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domingo, 8 de marzo de 2026

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

 


Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

Éxodo 17, 3-7; Salmo 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Siempre el evangelio, si lo escuchamos con la curiosidad de la fe dejando a un lado las viejas rutinas de lo que ya damos por sabido, será para nosotros una sorpresa apabullante, que de ninguna manera nos dejará indiferentes. Por eso es evangelio, noticia nueva siempre, noticia buena aunque en ocasiones nos desconcierte, noticia que nos abre horizontes de vida, noticia que nos hace sentir siempre la cercanía y el amor de Dios.

Si nos fijamos bien en este texto que llamamos de la samaritana que hoy se nos ofrece Jesús se nos presenta rompiendo todos nuestros moldes, nuestras rutinas, nuestras viejas costumbres, nuestra manera de actuar de siempre. Repito, por eso es evangelio.

Fijémonos, Jesús al ir de Judea, que parece ser el punto de partida, hasta Galilea hace un camino que no era el habitual, aunque fuera el más cercano, dada la malevolencia que había entre judíos y samaritanos, como se expresa en el mismo texto. Se detiene junto al pozo y estando en un lugar solitario porque los discípulos se  han ido al pueblo a buscar comida, se pone a hablar con una mujer; algo fuera de toda lógica y costumbre entre aquellos pueblos que no podían ponerse a hablar con una mujer en un lugar descampado como aquel; será ya anticipo de lo que vamos a ver continuamente en el evangelio en el que algunas mujeres le siguen de cerca. Pide agua a aquella mujer aunque luego sea El quien se ofrece a dar una mejor agua - y no importa que no tenga con que sacarla del pozo - que la de aquel pozo de Jacob que tanta importancia tenía para judíos y samaritanos. En las disputas entre judíos y samaritano sobre cual era el verdadero templo, Jesús propondrá una nueva forma de adoración a Dios, ‘en espíritu y verdad’. Aunque los discípulos le ofrecen la comida que han ido a buscar la rechaza porque Él hablará de otro alimento que será el que verdaderamente le mantendrá en aquella misión de ser el Mesías.

Es la nueva agua que calmará profundamente nuestra sed, porque eso es lo que Jesús quiere despertar en nosotros. Estamos bebiendo en la vida tantos sucedáneos de agua que al final terminarán dejándonos igual de sedientos porque en nada calman nuestra sed. Pensemos en qué es lo que buscamos en la vida, cuáles son nuestras auténticas prioridades, que cosas buscamos que nos den satisfacción, esa rutina de la vida en que nos cansamos aburridos de hacer lo mismo pero no somos capaces de romper esa espiral para buscar algo nuevo, esa superficialidad de nuestras vanidades que nos endiosan y nos hacen sentirnos por encima de todo y de todos, esa cerrazón de nuestros orgullos que crean abismos impenetrables, esas espinitas de las que nos vamos envolviendo en la vida que tan difícil nos hacen la convivencia con los demás.

¿Y eso es lo que nos hace feliz? ¿Ahí en verdad encontramos el sentido y el valor de la vida? Así caminos desorientados por la vida sin saber ni por donde vamos ni a dónde vamos, dando tumbos de un lado a otro, de una opinión a otra, de lo que nos dicen aquí o nos dicen allí sin saber a qué quedarnos; terminamos sin saber cual es el agua que va a calmar verdaderamente nuestra sed.

Y es que muchas veces no sabemos escuchar porque nos lo damos todo por sabido; nos falta encontrar esa verdadera sintonía  para escuchar aquello que eleve nuestra vida de verdad; por eso andamos ramplones, arrastrándonos en los mismos barros, dejándonos seducir por palabras engañosas, que parece que ya no estamos interesados en encontrar la auténtica verdad de nuestra vida, lo que nos dé auténtico sentido a nuestro vivir y a nuestro caminar, lo que verdaderamente nos eleve para encontrar lo que sería la auténtica grandeza de nuestra vida. No endurezcamos el corazón como si estuviéramos en Meribá o Masá en el desierto. Sintamos que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado.

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, pero dejémonos sorprender por la presencia y por la palabra de Jesús. Seamos capaces de abrir nuestro corazón para reconocer nuestra realidad pero sobre todo para abrirnos a Dios, para escuchar a Jesús, para dejarnos sorprender por esa buena noticia que tiene para nosotros. Algo nuevo va suceder en nuestra vida, no lo dejemos pasar, no lo ignoremos, sintonicemos con la gracia de Dios, aprovechemos este camino cuaresmal que estamos haciendo, dejemos que la Palabra de Dios llegue de una forma viva a nosotros. Al final podremos ser con la Pascua ese hombre nuevo que Cristo quiere crear en nosotros.


domingo, 12 de marzo de 2023

Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

 


Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Qué incómodos y molestos nos ponemos cuando estamos sedientos y cansados; se nos hace duro el camino y buscamos la sombra para el descanso y una posible fuente de agua fresca para calmar nuestra sed; mientras andamos desasosegados, ansiosos, nos parece imposible alcanzar el camino y aparecen los nubarrones en el espíritu que nos hacen preguntarnos por el sentido de aquel camino que estamos haciendo, las dudas de si seremos capaces de poder llegar hasta la meta, nos volvemos ásperos y hasta violentos con los que están a nuestro lado como si la secura física nos hubiera contagiado el espíritu.

Pero hay momentos de cansancio que nos hace sentir y preguntarnos de qué realmente estamos sedientos, porque qué es lo que nos falta o nos sobra en la vida; nos pueden sobrar pesos muertos que más aumentan el cansancio, nos pueden sobrar apegos que nos hicieron olvidar cuál es el agua que realmente teníamos que haber buscado, o nos puede sobrar un materialismo de la vida donde más nos preocupamos de cosas que de aliviar el espíritu. Eso nos hará entonces descubrir qué nos falta, qué es lo que realmente tenemos que descubrir que sea verdadera luz y fuerza para ese camino. Tan aturdidos andamos muchas veces que no sabemos qué es lo que queremos o lo que buscamos. Pero vamos de camino y a alguna meta tendremos que llegar.

Contemplamos una vez más en el evangelio que Jesús va de camino aunque esta ocasión le veremos hacer una parada que a nosotros también nos puede hacer descubrir muchas cosas. Va atravesando Samaría, aunque no es el camino habitual que hacen los galileos para venir o volver de Jerusalén. No va Jesús en las comodidades con que hacemos nosotros nuestros viajes y va cansado por el camino y se detiene junto a pozo en búsqueda de agua para calmar la sed. Así lo va a pedir a una mujer samaritana que viene a sacar agua al pozo. ‘Dame de beber’.

Un día gritará Jesús en lo alto del calvario y desde lo alto de la cruz, ‘tengo sed’. Le ofrecerán entonces algo que pudiera calmar aquellas securas de los estertores de la muerte, pero parece que la samaritana se resiste a dar de beber a quien ahora le pide. Una mujer que viene también por agua, un agua que tendrá que buscar y sacar de un pozo que es hondo aunque ella se cree con todos los medios necesarios para ello. Pero al final se descubrirá la verdadera sed de aquella mujer. Porque la sed de Jesús que pide de beber a aquella mujer junto al pozo servirá para despertar o para descubrir otra sed más honda y más importante que llevamos en el alma.

Ya conocemos todo el desarrollo del evangelio y cómo va a ir apareciendo la sed de aquella mujer, la situación que vive aquella mujer como aquel pueblo de samaritanos y cómo será la mujer la que le pedirá a Jesús que le de del agua que ahora es El quien está ofreciendo. Allí se ha desarrollado todo un proceso en el espíritu de aquella mujer. No sabe realmente con quien está hablando aunque está intuyendo muchas cosas, pero siempre los encuentro con Jesús son transformadores.

Por eso hoy nosotros dejemos que Jesús se meta con nosotros y a nosotros nos pida agua también. ¿Qué le vamos a ofrecer? ¿Aparecerán todas nuestras capacidades técnicas o todas esas cosas que creemos que nos sabemos hasta de memoria para dar respuesta a la petición de Jesús?  Más bien vamos a tener que dejar que se despierte esa sed que llevamos dentro, esos ardores o esa aridez que algunas veces sentimos en nuestro espíritu, esos vacíos interiores o esos interrogantes que se nos puedan plantear desde la situación del mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que sentir provocados por Jesús. No tengamos miedo de abrir nuestro corazón para que aparezcan esas sombras y esas heridas que todos llevamos dentro, esa sed que sentimos y que queremos aplacar por nosotros mismos con tantos sucedáneos, esas ataduras por las que nos sentimos cogidos y de las que no tenemos la valentía de liberarnos, esos sueños que nos hacen caminar como en una nube pero que no son los sueños que nos elevan o que nos hagan buscar metas más superiores para nuestra vida, esas rutinas que seguimos manteniendo en nuestra manera de relación con Dios que no nos hacen disfrutar del amor del verdadero Padre del cielo.

Los encuentros con Jesús cuando son de verdad serán siempre transformadores. Es lo que tiene que ser para nosotros este tercer domingo del camino cuaresmal que estamos haciendo. Tiene que haber pascua en nosotros. Es el paso de Dios por nuestra vida. Tenemos que sentirlo con la presencia de Jesús. Pidámosle sin ningún recelo ni desconfianza que nos dé siempre de esa agua que El nos ofrece y nos quiere dar. Es el agua viva que cuando la bebamos, ya no volveremos a tener de otras aguas, porque solo queremos la de Jesús que nos llena de vida eterna.

 

viernes, 28 de octubre de 2022

Hay una buena noticia que nosotros podemos y tenemos que ofrecer y que no podemos callar, un agua viva que saciará en plenitud a nuestro mundo sediento

 


Hay una buena noticia que nosotros podemos y tenemos que ofrecer y que no podemos callar, un agua viva que saciará en plenitud a nuestro mundo sediento

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

Cuando tenemos que tomar decisiones importantes nos lo pensamos muchos, dedicamos mucho tiempo a reflexionar para ver los pro y los contra de esa decisión que he de tomar si es un proyecto importante para la vida, o si son cosas que pueden afectar a otras personas; nos lo pensamos, le damos muchas vueltas por la cabeza y si tenemos oportunidad y confianza con alguien seguro que acudiremos en busca de un consejo, de una orientación, de otro punto de vista, pues realmente tenemos miedo de no aceptar, de equivocarnos y de poner quizás en riesgo circunstancias de otras personas.

Eso lo hace cualquier persona, medianamente reflexiva, que se toma con responsabilidad sus decisiones y que quiere buscar lo mejor. Pero el creyente hace algo más; es su decisión, pero será en algo en lo que quiere ver lo que es la voluntad de Dios; por eso el creyente lleva la toma de decisiones así a la oración, para contar con Dios, para dejarse iluminar, no solo para no equivocarme porque cuente con la inspiración divina, sino para tratar de ver la situación por la que pasamos desde otra perspectiva, sentir esa perspectiva de Dios.

Es lo que contemplamos hoy en el evangelio en el actuar de Jesús. Nos dice el evangelista que se pasó la noche en oración. A la mañana siguiente estaban tomadas las decisiones. Llamó a los discípulos y escogió a Doce a los que constituyó apóstoles. Y el evangelista nos da detalladamente la relación de los doce escogidos, y escogidos con una misión. Iban a ser enviados con la misma misión de Jesús.

En esta fiesta de los Apóstoles san Simón y san Judas, la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio de Lucas, donde se señala la elección de los doce que habían de ser constituidos apóstoles, porque iban a ser los especialmente enviados de Jesús con su misma misión. A partir de este momento a lo largo del evangelio contemplaremos cómo Jesús con ellos tiene especiales detalles; es como la preparación, la formación que les va dando para que puedan cumplir su misión.

Sin embargo el texto que se nos ofrece no se queda en esta elección, sino que contemplaremos a Jesús en el cumplimiento de su misión. Al bajar de la montaña en la llanura se encontraron con una multitud que los estaba esperando. A ellos se entrega Jesús, enseñándoles, curándoles; todos acudían a Jesús porque en El no solo encontraban palabras de vida eterna, sino también todos los signos y señales de esa vida eterna. Eran curados, y no solo de sus cuerpos enfermos y dolores, sino de toda clase de males. Es la liberación que Jesús nos ofrece. Pero es también la tarea que pone en nuestras manos.

En nuestro entorno está también esa multitud, aquejada de tantos males y que buscan, aunque no saben muchas veces cómo, la liberación de todos esos males de su vida. A ellos tenemos que ir, porque a nosotros Jesús nos ha confiado su misma misión. Signos de liberación tenemos que convertirnos para los demás, porque llevamos el mensaje de Jesús, porque tenemos que realizar la misma misión de Jesús. También tenemos que curar a los enfermos de nuestra sociedad, sedientos de amor y de verdad, sedientos de vida.

El mundo tiene sed, el mundo se nos ahoga y no es porque con el cambio climático falte el agua para el uso cotidiano, sino porque no sabe encontrar lo que le sacie de verdad desde lo más hondo de sí mismo. Muchas aguas ponzoñosas y envenenadas están dañando a nuestro mundo cuando se le está ofreciendo no lo que de verdad va a dar sentido a sus vidas y les lleve por caminos de plenitud. Y ahí tenemos nosotros algo que ofrecer desde el evangelio. Sí, es el agua viva que saciaré nuestra sed en plenitud.

Hay una buena noticia que nosotros podemos ofrecer, nosotros tenemos que ofrecer y que no podemos callar. Cumplamos con nuestra misión. Llevemos todo esto a nuestra oración para descubrir en verdad lo que Jesús hoy nos está pidiendo que llevemos a nuestro mundo.

domingo, 15 de marzo de 2020

Señor, dame de esa agua de vida que tú nos ofreces para plenitud de nuestra ser y no sintamos la tentación de ir a buscarla a otras fuentes



Señor, dame de esa agua de vida que tú nos ofreces para plenitud de nuestra ser y no sintamos la tentación de ir a buscarla a otras fuentes

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42
Un pozo de agua junto al camino; unos caminantes que vienen de larga caminata desde Jerusalén; mientras los discípulos se acercan al pueblo vecino a buscar algunas provisiones para comer, Jesús se queda, sin embargo, sentado junto al brocal del pozo esperando. El pozo es hondo, hay agua pero no hay medio de poderla sacar; solo cuando alguien del pueblo venga a buscar agua traerá lo necesario para poderla sacar. Y Jesús está allá esperando. ¿El agua? ¿Los medios para poder sacarla del pozo? ¿O a quien tenga verdadera sed de un agua viva que El nos pueda ofrecer?
Es serio estar sediento junto al agua y no poder beberla para calmar la sed. Como quien estaba junto a aquel pozo de Jacob sin tener con que sacarla. Hoy cuando de esa sed material se trata con los medios que tenemos nos es fácil llevar en nuestra mochila la cantimplora de agua o la conseguimos en cualquier sitio sin necesidad de buscar pozos ni fuentes. Pero bien sabemos que con esta imagen se nos quiere decir mucho más.
Pero es bien significativa la imagen por todo lo que el agua puede significar en la vida de la persona. Es fuente de vida no solo por cuanto nuestro cuerpo la necesita sino que la vemos como fuente también de nuestro espíritu muchas veces sediento sin saber donde encontrar lo que calme esas ansias profundas que la persona lleva dentro de si. ‘Dame de beber’ de alguna manera estamos pidiendo en esas búsquedas interiores, en esos interrogantes que se nos plantean en la vida, en ese deseo de un sentido para lo que hacemos o queremos vivir, cuando vemos también tantas cosas sin sentido a nuestro alrededor, tantas cosas que no nos satisfacen, tantas cosas o situaciones que muchas veces se nos presentan llenas de oscuridad. Las circunstancias de la vida nos llenan tantas veces de turbación y de negruras.
Es el diálogo que escuchamos hoy en el evangelio manifestando Jesús primero esa sed que le hacia pedir agua a la mujer que venía al pozo, pero que nos descubre que quien realmente estaba sedienta era aquella mujer que se veía envuelta también en interrogantes, en preguntas profundas, en sin sentidos de su vida que irá manifestando poco a poco en diálogo con Jesús.
Es un texto que nos manifiesta algo maravilloso porque  nos hace ver cómo Dios quiere hacerse el encontradizo con el hombre, porque realmente es El quien nos busca, aunque nosotros nos creamos que somos los buscadores. ¿Por qué se quedó Jesús junto al pozo y no se fue al pueblo con los discípulos que buscaban qué comer? Lo que buscaba Jesús era aquel encuentro y el corazón de aquella mujer. Era el encuentro que Jesús provocaba antes que los deseos de búsqueda que pudiera haber en aquella mujer. Aunque con las reticencias propias de personas pertenecientes a pueblos diferentes y que de alguna manera se consideraban enemigos, aquella mujer fue abriendo su corazón para comenzar pidiendo ella que le diera del agua que Jesús le ofrecía, y para terminar yendo al pueblo ya como evangelizadora portando la buena noticia de lo que había encontrado en Jesús.
Habían ido apareciendo sus inquietudes, las reticencias que se tenían los judíos y los samaritanos, los problemas de su búsqueda de Dios que no sabia encontrarlo con aquellas luchas y enfrentamientos religiosos que tanto los habían distanciado, como eran también las negruras que pudiera haber en su desordenada vida.
Pero demos el salto para no quedar solo en hechos pasado. En este tercer domingo de cuaresma nosotros también vamos a acercarnos al pozo que nos puede dar el agua viva. Vamos a comenzar sintiéndonos sedientos, reconociendo esa sed que quizá muchas veces queremos disimular y no reconocer pero también en nosotros hay cosas que nos inquietan, nos interrogan por dentro, nos hacen a veces sentirnos como desorientados, desde los problemas que vivimos en el hoy de nuestra vida, desde lo que nos cuesta a veces vivir nuestra fe y hacer que esa fe dé un sentido hondo a nuestra vida, desde las cosas que podemos ver incluso en nuestra iglesia que en ocasiones quizá no nos satisfacen o hasta nos puede escandalizar. Hay ocasiones incluso que nos parece que no sabemos a donde tenemos que ir a buscar el agua que nos dé vida de verdad.
‘Señor, dame de esa agua’, como decía aquello mujer, dame esa agua que tú nos ofreces, la que calma nuestra sed de verdad, la que va a dar un sentido de plenitud a nuestra vida, la que va a ser una luz en medio de tantas oscuridades y confusión, dame de esa agua para que no tenga que ir a buscarla a otros sitios, no sienta la tentación de ir a buscarla en otras fuentes. Tenemos que reconocer que la única fuente de agua viva es la que encontramos en Jesús, en su evangelio. No podemos buscar otros pozos que se nos ofrecen como espejismos en el desierto de la vida, aunque mucha sea la tentación en ocasiones.
No podemos hacer la ascensión a la Pascua que significa el camino cuaresmal que vamos recorriendo si nos falta esa agua que nos llena de aliento y vitalidad. Cuando vamos a subir a la montaña hemos de proveernos del agua que necesitaremos en el camino de subida. Con sinceridad cada día vamos a ir a la fuente de la Palabra de Dios para regar de verdad nuestro corazón y nuestra vida. Es la que va a hacer que resurjan esos nuevos brotes de vida que necesitamos en nosotros para hacer que demos frutos y frutos en abundancia. Así podremos hacer pascua.
En las circunstancias de los acontecimientos que estamos viviendo incluso nos puede parecer que nos va a faltar un alimento cuando no podremos ir en estos días a la celebración de la Eucaristía y poder comulgar el Cuerpo de Cristo. Será quizá un sacrificio y un acicate, pero sabemos que en nuestro corazón no nos va a faltar ese alimento de Dios porque espiritualmente podemos unirnos a El, podemos hacer lo que se llama la comunión espiritual. Así con más hambre y sed de Dios llegaremos a la Pascua y podremos entonces sentir – eso esperamos que podamos hacerlo – toda la alegría del aleluya de la resurrección.

domingo, 3 de agosto de 2014

El amor es multiplicador y la solidaridad contagia y despierta solidaridad

El amor es multiplicador y la solidaridad contagia y despierta solidaridad

Is. 55, 1-3; Sal. 144; Rm. 8, 35.37-39; Mt. 14, 13-21
‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y compren de comer’, le dicen los discípulos a Jesús. Jesús se los había llevado ‘a un sitio tranquilo y apartado’. Pero la gente busca a Jesús. Cuando desembarcan se encuentran con una multitud considerable y allí está Jesús curando enfermos, anunciando de palabra y de obra el Reino de Dios. Se hace tarde y es cuado surge la petición de los discípulos, movidos a compasión.
Pero, ¿es que ellos no habían escuchado lo anunciado por el profeta? ‘Sedientos todos, acudid por agua también los que no tenéis dinero… inclinad el oído, venid a mí; escuchadme y viviréis…’ Allí estaba aquella multitud sedienta y hambrienta. Eran sus males y enfermedades, eran sus problemas y sus sufrimientos, era el ansia de algo nuevo y distinto que con la presencia de Jesús se despertaba en sus corazones. Y buscaban a Jesús. ¿Cómo se les iba a despedir? Allí está Jesús curando, sanando cuerpos y corazones. Allí está Jesús queriendo dar vida a todos.
Pero Jesús quería enseñar algo más a sus discípulos más cercanos,  ahora preocupados por aquella multitud hambrienta y en la circunstancia de que allí no había donde comprar pan para alimentarlos. ‘No hace falta que se vayan. Dadle vosotros de comer’, les dice Jesús. Pero allí no había sino cinco panes y dos peces...
‘Dadle vosotros de comer’. Hermoso reclamo el que les hace Jesús, pero un reto comprometedor.  No basta decir que el problema es grande, que la multitud está hambrienta, que hay crisis y problemas, que las cosas andan mal, que hay mucha gente sufriendo. Eso es fácil. Pero Jesús nos pide algo más.
Ya vimos en el evangelio cómo se solucionaron las cosas. Alguien había por allí con cinco panes - panes de cebada que es el pan de los pobres, nos dirá otro evangelista - y dos peces que los puso a disposición, aunque la multitud era grande. El amor hace posible cosas grandes aunque sean pobres y limitadas las cosas que tengamos a mano, porque el amor es capaz de hacer grande lo que nos parece pequeño. Allí está  el amor de Jesús, que era el amor de Dios y el milagro se produjo.
‘Mandó a la gente que se recostara en la hierba’, nos dice el evangelista y realizando un gesto que nos recordará al que más tarde realizará en la última cena, bendiciendo el pan, lo partió y lo repartió. Los discípulos se lo repartieron a la gente - vuelven a aparecer las mediaciones de las que Cristo quiere valerse - y todos comieron hasta quedarse satisfechos. Incluso sobró, ‘recogieron doce cestos llenos del pan que había sobrado’.
Allí está Jesús que nos alimenta. ‘Venid… comed sin pagar, vino y leche de balde’, había dicho el profeta. ‘Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos’. No es un alimento cualquiera el que Cristo nos ofrece, porque se nos está dando a si mismo, nos da su propia vida. El se ha hecho pan en la Eucaristía para que comamos su carne, para que nos alimentemos de El y tengamos vida eterna. Ya no es un pan cualquiera el que vamos a comer sino que es a Cristo mismo que se nos da.
Pero cuando Cristo así se nos da nos está diciendo mucho más. Es lo que hemos visto reflejado en este texto del evangelio, en este episodio de la multiplicación de los panes allá en el descampado. Recordemos sus distintos momentos. Está la inquietud de los discípulos; está el mandato de Jesús de que sean ellos los que les den de comer; está el gesto del desprendimiento de quien poco tiene pero lo comparte; está la comunión nueva que nace entre todos los que comieron aquel nuevo pan recostados allá en la hierba formando una nueva comunidad en torno a Cristo.
Todo esto nos está diciendo muchas cosas. Porque creemos en Jesús y entonces estamos llenándonos de su amor tiene que aparecer esa nueva inquietud en nuestro corazón no solo por lo que a nosotros nos pueda suceder, sino por lo que le pueda estar sucediendo a cuantos nos rodean. Pero la inquietud no es para ver, llorar y lamentarse, sino para poner manos a la obra.
No nos podemos quedar con los brazos cruzados. Hay muchas urgencias en este mundo en el que vivimos que no nos pueden dejar tranquilos ni esperar a que otros den solución. Estamos hablando una y otra vez de la crisis que vivimos; nos quejamos de la falta de paz de nuestro mundo; constatamos cuanto sufrimiento hay en muchos corazones llenos de amargura. Es la realidad pero a la que tenemos que dar respuesta. Ya sea en los problemas grandes de nuestra sociedad, o en esos problemas que nos pueden parecen más pequeños o sencillos por la cercanía a nosotros, pero que son amarguras y tragedias en el corazón de tantos.
Siempre estamos pidiendo que hagan, que haya leyes que obliguen, que los otros comiencen a hacer y no sé cuantas cosas más. Pero, nosotros tenemos que poner nuestro pequeño pan de cebada si es solo eso lo que tenemos; pero tenemos que ponerlo. Nos puede parecer poco lo que nosotros podemos hacer y eso no se va notar. Estamos equivocados.
Es que el amor es multiplicador. El amor se contagia. La solidaridad despierta más solidaridad. No esperemos a los otros sino que comencemos nosotros. Comienza con el que está a tu lado con el que puedes compartir al menos una sonrisa que le alegre el día; comienza compartiendo eso que tu eres o tienes o simplemente dándole la mano para que pueda caminar.
Es la lección que les dio Jesús a sus discípulos más cercanos cuando les dijo que ellos les dieran de comer y es la lección que a nosotros también nos está dando. Encontrarnos con Cristo y escuchar su Palabra no nos puede dejar de cualquier manera. Y es que Jesús quiere valerse de nosotros para incendiar el mundo con su amor.
El encuentro con Jesús tiene que despertar lo mejor que pueda haber en nuestro corazón; el encuentro con Jesús al tiempo que nos llena de su paz, también nos siempre inquietud en el corazón; el encuentro con Jesús nos pone siempre en camino de algo nuevo, de un amor nuevo, de una actitud de servicio más comprometida; el encuentro con Jesús dinamiza nuestra vida para que sepamos encontrarnos de verdad con los otros hombres nuestros hermanos, sentándonos en la hierba con ellos para compartir sus inquietudes y sus dolores, sus esperanzas y también sus alegrías.
Cristo es nuestra fuerza. De El aprendemos, porque para eso contemplamos su vida y escuchamos su Palabra, pero de El nos alimentamos porque quiere darnos su vida misma. Nunca podremos salir de la Eucaristía sin que se haya caldeado de verdad nuestro corazón en su amor; siempre hemos de salir de la Eucaristía queriendo prender del fuego de ese amor con que hemos incendiado nuestro corazón a todo el mundo que nos rodea para hacerlo en verdad mejor. No olvidemos aquello que le hemos escuchado a Jesús ‘fuego he venido a traer a este mundo y lo que quiero es que arda’. 

martes, 6 de mayo de 2014

El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed



El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed

Hechos, 7, 51-59; Sal. 30; Jn. 6, 30-35
¿Por qué hemos de creerte? ¿qué haces tú para que tengamos que creer en ti y en lo que nos dices? Algo así fue lo que le respondieron los judíos a lo que les había dicho Jesús. Cuando le preguntaron - lo escuchábamos ayer - ‘¿cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?’ El les había dicho que ‘el trabajo que Dios quiere es que creáis en el que El ha enviado’. Habían entendido bien, tenían que creer en El, por eso su reacción. ‘¿Qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿en qué te ocupas?’
Qué pronto olvidan las cosas. No han pasado aun veinticuatro horas en que había multiplicado milagrosamente los panes y los peces en el desierto para que comieran todos y hasta se habían entusiasmado y habían querido hacerlo rey. Todos conocían las obras que Jesús hacía, sus milagros, la curaciones de los enfermos, los paralíticos que comenzaban a caminar y los leprosos que eran curados, pero pronto parece que lo olvidan. No apreciaban las obras de Jesús. No querían reconocerlo.
Cuando en la vida nos encontramos con alguien que es bueno y generoso con los demás, que se compadece de los que sufren y trata de ayudar a todos, que le vemos actuar generosa y desinteresadamente buscando siempre lo bueno para los demás, que se indigna contra las injusticias y reclama siempre lo bueno para los demás, decimos que es una persona buena y valoramos sus obras y su actuar. Pero con Jesús parece que eso no se tiene en cuenta, se olvida fácilmente, como le pasaba a aquellas gentes de Cafarnaún.
Ahora vienen con comparaciones, que en el fondo es un decirnos que allá en lo hondo de su conciencia reconocen que Jesús tiene que ser alguien importante o de gran valor, aunque luego fuera no lo muestren. Recuerdan a Moisés, el gran liberador de Israel que los sacó de Egipto, les hizo atravesar el mar Rojo y los condujo por el desierto hasta la tierra prometida. Y ahora le recuerdan a Jesús que Moisés les dio el maná, pan del cielo, como ellos lo llamaban.
Jesús recoge el guante del desafío, podíamos decir así. Y ahora les hace un gran anuncio, que les costará entender y aceptar. ‘Os aseguro que no fue Moisés el que os dio pan del cielo,  sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’.
Claro que ellos ahora pedirán que les dé ese pan que da la vida al mundo. Lo que significa que en cierto modo están entendiendo lo que Jesús les está queriendo decir, que El les puede dar ese pan que da la vida verdadera, aunque luego más tarde lo rechacen. ‘Señor, danos siempre de ese pan’, les dice.
El pan que Jesús les está ofreciendo no es pan cualquiera que pueda ser amasado y cocido en cualquier horno. No es algo material lo que Jesús nos ofrece. Esa vida que Jesús quiere darnos es su propia vida, y el que nos dará verdadera vida. También nosotros tenemos que pedirlo, desearlo, buscarlo. Así buscamos a Jesús; así queremos poner nuestra fe en El; así nosotros queremos alimentarnos de Jesús, porque sabemos que es Jesús mismo el que se nos dará como pan de vida.
Cuando le piden que les dé siempre ese pan, les dirá: ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed’. Nos hace recordar lo que ya le había dicho a la mujer samaritana, que El tenía un agua viva que calmaría su sed  para siempre y ya no habría que ir a aquellos pozos a buscar agua. Claro que tenemos muchos motivos para creer en Jesús, para poner toda nuestra fe en El.
Vayamos a Jesús, alimentémonos de El, llenémonos de su vida. Con Jesús se calma toda nuestra hambre más profunda; con Jesús se sacia nuestra sed en las aspiraciones más hondas que pueda haber en el alma humana. ‘Señor, danos siempre de ese pan’, le decimos nosotros también.

domingo, 23 de marzo de 2014

Sedientos en busca del agua viva que solo podemos encontrar en plenitud en Jesus



Sedientos en busca del agua viva que solo podemos encontrar en plenitud en Jesús

Ex. 17, 3-7; Sal. 94; Rom. 5, 1-2.5-8; Jn. 4, 5-42
Es duro y costoso el camino hacia la libertad; es duro y costoso alcanzar una vida en plenitud cuando tantas sombras de muerte nos atan y cuando tantas limitaciones, no tanto físicas sino en el alma, nos impiden caminar como desearíamos hacia la vida.
Lo podemos llamar sed de libertad que nos reseca la garganta de la vida y nos produce amargor en el corazón cuando no sabemos encontrar el agua que nos sacie plenamente. Tenemos sed porque buscamos la felicidad y no sabemos encontrar la fuente que nos dé la felicidad verdadera. Tenemos sed porque nos vemos envueltos en pasiones que nos ciegan o tenemos sed porque andamos demasiado a ras de tierra recortando las alas de nuestra alma que nos harían volar hacia mundos nuevos llenos de trascendencia. Mucha es la sed que tenemos en el corazón porque en el fondo hay un ansia de plenitud y de espiritualidad, pero el materialismo de la vida nos ciega pensando que vamos a alcanzar la felicidad en cosas efímeras que se disiparán como humo que se lleva el viento. Pero toda esa sed que llevamos dentro nos hace entrar en crisis, hacernos preguntas, dejarnos desasosegados y con dudas en el alma.
Hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que escuchamos en este tercer domingo de Cuaresma nos habla de sedientos y de fuentes de agua, invitándonos a buscar la fuente de agua viva que nos sacie de verdad y llene de plenitud. Los hechos concretos que se nos narran, tanto el pueblo sediento mientras camina por el desierto rumbo a la tierra prometida, como el encuentro de la samaritana y Jesús en el pozo de Jacob, son imagen de toda esa sed que llevamos en el alma y que nos hablan donde está la verdadera fuente de agua viva que no podremos encontrar sino en Jesús.
‘El pueblo, torturado por la sed, murmuraba contra Moisés. ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?’ Es la presentación que se nos hace en la primera lectura de aquel pueblo sediento que camina por el desierto. Una imagen de gran significado, hemos de reconocer, porque la sed de aquel pueblo produce una crisis profunda en su propia fe y en el sentido de su peregrinar. ‘¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?’ se preguntan.
Por su parte, en el evangelio es Jesús el que pide de beber a la samaritana que ha venido al pozo a sacar agua. ‘Dame de beber’, le dice Jesús. Pero será Jesús el que terminará por ofrecer un agua viva a la mujer que ha venido al pozo por agua. El diálogo que se provoca es profundo y muy rico.
La mujer con su cántaro viene al pozo a buscar agua; Jesús no tiene con qué sacar agua de aquel pozo y sin embargo ofrece un agua viva a aquella mujer de manera que ‘el que beba del agua que yo le dará no volverá a tener sed’. Es necesario conocer el don de Dios; es necesario reconocer quien es Jesús; es necesario abrir nuestra sed verdadera, la sed profunda que podamos tener en el corazón, ante Jesús para poder entender del agua que El nos quiere ofrecer.
La mujer le pedirá: ‘Dame de esa agua; así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla’. La mujer está comenzando a reconocer la sed que lleva en su corazón. Que no solo es la rutina de ir todos los días al pozo para buscar el agua. Es otra la sed que ha atormentado a aquella mujer a lo largo de su vida. Ha sido un ir de acá para allá buscando donde saciar sus ansias de felicidad pero no la ha terminado de encontrar. ‘Tienes razón,  no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido’, le dice Jesús.
Es también la búsqueda espiritual que ha habido en el corazón de aquella mujer en la que aún queda la esperanza de que cuando llegue el Mesías todas sus dudas se disiparán para saber cómo y donde hay que adorar a Dios. ‘Veo que eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, pero vosotros decís que el sitio donde hay que dar culto está en Jerusalén’. Afloran las dudas de orden religioso y espiritual. Sigue aflorando la sed de aquella mujer que ya se está olvidando del agua de aquel pozo, porque comienza a vislumbrar donde hay un manantial ‘de agua que salta hasta la vida eterna’.
¿Cuál es nuestra sed? ¿Qué hay dentro de nosotros que nos inquieta? ¿O quizá estamos tan aturdidos que nos cegamos para ni siquiera darnos cuenta de que tenemos sed? Creo que sería muy conveniente que tomáramos conciencia de cuál es nuestra sed, o cuáles son los deseos más profundos que hay en nuestro corazón. ¿A qué aspiramos que llene de verdad nuestra persona, nuestro yo, nuestro espíritu? Porque todo esto que estamos contemplando en la Escritura tiene que ser para nosotros una imagen de lo que es nuestra realidad pero también de lo que tendríamos que buscar.
Jesús llamará en otra parte del evangelio dichosos a los que tienen hambre y sed de justicia prometiéndoles que serán saciados. Hambre y sed de justicia, de un mundo mejor; hambre y sed de inconformismo porque no estamos contentos en lo que somos o en lo que tenemos frente a rutinas y cansancios; hambre y sed de una mayor fraternidad entre todos los hombres, de más paz frente a tantas violencias y egoísmos; hambre y sed de amor para que haya una mayor solidaridad; hambre y sed de plenitud y de trascendencia;  hambre y sed de Dios, en fin de cuentas. ¿Será esa nuestra hambre y nuestra sed?
Mucha gente a nuestro alrededor tiene sed porque muchas pueden ser las carencias que tienen en su vida, los sufrimientos o limitaciones que puedan padecer incluso en su cuerpo, pero no queremos quedarnos en las carencias materiales o lo físico, aunque sabemos que tenemos la obligación en justicia de poner remedio a ese mundo injusto en el que vivimos y curar tanto sufrimiento; muchos tienen sed de que rescatemos los valores verdaderos que nos dignifican y nos pueden hacer verdaderamente grandes; muchos tienen sed de algo espiritual que llene sus vidas y les haga mirar con una mirada más amplia, pero no tendríamos que dejar que fueran a beber en fuentes venenosas que los engañan con falsas o raquíticas espiritualidades  y tenemos que anunciarles con valentía a Jesús en quien está, quien es la fuente de la verdadera vida.
Hay una cosa que deberíamos tener clara. Hemos de buscar esa fuente de agua viva que sacie nuestra fe y sabemos que la tenemos en Jesús y por eso hasta Jesús tenemos que ir para llenarnos de su vida y de su luz. Pero esa agua viva que encontramos no nos la podemos quedar para nosotros. Tenemos que anunciarla, compartirla, llevar a los demás esa agua viva del Evangelio o llevar a los demás a un encuentro vivo y profundo con Cristo para que sacien plenamente su sed.
Recordemos el pasaje del evangelio, donde vemos que aquella mujer samaritana, se  dejará su cántaro junto al brocal del pozo - ¿para qué le iba a servir ya si había encontrado el agua que le calmaba para siempre la sed? - y se fue a anunciar a sus convecinos cuanto le había sucedido,  con quién se había encontrado, invitándoles a ir hasta el encuentro con Jesús. Todos terminarán confesando su fe en Jesús y no solo porque aquella mujer les había contado lo que a ella le había sucedido, sino porque todos habían experimentado que Jesús era el que calmaba totalmente aquella sed que llevaban en el corazón. ‘Nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que El es de verdad el Salvador del mundo’.
¿Seremos capaces nosotros también de ir a anunciar a los demás lo que hemos encontrado en Jesús? ¿Seremos capaces de compartir esa agua viva del Evangelio y de la gracia con cuantos están a nuestro lado?

lunes, 4 de marzo de 2013


Sedientos de Dios dejemos que Dios se nos revele

2Reyes, 5, 1-15; Sal. 41; Lc. 4, 24-30
‘Mi alma está sedienta del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?’ Tenemos ansias de Dios; queremos conocer a Dios, lo buscamos. Ansias y deseos de plenitud, ansias y deseos de Dios. Acudimos a El desde nuestras necesidades y queremos sentir su auxilio.
Pero ¿cómo buscamos a Dios? ¿qué es lo que realmente buscamos? Porque algunas veces nos quejamos de que no nos atiende o no nos concede aquello que le pedimos. Tenemos la tentación de convertir nuestra oración en una exigencia. Queremos a Dios, es una tentación, y de alguna forma pareciera que queremos manipularlo, porque las cosas tienen que ser como a nosotros nos parece, nos tiene conceder las cosas tal como nosotros se las pedimos, nos imaginamos a Dios tal como a nosotros nos parece. ¿No podemos pensar que Dios está mucho más allá de nuestras imaginaciones o deseos?
Cuando comentábamos ayer el texto del encuentro de Moisés con Yahvé en medio de la zarza ardiente veíamos cómo Dios le pedía a Moisés descalzarse porque la tierra que pisaba era una tierra sagrada. Ya hacíamos algún comentario de lo que podía significar ese descalzarse. Y decíamos que teníamos que descalzarnos de nuestros prejuicios o ideas preconcebidas.
Sí, cuando queremos ir a conocer a Dios, nos descalzamos porque estamos en tierra sagrada; Dios es mucho más que lo que nosotros podamos imaginarnos o las ideas preconcebidas que tengamos que Dios; hemos de descalzarnos, despojarnos de esos nuestros pensamientos, de esa nuestra manera de ver las cosas para poder llegar al misterio de Dios que se nos revela. No es lo que nosotros pensemos sino lo que Dios nos dice de sí mismo; porque Dios no quiere ser un misterio escondido, sino que ha querido revelársenos, dársenos a conocer; para eso nos ha enviado a su Hijo, revelación de Dios, Palabra viva de Dios.
Miremos lo que nos dice hoy la Palabra del Señor, la Palabra que El hoy quiere decirnos. En Nazaret - este texto de hoy viene a ser la conclusión de aquella su primera visita a Nazaret - la gente reacciona ante Jesús. Como hemos visto en otros momentos, primero admirándose de las palabras de gracia que salían de sus labios, luego con el orgullo de sentir que Jesús era uno de los de ellos, porque era de Nazaret, allí se había criado y allí estaban sus parientes; pero finalmente le van a rechazar porque no les hace lo que ellos pensaban que iba a hacer allí. ‘No hizo ningún milagro por su falta de fe’, nos dirá el evangelio en otro momento. Y como hemos escuchado hoy les recuerda aquellos episodios de Elías y Eliseo, en que los beneficiarios no fueron precisamente judíos, sino una fenicia y un sirio. ‘Lo empujaron fuera del pueblo, con intención de despeñarlo’.
En este sentido podemos comentar también este hecho de Eliseo y aquel leproso, Naamán, venido de Siria. Le habían dicho que había un profeta en Israel que podría curarlo. Y ¿Cómo se presenta? Cargado de joyas y riquezas como si con ello pudiera comprar la acción de Dios que le devolviera la salud - pensemos en lo que hacemos nosotros con Dios con nuestras promesas y regalos con las que queremos ganarnos la voluntad de Dios -.
Y, por otra parte, cuando el profeta la manda simplemente lavarse en el río Jordán, ya hemos visto su reacción. ¿Qué esperaba? Acciones espectaculares que realizase el profeta para que de una forma mágica recobrara la salud de su cuerpo. El profeta no era el mago que venía allí con sus ritos mágicos para curarlo. Cuánto nos gustan a nosotros también las cosas espectaculares y en cierto modo teatrales.
¿Cuándo en verdad va a recobrar la salud por la acción de Dios? Cuando tenga humildad en el corazón y se despoje de sus orgullos y vanidades abajándose para lavarse como uno más en el agua del Jordán. Necesitó despojarse de sus vanidades y de su orgullo. Necesitó descalzarse, por recordar la imagen que antes mencionábamos, para quitarse las sandalias de sus ideas preconcebidas y poder encontrarse de verdad con la gracia y la acción de Dios.
Buscamos a Dios, pero escuchemos a Dios. Quitemos las cantinelas que tengamos en nuestra vida que nos hacen ruido y nos aturden, que nos distraen o no nos dejan escuchar la voz de Dios que nos habla en el corazón. Por algo hemos venido repitiendo también a lo largo de este tiempo de cuaresma de ese silencio y soledad al que tenemos que ir para escuchar a Dios, para poder dejarnos inundar por Dios.

domingo, 31 de julio de 2011

No hace falta que se vayan, dadle vosotros de comer


Is. 55, 1-3;

Sal. 144;

Rm. 8, 35.37-39;

Mt. 14, 13-21

En los textos de la Palabra hoy proclamada, sobre todo el evangelio y la profecía de Isaias encontramos un hermoso sentido eucarístico enseñándos a hacer Eucaristía de nuestra vida.

Se nos describen gestos en Jesús que se repetirán en la Institución de la Eucaristía y que nos mandó repetir en la celebración eucarística. ‘Alzó la mirada el cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos’. Pero además nos enseña como toda vida ha de ser Eucaristía para el cristiano y cómo ha de prolongar en la vida la Eucaristía que celebra con los mismos gestos de amor de Jesús.

‘Oid, sedientos todos, acudid… venid… también los que no tenéis dinero… comed sin pagar… escuchadme atentos y comeréis bien… inclinad el oído, escuchadme y viviréis’. Es la invitación que hemos escuchado al profeta. Todos estamos llamados, invitados a venir a Jesús que El nos alimenta, se nos da como comida; nos alimenta con su Palabra para que tengamos vida. ‘Viviréis…’, nos dice. Podíamos recordar ahora lo que nos dirá cuando nos hable del Pan de vida.

¿No es eso lo que hacemos cuando venimos a la Eucaristía? Aquí venimos todos, con nuestra vida, sedientos o hambrientos, con nuestros deseos más hondos, con nuestra problemática, con nuestras necesidades, las nuestras y la de los que nos rodean. Como aquellas multitudes que vemos hoy en el evangelio que van en búsqueda de Jesús. Se había ido a un lugar tranquilo y apartado con el grupo de los discípulos más cercanos. Pero ‘la gente lo siguió por tierra desde los pueblos. Y al desembarcar Jesús se encontró con el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos’, nos dice el evangelista.

Allí se manifiestan los signos de la salvación que nos ofrece. Allí está la Palabra de vida que siempre nos llena de vida. ‘Curó a los enfermos’, dice, pero son muchas más cosas las que suceden. Allí hay una muchedumbre hambrienta que ha venido a escuchar a Jesús. Y Jesús saciará su hambre más profunda, pero no dejará de atender las necesidades materiales de la vida que cada uno lleva consigo. Y es cuando realiza el milagro grande de dar de comer a aquella multitud multiplicando milagrosamente los pocos panes que hay.

Pero es ahí además donde Jesús nos enseña muchas cosas con sus gestos y con su manera de actuar; donde nos enseña como tenemos que prolongar su amor, ese amor que alimentamos en la Eucaristía, para que lleguen a todos las señales de su amor, las señales de que el Reino de Dios está presente entre nosotros.

Ya sus discípulos, los que El ha ido llamando de manera especial y están siempre con El, han ido aprendiendo la lección, podríamos decir, de sentir preocupación por los demás. Andan preocupados porque se hace tarde, allí hay una muchedumbre que no ha previsto el llevar pan y allí no tienen donde conseguirlo. Por eso suplican a Jesús: ‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer’. Buenos deseos y buenas intenciones no podemos negar que tengan.

Ahora comienza la gran enseñanza de Jesús. ‘No hace falta que vayan, dadle vosotros de comer’. No os quedéis ahí cruzados de brazos, sois vosotros los que tenéis que darle de comer. Pero, ¿de dónde van a sacar ellos pan para darle de comer a tanta gente? Luego nos dirán que ‘eran cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños’. Sólo tienen unos pocos panes y unos pocos peces, cinco panes y dos peces. Pero lo que tienen lo comparten, lo ponen a disposición de los demás. Y Jesús realiza el milagro y todos pueden comer hasta saciarse. Allí se está manifestando una vez más lo que es el corazon misericordioso y compasivo del Señor.

Decíamos antes, que nosotros tenemos que prolongar la acción de Jesús, su amor y las señales de su Reino, porque no nos podemos contentar con quedarnos sentados en la Eucaristía que celebramos, sino que tenemos que hacernos Eucaristía para los demás en medio del mundo. Ante los problemas con que nos vemos abrumados en el mundo de hoy, ante tantas necesidades y problemas que cada día van surgiendo a nuestro alrededor, no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Esa no puede ser nunca la actitud ni la acción de un discípulo de Jesús, de un cristiano.

¿Qué no tenemos sino cinco panes y dos peces y nos puede parecer que eso es nada para la inmensidad de los problemas de tantos a nuestro lado? ¿Nos parece que somos poca cosa y qué podemos hacer nosotros? Pues tenemos que comenzar a repartir. Eso poco que somos, con eso que es nuestra vida tenemos que aprender a ir a los demás. Y eso poco se multiplicará, como se multiplicaron los panes y los peces en el milagro de Jesús.

Es la prolongación de la Eucaristía en la vida, que decíamos antes, que tenemos que lograr en la medida en que con amor seamos capaces de ir a los demás. Así nos hacemos Eucasristía en nuestra entrega como la de Jesús, en esas obras de amor, en ese compromiso por lo bueno, por lo justo que hemos de ir viviendo cada día. Porque no tenemos que hacer otra cosa que la obra de Jesús, que vivir el amor de Jesús y llevarlo a los demás. Y como tantas veces hemos dicho lo vamos manifestando a través de pequeños gestos, de esos pequeños detalles de atención, de acogida, de comprensión, de paz que vamos teniendo, que vamos realizando con los demás.

Es a lo que nos compromete Jesús cuando nos dice ‘dadle vosotros de comer’. Además fijémonos que cuando pronuncia la bendición y parte el pan, lo da a los discípulos para los discípulos lo repartan a la gente y llegue a todos. Por medio nuestro quiere llegar ese pan del amor y de la justicia a los demás.

Es la tarea y la obra de la Iglesia. En toda ocasión y en todos los tiempos. La Iglesia siempre ha ejercido la diaconia de la caridad. Ya nos hablan los Hechos de los Apóstoles como se atendían a las viudas y a los huérfanos y entre ellos nadie pasaba necesidad porque todo lo compartían. Es lo que ha ido haciendo la Iglesia cuando ha ido anunciando el evangelio por todas partes. Siempre ha estado presente esa diaconia de la caridad en la atención a las necesidades de todos, en la promoción de tantas cosas buenas siempre en servicio del hombre, en servicio de la comunidad.

Cuántas obras en beneficio de los demás ha realizado y sigue realizando la Iglesia en tantas instituciones nacidas a su calor, en tantos religiosos y religiosas consagrados a los más pobres, a los enfermos, a los ancianos, a tantas obras de orden social para el desarrollo y la atención de las personas. Ahora mismo en la situación de crisis en que vive nuestra sociedad cuánto se está realizando en nombre de la Iglesia a través de Cáritas que tenemos que reconocer y dejar bien claro que no es una ’ONG’ más, sino una institución de la caridad y del amor de la comunidad eclesial. Con pocos medios, porque es realmente a partir de lo que la comunidad comparte, cuántas cosas se realizan.

Tenemos que darle gracias a Dios porque tantos sigan poniendo sus cinco panes y dos peces para ese compartir con los demás. Y que el Señor inspire nuestra generosidad. Que aunque no sea en cosas materiales sin embargo esos cinco panes y dos peces se pueden traducir en muchas cosas buenas para los otros como tantas veces hemos dicho.

‘¿Quién podrá apartarnos de amor de Cristo?’ se preguntaba el apóstol. Nada ni nadie podrá apartarnos de ese amor. En El queremos hundir las raíces de nuestra vida. ‘Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro’. Y si nada nos aparta de ese amor, es el amor que nosotros queremos vivir con los demás compartiendo los cinco panes y dos peces de nuestra vida. también nosotros queremos pronunciar la Bendición, bendecir al Señor para partir los panes y repartir nuestro amor.

martes, 10 de mayo de 2011

Buscamos a Jesús que nos dará el pan de vida que da vida al mundo


Hechos, 7, 51-59;

Sal. 30;

Jn. 6, 30-35

La gente buscaba a Jesús. Nosotros también buscamos a Jesús. Que estamos aquí en esta mañana – o que te hayas acercado a este blogs – indica nuestro deseo de búsqueda de Jesús. Sin embargo quizá tendríamos que preguntarnos ¿Por qué buscamos a Jesús?

En los versículos del evangelio que escuchábamos ayer – ya decíamos que lo que escuchamos estos días en el evangelio tiene una continuidad incluso literal – se nos decía que ‘cuando la gente vio que Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y se fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Y al encontrarlo en la otra orilla del lago le preguntaron: Maestro, ¿cómo has venido aquí?’.

¿Buscaban a Jesús porque habían comido pan en abundancia en el descampado? ¿le buscaban porque veían los signos, las señales que Jesús estaba dando de quién era y por qué habían de seguirle? ‘Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del hombre’. Pero aún así siguen preguntando cómo han de hacer, a lo que Jesús les responde: ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que El ha enviado’.

Es necesario creer en Jesús. Lo que significará buscarle y seguirle pero por hondos motivos. Sólo en Jesús podemos encontrar la salvación; sólo en Jesús podemos alcanzar la vida eterna. Será Jesús quien nos dé esa vida eterna. Será Jesús el que saciará las aspiraciones más hondas que puedan haber en el corazón del hombre. Será Jesús el único camino que nos llevará a la vida verdadera. Será Jesús el único que nos puede llevar hasta Dios. Será Jesús el que nos lleve a la vida en plenitud.

Pero los judíos siguen insistiendo, como hemos escuchado ya en el texto de hoy, ‘¿Y qué signo vemos que tú haces para que creamos en ti?’ Y ellos recuerdan que sus padres creyeron a Moisés y fueron capaces de seguirle incluso por el desierto porque les dio el maná, ‘como está escrito: les dio a comer pan del cielo’. Cada mañana recogían aquel maná que les enviaba Dios y que les alimentaría en su peregrinar por el desierto hasta la tierra prometida.

Es entonces cuando Jesús hace el gran anuncio, cuál es el verdadero pan bajado del cielo. ‘Es mi Padre quien os da el verdadero pan bajado del cielo… que es el que da vida al mundo’. Quieren comer ellos de ese pan. Algo están intuyendo de lo que Jesús quiere hablarles aunque al final se resistar a creer en todo lo que Jesús les dice y los promete, como escucharemos en los próximos días. Por eso le piden que les dé ese pan.

‘Señor, danos siempre de ese pan…’ Nos recuerda la petición de la mujer samaritana allá junto al pozo de Jacob cuando Jesús promete un agua viva que calmará para siempre la sed. ‘Señor, dame de esa agua, para que no tenga yo que venir al pozo todos los días a sacarla’, le pedirá aquella mujer como ahora le piden ese pan a Jesús.

‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mi no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’, es la afirmación rotunda que hace Jesús. Decíamos antes que es necesario creer en Jesús. Creer en su Palabra. Creer que El es el Pan de vida, que da vida al mundo, que saciará nuestra hambre más profunda, que creyendo en El no tendremos nunca más sed de otras aguas que no nos sacian sino que nos confunde.

‘Señor, danos siempre de ese pan…’ le pedimos nosotros también; que creamos en ti y en ti pongamos todas nuestras esperanzas; que vayamos a ti porque solo en ti podemos alcanzar esa plenitud y ese sentido profundo y válido para nuestra vida; que tengamos verdaderas ansias de alimentarnos de ti, de llenarnos de vida, porque es la única vida que merece la pena, la unica que nos llevará a la plenitud de la salvación.

domingo, 27 de marzo de 2011

Sedientos del agua viva que Jesús nos ofrece


Ex. 17, 3-7;

Sal. 94;

Rm. 5, 1-2. 5-8;

Jn. 4, 5-42

‘Un vaso de agua, por favor’. Algo así fue lo que le pidió Jesús a aquella mujer samaritana junto al pozo de Jacob. ‘Llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar… cansado del camino estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.’ Son muchos los detalles que nos sugieren muchas cosas.

Jesús, cansado del camino y sediento, pide de beber, como aquel pueblo que agotado y sediento en su caminar por el desierto también le pide agua a Moisés, como hemos escuchado en la primera lectura. Jesús, desangrado y colgado de la cruz, atormentado también por la sed, pedirá igualmente de beber – ‘tengo sed’, gritará entonces -. Pero en otro momento nos dirá que estuvo pidiendo agua, sediento en todos los sedientos que piden agua, esperando que nosotros le diéramos de beber.

Es bien significativo todo esto que nos recuerda y sugiere el evangelio de la samaritana del pozo de Jacob que hoy se nos ha proclamado. ¿De qué y de quienes está sediento Jesús? ¿Qué nos querrá decir?

Jesús nos está hablando de tantos sedientos, nosotros quizá también, que recorren los caminos del mundo esperando calmar su sed, sin saber encontrar esa agua viva que tanto necesitan. En Jesús sediento junto al pozo de Jacob y pidiendo de beber podremos contemplar la pobreza de tantos que necesitan agua que calme su sed física, pero que calme más bien otra sed más profunda que pueda haber en el corazón del hombre.

El diálogo que se establece entre Jesús y aquella mujer samaritana manifiesta esa sed profunda del hombre; no es sólo el hecho de que Jesús pida agua a aquella mujer con todas aquellas connotaciones de si El es judío y ella samaritana, que si tiene o no tiene con que sacar agua de aquel pozo hondo, sino que en la sed de aquella mujer está esa sed profunda que muchas veces llevamos dentros en tantos interrogantes que nos surgen en nuestro corazón, en esas ansias que podemos tener de felicidad y de cosas buenas y que no sabemos donde encontrar, o en esa trascendencia que se puede despertar dentro de nosotros que sólo en la plenitud de Dios podemos de verdad saciar.

Pronto aquella mujer será la que comience a pedirle a Jesús que le dé de esa agua que sacie su sed para no tener que venir a esos pozos materiales en busca de aguas que no dan respuestas profundas a la vida. ‘Si conocieras el don de Dios, comienza a decirle Jesús, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y El te daría agua viva’.

Jesús es el que viene a saciar esa sed que llevamos dentro. Jesús es el que nos va a dar respuestas a todos esos interrogantes. Jesús es el que nos dará esa agua que nos purifica, pero que también nos llena de vida. Jesús es el que ‘hará surgir dentro de él un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna’.

Allí está aquella mujer delante de Jesús que primero sólo buscaba esa agua material y física que podía sacar de aquel pozo de Jacob – ‘Señor, dame de esa agua; así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla’ -, pero que ahora ante Jesús irá descubriendo que hay otras muchas cosas en su vida que necesitan del agua viva que Jesús ofrece. Será su vida irregular, serán sus problemas religiosos y de fe, será toda la inquietud vital que hay en su corazón.

Jesús con su palabra irá ayudándole a hacer un recorrido por su vida para irle dando respuesta a todas las cuestiones que le plantea para que al final aquella mujer sienta a Dios en lo hondo de corazón, porque ‘a Dios hay que adorarle en espíritu y verdad’, para sentirse transformada por la presencia de Jesús. Irá pronto a anunciarle a sus vecinos que se ha encontrado con quien le ha dicho todo lo que ha hecho y se pregunta si no será el Mesias esperado. Comienza a compartir el agua que ha encontrado.

Nosotros también acudimos a Jesús con nuestra sed, con nuestra vida no siempre muy ordenada, con nuestros interrogantes o nuestras dudas. Como aquella mujer también queremos pedirle ‘Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed…’ ni tendré que estarla buscando por esas otras fuentes engañosas de las que tantas veces queremos ir bebiendo por la vida.

Pero tenemos que hacerlo con sinceridad. No hemos de tener miedo de dejarnos interpelar por Jesús que nos irá haciendo ver todo eso que es nuestra vida. En este camino cuaresmal hacia la Pascua tenemos que aprender que sólo Jesús es el que sacia la fe más profunda que hay dentro de nosotros. Una sed que muchas veces puede atormentarnos bajo el sol de la vida con tantos problemas o inquietudes, porque además llevamos sobre nosotros el peso de nuestros pecados. Jesús calma esa sed porque nos da su agua viva que nos purifica y nos llena de vida. Cuando lleguemos a la resurrección del Señor en la noche de Pascua vamos a renovar nuestro bautismo y dejar que el agua caiga de nuevo sobre nosotros como un signo de esa vida nueva que resplandece en nosotros.

Hemos de tener confianza de que en Jesús vamos a encontrar esa agua viva y la vamos a buscar con empeño y sin dudas. Como escuchamos en la lectura del Exodo el pueblo se rebeló contra Moisés y contra Dios porque pensaban que iban a morir de sed en el desierto, y Moisés dudó en cierto modo de que Dios les hiciera saltar agua de la roca para calmar la sed de aquel pueblo rebelde. ‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón como en el desierto, cuando vuestros padres me tentaron y me pusieron a prueba’, hemos rezado en el salmo. Por eso queremos escuchar a Jesús, escuchar su Palabra, beber de la fuente de agua viva que El nos ofrece.

Como nos dice el Papa en su mensaje de Cuaresma ‘La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín’.

Pero creo que nos pide algo más este encuentro con Jesús hoy. Quienes hemos encontrado esa agua viva no nos la podemos quedar sólo para nosotros. A nuestro lado hay un mundo sediento. Sediendo de muchas cosas y que busca su satisfacción en fuentes que no son de agua viva porque quizá no la hayan encontrado aún. Piden agua, buscan respuestas, tienen quizá ansias de algo en su corazón y no saben bien lo que es.

Al principio recordábamos aquel otro lugar del evangelio donde Jesús nos dice que estaba sediento y le dimos – o no le dimos – de beber. Pues Jesús está sediento en todos esos hombres y mujeres que quizá andan desorientados por los caminos de la vida y que nos están pidiendo de beber aunque quizá no sepan bien lo que podemos ofrecerles o algunas veces hasta nos rechacen.

Tenemos que ir a calmarles esa sed. Tenemos que llevarles esa agua viva que Jesús nos ofrece, y nos ofrece para todos, y que ha puesto en nuestras manos para que también la llevemos a los demás. No nos podemos quedar para nosotros esa agua de la fe, de la gracia, de la vida eterna, sino que tenemos que anunciarla compartirla con los demás. Ponernos sentados junto a esos pozos de la vida a donde van a buscar agua, para pedir agua, pero para ofrecer nuestra agua, mejor, el agua viva de Jesús. Ayudar a despertar la fe en tantos a nuestro lado.

Es la inquietud que siempre hemos de tener por llevar a Jesús a los demás, anunciar su evangelio, hacer que todos los hombres puedan beber de esa agua viva de la gracia que nos ofrece Jesús. Es un compromiso también de nuestro camino cuaresmal.