El
amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida,
con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado
2 Timoteo 2, 8-15; Salmo 24; Marcos 12,
28b-34
Siempre nos
estamos haciendo las mismas preguntas ¿qué es lo que tengo que hacer?, pero
quizás no sabemos transformar la pregunta para preguntarnos más bien, ¿qué es
lo que tengo que vivir? Podemos hacer muchas cosas, pero no son tantas las que
vivimos; somos capaces en un momento determinado rascarnos el bolsillo para
comprar un regalo muy hermoso y muy valioso con que queremos obsequiar a
alguien, pero no somos capaces de detenernos a su lado para compartir nuestro
tiempo, para escuchar cuando tenga que decirnos, o simplemente para estar con
esa persona a la que decimos que amamos tanto y obsequiamos con cosas hermosas,
pero para la que nunca tenemos tiempo.
Cuidado que
en nuestras expresiones religiosas así hacemos, así actuamos muchas veces. Por eso
tendríamos que preguntarnos cómo conjugamos esos momentos de nuestra
religiosidad con lo que es en el día a día nuestra relación con los demás y el
amor que Jesús nos dice que debemos de tenerles.
Hoy se ha
acercado un escriba a Jesús para preguntarle - ¿será una vez más una pregunta
cargada de intencionalidad para ver cómo cogían a Jesús como en tantas otras
ocasiones hemos visto? – ‘¿qué mandamiento es el primero de todos?’ Sabemos
cómo a partir de lo que aparece en el libro de la Ley se multiplican los
preceptos diluyéndose lo que es lo principal y fundamental. Jesús responde
textualmente con aquello que además sabía de memoria y repetía muchas veces al
día como un mantra todo buen judío con las palabras de la Escritura. ‘El primero es: Escucha, Israel, el
Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús quiere
complementar este primer mandamiento y por eso añade. ‘El segundo es este: Amarás
a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.
Solamente recuerda Jesús, repito, lo
que todo buen judío tenia que saber; como nosotros cuando decimos que el primer
mandamiento es ‘amar a Dios sobre todas las cosas’. Pero es hermoso el
comentario que se hace el escriba; era un maestro de la ley y había de tenerlo
muy claro a la hora de enseñar al pueblo. ‘Muy bien, Maestro, sin duda
tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y
que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y
amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.
Y aquí tenemos lo maravilloso para contrastar también con lo que nosotros
hacemos y no vivimos. ‘Vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.
Es importante esta coletilla, porque
nos lleva a la manera de hacer la pregunta que nosotros tendríamos que hacer.
No son los holocaustos, no son los sacrificios, no son los regalos
extraordinarios que en un momento podamos realizar, no son los ramos de flores
que podamos llevar o los manteles de altar que podamos regalar, es poner amor
de verdad en nuestra vida.
Pero el amor no se manifiesta con
cosas, el amor se expresa con la vida. No es lo que nos podamos saber de
memoria, son las actitudes de cercanía y de respeto, de valoración de la
persona y de cómo la tenemos en cuenta, la sonrisa con que en todo momento la
acogemos y el hacerlas partícipes de nuestra amistad, es la integración de toda
persona sin distinción en nuestro círculo y es la atención que le prestamos
cuando nos cruzamos en la vida o en la calle con ese que nos pueda parecer
distinto. ¿De qué me vale el poner una generosa limosna en el cepillo de la
Iglesia si cuando cruzo la puerta de la Iglesia ni siquiera doy los buenos días
a quien sale a mi lado?
¿Qué es lo que tengo que vivir si me
quiero llamar cristiano?
No hay comentarios:
Publicar un comentario