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sábado, 15 de marzo de 2025

No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

 


No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

El que anda con mediocridades en la vida manifiesta la pobreza de su espíritu. Con esto es suficiente, nos decimos muchas veces, para que dar más si con eso tiene para sus necesidades elementales. Así andamos muchas veces con nuestras medidas; claro las medidas con las que damos a los demás, porque bien distintas son las medidas que queremos usar cuando se trata de nosotros recibir.

Bueno y no se trata solo de lo que demos o de lo que recibamos, que esa mediocridad la damos también muchas veces en nuestros trabajos lo mismo que en nuestras metas. Para qué voy a esforzarme más sin ya con eso apruebo dice muchas veces el estudiante eludiendo el esfuerzo, contentándose con lo fácil, habiendo perdido la ilusión de lo mejor y quizás mañana nos damos cuenta si hubiéramos estudiado bien aquello, si nos hubiéramos esforzado más en aquella materia que nos parecía menos importante, y nos encontramos con lagunas en la vida, en la formación, en la preparación con lo que luego no podemos responder a la altura que se nos pide.

Para qué esforzarnos, nos dijimos un día y ahora nos damos cuenta de nuestras carencias. Ya estudié lo que era necesario en mis tiempos de estudiante, ahora los libros, la actualización de la vida lo dejamos aparte, y nos encontramos con tantos vacíos, pero aun, nos encontramos con tanto vacío en nuestro espíritu. Es la peor pobreza, la de nuestro espíritu.

La madurez de nuestra existencia nos está pidiendo que demos un paso más, que vayamos más allá y más arriba, que no nos quedemos en la mediocridad, que tengamos siempre deseos de crecer, que lleguemos a ser capaces de dar lo mejor, lo más profundo de nosotros mismos. Serán nuestras responsabilidades, será lo que podemos contribuir a hacer nuestra sociedad mejor, serán las motivaciones hondas que tengamos en nuestro corazón, será la medida de nuestro amor.

Es de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Nos pone el listón del amor bien alto. Nos contentamos a amar a los que nos aman, somos amigos de nuestros amigos, ayudamos al que a mi me ayuda, hoy me toca a mi pero ya sabes que mañana te toca a ti. Seguramente nos suenan estas palabras. Porque son las medidas que usamos habitualmente, suele ser hasta donde pensamos que tiene que llegar la medida del amor.

Dar un paso más para ayudarle a aquel que nunca ayuda a nadie, eso nos parece un heroísmo; ser capaces de ser amables con aquellos que quizás pasan serios a nuestro lado y ni nos miran a la cara, eso nos parece impensable; tener paciencia con aquel que siempre nos está molestando y llegar incluso a ayudarle cuando le vemos muy apurado en su necesidad, bueno, eso sería un milagro por nuestra parte que llegáramos a hacerlo.

Nuestras mediocridades, encerrados en nosotros mismos como si nosotros fuéramos los únicos y más valiosos del mundo. Así vamos tantas veces arrastrándonos por la vida. Por eso nos cuesta tanto entender el mensaje de Jesús. Porque cuando Jesús nos dice que también tenemos que amar a nuestros enemigos y hasta rezar por los que nos han hecho mal o nos han hecho daño, eso ya nos parece imposible y a eso no somos capaces de llegar.

Pues ese es el listón que nos está poniendo Jesús. Porque si amamos a los que nos aman, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera. Si saludamos solo a los que nos saludan, como dice Jesús, eso hasta los que no tienen fe lo hacen. En nosotros tiene que haber algo especial cuando hemos recibido la buena nueva del evangelio diciéndonos todo lo que nos ama Dios. ¿Nos podemos quedar encerrados en lo mismo?

Es tajante Jesús. Claro, El ha ido por delante en ese amor. Lo ha hecho, así ha amado, así nos ama a nosotros que aunque nos creemos que nos lo merecemos todo, bien que somos pecadores. Pues, quien ha experimentado en su vida ese amor de Dios, no puede menos que amar y amar con un amor semejante. Por eso tajantemente terminará diciéndonos Jesús que tenemos que ser perfectos como nuestro Padre del cielo lo es, tenemos que ser misericordiosos como lo ha sido Dios con nosotros.

¿No tenemos la muestra de lo que es ese amor de Dios en Jesús que por nosotros se dio y llegó a morir en una cruz? Y no hay amor mayor que el de quien da su vida por aquel a quien ama. Y Jesús terminará diciéndonos en el evangelio que amemos con un amor como el suyo. Será el mandamiento del amor.

¿Seremos capaces de intentar ponernos en nuestro amor a esa altura? ¿Llegaremos de verdad a entender lo que es un amor verdadero? Ya seguirá mostrándonos este camino de Cuaresma lo que tenemos que entender por amor.

miércoles, 7 de agosto de 2024

Jesús se sentó a hablar con la mujer cananea, ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo con tantos con los que nos cruzamos y evitamos tantas veces?

 


Jesús se sentó a hablar con la mujer cananea, ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo con tantos con los que nos cruzamos y evitamos tantas veces?

Jeremías 31, 1-7; Jer 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

Cuando se acerca a nuestra puerta, nos cruzamos por la calle o nos encontramos en un lugar de convivencia pública con una persona extraña, reconozcamos que de alguna manera nos ponemos como en guardia, nos mostramos precavidos, no mostramos demasiada familiaridad o pretendemos guardar las distancias; es cierto que en la sociedad actual estamos disfrutando de una gran movilidad y nos es fácil encontrarnos con gente extranjera que viene a visitar nuestro lugar, vivimos en un mundo de mas intercambio intercultural incluso, sin embargo hay algo que tenemos que reconocer; quizás a aquel que miramos con ojos de turista, por decirlo de alguna manera, nos es más fácil aceptarlo, porque hasta vemos una fuente de ingresos para la economía del lugar, sin embargo, seamos sinceros, ante los que vemos o consideramos como inmigrantes ilegales – en nuestras islas en este momento es un problema acuciante – no los tratamos con el mismo espíritu de acogida; son aquellos a los que ponemos distancia, de los que desconfiamos y hasta la sociedad hace sus campañas que creo que están muy llenas de inhumanidad.

Creo que con cosas en las que tenemos que pensar, tienen que hacernos reflexionar, por razones de humanidad, pero también desde nuestro sentido cristiano de la vida tenemos que ver cual tiene que ser realmente nuestra reacción. Me ha dado pie a esta reflexión que me estoy haciendo y compartiendo precisamente el evangelio que hoy se nos ofrece.

En este caso es Jesús el que no está en los límites de la tierra de Israel, se ha salido, por decirlo así, por las regiones cananeas por el norte, donde ya precisamente no son los judíos los que predominan entre los habitantes del lugar. Dice el evangelio que Jesús se retiró por aquellos lugares, ¿sería probablemente en esos momentos en que quería estar más a solas con sus discípulos más cercanos para irlos instruyendo? En territorios cercanos fue donde Jesús les hacia la gran pregunta sobre lo que la gente pensaba de El y ellos mismos también.

Es ahora una mujer cananea la que viene detrás de Jesús llorando y suplicando. Tiene una hija enferma y quizás habiendo oído hablar de los signos que Jesús hacía viene a pedirle por la salud de su hija. Parece que Jesús no le hace caso e incluso los mismos discípulos quieren que la atienda por quitársela de encima. ¿Haremos alguna vez nosotros algo por quitárnoslo de encima? Podría ser una buena pregunta que también nos hiciéramos.

Jesús le dice que no ha venido sino por las ovejas descarriadas de Israel, y en este caso no es una oveja descarriada de Israel, pues es una cananea. Pero la mujer no se acobarda en su súplica, y aunque Jesús le dice que no es bueno echar el pan de los hijos a los perros – aquí habría una consideración con esa palabra con la que los judíos se referían en ocasiones a los gentiles por no tener la fe judía – aquella mujer sigue creyendo y confiando, porque también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Conocemos la alabanza de Jesús de la fe aquella mujer. ‘Grande es tu fe’ y la niña se curará. Pero vamos a quedarnos en la actitud de aquella mujer que no siendo judía sin embargo acude con gran fe a Jesús. Y quiero mirar a esos inmigrantes, que nos viene de otras tierras pasando también grandes calamidades para poder llegar a nuestras costas – ¡cuántos se quedan tragados por el mar en tantos naufragios de los que no podemos tener ni siquiera el número! – y que ahora nos encontramos de aquí para allá porque están buscando una vida mejor, una oportunidad en la vida, una mano que los ayude a encontrar caminos nuevos.

Cuando nos cruzamos con ellos en la calle, en nuestras plazas o en nuestros medios de transporte ¿nos habremos detenido a mirarles a los ojos para tratar de descubrir realmente lo que hay detrás de esas vidas? Los miramos de soslayo quizás y nos apartamos a un lado a su paso pero, ¿qué sabemos de sus vidas, de las familias que quedaron allá en sus lugares de origen esperando quizás una ayuda que ellos les puedan mandar desde esta tierra que ellos sueñan como tierra de promisión?

Me he querido fijar de manera especial en esta situación de los inmigrantes que de esa manera llegan a nuestras costas, pero lo mismo podríamos preguntarnos qué es lo que conocemos que se encierra detrás de esas manos y de esas miradas de quienes nos piden una ayuda.

Jesús se sentó a hablar con aquella mujer cananea ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo?

martes, 18 de junio de 2024

Con tu forma especial de vivir el amor te puedes convertir en un río de agua cristalina que transformará el inhóspito desierto de la vida en un precioso vergel de amor

 


Con tu forma especial de vivir el amor te puedes convertir en un río de agua cristalina que transformará el inhóspito desierto de la vida en un precioso vergel de amor

1Reyes 21, 17-29; Salmo 50; Mateo 5, 43-48

Ya de antemano os digo lo que me vais a decir, que es una utopía, un sueño que no es realizable. Pero aún así os lo planteo. Imaginemos el más inhóspito desierto, con calores insoportable, con vientos que todo lo arrasan, donde parece que ha desaparecido cualquier vena de agua que pudiera quedar en las entrañas de la tierra, donde parece que no puede haber ningún tipo de vida, ni vegetal ni animal; pero en medio de ese lugar tan inhabitable, en un rincón cualquiera bajo una roca aparece una fuente de agua cristalina que intenta abrirse paso entre rocas y piedras frente a todo ese sequedal y esos vientos calientes que parece que todo lo evaporan, con dificultad el riachuelo se va abriendo paso y parece que todo lo intenta transformar aflorando las primeras hierbas que intentan cubrir y transformar con su manto aquel lugar tan inhóspito. ¿Podremos ver que algún día aquel desierto se transformará en un vergel?

Pues, mirad, es lo que nos está pidiendo Jesús hoy en el evangelio. Sí, pensémoslo bien. En lo que parece ser ese desierto de la vida donde parece imposible que aflore el amor, Jesús nos está diciendo que hagamos aflorar ese riachuelo de amor, que nos puede parecer tímido frente a tanta inclemencia para que nuestro mundo se transforme.

¿Qué nos está diciendo Jesús? En un mundo que pudiera parecer que el amor solo es para unos pocos y que se va quedar reducido a un amarse solo los que se aman entre sí, Jesús viene a romper moldes y nos dice que no solo hemos de amar a los que nos aman sino que nuestro amor tiene que ser más universal, porque nuestro amor tiene que abarcar a aquellos que se llaman nuestros enemigos y nunca nos han amado.

Sí, puede parecer una paradoja y una utopía, como aquel chorro de agua en medio del sediento desierto. Tenemos que ser ese chorro, tenemos que romper esas espirales de desamor en que nos quiere envolver la vida, tenemos que hacer de nuestro mundo algo distinto, no podemos dejarlo en la sequedad del desamor y del odio. No podemos esperar a que nos amen para nosotros comenzar a amar, sino que nosotros somos los que tenemos que tomar la iniciativa aunque no nos amen o aunque nos odien y nos hagan daño.

Es cierto que es difícil lo que nos pide Jesús, porque bien sabemos cuales son las primeras reacciones espontáneas que pueden surgir de nuestro corazón. Pero Jesús nos está diciendo que cambiemos esas reacciones para que no sean de desamor sino todo lo contrario. Algo que nos sigue costando entender y realizar, algo en lo que nos seguimos dejando llevar por la tendencia que parece más natural de amar solo a los que nos aman.

Aquí tendríamos que recordar aquello que nos dirá san Juan en sus cartas. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama; tajantemente nos dice Juan que Dios nos amó primero, y eso es lo que nosotros tenemos que hacer. 

Cuando Jesús nos deja el mandamiento del amor nos dice que amemos a los demás como El nos ama. Es el modelo, es el ideal, es el prototipo, es el camino que nosotros hemos de seguir, es el amor con que nosotros hemos de amar.

Y es que como nos dice Jesús a continuación, ¿en que nos vamos a diferenciar de los gentiles, en que nos vamos a diferenciar de los demás? Si ayudamos solo a los que nos ayudan, nos dice Jesús que eso lo hace cualquiera; si saludamos a los que nos saludan, eso es lo que habitualmente hace todo el mundo. En algo tenemos que diferenciarnos, en algo tenemos que mostrar lo que es la sublimidad del amor cristiano.

Te voy a proponer una cosa, sal a la calle y comienza a darle los buenos días a todo el mundo, lo conozcas o no lo conozcas, te responda o no te responda. Sigue haciéndolo un día y otro aunque sigas encontrando la callada por respuesta; verás que un día alguien comenzará a responderte, alguien comenzará a hacer lo mismo con los demás, comenzarán a aparecer sonrisas en los rostros, te darás cuenta que la gente comienza a ser más feliz; sigue con tu tarea, eres el río de agua cristalina en medio de ese desierto, pero pronto la humedad de tu amor hará brotar las primeras plantas e irán apareciendo las primeras flores, y ese desierto de la vida poco a poco se irá pareciendo a un bello vergel. No te desanimes que lo lograrás.

jueves, 8 de febrero de 2024

El espíritu humilde abre las puertas de los corazones, diluye los prejuicios y disculpa las malas interpretaciones para no sentirnos ofendidos

 


El espíritu humilde abre las puertas de los corazones, diluye los prejuicios y disculpa las malas interpretaciones para no sentirnos ofendidos

1Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30

Algunas veces queremos pasar desapercibidos, por la razón que sea, pero no lo logramos; bien porque evitemos un encuentro que nos compromete, bien porque queremos pasar un rato tranquilos sin los agobios de los trabajos, de los conocidos, porque nos queremos sentir anónimos para hacer lo que queramos, lo intentamos, disimulamos, huimos de que nos vean los conocidos, y no vamos a entrar en juicios de valor del por qué lo hacemos, pero son cosas que nos pasan. Pero siempre hay alguien que nos reconoce, se fija en nosotros, lo dirá a los demás, o luego vendrá contando que nos vieron aquí o allá. Nos sentimos incómodos quizás.

Aunque parezca broma es lo que le sucedió a Jesús en esta ocasión. Predicando por los lugares más lejanos del norte de Galilea se metió en la tierra de los fenicios, lo que hoy sería prácticamente el Líbano. Y Jesús quería pasar desapercibido; primero porque El se sentía enviado a Israel, y aquello era tierra de gentiles; en alguna ocasión como en Gerasa que también era tierra de gentiles se sintió rechazado a pesar de haber liberado al poseso de los cementerios; lo vemos en ocasiones que quiere estar más a solas con los discípulos más cercanos a los que iba preparando para la misión que le encomendaría, y busca lugares apartados donde no es conocido para que no vengan como en aquellas ocasiones que no les dejaban tiempo ni para comer.

Ahora está entre los fenicios queriendo pasar desapercibido, nos dice el evangelista. Pero una mujer que lo reconoce y que tiene una hija enferma, poseída por un espíritu maligno como eran las apreciaciones que entonces se tenía de la enfermedad, corre detrás de Jesús suplicándole por su hija enferma. Y Jesús no le hace caso, pareciera incluso que la desprecia si hacemos unas interpretaciones muy ajustadas de sus palabras. ‘No está bien echar a los perros el pan de los hijos’.

Pero va a aparecer la grandeza de aquella mujer. Ella sabe que no es de la religión judía, y Jesús parece un profeta entre los judíos, comprendería su lugar y el lugar de Jesús en aquella situación. Pero hay una grandeza de espíritu porque hay una humildad grande en el corazón de aquella mujer. No se ofende por las palabras de Jesús que podían reflejar el espíritu y sentido de muchos judíos que consideraban a los gentiles como perros, y con ellos no querían juntarse, porque además era considera como una impureza entrar en la casa de un gentil. Pero aquella mujer expresa que los cachorrillos de los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos aunque no se las den.

Grande es el corazón de esta mujer. Y los humildes se ganan el corazón de Dios que se complace en los pobres y en los humildes de corazón. Es importante la fe y la humildad de aquella mujer. Mucho nos enseña este pasaje del evangelio. Primero en la actitud que nosotros hemos de tener ante los demás, también con aquellos que no son de los nuestros, aquellos que no nos caen bien, aquellos a los que podemos ver como adversarios nuestros en muchas cosas de la vida porque son distintos, porque piensan distinto, porque tienen otros conceptos o sentido de la vida; pero son personas, que también tienen sus valores, que pueden no coincidir con los nuestros, pero ¿por qué no se los hemos de respetar? ¿No podremos descubrir siempre algo bueno en el otro aunque sea distinto a nosotros? 

Como nos diría Jesús en otro momento del evangelio ¿es que solo vamos a saludar a los que nos saludan? ¿Solo vamos a ayudar a los que nos ayudan? Eso lo hace cualquiera, eso lo hacen también los gentiles, nos dirá Jesús. ¡Qué distinta tiene que ser nuestra óptica!

Pero también hay otra cosa que podemos ver también en el corazón de aquella mujer. No se siente ofendida por las palabras de Jesús, no hace su interpretación interesada de las palabras de Jesús sino que siempre querrá sacar un partido bueno. Quitemos prejuicios de nuestra cabeza, no mal interpretemos las palabras o las cosas que hacen los demás. Somos muy dados a ello y por cualquier cosa nos ofendemos, y ni siquiera saber interpretar unos gestos o unas palabras de humor.

Disculpemos siempre, veamos siempre un lado positivo, descubramos detrás de todo un buen corazón que siempre lo hay, para que no se creen tensiones, para que no se rompan las amistades, para que no pongamos abismos entre unos y otros; todo tiene que ser un buen puente que nos acerque a los demás.


domingo, 20 de agosto de 2023

Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón y llenos de la osadía del Espíritu romper los moldes de nuestras rutinas

 


Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón y llenos de la osadía del Espíritu romper los moldes de nuestras rutinas

Isaías 56, 1. 6-7; Sal 66; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28

¡Qué atrevido! ¡Una osadía! pensamos cuando vemos a alguien a arriesgarse a hacer algo insólito, algo muy atrevido y quizás hasta peligroso por los riesgos que corre, porque se sale de lo normal, de lo que se hace siempre, emprende algo que parece que está llamado al fracaso pero insiste en seguir adelante a pesar de todas las cosas que pueda tener en contra, trata de cambiar cosas que se han encallecido en la vida con la rutina y el paso del tiempo. Al final terminaremos alabando su intrepidez, felicitándolo incluso por su perseverancia, y por los logros conseguidos.

Así, como de entrada, me atrevo a calificar este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece como el pasaje de los atrevidos que vienen a romper todos los moldes que nos encorsetan. Empecemos por la mujer que nos aparece con un cierto protagonismo en el relato, la mujer cananea. Jesús anda por la región de Tiro y Sidón, muy al norte y en las afueras de Palestina, que era una región pagana y gentil. No era una región muy transitada por los judíos, que habitualmente no querían mezclarse con los gentiles. No nos dice que Jesús fuera a predicar allí, formaba parte de alguna manera de aquellos momentos en los que Jesús quiere estás más a solas con sus discípulos más cercanos, en especial aquellos a los que escogería para apóstoles.

Esta mujer cananea tiene una hija enferma, poseída por un espíritu malo como era habitual considerarlo. Y cuando conoce la presencia de Jesús acude a Jesús gritando tras de él para pedirle que cure a su hija. Ahí, por así decirlo, comienzan los atrevimientos. Si ella era pagana, ¿cómo es que acude a un judío, de religión distinta, para implorar que su Dios sane y libere a su hija enferma? Pero ella insiste gritando tras Jesús aunque parezca que no es escuchada. ‘Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’.

Pero allí están como siempre aquellos discípulos muy fervorosos y celosos – cuanto se pueden parecer a algunos sectores muy enfervorizados y llenos de fanatismos que fácilmente encontramos siempre en la sociedad – que quieren quitar de en medio aquella mujer que sienten que les está molestando con sus gritos. ‘Atiéndela, que viene detrás gritando’, como quien dice, bueno, dile algo para que se calle y no vuelva a molestar, pero no porque consideraran que aquella mujer merecía ser atendida, en fin de cuentas era una pagana.

Y podíamos decir que Jesús recoger el guante de solución que le están ofreciendo sus discípulos. Pero Jesús quiere llegar a algo más, porque se pone a hablar, a dialogar con aquella mujer. Ya sabemos la poca consideración en que eran tenidas las mujeres en aquella sociedad, pero además había como unos abismos, unas diferencias muy grandes, como ya se hacía constar en la actuación de los discípulos en relación a aquella mujer. No era habitual el detenerse a hablar y menos con una mujer pagana.

Y surge ese diálogo maravilloso aunque algunas veces nos pudiera parecer duro porque parte de alguna manera de lo que era el actuar de los judíos en su relación con los paganos, pero se está poniendo a prueba el valor y la fe de aquella mujer. No importan las palabras duras porque ella en su atrevimiento de amor de madre reconoce también que no es digna, pero por encima de todo confía en la misericordia. ‘Aunque sean solo unos migajas yo quiero probar de ese pan de la misericordia’, parece decir la mujer. Es lo que va a merecer la alabanza de Jesús y el regalo no ya de unas migajas sino de todo el pan de la misericordia de Dios. ‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’.

El atrevimiento de un amor de madre, el atrevimiento y la riqueza de la misericordia de Dios a la que no podemos poner límites ni moldes. Todos cavemos en el corazón de Dios, todos en El tenemos nuestro lugar. No puede haber distinciones, limites ni separaciones. ‘Porque mi salvación está por llegar y mi justicia se va a manifestar’, que decía el profeta, ‘a todos los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración… así la llamarán todos los pueblos’.

El Papa Francisco nos ha estado repitiendo en las Jornada Mundiales de la Juventud hace unos días que todos tienen su cabida en la Iglesia. Y recordamos cómo en su discurso nos repetía una y otra vez, todos, todos. Tenemos que hacer que en verdad eso sea una realidad, porque seguimos teniendo la tentación en nuestro corazón de poner limitaciones, de aceptar a unos sí y a otros no. Jesús se mezcló con toda clase de personas y de pecadores, aunque hubiera muchos en su entorno y en su tiempo que no lo entendieran. Y algunas veces a pesar de las palabras bonitas que podamos pronunciar da la impresión que nosotros, que la Iglesia incluso, no terminamos de entenderlo, no terminamos de llevarlo al día a día de la práctica.

Se atreve Jesús a romper moldes, nos está ofreciendo Jesús el que nosotros también seamos atrevidos y vayamos más allá de lo que siempre hacemos, de esas barreras que en nuestros prejuicios y rutinas, en nuestros miedos y en nuestras cobardías seguimos teniendo en nuestra vida en nuestras relaciones con los demás, en lo que vivimos en el día a día. Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón.

domingo, 19 de febrero de 2023

La Buena Noticia de Jesús nos interroga y nos inquieta, nos pone alto el listón del amor y nos propone la santidad de nuestro Padre del cielo

 


La Buena Noticia de Jesús nos interroga y nos inquieta, nos pone alto el listón del amor y nos propone la santidad de nuestro Padre del cielo

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48

A veces las buenas noticias, aunque sean buenas, nos inquietan, nos dejan intranquilos, de alguna manera, podemos decir, nos revuelven por dentro, porque nos plantean interrogantes, pudiera ser incluso que dudas, pero nos impulsan y nos abren a algo nuevo, que no siempre quizás seremos capaces de asumir, de convertirlo en un leit motiv, un sentido para nuestra vida.

Si es buena noticia, nos podría decir algo, pues es algo bueno; es cierto, pero es que eso bueno nos puede hacer ver la realidad de otra manera, nos puede obligar a tomar nuevas y arriesgadas decisiones, nos puede obligar, sí, a salir de nuestras comodidades y rutinas. Y esto tiene que significar el evangelio en la vida del  hombre, de toda persona. Sin embargo, bien sabemos que no todos aceptan esa buena noticia del evangelio. Si todos lo aceptaran nuestro mundo y nuestra sociedad sería bien distinta.

Pero con sinceridad tenemos que preguntarnos, ¿es que los que nos decimos cristianos, porque decimos que creemos en Jesús, estaremos en verdad planificando nuestra vida según esos nuevos valores que nos enseña el evangelio? ¿Cuántos llevamos a lo concreto de nuestra vida de cada día lo que hoy se nos ofrece en el evangelio? ¿No pretenderemos muchas veces hacernos rebajas en nuestras interpretaciones porque decimos, amar sí, pero no hay que llegar a tanto?

Y es que le buena noticia que nos ofrece el evangelio, este pasaje concreto que se nos presenta en este domingo, viene a tocar aspectos que son fundamentales en lo que es nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús; algo en lo que de verdad hemos de diferenciarnos claramente de los demás. Es la amplitud y la universalidad del amor que se nos plantea hoy.

Siempre decimos, amamos y con eso es suficiente. Amamos, pero ¿hasta donde llegamos en nuestro amor? ¿A los amigos? ¿A los que están cerca de nosotros? ¿A los que nos quieren? ¿A los que son buenos y nunca molestan? ¿A los que nunca nos han hecho daño? ¿A los que a veces nos ayudan y entonces nosotros queremos corresponder prestándole también nuestra ayuda?

Cierto, ¿y en qué nos estamos diferenciando? Eso lo puede hacer cualquiera. Ya Jesús nos dice que los gentiles saludan a los que los saludan a ellos; ya nos dice Jesús que  cualquiera puede ayudar a alguien simplemente porque un día le ayudó a él también, lo hacen los publicanos y lo hacen también los gentiles.

Es otra la categoría, otra la amplitud, otro el nivel que nos pide Jesús para el amor. No se puede quedar encerrado en un circulo; me amas, te amo; me ayudas, te ayudo; eres de los míos, porque eres de mi familia, de mi grupo, de mi raza o procedencia, porque eres de los que piensas como yo, pues yo también te quiero y hago por ti todo lo que sea necesario.

Pero Jesús rompe el circulo, rompe esas barreras que no queremos traspasar, rompe esos lazos para ir también al que no me ama, al que no es de los míos, al que pudiera considerar enemigo porque quizás me quiere mal; Jesús rompe esas reglas que quizá un día con buena voluntad se pusieron para que no nos pasáramos en la reacción que pudiéramos tener cuando nos hagan lo que no nos gusta; la ley del Talión venía a limitar la amplitud de la venganza a la que creían que tenían derecho cuando se vieran injustamente tratados, no podía ir más allá en tu reacción de la medida con que te habían ofendido a ti, por eso se habla del ojo por ojo y del diente por diente. Pero Jesús nos echa abajo ese castillo de naipes que nos habíamos construido y nos habla de ofrecer la otra mejilla, de dar no solo lo que te pide sino si es necesario el doble o todo lo que necesite, de ser capaces de poner la otra mejilla.

Por eso para el seguidor de Jesús ya no tienen que haber enemigos; enemigo era no solo el que te quería mal, sino incluso a aquel que no perteneciera a tu grupo o a tu manera de ver la vida. Ahora tenemos que amarlos a todos e incluso orar por ellos, orar incluso porque el que haya hecho una ofensa. Qué aplicación práctica tiene este nuevo estilo que Jesús nos ofrece cuando hoy seguimos creando tantos abismos entre los que no pensamos lo mismo; cuando hoy seguimos generando tanta acritud hacia el que es distinto, al que tiene una opinión distinta y cuando tanto hablamos de democracia le queremos quitar el derecho a opinar a quien tiene otra forma de pensamiento, por ejemplo, para el sentido de sociedad que queremos construir.

Hoy se nos está planteando algo fundamental en lo que es nuestra vida cristiana, lo que es el seguimiento de Jesús. Es la Buena Noticia, que quizás nos cuesta recibir y aceptar porque nos va a doler el corazón, porque tendremos que hacer una verdadera conversión en nuestra vida, un nuevo planteamiento para muchas posturas, para muchas actitudes, para muchas de las cosas que hacemos que tendrán que ser de otra manera.

No es fácil. Además Jesús nos está diciendo que tenemos que ser santos y perfectos como nuestro Padre del cielo. Alto nos pone el listón. Pero sabemos que no nos faltará la fuerza de su Espíritu.

lunes, 12 de septiembre de 2022

En nombre de la religión no sigamos haciendo distinciones, poniendo barreras, sino siempre tendiendo puentes, resaltando la fe de los otros aún con distinto credo

 


En nombre de la religión no sigamos haciendo distinciones, poniendo barreras, sino  siempre tendiendo puentes, resaltando la fe de los otros aún con distinto credo

1Corintios 11,17-26.33; Sal 39; Lucas 7,1-10

La sociedad en la que vivimos es muy compleja y ya no es raro encontrarnos entre nuestros vecinos personas que han venido desde los más variopintos lugares; hoy nos movemos con mayor facilidad de un lugar a otro y ya sea por turismo, ya sea en búsqueda de mejores futuros de vida nos encontramos con extranjeros a nuestra puerta; claro que muchas veces son muy distintas las reacciones que nosotros podamos tener a esa situación y reconozcamos que no siempre nos mueven las mejores intenciones o los peores prejuicios.

Según de donde provengan los aceptamos o no, mantenemos nuestras reservas o los acogemos con calor; por medio se entremezclan desconfianzas, prejuicios, reservas y nos fijamos quizás poco en la persona que tenemos delante o con la que nos encontramos. Creo que sería algo que tendría que hacernos pensar; ¿qué es lo que valoramos en la persona que tenemos delante? ¿En qué medida estaríamos dispuestos a compartir algo de nuestra vida con esa persona?

En el pueblo de Israel, marco del evangelio de Jesús, sabemos también que había diversas reacciones hacia los que no eran judíos o eran extranjeros. Desde la consideración de considerarse ellos pueblo elegido, les llevaba en ocasiones a despreciar a todo aquel que no fuera judío; ya sabemos incluso los calificativos que utilizaban para referirse a los no judíos, a los gentiles, los llamaban o consideraban como perros, recordemos algún pasaje evangélico como el de la cananea; había la reserva para entrar en sus casas en determinados momentos porque hasta incluso se podía considerar una impureza; recordamos que no entraron en el pretorio, que era la casa de un gentil, los que acusaban a Jesús porque estaban en vísperas de celebrar la pascua, y eso los haría impuros para poder celebrarla; el hecho de estar sometidos a una dominación extranjera aumentaba el rechazo y la indisposición contra los gentiles.

Sin embargo hoy en medio del evangelio aparece un centurión romano, no era judío, eran un gentil; sin embargo parece que era bien considerado por los ancianos del lugar que están dispuestos a interceder por él, porque era un hombre bueno y generoso que les había ayudado en la reconstrucción de la sinagoga. Aquel hombre tiene un problema, su criado más apreciado está enfermo y no sabe a quien acudir; oye hablar de Jesús y no se atreve, se vale de la mediación de los ancianos del pueblo; cuando se entera que Jesús está dispuesto incluso a llegar a su casa, se adelante para decir a Jesús, para reconocer que no se siente digno de que Jesús entre en su casa, pero tiene confianza en su palabra, tiene fe en lo que Jesús puede hacer por su criado.

Es el momento hermoso en que Jesús valora la fe y la humildad de aquel hombre, para proclamar incluso que en todo Israel no ha encontrado en nadie tanta fe. Y accede a lo que le piden, y el criado quedará sano, como todos comprobarán.

Es el mensaje que hoy recogemos. ¿Aprenderemos a valorar a los demás, sean quienes sean? ¿En que vamos a fijarnos cuando nos encontramos con las personas que nos pueden parecer diferentes? Cuántas categorías nos hacemos en nuestras distinciones y en nuestras diferenciaciones. Qué distinta sería la vida si fuéramos siempre con mirada limpia, si aceptáramos a la persona por lo que en si misma es como persona; qué bueno sería que ya en nombre de la religión o de la raza no siguiéramos haciendo distinciones, no siguiéramos poniendo barreras, sino que siempre fuésemos tendiendo puentes, acercándonos unos a otros, valorándonos en lo que somos, respetándonos en nuestra fe, resaltando la fe que tienen los demás aunque no tengamos el mismo credo.

domingo, 21 de marzo de 2021

Tenemos el peligro de que vivamos tan obnubilados por el estado en que nos encontramos que no lleguemos a realizar ese paso de Dios, esa pascua, en nuestra vida

 


Tenemos el peligro de que vivamos tan obnubilados por el estado en que nos encontramos que no lleguemos a realizar ese paso de Dios, esa pascua, en nuestra vida

Jeremías 31, 31-34; Sal 50; Hebreos 5, 7-9; Juan 12, 20-33

Comienza hoy el evangelio con algo que pudiera parecer anecdótico, pero que no lo es tanto y puede tener un hermoso significado para nosotros. Dos gentiles quieren conocer a Jesús. ¿Algún gentil venido de alguna parte a Jerusalén en los días de la fiesta de la pascua porque quizá sentía alguna simpatía por los judíos o por la religión judía? Es una posibilidad, como podemos pensar hoy en alguien que estaba de turismo. Podemos pensarlo y no nos equivocamos tanto porque también en la antigüedad a la gente le gustaba viajar. No sería a la manera que hoy lo hacemos pero está también la posibilidad de alguien que quería conocer la cultura y la idiosincrasia de los judíos y venía también de viaje.

Pero sea una forma u otra, ahí se queda la anécdota aquellas dos personas querían conocer a Jesús. Y se valen de alguien a quien ellos ven cercano a Jesús, por eso acuden a Felipe, que se vale también de Andrés para presentarle a estos gentiles a Jesús. Pero no olvidemos que hay una curiosidad, una búsqueda de alguien que quiere conocer más, quiere conocer directamente a Jesús.

¿Y hoy podemos encontrarnos personas así? No lo dudemos, en lo que tenemos que pensar es la respuesta que nosotros damos a los que sienten también esa curiosidad por conocer a Jesús, por conocer el evangelio, se interesan por la vida cristiana y no siempre se sienten acogidos por nosotros para dar ese paso sincero y concreto de búsqueda de Jesús. Mucho tendría que hacernos pensar, cómo hemos de ser mediaciones para el encuentro con Jesús, pero nuestra mediación es pobre, indecisa, o nosotros mismos aunque sintamos ese deseo realmente no buscamos, ni ofertamos la ayuda de una búsqueda a los demás.

Estamos viendo, pues, que la anécdota era mucho más que una anécdota. Y ese algo tiene que estar muy vivo en nosotros. Ha llegado la hora, nos dice Jesús, en que el Hijo del Hombre va a ser glorificado. Escucharemos al final incluso, a la manera de una teofanía, la voz del cielo que lo señala aunque no todos entienden el signo de lo que ha sucedido.

En algún momento Jesús había dicho que aún no había llegado la hora. Ahora se muestra palpable esa hora, incluso con las palabras que se escuchan desde el cielo. ‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Pero al mismo tiempo Jesús habla de un grano de trigo que ha de ser enterrado en tierra para que germine. ¿Cómo será ese ser enterrado en tierra? ¿Cómo ha de germinar el Hijo del Hombre? ¿Cómo va a ser glorificado? Ya nos hablará Jesús a continuación de que el Hijo del Hombre va a ser levantado en alto y entonces atraerá a todos hasta El. Y nos dice el evangelista que con estas expresiones está refiriéndose a su muerte y a su resurrección.

También cuando el diálogo con Nicodemo señala el evangelista que el mundo se mueve bajo sus pies – la gente decía que había sentido como un trueno - y se va a hablar entonces de esa glorificación. El Hijo del Hombre va a ser levantado en alto para atraer a todos hasta El. Porque el que crea en aquel que va a ser levantado en alto va a alcanzar los dones de la salvación, los dones de la pascua, el poder contemplar el rostro de Dios pero también como ese grano de trigo que es enterrado en tierra para que de fruto, para que nosotros obtengamos el fruto de nuestra resurrección, podrá obtener la vida eterna.

No vamos a ser un grano de trigo cualquiera, como no lo fue Jesús. Es el grano de trigo que se siembra en tierra para que germine y para que dé fruto. Pero para germinar tienen que morir. Es lo que pasó con Jesús; es lo que tiene que pasar en nosotros cuando nos unimos a Jesús y vivimos su pascua. Y vivir la pascua es pasar por la muerte para llegar a la vida.

¿Hemos pensado seriamente, con serenidad pero también con cierta profundidad que eso es lo que ahora nosotros vamos a vivir en la celebración de esta Pascua? ¿Cuál será la muerte por la que hemos de pasar para poder renacer, resucitar a nueva vida?

Tenemos el peligro de que vivamos tan obnubilados por el estado en que nos encontramos en medio de la pandemia que no se acaba, que simplemente digamos este año no hay semana santa y no llegues a realizar ese paso de Dios, es pascua, en nuestra vida. Alelados por no poder tener todas esas celebraciones exteriores que solemos tener, aunque el año pasado ya lo pasamos en circunstancias semejantes, dejemos pasar la oportunidad de celebrar de verdad, desde lo más hondo la pascua.

Hay vivencias pascuales que no tenemos por qué dejar de vivir cuando quizá además por otra parte más lo necesitemos. Puede ser el momento en que le demos aún mayor profundidad a lo que hacemos y celebramos integrando todas las circunstancias que vivimos en nuestra celebración pascual.

El Hijo del Hombre va a ser levantado en lo alto para atraernos a todos hacia sí, pero pensemos que al Hijo del Hombre lo podemos ver, lo tenemos que ver en tantos levantados en lo alto del sufrimiento, de su cruz, de su dolor, de sus soledades y traspasado por tantas cosas que lo dejan también desfigurado como los profetas describían al siervo de Yahvé. Y Jesús nos está diciendo que cuando lo veamos así va a ser glorificado, podremos contemplar la Hora del Hijo del Hombre, la Hora de nuestra Salvación.

sábado, 27 de febrero de 2021

El amor cristiano no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes, simplemente sintámonos hijos amados de Dios y correspondamos con un amor igual

 


El amor cristiano no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes, simplemente sintámonos hijos amados de Dios y correspondamos con un amor igual

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118;  Mateo 5, 43-48

Bueno,  no nos pongamos así, exigentes, que la cosa no es para tanto, yo hago lo que puedo; bueno, yo no soy tan mala persona, soy amigo de mis amigos. Y así nos ponemos a jugar a las rebajas porque, decimos, una cosa son los ideales, y otra es la realidad con que nos tropezamos cada día, porque hay cada uno.

Y esto no lo dice uno que vive alejado de todo sentimiento religioso, uno de tantos que nos podemos encontrar por ahí, sino que muchas veces esto lo oímos en el seno de la propia comunidad cristiana, entre los que vamos a misa el domingo, los que nos llamamos cristianos y hasta quizás nos hemos apuntando a alguna asociación religiosa o alguna cofradía. Así andamos los cristianos con nuestras mediocridades, así andamos sin metas ni ideales, así vamos poco menos que arrastrándonos haciendo, como solemos decir, lo que podemos pero no me exijan más.

Y hoy directamente nos pregunta Jesús ¿Qué estás haciendo de especial cuando dices que te llamas cristiano? Si amas solamente a los que te aman, ayudas a los que te ayudan y de ahí no pasas, eso lo hacen también los que no son cristianos, los gentiles, en una honradez y rectitud de quienes comparten un mismo mundo. En algo tendremos que diferenciarnos. ‘Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’

Con esa mediocridad andamos por la vida. En tantos aspectos, en todo lo que pueda significar superación o espíritu de sacrificio para alcanzar mejores objetivos, más altas metas. Es la mediocridad de nuestro amor con el que no convencemos a nadie. Porque no somos más cristianos porque llevemos una medalla al cuello, sino cuando con nuestra vida estamos reflejando el amor de Dios en el amor que nosotros tenemos a los demás.  ‘Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial’, nos viene a decir.

La meta que nos propone Jesús es que lleguemos a amar a los enemigos, a los que nos hacen mal. Es la sublimidad del amor cristiano; bien distinto de aquello que tan fácilmente decimos de que somos amigos de mis amigos. Ser amigo del que ya es amigo mío no tiene nada de especial, es simplemente corresponder. Y es que en el camino del amor cristiano siempre tenemos que ir por delante, ser capaces de tomar la iniciativa, no estamos esperando a que nos amen para nosotros amar.

Por eso hoy nos dice claramente Jesús contraponiéndolo a lo que parece que seria lo normal o lo  habitual: ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Amar que significa llegar a rezar por aquellos que nos hacen mal. No es fácil, pero si quieres comenzar a tener un amor en el estilo de Jesús comienza por ahí, aunque te repugne comienza por rezar por aquel que te haya injuriado, por aquel que te ha hecho mal, por aquel que dice mal de ti, por aquel a quien cualquiera consideraría un enemigo; para nosotros no es un enemigo, para nosotros es un hermano al que tengo que amar y comienzo por rezar por él; cuando seas capaz de hacerlo, estarás amándolo ya casi sin darte cuenta. Hacedlo que al final no es tan difícil, porque lo que por otra parte comenzarás a sentir en tu corazón bien merece la pena.

El amor cristiano, es cierto, no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes; simplemente sintámonos hijos amados de Dios y comencemos a mirar con los ojos de Dios, como en otro momento hemos reflexionado, y a amar con el amor de Dios.

martes, 28 de abril de 2015

La madurez de una comunidad cristiana tiene que manifestarse en su espíritu misionero para anunciar la Buena Nueva de Jesús

La madurez de una comunidad cristiana tiene que manifestarse en su espíritu misionero para anunciar la Buena Nueva de Jesús

Hechos,  11,19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30
Un signo de madurez es la forma cómo afrontamos las dificultades y los problemas que nos van apareciendo en la vida; la entereza con que los afrontamos nos denotan esa fortaleza interior que tiene una persona madura y que ha sabido fundamentar bien su vida. En lugar de encerrarse en si mismo ese fuego interior le hace abrirse a los demás, luchando y compartiendo, amando la vida y queriendo compartirla en lo bueno con los demás y recibiendo al mismo tiempo el aliciente de los que están a su lado apoyándolo en su duro caminar. No es fácil, pero ahí, como decíamos, se manifiesta la madurez de su vida, capaz de dar fruto aun en las más fuertes adversidades. ¿Seremos capaces de hacerlo así?
Así se manifestaba la Iglesia ya desde el principio guiada siempre por el Espíritu del Señor. Es lo que hoy contemplamos en los Hechos de los Apóstoles. A raíz del martirio de Esteban se desató una violenta persecución contra todos los que creían en Jesús lo que hizo que los discípulos se dispersasen por distintos lugares. Llegan así muchos seguidores de Jesús incluso a Antioquía de Siria y allí comienzan a anunciar el nombre Jesús no solo a los judíos sino también a los griegos. Cuando se emplea esta expresión en el nuevo Testamento se refieren por un lado a los prosélitos, o sea los judíos provenientes de la gentilidad, o también a los propios gentiles o paganos. Es lo que sucede en Antioquía y la comunidad crece y se expande.
Bajará a Antioquia Bernabé enviado por la Iglesia de Jerusalén que ‘al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor’. Mas tarde le veremos ir a Tarso a buscar a Saulo que se unirá a su predicación en aquella comunidad, de la que, como veremos más adelante, partirán con la misión del anuncio de Jesús a distintos lugares.
Creo que la lección de aquellas primeras comunidades cristianas sigue teniendo gran actualidad en nuestro momento presente. Algunas veces nos parece vernos acobardados cuando oímos noticias de dificultades o incluso persecuciones contra los cristianos en el mundo de hoy, o cuando contemplamos la dificultad para hacer el anuncio de la buena nueva de Jesús a nuestro mundo que en nuestro pesimismo vemos tan lleno de tantos males. No era fácil hacer el anuncio de Jesús en aquellos tiempos, como reconocemos que ahora tampoco nos es fácil.
Pero, ¿quién guía y conduce a la Iglesia? ¿es solo una obra de hombres de buena voluntad? Tenemos que aprender a confiar en el Espíritu del Señor que nos da fortaleza y precisamente ahí, en este momento si queremos llamarlo así de dificultades, tenemos que manifestar nuestra madurez cristiana. Como decíamos antes en lo humano, así tiene que manifestarse la madurez de los cristianos, la madurez de nuestras comunidades cristianas que tienen que ser en verdad misioneras en el mundo en el que vivimos.
Que el Espíritu del Señor nos dé esa fortaleza y esa sabiduría.

domingo, 22 de marzo de 2015

Súplicas, lágrimas, oraciones para hacer una ofrenda de amor como la de Jesús

Súplicas, lágrimas, oraciones para hacer una ofrenda de amor como la de Jesús

Jeremías 31, 31-34; Sal 50; Hebreos 55 7-9; Juan 12, 20-33
La ocasión había partido de aquellos griegos que habían venido a la fiesta de Pascua, habían oído hablar de Jesús y ahora querían conocerlo. ‘Estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús’.
La respuesta de Jesús fue muy importante, trascendental, podríamos decir: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre’. Muchas veces había dicho, como en Caná de Galilea cuando lo de las bodas, que no había llegado su hora. Ahora anuncia solemnemente ‘ha llegado la hora’; y es la hora de la glorificación del Hijo del Hombre.
¿Qué quería decir Jesús? Podríamos pensar que hablando de glorificación podía haber sido su momento cuando la transfiguración en el Tabor. Pero es ahora cuando habla de glorificación, y habla del grano de trigo que se entierra para dar fruto, y hablará de perder la vida para ganarla, y finalmente dirá cuando sea levantado en alto atraerá a todos hacia El. Ya anteriormente el evangelista Juan nos había dicho que ‘igual que Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser levantado en alto el Hijo del Hombre para que todo el que crea en El tenga vida eterna’.
Hoy nos dice el evangelista, porque lo entiende a posteriori, que ‘esto lo decía dando a entender la muerte de que iba morir’. Luego Jesús al hablarnos de su glorificación nos está hablando de su entrega, de su muerte, pero que es El quien se entrega libremente, porque aquel que se rebajó hasta someterse a muerte, como nos dirá más tarde san Pablo, Dios lo glorificará, levantará su nombre sobre todo nombre, y al nombre de Jesús toda rodilla se dobla y toda lengua proclama que Jesús es el Señor.
En nuestros miramientos y razonamientos humanos hablamos muchas veces de la muerte injusta de Jesús, cargando las tintas en la injusticia de los hombres, sobre todo de aquellos que lo condenaron a muerte; pero la mirada de Dios es distinta, la razón de la muerte de Jesús es otra y para nosotros su muerte se convierte en justicia y salvación, porque El se entregó, el quiso ser esa semilla de trigo enterrada y que tiene que morir para dar vida, para dar fruto.
Hay en este pasaje del evangelio una resonancia de lo que sería más tarde la oración de Getsemani. ‘Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Nos recuerda la agonía y la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos: ‘Que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya’. Ahora la escuchamos decir: ‘Padre, glorifica tu nombre’, mientras se oye una voz desde el cielo ‘lo he glorificado y volveré a glorificarlo’.
Nos ha hablado la carta a los Hebreos hoy también cómo ‘Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado’. Oraciones y súplicas que nos están indicando el terror ante la muerte y el sufrimiento que todo ser humano puede sentir. Pero como terminará diciéndonos ‘El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’. Sufrimiento, obediencia, ofrenda, salvación eterna, todo el sentido de la muerte de Jesús; por eso levantado en alto todos nos sentiremos atraídos a ir hacia El.
Pero no nos quedamos en contemplar la ofrenda de Jesús, sino que al mismo tiempo estamos escuchando lo que nos pide. ‘El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este, mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará’. Nos está diciendo lo que El hizo, pero va delante de nosotros para que sigamos el mismo camino; y ese camino no es otro que el de una ofrenda de nuestra vida como lo fue la suya.
¿Seremos capaces de una ofrenda así? ¿Seremos capaces de ser ese grano de trigo enterrado que tiene que morir para dar vida? ¿Sentiremos también quizá nosotros esa angustia y ese miedo ante la entrega, ante el sufrimiento y la muerte si fuera necesario, ante ese negarnos a nosotros mismos siendo capaces de perder lo que tenemos o lo que somos para poder ser vida, para poder alcanzar la vida?
Súplicas, lágrimas, oraciones, sufrimientos por los que tenemos que quizá pasar para hacer esa ofrenda de amor como la de Jesús. Tendremos que aprender sufriendo quizá a ser hijos, a obedecer. Miremos bien nuestra vida y encontrémosle sentido y valor a muchas cosas que nos pueden resultar dolorosas y difíciles. Puede ser duro, como lo fue Getsemaní para Jesús, pero y si Jesús nos lo pide, ¿qué vamos a hacer? ¿qué seremos capaces de hacer? ‘Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?’
‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’  nos dice Jesús. 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Buscamos a Jesús no solo por curiosidad sino en el deseo de llenarnos de su luz y de su vida

Buscamos a Jesús no solo por curiosidad sino en el deseo de llenarnos de su luz y de su vida

Eclesiastés, 1, 2-11; Sal. 89; Lc. 9, 7-9
Siempre tenemos que cuidar la actitud con la que venimos a escuchar la Palabra de Dios y cómo venimos a la celebración. Nada hay peor que la rutina porque va descafeinando aquello que hacemos y que celebramos y al final aunque estemos haciendo los ritos con todo rigor y exactitud pierden todo sentido y terminaremos por aburrirnos y no participar. Me da mucho miedo la gente que se dice que se aburre en la Misa, que es larga, que siempre es lo mismo porque está denotando que no están viviendo aquello en lo que están participando y se convierte en un rito más que hacemos fríamente y de lo que no nos vamos a enriquecer en nada.
Por eso decía que hemos de cuidar la actitud con que nos ponemos ante la Palabra de Dios que se nos proclama, porque además una cosa que nos puede surgir espontáneamente es que pensamos que eso ya lo hemos oído y que nos lo sabemos y nada nuevo nos va a decir. Y ese peligro es muy grande para los que venimos cada día a la celebración donde por supuesto vamos adquiriendo unos conocimientos del evangelio de tanto escucharlo, pero que si actuamos así le perdemos el sabor de la novedad que el Evangelio siempre ha de tener para nosotros; no olvidemos que evangelio significa Buena Nueva, Buena Noticia y la noticia para que sea en verdad noticia que nos llame la atención tiene que ser algo nuevo. Así tendría que ser siempre el evangelio en nuestra vida.
Hemos escuchado hoy unos pocos versículos que nos manifiestan la curiosidad que Herodes sentía por Jesús. Y digo bien, curiosidad, porque había oído hablar de Jesús, pero le llegaban distintas interpretaciones sobre quien era realmente Jesús. Algunos decían que era Juan que había vuelto a la vida, el Bautista que él había mandado decapitar; otros le decían que era un antiguo profeta que había vuelto a reaparecer, pero  nada de eso le satisfacía, y sentía curiosidad por conocer a Jesús, ‘tenía ganas de verlo’.
 No se va a encontrar con Jesús sino en plena pasión, cuando Pilatos se lo envíe para que lo juzgue porque era galileo y de su jurisdicción. Se había puesto contento, porque por fin podía verlo, pero ahora buscaba un rato de diversión, que Jesús le hiciera algunas de aquellas cosas maravillosas de las que oía hablar. Pero Jesús ni se dignó dirigirle entonces la palabra.
¿Será bueno tener curiosidad por conocer a Jesús? ya vemos en lo que terminó la curiosidad de Herodes, que al final no se transformó en gracia el encuentro con Jesús. Pero en el evangelio veremos otros personajes que sí sienten curiosidad por Jesús y quieren verlo, escucharlo, hablar con El. Curiosidad fue la de Juan y Andrés que tras las palabras del Bautista se fueron tras Jesús para preguntarle donde vivía. Y ya sabemos como terminó aquel encuentro, principio de un discipulado de Jesús.
Curiosidad sentía Zaqueo de ver a Jesús y como no podía de otra manera se había subido a la higuera por donde sabía que había de pasar Jesús para poder verlo y observarlo detenidamente a su paso. Todo terminaría en un encuentro con Jesús para que llegase la salvación a aquella casa. Zaqueo iba con humildad a querer conocer a Jesús. Y ya sabemos.
Curiosidad por Jesús, por sus palabras, por sus enseñanzas, por el misterio que intuía tras su persona era lo que movió a Nicodemo a ir a ver a Jesús de noche, para hablar con El. Allí comprendió lo que significaba nacer de nuevo, lo que en verdad tenía que significar la aceptación del Reino de Dios en su vida. Buscaba la verdad y la encontró en Jesús.
Podemos pensar en más momentos del evangelio, como el de aquellos dos gentiles que se acercaron a los apóstoles para que estos les sirvieran de mediadores para poder llegar a Jesús y con Jesús se encontraron y seguro que su presencia y su palabra llenó sus vidas de gracia.
Aquí estamos viendo cómo tenemos que acercarnos a conocer a Jesús. No vamos a compararlo con una persona de la historia por muy grande o importante que fuese; buscamos a Jesús tratando de encontrarnos con el Misterio de su vida que Jesús quiere manifestarnos. No podemos ir a buscar a Jesús queriendo manipularlo o simplemente sacar provecho o entretenimiento para nuestras cosas; entonces ni podremos escuchar a Jesús, como le sucedió a Herodes. Que tendríamos que preguntarnos si cuando venimos nosotros a Misa venimos simplemente buscando un entretenimiento porque no tenemos otra cosa que hacer.

Nos acercamos a Jesús con humildad, buscándole a El que quiere regalarnos su vida, descubriendo su amor que llega hasta una entrega total, queriendo llenarnos de su luz y de su gracia para hacer que nuestra vida sea mejor; cada encuentro con Jesús y su Palabra tendría que ser  para nosotros como un nuevo nacer. Busquemos a Jesús y dejemos que El se nos revele en el corazón.

martes, 18 de junio de 2013

El amor del cristiano es algo más que ser bueno

2Cor. 8, 1-9; Sal. 145; Mt. 5, 43-48
No se trata simplemente de ser buenos. Decimos que somos buenos porque más o menos tratamos de hacer las cosas bien, no molestamos a nadie ni nos metemos con nadie, porque nos encerramos en nuestras cosas y casi nos olvidamos o prescindimos de los demás, y ya con cosas así nos quedamos satisfechos. Pero ¿con solo eso podemos decir que somos cristianos y vivir con un sentido cristiano la vida?
Está bien que seamos buenos y no molestemos a nadie, ni robemos ni matemos, como solemos decir. Pero hemos de reconocer que ser cristiano tiene que ser algo más, en poca cosa se quedaría el mensaje del evangelio si no pasamos de ahí.
Fijémonos, por ejemplo, en lo que nos ha dicho hoy Jesús. Nos habla, sí, de querernos, pero ya nos advierte que no es solo hacer lo que todos hacen, amar a los que nos aman, hacer cosas buenas con aquellos que previamente han sido buenos con nosotros y si no me molestan yo no los molesto. Leamos con atención las palabras de Jesús.
Primero nos habla del amor al prójimo, pero nos quiere hacer pensar en quien es ese prójimo al que tenemos que amar. No vamos ahora a contar aquí la parábola que le propuso a aquel escriba que aun le preguntaba quién era su prójimo, aunque nos conviene siempre recordarla. Fijémonos simplemente en lo que ahora nos dice: ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo en cambio os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian’.
Esto ya es otra cosa. Primero decir que estaba sobreentendido ese dicho de aborrecer a los enemigos, aunque dicho así no se encuentra en la ley del Señor contenida en la Biblia, sino que era más bien interpretación que se hacía de la ley del Señor. Pero es que Jesús nos está pidiendo algo más, pues nos está pidiendo amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos hayan hecho mal y rezar por los que nos persiguen o calumnian. Nos damos cuenta de que hay que subir unos cuantos puntos aquello que decíamos al principio de que soy bueno y quiero a los que me quieren.
El amor cristiano no se puede quedar reducido a eso; nuestro amor tiene que ser más universal y todos han de ser amados. Nos dirá a continuación Jesús que si amamos solo a los que nos aman ‘¿qué meritos tendréis? Si saludáis solo a vuestros hermanos ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los publicanos? ¿No hacen lo mismo también los paganos?’ Algo más que ser bueno es el sentido del amor cristiano. Para un cristiano nadie puede ser considerado enemigo, porque todos han de caber en ese amor.
Recordemos que en la parábola a la que hacíamos antes mención el hombre caído junto al camino y el que lo recogió, podríamos decir que eran en cierto modo enemigos, porque uno era judío y el otro era samaritano, y ya sabemos que los judíos y los samaritanos no se llevaban; sin embargo será el samaritano el que bajará de su cabalgadura para atender al judío que está caído allí junto al camino.
Pero además podemos fijarnos en otro detalle. Y es que Jesús nos pide que recemos por aquellos que nos hayan podido hacer mal. ‘Rezad por los que os persiguen y calumnian’, nos dice. Dos cosas podemos decir; primero que a Jesús le vemos rezar por aquellos que le están llevando a la cruz, ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’; rezad y disculpa. Ya nos dirá Jesús que amemos con un amor como el suyo, como el que El nos tiene.
Y otro aspecto es recordar que cuando Mateo escribe el evangelio ya estaban comenzando los cristianos a sufrir las primeras persecuciones, con lo que estas palabras de Jesús que nos recoge el evangelista tendrían que tener un especial valor para aquellos cristianos que ya estaban sufriendo en su carne la persecución por el nombre de Jesús. Lo que ha de tener un significado especial también para nosotros hoy, que tan incomprendidos nos sentimos en medio de nuestro mundo; cómo tenemos que rezar por ese mundo que nos rodea que no nos entiende ni quiere entender el mensaje cristiano.

Como decíamos es algo más que ser bueno porque el amor cristiano tiene una sublimidad mucho mayor, cuando queremos amar con un amor como el de Jesús. Es lo que nos pide cuando nos dice que así seremos ‘hijos del Padre que está en el cielo que hace salir su sol sobre malos y buenos y envía la lluvia a justos e injustos’.