Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo
Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2Corintios 5, 20 –
6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18
Todos sabemos por qué estamos aquí,
todos sabemos lo que hoy celebramos. Hasta nuestros calendarios lo marcan,
aunque no sabemos bien por qué motivaciones. Hoy es el miércoles de ceniza, que
de alguna manera ha marcado costumbres y tradiciones al menos en los pueblos
con una cierta influencia o resonancia cristiana.
Los cristianos decimos que comenzamos
un camino que nos lleva a la Pascua y por eso mismo es como entrenamiento y
preparación para lo que luego vamos a vivir. De ahí ese carácter en cierto modo
de desierto que queremos darle que luego en la Palabra de Dios de estos
primeros días, el primer domingo, nos va a recordar cómo Jesús fue llevado por
el Espíritu al desierto. Y recordaremos, por eso está marcada incluso en el número
de los días que dedicamos a la Cuaresma, el peregrinar del pueblo hebreo por el
desierto también como un aprendizaje y una preparación para la llegada a la
tierra prometida. Por eso hablaremos de su sentido penitencial, de
purificación, de conversión.
Pero me quiero detener a pensar en el
significado que ha de tener la Cuaresma para nosotros en este mundo en el que
hoy vivimos en su realidad más cruda. Qué buena nueva de evangelio ha de tener
para mi hoy para que no se quede en algo que hay que hacer porque así lo
dispone la liturgia de la Iglesia y en el que simplemente vamos a repetir en
cierta manera lo que siempre hemos hecho. Y cuando pase la cuaresma y llegue la
Pascua, cuando pasen esos días pascuales, ¿en qué se va a notar en nosotros que
hemos vivido con sentido pleno esta cuaresma?
Pero de eso que vivimos nosotros
tenemos que ser signo para el mundo que nos rodea, y pienso en ese mundo
concreto que son nuestras familias o que es esa gente con la que convivimos en
el barrio, en el trabajo, en nuestra vida social, en ese camino que hacemos
todos los días. Para muchos quizás ya ni les sonará la palabra o no entenderán
su significado; algunos lo verán como algo que hacen los cristianos piadosos
con sus ritos o sus prácticas religiosas, pero que ellos se quedan al margen;
algunos quizás lo considerarán algo lúgubre desde las posibles experiencias que
han tenido o la manera de ver las cosas de la Iglesia. ¿Y no tendríamos que ser
signo de un verdadero sentido de cuaresma para esa gente que nos rodea? ¿Qué
tendríamos que hacer?
En fin de cuentas es evangelio lo que
tenemos que trasmitir, porque si no estaríamos también nosotros fuera de honda.
Y no podemos vivir todo esto solamente hacia dentro, que por supuesto tiene que
partir de la renovación más honda de nosotros mismos, sino también ser un signo
de algo nuevo y vivo para los que nos rodean, signos del amor de Dios que
quiere hacerse presente, tenemos que hacer presente también en nuestro mundo de
hoy.
Es el primer signo que tenemos que
mostrar; por nuestra forma de vivir, por la alegría de nuestra vida, por la
esperanza que manifestamos en lo que vivimos y hacemos tenemos que hacer
presente que nos sentimos amados de Dios. ¿Alguna vez le hemos dicho así clara
y tajantemente a alguien que te sientes amado de Dios? La tristeza y cada de
acontecimientos con que muchas veces los cristianos vamos por la vida no es
precisamente eso lo que reflejan. Rescatemos la alegría de nuestra fe porque
nos sentimos amados de Dios. Aunque seamos muy pecadores, experimentemos
fuertemente en nosotros que su misericordia no tiene fin. Y eso tenemos que reflejarlo
también en nuestra cara.
Pero tenemos que decirles también a los
demás que Dios los ama. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Directamente con nuestras
palabras? También cuando sea necesario. Pero tenemos que mostrarnos nosotros
para los demás como signos de ese amor de Dios. Y cuántos gestos podemos
realizar en ese sentido.
Una de las prácticas con las que
queremos expresar en la cuaresma, y siempre por supuesto, es la limosna, es el
compartir con los demás. Ahí tenemos un hermoso signo que podemos realizar. Y
no digo solo el dinero que podamos sacar de nuestro bolsillo – cuidado que
algunas veces para la limosna buscamos la moneda más pequeña que tengamos en la
cartera – sino en lo que con generosidad podemos compartir de nuestra vida con
los demás, por ejemplo, tu tiempo, la compañía que puedes ofrecer a quien se
siente solo, la visita a los enfermos y a los ancianos de tu entorno, la
atención que prestamos a quien vemos tirado al borde del camino o en la acera pidiéndonos
ayuda.
¿No podríamos programarnos nuestro
tiempo cuaresmal para esas visitas, para esa atención a los que se sienten
solos, para acercarnos de una forma distinta a los que vamos encontrando en
nuestro camino, para tener una palabra amable de saludo con quien nos
encontramos aunque no nos responda? ¿No será esa la reconciliación que Dios nos
está pidiendo?
Podríamos hacer una cuaresma hermosa, y
podríamos ser un buen signo del amor de Dios para los demás. Al final será de
verdad pascua, que es el paso del Señor por nuestra vida y nuestro mundo.
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