Soy
yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para
darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos
hecho
1 Reyes 8, 1-7. 9-13; Salmo 131; Marcos
6, 53-56
Aquellas
personas que consideramos importantes en la vida tenemos el peligro de
convertirlas en personajes; sí, digo bien, personajes o bien porque los vemos
en la distancia, quizás su autoridad o su prestigio los ha endiosado, se han
colocado o los hemos colocado en pedestales que los ponen a distancia y los
alejan de los demás mortales, y al final más que el respeto y el amor va
predominar el miedo de los que estamos fuera de esos pedestales, o el dominio
autoritario desde la altura y la distancia.
Son cosas que
suelen suceder, aunque bien desearíamos que fuera de otra manera; si son
personas importantes para mi por lo que en mi pueden influir, por el ejemplo
que me pueden dar o por los servicios que me puedan prestar, nos gustaría
verlos cercanos, caminando a nuestro lado, queriendo trasmitirnos algo pero
sobre todo escuchándonos y abriendo su corazón a lo que es nuestra vida. Cuando
encontramos personas así de cercanas a pesar de su autoridad o de la función
que realicen en la vida, y no por populismo y adulación que eso se nota por
mucho que se trate de disimular, nos sentimos sorprendidos pero al mismo tiempo
gozosos, porque sentimos que caminan a nuestro lado y así pueden sintonizar
mejor con lo que nosotros somos.
Hoy el
evangelio nos habla de esa cercanía de Dios. Si en los pasajes anteriores vimos
la sorpresa rayana en el miedo de los discípulos en la noche bregando en el mar
en su barca cuando Jesús aparece caminando sobre el agua, ahora lo vemos con
los pies bien embarrados en la tierra caminando en medio de todos aquellos que
con sus sufrimientos se acercaban a El queriendo tocarle al menos la orla de su
manto; y Jesús se dejaba. Allá en el lago le había dicho a los discípulos ante
su temor, ‘soy yo, no temáis’, ahora nos está diciendo también ‘soy
yo, acercaos a mi todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré,
en mi encontraréis vuestro descanso’.
No podemos
olvidar la inmensidad de la grandeza de Dios que lo llena todo con su presencia
y tenemos que mostrar nuestro reconocimiento y adoración, porque solo a Dios
tenemos que adorar – cuidado con los dioses que nos creamos, o cuidado que en
nuestra soberbia nosotros nos endiosemos y queramos ponernos en la alturas –
pero al mismo tiempo hemos de sentir la cercanía de Dios, porque el amor no lo
podemos sentir nunca en la lejanía. La Encarnación es la revelación de esa cercanía
de Dios que es amor, que camina con nosotros, que lo sentimos en lo más
profundo de nuestro corazón, y cuya presencia hemos de ir sabiendo descubrir en
la realidad de todas las cosas y sobre todo en la realidad de las personas que
caminan a nuestro lado. Pero para eso es necesario entrar en la sintonía del
amor, la única que de verdad nos va a hacer sentir a Dios.
Se dejaba
tocar, como nos dice el evangelista, en aquel deseo de la gente de al menos
poder tocar la orla de su manto. ¿No recordáis a aquella mujer de las
hemorragias? Es el Jesús que nos tiende su mano, que ayudará a terminar de
descolgar desde el techo a aquel paralítico que querían hacer llegar a sus
pies, que como hemos recordado no hace mucho pondrá barro en los ojos del ciego
para que vaya a lavarse a la piscina de Siloé, que se dejará lavar los pies por
parte de aquella mujer pecadora que con su cabello pretendía secar las lagrimas
que con antes se los había lavado, que dejará que los niños se sienten sobre
sus rodillas en sus juegos para bendecidles y disfrutar mutuamente del cariño
verdadero como es el cariño de un niño.
Podríamos seguir recordando muchos más momentos del evangelio. Es Jesús que se acerca a nosotros, a nuestra vida tal como nosotros somos, que querrá lavarnos los pies a lo que no podemos negarnos si queremos tener parte con El, como le diría a Pedro. Dejémonos, pues, tocar en lo más hondo del corazón por el amor de Dios que así se nos manifiesta en Jesús. No importa lo que seamos o lo que hayamos hecho, pues El siempre tendrá una disculpa para nosotros porque no sabíamos lo que habíamos hecho.
Ojalá nos llenáramos de esos sentimientos de Jesús y sea
como en verdad nos acercamos a los demás
y a todos acogemos sin distinción.
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