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domingo, 21 de septiembre de 2025

Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

 


Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

Amós 8, 4-7; Salmo 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

Cada uno en la vida tiene sus valores, aquellas cosas que considera más importantes, más fundamentales en su vida y podríamos decir que sin ellas pareciera que su vida careciera de sentido, y otras que con ser importantes le damos menos importancia, menor valoración, como también otras cosas que para nosotros no tienen valor, las consideramos negativas y de las que nos apartamos o no dejamos introducir en nuestros planes de vida. Son los criterios por los que nos regimos, son los principios que fundamentan nuestra existencia, son de alguna manera los que nos van a definir lo que somos y como somos.

Con esto de alguna manera estamos hablando de hacernos una escala de valores para priorizar lo que realmente es lo más valioso para nosotros. Y esto de la escala de valores es algo serio e importante porque como decíamos nos está definiendo, nos estará diciendo también qué clase de persona somos. Es el fundamento de nuestra moralidad, de la ética por la que regimos nuestra vida.

Hemos de reconocer que no siempre lo tenemos claro, que no siempre somos consecuentes con lo que decimos, porque proclamar principios muchas veces nos puede resultar fácil, pero eso llevarlo a la práctica de nuestra vida no siempre lo hacemos; de ahí la incongruencia en que tantas veces vivimos. Claro que para llegar a ello hemos de ir formando nuestra conciencia para llegar a tener las cosas claras, pero también para tener la madurez y valentía para actuar en consecuencia.

Es importante la educación que recibimos que nos enseña a alcanzar esa madurez, conseguir esos fundamentos de nuestra vida. Algunas veces parecemos infantiles que no sabemos lo que queremos, nos falta personalidad, firmeza y madurez, y andamos tonteando de acá para allá sin saber a qué quedarnos. ¿Estaremos dando principios estables, poniendo de verdad esos cimientos, en la educación que le damos a las jóvenes generaciones que vienen detrás de nosotros?

En este momento de nuestra reflexión quizás tendríamos que preguntarnos si tenemos clara esa escala de valores en el día a día de nuestra vida, si acaso hemos alcanzado esa madurez, y con sinceridad plantearnos cuales son las cosas que consideramos fundamentales para nuestra vida, a las que le damos la mayor importancia. Cuidado con que el materialismo nos invada y nos envuelva.

Es lo que hoy nos está planteando Jesús en la parábola que se nos propone en el evangelio. Aquel hombre que quizás había querido darle sentido a su vida desde las riquezas, aprovechándose en todo lo que podía en la administración de los bienes de su amo, se descubrió a sí mismo con las manos vacías. Cuando le pidieron cuenta de su administración, sabiendo incluso que había obrado mal y que iba a ser despedido, se encontraba que no sabía a dónde acudir ni qué hacer. Como decía él ni siquiera sabía trabajar en el campo, en esa dignidad que se creía tener le daba vergüenza pedir limosna, sabía que su vida había perdido sentido. Pero encontró un camino.

Un camino en el que por una parte rehacía lo que torpe e injustamente había hecho cuando abusaba de los deudores de su amo cargándoles con más intereses que lo que realmente debían y por otra se ganaba la consideración de las personas que le rodeaban; el respeto a la dignidad de las personas, el respeto a un trabajo digno, el reconocimiento de su vaciedad y de sus errores le ayudó con su astucia a encontrar una salida. 

Cuando ponemos nuestros intereses materiales por encima del valor y dignidad de las personas andamos perdidos, como lo estaba aquel hombre. Pero reaccionó a tiempo, se ganó la consideración incluso de su amo que le alababa su astucia y su manera de encontrar salida a su vida, se ganaba unos amigos en aquellos a los que en cierto modo condonaba sus deudas haciéndolas más justas.

¿Qué andamos buscando en la vida? ¿Dónde están nuestros principios y valores? ¿Qué es lo que tiene que ser verdaderamente importante para nosotros? Desde el principio de nuestra reflexión nos lo hemos venido planteando; el ejemplo de esta parábola tiene que ser para nosotros un aliciente más para encontrar ese verdadero valor, ese verdadero sentido de la vida. No es lo material lo que nos hace grandes, es el respeto y valoración de la persona lo que nos hará encontrarnos con nosotros mismos, es el camino por el que tenemos que ir encontrando la verdadera madurez de nuestra vida.


lunes, 23 de octubre de 2023

Hay cosas en la vida que no nos llenan la cartera de dinero pero sí el corazón de la felicidad más deseada, busquémoslas

 


Hay cosas en la vida que no nos llenan la cartera de dinero pero sí el corazón de la felicidad más deseada, busquémoslas

Romanos 4,20-25; Sal.: Lc 1,69-75; Lucas 12,13-21

El cuento de la lechera es algo que se repite más veces de lo que pensamos en nuestra vida. Todos soñamos; y todos soñamos lo que podríamos hacer si tuviéramos esto o aquello; todos soñamos cuando compramos un número de la lotería, ¡cuántas obras maravillosas haríamos! Y seguro que no seríamos egoístas solo pensando en nosotros mismos; bueno, eso es lo que pensamos, pero ahí están nuestros sueños. Sueños que nos delatan de la codicia que hay en nuestro corazón; sueños que nos delaten de donde es en el fondo en lo que estamos poniendo todas nuestras esperanzas, como si fueran las soluciones a todo lo que nos pasa en la vida, como si fuera ese el sentido que le estamos dando a la vida. ¿Y no será así?

Como le pide uno hoy en el evangelio a Jesús que medio en un conflicto que tiene con su hermano a cuenta de una herencia. No es nuevo el tema, quiero decir, que no es cosa solo de hoy, de las peleas familiares a cuenta de las herencias, porque ya vemos que en tiempos de Jesús así andaban también. Pero bueno, lo importante es el mensaje que Jesús nos quiere dejar. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Bueno, nosotros nos buscaremos matizaciones con aquello de que el dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla. Tendríamos que interrogarnos con esa forma de pensar.

Y Jesús nos propone una pequeña parábola. La del hombre que tuvo una gran cosecha y pensé que ya lo tenía todo resuelto para su vida. Agrandó sus graneros para tener espacio suficiente donde almacenar todo lo que había cosechado. ¿Pero eso va a aumentar un palmo el tiempo de nuestra vida? Algunas veces, reconozcamos, nos lo pensamos también. Aquel hombre murió aquella noche ¿y de qué le sirvió todo lo que había acumulado?

Como ya había dicho Jesús ‘aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Tenemos que hacer una buena escala de valores en la vida. Tenemos que empezar a valorar lo que verdaderamente es importante en la vida. Y eso nos cuesta. Porque además es lo que hemos estado viendo siempre; y soñamos con tener, con poseer cosas, con llenarnos de cachivaches, y uno tiene que pensar ¿y para qué me sirve todo esto? Y al final terminamos siendo esclavos de las cosas que tenemos, que parece que sean ellas las que nos poseen a nosotros.

Hay otros valores en la vida. Hay otras cosas que nos dan más felicidad. Hay cosas que de verdad nos mantienen el corazón en paz. Hay cosas que de verdad nos hacen sentir libres y más felices. Hay cosas que realmente nos llenan por dentro. Es lo que tenemos que buscar. Son los caminos del amor, del perdón, de la entrega, de la sencillez, de la sinceridad y congruencia en la vida, de la limpieza de corazón, de la amistad con Dios y los hermanos…algo que no llena la cartera de dinero pero sí el corazón de la felicidad deseada.

¿No habremos experimentado más de una vez la satisfacción que sentimos dentro del corazón cuando somos generosos y sin que nos lo pida nadie nos desprendemos de algo para compartirlo de los demás? ¿No nos habremos sentido con gozo en el corazón cuando hemos perdido nuestro tiempo para detenernos a hablar con alguien al que veíamos solo y en la cuneta de la vida y los ojos de aquella persona se iluminaron solo con nuestra presencia a su lado? Así podríamos seguir pensando en esos pequeños detalles que nos han hecho sentir la felicidad de saber que alguien se siente más feliz con ese pequeño detalle que hemos tenido con esa persona. Seguro que todos tenemos una lista interminable de cosas de este tipo.

miércoles, 5 de julio de 2023

Aprendamos a hacer una auténtica escala de valores para saber encontrar lo importante que enriquezca de verdad la vida

 


Aprendamos a hacer una auténtica escala de valores para saber encontrar lo importante que enriquezca de verdad la vida

Génesis 21,5.8-20; Sal 33; Mateo 8,28-34

¿En la vida qué es lo que realmente nos importa? ¿Qué es lo que tendrá más valor para nosotros? Y lo concreto en esta disyuntiva, ¿las personas o las cosas?

Ya sé que me vais a decir que es una pregunta retórica y que es innecesario hacerlo, porque todos sabemos que las personas son más importantes que las cosas y es que incluso no tendría que ponerse esa comparación o disyuntiva ante lo que tendríamos que hacer. ¿Estamos seguros de eso? ¿Estamos seguros que en la práctica de la vida les damos más importancia a las personas que las cosas?

Examinémonos bien y nos daremos cuenta de cuantas veces pasamos por encima del bien de las personas cuando de nuestras ganancias se trata, cuando se trata de lo que pueda beneficiarme a mi, pero beneficiarme en lo material, en riqueza material, el la adquisición o posesión de cosas y de bienes. Pensemos cuantas veces vamos por la vida y no vemos a nadie, porque solo vamos pensando en nuestras cosas, en lo que ambicionamos y por lo que luchamos y bien sabemos que muchas veces es una lucha sin cuartel.

Me hace pensar en esto el relato del evangelio que hoy se nos ofrece y esa reacción de los habitantes de aquel lugar que ni se preocupan por el mal que están padeciendo aquellos que llaman endemoniados, y al final cuando tendrían que sentirse contentos de que hayan sido liberados de su mal, como estuvo en juego la posesión de sus bienes de vida, sus riquezas, ya no les interesaba Jesús y le piden que se marche a otro lado.

Conocemos el episodio del evangelio. Jesús en esta ocasión se sale incluso del territorio palestino o propiamente de la tierra que habitaban los judíos, se va a Gerasa, una región pagana, de gentiles en la misma frontera de Israel más allá del lago de Tiberíades, al otro lado del lago, podríamos decir. Salen a su encuentro aquellos dos hombres poseídos del mal, que manifiestan desde sus sombras su rechazo a Jesús. Las imágenes que nos los describen son bien significativas, habitan en los cementerios, son el terror de sus vecinos por la violencia de sus actos, es una región de sombras, de oscuridad, porque se encuentran envueltos por el mal.

La presencia de Jesús les incomoda, como incomoda la luz a los que están viviendo siempre entre tinieblas. Pero saben que con Jesús la luz iluminará sus vidas, aunque les parezca que se van a ver cegados por esa luz. Las tinieblas que no quieren recibir la luz, como se nos dice en otro lugar del evangelio. Al final solo piden los espíritus malignos de que si aquellos hombres van a ser liberados del mal, el mal envuelva a aquella piara de cerdos que están hozando por aquellos lugares. Bien sabemos que para el judío el cerdo es un animal impuro que no se atreverán ni a tocar, mucho menos comer su carne. Pero es también sintomático el hecho de que sean poseídos por el espíritu del mal, pero acantilado abajo terminen ahogándose en el lago.

Todo ello ha provocado una revolución, por así decirlo, en aquellas gentes. Los porquerizos avisan a los vecinos que vendrán a pedirle a Jesús que abandone aquella tierra, como ya hemos mencionado. No sienten la alegría de la liberación de aquellos males que sufrían con aquellos hombres endemoniados, como ellos los consideran. No son capaces de valorar la verdadera liberación que se ha producido en aquellas personas que ahora podrán vivir con dignidad y convivir en paz con sus vecinos. ¿Qué es lo que a ellos les importaba realmente?

¿Qué nos importa a nosotros en la vida? ¿Seremos capaces, por ejemplo, de dedicar tiempo para una reflexión que me interrogue por dentro y me lleve a esa necesaria liberación interior que quizás tanto necesitamos y que por otra parte en ocasiones hasta nos hace sufrir? Somos tantas veces conscientes de nuestros errores, de las meteduras de papa que hemos tenido tantas veces en la vida, del daño que pudimos haber hecho a los que estaban a nuestro lado, o al menos lo que tuvieron sufrirlo, pero no terminamos de arrancarnos de esas tinieblas que nos envuelven, de realizar ese cambio tan necesario en la vida, de poner gestos de reparación que a nosotros nos sanen por dentro, pero con los que llevemos también señales de paz y de amor a los que están a nuestro lado.

¿A qué nos estará invitando esta página del evangelio? ¿Aprenderemos a hacer una auténtica escala de valores que verdaderamente enriquezca mi vida con lo que es realmente importante?

lunes, 17 de octubre de 2022

Cuántas cosas perdemos y no sabemos disfrutar porque vamos cegados por la ambición y la pérdida de los verdaderos valores que nos llevarían a mirar de manera distinta

 


Cuántas cosas perdemos y no sabemos disfrutar porque vamos cegados por la ambición y la pérdida de los verdaderos valores que nos llevarían a mirar de manera distinta

Efesios 2, 1-10; Sal 99; Lucas 12, 13-21

‘Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia’, se acercó uno a pedir la mediación de Jesús. ¡Qué problema el de las herencias! Entonces y en todos los tiempos. Es el problema de la ambición, son los deseos de decir esto es mío y nadie me lo quita, son los sueños de que por más cosas que tengamos seremos más felices, son las cosas que vamos acumulando, fruto de nuestros trabajos quizás, pero cosas que nos gusta tener y de las que no queremos desprendernos, es la vanagloria de querer presentarnos llenos de cosas, de joyas o de cosas de valor, porque nos parece que eso nos da grandeza, eso nos da poder, eso va a causar la admiración y - ¿por qué no? – la envidia de los demás.

No es el problema de la herencia, sino de lo que llevamos en el corazón; y parece que muchas veces lo hemos llenado de cosas y no de verdaderos valores; cuántas cosas acumulamos que ya no sabemos ni qué hacer ni como tenerlo todo limpio y ordenado. No es el desorden de las cosas que acumulamos en casa, sino es el desorden que hay en nuestro corazón cuando no hemos hecho una verdadera escala de valores. ¿Qué es lo que verdaderamente tiene importancia? Y allí donde tenemos nuestro tesoro, está nuestro corazón, están nuestras ambiciones, están las guerras que continuamente nos hacemos.

¿De que le valió a aquel hombre aquella gran cosecha que le hizo agrandar sus bodegas y sus graneros? Ya pensaba que todo lo tenía resuelto. Pero la vida no son las cosas que acumulemos. ¿Sabremos en verdad vivir? Porque nos llenamos de muchas cosas y ni vivimos; no las disfrutamos porque estamos recontándolas y recontándolas pero tenemos miedo que se gasten y no nos sirven de provecho. Nos llenamos de cosas pero no de vida.

¿Dónde tiene que estar realmente nuestro vivir? ¿Qué es vivir para nosotros? ¿Solamente trabajar y trabajar para tener más y que nuestra cuenta del banco se engorde más y más? Trabajas para tener cosas y no valoras, por ejemplo, la familia, tus hijos que buscan en ti una palabra liberadora de luz, la esposa que te espera en casa preparándote lo mejor, los amigos con quienes disfrutar de su amistad, la sonrisa de una persona que pasa a tu lado, el buen gesto que en un momento tuvo alguien contigo pero del que ni te diste cuenta tan afanado como estabas, esa palabra ‘gracias’ con la que alguien te obsequió pero que no escuchaste ni valoraste y estas tan engreído pensando que todo te lo merecías que no fuiste capaz de responder con una sonrisa, aquellos colores del sol poniente que no supiste apreciar porque solo estaban pendiente de cómo prolongar la jornada para ganar más y para tener más.

Cuántas cosas vamos perdiendo y que no sabemos disfrutar. Nos falta vivir. Y seguimos preocupándonos por la herencia que se quiere llevar mi hermano y no quiere compartir conmigo. De cuántas cosas innecesarias nos preocupamos en la vida y no le damos verdadera importancia al vivir. Que es algo más que poseer, que acumular, que darse buena vida de esa manera que entiende la mayoría, y al final se sienten hastiados y vacíos porque nada de todo aquello les satisface plenamente y dar verdadera felicidad al corazón.

Cuántas cosas tenemos que pensar y cuantas cosas tenemos que revisar para buscar los verdaderos valores, para que comencemos a pensar menos en nosotros mismos y más en los otros, para que llegamos a la satisfacción del compartir que te dará muchas más felicidad, aunque tengas que desprenderte de algo, a ser feliz de verdad cuando hacemos felices a los demás. No serán necesarias grandes cosas, grandes milagros, sino los gestos sencillos del amor.

sábado, 19 de junio de 2021

Todo siempre para la mayor gloria de Dios viviendo con la mayor seriedad y responsabilidad la vida y con la certeza de que quien tiene a Dios consigo, siempre estará lleno de su paz

 


Todo siempre para la mayor gloria de Dios viviendo con la mayor seriedad y responsabilidad la vida y con la certeza de que quien tiene a Dios consigo, siempre estará lleno de su paz

2Corintios 12, 1-10; Sal 33; Mateo 6, 24-34

Las luchas de la vida de cada día muchas veces nos hacen perder la serenidad y la paz. Convertimos el vivir en una lucha o en una carrera loca; queremos más, queremos tenerlo todo, queremos llegar a todas partes, llenamos el corazón de ambiciones y nuestra mente de sueños locos y cuando no podemos conseguir todo lo que anhelamos nos agobiamos, perdemos la serenidad, perdemos la paz.

No es que no debamos tener ambiciones ni permitir que nuestra mente se llene de sueños. Esos sueños nos pueden hacer crecer, pero también nos pueden hacer caer en un abismo; ambicionamos algo mejor para nuestra vida, para nuestros seres queridos, para ese mundo que estamos construyendo, pero hemos de tener los pies en el suelo y ser conscientes de que quizá a no todo podemos llegar, no todo lo podemos conseguir; no es que tengamos que ser derrotistas – eso nunca, porque nunca se ha de perder la ilusión y la esperanza – pero hemos de ser conscientes que no todo siempre depende de nosotros y hemos de saber encontrar los mejores apoyos.

Dios nos ha puesto en este mundo y quiere que con esos valores y cualidades de las que nos ha dotado lo vayamos construyendo a mejor. Pero es una tarea que hemos de realizar sin agobio; no todo depende de nuestras manos, porque hemos de saber contar con los brazos de los demás, pero sobre todo hemos de saber poner nuestra confianza en el Señor.

Algunas veces en nuestro agobio terminamos por preocuparnos de aquellas cosas que no son esenciales, pero esto tenemos que saber buscar lo que es más importante, hacernos una verdadera escala de valores para saber descubrir dónde está lo principal. Así no andaremos con agobios en la vida, así no perderemos el norte, así aunque tengamos que luchar no nos faltará la paz en el corazón.

En el pequeño párrafo que nos ofrece hoy el evangelio hasta en cinco ocasiones se nos habla del agobio del que tenemos que liberarnos. ‘No andéis agobiados… no estéis agobiados…’ nos repite Jesús. Nos previene Jesús del agobio por la vida misma, del agobio por el alimento o por el vestido, nos habla finalmente del agobio del mañana.

‘¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?’ y nos habla de los pajarillos del cielo o de las flores del campo. ‘¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?’ ¿En manos de quién está nuestra vida y lo que nosotros somos? ‘No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso’.

Por eso nos dejará como una sentencia muy importante en lo que ha de ser la planificación de nuestra vida. ‘Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura’. Vivamos el día de hoy, vivamos nuestro propio presente. Y que en verdad Dios sea el centro de nuestra vida. Es la confianza absoluta que tenemos en Dios porque es nuestro Padre y nos ama. Entonces en cada momento, en aquello que es nuestra tarea de cada día sintamos esa presencia de Dios, sintamos y vivamos esa gloria de Dios que en todo lo que hacemos siempre hemos de buscar.

Todo siempre para la mayor gloria de Dios. Lo que nos hará vivir con mayor seriedad y responsabilidad nuestra vida. No podemos perder el tiempo, que es una grave responsabilidad que tenemos en nuestras manos, pero eso no significa que hayamos de vivir con agobio. Que no nos falte la paz: quien tiene a Dios consigo siempre estará lleno de su paz.

 

miércoles, 15 de enero de 2020

Aprovechemos cualquier momento, allí donde estemos, para saber interiorizar, cerremos todas nuestras ventanas para ir a encontrarnos con el Señor

Aprovechemos cualquier momento, allí donde estemos, para saber interiorizar, cerremos todas nuestras ventanas para ir a encontrarnos con el Señor

1Samuel 3, 1-10. 19-20; Sal 39; Marcos 1, 29-39
Qué insufrible se hace el silencio de la soledad cuando no le hemos sabido encontrar un sentido. El silencio de la soledad del enfermo postrado en cama que muchas veces es más duro que la enfermedad misma; es la soledad que se hace silencio insoportable cuando por alguna razón, queriéndolo o no, nos vemos recluidos en un lugar apartado donde se nos hace dificultoso el podernos comunicar con alguien. Una noche más en el hospital se dice el enfermo y se siente solo, y se le hacen largas las horas de la noche cuando no puede conciliar el sueño.
Son soledades impuestas por un motivo o por otro y nos cuesta aceptarlo, parece que tenemos como más deseos de comunicación cuando no podemos hacerlo; y se convierte poco menos que en un martirio del que querríamos vernos liberados. En estos días he escuchado a dos personas distintas por una parte uno que decía ‘otro día más en el hospital, me siento encerrado sin poder salir’, mientras al otro le escuchaba un deseo profundo que tenia dentro de sí ‘qué ganas de hacer un retiro’. Dos formas de enfrentarse al silencio y a la soledad.
Pero hay ocasiones en que buscamos el silencio, la soledad, el aislarnos de lo que nos rodea porque quizás queremos centrarnos en algo más importante. Necesitamos en muchos momentos hacer ese silencio dentro de nosotros mismos, dejar a un lado tantos ruidos que nos aturden; buscamos nuestro yo más profundo o buscamos transcendernos, abrirnos a algo más grande y que nos lleva más allá, levantar nuestro espíritu de esas cosas que van enredando nuestros pies, para sentirnos libres de verdad. Y será en ese silencio que ya no es insufrible ni insoportable donde podemos encontrar esa libertad verdadera para nuestro espíritu.
No vale escudarnos, como a veces lo hacemos, en que no tenemos tiempo, que estamos muy ocupados, que hay muchas cosas que hacer y no encontramos ese hueco. Es cuestión de hacer una verdadera escala de valores en la vida para saber poner en su sitio aquello que realmente nos puede hacer grandes, nos puede hacer crecer de verdad. Y esos silencios, esos espacios de soledad, esos momentos de encontrarnos con nosotros mismos en verdad son una riqueza grande para nuestra vida.
Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Al comenzar Jesús su actividad en Cafarnaún parece que las cosas se desbordan. A la puerta de la casa se agolpan todos aquellos que quieren escuchar la Palabra de salvación de Jesús, todos aquellos que atormentados en su cuerpo o en su corazón quieren encontrar en Jesús la salud y la vida. Pero aquí está el detalle, nos dice el evangelista que de madrugada Jesús se fue al descampado solo para orar. Vendrán al amanecer a buscarle, pero El sabrá dar prioridad a lo que la tiene; ahora marchará por otros lugares, por otras aldeas para seguir haciendo el mismo anuncio. Pero Jesús supo encontrar ese momento de silencio, de soledad, de oración.
Ojalá aprendiéramos bien la lección. Hay el peligro de que aunque hagamos muchas cosas, tengamos todo el tiempo ocupado y ocupado en cosas buenas, al final podamos sentir un vacío interior. Como se suele decir, hay que recargar las pilas, las baterías. Tenemos que llenarnos de Dios, tenemos que saber hacer ese silencio interior para poder escuchar, sentir, disfrutar de la presencia de Dios para poder llevarlo a los demás.
Aprovechemos cualquier momento, allí donde estemos, para saber interiorizar, Aunque estemos envueltos en muchos ruidos externos, en un momento determinado cerremos todas nuestras ventanas para ir a encontrarnos con el Señor. 

viernes, 10 de noviembre de 2017

Somos habilidosos en la vida para conseguir la satisfacción de nuestros intereses materiales pero no lo somos tanto para buscar los verdaderos valores que hagan un mundo mejor


Somos habilidosos en la vida para conseguir la satisfacción de nuestros intereses materiales pero no lo somos tanto para buscar los verdaderos valores que hagan un mundo mejor

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8

Qué habilidosos somos en la vida cuando queremos conseguir algo que nos satisfaga o vaya bien a nuestros intereses. Somos capaces de darle vueltas y vueltas a las cosas hasta que encontremos ese resquicio por donde podamos entrar, ya sea porque queremos ganarnos la confianza de alguien para que nos facilite lo que deseamos, ya sea moviendo los hilos de lo que sucede para presentarlo a nuestro favor o para que podamos alcanzar aquello que deseamos.
Tenemos nuestras propias escalas de valores según nuestros intereses y hasta tenemos la tentación de saltarnos a la torera, como se suele decir, aquellos principios que en otro momento invocamos para manifestar la rectitud de nuestra vida. claro que cuando tenemos bien fundamentados nuestros principios y valores morales ya nada nos podrá mover y no andaremos con esos juegos que puedan convertirse un tanto peligrosos para nuestra propia integridad moral.
Pero así son las cosas de la vida, así vemos actuar a nuestro alrededor, y algunas veces pudiera parecer que los que queremos seguir el camino de Jesús por ese lado no andamos con tanta astucia y habilidad para luchar por lo bueno.
Los evangelios de san Lucas que venimos escuchando estos días en la liturgia creo que entre otras cosas – siempre podemos encontrar un amplio mensaje de vida en toda página del evangelio – nos están hablando de esa responsabilidad con que hemos de actuar en la vida, sabiendo que es un don de Dios, que somos unos administradores o gerentes de esa vida y esos valores que tenemos y un día hemos de rendir cuentas de lo que hemos hecho de nuestra vida. Es la actitud del autentico creyente que implica toda su vida en esa fe que profesa.
Hoy el evangelio nos habla de un administrador que ya de antemano decimos que era injusto. El amo le pedía cuentas de su administración y las cuentas parece que no iban por buen camino; se veía en la calle y sin tener donde trabajar, por eso se vale de sus artimañas para lograrse amigos con el dinero injusto para cuando se viera despedido. No es un ejemplo de rectitud y responsabilidad lo que nos propone Jesús.
Alguien quizás haciendo una lectura superficial de la parábola podría pensar que Jesús nos está proponiendo un mal ejemplo para nuestra vida en el actuar de aquel hombre. Jesús quiere solamente destacar como para nuestras cuestiones materiales o económicos somos demasiado listos, pero que en las cosas que verdaderamente importante no ponemos a juego todo nuestro ingenio. De ahí la sentencia con que termina la parábola  - ‘Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz’ – con lo que nos quiere dejar su mensaje.
Hablábamos antes de escalas de valores que hemos de tener en nuestra vida y como conforme a ello tendríamos que actuar. Lo que es verdaderamente importante es donde tendríamos que poner más empeño y por lo que tendríamos que luchar. Desde ahí tendríamos que ver qué lugar ocupa Dios en nuestra vida y lo que es el cumplimiento de su voluntad; qué lugar le damos al evangelio de Jesús como camino de nuestra verdadera salvación y si de verdad tratamos de empaparnos de sus valores; que lugar ocupa en nuestra vida todo lo que hace referencia nuestra relación con Dios y lo que son los valores espirituales; qué empeño ponemos en ser fieles de verdad en nuestro sentido cristiano de la vida sin dejarnos arrastrar por influencias que nos puedan venir de acá o de allá.
Avaloresí tendríamos que preguntarnos también qué valoración hacemos de la persona, de toda persona, y el respeto que a todos tenemos sin ningún tipo de discriminación; y tendríamos que seguir preguntándonos quizá muchas cosas en referencia a nuestro compromiso por la verdad y por la justicia, o cómo nos comprometemos de verdad por hacer que nuestro mundo sea mejor.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Busquemos ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que van dar verdadera hondura y cimiento a nuestra vida

Busquemos ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que van dar verdadera hondura y cimiento a nuestra vida

Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46

Según sea aquello que nos proponemos conseguir serán los medios que pongamos para alcanzarlo. Hemos de tener claro lo que queremos en la vida, saber a donde queremos ir, que es lo que queremos que sea nuestro sentido, la meta de nuestra vida, el mundo que queremos construir. Según eso que nos propongamos y en la medida en que lo tengamos claro serán los valores que adorne, mejor empapen y sean fundamento de nuestra vida.
Esta claro que no todos queremos lo mismo, que tenemos una concepción de la vida distinta o al menos con matices que nos diferencian unos de otros; son las maneras distintas de pensar, la ideología o filosofía que marca nuestra vida, el sentido que le hayamos querido dar, que hemos aprendido o recibido, o que hemos madurado en la interiorización de cuanto nos sucede.
Entramos en dialogo los unos con los otros, buscamos puntos de encuentro y de entendimiento, aprendemos unos de otros, queremos mejorar recogiendo también lo mejor que veamos en los demás; no siempre es fácil ese dialogo, porque tenemos la tentación de imponernos, y algunas veces nos puede faltar el respeto hacia los otros y su manera de pensar. No es que hagamos una mezcolanza, como un sincretismo donde todo nos parezca igual olvidando quizás nuestros principios, sino que siempre hay algo que podemos aprender de los demás.
Por eso es tan importante descubrir cuales son esos valores que nos ayuden a construir nuestra vida y con los que contribuimos también a la construcción de nuestro mundo. No siempre es fácil, repito, también porque recibimos muchas influencias que no son siempre tan positivas. Esa es la sabiduría de nuestra vida, que hemos de descubrir, por lo que seremos capaces de luchar, que será la base de nuestra realización personal y de esa felicidad que todos ansiamos alcanzar. Son los verdaderos cimientos del edificio de nuestra vida.
Hoy nos habla Jesús en el evangelio de dos imágenes o comparaciones, parábolas, que nos ayudan a profundizar en todo esto que estamos reflexionando. Nos habla de un tesoro escondido en el campo y que alguien encuentra y que dándose cuenta de todo su valor es capaz de despojarse de todo por obtener dicho tesoro. Lo mismo nos habla del hombre que se dedica al comercio de las joyas y que un día encuentra una de tanto valor que él la considera las mas grande e importante; será capaz de desprenderse de todas las otras joyas para poder conseguir aquella de tanto valor que ha encontrado.
¿Nos estará hablando Jesús de esos valores por los que hemos de luchar por conseguir y que van a ser fundamento de las cosas importantes que tenemos que realizar en nuestra vida? Ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que nos trasmite Jesús y que han de fundamentar nuestra vida, no como un adorno externo y pasajero sino como algo que de hondura nuestra vida. Es esa búsqueda y esa reflexión e interiorización que hemos de hacernos de cuanto nos sucede para buscar lo que de verdad vale para nuestra vida, para nuestro caminar.
Decimos que el cristiano ha de tener honda espiritualidad, porque nos llenamos de los valores del Espíritu que darán verdadera profundidad y sentido a nuestra vida. Es donde encontramos esa fuerza que necesitamos y son los materiales de la construcción de nuestro ser. Nuestro apoyo lo tenemos en el Señor y de El recibimos la fortaleza de su Espíritu que transforma nuestra vida para encontrar lo que verdaderamente es importante.

viernes, 17 de febrero de 2017

Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por el Evangelio la salvará

Frente a un mundo de ganancias, de competencias y de luchas ofrecemos una nueva escala de valores en la que pondré todo lo que soy para hacer que todos seamos mas felices

Génesis 11,1-9; Sal 32; Marcos 8,34-39
A nadie le gusta perder; todos queremos ganar. Son deseos que todos llevamos en el  corazón y nos sentimos emulados constantemente a crecer, a superarnos, y en el fondo queremos y deseamos estar en lo mas alto, tener mas, ser los mejores, no sentirnos relegados a un segundo término.
Además vivimos en un mundo de mucha competencia, pero en el sentido que le damos a la palabra de lucha, muchas veces de ir contra los demás; porque competencia puede significar que yo sea competente, que yo sea capaz, que yo desarrolle mis capacidades, mis posibilidades, pero enseguida lo volcamos en competencia como lucha y luchar luchamos demasiadas veces con los otros y somos capaces de emplear todas nuestras artimañas y estratagemas para conseguir ganar o estar en lo mas alto. Pero quizás tendríamos que preguntarnos si con este plan y sentido hacemos que nuestro mundo sea mejor y todos seamos más felices.
Pero mira por donde hoy el evangelio nos desconcierta porque nos dice que tenemos que perder la vida para ganarla. ¿Cómo entenderlo? ¿Es una simple estrategia? ¿O será acaso un descubrir una nueva escala de valores?
Estas palabras de Jesús van en consonancia con lo que ayer escuchábamos en el evangelio. Ante la pregunta de Jesús Pedro había hecho una hermosa confesión de fe, pero Jesús les quiere hacer descubrir el verdadero sentido de su vida. Es el Mesías de Dios, es el Hijo de Dios, pero El ha venido a descubrirnos el verdadero sentido del amor. Un amor que le llevará a la entrega, a la muerte incluso, porque no le aceptarán, porque le perseguirán, porque lo entregarán en manos de los gentiles, porque al final dará su vida por nosotros. Es  la prueba del amor; es la manifestación mas sublime del amor; es la grandeza y la maravilla de un Dios que nos ama y de que manera.
Pues es lo que hoy nos esta diciendo Jesús, donde hemos de encontrar el sentido de nuestra vida, cual es la verdadera escala de valores por la que hemos de regir nuestra vida. Y el que ama se entrega hasta el final; el que ama de verdad no teme perder su vida, siente por encima de todo la felicidad de amar. El que ama de verdad encontrara la plenitud de su vida precisamente entregando su amor, entregando su vida. No la pierde, la gana. No es una pura estrategia, es una nueva escala de valores, un nuevo sentido a la vida.
No son renuncias porque si, sino buscar lo mejor, y buscar lo mejor no es solo buscarlo para mi, sino buscarlo para el otro; eso me obligara quizás a olvidarme de mi mismo, pero esto ganando en plenitud, en la satisfacción del amor, en el gozo de sentir que el otro es mas feliz.
Entonces mi verdadera competencia no es luchar por defenestrar al otro, como podríamos decir y como vemos tantas veces en la vida, sino ser yo competente de la mejor manera para hacer que mis valores, mis cualidades hagan bien. Nos sentimos obligados a contribuir con lo que somos, con lo que es nuestra vida al bien de ese mundo en el que vivimos, en hacer que los otros sean más felices; puede parecer que yo pierdo porque no me busco a mi mismo el primero, pero realmente estoy alcanzando la mayor plenitud para mi vida.
Cuánto más felices seriamos todos si llegáramos a entender esta escala de valores que nos propone Jesús en el evangelio. Qué distinta seria nuestra humanidad, realmente seriamos humanidad verdadera. 

viernes, 4 de noviembre de 2016

Hagamos una verdadera escala de valores buscando lo más trascendente para nuestra vida y el lugar propio de los valores espirituales que nos elevan y dan un sentido a la existencia

Hagamos una verdadera escala de valores buscando lo más trascendente para nuestra vida y el lugar propio de los valores espirituales que nos elevan y dan un sentido a la existencia

Filipenses 3,17–4,1; Sal 121; Lucas 16,1-8

‘Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. Efectivamente qué habilidosos somos para nuestros negocios, para la búsqueda de nuestras ganancias, para conseguir aquellas cosas materiales que tan fuertemente ansiamos, para encontrar la manera de pasarlo bien, de ser felices a nuestra manera, dejándonos encandilar por tantos señuelos que se nos ofrecen en la vida.
¿Lo seremos para las cosas que son verdaderamente importantes? ¿Lo seremos para aquellas cosas que tiene una trascendencia en nuestra vida que vaya más allá del hoy y ahora en el que vivimos tan inmersos?
Claro que habría que tener una escala de valores clara y ver qué es lo que realmente nosotros consideramos importante y trascendental en la vida, porque ni en eso nos ponemos de acuerdo. Quienes viven la vida desde un puro materialismo será en esas cosas donde pondrán todo su empeño; si no le damos una trascendencia espiritual a nuestra vida y a lo que hacemos, seguro que por esos valores trascendentales no nos preocuparemos ni pondremos todos nuestros esfuerzos en su búsqueda.
Esto es algo que tendría que hacernos pensar, porque nos resulta que incluso aquellos que nos llamamos cristianos porque decimos que tenemos fe en Jesús y queremos ser sus discípulos vivimos en la vida demasiado preocupados por lo material, por lo inmediato, por nuestros placeres terrenos y perdemos de vista lo espiritual, lo trascendente que tiene que tener nuestra vida. Es un contrasentido que vivamos así, lo que nos demuestra quizá el desconocimiento que tenemos del evangelio y de lo que en verdad significa ser cristiano.
Es por eso por lo que muchas no veces no entendemos lo que la Iglesia quiere enseñarnos sobre muchos aspectos de la vida, las directrices o las normas de conducta que nos señala. ¿Pensamos realmente en la resurrección y en la vida eterna? Es un articulo de nuestra fe, pero que tenemos olvidado y que no contemplamos en nuestra manera de actuar como formando parte del sentido de nuestra vida. Y así podríamos pensar en muchas cosas.
La parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio no es que trate de alabar ni justificar la manera injusta como aquel administrador trataba los bienes que tenia a su cuidado, sino es para hacernos pensar en el valor y la importancia que nosotros le damos a las cosas verdaderamente trascendentales para nuestra vida. De ahí esa sentencia con la que concluye Jesús el relato de la parábola y que nos ha servido de punto de partida en nuestra reflexión.
Hagámonos una verdadera escala de valores buscando lo que es más trascendente para nuestra vida; busquemos el lugar propio que han de tener todos los valores espirituales porque son lo que de verdad van a elevarnos y darnos un sentido profundo a nuestra existencia. Dejémonos iluminar por la luz del evangelio.

lunes, 17 de octubre de 2016

Cuántos sueños y ambiciones nos creamos en nuestro interior al pensar que la posesión de bienes es la solución de nuestra vida

Cuántos sueños y ambiciones nos creamos en nuestro interior al pensar que la posesión de bienes es la solución de nuestra vida

Efesios 2,1-10; Sal 99; Lucas 12,13-21

‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes…’ Es la respuesta que Jesús le da a uno que viene a suplicarle para que medie en un conflicto entre hermanos sobre cuestiones de herencias. Parece una cosa tan normal. Entonces y ahora. Siguen conflictos semejantes hoy en que las familias se destrozan, los hermanos terminan poco menos que odiándose por la posesión de unos bienes materiales.
Son los conflictos humanos que nos encontramos cada día cuando los intereses que tenemos van por lo material, cuando quizá ponemos nuestra felicidad en la posesión de unos bienes o unas riquezas. Es el descalabro que se arma en la vida cuando no buscamos una verdadera escala de valores para darle a cada cosa su importancia y poner cada cosa en su sitio. Y es en lo que Jesús quiere hacernos reflexionar.
No nos dice Jesús que esos bienes materiales sean algo malo en sí; es el uso que hemos de saber darles, o es la posesión que esas cosas hayan hecho de nuestro corazón o nuestra vida. No es solo que ambicionemos poseer medios para nuestra vida y para nuestra subsistencia, no es la posesión que de ellos hagamos nosotros, sino como esas cosas hay el peligro de que lleguen a poseer nuestro corazón cuando las hagamos imprescindibles de nuestra vida de manera que parece que nada podemos hacer ni nada tiene sentido si no llenamos nuestra vida de riquezas. Terminarán esclavizándonos.
Jesús nos propone la parábola de aquel hombre trabajador, hay que reconocerlo, que un día obtiene un precioso fruto de su trabajo de manera que sus bodegas y almacenes se hacen cortos para todo lo que tiene que guardar. Las agranda todo lo que sea necesario y cuando lo tiene todo almacenado ya se cree el hombre más feliz del mundo. Ya no tendrá que trabajar más, ahora a darse la buena vida.
No sé, pero me recuerda, los sueños y las ambiciones que nos creamos en nuestra mente cuando pensamos que nos vamos a sacar la lotería o cualquiera de esos otros juegos de hacer que prometen tantos y tantos millones. Ya tendremos la vida resuelta, ya se nos acabaron los problemas para siempre, ya comenzamos a pensar solo en nosotros mismos, a como lo vamos a pasar, lo que vamos a disfrutar de la vida, si acaso le echaremos una mano a algún familiar o a algún amigo en apuros, pero que no piense que nosotros se lo vamos a resolver todo.  Como en nuestros sueños nos volvemos ambiciosos y hasta usureros. A todos se nos pueden pasar esos sueños por nuestra cabeza.
La parábola que nos propone Jesús termina de forma abrupta. Aquel hombre murió aquella noche, y todo aquello que había acumulado ¿de qué le había servido? ¿quién se iba ahora a beneficiar? ¿de qué nos vale ese amasar riquezas? No le habían servido ni para prolongar la vida ni realmente para una vida mejor; no había sido capaz de compartir con nadie porque solo había pensado en si mismo, y no había, entonces, sabido guardar los tesoros allí donde la pollilla no los corroe ni los ladrones se los pueden robar, como nos dirá Jesús en otros momentos del Evangelio. ¿Dónde había puesto su corazón? Allí donde estaba lo que él consideraba que eran sus tesoros.
Otros textos del evangelio podríamos recordar aquí, como aquel joven rico que no fue capaz de desprenderse de lo suyo para seguir a Jesús a pesar de sus deseos de alcanzar la vida eterna. O podríamos recordar también la parábola de los talentos que hay que saber hacer fructificar. ¿Lo que tenemos lo hacemos fructificar en beneficio de lo demás? Porque ese venderlo todo para darlo a los pobres podría traducirse en crear lugares de trabajo donde esos que ahora nada tienen puedan ganarse su sustento dignamente. Muchas consideraciones podríamos seguir haciéndonos y que tienen rabiosa actualidad en los momentos que vivimos en el estado de pobreza de nuestra sociedad.

miércoles, 27 de julio de 2016

Jesús es ese tesoro escondido que hemos de saber encontrar siendo capaces de darlo todo por seguir su camino

Jesús es ese tesoro escondido que hemos de saber encontrar siendo capaces de darlo todo por seguir su camino

Jeremías 15,10.16-21; Sal 58; Mateo 13,44-46
Todos tenemos prioridades en la vida. Hay cosas que consideramos muy importantes y por las que estamos dispuestos a darlo todo. Pero entre todas las cosas que consideramos buenas e importantes siempre habrá una que ocupe el primer lugar, lo que es la verdadera prioridad. Es importante tener prioridades, porque es señal de que sabemos o al menos intentamos tener claro hacia donde vamos. Por esos principios o esos valores seremos capaces de sacrificarnos, incluso, por conseguirlo. Por ello merece la pena luchar; es una meta que nos ponemos en la vida.
Podrán ser prioridades de esa meta que nos ponemos en la vida, podrán ser prioridades en nuestro trabajo o en lo que queremos conseguir en la vida, aquello en lo que nos desarrollamos como personas, serán prioridades desde el ámbito de la familia o en el entorno social en donde vivimos; pero creo que hemos de tratar de buscar, si somos verdaderamente creyentes, lo que serian esas prioridades desde nuestra, porque en el fondo eso es lo que va darnos un sentido en la vida y que le darán un tinte, un valor o un sentido a todo eso que como decíamos queremos conseguir. Es necesario tener una verdadera escala de valores.
Hoy en el evangelio escuchamos dos parábolas de Jesús, el tesoro escondido o la perla preciosa. En una y en otro caso quien los ha encontrado será capaz de vender todo lo que tiene por conseguir ese tesoro o por conseguir esa perla. Y es ahí donde hemos de preguntarnos ¿cual es ese tesoro para nosotros, cual es esa perla? ¿Tendrá que ver algo el evangelio de Jesús con ese tesoro o con esa perla?
Aquel hombre de la parábola encontró el tesoro en el campo. En eso de encontrar me hace recordar aquel momento en que Andrés después de pasar una tarde y una noche con Jesús, a la mañana siguiente se fue hasta donde su hermano Simón para decirle ‘hemos encontrado al Mesías’, y se trajo a su hermano hasta Jesús. Era su tesoro porque el que merecía dejarlo todo como un día hicieran cuando Jesús les invitó a ser pescadores de hombres, ‘dejaron las redes y la barca y lo siguieron’.
Es bueno y creo que tenemos que decir necesario que nosotros encontremos ese tesoro, nos preguntemos si en verdad nuestra fe eso significa para nosotros. ¿Será en verdad Jesús nuestro tesoro por el que somos capaces de dejarlo todo para seguir su camino, para vivir su vida? ¿Cuál es la prioridad que le damos a nuestra fe? Queden ahí esas preguntas que tenemos que hacernos con sinceridad para que descubramos bien cuál es la sinceridad y autenticidad con que queremos vivir nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús. 

martes, 6 de octubre de 2015

Despertar la sensibilidad de la acogida y la hospitalidad de corazón y saber encontrar lo verdaderamente importante en la vida

Despertar la sensibilidad de la acogida y la hospitalidad de corazón y saber encontrar lo verdaderamente importante en la vida

Jonás 3, 1-10; Sal 129; Lucas 10, 38-42

Hay ocasiones en que se nos presenta un imprevisto y parece que todo se nos vuelve un caos, nos ponemos nerviosos, nos afanamos y querer hacer mil cosas a un tiempo para resolverlo todo. Pero no es solo cuando nos suceden cosas extraordinarias, sino que nos hemos hecho un ritmo de vida tan trepidante que andamos como a la carrera, queriendo solucionar todo al mismo tiempo o queriendo abarcar más de lo que realmente podemos hacer.
Tan ajetreados andamos en la vida que tenemos el peligro de perder de vista lo que es lo principal y pudiera ser que en el apuro de sacarlo todo adelante le demos prioridad a lo que es menos importante. Nos es necesario hacer una buena escala de valores en la vida para poner las cosas en su sitio.
¿Qué es lo verdaderamente importante a lo que tendríamos que darle prioridad? Agobiados por los problemas o las necesidades materiales pudiera ser que le demos más importancia a las cosas que a las personas, por ejemplo; que le demos más importancia a lo material que a cultivar nuestro espíritu; que nos importen más las ganancias económicas que el crecimiento de la persona.
‘Entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa…se afanaba en diversos quehaceres… María, su hermana, se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra...’ Es el cuadro que nos presenta hoy el evangelio y que podría darnos mucha luz en nuestra vida.
En esta escena hay algo que destacar con fuerza y que es lo que podríamos llamar la ley de la hospitalidad, en la que los orientales son tan exquisitos. La acogida, la apertura del hogar al peregrino o al transeúnte que pasa a nuestro lado. Ser acogedores los unos con los otros, abrir nuestros oídos y nuestro corazón, ser capaces de detenernos junto al que pasa a nuestro lado, mirarle a los ojos, escucharnos para entendernos, hacer funcionar la sintonía del corazón. Qué hermoso si en la vida camináramos con estos presupuestos. Despertar la sensibilidad en nuestra vida, en nuestras actitudes y posturas, en nuestra mirada y en nuestras palabras, en nuestro corazón.
Aquel hogar de Betania que estaba al paso del camino que subiendo desde Jericó conducía a Jerusalén y que era el lugar de paso obligado para los peregrinos de Galilea que bajando por el valle del Jordán se dirigían a la ciudad santa. Cuantos serían los que se vieran acogidos con hospitalidad ofreciendo agua y descanso en aquel hogar en su subida a Jerusalén. ¿Por qué no pensar que así nacerían muchas amistades, como nacería la amistad de aquella familia con Jesús?
Pero el evangelio además de resaltarnos esta hermosa virtud de la hospitalidad quiere enseñarnos algo más. Es, podríamos decir, en referencia al tema con que iniciábamos nuestra reflexión. Pareciera que hay un conflicto de intereses y actitudes en la postura de Marta afanosa que lo quiere tener todo preparado y la postura de María sentada a los pies de Jesús escuchando. Jesús les dice que hay que saber escoger la mejor parte. Es la conclusión a la que llegábamos al principio.
Saber encontrar en la vida lo que es lo fundamental, lo que es lo más importante. Hacernos una buena escala de valores. En el sentido de fe que tiene que animar e iluminar nuestra vida es plantearnos el lugar que le damos a Dios, a la escucha de su Palabra, al culto que hemos de darle, a lo que es lo esencial en nuestra vida cristiana. Muchas cosas quizá sobre la que tendríamos que reflexionar más largamente y que quedan aquí ahora apuntadas; muchas actitudes y posturas que tendríamos que saber revisar. Es la búsqueda de ese crecimiento espiritual de nuestra persona, ese crecimiento de nuestra fe, ese compromiso de amor que tendría que centrar nuestra vida.

viernes, 7 de agosto de 2015

La auténtica ganancia en valores es cuando sabemos perder para trabajar generosamente por los demás

La auténtica ganancia en valores es cuando sabemos perder para trabajar generosamente por los demás

Deuteronomio 4,32-40; Sal 76; Mateo 16,24-28
‘¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?’ Una pregunta que hace pensar; una pregunta que hizo cambiar el rumbo de la vida a muchos, de lo que brotarían muchas vidas santas.
Siempre decimos que tenemos que hacernos una escala de valores en la vida para darle mayor importancia y valor a lo que lo tiene. Claro que cada uno se hace su escala de valores; hay cosas a las que quizá tú das menos importancia, pero por las que otros serían capaces de dar la vida. Así, por supuesto, nos encontraremos con diversas opiniones o diversas maneras de entender la vida. Pero todos deberíamos tener bien claro cuál es nuestra propia escala de valores.
Hoy nos habla Jesús de perder la vida o de ganarla. Todos queremos ganarla, por supuesto, pero Jesús nos está diciendo que hemos de ser capaces de perderla para poderla ganar. Nos podría parecer un contrasentido. ¿Cómo perdiendo vamos a ganar? Hemos de entender muy bien lo que significa para Jesús perder la vida. No es gastarla de manera inútil, como cuando perdemos el tiempo porque no lo sabemos aprovechar. Pero el tiempo lo perdemos también cuando somos capaces de no hacer cosas que nos puedan reportar ganancias materiales a nosotros - eso llamaríamos perder porque no ganamos - pero sin embargo somos capaces de gastarlo por los demás. ¿Cuál sería la verdadera pérdida y la verdadera ganancia? Y es que tendríamos que decir que en todo lo que hacemos generosa y altruistamente por los demás significa en verdad una ganancia de las más auténticas.
Jesús nos está hablando de entregarnos, de darnos por amor. Es lo que El hizo. Va delante de nosotros dándonos ejemplo. Por eso hoy nos hablará que para seguirle a El tenemos que ser capaces de tomar la cruz, ser capaces de negarnos a nosotros mismos. ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’.
Sin embargo fácilmente vamos obsesionados por la vida por alcanzar grandezas, influencias, honores, riquezas, poder. Queremos ponernos en un pedestal. Vemos en la vida cuántas luchas y cuántos esfuerzos por conseguir esos objetivos. Incluso en aquellas funciones en que se debería estar al servicio de la comunidad porque hayamos optamos por ese puesto o esa función porque tenemos una inquietud interior por hacer que nuestra sociedad, nuestro mundo sea mejor, sin embargo vemos cuántas veces solapadamente o también de manera abierta hay luchas por el poder, por las influencias de todo tipo, por las ganancias materiales.
Vemos cuanta corrupción de este tipo se nos va introduciendo en nuestra sociedad y en los que tendrían que ser nuestros dirigentes. La opción por el servicio cuesta porque es una cosa que hay que hacer de una forma desinteresada, y en nuestro corazón aparecen fácilmente las ambiciones y las vanidades de la vida. Cuánta vigilancia de si mismos han de tener los que quieren servir desinteresadamente a los demás en el servicio de la comunidad. Y es que seguimos queriendo ganarnos el mundo entero, pero, ¿en el fondo así no estaríamos arruinando nuestra propia vida?
Pensemos en lo que nos dice Jesús que nos vale para todas las situaciones de la vida.