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jueves, 4 de junio de 2026

El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

 


El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

2 Timoteo 2, 8-15; Salmo 24; Marcos 12, 28b-34

Siempre nos estamos haciendo las mismas preguntas ¿qué es lo que tengo que hacer?, pero quizás no sabemos transformar la pregunta para preguntarnos más bien, ¿qué es lo que tengo que vivir? Podemos hacer muchas cosas, pero no son tantas las que vivimos; somos capaces en un momento determinado rascarnos el bolsillo para comprar un regalo muy hermoso y muy valioso con que queremos obsequiar a alguien, pero no somos capaces de detenernos a su lado para compartir nuestro tiempo, para escuchar cuando tenga que decirnos, o simplemente para estar con esa persona a la que decimos que amamos tanto y obsequiamos con cosas hermosas, pero para la que nunca tenemos tiempo.

Cuidado que en nuestras expresiones religiosas así hacemos, así actuamos muchas veces. Por eso tendríamos que preguntarnos cómo conjugamos esos momentos de nuestra religiosidad con lo que es en el día a día nuestra relación con los demás y el amor que Jesús nos dice que debemos de tenerles.

Hoy se ha acercado un escriba a Jesús para preguntarle - ¿será una vez más una pregunta cargada de intencionalidad para ver cómo cogían a Jesús como en tantas otras ocasiones hemos visto? – ‘¿qué mandamiento es el primero de todos?’ Sabemos cómo a partir de lo que aparece en el libro de la Ley se multiplican los preceptos diluyéndose lo que es lo principal y fundamental. Jesús responde textualmente con aquello que además sabía de memoria y repetía muchas veces al día como un mantra todo buen judío con las palabras de la Escritura. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús quiere complementar este primer mandamiento y por eso añade. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Solamente recuerda Jesús, repito, lo que todo buen judío tenia que saber; como nosotros cuando decimos que el primer mandamiento es ‘amar a Dios sobre todas las cosas’. Pero es hermoso el comentario que se hace el escriba; era un maestro de la ley y había de tenerlo muy claro a la hora de enseñar al pueblo. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Y aquí tenemos lo maravilloso para contrastar también con lo que nosotros hacemos y no vivimos. ‘Vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Es importante esta coletilla, porque nos lleva a la manera de hacer la pregunta que nosotros tendríamos que hacer. No son los holocaustos, no son los sacrificios, no son los regalos extraordinarios que en un momento podamos realizar, no son los ramos de flores que podamos llevar o los manteles de altar que podamos regalar, es poner amor de verdad en nuestra vida.

Pero el amor no se manifiesta con cosas, el amor se expresa con la vida. No es lo que nos podamos saber de memoria, son las actitudes de cercanía y de respeto, de valoración de la persona y de cómo la tenemos en cuenta, la sonrisa con que en todo momento la acogemos y el hacerlas partícipes de nuestra amistad, es la integración de toda persona sin distinción en nuestro círculo y es la atención que le prestamos cuando nos cruzamos en la vida o en la calle con ese que nos pueda parecer distinto. ¿De qué me vale el poner una generosa limosna en el cepillo de la Iglesia si cuando cruzo la puerta de la Iglesia ni siquiera doy los buenos días a quien sale a mi lado?

¿Qué es lo que tengo que vivir si me quiero llamar cristiano?

jueves, 6 de junio de 2024

Ojalá podamos escuchar de labios de Jesús, por la calidad de nuestro amor, que tampoco nosotros estamos lejos del Reino de Dios

 


Ojalá podamos escuchar de labios de Jesús, por la calidad de nuestro amor, que tampoco nosotros estamos lejos del Reino de Dios

2Timoteo 2, 8-15; Sal. 24; Marcos 12, 28b-34

Hay preguntas que en ocasiones se hacen y vienen cargadas, como alguna vez hemos reflexionado sobre ello, de malas intenciones, de querer poner en un aprieto al que es preguntado, o también sucede que estamos buscando una respuesta que coincida con nuestros intereses, se va no por conocer la verdad, sino por querer afirmarnos en nuestro orgullo o en nuestras cosas.

Pero hay preguntas, aunque nos parezcan muy sencillas y muy elementales, que están hechas con rectitud y sinceridad; preguntas que nacen del deseo de conocer y de profundizar; preguntas en las que realmente buscamos crecer, porque en la respuesta queremos encontrar una ayuda en ese camino de ascensión que tiene que ser siempre nuestra vida. 

Nos pueden parecer cosas muy elementales y que nosotros damos por sabidas, pero quien hace la pregunta tiene una inquietud y un deseo de dar un paso más, de avanzar, de comprender mejor, de encontrar una luz que pudiera estar faltando a su vida. Tenemos que ser acogedores con esas personas e incluso agradecerles que nos hagan esas preguntas, porque seguramente nos van a ayudar a avanzar también nosotros en ese conocimiento y en esa vida.

Es lo que nos cuenta hoy el evangelio. Cuidado nosotros no vayamos de entrada con nuestros prejuicios, por otros escribas que acudían a Jesús con preguntas pero para ver cómo podían cogerle. En el texto que con toda sencillez nos ofrece hoy el evangelista no encontramos eso, sino una pregunta, sencilla y elemental, pero que en la respuesta de Jesús precisamente nos va a ayudar a ver con toda amplitud lo que significa el amor a Dios.

‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ es la pregunta con la que viene aquel escriba. Ya sé lo que tantas veces hemos dicho que como escriba él tenía que saber muy bien cual era ese primer mandamiento, porque así tenía que enseñarlo al pueblo en su misión de escriba, y en la Escritura estaba bien claro. Pero dejemos que Jesús nos responda y lo haga precisamente recordando lo que nos dice la Escritura Santa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’.

Jesús no hace otra cosa que recordarnos lo que estaba en la Escritura Santa y que era algo que todo buen judío sabía y repetía cada día muchas veces porque venía a ser algo así como una oración y como una profesión de fe.

Pero Jesús como vemos no se queda en responder a cual es primer mandamiento, sino que utilizando también la Escritura concluirá. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. Nos a poner Jesús en un mismo nivel el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas con el amor que hemos de tener al prójimo. Y nos dice ‘no hay mandamiento mayor que estos’. Ahí lo tenemos, no hay otra forma de expresar lo que es el amor que le tenemos a Dios que amando al prójimo. Y no de cualquier manera. Nos dice ‘como a ti mismo’. Sí, tenemos que amarnos a nosotros mismos, y lo tenemos que hacer porque estamos reconociendo la grandeza que Dios nos da cuando nos ama; y si nos ama Dios, también nosotros tenemos que amarnos, porque desde ese amor de Dios tenemos que cuidar nuestra vida.

Y el escriba en consecuencia se hace una reflexión. Sigue ahondando en todo lo que significa ese amor de Dios y ese amor al prójimo que Jesús le está señalando – ha sido un paso adelante que Jesús está dando y al que está invitando a aquel escriba, como nos está invitando a nosotros también – y el escriba concluirá que ese amor, así como nos lo ha señalado Jesús, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

Esto nos daría pie para pensar en muchas más cosas. Y es eso fácil que hacemos muchas veces que es ofrecer cosas pero no ofrecer amor. Nos vale pensarlo en todo lo que significa un auténtico amor que hemos de tener a los demás – hacemos regalos pero no amamos -, pero nos lleva también a lo que es el amor que le tenemos a Dios, hacemos ofrendas, cuantas cosas preciosas y costosas somos capaces de regalar a la Iglesia - ¿será para que quede allí el nombre para siempre en una plaquita? – pero nos olvidamos del amor verdadero.

Jesús le dice a aquel escriba porque se ha hecho una reflexión muy sensata, ‘no estás lejos del Reino de Dios’. ¿Podremos escuchar nosotros también esa alabanza de Jesús? ¡Ojalá!

viernes, 17 de marzo de 2023

El imperdible que hemos de llevar prendido en la vida para no perder a Dios es nuestro prójimo, amarlo es garantía de que amamos de verdad a Dios

 


El imperdible que hemos de llevar prendido en la vida para no perder a Dios es nuestro prójimo, amarlo es garantía de que amamos de verdad a Dios

Oseas 14, 2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34


Recuerdo que nuestras madres cuando éramos pequeños y quizás nos enviaban con un recado ya fuera a la venta o a la casa de un vecino, al escribirnos lo que teníamos que llevar aquel papel nos lo trababan con un imperdible, ya fuera en la ropa o en algún apropiado para que no lo perdiéramos; lo mismo quizás una medalla o un escapulario que querían que llevásemos nos lo trababan así con un imperdible para que no tuviera perdida.

Me ha venido esta imagen a la cabeza reflexionando sobre lo que hoy nos ofrece el evangelio. Y tomando esa imagen yo me atrevo a decir que el imperdible para que no perdamos a Dios es nuestro prójimo. Sí, podemos perder a Dios y no encontrarlo a pesar de que nos sepamos muy bien eso de que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas.

Le estaba sucediendo a aquel letrado, aquel maestro de la ley que viene con sus preguntas a Jesús. ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Cuál es el mandamiento principal? Y Jesús con gran pedagogía responde textualmente con aquellas mismas palabras que todo buen judío sabía de memoria- ¿y como no iba a saberlas el letrado si era un maestro de la ley? – y repetía muchas veces al día. ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Esto lo sabían todos, los fariseos incluso lo llevaban escrito en las franjas de sus mantos, en la puerta de cada casa lo tenían escrito también y todo buen judío al salir o al entrar en casa repetía estas palabras.

Hasta aquí no le dice nada nuevo que no supiera Jesús al escriba, pero es que Jesús habla del mandamiento primero, pero habla también del segundo mandamiento que es semejante al primero, que tiene la misma validez que el primero, que no se puede entender el primero si no entendemos y cumplimos con el segundo. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Aquí se siente sorprendido el escriba que no le queda más remedios que dar razón a Jesús. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Vale más que todos los holocaustos y sacrificios, le repite, el amor al prójimo como a uno mismo. Puede haber muchos holocaustos y sacrificios, pero hay algo que vale mucho más, el amor al prójimo. Si no hay amor al prójimo no podremos decir que tenemos verdadero amor a Dios. Es la garantía de que amamos a Dios de verdad. Es la garantía de que nos estamos encontrando con Dios, de que conocemos a Dios.

De ahí la frase que os decía al principio. El imperdible para que no perdamos a Dios es el prójimo. Teniendo presente ante nuestros ojos a nuestro prójimo estamos teniendo presente a Dios. ¿No nos dirá Jesús que todo lo que le hagamos al prójimo es como si se lo hubiéramos hecho a El? Garantía del amor a Dios, garantía de nuestro encuentro con Dios, garantía de que conocemos a Dios, amamos y amamos de verdad, porque ahora se nos está diciendo que amemos como nos amamos a nosotros mismos, pero terminará diciéndonos Jesús que amemos pero como nos ama Dios, ‘como yo os he amado’.

Llevemos ese imperdible bien prendido en nuestra vida. No nos perderemos. O como nos decía un teólogo y escritor del siglo XX ‘El prójimo es nuestro lugar de cita con Dios’ (Cabodevilla).

viernes, 21 de noviembre de 2014

Una nueva ofrenda, un nuevo sacrificio, un nuevo culto ofrecido a Dios en Cristo nuestra Víctima pascual

Apoc. 10, 8-11; Sal. 118; Lc. 19, 45-48
‘Entró Jesús en el templo…’ Siguiendo el evangelio de Lucas de forma continuada como lo hemos venido haciendo hemos hablado de su subida a Jerusalén con todo el significado teológico también que tiene esta subida de Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua, para celebrar su Pascua. Ayer le veíamos contemplar la ciudad santa desde el Monte de los Olivos, que era el camino habitual de entrada a Jerusalén para los peregrinos que venían de Galilea a través del valle del Jordán y contemplábamos sus lágrimas por la ciudad santa donde iba a culminar todo su misterio redentor.
Llega a la ciudad y hace su entrada en el templo y, como nos dice el evangelista, ‘se puso a echar a los vendedores’. Un signo de purificación que Jesús quiere realizar; un signo profético para darnos un nuevo sentido para el templo y para el culto al Señor y el encuentro con El. San Lucas es el menos explicito al describirnos lo que Jesús realiza; san Mateo y san Marcos nos dan más detalles, situando también en el mismo contexto de su entrada en Jerusalén este hecho; el evangelista Juan nos sitúa este episodio casi al principio del Evangelio.
Allí en el templo se ofrecían los sacrificios y los holocaustos, además de ser el lugar de la oración de los judíos; por sus explanadas, además de encontrarnos los maestros de la ley que con sus discípulos explicaban y comentaban las Escrituras - recordemos que allí fue encontrado Jesús niño entre los doctores de la ley tras su pérdida en su subida con sus padres al templo -, se situaban los animales que iban a ser sacrificados, como un servicio a los fieles para que pudieran adquirirlos a la hora de ofrecer los sacrificios; por otra parte estaban los cepillos del templo para las ofrendas y limosnas, pero como había que hacerlo en el dinero propio del templo, por allá andaban también los encargados de realizar el cambio de moneda, ya que muchos judíos venían de fuera de Palestina con las monedas que se utilizaran en sus países. Todo esto convertía el templo casi en una plaza de un mercado más que en un lugar de oración y culto al Señor.
‘Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’, exclama Jesús expulsando a los vendedores, derribando las mesas de los cambistas, queriendo realizar el signo de la purificación. Algo nuevo iba a comenzar a partir de aquella pascua. Ya no serían necesarios aquellos sacrificios de animales y aquellos holocaustos y ofrendas con los que la humanidad quería agradar a Dios. Ahora se iba a ofrecer el gran Sacrificio, el Sacrificio nuevo de la nueva Alianza en la Sangre derramada, que ya no era la sangre de los animales sacrificados sino la Sangre preciosa de Cristo. Como nos dirán más tarde Pedro y Pablo en sus cartas no hemos sido comprados ni con oro ni con plata, no hemos sido redimidos por la sangre de los antiguos sacrificios, sino que hemos sido redimidos por la Sangre preciosa de Cristo.
Un nuevo culto había de comenzar. Una nueva ofrenda se iba a realizar. ‘Por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta su ocaso’, como decimos en la tercera plegaria eucarística. ‘Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad…’ que decimos también.
La Victima pascual es Cristo mismo que por nosotros se ofrece y se inmola. Y ya no hay otro sacrificio que el sacrificio de Cristo, que actualizamos y hacemos presente cada vez que celebramos la Eucaristía. Es con Cristo, por Cristo y en Cristo donde ya para siempre vamos a tributar todo honor y toda gloria a Dios para siempre.
Es el signo que Jesús está hoy realizando en el pasaje del evangelio que estamos meditando. Nos está enseñando cual ha de ser el verdadero sacrificio que hemos de ofrecer al Señor, que ya no serán cosas, ni serán animales que sacrifiquemos sino que será siempre el sacrificio de Cristo al que nosotros nos unimos poniendo en él toda nuestra vida. Que ahí veamos también el signo de la purificación interior que hemos de hacer en nuestra vida para que en Cristo para siempre sea agradable al Señor nuestra ofrenda,  nuestra oración. Que ese sea el culto espiritual  que nosotros ofrezcamos con nuestra vida a Dios.
‘Bendice y santifica, oh Padre, esta ofrenda haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti’, como decimos en la primera plegaria Eucarística.

viernes, 8 de marzo de 2013


Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz

Oseas, 14, 2-10; Sal. 80; Mc. 12, 28-34
‘Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz’, hemos repetido en el salmo rumiando en nuestro interior esta palabra del Señor que nos ama y nos invita a escucharle y a seguirle.
‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos, seré rocío para Israel… brotarán sus vástagos…’ Es hermosa esta descripción que nos hace el profeta Oseas del amor del Señor para con nosotros; un amor que no se acaba, nos llena de bendiciones expresadas en esas imágenes llenas de poesía y encanto que vienen como a rememorar lo que era aquel jardín en que Dios colocó al hombre cuando lo creó, como nos describen las primeras páginas del Génesis.
Un amor que el Señor nos ofrece cuando volvemos nuestro corazón a El, olvidando para siempre nuestros errores y pecados; nos corrige y olvida para siempre nuestros pecados. Nos ama y cuando nos convertimos a El nos llena de bendiciones.
¿Cómo no amar nosotros al Señor y amarlo sobre todas las cosas? En el evangelio hemos escuchado que un escriba se acercó a Jesús preguntándole: ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Si reconocemos que Dios es nuestro Señor, que Dios es un Padre bueno que nos ama, no puede haber otro mandamiento, no puede haber otra respuesta que el amor.
Jesús respondió citando textualmente el texto del Deuteronomio que todo judío se sabía muy bien porque era una proclamación de su fe en Yahvé como el único Señor y en consecuencia todo lo que había de ser su vida. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Y Jesús continuó: ‘El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.
Ese amor a Dios con todo nuestro ser, con toda nuestra vida, sobre todas las cosas y ese amor al prójimo, como diría luego el escriba, ‘vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. No son cosas las que tenemos que ofrecer al Señor. Es nuestro corazón. Nuestro corazón todo para el Señor. No importan las cosas sino lo que importa es la vida. Importan las ofrendas que podamos hacer si no somos capaces de ofrecer nuestro corazón al Señor amándole sobre todas las cosas.
Y amar al Señor así, con un amor total, no significa que nos tengamos que olvidar de los demás. Todo lo contrario. Desde ese amor que le tenemos así al Señor con toda la radicalidad de nuestra vida es cuando aprendemos a amar y amar de verdad a los demás porque ya al prójimo comenzaremos a verlo como un hermano.
Por eso, a la réplica que le hace el escriba Jesús le dirá que no está lejos del Reino de los cielos, del Reino de Dios. Vivir el Reino de Dios es sentir que Dios es nuestro único Rey y Señor y para El todo nuestro amor; por eso cuando queremos comenzar a vivir el Reino de Dios de verdad comenzaremos a amar también de verdad a nuestros hermanos y comenzaremos a hacer ese mundo nuevo del amor, de la paz, de la comunión, de la justicia, de la alegría honda y verdadera. Será nuestro compromiso. Será la consecuencia del amor de Dios. Será la forma de proclamar que Dios es nuestro único Señor.
‘Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz’, comenzamos recordando lo que habíamos repetido en el salmo y recordábamos esa hermosa página de Oseas que nos hablaba del amor que el Señor nos tiene que nos colma de bendiciones. Escuchamos, pues, la voz del Señor y queremos amarle y amarle con todo el corazón, sobre todas las cosas. Escuchamos la voz del Señor y comenzamos a amar también al prójimo como a nosotros mismos. Escuchamos la voz del Señor y queremos vivir en el Reino de Dios con todas sus consecuencias.

martes, 29 de enero de 2013


Estos son mi madre y mis hermanos, los que hacen siempre la voluntad de Dios

Hebreos, 10. 1-10; Sal. 39; Mc. 3, 31-35
‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ La han venido a decir a Jesús que su madre y sus hermanos - su familia - están fuera y quieren hablar con El. Pero entonces surge la pregunta de Jesús. Entendemos claramente que no es que Jesús desprecie o no tenga en cuenta a su familia. Pero si entendemos que con Jesús se va formando una nueva familia.
El mensaje de Jesús quiere aunarnos a todos los que creemos en El. Todo lo que nos irá enseñando Jesús con las características del Reino de Dios que va anunciando y que quiere constituir con todos los que le seguimos quiere hacer surgir entre nosotros los lazos y los vínculos del amor. Un amor que nos llevará a sentirnos en una nueva comunión; un amor que nos hará sentirnos verdaderamente como  hermanos.
‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando una mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y miss hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’. Cumplir la voluntad de Dios; entrar en esos nuevos caminos de amor y de comunión; saber aceptarnos y comprendernos, ayudarnos mutuamente como si fuéramos hermanos, perdonarnos cuando tengamos alguna queja los unos con los otros, buscar siempre lo bueno para los otros.
Una verdadera familia, y en una familia siempre estará fundamentada en un amor auténtico y sincero, caminará siempre por esos derroteros. Los que seguimos a Jesús ya no solo porque haya unos vínculos de sangre y de afectividad entre unos y otros vamos a vivir ya siempre con ese nuevo estilo de vida, en esa comunión de amor. Somos la nueva familia de Jesús. La fe en Jesús nos une porque la fe en Jesús hará que nos amemos con toda sinceridad.
‘El que cumple la voluntad de Dios, la voluntad del Padre del cielo’. ¿Decimos que creemos en Jesús y en el Evangelio? ¿Aceptamos a Jesús porque llega el Reino de Dios? Creer en el Evangelio, aceptar el Reino de Dios significará que ya para siempre Dios es nuestro único Señor y en consecuencia lo que es su voluntad será para siempre la norma de nuestra vida. ¿No es eso lo que pedimos en la oración del padrenuestro que nos enseñó Jesús? ‘Venga a nosotros tu reina… hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’. Así pedimos. Pero no solo así pedimos sino que eso es lo que queremos hacer siempre.
Lo que hemos escuchado en la carta a los Hebreos tendría que ser como nuestra gran afirmación en todos los momentos de nuestra vida. Porque no es hacer otra cosa que lo que hizo Jesús. No es la ofrenda de cosas lo que tenemos hacer al Señor; no son los sacrificios ni los holocaustos. La verdadera ofrenda es nuestra vida, es nuestra voluntad. ‘Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
Es lo que tiene que ser también nuestra oración, la afirmación rotunda que hagamos con nuestra vida, lo que ha de ser nuestro propósito para siempre: hacer la voluntad de Dios por encima de todo. No siempre será fácil. Nos sentiremos tentados muchas veces por muchas cosas. El orgullo y el egoísmo se nos meterán fácilmente en el corazón. Pero también en el padrenuestro pedimos la gracia del Señor para no caer en la tentación, para vernos siempre libres del mal.
Queremos ser la familia de Jesús porque queremos siempre y en todo momento hacer la voluntad de Dios. Que en verdad eso lo vivamos. Que en verdad nos sintamos así una sola familia. Que con toda sinceridad nos amemos y nos sintamos verdaderos hermanos. Nos gozaremos así del amor del Señor.

miércoles, 30 de mayo de 2012


Amaos unos a otros de corazón e intensamente

1Pd. 1, 18-25; Sal. 147; Mc. 10, 32-45
En los sacrificios de la antigua Alianza se ofrecían sacrificios de animales o de cosas materiales como ofrendas que se hacían al Altísimo como holocausto de acción de gracias o como reparación. Sin embargo el cordero que se sacrificaba en la pascua todos los años más que nada era una señal de lo que Dios había hecho por el pueblo que lo había liberado de la esclavitud de Egipto.
Pero todo eso esa anticipo y preparación de lo que había de venir. Quien iba a derramar su Sangre en sacrificio sería Jesús convirtiéndose así en nuestro salvador y redentor. Desde Cristo todo iba a ser distinto, porque era El el verdadero Cordero Pascual inmolado para nuestra salvación. El sería el que nos iba a rescatar, como nos dice hoy san Pedro, ‘no con bienes efímeros, con oro o con plata, sino a precio de la Sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha’.
Es lo que hemos venido celebrando de manera intensa en el tiempo de pascua que hemos recién concluido. Es lo que celebramos cada vez que nos reunimos en Eucaristía que hacemos memorial de su pasión y su muerte en la cruz y de su resurrección. Es lo que continuamente tenemos que recordar para dar gracias y para recordar el valor grande de nuestra vida cuando hemos sido rescatados a precio de la Sangre de Cristo. Como nos sigue diciendo en el texto hoy proclamado ‘por Cristo vosotros creéis en Dios que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza’. Con todo lo que significa poner toda nuestra fe y nuestra esperanza en Dios y las repercusiones que ha de tener para nuestra vida.
Pero  nos recuerda algo importante también hoy el apóstol Pedro en su carta y es la consecuencia de vida que hemos de vivir a partir de que hemos sido así redimidos. ‘Ahora que estáis purificados por vuestra respuesta a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente’.
Nos recuerda el mandamiento del amor que ha de ser nuestro distintivo para siempre. Y es que quienes hemos experimentado en nuestra vida lo que es el amor de Dios que nos rescatado y redimido por la Sangre de Cristo, no nos queda otra respuesta que la del amor. Y el amor que le hemos de tener a Dios ha de ser en su estilo, a su manera, como es el amor que Dios nos tiene, como tantas veces hemos reflexionado.
En el evangelio hemos escuchado el anuncio que hace de su entrega y de su pasión mientras van subiendo a Jerusalén. Un detalle curioso es que parece como si Jesús tuviera prisa por llegar a Jerusalén para su entrega, porque nos dice que iba delante, adelantándose a los discípulos y estos le seguían extrañados. Las prisas del amor, podríamos decir.
Pero es en este momento y circunstancia cuando aquellos dos discípulos vienen pidiendo primeros puestos. Ya hemos reflexionada ampliamente en muchas ocasiones el diálogo entre Jesús y Santiago y Juan. Pero fijémonos en la reacción del resto de los discípulos que no entienden, que dejan en cierto modo de llenar de envidia y celos sus corazones.
Pero allí está Jesús con el mensaje y la enseñanza. ¿Queréis primeros puestos? ¿Queréis ser los primeros? Hay que hacerse servidor y esclavo de todos. Recuerda Jesús la ley del amor que es la que tiene que guiar nuestra vida, como ya también hemos venido hoy reflexionando. No pueden ser otros los intereses; no puede ser otro el estilo de nuestro vivir. Es el amor que nos lleva a olvidarnos de nosotros mismos para amar, para buscar el bien del otro, para servir, para darnos por los demás. Como nos decía Pedro hoy en su carta ‘habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente’. Que así sea siempre en nuestra vida.

sábado, 17 de marzo de 2012


Hacemos las cosas para la gloria del Señor que es quien nos justificará de verdad

Oseas, 6, 1-6; Sal. 50; Lc. 18, 9-14
‘Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Nos lo ha dicho el profeta; lo hemos repetido en el salmo. Jesús nos lo repetirá en ocasiones en el evangelio. Hoy nos pide autenticidad en nuestra vida; lejos de nosotros la falsedad y la apariencia; que seamos capaces de ofrecerle lo más hermoso que llevemos en el corazón, que es ofrecerle nuestro amor, con lo que estaremos ofreciéndole toda nuestra vida.
Nos habla del evangelio en la parábola de Jesús de los dos hombres que subieron al templo a orar. Eran bien distintas las actitudes y las posturas; era bien distinto cómo se presentaban al Señor. Uno se justificaba aunque sus actitudes no eran buenas; el otro, aunque sintiéndose profundamente pecador, salió justificado de la presencia del Señor.
‘No se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho diciendo: ¡oh Dios! ten compasión de este pecador’. Se sabía pecador, pero se acogía a la misericordia del Señor. No trataba de ocultarlo ni de justificarse. Sintiendo la miseria de su vida, sin embargo era capaz de comprender la inmensa misericordia del Señor.
‘Esforcémonos por conocer al Señor, su amanecer es como la aurora y su sentencia surge como la luz’, decía el profeta. Pero el profeta denuncia las actitudes y compartamientos de aquellos que hacen las cosas solo por apariencia, por ver cómo tratar de ganarse el favor del Señor, aunque en lo hondo del corazón siguen en apegados a su maldad y sin querer arrepentirse de verdad del mal que hacen tratan de congraciarse con obras que son solo apariencia y falsedad. ‘Vuestra misericordia es como nube mañanera, como rocio de madrugada que se evapora’. Así es cuando no hay autenticidad en la vida.
Es la postura del fariseo del evangelio, que mas que ofrecerle a Dios su corazón, le ofrece las migagas de sus apariencias y falsedades. ‘Todo lo que hacen es para que los vea la gente’, dirá de ellos Jesús en otra ocasión. Por eso está allí delante de pie, para que todos los vean; allí está desgranando la letanía de sus supuestas cosas buenas, pero con mucho desprecio en su corazón. ‘Yo no soy como esos…’, dirá. Le falta autentica misericordia. Nube y rocío de madrugada, que había dicho el profeta, que pronto se evapora son sus obras.
‘Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias’, hemos rezado con el salmo. Un salmo penitencial, para pedir perdón al Señor. Es nuestro corazón, que deseamos llenar de mucho amor, lo que presentamos al Señor. Así hacemos ofrenda de nuestra vida. No son cosas, por muy valiosas que sean, lo que tenemos que presentarle y ofrecerle al Señor.
Todavía muchas veces los cristianos seguimos haciendo cosas así; y buscamos reconocimientos, una plaquita colocada en el banco que regalé, o en la pared de la Iglesia que ayudé a construir. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, nos había enseñado el Señor’, pero nosotros de eso no nos acordamos. El tesoro que guardamos por las cosas buenas que hagamos tiene que quedar guardado en el cielo, no es para ponerlo delante de los ojos de los demás y digan que buenos somos.
Pensemos que la semilla que fructifica y hace surgir una nueva planta queda enterrada bajo la tierra y nadie la va a ver nunca. El grano de trigo que nos va a hacer el pan desparece al ser triturado y quedará oculto para siempre en la harina que nos alimentará. Que así sea nuestra manera de hacer las cosas, semilla enterrada con mucho amor porque eso es lo importante, pero en la humildad y el silencio. Porque la gloria tiene que ser siempre para el Señor. Eso nos cuesta, pero tenemos que aprender a hacerlo. El que tiene que justificarnos es el Señor. Eso es obra de El. Lo que nosotros tenemos que buscar es su gloria, no nuestra gloria.

jueves, 30 de junio de 2011

Nuestra disponibilidad de sacrificio por el Señor


Gén. 22, 1-19;

Sal. 114;

Mt. 9, 1-8

¿Hasta dónde estaríamos nosotros dispuestos a llegar en los sacrificios que ofrezcamos a Dios? Buscando en el diccionario lo que significa la palabra sacrificio entre otras cosas nos dice que figuradamente es ‘acto de abnegación inspirado por la vehemencia del cariño’. Acto de abnegación, o sea el hecho de negarnos algo que para nosotros consideramos importante, y que inspirados por el amor que tenemos a quien se lo ofrecemos – dice vehemencia - somos capaz de negárnoslo para nosotros para darlo o entregarlo a aquel a quien amamos.

La palabra sacrificio tiene una connotación también de algo sagrado, porque en su origen es la ofrenda de algo que hacemos a Dios; ya no la queremos para nosotros, sino que la queremos para Dios, lo que la convierte de alguna manera en algo sagrado. La raíz de la palabra sacrificio iría en ese sentido.

En las religiones antiguas se ofrecía a Dios de aquello que era su vida o el fruto de sus trabajos, lo que se consideraba lo mejor. Se ofrecían los mejores animales de sus ganados, que son los sacrificios habituales que vemos en la antigüedad; o se ofrecían los mejores frutos de la tierra, por eso eran las primicias las que se ofrecían, los primeros frutos. Así lo vemos a lo largo de todo el Antiguo Testamento y que en los libros del Pentateuco se describe muy bien cómo habían de ser aquellos sacrificios, ofrendas y holocaustos.

Pero en el texto que ha motivado este comentario, el sacrificio de Isaac, ya no es el fruto de sus trabajos o lo mejor de sus ganados lo que se va a ofrecer al Señor. ‘Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré’. Tenemos que entender muy bien el sentido de este sacrificio que Dios pide a Abrahán.

Era habitual en muchos pueblos vecinos a Israel el que se ofreciesen también sacrificios humanos, porque era una forma de ofrecer lo mejor y lo más querido que se pudiera tener, como era el caso de un hijo. Veremos que en la ley del pueblo de Israel estos sacrificios están proscritos, aunque veremos algun otro caso a lo largo del Antiguo Testamento como consecuencia de un voto hecho a Dios. No es ese el sacrificio que Dios nos pueda pedir.

En este caso es una prueba muy dura a la que somete Dios a Abrahán, que ha ya tenido que renunciar a su casa y a su tierra para ponerse en camino para ir allá a donde le pida Dios. Y abrahán obedece. Dios le ha prometido ser padre de un pueblo numeroso y sólo le ha dado un hijo, Isaac, que le pide ahora en sacrificio. ‘Dios puso a prueba a Abrahán’, dice el texto sagrado. ¿Será Abrahán capaz de tal sacrificio por la fe que ha puesto totalmente en el Señor? ¿Hasta ahí llegará la vehemencia de su fe y de su amor? Y Abrahán se puso en camino a lo que le pedía el Señor.

Dios le estaba pidiendo a Abrahán lo mejor de su vida que ya no eran ni los animales que pudiera sacrificar, ni los holocaustos que pudiera ofrecer del fruto de sus trabajos, ni tampoco ahora la muerte de su hijo sacrificado para Dios. Es algo más hondo lo que Dios le está pidiendo a Abrahán, le está pidiendo su corazón, su voluntad, su fidelidad hasta el extremo de dar lo mayor y mejor de sí mismo.

No será el hijo, Isaac, lo que Dios le esté pidiendo a Abrahán, pues no permitirá Dios ese sacrificio cruento, pero Abrahán ha sido capaz de darle su corazón a Dios. Es el acto de abnegación suprema, recogiendo lo que definíamos del sacrificio, motivada por la fe y por el amor hasta el extremo que Abrahán tiene a Dios.

Nos preguntábamos a principio, ¿hasta donde estaremos dispuestos nosotros a llegar en el sacrificio que le ofrezcamos a Dios? Ya ha habido quien se ha ofrecido en sacrificio de expiación por nosotros, porque Dios mismo nos ha entregado a su propio Hijo que por nosotros ha muerto en la cruz para nuestra redención y salvación. No necesitamos ahora nosotros ofrecerle cosas a Dios, aunque algunas veces pareciera que eso nos es más fácil.

¿Estaremos todavía nosotros en el sentido del Antiguo Testamento o más atrás aún por lo que habitualmente queremos ofrecerle a Dios? Porque nos es más fácil desprendernos de una cosa por muy valiosa que sea, que darle nuestro corazón, nuestro yo, la obediencia de nuestra fe al Señor. ¿Seremos capaces de ofrecerle nuestro corazón, nuestro amor total en el sentido del amor que nos enseña y vemos en Cristo, la fidelidad absoluta en el cumplimiento de los mandamientos del Señor?

lunes, 19 de julio de 2010

Respeta el derecho, ama la misericordia y sé humilde ante Dios

Miqueas, 7, 14-15.18-20;
Sal. 84;
Mt. 12, 38-42

‘Pueblo mío, ¿qué te hice? ¿en qué te molesté?’ Un texto que nos recuerda los improperios del viernes santo y que viene a ser cómo un diálogo que se establece entre Dios y su pueblo a través del profeta. Estamos escuchando al profeta Miqueas en la primera lectura en este sistema de lecturas continuadas y escogidas que nos ofrece la liturgia a través de los diferentes ciclos para tener un conocimiento más completo del conjunto de la Biblia; aún mañana volveremos a escuchar al profeta Miqueas.
Un improperio, una pregunta de parte de Dios que le recuerda al pueblo cómo el Señor lo liberó y lo sacó de Egipto enviándoles a Moisés, a Aarón y a Miriam, la hermana de Moisés. Una lista grande de cosas tendría que recordar el pueblo de Dios de ese actuar del Señor con él. Es toda la historia de la salvación vivida en su propia historia. Una pregunta que le hace al pueblo recordar cómo no han respondido con fidelidad a la fidelidad de Dios y sintiéndose pecador ahora no sabe qué puede ofrecer a Dios al acercarse a la purificación.
¿Holocaustos? ¿sacrificios de animales? ¿Qué pueden ofrecer a Dios para agradarle? Aparece en las preguntas hasta la posibilidad de los sacrificios humanos como era normal en aquellos pueblos primitivos que rodeaban a Israel. Pero no es eso lo que agrada al Señor, lo que pide el Señor.
‘Te he explicado, hombre, el bien, lo que Dios desea de ti; simplemente que respetes el derecho, que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios’. Como se nos diría en el salmo ‘tus sacrificios y holocaustos están siempre ante mí’; pero no será eso lo que sea acepto al Señor. ‘El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’.
Nos pide el Señor justicia, santidad en nuestra vida, rectitud en nuestro obrar. ¿Quién puede hospedarse en la tienda del Señor?, nos preguntábamos con el salmo recitado el domingo. ‘El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales’ y obra en todo momento el bien alejando la maldad de su corazón. Caminar por el camino de la justicia, seguir la senda recta que nos conduce hasta Dios, es caminar por caminos de santidad.
Pero nos dice más el profeta Miqueas, ‘que ames la misericordia y andes humilde ante Dios’. Amar la misericordia que es reconocer humilde y gozosamente la misericordia que el Señor nos tiene. Cuánto tenemos que reconocer del amor de Dios en nuestra vida. Pero amar la misericordia es vivir en misericordia, llenar nuestro corazón de misericordia, actuar con misericordia para con los demás.
Algunas veces parece que nos cuesta actuar así porque parecemos mas justicieros que misericordiosos. ‘Los que son misericordiosos alcanzarán misericordia’, nos dice la bienaventuranza. Pero es que quien ha experimentado la misericordia y el amor de Dios en su vida ¿no tendrá que actuar y vivir siempre con misericordia para con los demás? ¡Cuánto tendríamos que recordar también nosotros en nuestra propia historia personal! Por eso le hemos pedido al Señor con el salmo. ‘Muéstranos, Señor, su misericordia’.
Es la gran señal que nos da Jesús. Los letrados y fariseos le piden señales cuando tantos milagros habían contemplado. Pero la señal que les da Jesús será su propia muerte y resurrección. ‘No se les dará más signo que el del profeta Jonás…’ en referencia a su propia muerte y resurrección.

sábado, 13 de marzo de 2010

Por algunos que despreciaban a los demás

Oseas, 6, 1-6;
Sal. 50;
Lc. 18, 9-14

‘Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Así había dicho el profeta Oseas a aquellos cuya ‘misericordia era como nube mañanera, como rocío de la madrugada que se evapora’.
No nos valen las apariencias sino lo hondo que tengamos en el corazón. Una nube mañanera o un rocío del amanecer pronto se disipa y se evapora cuando sale el sol. Nos levantamos por la mañana, vemos el camino humedecido o el rocío perlando las piedras o las plantas, pero pronto no quedará nada de ello porque el calor del sol todo lo evapora.
Así seremos nosotros cuando sólo nos dejamos llevar por las apariencias o lo que hay en nuestra propia vida todo es vacío y apariencia sin nada en el interior, aunque por lo externo podamos presentar muchas cosas aparentemente brillantes. Perlas de ensueño y falsas que demuestran nuestra pobreza interior.
El Evangelio nos dice que ‘Jesús dijo esta parábola por algunos que teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Y les propone la parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar: un fariseo y un publicano. Nos explica cómo fue la oración de cada uno y al final nos dice: ‘Os digo que éste (el publicano) bajó a su casa justificado y aquel (el fariseo) no’.
¿Qué habría pasado? ¿Por qué esos frutos tan dispares? ¿Qué es lo que le agrada a Dios y qué es más bien lo que nos agrada a nosotros los hombres? Cuando buscamos reconocimientos o alabanzas, o cuando nos echamos flores a nosotros mismos, es que bien pobre y vacío está nuestro corazón. En la autocomplacencia se había llenado de humos de incienso, de vanagloria y de flores marchitas sin profundidad en sus raíces y al final lo que quedó es la nada del vacío.
‘Por algunos que despreciaban a los demás’, dice el evangelista al darnos el motivo de la parábola. ‘Te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano… ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo’. Podría justificarse con las cosas que hacía, con ser un hombre muy religioso y cumplidor, pero no tenía misericordia en el corazón.
‘Misericordia quiero y no sacrificios…’ Experimenta el amor de Dios en ti y aprenderás a tener misericordia con el hermano. No es la ofrenda de las cosas materiales lo que agrada a Dios, sino la ofrenda de un corazón humilde y lleno de amor. Ese tendrá que ser el estilo de una auténtica oración.
‘El publicano se quedó atrás, no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sólo se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de este pecador’. Pedía y sentía la misericordia de Dios en su vida, estaba aprendiendo también a tener misericordia con los demás.
Cuando sientas la tentación de despreciar por cualquier motivo a alguien, mírate a ti mismo y tu condición pecadora. Mira el amor de Dios que te ha perdonado y vete a perdonar, a tener compasión y misericordia con el hermano.

lunes, 18 de enero de 2010

Caminos nuevos para una vida nueva en obediencia al Señor

1Sam. 15, 16-23
Sal. 49
Mc. 2, 18-22


‘Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’, hemos repetido en el salmo. No son los sacrificios ni los holocaustos lo que el Señor nos pide.
Qué fáciles somos para ofrecer cosas, como si el Señor nos estuviera pidiendo 'regalitos'. Hasta incluso somos capaces de sacrificarnos, de renunciar a cosas materiales. Pero ¿qué es lo que el Señor nos pide? Algo quizá más sencillo, aunque sabemos que nos cuesta más. La obediencia de nuestro corazón. ‘No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos junto a mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños…’
Hasta quizá estamos repitiendo de memoria una y otra vez los mandamientos y hasta hacemos galas de que somos las personas más religiosas del mundo. ¿Por qué haces eso, ‘tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?’ Y nos responde el Señor en el mismo salmo con lo que hemos repetido una y otra vez. ‘El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’.
Es lo que hemos ido meditando en el salmo responsorial. Como su nombre, indica, responsorio, porque es como la cantinela que se repite, pero que es también la respuesta que con la misma palabra de Dios en los Salmos vamos dando a lo que el Señor nos dice o nos revela.
Ese ha sido el mensaje central del texto del libro de Samuel que hemos escuchado en la primera lectura. Es la respuesta que le da Samuel a las actitudes y a los acciones que ha ido realizando el rey Saúl no siempre agradables al Señor. No vamos a hacer un comentario demasiado exhaustivo, pero sí queremos hacer referencia, aunque fuera brevemente, a lo relatado en la lectura de Samuel.
Nos pueden parecer costumbres bárbaras y hasta preguntarnos cómo el Señor pudiera pedir o permitir tales cosas como entregar al exterminio total a aquellos pueblos contra los que luchaba Israel. Por una parte son costumbres propias de una época muy antigua que hoy no entenderíamos pero que formaba parte de la cultura y costumbres de entonces. No habían llegado ni a niveles de civilización que se pudieran acercar o parecer a los nuestros ni tampoco el concepto de un Dios justo y misericordioso había alcanzado la suficiente revelación. Por eso más que juzgar es aceptar las cosas en su propia época.
Según tales costumbres el rey no había hecho lo que tenía que hacer sino que incluso en buena voluntad quería agradar a Dios ofreciéndole en holocausto lo mejor de aquellas cosas que se le arrebataban al enemigo. Pero no es lo que le agrada al Señor. Por eso Samuel le dice en nombre del Señor.
‘¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos o quiere que obedezcan al Señor? Obedecer vale más que un sacrificio; ser dócil, más que grasa de carneros…’ Obedecer al Señor, cumplir sus mandamientos, descubrir en todo lo que es su voluntad, es lo que tenemos que hacer. Hemos de ir más allá de la literalidad de los sacrificios y exterminios de una época, para descubrir lo que en todo tiempo es agradable al Señor: la obediencia al Señor. La búsqueda de su voluntar para realizarlo en nuestra vida.
Obedecer a Dios, haciendo una referencia breve a lo que hoy nos ha dicho el evangelio, que significa saber descubrir en todo momento lo que es la novedad del Evangelio de Jesús. No nos podemos quedar anclados en lo antiguo sino descubrir y llevar a la práctica de la vida lo que es la novedad del Evangelio. Lo que nos exige también unas actitudes nuevas y un nuevo sentido y estilo para nuestra vida. Un sentido y un estilo que se desprende del evangelio de Jesús. Por eso nos está hablando de odres nuevos, de vestidura nueva, no de remiendos ni componendas. Lo que significa también vivir la alegría de la fe; alegría porque sabemos como Cristo está siempre con nosotros. ¿Podemos vestirnos trajes de luto y tristeza cuando tenemos la certeza de que Cristo está con nosotros?

sábado, 21 de marzo de 2009

Misericordia, conocimiento de Dios frente a los holocaustos y sacrificios

Oseas, 6, 1-6
Sal. 50
Lc. 18, 9-14

`Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Así nos dice el profeta Oseas. No son la ofrendas de cosas las que agradan a Dios. La búsqueda sincera de Dios. La escucha de Dios con sinceridad en nuestro corazón para conocerlo más y más. La misericordia que inunda nuestro corazón.
Este mensaje tan hermoso y consolador se expresa también admirablemente en la parábola del evangelio. Ya le hemos escuchado no hace mucho a Jesús que nos enseñaba que el amor al prójimo vale más que todos los sacrificios y holocaustos.
Nos lo expresa Jesús hoy con la parábola de dos hombres que suben al templo a orar. Buenas personas, tenemos que decir. El fariseo era hombre religioso y cumplidor. No faltaban sus oraciones y ayunos. No faltaban incluso sus limosnas y la entrega meticulosa de los diezmos al templo. Hacían gala de ello. No se presentaba con grandes pecados, porque no era ladrón, ni injusto, ni adúltero.
Pero, ¿era suficiente? ¿era eso lo que en verdad agradaba a Dios? ¿Bastaba con no tener unos grandes pecados para poder justificarse delante de Dios? Ya Jesús al proponernos en la parábola la figura del fariseo orante nos lo presenta de una manera especial. ‘Erguido, oraba así en su interior’. Esa postura, erguido, está definiendo una actitud. La contrapone Jesús con la del ‘pulicano, que se quedó atrás y no se atrevió a levantar la cabeza’. Podía ser un pecador. Así los llamaban, publicanos, pecadores. Pero se reconocía pecador.
Quien está lleno de sí mismo nunca podrá llenarse de Dios. Su ‘ego’ ocupa el lugar de Dios. Quien se compara y desprecia, se considera mejor o se pone erguido en un pedestal no entenderá nunca de misericordia, y no entenderá lo que es más preciado del corazón de Dios. Quien tiene esta manera de actuar ni conoce de verdad a Dios ni será capaz nunca de poner misericordia en el corazón. Pero esa dureza de espíritu quizá quiera compensarla con actos formales que parecen cumplidores, pero que en lo más hondo de sí mismos están vacíos de contenido y de sentido.
El que es humilde y sabe reconocer su pecado, la miseria de su corazón podrá sintonizar mejor con lo que es el amor y la misericordia de Dios. Experimentará en sí mismo lo que es el amor y misericordia de Dios, lo que le llevará a un conocimiento más vital y más experiencial de Dios. Va por el camino de lo que decía el profeta. La misericordia, el conocimiento de Dios, la búsqueda sincera de lo que es el corazón de Dios para por una parte refumigarnos y sentirnos acogidos en él y por otra aprender de El para tener esa misericordia para con los demás. ¡Cómo no vamos a amar, a tener misericordia con el otro si yo eso mismo he experimentado de parte de Dios!
Ya nos dice el evangelista antes de proponernos la parábola de Jesús que fue dicha ‘por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Por eso concluirá Jesús la parábola diciéndonos que aquel que se vació de sí mismo para sólo llenarse de la misericordia, del amor, de la gracia de Dios será el que en verdad se podrá sentir justificado por Dios. Pero el otro, el que se enaltece, el que se endiosa, va sentirse realmente humillado cuando sea Dios el que no lo escuche. 'Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido'.
`Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Que sea eso de lo que de verdad llenemos nuestro corazón.