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lunes, 9 de marzo de 2026

Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades 2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30 Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar. En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos. Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El. Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco. Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida. ¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz. Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.

 


Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades

2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


lunes, 4 de marzo de 2024

El paso por el tamiz de la humildad nos llevará a descubrir nuestra verdadera grandeza, hará posible el encuentro con Dios, y facilitará nuestra relación con los demás

 


El paso por el tamiz de la humildad nos llevará a descubrir nuestra verdadera grandeza, hará posible el encuentro con Dios, y facilitará nuestra relación con los demás

2Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

No es fácil muchas veces pasar por el tamiz de la humildad. Es muy fino y delicado, por su entramado hay que hacerse muy pequeño para poder traspasarlo.

Cuánto nos cuesta reconocer la realidad de nuestra vida, cuánto nos duele cuando nos hacen agachar nuestra cabeza, cuánto nos cuesta pasar por la puerta estrecha porque cada vez andamos más inflados. Si viene alguien con halagos  y alabanzas, aunque buenamente digamos – y no sé si sería de bocas a fuera como suele decirse – que no lo merecemos, que habíamos hecho lo que teníamos que hacer y no se cuantas cosas más, sin embargo en el fondo estamos agradeciendo esas alabanzas y si pudiéramos se las restregaríamos en el rostro a tantos que pensamos nosotros que no nos valoran ni nos tienen en cuenta. En el fondo nuestro orgullo se quiere alimentar y nuestro ego parece que necesita inflarse. Eso de la humildad acaso pensamos que no es para nosotros.

Como nos narra el texto del libro de los Reyes, hasta Israel ha llegado un hombre muy embebido en su soberbia, pero que sin embargo está enfermo; viene porque una esclava de su mujer le ha dicho que en Israel hay un profeta que puede curarlo. Allá viene con sus credenciales de poder, pero finalmente tiene que llegar hasta la pobre casa del profeta. No sale a recibirlo, como él esperaba con todas las credenciales de grandeza que le acompañaban, sólo el profeta le manda a decir que vaya al río Jordán y se lave siete veces. Herido en su orgullo quiere marcharse, porque en su tierra hay ríos más importantes que aquel para él minúsculo río del Jordán; convencido por sus acompañantes poco a poco va descendiendo de sus pedestales y pasa por el tamiz de la humildad bañándose en el Jordán y sintiéndose curado. Vendrán luego la gratitud y los reconocimientos, pero solo cuando ha pasado por ese tamiz de la humildad se ha encontrado con la gracia y el poder del Señor.

Es a ese episodio al que hace referencia Jesús en su visita, precisamente, a su pueblo y a la sinagoga de Nazaret. Se sienten inflados en su orgullo las gentes de Nazaret por lo que han oído que Jesús ha ido realizando en otros lugares.  Pero en su orgullo persiste la desconfianza, como sucede tantas veces. Parece que el orgullo y la soberbia solo nos hacen creer en nosotros mismos porque nos sentimos grandes. Y Jesús no realiza en Nazaret ninguno de aquellos milagros que ellos esperaban. Como hemos dicho les recuerda el episodio de Naamán el leproso sirio, pero no aprenden la lección. Más bien tratarán de quitarse de en medio a Jesús porque se sienten heridos en su orgullo.


Cómo comenzamos a tirar dardos contra los demás cuando nos vemos humillados, fácilmente nos volvemos violentos y destructivos. Aparecerán pronto los resabios y descalificaciones.
‘Es el hijo del carpintero’, dirán de Jesús, ‘aquí están sus parientes’, como queriendo siempre minimizar los que nos parece grande o nos sentimos heridos por su luz.

¿Qué nos sucede tantas veces con aquellas personas que decíamos que apreciábamos? pero cuando no actuaron como nosotros esperábamos qué pronto nos volvemos contra ellas y cómo todo fácilmente se transforma en resentimientos y en odio. Eran tan amigos y ahora no se pueden ver, porque no supieron pasar por ese tamiz de la humildad su amistad y los pequeños roces o la falta de entendimiento y comprensión se convierten en desaires que crean abismos y distanciamientos.

Pero ¿no nos sucede de manera semejante en nuestra relación con Dios? Lo primero que aparece muchas veces es decir que Dios no nos escucha y no sabemos aceptar con humildad lo que son los planes de Dios para nuestra vida; cómo se enfría fácilmente nuestra religiosidad, como nos vamos alejando poco a poco cayendo en una tibieza espiritual que se hace pendiente que nos lleva al abandono de todo.

Sólo cuando tengamos un corazón humilde podremos llegar a reconocer la grandeza del amor de Dios y cómo en nosotros, sin que sepamos reconocerlo, sin embargo Dios siempre está haciendo maravillas.


lunes, 13 de marzo de 2023

Siempre por delante la disposición humilde de la fe, los que confían y se sienten pobres y no saben de autosuficiencias, son los que abren su corazón a Dios

 


Siempre por delante la disposición humilde de la fe, los que confían y se sienten pobres y no saben de autosuficiencias, son los que abren su corazón a Dios

2Reyes 5, 1-15ª; Sal 41; Lucas 4, 24-30

¿Por qué seremos tan vanidosos y orgullosos incluso cuando aquello que vamos a recibir es como regalo? ‘Mira tú lo que me van a regalar’, de alguna manera decimos incluso despectivamente cuando nos parece pequeño e insuficiente para nuestra, digamos, dignidad aquello que nos van a regalar. Somos amigos de cosas portentosas, grandiosas; no terminamos de aprender la grandeza de lo pequeño y de lo sencillo.

Fue la reacción de Naamán el sirio cuando vino de Siria a Israel para que el profeta le curase de su lepra. Ya venía él cargado de joyas y preciosos regalos poco menos que para congraciarse o ganarse la voluntad del rey de Israel; pero lo envían a un profeta que por allá anda medio perdido y que ni siquiera se digna salir a recibirlo; para colmo no realiza aquellos gestos espectaculares que él esperaba sino que lo envía a lavarse en aquel pobre río del Jordán cuando tan hermosos ríos tenía en su tierra. Despechado se quiere marchar aunque le convencen sus servidores. Todo un mensaje, todo un testimonio para nuestras vanidades que también queremos ganarnos y de qué manera los favores, pero que esperamos también cosas especiales para nosotros.

Pero este testimonio le sirvió a Jesús para que las gentes de su pueblo de Nazaret también pudieran comenzar a entender lo que en verdad tenía que significar la presencia de Jesús. Habían esperado que Jesús realizara en su pueblo grandes milagros y así su pueblo también ganaría fama de ser la patria del nuevo profeta.

Se habían sentido orgullosos de Jesús cuando le vieron proclamar la lectura en la sinagoga, pero aquel orgullo les había llevado a acabar mal. Jesús no realizaba allí los milagros que ellos esperaban, pronto se pusieron en su contra, y empezaron a sacar cosas como sucede en todos los pueblos pequeños, que si era el hijo del carpintero, que por allí aun andaban sus parientes, que de donde sacaba aquella sabiduría y aquellas doctrinas, su corazón se iba cerrando más y más al camino de la fe en Jesús.

Jesús les recuerda que muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo y solo fue curado un pagano, un gentil, Naamán el sirio, aunque ya hemos visto también las circunstancias de lo sucedido. Por eso les recuerda Jesús lo mismo que ya estaba sucediendo, un profeta nunca es bien mirado en su tierra. Si su comportamiento, por así decirlo, es actuar con autenticidad en su misión profética, su manera de actuar no era la de ir haciendo milagros como quien reparte regalos.

El profeta es un hombre de Dios, un testigo de Dios que nos tiene que llevar a un verdadero encuentro con Dios. Y para eso tenemos que despojarnos de nuestros orgullos y vanidades. Otro es el camino, otros serán los que recibirán la revelación de Dios. ‘Te doy gracias Padre porque has revelado tu misterio no a los sabios y entendidos sino a los pequeños y a los sencillos’, dirá Jesús en otra ocasión.

Siempre tiene que estar por delante la disposición humilde de la fe; son los que confían, son los que se sienten pobres y no saben de autosuficiencias, los que de verdad abren su corazón a Dios. Son los que enraízan sus raíces y sus vidas en las aguas vivas de la misericordia y del amor, son los que no llenan de vanidad su corazón los que de verdad están abiertos a Dios. ‘Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’, nos dirá Jesús en las bienaventuranzas.

Aquel día en Nazaret no era eso lo más destacable, por eso llegarán al rechazo y a la violencia; se sentían defraudados en su corazón porque no habían puesto su confianza en el Señor sino en ellos mismos porque eran los de Nazaret, donde había nacido y criado el nuevo profeta. Sus caminos cambian y se tuercen, porque sus ojos están cerrados a la verdadera luz que quería brillar en aquellas tinieblas, pero las tinieblas lo rechazaron.

lunes, 21 de marzo de 2022

No envejezcamos la Palabra de Dios, no echemos a perder esa sal del evangelio, sintamos ese vigor de la nuevo que nos llevará a ser esos hombres nuevos del evangelio

 


No envejezcamos la Palabra de Dios, no echemos a perder esa sal del evangelio, sintamos ese vigor de la nuevo que nos llevará a ser esos hombres nuevos del evangelio

2Reyes 5, 1-15ª; Sal 41; Lucas 4, 24-30

Bien sabemos que es bien dificultoso el presentar ideas nuevas, nuevos planteamientos de la cosas, incluso artísticamente cuando surge un verdadero artista que no se contenta lo que habitualmente se hace sino que en su espíritu creador e innovador ideas cosas nuevas, nuevas líneas o conceptos en aquella faceta artística que él desarrolla, no siempre va a encontrar comprensión y aceptación de su obra, porque estamos acostumbrados al estilo de siempre y nos sentimos cómodos en lo que se hace siempre, porque tenemos miedo a la innovación que no siempre terminamos de entender.

Podemos referirnos a muchas facetas de la vida, aunque en el ejemplo propuesto me haya fijado más en esa faceta artística, pero nos sucede en los mismos planteamientos de la vida, en los planteamientos que queramos hacer para nuestra sociedad en la búsqueda de algo mejor, o nos podemos referir al tema de las ideas o de las ideologías, o los planteamientos éticos que se hagan a la sociedad.

Los innovadores siempre van a encontrar rechazo por buena parte de esa sociedad, aunque habrá por una parte quienes están deseosos de algo nuevo, pero también quienes incluso quieran manipularles para llevarles por el camino de sus intereses. No es fácil esa tarea innovadora, no es fácil tener visión de profeta de algo nuevo para nuestro mundo.

Difícil fue siempre la tarea de los profetas, porque desde el espíritu divino que aleteaba en su interior se sentían críticos de los comportamientos humanos y por eso su voz aparece como denuncia, pero que no era solo denuncia sino el ofrecimiento de un camino de mayor fidelidad pero que tenia que renovar la vida de los individuos, y también ser promotores de renovación de la sociedad en la que vivían.

Recordamos aquello que le decían a un profeta en Betel para que se apartara de aquel lugar sagrado y fuera con sus profecías a proclamarlas en otro lugar, molestaban sus palabras a quienes estaban allí acomodados y podían hacerles perder su prestigio o su posición. Pero el profeta no podía callar, sentía en su interior la voz de Dios que tenia que proclamar, aunque fuera rechazado.

Es lo que contemplamos en la vida de Jesús y es lo que contemplamos en concreto hoy en el evangelio. Está en la sinagoga de su pueblo, en Nazaret; primeramente todo eran alabanzas porque de entre ellos había salido y aquello podía darles hasta un cierto prestigio e incluso ganancia. Pero Jesús no va a contentar sus gustos y sus orgullos; no está allí como un prestidigitador o un curandero milagroso que les entretuviera o pudiera resolver algún problema. El está anunciando algo nuevo, es la Buena Noticia del Evangelio del Reino de Dios y eso tenía sus implicaciones y en cierto modo compromisos. Es lo que les cuesta aceptar.

Les cuesta aceptar además lo que les dice y las comparaciones que hace tanto de los tiempos de Elías como de Eliseo. La que recibió los beneficios de la presencia del profeta era una mujer fenicia, por tanto no del pueblo de Israel, y el que se sintió beneficiado por Eliseo fue un sirio, Naamán, mientras habría muchos leprosos en Israel.

Lo que era necesario no era el orgullo de la pertenencia a un pueblo determinado, sino la fe y la humildad que hubiera en sus corazones. Confió la mujer fenicia en la palabra del profeta y aunque era pobre y lo que le quedaba era lo mínimo para su subsistencia fue capaz de desprenderse para compartirlo con el profeta confiando en su palabra. Aunque a Naamán le costó humillarse para lo que le pedía el profeta, confió y se vio liberado de la lepra, por la fe que había puesto en los actos que realizaba.

Es lo que está pidiendo Jesús en la sinagoga de Nazaret. Una fe que les haga desprenderse de sus orgullos para escuchar y aceptar aquella palabra profética que Jesús estaba pronunciando en el anuncio del Reino de Dios. No tenían fe y no pudo hacer allí ningún milagro dirá el evangelista en un momento determinado. Pero es que los primeros entusiasmos se transformaron en odio para rechazar a Jesús y querer incluso despeñarlo por un barranco.

¿Cuál es la reacción que hay en nuestro corazón cuando la Palabra de Dios llega clara y tajante a nuestra vida, como espada de doble filo que diría el profeta y que penetra hasta lo profundo de nuestro ser? ¿Escuchamos? ¿Confiamos? ¿Nos dejamos interpelar por esa Palabra? ¿Abrimos nuestro corazón a la renovación que nos ofrece nueva vida?

La Palabra es profética, no porque, como hemos mal interpretado muchas veces, nos anuncie cosas futuras, sino porque es una Palabra viva que traerá renovación a nuestras vidas. ¿Queremos escuchar y sentir eso nuevo y muy concreto que la Palabra nos trae cada día? No envejezcamos la Palabra de Dios, no echemos a perder esa sal del evangelio, sintamos ese vigor de la nuevo que nos llevará a ser esos hombres nuevos del evangelio.

domingo, 31 de enero de 2016

Jesús nos pide autenticidad, fidelidad y sinceridad para escuchar su Palabra que se traduzca en la vivencia de los valores del Reino de Dios

Jesús nos pide autenticidad, fidelidad y sinceridad para escuchar su Palabra que se traduzca en la vivencia de los valores del Reino de Dios

Jer. 1, 4-5. 17-19; Sal. 70; 1Cor. 12, 31-13, 13; Lc. 4, 21-30
¿Por qué seremos tan volubles, tan variables en lo que hacemos o pensamos? En un momento determinado nos entusiasmamos por algo, queremos hacerlo y hasta le decimos a todo el mundo lo estupendo y maravilloso que es, pero pronto nos cansamos, vamos perdiendo la intensidad, y terminamos por no hacerlo o hacer lo contrario; admiramos a una persona y todo lo que vemos en ella son maravillas, cualidades, valores y no sé cuantas cosas buenas, pero al menor contratiempo con esa persona porque no hizo lo que nosotros queríamos o no nos concedió lo que le pedíamos, nos volvemos en su contra, todo son defectos y cosas malas, la criticamos y si pudiéramos hasta la escachábamos. Podríamos poner más ejemplos  de esa manera nuestra de ser desde nuestras inconstancia, desde nuestros caprichos y orgullos, y desde la malquerencia que se nos mete fácilmente por dentro.
Tendríamos que pensarnos más las cosas, saber respetar y valorar las personas desde lo más hondo, no dejarnos conducir por nuestros caprichos, tener la humildad para reconocer que no siempre se nos puede dar lo que pedimos. De alguna manera parecemos niños caprichosos; indica muchas veces la poca madurez que puede haber en nosotros para mantener una fidelidad y una lealtad. Y eso nos sucede en todos los ámbitos de la vida y fácilmente nos vamos creando barreras que nos separan y que nos alejan.
Me hago esta reflexión preliminar – que nos viene bien para reflexionar sobre nuestra manera de hacer las cosas – porque es lo que vemos en el evangelio de hoy. Cuando Jesús fue a su pueblo y se levantó el sábado en la sinagoga para hacer la lectura del profeta y el comentario a la misma, todos los ojos estaban fijos en él y en principio todo eran alabanzas y orgullos, porque era uno de ellos con sus parientes allí en su pueblo, ‘admirados además de su sabiduría y de las palabras de gracia que salían de sus labios’.
Pero pronto aquellas alabanzas se tornaron en furias e improperios de manera que lo echaron fuera del pueblo y querían despeñarlo por un barranco. ¿Qué había pasado? Esperaban quizá al Jesús taumatúrgico que allí les hiciera muchos milagros para contentarlos, como habían escuchado que hacía en otras partes. Jesús quiere hacerles comprender que su mensaje es mucho más que unos milagros que se hagan y que no se pueden tomar como un juego. Recordamos como más tarde Herodes allá en Jerusalén cuando se lo envía Pilatos quería también que entretuviera a su corte con algunos milagros.
Es lo que les cuesta comprender a sus convecinos de Nazaret. Es necesario de verdad poner toda nuestra fe en Jesús y en la Buena Nueva que El anuncia, y eso será lo importante. Cuando había comenzado a predicar ese era su primer anuncio ‘convertios y creed en la Buena Noticia de la llegada del Reino’. Y esa conversión implicaba toda una vuelta del corazón, toda una vuelta de la manera de pensar y de entender lo que era el Mesías o lo que había de hacer un profeta.
El comenzaba a predicar el Reino de Dios allí entre su pueblo, el pueblo de Israel heredero de las promesas de Dios. Pero si no eran capaces de aceptar el mensaje de Jesús otros lo aceptarían aunque no perteneciesen al pueblo escogido. Y les recuerda lo sucedido en los tiempos de Elías, el gran profeta, y de Eliseo. En tiempos de hambre el Señor había realizado maravillas con aquella mujer fenicia, porque hubo desprendimiento en su vida y apertura del corazón a Dios. Y lo mismo sucedió con Naamán, el sirio, que se vio beneficiado por la acción de Dios a través de su profeta, siendo curado de la lepra. Y ninguno de los dos pertenecía  al pueblo de Israel.
Pero eso también lo podemos ver entre nosotros. Muchas veces nos encontraremos con gente que vive con mayor intensidad los valores del Reino de la justicia, de la solidaridad, de la autenticidad de una vida, de la generosidad del corazón para el compartir, del desprendimiento y de la austeridad, aunque no aparezcan nunca por la Iglesia, mucho más digo, que los que estamos pegados al altar todos los días, por decirlo de alguna manera.
Esas personas están más cercanas y abiertas al Reino de Dios que muchos de los que estamos todo el día en la Iglesia pero no somos capaces de desprendernos generosamente de algo para compartir con los demás o no nos queremos nunca comprometer en tareas que hagan mejor nuestro mundo. Y lo malo es que luego juzgamos, criticamos y hasta condenamos a esas personas porque no son de los nuestros.
Es una buena llamada de atención la que nos hace hoy la Palabra de Dios. Tenemos mucho que reflexionar y examinar nuestra vida, nuestras actitudes, nuestros comportamientos, nuestra manera de actuar. Decimos que creemos en Jesús y nos llamamos cristianos pero quizá no somos capaces de vivir un amor como el que nos pide Jesús y que vemos reflejado en su propia vida, y como nos describe hoy san Pablo en ese hermoso texto de la carta a los Corintios.
Amor de verdad que no sean solo palabras; amor paciente, afable, comprensivo, buscador siempre de la justicia y del bien; amor que no se queda en apariencias ni vanidades, que no se deja apagar por los orgullos o por el amor propio, que está siempre dispuesto a perdonar; amor que disculpa, que confía y cree en las personas, que no pierde nunca la esperanza, que nos hace vivir de una forma bien comprometida, que nos hace llegar hasta el final como nos enseñaría Jesús que no hay amor que el de aquel que es capaz de dar su vida por el hermano.
¿Será así nuestro amor? ¿No estaremos muchas veces poniéndole límites al amor, porque claro decimos, no nos vamos a quedar sin nada o esa persona no se lo merece? Miremos cuántos límites, cuántas reservas, cuántas discriminaciones vamos haciendo en la vida. Miremos esa malicia que no acabamos de arrancar del corazón para desconfiar, para no aceptar a todos de la misma manera, para mantener distancias, para no perdonar.
Ahora quizá podamos tener también la tentación de aquellas gentes de Nazaret, no nos gustan estas palabras, porque nosotros somos tan buenos… Tengamos la humildad de aceptar el mensaje de Jesús y dejarnos interpelar por su Palabra. Creemos en Jesús y queremos plantar su Palabra en nuestro corazón y en nuestra vida.

lunes, 9 de marzo de 2015

Cuánto nos cuesta a nosotros también a llegar a ese reconocimiento de la gloria del Señor con toda nuestra vida

Cuánto nos cuesta a nosotros también a llegar a ese reconocimiento de la gloria del Señor con toda nuestra vida

2Reyes 5,1-15ª; Sal 41; Lucas 4,24-30
‘Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel’. Cuánto le costó a Naamán el sirio llega a ese reconocimiento de la gloria y del poder del Señor. Cuánto nos cuesta a nosotros también a llegar a ese reconocimiento de la gloria del Señor no solo con nuestras palabras sino desde lo más hondo del corazón con toda nuestra vida haciendo que El sea el único Dios y Señor de nuestro vivir.
Algunas veces quizá buscamos cosas espectaculares o extraordinarias para encontrarnos con Dios y El sin embargo se manifiesta en lo sencillo y en lo pequeño. Naamán pensaba que el profeta tenía que presentarse espectacularmente ante él para curarle de su lepra, pero Eliseo le pide cosas sencillas y humildes como bañarse en el Jordán. Cuando se humilla y se deja conducir encontrará la salud, encontrará a Dios.
Como les sucedía a las gentes de Nazaret que cuando Jesús fue a la sinagoga aquel sábado y con la fama que le precedía de lo que habían oído que realizaba en otros lugares, después de escucharle pensaban que Jesús también iba allí a realizar grandes cosas. Pero cuando Jesús quiere hacerles comprender que la Buena Noticia de su Salvación es para todos, que no es exclusividad de nadie ni de ningún pueblo, y les pone los ejemplo de la curación de Naamán, el sirio, o de la viuda de Sarepta en el territorio de Sidón, ambos paganos o gentiles como ellos decían, le rechazan, se ponen furiosos contra El y hasta quieren despeñarlo por un barranco.
¿Con qué espíritu tenemos que acudir a Dios? ¿cuál ha de ser el sentido de nuestra fe? ¿solo buscando milagros o cosas extraordinarias? Muchas veces nosotros nos sentimos tentados a esas posturas o actitudes. Con humildad hemos de buscar a Dios; con fe hemos de sentirle en lo más hondo de nuestro corazón o descubrirle en esas cosas pequeñas de cada día.
Que sepamos descubrir y sentir esa paz que El quiere poner en nuestro corazón. Como aquel hombre del evangelio que tantas veces hemos comentado le pidamos a Jesús que nos haga crecer en la fe. Que como el centurión, que incluso era un pagano, sepamos poner toda nuestra fe en Jesús, nuestra fe y nuestra confianza en Dios porque sabemos que El nos escucha, que El está con nosotros aunque por las turbulencias que haya en nuestra vida algunas veces nos cueste verlo y encontrarlo.
Danos, Señor, el don de la fe; que nunca merme ni se debilite, que siempre crezca en nosotros por la fuerza de tu gracia.

lunes, 24 de marzo de 2014

¿Por qué creemos o qué es lo que buscamos en nuestra fe? Preguntas interesantes que nos purifican



¿Por qué creemos o qué es lo que buscamos en nuestra fe? Preguntas interesantes que nos purifican

2Reyes, 5, 1-15; Sal. 41; Lc. 4, 24-30
La cuaresma es este camino de cuarenta días que la Iglesia nos propone, a la manera del itinerario que hacían los catecúmenos para prepararse para el Bautismo, para prepararnos a vivir con todo sentido y profundidad el misterio pascual que nos disponemos a celebrar. Cuando las cosas son importantes para nuestra vida nos preparamos para ellas, porque queremos aprovecharlas con toda intensidad, saborearlas con profundidad aprovechando todo lo que nos pueda enriquecer como personas y, en este caso, como cristianos.
Por eso la liturgia de la Iglesia es muy rica en sus oraciones y signos, pero sobre todo en la riqueza de la Palabra de Dios que nos propone cada día. A la luz de la Palabra de Dios vamos haciendo este camino; por eso es tan importante cómo la proclamamos y cómo la escuchamos no queriendo desaprovechar ni lo más mínimo de la gracia que se nos ofrece. Se me ocurre una imagen cuando comemos una comida especial y muy sabrosa tratamos de saborearla, no nos la tragamos así de cualquier manera, sino que a cada bocado la paladeamos y saboreamos para disfrutar de ella. Con qué atención hemos de escucharla y la queremos meditar en nuestro corazón al tiempo que vamos confrontando nuestra vida para ir purificándonos día a día y enriqueciéndonos de gracia que nos haga cada vez más santos.
Con sabiduría la Iglesia nos va ofreciendo el que a la luz de la Palabra vayamos revisando y enriqueciendo más y más nuestra fe, purificándola también de imperfecciones en la manera de vivirla, haciendo que resplandezca de la manera más pura en todo aquello que hacemos y vivimos y ayudándonos a que en verdad se empape toda nuestra existencia de esa fe que profesamos.
¿Por qué creemos o qué es lo que buscamos en nuestra fe? Es la respuesta que damos a todo el amor que el Señor nos tiene. Y sentimos su presencia y su gracia que nos ayuda y nos fortalece en el camino de nuestra fe, para que mantengamos siempre nuestra total fidelidad. Pero no siempre sabemos vivir nuestra fe. En ocasiones pareciera que somos interesados en nuestra relación con Dios y si no estamos viendo cosas extraordinarias parece que se nos enfría nuestra fe. Hay quien no fundamenta su fe sino en los milagros; si no hay milagros ya no creen.
El texto del evangelio que hemos escuchado hoy está en el marco de la visita que Jesús hace a Nazaret, su pueblo, cuando va el sábado a la sinagoga, hace la lectura y el comentario. Cuando  hemos escuchado el texto completo en su primera parte hemos visto la admiración llena de orgullo que siente la gente de Nazaret por Jesús, porque es uno de ellos. Pero pronto quieren aprovechar esa circunstancia y están queriendo ver qué cosas extraordinarias va a hacer Jesús allí en su pueblo. Han oído hablar de los milagros que Jesús hacía en Cafarnaún y ahora quieren que algo así suceda entre ellos. Pero, ¿es verdadera fe la que han puesto en Jesús?
Ya sabemos lo que Jesús nos manifestará a lo largo del Evangelio. Los milagros no lo son todo y para llegar a ello hará falta una fe grande. Aquí Jesús se extrañará de su falta de fe y en texto paralelo de otros evangelista narrándonos esta visita a Nazaret dirá que ‘no hizo milagros allí por su falta de fe’, a pesar de todos los orgullos y alabanzas, porque era de allí, el hijo del carpintero. Recordemos cómo en otras ocasiones pedirá la fe a quienes acuden a él, o alabará la fe del centurión romano, de la mujer cananea o de la mujer de las hemorragias. En esos casos era grande la fe pero era grande también la humildad con que acudían a Jesús.
Ahora les recuerda a sus convecinos que, no porque esté en su pueblo, va a hacer esos milagros para sustentar orgullos patrios; les recuerda lo del leproso Naamán - que hemos escuchado en la primera lectura - con el profeta Eliseo, o lo de Elías con la viuda de Sarepta de Sidón, ambos paganos y no judíos. La humildad al final de Naamán hizo que se abriera al misterio de Dios y Dios obrara maravillas en él curándole de la lepra. Ya hemos escuchado cual fue la reacción de la gente de Nazaret.
Todo esto nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestra fe. Con humildad tenemos que ir ante Dios y es cuando Dios obrará maravillas en nosotros. Pero esas maravillas que Dios realiza en nosotros no tienen que ser milagros de cosas extraordinarias, sino que ha de ser el milagro de que sepamos sentir la presencia de Dios en nuestro corazón y nos haga tener actitudes nuevas en nosotros y en nuestra relación con los demás.
Quizá desde nuestra necesidad, desde nuestros sufrimientos y limitaciones sentimos el deseo de que el Señor obre el milagro de curarnos de todos esos males que afectan a nuestro cuerpo. Pero ¿no sería un milagro grande que Dios obrara en nosotros si con la fuerza de su gracia cambiamos nuestras actitudes y nuestras posturas hacia los otros comportándonos con más sinceridad y humildad, queriéndonos más, siendo capaces de aceptarnos tal como somos, respetarnos más y perdonarnos siempre y en todo?
¿Qué es lo que tendríamos que pedirle al Señor? Hay una tremenda lepra que dejamos meter en nuestra vida, peor que la lepra del cuerpo, cuando dejamos que nuestro corazón se llene de resentimientos, cuando dejamos que se introduzca la mala  semilla de la envidia en la tierra de nuestra vida, cuando nos hacemos violentos e intratables, cuando nos encerramos en nuestros orgullos y egoísmos. Que el Señor nos cure de esas lepras. Dejemos que la Palabra del Señor llegue a nuestra vida y con su gracia nos sintamos purificados. Es una buena preparación para la Pascua.

domingo, 13 de octubre de 2013

La necesaria acción de gracias para cantar la gloria del Señor por los bienes recibidos

2Reyes 5, 14-17; Sal. 97; 2Tim. 2, 8-13; Lc. 17, 11-19
Siempre hay un gran paralelismo entre el texto de la primera lectura y el evangelio, y hoy lo podemos apreciar de una manera especial. Siempre hay una cierta relación entre un texto y otro y hoy en ambos textos se nos habla de unos leprosos curados y de una respuesta a esa gracia del Señor. Podemos fijarnos en los detalles. Mucho es lo que podemos aprender para nuestra vida y para el camino de nuestra fe.
Eliseo, el profeta, por una parte, con su visión de las cosas de Dios y su poder taumatúrgico, que se nos ofrece en la primera lectura, y Jesús, el gran profeta que había surgido en medio del pueblo como le aclamaban las gentes por otro lado, pero que es realmente nuestro único salvador, como se nos presenta en el evangelio.
Un leproso, Naamán el sirio, que con sus reticencias y también con sus exigencias viene solicitando la curación de su enfermedad y por otra parte el grupo de los diez leprosos que salen al encuentro de Jesús en el camino entre Galilea y Samaría gritando a Jesús que tenga compasión de ellos y de entre los que destacaríamos el samaritano, también un extranjero, al que veremos volver a los pies de Jesús después de curado.
Unos gestos sencillos y humildes que le pide el profeta que ha de realizar el leproso sirio como lavarse siete veces en las aguas del Jordán y que finalmente realizará a pesar de sus reticencias y la palabra de Jesús que envía sencillamente a los leprosos a que se presenten a los sacerdotes, cumpliendo la ley de Moisés, para que les reconozca su curación.
Finalmente un reconocimiento por parte de Naamán, el sirio, que se había curado de que el Dios de Israel es el único Señor al que ahora va a adorar para siempre, y por otra parte la gloria del Señor que vino a proclamar solamente uno de los curados, el samaritano, postrándose ante Jesús alabando a Dios y dándole gracias.
Al tiempo, surge la pregunta de Jesús que a nosotros también nos podría decir muchas cosas. ‘¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿no ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?’ Pero aquel no sólo se había curado viéndose libre de la lepra sino que también había alcanzado la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, que le dice Jesús.
Y en medio de todo esto, nosotros, que seremos capaces o no de reconocer la lepra de nuestros pecados que nos lleva a la muerte, pero a quienes hoy el Señor nos está hablando para que con confianza vayamos a El con fe para dejarnos no sólo curar sino alcanzar verdaderamente la salvación. No nos quedamos en comentar lo sucedido en una y otra escena, sino que en ellas hemos de vernos reflejados y de allí tenemos que saber deducir el mensaje que para nosotros tiene hoy la Palabra proclamada.
Es el Señor el que viene a nuestro encuentro para ofrecernos su salvación. Vamos a El pero El nos busca y nos llama. Es el Señor el que ilumina nuestra vida para que seamos capaces de reconocer cuanto de muerte hay en nosotros, pero que El es quien puede en verdad llenarnos de vida. Nos cuesta muchas veces reconocer las oscuridades de nuestra vida y nos cuesta dejarnos conducir por la Palabra del Señor que nos está siempre ofreciendo caminos de salvación.
La imagen de los leprosos que le salen al paso en el camino a Jesús, pero que se quedan lejos siguiendo las duras leyes judías que no permitían a los leprosos vivir en medio de la comunidad y junto a sus familias sino que habían de vivir en lugares apartados y marginados de todo el mundo, nos está expresando de manera muy palpable nuestra situación cuando por el pecado nos hemos apartado de Dios. Podíamos comparar también con la descripción de la vida llena de miseria y suciedad que vivía el hijo pródigo tras abandonar la casa del padre llenando su vida de miseria y de pecado. Cómo nos aleja de Dios nuestro pecado y nos encierra en nosotros mismos que hasta nos hace romper los vínculos de amor con los hermanos.
Cristo nos llama; es el pastor que ha venido a buscar la oveja perdida y se alegrará y hará fiesta por nuestra vuelta; quiere que volvamos a estar con El que nos ofrece su perdón y su gracia mientras que nosotros hemos de poner esas actitudes de arrepentimiento reconociendo por una parte nuestro pecado, pero reconociendo lo grande y maravilloso que es el amor que El nos tiene que nos está siempre ofreciendo su perdón. Como le pidiera Jesús a los leprosos que se presentaran a los sacerdotes o Eliseo a Naamán que se lavara en el Jordán, el Señor nos pide que busquemos la mediación de la Iglesia en el Sacramento para que nos veamos limpios, para que se restituya de nuevo la gracia en nuestro corazón, para que alcancemos la gracia del perdón y la salvación.
Hemos de reconocer que muchas veces somos reticentes y nos cuesta acercarnos al Sacramento. Humildad tendríamos que saber poner en el corazón para dejarnos conducir por la gracia del Señor y, como aquella mujer pecadora de la que nos habla en otra ocasión el evangelio, llenar nuestra vida de amor para que amando mucho se nos perdonen nuestros pecados.
Pero sí hemos de terminar siempre dando gloria al Señor. Dar gloria al Señor supone reconocer el bien recibido, agradecer a quien ha intervenido con su mediación pero, sobre todo, rendir nuestro espíritu lleno de gratitud ante la bondad del Señor. Somos muy fáciles para acudir a pedir al Señor de nuestras necesidades que nos socorra y que nos ayude; recibimos la gracia del Señor y qué pronto olvidamos la mano de amor infinito y llena de misericordia que se ha posado sobre nuestra alma con su gracia; qué pronto nos olvidamos de dar gracias a Dios.
Tenemos que preguntarnos, por ejemplo, cuántas veces después de recibir el perdón del Señor en el Sacramento de la Penitencia nos hemos parado para darle gracias al Señor por el perdón recibido. A lo más, nos preocupamos de cumplir la penitencia, como decimos. Nos parecemos a aquellos leprosos que muy cumplidores fueron corriendo a presentarse a los sacerdotes para cumplir con lo prescrito por la ley cuando se vieron limpios. Sólo uno, el samaritano, se volvió atrás, consideraba que ahora había algo más importante, para venir hasta Jesús y postrarse ante El dando gloria a Dios y dándole gracias por el don recibido.
Esa actitud de acción de gracias tendría que ser lo normal en nuestra vida cristiana y en nuestra oración. En fin de cuentas la fe que tenemos es la respuesta y el agradecimiento por todo el amor infinito que el Señor nos tiene y que  nos regala su salvación.  Somos los hombres y las mujeres de la Eucaristía y Eucaristía bien sabemos que significa acción de gracias. Tendríamos que ser, entonces, siempre los hombres y las mujeres de la acción de gracias. El rito lo realizamos al celebrar la Eucaristía, pero la actitud profunda de nuestro corazón de gratitud y acción de gracias al Señor quizá nos falta muchas veces de forma explícita.

Sepamos reconocer los dones del Señor y sepamos en todo momento darle gracias.

lunes, 4 de marzo de 2013


Sedientos de Dios dejemos que Dios se nos revele

2Reyes, 5, 1-15; Sal. 41; Lc. 4, 24-30
‘Mi alma está sedienta del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?’ Tenemos ansias de Dios; queremos conocer a Dios, lo buscamos. Ansias y deseos de plenitud, ansias y deseos de Dios. Acudimos a El desde nuestras necesidades y queremos sentir su auxilio.
Pero ¿cómo buscamos a Dios? ¿qué es lo que realmente buscamos? Porque algunas veces nos quejamos de que no nos atiende o no nos concede aquello que le pedimos. Tenemos la tentación de convertir nuestra oración en una exigencia. Queremos a Dios, es una tentación, y de alguna forma pareciera que queremos manipularlo, porque las cosas tienen que ser como a nosotros nos parece, nos tiene conceder las cosas tal como nosotros se las pedimos, nos imaginamos a Dios tal como a nosotros nos parece. ¿No podemos pensar que Dios está mucho más allá de nuestras imaginaciones o deseos?
Cuando comentábamos ayer el texto del encuentro de Moisés con Yahvé en medio de la zarza ardiente veíamos cómo Dios le pedía a Moisés descalzarse porque la tierra que pisaba era una tierra sagrada. Ya hacíamos algún comentario de lo que podía significar ese descalzarse. Y decíamos que teníamos que descalzarnos de nuestros prejuicios o ideas preconcebidas.
Sí, cuando queremos ir a conocer a Dios, nos descalzamos porque estamos en tierra sagrada; Dios es mucho más que lo que nosotros podamos imaginarnos o las ideas preconcebidas que tengamos que Dios; hemos de descalzarnos, despojarnos de esos nuestros pensamientos, de esa nuestra manera de ver las cosas para poder llegar al misterio de Dios que se nos revela. No es lo que nosotros pensemos sino lo que Dios nos dice de sí mismo; porque Dios no quiere ser un misterio escondido, sino que ha querido revelársenos, dársenos a conocer; para eso nos ha enviado a su Hijo, revelación de Dios, Palabra viva de Dios.
Miremos lo que nos dice hoy la Palabra del Señor, la Palabra que El hoy quiere decirnos. En Nazaret - este texto de hoy viene a ser la conclusión de aquella su primera visita a Nazaret - la gente reacciona ante Jesús. Como hemos visto en otros momentos, primero admirándose de las palabras de gracia que salían de sus labios, luego con el orgullo de sentir que Jesús era uno de los de ellos, porque era de Nazaret, allí se había criado y allí estaban sus parientes; pero finalmente le van a rechazar porque no les hace lo que ellos pensaban que iba a hacer allí. ‘No hizo ningún milagro por su falta de fe’, nos dirá el evangelio en otro momento. Y como hemos escuchado hoy les recuerda aquellos episodios de Elías y Eliseo, en que los beneficiarios no fueron precisamente judíos, sino una fenicia y un sirio. ‘Lo empujaron fuera del pueblo, con intención de despeñarlo’.
En este sentido podemos comentar también este hecho de Eliseo y aquel leproso, Naamán, venido de Siria. Le habían dicho que había un profeta en Israel que podría curarlo. Y ¿Cómo se presenta? Cargado de joyas y riquezas como si con ello pudiera comprar la acción de Dios que le devolviera la salud - pensemos en lo que hacemos nosotros con Dios con nuestras promesas y regalos con las que queremos ganarnos la voluntad de Dios -.
Y, por otra parte, cuando el profeta la manda simplemente lavarse en el río Jordán, ya hemos visto su reacción. ¿Qué esperaba? Acciones espectaculares que realizase el profeta para que de una forma mágica recobrara la salud de su cuerpo. El profeta no era el mago que venía allí con sus ritos mágicos para curarlo. Cuánto nos gustan a nosotros también las cosas espectaculares y en cierto modo teatrales.
¿Cuándo en verdad va a recobrar la salud por la acción de Dios? Cuando tenga humildad en el corazón y se despoje de sus orgullos y vanidades abajándose para lavarse como uno más en el agua del Jordán. Necesitó despojarse de sus vanidades y de su orgullo. Necesitó descalzarse, por recordar la imagen que antes mencionábamos, para quitarse las sandalias de sus ideas preconcebidas y poder encontrarse de verdad con la gracia y la acción de Dios.
Buscamos a Dios, pero escuchemos a Dios. Quitemos las cantinelas que tengamos en nuestra vida que nos hacen ruido y nos aturden, que nos distraen o no nos dejan escuchar la voz de Dios que nos habla en el corazón. Por algo hemos venido repitiendo también a lo largo de este tiempo de cuaresma de ese silencio y soledad al que tenemos que ir para escuchar a Dios, para poder dejarnos inundar por Dios.

lunes, 12 de marzo de 2012


La fe es arriesgarse por los caminos del Señor

2Reyes, 5, 1-15; Sal. 41; Lc. 4, 24-30
Poner toda nuestra fe y nuestra confianza en el Señor es arriesgarse a seguir sus caminos que muchas veces se nos manifiestan bien distintos a lo que nosotros podríamos pensar. Ya nos dice El en la escritura que nuestros caminos no son sus caminos ni nuestros planes son sus planes.
Alguno podría pensar que porque tenemos  puesta nuestra fe en el Señor de alguna manera podríamos manipularlo o que le vamos a hacer a nuestro antojo, o El se nos manifieste o nos haga las cosas a nuestra manera. Nos pensamos que porque tengamos fe o seamos muy religiosos ya vamos a tener todos los problemas resueltos porque Dios va a estar haciéndonos milagritos a cada momento para solucionarnos nuestras cosas. Es que yo soy tan religioso, decimos en ocasiones, es que yo creo más que nadie, es que mi familia ha hecho tantas cosas por la religión y por la Iglesia… y así nos pensamos que ya tenemos méritos suficientes para que Dios milagrosamente nos vaya resolviendo todo.
Muchas veces en nombre de esa fe que decimos que tenemos en El lo que queremos no es tanto hacer su voluntad, sino más bien que Dios haga nuestra voluntad. Y no es eso precisamente lo que Jesús nos enseñó a rezar. Esto hará que muchos se tambaleen en su fe, porque realmente no la tienen bien fundamentada.
Un ejemplo de ello es lo que vemos hoy en el texto sagrado. Naamán que se sentía poderoso y creía apoyarse en las recomendaciones del rey de Siria en su orgullo no quiere aceptar lo que le pide el profeta. Piensa que quizá no se siente bien tratado para la dignidad que él cree poseer. Algo así como que el profeta de Dios era como un sirviente o esclavo suyo que se presentaría ante él y con sus poderes mágicos por medio de cosas portentosas iba a hacerle recobrar la salud instantáneamente. Sin embargo lo que le pide el profeta es bañarse en el humilde rió Jordán y con eso recobraría la salud. Ya hemos escuchado el relato con el desarrollo de toda la acción.
De igual manera les sucede a las gentes de Nazaret. Había surgido un profeta de su pueblo y ahora pensaban que iban a beneficiarse de ello. Pero Jesús les hace ver que el actuar de Dios va por otros caminos y lo que es necesario es una fe auténtica para saber descubrir esas acciones de Dios que se manifestarán en cosas sencillas. Ya en otro momento nos dirá el evangelio que Jesús se extrañó de la falta de fe de la gente de Nazaret y allí no realizó milagros. Y ya vemos cómo ‘en la sinagoga se pusieron furiosos…’ y hasta quisieron despeñar por un barranco a Jesús.
En nuestra fe, es cierto, nos sentimos seguros porque sabemos bien de quien nos fiamos. No podemos olvidar que siempre antes que nuestra propia fe está el amor que el Señor nos tiene y que nos manifiesta de tantas maneras. Y quien se siente amado se siente seguro. Es la certeza de nuestra fe que nos hace sentir a Dios como nuestra Roca y nuestra fortaleza, el alcázar donde me refugio frente a los embates del peligro y de la tentación y la luz que nos ilumina y nos ayuda a caminar.
Pero en esa fe que ponemos en el Señor nos queremos dejar guiar por El para seguir sus pasos, para descubrir lo que es su voluntad, para realizar en nosotros lo que son sus planes, el proyecto de amor de Dios sobre nuestra vida. Y dejarnos guiar no es buscar nuestra voluntad sino su voluntad; no es hacernos nuestros planes, sino encontrar esos planes de Dios para nosotros. Será negarnos a nosotros mismos y cargar con la cruz para seguirle; será arriesgarnos a no tener donde reclinar la cabeza como le sucedía al Hijo del Hombre; será aprender a confiarnos en la Providencia de Dios para vaciarnos de nosotros mismos y llegar a descubrir que la verdadera Sabiduría del cristiano está en la Cruz de Cristo.
Es poner nuestra confianza en Dios, porque de quien único nos fiamos es de El. ¿Seremos capaces? Merece en verdad arriesgarse por Dios en nombre de nuestra fe. No olvidemos que el camino de cuaresma que vamos haciendo nos conduce a la Pascua; y la pascua de Jesús fue su pasión, muerte y resurrección. ¿Estaremos dispuestos a beber el cáliz de la Pascua?