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sábado, 19 de julio de 2025

Necesitamos ponernos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios

 

Necesitamos ponernos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios

Éxodo, 12, 37-42; Salmo, 135; Mateo 12, 14-21

Una cosa es que nos mantengamos en nuestros principios y valores siendo fieles a nosotros mismos, siendo fieles a la responsabilidad que tenemos en la vida, y otra es que nos presentemos con tozudez tratando de imponernos, incluso con la violencia de nuestras palabras o nuestros gestos. Es difícil muchas veces, por una parte porque nos podemos sentir confundidos y tratemos de hacer arreglos y cesiones que a la larga nos alejan de lo que son nuestros valores, pero también nos sucede que la oposición que encontramos nos lleve al enfrentamiento y si nos acaloramos o nos sentimos heridos en nuestro amor propio no sabemos al final cómo vamos a reaccionar.

Necesitamos alcanzar una madurez en nuestra vida para no perder la serenidad ni la paz, para seguir dando señales de aquello en lo que creemos, de seguir mostrando ese lado bueno de nuestra vida con nuestra dulzura que al final puede atraer mucho mejor a los que nos rodean desde ese testimonio que damos con nuestra paciencia y nuestra paz. Repito que no siempre es fácil, pero diríamos que para eso tenemos que entrenarnos, prepararnos.

Es en la situación en que se encuentra Jesús en el pasaje evangélico que hoy se nos ofrece. Por algunos signos que Jesús ha realizado, señales de lo que es en verdad el Reino de Dios que está anunciando, resulta que algunos grupos ya quieren quitarlo de en medio. Pero Jesús no deja de anunciar el Reino de Dios tal como es su misión y seguirá dejándonos sus señales. Señales que se van a manifestar precisamente en esa su forma de actuar.

Como nos dice el evangelista ‘Jesús se enteró – de aquella situación que se estaba provocando – se marchó de allí y muchos lo siguieron’. Pero El siguió realizando los signos del Reino, ‘curó a todos’ nos dice el evangelista, aunque recomienda que no se haga mucha publicidad.

Y el evangelista nos recordará lo anunciado por el profeta. ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco’. Nos recuerda las palabras escuchadas en lo alto del Tabor en medio de aquella espectacular teofanía. El siervo de Yahvé, el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. El que viene no como un fuego destructor, aunque en algún momento nos diga que ha venido a traer fuego a la tierra, sino el que viene a hacer que la llama aunque sea pequeña se mantenga encendida.

Por eso como dice el profeta ‘no porfiará, no gritará, no voceará por las calles. Porque la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria’.

Seguirá mostrándose Jesús manso y humilde de corazón, seguirá repartiendo sus gestos de amor, seguirá deteniéndose al lado del ciego que no ve para abrirle los ojos, o levantando al que está postrado en la camilla para que camine y vuelva a su casa, se sentará junto al pozo donde sabe que va a venir alguien a buscar agua, o platicará sentado en el patio con las familias que le acogen, consolará a las que lloran junto a la calle de la amargura e irá despertando continuamente esperanzas en quienes parece que se sienten abandonados.

¿No es esto todo un programa para nuestra vida cristiana? ¿No es éste el mejor plan pastoral que podamos realizar para hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo? Nos volvemos con la cabeza del revés locos en nuestras búsquedas de los planes que tenemos que hacer y con nuestras programaciones tan técnicamente elaboradas de cosas espectaculares y no somos capaces de acercarnos allí donde hay un anciano solo para acompañarle, un enfermo postrado en una cama para despertarle las ganas de vivir, una persona que sufre porque se siente desorientada y que no sabe a quien acudir, o ponernos a escuchar pacientemente tantas cosas que muchas personas tienen deseos de desahogar de su corazón.

¿Cuándo nos pondremos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y toda Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios?

sábado, 19 de septiembre de 2020

No nos desanimen los momentos de desconcierto con que tropecemos en la vida, sino sigamos sembrando con esperanza la buena semilla que haga fructificar nuestro mundo

 


No nos desanimen los momentos de desconcierto con que tropecemos en la vida, sino sigamos sembrando con esperanza la buena semilla que haga fructificar nuestro mundo

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Sal 55; Lucas 8, 4-15

Hay momentos en que nos sentimos desconcertados en la vida porque quizás habíamos puesto mucha ilusión en algo que emprendíamos, una iniciativa nueva quizás trabajada con esperanza de unos frutos con los que podríamos lograr una vida mejor, pero las cosas no prosperaron, lo que esperábamos conseguir se vio mermado en sus frutos y algo así sentimos como sensación de fracaso por no haberlo logrado. Pueden ser nuestros trabajos, un negocio que emprendemos, la tarea que como padres queremos realizar con nuestros hijos que por mucho que quisimos luego no llegamos a palpar los frutos de nuestra tarea educadora, y así podíamos pensar en muchas situaciones.

Quienes queremos realizar una tarea pastoral en la Iglesia ponemos mucho empeño en la tarea que queremos realizar asumiendo unas responsabilidades y son los catequistas que trabajan con los niños o los jóvenes en la tarea de la educación en la fe, serán los que quieren animar grupos de trabajo en las parroquias, los que quieren realizar una tarea misionera en sus ambientes y forman parte de grupos apostólicos; pero puede sucedernos como antes mencionábamos que hay momentos en que nos sentimos desconcertados porque después de mucho esfuerzo parece que todo se esfumó, las personas en las que teníamos esperanza de frutos de vida cristiana de repente se vinieron abajo y abandonaron. Sentimos desencanto, sentimos desilusión, a veces nos sentimos fracasados sin en verdad no nos hemos fortalecido espiritualmente para esa tarea. ¿Qué ha sucedido para encontrar estas respuestas negativas?

Quizá, los mayores al menos eso nos parece recordar, hemos vivido en nuestra historia reciente momentos de gran fervor, de gentes que Vivian intensamente su religiosidad, donde contemplábamos quizá nuestros templos llenos de feligreses, pero de la noche a la mañana, nos parece, todo eso se ha enfriado, no hay el mismo fervor en las gentes, nuestros templos se han vaciado de feligreses. Sentimos quizá la angustia de preguntarnos qué es lo que hicimos, qué hicimos mal para tener estos resultados que ahora nos parecen tan negativos.

Escuchando la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio me han venido a la mente estos pensamientos, aunque nos pudiera parecer que no tiene relación una cosa con otra. La parábola es la del sembrador y que hoy escuchamos en el evangelio de san Lucas, estamos más habituados quizá a escuchar la misma parábola en el evangelio de san Mateo. El sembrador que sale a sembrar la simiente y lo va haciendo por todos lados.

Es así como esa buena semilla cae en tierra pero en diferentes terrenos; en todos parece que quiere brotar, pero en muchos de ellos va a encontrar dificultad no solo para germinar sino para luego poder crecer y llegar a dar fruto. La parábola nos habla del terreno duro y repisado del borde del camino, como nos hablará del terreno hecho un pedregal y sequedal, como también de los terrenos llenos de abrojos y malas hierbas; solo la semilla caída en tierra buena y preparada será la que dará fruto, pero también nos dice que no todo el fruto es el mismo porque producirá en diferentes proporciones.

Es lo que con la parábola ilumina esas situaciones de las que hemos venido hablando. Las actitudes del corazón de las personas son muy variadas; y digo las actitudes pero quizá tendríamos que decir mucho más, porque ahí están nuestras costumbres enraizadas en nuestra vida, ahí están las influencias que desde distintos lados podemos estar recibiendo, ahí están las rutinas de nuestra vida y los apegos a las cosas en la confusión de no saber qué es lo verdaderamente principal, ahí está esa tendencia a vivir un materialismo que nos lleva a querer disfrutar de lo primero que aparece delante de nosotros sin saber discernir bien porque quizás nos tomamos con mucha superficialidad la vida, ahí está ese dejarse llevar por lo primero que salga, el que no querer detenernos a pensar y reflexionar en algo hondo que pueda dar un sentido a la vida rehusando todo lo que nos pueda hacer pensar y reflexionar sobre nuestra misma vida. Son esos distintos terrenos en las que cae la semilla.

Quizá alguien podría decirnos que el sembrador tenía que haberse preocupado antes de preparar el terreno, como intenta hacer todo buen agricultor. Pero en el mensaje que quiere trasmitirnos la parábola el que llegue así la semilla a bote pronto a cualquier terreno quizás nos quiere interpelar a los que la escuchamos para que empecemos por darle importancia a esa semilla que llega a nosotros y no simplemente por azar sino que es algo con lo que Dios quiere interpelarnos a cada uno de nosotros porque de cada uno de nosotros está esperando un fruto, que no tiene que ser igual en todos, sino que cada uno responderemos desde lo que somos y desde lo que es nuestro terreno.

Hoy esta semilla está llegando a quienes queremos escucharla y recibirla. Respetemos que otros no estén interesados aunque con el deseo de que un día ellos también abran su terreno para acoger esa semilla. A ti y a mí que ahora nos está llegando esta semilla nos llega una interpelación muy profunda para que demos fruto, pero quizá también para que seamos sembradores de buena semilla en ese mundo que nos rodea, aunque algunas veces lo veamos endurecido y reseco o lleno de abrojos. No olvidemos que ahí también tenemos que sembrar la semilla, respetando la respuesta que cada uno quiera dar, pero ayudando de nuestra parte para que alguien pueda encontrarle su sentido.

domingo, 22 de abril de 2018

La misión del Buen Pastor que da su vida por sus ovejas nos abre horizontes para llegar a esos otros mundos a los que hemos de hacer también el anuncio de la Buena Nueva de Jesús


La misión del Buen Pastor que da su vida por sus ovejas nos abre horizontes para llegar a esos otros mundos a los que hemos de hacer también el anuncio de la Buena Nueva de Jesús

Hechos 4, 8-12; Sal. 117; 1Juan 3, 1-2; Juan 10, 11-18

¿Hasta dónde somos capaces de llegar en el cumplimiento de las responsabilidades que hayamos adquirido o se nos hayan confiado en la vida? Asumir una responsabilidad y más cuando media en ello también el amor algunas veces nos cuesta y parece como si quisiéramos ponerle límites o decir hasta aquí llego pero complicarme la vida más allá ya no estoy tan dispuesto. Ya decimos que no a todos se les enfrían sus responsabilidades y podríamos descubrir muchos testimonios admirables de quienes pierden para si, pero son capaces de mantener su fidelidad hasta el final.
En el cumplimiento de nuestras responsabilidades algunas veces quizá tengamos que enfrentarnos a quienes no actúan con toda ética y rectitud y que desde sus lugares de influencia quizá hasta pudieran hacernos daño con sus manipulaciones. Es difícil y cuesta, pero sí nos podemos encontrar personas que actúan con esa rectitud aunque eso les pueda traer otros perjuicios por otros lados.
Es responsabilidad, es rectitud, es fidelidad, es sentir como propio lo que tenemos en nuestras manos, aunque sea cosa que nos haya confiado alguien, es el amor a la justicia y la bondad que brillan en tantos corazones buenos también. ¿Hasta donde seremos capaces de llegar nosotros también? ¿Habremos puesto junto a esa tarea de la responsabilidad el abono del amor que la hace verdaderamente fecunda?
Hoy lo aprendemos de Jesús en el evangelio. Nos habla del pastor que cuida con responsabilidad de sus ovejas, pero donde todo además lo vemos impregnado por el amor. Es el verdadero pastor que ama a su rebaño, que lo cuida y lo protege, que le ofrece los mejores pastos, pero que también lo defiende. Es el pastor que las ama y las conoce, a cada uno le ha dado un nombre, y cada una conoce a su pastor porque así se sienten amadas, protegidas y cuidadas por él. Si acaso alguna se le extravía la busca por collados y barrancos hasta que la encuentra llenándose de alegría que comparte incluso con los demás.
No es el asalariado que se comporta de manera irresponsable, porque aunque trata de cumplir con su deber de llevar a pastar a las ovejas, cuando viene la dificultad y el peligro, huye, abandona, no protege ni cuida aun a riesgo de su propia vida. El que no es dueño de las ovejas porque no las siente como algo propio de su vida, ve venir al lobo y las abandona, dejando que el lobo haga estrago entre las ovejas.
Y Jesús nos está diciendo que ese buen pastor es El que da su vida por las ovejas, que da su vida por nosotros. Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas… Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas…’
No es necesario que digamos muchas cosas para que veamos reflejada esa imagen del Buen Pastor en Jesús. Basta que le contemplemos en el evangelio, en su cercanía con la gente, en la acogida misericordiosa a cuantos a El se acercan con sus dolencias del cuerpo o del espíritu, en su recorrer los caminos de Galilea y toda Palestina, en su saber estar al lado de los pecadores y de cuantos eran despreciados por todos, en su entrega hasta el final dando su vida por nosotros. Es la vida de Jesús, son sus gestos y son también sus palabras, es su mirada y es su mano tendida, es su corazón misericordioso siempre abierto y es ese acercarse incluso a aquel que está abandonado de todos.
Hoy es un momento para ponernos a contemplar y a considerar cuanto es el amor que el Señor nos tiene, pero también para que consideremos cómo nosotros le escuchamos y conocemos su voz. Esa voz del Buen Pastor que llega a nosotros por tantos caminos, porque nos llega a través de la Iglesia y de quienes en la Iglesia tienen una misión y un oficio pastoral, pero que nos llega también a través del hermano que camina a nuestro lado y muestra alguna preocupación por nosotros. ¿Por qué no ver ahí ese cuidado amoroso de Jesús Buen Pastor que llegue también así a nuestra vida?
Hay un pequeño detalle en el evangelio en el que también hemos de caer en la cuenta. Nos dice Jesús que hay otras ovejas, que no están quizá en nuestro rebaño, pero que también tienen que oír la voz del Pastor, recibir esa atención del Pastor que también ha de cuidar de ellas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor’.
En un sentido ecuménico habitualmente hemos querido ver ahí a quienes se han separado de la Iglesia y hemos utilizado este texto como una motivación para nuestra oración por la unidad de los cristianos. Pero creo que puede decirnos algo más. ‘Otras ovejas que no son de este redil…’ nos dice. ¿No somos una Iglesia en salida, una iglesia que no puede apagar su espíritu misionero?
En cuantos podemos pensar en este mundo en el que vivimos, por un lado unos que se han alejado de la Iglesia aun cuando se dicen todavía creyentes y cristianos; pero tantos a los que quizá ya no les diga nada la religión, ni Cristo ni la Iglesia, cuantos con otras maneras de pensar, con otras ideologías que marcan sus vidas, tantos quizás personas de buena voluntad y que hacen el bien o trabajan por la justicia y por un mundo mejor pero que no han descubierto la luz de la fe o el sentido cristiano de la vida incluso con los buenos valores por los que trabajan. Tenemos que reconocer claramente que no todo es negativo en quienes no profesan nuestra misma fe.
A tantos que miramos de lejos, porque tienen otro estilo de vida o porque desde nuestro punto de visto sus vidas se ven marcadas por muchas cosas que a nosotros no nos pueden parecer buenas. Y ¿qué hacemos ante todo eso? ¿Qué inquietud sentimos por ese mundo que nos rodea y que ya no quiere llamarse ni sentirse cristiano? Y no pienso solamente en países lejanos que llamamos de misión.
Jesús es el Buen Pastor que piensa en esas otras ovejas que no son de este redil. Pero Jesús quiere que nosotros pensemos en ellos también. Porque ahí también tenemos que hacer presente y visible al que es el Buen Pastor que entrega su vida por las ovejas, también por estas ovejas.


miércoles, 5 de octubre de 2016

En el nombre del Señor queremos realizar nuestras tareas pero también con corazón agradecido nos volvemos hacia El para darle gracias

En el nombre del Señor queremos realizar nuestras tareas pero también con corazón agradecido nos volvemos hacia El para darle gracias


En esta sociedad nuestra en que vivimos en que todo son derechos que reclamamos – está bien que respetemos los derechos y la dignidad de todos he de decir para que no me mal interpreten – pareciera, nos da la impresión, que nos creemos siempre merecedores de todo y que nada se nos puede negar. De ahí surge el peligro de que pierdan sentido las palabras gratitud y gratuidad. Como nos sentimos con derecho reclamamos pero lo que es peor no sabemos ser agradecidos, y bien sabemos que es de corazones nobles el ser agradecidos.
En estos días en las redes sociales ví una imagen en la que se decía que hay una serie de palabras que se han perdido en el uso, ‘por favor’, ‘permiso’, ‘gracias’… entre otras. Se nos han caído del uso, no sabemos ser agradecidos, parece como decíamos que todo nos lo merecemos. Tenemos que recuperar ese sentido de gratitud porque también quien nos presta un servicio o nos hace algo que nos agrada lo hace desde la gratuidad. Este seria otro tema, porque parece que todo hay que pagarlo y nada se hace por generosidad gratuita, sin ningún interés.
Y esto que nos sucede en nuestras relaciones humanas, en la relación que con la convivencia tenemos que otras personas, nos sucede también a nivel espiritual. Todos recordamos aquel pasaje del evangelio en que diez leprosos le pedían a Jesús que tuviera compasión de ellos. Jesús los mandó a siguieran los rituales usuales para reincorporarse de nuevo a la comunidad porque ya estaban curados, pero vimos como solo uno de aquellos diez fue capaz de volver hasta Jesús para reconocer que era Jesús el que en su compasión les había curado y para darle las gracias. ‘Los otros nueve ¿dónde están?’ preguntaba Jesús.
En nuestros agobios o en el devenir de nuestra vida día a día acudimos a Dios en nuestra oración pidiendo su ayuda, pero, hemos de preguntarnos, ¿cuántas veces luego nos detenemos a dar gracias a Dios por su presencia de gracia, por la ayuda que recibimos, por el favor que le habíamos pedido y nos ha concedido?
La liturgia de la Iglesia sitúa en el cinco de octubre lo que llama ‘Témporas de Petición y Acción de Gracias’. Témporas, un tiempo especial, situado en estos momentos en que en nuestras costumbres y civilización occidental reiniciamos todas nuestras actividades en total plenitud después del tiempo de descanso del verano. Es también el tiempo de la finalización de la recogida de las cosechas y el comienzo de la preparación de la tierra para una nueva siembra, para unos nuevos trabajos.
Un buen momento para hacer una parada en medio de nuestras actividades para no perder la trascendencia que ha de tener toda nuestra vida y así elevemos al cielo nuestros ojos y nuestro corazón para agradecer al Señor cuando de El recibimos, como para pedir su fuerza y la asistencia de su Espíritu Santo en las tareas que recomenzamos.
Hay un texto muy hermoso del libro del Deuteronomio en que Moisés advierte al pueblo de que cuando lleguen a establecerse en la tierra prometida y comience para ellos la prosperidad después de los siglos de destierro y los años de penurias al atravesar los desiertos no se olviden de Dios. Nos suele suceder, mientras caminamos entre agobios y problemas acudimos a Dios pidiendo su ayuda, cuando nos llegan momentos de prosperidad pronto nos olvidamos de Dios y no sabemos ser agradecidos.
También en nuestras tareas eclesiales estamos en el momento de recomenzar toda la actividad pastoral organizando, trazándonos planes, poniéndonos objetivos, reuniendo a la gente que quiere trabajar apostólicamente o con los que queremos trabajar; es el momento de invocar al Señor porque solo en su nombre queremos echar las redes, porque bien sabemos que cuando lo hacemos sin El todo se puede volver aridez y fracaso. Es la oración que por la Iglesia, por todas las tareas pastorales, por todos aquellos que generosamente ofrecen su tiempo y su vida para trabajar por los demás, para trabajar por el Reino de Dios queremos elevar al Señor con humildad y confianza. 

miércoles, 10 de febrero de 2010

El dolor y la enfermedad nos maduran en la vida y en la fe

El dolor y la enfermedad nos maduran en la vida y en la fe
JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

Al celebrar en este día a la Virgen de Lourdes, por cuánto ha significado este Santuario de la Virgen por la peregrinación de enfermos de todo el mundo hasta los pies de la Virgen, hace ya muchos años que el Papa quiso que se celebrara en este día la Jornada Mundial del Enfermo.
Nosotros queremos celebrarla en comunión con toda la Iglesia conscientes de esa misión sanadora y salvadora que la Iglesia ha recibido de Jesús. Nos basta ver cómo a Jesús acudían todos con sus dolencias, que ya no sólo físicas o en referencia a los miembros del cuerpo enfermo, sino que la salud y salvación que nos ofrece Jesús va más allá porque quiere sanarnos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Una ocasión que nos ofrece este día para valorar esta tarea pastoral que realiza la Iglesia con los enfermos pero también con todos los que rodean o están cerca de este mundo de la enfermedad y de la salud. Todos los que de una manera u otra cuidan de la salud de las personas en los distintos ámbitos y servicios, pero también de los que están cerca de este mundo para anunciar y para llevar la luz del evangelio.
El Papa con esta ocasión, como todos los años, nos ha dirigido un breve mensaje para esta Jornada del que vamos a entresacar algunos párrafos. Así nos dice: ‘Ya el concilio ecuménico Vaticano II recordaba la importante tarea de la Iglesia de ocuparse del sufrimiento humano. En la constitución dogmática Lumen gentium leemos que como "Cristo fue enviado por el Padre "para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para sanar a los de corazón destrozado" (Lc 4, 18), "a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 10); de manera semejante la Iglesia abraza con amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador, pobre y sufriente, se preocupa de aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo" (n. 8)’.
Es un motivo también esta celebración para que quienes se sienten atenazados por el dolor, la enfermedad y las múltiples discapacidades que limitan la vida de la persona se hagan, nos hagamos una reflexión sobre su valor y su sentido y así nos sintamos iluminados por el evangelio. El sufrimiento humano alcanza su sentido y plenitud de luz en el misterio de la pasión, muerte y resurrección. A este respecto nos dice: ‘En la carta apostólica Salvifici doloris, el siervo de Dios Juan Pablo II tiene palabras iluminadoras al respecto: "El sufrimiento humano —escribió— ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unido al amor (...), a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo, y de ella toma constantemente su origen. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva" (n. 18)’.
Iluminados por Jesús y su evangelio podemos encontrar, pues, un nuevo sentido y valor que nos haga madurar incluso como personas, que nos ayude a asumirlo con madurez y serenidad, que nos haga luchar por la vida y la salud con la fuerza del Señor, y lo puedo incluso convertir en una hermosa ofrenda de amor al Señor unidos a la pasión y a la cruz de Jesús. Así nos recuerda el Papa: ‘En verdad, como afirmé en la encíclica Spe salvi, "lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que sufrió con amor infinito" (n. 37)’.
Finalmente recuerda el Papa cuanto ha hecho y sigue haciendo la Iglesia. ‘Agradezco de corazón a las personas que cada día "realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren", haciendo que "el apostolado de la misericordia de Dios, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias" (Juan Pablo II, constitución apostólica Pastor bonus, art. 152)’.
Dirige su pensamiento a los sacerdotes en este Año Sacerdotal a los que llama ‘"ministros de los enfermos", signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento. Os invito, queridos presbíteros, a no escatimar esfuerzos para prestarles asistencia y consuelo. El tiempo transcurrido al lado de quien se encuentra en la prueba es fecundo en gracia para todas las demás dimensiones de la pastoral’.
Y se dirige luego directamente a los enfermos diciéndoles ‘os pido que recéis y ofrezcáis vuestros sufrimientos por los sacerdotes, para que puedan mantenerse fieles a su vocación y su ministerio sea rico en frutos espirituales, para el bien de toda la Iglesia’.
Que María, Salud de los enfermos, nos llene de las bendiciones de Dios y así alcancemos todos la gracia y la fortaleza para seguir ese camino de santidad al que el Señor nos llama cualesquiera que fuera nuestra situación.