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viernes, 13 de marzo de 2026

No nos preocupemos tanto de todos los mandamientos que hemos de cumplir sino del amor que dará sentido y valor a cuanto hacemos porque nos sentimos amados de Dios

 




No nos preocupemos tanto de todos los mandamientos que hemos de cumplir sino del amor que dará sentido y valor a cuanto hacemos porque nos sentimos amados de Dios

Oseas 14, 2-10; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

La vida está llena de normas, de reglamentos, de protocolos como dicen ahora, de preceptos y de leyes a las que tenemos que estar atentos en todo momento; por donde quiera que vayamos, por donde quiera que nos movamos tenemos que estar atentos a cómo hemos de circular por la vida, y cuando digo circular no me refiero a todas las normas y leyes de tráfico que hemos de tener en cuenta cuando nos ponemos en carretera, sino que serán las normas o estatutos para mantener una buena ciudadanía allá donde vivamos por ejemplo, serán la leyes fundamentales de un Estado o de una nación, o serán los reglamentos en cualquier sociedad o grupo al que deseemos pertenecer, serán las normas de buena convivencia en todo lo que sean nuestras relaciones sociales, hasta en la manera como hemos de sentarnos a la mesa para comer, por decir algo que nos puede parecer insulso pero que ahí está en nuestra vida social. ¿Qué es lo importante en todo eso? ¿A qué tenemos que hacerle caso o habrá algo que podamos dejar de cumplir?

Pero queremos quedarnos simplemente en todo lo que es ese entramado de nuestra vida social, sino que quizás tenemos que ir a algo más profundo con lo que vamos a manifestar nuestra identidad. ¿Pueden ser las normas éticas o morales a las que tenemos que atenernos para vivir todo lo que es la dignidad de la persona y la rectitud de una vida?

Me he entretenido en este preámbulo que nos puede valer también para plantearnos muchas cosas para entender la pregunta que aquel maestro de la ley le viene a hacer a Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio. ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? Y entenderemos esta pregunta porque aparte de los mandamientos que vienen reflejados en los libros de la Ley, en el Pentateuco, que además se desarrolla en muchas cosas y detalles concretos que marcan la vida del pueblo de Dios, con el paso del tiempo desde la influencia de los diversos grupos religiosos los judíos se habían llenado de leyes y preceptos que al final incluso a los maestros de la ley les era difícil recordar y cumplir. De ahí la pregunta que la hace a Jesús, que podría ser también nuestra pregunta, que no en vano nos llenamos también de tantos cánones.

Podríamos decir que aquel maestro de la ley que le viene a preguntar a Jesús se debate entre la cantidad de leyes para saber qué es lo importante, pero la respuesta de Jesús podíamos decir que va por otro camino, aquello que verdaderamente va a dar calidad a la vida del hombre, a la vida del creyente. Por eso recordando literalmente Jesús lo que ya en el Pentateuco se decía nos lo viene a centrar todo en el amor. El amor a Dios sobre todas las cosas pero al mismo tiempo y con la misma intensidad el amor al prójimo.

No es algo para decir simplemente como aprendido de memoria, es algo que hemos de tener como el sentido de nuestra vida. De ahí podremos derivarlo luego todo, pero ahí tenemos que centrarlo todo. Porque además no parte del amor que nosotros podamos poner por nuestra parte, sino que siempre partirá del amor que Dios nos tiene. Con todo el corazón, con toda la fuerza de su Espíritu, con todo el pensamiento de Dios El nos ama. Porque Dios nunca  nos aparta de su pensamiento sabemos que nunca nos faltará su amor. Qué seguridad más grande sentimos en nuestro interior.

En esa onda nosotros hemos de entrar; y como el amor de Dios siendo muy personal y también muy directo a nuestra persona, a cada persona, porque nos ama como si fuéramos únicos, es también el amor que Dios tiene a todos y en consecuencia por ese camino nosotros también hemos de andar. Y ese amor vale más que todos los holocaustos y sacrificios, porque no son cosas lo que nosotros ofrecemos sino que nos ofrecemos a nosotros mismos, nos damos a nosotros mismos, porque eso es realmente el amor.

Si así estamos en el pensamiento de Dios que nos ama ¿también seremos capaces de tener en nuestro pensamiento a ese prójimo al que tenemos que amar? Ovala fuéramos capaces de hacerlo así, porque será la forma de comenzar a amar de verdad. Cuando te cueste amar a alguien ponla en tu pensamiento de la misma manera que Dios te tiene en su pensamiento.

sábado, 28 de febrero de 2026

El verdadero ser humano maduro en sus criterios siempre está levantando el listón para ir a más, no se queda en la pobreza de la mediocridad, vive un amor siempre creciente

 


El verdadero ser humano maduro en sus criterios siempre está levantando el listón para ir a más, no se queda en la pobreza de la mediocridad, vive un amor siempre creciente

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

A veces parece como si nos rigiéramos en la vida por la ley de mínimos. ¿Cuánto es lo mínimo que tengo que hacer para lograr lo que busco? La podríamos llamar también la ley del mínimo esfuerzo; es el simplemente contentarnos con cumplir y si ya llegué al mínimo exigido ¿para qué esforzarme en dar más? Hacer las cosas solo por cumplimiento es hacerlas sin espíritu, sin calor del alma, con poca intensidad, incapaces de animar y contagiar.

Yo pienso que actuar así es una pobreza de miras, faltan ilusiones y metas que nos eleven, no somos capaces ni de desarrollar lo que somos, nuestras posibilidades y nuestras capacidades que son mucho más que eso mínimo con lo que nos contentamos; es una pobreza de vida, porque la pobreza no son solo las carencias que tengamos sino ese espíritu que no tiene metas, que no busca lo mejor, que no aspira a más, que no es capaz de poner toda la carne en el asador; parece que siempre se está resguardando, pero ¿para qué?, si siempre voy a seguir arrastrándome sin ser capaz de levantar la mirada para ir más allá.

Es, por ejemplo, lo que dicen algunos, yo soy muy amigo de mis amigos, pero ¿entonces te cierras a la posibilidad de conocer a alguien más, de tener nuevos amigos porque tu seas el que ofrezcas amor y amistad, de hacer el bien también a los que no hacen nada por ti?

Nos lo está diciendo claramente Jesús cuando nos habla del amor, cuando nos habla de la humanidad que hemos de poner en nuestro trato con los demás y en nuestras relaciones. ¿Qué haces de extraordinario si solo saludas al que te saluda? Eso lo hace cualquiera. Pero al seguidor de Jesús se le pide más porque es un amor creciente el que tiene que animar su vida. Un amor estancado le pasa como al agua estancada que se vuelve putrefacta; un amor estancado se va vaciando de contenido día a día; un amor estancado es el que está midiendo lo que el otro hace por mi para yo no pasarme en mis gestos de amor ni de ir más allá.

Hoy nos dice Jesús, ‘porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Por eso ha comenzado hablándonos de la universalidad del amor; y como nos dice también hemos de amar a los enemigos, a los que nos han podido hacer daño; costará, pero es que no estamos yendo por lo mínimo, estamos hablando de amor, porque además nos sentimos amados de Dios; y el amor es dinamismo, el amor es algo que se crece cada día cuando es verdadero amor, el amor no pone límites ni hace distinciones. Amas porque te das, eres capaz de vaciarte en los demás.

Contrapone Jesús no simplemente lo que era la ley antigua, sino la interpretación que se había hecho de la ley de Dios. ‘Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Y es que todo arranca de ese amor de Dios que sentimos y experimentamos en nuestras vidas. Dios hace salir el sol para todos, no solo para los buenos.

Es levantarnos el listón. Cada día un paso más, cada día un poco más alto. ¿Cuesta? Ahí está el valor. No solo son los mínimos, porque con el amor no se puede andar con medidas. Somos capaces de superarnos, somos capaces de ir más allá. Somos capaces de crecer en el amor.

Como decíamos, el modelo lo tenemos en Dios. ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Es lo que contemplamos en Jesús que nos está regalando continuamente su amor. No podemos andar, pues, en esa pobreza de vida, con ese raquitismo en el amor, con esa mediocridad en nuestras metas

viernes, 22 de agosto de 2025

En la medida en que creemos más humanidad sembrando valores y actitudes de amor y respeto al otro estaré haciendo anuncio de la Buena Nueva de Jesús

 


En la medida en que creemos más humanidad sembrando valores y actitudes de amor y respeto al otro estaré haciendo anuncio de la Buena Nueva de Jesús

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Salmo 145; Mateo 22,34-40

¿Cuál es la auténtica religión? Quizás tendríamos que comenzar por preguntarnos. Ya sé, es cierto, que la expresión religión hace referencia a nuestra relación con Dios, la forma cómo expresamos y vivimos todo lo que desde la fe nos hace entrar en relación con Dios. Pero Jesús viene a decirnos hoy algo muy importante que tenemos que analizar bien y entender en toda su profundidad. Nunca nuestra relación con Dios nos puede separar de nuestra relación con los demás, es más, tendríamos que decir que no habría una auténtica relación con Dios si nos falta esa relación de humanidad con los demás.

Ya conocemos las diatribas que tenían los fariseos y demás grupos religiosos  de entonces con Jesús. Siempre estaban al acecho a ver cómo podían cogerle en sus palabras, porque no le aceptaban, porque no llegaban a entender el sentido del Reino de Dios que Jesús anunciaba, porque de alguna manera – y podemos hablar en un sentido político también – se ponía en peligro su estatus social y la forma como ellos manipulaban al pueblo. De aquellas interpretaciones que los doctores de la ley, pertenecientes a estos grupos de fariseos o saduceos, habían surgido aquella multitud de mandamientos que hacía que el pueblo se sintiera como una losa encima sin saber qué cumplir o qué era lo más importante.

Después que vieran que Jesús les hacía callar con sus explicaciones y también con el estilo de su vida es cómo deciden los fariseos que un doctor de la ley viniera con esa pregunta a Jesús. ‘¿Cuál es el mandamiento primero y principal de la Ley?’ Pregunta ociosa, tendríamos que decir, porque en la ley estaba, todos debían conocerlo, porque de alguna manera era como una oración a repetir a la entrada o salida de casa, al emprender tarea o al ponerse en camino.

Y es con lo que les responde Jesús, lo escrito en la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. Pero Jesús añade algo más que estaba también contenido en la ley y que no podían rechazar. ‘Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Aquí les viene a decir está el fundamento de todo. ‘En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Fijémonos bien, nos habla de un segundo mandamiento con igual importancia, ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Son inseparables. No podemos decir que cumplimos uno sin cumplir el otro. Nuestra humanidad no puede estar alejada de Dios. En la medida en que crecemos en humanidad estaremos creciendo en el amor de Dios. Para decir que amamos a Dios sobre todas las cosas, ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’, como nos dice con ese mismo amor tenemos que amar al prójimo, como nos dice, ‘como a ti mismo’

Cuántas veces nos puede suceder que decimos que amamos mucho a Dios, y no nos puede faltar nuestros rezos y nuestra oración cada día, y acudimos a Dios en toda ocasión desde nuestras necesidades o nuestros problemas porque sabemos que El es nuestra fortaleza y nuestra vida, vamos a la Iglesia y participamos en todas las celebraciones, y ya pensamos que con eso está todo hecho, somos unas personas muy religiosas y muy cristianas.

¿Y dónde está nuestro amor al prójimo? ¿Dónde está la humanidad que estamos construyendo? ¿Cómo son de auténticas nuestras relaciones con los demás? ¿Qué preocupación sentimos por los demás, por sus derechos y por el respeto que hemos de tener a toda persona, por sus necesidades o sus angustias, o por compartir también con ellos sus alegrías? Es ahí en estos pequeños detalles, en esa cercanía, en esa amistad que cultivamos con todos, en ese respeto mutuo, es donde le estamos manifestando el amor, y cuando estamos creciendo en el amor a los demás estaremos creciendo en nuestro amor de Dios. No lo podemos separar, el uno alimenta al otro, desde el amor de Dios tendremos fuerza para amar al hermano, pero desde ese amor al hermano estaremos haciendo crecer el amor de Dios en nosotros, y le estaremos dando verdadera gloria.

No me canso de hablar de humanidad, de cultivar todo eso que nos acerca al otro, porque sé que con ello estoy haciendo anuncio también de la buena noticia de Jesús. En la medida en que creemos más humanidad iremos sembrando más sentimientos y actitudes cristianas, y todo eso nos llevará al encuentro con Dios.


viernes, 28 de marzo de 2025

No es solo cuestión de estar más o menos cerca, sino de vivir el Reino de Dios sintiendo de verdad el amor que Dios nos tiene y respondiendo con intensidad a ese amor

 


No es solo cuestión de estar más o menos cerca, sino de vivir el Reino de Dios sintiendo de verdad el amor que Dios nos tiene y respondiendo con intensidad a ese amor

 Oseas 14, 2-1; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

¿Estaremos cerca o estaremos lejos del Reino de Dios? Es lo que tenemos que ir revisando en este camino cuaresmal que estamos haciendo, este camino hacia la Pascua. Siempre nos sucede que de entrada cuando comenzamos a pensar en estas cosas, igual que cuando hacemos un examen de conciencia, si no nos detenemos un poco y tratamos de reflexionar con hondura todo nos parece que marcha bien. Pero no podemos andar con superficialidades, no podemos ser ramplones en la vida, donde todo nos parece fácil o todo nos da igual, tenemos que enfrentarnos con sinceridad a lo que verdaderamente es la realidad en nosotros mismos, pero también en la profundidad del mensaje que se nos trata de trasmitir.

Comenzaba haciéndome esa presenta de si estamos cerca o lejos del Reino de Dios, desde lo que escuchamos en el evangelio que Jesús le dice a aquel escriba. Ha venido planteándole cual es el primer y principal mandamiento y en el diálogo entre ambos ha salido la importancia del amor, del amor a Dios sobre todas las cosas y del amor también con toda intensidad hacia el prójimo; no podría haber uno sin el otro. Y parece que el escriba lo entiende por las afirmaciones que hace, por eso le dice Jesús que está cerca del Reino de Dios. Pero ¿estar cerca significará estar viviendo plenamente el Reino de Dios? Creo que Jesús está dejando la puerta abierta a un crecimiento, a una superación.

No vamos a negar que tengamos fe, no vamos a negar que queremos amar, pero tiene que ser una planta que crece y da frutos que han de madurar para dar verdadero sabor a nuestra vida. ¿Estaremos en verdad dando el sabor de la fe a lo que hacemos? ¿Estaremos dando el sabor del amor en todo lo que es nuestra vida?

La semilla la podemos tener en nuestro corazón pero no la estamos quizás cultivando lo suficiente; tenemos que cuidar nuestra fe, tenemos que cuidar la intensidad de nuestro amor. No tenemos fe solamente porque digamos que creemos en Dios porque algo tiene que haber; creemos en Dios que se nos revela, en un Dios que nos ama porque es amor, porque es Padre; muchas son las manifestaciones del amor de Dios en nuestra vida, y tenemos la gran revelación de ese amor en Jesús.

No es Dios algo abstracto y que no podemos entender, no es un Dios lejano situado allá en lo alto de los cielos; es el Dios que camina con nosotros, es el Dios presente en nuestra vida, es el Dios que podemos sentir en nuestro corazón, es el Dios a quien podemos amar en aquellos que nos rodean porque para nosotros tienen que ser signos y señales de esa presencia de Dios. Una fe así impregna toda nuestra vida, da sabor, como decíamos, hace que nuestra vida sea distinta.

Y la consecuencia de todo eso está en el amor. Como decíamos, ese amor que igualmente tiene que dar sabor a nuestra vida, porque con él estamos reflejando lo que es el amor de Dios. Es el amor con que amamos a Dios, porque así nos sentimos amados de Dios, pero será el amor con que amemos a cuantos nos rodean que para nosotros ya serán siempre hermanos. Y no es un amor cualquiera; a los demás los amamos no porque ellos nos amen a nosotros, sino porque en ese amor nosotros estamos reflejando el amor que tenemos a Dios. Y eso no es cualquier cosa, no es algo que vivamos a la ligera o cuando estemos de buenas, es lo que en verdad tiene que dar sentido y valor a nuestra vida.

Cuando lleguemos a entenderlo y a vivirlo no solo es que estemos cerca del Reino de Dios, sino que estamos viviendo el Reino de Dios, porque estamos sintiendo de verdad el amor que Dios nos tiene y estaremos respondiendo a ese amor con esas nuevas actitudes, con esa nueva manera de relacionarnos con los demás, con ese sentido nuevo que le estamos dando a nuestra vida y a nuestro mundo. Y ese es el Reino de Dios.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Hemos de tener en cuenta la advertencia que hoy desde el amor de Dios se nos hace, ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida, recomendación de quien nos ama

 


Hemos de tener en cuenta la advertencia que hoy desde el amor de Dios se nos hace, ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida, recomendación de quien nos ama

Deuteronomio 6, 2-6; Sal. 17; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

Alguna vez cuando alguien ha querido recalcarnos algo, para que lo tengamos en cuenta, para que no lo olvidemos, nos repite una y otra vez, ‘escucha lo que te estoy diciendo, escucha bien…’ y nos dice lo que tiene que decirnos. Es la recomendación de un padre o de una madre con su hijo cuando se pone serio ante algo que no está haciendo bien, es la explicación del profesor cuando nos pone una norma de disciplina para la clase, son las palabras serias del amigo que nos está recordando algo que parece que hemos olvidado para mantener viva nuestra amistad. ‘Tenlo bien presente, que no te lo repito’, nos dicen algo así.

Es lo que nos está diciendo y recalcando la Palabra de Dios que hoy se nos proclama. Pero nos está diciendo o preguntando si es que estamos buscando una sabiduría para la vida, algo en lo que encontremos sentido para nuestras cosas y para lo que vivimos, si en verdad queremos hacer un camino recto y un camino de fidelidad. Y nos dice y nos repite ‘escucha, Israel… escucha, Israel’ por dos veces nos lo repite en el libro del Deuteronomio.

Eran como las recomendaciones finales que Moisés les hacía al pueblo cuando ya estaban casi terminando el camino de desierto y estaban a las puertas de la tierra prometida. Y les recuerda que lo tengan bien presente, porque cuando lleguen a una vida más fácil donde puedan recoger cosechas, donde puedan obtener el fruto de una tierra que trabajen y vengan días de prosperidad, será algo que fácilmente pueden olvidar. Mientras iban por el desierto con sus sacrificios y dificultades parece que les era más fácil acudir a Dios para que les ayudara salir un día de aquel duro desierto, pero cuando se valieran por si mismos en la prosperidad podía olvidarlo todo. Por eso les dice que tienen que tener estas palabras bien grabadas en el corazón.

Y ahora les recuerda que el Señor su Dios es solamente uno, al que adorarán y al que amarán sobre todas las cosas. ‘Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón’. Es el mandamiento del Señor que nunca podrán olvidar y del cual se deducirán todos los comportamientos que han de tener los unos con los otros.

Y para cumplir este mandato de guardar estas palabras en su corazón se inventarán las filacterias, aquellas franjas de tela en las que trascribían estas palabras para atarlas al puño o en la cabeza para decir que las tenían siempre presentes, aunque luego no se destacaran por ese amor a Dios sobre todas las cosas. ¿Serán las medallitas o cruces que nos colgamos como adorno al pecho o donde sea sin que nuestra vida en verdad esté adornada de unos valores cristianos?

El evangelio nos relata el que un maestro de la ley viene a preguntarle a Jesús por el mandamiento que tenia que ser fundamental y principal en la vida. Era en cierto modo normal en sus escuelas rabínicas que tuvieran sus discusiones teológicas que les ayudaran a profundizar en lo que verdaderamente era la ley del Señor, después sobre todo de la cantidad de normas y preceptos que se habían multiplicado en sus interpretaciones de la ley mosaica. Como en nuestras escuelas de teología, en nuestros círculos de estudio, en nuestras lecturas y reflexiones en tantas y tantas reuniones que nos hacemos también nosotros. Creo que no tendríamos que ver maldad en la pregunta de este escriba sino un deseo, ¿por qué no sincero?, de querer profundizar en lo que era la ley del Señor. ‘Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?

Ya escuchamos la respuesta de Jesús que no hace otra cosa que recordar lo escrito en la ley y que todos conocían muy bien porque hasta repetían a la manera de oración en muchos momentos del día, o al entrar o salir de casa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús añade algo más. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. A lo que aquel escriba acepta, por así decirlo, su concordancia, porque nada más tenía que añadir. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

No estás lejos del Reino de Dios’, le dirá Jesús. El amor a Dios y el amor al prójimo que no podemos de ninguna manera separar. No puede haber amor a Dios verdadero si no amamos también al hermano. Porque en ese amor al hermano estamos reflejando el amor de Dios, porque es con la mirada de Dios con la que tenemos que mirar al hermano. Siempre ese prójimo, sea quien sea, venga de donde venga, será para mí un hermano porque también está siendo amado con el amor de Dios, en él se manifiesta el amor de Dios que a él también lo tiene como hijo. ¿Pretenderemos, acaso, enmendarle la plana a Dios y decir que el otro no merece ese amor? Con nuestras discriminaciones lo estamos haciendo. Esto tiene muchas consecuencias.

Claro que tenemos que tener bien en cuenta esa advertencia. ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida. Es la recomendación de quien nos ama.

viernes, 23 de agosto de 2024

Hay preguntas que tenemos que tomárnoslas en serio como qué es lo que realmente nos hace felices y qué es lo más importante para nuestra vida

 


Hay preguntas que tenemos que tomárnoslas en serio como qué es lo que realmente nos hace felices y qué es lo más importante para nuestra vida

Ezequiel 37, 1-14; Salmo 106;  Mateo 22, 34-40

Ni aún en aquello que todos buscaríamos para ser felices, nos pondríamos de acuerdo. Todos queremos ser felices, buscamos la felicidad, es cierto, pero bien sabemos que a todos no nos hace felices lo mismo. Intentando ponernos un poco sensatos podremos decir incluso cosas bonitas, de que buscamos la felicidad de los demás, que buscamos aquello en lo que verdaderamente nos realicemos, que tengamos una buena conciencia, y así podríamos decir muchas cosas bonitas, pero en el fondo ¿qué buscamos para ser felices? Y por ahí aparecen nuestras ambiciones, nuestras pasiones, nuestros sueños y hasta nuestros egoísmos de pensar solo en nosotros mismos. Nos daría qué pensar.

Me vale esto como introducción a lo que hoy nos presenta el evangelio. Por medio están las discusiones con Jesús, el pretender dejarlo callado y parece que se van sustituyendo unos a otros en cola buscando un argumento nuevo con el que enfrentarse a Jesús o buscar la manera de dejarlo callado y en evidencia. Ha hecho callar a los saduceos y ahora son los fariseos con los maestros de la ley los que vienen haciendo preguntas.

Pudiera parece una pregunta muy elemental y que nos podría hacer pensar que o tiene sino una única respuesta. Pero bien sabemos que tampoco entre ellos se ponían de acuerdo, y por allá andan precisamente los rigoristas fariseos con su pregunta. Bien sabemos qué hincapié hacían ellos con algunas cosas mientras otras que estaban también en la ley de Moisés las dejaban de lado.

¿Nos pasará a nosotros lo mismo? Poniéndonos sensatos como decíamos antes podemos decir cosas bonitas o aprendidas de memoria;  pero si preguntamos al conjunto de los que nos rodean qué es lo que sería más importante de todo lo que tenemos que hacer como creyentes y como cristianos, nos encontraremos también con las más diversas respuestas. Que si todos tenemos que respetarnos y tratarnos bien, que si nos portamos bien con aquellos que se portan bien con nosotros, que si somos amigos de nuestros amigos pero los demás… ya nos lo pensaremos, que si tenemos que hacer el bien cuando podamos (y ya veremos cuan pocas veces podemos), que si hay que ir de sinceros por la vida y no podemos ser unos fachas para los demás, y desgranaríamos un montón de cosas que irían apareciendo en esta hipotética lluvia de ideas que nos hagamos.

Es más importante de lo que pensamos este planteamiento que se nos hace en el evangelio. Porque no es solamente la pregunta que los maestros de la ley le hicieron a Jesús para ponerlo a prueba – que poco nos importarían hoy las malas intenciones que pudiera tener aquella gente – sino que desde la Palabra de Dios se nos está interrogando a la sinceridad de nuestra vida cuál es ese mandamiento importante.

Nos puede parecer cosa sabida de catecismo la respuesta que estamos escuchando en el evangelio, pero realmente nos preguntamos nosotros por el amor de Dios, por el amor que le tenemos a Dios, como decimos en el catecismo, sobre todas las cosas, o como se nos dice aquí ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. No es cosa baladí, no son meras palabras que podamos poner o quitar según nos convenga, es algo que va a afectar realmente a toda nuestra vida.

Jesús ha venido anunciando la llegada del Reino de Dios, está en el centro de su mensaje, pero repito que no son solo palabras; es poner en verdad a Dios como el centro único de nuestra vida, ‘corazón, alma, mente’, se nos dice. ¿Dios está en verdad en el centro de nuestro corazón, de nuestros pensamientos, de lo que es la motivación más profunda de nuestra vida? Cuando hacemos examen de conciencia pasamos demasiado rápido por este primer mandamiento, nos lo damos por sabido y por cumplido; pero vayamos analizando lo que hacemos, lo que es nuestra vida de cada día, nuestras preocupaciones y nuestras ocupaciones, ¿qué lugar ocupa Dios en todo ello? ¿También cuando podamos o cuando nos sobre tiempo?

Pero Jesús en la respuesta no se queda ahí, porque nos dice que el segundo es igual de importante.  ‘El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Semejante, no los podemos separar porque el uno se cumple y se realiza en el otro. Y porque no estamos hablando de un amor cualquiera. ‘Como a ti mismo’, nos dice. Y amarnos a nosotros mismos eso sí que lo haremos. Y ya sabemos cuantas cosas podríamos señalar para decir que nos amamos. Porque tenemos que amarnos porque amamos la vida y queremos vivir, y buscar lo mejor, y darle la mayor dignidad a la vida, y hacernos querer y respetar, y valorar lo que somos como nos gozamos también en lo que hacemos, y así podríamos seguir diciendo muchas cosas. Pues nos dice Jesús ‘y a tu prójimo como a ti mismo’.

Y nos concluirá Jesús que ‘en estos mandamientos se sostienen la ley y los profetas’. Está respondiendo Jesús a unos maestros de la ley. ¿Por dónde ha de ir nuestra búsqueda de la felicidad, como habíamos comenzado planteándonos? ¿Qué es lo realmente importante para nuestra vida?

jueves, 6 de junio de 2024

Ojalá podamos escuchar de labios de Jesús, por la calidad de nuestro amor, que tampoco nosotros estamos lejos del Reino de Dios

 


Ojalá podamos escuchar de labios de Jesús, por la calidad de nuestro amor, que tampoco nosotros estamos lejos del Reino de Dios

2Timoteo 2, 8-15; Sal. 24; Marcos 12, 28b-34

Hay preguntas que en ocasiones se hacen y vienen cargadas, como alguna vez hemos reflexionado sobre ello, de malas intenciones, de querer poner en un aprieto al que es preguntado, o también sucede que estamos buscando una respuesta que coincida con nuestros intereses, se va no por conocer la verdad, sino por querer afirmarnos en nuestro orgullo o en nuestras cosas.

Pero hay preguntas, aunque nos parezcan muy sencillas y muy elementales, que están hechas con rectitud y sinceridad; preguntas que nacen del deseo de conocer y de profundizar; preguntas en las que realmente buscamos crecer, porque en la respuesta queremos encontrar una ayuda en ese camino de ascensión que tiene que ser siempre nuestra vida. 

Nos pueden parecer cosas muy elementales y que nosotros damos por sabidas, pero quien hace la pregunta tiene una inquietud y un deseo de dar un paso más, de avanzar, de comprender mejor, de encontrar una luz que pudiera estar faltando a su vida. Tenemos que ser acogedores con esas personas e incluso agradecerles que nos hagan esas preguntas, porque seguramente nos van a ayudar a avanzar también nosotros en ese conocimiento y en esa vida.

Es lo que nos cuenta hoy el evangelio. Cuidado nosotros no vayamos de entrada con nuestros prejuicios, por otros escribas que acudían a Jesús con preguntas pero para ver cómo podían cogerle. En el texto que con toda sencillez nos ofrece hoy el evangelista no encontramos eso, sino una pregunta, sencilla y elemental, pero que en la respuesta de Jesús precisamente nos va a ayudar a ver con toda amplitud lo que significa el amor a Dios.

‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ es la pregunta con la que viene aquel escriba. Ya sé lo que tantas veces hemos dicho que como escriba él tenía que saber muy bien cual era ese primer mandamiento, porque así tenía que enseñarlo al pueblo en su misión de escriba, y en la Escritura estaba bien claro. Pero dejemos que Jesús nos responda y lo haga precisamente recordando lo que nos dice la Escritura Santa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’.

Jesús no hace otra cosa que recordarnos lo que estaba en la Escritura Santa y que era algo que todo buen judío sabía y repetía cada día muchas veces porque venía a ser algo así como una oración y como una profesión de fe.

Pero Jesús como vemos no se queda en responder a cual es primer mandamiento, sino que utilizando también la Escritura concluirá. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. Nos a poner Jesús en un mismo nivel el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas con el amor que hemos de tener al prójimo. Y nos dice ‘no hay mandamiento mayor que estos’. Ahí lo tenemos, no hay otra forma de expresar lo que es el amor que le tenemos a Dios que amando al prójimo. Y no de cualquier manera. Nos dice ‘como a ti mismo’. Sí, tenemos que amarnos a nosotros mismos, y lo tenemos que hacer porque estamos reconociendo la grandeza que Dios nos da cuando nos ama; y si nos ama Dios, también nosotros tenemos que amarnos, porque desde ese amor de Dios tenemos que cuidar nuestra vida.

Y el escriba en consecuencia se hace una reflexión. Sigue ahondando en todo lo que significa ese amor de Dios y ese amor al prójimo que Jesús le está señalando – ha sido un paso adelante que Jesús está dando y al que está invitando a aquel escriba, como nos está invitando a nosotros también – y el escriba concluirá que ese amor, así como nos lo ha señalado Jesús, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

Esto nos daría pie para pensar en muchas más cosas. Y es eso fácil que hacemos muchas veces que es ofrecer cosas pero no ofrecer amor. Nos vale pensarlo en todo lo que significa un auténtico amor que hemos de tener a los demás – hacemos regalos pero no amamos -, pero nos lleva también a lo que es el amor que le tenemos a Dios, hacemos ofrendas, cuantas cosas preciosas y costosas somos capaces de regalar a la Iglesia - ¿será para que quede allí el nombre para siempre en una plaquita? – pero nos olvidamos del amor verdadero.

Jesús le dice a aquel escriba porque se ha hecho una reflexión muy sensata, ‘no estás lejos del Reino de Dios’. ¿Podremos escuchar nosotros también esa alabanza de Jesús? ¡Ojalá!

domingo, 29 de octubre de 2023

Amamos porque nos sentimos amados de Dios y amamos a cuanto Dios ama, nos amamos a nosotros mismos y amamos con ese amor siempre expansivo a los demás

 


Amamos porque nos sentimos amados de Dios y amamos a cuanto Dios ama, nos amamos a nosotros mismos y amamos con ese amor siempre expansivo a los demás

Éxodo 22, 20-26; Sal 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

Nosotros no hacemos preguntas para poner a prueba – bueno que también los hay maliciosos – pero sí andamos muchas veces llenos de preguntas dentro de nosotros mismos que aunque nos sabemos la lección ‘bien de memoria’, sin embargo andamos renqueando de acá para allá como si no termináramos de tener claro lo que tenemos que hacer.

Es bueno hacernos preguntas, aunque hay a quien no le gusta. Les parece que si se hacen preguntas temblequetea todo lo que tenemos bajos los pies y es como si no nos sintiéramos seguros. Pero hacernos preguntas nos hace avanzar, hacernos preguntas es querer profundizar incluso en aquello que nos parece que tenemos muy claro, hacernos preguntas nos conduce al meollo, a lo que es verdaderamente importante, porque muchas veces nos podemos quedar en la apariencia de la hojarasca y al final no tenemos nada claro.  Y nos hacemos preguntas porque nos sentimos débiles y buscamos fortaleza para nuestra vida.

Le preguntan a Jesús por el mandamiento principal. Todos lo tenían claro, porque era algo que además hasta se sabían de memoria y repetían todos los días. Pero las repeticiones como una cantinela al final nos hace perder su verdadero sonido, el verdadero sentido de aquello que sabemos y que repetimos. Porque ¿nos habremos detenido de verdad a pensar lo que significa eso que decimos en el primer mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas? Muchas veces lo hemos pensado y lo hemos dicho que cuando nos hacemos un examen de conciencia por ese mandamiento es por el que más rápido pasamos porque pensamos que lo cumplimos, porque nosotros amamos a Dios.

Bueno es que Jesús nos recuerde hoy donde están fundamentados y resumidos toda la ley y todos los profetas. Porque cuando le preguntan a Jesús por el mandamiento principal, nos habla de ese amor a Dios con todo el corazón, toda la mente, con toda el alma, pero nos dice que el segundo es semejante, que es también el principal, porque no se puede entender el uno sin el otro. Y nos habla del amor al prójimo, y nos dice que tenemos que amarlo como a nosotros mismos. Y aquí viene la cuestión de si nosotros nos amamos a nosotros mismos, o en qué consiste ese amor que nos tenemos a nosotros mismos. Porque si no nos amamos, o nos amamos con un amor interesado, ¿cómo va a ser ese amor que le tengamos al prójimo?

Claro que todo está partiendo de algo muy importante. Es el amor de Dios. Todo parte de una afirmación de fe en Dios que es único y que nos ama. Y nuestro amor es respuesta al amor de Dios. Dios nos ama y nos engrandece porque nos ha creado a su imagen y semejanza; si tal es la dignidad de la que Dios nos ha regalado, nuestra respuesta no puede ser otra sino la del amor. Por eso, todo nuestro amor para Dios. Pero amamos a Dios y lo que Dios ama. Amamos a Dios y nos amamos a nosotros; amamos a Dios y amamos a todos los hombres que son también amados de Dios.

Si reconocemos nuestra grandeza, de la que Dios nos ha dotado y por eso nos amamos como le amamos a El, con ese mismo amor amamos también a los demás, amamos al prójimo, porque además en ellos estaremos viendo esa imagen de Dios. Por eso vendrá Jesús a completar todo esto en la última cena cuando nos dice que nos da un solo mandamiento y es que amemos a los demás como El nos ama, ‘amaos los unos a los otros como yo os he amado’.

Medida grande del amor la que Jesús nos propone. Ya no es un amor interesado con el que quizás podríamos amarnos a nosotros mismos – cuántas veces nos volvemos egoísta amándonos a nosotros mismos porque al final terminamos encerrándonos en nosotros mismos, lo que ya no es señal de un amor verdadero – sino que tiene que ser un amor generoso y gratuito como es el amor que Jesús nos tiene.

Cuando entramos en esa órbita del amor qué distinto será todo. No nos encierra nunca como en un círculo sino que siempre nos expande. El amor es difusivo de sí mismo. Es como entrar en otra espiral porque el amor se crece más y más precisamente amando. Siempre hay un más allá donde llegar desde el amor. Por eso el amor no tiene límites, es siempre expansivo, crecer y nos hace crecer a los que amamos. Muchas conclusiones prácticas tendríamos que sacar.


lunes, 9 de octubre de 2023

No solo es cuestión de saber quién es mi prójimo sino de ser yo capaz de comportarme como prójimo

 


No solo es cuestión de saber quién es mi prójimo sino de ser yo capaz de comportarme como prójimo

Jonás 1,1–2,1.11; Sal. Jon 2,3.4.5.8; Lucas 10,25-37

Todos nos hacemos preguntas; son nuestros deseos innatos de saber, de aprender, de conocer; preguntas que buscan caminos, preguntas que esperan una respuesta, preguntas que se hace uno a sí mismo, preguntas en cuya respuesta queremos darle una profundidad o un sentido a la vida, preguntas que son una petición de ayuda; preguntas llenas de sinceridad en esos deseos de búsquedas, pero preguntas en ocasiones maliciosas, envenenadas, porque buscan una respuesta a su gusto y su ritmo, porque quieren dejar en evidencia a aquel a quien le hacen la pregunta, preguntas retóricas que se quedan en el aire porque no esperan respuesta, o no queremos escuchar la respuesta. De todo eso tenemos en la vida, de todo eso tenemos experiencias porque nosotros mismos las hacemos, o porque somos interrogados por los que nos rodean.

Un letrado se acerca a Jesús. ¿Busca respuestas? ¿Quiere enreversar el asunto? La pregunta parece ser seria. ¿Qué tiene que hacer para heredar la vida? ¿Busca recetas o busca cosas sabidas? Porque Jesús le abre el camino. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?’ La respuesta tenía que darla el mismo porque para eso era maestro de la ley. Y no le quedará más remedio que recitar aquello que todo judío sabía de memoria y repetía varias veces al día.

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo’. Lo repetían al acostarse y al levantarse, al sentarse a la mesa, al salir de casa o al entrar en casa. Y Jesús le dice que ha respondido sensatamente, que haga eso y tendrá vida. ¿Querrá aún justificarse en las preguntas que está haciendo? ‘Y, ¿quién es mi prójimo?’

Jesús nos dejará la parábola del buen samaritano que todos conocemos bien y tantas veces hemos meditado. Pero, ¿nos sucederá a nosotros lo mismo que por mucho saberlo a final terminamos por no hacerlo? Sabemos bien quién es nuestro prójimo, no cabe duda. Pero ponemos nuestros entredichos, nuestros paréntesis, nuestras distinciones porque nos parece que no son lo mismo unos que otros; aceptamos como nuestro prójimo al que nos cae bien, piensa como nosotros, es de los nuestros, pero pronto comenzamos a hacernos reservas, porque no es de aquí, porque es otro el color de su piel, porque su apariencia no nos es agradable o incluso quizás nos repugna, porque un día me hizo o me dijo, me trató más o me despreció, porque tuvimos nuestras diferencias y ya lo miramos de otra manera…

Por cuantos pasamos de largo, como aquel sacerdote o aquel levita de la parábola que nos propone Jesús. Queremos llegar temprano al templo, tenemos tantas cosas que hacer que ahora no me voy a entretener, no llevo suelto en el bolsillo… cuantas cosas, cuantas disculpas nos buscamos. No es fácil mirar como prójimo al otro, porque creamos tantas distancias, inventamos tantas barreras, seguimos poniendo tantos escalones y pedestales. Lo sabemos muy bien, pero no lo hacemos tan bien.

Cuando el escriba le respondía textualmente diciendo lo que estaba en la ley de Moisés, Jesús le dijo ‘haz esto, y tendrás vida’. Ahora tras la parábola en la que Jesús nos quiere decir quien es nuestro prójimo y lo que no tenemos que hacer con él, le dirá que vaya y haga lo mismo que aquel que se portó como prójimo del otro. No es cuestión solo de saber quien es el prójimo y miramos hacia fuera, sino que tenemos que mirarnos a nosotros mismos y portarnos como prójimo del que está a nuestro lado sea quien sea.

‘Anda, haz tú lo mismo’.

viernes, 25 de agosto de 2023

Pensemos en la intensidad que ponemos en nuestro amor a Dios comparando con la intensidad que ponemos en otros apegos del corazón


 

Pensemos en la intensidad que ponemos en nuestro amor a Dios comparando con la intensidad que ponemos en otros apegos del corazón 

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40 

¿Qué es lo importante? ¿Qué es lo principal? Son preguntas que con frecuencia nos hacemos en la vida. Queremos resumir un mensaje o una lección que se nos ha ofrecido o que quizás tenemos que transmitir y terminamos resaltando aquello que es lo más importante de dicho mensaje. Vemos unos acontecimientos en nuestro entorno que nos pueden afectar o donde quizás podemos intervenir y naturalmente buscamos aquel que más nos interesa, aquel que consideramos más importante. Tenemos ante nosotros una lista, digámoslo así, de posibilidades en nuestros estudios o en nuestro trabajo y también buscaremos lo que es más fundamental para dedicarnos a ello con mayor ahínco. 

Ahora vienen a plantearle a Jesús también qué es lo más importante. Claro que en la pregunta se ocultan ciertas reticencias y desconfianzas y de alguna manera también están buscando algo en lo que diga Jesús con lo que poder desprestigiarlo, porque realmente la presencia y la enseñanza de Jesús les está molestando. Los saduceos que con sus preguntas capciosas trataban de enrollar de mala manera a Jesús se vieron descubiertos ante la sabiduría de Jesús. Ahora son los fariseos los que vienen a Jesús con una pregunta que parece inocente, pero vienen también con sus aviesas intenciones. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?’ 

En cierto modo para aquel pueblo confundido era necesario quizás hacerse esta misma pregunta, aunque estaba muy claro en la Escritura santa de la Ley y los Profetas. De muchos mandamientos habían ido envolviéndose en sus interpretaciones y en sus exigencias, de manera que la gente sencilla al final les costaba comprender cual era de verdad el meollo de la ley del Señor. Pero la pregunta no pretendía, por otra parte, poner claridad en medio de aquella confusión de tantos preceptos, sino que también venía con la intención de coger a Jesús en sus palabras y tener de qué acusarlo. 

Pero la sabiduría de Dios supera todas esas mezquinas intenciones con que andamos tantas veces los hombres. Y Jesús claramente repetirá lo que estaba en la Escritura Santa, y que además todo buen judío debía incluso saberse de memoria porque era algo que repetían continuamente a la entrada o a la salida de casa, al ponerse en camino cada día o al iniciar cada tarea casi como una oración y como una profesión de fe. ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. Pero Jesús no se queda ahí, lo que podría ser el primer mandamiento, sino que añadirá, ‘este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él, amará a tu prójimo como a ti mismo’. 

Es sí, una confesión de fe, nos viene a decir Jesús.  Es el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. Qué importante esto cuando Jesús tanto nos ha hablado del Reino de Dios. El Reino de Dios no son cosas, el Reino de Dios no son solo unas actitudes más o menos buenos que podamos tener hacia los demás, el Reino de Dios no son unos comportamientos humanos que nosotros tengamos con los otros. El Reino de Dios tiene que comenzar por ese reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. No es nuestro reino, no somos nosotros con las cosas más o menos buenas que podamos realizar. Es reconocer el Reinado de Dios, que es nuestro único Señor; luego vendrán las consecuencias de cómo vamos nosotros a manifestar ese Reino de Dios. Pero el centro de todo lo ponemos en Dios, a quien tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda nuestra mente, con toda nuestra vida. 

Pero claro que nos dirá luego que el segundo es semejante, que al segundo también hemos de darle toda la importancia porque es tan equivalente que no podemos cumplir uno sin el otro. Ni podremos amar a Dios con todo nuestro amor si no amamos al prójimo, ni podremos amar al prójimo con toda la intensidad que le hemos de dar a ese amor si no amamos a Dios. Por eso nos dirá Jesús que es semejante. 

Y nos vendrá a concluir Jesús que ahí está resumido todo. ‘En estos dos mandamientos se sostienen la ley y los profetas’. ¿Cuál es lo primero y lo principal en lo que hemos de centrar nuestra vida cristiana, nuestra vida de seguimiento de Jesús? ¿Será eso lo primero y principal para nuestra vida como cristianos? Aquí tendríamos muchas cosas que revisar, empezando porque veces nos preguntamos cómo es el amor que le tenemos a Dios. Creemos y amamos, vamos a decir que es cierto, pero ¿cuál es la intensidad que ponemos en ese amor? Comparemos un poco con otros amores que tenemos en la vida y que consideramos importantes. 

 


jueves, 8 de junio de 2023

Dejémonos amar, abramos las puertas del corazón sin temor a que quien nos ama tome posesión de nuestra vida, es el camino del Reino de Dios

 


Dejémonos amar, abramos las puertas del corazón sin temor a que quien nos ama tome posesión de nuestra vida, es el camino del Reino de Dios

Tobías 6, 10-11; 7, 1. 8-17; 8, 4-9ª; Sal 127; Marcos 12,28b-34

‘No estás lejos del Reino de Dios’, es la afirmación que finalmente le hace Jesús a aquel letrado que había venido con sus preguntas a Jesús. Se había establecido un diálogo muy interesante entre Jesús y aquel letrado que venía con sus inquietudes, también quizá con alguna malicia porque quizás podía sentirse superior a aquel que se presentaba también como un maestro venido desde la lejana galilea. Vemos que en ocasiones las preguntas quieren ser capciosas, a ver por donde le cogen, le tienden trampas, por hecho de venir de la Galilea de los gentiles, porque Jesús no se había formado en ninguna escuela rabínica de Jerusalén; la escena parece situarse en Jerusalén y en torno al templo.

Preguntaba por el mandamiento del Señor y Jesús le responde incluso textualmente con palabras de la ley y de los profetas uniendo el amor a Dios con el amor al prójimo como algo inseparable ya para siempre. De ahí las afirmaciones del letrado que parecen querer ratificar las palabras de Jesús – ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón…’ – pero que concluirán con las palabras de Jesús de que no está lejos del Reino de Dios.

El amor de Dios por encima de todo, que es lo mismo, dejarse amar por Dios lo vamos a reflejar en ese amor que vamos a sentir por los demás, ese amor al prójimo de manera inseparable. El Reino de Dios no son estructuras que nos vamos a imponer a manera de los reinos interesados de este mundo. El Reino de Dios comienza a nacer en nosotros cuando nos dejamos amar por Dios; qué importante es esto porque es lo que va a producir ese milagro en nuestra vida de que comencemos a creer en el amor de Dios y en el amor que luego nosotros también hemos de vivir. Y es que no es menos cuando nos dejamos amar.

Aunque seamos capaces de hablar y de decir muchas cosas del amor puede suceder que lo hagamos de una manera teórica, no solo porque nosotros no amamos como tendríamos que hacerlo, sino que no nos dejamos amar. Y no nos dejamos amar porque muchas veces vamos por la vida envueltos en una cápsula de egoísmo; ponemos barreras también a los que nos aman, en cierto modo lo tememos, porque nos parece que vamos a perder nuestra independencia, o peor aún, nuestra autosuficiencia. Y es que dejarnos amar es dejar entrar al otro en nosotros, dejar entrar al otro en nuestro corazón, en nuestra vida, y ya nos parecería que no somos los mismos. Dichosa autosuficiencia de la que no terminamos de desprendernos.

Por eso decíamos que el Reino de Dios comienza en nosotros cuando nos dejamos amar por Dios. Luego vendrá lo demás, luego necesariamente cuando nos sentimos amados entramos en una órbita de amor y se rompen todas esas cápsulas en las que nos envolvemos y amándonos dejamos entrar en los demás en nuestro corazón; cuando le hemos abierto la puerta a Dios, ya la puerta necesariamente quedó abierta para siempre para que en nuestro corazón pueda tener un lugar el prójimo. Es lo que hoy Jesús nos está enseñando, es por lo que le dice a aquel letrado que ya no está tan lejos del Reino de Dios.

Será así cómo ya nosotros amemos a Dios con todo el corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser. Por algo vendrá luego Jesús a decirnos de lo que vamos a ser examinados en el atardecer de nuestra vida. Cuanto hicisteis a uno de esos hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis, nos dirá entonces Jesús. Cuando los otros han tomado posesión de nuestro corazón hemos dejado que Dios sea en verdad el Señor de nuestra vida.

lunes, 27 de febrero de 2023

No son los protocolos los que hacen la dignidad de la persona, sino el grado de humanidad con que tratamos al otro lo que eleva la dignidad de todo ser humano

 


No son los protocolos los que hacen la dignidad de la persona, sino el grado de humanidad con que tratamos al otro lo que eleva la dignidad de todo ser humano

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46

Cuando Dios nos creó, como nos enseña la Biblia desde la primera página, nos dotó de la más gran dignidad y nos hizo para el amor; será en ese amor donde alcanzaremos la más alta cota de nuestra dignidad. Un poco de calor humano en nuestras relaciones nos hace más grandes y más felices que todas las leyes y normas que podamos establecer para proclamar la dignidad de la persona.

Es necesario el respeto, ciertamente, pero podemos manifestar nuestro respeto desde la frialdad del corazón. Podemos tener todos los protocolos que queramos imaginar para que tratemos dignamente a las personas, pero si en nuestro trato falta ese calor humano que solo puede nacer puro cuando nace desde el amor, lo que obtendremos en nuestra relacion entre los unos y los otros será frialdad; qué mal nos sentimos cuando simplemente nos dicen todo lo que tenemos que hacer para beneficiarnos de unos derechos, si quien nos lo está manifestando en sus gestos, en la forma de hablarnos, en su mirada, en su cercanía y su escucha no pone ese calor humano para poder uno sentirse acogido y amado.

Es el amor el que nos engrandece, el que nos hace sentirnos personas de verdad cuando lo recibimos y cuando lo ofrecemos. Es el amor que me valora y me dignifica, es el amor que me hace levantarme cuando estoy hundido, es el amor el que me hace descubrir ese rayo de esperanza para caminar cuando todo me parece turbio porque estoy envuelto en mil problemas, es el amor el que despierta en mí la alegría de la vida.

Por eso son tan importantes los gestos de humanidad que vamos regalando mientras hacemos el camino. No son grandes cosas, pero ese vaso de agua que se me ofrece para calmar mi sed, ese sitio que se me ofrece cuando los que están sentados se acomodan aun en su estrechez para que yo también pueda sentarme, esa sonrisa que llega a mi como una brisa fresca cuando voy acalorado en el camino buscando mil soluciones para mis problemas, ese cederme el paso en el lugar estrecho para evitar que vaya por donde se pueda poner en peligro mi vida, esa mirada que sin palabras me enseña a confiar en mi mismo y en mi capacidad para salir de aquel mal momento… son pequeños gestos de humanidad que me hacen sentirme querido y valorado y que me harán caminar con mayor esperanza e ilusión. Son los que también hemos de saber regalar en cada paso a los demás.

Nos decía Dios desde el texto del Antiguo Testamento las cosas que habíamos de evitar, y simplemente nos daba una razón, porque ‘yo, el Señor tu Dios, soy santo’. Y nos enseñaba como tenemos que amar como nos amamos a nosotros mismos, y lo que no queramos para nosotros, no lo podemos querer nunca para nadie.

Pero Jesús en el evangelio nos levanta el listón un punto más, porque ya nos dice que tenemos que amar como El nos ha amado. Y para que seamos capaces de hacerlo nos dice que cuando hicimos una de esas pequeñas cosas a los demás, a El se lo estábamos haciendo. Desde entonces en el otro no solo he de ver a una persona repleta de dignidad y que con dignidad hemos de tratar, sino que en el otro estaremos siempre viendo a Jesús a quien no podremos amar si no amamos de verdad al hermano.

Nos habla Jesús hoy en el evangelio de que nos va a preguntar cuando nos presentemos a El en el examen final de nuestra vida. Y de lo único que nos va a examinar es de amor. En esa alegoría del juicio final nos va señalando esas actitudes de amor que hemos de tener con los demás que van a manifestar la autentica cordialidad de nuestro corazón. En nuestra reflexión nos hemos detenido en algunos gestos de humanidad que en el día a día podemos tener para los que están a nuestro lado. El amor es creativo, porque cada uno va a encontrar sus gestos, esos gestos que tiene que tener con las personas concretas con las que convive, con las que trabaja, con las que hace su vida, con las que se va a cruzar por la calle. Es ahí donde tenemos que derretirnos de amor.

Es lo que ahora en este camino cuaresmal que casi estamos empezando a hacer tenemos que revisar, tenemos que plantearnos, tenemos que poner por obra. Es el auténtico ayuno y la auténtica penitencia que tenemos que hacer; es la verdadera oración en la que vamos a encontrarnos con el Señor. Piensa, por ejemplo, que cuando te detienes en el camino a escuchar a aquella persona que una y mil veces quizás te va a contar lo mismo, es como si estuvieras orando con el Señor.

domingo, 19 de febrero de 2023

La Buena Noticia de Jesús nos interroga y nos inquieta, nos pone alto el listón del amor y nos propone la santidad de nuestro Padre del cielo

 


La Buena Noticia de Jesús nos interroga y nos inquieta, nos pone alto el listón del amor y nos propone la santidad de nuestro Padre del cielo

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48

A veces las buenas noticias, aunque sean buenas, nos inquietan, nos dejan intranquilos, de alguna manera, podemos decir, nos revuelven por dentro, porque nos plantean interrogantes, pudiera ser incluso que dudas, pero nos impulsan y nos abren a algo nuevo, que no siempre quizás seremos capaces de asumir, de convertirlo en un leit motiv, un sentido para nuestra vida.

Si es buena noticia, nos podría decir algo, pues es algo bueno; es cierto, pero es que eso bueno nos puede hacer ver la realidad de otra manera, nos puede obligar a tomar nuevas y arriesgadas decisiones, nos puede obligar, sí, a salir de nuestras comodidades y rutinas. Y esto tiene que significar el evangelio en la vida del  hombre, de toda persona. Sin embargo, bien sabemos que no todos aceptan esa buena noticia del evangelio. Si todos lo aceptaran nuestro mundo y nuestra sociedad sería bien distinta.

Pero con sinceridad tenemos que preguntarnos, ¿es que los que nos decimos cristianos, porque decimos que creemos en Jesús, estaremos en verdad planificando nuestra vida según esos nuevos valores que nos enseña el evangelio? ¿Cuántos llevamos a lo concreto de nuestra vida de cada día lo que hoy se nos ofrece en el evangelio? ¿No pretenderemos muchas veces hacernos rebajas en nuestras interpretaciones porque decimos, amar sí, pero no hay que llegar a tanto?

Y es que le buena noticia que nos ofrece el evangelio, este pasaje concreto que se nos presenta en este domingo, viene a tocar aspectos que son fundamentales en lo que es nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús; algo en lo que de verdad hemos de diferenciarnos claramente de los demás. Es la amplitud y la universalidad del amor que se nos plantea hoy.

Siempre decimos, amamos y con eso es suficiente. Amamos, pero ¿hasta donde llegamos en nuestro amor? ¿A los amigos? ¿A los que están cerca de nosotros? ¿A los que nos quieren? ¿A los que son buenos y nunca molestan? ¿A los que nunca nos han hecho daño? ¿A los que a veces nos ayudan y entonces nosotros queremos corresponder prestándole también nuestra ayuda?

Cierto, ¿y en qué nos estamos diferenciando? Eso lo puede hacer cualquiera. Ya Jesús nos dice que los gentiles saludan a los que los saludan a ellos; ya nos dice Jesús que  cualquiera puede ayudar a alguien simplemente porque un día le ayudó a él también, lo hacen los publicanos y lo hacen también los gentiles.

Es otra la categoría, otra la amplitud, otro el nivel que nos pide Jesús para el amor. No se puede quedar encerrado en un circulo; me amas, te amo; me ayudas, te ayudo; eres de los míos, porque eres de mi familia, de mi grupo, de mi raza o procedencia, porque eres de los que piensas como yo, pues yo también te quiero y hago por ti todo lo que sea necesario.

Pero Jesús rompe el circulo, rompe esas barreras que no queremos traspasar, rompe esos lazos para ir también al que no me ama, al que no es de los míos, al que pudiera considerar enemigo porque quizás me quiere mal; Jesús rompe esas reglas que quizá un día con buena voluntad se pusieron para que no nos pasáramos en la reacción que pudiéramos tener cuando nos hagan lo que no nos gusta; la ley del Talión venía a limitar la amplitud de la venganza a la que creían que tenían derecho cuando se vieran injustamente tratados, no podía ir más allá en tu reacción de la medida con que te habían ofendido a ti, por eso se habla del ojo por ojo y del diente por diente. Pero Jesús nos echa abajo ese castillo de naipes que nos habíamos construido y nos habla de ofrecer la otra mejilla, de dar no solo lo que te pide sino si es necesario el doble o todo lo que necesite, de ser capaces de poner la otra mejilla.

Por eso para el seguidor de Jesús ya no tienen que haber enemigos; enemigo era no solo el que te quería mal, sino incluso a aquel que no perteneciera a tu grupo o a tu manera de ver la vida. Ahora tenemos que amarlos a todos e incluso orar por ellos, orar incluso porque el que haya hecho una ofensa. Qué aplicación práctica tiene este nuevo estilo que Jesús nos ofrece cuando hoy seguimos creando tantos abismos entre los que no pensamos lo mismo; cuando hoy seguimos generando tanta acritud hacia el que es distinto, al que tiene una opinión distinta y cuando tanto hablamos de democracia le queremos quitar el derecho a opinar a quien tiene otra forma de pensamiento, por ejemplo, para el sentido de sociedad que queremos construir.

Hoy se nos está planteando algo fundamental en lo que es nuestra vida cristiana, lo que es el seguimiento de Jesús. Es la Buena Noticia, que quizás nos cuesta recibir y aceptar porque nos va a doler el corazón, porque tendremos que hacer una verdadera conversión en nuestra vida, un nuevo planteamiento para muchas posturas, para muchas actitudes, para muchas de las cosas que hacemos que tendrán que ser de otra manera.

No es fácil. Además Jesús nos está diciendo que tenemos que ser santos y perfectos como nuestro Padre del cielo. Alto nos pone el listón. Pero sabemos que no nos faltará la fuerza de su Espíritu.