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martes, 6 de mayo de 2014

El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed



El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed

Hechos, 7, 51-59; Sal. 30; Jn. 6, 30-35
¿Por qué hemos de creerte? ¿qué haces tú para que tengamos que creer en ti y en lo que nos dices? Algo así fue lo que le respondieron los judíos a lo que les había dicho Jesús. Cuando le preguntaron - lo escuchábamos ayer - ‘¿cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?’ El les había dicho que ‘el trabajo que Dios quiere es que creáis en el que El ha enviado’. Habían entendido bien, tenían que creer en El, por eso su reacción. ‘¿Qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿en qué te ocupas?’
Qué pronto olvidan las cosas. No han pasado aun veinticuatro horas en que había multiplicado milagrosamente los panes y los peces en el desierto para que comieran todos y hasta se habían entusiasmado y habían querido hacerlo rey. Todos conocían las obras que Jesús hacía, sus milagros, la curaciones de los enfermos, los paralíticos que comenzaban a caminar y los leprosos que eran curados, pero pronto parece que lo olvidan. No apreciaban las obras de Jesús. No querían reconocerlo.
Cuando en la vida nos encontramos con alguien que es bueno y generoso con los demás, que se compadece de los que sufren y trata de ayudar a todos, que le vemos actuar generosa y desinteresadamente buscando siempre lo bueno para los demás, que se indigna contra las injusticias y reclama siempre lo bueno para los demás, decimos que es una persona buena y valoramos sus obras y su actuar. Pero con Jesús parece que eso no se tiene en cuenta, se olvida fácilmente, como le pasaba a aquellas gentes de Cafarnaún.
Ahora vienen con comparaciones, que en el fondo es un decirnos que allá en lo hondo de su conciencia reconocen que Jesús tiene que ser alguien importante o de gran valor, aunque luego fuera no lo muestren. Recuerdan a Moisés, el gran liberador de Israel que los sacó de Egipto, les hizo atravesar el mar Rojo y los condujo por el desierto hasta la tierra prometida. Y ahora le recuerdan a Jesús que Moisés les dio el maná, pan del cielo, como ellos lo llamaban.
Jesús recoge el guante del desafío, podíamos decir así. Y ahora les hace un gran anuncio, que les costará entender y aceptar. ‘Os aseguro que no fue Moisés el que os dio pan del cielo,  sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’.
Claro que ellos ahora pedirán que les dé ese pan que da la vida al mundo. Lo que significa que en cierto modo están entendiendo lo que Jesús les está queriendo decir, que El les puede dar ese pan que da la vida verdadera, aunque luego más tarde lo rechacen. ‘Señor, danos siempre de ese pan’, les dice.
El pan que Jesús les está ofreciendo no es pan cualquiera que pueda ser amasado y cocido en cualquier horno. No es algo material lo que Jesús nos ofrece. Esa vida que Jesús quiere darnos es su propia vida, y el que nos dará verdadera vida. También nosotros tenemos que pedirlo, desearlo, buscarlo. Así buscamos a Jesús; así queremos poner nuestra fe en El; así nosotros queremos alimentarnos de Jesús, porque sabemos que es Jesús mismo el que se nos dará como pan de vida.
Cuando le piden que les dé siempre ese pan, les dirá: ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed’. Nos hace recordar lo que ya le había dicho a la mujer samaritana, que El tenía un agua viva que calmaría su sed  para siempre y ya no habría que ir a aquellos pozos a buscar agua. Claro que tenemos muchos motivos para creer en Jesús, para poner toda nuestra fe en El.
Vayamos a Jesús, alimentémonos de El, llenémonos de su vida. Con Jesús se calma toda nuestra hambre más profunda; con Jesús se sacia nuestra sed en las aspiraciones más hondas que pueda haber en el alma humana. ‘Señor, danos siempre de ese pan’, le decimos nosotros también.

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