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martes, 14 de julio de 2026

Sintamos como dichas a nosotros las palabras de Jesús que nos recrimina por nuestra falta de confianza que nos lleva a un enfriamiento de nuestra fe

 


Sintamos como dichas a nosotros las palabras de Jesús que nos recrimina por nuestra falta de confianza que nos lleva a un enfriamiento de nuestra fe

Isaías 7, 1-9; Salmo 47; Mateo 11, 20-24

La falta de confianza nos hace incrédulos, cerrados de mente y corazón y crea en torno nuestro una costra que nos hace duros e intratables. Nos sucede en muchos aspectos de nuestras relaciones con los demás, lo que es nuestra vida misma en ese crecimiento y maduración como personas, en aquello que pretendemos emprender que al final por falta de confianza incluso en nosotros mismos no llegaremos a realizar pero que en el mal estado de ánimo que se nos crea en nuestro interior estaremos como a la defensiva de todo llevándonos a culpabilizar incluso a los demás de lo que son nuestros fracasos.

Tenemos confianza con el amigo y lo escucharemos y nos sentiremos a gusto con él, confiamos en los demás y nos volvemos colaboradores, comenzamos a tener confianza en nosotros mismos y comenzaremos a avanzar por la vida. Hemos unido de alguna manera la confianza y la fe, en un plano humano, de nuestras relaciones con los demás o de nuestra participación en esa sociedad en la que vivimos y con la que nos ponemos a colaborar, pero en ese sentido tenemos que ir en nuestra vida espiritual y todo lo que atañe a lo que ha de ser nuestra vida cristiana.

Nos puede suceder incluso que vivimos y participamos incluso en celebraciones de nuestra comunidad cristiana, y sin embargo no vemos que vayamos avanzando en lo que tendría que ser nuestra vida cristiana sino que nos quedamos en unos cumplimientos, en unos ritos, en las mismas rutinas de siempre. ¿Qué nos puede estar sucediendo? ¿Por qué nos quedamos en esa frialdad y en esa atonía espiritual? ¿Estaremos en verdad dejándonos conducir por el Señor y por esa Palabra que escuchamos en cada celebración? ¿Tendremos en verdad confianza en la Palabra que se nos anuncia para llegar a dejarnos inundar por esa riqueza de vida que se nos quiere trasmitir?

Pudiera ser que ya viniéramos predispuestos, porque decimos que vamos a escuchar lo mismo una y otra vez, porque decimos que en fin de cuentas son siempre los mismos textos del evangelio; podríamos estar interiormente poniendo distancias en lo que se nos trasmite porque al final decimos son interpretaciones personales de quien nos habla y nosotros también tenemos nuestras interpretaciones particulares. Estamos poniendo una barrera de desconfianza, que nos llevará a que allí no encontremos un alimento para nuestra fe. Estamos escuchando pero no confiamos, no se despierta la fe en nosotros.

En el evangelio de hoy escuchamos las recriminaciones que Jesús les hace a aquellas ciudades donde ha realizado muchos signos y donde se ha hecho un trabajo intenso de anuncio de la buena noticia de Reino de Dios. En varias ocasiones escuchamos al evangelista decirnos que Jesús recorría los pueblos y ciudades de Galilea anunciando el Reino de Dios y realizando muchos signos entre ellos. Hoy nos habla de aquellos lugares cercanos al lago que fueron de especial predilección de Jesús para su predicación, Betsaida, Corozaín y la misma Cafarnaún. Si en otros lugares se hubieran realizado tantos signos como allí se realizaron seguro que habrían creído, y les compara con Sodoma y Gomorra, o con las ciudades paganas Tiro y Sidón, ya en las márgenes de Galilea.

Pero no queremos quedarnos en la reacción y respuesta de aquellos lugares sino que hemos de sentir las palabras de Jesús como dichas a nosotros hoy. Cuánto de gracia nos ha ofrecido el Señor, cada uno tendría que revisar su historia pero sobre todo la historia de amor de Dios en su vida. A nuestro alcance tenemos la Iglesia a la que pertenecemos, con sus parroquias y con sus templos, con su catequesis y su predicación, con sus celebraciones y con toda la celebración del misterio de Cristo a través de todo el año. ¿Cómo sentimos que en verdad nuestra vida espiritual está creciendo, nuestro compromiso cristiano desde nuestra fe es cada vez más intenso? ¿Qué nos recriminaría el Señor por nuestra respuesta o por nuestra falta de respuesta?

Tendríamos que pensar también en la confianza que ponemos en el Señor. ¿Cómo nos sentimos en ese sentido cuando pasamos por momentos de dificultad, cuando nos vienen las noches oscuras a nuestro espíritu? Despertemos nuestra confianza en el Señor para que pueda en verdad resplandecer nuestra fe.

domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.


martes, 30 de septiembre de 2025

Evangelizar es hacer una oferta de amor como sentido de vida con el testimonio de nuestra vida que siempre espera respuesta libre

 


Evangelizar es hacer una oferta de amor como sentido de vida con el testimonio de nuestra vida que siempre espera respuesta libre

Zacarías 8,20-23; Salmo 86; Lucas 9,51-56

Quizás porque decimos que somos más civilizados ya no se suele dar con tanta frecuencia aquellas peleas o discusiones entre pueblos cercanos donde siempre lo de mi pueblo es mejor que lo del tuyo. Algo en ocasiones se sigue dando muchas veces quizás desde polémicas entre las fiestas de pueblos vecinos, o incluso en ocasiones dentro del mismo pueblo pues se crean unos bandos según se sea de una parte del pueblo o de otra. Pero siempre ha habido esas rencillas y esas envidias entre pueblos cercanos, en  ocasiones son situaciones verdaderamente pintorescas pero también en cierto modo grave por resentimientos que se crean.  Una guerra de bandos, podríamos decir, unos resentimientos entre pueblos vecinos, unos distanciamientos que pueden dar pie a situaciones que se pueden convertir en algo difícil.

Menciono esto en referencia a lo que nos dice el evangelio. Los discípulos de Jesús que realizaban su subida a Jerusalén atravesando Samaría se encuentran que no son bien recibidos en algún pueblo por el hecho de que iban a la Pascua a Jerusalén. Conocido es, y nos aparecen distintos episodios a lo largo del evangelio, cómo desde la división del Reino judío los samaritanos y los judíos no se llevaban y estaban enfrentados en relación a la situación del Templo, entre el de Jerusalén de todos los judíos y el que se habían levantado en el Reino del Norte, en Samaría como una oposición a Jerusalén.

¿Cómo tú siendo judío me pides de beber a mi que soy samaritana?, le había replicado aquella mujer junto al pozo de Jacob en Samaría. Jesús resaltará, por el contra, en la parábola que fue el samaritano el que se bajó de su cabalgadura para atender al hombre caído mientras el sacerdote y el levita habían pasado de largo. Hoy contemplamos este rechazo por el hecho de ir subiendo a Jerusalén.

Los discípulos que se habían visto rechazo en su fervor por Jesús habían querido hacer bajar fuego del cielo como castigo a quienes no les habían recibido. Pero no es esa la actitud de Jesús. La verdad y el amor no se pueden imponer por la fuerza, tampoco con la violencia es manera de proclamar el Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Dios no se impone, solamente ofrece su amor y su salvación a la que nosotros libremente hemos de dar respuesta. La fe no se puede imponer, la fe se ha de contagiar, la fe es una invitación a dar una respuesta con libertad.

¿Habremos llegado a entender de verdad este mensaje de Jesús que nos ofrece hoy el evangelio? Podemos estar muy seguros y muy ciertos de la verdad del evangelio y de la fe que nosotros profesamos, para nosotros es la única salvación, lo único que da vida al hombre, pero la seguridad de los pasos que nosotros damos no se puede imponer a nadie, siempre ha de ser una oferta de amor a la que libremente se da respuesta.

Quizás en la historia, y podemos pensar de forma concreta en nuestra historia personal, la que nosotros hemos vivido, la que se ha desarrollado a nuestro lado, por un fervor mal entendido hemos convertido la transmisión de nuestra fe en una guerra invasiva de la conciencias de los demás. Precisamente porque estamos plenamente convencidos nos hacemos misioneros, llevamos el anuncio a los demás, expresamos nuestro testimonio, pero siempre será una invitación, una invitación hecha desde el amor. Queremos contagiar nuestra fe pero desde el descubrimiento que los otros hacen del testimonio que nosotros le ofrecemos con nuestra vida.

No es un evangelio de palabras y doctrinas que tengamos que aprender, sino que es un anuncio de salvación cuando ayudamos a descubrir un sentido de vida que nos conduce por caminos de plenitud. ¿Será eso en verdad lo que nosotros ofrecemos? Lo malo sería que ya hubiéramos perdido ese sentido de vida y no tengamos nada que ofrecer. Es la frialdad que se ha apoderado de los cristianos que solo lo son de nombre, es la pasividad con que vivimos en nuestras comunidades cristiana donde ya nos falta ese arrojo para hacer el anuncio del evangelio. ¿Dónde están los evangelizadores de nuestro tiempo?

martes, 15 de julio de 2025

Hagámonos eco de tantos signos y señales que Dios pone a nuestra vera en el camino de la vida para dar respuestas de vida y amor y no nos encerremos en nosotros mismos

 


Hagámonos eco de tantos signos y señales que Dios pone a nuestra vera en el camino de la vida para dar respuestas de vida y amor y no nos encerremos en nosotros mismos

Éxodo 2,1-15ª; Salmo 68; Mateo 11,20-24

Te lo he dicho tantas veces y no me haces caso. Seguramente algo así hemos dicho más de una vez al amigo a quien advertíamos de las consecuencias de algo que estaba haciendo y que no era bueno, son las recomendaciones de los padres a los hijos o entre los miembros de la familia ante situaciones en las que habríamos de tener cuidado, pero a lo que tantas veces nos hacemos oídos sordos para no querer escuchar, para no actuar en un momento determinado, para tomar una decisión que podía ser importante, para hacer un cambio en costumbres o en manera de actuar. Digo que le hemos dicho a los demás, pero hay que reconocer que nosotros también somos así muchas veces y nos hacemos oídos sordos para seguir con nuestro  punto de vista o con nuestras rutinas.

Le estaba pasando a Jesús con muchos de aquellos pueblos en los que una y otra vez había anunciado el Reino de Dios y había realizado multitud de signos y milagros, pero no todos daban el brazo a torcer, no todos aceptaban su mensaje para hacerse sus discípulos. Jesús se siente dolido, pero lo hace con un inmenso amor y derramando una y otra vez su misericordia sobre ellos para que cambien la actitud de sus corazones. Siente lástima y pena porque aquellas ciudades del entorno del lago de Tiberíades que tantas veces había recorrido se estaban pareciendo a aquellas ciudades antiguas tal como aparecía en las Escrituras que había merecido el castigo divino. Es una llamada más, como solemos decir la última llamada, pero en el corazón de Dios nunca será la última porque El será siempre el Divino Pastor que busca por montes y barrancos a la oveja perdida.

Pero no nos vamos a quedar en una mirada en la lejanía lamentando lo que entonces aquellas ciudades hacían. Siempre la Palabra de Dios que escuchamos es una Palabra de vida para nosotros hoy, que no pretende simplemente recordar historias, sino que quiere llegar a nuestro corazón para revisar actitudes y respuestas que nosotros hoy damos o no damos a ese regalo de Dios.

¿No habremos sentido muchas veces esos signos de Dios en nosotros, esas señales que Dios va poniendo en nuestro camino, esa Palabra que quiere llegar a nuestro corazón para moverlo de verdad a la conversión? Tenemos la tentación de dejarlo siempre para más tarde, para otro momento; tendremos tiempo, nos decimos, y seguimos enfrascados en nuestras rutinas o en nuestras malas costumbres, en esa cerrazón del corazón pensando que ya tendremos tiempo de responder, de dar ese cambio que necesitamos en nuestra vida. No damos las señales de conversión que Dios nos está siempre pidiendo. Sepamos también escucharnos mutuamente los unos a los otros que también tenemos algo que decirnos.

El tiempo se nos puede acabar, el final de la vida nos puede llegar en el momento más inesperado, nos puede suceder algo tras lo cual ya no tendremos tiempo de reaccionar. Reavivemos ese amor de Dios en nuestros corazones, no nos hagamos oídos sordos, escuchemos esa palabra que nos habla y llega a nosotros de mil maneras, estemos atentos a esas recomendaciones que puedan darnos muchas personas buenas a nuestro lado, sepamos descubrir tantas señales del amor de Dios que se nos pueden manifestar en el testimonio de otras personas. Son llamadas de Dios, invitaciones al amor, a la conversión, al arrepentimiento, a volver a retomar esos caminos de vida nueva que nunca debíamos de haber abandonado.

¿Cuándo nos vamos a decir a dar esa respuesta que nos está pidiendo el Señor?

sábado, 7 de junio de 2025

Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes

 


Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes

Hechos. 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21, 20-25

Hay gente que siempre se está comparando con los demás; si es mejor o peor, más guapo o más feo, si ha tenido más suerte en la vida o no ha tenido, si lleva una vida próspera o nosotros somos unos infelices, y así mil cosas más. Comparaciones que muchas veces están nacidas de envidias y de resentimientos, comparaciones no para sentirnos estimulados por nosotros mismos y en la búsqueda de nuestro crecimiento espiritual, comparaciones que nos destruyen a nosotros mismos mientras quizás estamos queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás. Comparaciones de índole personal, particular podríamos llamarlas, pero comparaciones en lo social, entre pueblos o entidades, que muchas veces llevan a enfrentamientos innecesarios que en fin de cuentas llevan a dañarnos a nosotros mismos, como sociedad o como pueblo. No es camino de superación y crecimiento personal o como comunidad, sino que son resentimientos ahogados que aunque nos creamos mejores que los demás realmente no nos harán felices.

Creo que es bueno detenerse a pensar en estas cosas, aunque nos parezcan muy de índole personal y muy particulares de nosotros mismos, porque nos ayudarán a descubrir actitudes que se transforman en envidias o en orgullos mal curados y por otra parte es sentirnos invitados a ese crecimiento personal valorando el crecimiento de los demás que nos puede servir de estímulo positivo. Puede parecer que poco tiene relación con el mensaje de la Palabra de Dios, pero una curiosidad de Pedro que no se pudo callar ante lo que podía esperarle al discípulo amado de Jesús, me ha motivado a comenzar la reflexión de hoy desde estos aspectos muy humanos, pero que también han de formar parte de nuestra espiritualidad cristiana.

Como decíamos, Pedro que le había porfiado – en el buen sentido de la porfía – su amor que a pesar de sus tropiezos no dejaba de querer expresar a Jesús con toda la fuerza de su ser – Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo, le había dicho – pero cuando Jesús le anuncia lo que incluso va a padecer por su nombre – ‘otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras' - al ver por allí cerca al discípulo, como dice el evangelio, que Jesús tanto amaba, le surge la pregunta ‘y de éste ¿qué va a ser?’. Y poco menos que Jesús ahora le dice que no se meta en la vida de los demás, que no le importa a él lo que Jesús le tenga reservado para el discípulo amado.

No veamos aquí correcciones duras e incomprensibles de Jesús a Pedro como no queramos ver intenciones oscuras en la pregunta que le ha hecho a Jesús. ¿No nos estará diciendo Jesús que cada uno tiene que hacer su camino y cada uno tiene que llevar su cruz cuando le toque? Es cierto que en nuestra vida cristiana hay algo muy importante que es la comunión que tenemos que sentir los unos con los otros; estamos llamados a la comunión y a la comunidad, y Jesús así en ese sentido ha constituido la Iglesia. Pero la respuesta de fe siempre tiene que ser personal, aunque la hagamos caminando junto a los hermanos; pero ni tú puedas dar la respuesta que le toca dar al otro, ni nadie va a sustituir lo que tú tengas que hacer.

Cuando Jesús te invitó a seguirle lo ha hecho por tu nombre personal. Es bonito lo que se expresa en la liturgia del Bautismo cuando el sacerdote al principio de la celebración pregunta por el nombre de aquel que va a ser bautizado. Y será con ese nombre con el que recibe las aguas del bautismo. Es nuestra decisión personal, es nuestro camino personal, que haremos, es cierto, y viviremos en comunión con los hermanos que están a nuestro lado, no para envidiarnos, sino para apoyarnos mutuamente, para servirnos de aliciente y estímulo los unos a los otros. En la liturgia aunque cuando oremos a Dios digamos ‘Padre nuestro’, no mío sino nuestro, a la hora de la confesión de fe diremos ‘Creo’, de una forma personal, porque estoy poniendo mi yo, mi persona, mis valores, mis actos, mi vida en esa fe que estoy proclamando.


viernes, 20 de diciembre de 2024

Sorprendidos pero humildes, sobrecogidos ante lo sobrenatural pero agradecidos por tanto amor, es la respuesta de nuestra fe, sentido profundo de nuestra navidad

 

Sorprendidos pero humildes, sobrecogidos ante lo sobrenatural pero agradecidos por tanto amor, es la respuesta de nuestra fe, sentido profundo de nuestra navidad

Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Lucas 1, 26-38

Las sorpresas de Dios siempre nos dejan boquiabiertos. Donde menos lo esperamos, quizás lo que menos esperamos, nunca en la forma cómo nosotros nos lo imaginamos Dios nos sorprende. Aunque tenemos un peligro, no dejarnos sorprender porque ya nada buscamos, no dejarnos sorprender porque nos hemos saciado de tantas cosas sin sabor que hemos perdido la sensibilidad, no dejarnos sorprender porque en nuestra autosuficiencia decimos que ya nada necesitamos, que lo espiritual no nos interesa, que nos bastamos a nosotros mismos con nuestros juguetes o jugando a creernos dioses que estamos por encima de esas cosas que ya nos parecen insulsas. Pero Dios sigue viniendo a sorprendernos con su amor.

Necesitamos humildad para dejarnos sorprender con las cosas de Dios, aunque nosotros sigamos jugando a hacernos dioses que están por encima de todas esas cosas. En el mundo en el que vivimos nos hemos llenado de autosuficiencia y hasta hemos querido transformar las cosas más sagradas a nuestra medida, desvirtuamos todo lo sagrado queriendo darle nuestras humanas o interesadas explicaciones y nos hemos materializado desacralizado tanto que queremos desterrar todo sentimiento religioso y transformarlo todo a nuestro sentido materialista de la vida.

Desvirtuamos las palabras que siempre han estado cargadas de un sentido espiritual para hacerlo todo mundano y que solo satisfaga nuestras sensaciones más primarias. ¿No estamos llegando a un punto, por ejemplo, que la palabra navidad ya no tiene nada que ver con la Encarnación de Dios que se hace hombre y presente en nuestra historia? ¿Qué es navidad para la mayoría de la gente que nos rodea en nuestro mundo de hoy? En algunos sitios hasta hacen desaparecer las imágenes que estén relacionadas con lo espiritual para sustituirlas por aquellas cosas que nos puedan llamar al consumo y una fiesta donde esté ausente Dios.

Los cristianos – y tenemos que decir que todo el mundo de hoy y esa sería nuestra tarea evangelizadora de anuncio del evangelio – necesitamos escuchar de nuevo un evangelio como el que hoy se nos ofrece, siempre novedad de evangelio a pesar de todas las veces que lo hayamos escuchado. Dios que viene a plantar su tienda entre nosotros para ser Emmanuel de verdad en medio de nuestro mundo y escoge a una joven doncella de Nazaret para que sea su madre. Así de sencillo y grandioso es el evangelio que hoy se nos ofrece.

María se sorprende ante la visita del ángel, nos dice el evangelista, y se puso a considerar todo aquello que contemplaba y escuchaba. Se quedó boquiabierta, en la expresión que empleábamos al principio. Podíamos decir que no se lo podía creer. Estaba siendo llamada la agraciada del Señor, aquella en quien Dios se había fijado y que quería contar con ella para el misterio más maravilloso de su amor, hacerse hombre naciendo de una mujer.

El ángel le explica con palabras que solo una persona de fe puede llegar a comprender. Nace esa fe desde esa sorpresa de Dios. Dios se nos manifiesta y nos hace conocer lo que es su voluntad, lo que son sus planes y le damos la respuesta de la fe, como lo hizo María.

Para quien es ajeno a la fe porque no quiere dejarse sorprender por Dios le puede parecer una escena increíble y que puede quedarse como en un mito. Pero si tenemos humildad, como la tenía María, que le costaba comprender pero hacía preguntas, que le parecía algo muy grande para ella que se siente muy pequeña, pero que se deja conducir, podremos entrar nosotros también en esa sintonía de Dios, en esa sintonía de lo espiritual, en esa apertura de nuestro espíritu a lo sobrenatural porque nos sobrepasa pero de lo que nos sentimos agradecidos porque descubrimos que es un regalo de amor.

Sorprendidos y boquiabiertos pero humildes, sobrecogidos ante lo sobrenatural pero agradecidos por tanto amor, es la respuesta de nuestra fe, es el sentido que tenemos que darle desde lo más profundo a nuestra navidad.