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miércoles, 18 de febrero de 2026

Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

 


Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todos sabemos por qué estamos aquí, todos sabemos lo que hoy celebramos. Hasta nuestros calendarios lo marcan, aunque no sabemos bien por qué motivaciones. Hoy es el miércoles de ceniza, que de alguna manera ha marcado costumbres y tradiciones al menos en los pueblos con una cierta influencia o resonancia cristiana.

Los cristianos decimos que comenzamos un camino que nos lleva a la Pascua y por eso mismo es como entrenamiento y preparación para lo que luego vamos a vivir. De ahí ese carácter en cierto modo de desierto que queremos darle que luego en la Palabra de Dios de estos primeros días, el primer domingo, nos va a recordar cómo Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto. Y recordaremos, por eso está marcada incluso en el número de los días que dedicamos a la Cuaresma, el peregrinar del pueblo hebreo por el desierto también como un aprendizaje y una preparación para la llegada a la tierra prometida. Por eso hablaremos de su sentido penitencial, de purificación, de conversión.

Pero me quiero detener a pensar en el significado que ha de tener la Cuaresma para nosotros en este mundo en el que hoy vivimos en su realidad más cruda. Qué buena nueva de evangelio ha de tener para mi hoy para que no se quede en algo que hay que hacer porque así lo dispone la liturgia de la Iglesia y en el que simplemente vamos a repetir en cierta manera lo que siempre hemos hecho. Y cuando pase la cuaresma y llegue la Pascua, cuando pasen esos días pascuales, ¿en qué se va a notar en nosotros que hemos vivido con sentido pleno esta cuaresma?

Pero de eso que vivimos nosotros tenemos que ser signo para el mundo que nos rodea, y pienso en ese mundo concreto que son nuestras familias o que es esa gente con la que convivimos en el barrio, en el trabajo, en nuestra vida social, en ese camino que hacemos todos los días. Para muchos quizás ya ni les sonará la palabra o no entenderán su significado; algunos lo verán como algo que hacen los cristianos piadosos con sus ritos o sus prácticas religiosas, pero que ellos se quedan al margen; algunos quizás lo considerarán algo lúgubre desde las posibles experiencias que han tenido o la manera de ver las cosas de la Iglesia. ¿Y no tendríamos que ser signo de un verdadero sentido de cuaresma para esa gente que nos rodea? ¿Qué tendríamos que hacer?

En fin de cuentas es evangelio lo que tenemos que trasmitir, porque si no estaríamos también nosotros fuera de honda. Y no podemos vivir todo esto solamente hacia dentro, que por supuesto tiene que partir de la renovación más honda de nosotros mismos, sino también ser un signo de algo nuevo y vivo para los que nos rodean, signos del amor de Dios que quiere hacerse presente, tenemos que hacer presente también en nuestro mundo de hoy.

Es el primer signo que tenemos que mostrar; por nuestra forma de vivir, por la alegría de nuestra vida, por la esperanza que manifestamos en lo que vivimos y hacemos tenemos que hacer presente que nos sentimos amados de Dios. ¿Alguna vez le hemos dicho así clara y tajantemente a alguien que te sientes amado de Dios? La tristeza y cada de acontecimientos con que muchas veces los cristianos vamos por la vida no es precisamente eso lo que reflejan. Rescatemos la alegría de nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios. Aunque seamos muy pecadores, experimentemos fuertemente en nosotros que su misericordia no tiene fin. Y eso tenemos que reflejarlo también en nuestra cara.

Pero tenemos que decirles también a los demás que Dios los ama. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Directamente con nuestras palabras? También cuando sea necesario. Pero tenemos que mostrarnos nosotros para los demás como signos de ese amor de Dios. Y cuántos gestos podemos realizar en ese sentido.

Una de las prácticas con las que queremos expresar en la cuaresma, y siempre por supuesto, es la limosna, es el compartir con los demás. Ahí tenemos un hermoso signo que podemos realizar. Y no digo solo el dinero que podamos sacar de nuestro bolsillo – cuidado que algunas veces para la limosna buscamos la moneda más pequeña que tengamos en la cartera – sino en lo que con generosidad podemos compartir de nuestra vida con los demás, por ejemplo, tu tiempo, la compañía que puedes ofrecer a quien se siente solo, la visita a los enfermos y a los ancianos de tu entorno, la atención que prestamos a quien vemos tirado al borde del camino o en la acera pidiéndonos ayuda.

¿No podríamos programarnos nuestro tiempo cuaresmal para esas visitas, para esa atención a los que se sienten solos, para acercarnos de una forma distinta a los que vamos encontrando en nuestro camino, para tener una palabra amable de saludo con quien nos encontramos aunque no nos responda? ¿No será esa la reconciliación que Dios nos está pidiendo?

Podríamos hacer una cuaresma hermosa, y podríamos ser un buen signo del amor de Dios para los demás. Al final será de verdad pascua, que es el paso del Señor por nuestra vida y nuestro mundo.

lunes, 9 de febrero de 2026

Soy yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos hecho

 


Soy yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos hecho

1 Reyes 8, 1-7. 9-13; Salmo 131; Marcos 6, 53-56

Aquellas personas que consideramos importantes en la vida tenemos el peligro de convertirlas en personajes; sí, digo bien, personajes o bien porque los vemos en la distancia, quizás su autoridad o su prestigio los ha endiosado, se han colocado o los hemos colocado en pedestales que los ponen a distancia y los alejan de los demás mortales, y al final más que el respeto y el amor va predominar el miedo de los que estamos fuera de esos pedestales, o el dominio autoritario desde la altura y la distancia.

Son cosas que suelen suceder, aunque bien desearíamos que fuera de otra manera; si son personas importantes para mi por lo que en mi pueden influir, por el ejemplo que me pueden dar o por los servicios que me puedan prestar, nos gustaría verlos cercanos, caminando a nuestro lado, queriendo trasmitirnos algo pero sobre todo escuchándonos y abriendo su corazón a lo que es nuestra vida. Cuando encontramos personas así de cercanas a pesar de su autoridad o de la función que realicen en la vida, y no por populismo y adulación que eso se nota por mucho que se trate de disimular, nos sentimos sorprendidos pero al mismo tiempo gozosos, porque sentimos que caminan a nuestro lado y así pueden sintonizar mejor con lo que nosotros somos.

Hoy el evangelio nos habla de esa cercanía de Dios. Si en los pasajes anteriores vimos la sorpresa rayana en el miedo de los discípulos en la noche bregando en el mar en su barca cuando Jesús aparece caminando sobre el agua, ahora lo vemos con los pies bien embarrados en la tierra caminando en medio de todos aquellos que con sus sufrimientos se acercaban a El queriendo tocarle al menos la orla de su manto; y Jesús se dejaba. Allá en el lago le había dicho a los discípulos ante su temor, ‘soy yo, no temáis’, ahora nos está diciendo también ‘soy yo, acercaos a mi todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré, en mi encontraréis vuestro descanso’.

No podemos olvidar la inmensidad de la grandeza de Dios que lo llena todo con su presencia y tenemos que mostrar nuestro reconocimiento y adoración, porque solo a Dios tenemos que adorar – cuidado con los dioses que nos creamos, o cuidado que en nuestra soberbia nosotros nos endiosemos y queramos ponernos en la alturas – pero al mismo tiempo hemos de sentir la cercanía de Dios, porque el amor no lo podemos sentir nunca en la lejanía. La Encarnación es la revelación de esa cercanía de Dios que es amor, que camina con nosotros, que lo sentimos en lo más profundo de nuestro corazón, y cuya presencia hemos de ir sabiendo descubrir en la realidad de todas las cosas y sobre todo en la realidad de las personas que caminan a nuestro lado. Pero para eso es necesario entrar en la sintonía del amor, la única que de verdad nos va a hacer sentir a Dios.

Se dejaba tocar, como nos dice el evangelista, en aquel deseo de la gente de al menos poder tocar la orla de su manto. ¿No recordáis a aquella mujer de las hemorragias? Es el Jesús que nos tiende su mano, que ayudará a terminar de descolgar desde el techo a aquel paralítico que querían hacer llegar a sus pies, que como hemos recordado no hace mucho pondrá barro en los ojos del ciego para que vaya a lavarse a la piscina de Siloé, que se dejará lavar los pies por parte de aquella mujer pecadora que con su cabello pretendía secar las lagrimas que con antes se los había lavado, que dejará que los niños se sienten sobre sus rodillas en sus juegos para bendecidles y disfrutar mutuamente del cariño verdadero como es el cariño de un niño.

Podríamos seguir recordando muchos más momentos del evangelio. Es Jesús que se acerca a nosotros, a nuestra vida tal como nosotros somos, que querrá lavarnos los pies a lo que no podemos negarnos si queremos tener parte con El, como le diría a Pedro. Dejémonos, pues, tocar en lo más hondo del corazón por el amor de Dios que así se nos manifiesta en Jesús. No importa lo que seamos o lo que hayamos hecho, pues El siempre tendrá una disculpa para nosotros porque no sabíamos lo que habíamos hecho. 

Ojalá nos llenáramos de esos sentimientos de Jesús y sea como en verdad  nos acercamos a los demás y a todos acogemos sin distinción.

jueves, 22 de enero de 2026

Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

 


Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Salmo 55; Marcos 3, 7-12

Es sintomático que el texto del evangelio que hoy se nos presenta no nos habla de lo que dice o enseña Jesús, simplemente nos dice que fue y se sentó sobre el muro al borde del camino donde la gente solía reunirse; bueno he empleado la imagen del muro al borde del camino, aunque realmente el evangelista nos dice que Jesús con los discípulos fue allí a la orilla del lago; era el lugar habitual donde se reunía la gente.

En todos los pueblos hay lugares o rincones especiales donde la gente habitualmente pasa el rato, como decía antes el muro junto al camino, la esquina de la plaza, un lugar a la sombra de un árbol, o como veíamos en otros tiempos que se ha ido perdiendo sentados a las puertas de las casa, bien porque se sacará algún banco o silla de la casa, o se sentasen tranquilamente en el suelo o al borde de la acera donde la había; era el lugar de convivencia, de la charla relajada de las cosas del día, de lo que sucedía a los vecinos, en una palabra, de los problemas de la vida; surgían quejas, se despertaban esperanzas, en ocasiones se tomaban decisiones de hacer algo, o simplemente se estaba y se comentaba.

Es lo que yo he querido ver hoy en el evangelio, que Jesús está allí donde está la gente, y será allí donde acuden cuando saben que allí está Jesús; y vienen con sus penas, sus sueños, sus esperanzas y desesperanzas, con sus angustias o con la alegría de cualquier cosa que hubiera sucedido en el día. Allí con los más sencillos y los más pobres, con los que están llenos de sufrimientos y desesperanzas, con los que quizás nadie considera y eso se merecerá que más tarde lo critiquen por estar entre publicanos y pecadores, allí está Jesús.

Y esa presencia de Jesús despierta vida, crea nuevas ilusiones y esperanzas, se sienten a gusto con Jesús. Por eso no solo le traerán a los enfermos y vienen todos los que tienen algún tipo de mal, sino que comenzarán a seguirle donde quiera que vaya; pronto se van a reunir multitudes en torno a Jesús aunque esté lejos, en el descampado, y hasta lleguen a faltarle la provisiones.

Me quiero quedar ahí, en esa presencia de Jesús. Que no es poco. Esa presencia de Jesús quizás con los más olvidados y que nadie tiene en cuenta. ¿Sentiremos que Jesús quiere llegar también a nosotros de la misma manera? No vamos ahora a pensar en lo que nos dirá o nos enseñará, vamos a fijarnos en cómo quiere estar con nosotros allí donde estamos.

En nuestra casa y en nuestra familia, también con sus problemas o con las dificultades para salir adelante; allí donde hacemos la vida, donde realizamos nuestros trabajos – y pensemos cada uno en nuestro propio trabajo sea cual sea – Jesús está a nuestro lado; allí donde hacemos nuestra convivencia social, donde nos encontramos con los amigos o con los vecinos o conocidos, allí en ese camino que cada día hacemos cuando nos trasladamos por distintos motivos de un lado a otro… Allí va Jesús con nosotros, y  nos escucha como a aquella gente sentada a la orilla del lago, o como aquellos discípulos de Emaús que venían con sus tristezas y desalientos de Jerusalén; Jesús nos va saliendo al encuentro, ¿tendremos fe para descubrir su presencia? No busquemos cosas grandiosas o extraordinarias sino en ese día a día de nuestra vida.

Pero creo que a quienes creemos en Jesús este evangelio nos está diciendo algo más. ¿Sabrá descubrir ese mundo que nos rodea, esa gente que camina a nuestro lado, esta sociedad en la que vivimos, la presencia de Jesús en nuestro camino de vida? Claro que aquí tiene que estar nuestro testimonio, y el testimonio de la iglesia. Hemos de ser signos en medio de nuestro mundo de esa presencia de Jesús; somos nosotros los que tenemos que llegar a esos últimos lugares para ser esos signos vivos de la presencia de Jesús. La gente nos verá a nosotros con el testimonio que podamos ofrecerle y a través de nosotros llegarán a descubrir a Jesús.

Esto nos compromete. Esto nos obliga a hacer algo más de lo que actualmente estamos haciendo, porque no estamos siendo verdaderos misioneros de Jesús y de su evangelio. ¿Nos pondremos a pensar en qué vamos a hacer o cómo lo vamos a hacer? Pensemos que tenemos que ser presencia, ahí donde está la vida y estamos nosotros y está también la gente en la normalidad de su vivir, una presencia llena de vida, una presencia que llame, una presencia que transforme nuestro mundo.


viernes, 4 de julio de 2025

Dios se revela a los humildes y a los sencillos porque los que se creen entendidos y sabios en su orgullo ponen una coraza que se cierra a la semilla de la Palabra de Dios

 


Dios se revela a los humildes y a los sencillos porque los que se creen entendidos y sabios en su orgullo ponen una coraza que se cierra a la semilla de la Palabra de Dios

Génesis 23,1-4.19; 24, 1-8.62-67; Salmo 105; Mateo 9,9-13

Cuando queremos emprender una obra que consideramos importante además de pensarnos bien lo que queremos proyectar y saber si podemos llevarla a cabo, buscaremos los mejores asesores que nos ayuden a elaborar el plan y llevarlo adelante, pero también aquellos mejores colaboradores a los que entregaremos la realización del proyecto. Eso lo hacemos normalmente procurando también los mejores medios, pero también las mejores y más capaces personas que nos lo ayuden a realizar. Muchos ejemplos podríamos poner, en el proyecto de un negocio, por ejemplo, en la construcción de una casa, o en cualquier obra de envergadura.

Tendríamos que decir también que es lo que tenemos que hacer en nuestro propio proyecto de vida como persona, para el desarrollo de nuestros valores y nuestra personalidad, para encontrar ese lugar en nuestro mundo, para seguir esa podemos llamar también vocación de la persona que de alguna manera ha de desarrollarse en la vida. ¿Estaremos buscando los mejores asesores, los mejores medios, la mejor preparación nuestra personal para realizar ese nuestro personal proyecto de vida? Esto ya tendría que darnos mucho que pensar, que revisar, que plantearnos con seriedad, porque quizás muchas veces no es precisamente a lo que damos más valor; y la persona tiene mucho más valor que cualquier obra por importante que sea que vayamos a realizar en la vida. Está bien que nos planteemos todo eso y actuemos, es cierto, con esa responsabilidad en la vida.

Me estoy planteando todo esto que en si mismo tiene mucha importancia y siempre que nos enfrentamos a páginas del evangelio todo eso personal de nuestra vida hemos de mirarlo y de tenerlo en cuenta; pero lo estoy haciendo también en el contexto de lo que hoy en esta página se nos presenta.

En primer lugar está la invitación a Mateo por parte de Jesús para seguirle. Dios siempre tiene grandes proyectos para nosotros. Pero vamos a fijarnos en unos detalles; Jesús está en el momento en que va formando en torno a si a ese grupo, al que un día llamará de manera especial para hacerlos apóstoles, y le vemos que va llamando a distintas personas unas que se acercan a El y otras que Jesús mismo va a buscar. Es grande el proyecto del Reino de Dios que Jesús tiene entre manos, pero los que ha ido llamando no se destacan por especiales cosas, muchos de ellos unos simples pescadores del lago de Tiberíades. Pero hoy vemos que se fija en alguien distinto, un cobrador de impuestos, un hombre dedicado a los negocios, aunque los publicanos tuvieran tan mala fama entre los judíos, que podíamos pensar que Jesús lo escoge porque acostumbrado a ese tipo de vida quizás podría ser un buen estratega para toda esa tarea que Jesús tiene por delante.

Pero no son esos los planes de Dios, simplemente es el Dios que quiere que todo nombre se salve, porque para todos sin distinción es la salvación. Pero hemos visto que Jesús se ha ido rodeando de gente sencilla, pero entre ellos a los que son menos considerados en aquella sociedad, como son los pecadores. Ahora vemos el juicio que están haciendo sobre ese actuar de Jesús los que se consideraban los más justos y cumplidores. Se quejan y critican que Jesús se rodee de publicanos y pecadores; eso era ya también un juicio sobre aquella elección de Mateo por parte de Jesús.

Qué difícil es entender los caminos de Dios, cuando ponemos nuestros caminos o nuestros criterios por delante. Es lo que le estaba sucediendo a aquellos escribas y fariseos, no podían entender los caminos de Dios y que los caminos de Dios se manifestarán precisamente en ese actuar de Jesús.

Pero ¿qué es lo que Dios quiere? ¿Cuáles van a ser los parámetros de ese Reino de Dios anunciado por Jesús? No va a ser al estilo de los poderosos de este mundo, no va a realizarse el Reino de Dios desde la prepotencia y el orgullo, desde las vanidades y las apariencias. Solo quienes tienen un corazón humilde serán los que podrán entender lo que Jesús quiere para nosotros. Los que se sienten pecadores, los que tienen la humildad de reconocer que son pecadores serán los que como los que se sienten enfermos van a acudir al médico para que los cure. Dios se revela a los humildes y a los sencillos y se oculta a los que se creen entendidos y sabios porque su orgullo es como una coraza que se han puesto  por la que no puede penetrar la semilla de la Palabra de Dios.

El médico ha venido para curar a los enfermos; por eso llama hoy también a Mateo, como un día quiso hospedarse en la casa de Zaqueo, como ahora aceptar comer en casa de Mateo rodeado de publicanos y pecadores. Porque, ¿qué es lo que quiere Dios? ‘Misericordia quiero y no sacrificios’.

¿Cuáles son los criterios que nosotros tenemos para tener en consideración a los que están a nuestro lado? Porque aquí también tendríamos mucho que revisar.

 

lunes, 10 de marzo de 2025

Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

 

Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

Cuantas veces, en un momento de fervor quizás, habremos dicho cosas así, si yo hubiera estado en aquellos tiempos – cualquier episodio que nos cuente el evangelio – hubiera actuado de otra manera y no habría sido tan duro de entendederas como vemos tantas veces a los apóstoles, o pensamos también, si ahora lo viéramos caminar entre nosotros y hablarnos le seguiría sin más como nadie lo ha hecho.

Nos olvidamos de una cosa, del evangelio de hoy. ‘¿Cuándo te vimos enfermo y no te atendimos? ¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer? O ¿cuándo te vimos desnudo y te vestimos?’ Eran las preguntas que le hacían a Jesús tanto los de la derecha como los de la izquierda ante lo que Jesús les estaba diciendo en el juicio final. ‘Cuando lo hicisteis… cuando no lo hicisteis con uno de estos hermanos pequeños… a mi no me lo hicisteis… conmigo lo hicisteis…’

Es claro Jesús en el evangelio. No nos va a preguntar Jesús si robamos o matamos a alguien, nos va a preguntar por lo que hicimos en positivo o por lo que dejamos de hacer, aunque no le hayamos robado, aunque no los hayamos matado. No significa que eso no lo tengamos en cuenta. No podemos olvidar a ninguno de los mandamientos, porque Jesús no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y recordamos cuando aquel joven le pregunta qué ha de hacer para heredar la vida eterna, lo primero que le responde Jesús es que cumpla los mandamientos. Luego será cuando Jesús pida dar un paso más para compartir lo que somos, para despojarnos de lo que tenemos porque el tesoro mejor guardado es lo que hagamos con los demás.

Y lo que hacemos a los demás es como si se lo hiciéramos a Jesús. Se identifica con el pobre y con el hambriento, con el que está solo en su soledad o vive triste y sin consuelo en la vida, con el que se siente abandonado por todos o es discriminado por su condición o por las circunstancias que condicionen su vida. ‘A mi me lo hicisteis’, nos dirá Jesús.

Por eso nuestro amor no es un amor cualquiera. No es amar solamente a los que me aman, ser amigo solo de los que son amigos y a lo más amigos de mis amigos, como tantas veces decimos; no es saludar solo a los que me saludan, sino ir por la vida con mi semblante sonriente para regalar mi saludo a todo el que encuentro a mi paso, no es ayudar solo a los que un día me echaron una mano, sino también sentar a mi mesa a aquel que no podrá corresponderme invitándome también, no es solo preocuparme de los que están más cercanos a mi y quizás me manifiestan sus problemas, sino tender mi mirada más allá para detectar allí donde hay una necesidad o está alguien esperando entrar a la piscina sin que nadie le ayude.

Es lo que vemos hacer a Jesús en el evangelio. Lavará Jesús los pies a los discípulos siendo el maestro y el Señor para que nosotros también lo hagamos; perdonará a los que están clavándolo a la madera, pidiendo incluso disculpas por ellos porque no saben lo que hacen. Aunque eso algunas veces nos sea pesado como una cruz que tengamos que cargar, pero cuando las cosas se hacen desde el amor no hay peso que se nos resista, no hay nada que tengamos que dejar de hacer.

Por eso, dejémonos envolver por el amor, un amor como el de Jesús, para que podamos amar como El ama; y su amor es incondicional, su amor es generoso y universal, su amor no tiene límites porque ya nos dirá que el amor más grande es dar la vida por aquellos a los que ama. El lo hizo ¿seremos capaces nosotros de hacerlo?

jueves, 23 de enero de 2025

Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros

 


Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros

Hebreos 7,25–8,6; Salmo 39; Marcos 3,7-12

Confieso que a mí no me gusta meterme en aglomeraciones de personas donde te sientes estrujado por todas partes, parece que no puedes dar un paso sin tropezarte con alguien que no siempre conoces, donde parece que te asfixias en medio de tanta gente, pero algunas veces no queda más remedio si acaso tenemos que atravesar esa multitud para llegar a nuestro destino y no tenemos otro camino, o bien porque nos sintamos convocados a participar en alguna actividad social o de índole religiosa, sean las actividades de las fiestas populares  desde la expresión de nuestra religiosidad.

Podríamos pensar que nos sentimos anónimos en medio de la multitud, pero en un sentido más positivo que no solo somos número sino que es el apoyo de mi presencia, porque allí estoy con lo que es mi vida, con mis realidades y también carencias o con mis sueños, con mis luchas y con mis esperanzas, que no me puede hacer sentirme de forma anónima.

Hoy nos habla el evangelista de las multitudes que se aglomeraban en torno a Jesús. Incluso pone en labios de Jesús la petición de que tuvieran preparada una barca, no como un camino de huida ante la multitud, sino como un refugio para no sentirse estrujado por tanta gente. Nos detalla el evangelista que no era solo una muchedumbre venida de toda Galilea, sino que también de otras regiones y lugares habían venido hasta Jesús, ‘mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón’.

Venían a escuchar a Jesús, pero venían con lo que eran sus vidas envueltas en la pobreza y los sufrimientos, venían con esas esperanzas que parecían marchitarse pero con la presencia y la palabra de aquel profeta de Galilea renacían esperando la llegada de un Mesías liberador; venían con sus enfermos, con el dolor pero también con el mal que anidaba en sus vidas y del que querían liberarse. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.

Como escucharemos en otros momentos reconocerán que nadie ha hablado como El, que un gran profeta ha aparecido en medio de su pueblo, algunos le llamarán el Hijo de Dios, aunque para Jesús no es el momento de esas manifestaciones y confesiones de fe. Está comenzando a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios y lo que Jesús quiere es que desde lo más hondo los corazones se vayan transformando. Los fogonazos instantáneos de fervor pronto pueden acabarse y quedarse en nada aquella luz. Pero cuando los espíritus inmundos lo reconocían postrándose ante él, ‘Jesús les prohibía severamente que lo diesen a conocer’.

¿Cómo venimos nosotros hasta Jesús? ¿Nos quedaremos en ser parte de una masa anónima o seremos capaces de ponernos ante Jesús como somos y con lo que somos? Es algo que tenemos que cuidar mucho para que nuestros actos no se queden en algo formal y ritual.

Piensa, por ejemplo, cuando vas a la Iglesia casa semana para la celebración dominical de la Eucaristía ¿allí estas poniendo lo que es realmente tu vida, con sus cosas negativas y con sus cosas positivas, con tus sufrimientos y carencias, con tus sueños y tus esperanzas, con lo que son tus relaciones con los demás o con lo que es tu trabajo y tu vida de familia, con tus necesidades de índole material pero también en lo que tiene que ser la vida de tu espíritu? No podemos hacer como dos partes estancas y totalmente separadas lo que es mi vida de cada día y lo que estoy viviendo cuando voy a una celebración.

Es que Jesús quiere llegar ahí, a lo que es tu vida concreta que vives cada día que no siempre es fácil; quiere ser esa luz de esperanza que te haga caminar y te levante los ánimos; quiere ser ese viático para nuestro camino porque es donde nos apoyamos y de donde recibimos la fuerza que necesitamos. Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros.

miércoles, 15 de enero de 2025

Seamos esa iglesia pobre y humilde que tiene solo a Jesús como su centro y sabe irse al silencio del descampado para anunciar también a los otros el Reino

 


Seamos esa iglesia pobre y humilde que tiene solo a Jesús como su centro y sabe irse al silencio del descampado para  anunciar también a los otros el Reino

Hebreos 2,14-18; Salmo 104; Marcos 1,29-39

Cómo con facilidad se nos llena de humo la cabeza cuando las cosas nos salen bien, cuando tenemos éxito en nuestras empresas o tareas, cuando tenemos un triunfo muy sonado quizá en aquel deporte que practicábamos, o en aquellas obras que realizamos. Nos sentimos halagados por las alabanzas que recibimos, al tiempo que parece que todos quieren ser amigos nuestros; el brillo del triunfo deslumbra también a los que están a nuestro alrededor y quieren como apropiárselo con el orgullo de que son amigos nuestros.

Pero quizás nos aparece alguien que pareciera que nos echa un jarro de agua encima en medio de todos esos fervores, pues nos recuerda lo caducas que son todas esas alabanzas que un día se pueden volver contra nosotros, nos previenen de que con nuestro orgullo por lo realizado nos llenemos de un engreimiento que nos endiosa, y nos estará haciendo pensar de donde venimos o lo que somos para que no abandonemos los caminos de la humildad y de la sencillez y nos demos cuenta por demás que lo que logramos no es solo por nosotros y para nosotros sino que tendría alguna otra función. Cuánto tendríamos que agradecer que nos apareciera alguien así que nos haga pensar y reflexionar, aunque quizás a veces nos cueste aceptar esas palabras y esa reflexión. ¿No nos hará falta de vez en cuando hacer una parada para encontrarnos con la verdadera realidad de nuestra vida?

Hoy el evangelio nos está dando un resumen de lo que fueron aquellos primeros momentos de su predicación en Cafarnaún; la gente que le sigue y tan pronto pueden por aquello del descanso sabático, en la tarde de aquel mismo día tras la caída del sol se agolpan a la puerta de la Casa de Simón donde se ha hospedado Jesús. Vienen con sus dolencias, sus enfermedades, todo el mal que les aqueja porque igual que Jesús había liberado a aquel endemoniado en la sinagoga de su mal, a ellos también los podía sanar. Y nos dice el evangelista que sanó a muchos de sus dolencias y enfermedades, como ya anteriormente también había levantado de la cama a la suegra de Simón.

Tras todo aquel bullicio Jesús en lugar de permanecer en la casa donde le habían dado hospedaje nos dice el evangelista que marchó al descampado para orar. Un gesto bien significativo y que nos dice mucho. Había comenzado, por decirlo así, con éxito su obra, su predicación y anuncio del Reino de Dios y los signos y señales así lo estaban manifestando. Pero, ¿dónde tenía que esta el centro de todo aquel anuncio y de todo lo que Jesús había de realizar? Es lo que nos quiere enseñar.

Hay que detenerse para centrarse. Tantas veces en la vida nos dejamos llevar por el entusiasmo y terminamos en la superficialidad, en lo externo, en la vanidad. Y cuando comenzamos a hacer caminos así es fácil resbalarse por la pendiente. Es necesario mantener el equilibrio para saber donde estamos y lo que verdaderamente queremos, para descubrir los verdaderos medios que hemos de emplear. Porque no podemos pensar que todo vale, el fin no justifica los medios, sino que los medios tienen que ser buenos para poder conseguir el buen fin.

Aunque tengamos que renunciar a las vanidades que nos acechan, aunque tengamos que emprender el camino del esfuerzo y superación, que tiene que comenzar por nosotros mismos para no endiosarnos, para no creernos los mejores y los que lo sabemos hacer todo. Que muchas veces nos pasa y cuando nos dejamos arrastrar por esas vanidades, aunque nos creamos que estamos conquistando el mundo, estamos construyendo un castillo en el aire que pronto se nos va a derrumbar.

Esto tenemos que tener en cuenta en nuestra vida personal, en lo que hacemos cada día; esto tenemos que tenerlo en cuenta en las tareas que emprendamos buscando ese crecimiento y mejora de nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras metas; eso hemos de tenerlo en cuenta en nuestras comunidades, en nuestros grupos cristianos, en nuestra Iglesia, porque a todos nos tienta la vanidad.

Despojemos de esos brillos de gloria fatua a nuestra Iglesia que tanto daño le estamos haciendo; una Iglesia pobre y humilde es la que se hará creíble ante el mundo que la rodea, una Iglesia que sepa poner en su centro a aquel Jesús que se marchó al descampado para pasar la noche en oración. Así podremos ir también como Jesús a otras partes para anunciar a los otros también el Reino de Dios.

sábado, 21 de septiembre de 2024

Necesitamos unas nuevas actitudes con los demás sabiendo contar con ellos sean como sean, como Jesús contó con Mateo que era un publicano

 


Necesitamos unas nuevas actitudes con los demás sabiendo contar con ellos sean como sean, como Jesús contó con Mateo que era un publicano

Efesios 4, 1-7. 11-13; Salmo 18; Mateo 9, 9-13

Invitamos a un amigo a una fiesta y seguramente no se hará de rogar mucho para aceptarnos esa invitación, lo mismo que si es a una comida o a una salida; claro que se trata entre amigos y se da por sentada la confianza y los deseos de estar con el amigo. Que venga una persona que nosotros desconocemos o que no sea de los habituales con quienes solemos estar y ya nos lo tendríamos que pensar un poco, porque siempre andamos con las desconfianzas y muchas veces nos falta sinceridad.

Pero si vienen para pedirnos una colaboración o una ayuda para algo que tenemos que hacer, ya estaremos pensando si tenemos tiempo, si podemos o no podemos comprometernos, si eso nos va a traer algunas consecuencias o algunos gastos extra, y así no vamos poniendo pegas y retrasando la respuesta. Menos aun sería seguramente si no vemos claro aquello a que nos invitan, porque de alguna manera sea una aventura, entonces nos costará mucho más el decidirnos.

Cuando hoy escuchamos en el evangelio que Jesús pasando por delante de la garita o el mostrador de los impuestos, le dice a Mateo que lo siga y éste se levante dejándolo todo nos sorprende; no sería lo habitual que nosotros hiciéramos. ¿Habría oído Mateo hablar de Jesús o él mismo lo habría escuchado? Por muy enfrascado que estuviera en sus negocios alguna noticia tendría, o quizás alguna vez también se había acercado a escucharle en el anonimato en medio de la gente. Conocemos al otro publicano que quería conocer a Jesús y se le ocurrió la idea de subirse a la higuera para ver pasar a Jesús sin mayores consecuencias.

Un hecho, pues, que nos sorprende es la decisión inmediata de Mateo de ponerse a seguir a Jesús. Era un publicano, despreciado habitualmente entre los judíos por su colaboración con Roma en el cobro de los impuestos; de alguna manera pertenecía a la organización del pueblo que los dominaba.

¿Habría en si mismo, en su interior, un conflicto entre aquello que hasta ahora estaba ejerciendo y lo que Jesús le proponía? también podía retraerse por esa misma condición de publicano, de no considerar que fuese la persona apropiada para aquello que Jesús le pedía. Ya veremos luego la reacción contra Jesús por comer rodeado de publicanos y pecadores. Esto también podría ser algo que ronroneara en su interior antes de tomar una decisión. Pero el evangelio dice que se levantó y lo siguió.

¡Cuántas vueltas le damos nosotros a las cosas en nuestra cabeza cuando tenemos que tomar una decisión, de dar un paso adelante en la vida! Estamos ocupados, ya tenemos nuestras cosas, que se comprometan otros que hay por ahí tanta gente que no hace nada, no valemos, cómo vamos a comprometernos si no sabemos a qué nos va a llevar todo esto, y así una letanía interminable de disculpas, de pasos atrás, de miedos y cobardías. ¿Despertará en nosotros este evangelio unos nuevos sentimientos y actitudes?

Y ya lo hemos mencionado. La reacción que los escribas y fariseos tuvieron ante el hecho de que Jesús participara con su grupo con aquellos nuevos amigos que en cierto modo acompañaban a Mateo en un banquete que se le había preparado. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ es lo que murmuran comentándoselo a los discípulos porque no se atreven a la cara a decírselo a Jesús. 

Ay esos ronroneos y comidillas a los que somos tan fáciles en la vida. Siempre tenemos un juicio que hacer sobre lo que hacen los demás, siempre estamos preparados para una condena y una descalificación con tal de quitarnos de en medio a quien por la rectitud de su vida es alguien que nos resulta incómodo.

‘No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos’, es la respuesta de Jesús. El ha venido a sanar y a salvar, El ha venido a buscar la oveja perdida, y a esperar con los brazos abiertos al hijo pródigo, El es quien nos busca cuando en nuestra cabezonería no queremos entrar, no queremos acoger, no queremos nosotros tampoco comprender a los demás y perdonar. ¿Aprenderemos a tener nuevas actitudes para con los demás ofreciendo siempre la generosidad de nuestro perdón para ser capaces de contar también con ellos sean como sean? Jesús contaba con Mateo a pesar de que era un publicano.

‘Misericordia quiero y no sacrificios’, que ya había dicho el profeta. Así nos busca y nos llama, así se sienta a la mesa con nosotros, pero para ofrecernos otra comida mejor, porque se nos dará El mismo haciéndose comida y vida para nosotros. Quien le come vivirá para siempre, El nos resucitará el último día.

miércoles, 4 de septiembre de 2024

La gente buscaba a Jesús pero El se pone en camino y nos envía también a nosotros para un anuncio nuevo, el Reino de Dios del que tenemos que dar señales

 


La gente buscaba a Jesús pero El se pone en camino y nos envía también a nosotros para un anuncio nuevo, el Reino de Dios del que tenemos que dar señales

1Corintios 3, 1-9; Salmo 32; Lucas 4, 38-44

La gente andaba buscando a Jesús, nos dice el evangelista. ¿También nosotros andamos buscando? Pero ¿qué buscamos?

¿Quién nos resuelva nuestros problemas? ¿Tener una vida mejor? Seguramente mirando a nuestro mundo con los problemas que cada día nos vamos encontrando – ¿los vamos encontrando quizás porque también andamos buscando algo? – queremos que se acaben las guerras, que no haya tanta pobreza, que seamos capaces un día de entendernos  y no andemos en todos los ámbitos y escalas de la sociedad echándonos la zancadilla o haciéndonos la guerra los unos a los otros. Hay muchas cosas de las que nos sentimos insatisfechos y queremos y buscamos que las cosas sean de otra manera; pensemos, por ejemplo, en la crispación en que se vive en nuestra sociedad en que no sabemos llegar a un acuerdo que de pie a solucionar tantos problemas.

Buscamos, es cierto, de alguna manera una salvación, aunque no siempre estemos de acuerdo en quien es de verdad nuestro salvador. Algunas veces en nuestras búsquedas nos quedamos en algo primordial como pueda ser la salud o que tengamos suerte en la vida, pero en el fondo sabemos que es algo más lo que necesitamos aunque no siempre lo tengamos del todo claro.

Sí, nos dice el evangelio hoy, que la gente buscaba a Jesús. Después de salir de la sinagoga donde vieron aquel signo que Jesús allí realizaba con la liberación de aquel endemoniado, como ellos lo llamaban aunque nosotros pudiéramos pensar en algún tipo de enfermedad epiléptica, al caer la tarde – cuando se acabó el descanso del sábado – vinieron a la puerta de la casa de Pedro con todo tipo de dolencias y enfermedades para que Jesús los curara, enterados quizás de cómo había curado a la suegra de Pedro.

Pero nos sigue diciendo el evangelio que a la mañana siguiente cuando quisieron buscar de nuevo a Jesús – en aquel primer día de la semana, que tantas veces aparecerá significativamente en el evangelio – se había ido al descampado, donde se había pasado la noche orando. ‘Todo el mundo te busca’, le dicen a Jesús, y no quieren que los abandone, pero Jesús les dice que ese mismo anuncio tiene que seguirlo haciendo en otras ciudades y lugares.

¿Una manera de decirnos que tenemos que ponernos en camino? Ahora será Jesús, siguiéndole ya algunos primeros discípulos, el que se pondrá a recorrer aquellas aldeas y pueblos de Galilea para seguir haciendo el anuncio del Reino de Dios. No tardaremos en escuchar en el evangelio cómo Jesús hará poner en camino y enviará a aquellos primeros discípulos para que vayan también a hacer ese anuncio. También hay otros pueblos que buscan, y si acaso no buscan es porque no conocen, luego hay que ir a hacerles el anuncio.

Todo esto nos tiene que hacer pensar. Pensar en nuestras búsquedas y si detrás de todo ello está nuestra búsqueda de Jesús. Pero ¿qué buscamos o por qué buscamos? Eso tiene que ser también otra cosa que hemos de tener muy clara. Sí, miramos nuestras enfermedades y nuestras necesidades, ¿cuál será el signo que nosotros necesitemos en nuestra vida para reconocer lo que en verdad Jesús en su evangelio viene a ofrecernos y que nosotros hemos de vivir? ¿Qué va a significar la fe que tenemos en Jesús en relación a todos esos problemas que tenemos en la vida y para los que queremos una solución?

Si escucháramos de verdad el evangelio, sin prejuicios ni ideas preconcebidas, nos daríamos cuenta que siguiendo las pautas que Jesús nos va trazando en verdad haríamos un mundo mejor, de mayor paz y de mejor entendimiento, de más solidaridad y de mejores valores para las relaciones entre los unos y los otros, de mayor autenticidad y de menos vanidades y orgullos que a nada nos llevan, de más unidad y de mayor compromiso por hacer las cosas mejor.

Son los valores del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que quiere que nosotros seamos capaces de construir. Por eso nos pone en camino también, no solo para que digamos bonitas palabras sino para que manifestemos los verdaderos signos del Reino de Dios a través de estilo nuevo de vivir que de El hemos aprendido.

viernes, 5 de julio de 2024

¿Estaríamos dispuestos a sentarnos a la mesa con Jesús sabiendo quienes son sus preferidos o tendríamos que pensárnoslo?

 


¿Estaríamos dispuestos a sentarnos a la mesa con Jesús sabiendo quienes son sus preferidos o tendríamos que pensárnoslo?

Amós 8,4-6.9-12; Sal. 118; Mateo 9,9-13

Me lo tengo que pensar, es una socorrida salida que tenemos en muchas ocasiones cuando se nos plantea o se nos propone algo que quizás no estaba en nuestros planes. ¿Una forma de mirar mis límites y posibilidades? ¿Un ver hasta donde soy capaz de comprometerme? Quizás me pregunte ¿qué beneficios – o qué ganancias mirándolo incluso desde un punto de vista más material - voy a obtener de eso que me proponen? ¿Esto me va a complicar la vida? Muchas y diversas preguntas para dar largas quizás, para no tomar decisiones que me puedan comprometer, y lo dejamos para otro momento.

Es el planteamiento de algo nuevo en lo que podría implicarme, son situaciones inesperadas que surgen ante las que hay que hacer algo, es una necesidad que detectamos en gente a nuestro alrededor con sus carencias y necesidades, o situaciones que surgen en la propia familia, o cosas que afectan también al ámbito social. ¿Habrá prontitud, disponibilidad, generosidad, desprendimiento para dar mi tiempo, mi trabajo, mis atenciones a esas cosas que de pronto se nos presentan?

Hoy se nos presenta en el evangelio un hermoso testimonio y precisamente del que menos se podía esperar; bueno o al menos ese pensamiento estaba en ciertos sectores de la sociedad de entonces, aunque también esas actitudes se dan entre nosotros donde también hacemos nuestras distinciones entre quien puede responder o quien no va a responder.

Se trata de un publicano. Ya quizás alguno comience a preguntarse cuales eran los criterios de Jesús para escoger a los que quería que estuvieran con él, la elección de sus discípulos. Pues es a un publicano a quien ahora Jesús llama y quien nos da un hermoso testimonio. En la brevedad pero al mismo tiempo mucha elocuencia del relato evangélico, Mateo está allí en su ‘despacho’ de cobrador de impuestos cuando Jesús pasa y le dice que le siga. Espera que tengo que arreglar las cuentas, parecería que fuera la postura más responsable de Mateo, puesto que estaba además desempeñando una actividad que de alguna manera era como un cargo público. Pero Mateo no se lo piensa dos veces, ‘se levantó y siguió a Jesús’.

¿Estaremos viendo ahí esa prontitud, disponibilidad, generosidad, desprendimiento del que hablábamos antes? Cuando hay generosidad y disponibilidad en el corazón no tenemos miedo a los riesgos, pero ya sabemos que seguimos atados con muchas parálisis del corazón como en otra ocasión hemos reflexionado. Y es que todo es cuestión de generosidad y de amor, y surgirá esa disponibilidad de todo lo nuestro, de nuestra propia vida, y ese desprendimiento que es también arrancarnos de esas ataduras.

Pero siguiendo con el texto del evangelio me viene otro pensamiento. Jesús invitó a Mateo a seguirle, inmediatamente lo veremos sentado a la mesa con Jesús, pero también tenemos que contemplar quienes son los que están sentados a la mesa con Jesus. Sí, Jesús cuando nos está invitando a seguirle nos está invitando a que nos sentemos a la mesa con El. Visto así de pronto lo consideraríamos un gran honor, pero mirando los detalles ¿tendríamos que pensárnoslo, como decíamos al principio?

Pero en la mesa con Jesús están también sentados los indeseables, los que eran menospreciados de todo el mundo, aquellos de los que los que se consideraban con mayor dignidad no admitirían nunca a su mesa. Allí están los publicanos y los pecadores, allí están las prostitutas y los que nadie quiere, los que se consideraban como un desecho de una sociedad puritana. Y es que Jesús no hace distinciones. Y es que Jesús es el médico que ha venido a sanar a los enfermos, los que se consideran sanos no creen necesario sentarse con Jesús.

Y nosotros, ¿estaríamos dispuestos a sentarnos así a la mesa con Jesús? Nosotros que nos lo pensamos tanto a la hora de escoger nuestros amigos y poner en ellos nuestra confianza. Porque nosotros seguimos haciendo discriminaciones, nuestro corazón se encuentra muchas veces roto y dividido.

lunes, 5 de febrero de 2024

Jesús viene a sanar todo lo frágil, lo débil y hasta lo enfermizo que pueda haber en cada cosa de la vida porque El viene a iluminar con una luz nueva nuestra existencia

 


Jesús viene a sanar todo lo frágil, lo débil y hasta lo enfermizo que pueda haber en cada cosa de la vida porque El viene a iluminar con una luz nueva nuestra existencia

1 Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56

En las conversaciones solemos escuchar a la gente que la salud es lo primero, que preferimos perderlo todo que perder la salud y hasta nos contentamos cuando no tenemos suerte en los juegos de azar, como la lotería, que bueno, que el dinero va y viene pero que lo importante es tener salud. Es lo que todos deseamos; ante cualquier dolor que nos pueda anunciar algún tipo de enfermedad enseguida acudimos a quien pueda remediarnos, a quien pueda curarnos y buscamos la medicina lo más pronto posible para que los dolores desaparezcan, para que podamos curarnos de aquellas fracturas de la salud o de nuestros huesos, para recuperar pronto la salud.

Es cierta también que la fragilidad de nuestra salud trae acompañadas otras fragilidades como suelen ser las angustias de las que nos podemos llenar, otras consecuencias como la falta de medios para subsistir al no poder trabajar, otras inquietudes en nuestro interior porque son muchas más cosas las que sentimos que se nos debilitan cuando perdemos ilusión por la vida, cuando socialmente nos vemos afectados para nuestras mutuas relaciones, para la realización de nuestros trabajos, para alcanzar las metas que nos podamos proponer en la vida. Ya no es solo la salud en si mismo, sino que irá acompañada de otros síntomas que pueden aparecer en nuestra vida.

¿Queremos la salud? ¿Queremos superar esas fragilidades y angustias? ¿Queremos recuperar la esperanza? ¿Queremos buscar una vida mejor y que nos haga vivir más dignamente? Es mucho más lo que buscamos, aunque la pantalla de la enfermedad o de la salud pareciera que lo cubre todo. ¿Dónde están puestas entonces nuestras esperanzas o como recuperarlas?

En el pasaje del evangelio que hoy escuchamos nos aparece que dondequiera que fuera Jesús enseguida acudían a él llevando a sus enfermos con el deseo de que al menos tocando la orla de su manto pudieran curarse. Muchas veces nos quedamos en la literalidad de las palabras que no dejó escritas el evangelista, pero no nos detenemos lo suficiente a reflexionar hasta donde llegan esas enfermedades con las que vamos que las gentes acuden a Jesús. Jesús despertaba esperanza en aquellas gentes sumidas en su pobreza, sumidas en la opresión de unas autoridades extranjeras, sumidas y sujetas, poco menos que esclavizados, por unas costumbres que poco menos que se habían convertido en ley para sus vidas, pero que nos hacían salir de la situación de desesperanza en que vivían.

Estar enfermo en su situación y en aquellos momentos significaba mucho más que unos dolores que les imposibilitaran los movimientos; estar ciego, sin luz en los ojos, significaba pobreza, miseria y hambre, porque no podían trabajar; ser leproso era verse alejado de los suyos por los cuales no podría hacer nada, pero que ni los familiares podían acercarse a ellos, viviendo discriminados y apartados de todos en la más horrible soledad que no sé si no sería peor que los dolores de la enfermedad; y así podemos pensar en cualquiera de las otras limitaciones que pudieran sufrir como cualquier tipo de invalidez.

¿Qué significaba entonces que pudieran acudir a Jesús para verse curados de sus enfermedades? Muchas cosas podían cambiar, una vida nueva podía comenzar para aquellas personas, unas esperanzas renacían en sus corazones, una profunda liberación podían sentir en sus vidas. Acudían a Jesús porque en El habían puesto todas sus esperanzas. Mucho era lo que Jesús les ofrecía; la salvación que Jesús les ofrecía era algo muy amplio, algo que abarcaba la totalidad de la vida. Algo nuevo comenzaría a resurgir desde lo más hondo.

¿Cuál es en verdad la salvación que Jesús nos está ofreciendo también a los hombres y a las mujeres de hoy? Es algo en lo que tenemos que pensar seriamente. Hemos espiritualizado tanto el sentido de la salvación que nos trae Jesús que la hemos hecho algo irreal y que no siempre va por el camino de la verdadera espiritualidad. La verdadera espiritualidad es algo interior, pero es algo que abarca la totalidad de la vida de la persona.

Y eso espiritual tenemos que sentirlo y vivirlo es cierto en esos aspectos más sobrenaturales de la vida, pero hemos de vivirlo también en eso que hacemos y que vivimos en cada momento, en nuestros trabajos y en nuestras luchas, en nuestro disfrute de la vida en todas sus cosas buenas y también en los momentos dolorosos y difíciles, en eso tan material que podamos hacer con nuestros trabajos pero en esos tan humano como son nuestras relaciones con los demás.

Y en todo eso ha de manifestarse esa salud, esa salvación que Jesús nos ofrece; El viene a sanar todo lo frágil y débil, y hasta enfermizo, que pueda haber en cada una de esas cosas de la vida. El viene a iluminar con una luz nueva cada uno de los aspectos de nuestra existencia.

sábado, 13 de enero de 2024

Muchos chips tendremos que cambiar en nuestro interior si en verdad queremos ser los discípulos de Jesús

 


Muchos chips tendremos que cambiar en nuestro interior si en verdad queremos ser los discípulos de Jesús

1Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, 1ª; Sal 20;  Marcos 2, 13-17

Mira que miramos – valga la redundancia – con quien nos juntamos, quienes consideramos del círculo de nuestros amigos. Nos solían decir ‘mira con quien andas y te diré quien eres’, para evitar mezclarnos con gente de mala sombra; no con cualquiera queremos juntarnos, y como en la vida nos vamos encontrando y relacionarnos con toda clase de personas, ya andamos con cuidado de que no nos vean con cualquiera. Por aquello que dice el refrán de quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Y es lo que queremos buscar buena sombra.

Yo no sé ustedes que me están leyendo esta reflexión, con qué tipo de personas nos juntamos, pero es cierto que es algo que en algunos sectores se tiene muy en cuenta, y es lo que nos decían nuestros padres que no anduviéramos con malas compañías. ¿Y qué hacemos si no sabemos con quien juntarnos?

Pero esto no es nuevo, porque hoy en el evangelio algunos andan criticando a Jesús porque se rodea de malas compañías. Y comenzamos por ver a aquellos que va escogiendo y llamando para que anden con El y sean ese primer grupo fundamente de la Iglesia que ha de fundar. No se ha destacado Jesús por buscar lumbreras, gentes de alta inteligencia y mucha preparación.

Hemos ido viendo que los primeros que escoge y llama son unos rudos pescadores de aquel lago de Tiberíades o mar de Galilea.  Pedro, Andrés, Santiago y su hermano Juan son unos sencillos pescadores, veremos luego que entre los doce escogidos para ser los apóstoles hay algunos Celotes, que podríamos decir que son los independistas, los que de una forma o de otra luchaban contra la dominación romana.

Hoy va a llamar a uno versado en números y cuentas, pero que además forma parte de aquel grupo que todos desprecian por su oficio de recaudador de impuestos y por la fama de usureros que tenían en sus prestamos a los que se veían necesitados de dinero, un publicano como todos los llaman.

Es el eje del relato de hoy  porque cuando Jesús pasa junto a la garita donde está aquel publicano, Leví, Jesús lo invita a seguir y prontamente él se va con Jesús. Celebrará luego un banquete en su casa donde están todos sus amigos, pero al que invita también a Jesús y a los primeros discípulos que le siguen por todas partes.

Pero ahí aparece la reacción de los ‘hombres de bien’, los del grupo de los fariseos cumplidores en exceso y al que solían pertenecer también los maestros de la ley. Aquellos tan puritanos que se lavaban mil veces las manos para que ninguna impureza entrase en sus corazones, ahora se extrañan de ver comer al Maestro de Nazaret en la misma mesa que todo aquel variopinto grupo donde están también los publicanos y los pecadores. ‘¿Cómo es que come con publícanos y pecadores?’ será la pregunta que se hacen, pero que runruneando harán llegar a los discípulos que siguen a Jesús y hasta los mismos oídos de Jesús.

‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos’, será el comentario de Jesús. Ha venido por todos porque ninguno estamos sanos, todos lo necesitamos, incluso aquellos que por allí andan runruneando. ‘No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores’. Podríamos decir en buena lógica que los justos no lo necesitarían, ¿pero quien es el justo de verdad? En otra ocasión solamente dirá que ‘el que esté sin pecado, que tire la primera piedra’. Y Jesús estará allí donde hay un pecador que lo necesita. ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, dirá en otro momento y nos invitará a que seamos compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo.

Muchos chips tendremos que cambiar en nuestro interior si en verdad queremos ser los discípulos de Jesús. Distintos tienen que ser los vientos que soplen en nuestra alma, porque otras tienen que ser las direcciones que hemos de tomar. Otra tiene que ser la apertura que tengamos en el corazón.

lunes, 4 de diciembre de 2023

La humildad hará practicable el camino de la fe porque solo cuando reconocemos que estamos enfermos podremos dejar que Jesús nos cure

 


La humildad hará practicable el camino de la fe porque solo cuando reconocemos que estamos enfermos podremos dejar que Jesús nos cure

 Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11

Tengo en casa un criado que está paralítico y sufre mucho…’ Hay quien oculta los enfermos; que no sepa nadie lo que pasa en casa, total ¿para qué? ¿Para ser el comentario y la comidilla de la gente? Eso son cosas de casa, no hay por qué estar contándolo a la gente. Puede parecer exagerado este comentario, pero es cierto que no somos muy dados a contar las cosas que nos pasan. Tiempos había en que sobre todo en aquellas enfermedades que se pudieran considerar raras, no se comentaban con nadie. Tener un enfermo mental podía considerarse algo así como un descrédito para la familia.

Bien, esto puede parecer anecdótico, pero he querido comenzar con esta consideración, ya que la liturgia nos propone este evangelio en casi el primer día del camino de adviento que estamos comenzando a celebrar. Si decimos que es tiempo de espera y de esperanza ante el Salvador que viene a nuestra vida, como vamos a celebrar en la Navidad – y tengamos en cuenta el verdadero sentido que ha de tener el tiempo de Adviento – justo sería que nosotros también, como aquel centurión, digamos ‘tengo en casa un criado que está paralítico y sufre mucho…’.

¿Cuál es la enfermadad que necesita curación y es por eso por lo que esperamos y pedimos la venida del Señor? Porque si no tenemos ninguna enfermedad, no reconocemos ningún mal en nuestra vida, ¿de qué nos va a salvar el Señor? ¿De qué nos va a curar?

Es importante esta primera actitud que hemos de tener ya desde el primer día en que comenzamos a hacer este camino de Adviento. Hemos de mirarnos con sinceridad a nosotros mismos, tenemos que mirar la cruda realidad de nuestro mundo necesitado de salvación. Podríamos decir que ya desde el primer día comenzamos a hacernos un examen de conciencia.

Reconozcamos nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. ‘En mi casa no hay nadie enfermo’, yo estoy bien, el mundo está bien, todos estamos bien, tenemos hoy tantas cosas que en otros tiempos no teníamos. La humildad es cimiento fundamental para adentrarnos en el camino de la fe. Es no ponernos en actitud defensiva ante de Dios; es la postura de los que no quieren creer, de los que se auto titulan ateos o agnósticos, que dicen que en nada creen ni nada necesitan creer.

El camino de la vida, aunque no entremos en el ámbito sobrenatural, está empedrado con actos de fe o de confianza. Aceptamos y nos creemos lo que nos dice cualquiera, aceptamos a pie juntillas las noticias que nos vienen por los medios de comunicación sobre todo sin son afines a nuestras ideas, pero cuando entramos en el ámbito de lo sobrenatural todo son dudas y son desconfianzas, cuando se trata de aceptar a Dios que viene a elevarnos y engrandecernos de verdad, vienen las negaciones o vienen las afirmaciones de ateísmo porque nos creemos no necesitar de Dios.

Hoy tenemos por el contra un hermoso y testimonio en el personaje que contemplamos en el evangelio. Ni siquiera era judío, era un centurión romano, pero ha oído hablar de Jesús y tiene en su casa a su criado enfermo, paralítico sufriendo mucho, y acude a Jesús.  Reconoce el mal que hay en su casa y acude a Jesús con una confianza total. Pero una confianza que ha arrancado de un corazón humilde. No se ha atrevido en principio a venir por si mismo al encuentro con Jesús ni querrá Jesús visite su casa porque además sabe lo que significaba para un judío entrar en la casa de un gentil. ‘No soy digno…’ dirá, pero tiene la confianza total. ‘Basta una palabra tuya…’ Como el jefe que tiene soldados a sus órdenes y a una palabra el soldado está haciendo lo que le pide su jefe sin importar la dificultad. Su humildad le ha abierto el camino de la fe.

Será lo que alaba Jesús. ‘En todo Israel no he encontrado una fe como la de este hombre’, es la alabanza de Jesús. ¿Qué podrá decir Jesús de nuestra fe? ¿Dónde está nuestra humildad que haga expedito el camino de la fe? ¿Seremos capaces de reconocer nuestra limitación y nuestro pecado?