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jueves, 28 de mayo de 2026

Ojalá todos seamos capaces de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo Sacerdote, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’

 


Ojalá todos seamos capaces de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo Sacerdote, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’

Génesis 22, 9-18; Salmo 39; Mateo 26, 36-42

Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, es la oración que se  nos ofrece hoy en el salmo responsorial y que seguramente muchas veces hemos repetido. ¿Lo hemos repetido simplemente porque se nos ofrece en la liturgia? ¿Lo habremos repetido arrancándola desde lo hondo de nuestro corazón en un momento difícil, en un momento de oscuridad, en un momento en que nos habíamos visto envueltos por agobios o por fracasos, por incomprensiones o en medio de soledades en nuestras luchas?

No es una frase fácil de decir, tenemos que reconocer; cuando venimos a Dios en nuestra oración normalmente ya venimos predispuestos a lo que queremos conseguir y parece como si fuera Dios el que tiene que acomodarse a nuestros deseos o peticiones. Pero con esta frase decimos algo muy distinto, no es mi voluntad, no son mis deseos, no es que me salgan las cosas bien, no es que yo quede satisfecho; estoy renunciando a todo eso, porque no es mi voluntad la que tiene que prevalecer sino la voluntad de Dios. ‘Para hacer tu voluntad’.

¿Le fue fácil a Abraham mientras subía al Monte para realizar aquel sacrificio que en su corazón sentía que Dios le estaba pidiendo? Era su hijo, el que tanto había deseado, en quien estaba su descendencia, el hijo de la promesa que Dios en su ancianidad le hacía concedido. Y subían juntos al monte del sacrificio porque para Abraham lo primero era la voluntad de Dios, el querer de Dios.

Es lo que se vislumbra también en el huerto de los Olivos, en Getsemaní. Había sido una entrada solemne y tenebrosa, las tinieblas de la noche todo lo envolvían. Pero Jesús había ido dejando retazos de su corazón en aquella entrada. ‘Sentaos aquí, mientras voy allá a orar’, les había dicho al grupo aunque con El se había llevado a Pedro, Santiago y Juan. ‘Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo’. Había llegado la hora de la ofrenda, de la entrega, sacrificio, del amor más supremo. No era fácil tampoco para Jesús, por eso pedía que pasara de él aquella hora de beber el cáliz. Pero sabía que era el momento supremo. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’. Y la ofrenda se realizó, el sacrificio se consumó, el amor más grande resplandeció. Es la hora en que se manifiesta el Sacerdocio de Cristo.

Jesús no quiere estar solo en ese momento; pide a los suyos que oren con Él, aunque se caen de sueño, aunque la angustia les requemecome el alma, aunque siguen con sus miedos y desconfianzas porque incluso se han llevado una espada ceñida al cinto. Contemplan la intensidad de la oración de Jesús y sus palabras llenas de angustia pero también con la firmeza de la obediencia de la fe, pero siguen atónitos, siguen en sus sueños, siguen en medio de sus sombras.

¿No será así cómo muchas veces nos encontramos nosotros cuando vamos al encuentro del Señor para nuestra oración? ¿Qué es lo que seguimos llevando en nuestras mentes? Nuestras mentes que utilizan muchas veces nuestros rezos para seguir cayendo en esa misma somnolencia. No es solo ya que nos durmamos mientras rezamos, sino que es la somnolencia que acompaña nuestra vida y que le hace perder hondura a nuestra oración, porque seguimos pensando en lo nuestro, seguimos pensando en lo que vamos a obtener, pero no terminamos de abrir nuestro corazón a Dios para ver qué es lo que Dios quiere.

Nuestra oración no nos libera de nuestras luchas, pero sí nos hará atravesar ese campo de batalla de la vida con otra determinación, con otro sentido, con otro valor. No serán las espadas que llevemos al cinto las que nos harán salir vencedores; esas espadas de nuestras seguridades, esas espadas de nuestra verdad, de nuestra prepotencia, de nuestros prestigios, de nuestra autosuficiencia, de nuestros caprichos de nada nos valen si no sabemos renunciar a nuestro yo para buscar solamente lo que es la voluntad de Dios.

Es la oración de Cristo Sacerdote, como hoy celebramos, que cuando la hacemos nuestra es también la oración de nuestro sacerdocio, porque estamos así participando del Sacerdocio de Cristo. Por nuestro bautismo todos somos con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes. Pero en este día queremos recordar a quienes se han unido a Cristo en este sacerdocio ministerial por el Orden Sacerdotal, que imprime en sus almas ese carácter que los hace sacerdotes para siempre. Todo el pueblo cristiano tiene hoy que unirse a esa oración por los Sacerdotes y con su oración se están uniendo a esta oración Sacerdotal de Cristo.

No es fácil esa oración pero dejándonos conducir por el Espíritu de Jesús también seremos capaces de decirla. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.


domingo, 17 de marzo de 2024

Jesús nos habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida, Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida, ahí está nuestra glorificación

 


Jesús nos habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida, Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida, ahí está nuestra glorificación

Jeremías 31, 31-34; Salmo 50; Hebreos 5, 7-9; Juan 12, 20-33

Alguna vez habremos escuchado hablar de alguien, del que quizás nos han contado maravillas, y tenemos deseos de conocer a esa persona. Motivados por esa curiosidad y sobre todo sintiendo admiración en cierto modo ya de entrada sobre esa persona, buscaremos medios y formas para acercarnos a ella, lograr que nos la presenten, intentar entrar en su círculo de amistades para hacernos un hueco y poder acercarnos a ella.

Son cosas normales en nuestras mutuas relaciones, que forman parte del engranaje de la vida social en el que nos movemos; será alguien de quien hemos escuchado que hace muchas cosas buenas por los demás, una persona altruista que se desvive por los otros, o como sucede en la sociedad en la que estamos, un deportista famoso, un político de esos que tienen un arte muy especial para ganarse adeptos y amigos, será alguien del mundo de la cultura si esto está en nuestros intereses, un artista de fama que arrastra masas y de quien pretendemos arrancarle aunque sea un autógrafo.

¿Cómo nos sentiremos cuando le conozcamos o logremos aquello que tanto soñábamos? Seguramente que encantados, aunque también hay el peligro o la posibilidad de que nos sintamos desilusionados porque en persona no es lo que nosotros habíamos imaginado. Muchas veces pudiera ser mucho más lo que nosotros llevamos en la cabeza, en la imaginación, que la realidad de ese personaje que queríamos conocer.

¿Cómo se sentirían aquellos griegos que querían conocer a Jesús y de los que nos habla hoy el evangelio? Nos relata el evangelista que había dos griegos, quizás en cierto modo cercanos al mundo judío o prosélitos, que a través de Felipe primero y luego también de Andrés quieren acercarse a Jesús. ‘Queremos ver a Jesús’ fue su petición, y ambos apóstoles se los presentaron a Jesús. Importantes que son también las mediaciones. ¿Nos habremos parado a pensar a través de quienes a lo largo de nuestra vida nos hemos acercado a Jesús o le hemos conocido más? Sería también algo para pensar, pero también para agradecer, quienes han sido mediación en la vida para que nosotros conozcamos a Jesús. Nuestros padres, el testimonio de alguien a nuestro lado, un catequista, el sacerdote que nos ha acompañado, el ejemplo de una persona en la que nos fijamos que calladamente hacía el bien y sin ella siquiera saberlo ha influido en nosotros. Daría para largas reflexiones, como también tendríamos que pensar en cómo habremos sido nosotros mediación para los demás.

Seguramente el encuentro con Jesús de aquellos griegos fue impactante. Fijémonos de lo que comienza a hablar Jesús. Llega la Hora en que ha de ser glorificado el Hijo del hombre. ¿Cuál ha de ser esa glorificación? Los judíos que tan ansiosos estaban por la llegada del Mesías, con su manera tan particular de entenderlo, estarían pensando en esos días de gloria para el pueblo de Israel que por fin se vería liberado de la esclavitud y de la opresión. Días de gloria habían sido los de la salida de Egipto en búsqueda de la libertad, aunque el camino había sido bien duro a través del desierto para llegar a la tierra prometida. ¿Llegarían esos nuevos días de gloria?

Pero Jesús habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida. Jesús habla de una entrega que El va a realizar de sí mismo porque es la manera de alcanzar la vida. ¿Recordarían los discípulos aquello que Jesús tantas veces les había anunciado de que el Hijo del hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y les había hablado de padecer y de muerte? Ellos nunca lo habían querido entender, y seguramente serían palabras que estarían bien guardadas quizás por los temores de lo que anunciaban. Habla Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida. Pero eran palabras que resultaban duras. Y Jesús les dice que el que quiera servirle que le siga, pero ese es el camino, el de la entrega hasta perder la vida para ganarla.

En medio de los interrogantes que podrían están surgiendo en el corazón de quienes escuchaban las palabras de Jesús va a surgir momentáneamente algo extraordinario. Se va a oír una voz venida de lo alto que habla de esa glorificación. ‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Fue como un trueno, fue algo extraordinario que no acababan de entender, como también les costaba entender las palabras de Jesús; era como la voz de un ángel del cielo, pero todos se sentían como aturdidos. ¿Recordarían los discípulos lo sucedido en lo alto del Tabor? ¿Alguien recordaría las palabras venidas del cielo allá en el Jordán cuando Jesús fue bautizado por Juan? Mas tarde en Getsemaní, ¿recordarían lo que ahora había sucedido?

Allí se estaba manifestando la gloria de Dios. Era como un anticipo de lo que Jesús tanto había anunciado que el Hijo del hombre que había de ser crucificado resucitaría al tercer día. Seguramente después de la resurrección recapitularían todas esas cosas y con la fuerza del Espíritu Santo recibido en Pentecostés llegarían a la plena comprensión.

Nosotros lo escuchamos hoy, en vísperas ya de la celebración del misterio pascual. Es lo que vamos a contemplar y a celebrar. Es la glorificación del Hijo del hombre, pero que va a ser para nuestra gloria, para nuestra salvación, porque en ese amor de Dios que se va a manifestar alcanzaremos el perdón, nos llenaremos de la salvación.  Es para lo que tenemos que seguir preparándonos con intensidad en estos días que nos quedan de cuaresma. Es lo que vamos a vivir en la Pascua. Jesús nos está diciendo que cuando sea elevado sobre la tierra, atraerá a todos hacia El.


lunes, 2 de octubre de 2023

Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de la custodia y de la intercesión de los Santos Ángeles que cada uno tenemos a nuestro lado para conducirnos a la vida



 Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de la custodia y de la intercesión de los Santos Ángeles que cada uno tenemos a nuestro lado para conducirnos a la vida

Zacarías 8, 1-8; Sal 101;Mateo 18, 1-5. 10

En este día siempre recuerdo un cuadro que mis padres tenían en la cabecera de su cama, el santo Angel Custodio. La imagen de unos niños que están en un peligro pero el santo Angel Custodio que extiende sus alas para protegerlos del peligro inminente. Esto nos hace recordar aquellas oraciones aprendidas de niño que nuestras madres nos hacían rezar todas las noches antes de dormirnos que nos hablaban de las cuatro esquinitas de nuestra cama protegidas por cuatro ángeles que como guardianes custodiaban nuestro sueño para que no sucediera algo malo.

Hoy quizás no nos puedan valer de la misma manera esas imágenes tan infantiles, pero sin embargo encontraremos con frecuencia en las redes sociales cadenas que nos invitan a hacer novenas a los santos ángeles además atribuyéndose unos poderes espirituales, más allá de lo que es nuestra verdadera espiritualidad cristiana. Fácilmente se puede caer en supersticiones que nos pueden desviar de una verdadera religiosidad y una auténtica espiritualidad.

No es fácil hablar de esto esto por esas mezclas que hacemos en las expresiones de nuestra religiosidad. Más allá de esas imágenes un tanto infantiles propias también de una época y una cultura, sí tenemos que reconocer con nuestra fe de la presencia de esos espíritus puros que están en la presencia de Dios alabando por toda la eternidad, pero que al mismo tiempo están a nuestro lado como una protección y un signo de la presencia de Dios.

Hoy precisamente el evangelio a partir de un planteamiento que le hacen a Jesús de quien va a ser el más importante en el Reino de los Cielos, nos habla de hacernos pequeños, sencillos y humildes como niños para poder entrar en el Reino de los cielos. Y nos dirá que el que acoge a un niño lo está acogiendo a Él. Quizás ante la extrañeza que pudieran producir estas palabras de Jesús en un mundo donde precisamente los pequeños hasta que no llegaran a una cierta edad eran poco considerados, Jesús les dirá que cuidemos de no despreciar a los pequeños 'porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial'.

Es aquello que aparece en el momento de las tentaciones de Jesús en el desierto cuando el diablo le invita a tirarse desde el pináculo del templo, porque seguro que no le pasaría nada y eso sería ocasión para ser aclamado por las gentes ante un hecho tan milagroso, porque, recordando episodios y textos del Antiguo Testamento, Dios pondría sus ángeles para que su pie no tropezará en ninguna piedra.

'El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege', rezamos con los ángeles. Expresión de esa presencia sobrenatural junto a nosotros para inspirarnos el bien en nuestros corazones y para sentir la fuerza de su presencia celestial vencer también las fuerzas del mal que nos tientan. Cuántas veces sentimos en nuestro interior esa fuerza que nos impulsa a hacer una cosa buena, cuántas veces aparecen palabras en nuestros labios que quizá nunca hubiéramos imaginado con las que dar un buen consejo, con las que dar una buena orientación. ¿Por qué no pensar que Dios nos asiste y nos inspira porque también nos concede la fuerza de su Espíritu?

Como nos enseña el catecismo de la Iglesia Católica “Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. ‘Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida’ (S. Basileo)”

Es algo que forma parte de nuestra fe, y más atentos tendríamos que estar a esas inspiraciones espirituales que nos alientan y que nos guían. Sintamos también que en nuestras luchas por superar la tentación, en los momentos en que nos encontramos con problemas y dificultades en la vida siempre tenemos a nuestro lado ese ángel que nos ayuda y que nos trae la gracia del Señor.

En ese Getsemaní de la vida por el que tantas veces tenemos que pasar cuando nos vemos agobiados con nuestros problemas, nuestros tropiezos, nuestras debilidades también estará con nosotros, como con Jesús en la agonía del huerto, el Ángel del Señor que nos conforta. Nunca estamos solos, el ángel del Señor nos acompaña y nos guía para traer sobre nosotros esa fuerza divina.


jueves, 1 de junio de 2023

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva

 


Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva 

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42 

Hay momentos en la vida que nos pueden resultar duros y difíciles cuando tratamos de mantenernos en fidelidad en lo que hacemos, lo que consideramos que es nuestra misión, pero en nuestro entorno quizás encontramos vacío, incomprensión, soledad porque incluso aquellos que pensábamos que se mantendrían a nuestro lado parece que están más pendientes de otras cosas. Sentimos un silencio que pudiera llenarnos de amargura, sentimos el abandono de la soledad, miramos a nuestro alrededor y no encontramos esa mano amiga que buscamos, esa presencia que tanto necesitamos, queremos suplicar desde lo más hondo de nosotros cómo vernos libres de esos momentos, pero al mismo tiempo sentimos que aquella es nuestra misión que no podemos abandonar.  

He querido hacer una descripción de situaciones por las que quizás alguna vez hemos pasado en la vida, pero que de alguna forma es copia de lo que hoy nos habla el evangelio. Es la soledad de Getsemaní. Allí se había retirado Jesús en aquellos momentos, porque el silencio en la noche de aquel huerto bien valía para una reflexión y para una oración. Era un lugar habitual en que Jesús se refugiaba en sus subidas a Jerusalén. Normal que los peregrinos que venían a la ciudad santa, sobre todo con ocasión de la pascua, no siempre pudieran encontrar acogida y alojamiento entre las personas que conocían en la ciudad santa y buscaran lugares propicios para pasar la noche aunque fuera a la sombra de unos olivos. 

Era sabido que Jesús allí se refugiaba para orar, no en vano en esas mismas laderas del monte de los olivos la tradición nos recuerda el lugar donde Jesús enseñó el padrenuestro a sus discípulos. Aquella noche que había tenido un significado muy especial desde la celebración de la cena pascual, con todos los signos, los gestos, los anuncios de traición y negación, las palabras de despedida de Jesús con la promesa del envío de su Espíritu. Ahora Jesús se había adentrado en el huerto, mientras unos buscaban entre los olivos donde encontrar un lugar mas azocado y a tres de ellos se los había llevado consigo con la exhortación a velar y orar porque el espíritu puede estar decidido pero la carne es débil. 

Pero los discípulos se caían de sueño y Jesús se queda solo en su encuentro consigo mismo, con la Pascua inminente que llega a su vida y con sus deseos de la presencia del Padre del cielo que le reconforte. Eran los preparativos para la ofrenda que había de realizarse. No lo entregaban sino que era El quien se entregaba. Había llegado la Hora como ya había predicho al comienzo de la cena Pascual y llegaba la hora de la ofrenda. Ante sí tiene ese camino de ascensión, pero en este caso hasta el Calvario y hasta la Cruz. Obediente al Padre solo quería hacer su voluntad y por amor había emprendido aquel camino. Lo que había descrito el profeta sobre el Siervo de Yahvé se quedaba corto con lo que en aquellos momentos iba a suceder. Y allí está en el silencio y en la soledad de aquella noche, porque incluso los que más habían porfiado que daban su vida por El se habían dormido.  

Y es el grito, que ahora sí se oye fuerte, del cordero que es llevado al matadero. Si es posible que pase de mí este cáliz. Gotas incluso de sangre fluyen con el sudor de su piel en el sufrimiento que se avecina y que ahora la embarga. Pero El es el Sacerdote que tiene que hacer la ofrenda al mismo tiempo que la Victima que se inmola en aquel sacrificio que se va a presentar al Padre. Será el Cuerpo inmolado y la Sangre derramada para enseñarnos del amor, para traernos el perdón, pero inundarnos de la luz y de la paz nueva de la Pascua. Pero es el momento duro del sacrificio y de la ofrenda y el Sacerdote está dispuesto a hacer su subida al altar de la cruz. Si es posible, había dicho, que pase de mí este cáliz, pero continúa adelante con la ofrenda, no se haga mi voluntad sino la tuya,  

Aquí estoy, OH Padre, para hacer tu voluntad, había sido su expresión en la entrada en el mundo. Su alimento era hacer la voluntad de su Padre, había repetido en alguna ocasión. El es el enviado del Padre que viene para hacer su voluntad y así nos lo enseña a rezar nosotros también, y ahora en las manos del Padre va a poner su espíritu, aunque haya sentido la soledad y el abandono. Es el Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva. 

Es lo que hoy estamos celebrando en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés, a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. No nos queda sino contemplar y agradecer. 

 

jueves, 4 de junio de 2020

Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección



Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42
Algunas veces en la vida nos puede parecer que se nos está exigiendo un sacrificio que supera nuestras fuerzas y capacidades y de alguna manera nos sentimos débiles, nos sentimos como zarandeados por esos bandazos y esas exigencias, nos sentimos incapaces de seguir adelante y realizar un esfuerzo más. problemas de superación personal, problemas de responsabilidades adquiridas, problemas de misiones que se nos han confiado y que nos parece que no tuvieron en cuenta hasta donde nosotros podríamos llegar… pero quizá encontramos allá dentro de nosotros mismos una fuerza que parece que no contábamos con ella y seguimos adelante asumiendo nuestras responsabilidades.
Hablo de una forma que parece genérica pero que cada uno puede ver traducida en situaciones personales por las que haya pasado en alguna ocasión en la vida. ¿Seguimos adelante? ¿Nos volvemos atrás y abandonamos responsabilidades? ¿Qué valentía interior podemos encontrar? ¿Habrá algún apoyo que nos llegue desde el exterior, una mirada de amigo, una mano con pulso firme pero cargada de ternura, un brazo sobre nuestro hombro? Lo necesitamos y no sé si siempre lo encontramos.
Hoy la Palabra del Señor nos ofrece dos hermosos textos en este sentido. Por una parte el sacrificio de Abrahán. Y digo bien, el sacrificio de Abrahán, porque el verdadero sacrificio era el que se estaba inmolando en su corazón. Es cierto le había pedido Dios el sacrificio de su hijo, pero era el sacrificio de su corazón el verdaderamente importante. Todo aquello que sentía, que sufría su corazón mientras iban subiendo al monte Moria. Era la negación de si mismo, de su yo, de su propia voluntad para aceptar confiado la voluntad de Dios. Y el sacrificio se realizará a la perfección aunque no se llegase al momento cruento del sacrificio y muerte de Isaac. Para Dios valía la disponibilidad y la confianza del corazón de Abrahán.
‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú. Es la oración de Jesús en Getsemaní. Había dicho que su alma estaba triste con una tristeza de muerte, pues Jesús sabía lo que le esperaba, la pasión que en aquellos momentos comenzaba. Es el ofertorio del sacrificio de Cristo que se está realizando allí en Getsemaní. Es el comienzo del camino de la pasión. Es la Pascua. Era el paso de Dios en medio de la vida de la humanidad, una humanidad también atormentada por el sufrimiento. Jesús está recogiendo todo ese sufrimiento y toda esa negrura de la humanidad. Había venido para realizar lo que era la voluntad del Padre, y qué difícil se le estaba poniendo en su corazón. Ahí vemos el lamento de su oración. Pero ahí vemos la confianza de su corazón. ‘Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’.
Estamos escuchando hoy estos dos textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Es la ofrenda del Sacerdote, es el sacrificio que ofrece Cristo por la salvación de toda la humanidad, es la ofrenda de su mismo que terminará diciendo en lo alto de la Cruz ‘a tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Contemplamos el sacerdocio de Cristo, pontífice compasivo y fiel, como nos dirá la carta a los Hebreos, que conocía nuestras debilidades, que estaba de nuestro lado en nuestro camino de sufrimiento, que viene con su humanidad para mostrarnos la cercanía de Dios, que nos sostiene en la patena de su sacrificio cuando nosotros nos vemos débiles para que podamos sentir que hasta estamos por encima de nuestras flaquezas y debilidades, para que nos sintamos fortalecidos para seguir en ese camino de fidelidad que tanto nos cuesta en muchas ocasiones, para que nos demos cuenta que no estamos solos en ese levantarnos hacia lo alto.
Hoy queremos contemplar también a todos los sacerdotes que participan del sacerdocio ministerial de Cristo y queremos decirles también que no están solos aunque muchas veces tengan que vivir muchas soledades. Que detrás está toda la Iglesia, aunque quizá no siempre se sepa manifestar con esa compasión del Cristo sacerdote, pero es que estamos muy llenos de debilidades humanas. Que sepan contar siempre con la gracia de Cristo, porque aunque se sientan abandonados por los hombres, no faltará nunca la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor que se manifestará de mil maneras y que llegará en la presencia quizás de quienes menos pensamos. Que no teman subir al monte Moria ni pasar por el huerto de Getsemaní, porque siempre se llegará al huerto perfumado de la pascua y de la resurrección. Lo dice quien lo siente de verdad en su corazón.

viernes, 29 de mayo de 2020

Nos pregunta Jesús si le amamos y algunas veces no sabemos qué responder porque cuando nos quitan los ropajes externos parece que nos quedamos sin nada


Nos pregunta Jesús si le amamos y algunas veces no sabemos qué responder porque cuando nos quitan los ropajes externos parece que nos quedamos sin nada

Hechos 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19
Cuando entretejemos la vida con los hilos y el tejido del amor será algo que lleguemos a vivir casi espontáneamente y prácticamente no es necesario hacer continuas declaraciones de amor y de amistad, porque será algo que fluye por si mismo. No necesita el amigo estar preguntando siempre al otro si es amigo y si siente aprecio por él porque los gestos, la cercanía y la preocupación que sienten el uno por el otro lo está diciendo todo. No sería necesario que continuamente un hijo le pregunte a su padre o a su madre si lo quiere cuando tantos son los signos del amor de unos padres por sus hijos continuamente a lo largo del día.
Sin embargo y sin querer retractarme de lo dicho hasta ahora en el mantenimiento de ese amor o de esa amistad habrá muchos momentos en que no son suficientes los signos que realicemos sino que también hemos de expresarlo con palabras. ¿Me quieres? Preguntará acaso la madre a su hijo en momentos en que se expresa ese cariño, como el amigo expresará cuanto es el aprecio que siente por su amigo y lo dichoso y feliz que se siente con su amistad. Necesitamos expresar también con palabras nuestro amor y nuestra amistad que pueden sonar a un sello fuerte con el que queremos confirmar lo que sabemos que llevamos por dentro.
¿Conocía Jesús el corazón de Pedro? No solo en su visión divina y sobrenatural podríamos decir, sino humanamente después de aquel camino de años que habían hecho juntos Pedro no podía engañar a Jesús manifestando otra cosa que lo que llevaba en su corazón. Muchas porfías de amor había hecho Pedro por Jesús al que quería seguir hasta dar la vida por El, aunque muchas fueran también sus debilidades como para quedarse dormido en Getsemaní o negar que conociera a Jesús como sucedería en el patio del pontífice. Tres veces le había negado como ya se lo anunciara Jesús.
Ahora se había lanzado al agua cuando Juan le susurrara que el que estaba en la orilla era el Maestro y allí estaba a los pies de Jesús queriendo, por así decirlo, remediar sus errores y debilidades anteriores. Y es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘Pedro, ¿me amas? ¿Me amas más que estos?’ No había sido una sola vez la que preguntara Jesús sino que se había repetido hasta tres veces el interrogatorio. Ya Pedro no sabia que responder. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’.
Pero no nos vamos a quedar en Pedro. ¿Será la pregunta que nos haga Jesús a nosotros también? Estamos finalizando la Pascua y esta pascua que este año ha tenido unas especiales circunstancias. Ha sido básicamente todo el tema de la pandemia con la crisis sanitaria y social que se ha provocado y que a todos nos ha afectado de una forma o de otra.
Pero las circunstancias especiales en que nos hemos visto obligados a vivir con este confinamiento social ha podido tener y ha tenido también sus repercusiones en la expresión religiosa de nuestra vida cristiana cuando nos hemos visto privados de nuestras celebraciones litúrgicas, contentándonos acaso en seguir por radio, televisión u otros medios de las redes sociales dichas celebraciones. Y es cuando nos preguntamos cuál ha sido nuestra reacción y nuestra respuesta, hasta donde ha llegado el nivel de nuestra fe tratando de encontrar otros cauces, otros medios para no perder la intensidad de la vivencia del misterio pascual.
Ha sido quizá como vernos desnudos cuando se ha quitado todo lo externo y esto no ha obligado a ir a lo que tiene que ser siempre el fondo, el meollo de nuestra vida cristiana. Nos podemos vestir de bonitos ropajes externos y con eso pensamos que ya está todo hecho en nuestra vida cristiana, pero cuando nos han quitado esos ropajes, ¿cómo nos hemos quedado? ¿Qué es lo que hemos vivido? ¿Ha sido igual de intensa en nuestro interior la vivencia del misterio pascual que celebramos?
Sí, nos pregunta Jesús, ‘¿me amas?’ El Señor lo sabe, le amamos, sí, pero nuestro amor no siempre es tan intenso; le amamos, pero algunas veces nos quedamos en los ropajes externos y cuando nos los quitan parece que nos quedamos sin nada; le amamos, pero le pedimos que nos haga crecer en el amor. Para eso nos da su Espíritu. Lo vamos a celebrar.

viernes, 16 de marzo de 2018

Contemplamos la grandeza del amor y nos sentimos agradecidos al tiempo que impulsados al mismo amor aunque nos cueste llegar a vivir la Pascua de Jesús


Contemplamos la grandeza del amor y nos sentimos agradecidos al tiempo que impulsados al mismo amor aunque nos cueste llegar a vivir la Pascua de Jesús

Sabiduría 2,1ª.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
‘Intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora…’ Ha comenzado el acoso de Jesús, buscaban quitarlo de en medio; en las discusiones con Jesús no podían con El, pero para ellos Jesús era un problema. Maquinarán por un lado y por otro para quitarlo de en medio.
Pero la entrega de Jesús tenía otro sentido; no era que ellos lo entregaran aunque eso fuera lo que hicieran, sino que la entrega era del propio Jesús. Libremente había subido a Jerusalén porque sabia que se acercaba la hora de la entrega. Era conciente de ello y así lo había anunciado a los discípulos una y otra vez. El nos dirá que libremente entrega su vida que nadie se la arrebata. Pero aun no había llegado su hora.
Así había dicho allá en Caná cuando lo de las bodas y el agua convertida en vino para salvar la situación de aquel joven matrimonio. En otros momentos veremos también que no ha llegado su hora y se les escabulle de las manos. Pero cuando llegue el momento de la Pascua, de su Pascua, ya nos dirá el evangelista que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y se comenzaran entonces a desarrollar todos los gestos y todos los actos que lo conducen a la pasión, a la entrega, a la muerte en la cruz por nosotros.
Vendrán también momentos de angustia como le sucederá en Getsemaní pidiendo incluso al Padre que pase aquella hora, pero siempre dispuesto a que se cumpla por encima de todo la voluntad del Padre; libremente saldrá al encuentro de aquellos que le buscan. Dirá entonces que ha llegado el momento, que ha llegado la hora. No querrá incluso que sus discípulos lo defienden con la violencia. Es una entrega de paz, es una entrega de amor. En el momento final dirá ‘todo está cumplido’, había llegado la hora y en las manos del Padre pondrá su espíritu.
Contemplamos y vivimos. Contemplamos la grandeza del amor y nos sentimos agradecidos al tiempo que impulsados al mismo amor. Nos cuesta, es cierto. Porque no es un amor cualquiera. Es la entrega hasta el final consciente de todo lo que significa esa entrega. Por eso cuando nos lo pensamos bien, nosotros también algunas veces sentimos miedo. Porque sabemos que el amor nos compromete y cuando comenzamos ese camino de amor somos conscientes de que tenemos que comenzar a olvidarnos de nosotros mismos y que tenemos que llegar hasta el final.
También como Jesús algunas veces gritamos, que pase este cáliz, que pase esta hora, y parece que nos sentimos sin fuerzas. Pero el ángel del Señor estará con nosotros, la fuerza de su Espíritu no nos faltará. Sentimos miedo, no queremos ser el hazmerreír de la gente que no entiende de nuestra entrega, tendremos que hacer gestos y signos que los que nos rodean no nos entenderán, tendrá que haber también un despojo de nosotros mismos y hay muchos apegos en nuestro corazón de los que nos cuesta arrancarnos.
Pero es el camino de Jesús y ha de ser también el camino del cristiano. Es nuestra Pascua que es unirnos a la Pascua de Jesús. Y tendremos que estar dispuestos para cuando llegue la hora, para estar atentos al momento y no nos coja desprevenidos. Cuando nos cuesta todo esto. Tenemos que pensárnoslo muy bien. Tenemos que abrir nuestro corazón a la fuerza y a la gracia del Señor porque de lo contrario no podremos vivir nuestra entrega, nuestra Pascua. Sigamos haciendo el camino en esta cuaresma con toda intensidad, libertad y amor.



lunes, 9 de mayo de 2016

Cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final

Cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final

Hechos 19,1-8; Sal 67; Juan 16,29-33
La experiencia y la sensación de sentirse solo y como abandonado cuando nos vienen los problemas es muy dura de asimilar y producen muchas tristezas y angustias en el alma. Es algo que sucede con demasiada frecuencia y no siempre sabemos reaccionar ante situaciones así; muchas veces cuando no hay la suficiente madurez y fortaleza interior bien sabemos que suelen acabar en tragedias.
Es lo que Jesús les anuncia que le va a pasar a él. En el relato evangélico que estamos escuchando estamos en las vísperas de la pasión y lo que Jesús les está diciendo va a suceder esa misma noche con El. Cuando llegue la hora del prendimiento en Getsemaní comenta el evangelista que todos le abandonaron y huyeron. Alguno como Pedro se llegó hasta los patios del sumo pontífice para ver en qué acababa aquello, y bien sabemos que en su cobardía le negó; solo Juan llegó hasta el final porque será el único que encontremos al pie de la cruz junto con su madre y las piadosas mujeres.
Pero Jesús nos da una clave. ‘Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’. No se siente abandonado porque en manos del Padre pondrá su vida, porque no ha venido sino a hacer su voluntad. Y cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Tenemos la victoria de nuestra parte.
Ya nos diría en otra ocasión cuando nos anunciaba persecuciones y cárceles que no tuviéramos miedo porque el Espíritu del Señor pondría palabras en nuestros labios. Creo que tenemos que recordarlo, pero recordarlo de una forma viva. Porque sabemos muchas cosas quizás, pero en el momento de la dificultad, cuando vienen los problemas seguimos sintiéndonos solos y sin fuerzas. ¿Por qué? Porque olvidamos las palabras de Jesús. ‘Pero tened valor: yo he vencido al mundo’.
Es esa espiritualidad profunda que tenemos que ir logrando en nuestra vida, porque en verdad nos vayamos llenando de Dios, porque sintamos siempre la fuerza de su Espíritu, porque nos dejemos conducir por sus inspiraciones, porque no perdamos nunca esa paz interior por muchas que sean las dificultades, porque sepamos en todo momento ponernos en las manos del Padre. Para eso es necesario orar mucho, orar dejándonos impregnar por el Espíritu divino, orar escuchando a Dios en nuestro corazón, orar haciendo una lectura de nuestra vida y de cuanto nos sucede a través del filtro del Espíritu, del filtro de la Palabra de Dios.
Pidamos con fuerza la presencia del Espíritu en nuestra vida en esta última semana de Pascua que va a desembocar en Pentecostés. Que nos sintamos renovados y rejuvenecidos en el Espíritu.

sábado, 25 de julio de 2015

Con Santiago aprendemos a tener sueños grandes en el corazón mirando con mirada nueva y joven ese mundo que espera una Buena Noticia de Salvación


Con Santiago aprendemos a tener sueños grandes en el corazón mirando con mirada nueva y joven ese mundo que espera una Buena Noticia de Salvación

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15; Mateo 20, 20-28
Todos necesitamos tener sueños en el corazón. Pueden ser en verdad un síntoma de la vida que llevamos en nosotros y donde cada día queremos algo mejor. Es la inquietud por cosas grandes tanto en nuestra propia vida como también para el mundo en el que vivimos. Ambicionamos cosas buenas, aunque bien sabemos que no nos podemos quedar solo en lo material. Tenemos idealismo en el corazón y eso significa un joven y lleno de esperanzas.
Me surgen estos pensamientos pensando en el apóstol Santiago a quien hoy celebramos. Tenía un corazón joven, lleno de ideales y siempre en búsqueda de metas mejores, más altas, aunque como todos alguna vez pudiera encontrarse confuso en lo que realmente quería.
Hoy hemos escuchado que Jesús le pregunta si será capaz de beber el mismo cáliz que Jesús ha de beber. Y su respuesta está pronta: ‘Podemos’. Es la respuesta del corazón inquieto y en búsqueda constante sin miedos que le acobarden, aunque Jesús le irá diciendo, como diría más tarde Pablo, ‘ambicionad los carismas mejores, las cosas mejores’. Por eso ahora les ayudará a comprender lo que iba a significar aquel paso que no era para buscar honores ni grandezas a la manera de los honores y grandezas de este mundo.
Un día Jesús había pasado por su lado y lo había invitado a ser pescador de hombres y Santiago lo había dejado todo, barca, redes, trabajo, familia para irse con Jesús. Es que aquel lago se le hacía ya corto. Siempre he pensado que cuando Jesús va escogiendo a sus discípulos no lo hace al azar, sino que Jesús se había ido fijando en aquellos corazones jóvenes e inquietos para quienes su mundo de todos los días se le hacía pequeño.
En el trato diario con el Señor irían comprendiendo de verdad por donde habían de orientar sus caminos. Les iría purificando sus intenciones y deseos para que caminaran en la humildad del corazón pero con la grandeza de la entrega y del servicio desinteresado. Un día, como hoy hemos escuchado, será la madre la que pida para sus hijos esas grandezas del poder humano, pero a ellos Jesús les había hecho comprender que en el servicio humilde haciéndose los últimos estaba la mayor grandeza.
En otra ocasión Santiago y Juan habían querido hacer bajar fuego del cielo sobre aquellos que no les querían recibir, pero Jesús se los había llevado a otra parte para que aquellos hijos del trueno como les llamara Jesús comprendieron que el fuego habían de hacerlo arder de otra manera en el amor.
Le haría vislumbrar en el Tabor lo que era la gloria de Dios que resplandecía en Jesús a quien habían de seguir y escuchar incondicionalmente olvidándose incluso de sí mismo y sería testigo también por la vida y la resurrección que Jesús venia a traer a este mundo desterrando toda muerte y todo mal pero comprendiendo que el camino de la resurrección había de pasar por la pasión y por la muerte, como vislumbrarían allá en lo hondo de Getsemaní.
La inquietud de su corazón joven no se apagaría nunca hasta que diera su vida en el martirio, pero antes habría de llegar hasta los confines de la tierra para anunciar el evangelio, como Jesús los había enviado, hasta nuestras tierras hispanas. Sería el primero de los apóstoles que diera su vida por Jesús y por su evangelio.
Es el recorrido de un corazón inquieto, de un corazón que soñaba con cosas grandes, pero que al contacto con Jesús descubriría las verdaderas grandezas desde el servicio y la entrega por los demás. Es un recorrido que nosotros también tenemos que aprender a hacer, dejándonos conducir por el Espíritu que también pone fuego en nuestro corazón para llenarlo de sueños, de ambiciones buenas, de generosidad y disponibilidad, para hacer un camino de servicio al evangelio y a la proclamación del Reino de Dios.
En muchas cosas nos podemos parecer a ese itinerario que hizo Santiago junto a Jesús desde que un día dejara las redes y las barcas allá en el mar de Galilea. Ilusión, inquietud, sueño de cosas nuevas y grandes también podemos tener nosotros en nuestro corazón. Pero hemos de aprender a desprendernos de nuestras barcas, de esas cosas que nos atan y nos impiden volar en la búsqueda de cosas grandes. Cuantas son las barcas y las redes que nos enredan en la vida impidiéndonos soñar con cosas grandes. Tenemos que aprender a desprendernos de ellas. Y es que tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que es el que ha sembrado esos fuegos en nuestro corazón.
Ojalá sepamos hacer un camino como el de Santiago, interiorizando de verdad dentro de nosotros mismos para despertar esos sueños pero para arrancarnos también de esas redes. Un camino como el de Santiago que es una búsqueda de Dios, como Santiago supo hacer junto a Jesús. Un camino como el de Santiago que no encierra en unos límites estrechos sino que se abre a horizontes más lejanos para aprender a mirar con una mirada nueva cuanto hay a nuestro alrededor. Un camino como el de Santiago que nos conduzca a ese mundo a veces tan cercano pero a veces tan lejano en muchos aspectos al que tenemos que anunciar también los misterios de Dios, que son misterios de amor y de salvación.

martes, 31 de marzo de 2015

Sigamos haciendo nuestro camino hacia la Pascua no temiendo la pasión ni la cruz porque ahí es glorificado el Señor

Sigamos haciendo nuestro camino hacia la Pascua no temiendo la pasión ni la cruz porque ahí es glorificado el Señor

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38
‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.’¿Cómo se va a manifestar esa gloria del Señor? Los discípulos no entienden. Había comenzado hablándoles de traición y de entrega. ‘Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’. Se preguntan y aunque Jesús les da señales no terminan de entender.
Sabemos nosotros todo lo que luego va a suceder, cómo se desarrollaron posteriormente todas las cosas. Conocemos el evangelio. Sabemos que vendrá Getsemaní, el prendimiento, el juicio ante el Sanedrín, la comparencia ante Pilatos y como terminará en el Calvario, en la cruz y en la muerte. También podría costarnos entender las palabras de Jesús que hablan de su glorificación. ¿Dónde está su gloria? ¿Dónde se va a manifestar?
Tenemos, sí, que entender que su gloria está en la cruz, que es su entrega, que es la manifestación grande de su amor. Para algunos puede ser escándalo y locura, pero para nosotros es sabiduría y manifestación del poder y de la gloria del Señor. Así nos lo explicará más tarde san Pablo. Pero así nos lo había venido diciendo Jesús. ‘Cuando el Hijo del Hombre sea levantado en alto atraerá a todos hacia El… Lo mismo que Moisés levantó la serpiente en el desierto así el Hijo del Hombre será levantado en alto para que todo el que cree en El alcance la salvación’.
‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre…’ Lo vamos a ver levantado en lo alto. Estamos celebrando la semana de la Pasión; lo contemplaremos en el viernes santo en lo alto de la cruz, como diremos entonces, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Es lo que queremos celebrar porque ahí se está manifestando la gloria del Señor. Es a lo que tenemos que unirnos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Sigamos haciendo nuestro camino hacia la Pascua. Mantengámonos firmes en nuestra fe. No temamos la pasión, no temamos la cruz, porque es el camino del amor, el camino que nos lleva también a la glorificación. Pongamos ahí lo que es nuestra vida con sus dolores y sufrimientos, con sus angustias. No temamos dar la cara por Cristo, aunque muchas veces nos pueda ser doloroso.
También nosotros con Cristo hemos de inmolarnos. Eso cuesta. Le costó a El que hablará de angustias de muerte cuando llegue a Getsemaní y sudará sangre, pero como Cristo sepamos decir al fin, no se haga mi voluntad sino la tuya. Cuánto nos cuesta muchas veces aceptar la voluntad del Señor. Cuanto nos cuesta negarnos a nosotros mismos. Cuando nos cuesta dar esos pasos de pasión que con Cristo tenemos que dar, pero El es nuestro Cireneo, el que con nosotros está y nos ayudará a llevar la cruz.

domingo, 22 de marzo de 2015

Súplicas, lágrimas, oraciones para hacer una ofrenda de amor como la de Jesús

Súplicas, lágrimas, oraciones para hacer una ofrenda de amor como la de Jesús

Jeremías 31, 31-34; Sal 50; Hebreos 55 7-9; Juan 12, 20-33
La ocasión había partido de aquellos griegos que habían venido a la fiesta de Pascua, habían oído hablar de Jesús y ahora querían conocerlo. ‘Estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús’.
La respuesta de Jesús fue muy importante, trascendental, podríamos decir: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre’. Muchas veces había dicho, como en Caná de Galilea cuando lo de las bodas, que no había llegado su hora. Ahora anuncia solemnemente ‘ha llegado la hora’; y es la hora de la glorificación del Hijo del Hombre.
¿Qué quería decir Jesús? Podríamos pensar que hablando de glorificación podía haber sido su momento cuando la transfiguración en el Tabor. Pero es ahora cuando habla de glorificación, y habla del grano de trigo que se entierra para dar fruto, y hablará de perder la vida para ganarla, y finalmente dirá cuando sea levantado en alto atraerá a todos hacia El. Ya anteriormente el evangelista Juan nos había dicho que ‘igual que Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser levantado en alto el Hijo del Hombre para que todo el que crea en El tenga vida eterna’.
Hoy nos dice el evangelista, porque lo entiende a posteriori, que ‘esto lo decía dando a entender la muerte de que iba morir’. Luego Jesús al hablarnos de su glorificación nos está hablando de su entrega, de su muerte, pero que es El quien se entrega libremente, porque aquel que se rebajó hasta someterse a muerte, como nos dirá más tarde san Pablo, Dios lo glorificará, levantará su nombre sobre todo nombre, y al nombre de Jesús toda rodilla se dobla y toda lengua proclama que Jesús es el Señor.
En nuestros miramientos y razonamientos humanos hablamos muchas veces de la muerte injusta de Jesús, cargando las tintas en la injusticia de los hombres, sobre todo de aquellos que lo condenaron a muerte; pero la mirada de Dios es distinta, la razón de la muerte de Jesús es otra y para nosotros su muerte se convierte en justicia y salvación, porque El se entregó, el quiso ser esa semilla de trigo enterrada y que tiene que morir para dar vida, para dar fruto.
Hay en este pasaje del evangelio una resonancia de lo que sería más tarde la oración de Getsemani. ‘Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Nos recuerda la agonía y la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos: ‘Que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya’. Ahora la escuchamos decir: ‘Padre, glorifica tu nombre’, mientras se oye una voz desde el cielo ‘lo he glorificado y volveré a glorificarlo’.
Nos ha hablado la carta a los Hebreos hoy también cómo ‘Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado’. Oraciones y súplicas que nos están indicando el terror ante la muerte y el sufrimiento que todo ser humano puede sentir. Pero como terminará diciéndonos ‘El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’. Sufrimiento, obediencia, ofrenda, salvación eterna, todo el sentido de la muerte de Jesús; por eso levantado en alto todos nos sentiremos atraídos a ir hacia El.
Pero no nos quedamos en contemplar la ofrenda de Jesús, sino que al mismo tiempo estamos escuchando lo que nos pide. ‘El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este, mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará’. Nos está diciendo lo que El hizo, pero va delante de nosotros para que sigamos el mismo camino; y ese camino no es otro que el de una ofrenda de nuestra vida como lo fue la suya.
¿Seremos capaces de una ofrenda así? ¿Seremos capaces de ser ese grano de trigo enterrado que tiene que morir para dar vida? ¿Sentiremos también quizá nosotros esa angustia y ese miedo ante la entrega, ante el sufrimiento y la muerte si fuera necesario, ante ese negarnos a nosotros mismos siendo capaces de perder lo que tenemos o lo que somos para poder ser vida, para poder alcanzar la vida?
Súplicas, lágrimas, oraciones, sufrimientos por los que tenemos que quizá pasar para hacer esa ofrenda de amor como la de Jesús. Tendremos que aprender sufriendo quizá a ser hijos, a obedecer. Miremos bien nuestra vida y encontrémosle sentido y valor a muchas cosas que nos pueden resultar dolorosas y difíciles. Puede ser duro, como lo fue Getsemaní para Jesús, pero y si Jesús nos lo pide, ¿qué vamos a hacer? ¿qué seremos capaces de hacer? ‘Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?’
‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’  nos dice Jesús.