No nos
podemos aislar en una burbuja, sino que en ese mundo concreto que nos rodea
tenemos que dar el testimonio de nuestros valores según el espíritu del evangelio
2Pedro 3, 12-15a. 17-18; Salmo 89; Marcos
12, 13-17
A veces nos
gustaría estar como en una burbuja; sí, en cierto modo como aislados para no
contagiarnos, como cuando la pandemia que teníamos que vivir evitando contactos
y evitando contagios, por eso nos impusieron un confinamiento. Y no se trata
ahora de enfermedades o pandemias que nos pueden contagiar, sino que mirando el
estado de nuestra sociedad nos sentimos envueltos por tantas cosas, tantas contradicciones
por una parte, pero también con ese nuevo estilo y sentido de sociedad que se
está imponiendo, donde se van perdiendo tantas valores, donde tantas cosas que
no consideramos rectas ni justas algunas veces tratan de imponérnoslas como si
eso fuera el sentido de la vida, con tantas cosas que van corrompiendo las conciencias
hasta llegar a una pérdida de un sentido ético o de una moralidad.
¿A dónde nos
lleva esta sociedad? Y ¿qué hacemos? ¿Qué estamos pintando en medio de todo eso
quienes queremos tener unos principios, quienes queremos mantener nuestros
valores cristianos porque pensamos que son los que dan verdadera humanidad a la
vida? Por eso, como decía, ¿qué hacemos? ¿Nos metemos en una burbuja?
No es fácil.
Es la realidad de nuestro mundo y es ahí donde tenemos que estar. No podemos
hacer dejación de nuestros valores ni de nuestros principios; es más, nos
sentimos más obligados a dar el testimonio de nuestros valores, porque es ahí donde
tenemos que sembrar el evangelio.
No podemos
desentendernos de los problemas que vive nuestra sociedad, y precisamente toda
esa confusión es un grave problema, pero ahí en medio tenemos que ser luz, aunque
las tinieblas la rechacen muchas veces. Nos gustaría, como decíamos, crearnos
una burbuja para vivir nosotros tranquilos, pero somos semilla sembrada en esa
tierra aunque esté llena de pedruscos o de zarzales; tenemos que cultivar esa
tierra para que acoja la semilla y no nos podemos desentender. Pero eso nos obliga más a la integridad de
nuestra vida; eso nos obliga más a que tenemos que ser buenos ciudadanos y
desde nuestros valores seguimos sembrando nuestra semilla. A ese mundo nos ha
enviado Jesús con la fuerza de su Espíritu como hemos venido reflexionando.
Hoy hemos
escuchado en el evangelio cómo tratan de enrollar a Jesús con preguntas
capciosas. Era complejo el mundo judío en aquellos momentos en que además vivían
bajo el sometimiento a Roma, y donde se habían ido introduciendo desde
generaciones anteriores nuevas costumbres y nuevas prácticas en la vida de la
sociedad, recibiendo muchas influencias del mundo exterior.
Por allí
andaban inquietos con eso de tener que pagar los impuestos al emperador de Roma
y por ahí vienen las preguntas que ahora le hacen a Jesús. Y viene a decirles Jesús
que como ciudadanos tienen unas obligaciones y unas leyes que cumplir. Por eso
ante la pregunta que le hacen en medio de sus adulaciones diciendo que Jesús era
una persona sincera y leal, Jesús les pide le enseñen la moneda, que la efigie
que llevaba era la del César. Por eso les dice al César lo que es del César,
pero a Dios lo que es de Dios.
Lo que es de
Dios nunca tiene que perder su preponderancia en nuestra vida, si
verdaderamente nos sentimos creyentes, por eso nos mantenemos en nuestros
principios y en nuestros valores, por eso tenemos que cuidar nuestra fe de la
que tenemos que dar testimonio también en ese ambiente en que se ha perdido el
sentido espiritual de la vida. ¿Dónde estamos, pues, los cristianos? Cuidado no
nos dejemos envolver por ese ambiente tan poco espiritual que nos rodea y no
seamos valientes para dar el testimonio claro de nuestra fe que tenemos que
dar. Desde esa fe que nos compromete y nos compromete con nuestro mundo a ser
los mejores ciudadanos.
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