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martes, 30 de septiembre de 2025

Evangelizar es hacer una oferta de amor como sentido de vida con el testimonio de nuestra vida que siempre espera respuesta libre

 


Evangelizar es hacer una oferta de amor como sentido de vida con el testimonio de nuestra vida que siempre espera respuesta libre

Zacarías 8,20-23; Salmo 86; Lucas 9,51-56

Quizás porque decimos que somos más civilizados ya no se suele dar con tanta frecuencia aquellas peleas o discusiones entre pueblos cercanos donde siempre lo de mi pueblo es mejor que lo del tuyo. Algo en ocasiones se sigue dando muchas veces quizás desde polémicas entre las fiestas de pueblos vecinos, o incluso en ocasiones dentro del mismo pueblo pues se crean unos bandos según se sea de una parte del pueblo o de otra. Pero siempre ha habido esas rencillas y esas envidias entre pueblos cercanos, en  ocasiones son situaciones verdaderamente pintorescas pero también en cierto modo grave por resentimientos que se crean.  Una guerra de bandos, podríamos decir, unos resentimientos entre pueblos vecinos, unos distanciamientos que pueden dar pie a situaciones que se pueden convertir en algo difícil.

Menciono esto en referencia a lo que nos dice el evangelio. Los discípulos de Jesús que realizaban su subida a Jerusalén atravesando Samaría se encuentran que no son bien recibidos en algún pueblo por el hecho de que iban a la Pascua a Jerusalén. Conocido es, y nos aparecen distintos episodios a lo largo del evangelio, cómo desde la división del Reino judío los samaritanos y los judíos no se llevaban y estaban enfrentados en relación a la situación del Templo, entre el de Jerusalén de todos los judíos y el que se habían levantado en el Reino del Norte, en Samaría como una oposición a Jerusalén.

¿Cómo tú siendo judío me pides de beber a mi que soy samaritana?, le había replicado aquella mujer junto al pozo de Jacob en Samaría. Jesús resaltará, por el contra, en la parábola que fue el samaritano el que se bajó de su cabalgadura para atender al hombre caído mientras el sacerdote y el levita habían pasado de largo. Hoy contemplamos este rechazo por el hecho de ir subiendo a Jerusalén.

Los discípulos que se habían visto rechazo en su fervor por Jesús habían querido hacer bajar fuego del cielo como castigo a quienes no les habían recibido. Pero no es esa la actitud de Jesús. La verdad y el amor no se pueden imponer por la fuerza, tampoco con la violencia es manera de proclamar el Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Dios no se impone, solamente ofrece su amor y su salvación a la que nosotros libremente hemos de dar respuesta. La fe no se puede imponer, la fe se ha de contagiar, la fe es una invitación a dar una respuesta con libertad.

¿Habremos llegado a entender de verdad este mensaje de Jesús que nos ofrece hoy el evangelio? Podemos estar muy seguros y muy ciertos de la verdad del evangelio y de la fe que nosotros profesamos, para nosotros es la única salvación, lo único que da vida al hombre, pero la seguridad de los pasos que nosotros damos no se puede imponer a nadie, siempre ha de ser una oferta de amor a la que libremente se da respuesta.

Quizás en la historia, y podemos pensar de forma concreta en nuestra historia personal, la que nosotros hemos vivido, la que se ha desarrollado a nuestro lado, por un fervor mal entendido hemos convertido la transmisión de nuestra fe en una guerra invasiva de la conciencias de los demás. Precisamente porque estamos plenamente convencidos nos hacemos misioneros, llevamos el anuncio a los demás, expresamos nuestro testimonio, pero siempre será una invitación, una invitación hecha desde el amor. Queremos contagiar nuestra fe pero desde el descubrimiento que los otros hacen del testimonio que nosotros le ofrecemos con nuestra vida.

No es un evangelio de palabras y doctrinas que tengamos que aprender, sino que es un anuncio de salvación cuando ayudamos a descubrir un sentido de vida que nos conduce por caminos de plenitud. ¿Será eso en verdad lo que nosotros ofrecemos? Lo malo sería que ya hubiéramos perdido ese sentido de vida y no tengamos nada que ofrecer. Es la frialdad que se ha apoderado de los cristianos que solo lo son de nombre, es la pasividad con que vivimos en nuestras comunidades cristiana donde ya nos falta ese arrojo para hacer el anuncio del evangelio. ¿Dónde están los evangelizadores de nuestro tiempo?

martes, 1 de octubre de 2024

 


En un mundo que quizá no entienda o nos rechace por nuestra manera de ver las cosas, nuestra decisión tiene que ser firme de seguir los pasos de la pascua de Jesús

Job 3,1-3.11-17.20-23; Salmo 87; Lucas 9,51-56

Hay momentos en que tenemos que tomar decisiones; la vida realmente está llena de esos momentos, porque tenemos que ir aclarando lo que buscamos o lo que queremos, pueden ser muchas las cosas distintas que se nos ofrezcan y nos encontramos en la alternativa de decidir; y hay cosas y momentos en que no lo podemos dejar en manos de otros, porque son cosas que realmente nos atañen a nosotros, nuestro futuro, la realización de nosotros mismos, nuestra felicidad; y nos cuesta porque tememos equivocarnos, porque algunas veces no sabemos realmente a donde nos lleva y sus consecuencias el camino elegido, porque son muchas las bifurcaciones.

Pero ahí iremos demostrando nuestra madurez, la seguridad con que caminamos en la vida, el fondo que hay en nosotros que nos hace pensar en nuestras metas, la fortaleza para afrontar quizás caminos difíciles, escabrosos, que pueden traernos incluso problemas. ¿Seguiremos dando vaivenes de una lado para otro sin aclararnos? ¿Permanecerá la paz y serenidad en el corazón a pesar de lo difícil que pueda ser tomar una decisión?

Hoy nos dice el evangelista que Jesús tomó la determinación de subir a Jerusalén. Y lo hizo con firme decisión consciente del camino que estaba emprendiendo. Ya lo había venido anunciando a los discípulos que no habían sabido o querido entender las palabras de Jesús que eran bastante claras. Jesús sabe que es el camino de su Pascua. No es solo que suba como todos los judíos a celebrar la Pascua en Jerusalén, sino que iba a ser su Pascua, una Pascua que iba a tener una característica muy especial y que como en su momento dirá Jesús será definitiva y eterna.

En algún momento mas adelante el evangelista nos dirá que Jesús iba deprisa, como que le faltaba tiempo para llegar a Jerusalén. Ahora le vemos en una decisión firme, teniendo claro cuanto iba a suceder. Y ya desde unos primeros momentos, porque en esta ocasión van atravesando Samaría, van a aparecer las primeras dificultades. Ha enviado por delante a algunos de los discípulos buscando alojamiento, pero no lo encuentran; nadie quiere darles alojamiento porque subían a Jerusalén. Ya conocemos sus rivalidades y como los samaritanos decían que el monte santo no era Jerusalén, sino Garizin.

Pero podríamos recordar aquí con la falta de alojamiento aquello que un día había dicho, que el Hijo del hombre no tenía donde reclinar su cabeza. La pobreza de Jesús, la pobreza del seguidor de Jesús que no tiene tantas veces esos apoyos materiales que todos en el fondo buscamos. También les había dicho a los apóstoles que no llevaran ni bastón ni alforjas para el camino, que en la casa donde entraren allí permanecieran si eran bien recibidos, pero si eran rechazados marcharan a otra parte. ¿Será lo que ahora hace Jesús? Ante la reacción de los discípulos que poco menos que pedían que bajara fuego del cielo para castigarlos, Jesús les dice que han de marchar a otra parte. Jesús no perdió la paz. Siempre en camino. ¿Tomamos ejemplo para las reacciones que tengamos ante la oposición que encontremos?

No podemos perder la paz, perder los nervios como decimos habitualmente cuando tenemos que enfrentarnos a momentos o decisiones difíciles. Reconocemos que no es fácil. Parece que el espíritu del mundo nos envuelve o nos ciega. Soñamos quizás con tiempos de cristiandad, allí cuando parecía que todos tenían la misma fe y el mismo entusiasmo. Parece hoy como si todo hubiera cambiado. ¿Dónde está aquellos que llenaban nuestros templos o hacía multitudinarias procesiones? ¿Qué dejaron de todo aquello a sus hijos que hoy pasan de todo y en nada que sepa a religioso quieren participar? ¿Qué hondura le dimos a la fe que no supimos transmitir o es que nos habíamos quedado solo en lo externo?  

Pero cuando queremos seguir los pasos de Jesús en su espíritu tenemos que sentirnos fortalecidos, aunque el camino sea duro y difícil o nos encontremos a tantos indiferentes a nuestro lado que quizás siguen aprovechando lo religioso pero solo como base de sus actividades sociales. Yo miro, por ejemplo, en lo que se han quedado las fiestas de nuestros pueblos, las fiestas del Cristo, de la Virgen o del santo patrono del pueblo; ¿siguen siendo una expresión de fe comprometida o se queda solo en un motivo para otras actividades con lo que hacemos la fiesta? Lo pienso cuando en estos momentos a nuestro alrededor tantas fiestas se están celebrando, pero que tenemos que ver en qué se quedan.

Claro que no nos podemos cruzar de brazos y tenemos que tomar la decisión con Jesús de subir a Jerusalén. ¿Dónde estará hoy esa subida a Jerusalén en mi vida de cristiano para celebrar la Pascua con Jesús? No será fácil nadar a contra corriente de lo que hace el mundo, pero ahí tenemos que estar los cristianos aunque la decisión que tengamos que tomar sea costosa y difícil.

miércoles, 15 de noviembre de 2023

Despertemos nuestra fe y seamos capaces de admirarnos de las maravillas que Dios sigue obrando en nosotros

 


Despertemos nuestra fe y seamos capaces de admirarnos de las maravillas que Dios sigue obrando en nosotros

Sabiduría 6, 1-11; Sal 81;  Lucas 17,11-19

A veces nos suceden cosas que pudieran ser significativas para nosotros, que puede que las hayamos deseado o pedido, y sin embargo cuando nos suceden las vemos como una cosa más que nos suceden sin llegar a descubrir lo bello, lo extraordinario que puede ser para nosotros, y las dejamos pasar.  No siempre sentimos admiración por lo que nos sucede, incluso aunque nos sucedan cosas extraordinarias, llegamos a acostumbrarnos, no sabemos ser agradecidos, no las valoramos. Creo que necesitamos más abrir los ojos del alma para dejarnos sorprender, para sentir admiración, para valorar lo sobrenatural que en la vida podemos encontrar.

Cada mañana y cada tarde el sol sale o se pone por el horizonte, se hace de día y se hace de noche, se suceden las horas y los acontecimientos, van cambiando las estaciones del año con sus fríos y con sus calores, se suceden las tormentas o cae con fuerza la lluvia como también nos pueden venir tiempos de sequía que se pueden convertir en nubarrones de peores tiempos para la vida, y seguimos impertérritos, no somos capaces de admirarnos ante tantas maravillas de la naturaleza que va desfilando ante nuestros ojos, pero al final nos aburrimos, nos parece que un día totalmente igual al otro, porque no hemos sabido descubrir novedades, porque tampoco hemos sabido descubrir los caminos de Dios en esos acontecimientos.

En todo eso nos puede estar hablando Dios, es más, podemos afirmar rotundamente, nos está hablando Dios. Pero no lo escuchamos. Lo malo es acostumbrarse, porque caemos en rutina y nos aburrimos. ¿Cómo despertar? ¿Seremos capaces de dar gloria a Dios por cuanto nos sucede?

Nos narra el evangelio un hecho muy significativo. Jesús camina entre Galilea y Samaría. ¿Se dirigiría a Jerusalén? El hecho es que en medio de aquellos campos y aquellos caminos hay un grupo de leprosos que de lejos le piden compasión. Era el gemido habitual a escuchar en aquellos campos de desolación, donde era fácil que en cualquier cueva o en cualquier barranquera estuvieran refugiados unos leprosos obligados por su enfermedad a vivir lejos de sus casas y familias y abandonados a su suerte. No podían acercase a nadie y es más tenían la obligación de avisar que eran impuros si alguien estuviera en sus cercanías. Pedían compasión, quizás un poco de agua, quizás alimentos, algo que calmara sus tormentos…

¿Saben quizá que en medio de aquel grupo que va por el camino hay alguien que puede ser su salvación? Porque estuvieran aislados no significa que no tuvieran noticias de lo que en Galilea estaba sucediendo con el nuevo profeta que había aparecido. Por eso su petición de compasión quizás se hiciera más intensa. Y allí estaba quien los escuchaba y no pasaba de largo. Les envía a que vayan a cumplir con lo establecido con le ley para que puedan volver a sus casas. Mientras marchaban se vieron curados y la mayoría continuó su camino porque había que hacer lo que había que hacer; tenían que presentarse al sacerdote para que les diera la comprobación de que estaban curados y pudieran volver a sus casas. Estaban curados, y eso era lo que importaba.

Pero uno, que además era samaritano como nos recalca el evangelista, no vio las cosas con tanta naturalidad. Algo había sucedido y la mano de Dios estaba en ello. Había que dar gloria a Dios. Volvió sus pasos hasta Jesús, porque era en El en quien había encontrado la salvación, y él era capaz de reconocerlo y reconocer la gloria del Señor que allí se había manifestado. Se postró ante Jesús. Conocemos los comentarios. La fe le había salvado. Ahora sí podía volver con los suyos a su casa.

¿Y nosotros nos detendremos en nuestros caminos para admirarnos por cuanto se nos ofrece y dar gloria a Dios? Seguimos quizás muy entretenidos en nuestras cosas y ya hemos perdido la capacidad de la admiración. Vemos todo tan natural y a todo somos capaces de darle nuestras explicaciones que parece que ya nada nos llama la atención. Nos sentimos tan autosuficientes que nos parece que todo nos lo conseguimos con nuestro poder o con lo que sabemos que ya en todo nos valemos por nosotros mismos y son nuestros meritos los que se tienen en cuenta.

Nos hemos olvidado del poder y de la sabiduría de Dios. Como tantas cosas que vamos arrinconando en el cuarto de los trastos porque para nuestros tiempos no nos valen porque nos parece que tenemos cosas mejores – para esos están nuestras técnicas y nuestra ciencia – a Dios también lo hemos arrinconado y ya ni contamos con El. ¿Se despertará de nuevo nuestra fe?

 

martes, 3 de octubre de 2023

Intentemos hacer el camino de la vida al paso de Jesús con la misma decisión de su subida a Jerusalén y emprenderemos un camino de entrega y de amor

 


Intentemos hacer el camino de la vida al paso de Jesús con la misma decisión de su subida a Jerusalén y emprenderemos un camino de entrega y de amor

Zacarías 8,20-23; Sal 86; Lucas 9,51-56

De camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén'.

¿No sucederá de una forma semejante también en nuestra sociedad de hoy? Aunque es bonito hablar de derechos humanos, de que todos somos iguales y cosas muy lindas por el estilo, sin embargo a la hora de la verdad nos hacemos nuestros 'distingos', no nos aceptamos todos de la misma manera, siguen existiendo discriminaciones. 'Yo no soy racista' nos dice más de uno, pero es que a ciertos individuos - y nos citan países o regiones de origen, y nos hablan del color de la piel, y nos recuerdan cosas del pasado - no me los puedo tragar, te dicen. Muchas veces también nos dejamos llevar por las apariencias, y cómo la gente hoy viste como quiere, y hay personas con las que no nos sentaremos a su lado, por ejemplo. Ahi tenemos el problema de la inmigración irregular con gentes, por ejemplo en nuestra tierra, que nos llegan en pateras arriesgando sus vidas por buscar una vida mejor, y miremos la letanía de quejas que nos hacemos si los reciben, si los tratan bien, si los tienen en este lugar o en otro. Y así podríamos poner muchos ejemplos que suceden en nuestro entorno y en lo que nosotros algunas veces nos podemos ver tentados a caer.

Aunque pudiera parecer que esto no tiene que ver con el evangelio, la actitud de aquellos samaritanos que no querían recibir ni a Jesús ni a los que le acompañaban porque iban a Jerusalén me ha dado pie para hacerme estas consideraciones. Nos viene bien porque es una invitación a reciclar viejas actitudes que también podemos tener en nuestro corazón. Además el evangelio nos hace pensar en algo más, las reacciones que ante esas diversas situaciones se pueden provocar en nosotros. Vemos lo que les sucedía a los propios discípulos de Jesús; vienen quejándose porque en aquel pueblo no han querido recibirles y en una reacción violenta ya están pidiendo a Jesús que baje fuego del cielo para castigarlos. ¿No será algo semejante a cuando decimos que a esos emigrantes que los manden a sus tierras?

Tenemos que andar con cuidado porque aunque nos decimos cristianos, que tenemos fe en Jesús y queremos escuchar su evangelio, también a veces nos sucede que nos contagiamos del espíritu del mundo y las reacciones que tenemos ante los diversos problemas que se nos van suscitando en la sociedad no siempre están guiadas por el espíritu del Evangelio.

Decíamos antes que tenemos que reciclarnos, es una forma de hablar, pero con ello queremos expresar cómo siempre hemos de estar en una actitud humilde de revisión de actitudes y comportamientos, porque fácilmente nos dejamos llevar, nos dejamos contagiar y no están resplandeciendo en nosotros los valores del evangelio.

Nos hace falta humildad, nos hace falta impregnarse de los sentimientos de Jesús, nos hace falta contemplar mucho el camino de Jesús para seguir en verdad sus pasos. Que resplandezca en nosotros la misericordia, la comprensión, la acogida, la cercanía y la escucha, la humildad y la sencillez que nos aleje de vanidades, la mansedumbre del corazón de Cristo. Que sepamos aceptarnos y acogernos, a pesar de las debilidades o sombras que podamos contemplar en la vida, que sepamos valorar y respetar la dignidad de toda persona, que sepamos poner amor que le dará un colorido nuevo a nuestros ojos y que le dará entonces un colorido nuevo a las relaciones mutuas entre unos y otros.

Camino bello si lo supiéramos caminar, aunque sabemos cuánto nos cuesta; pensar en nosotros rutinas y viejas costumbres, actitudes egoístas e insolidarias y muchas veces demasiado amor propio, pero es un camino que podemos realizar porque lo intentamos hacer al paso de Jesús en su subida a Jerusalén.


domingo, 9 de octubre de 2022

Seamos capaces de reconocer con humildad para agradecer de corazón y estaremos poniéndonos en caminos de plenitud y salvación

 


Seamos capaces de reconocer con humildad para agradecer de corazón y estaremos poniéndonos en caminos de plenitud y salvación

2Reyes 5, 14-17: Sal 97; 2Timoteo 2, 8-13; Lucas 17, 11-19

Quien sabe dar gracias está descubriendo el camino de encontrarse a si mismo y un camino que le va a llevar por caminos de mayor plenitud. Dar gracias es un reconocimiento de su propia realidad y de lo que está recibiendo que le hace llevar esa realidad limitada y pobre por caminos de nueva vida. Damos gracias porque en nuestras limitaciones nos encontramos como encerrados y alguien nos ha hecho saltar esos círculos que nos encierran y limitan para ir al encuentro de una nueva libertad. No es humillación por reconocer nuestras limitaciones, es encuentro con una nueva y verdadera grandeza; a algunos pareciera que les humilla tener que dar gracias porque les parece que les hace depender de otros, pero es cuando en verdad somos grandes reconociendo lo que somos y a lo que ahora podemos llegar.

Hoy se nos habla de unos leprosos; no es solo su enfermedad que les hace sentirse débiles sino que como consecuencia de esa enfermedad nacían otras limitaciones que en este caso les aislaban y separaban de los demás con verdadera crueldad incluso; tenían que vivir confinados y aislados del resto de su comunidad y de su familia. Pero en su ansia por la vida les vemos dar unos pasos, que algunas veces nos puede costar a nosotros dar; reconocían su enfermedad, pero fueron capaces de unirse para hacer una petición. Aunque de lejos, porque no podían acercarse más, aquellos diez leprosos clamaban y pedían compasión. ¿Era ya un principio de algo nuevo?

Algunas veces el dolor y el sufrimiento nos aísla y nos encierra en nosotros mismos, nos hace sentirnos mal y algunas veces no sabemos cómo reaccionar, cuando nos duele la cabeza que nadie nos moleste y mostramos nuestra mala cara a los que quieren acercarse a nosotros con algún tipo quizá de consuelo, cuando no nos salen las cosas como nosotros deseamos, nos volvemos insoportables con nuestras reacciones.

Tenemos que ver las lepras que pudiera haber en nuestra vida y que también nos van aislando, nos hacen aparecer esas barreras de nuestro mal humor que nos hacen llevarnos mal con todo y con todos; algunas veces hasta rechazamos lo que los otros pudieran ofrecernos quizás desde autosuficiencias mal disimuladas que no nos dejan reconocer la realidad; no me pasa nada, decimos tantas veces.

¿Tendríamos que aprender a hacer como aquellos diez leprosos que pidieron ayuda y compasión? Es importante este paso para que podamos levantarnos de nuestra situación y de nuestra postración. Hemos de tener la humildad suficiente para darnos cuenta de esas lepras que hoy siguen aislándonos para poder encontrar salvación para nuestras vidas. Quien no reconoce su realidad difícilmente podrá cambiar. Siempre estaremos echándoles la culpa a los demás. Tantas veces nos contentamos con denunciar las malas situaciones por las que pasamos pero siempre culpabilizando a otros, y nunca dándonos cuenta de nuestra propia realidad y de los pasos que tengo que comenzar a dar. Así nunca arreglaremos nuestro mundo.

Pero Jesús nos está saliendo al paso de nuestro camino. Jesús se deja encontrar por nosotros cuando damos el mínimo paso. Realmente es El quien está viniendo a nuestro encuentro, nos ofrece, pero no nos fuerza. Hemos de querer. Hemos de dejarnos iluminar por esa luz aunque a veces nos parezca lejana, pero ahí está. Como el faro que está en la orilla del mar y aunque el barco esté lejos la ve en la distancia y se deja guiar. Nos pide que reconozcamos esas tormentas en las que estamos envueltos y miremos hacia ese faro de salvación. ‘Presentaros a los sacerdotes’, les dice a aquellos leprosos.

Cuidado que cuando encontremos esa luz de salvación volvamos a querer caminar cada uno por su lado. Aquellos hombres salieron corriendo cada uno por su parte para cumplir con lo establecido por la ley y volver a sus casas. ¿Volvieron a romper aquella unión que habían logrado para pedir la compasión de Jesús? Algunas veces nos puede pasar, que pronto olvidamos la realidad en la que vivíamos y quien nos ha sacado de ese pozo. Nos olvidamos de reconocer y agradecer.

Uno volvió hasta Jesús para postrarse ante El. Y era un samaritano. El que podía parecer menos que fuera agradecido y tuviera esos buenos sentimientos; ya sabemos como trataban los judíos a los samaritanos a los que consideraban unos herejes. Pero Jesús alaba la fe de aquel hombre aunque fuera un samaritano, como un día había alabado la fe del centurión romano, o como reconoció la fe de la cananea cuando suplicaba por la curación de su hija. ¿Nos estará diciendo algo también este sentido el evangelio cuando seguimos con nuestras discriminaciones por razón de su origen o de su condición?

‘Levántate, vete, que tu fe te ha salvado’, le dice Jesús. ¿Podremos escuchar también esa palabra de Jesús referente a nuestra fe? Seamos capaces de reconocer para agradecer y estaremos poniéndonos en caminos de plenitud y salvación.

martes, 28 de septiembre de 2021

Tenemos que saber afrontar la vida con sus dificultades e incluso con los tropiezos que podamos tener en nuestro encuentro con los demás con verdadera madurez

 


Tenemos que saber afrontar la vida con sus dificultades e incluso con los tropiezos que podamos tener en nuestro encuentro con los demás con verdadera madurez

Zacarías 8,20-23; Sal 86; Lucas 9,51-56

Alguna vez nos habrán dado el consejo de que si tenemos que pasar por algún sitio de especial dificultad o peligroso, demos un rodeo evitando ese lugar y ese peligro. Y nos puede parecer un buen consejo. Quizás lo decimos a nuestros hijos para evitarles amistades peligrosas o se vean enrollados en tantas cosas que se les ofrecen hoy y pudieran terminar esclavizándolos.

Claro que rodeos damos muchos en la vida y no solo evitando esos peligros que podíamos decir físicos, sino que por muchas razones evitamos muchas cosas, evitamos personas con las que no queremos encontrarnos, evitamos aquello en lo que pudiéramos vernos comprometidos, evitamos aquello que pudiera exigirnos un esfuerzo de superación o algún tipo de sacrificio. Claro que entonces lo del buen consejo que decíamos al principio tendríamos que pensárnoslo si queremos vivir de una forma madura buscando la sana convivencia entre todos.

Creo que en estos breves versículos del evangelio que hoy se nos ofrece puede haber una hermosa lección para esos caminos de nuestra vida. Jesús decidió subir a Jerusalén porque El sabía que le llegaba su hora. Los discípulos no terminan de entender las prisas de Jesús ni los anuncios que les ha venido haciendo.

El camino habitual que hacían las gentes de Galilea para subir a Jerusalén era bajando por el valle del Jordán para luego subir desde Jericó hasta Jerusalén. Evitaban el paso por Samaría, que eran judíos también, pero con los cuales no había buenas relaciones, porque ellos no aceptaban la centralidad del templo de Jerusalén. Recordamos el caso de la samaritana del que nos habla el evangelio de san Juan. Pero Jesús en esta ocasión decidió subir atravesando Samaría. Afronta el enfrentamiento o el rechazo que se pudieran encontrar por el hecho de ir a Jerusalén.

Es el incidente con que se encuentran los discípulos cuando van a una aldea a pedir hospitalidad, pero que son rechazados por dirigirse a Jerusalén. Enfadados vienen Santiago y Juan diciéndole a Jesús que baje fuego del cielo para castigar a quienes no les han ofrecido hospitalidad. ‘Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?’ Pero bien vemos que Jesús les rechaza esa petición porque nunca la violencia es solución de nada.

Bien nos puede valer en este momento de nuestra reflexión lo que un escritor y pensador de nuestro tiempo decía: ‘No es cierto que la violencia sea la «imperfección» de la caridad; es el pudridero de la caridad, la inversión, la falsificación y la violación de la caridad. Quizá algún violento haya comenzado a ejercer su violencia por motivos subjetivos de amor, pero de hecho, al hacer violencia se ha convertido en el mayor enemigo del amor. Ya que con la violencia se puede entrar en todas partes, menos en el corazón’. (JL Martín Descalzo)

Tenemos que saber afrontar la vida con sus dificultades e incluso con los tropiezos que podamos tener. Primero porque no somos perfectos y en ocasiones se va a manifestar nuestra debilidad en aquello que hacemos.  pero eso ha de hacer que sepamos mirar con otros ojos a los demás, que también tienen sus debilidades, que tienen su manera de ver y hacer las cosas en lo que muchas veces no coincidimos, nos vamos a encontrar distintas opiniones o incluso rechazo de aquello que nosotros queremos hacer. Son muchos los caminos que nos encontramos, muchas las maneras de entender o de hacer las cosas que incluso puede ir en contra de nuestra manera de pensar y de actuar. Pero hemos de saber respetarnos y valorarnos en lo bueno que hacemos a pesar de las diferencias.

Muchas veces preferimos dar rodeos. Si es para evitar la violencia y buscar la paz buenos caminos pueden ser; pero bien sabemos que muchas veces los rodeos que hacemos es porque queremos evitar a las personas, porque no siempre quizás queremos encontrarnos o mezclarnos con todo el mundo; ahí entra todo ese camino de discriminaciones en el que tantas veces entramos; ahí entran esos distanciamientos y barreras que creamos porque un día quizás no nos entendimos o incluso en nuestro diálogo podíamos tener opiniones enfrentadas; ahí entran esos miedos al compromiso, a expresar con valentía lo que son nuestras convicciones aunque sean distintas a las de los demás, esas cobardías que a la larga tan molestas nos resultan hasta para nosotros mismos.

Realmente nos manifestamos muchas veces con un infantilismo tremendo y con una inmadurez muy peligrosa. Seamos capaces de dar la cara por nuestras convicciones, por nuestra fe y por nuestra vida.

 

sábado, 13 de julio de 2019

Mirando desde la óptica de Dios entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los caídos del camino



Mirando desde la óptica de Dios entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los caídos del camino

Det. 30, 10-14; Sal 68; Col. 1, 15-20; Lc. 10, 25-37
Se había acercado a Jesús un letrado para poner a prueba a Jesús preguntándole qué es lo que había que hacer para heredar la vida eterna. Una pregunta repetida en el evangelio; recordamos al joven rico, pero recordamos otros letrados que vienen también con suspicacias semejantes para preguntar qué era la principal de la ley. Pregunta que de alguna manera nos hacemos nosotros también, porque andamos buscando una y otra vez que tenemos que hacer y en nuestro caso también tantas veces buscando rebajas para ver en cierto modo hasta donde podemos llegar simplemente para cumplir.
Como no era para menos Jesús le responde recordando los mandamientos, lo que estaba escrito en la Ley que todo buen judío conocía incluso de memoria y no menos quien ahora le hacia la pregunta que era un letrado. ¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?... Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo’. Es el diálogo que entre Jesús y el letrado se cruzan. Pero aun así el letrado trata de justificarse y se hace la pregunta ‘¿Y quién es mi prójimo?’
Esta pregunta que viene respondida con la parábola que Jesús propone viene, por así decirlo, contrarrestada con la pregunta que Jesús le hará al final. ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Creo que aquí está la clave, lo principal que se nos quiere decir hoy. Decir quién es el prójimo es fácil, porque prójimo significa el que está cerca, el que está al lado y eso lo sabemos todos. Pero decir quién se porta como prójimo es algo más comprometido.
Portarme como prójimo será decir acercarme yo al otro, ponerme a su lado, sentir sus mismos sentimientos y sus mismos sufrimientos, no cerrar los ojos para ver y para descubrir al otro, ni poner vendas ni poner filtros para no ver o solo ver lo que yo quiero ver descubriendo crudamente su realidad, llegar a sentir como propio lo que al otro le sucede, lo que el otro vive. Y eso no se hace de cualquier manera ni todos sabemos hacerlo bien. Porque vamos en la vida demasiado ensimismados en mis cosas, en lo que nos parece que pueden ser nuestras obligaciones o nuestros entretenimientos.
Cuántas veces podemos decir o pensar, déjalo ahora, en otro momento te atiendo o te presto atención porque ahora estoy ocupado, estoy en mis cosas, estoy entretenido, o ahora tengo que atender no sé cuantas cosas y dejamos al otro en su sufrimiento o en su soledad, a quien no queremos ver ni queremos escuchar. Son nuestras prisas, nuestras carreras en la vida o nuestra manera de ver la importancia de las cosas y sobre todo de las personas. Nos comunicamos hoy por las redes sociales con quien está al otro lado del mundo, y no podemos dejar de contestar un mensaje o un WhatsApp, pero no tenemos tiempo para escuchar al que tenemos delante de los ojos pero quizás no llegamos a ver.
La parábola que propone Jesús habla del sacerdote y del levita que bajaban también por aquel mismo camino de Jericó donde estaba tendido al borde el camino a quien habían asaltado y maltratado, pero cuantos ejemplos concretos nos pondría hoy Jesús de tantas situaciones en que vamos enfrascados en lo nuestro y no llegamos ni siquiera a hablar con el que está a nuestro lado.
Pero nos hablará luego Jesús del samaritano que bajaba por aquel mismo camino. El personaje está puesto con mucha intención por Jesús, porque el samaritano era un extranjero para el judío, una persona maldita con quien no se hablaban y a quien se marginaba desde la sociedad judía porque los consideraban como unos herejes al querer tener su templo propio en Garizín  distinto del templo de Jerusalén con lo que rompían la unidad del pueblo de Dios. Ejemplos muchos podríamos poner hoy en la figura del samaritano en tantos a los que por una razón u otra marginamos de nuestra sociedad porque vienen de otros lugares o son de otra raza o color de la piel, o incluso de otra religión.
Pero aquel samaritano sí se detuvo, se bajó de su cabalgadura, atendió al hombre malherido queriendo curar sus heridas y montándolo en su propia cabalgadura lo llevo a donde pudiera ser atendido haciéndose cargo incluso de los gastos correspondientes. Su mirar y ver, supo detenerse y acercarse, supo poner palabras y gestos de consuelo y de ayuda, supo también ponerle en su lugar porque lo montó en su cabalgadura, lo que significaría que luego él tendría que ir caminando, supo ponerse él y poner todo lo suyo a disposición de quien allí estaba malherido y moribundo. Podríamos decir, en una palabra, supo poner vida allí donde había prevalecido la muerte.
Cuanto nos están diciendo estos gestos y estos detalles, porque aquel hombre sí se portó como prójimo del que estaba caído. Y es lo que quiere enseñarnos Jesús. ‘Vete y haz tu lo mismo’, le dijo Jesús al letrado. Y es que tenemos que comenzar a mirar la vida, a mirar a los otros, a mirar a las personas con otra óptica, la óptica de los ojos de Dios. Y cuando miramos con la mirada de Dios estamos mirando con el cristal del amor. Es entrar en una dinámica distinta, porque es la dinámica de la vida.
Quienes nos decimos seguidores de Jesús esa tiene que ser nuestra dinámica, nunca para la muerte, siempre para la vida; nunca encerrándonos en nosotros mismos, sino con la mirada del amor que nos hace salir de nosotros mismos, bajarnos de tantas cabalgaduras en los que no hemos subido y que tienen el peligro de alejarnos, separarnos, aislarnos. Y esa nunca puede ser la dinámica de un cristiano.
Muchas conclusiones de cosas muy concretas tenemos que sacar para nuestra vida. Comencemos a mirar con los ojos de Dios y entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los hermanos que están a nuestro lado.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Reconocimiento de la obras de Dios en la fe que se hace alabanza y acción de gracias que nos hace signos del amor de Dios para los demás

Reconocimiento de la obras de Dios en la fe que se hace alabanza y acción de gracias que nos hace signos del amor de Dios para los demás

Tito, 3, 1-7; Sal. 22; Lc. 17, 11-19
‘Yendo Jesús camino de Jerusalén pasaba entre Galilea y Samaria…’ comienza una vez más a decirnos el evangelista. Jesús va de camino pero no es ajeno a los sufrimientos y angustias de las gentes; Jesús va de camino y se va acercando a todos y va permitiendo que todos se acerquen a El con sus dolores, con sus angustias, con las sombras que lleven en el corazón, con lo que son los sueños y las esperanzas que se suscitan en sus corazones, pero también con cuanto de oscuridad o muerte lleven en sus vidas.
Muchas son las sombras y las angustias que hay en el corazón de los hombres. Jesús estaba atento; quizá tendríamos que comenzar por preguntarnos si quienes somos sus discípulos, quienes decimos que vamos con Jesús llevamos también los ojos y el corazón abiertos para ver y atender a cuanto de sufrimiento vamos encontrando a nuestro paso. Quizá ya podría ser un primer interrogante que se nos suscite con este evangelio; quizá podría ir por ahí alguno de nuestros compromisos de respuesta.
Se acercan unos leprosos. Bueno, lo de acercarse es relativo, porque realmente están condenados a estar lejos, segregados, de alguna manera discriminados. Ellos se hacen notar. ‘Se pararon a lo lejos y comenzaron a gritar’. ¿Están lejos de nosotros los que tienen el corazón cargado de sufrimientos o quizá nos resulten incómodos y somos nosotros más bien los que nos ponemos lejos?
‘A gritos le decían: Maestro, ten compasión de nosotros’. Allí estaba el amor y la misericordia para responder a aquel grito. Ojalá hiciéramos así presente la compasión y la misericordia con nuestra presencia junto al que sufre y poder responder igualmente de manera efectiva. Quienes curaban para poderse reincorporar a la comunidad habían de pasar por un protocolo, como ahora se dice. Era el sacerdote el que podía autorizarlos a volver a incorporarse a la familia. Cuando les dicen que se presenten a los sacerdotes para cumplir con ese protocolo, ya no pensaron en nada más, sino hacer las gestiones necesarias para poder volver a abrazar a los suyos. Nosotros hubiéramos hecho lo mismo.
‘Y mientras iban de camino se quedaron limpios’. La salud que habían pedido la habían recuperado. Era lo importante en aquel momento y lo que llenaría sus corazones de alegría. Corrían para cumplir con las normas.
Sin embargo ‘uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias’. Era importante aquel protocolo para volver a reincorporarse con los suyos, o incluso para poder llegar hasta Jesús y su comitiva. Pero en su corazón sentía que había algo más importante que era el reconocimiento de la obra de Dios en su vida. ‘Se volvió alabando a Dios a grandes gritos’. No era solo el acudir a Jesús, el profeta de Nazaret, que con su gran poder había realizado el milagro. Tengamos en cuenta que aun no terminaban de reconocer en Jesús al Hijo de Dios hecho hombre. Pero para él a través de Jesús había llegado Dios a su vida que le había curado. ‘Se postró a los pies de Jesús dándole gracias’.
Ya escuchamos luego las palabras de Jesús como una queja de que los otros nueve no habían hecho lo que había hecho aquel samaritano. Pero la fe de aquel hombre le había hecho ver a Dios y su salvación. ‘Levántate, vete - ya puedes ir con los tuyos cumpliendo todos los requisitos -: tu fe te ha salvado’.
El reconocimiento de las obras de Dios nos hace crecer en la fe; y el reconocimiento es alabanza y es acción de gracias y es proclamar la gloria del Señor. ¡Qué presente tendría que estar en nuestra vida! Somos prontos para pedir desde nuestras necesidades; pero somos prontos para no ver y no reconocer, para olvidar o para dejar para otro momento esa acción de gracias por cuanto recibimos del Señor. Porque tantas veces todo ese proceso no lo hemos sabido hacer en nuestra vida, a pesar de tantas gracias que continuamente recibimos del Señor, no terminamos de vivir la salvación. 
Si tuviéramos fe, si actuáramos movidos por la fe, si con ojos de fe fuéramos capaces de todas esas acciones de Dios en nuestra vida, seguro que nos sentiríamos en verdad transformados por la salvación que Jesús nos ofrece. Y además seríamos signos de salvación por nuestra fe y nuestro amor para los demás. Aprenderíamos también a abrir nuestros ojos y nuestro corazón al clamor del sufrimiento de los que nos rodean.

domingo, 13 de octubre de 2013

La necesaria acción de gracias para cantar la gloria del Señor por los bienes recibidos

2Reyes 5, 14-17; Sal. 97; 2Tim. 2, 8-13; Lc. 17, 11-19
Siempre hay un gran paralelismo entre el texto de la primera lectura y el evangelio, y hoy lo podemos apreciar de una manera especial. Siempre hay una cierta relación entre un texto y otro y hoy en ambos textos se nos habla de unos leprosos curados y de una respuesta a esa gracia del Señor. Podemos fijarnos en los detalles. Mucho es lo que podemos aprender para nuestra vida y para el camino de nuestra fe.
Eliseo, el profeta, por una parte, con su visión de las cosas de Dios y su poder taumatúrgico, que se nos ofrece en la primera lectura, y Jesús, el gran profeta que había surgido en medio del pueblo como le aclamaban las gentes por otro lado, pero que es realmente nuestro único salvador, como se nos presenta en el evangelio.
Un leproso, Naamán el sirio, que con sus reticencias y también con sus exigencias viene solicitando la curación de su enfermedad y por otra parte el grupo de los diez leprosos que salen al encuentro de Jesús en el camino entre Galilea y Samaría gritando a Jesús que tenga compasión de ellos y de entre los que destacaríamos el samaritano, también un extranjero, al que veremos volver a los pies de Jesús después de curado.
Unos gestos sencillos y humildes que le pide el profeta que ha de realizar el leproso sirio como lavarse siete veces en las aguas del Jordán y que finalmente realizará a pesar de sus reticencias y la palabra de Jesús que envía sencillamente a los leprosos a que se presenten a los sacerdotes, cumpliendo la ley de Moisés, para que les reconozca su curación.
Finalmente un reconocimiento por parte de Naamán, el sirio, que se había curado de que el Dios de Israel es el único Señor al que ahora va a adorar para siempre, y por otra parte la gloria del Señor que vino a proclamar solamente uno de los curados, el samaritano, postrándose ante Jesús alabando a Dios y dándole gracias.
Al tiempo, surge la pregunta de Jesús que a nosotros también nos podría decir muchas cosas. ‘¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿no ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?’ Pero aquel no sólo se había curado viéndose libre de la lepra sino que también había alcanzado la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, que le dice Jesús.
Y en medio de todo esto, nosotros, que seremos capaces o no de reconocer la lepra de nuestros pecados que nos lleva a la muerte, pero a quienes hoy el Señor nos está hablando para que con confianza vayamos a El con fe para dejarnos no sólo curar sino alcanzar verdaderamente la salvación. No nos quedamos en comentar lo sucedido en una y otra escena, sino que en ellas hemos de vernos reflejados y de allí tenemos que saber deducir el mensaje que para nosotros tiene hoy la Palabra proclamada.
Es el Señor el que viene a nuestro encuentro para ofrecernos su salvación. Vamos a El pero El nos busca y nos llama. Es el Señor el que ilumina nuestra vida para que seamos capaces de reconocer cuanto de muerte hay en nosotros, pero que El es quien puede en verdad llenarnos de vida. Nos cuesta muchas veces reconocer las oscuridades de nuestra vida y nos cuesta dejarnos conducir por la Palabra del Señor que nos está siempre ofreciendo caminos de salvación.
La imagen de los leprosos que le salen al paso en el camino a Jesús, pero que se quedan lejos siguiendo las duras leyes judías que no permitían a los leprosos vivir en medio de la comunidad y junto a sus familias sino que habían de vivir en lugares apartados y marginados de todo el mundo, nos está expresando de manera muy palpable nuestra situación cuando por el pecado nos hemos apartado de Dios. Podíamos comparar también con la descripción de la vida llena de miseria y suciedad que vivía el hijo pródigo tras abandonar la casa del padre llenando su vida de miseria y de pecado. Cómo nos aleja de Dios nuestro pecado y nos encierra en nosotros mismos que hasta nos hace romper los vínculos de amor con los hermanos.
Cristo nos llama; es el pastor que ha venido a buscar la oveja perdida y se alegrará y hará fiesta por nuestra vuelta; quiere que volvamos a estar con El que nos ofrece su perdón y su gracia mientras que nosotros hemos de poner esas actitudes de arrepentimiento reconociendo por una parte nuestro pecado, pero reconociendo lo grande y maravilloso que es el amor que El nos tiene que nos está siempre ofreciendo su perdón. Como le pidiera Jesús a los leprosos que se presentaran a los sacerdotes o Eliseo a Naamán que se lavara en el Jordán, el Señor nos pide que busquemos la mediación de la Iglesia en el Sacramento para que nos veamos limpios, para que se restituya de nuevo la gracia en nuestro corazón, para que alcancemos la gracia del perdón y la salvación.
Hemos de reconocer que muchas veces somos reticentes y nos cuesta acercarnos al Sacramento. Humildad tendríamos que saber poner en el corazón para dejarnos conducir por la gracia del Señor y, como aquella mujer pecadora de la que nos habla en otra ocasión el evangelio, llenar nuestra vida de amor para que amando mucho se nos perdonen nuestros pecados.
Pero sí hemos de terminar siempre dando gloria al Señor. Dar gloria al Señor supone reconocer el bien recibido, agradecer a quien ha intervenido con su mediación pero, sobre todo, rendir nuestro espíritu lleno de gratitud ante la bondad del Señor. Somos muy fáciles para acudir a pedir al Señor de nuestras necesidades que nos socorra y que nos ayude; recibimos la gracia del Señor y qué pronto olvidamos la mano de amor infinito y llena de misericordia que se ha posado sobre nuestra alma con su gracia; qué pronto nos olvidamos de dar gracias a Dios.
Tenemos que preguntarnos, por ejemplo, cuántas veces después de recibir el perdón del Señor en el Sacramento de la Penitencia nos hemos parado para darle gracias al Señor por el perdón recibido. A lo más, nos preocupamos de cumplir la penitencia, como decimos. Nos parecemos a aquellos leprosos que muy cumplidores fueron corriendo a presentarse a los sacerdotes para cumplir con lo prescrito por la ley cuando se vieron limpios. Sólo uno, el samaritano, se volvió atrás, consideraba que ahora había algo más importante, para venir hasta Jesús y postrarse ante El dando gloria a Dios y dándole gracias por el don recibido.
Esa actitud de acción de gracias tendría que ser lo normal en nuestra vida cristiana y en nuestra oración. En fin de cuentas la fe que tenemos es la respuesta y el agradecimiento por todo el amor infinito que el Señor nos tiene y que  nos regala su salvación.  Somos los hombres y las mujeres de la Eucaristía y Eucaristía bien sabemos que significa acción de gracias. Tendríamos que ser, entonces, siempre los hombres y las mujeres de la acción de gracias. El rito lo realizamos al celebrar la Eucaristía, pero la actitud profunda de nuestro corazón de gratitud y acción de gracias al Señor quizá nos falta muchas veces de forma explícita.

Sepamos reconocer los dones del Señor y sepamos en todo momento darle gracias.

martes, 1 de octubre de 2013

El alimento de cada día de nuestro espíritu, la Palabra de Dios

Zac. 8, 20-23; Sal. 86; Lc. 9, 51-56
Cada día comemos y nos alimentamos porque queremos mantener la vitalidad de nuestro cuerpo, poder realizar las actividades de la vida y cumplir dignamente con nuestras responsabilidades. Por eso es necesario alimentarnos para tener la fuerza y la energía necesaria para poder vivir.
Pero no es solo el alimento de nuestro cuerpo del que hemos de preocuparnos sino que queremos también alimentar nuestro espíritu. Son muchas las cosas que podemos recibir que alimenten nuestra vida allá en lo más hondo de nosotros mismos y que además nos ayuden a elevarnos de lo meramente terreno para ir dándole ese sentido profundo y esa plenitud a nuestro existir. La lectura, las obras buenas y bellas que contemplamos a nuestro alrededor, los pensamientos que comparten con nosotros quienes nos rodean y así muchas cosas más nos van haciendo crecer y madurar en lo más hondo de nosotros mismos. Es lo que nos va haciendo tener una espiritualidad, un sentido profundo a nuestra vida.
Como creyentes y cristianos que somos queremos fundamentar esa espiritualidad de nuestra vida en el evangelio y en la Palabra de Jesús. No queremos cualquier espiritualidad por muy noble que sea, porque el sentido verdadero de nuestra vida desde la fe que tenemos lo recibimos de Jesús. Es por eso por lo que el cristiano que en verdad quiere ser consciente de su ser cristiano busca con ansia cada día la Palabra del Señor como verdadero alimento de nuestra fe y de nuestra vida cristiana.
En la Palabra vamos encontrando esa luz que va iluminando y llenando de sentido cada una de las situaciones que vivimos en la vida. En la Palabra que vamos escuchando si lo hacemos con sinceridad y verdadera fe vamos sintiendo cómo el Señor  nos corrige o nos traza caminos abriéndonos a nuevos horizontes que nos llevan a una mayor santidad de vida.
Es una riqueza grande el que cada día podamos acercarnos a la Palabra del Señor y escucharla allá en lo más hondo de nuestro corazón. Es semilla que se va plantando en nuestra vida y que si cuidamos debidamente va a florecer y fructificar en cosas y vivencias cada día más hermosas, porque cada día nos acercan más a Dios y a los que nos rodean. Esos textos de la Palabra del Señor que vamos escuchando no se nos quedan en lo anecdótico, sino que nos harán reflexionar y seguro que irán sacando lo más hermoso y noble de nuestro corazón en ese deseo de caminar al paso del Señor. Es además como un espejo en el que mirarnos para que esas diversas situaciones por las que pasamos las confrontemos con el sentido del evangelio y así en consecuencia vayamos mejorando nuestros actos y nuestras actitudes.
Así nos sucede en la Palabra que hoy hemos escuchado. Jesús va subiendo a Jerusalén; han de atravesar Samaría y en alguno de aquellos poblados han de buscar alojamiento para pasar la noche, pero como van a Jerusalén son rechazados. Ya sabemos que los samaritanos tenían su lugar de culto allí en Samaria y no subían a Jerusalén como el resto de los judíos, y había fuertes diferencias y enfrentamientos entre judíos y samaritanos que no se llevaban. Es por eso por lo que no les dan alojamiento. Ante el contratiempo vamos la reacción de Santiago y Juan. Quieren hacer bajar fuego del cielo. Por algo Jesús los llamará los Boanerges, los hijos del trueno. Pero eso no puede ser la actitud violenta con la que se ha de responder, les corrige Jesús.
Se parece a nuestras reacciones cuando nos llevan la contraria. Cómo nos contrariamos porque quizá nos parece que todos tendrían que tener la misma opinión que nosotros y surge la violencia. No es que queramos hacer bajar fuego del cielo - aunque a veces estamos bien cercanos a esas actitudes violentas - pero quizá si queremos imponernos por la fuerza y no entramos en razón. Qué distinta tendría que ser nuestra actitud. Jesús humildemente se marcha a otra aldea. ‘El Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres sino a salvarlos’. Los caminos de la humildad y de la mansedumbre hacen mucho bien y cuánto con ello podemos ayudar a los demás. Cuánto tendríamos que aprender.

Aprovechemos la riqueza de la Palabra de Dios que escuchamos y, aunque nos parezcan cosas pequeñas o insignificantes, sabemos cuanto bien nos hace para nuestra vida espiritual, cuanta más nos puede dar a nuestro espíritu. Ya anteriormente nos había enseñado Jesús - lo escuchábamos ayer, ‘el que no está contra nosotros está a favor nuestro’ nos decía - cómo tenemos que aprovechar también todo lo bueno que vemos en los demás o que hacen los demás, porque con todo lo bueno, lo justo, lo noble vamos construyendo también el Reino de Dios.

martes, 27 de septiembre de 2011

Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén


Zac. 8, 20-23;

Sal. 86;

Lc. 9, 51-56

‘Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén…’ El que siendo Dios se abajó y descendió hasta nosotros inicia ahora su ascensión. ‘Se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo’. Por eso inicia su camino de subida a Jerusalén. No es sólo fisicamente el camino que llevaba desde Galilea hasta Jerusalén, que por eso los judíos para ir a Jerusalén siempre dirán que suben a Jerusalén, sea cual sea el camino, ya a través de Samaria, como será en este caso, o cuando van por el valle del Jordán, que desde Jericó iniciarán geográficamente esa subida a Jerusalén.

Pero no es solo el movimiento geográfico, que podríamos decir, sino que es algo más hondo. Porque es subida que también a nosotros nos pone en camino de Ascensión. Para eso ha venido, para levantarnos a nosotros, para subirnos con El.

Este movimiento de abajarse, de descender pero también de ascensión, de vuelta al Padre envuelve todo el evangelio de Lucas. Recordemos que así teminará el relato de su evangelio, con su asención al cielo. Pero ese movimiento de Ascensión pasa por la pasión y por la muerte. Ahora sube a Jerusalén consciente de que llega la hora de su vuelta al Padre pero en Jerusalén se ha de culminar su obra redentora para lo que ha descendido de los cielos hasta nosotros.

Pero ya, desde que inicia este camino de subida, podíamos decir que comienzan las señales de lo que va a ser su pasión redentora; comienzan los rechazos que tendrán su momento culminante en Jerusalén. Siempre estuvieron enfrente los fariseos y los letrados que no aceptaban lo que Jesús hacía o lo que enseñaba, pero en Jerusalén se va a manifestar más intensamente ese rechazo.

En este texto que hoy hemos escuchado aparece por una parte el rechazo de los habitantes de aquel pueblo de Samaría que no quisieron darle alojamiento porque eran judíos que iban a jerusalén. Bien conocido es el enfrentamiento entre judíos y samaritanos. Podríamos decir que esa negativa a dar alojamiento entraría en la normalidad de lo que eran las relaciones entre unos y otros.

Pero seguramente algo más fuerte dolería en el corazón de Jesús y es el que los propios discípulos todavia no terminaran de comprender su estilo y manera de hacer. ‘Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?’ Por algo los llamaría los hijos del trueno. No terminaban aún de comprender el sentido del mesianismo de Jesús; serían los que pedirían los primeros puestos. Quizá también aquellos poderes que les había dando cuando los había enviado de dos en dos con poder para curar enfermedades o expulsar demonios se les habían subido a la cabeza.

No es ese el estilo de Jesús. ‘No sabéis de qué espiritu sois. El Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres sino a salvalos’. En Jesús todo es amor y búsqueda del pecador. Es el pastor que busca la oveja perdida. Es el padre bueno que espera la vuelta del hijo pródigo. Es el que siempre nos está buscando y ofreciendo su amor y su perdón. Para algo subía El a Jerusalén ahora sabiendo que allí iba a haber pasión y muerte, pero que realmente era vida y salvación.

Caminemos al paso de Jesús, subamos a Jerusalén y carguemos con El la cruz. Vayamos con Jesús y aprendamos de la ofrenda de su amor y de su entrega. Vayamos con Jesús y empapémonos de su amor, de su vida. Vayamos con Jesús y preocupémonos siempre de lo bueno, de hacer el bien, de ayudar al hermano, de saber valorar siempre lo bueno que hay en el otro por pequeño que nos parezca.

Jesús quiere que vayamos con El y emprendamos ese camino de Ascensión. No tengamos miedo a la pasión, a la cruz porque como El aprendamos a poner amor. No tengamos miedo a la pasión y a la cruz, porque sabemos que hay resurrección, que hay vida nueva, que podemos con Cristo ir también hasta el Padre.

domingo, 11 de julio de 2010

El buen samaritano nos enseña la sabiduría del amor


Deut. 30, 10-14;
Sal. 68;
Col. 1, 15-20;
Lc. 10, 25-37


¡Cuántas justificaciones nos buscamos para nuestra mediocridad! ¡Cuántos rodeos vamos dando en la vida para buscar el justificarnos, para cumplir pero sin tener que darnos mucho, para evitar tener que enfrentarnos a situaciones donde tengamos que arremangarnos y poner manos a la obra en su solución! Son los primeros pensamientos que me surgen al escuchar el relato del evangelio proclamado.
Por una parte, el maestro de la ley que tenía que tener buen conocimiento de lo que es la ley del Señor, viene a preguntar ‘maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Luego que pregunta quién es ese prójimo al que tiene que amar. Por otra parte los personajes de la parábola de Jesús, el sacerdote y el levita, que ‘dieron un rodeo y pasaron de largo’. ¿Llegaban tarde al templo? Realmente venían de vuelta porque venían bajando también de Jerusalén. ¿Podrían convertirse en impuros por si acaso aquel hombre caído fuera ya cadáver? Ya sabemos lo de las impurezas legales entre los judíos y que los fariseos cuidaban tanto.
Pero no nos contentemos en fijarnos, comentar y criticar la actitud de aquellos personajes sino aprendamos la lección; o, mejor aún, miremos si acaso actitudes parecidas a estas tenemos también nosotros muchas veces en nuestro corazón.
Porque lo de preguntarnos hasta donde tenemos que llegar para cumplir, sí que es una cosa en la que caemos o podemos caer con frecuencia. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ es una pregunta que de una forma u otra nos hacemos nosotros también. Lo de las rebajas no es sólo a nivel comercial en ciertas épocas sino que muchas veces son actitudes que se nos pueden meter en el corazón en nuestra relación con Dios. Una cosa sí es clara, cuando nos decimos seguidores de Jesús no podemos andar con tales mediocridades.
La pedagogía de Jesús es hermosa en este episodio. Cuando le pregunta el maestro de la ley, simplemente le hace recordar lo que estaba escrito en la Ley. Por eso, a la respuesta de aquel hombre repitiendo lo que era el primer mandamiento de la ley de Dios, Jesús simplemente le dice ‘haz esto y tendrás la vida’. Es lo que hemos escuchado hoy en el libro del Deuteronomio. ‘El mandamiento que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable… está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo’. Es la alegría de nuestro corazón. Es el sentido de nuestra vida. Es el camino que nos lleva a la vida. Cúmplelo y tendrás vida.
Pero sigue surgiendo la pregunta para ver hasta donde tengo que llegar. Claro que con Jesús no valen medias tintas, no valen mediocridades. Y el sentido del amor tendrá una amplitud más grande, una plenitud mayor. ‘¿Quién es mi prójimo?’ se pregunta el maestro de la ley. ¿Con quién tengo que portarme como prójimo? O, como nos preguntamos nosotros a veces, ¿hasta donde tengo que amar a mi prójimo?
Es cierto que en el Antiguo Testamento normalmente amar al prójimo era amar al que está a mi lado, en el sentido, de amar a mi pariente o a mi amigo. Aunque también nos encontraremos textos del Antiguo Testamento que nos hablan del respeto que hemos de tener al forastero o al huésped que llega hasta ti, de ahí las leyes de la hospitalidad tan hermosas en las costumbres de los antiguos.
Pero ya sabemos cómo con Jesús el concepto de prójimo adquiere un sentido y un estilo más amplio y más dinámico. Precisamente la parábola que hoy nos propone eso nos enseña. Porque ‘¿cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’, pregunta Jesús. Y la respuesta fue: ‘el que practicó misericordia con él’, y precisamente era un samaritano, un forastero, uno al que casi consideraban como un enemigo, pues ya sabemos la enemistad entre judíos y samaritanos que nos lo refleja también el evangelio.
Ahí está precisamente el mensaje de la parábola, el mensaje del Evangelio. Frente a esas mediocridades con que andamos tantas veces en la vida, donde vamos poniendo límites y medidas a todo lo que hacemos, o haciéndolo buscando unos beneficios o rendimientos del bien que podamos hacer, tenemos que aprender de la sensibilidad, sencillez, generosidad, humanidad, finura del buen samaritano.
Se bajó de su cabalgadura para acercarse al hombre malherido que estaba tendido al borde del camino. No tuvo miedo de perder su tiempo o de salpicarse de la sangre del caído, sino se le acercó y le vendó sus heridas echándoles aceite y vino. Lo cargó sobre sus hombros, casi podemos decir recordando al Buen Pastor que cargó sobre sus hombros a la oveja herida y perdida, porque lo montó en su cabalgadura para llevarlo a la posada más próxima donde pudieran atenderle. ‘Cuida de él, le dijo dándole dos denarios al posadero, y lo que gastes de mas yo te lo pagaré a la vuelta’.
Tenemos que aprender a ser buen samaritano que llevemos los ojos bien abiertos por la vida para ver donde hay un hombre caído, donde está quien pueda necesitarnos, donde haya alguien atenazado por el dolor o el sufrimiento, donde esté un corazón triste y apenado, y sabernos detener para curar, para sanar, para calmar cualquier sufrimiento, para dar vida, para levantar el ánimo, para suscitar esperanza.
La lección del samaritano es bien hermosa y elocuente. No era judío, y sin embargo supo tener misericordia en su corazón para atender al caído. Nos refleja bien lo que es el amor en el sentido de Jesús y nos refleja también lo que es el amor misericordioso del padre que acoge al hijo malherido. Un amor que nos lleve a ayudar a quien lo necesite más allá de cuales sean las diferencias que haya entre nosotros.
Tenemos que ser también como aquel posadero que sepamos acoger al que sufre, al que necesite nuestro consuelo o nuestro cariño, para saber acompañar, para saber escuchar, para saber trasmitir vida, para practicar las obras de misericordia ya sean corporales o espirituales, como estudiábamos en el catecismo, con ese hermano que encontremos caído en el borde del camino de la vida. Y no hace falta ir muy lejos para encontrarlo. Lo que necesitamos será quizá abrir los ojos de nuestro corazón para encontrarlo.
No podemos quizá resolver todos los problemas porque grande es la amplitud del mal y del sufrimiento, pero si podemos poner cada día nuestro granito de arena poniendo más humanidad en nuestro mundo y en nuestras mutuas relaciones. Lo que sí tenemos que cuidar es que por la amplitud del sufrimiento que contemplemos nos lleguemos a acostumbrar e insensibilizar. Lejos de nosotros esa pasividad y esa atonía que se nos puede meter en la vida, como todas esas justificaciones que a veces nos buscamos. El amor siempre tiene que ser un revulsivo fuerte en nuestro corazón para que con nuestro testimonio despertemos esa sensibilidad del amor en los que nos rodean.
Pidamos al Señor esa sabiduría del amor.

lunes, 15 de marzo de 2010

Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva

Is. 65, 17-21;
Sal. 29;
Jn. 4, 43-51

Los primeros versículos del texto del evangelio hoy proclamado vienen a ser como un resumen de las diversas actividades de Jesús narradas en los capítulos precedentes. Jesús llega a Galilea procedente de Samaria donde ha tenido lugar el encuentro con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob; se menciona la presencia de Jesús en Nazaret que es san Lucas el que nos lo ha contado con la reacción negativa de sus convecinos, por eso nos recuerda lo de que ‘un profeta no es estimado en su propia patria’; y hace referencia al milagro de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná de Galilea para situarnos donde se realiza la escena que hoy nos narra.
Hasta allí ha llegado, por otra parte, la fama de lo que antes Jesús había realizado en Jerusalén. ‘Los galileos lo recibieron bien porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén, durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta’.
Ahora es ‘un funcionario real que tenia un hijo enfermo en Cafarnaún el que, oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, había ido a verle y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’. ¿Tenía fe aquel hombre? Por algo viene a pedirle a Jesús que dé vida a su hijo. Además se fió de Jesús cuando le dijo que su hijo estaba curado. Se puso en camino. Al encontrarse con los criados que vienen a decirle que su hijo está ya curado ‘creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista.
Jesús pide habitualmente fe a los que vienen a él buscando el milagro de la curación. Y porque tienen fe alcanzan lo que piden. ‘Que te sucede conforme a tu fe… tú fe te ha curado…’ son expresiones que escuchamos muchas veces. Ahora el milagro se convierte en un signo que hace crecer más la fe llegando a un compromiso mayor. ‘Creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista. El hombre no se quedó solamente en tener fe en él para obtener de Jesús la curación, sino que ahora esa fe va abarcar a toda la familia.
Algo nuevo se está realizando en la medida en que crece el anuncio del Reino de Dios. Un mundo nuevo se está creando, como lo había anunciado el profeta, según escuchamos en la primera lectura. ‘Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva, de lo pasado no habrá recuerdo… sino que habrá gozo y alegría perpetua, por lo que voy a crear’. Esta imagen del cielo nuevo y de la tierra nueva volverá a aparecer en el Apocalipsis cuando ya se nos está presentando la apoteosis final.
Un cielo nuevo y una tierra nueva iremos viviendo en la medida en que va creciendo el Reino de Dios en nuestra vida y entre nosotros. Todo ha de irse transformando, haciéndose nuevo. El dolor y el sufrimiento han de desaparecer, la muerte ya no tendrá la palabra final, y los milagros que va realizando Jesús son signo de ese mundo nuevo. De ahí la alegría que en la esperanza hemos de ir viviendo. ¿Cómo no vivirla y sentirlo en lo más hondo de nosotros mismos, si nos sentimos renovados en el Señor, si hemos de hacer crecer día a día esa civilización del amor que dé sentido hondo a nuestra vida y a nuestro mundo?
‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’
, hemos repetido una y otra ve en el salmo. Será un salmo que también cantaremos en la noche de Pascua, en la Vigilia Pascual. En el triunfo de Cristo en su resurrección adquiere todo sentido, porque por la muerte y la resurrección de Cristo nos vemos liberados y rescatados de toda tristeza y de todo mal, inundados de gracia, de vida y de paz. ‘Sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa… cambiaste mi luto en danzas, Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre’.
Pero tiene también su hondo sentido que ahora lo recemos, porque estamos viendo las obras del Señor; porque estamos reconociendo también ese actuar de Dios en nuestra vida, porque en la medida que vamos dando pasos en este camino cuaresmal nos vamos sintiendo nuevos, distintos, renovados, y con más ganas cada día de vivir ese camino de santidad al que el Señor nos ha llamado. Que así lo vayamos viviendo con toda hondura.