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martes, 19 de agosto de 2025

Abramos los ojos para descubrir esas señales de Dios en nuestra vida y a pesar de nuestra pobreza a causa de nuestro desprendimiento tenemos la sabiduría de Dios

 


Abramos los ojos para descubrir esas señales de Dios en nuestra vida y a pesar de nuestra pobreza a causa de nuestro desprendimiento tenemos la sabiduría de Dios

Jueces 6,11-24ª; Salmo 84;  Mateo 19, 23-30

¿En manos de quien dejamos o ponemos lo que podríamos llamar ‘los destinos de la vida’ o la verdadera solución de los problemas que nos encontramos? Fácilmente lo dejamos en los que consideramos poderosos, los que parecen los más influyentes de la sociedad, en los que nos parecen más sabios porque son los que han estudiado, en aquellos que quizás se nos presentan en su prepotencia como los únicos que saben como resolver esos problemas de la sociedad?

Eso nos lo podemos encontrar en muchos lugares de nuestra sociedad, como algunas veces nos puede suceder también en nuestro propio ámbito eclesial. Alguna vez me he encontrado en alguna reunión parroquial donde se encuentran personas diferentes – si es que tendríamos que hablar así -, con cultura diferente, con preparación muchos quizás para emprender muchas cosas por sus estudios, por los trabajos que realizan, por el estatus que desempeñan quizás en el propio ámbito de la sociedad, pero personas que nos parecen humildes, que nos parecen incultas, que no tienen esos ‘estudios’ pero que calladamente se desempeñan en la vida; quizás a estos que nos parecen más humildes les cuesta expresar sus opiniones, dejan que sean los otros los que siempre hablen y da la impresión que tienen la última palabra, pero nos encontramos de pronto que aquella persona callada en un momento hizo una observación que cambió completamente los planteamientos que se hacían, que daba una visión nueva y verdaderamente renovadora; era el buey mudo que de repente bramó y se hizo notar y nos enseñó donde podíamos encontrar la más valiosa sabiduría.

Me he alargado en esta consideración partida de la experiencia, porque realmente es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Parte el evangelio del episodio ayer comentado del joven rico, que atado a sus riquezas no supo dar el paso adelante en lo que Jesús le ofrecía para que alcanzase la verdadera plenitud de su vida. Y yo nos dice Jesús algo que es verdadera revolucionario y desconcertante para la mentalidad que entonces tenían, y que algunas veces permanece en nosotros.

‘En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos...’ y Jesús les habla del camello que pasa más fácilmente por el ojo de la aguja que los ricos por la puerta del Reino de los cielos. Los discípulos se quedan desconcertados y se preguntan, ‘y entonces, ¿quién puede salvarse?’ Y es cuando Jesús nos pide que no nos apoyemos ni en poderes de este mundo ni en sabidurías humanas. Tenemos que buscar algo más hondo que Dios ha sembrado en nuestros corazones y que tenemos que saber descubrir. Nos está pidiendo toda nuestra confianza en Dios. ‘Dios lo puede todo’, viene a decirles.

Dios lo puede todo pero sigue confiando en el hombre, sigue queriendo contar con nosotros. No es cuestión de buscar milagros espectaculares que nos lo den todo resuelto. El milagro está en que sentimos en nosotros esa fuerza y esa sabiduría de Dios para mantenernos fieles y leales en nuestras metas, en lo que queremos alcanzar no ya solo para nosotros sino para los otros y para la sociedad que queremos mejor. Es la fuerza interior que Dios nos da para superar malos momentos de flaqueza y tentaciones, para querer siempre dar un paso más, para hacer que haya mayor humanidad en nuestras relaciones, para no perder ese optimismo que nos hace caminar con alegría a pesar de los sufrimientos o tropiezos que podamos encontrar y mantener la esperanza de que podemos hacer siempre algo mejor.

Nos exigirá desprendernos de nuestro yo, nuestro egoísmo, nuestra ambición, nuestros apoyos humanos o materiales, pero aunque parezcamos pobres porque todo lo hemos dado, sabemos que Dios no nos falla, no nos sentiremos solos, se multiplicarán en torno nuestro esos signos de la misericordia y de la bondad del Señor, porque Dios está con nosotros.

Cuando Pedro y los discípulos le preguntaban a Jesús qué les iba a tocar ellos que lo habían dejado todo, Jesús les aseguraba que no les faltará ese padre o madre, ese hermano o hermana, esa persona que a su lado va a ser un signo de la misericordia y de la presencia de Dios. Abramos los ojos para descubrir esas señales de Dios en nuestra vida.

domingo, 3 de agosto de 2025

Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

 


Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Salmo 89; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21

Qué contentos y felices nos sentimos si las cosas nos salen bien; es muy humano, es una satisfacción que nos sale del corazón, tenemos también que reconocerlo. Que podemos completar nuestro trabajo y obtener su rendimiento y beneficios, es algo que todos deseamos; que el agricultor tiene una buena cosecha de la que va a sacar también una riqueza para su vida, es algo en lo que se siente feliz porque para algo trabajo y a todos nos gusta ver sus beneficios; y así podríamos seguir haciéndonos consideraciones en plan bien y positivo, porque seguramente, y lo decimos por poner una nota distinta al cuadro que muchas veces se nos puede presentar, también hacemos partícipes de alguna manera de nuestra alegría, de nuestro triunfo a los que nos rodean.

Hasta aquí en lo que vamos describiendo como base y punto de partida de nuestra reflexión no hemos dejado traslucir la avaricia y la codicia que sin embargo muchas veces en estos asuntos materiales suele aparecer. Cuando tenemos entre manos este tema de ganancias, de frutos y de resultados sabemos que es una pendiente muy resbaladiza por la que podemos caer y nos vemos envueltos fácilmente en esa codicia de la vida, en esa avaricia para querer acumular, y a la larga ese encerrarnos en nosotros mismos para disfrutar nosotros solos de lo que tenemos.

Que esa avaricia nos puede aparecer en estos temas tan materiales como lo económico, pero que no la reducimos solamente a estos campos, porque nos puede aparecer también en muchas actitudes egoístas que nos encierran en nosotros mismos y nos hacen despreocuparnos totalmente de los demás. Vamos a ser felices nosotros y a los demás que los parta un rayo, diciendo pronto y mal.

El evangelio parte de hoy de lo que podríamos considerar una anécdota. Uno que tenía problemas con su familia a cuenta del tema de las herencias viene a pedirle a Jesús que intervenga; era propio de alguna manera de aquellos maestros de la ley entre los judíos que fueran como jueces de paz en esas reyertas que habitualmente podrían surgir en muchos individuos y en las familias. El hecho del que se nos habla no está tan lejos de muchas cosas que en ese tema surgen también entre nosotros hoy.

Pero la respuesta de Jesús parece en principio tirar balones fuera. ‘¿A qué me vienes con esas? ¿Quién me ha nombrado a mí juez en estos asuntos?’ Pero aunque parece no querer intervenir nos deja una hermosa sentencia que luego nos ampliará con la pequeña parábola que nos ofrecerá. ‘Guardaos de toda clase de codicia’, no tiene sentido estarse agobiando tanto por estos temas, viene a decirnos Jesús, que por eso no nos llegue a faltar la paz.

Pero continuará Jesús con una pequeña parábola. El terrateniente que tiene una buena cosecha, mejor de lo que se esperaba y por eso tendrá que ampliar sus bodegas y graneros; ahora piensa que ya en la vida lo tiene todo resuelto, ahora toca el vivir la vida. Cuántas veces soñamos con esas cosas, para no tener que trabajar, para no tener que estar agobiado cada día y poder dedicarse a pasarlo bien. Lo sueñan quienes han tenido un buen negocio, y que de ahora en adelante ya no quieren hacer nada; lo sueña el que llega a la jubilación, porque ahora que tiene su paga y no tiene que trabajar lo va a pasar muy bien, aunque al tercer día y ande aburrido sin saber que hacer o a qué dedicar su tiempo. Lo estamos viendo en nuestro entorno, nos puede suceder a nosotros. ¿Y qué sentido y valor le damos a la vida?

Hay un detalle en el que quiero fijarme y en el que alguien me ha hecho caer en la cuenta. ¿Os habéis dado cuenta de la soledad de este terrateniente? Ni se habla de familia, ni se habla de sus trabajadores, ni se habla de amigos y vecinos, ni se habla a aquellos con los que podría compartir estas riquezas que ha obtenido. Qué solo se encuentra en esa noche en que todo ese castillo se le viene al suelo porque le llega la hora de la muerte. ¿Quién va ahora a disfrutar de sus bienes, de los que él tampoco supo disfrutar?

Cuantas cosas nos aíslan, se convierten como en un circulo a nuestro alrededor y aunque nos creamos el centro qué solos estamos, qué vacío encontraremos entonces en nuestra vida. Busquemos y trabajamos por aquello que nos va a llenar por dentro, pero por aquello que nos va a llevar a encontrarnos con los demás, para que no sintamos ese vacío, para que no nos encontremos en esa soledad.

Solo la posesión de las cosas materiales no va a poner alegría en nuestra vida, porque además la avaricia con que vivimos nos hará andar preocupados y siempre desconfiados porque o nos lo pueden robar, o un día no lo podremos disfrutar.  ¿Serán otros los valores que en verdad tenemos que cultivar? Como termina diciéndonos Jesús seamos ricos ante Dios, porque no vayamos ante El con las manos vacías.

jueves, 20 de marzo de 2025

Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto… prestemos oído a la Palabra de Dios

 

Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto… prestemos oído a la Palabra de Dios

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

Dicen que cuando tenemos demasiados pucheros al fuego, alguno terminará por quemarse, no los podemos atender. ¿Nos pasará así en la vida? Cuando estamos atendiendo a muchas cosas será difícil por muchos malabarismos que hagamos que podamos darles a todas las cosas la misma importancia, o la importancia que cada cosa necesita. Miramos nuestras casas, miramos nuestra habitación, de cuántas cosas la hemos ido llenando, cuantas cosas vamos acumulando, y ni siquiera la limpieza o para un elemental orden podemos mantener. ¿Habrá que desprenderse de muchas cosas superfluas?

Es lo que nos sucede cuando nos rodeamos de lo material, cuando lo convertimos en el centro de nuestra vida, cuando lo importante para nosotros es ganar para acumular riquezas de las que al final ni sabremos disfrutar, porque estaremos tanto tiempo cuidándolas para no perderlas que no nos valemos de ellas para encontrar lo que verdaderamente dé satisfacción a nuestra vida.

Quien vive así no se dará cuenta de lo que tiene alrededor y que no es solo lo material y no sabrá disfrutarlo; cegado por el brillo de sus tesoros no sabrá admirarse con el resplandor de un amanecer; encerrado en sus cosas que quiere a toca costa conservar y ponerlo a buen recaudo para que no se lo roben no se dará cuenta de las personas que tiene a su alrededor, de lo bueno que puede encontrar en esas personas que le hará disfrutar de la vida, pero tampoco de la necesidades o de los problemas que puedan tener para tender una mano y prestar ayuda cuando tantas cosas tienen.

Creo que a una reflexión ha de llevarnos las parábolas que hoy Jesús nos propone en el evangelio. Habla del rico que vivía esplendorosamente pensando solo en sus fiestas y en sus orgías y no era capaz de darse cuenta, de ver al pobre que estaba a la puerta de su casa con hambre y con necesidad de lo elemental para su vida. Qué abismo más inmenso había puesto entre ambos cuando solo pensaba en si mismo para llegar a un desconocimiento de la realidad de pobreza que tenia a su puerta.

¿Iremos creando nosotros abismos así en nuestro entorno? La realidad es que nuestro mundo está lleno de abismos, ya hasta le damos diferentes nombres a esos mundos en los que habitamos desde las diferencias que hay entre unos y otros; son también los abismos de nuestras discriminaciones tan variadas en las formas en que las manifestamos, de las diferencias sociales que hace que nos desconozcamos los unos de los otros, de las prepotencias con que vamos por la vida tanto a nivel individual con nuestras vanidades como también desde esos orgullos de raza o de la región a la que pertenecemos que crean diferencias o de los diferentes grupos que componen nuestra sociedad.

Y cuando creamos un abismo no somos capaces de ver quien es el que está al otro lado. Muchas consecuencias tendríamos que sacar de todo esto. ¿Qué es lo que nos tendría que despertar? Son cosas que nos adormecen nuestro espíritu; envueltos así en las cosas materiales no somos capaces de levantarnos hacia otra trascendencia; cuando nos encerramos así en nosotros mismos perdemos la sensibilidad para una nueva sintonía espiritual; ya nada escuchamos, todo chirría en los oídos de nuestro corazón, y no nos dejamos iluminar por el evangelio.

Es curioso que aquel rico epulón que tarde se diera cuenta de sus errores, desde su abismo pide milagros y apariciones para que no les suceda lo mismo a sus hermanos que vivían también con el mismo sentido de vida.

¿Estaremos también nosotros esa cosa extraordinaria que nos despierte? Seguimos siendo dados a esas cosas y allá vamos de un lado para otro cuando oímos hablar de sucesos extraordinarios, pero no somos capaces de darnos cuenta de la maravilla de la presencia de Dios cada día en nuestra vida y desoímos su Palabra; estamos más prontos para escuchar una fábula que nos viene de acá o de allá – qué damos somos a esas místicas orientales que se nos ponen de moda – que escuchar el evangelio y la Palabra de Dios que nos trae y nos recuerda lo importante, el amor de Dios en nuestra vida.

Tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen… porque ni aunque resucite un muerto van a ser capaces de cambiar sus vidas’.

lunes, 21 de octubre de 2024

Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús, que nos ofrece un camino de liberación de todo cuanto nos pueda oprimir o esclavizar

 


Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús, que nos ofrece un camino de liberación de todo cuanto nos pueda oprimir o esclavizar

Efesios 2, 1-10; Salmo 99; Lucas 12, 13-21

Cuando se meten por medio los intereses materiales o económicos pronto todo comienza a ir mal; somos muy amigos hasta que me pides un préstamo porque estas apurado y pronto de olvidas de devolverlo; somos buena familia mientras no llega la hora de las herencias y comienzan los pleitos porque si tuviste la mejor parte, o a ti te tocó lo que yo quería y cosas así; cuando vamos interesados por la vida solo por lo material aparecen las envidias, las ambiciones que te llevan a lo que sea con tal de conseguir lo que querías, las trampas y las zancadillas, etc. etc. etc.

De situaciones así arranca el mensaje que hoy nos quiere trasmitir el evangelio. Uno que le viene a decir a Jesús que intervenga con su hermano para resolver el problema de la herencia de los padres. Es algo que se repite demasiado en la vida. Pero algo que denota en qué ponemos nuestros intereses, cuales son nuestros valores, por qué realmente luchamos y trabajamos. Vivimos ansiosos con lo material, con el dinero, con lo que tenemos o lo que ganamos, y por mucho que tengamos al final ¿en qué o con qué nos quedamos?

Nos propone Jesús una parábola para que aprendamos a liberar el corazón. Son muchos los apegos que se convierten en esclavitudes y aquello por lo que ansiamos tanto al final tampoco nos hace felices. El hombre que cogió una gran cosecha, nos propone Jesús en el evangelio. Tuvo que ampliar sus lagares y bodegas para almacenar todo lo que había conseguido con su buena cosecha. Cuando aquel hombre que ahora le parecía tener todo y ya era feliz con eso, nos dice la parábola, que aquella noche se murió. ¿De quien será todo lo que había acumulado?

Nos volvemos locos con nuestros trabajos porque siempre nos parece poco y queremos ganar más; ya no tenemos tiempo para nada, porque el afán de esas ganancias nos absorbe y ya ni amigos, ni hijos, ni familia, ni descanso, ni buen ambiente en casa y tampoco en el trabajo, ni disfrutar de las cosas que tiene, ni desarrollar aficiones que le darían relajación a su espíritu, ni contemplar el mundo en el que vive. Y al final, ¿qué? Hablamos hoy mucho de tensiones acumuladas en nuestro espíritu a causa del trabajo y del afán de tener más cosas que al final nos rompen por dentro; y nos encontramos gente que podía ser feliz si supiera disfrutar de lo que tiene pero que viven llenos de amarguras; gente que no sabe disfrutar de la vida y no sabe disfrutar con lo que hace; y se pierden los valores, y se pierde el sentido de la vida, y terminamos viviendo como máquinas que algún día se romperán, como zombis como ahora se dice; se nos rompe la vida.

‘Guardaos de toda clase de codicia’, nos dice hoy Jesús. Y hay tantas formas en que la codicia se adueña de nosotros. No son solo las cuentas que podamos tener en el banco, no son solo esos bienes que adquirimos y adquirimos simplemente por tenerlos, son esas ambiciones que nos van acopando nuestro espíritu y nos llenan de tantas ataduras. Cuántas cosas acumulamos de las que no sabemos disfrutar. Y al final lo sufrimos nosotros, pero lo van a sufrir también los que nos rodean, lo va a sufrir la familia, lo van a sufrir los hijos: al final nos vamos cayendo por una tremenda pendiente de la que no sabemos cómo salir. Perdemos el sentido más elevado de ser personas.

Jesús quiere que abramos caminos de liberación en nuestra vida. Lo que había dicho el profeta y se recordaba en la sinagoga de Nazaret, el que venía lleno del espíritu del Señor venía a liberar a los oprimidos, a los que de una manera o de otra nos sentimos esclavos aunque no queramos reconocerlo. Es la liberación que Jesús nos ofrece, que podemos vivir cuando nos dejamos empapar por los valores del evangelio.

domingo, 13 de octubre de 2024

Supliqué y me fue dada la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría, verdadera riqueza de la vida, que se verá llena de alegría y júbilo

 


Supliqué y me fue dada la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría, verdadera riqueza de la vida, que se verá llena de alegría y júbilo

Sabiduría 7, 7-11; Sal. 89; Hebreos 4, 12-13; Marcos 10, 17-30

Saber discernir en el momento oportuno la decisión que se debe tomar es un valor importante en la vida, es haber descubierto la verdadera sabiduría de la vida; algo que no siempre logramos con la facilidad deseada, algo que iremos consiguiendo desde un aprendizaje de la misma vida que nos va haciendo madurar, encontrarnos con nosotros mismos y lo que verdaderamente nos va a engrandecer; algo que vamos recibiendo, como decíamos, desde esa experiencia de la vida que también nos hace aprender de los que están a nuestro lado; algo que es lo que realmente nos da profundidad y al mismo tiempo nos eleva a una cota del espíritu por encima de lo material, por encima de otras ambiciones como el poder o la vanidad que pudieran irnos apareciendo en la vida; algo, decimos en nuestra fe, que nos acerca a Dios, nos hace participar de ese espíritu y sabiduría de Dios.

¿Buscamos o anhelamos esa sabiduría como la mejor riqueza que podamos alcanzar? Me atrevo a considerar que de alguna manera es lo que aquel joven – casi siempre al comentar este texto del evangelio pensamos en un joven, aunque podríamos decir que es quien tiene un espíritu joven a pesar de los años – estaba buscando con aquella pregunta que le hace a Jesús.

Dice el evangelista que ‘cuando Jesús salía al camino se le acercó uno corriendo, que se postró y le pregunto: ¿Qué haré para heredar la vida eterna?’ ¿Qué haré para encontrar esa sabiduría de la vida?, nos atrevemos a traducir de alguna manera. Podíamos decir que en la respuesta Jesús le está dando la pauta de esos pasos que hemos de ir dando. Sé fiel a ti mismo y a lo que son los principios fundamentales de la vida, ‘cumple los mandamientos’, le dice Jesús.

Es como vamos aprendiendo, desde esos pequeños pasos, que podríamos decir, porque los mandamientos no son otra cosa que la pauta que nos ha trazado Dios para que encontremos y le demos el mejor sentido a nuestra vida. ¿Qué nos piden sino el buscar lo que verdaderamente es importante en la vida? ¿Qué nos piden sino ese respeto y valoración de los demás a los que siempre hemos de hacer el bien y nunca el mal? Fijémonos en el sentido de cada uno de los preceptos y lo entenderemos, no viéndolo como unas prohibiciones sino como un camino que nos lleva siempre recto a lo mejor. Aquel joven había hecho ese camino, cumplía los mandamientos.

Jesús propone un paso más tratando de descubrir el verdadero valor de lo que somos y de lo que tenemos. No podemos encerrarnos en nosotros ni poner como centro de nuestra vida eso que tenemos en las manos. Es necesario romper ese circulo que nos encierra para abrir con generosidad a los demás y así nos sentiremos liberados en lo más hondo de nosotros mismos. Y nos habla Jesús de desprendimiento y de generosidad en el compartir y en el ser para los demás. Descubriremos el verdadero valor de nuestro yo y nuestra vida, como de todo lo que tenemos, estaremos encontrando esa verdadera sabiduría de la vida.

Eso es lo que verdaderamente nos hace grandes. ¿A quienes son los que nosotros en la vida más valoramos? ¿A los que se presentan ante nosotros con toda la prepotencia de sus riquezas o de su poder? Es cierto que a veces nos aparecen esas tentaciones de prepotencia y de poder en nuestro corazón, pero cuando nos sentimos mejor a gusto con alguien es con quien es sencillo y humilde, con quien es generoso y sabe acercarse con el corazón en la mano a los demás. Es el desprendimiento que nos está pidiendo Jesús. Ese es nuestro verdadero tesoro para el cielo; ahí está nuestra verdadera sabiduría.

Por eso seguirá diciendo Jesús ante el estupor de los discípulos que no siempre terminan de entenderlo bien lo difícil que le es a los ricos entrar en el reino de los cielos. Más fácil entrar un camello por el ojo de una aguja, y ya sabemos cómo tenemos que interpretarlo. Con los apegos del corazón engordando nuestra vida no se nos hará fácil el camino sino que todo van a ser a la larga obstáculos y dificultades, como el camello excesivamente cargado que no podía entrar por las puertas estrechas de la muralla de la ciudad que precisamente llamaban agujas.

Y ante el comentario que se hacen los apóstoles que ellos ya un día lo habían dejado todo para seguir a Jesús, les viene a decir que el bien que vamos haciendo siempre se multiplica sobre si mismo. Como dice, nada quedará sin recompensa. Sé generoso y despréndete de eso que tienes porque lo compartes con los demás, y nunca te va a faltar.

Esa generosidad que derrochas con tu vida un día se va a multiplicar en bendiciones sobre ti, y con esa misma generosidad vas a recibir también del amor de los demás. El bien es expansivo y contagioso, siempre nos vamos a encontrar quien contagiado de esa bondad lo va a ser igualmente contigo. Y Dios además no se deja ganar en generosidad, El que siempre es compasivo y misericordioso.

martes, 20 de agosto de 2024

Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, sino que pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados

 


Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, sino que pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30 

En la lógica de lo humano que vivimos entra el que deseemos ver el fruto del trabajo de nuestras manos y que contribuya además a una vida digna y mejor cada día; justo es que con el rendimiento del fruto de lo que hacemos podamos ir agenciándonos unos medios que de alguna manera enriquezcan nuestra vida, porque nos dan posibilidades de algo mejor para nosotros pero el poder dedicar nuestra vida sin agobios a una tarea verdaderamente humana.

No está lejos de lo que nos enseña Jesús, pues el mensaje del evangelio no lo hemos de ver solo por partes sino hacer una mirada y una escucha en todo su conjunto; ya nos dirá Jesús que hemos de darle rendimiento a los talentos que poseemos y precisamente condena a quien no supo o no quiso hacerlo, o quizás por medio escondió aquel talento; no era cuestión solo de no perderlo sino de negociarlo, incluso con sus riesgos, para obtener un beneficio mayor.

Una cosa que realmente es necesaria es saber valorar en su punto esos medios materiales y darles un uso que no está lejos de la humanidad con que hemos de vivir la vida no solo en relación a nosotros mismos sino a los demás. Nunca pueden ser un apego de corazón que nos limite o nos esclavice, que cierre nuestra mente con unas ambiciones materiales, o nos haga actuar con avaricia pensando solo en tener por tener sin en verdad disfrutarlo y colaborar también al disfrute de los demás.

Sin embargo nos puede resultar fuerte el texto del evangelio de hoy, pero que sin embargo hemos de saber leer en su conjunto. Fue después del episodio del joven rico que venía con grandes aspiraciones en su corazón, pero que sin embargo su corazón no era totalmente libre porque se sentía muy apegado a lo que poseía. Contemplamos la tristeza de quien no fue capaz de dar el paso, pero contemplamos la mirada de Jesús ante la vuelta atrás de aquel joven que por sus apegos, pudiendo llegar muy lejos, sin embargo se alejaba de Jesús.

Y es la sentencia con que se abre, por así decirlo, el pasaje de hoy del evangelio. ‘En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos’.

¿Imposible? Se preguntan los discípulos. Difícilmente, es lo que dice Jesús. Las jorobas de nuestra vida cargadas de tantas riquezas materiales de las que no queremos desprendernos, no harán nada fácil el paso por la puerta estrecha de las murallas del Reino de los cielos. Ya sabemos que los pesos muertos no nos dejarán caminar, si queremos ascender ligeros a ese monte de Dios, ligeros tenemos que ir de alforjas que siempre lo que harán es entorpecernos el camino.

Es el desprendimiento del que nos habla Jesús; es el buscar el verdadero tesoro, porque el que seremos capaces de abandonar todas las otras riquezas; es ese encontrar el tesoro escondido y hacer todo lo posible por hacernos con El. Es el descubrir esa belleza del evangelio, esa belleza del mensaje de Jesús, aunque al mismo tiempo se nos presente exigente, pero lo que quiere Jesús es que caminemos caminos de plenitud, no caminos de raquitismo.

Ante todas estas consideraciones que les va haciendo Jesús, por allá andan los discípulos más cercanos a Jesús que un día lo dejaron todo por seguirle y estar con El también con sus ambiciones y deseos normales y muy humanos. A nosotros que lo hemos dejado todo, ¿qué nos tocará? Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, será siempre mucho más lo que El nos ofrezca y nos regale. Pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados.

sábado, 11 de noviembre de 2023

Saber ser fieles y leales, buenos administradores de la vida, para saber encontrar lo que verdaderamente nos da sentido y nos engrandece dándole a cada cosa su valor

 


Saber ser fieles y leales, buenos administradores de la vida, para saber encontrar lo que verdaderamente nos da sentido y nos engrandece dándole a cada cosa su valor

Romanos 16,3-9.16.22-27; Sal 144; Lucas 16,9-15

En el mundo de locas carreras en que vivimos y también tan competitivo, que confieso me parece una exageración el que vivamos siempre en pura competencia, y que no es realmente destacar lo que es mejor sino mas bien muchas veces con qué mayor fuerza nos presentamos que nos hace entrar en espirales violentos que a nada llevan, sabemos también cómo en muchas ocasiones se pone a prueba al aspirante a una responsabilidad poniéndolo en situaciones embarazosas a ver si saber salir del atolladero. No sé si será muy leal el poner a las personas en situaciones embarazosas, pero creo que tenemos que estar entrenados, por así decirlo, para afrontar cualquier situación, no perder los estribos, ni perder lo que es el sentido que le hemos querido dar a la vida.

La vida es complicada tenemos que reconocer. En la vida nos veremos envueltos en diversidad de situaciones donde tenemos que responder desde ese sentido que querido darle a la vida. Hoy Jesús nos está hablando de alguna de esas situaciones, por así decirlo, que nos puedan dar la imagen de contradicción en nuestra vida. Jesús ha venido hablándonos en el evangelio de unos valores por los que merece la pena luchar y que son los que nos dan altura y grandeza en nuestra vida. Nos previene Jesús, con las parábolas que hemos venido escuchando, para que no nos dejemos esclavizar por lo material y no lleguemos a convertir el dinero o las riquezas lo más importante para nuestra vida, de manera que incluso vivamos a él esclavizados.

Pero la realidad es que esos medios materiales necesitamos usarlos, porque serán los medios para adquirir aquello que necesitamos, será el pago material de nuestros trabajos y desempeño de responsabilidades, y ahí por medio estará siempre el brillo del oro o el brillo de las monedas que tanto nos atrae y nos puede tentar a la avaricia y a la codicia. Ya nos previene Jesús en distintos momentos del evangelio. Y ya hemos reflexionado también cómo en ese trabajo incluso material que realicemos siempre tendremos la oportunidad de darle un sentido y convertirlo en un bien no solo para nosotros mismos sino para los demás.

Por eso Jesús nos está enseñando cómo tenemos que saber ser fieles también  en esos viles metales que nos pueden tentar a la codicia y la avaricia, como decíamos. ‘Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, nos dice Jesús, ¿Quién nos confiará cosas más importantes?' Hemos hablado muchas veces de la fidelidad en las cosas pequeñas, y es cierto, que quien no sabe ser fiel en lo poco, no lo será luego en lo mucho. Pero esa fidelidad nos tendrá que llevar a la sabia administración de lo que tenemos en nuestras manos, también en esos bienes materiales, en esas riquezas que podamos obtener como fruto de nuestros trabajos y de las que podamos también disfrutar.

Quien transita por un camino de tierra, sabe bien que sus pies se pueden llenar del polvo del camino; tendrá que saber sacudirse los pies en el momento oportuno para despojarse de ese polvo y de esa suciedad que se pueda acumular en su cuerpo. Andamos con nuestras manos metidas en ese material de la vida, porque es por el mundo por el que tenemos que transitar; peligro tenemos de que se embarren nuestros pies, de que se embarre nuestra vida, pero tenemos que saber sacudirnos para que nuestra vida no se enturbie, para que no se nos apegue el corazón, para que no nos dejemos confundir por esos brillos que al final serán solamente como oropeles.

Tenemos que saber ser fieles y leales. Tenemos que saber ser buenos administradores de la vida. Tenemos que saber encontrar lo que verdaderamente nos da sentido y nos engrandece. Tenemos que aprender a darle a cada cosa su valor. Tenemos que saber liberarnos para no caer en esas redes tan sutiles en sus apariencias de necesidad, pero que al final terminan esclavizándonos.

Algunos no lo entenderán, harán chance de nuestro sentido de vida, y de las cosas que nosotros en verdad valoramos; pero ahí tiene que manifestarse nuestra fidelidad y nuestra lealtad. Dice el evangelio que los fariseos que eran amantes del dinero estaban al acecho y se reían de las cosas que decía Jesús. Pero Jesús les hace que se miren el corazón, para encontrar lo que verdaderamente es afecto a Dios, es querido por Dios.

lunes, 21 de agosto de 2023

No son cosas que adosamos como un adorno ni las banalidades de los oropeles que nos dejan un vacío mayor, es la búsqueda de auténticos valores para sendas de plenitud

 


No son cosas que adosamos como un adorno ni las banalidades de los oropeles que nos dejan un vacío mayor, es la búsqueda de auténticos valores para sendas de plenitud

Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22

¿Qué es lo que tengo que hacer? Una pregunta muy socorrida, una pregunta muy repetida, una pregunta que nosotros mismos nos habremos hecho en alguna ocasión o más de una vez.

Es lo que se pregunta el que tiene que hacer un trabajo y no tiene claro lo que tiene que hacer; es lo que se pregunta el que quiere obtener un trabajo y se pregunta a quien tiene que acudir, qué trámites tiene que realizar, qué pasos tiene que dar; es la pregunta que nos hacemos y que de alguna manera tiene relación con el futuro de nuestra vida; es la pregunta que le hace el niño o el joven a su padre aunque sea de una forma indirecta para ver cómo llegar a ser como su padre que es el ideal de su vida; es la pregunta fundamental que nos hacemos cuando nos planteamos la vida, cuando nos planteamos una vocación, cuando nos planteamos un futuro vital para nosotros mismos donde en el fondo estamos preguntando por algo más que por cosas. Es la pregunta que le hacemos a aquella persona de nuestra confianza y que va a ser el consejero de nuestra vida.

Es importante hacerse preguntas así; son las preguntas que nos llevaran por el camino de algo mejor, de algo que nos supera y nos hace superarnos a nosotros mismos, que nos hacen descubrir toda la riqueza de la vida; son las preguntas sobre el sentido de la vida, son las preguntas de las opciones fundamentales de nuestra existencia.

Hay algo importante para responder, que nos da la pauta de nuestra existencia, que nos señala metas pero también nos hace vislumbrar el camino, que nos hace entrar por una senda de rectitud y de búsqueda de la verdad de la existencia, por la búsqueda del sentido de la vida. Son cosas que nos tienen que hacer pensar, que van a dar profundidad a nuestra existencia, donde entonces no nos podemos quedar en la superficialidad de cosas que adosamos casi como pegostes a nuestra vida, pero que son tan débiles e inútiles que un día desaparecerán. Es cierto que tenemos la tentación de lo fácil y de lo menos costoso, pero en la respuesta se nos va a trazar una senda de superación que nos exige esfuerzo, lucha interior, pero lucha también en lo externo para desterrar vanidades y cosas superficiales, y esto muchas veces no es fácil, tiene su costo.

Jesús se ha sentido sorprendido en la petición de aquel joven y está viendo en él posibilidades de cosas grandes, de una grandeza de espíritu que podría alcanzar. Se regocija Jesús en aquel muchacho. Y simplemente le dice que cumpla los mandamientos.  Ahí tiene la pauta y la senda, donde no van a ser cosas sino actitudes nuevas las que tienen que surgir el corazón del hombre.

Pero aquello muchacho en un paso más dice que eso lo ha cumplido desde su niñez. El gozo en el espíritu de Jesús se va acrecentando. Hay un paso más que puede dar, desprenderse de cuanto tiene para que ese no sea el apoyo de su vida y compartirlo todo con los pobres. De ahí aquel joven ya no pudo pasar. Era rico, en muchas cosas había puesto todo el apoyo de su vida; ahora pensaba que con dar alguna de esas cosas era suficiente, como una compraventa. Pero ese no es el camino de Jesús que va por la vía del desprendimiento. ‘Vende lo que tienes y dalo a los pobres’, le dice Jesús. Ya fue un paso imposible para él; era muy rico, dice el evangelista.

¿Queremos comprar cosas que pongamos como adornos en la vida sin llegar a comprometernos más? Por otro lado van los derroteros del evangelio. No siempre es fácil dar el paso adelante, porque tenemos muchas cosas enredadas en nuestros pies, en nuestro corazón. Tenemos que quitar redes, tenemos que quitar pesos muertos, tenemos que arrojar lejos de nosotros tantas banalidades que nos dejan en la superficie sin enterrar bien nuestras raíces allí donde pueda nacer esa planta nueva, tenemos que dejar a un lado lo que de verdad nos lleva una plenitud en la vida.

martes, 11 de julio de 2023

Dejarlo todo por seguir a Jesús es algo más que desprendernos de algunas cosas porque busquemos esa profunda espiritualidad que necesita nuestra vida


 

Dejarlo todo por seguir a Jesús es algo más que desprendernos de algunas cosas porque busquemos esa profunda espiritualidad que necesita nuestra vida

Proverbios 2, 1-9; Sal 33; Mateo 19, 27-29

‘Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’,  una pregunta que parece interesada, una pregunta hecho según los parámetros de nuestro mundo, donde lo que hacemos tiene una retribución, porque el trabajo que realizamos aunque en sí mismo sea una realización de la propia persona, sin embargo lo hacemos porque con lo que alcancemos por ese trabajo, las retribuciones que recibamos van a contribuir a nuestra propia vida para vivir dignamente. En fin de cuentas es un intercambio desde lo que nosotros ofrecemos con nuestro trabajo con lo que recibimos por lo realizado para bien nuestro y de los nuestros. Lo cual también es digno y entra en juego la justicia en nuestras mutuas relaciones.

Claro que esa pregunta tiene un contexto, cuando hoy la escuchamos en el evangelio en esta fiesta de san Benito, pero también por el momento mismo en que fue expresada y por quien fue expresada. En los momentos previos a este episodio Jesús les había estado hablando a los discípulos cómo tenían que liberarse de todo tipo de codicia, había acaecido el hecho del joven que quería alcanzar la vida eterna y quería seguir a Jesús, pero cuando Jesús le pide que tiene que despojarse de todo buscando el tesoro del cielo, lo abandona y no sigue a Jesús porque era muy rico. Y es en este contexto donde Pedro se pregunta qué es lo que van a recibir ellos que ya lo habían dejado todo por seguir a Jesús.

Nos está haciendo recapacitar Jesús sobre el desprendimiento con que hemos de vivir nuestra vida. Cuando hablamos de desprendimiento fácilmente lo relacionamos a riquezas, a posesiones, a cosas de nuestro entorno que si seguimos apegadas a ellas van a ser una rémora que nos frene el seguimiento de Jesús. Primero que nada tenemos que hacernos una escala de valores en todo eso que es nuestra vida, en esas cosas que poseemos o en esas riquezas que atesoramos. ¿Somos más felices porque estemos rodeados o apoyados en tantas cosas? No pueden ser nunca lo primero de nuestra vida, porque además serán como un imán al que apegamos el corazón; cuando nos sentimos arrastrados por un imán perdemos hasta la libertad porque será lo que nos arrastre y nos domine. No pueden ser, pues, nuestro tesoro por el que lo demos todo.

Pero, ¿son solo esos bienes materiales, esas riquezas o esas posesiones de lo único que tenemos que desprendernos? Hay ocasiones que tenemos otros apegos en el corazón que nos hacen más daño. Y tenemos que pensar en tantas rutinas de nuestra vida que nos llevan a hacer las cosas sin razón ni motivación; tantos descontroles que hay en nosotros donde no tenemos la fuerza de voluntad para superarnos, o para arrancarnos de esas cosas que se han convertido en vicios de nuestra vida; tenemos que pensar en ese amor propio y orgullo que nos domina y que nos ciega, que nos vuelve exigentes con cuanto nos rodea y hasta nos llena de violencias; tenemos que pensar en esas inseguridades que tenemos en el corazón porque no somos capaces de forjar nuestra voluntad, esas desganas con que vivimos la vida, esa falta de ilusión y de alegría que nos vuelve amargos e insufribles para los que están a nuestro lado. Así podríamos pensar en muchas cosas y cada uno sabe cual es su piedra de tropezar.

¿No tendríamos que comenzar por ahí? Es necesario que logremos esa madurez de nuestra vida, que sepamos darle profundidad a lo que vivimos y a lo que hacemos arrancándonos de tantas superficialidades que nos llenan de vanidad. Sepamos buscar esa verdadera sabiduría de nuestra vida. En verdad lo habremos dejado todo por seguir a Jesús cuando busquemos esa profunda espiritualidad que El quiere que tengamos en nuestra vida. Mucho nos hace pensar.

martes, 30 de mayo de 2023

Dios siempre nos gana en generosidad, no vayamos con miras interesadas porque la generosidad en nuestro corazón es lo que va a hacer más sublime nuestra vida

 


Dios siempre nos gana en generosidad, no vayamos con miras interesadas porque la  generosidad en nuestro corazón es lo que va a hacer más sublime nuestra vida

Eclesiástico 35, 1-12; Sal 49; Marcos 10,28-31

En generosidad Dios siempre nos gana. Pero es que además tiene otra característica maravillosa, es gratuita, es un regalo.

Tenemos el peligro y la tentación de que aun en la generosidad seamos interesados y seamos mezquinos, pongamos medidas y pongamos límites; a todo en la vida queremos ponerle una medida, un hasta aquí llego, pero vamos a ver qué es lo que obtengo a cambio, con lo que hay el peligro de que tengamos que eliminar la palabra y cambiarla por otra. ¿La convertiremos en algo así como una compraventa?

Queremos obtener algo a cambio. Y es que así nos hemos construido la vida; es cierto que son las reglas, por así decirlo, del comercio, y es la obtención de unos frutos. Es cierto que trabajamos para algo, en ese algo que caben muchas cosas, pero que está la obtención de unos beneficios – riquezas podemos llamarlas también –porque sería cómo lograríamos lo que necesitamos para nuestra propia subsistencia. Así vamos estableciendo nuestras mutuas relaciones, así valoramos lo que hacemos y valoramos el trabajo que realizamos, así lo que yo produzco se convierte en algo de utilidad para los demás; es como una cadena, y en ese intercambio también tenemos que decir salimos todos beneficiados.

Pero también tenemos que saber irnos realizando en nuestro trabajo, en aquellas cosas que hacemos, pero no desde unos beneficios materiales que obtengamos a cambio. Hay otro beneficio que nos enriquece interiormente en la satisfacción de lo que hacemos, en la iniciativa y creatividad que ponemos en nuestro trabajo que nos da satisfacciones y alegrías, que nos hace crecer en el desarrollo de nuestras capacidades, de nuestras habilidades, incluso de nuestro arte para hacer las cosas bellas. Y eso que sentimos por dentro no nos lo paga nadie por mucho que nos quieran dar a cambio, porque ahí está la riqueza y la grandeza de nuestra propia persona, de nuestra identidad.

Pero hay algo más, y es aquello que forma parte de mi vida, aquello que es producto y fruto de nuestro trabajo, aquello en lo que estoy plasmando mi yo y simplemente lo comparto, simplemente lo regalo, simplemente lo ofrezco para que también los demás lo puedan disfrutar. Es cuando aparece la generosidad de nuestro corazón, es cuando en verdad estamos expresando lo más noble que llevamos dentro que es nuestro amor. Y el amor no se vende, el amor se regala, porque el amor es donación de mi mismo.

Hay quien no entiende lo de gratuito y entonces no llegará a entender la generosidad del que da sin límites ni medidas, sin ningún tipo de interés. Andan siempre interesados, están a ver lo que consiguen, lo que como fruto de su generosidad se convierte en un beneficio para él. Lo están echando todo a perder. Y es una lástima que aquellos que por vocación trabajan para los demás en diversas funciones dentro de la comunidad, en distintos ámbitos de la sociedad, de la vida pública, de la vida social, parezca que no se mueven por beneficiar a esa sociedad para la que trabajan, a la que sirven, tendríamos que decir, sino que están buscando unos beneficios, unas ganancias, unos ascensos y al final lo convirtamos todo en una guerra de guerrillas buscando quien saca más, quien se impone con más fuerza, quien logra un mayor prestigio, y hacen turbio lo que tendría que brillar por su generosidad.

¿Seríamos capaces de convertir nuestra vida en un servicio a la sociedad en la que vivimos y de donde, aunque nos cueste reconocerlo, tanto al mismo tiempo recibimos aunque no lo busquemos? Hemos comenzado hablando de la generosidad, hablamos de altruismo, estamos hablando de amor, en el fondo está el compartir, la gratuidad con que ofrecemos lo que somos y lo que tenemos, lo que es nuestra vida. ¿Llegaremos a entenderlo?

Malo sería también que en el seno de la Iglesia viviéramos con esa mezquindad, movidos de esos intereses, en la búsqueda de unos prestigios o unos honores. Estaríamos diciendo que aun no hemos llegado a entender entonces lo que es el amor cristiano. Toda esta reflexión que me he venido haciendo surgió en mi interior desde la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre qué es lo que van a recibir ellos que lo han dejado todo por el Reino. Esa pregunta de Pedro está reflejando también aquellas ambiciones de las que aun no se habían despojado. Ya vemos en otros momentos a los discípulos discutiendo por los primeros puestos o quien va a ser principal entre ellos.

La respuesta de Jesús nos está diciendo aquello que mencionábamos al principio, Dios siempre nos gana en generosidad. No andamos con esas miras interesadas en lo que hacemos, pongamos siempre generosidad en nuestro corazón, que es lo que va a hacer más sublime nuestra vida.

domingo, 18 de septiembre de 2022

Seamos felices no porque tengamos los bolsillos rebosantes, sino porque logremos una sonrisa de felicidad de alguien que está a nuestro lado

 


Seamos felices no porque tengamos los bolsillos rebosantes, sino porque logremos una sonrisa de felicidad de alguien que está loa nuestro lado

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

¿Qué uso le damos nosotros a los bienes materiales, a las riquezas? ¿Qué prioridad tienen en nuestra vida? es lo que fundamentalmente nos está planteando hoy el evangelio. Las riquezas y los bienes materiales muchas veces nos sirven para la ostentación y para la vanidad; se convierten en cierto modo para nosotros en un signo de nuestro poder porque nos sentimos tan dueños de esos bienes materiales que nos creemos que con ello podemos comprar todo aquello que nos hace felices.

¿Qué es lo que nos hace felices en la vida? ¿Seremos en verdad felices por la posesión de aquellas cosas que al final terminarán posesionándose de nosotros y haciéndonos sus servidores y sus esclavos? Una pescadilla que se muerde el rabo y al final termina dando vueltas sobre si misma. Es la muestra de nuestro egoísmo más rabioso y esclavizante.

Esto nos tiene que hacer pensar y reflexionar sobre los valores que en verdad imperan en nuestra vida. Y es que fácilmente nos cegamos y no terminamos de comprender el verdadero valor de lo que Dios ha puesto en nuestras manos cuando nos confió su obra creadora para que nosotros hiciéramos crecer y desarrollar ese mundo que había creado. No nos quiere Dios con las manos en los bolsillos de la inoperancia; creced, multiplicaos, dominad la tierra, nos dice en el momento de la creación; por eso nos condena si enterramos el talento que ha puesto en nuestras manos, y recordamos otros pasajes del evangelio.

Pero no nos quiere Dios con las manos en los bolsillos del acaparamiento egoísta y solo para nosotros de la riqueza que generamos en ese mundo. No somos dueños sino administradores; no es la ganancia personal lo que tendría que importar, sino el bien de la humanidad al que contribuimos con nuestro trabajo y con los frutos que de él obtengamos; a aquel hombre rico que ya solo se preocupaba de darse buena vida porque sus graneros y bodegas estaban rebosantes de nada le sirvió porque la misma vida se le fue de las manos, ¿de quien iba a ser todo aquello que había acumulado?

Es el sentido por el que va hoy el evangelio que hemos escuchado. Comienza proponiéndonos una parábola que siempre nos ha costado entender; un administrador a quien se le pide cuentas de su gestión; no ha sido justa la gestión que hasta entonces había venido realizando; no nos habla de que haya generado riquezas injustas para él mismo, pero su relación con los deudores de su amo hasta entonces no había sido buena; buscando quizá encontrar comprensión y misericordia cuando fuera despedido, trata de arreglar el monto de aquellas deudas; finalmente es alabado no por su mala gestión, sino por la astucia con la que ahora ha actuado.

La clave nos la está dando las palabras con las que Jesús continúa su comentario sobre el uso que hemos de hacer de los bienes y riquezas de este mundo; unos bienes y unas riquezas nos viene a decir que pueden manchar nuestra manos y nuestro corazón cuando de forma egoísta y avariciosa los utilizamos; por eso nos dice Jesús en un lenguaje propio del momento, ‘ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’.

Ganaos amigos, nos dice, en la utilización que hagamos de esos bienes. No pensemos avariciosamente solo en nosotros mismos, no busquemos simplemente el acumular para llenar nuestros graneros, nuestras bodegas o nuestros bolsillos; pensemos que esa riqueza generada en el propio desarrollo de ese mundo que Dios ha puesto en nuestras manos no es solo para nuestro propio beneficio.

Sepamos ser buenos administradores  sabiendo ser fiel en las cosas pequeñas o en las cosas que puedan tener un valor secundario, es donde vamos a obtener la verdadera ganancia, la verdadera riqueza, lo que va a dar verdadero valor a nuestra vida, lo que nos conducirá por verdaderos caminos de plenitud y de felicidad. ¿Seremos más felices porque tengamos nuestros bolsillos bien llenos, o porque logremos una sonrisa de felicidad en alguien que está a nuestro lado?

Nos daremos cuenta de qué es lo que nos dará la más profunda libertad y nos llenará de la más honda felicidad. Por eso nos dirá finalmente que no podemos servir a dos señores… ‘no podéis servir a Dios y al dinero’.

martes, 16 de agosto de 2022

Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

 


Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-27ab. 27cd-28. 30. 35cd-36ab; Mateo 19, 23-30

Todo lo que nos encierre en nosotros mismos, nos haga pensar solo en nosotros mismos, no nos conducirá a una plenitud y a una felicidad en la vida. Muchas veces nos cegamos. Pensamos que convirtiéndonos en el centro de todo vamos a alcanzar la verdadera felicidad, pensamos que llenándonos de cosas, porque decimos que no dependemos de nada ni de nadie, no dependemos de los demás, vamos a ser más libres y más felices. Acaparamos bienes, acaparamos cosas, acaparamos orgullos, acaparamos vanidad, y lo que estamos haciendo es creando un círculo alrededor nuestro que nos aleja de todos, al final nos sentiremos vacíos y el que se siente vacío y el que se aísla de todo para vivir solo para si mismo nunca podrá sentirse feliz.

Cuando nos encerramos en nosotros mismos y nos dedicamos a acaparar que lejos estamos del Reino de Dios; no hemos comprendido el sentido de la vida, no hemos llegado a descubrir lo que verdaderamente nos hace más humanos y en consecuencia más felices.

Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio, cuando sentencia radicalmente que a los ricos les es imposible entrar en el reino de los cielos, que más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja. La imagen del camello y de la aguja ha dado mucho que hablar para buscarnos muchas explicaciones; pensemos, si queremos en la materialidad de las propias palabras, o pensemos en esa puerta estrecha que había en la muralla de la entrada a las ciudades por la que no podía pasar un camello y menos con la carga que solían llevar. Esas cargas sobre nuestras espaldas de nuestros apegos, o de las cosas y riquezas que acumulamos no nos dejan pasar a nosotros tampoco por esa puerta estrecha, por esa aguja; el camello pasaría más fácilmente que nosotros.

Cuando hablamos de riquezas, ya entendemos todo lo que se engloba en esa palabra. Sí, es cierto, son los bienes materiales, el oro o la plata, los dineros o las posesiones, pero muchas veces son otras las riquezas que acumulamos en nuestros orgullos mal curados, en nuestras envidias que tanto daño nos hacen, en la vanidad de la que queremos revestirnos, en el endiosamiento de nuestro yo que nos vuelve egoístas e insolidarios, en las ambiciones que nos ciegan, en los distanciamientos que creamos alrededor nuestro para no mezclarnos, para no contaminarnos, para que no crean que nosotros somos como todos. Y en nuestra vanidad nos creemos ricos, nos subimos a los pedestales, nos aislamos de los demás.

Son muchas las cosas de las que tenemos que liberarnos, de las que tenemos que desprendernos, que tenemos que arrancar de nosotros, y eso cuesta. Los discípulos cuando escuchaban a Jesús en estas consideraciones que hoy estamos comentando se preguntaban que entonces quién puede salvarse. Y Jesús nos da una clave, por nosotros mismos, no, pero con Dios todo es posible. Imposible para los hombres, pero no para Dios; imposible no será, entonces, para quienes queremos estar con Dios, para quienes queremos contar con Dios.

Pedro y los discípulos se siguen haciendo preguntas. Y a ellos ¿qué les va a tocar? Lo han dejado todo por seguir a Jesús; allá amarradas quedaron las lanchas del lago de Tiberíades, vacía quedó la garita del cobrador de impuestos, en casa quedaron padre y madre, esposa o hijos, ¿qué será de ellos? ¿Habría para ellos primeros puestos, lugares de honor, recompensas de lugares de privilegio? Era algo en lo que pensaban y discutían muchas veces cuando salían las ambiciones de los primeros puestos, como es algo que hoy sigue tentando a muchos cuando optan por algún servicio o función por la comunidad o por la sociedad; ya se creen, nos creemos con derechos adquiridos para recibir pagos y recompensas extraordinarias.

Cuando se han dispuesto a seguir a Jesús dejándolo todo, lo habían hecho tras lo que Jesús había dicho que había que negarse a sí mismo, que había que tomar la cruz si fuera necesario, que había que dejar padre y madre, hermano y hermana, mujer o hijos, casas o tierras para seguirle y entrar en el Reino de los cielos. Y ahora les dice que quienes han sido capaces de eso van a recibir cien veces más y en el Reino futuro, la vida eterna. Un vaso de agua dado en su nombre, nos dirá en otra ocasión, que no quedará sin recompensa.

Por eso todo lo que sea desprendimiento, vaciarnos de nuestras apetencias humanas, arrancarnos de nuestros orgullos, quitar de nosotros esas ambiciones materiales, será lo que en verdad nos va a abrir la puerta del Reino de los cielos, que es la puerta de la verdadera felicidad, que es la puerta de la mayor plenitud del hombre.

viernes, 17 de junio de 2022

Busquemos esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, verdadero tesoro con valor de eternidad

 


Busquemos esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, verdadero tesoro con valor de eternidad

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Sal 131; Mateo 6, 19-23

Hoy hablamos muchos de valores cuando estamos tratando de aquello que verdaderamente es importante para la persona, cuando pensamos en nosotros mismos y en la riqueza de la persona, o cuando quienes tienen una misión educadora dentro de la sociedad hablan de esos valores que hemos de cultivar que realmente hacen grande a la persona. Pero hemos de reconocer que la palabra puede resultar confusa; cuando les hablan de valores algunos no piensan sino en la bolsa, en lo bursátil, en esas ganancias que se pueden tener según los negocios que emprendamos, las empresas a las que nos dediquemos; no todos piensan en esos valores bursátiles, porque la verdad que es una cosa bien compleja aunque muchos se dediquen a ello, sino que otros piensan en la bolsa de su bolsillo o los dineros que tengamos acumulados en el banco.

Sé que me vas a decir que esas cosas se diferencian, y que cuando  hablamos de valores, sabemos bien de lo que estamos hablando; pero no quiero pensar en teorías, sino que nos fijemos a qué realmente nos dedicamos con todo ahínco en la vida; pensemos si es verdad o no que lo de las cuentas bancarias sí que lo tenemos bien en cuenta, que todas las cosas las valoramos en la realidad por lo económico que nos puedan costar, y como tenemos la tentación de acumular cosas, riquezas, dineros, joyas o lo que queramos decir pensando en esa riqueza material que podamos acumular, pensemos en las cuentas que nos estamos haciendo siempre o en las ganancias o beneficios que pretendemos sacarle a todo. Seamos en verdad sinceros y veamos que es lo que nos está rondando siempre por la cabeza.

Hoy Jesús quiere hacernos pensar en lo realmente tiene que ser importante en nuestra vida. Y ya nos previene para que no andemos agobiados por el dinero o por estas riquezas materiales. Hay algo más importante que tenemos que buscar, que no está en esas cosas externas y materiales que nos llevan a la vanidad y al vacío, donde todo un día de una forma o de otra se nos consumirá y nos quedaremos con las manos vacías. Como decíamos, otros tienen que ser los valores por los que nos esforcemos, que busquemos, que le den verdadero brillo y valor a nuestra vida.

Tajantemente nos dice: ‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’.

Busquemos lo que en verdad sea permanente, llenemos nuestra vida de eso que va a merecer en verdad la confianza de los demás y que será lo que hará brillar en verdad nuestra vida. Es cierto que tenemos que manejarnos en este mundo con cosas materiales en las manos, pero que no falte la rectitud y la responsabilidad también en esos asuntos. Como nos dirá en otro momento ‘quien no es de fiar en el vil dinero, tampoco en las cosas importantes será de fiar’. Es el justo valor que tenemos que darle a las cosas, es la responsabilidad con que desarrollemos lo que tengamos en nuestras manos; recordemos que nos pide que no enterremos el talento, sino que lo pongamos a generar riqueza. Pero que eso no sea la riqueza de nuestro corazón. Que más importante es esa responsabilidad, esa rectitud con la que actuamos; que más importante es el buen corazón que tengamos hacia los demás que se refleje en nuestro trato, en nuestro respeto, en la valoración que hacemos de la persona, en el bien que buscamos para todos actuando siempre en la verdad y en la justicia.

Ahí están esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, pero con lo que en verdad estamos atesorando ese tesoro en el cielo, como nos dice hoy el evangelio. Que haya verdadera luz en nuestros ojos, que haya verdadera vida en lo que hacemos, que resplandezcamos por esa rectitud y por esa responsabilidad que nos tomamos la vida, pensando no solo en nosotros mismos, sino en el bien que siempre podemos y tenemos que hacer a cuantos nos rodean.

lunes, 28 de febrero de 2022

Queremos y buscamos tener certezas y seguridades del valor de lo que hacemos o por lo que nos damos, pero para el cristiano la verdadera y única certeza es Jesús

 

Queremos y  buscamos tener certezas y seguridades del valor de lo que hacemos o por lo que nos damos, pero para el cristiano la verdadera y única certeza es Jesús

1Pedro 1, 3-9; Sal 110; Marcos 10, 17-27

Queremos y  buscamos tener certezas y seguridades. Cuando nos prometen algo, cuando nos dicen que vamos a conseguir algo, cuando nos dicen que ese camino nos lleva a alguna parte y nos señalan algo concreto, cuando nos ofrecen metas, ideales, cosas que nos pueden dar la seguridad, queremos estar seguros, que no nos engañen, que lo podamos conseguir fácil, poco menos que una operación matemática, dos y dos son cuatro, aquello que nos prometen o nos plantean que nos den seguridad.

Y algunos pretenden comprar esas seguridades, piensan que todo tendrá su precio y estamos dispuestos a pagar, y si es una cosa que nos apetece mucho pagaremos lo que sea por alcanzarlo. Pero, ¿todo se puede comprar? ¿Todo lo podemos cuantificar de esa manera? ¿A todo le podemos poner un precio material? ¿No habrá algo que se nos escapa de las manos? Algunas veces parece que esas certezas no son tan seguras. O nos damos cuenta que todo no se puede cuantificar desde lo material o lo económico. No nos valen esas medidas con las que estamos acostumbrados a cuantificar las cosas.

Parece como muy lógico y muy humano que andemos en esas búsquedas de seguridades en lo que hacemos o en lo que buscamos, porque ahí entra también nuestra capacidad de razonamiento y de decisión, pero quizás alguna vez nos sorprendemos que haya cosas o aspectos de la vida en la que no caben quizás esos planteamientos que nos pueden parecer tan razonables. Hay medidas que nos superan, o hay cosas que no alcanzamos desde esas medidas a lo humano, lo terreno o incluso al estilo económico. Y es cuando entramos en los ámbitos de la salvación, en los planteamientos que nos hace Jesús en el evangelio para que logremos lo que es verdadera riqueza para nuestra vida.

Una cosa que surge fácil en este sentido de nuestras búsquedas es el tema de la salvación. Hoy se presenta un muchacho joven, un buen muchacho y muy cumplidor, a Jesús preguntando qué es lo que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna. Por ahí andan metidas esas cuantificaciones, o esas cosas que queremos hacer a la manera de compra, por así decirlo, para alcanzar el vivir en Dios. Jesús le habla de los mandamientos, que son ese camino que nos ha trazado Dios para vivir una vida recta, y el muchacho dice que eso para él es nada, porque eso lo ha hecho siempre.

Y es cuando Jesús ofrece otros parámetros, otras medidas. ‘Una cosa te falta, pues: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme’. Aquí ya es algo más que cumplir con unas reglas o unas medidas, aquí es necesario algo que tiene que salir del corazón para tener esa capacidad de desprendimiento, para ser capaz de vaciarse de sí mismo, de desprenderse de apegos, de olvidarse de sí mismo. Y ya esto no son medidas que podamos cuantificar con un peso o con una regla. Es otra cosa, otra generosidad, otra disponibilidad, otra capacidad de amar y de amar hasta lo extremo. Es una órbita y un sentido distinto de la vida. Ahora son seguridades que nacerán de la confianza en la Palabra que nos viene de Dios.

Aquel joven no fue capaz. Se marchó triste y pesaroso porque no era eso lo que él pensaba, lo que eran sus planteamientos. Era rico, dice el evangelista. Y Jesús se le quedará mirando también como se marchaba. Ya conocemos los comentarios posteriores de Jesús que de alguna manera escandalizan a los discípulos, porque habían sido generosos para seguir a Jesús y muchas cosas habían dejado atrás, todavía en su corazón andaban con sus cuantificaciones. Algún día preguntarán qué es lo que ellos van a alcanzar que lo habían dejado todo por seguir al maestro. Ahora piensan que eso de salvarse es imposible, porque es imposible tener esas nuevas actitudes que pide Jesús. ‘Para lo hombres parecerá imposible, les dice Jesús, pero no es imposible para Dios’.

Y es que en ese tema de la salvación, de lo que es el seguimiento de Jesús no es cosa que solo hagamos por nosotros mismos; es algo que tenemos que hacer con la gracia del Señor; y es necesario dejarse conducir por esa gracia, por esa llamada del Señor, por eso sentir de verdad a Dios en su vida porque seamos capaces de desprendernos de nosotros mismos y comenzar a confiar en Dios por encima de todo. La certeza para nosotros es Jesús, nuestra única seguridad y nuestra única certeza. El es el Camino y la Verdad y la Vida.

martes, 18 de agosto de 2020

Importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, libre de apegos e idolatrías, siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás


Importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, libre de apegos e idolatrías, siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-36; Mateo 19, 23-30

El episodio que ayer escuchábamos en el evangelio, que solemos llamar del joven rico, dejó impactados a los discípulos que estaban cercanos a Jesús y había contemplado con detalle la escena. Motivaría comentarios entre ellos e interrogantes en su propio interior sobre todo con los comentarios que Jesús hace a continuación y que hoy escuchamos. Un joven bueno y cumplidor que aparecía con honradez delante de Jesús y que aún preguntaba qué más podría hacer para heredar la vida eterna y que podría haber formado parte incluso del grupo de discípulos más cercanos a Jesús, pero que sin embargo ante el planteamiento de Jesús, se queda triste y se da la vuelta volviéndose por donde había venido. Ya el evangelista subraya que era rico.

¿Había incompatibilidad entre la riqueza y el seguimiento de Jesús? ¿Hay incompatibilidad entre la posesión de las cosas y el ser cristiano? Es lo que se interrogan los discípulos cuando llegan incluso a decir que será imposible salvarse. Todos aspiramos a la posesión de unos bienes; es más necesitamos de esos bienes materiales para poder obtener lo necesario para vivir una vida digna; aun podíamos ahondar más con la Biblia y pensar que toda la riqueza del mundo, todos esos bienes materiales que Dios había creado, al crear al hombre lo pone en sus manos y le está pidiendo que desarrolle todos esos bienes, porque de alguna manera con su trabajo se convierte el hombre en un continuador de la obra de la creación de Dios.

Necesitamos de esa posesión de las cosas, que llamamos bienes materiales o que llamamos riquezas, porque en el intercambio con los demás podemos obtener todo lo necesario para nuestra vida y justo es que cada día deseemos una vida mejor, que haya menos carencias en nuestra vida y en esa posesión y desarrollo de esos bienes contribuyamos al crecimiento de nuestro mundo. Si no hubiera quien tuviera esos bienes que ha ganado honradamente con su trabajo no tendríamos quien pudiera ofrecer más trabajo a otros que no lo tienen y no se podría ayudar a mejorar sus vidas. Así diríamos es la base de toda esa actividad económica con la que se contribuye a la riqueza y al bienestar de las personas y las familias y de toda la sociedad.

¿Son malos en sí mismos esos bienes materiales que podamos poseer o esas riquezas conseguidas con nuestro trabajo? De ninguna manera, tendríamos que decir, y lo decimos también con la Biblia en la mano cuando se nos dice que al ir creando Dios todas las cosas iba viendo que todo era bueno. ¿Dónde está el mal, entonces, podríamos preguntarnos? En la forma como nosotros poseamos esas cosas o nos dejemos poseer por esas cosas. Y ahí, en ese deseo de más que todo llevamos dentro, es cuando aparece el desorden con nuestra avaricia, con nuestros deseos egoístas de acaparar, con ese endiosamiento que vamos haciendo de nosotros mismos en la medida en que nos veamos más poderosos por la posesión de esos bienes que termina por hacer que nos olvidemos de los demás, o nos olvidemos el pobre Lázaro que tengamos tendido y hambriento en nuestra misma puerta.

Por eso nos dice hoy tajantemente que le es ‘más fácil pasar a un camello por una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos’. Tomemos la aguja en el sentido que la queramos tomar, pero si pensamos en aquellas puertas estrechas que estaban en las murallas de las ciudades que por su estrechez podían impedir el paso de unos animales con sus cargas, nos daremos cuenta que cuando nos recargamos con esas riquezas nos hacemos tan pomposos que se nos hará difícil no solo acercarnos a los demás sino acercarnos también a Dios. En ese lenguaje tan lleno de hipérboles propio de los orientales nos dirá que a un camello a pesar de sus cargas le será más fácil atravesar esas estrechas puertas que a un rico entrar en el reino de los cielos.

¿Imposible alcanzar la salvación, entonces, como se preguntan los discípulos? ‘Imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo’, fue la respuesta de Jesús. Imposible para los hombres que se convierten en acaparadores y no piensan en los demás; imposible para quien se encierra en su egoísmo o se convierte en un adorar de sus riquezas a las que convierte en ídolos de su vida. Pero Dios ayuda a cambiar el corazón del hombre, su palabra nos abre nuevos caminos cuando nos pone en los caminos del amor y del compartir, con el evangelio de Jesús en la mano aprenderemos cuanto podemos hacer para mejorar la vida de los demás y hacer que nuestro mundo sea más justo siendo capaces de poner al servicio de los demás, al servicio y bien de esa sociedad en la que vivimos cuanto poseemos.

‘Vende lo que tienes y repártelo entre los pobres’, le pedía Jesús al joven rico y nos estará pidiendo a nosotros también ese desprendimiento en nuestra vida, en la posesión de esas cosas que somos capaces de ponerlas al servicio y al bien de los demás. Ese servicio y bien de los demás que se puede traducir en ese arriesgarnos para emprender cosas, tareas, obras con las que podamos contribuir a que los demás también se ganen honradamente su pan con su trabajo y así entre todos podamos ir construyendo esa sociedad más justa.

Lo importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, un corazón libre de apegos, un corazón siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás.