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martes, 2 de junio de 2026

No nos podemos aislar en una burbuja, sino que en ese mundo concreto que nos rodea tenemos que dar el testimonio de nuestros valores según el espíritu del evangelio

 


No nos podemos aislar en una burbuja, sino que en ese mundo concreto que nos rodea tenemos que dar el testimonio de nuestros valores según el espíritu del evangelio

2Pedro 3, 12-15a. 17-18; Salmo 89; Marcos 12, 13-17

A veces nos gustaría estar como en una burbuja; sí, en cierto modo como aislados para no contagiarnos, como cuando la pandemia que teníamos que vivir evitando contactos y evitando contagios, por eso nos impusieron un confinamiento. Y no se trata ahora de enfermedades o pandemias que nos pueden contagiar, sino que mirando el estado de nuestra sociedad nos sentimos envueltos por tantas cosas, tantas contradicciones por una parte, pero también con ese nuevo estilo y sentido de sociedad que se está imponiendo, donde se van perdiendo tantas valores, donde tantas cosas que no consideramos rectas ni justas algunas veces tratan de imponérnoslas como si eso fuera el sentido de la vida, con tantas cosas que van corrompiendo las conciencias hasta llegar a una pérdida de un sentido ético o de una moralidad.

¿A dónde nos lleva esta sociedad? Y ¿qué hacemos? ¿Qué estamos pintando en medio de todo eso quienes queremos tener unos principios, quienes queremos mantener nuestros valores cristianos porque pensamos que son los que dan verdadera humanidad a la vida? Por eso, como decía, ¿qué hacemos? ¿Nos metemos en una burbuja?

No es fácil. Es la realidad de nuestro mundo y es ahí donde tenemos que estar. No podemos hacer dejación de nuestros valores ni de nuestros principios; es más, nos sentimos más obligados a dar el testimonio de nuestros valores, porque es ahí donde tenemos que sembrar el evangelio.

No podemos desentendernos de los problemas que vive nuestra sociedad, y precisamente toda esa confusión es un grave problema, pero ahí en medio tenemos que ser luz, aunque las tinieblas la rechacen muchas veces. Nos gustaría, como decíamos, crearnos una burbuja para vivir nosotros tranquilos, pero somos semilla sembrada en esa tierra aunque esté llena de pedruscos o de zarzales; tenemos que cultivar esa tierra para que acoja la semilla y no nos podemos desentender.  Pero eso nos obliga más a la integridad de nuestra vida; eso nos obliga más a que tenemos que ser buenos ciudadanos y desde nuestros valores seguimos sembrando nuestra semilla. A ese mundo nos ha enviado Jesús con la fuerza de su Espíritu como hemos venido reflexionando.

Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo tratan de enrollar a Jesús con preguntas capciosas. Era complejo el mundo judío en aquellos momentos en que además vivían bajo el sometimiento a Roma, y donde se habían ido introduciendo desde generaciones anteriores nuevas costumbres y nuevas prácticas en la vida de la sociedad, recibiendo muchas influencias del mundo exterior.

Por allí andaban inquietos con eso de tener que pagar los impuestos al emperador de Roma y por ahí vienen las preguntas que ahora le hacen a Jesús. Y viene a decirles Jesús que como ciudadanos tienen unas obligaciones y unas leyes que cumplir. Por eso ante la pregunta que le hacen en medio de sus adulaciones diciendo que Jesús era una persona sincera y leal, Jesús les pide le enseñen la moneda, que la efigie que llevaba era la del César. Por eso les dice al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios.

Lo que es de Dios nunca tiene que perder su preponderancia en nuestra vida, si verdaderamente nos sentimos creyentes, por eso nos mantenemos en nuestros principios y en nuestros valores, por eso tenemos que cuidar nuestra fe de la que tenemos que dar testimonio también en ese ambiente en que se ha perdido el sentido espiritual de la vida. ¿Dónde estamos, pues, los cristianos? Cuidado no nos dejemos envolver por ese ambiente tan poco espiritual que nos rodea y no seamos valientes para dar el testimonio claro de nuestra fe que tenemos que dar. Desde esa fe que nos compromete y nos compromete con nuestro mundo a ser los mejores ciudadanos.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Los mandamientos, nuestra sabiduría e inteligencia, sendas de solidaridad, caminos de humanidad, principios de auténtica justicia, parámetros de autenticidad y sinceridad

 


Los mandamientos, nuestra sabiduría e inteligencia, sendas de solidaridad, caminos de humanidad, principios de auténtica justicia, parámetros de autenticidad y sinceridad

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

No sé por qué siempre tenemos en nuestra cabeza la idea de que nosotros hacemos las cosas mejor que los demás, que nuestra manera de hacer las cosas es mejor y estamos más acertados, y viene como consecuencia que en nuestro orgullo llegamos a ponernos por encima de toda norma o regla que nos impone la sociedad, por eso al final terminamos saltándonos todo mandato o mandamiento porque lo vemos obsoleto, una imposición que nos viene de atrás y nosotros lo haríamos mejor. Somos rebeldes y terminamos actuando de una forma anárquica y sin sentido.

Olvidamos el sentido, el valor y la sabiduría contenida en los mandamientos. Ahí, a pesar de esos devaneos medio anarquistas que nos aparecen algunas veces, en lo más hondo de nosotros mismos llevamos grabado lo que llamamos la ley natural que nos hace descubrir verdaderamente lo que es lo bueno y lo que es lo malo, a diferenciar el bien y el mal, a buscar la autenticidad de la vida y lo que nos conduce por caminos de rectitud. Nos podemos sentir influidos por el mal como una tentación, pero en la sinceridad de nuestro corazón sabemos cual es el verdadero camino, donde está la auténtica sabiduría de nuestra vida. Una sabiduría que se ve enriquecida en ese camino que juntos emprendemos y donde aportamos la sabiduría que cada uno llevamos en el corazón.

Sintiendo la revelación del misterio de Dios en nuestra vida llegamos entonces a descubrir lo que es la ley de Dios para nosotros y que no podemos descartar de ninguna manera ni por cualquier motivo, porque tiene una validez eterna y porque ahí se nos manifiesta lo que el Creador ha querido poner en nosotros para engrandecer nuestra dignidad.

Qué hermoso lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios y en primer lugar quiero fijarme en lo que nos dice el Deuteronomio. ‘Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño…  esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos…  dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación…’ Nuestra sabiduría y nuestra inteligencia, nos dice. Qué hermoso y qué orgulloso tendríamos que estar. Por eso terminaba diciéndonos: ‘ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas’.

Por eso Jesús nos dirá en el evangelio que ‘No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley… es lo que nos hará grandes en el Reino de los cielos’.

Corazón agradecido es lo que hemos de manifestar porque Dios así nos hace partícipes de su sabiduría divina que viene a engrandecer el corazón del hombre, nos hace encontrar y respetar nuestra verdadera dignidad. Es el camino de la auténtica felicidad del hombre, porque desde lo más hondo del corazón sentimos cómo hemos de amarnos  y respetarnos.

Es lo que buscan los mandamientos, trazarnos las sendas de la verdadera felicidad en ese respeto mutuo, en esa búsqueda del bien común, en ese saber valorarnos y en ese saber colaborar. Son sendas que nos hacen solidarios, caminos de humanidad, principios de una auténtica justicia, parámetros que nos hacen auténticos y sinceros, que nos alejan de la falsedad y del engaño, que evitan todo lo que pueda ser daño de la dignidad de toda persona, donde ponemos como centro y motivo el amor porque aprendemos del amor de Dios.

Arranquemos de nosotros esa autosuficiencia y ese orgullo que destruye la auténtica sabiduría de nuestro corazón. Tengamos la humildad de dejarnos guiar y conducir caminando por esas sendas iluminadas con la luz del Espíritu divino. Mucho tenemos que revisar en este camino cuaresmal y una cosa importante sería el ver cual es la valoración que nosotros hacemos en nuestra vida de los mandamientos del Señor. Tenemos que mirarnos con sinceridad para darnos cuenta de esa dejadez y superficialidad de la que tantas veces nos envolvemos. Pidamos al Espíritu divino que nos ilumine para saber valorar y llevar a la práctica de nuestra vida la sabiduría de los mandamientos del Señor.


viernes, 31 de octubre de 2025

Amamos y nos damos y no estamos mirando cuánto nos queda en el cesto para nosotros, nos dejamos ir por los carriles del amor dispuestos a llegar hasta donde sea necesario

 


Amamos y nos damos y no estamos mirando cuánto nos queda en el cesto para nosotros, nos dejamos ir por los carriles del amor dispuestos a llegar hasta donde sea necesario

Romanos 9,1-5; Salmo 147; Lucas 14,1-6

¿Cuáles son las cosas por las que en el día a día de nuestra vida somos capaces de dejarlo todo por conseguirlo? No quisiera que diéramos una respuesta, por así decirlo, de memoria, de libro de principios, porque en teoría podemos saber muchas cosas, pero quiero que pensemos miremos lo que son esas cosas que traemos entre manos todos los días. Seguro que cuando se tocan esas cosas que nos suenan en el bolsillo, cuando se trata de pérdidas o de ganancias en lo material y en lo económico ya sabemos por donde corremos.

¿Será la incongruencia en que vivimos? Parece como si estuviéramos divididos entre los valores materiales o ganancias que no queremos perder y lo que podríamos llamar principios fundamentales que quedan muy bien en el papel para ponerles incluso un marco muy bonito, pero que no es realmente por lo que más nos preocupamos.

Hoy nos dice el evangelista que cuando llegó Jesús a aquel lugar andaban al acecho, a ver lo que hacía. Y allí en medio de todos había un hombre enfermo que tenía que estar sufriendo mucho porque su enfermedad resulta hasta incómoda y molesta. Aquellos cumplidores a rajatabla de la ley de Moisés estaban pendientes de Jesús y era un sábado. ¿Qué haría Jesús? Lo que le dictaba el amor, era, por así decirlo, algo como espontáneo que se desprendía de Jesús. Curó a aquel hombre, dispuesto incluso a llevar con paciencia las impertinencias de aquellos cumplidores. Pero Jesús, por así decirlo, les tocó los bolsillos. Si un buey o un asno, les dice Jesús,  – tan importante para sus trabajos y para sus ganancias en consecuencia – se os cae en un pozo un sábado, ¿no os afanáis haciendo lo que sea para sacarlo y no perderlo? ¿Dónde se quedaba el cumplimiento de la ley y el descanso sabático?

Es importante que en la vida tengamos las cosas claras, no como fórmulas o protocolos que tengamos muy detallados en el cuadro de honor de nuestros principios, sino como algo de lo que estemos tan empapados que nos salga espontáneamente nuestro actuar. Cuando amamos de verdad no vamos a estar con la cinta métrica para ver hasta donde tenemos que llegar, aunque sea a lo mínimo, para no quedarnos cortos.

El amor no tiene medida, el que ama de verdad ama sin medida, no pide el carné de identidad a ver a quien tenemos que amar o las credenciales para saber si es digno de nuestro amor. Amamos y nos damos y no estamos mirando cuánto nos queda en el cesto para nosotros. No hacemos otra cosa que imitar a Jesús; no hacemos otras cosas que dejarnos ir por esos carriles del amor dispuestos a llegar hasta donde sea necesario. Es la humanidad que vamos poniendo en la vida.

Cuando nos ponemos a reflexionar sobre estas cosas muchos y dispares pueden ser los pensamientos que vienen a nuestra mente. Es fácil ponernos a ver las cosas negras y nos parezca que en el mundo de hoy se ha perdido toda sensibilidad, que todo es violencia y que nos inunda una ola de desamor. Hay nubarrones, no lo vamos a negar, pero también podemos advertir  que en ciertos sectores se está despertando una bonita sensibilidad, que vemos a muchos jóvenes que en su rebeldía están queriendo hacer algo nuevo y surgen grupos, asociaciones y movimientos que nos están haciendo un llamado continuamente a la solidaridad y a la justicia.

Muchos no parten quizás desde un compromiso de su fe, pero sí es cierto que quieren poner humanidad en la vida y en el mundo. Y tenemos que apreciarlo, y motivarlo, y ayudar a que crezca esa marea de solidaridad. Y ahí tenemos que estar nosotros los cristianos, los primeros, en primera fila, porque sabemos que son signos de algo bueno que va surgiendo en nuestro mundo y se pueden convertir con nuestra presencia en señales también del Reino de Dios para nuestro mundo.

No podemos quedarnos a la distancia y como espectadores; tenemos que ser actores también en esa nueva marea de solidaridad que puede ir surgiendo en nuestro entorno. Ahí tenemos que estar presentes, porque no podemos dejar que sigan muriendo tantos en la enfermedad de su vida, porque no hemos sabido nosotros acercarnos para poner nuestra mano para curar a ese mundo enfermo.


domingo, 21 de septiembre de 2025

Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

 


Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

Amós 8, 4-7; Salmo 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

Cada uno en la vida tiene sus valores, aquellas cosas que considera más importantes, más fundamentales en su vida y podríamos decir que sin ellas pareciera que su vida careciera de sentido, y otras que con ser importantes le damos menos importancia, menor valoración, como también otras cosas que para nosotros no tienen valor, las consideramos negativas y de las que nos apartamos o no dejamos introducir en nuestros planes de vida. Son los criterios por los que nos regimos, son los principios que fundamentan nuestra existencia, son de alguna manera los que nos van a definir lo que somos y como somos.

Con esto de alguna manera estamos hablando de hacernos una escala de valores para priorizar lo que realmente es lo más valioso para nosotros. Y esto de la escala de valores es algo serio e importante porque como decíamos nos está definiendo, nos estará diciendo también qué clase de persona somos. Es el fundamento de nuestra moralidad, de la ética por la que regimos nuestra vida.

Hemos de reconocer que no siempre lo tenemos claro, que no siempre somos consecuentes con lo que decimos, porque proclamar principios muchas veces nos puede resultar fácil, pero eso llevarlo a la práctica de nuestra vida no siempre lo hacemos; de ahí la incongruencia en que tantas veces vivimos. Claro que para llegar a ello hemos de ir formando nuestra conciencia para llegar a tener las cosas claras, pero también para tener la madurez y valentía para actuar en consecuencia.

Es importante la educación que recibimos que nos enseña a alcanzar esa madurez, conseguir esos fundamentos de nuestra vida. Algunas veces parecemos infantiles que no sabemos lo que queremos, nos falta personalidad, firmeza y madurez, y andamos tonteando de acá para allá sin saber a qué quedarnos. ¿Estaremos dando principios estables, poniendo de verdad esos cimientos, en la educación que le damos a las jóvenes generaciones que vienen detrás de nosotros?

En este momento de nuestra reflexión quizás tendríamos que preguntarnos si tenemos clara esa escala de valores en el día a día de nuestra vida, si acaso hemos alcanzado esa madurez, y con sinceridad plantearnos cuales son las cosas que consideramos fundamentales para nuestra vida, a las que le damos la mayor importancia. Cuidado con que el materialismo nos invada y nos envuelva.

Es lo que hoy nos está planteando Jesús en la parábola que se nos propone en el evangelio. Aquel hombre que quizás había querido darle sentido a su vida desde las riquezas, aprovechándose en todo lo que podía en la administración de los bienes de su amo, se descubrió a sí mismo con las manos vacías. Cuando le pidieron cuenta de su administración, sabiendo incluso que había obrado mal y que iba a ser despedido, se encontraba que no sabía a dónde acudir ni qué hacer. Como decía él ni siquiera sabía trabajar en el campo, en esa dignidad que se creía tener le daba vergüenza pedir limosna, sabía que su vida había perdido sentido. Pero encontró un camino.

Un camino en el que por una parte rehacía lo que torpe e injustamente había hecho cuando abusaba de los deudores de su amo cargándoles con más intereses que lo que realmente debían y por otra se ganaba la consideración de las personas que le rodeaban; el respeto a la dignidad de las personas, el respeto a un trabajo digno, el reconocimiento de su vaciedad y de sus errores le ayudó con su astucia a encontrar una salida. 

Cuando ponemos nuestros intereses materiales por encima del valor y dignidad de las personas andamos perdidos, como lo estaba aquel hombre. Pero reaccionó a tiempo, se ganó la consideración incluso de su amo que le alababa su astucia y su manera de encontrar salida a su vida, se ganaba unos amigos en aquellos a los que en cierto modo condonaba sus deudas haciéndolas más justas.

¿Qué andamos buscando en la vida? ¿Dónde están nuestros principios y valores? ¿Qué es lo que tiene que ser verdaderamente importante para nosotros? Desde el principio de nuestra reflexión nos lo hemos venido planteando; el ejemplo de esta parábola tiene que ser para nosotros un aliciente más para encontrar ese verdadero valor, ese verdadero sentido de la vida. No es lo material lo que nos hace grandes, es el respeto y valoración de la persona lo que nos hará encontrarnos con nosotros mismos, es el camino por el que tenemos que ir encontrando la verdadera madurez de nuestra vida.


martes, 11 de junio de 2024

Tenemos que tomarnos en serio lo que nos dice Jesús de ser luz y de ser sal para nuestro mundo, que está necesitando esa luz y ansiando ese nuevo sabor

 


Tenemos que tomarnos en serio lo que nos dice Jesús de ser luz y de ser sal para nuestro mundo, que está necesitando esa luz y ansiando ese nuevo sabor

Hechos de los apóstoles 11, 21-26; 13 1-3; Salmo 97; Mateo 5, 13-16

¿De qué me vale tener una tonelada de sal guardada en la bodega si luego la comida está insípida y sin sabor o se me echan a perder los alimentos por no guardarlos debidamente con la sal que poseo? ¿De qué me vale tener muchas baterías acumuladas de energía pero bien guardada si no las utilizo para alumbrar allí donde estoy y vivo en total oscuridad?

Parecería un absurdo. Pero ¿no será lo absurdo en que de alguna manera vivimos los cristianos que teniendo la riqueza del evangelio no llenan de luz y de sabor nuestro mundo porque no somos capaces de difundir el mensaje del evangelio?

Tenemos una fe, hemos recibido la gracia del bautismo, en nuestras manos está el conocimiento de Jesucristo y el conocimiento de Dios, tenemos con nosotros el evangelio de Jesús ¿y qué es lo que vivimos? ¿Qué es lo que trasmitimos a ese mundo que nos rodea?

Estamos luego muy prontos para hablar y para quejarnos, para denunciar muchas situaciones que no nos gustan y para decir lo mal que andan las cosas y toda la problemática de nuestro mundo tan envuelto en tinieblas de ignorancia, de violencia, de desenfreno en muchas cosas; nos quejamos de la oscuridad pero no somos capaces de encender la luz. Es lo que estamos haciendo los cristianos porque tenemos la semilla en nuestras manos y no somos capaces de sembrarla.

Hoy nos está diciendo Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Y ya no solo es que nosotros nos dejemos iluminar por esa luz del evangelio tratando de vivir lo que nos enseña Jesús como sentido de nuestra vida, sino que además no somos capaces de llevar esa luz a los demás. Tenemos que ser sal nos dice Jesús, repito, no solo porque nosotros hayamos encontrado ese sabor de Cristo para nuestra vida dándole un sentido y un valor a lo que somos, a lo que vivimos, a lo que hacemos, sino que esa sal tenemos que llevarla también nuestro mundo.

Como nos dice Jesús no se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte. Y eso tenemos que ser nosotros; es el testimonio que tenemos que dar, es por lo que tienen que reconocernos, son los valores que nosotros hemos de vivir y que han de ser reflejo para el mundo que nos rodea. No nos podemos ocultar. Pero muchas veces nos da miedo dar ese testimonio, dar la cara por aquello que son nuestros principios, los valores por los que nosotros vivimos, y parece que vamos de vergonzosos por la vida, porque nos da miedo dar la cara por la verdad, por la justicia, por el bien, por el amor.

La luz hay que ponerla donde ilumine. Es lo que tenemos que ser nosotros. Y vivimos nuestro compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor, y no nos da miedo decir que lo hacemos desde el compromiso de nuestra fe; y trabajamos para que la gente viva en sana convivencia, en armonía siendo siempre instrumentos de paz, y lo hacemos porque desde Jesús nos sentimos comprometidos. No solo tienen que repicar las campanas de nuestras iglesias para decir que allí hay una comunidad cristiana, sino que tiene que notarse nuestra presencia en el mundo con nuestros valores por los que luchas para hacer que nuestro mundo sea mejor.

Tenemos que ser sal, nos dice Jesús. Y la sal se mezcla con los alimentos porque así es como les da sabor y así es como pueden conservarse sanos. ¿Estaremos en verdad mezclados los cristianos que creemos en Jesús con ese mundo que nos rodea, pero para desde dentro irle dando ese nuevo sabor a nuestro mundo porque trabajamos para hacer que todo tenga un nuevo sentido desde los valores del evangelio? Parece que los cristianos rehuimos estar ahí en medio de todo lo que es el entramado social para ser sal, y al final nos dejamos contagiar y no hacemos valor lo que son nuestros valores y nuestros principios. Una sal que no vale para sazonar aquello con lo que se mezcla no es buena sal, se ha echado a perder, se ha corrompido, ¿será eso lo que nos pasa a los cristianos que no estamos logrando que en nuestra sociedad brillen esos valores que nos trasmite el evangelio y es por eso la pendiente resbaladiza por la que se va deslizando nuestro mundo?

Es serio lo que nos plantea hoy Jesús de ser luz y de ser sal. A ver cuándo nos lo tomamos en serio.

jueves, 1 de diciembre de 2022

El evangelio es algo más que un libro que nos ofrece unos relatos bonitos y entretenidos, es una buena noticia que nos ofrece un cimiento vivo para nuestra vida

 


El evangelio es algo más que un libro que nos ofrece unos relatos bonitos y entretenidos, es una buena noticia que nos ofrece un cimiento vivo para nuestra vida

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Me surge una pregunta. ¿Sobre qué estaremos hoy edificando la vida? ¿Qué es lo que estamos trasmitiendo a las nuevas generaciones? ¿Cuáles son los deseos profundos que tenemos hoy la mayoría de los mortales, por decirlo de alguna manera? No quiero decir que todos seamos iguales o hagamos lo mismo, y además, ¿por qué no? respetamos las opciones que otras personas puedan tomar desde sus principios o desde su concepción de la vida.

Estamos – o estamos creando – una cultura del mínimo esfuerzo, que todo nos lo den hecho, pero todos queremos ser grandes y poderosos. Que todo nos lo den, y exigimos derechos por todos lados, pero miramos poco cuales son nuestros deberes y responsabilidades. Todos queremos tener y cuanto más tengamos mejor, porque así decimos que vivimos bien, pero nos encontramos a la gente vacía de si mismos, con nada profundo por lo que luchar; ambicionamos para deslumbrar porque así pensamos que vamos a encontrar el respeto de los demás, pero muchas veces lo que queremos es dominar y manipular.

Ya lo venimos diciendo de alguna manera, nos sentimos vacíos, parece que no hay valores que merezcan la pena, sino el divertirnos y pasarlo bien, y cuando nos vienen las dificultades, porque las dificultades, vienen no sabemos a qué acudir, donde apoyarnos, tener unas raíces profundas que nos hagan mantenernos firmes frente a los vendavales de la vida. En ese vacío de la existencia, en ese vivir sin sentido, solo quizás para trabajar para poder tener más, pero sin siquiera disfrutar o saborear lo que tenemos, nos encontramos que vamos a la nada.

Con qué facilidad aparece el suicidio y hasta lo justificamos, con que facilidad queremos quitar de en medio lo que parece que ya no produce sino que más bien pueda generar gastos a la sociedad. Cuando nos cuesta enfrentarnos al sufrimiento, porque la enfermedad aparece, el accidente sucede, y nos cuesta aceptarlo y superarlo, porque lo que siempre habíamos pensado que era la vida era disfrutar y pasarlo bien. Y no quiero ser pesimista, pero es una realidad que nos rodea y que nos contagia.

¿Estaremos edificando la vida sobre arena? ¿Tenemos cimientos firmes en unos valores que de verdad llenen de sentido nuestra vida? ¿Dónde está el esfuerzo y la responsabilidad, la búsqueda de la unión y el entendimiento, de la armonía y de la paz en el corazón? ¿Habremos descubierto que no solo vivimos para nosotros mismos, sino que vivimos en una sociedad en la que tenemos que hacer los unos por los otros? ¿Se habrá endurecido el corazón?

Hoy Jesús nos ha puesto ese ejemplo, precisamente, en el evangelio. La casa edificada sobre roca o sobre arena. La que no está edificada con un cimiento firme y fuerte cuando viene el temporal se derrumba. Es necesario darle buenos cimientos a nuestra vida. Y Jesús nos ofrece su Palabra, la Palabra de Dios, para que en verdad cimentemos nuestra vida. Es algo que incluso nosotros los cristianos tenemos que revisar muy bien, muy a fondo. ¿Qué lugar está ocupando en nuestra vida?

El evangelio es algo más que un libro que os ofrece unos relatos bonitos y entretenidos. El evangelio es una buena nueva que se pronuncia para nosotros, es siempre una buena noticia que nos ofrece algo nuevo y vivo para nuestra vida. Mucho hemos navegado superficialmente por las páginas del evangelio. Es hora que nos detengamos, que lo rumiemos, que lo metamos en el corazón, que hagamos encontrar nuestra vida con su mensaje, que nos dejemos iluminar por esa luz resplandeciente que nos ofrece. Pero tenemos que ir con fe al Evangelio. Porque en esas páginas está la Palabra que Dios quiere decirnos, para que fundamentemos de verdad nuestra vida.

Demasiado hemos convertido nuestra religiosidad en unas devociones o unos fervores del momento y así nos quedamos con un cumplimiento que se queda vacío y sin contenido. La reevangelización que necesita hoy nuestro mundo, y también tenemos que decir nuestra Iglesia, no se puede quedar en resucitar devociones donde realicemos unos actos piadosos muy emotivos – y estamos viendo muchas de esas cosas en mucha de la labor pastoral que se realiza -, que se pueden quedar en el fervor del momento.

 Tenemos que ir a la profundidad del evangelio, a dejarnos interpelar en nuestra vida por el mensaje de Jesús, a empaparnos de esos valores que nos enseña el evangelio, para que allí donde estemos, en casa y en la familia, en el trabajo o en los momentos de diversión, en los momentos felices o en los momentos duros que nos aparecen continuamente en la vida, seamos capaces de vivir con profundidad, encontrarle un sentido y un valor, vivirlos con una responsabilidad nueva y profunda, e ir contagiando a ese mundo que nos rodea de ese espíritu y sentido del evangelio.

Miremos en qué estamos cimentando la vida como cristianos.

martes, 17 de agosto de 2021

En las cosas del reino de Dios tenemos que comenzar a mirar todo con una nueva óptica para descubrir qué es lo que nos hace verdaderamente grandes

 


En las cosas del reino de Dios tenemos que comenzar a mirar todo con una nueva óptica para descubrir qué es lo que nos hace verdaderamente grandes

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30

Hemos de reconocer que es una lucha interior que todos sostenemos, aunque incluso muchas veces no seamos del todo conscientes de ella, entre el ser y el tener. Viene a definir nuestra vida, nuestros valores, los principios por los que nos guiamos, lo que realmente somos. Muchas veces hemos pasado gran parte de nuestra vida dejándonos arrastrar por ese afán de tener o de poseer que nos olvidamos del yo más íntimo y más profundo de la persona. Hemos quizás edificado nuestra vida como un edificio de cosas y no nos preocupamos tanto de lo que realmente somos. ¿Qué es lo importante para mí? ¿Dónde en verdad fundamento mi vida?

Desde este discernir con claridad cuál es lo importante en mi vida, lo que tengo o lo que soy, surge todo lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio. La ocasión había partido de aquel joven que se había acercado a Jesús con buena voluntad para seguirle, pero cuando Jesús le quiso aclarar que no son las cosas lo que realmente hace a la persona, y que entonces a la hora de seguirle no importa lo que tengamos o no tengamos, cuando Jesús le pide que sea capaz de desprenderse de todo, aquel joven dio media vuelta y se marchó. Era muy rico.

Por eso afirma categóricamente Jesús lo difícil que es a los ricos entrar en el Reino de los cielos. No es el tener o no tener, nos viene a decir Jesús, sino sobre qué estamos fundamentando nuestra vida, dónde ponemos nuestros apoyos y seguridades, ¿en lo que tenemos? Cuando tengas como si no tuvieras porque para ti lo importante es lo que eres, entonces comenzarás a comprender lo que es el camino del Reino de Dios.

Cuantos nos encontramos en los caminos de la vida que van haciendo alarde de sus títulos, de sus categorías, de las escrituras de propiedad de sus posesiones. Vanidad y nada más que vanidad. Tú no eres la casa que tienes ni las joyas que poseas y de las que quieres alardear. Otras son las joyas que tenemos que buscar en esos valores que cultivamos en nuestro interior. Lo que tú eres es tu verdadera riqueza, la generosidad que haya en tu corazón, la rectitud con que vivamos tu vida, el compromiso que sientes por los demás, la misericordia que eres capaz de poner en tu corazón es lo que verdaderamente te hace grande.

Como medimos todo desde la óptica de lo material nos cuesta entender. Nos parece que no es posible vivir de otra manera. Y terminamos dependiendo de las cosas, de lo que tenemos, y no sabemos encontrar ni valorar la verdadera grandeza de la persona, los verdaderos valores. Hasta en el tema de alcanzar la salvación parece que tenemos que ir acumulando cosas, acumulando méritos; y hasta hacemos alarde de lo religiosos que somos, de los rosarios que hemos rezado y de las misas que he oído; y lo digo así, misas oídas, porque muchas veces pueden quedarse en eso y nada más.

Por eso escuchamos a los discípulos plantearle a Jesús que lo de salvarse es imposible, que si ellos lo han dejado todo para seguirle, y ya estarán pidiendo lugares de honor, como los dos que pidieron los primeros puestos. Y nos olvidamos el por qué de las cosas, el por qué seguimos a Jesús, lo que verdaderamente encontramos que nos llene por dentro cuando seguimos a Jesús. Porque no vamos buscando seguridades, ni certificados que nos garanticen nada. Por eso terminará diciéndonos Jesús que tenemos que ser capaces de hacernos los últimos. Entonces sí lo entenderíamos.

¿Cuál es el verdadero tesoro que quieres guardar en el cielo?

 

miércoles, 22 de enero de 2020

Dejémonos conducir por la sinceridad del amor y arranquémonos de falsedades e hipocresías, de nuestros silencios culpables y de nuestra inhumanidad


Dejémonos conducir por la sinceridad del amor y arranquémonos de falsedades e hipocresías, de nuestros silencios culpables y de nuestra inhumanidad

1Samuel 17, 32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6
Hay silencios en los que no se escuchan palabras pero pueden decir mucho. Alguna vez quizás nos ha pasado, no sabíamos qué decir, qué respuesta dar. Y no solo en la ignorancia de no saber una cosa, como el alumno que a la hora del examen se queda callado no da respuestas, porque no lo había estudiado, porque lo había olvidado quizás. Es otra cosa, no decimos nada porque no queremos comprometernos; no decimos nada porque quizá tememos la reacción de quien nos interroga o nos escucha; no decimos nada porque nos sentimos acobardados ante quienes nos apabullan con su palabrería y no sabemos como hacerles frente; no decimos nada porque los planteamientos que se están haciendo no nos convencen, pero no somos valientes para hablar, para expresar nuestra opinión aunque sea contraria, o para plantear nuestras dudas.
No se trata de ese silencio que buscamos para la reflexión, para encontrarnos a nosotros mismos en la soledad; no es el silencio donde nos planteamos grandes interrogantes en nuestro interior en nuestra búsqueda de la verdad; no es el silencio del respeto ante el maestro, ante el que sabe más que nosotros y no queremos ir con insolencia queriendo llevar la contraria sin razones. Hay muchas formas de hacer silencio, de callar, de mantener la boca cerrada desde nuestros intereses o nuestras cobardías. ¿Dónde está nuestra sinceridad? ¿Dónde está la madurez para saber responder sin insolencias pero también sin miedos? ¿Dónde ponemos los principios y los valores de nuestra vida?
Son los planteamientos que Jesús nos hace para nuestra vida. No siempre somos sinceros de verdad porque quizá queremos acomodarnos a las circunstancias, a los que nos rodean, a lo que puedan pensar los demás, como se dice ahora, lo que es lo políticamente correcto. Pero tiene que haber sinceridad en nuestra vida,  no podemos andar ocultando lo que de verdad pensamos, lo que son nuestros valores y nuestros principios.
El evangelio nos habla hoy de que al llegar Jesús a la sinagoga por allá andaban los de siempre al acecho para ver lo que hacía Jesús. Era sábado y allí había un hombre con un brazo paralítico. ¿Qué hará Jesús? ¿Lo curará a pesar de ser sábado? ¿Infringiría el descanso sabático para curar a aquel hombre?
‘¿Qué es lo que está permitido en sábado?’ les plantea Jesús. ‘¿Hacer lo bueno o lo malo? ¿Salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’. Ellos estaban entendiendo bien por qué Jesús hacía esas preguntas. Podían haber hablado y enfrentarse a Jesús diciéndole que lo que hacía no estaba bien, pero entonces se enfrentarían a la gente que estaba contenta con lo que Jesús hacía y cómo curaba a los enfermos y a todos los que sufrían. Por eso optaron por el silencio. Un silencio que hablaba mucho de sus posturas internas, de la falsedad con que vivían sus vidas siendo tan leguleyos que no les importaba ser inhumanos con los hermanos.
‘Ellos callaban… y Jesús estaba dolido por la dureza de su corazón’, dice el evangelista. ¿Será duro también nuestro corazón? ¿Nos volveremos también inhumanos? ¿Nos dejaremos alguna vez conducir por la sinceridad del amor en nuestro actuar? ¿O seguiremos con nuestras falsedades e hipocresías, con nuestros silencios culpables o con nuestro escurrir el bulto para no complicarnos?      

viernes, 12 de julio de 2019

Los valores del evangelio no los podemos dejar de testimoniar aunque su luz moleste a los que prefieren andar entre sombras y tinieblas




Los valores del evangelio no los podemos dejar de testimoniar aunque su luz moleste a los que prefieren andar entre sombras y tinieblas

Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36;  Mateo 10,16-23
Cada uno vamos por la vida con nuestros valores y principios tratando de ser mejores nosotros mismos, pero también de poner nuestro grano de arena para que nuestro mundo sea mejor. Porque creemos en nuestros valores no nos apartamos de ellos, sino más bien tratamos de transmitirlos a los que están a nuestro lado, aunque no siempre es tarea fácil.
Lo normal sería un diálogo amigable donde queremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos, al tiempo que queremos descubrir también lo bueno que hay en los demás, aunque nuestros principios o el sentido de la vida sea muchas veces diverso, sin embargo en lugar de ello parece que hay una confrontación que en ocasiones se vuelve hasta violenta.
En caminos de intolerancia incluso quieren impedirnos lo que nosotros queremos vivir y no solo se cierran sino que se enfrentan a lo que nosotros queremos transmitir. Es el diálogo de sordos que muchas veces se vuelve hasta violento en palabras y hasta en gestos que contemplamos en tantos aspectos de nuestra sociedad.
No somos capaces de construir juntos, sino que más bien siempre queremos destruir lo de los que consideramos nuestros contrincantes. Es triste muchas veces el espectáculo que muestra sociedad en lo social y en lo político algo que vivimos muy intensamente en nuestra tierra. Parece que en lugar de constructores estemos llamados a ser siempre destructores de lo que hacen los demás. Parece como si molestara que alguien que no sea de los suyos pueda hacer algo bueno.
Y esto nos pasa en los caminos de la vivencia de nuestra fe. Llamamos sociedad plural pero solo quieren imponer sus ideas y molesta para muchos la fe de los que nos llamamos creyentes y cristianos. Pero esto es algo que a nosotros los cristianos no nos tendría que hacer perder el sueño. Jesús nos lo anunció y también nos prometió la fuerza que necesitamos para afrontar esas situaciones que se convierten en tantos momentos en persecución como ha sido a lo largo de la historia, pero que también se viven en estos tiempos.
‘Mirad que os mando como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’, nos dice Jesús. Y nos habla de tribunales y de persecuciones, pero que en todo momento tenemos que seguir dando nuestro testimonio, pero nuestro testimonio tiene que ser siempre desde la paz. La paz que tenemos que llevar a los demás, a ese mundo que tanto lo necesita, pero la paz que no nos puede faltar en nuestro interior, por difíciles que se puedan poner las cosas. Por eso nos dice que no nos preocupemos de lo que hemos de decir en nuestra defensa, porque tenemos un Defensor, el Espíritu de la Verdad que está con nosotros y pondrá palabras de sabiduría en nuestros labios, y paz en nuestro corazón.
Nos vamos a encontrar a quien no le gusta nuestro mensaje o el testimonio que queremos dar con nuestra vida, y buscarán de todos modos acallarnos de la forma que sea. Es la intolerancia que se quiere imponer en nuestro mundo cuando tanto se habla de un mundo plural, pero donde no se respeta lo que puedan opinar los demás porque es distinto. Siempre la verdad es molesta, siempre el testimonio del bien hace escozor en los que tienen otros caminos en la vida. No nos debe extrañar, no hemos de perder el ánimo, con nosotros está el Señor y hemos de seguir dando ese testimonio.
Es un testimonio de luz el que nosotros queremos dar, y la luz a los que prefieren estar en tinieblas les molesta, porque les hace ver sus malas obras y las deja patentes también ante los demás. Mantengamos encendida nuestra luz que no es otra que la luz de Jesús y su evangelio que queremos llevar a nuestro mundo.

jueves, 28 de febrero de 2019

Que no falte entre nosotros la sal del evangelio para vivir en paz unos con otros llenando nuestro mundo de la alegría del amor


Que no falte entre nosotros la sal del evangelio para vivir en paz unos con otros llenando nuestro mundo de la alegría del amor

Eclesiástico 5,1-10; Sal 1; Marcos 9,41-50

Que no nos falte nunca la sal. Cuando nos falta la sal en casa, en la cocina parece que nada podemos hacer en la cocina porque a la comida le faltaría sabor. No entramos aquí en las limitaciones que se nos imponen por régimen alimenticio. Pero hay una sal que necesitamos en la vida y que va mucho más allá del condimento.
Esa persona tiene salero, decimos de alguien que vive la vida con alegría, que es optimista, que sabe darle alegría a lo que hace aunque esté pasando por malos momentos. Y estamos hablando sí de la alegría con que hemos de vivir, pero esa alegría la llevamos muy hondo cuando le hemos sabido dar un sentido a la vida y vivimos desde unos principios y valores con todas sus consecuencias.
La sal de la vida del cristiano que nace de su fe en donde encuentra ese sentido y ese valor a lo que hace; esa sal de la vida del cristiano que se va a manifestar en sus obrar, en su manera de actuar, en la rectitud con que vive pero en el amor que trasmite a cuantos se van encontrando con él en el camino de la vida. Esa rectitud que le llevará siempre a hacer el bien, a ser delicado con los demás, pero a ser delicado en sus posturas y en su actuar cuidando al mínimo detalle cuanto hace para no perder ese sabor cuando deja que el mal se meta en su corazón de cualquier manera. Por eso nos dirá Jesús hoy en el evangelio que algo tan sencillo como un vaso de agua dado con amor no dejará de tener su recompensa.
La sal, decimos, previene de que los alimentos se corrompan, pues necesitamos esa sal que nos fortaleza de tal manera y nos llene de vida para que no entre la corrupción del mal en nuestro corazón. Y Jesús es muy exigente y radical, para que arranquemos de nosotros esas raíces del mal que puedan corromper nuestro interior y con lo que podríamos hacer daño a los demás, hacer sufrir a los que están a nuestro lado. En eso tenemos que ser en verdad radicales en nuestra vida.
Arranquemos de nosotros todo aquello que nos puede llevar por los caminos del mal, todo aquello que pudiera poner en peligro en nosotros y en los que están a nuestro lado la rectitud y la santidad de su vida. Nos cuesta, pero hemos de poner todo nuestro empeño que la gracia del Señor nos ayudará. Cada día le pedimos al Señor con toda sinceridad que nos libre del mal, que no permita que nos veamos envueltos y arrastrados por la tentación y el pecado.
‘Que no falte entre vosotros la sal, y vivid en paz unos con otros’, termina diciéndonos hoy Jesús en el Evangelio. Si dejamos que nuestra vida se condimente bien con la sal del evangelio seremos distintos nosotros, pero también haremos mucho bien a nuestro mundo. Cuando nos dejamos impregnar de verdad por la sal del evangelio nuestra vida va a resplandecer con los valores del Reino de Dios, y resplandeceremos en el amor que nos lleva a hacer siempre el bien, que nos lleva al actuar siempre en justicia, que pondrá verdadera paz en nuestro corazón pero también en nuestras relaciones con los demás, habrá más autenticidad en nuestra vida porque no le tendremos miedo a la verdad, crearemos un mundo de verdadera fraternidad.
Que no nos falte la sal.

domingo, 22 de abril de 2018

La misión del Buen Pastor que da su vida por sus ovejas nos abre horizontes para llegar a esos otros mundos a los que hemos de hacer también el anuncio de la Buena Nueva de Jesús


La misión del Buen Pastor que da su vida por sus ovejas nos abre horizontes para llegar a esos otros mundos a los que hemos de hacer también el anuncio de la Buena Nueva de Jesús

Hechos 4, 8-12; Sal. 117; 1Juan 3, 1-2; Juan 10, 11-18

¿Hasta dónde somos capaces de llegar en el cumplimiento de las responsabilidades que hayamos adquirido o se nos hayan confiado en la vida? Asumir una responsabilidad y más cuando media en ello también el amor algunas veces nos cuesta y parece como si quisiéramos ponerle límites o decir hasta aquí llego pero complicarme la vida más allá ya no estoy tan dispuesto. Ya decimos que no a todos se les enfrían sus responsabilidades y podríamos descubrir muchos testimonios admirables de quienes pierden para si, pero son capaces de mantener su fidelidad hasta el final.
En el cumplimiento de nuestras responsabilidades algunas veces quizá tengamos que enfrentarnos a quienes no actúan con toda ética y rectitud y que desde sus lugares de influencia quizá hasta pudieran hacernos daño con sus manipulaciones. Es difícil y cuesta, pero sí nos podemos encontrar personas que actúan con esa rectitud aunque eso les pueda traer otros perjuicios por otros lados.
Es responsabilidad, es rectitud, es fidelidad, es sentir como propio lo que tenemos en nuestras manos, aunque sea cosa que nos haya confiado alguien, es el amor a la justicia y la bondad que brillan en tantos corazones buenos también. ¿Hasta donde seremos capaces de llegar nosotros también? ¿Habremos puesto junto a esa tarea de la responsabilidad el abono del amor que la hace verdaderamente fecunda?
Hoy lo aprendemos de Jesús en el evangelio. Nos habla del pastor que cuida con responsabilidad de sus ovejas, pero donde todo además lo vemos impregnado por el amor. Es el verdadero pastor que ama a su rebaño, que lo cuida y lo protege, que le ofrece los mejores pastos, pero que también lo defiende. Es el pastor que las ama y las conoce, a cada uno le ha dado un nombre, y cada una conoce a su pastor porque así se sienten amadas, protegidas y cuidadas por él. Si acaso alguna se le extravía la busca por collados y barrancos hasta que la encuentra llenándose de alegría que comparte incluso con los demás.
No es el asalariado que se comporta de manera irresponsable, porque aunque trata de cumplir con su deber de llevar a pastar a las ovejas, cuando viene la dificultad y el peligro, huye, abandona, no protege ni cuida aun a riesgo de su propia vida. El que no es dueño de las ovejas porque no las siente como algo propio de su vida, ve venir al lobo y las abandona, dejando que el lobo haga estrago entre las ovejas.
Y Jesús nos está diciendo que ese buen pastor es El que da su vida por las ovejas, que da su vida por nosotros. Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas… Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas…’
No es necesario que digamos muchas cosas para que veamos reflejada esa imagen del Buen Pastor en Jesús. Basta que le contemplemos en el evangelio, en su cercanía con la gente, en la acogida misericordiosa a cuantos a El se acercan con sus dolencias del cuerpo o del espíritu, en su recorrer los caminos de Galilea y toda Palestina, en su saber estar al lado de los pecadores y de cuantos eran despreciados por todos, en su entrega hasta el final dando su vida por nosotros. Es la vida de Jesús, son sus gestos y son también sus palabras, es su mirada y es su mano tendida, es su corazón misericordioso siempre abierto y es ese acercarse incluso a aquel que está abandonado de todos.
Hoy es un momento para ponernos a contemplar y a considerar cuanto es el amor que el Señor nos tiene, pero también para que consideremos cómo nosotros le escuchamos y conocemos su voz. Esa voz del Buen Pastor que llega a nosotros por tantos caminos, porque nos llega a través de la Iglesia y de quienes en la Iglesia tienen una misión y un oficio pastoral, pero que nos llega también a través del hermano que camina a nuestro lado y muestra alguna preocupación por nosotros. ¿Por qué no ver ahí ese cuidado amoroso de Jesús Buen Pastor que llegue también así a nuestra vida?
Hay un pequeño detalle en el evangelio en el que también hemos de caer en la cuenta. Nos dice Jesús que hay otras ovejas, que no están quizá en nuestro rebaño, pero que también tienen que oír la voz del Pastor, recibir esa atención del Pastor que también ha de cuidar de ellas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor’.
En un sentido ecuménico habitualmente hemos querido ver ahí a quienes se han separado de la Iglesia y hemos utilizado este texto como una motivación para nuestra oración por la unidad de los cristianos. Pero creo que puede decirnos algo más. ‘Otras ovejas que no son de este redil…’ nos dice. ¿No somos una Iglesia en salida, una iglesia que no puede apagar su espíritu misionero?
En cuantos podemos pensar en este mundo en el que vivimos, por un lado unos que se han alejado de la Iglesia aun cuando se dicen todavía creyentes y cristianos; pero tantos a los que quizá ya no les diga nada la religión, ni Cristo ni la Iglesia, cuantos con otras maneras de pensar, con otras ideologías que marcan sus vidas, tantos quizás personas de buena voluntad y que hacen el bien o trabajan por la justicia y por un mundo mejor pero que no han descubierto la luz de la fe o el sentido cristiano de la vida incluso con los buenos valores por los que trabajan. Tenemos que reconocer claramente que no todo es negativo en quienes no profesan nuestra misma fe.
A tantos que miramos de lejos, porque tienen otro estilo de vida o porque desde nuestro punto de visto sus vidas se ven marcadas por muchas cosas que a nosotros no nos pueden parecer buenas. Y ¿qué hacemos ante todo eso? ¿Qué inquietud sentimos por ese mundo que nos rodea y que ya no quiere llamarse ni sentirse cristiano? Y no pienso solamente en países lejanos que llamamos de misión.
Jesús es el Buen Pastor que piensa en esas otras ovejas que no son de este redil. Pero Jesús quiere que nosotros pensemos en ellos también. Porque ahí también tenemos que hacer presente y visible al que es el Buen Pastor que entrega su vida por las ovejas, también por estas ovejas.


sábado, 24 de febrero de 2018

Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios poniéndonos el colirio del amor


Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios poniéndonos el colirio del amor

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48

Mi padre decía… mi padre me enseñó… mi padre haría… son como muletillas que decimos cuando tenemos que enfrentarnos a una situación o un problema y recordamos aquello que recibimos en una buena educación. Nuestro padre fue sembrando unos principios en nuestra conciencia que luego nosotros asumiremos y haremos nuestros y marcarán nuestra forma de actuar. Recordamos a nuestro padre y recordamos cuantas enseñanzas recibimos de él en una buena educación que formó nuestras conciencias y nos dio principios para nuestro actuar. Unos buenos lentes para mirar la vida que no deberíamos desechar.
Podríamos decir que seguimos viendo la vida con los ojos de nuestro padre, aunque luego le vayamos haciendo matizaciones o añadiendo convencimientos que vamos adquiriendo en la vida. Es cierto también que tenemos el peligro o la tentación de tirar todo por la borda y no querer aceptar aquellos principios, aquellas normas de vida que de ellos recibimos.
Hoy Jesús en el evangelio nos enseña a mirar la vida con los ojos de Dios. Tenemos que aprender a hacerlo porque bien sabemos que cuando lo hacemos solo con nuestra propia o particular visión fácilmente se nos ponen borrosas esas lentes de nuestra mirada con nuestras ambiciones, nuestros orgullos, nuestros egoísmos, y quizá también a través de las cicatrices que hayan ido quedando marcadas en nuestra vida con aquellas cosas que nos hayan podido hacer sufrir y nos hayan podido malear el corazón.
¿Cuál es la mirada con la que Jesús nos enseña a mirar a los demás? No es otra que la mirada de Dios, y la mirada de Dios es siempre una mirada de amor. ¿Y cómo nos enseña Jesús que es el amor de Dios? Un amor universal, un amor a todos sin distinción. Hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos nos dice.
Ya sabemos que si por nosotros fuera quitaríamos de un plumazo a todos aquellos que no nos caen bien, que nos hayan podido ofender en alguna ocasión, a todos aquellos que no son de los nuestros, a todos los que pudiéramos considerar contrincantes o enemigos. Y es que tenemos la tendencia o la maldad de destruir todo aquello que nos pueda impedir lo que son nuestros deseos o ambiciones.
Pero no es esa la mirada de Dios. Por eso tajantemente nos dirá Jesús que tenemos que amar también a nuestros enemigos. Y para comenzar a amarlos rezar por ellos; y rezar por ellos significará intentar comenzarlos a ver con los ojos de Dios. Y nos dirá que si no somos capaces de hacerlo así ¿en que nos vamos a diferenciar de los que no creen en Dios?
Creer en Dios no es solo un concepto que podamos tener en nuestra cabeza. Decir que queremos creer en Dios es querer decir que queremos vivir su vida, que queremos vivir en su amor, que queremos mirar la vida con los ojos de Dios. Por eso decimos que en Dios encontramos el sentido de nuestra vida. Y es que quien nos creo es el mejor que nos puede decir para qué nos ha creado.
Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios. Aquello que decíamos que habíamos aprendido de nuestro padre y que con su mirada contemplamos la vida y el mundo, desde nuestra fe hagámoslo con Dios. No nos dejemos que se  nos enturbien los ojos, pongámonos el colirio de Dios que es el colirio del amor.

viernes, 3 de febrero de 2017

Cuidemos lo que prometemos desde nuestros entusiasmos pasajeros y nunca olvidemos ni ocultemos nuestra condición de cristianos

Cuidemos lo que prometemos desde nuestros entusiasmos pasajeros y nunca olvidemos ni ocultemos nuestra condición de cristianos

Hebreos 13,1-8; Sal 26; Marcos 6,14-29
Es algo que sucede fácilmente cuando estamos entusiasmados por algo, y no digamos cuando a este entusiasmo de la fiesta le añadimos cualquier tipo de estimulantes, nos volvemos locuaces, terminamos por decir lo que no pensamos aunque en ese momento digamos que estamos siendo los más sinceros del mundo, y prometemos no sé cuantas cosas que cuando volvemos a la cordura no sabemos cómo cumplir. Muchas experiencias de este tipo podemos recordar, ya porque nos haya pasado a nosotros, o porque lo hayamos visto claramente en personas a nuestro lado.
Así estaba entusiasmado Herodes en aquella fiesta a la que había convidado a la gente principal y como suele suceder en estos casos estaba rodeado de los que se hacían llamar amigos pero en quienes todo eran adulaciones y sometimiento ante el poderoso. Vanidades de la vida. En medio de esa ‘alegría’ por llamarla de alguna manera bailó la hija de Herodías con quien estaba conviviendo a pesar de ser la mujer de su hermano. Y aquello agradó a Herodes y lo entusiasmó mucho más hasta decirle que le pidiera lo que quisiera que estuviera dispuesto a darle la mitad de su reino si se lo pedía. Las promesas nacidas de ciertos entusiasmos que se pueden volver contra nosotros. Qué prudentes tendríamos que ser para no dejarnos arrastrar por la pasión del momento.
Fue lo que aprovechó Herodías. Tanto había instigado que había logrado que Herodes, a pesar de que tenia buena consideración de Juan el Bautista, lo metiera en la cárcel, y en los calabozos estaba. Herodes decía que estaba buscando una oportunidad para soltarlo. Es que Juan le había echado en cara a Herodes que la vida que vivía no era lo correcto, que grave era su pecado de estar viviendo con la mujer de su hermano, un adulterio incestuoso. Por la defensa de la verdad y la búsqueda de la recta vida Juan estaba en la cárcel. Era un testigo y tenia que dar testimonio de lo que anunciaba cuando predicaba para ayudar a preparar los caminos del Señor que era su misión.
‘Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista’, pidió instigada por su madre. Herodes no sabía que hacer. Allí estaba la palabra que había dado, las promesas en su entusiasmo y rodeado estaba de toda su corte pronta a la fiesta de la sangre, como suele suceder. No sabia que hacer, pero estaban los respetos humanos y la posible merma de su poder si se negaba. Su cobardía, porque el principio de la vida tendría que estar por encima de todo, le llevo a condescender y así se presentó la cabeza de Juan como pedía Salomé.
¿Serán los entusiasmos momentáneos los que guíen la actuación de nuestra vida? ¿Nos dejaremos influir por los respetos humanos y dejamos a un lado lo que tendrían que ser los verdaderos principios y valores para nosotros? Muchas preguntas en este sentido tendríamos que hacernos porque hoy lo que se lleva es hacer lo que sea políticamente correcto, como se suele decir.
Pronto se olvidan principios, prontos estamos para prometer lo que no podemos cumplir, las apariencias y vanidades marcan muchas veces nuestro actuar, fácil nos es ocultar muchas veces nuestra verdadera condición, disimulamos sin importarnos mucho nuestra condición de creyentes y de cristianos porque en nuestro ambiente no se lleva, condescendemos con lo que sea con tal de que nos miren bien y no nos critiquen. Así tantas cosas que tendríamos que revisar.
No juzguemos la actuación de Herodes sino veámonos reflejados en él en muchas cosas que hacemos.