, 7 de abril de 2023

Descubramos tras los nubarrones de la muerte una luz que resplandece y da brillo dando nuevo sentido también al dolor, el amor que hace fructificar en nosotros una nueva vida

 


Descubramos tras los nubarrones de la muerte una luz que resplandece y da brillo dando nuevo sentido también al dolor, el amor que hace fructificar en nosotros una nueva vida

Isaías 52, 13 — 53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

¿Cómo nos podemos sentir en la presencia del dolor de alguien que sabemos que nos ama y a quien nosotros también amamos? Nos sentiremos como impotentes y nuestro corazón llorará por ese dolor que contempla, en la impotencia que se siente ante lo que quizás nada pueda hacer. Angustia en el corazón, nubes de tristeza que nos embargan, silencio en nuestro dolor aunque sintiéramos deseos de gritar, desconsuelo ante el sufrimiento que contemplamos. Pero ¿hemos dicho el dolor de quien sabemos que nos ama y a quien nosotros amamos también? Pareciera que en ese dolor hasta lo olvidáramos.

¿Será por eso por lo que hemos cargado con tantos crespones negros, con tantas sombras y tristezas que se convierten en amarguras este día del Viernes Santo, un día en que parece que por obligación hay que estar tristes? Épocas hubo en que no se nos permitía ni sonreírnos. Hasta las palabras que empleamos para hacer referencia a los hechos que contemplamos en este día las hemos cargado muchas veces con tintes de desesperanza y amargura. Pero ¿tienen sentido esos crespones negros y esas tristezas que nos agobian el alma? Decíamos que en nuestro dolor olvidamos algo que tiene que ser muy importante.

Lo hemos dicho desde la primera pregunta que nos hacíamos. En medio de todo ese dolor está el amor. Es como el gran primer título que tenemos que ver colgado ante nuestros ojos. Todo sucede por amor. Es la gran prueba del amor. Es la entrega del amor.

Se nos ha dicho tantas veces que por repetido tenemos el peligro de olvidarlo o de darle menos importancia. Tanto amó Dios al mundo, tanto nos amó Dios que nos entregó a su Hijo, y el Hijo por el amor se dio hasta el final. No hay amor más grande que el que se da hasta entregarse a la muerte por los que ama. Es el amor que se derrama en Jesús cuando le vemos recorriendo los caminos de Galilea y Palestina. Y los que sintonizaban con ese amor se iban con El, querían escucharle, le llevaban sus dolencias y sufrimientos de todo tipo, querían estar cerca de El, tocarle al menos el manto. Y Jesús va mostrando la compasión de su corazón porque había en torno a El ovejas que andaban descarriadas sin pastor, y las enseña y las alimenta, pasó haciendo el bien.

Es el amor que le ha traído con prisas hasta Jerusalén, siempre iba delante de los suyos en su subida, porque se acercaba la hora de la Pascua, la hora en que se iba a manifestar de forma muy palpable ese paso de amor de Dios entre los suyos. Anunciaba que sería entregado en manos de los gentiles, pero era El quien se entregaba. Era el designio de Dios, era la muestra definitiva del amor que nos traería la verdadera paz, que plantaba definitivamente el Reino de Dios, que haría fructificar un mundo nuevo.

El era ese grano de trigo sembrado en tierra del que brotaría ese mundo nuevo. Era el momento en que ese grano se convertía en harina para un nuevo pan. Triturado, desfigurado hasta perder toda apariencia humana como había anunciado el profeta pero era la semilla de una vida nueva, era la transformación del amor. ‘Triturado por nuestros crímenes, sin figura, despreciado, varón de dolores, maltratado, arrancado de la tierra de los vivos, sepultado con los malvados’. Es lo que estamos contemplando y nos conmueve el corazón. Es la gran manifestación del amor.

Y nos sentimos tocados en lo más hondo de nosotros mismos. Pero no para llenarnos de angustias y tristezas. Aunque haya tanto dolor y parezca que la muerte tiene la última palabra quitemos todos esos crespones negros. En este momento que parece de sombras sin embargo hay una luz que brilla fuerte y lo que nos hace comprender el sentido de todo, es la luz del amor. No lo olvidemos. Por eso esta tarde dolorosa del viernes santo es, sin embargo, un renacer de la esperanza para nuestros corazones, es un despertar el amor en nuestra vida. Aunque ante los ojos humanos pudiera parecer una derrota sin embargo es una victoria porque esta muerte de Jesús en la cruz nos trae la vida, nos trae el perdón, nos trae una nueva paz, nos llena de amor.

Quienes estamos contemplando este momento de cruz nos sabemos amados, nos sentimos amados, nos vemos necesariamente movidos al amor. No es derrotismo ni impotencia lo que tenemos que sentir, sino que una nueva fuerza surge en nosotros porque con la muerte de Jesús sabemos que vamos camino de la victoria. Creemos en su palabra y El nos anunció que aunque fuera dura la entrega y llegara la muerte al tercer día resucitaría. Y es nuestra esperanza. Lloremos, es cierto, nuestro pecado, pero sabemos que el pecado y el mal ha sido derrotado desde lo alto del madero de la cruz. Y nosotros podremos emprender una vida nueva. En el fondo tenemos que sentir el gozo de Dios porque sentimos el gozo del amor.

‘Todo está consumado’, fueron las palabras de Jesús en sus últimos momentos en la cruz. Se ha consumado la obra del amor. Ha brotado la nueva planta de una nueva vida que tiene que florecer en nuestro amor. No olvidemos el auténtico brillo que tiene que tener este día.

miércoles, 10 de agosto de 2022

Que no echemos a perder a semilla de nuestra vida porque nos guardemos tanto para nosotros porque no seamos capaces darnos hasta morir por los demás

 


Que no echemos a perder a semilla de nuestra vida porque nos guardemos tanto para nosotros porque no seamos capaces darnos hasta morir por los demás

Corintios 9, 6-10; Sal 111; Juan 12, 24-26

Estudia para que seas un hombre y una mujer de provecho, nos inculcaron desde pequeños; bueno eso era lo que nos decían a nuestras generaciones. Pero ser un hombre o mujer de provecho era que pudieras tener un buen trabajo y ganar dinero, poder situarte en la vida, ‘hacer carrera’, como se decía, para poder ser alguien importante, que tuvieras poder económico, que fueras una persona de nombre y de influencia en la vida. No está mal. Es bueno hacer soñar. Es bueno poner aspiraciones en el corazón. Es bueno que lleguemos a desarrollar lo que somos y lo que valemos, nuestras cualidades y valores, que podamos hacer con lo que somos algo por la sociedad en la que vivimos. Es cierto, no hay que cortarle alas a los sueños. Demasiado vemos en la vida gente dando vueltas y vueltas sin saber a donde va, a qué dedicar su vida, que pueden hacer de provecho por ellos mismos, pero también por esa sociedad en la que vivimos.

Lo que creo que no podemos o no debemos hacer es solamente quedarnos en nuestras propias complacencias y satisfacciones – aquello de guardarnos para nosotros mismos -, llenarnos de orgullo y subirnos a pedestales para aprovecharnos de eso que hemos alcanzado, de eso que podemos hacer, o de esos valores y cualidades que hemos sido capaces de desarrollar. Es una tentación fácil, que se nos suba a la cabeza lo que hemos ido logrando en la vida, y centrarlo todo en nuestro yo, querer incluso que los demás sean adoradores de lo que somos suscitando envidias, creando rivalidades, poniendo recelos y desconfianzas en los corazones.

Mira por donde Jesús de que tenemos que hacer fructificar la semilla de nuestra vida. Ya en otros momentos del evangelio nos hablará de cómo hemos de negociar los talentos que se han puesto en nuestras manos para darles rendimiento, y nos habla también de la buena administración que hemos de hacer de lo que somos o de lo que tenemos. Pero hoy nos está dando unas claves cuando habla de la semilla que para que pueda fructificar ha de ser enterrada en tierra y morir. Es una forma de decir que ha de germinar para que surja una nueva planta, de aquella semilla germinada no quedará nada, o mejor tenemos que decir, quedará una nueva planta, una nueva vida, que va a producir también sus frutos.

Por eso nos habla de morir a nosotros mismos. En otro momento empleará la expresión de negarse a sí mismo. Hoy nos dice ‘el que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’. No podemos centrar la vida solo en nosotros mismos, no podemos pensar en que solo vamos a ganar para nosotros; nos está hablando de desgastarnos, de darnos, de morir como lo hace la semilla para que germine y surja esa nueva planta, nos está hablando del sentido del amor que le hemos de dar a la vida.

Aquello que desarrollamos en nosotros, esa semilla que queremos hacer germinar, esas cualidades y valores que vamos a desarrollar, no es simplemente por buscar un nombre de prestigio, por alcanzar unas metas de poder; no importa las altas cotas que pueda alcanzar sino aquello en lo que yo sea capaz de servir, aquello en lo que yo pueda hacer por ese mundo en el que vivimos, por los demás, por aquellos que me rodean.

Esa es nuestra verdadera riqueza, esa es nuestra verdadera grandeza, ese tiene que ser el auténtico brillo que le dé a mi vida. Ese es el grano de trigo que verdaderamente va a dar fruto, no aquel que guardamos y almacenamos en el granero sin darle ninguna utilidad. Alguna vez nos ha pasado que unas semillas que teníamos allá bien guardadas durante mucho tiempo, las habíamos guardado como si fueran una pepita de oro, pero cuando quisimos sembrarlas para que germinaran y nos dieran nuevas plantas ya estaban inservibles, ya no fueron capaces de germinar para darnos nuevas plantas. Que no echemos a perder así la semilla de nuestra vida.


Todo esto lo estamos reflexionando cuando estamos celebrando hoy a san Lorenzo que no solo se dejó quemar en la parrilla por el nombre de Jesús, sino que por ese nombre de Jesús se había gastado su vida por los pobres que eran la verdadera riqueza de la Iglesia.

sábado, 12 de febrero de 2022

No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

 


No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Los discípulos se sintieron quizás sorprendidos por las manifestaciones que estaba haciendo Jesús. Estaba descorriendo el velo de su corazón para que todos le conocieran, para que conocieran sus sentimientos, para darles a entender también el sentido nuevo del Reino de Dios que les estaba enseñando.

Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos’.

Comienzan entonces a preocuparse los discípulos. Si es que allí tampoco ellos pueden hacer nada. ‘¿Dónde comprar panes para que coman todos estos?’, se preguntan. Están en lugares despoblados, la situación les parece difícil de resolver. Pero es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Con cuántos panes se puede contar? Pero solo tienen siete panes. Con eso parece que es imposible.

Derrotistas de la misma manera nos presentamos nosotros tantas veces. No hay nada que hacer, nos decimos y repetimos, son tantos los problemas que parece que vienen en avalancha; quizás podemos sentir algún tipo de preocupación pero no hacemos sino darle vueltas al asunto sin disponernos a comenzar a hacer algo. ¿No habría que preguntarse también por cuántos panes tenemos? ¿Qué es lo positivo por pequeño que sea que yo pueda aportar? ¿Qué es lo que sé hacer y donde yo puedo echar una mano con eso que yo tengo, con eso que yo soy?

Algunas veces cuando hablamos de ese mundo nuevo que tenemos que hacer, de esa ilusión que tenemos que poner en la vida por hacer que las cosas se mejores, de esos granitos de sal que tendríamos que añadir a la vida para que la vida tenga otro sabor, de esas hogazas o de esas migajas de amor y de buenos sentimientos que tenemos que ir poniendo en el mundo para que sea mejor, enseguida pensamos en qué podemos hacer nosotros frente a esa avalancha de egoísmo, de insolidaridad, de maldad que podamos ver en el mundo y nos parece que son tantos y que nosotros somos tan poquitos que no podríamos conseguir nada por hacer que todo mejore. Y nos quedamos con los brazos cruzados. Es lo peor que podemos hacer.

Pon tu granito de arena, pon tu migaja de amor, pon tu ilusión y tu esperanza, comienza a ver las cosas con otros ojos llenos de posibilidades, siempre tu buena semilla aunque te parezca tan pequeña… todo eso un día florecerá; claro que si dejas la semilla guardada sin echarla a la tierra nunca podrá germinar para hacer surgir una nueva planta que llegue a dar fruto. Y es lo que muchas veces hacemos, nos quedamos en lamentaciones, nos quedamos en que nada o poco tenemos y de qué va a servir y la multitud seguirá teniendo hambre porque nadie ha comenzado a compartir. Comienza y seguro que tu obra buena va a fructificar y va a ser estímulo para que otros también siembren su pequeña semilla, compartan su pequeño pedazo de pan.

Es lo que nos está enseñando este milagro de la multiplicación de los panes que hoy contemplamos en el evangelio. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Serás capaz de compartir la pobreza de esos siete panes que tú tienes?  Siente la compasión de Jesús y ponte por obra y comienza a compartir tus panes. Tu sonrisa, tu ilusión, tu esperanza, tu optimismo, tus buenos deseos, tus pequeñas cosas buenas que hagas cada día, tu acercamiento a los demás, tu visita al enfermo de al lado de tu casa, tu interés por los problemas que puedan tener los demás para ayudarle… cuántas cosas.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Nos cuesta comprender un amor que se hace entrega hasta el final dando incluso la vida


Nos cuesta comprender un amor que se hace entrega hasta el final dando incluso la vida

 Zacarías 2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45
Hay ocasiones en que por más que nos lo expliquen parece que se nos cierra la mente; no entendemos, estamos quizá ensimismados en nuestros pensamientos, en nuestra idea, en nuestra manera de pensar, que aquello que se nos dice nos parece tan nuevo como incomprensible. ¿Qué hacer? ¿Ya se nos pasará esa cerrazón? ¿Cómo abrir la mente a lo nuevo que se nos ofrece? Pero cuidado que a veces no vemos ni nuestra propia cerrazón. Quizá nos fijamos más en los demás, en lo que vemos o nos parece ver en los otros y decimos cómo es que puede cerrar así tan duro de mollera, pero somos nosotros de la misma manera.
En esas andaban los discípulos ante las palabras que Jesús les decía, los anuncios que les estaba haciendo. No terminaban de entender las palabras de Jesús. Aunque ya en otras ocasiones también se los había anunciado. Querían mucho a Jesús, lo habían seguido dejándolo todo, sus vidas se llenaban de esperanza en algo nuevo, podía parecer que todo marchaba sobre ruedas y Jesús viene con estos anuncios, de entrega y de pasión, de cruz y de muerte. Eso no le podía pasar a Jesús, así incluso un día Pedro se lo había llevado aparte y le había dicho que eso no le podía pasar, en otros momentos porfiaría incluso que estaba dispuesto a dar la vida por El. Las esperanzas que habían puesto en El no se podían venir abajo. Por otra parte esta la idea extendida de lo que habría de ser el Mesías y ellos lo vislumbraban como el Mesías.
Vemos la mente cerrada de los discípulos y las dudas que se les metían por dentro, pero hemos de reconocer que no somos nadie para juzgarlos ni condenarlos por eso. Jesús pacientemente seguía enseñándoles para que llegaran a descubrir toda la verdad del misterio de su vida. Su vida era entrega porque era amor. 
Y quien se entrega es capaz de negarse a si mismo de manera que estaría dispuesto a entregar su vida. Era el amor. Y ya nos dirá en otro momento que nadie le arrebata su vida, sino que El la entrega voluntariamente. Para eso ha venido, no para morir, sino para amar, para dar vida, y como el grano de trigo que da vida está dispuesto a morir; el grano de trigo ha de enterrarse para que muera al brotar una nueva vida, una nueva planta, o ha de ser triturado hasta dejar de ser el mismo para convertirse en harina y convertirse en pan que nos alimenta y que nos da vida.
Y ese es el sentido de Jesús, eso es la vida de Jesús. Pero ya sabemos que una entrega de este tipo no es entendida, porque los que nos creemos sabios en este mundo muchas veces no llegaran a entender lo que significa una entrega para dar vida; dan de su vida, de su sabiduría externamente solo con las palabras que nos trasmiten, pero Jesús que es la Palabra con mayúsculas, porque es la Palabra de Dios, nos da algo mas que palabras porque nos da su propia vida. Es su entrega.
¿Tendrá que pasar por el sacrificio de la muerte de la cruz? Es que no hay amor más grande que el que se da hasta morir por aquellos a los que ama. Y eso es lo que hizo Jesús.

sábado, 10 de agosto de 2019

Seremos felices de verdad, tendremos vida cuando con sinceridad nos damos, cuando humildemente ofrecemos lo que somos quemando nuestro corazón en el amor



Seremos felices de verdad, tendremos vida cuando con sinceridad nos damos, cuando humildemente ofrecemos lo que somos quemando nuestro corazón en el amor

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26
Todos queremos vivir, amamos el vivir; no nos cabe en la cabeza que perdamos la vida, es un don muy precioso, y aunque en ocasiones se nos vuelva dura luchamos por mantenerla y por mejorarla.
Decimos con facilidad que cada uno tiene que vivir su vida y tenemos la tentación de preocuparnos solo por nosotros mismos queriendo aislarnos de aquellas cosas que nos pudieran perturbar la vida. Claro que al final cuando vivimos solo para nosotros mismos y nos aislamos la cosa no parece tan grata, porque en el fondo de nosotros mismos tendemos hacia los demás, no podemos vivir sin los otros y terminamos buscando un encuentro, una relación, algo que nos comunique con los otros.
Nos damos cuenta de que no podemos vivir sin el otro, sin los otros y nos lleva a buscarlos y comenzaremos a comprender lo que es el amor, lo que es darnos por el otro. Entraremos en una sintonía distinta aunque no siempre lleguemos a ejecutarla de verdad porque pesaran muchas cosas negativas en nosotros. Cuando entramos en la órbita de un amor verdadero ya no nos importa vaciarnos de nosotros mismos por el bien aquellos a los que amamos; somos capaces de perder para que gane aquel a quien amamos.  Y haciéndolo así parece que nos sentimos más felices, más llenos de vida.
Podremos entender entonces las palabras de Jesús que nos habla de perder la vida para ganarla, como  nos enseña hoy en el evangelio. Nos habla del grano de trigo que muere para dar vida y nos habla de que nosotros perdamos la vida para ganarla. Nos hablará Jesús en otras ocasiones de negarnos a nosotros mismos, para que no prevalezca en nosotros nunca el egoísmo, sino que siempre seamos un corazón abierto para los demás y unos brazos que ofrezcan cariño, amor, amistad a cuantos nos rodean. Así seremos felices de verdad, tendremos vida cuando con sinceridad nos damos, cuando humildemente ofrecemos lo que somos que es lo verdaderamente importante.
Hoy estamos celebrando a quien supo dar la vida; celebramos su martirio, pero solo es consecuencia de lo que fue su vida. Era diácono, era servidor, de la Iglesia, de los pobres, de todos los que le rodeaban. Se daba y nada reservaba para si. Cuando le piden que manifieste cuales son sus riquezas muestras a los pobres a los que servia con amor. Eso mereció el martirio, porque eso no era comprendido por quienes solo ansiaban poder y riquezas.
Hoy estamos celebrando a San Lorenzo, mártir, que bien sabemos que se dejó quemar por su fe y por su amor. Cuando pusieron su cuerpo sobre las llamas, ya él había quemado, consumido su corazón en el amor, porque se había dado totalmente por sus pobres desde la fe que tenia en Jesús. Su cuerpo quemado en las llamas, como decíamos, fue solo la consecuencia de su amor.
Qué ejemplo más hermoso para nuestra vida para que comprendamos lo que verdaderamente es vivir dando la vida, dando vida.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Que el soplo del Espíritu nos ayude a quitar y echar al fuego de la purificación lo que nos sobra o nos estorba de nuestra vida para hacer rectos los caminos que nos llevan al Señor



Que el soplo del Espíritu nos ayude a quitar y echar al fuego de la purificación lo que nos sobra o nos estorba de nuestra vida para hacer rectos los caminos que nos llevan al Señor

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

Hoy se emplean en el evangelio unas imágenes que quizá en muchos de nuestros ambientes o de generaciones jóvenes no terminarán de entender. Se nos habla de parva y de paja, de aventar – lanzar al viento – y de grano de trigo recogido limpio de toda parva o de toda paja. La era de trillar, el aventar el grano para que quedara limpio de paja y polvo es algo que nos queda en el recuerdo de los mayores si acaso vivimos en el campo y pudimos presenciarlo o incluso trabajarlo, pero que hoy mecánicamente con métodos mas modernos han sido sustituidos.
Pero son imágenes que nos emplea el Bautista y cuanto pueden significar en ese camino de conversión que hemos de vivir en nuestra preparación para la venida del Señor. Hemos de recoger ese grano limpio, ese fruto bueno de nuestras vidas purificándonos de tantas cosas que llevamos demasiado apegadas en el corazón. Y los apegos no son solo cosas sino actitudes y posturas de las que tenemos que liberarnos si en verdad queremos preparar bien los caminos del Señor.
‘¿Qué tenemos que hacer?’ se preguntaba la gente cuando escuchaba la predicación de Juan. ¿Qué tenemos que hacer? acaso nos estemos preguntando nosotros también. Quizás hasta podemos pensarnos que no tenemos que hacer nada especial porque nosotros ya vamos por el buen camino. Sabemos bien que nosotros mismos muchas veces nos lo planteamos así, nos consideramos buenos y cumplidores, y quizá pensamos que todo lo resolvemos con repetirnos unas oraciones o acaso dar alguna limosna, o hacer alguna ofrenda si se da el caso.
Es una pregunta que seguirá repitiéndose a lo largo del evangelio por muchos de los que se acercan a Jesús y se sienten conmovidos quizá por sus palabras. Jesús, es cierto, nos recordará como a aquel joven rico en principio que cumplamos los mandamientos, aunque luego le pida más cosas si en verdad quiere crecer en su vida. Cuando le preguntan a Jesús qué es lo principal recordará siempre el mandamiento del Señor, pero con toda la amplitud y exigencia de lo que significa amar con todo el corazón y con toda la vida. Cuando Jesús habla del prójimo a quien tenemos que amar, todavía alguno se atreverá a preguntar ‘¿y quién es mi prójimo?’
Pero vamos a las palabras de Juan porque si hemos hecho referencia a esos otros momentos del evangelio es para que veamos la sintonía que hay entre las palabras de Juan y la Buena Nueva de Jesús. Ahora escucharemos detalladamente las palabras con que Juan va respondiendo a cada uno de aquellos grupos que se acercan hasta el Bautista en el desierto. Son la gente común, la gente sencilla, los que en verdad quieren abrir su corazón a algo nuevo que saben que va a aparecer con la presencia ya cercana del Mesías como les dice Juan. Gente sencilla y entre ellos cobradores de impuestos o militares.
¿Qué les pide Juan señalándose a cada uno en concreto? La generosidad del compartir que significa no solo dar cosas sino ser capaces de desprenderse de si mismos, de su yo. ‘El que tenga dos túnicas, les dice, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida que haga lo mismo’. Es parte de su yo, de su vida lo que han de compartir; la ropa o lo que tenemos para vivir de alguna manera nos identifica, porque no es el mero hecho de compartir una túnica que me sobre o una comida que tenga en abundancia, sino que es dar de si mismo. Cuánto podríamos decir en este sentido.
Es la rectitud con que hemos de vivir nuestra vida; no nos vale aprovecharnos del otro en virtud de nuestras posibilidades o de nuestro poder. Con rectitud y justicia hemos de vivir para respetar al otro y lo que es, para respetar la persona y lo que tiene y no valernos de nuestros trapicheos, nuestra mano izquierda o nuestros trucos para aprovecharnos de los demás.
De cuantas nebulosas rodeamos muchas veces nuestros trabajos o nuestros negocios; cuantas veces nos valemos de nuestras influencias y manipulaciones para aprovecharnos de lo que sea; de cuantas apariencias de bondad y decimos de querer ayudar a los otros queriendo colgarnos medallas de meritos y merecimientos, para aumentar nuestro poder o nuestras ganancias o para escaquearnos de nuestras responsabilidades y trabajos pues es lo que todos hacen o ya otros lo harán nos decimos.
A la gente le sorprendían las palabras directas e incisivas del Bautista y por eso se preguntaban si acaso no era Juan el Mesías. Es cuando nos anuncia que él solo viene a bautizar con agua, como un signo de purificación necesaria y de penitencia, pero que vendrá el que lo transformará todo porque viene a bautizar con Espíritu Santo y fuego.
Es entonces cuando nos habla lo que recordábamos al principio de esta reflexión, lo de aventar el trigo para que el viento se lleva la parva, para separar el grano de la paja.
¿No será lo que tenemos que hacer en la vida? Que el soplo del Espíritu nos ayude a quitar y echar al fuego de la purificación todo eso que nos sobra o nos estorba de nuestra vida para hacer rectos los caminos que nos llevan al Señor; cómo es necesario hacer relucir el verdadero fruto manifestado, como hemos venido diciendo, en el amor y en la justicia.
Creo que pueden surgir interrogantes serios en nuestro interior en este camino de Adviento; es una invitación a la verdadera purificación de nuestra vida, a preparar debidamente los caminos del Señor.

viernes, 10 de agosto de 2018

Calladamente queremos entregarnos, ser grano de trigo, pero será el Espíritu del Señor quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer



Calladamente queremos entregarnos, ser grano de trigo, pero será el Espíritu del Señor quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26

Sería un grave error, por ejemplo, para quien quiere construir un gran edificio el pensarlo siquiera. Total, como eso va a quedar bajo tierra oculto, da igual como esté, da igual cómo se realice. Unos cimientos es cierto van a quedar, por decirlo así, enterrados bajo tierra y nadie los va a ver, pero la solidez del edificio se fundamenta en la buena realización de esa cimentación.
Igual en la vida, habrá cosas que quedaran ocultas y quizás nadie nunca las sabrá si tu no lo compartes, pero muchas de esas cosas, mucho de ese tiempo que has dedicado a la cimentación de tu vida, de tu carácter, de unos buenos habito, de la concesión de unos principios van a ser fundamentales para la madurez de tu existencia y para cómo has de saber reaccionar cuando vengan los embates de la vida. No podemos dejar que la planta crezca torcida, sino que hemos de ponerle unas guías para que crezcan debidamente, hemos de ir realizando unas podas para evitar que su fuerza se vaya por esas ramas que no van a dar fruto quitando todo aquello que no solo no nos es necesario sino que incluso pudiera sernos perjudicial.
El grano de trigo que se tritura es el que nos dará blanca harina para hacer nuestro alimento; el grano de trigo que se entierra es el que va a germinar en una nueva planta que nos multiplicará los frutos. El amor callado que nos hace entregarnos sin aspavientos es el que va a ser caldo de cultivo de un mundo mejor; el amor que se inmola hasta el punto que nos olvidemos de nosotros mismos para darnos por los demás es el que se va a convertir en verdadera vida de plenitud para nosotros y ayudará a que lo sea también para los demás. Es el cimiento de nuestra vida.
De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Del grano de trigo que se entierra y muere cuando germina una nueva vida. Es el sentido de su vida. Es la plenitud de su ser. Es la fuente viva de vida para nosotros. Es el camino que nos abre a nueva vida. Es el inicio del Reino nuevo de Dios que es Reino de amor. Es la cumbre de nuestra salvación.
Hoy celebramos a san Lorenzo, el hombre que encontró el verdadero tesoro. Cuando en la persecución le piden que como diácono (administrador y servidor) de la Iglesia de Roma le trajera los tesoros de la Iglesia al emperador él reunió a todos los pobre de Roma y fue lo que presentó ante el tribunal. Allí estaban sus tesoros, aquellos por los que se desvivía y a los que servía buscando lo mejor para ellos dándoles de comer con las limosnas que le daban los fieles de Roma. No temió por su vida. El simplemente amaba, servía, se daba y se entregaba, ponía todo el amor de su corazón en aquello que hacia. Y su sacrificio llegó hasta el extremo. Todos sabemos lo que fueron los tormentos de su muerte sobre aquella parrilla, asado en carne viva.
Fue el grano de trigo, como lo había sido Jesús, como tenemos que aprenderlo a ser nosotros. Es la pauta y la guía de nuestra vida; es en lo que fundamentamos todo nuestro ser, toda nuestra existencia. Tenemos que aprender a poner esos verdaderos cimientos de nuestra vida, aunque sea duro pero siempre con el gozo de darnos; aunque hayan muchos que no lo quieran ver ni valorar, pero sabemos de verdad cual es el sentido de nuestra vida; amando quizá en silencio sin que nadie lo note, pero amando desde lo más profundo del corazón a pesar de nuestras debilidades y también de nuestro pecado muchas veces. Pero queremos amar mucho, aunque nadie lo note, pero así serán perdonados nuestros muchos pecados, así podemos ser en verdad semilla de nueva vida y de nuevo mundo.
Calladamente queremos entregarnos, será el Espíritu del Señor que está con nosotros quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer.

domingo, 18 de marzo de 2018

Lo gloria del Señor se va a manifestar cuando Jesús sea levantado en lo alto porque la gloria verdadera está en el amor, y la cruz es la prueba más sublime del amor



Lo gloria del Señor se va a manifestar cuando Jesús sea levantado en lo alto porque la gloria verdadera está en el amor y la cruz es la prueba más sublime del amor

Jeremías 31, 31-34; Sal 50; Hebreos 55 7-9; Juan 12, 20-33

El grano de trigo no es para conservarlo permanentemente sin sacar ninguna utilidad de él; seria un grano infecundo que ni produciría una planta germinadora de nuevos frutos sin podríamos hacer de él blanca harina con la que confeccionaríamos sabroso pan que nos serviría de alimento. El trigo o lo plantamos en la tierra para que germinando, es cierto, desaparezca pero que hará surgir una nueva planta en la que se multiplicarían los granos en abundante cosecha, o lo trituramos en el molino para hacer la harina con la que confeccionar el pan de nuestro alimento.
Y hoy Jesús nos dice que El es ese grano de trigo que se tritura, que se entierra en lo hondo de la tierra, que es una manera de morir, para ser verdadero germen de vida que de fruto en nosotros. Es la prueba y es el signo del amor. Porque quien ama se entrega, se gasta y se desgasta por aquellos a los que ama. Porque amar no es buscar satisfacciones egoístas sino es volcarse por el amado. Y ya nos dirá Jesús que no hay amor más grande que el de aquel que es capaz de morir por el amado. No es el heroísmo casual de un momento, sino es el heroísmo del amar día a día dándose totalmente por los demás.
Y hoy Jesús nos dice que esa es su gloria. Llega la hora en que será glorificado el Hijo del hombre. Cuando escuchamos palabras así en nuestras interpretaciones humanas pensamos en la gloria de los triunfos, de las riquezas, de los honores o del poder. Pero la gloria del Señor se manifestará en todo su esplendor en lo que para los ojos del mundo pudiera parecer una contradicción o una paradoja. Lo gloria del Señor se va a manifestar cuando sea levantado en lo alto, y está anunciando y refiriéndose a la cruz. Porque la gloria verdadera está en el amor, y la cruz es la prueba más sublime del amor.
No se oculta, sin embargo, que son momentos duros y difíciles. Lo que nos expresa aquí el evangelio de Juan tiene su paralelismo en lo que nos narran los sinópticos que fue la agonía de Getsemaní. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre’. También aquí sentirá Jesús el consuelo del Padre en la voz que se escucha desde el cielo. ‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Como el ángel de Getsemaní.
Momentos tensos pero momentos de gloria. Igual que nos narran los otros evangelistas la gloria del Tabor en la que se escucha desde el cielo la voz que le señala como el Hijo amado de Dios, ahora en las vísperas de la pasión, cuando ya estamos a punto de entrar en la semana de la pasión escuchamos nosotros también esta Palabra que nos hace mirar a lo alto para que también contemplemos la gloria del Señor. Necesitamos  no olvidar que a quien vamos a contemplar subir hasta lo alto de la cruz en el Calvario es nuestro Salvador y nuestro Redentor. Que acogiendo nosotros esa salvación que nos ofrece Jesús veremos en verdad la gloria del Señor.
Son las buenas actitudes con las que hemos de disponernos a vivir estos días que nos conducen a la Pascua. No podemos ser unos meros espectadores como muchos en las calles de Jerusalén que vieron pasar aquel cortejo y acaso simplemente les surgió una lágrima de compasión por aquellos condenados que iban al cadalso. Es algo más y alto distinto lo que nosotros tenemos que sentir porque tenemos que meternos de lleno en la Pascua de Jesús viviéndola en nosotros. Es la apertura a la gracia, es la disponibilidad de nuestro corazón a convertirnos de verdad al Señor, es el compromiso del amor para aprender a vivir un amor como el de Jesús, es el deseo de sentirnos transformados en esta Pascua para renacer con nueva vida con Cristo resucitado en la mañana de Pascua.
Pero yo diría que hay algo más. Es que tenemos que ser unos testigos de esa salvación, de esa vida nueva que en Jesús encontramos para también comunicarlo, llevarlo a los demás, o llevar a los demás al encuentro con Jesús. Hay un detalle hoy en el evangelio que no hemos dejar pasar desapercibido.
Ha comenzado el relato del evangelio de hoy diciéndonos que unos griegos fueron a decirle a Felipe que querían conocer a Jesús. Felipe cuenta con Andrés y ambos llevan a aquellos hombres hasta Jesús. En el mundo que nos rodea, y es ese mundo de nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo, habrá muchos que quizá están también con ese deseo de conocer a Jesús pero no hay nadie que los lleve hasta Jesús, nadie que les hable de Jesús.
Y ahí está nuestra tarea y nuestro compromiso, ahí está el testimonio que nosotros también hemos de dar. ¿Nuestra vida es realmente un signo que les hable a los demás de Jesús? Nos quejamos tantas veces que la gente ha perdido la fe, que ya la gente no es tan religiosa como antes, que muchos se han apartado de la Iglesia, de la religión, de la fe. Y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Qué signos somos para los demás? ¿Cómo les hablamos de Jesús o como hablamos a Jesús de ellos intercediendo para que a ellos llegue también la gracia del Señor? Puede ser un interrogante fuerte que se nos plantee en nuestra conciencia.