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jueves, 11 de diciembre de 2025

Es tarea de nuestro adviento hoy hacer florecer ese surco reseco de la vida con flores que pongan esperanza en nuestro mundo

 

Es tarea de
nuestro adviento hoy hacer florecer ese surco reseco de la vida con flores que pongan esperanza en nuestro mundo

Isaías 41, 13-20; Salmo 144; Mateo 11, 11-15

Hace unos días un amigo me manifestaba que se encontraba hecho una piltrafa, que no valía para nada, que estaba solo y nadie lo tenía en cuenta ni le echaba una mano, que por nada se enfermaba, y andaba poco menos que desesperado; total que poco menos que una depresión porque se encontraba con una malestar que a mi me parecía que eran síntomas de gripe; pero él no estaba muy acostumbrado a estar enfermo y ya sabemos cómo el malestar de una gripe nos deja desmadejados y por el piso.

Yo pensaba por poca cosa se siente mi amigo hundido, aunque es de comprender su soledad – cuánta gente se siente así sola en la vida, que no saben a quién acudir, ni cómo salir de sus situaciones – aquel muchacho, me parecía a mi por poca cosa se sentía tan mal; y pensaba yo en tantos que no por una simple gripe, pero si por otros muchos problemas que se agolpan sobre su vida se encuentran también mal y desesperanzados; como decíamos, muchas soledades, pero también mucha gente que se ve agobiada y quizás no encuentra un sentido o un valor para sus vidas, gentes que caminan sin metas ni esperanzas, que se sienten vacíos e impotentes quizás por la superficialidad de sus vidas, gentes que necesitan un norte, un por qué para vivir, un algo que les dé valor a sí mismos, una compañía quizás que les acompañe en ese caminar pesaroso por la vida.

¿Cómo encontrar una luz que les dé sentido a sus vidas? ¿Cómo levantarse de ese caminar rastrero envueltos por esas materialidades de la vida? ¿Dónde encontrar fuerza que les haga superar sus cansancios y sus desencantos?

Estamos en el Adviento y vamos escuchando a los profetas que acompañaban al pueblo de Israel y que trataban de despertar esperanzas en aquel pueblo que se veía tan machado a través de la historia. Como dice el profeta hoy ‘los pobres y los indigentes buscan agua, y no la encuentran; su lengua está reseca por la sed’. Es una imagen de la situación de desánimo en que se encuentra el pueblo. Pero el profeta les anuncia que todo cambiará y hablará de los desiertos que se convierten en un vergel haciendo brotar ríos y manantiales en montañas y valles, que hasta en los lugares más yermos aparecerán fuentes de agua.

Nos hará el profeta una bonita y hasta poética descripción. ‘Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos, y olivares; plantaré en la estepa cipreses, junto con olmos y alerces, para que vean y sepan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado’. Nos habla de los tiempos nuevos del Mesías, que no es la materialidad de la frondosidad de esos bosques, sino la señal de vida que nos dará para nuestro mundo.

¿Andaremos quizás con la boca reseca por nuestra situación persona, por nuestros errores o por el estilo de vida que envuelve nuestro mundo? Vendrá un tiempo nuevo. Es lo que tenemos que sentir, es la esperanza que tiene que animar nuestra vida, son los pasos que hemos de dar para hacer que nuestro mundo sea mejor, empezando por ser mejores nosotros mismos. Es un cambio y una transformación que tiene que darse en nuestra vida, de la que tenemos que dar señales; y daremos señales con una forma nueva de celebrar la navidad; no nos podemos dejar arrastrar por la inercia de nuestro mundo en el que cada va a sus intereses. Como creyentes en Jesús algo nuevo tenemos que poner.

¿No tendremos que pensar con sinceridad qué cosas hay resecas en mi vida que necesitan un agua nueva? ¿Dónde tenemos que llevar esa agua que nos ofrece Jesús en ese mundo concreto en que vivimos donde como antes reflexionábamos vemos tantos sequedales? Un surco que hagamos florecer es un comienzo de un mundo nuevo que estamos haciendo en nuestro campo de la vida. Que no pase la navidad sin que hagamos florecer una nueva flor que ponga una alegría nueva en nuestra vida.

Para terminar no dejemos de lado lo que nos dice el evangelio cuando Jesús nos habla de Juan Bautista, porque no ha nacido de mujer nadie mayor que él. Pero si hacemos florecer ese surco del que hablábamos seremos incluso mayores que Juan. No lo digo yo, nos lo dice Jesús en el evangelio.


domingo, 12 de marzo de 2023

Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

 


Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Qué incómodos y molestos nos ponemos cuando estamos sedientos y cansados; se nos hace duro el camino y buscamos la sombra para el descanso y una posible fuente de agua fresca para calmar nuestra sed; mientras andamos desasosegados, ansiosos, nos parece imposible alcanzar el camino y aparecen los nubarrones en el espíritu que nos hacen preguntarnos por el sentido de aquel camino que estamos haciendo, las dudas de si seremos capaces de poder llegar hasta la meta, nos volvemos ásperos y hasta violentos con los que están a nuestro lado como si la secura física nos hubiera contagiado el espíritu.

Pero hay momentos de cansancio que nos hace sentir y preguntarnos de qué realmente estamos sedientos, porque qué es lo que nos falta o nos sobra en la vida; nos pueden sobrar pesos muertos que más aumentan el cansancio, nos pueden sobrar apegos que nos hicieron olvidar cuál es el agua que realmente teníamos que haber buscado, o nos puede sobrar un materialismo de la vida donde más nos preocupamos de cosas que de aliviar el espíritu. Eso nos hará entonces descubrir qué nos falta, qué es lo que realmente tenemos que descubrir que sea verdadera luz y fuerza para ese camino. Tan aturdidos andamos muchas veces que no sabemos qué es lo que queremos o lo que buscamos. Pero vamos de camino y a alguna meta tendremos que llegar.

Contemplamos una vez más en el evangelio que Jesús va de camino aunque esta ocasión le veremos hacer una parada que a nosotros también nos puede hacer descubrir muchas cosas. Va atravesando Samaría, aunque no es el camino habitual que hacen los galileos para venir o volver de Jerusalén. No va Jesús en las comodidades con que hacemos nosotros nuestros viajes y va cansado por el camino y se detiene junto a pozo en búsqueda de agua para calmar la sed. Así lo va a pedir a una mujer samaritana que viene a sacar agua al pozo. ‘Dame de beber’.

Un día gritará Jesús en lo alto del calvario y desde lo alto de la cruz, ‘tengo sed’. Le ofrecerán entonces algo que pudiera calmar aquellas securas de los estertores de la muerte, pero parece que la samaritana se resiste a dar de beber a quien ahora le pide. Una mujer que viene también por agua, un agua que tendrá que buscar y sacar de un pozo que es hondo aunque ella se cree con todos los medios necesarios para ello. Pero al final se descubrirá la verdadera sed de aquella mujer. Porque la sed de Jesús que pide de beber a aquella mujer junto al pozo servirá para despertar o para descubrir otra sed más honda y más importante que llevamos en el alma.

Ya conocemos todo el desarrollo del evangelio y cómo va a ir apareciendo la sed de aquella mujer, la situación que vive aquella mujer como aquel pueblo de samaritanos y cómo será la mujer la que le pedirá a Jesús que le de del agua que ahora es El quien está ofreciendo. Allí se ha desarrollado todo un proceso en el espíritu de aquella mujer. No sabe realmente con quien está hablando aunque está intuyendo muchas cosas, pero siempre los encuentro con Jesús son transformadores.

Por eso hoy nosotros dejemos que Jesús se meta con nosotros y a nosotros nos pida agua también. ¿Qué le vamos a ofrecer? ¿Aparecerán todas nuestras capacidades técnicas o todas esas cosas que creemos que nos sabemos hasta de memoria para dar respuesta a la petición de Jesús?  Más bien vamos a tener que dejar que se despierte esa sed que llevamos dentro, esos ardores o esa aridez que algunas veces sentimos en nuestro espíritu, esos vacíos interiores o esos interrogantes que se nos puedan plantear desde la situación del mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que sentir provocados por Jesús. No tengamos miedo de abrir nuestro corazón para que aparezcan esas sombras y esas heridas que todos llevamos dentro, esa sed que sentimos y que queremos aplacar por nosotros mismos con tantos sucedáneos, esas ataduras por las que nos sentimos cogidos y de las que no tenemos la valentía de liberarnos, esos sueños que nos hacen caminar como en una nube pero que no son los sueños que nos elevan o que nos hagan buscar metas más superiores para nuestra vida, esas rutinas que seguimos manteniendo en nuestra manera de relación con Dios que no nos hacen disfrutar del amor del verdadero Padre del cielo.

Los encuentros con Jesús cuando son de verdad serán siempre transformadores. Es lo que tiene que ser para nosotros este tercer domingo del camino cuaresmal que estamos haciendo. Tiene que haber pascua en nosotros. Es el paso de Dios por nuestra vida. Tenemos que sentirlo con la presencia de Jesús. Pidámosle sin ningún recelo ni desconfianza que nos dé siempre de esa agua que El nos ofrece y nos quiere dar. Es el agua viva que cuando la bebamos, ya no volveremos a tener de otras aguas, porque solo queremos la de Jesús que nos llena de vida eterna.

 

domingo, 8 de agosto de 2021

Comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús, impregnarnos de su vida de manera que ya no es nuestra vida sino su vida para vivir en Dios para siempre

 


Comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús, impregnarnos de su vida de manera que ya no es nuestra vida sino su vida para vivir en Dios para siempre

1Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-51

Esto sí que es vida, lo habremos escuchado, lo habremos dicho quizás; cuando encontramos algo que nos satisface plenamente, que nos parece que nos da la mejor felicidad, que trata de saciarnos en nuestros apetitos y deseos, cuando nos encontramos satisfechos y felices después de lo que hemos vivido, de la fiesta que hemos celebrado, de la comida que hemos compartido.

Es cierto que tiene ciertas connotaciones demasiado materiales en referencia aparentemente solo a nuestros apetitos y deseos, pero creo que de alguna manera no está diciendo algo más. Queremos vivir, queremos tener la mejor vida, queremos disfrutar de la vida, no queremos que esa felicidad se acabe, deseamos que una vida así dure para siempre.  Y cuando sentimos que eso además se nos da como un regalo, algo así como que más felices nos sentimos. Tenemos hambre y sed de muchas cosas que satisfagan nuestro vivir.

Me vienen a la mente dos peticiones a Jesús que aparecen en distintos momentos en referencia a ese vivir. Dame de esa agua para que no tenga más que tener que venir al pozo a sacar el agua, para que no tenga nunca más sed, le dice la samaritana a Jesús cuando El le dice que es el agua viva y que bebiendo de esa agua no se volverá a tener sed; comprendemos cómo entendía aquella mujer lo de la sed y del agua, pero manifiesta unas ansias que todos llevamos dentro. Y ahora en este pasaje del capitulo 6 de san Juan los judíos le dirán a Jesús que les dé de ese pan; les ha hablado de un pan que da vida y que quien lo come no tendrá más hambre jamás, y para verse así satisfechos, y ya sabemos cómo, le piden ese pan. ‘Danos siempre de ese pan’.

Pero la felicidad que Jesús nos ofrece, la vida de la que Jesús nos está hablando, ¿se refiere solamente a lo material de la vida? Aquella felicidad de la que hablábamos cuando decíamos que ‘esto sí es vida’ ¿se refiere solo a esa vida humana con todas sus connotaciones materiales? ¿Es solo eso lo que buscamos y deseamos? Poniéndonos a pensar seriamente nos damos cuenta que vivir es algo más, y buscamos un sentido de la vida, buscamos una sabiduría del vivir que nos conduzca por otro camino que nos de una felicidad total. Y es lo que nos está ofreciendo Jesús; por eso nos pide escuchar su Palabra, por eso nos pide creer en El.

Cuando hoy nos está diciendo que es el verdadero pan bajado del cielo y el que le come vivirá para siempre, de eso nos está hablando. Es Jesús ese pan que viene del cielo y nos sacia plenamente; es Jesús esa Palabra que nos viene de Dios y que nos revela la sabiduría más excelsa para que podamos llegar a darle un sentido de plenitud a la vida; lo que nos dice de vivir para siempre que es vivir en plenitud total, en una felicidad tal que no se ve mermada por ninguna cosa.

Como hoy nos vuelve a repetir, no se trata de un pan bajado del cielo, como el maná, que Moisés les dio en el desierto; claro que aquel maná tenía un sentido y un significado más grande y más intenso que las interpretaciones ordinarias que se hacían de él. No era solo un alimentar a unos cuerpos hambrientos, lo que Moisés les estaba ofreciendo, sino que con Moisés vino también la ley de Dios, que era todo un sentido de vivir. La ley no solo era una reglamentación de la vida y de la vida de aquel pueblo para saber lo que tenían o no tenían que hacer, sino que era un sentido de vivir desde la fe que tenían en Dios.

Ahora con Jesús vamos a tener no simplemente una ley sino toda una sabiduría que dará sentido de plenitud a todo nuestro vivir. Ya no era un maná que apareciera en las mañanas sobre el campamento, sino que es la misma sabiduría de Dios que Jesús va a sembrar en nuestros corazones para que le podamos dar todo el mejor sentido a nuestra vida. Creer en Jesús no es simplemente aceptar unas reglas o unas normas; creer en Jesús es comer a Jesús que se hace pan de vida y pan de sabiduría para nosotros.

Igual que el pan con que nos alimentamos se hace vida en nosotros porque sentiremos en nuestro cuerpo toda la energía que nos proporciona ese alimento, Jesús nos dice que El es Pan de vida para que le comamos; y comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús. ¿La energía de Dios? Comer a Jesús es impregnarnos de su vida de tal manera que ya no es nuestra vida sino la vida que El derrama y derrocha en nosotros. Y cuando comemos a Jesús de esa manera todo será nuevo para nosotros, todo es una vida nueva y distinta, todo será vivir en Dios para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’, nos dice.

Claro que le pediremos que nos dé ese pan para no volver a tener hambre, para tener la vida en plenitud. Y vivir la vida de Jesús sí que es vida, y de la mejor.

jueves, 16 de julio de 2020

Necesitamos encontrar un corazón que nos dé alivio y nos llene de paz y Jesús nos habla de su mansedumbre y de la humildad de su corazón


Necesitamos encontrar un corazón que nos dé alivio y nos llene de paz y Jesús nos habla de su mansedumbre y de la humildad de su corazón

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Sal 101; Mateo 11, 28-30
A la hora de preparar la reflexión que os ofrezco en la semilla de cada día busco siempre algún comentario que me pudiera ayudar a mí personalmente pero también para preparar mejor lo que os ofrezco. En esta ocasión me encontré un comentario a este texto que hoy nos ofrece el Evangelio muy sencillo pero creo que muy enriquecedor y profundo.
Así nos decía: ‘El evangelio que leemos  hoy es una auténtica delicia, un vaso de agua fresca para las personas cansadas, doloridas, que sufren en la vida las situaciones más complicadas y difíciles’. Un vaso de agua fresca. Cómo lo agradece el caminante que bajo el peso del calor y del bochorno va haciendo camino, o el trabajador que al sol parece deshidratarse en los sudores de un calor agobiante, el que cansado en su trabajo o en su camino tiene la garganta reseca, o el enfermo que en su fiebre necesita que le humedezcan sus labios con esas gotitas de agua que le alivien, calmen su sed, hidrate su cuerpo para sentir nuevo vigor en su tarea o su camino.
Pero sabemos bien que esto que físicamente es una realidad, también es una imagen de cuanto nos sucede en los caminos de la vida cuando nos sentimos agobiados por los problemas o los sufrimientos o cuando nos parece que nos vemos envueltos en nubarrones negros que parece que no nos dan salida. Qué alivio cuando escuchamos una palabra de ánimo, cuando sentimos esa mano que se posa sobre nuestro hombro, o nos bebemos esa mirada con una sonrisa de ánimo que parece que nos trasmite una nueva luz.
No siempre quizás en la vida podemos escuchar esa palabra o sentir esa mirada, porque quizás en nuestro sufrimiento nos encerramos en nosotros mismos, o porque a nuestro lado contemplamos a tantos que van con iguales o peores tormentos en su espíritu pero en cierto modo nos desentendemos de ellos. Es cierto que de alguna manera queremos ocultar o disimular tras una ruidosa carcajada el sufrimiento que llevamos en nuestro interior, porque nuestras penas decimos que son nuestras y no se las vamos a cargar a los demás o porque en una actitud insolidaria también vamos tratando de rehuir el conocimiento de las penas que hacen sufrir a los demás. Quizás hasta nos vestimos de fiesta o queremos mostrar rostros de alegría para disimularlo, pero es cierto que si tenemos una cierta sensibilidad nos daremos cuenta del sufrimiento o la angustia que envuelve a tantos en nuestro entorno.
Jesús nos ofrece ese vaso de agua fresca, en la imagen con la que comenzamos nuestra reflexión. Si en la vida tantas veces no sabemos a quien acudir Jesús nos está diciendo que a El podemos acudir porque en El encontramos ese alivio y ese descanso que necesitamos. ‘Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, nos dice, y yo os aliviaré’. Necesitamos encontrar un corazón que nos dé alivio y nos llene de paz. Jesús nos habla de su mansedumbre, nos habla de la humildad de su corazón. No temamos. Es el corazón que nos acoge, nos escucha, nos hace sentir paz.
Cuánto lo necesitamos. El no nos recrimina sino que nos escucha y nos pregunta solamente por nuestro amor. Como hizo con Pedro, como hacia con los pecadores que a El acudían, como se auto invitó a la casa de Zaqueo, como llamó a Leví el publicano para que formara parte de su grupo, como acogió a la mujer pecadora que aunque sabía que había pecado mucho sabía también que había mucho amor en su corazón. Así podríamos seguir recorriendo las páginas del evangelio para sentirnos nosotros invitados también a ir hasta Jesús. ‘Venid a mi y encontraréis vuestro descanso’, nos dice hoy.
Pero también nos dice algo más. ‘Aprended de mi’. ¿Qué significa eso? Que aprendamos a ir a los demás, a no cerrar nuestros ojos ni nuestros oídos, a escucharlos, a estar a su lado, a tender la mano amiga, a ofrecer la sonrisa de nuestros ojos y nuestro semblante, a ofrecer también la mansedumbre de nuestro corazón. No olvidemos que somos unos enviados y hemos de ser signos de la presencia de Jesús en medio de nuestro mundo. Cuánto tenemos que hacer.

domingo, 15 de marzo de 2020

Señor, dame de esa agua de vida que tú nos ofreces para plenitud de nuestra ser y no sintamos la tentación de ir a buscarla a otras fuentes



Señor, dame de esa agua de vida que tú nos ofreces para plenitud de nuestra ser y no sintamos la tentación de ir a buscarla a otras fuentes

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42
Un pozo de agua junto al camino; unos caminantes que vienen de larga caminata desde Jerusalén; mientras los discípulos se acercan al pueblo vecino a buscar algunas provisiones para comer, Jesús se queda, sin embargo, sentado junto al brocal del pozo esperando. El pozo es hondo, hay agua pero no hay medio de poderla sacar; solo cuando alguien del pueblo venga a buscar agua traerá lo necesario para poderla sacar. Y Jesús está allá esperando. ¿El agua? ¿Los medios para poder sacarla del pozo? ¿O a quien tenga verdadera sed de un agua viva que El nos pueda ofrecer?
Es serio estar sediento junto al agua y no poder beberla para calmar la sed. Como quien estaba junto a aquel pozo de Jacob sin tener con que sacarla. Hoy cuando de esa sed material se trata con los medios que tenemos nos es fácil llevar en nuestra mochila la cantimplora de agua o la conseguimos en cualquier sitio sin necesidad de buscar pozos ni fuentes. Pero bien sabemos que con esta imagen se nos quiere decir mucho más.
Pero es bien significativa la imagen por todo lo que el agua puede significar en la vida de la persona. Es fuente de vida no solo por cuanto nuestro cuerpo la necesita sino que la vemos como fuente también de nuestro espíritu muchas veces sediento sin saber donde encontrar lo que calme esas ansias profundas que la persona lleva dentro de si. ‘Dame de beber’ de alguna manera estamos pidiendo en esas búsquedas interiores, en esos interrogantes que se nos plantean en la vida, en ese deseo de un sentido para lo que hacemos o queremos vivir, cuando vemos también tantas cosas sin sentido a nuestro alrededor, tantas cosas que no nos satisfacen, tantas cosas o situaciones que muchas veces se nos presentan llenas de oscuridad. Las circunstancias de la vida nos llenan tantas veces de turbación y de negruras.
Es el diálogo que escuchamos hoy en el evangelio manifestando Jesús primero esa sed que le hacia pedir agua a la mujer que venía al pozo, pero que nos descubre que quien realmente estaba sedienta era aquella mujer que se veía envuelta también en interrogantes, en preguntas profundas, en sin sentidos de su vida que irá manifestando poco a poco en diálogo con Jesús.
Es un texto que nos manifiesta algo maravilloso porque  nos hace ver cómo Dios quiere hacerse el encontradizo con el hombre, porque realmente es El quien nos busca, aunque nosotros nos creamos que somos los buscadores. ¿Por qué se quedó Jesús junto al pozo y no se fue al pueblo con los discípulos que buscaban qué comer? Lo que buscaba Jesús era aquel encuentro y el corazón de aquella mujer. Era el encuentro que Jesús provocaba antes que los deseos de búsqueda que pudiera haber en aquella mujer. Aunque con las reticencias propias de personas pertenecientes a pueblos diferentes y que de alguna manera se consideraban enemigos, aquella mujer fue abriendo su corazón para comenzar pidiendo ella que le diera del agua que Jesús le ofrecía, y para terminar yendo al pueblo ya como evangelizadora portando la buena noticia de lo que había encontrado en Jesús.
Habían ido apareciendo sus inquietudes, las reticencias que se tenían los judíos y los samaritanos, los problemas de su búsqueda de Dios que no sabia encontrarlo con aquellas luchas y enfrentamientos religiosos que tanto los habían distanciado, como eran también las negruras que pudiera haber en su desordenada vida.
Pero demos el salto para no quedar solo en hechos pasado. En este tercer domingo de cuaresma nosotros también vamos a acercarnos al pozo que nos puede dar el agua viva. Vamos a comenzar sintiéndonos sedientos, reconociendo esa sed que quizá muchas veces queremos disimular y no reconocer pero también en nosotros hay cosas que nos inquietan, nos interrogan por dentro, nos hacen a veces sentirnos como desorientados, desde los problemas que vivimos en el hoy de nuestra vida, desde lo que nos cuesta a veces vivir nuestra fe y hacer que esa fe dé un sentido hondo a nuestra vida, desde las cosas que podemos ver incluso en nuestra iglesia que en ocasiones quizá no nos satisfacen o hasta nos puede escandalizar. Hay ocasiones incluso que nos parece que no sabemos a donde tenemos que ir a buscar el agua que nos dé vida de verdad.
‘Señor, dame de esa agua’, como decía aquello mujer, dame esa agua que tú nos ofreces, la que calma nuestra sed de verdad, la que va a dar un sentido de plenitud a nuestra vida, la que va a ser una luz en medio de tantas oscuridades y confusión, dame de esa agua para que no tenga que ir a buscarla a otros sitios, no sienta la tentación de ir a buscarla en otras fuentes. Tenemos que reconocer que la única fuente de agua viva es la que encontramos en Jesús, en su evangelio. No podemos buscar otros pozos que se nos ofrecen como espejismos en el desierto de la vida, aunque mucha sea la tentación en ocasiones.
No podemos hacer la ascensión a la Pascua que significa el camino cuaresmal que vamos recorriendo si nos falta esa agua que nos llena de aliento y vitalidad. Cuando vamos a subir a la montaña hemos de proveernos del agua que necesitaremos en el camino de subida. Con sinceridad cada día vamos a ir a la fuente de la Palabra de Dios para regar de verdad nuestro corazón y nuestra vida. Es la que va a hacer que resurjan esos nuevos brotes de vida que necesitamos en nosotros para hacer que demos frutos y frutos en abundancia. Así podremos hacer pascua.
En las circunstancias de los acontecimientos que estamos viviendo incluso nos puede parecer que nos va a faltar un alimento cuando no podremos ir en estos días a la celebración de la Eucaristía y poder comulgar el Cuerpo de Cristo. Será quizá un sacrificio y un acicate, pero sabemos que en nuestro corazón no nos va a faltar ese alimento de Dios porque espiritualmente podemos unirnos a El, podemos hacer lo que se llama la comunión espiritual. Así con más hambre y sed de Dios llegaremos a la Pascua y podremos entonces sentir – eso esperamos que podamos hacerlo – toda la alegría del aleluya de la resurrección.

martes, 17 de abril de 2018

Queremos tener vida y en Jesús encontramos ese alimento de vida eterna que sacia los deseos mas hondo y nos conduce por caminos de plenitud


Queremos tener vida y en Jesús encontramos ese alimento de vida eterna que sacia los deseos mas hondo y nos conduce por caminos de plenitud

Hechos de los apóstoles 7, 51-59; Sal 30;  Juan 6, 30-35

Todo ser viviente necesita alimentarse cada día. Ese alimento que da la energía que necesita nuestro cuerpo para vivir, para que podamos realizar nuestros trabajos, para que funcione todo nuestro ser. Cada día renovamos nuestras energías con un alimento equilibrado que pueda sostener toda nuestra vitalidad. Es nuestra lucha y nuestro trabajo para la supervivencia y es el desarrollo de nuestras capacidades y nuestras responsabilidades.
Pero sabemos bien que no es solo el mantenimiento de la actividad por así decirlo mecánica de nuestro cuerpo y entonces no es solo el alimento material lo que necesitamos. Nuestro vivir va más allá de esa materialidad y corporeidad y hay algo mas que alimenta nuestra vida, nuestra mente, nuestro ser más profundo. Es alimento de ese vivir lo compartimos de nosotros mismos, lo que podemos aprender de los demás, lo que puede enriquecer nuestra mente y nuestras ideas, lo que eleva nuestro espíritu, lo que trasciende eso material de cada día. Podemos llamarlo alimento espiritual o démosle el nombre que queramos, pero algo más que ese alimento que nos pueda entrar por la boca y vaya a nuestro aparato digestivo.
Hoy en el evangelio vemos a la gente que busca a Jesús y entrando en diálogo con El le piden que les dé siempre de ese pan del que ahora Jesús les está hablando. Le han pedido signos y señales para creer en El quienes en la tarde anterior habían comido aquel pan milagrosamente multiplicado por Jesús. Pronto olvidan las señales y siguen pidiendo más.
Le dicen a Jesús que creyeron en Moisés porque les dio un pan del cielo, el maná, con el que se alimentaron hasta llegar a la tierra prometida. Pero Jesús les dice que no es Moisés quien les da el verdadero pan del cielo y que quien coma de él tendrá vida para siempre. Si pueden comer un pan que les de vida para siempre y no tengan cada día necesidad de buscarse ese pan que llevarse a la boca, pues que Jesús les dé ese pan. ‘Danos siempre de ese pan’, le piden.
No terminan de comprender que ya Jesús les está alimentando y no porque en la tarde anterior hayan comido aquel pan milagrosamente multiplicado. Jesús con su Palabra les está dando un alimento de vida eterna, pero no terminan de comprenderlo. Por eso Jesús les dirá que es El mismo ese pan bajado del cielo. Jesús se nos da, es vida para nosotros, su Palabra es alimento de vida, porque nos conducirá a la vida en plenitud. Es el que sacia lo más hondo que hay en nosotros.
‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. Así nos dice Jesús de si mismo. En El tenemos todas las respuestas a los interrogantes más hondos de nuestra vida. El responde a nuestras inquietudes y deseos; El viene a elevar nuestro espíritu poniendo en nosotros los más altos ideales y haciendo posible que los podamos realizar.
No es solo es pan material que entra por la boca. No es solo el alimento de nuestro cuerpo que también necesitamos. Es ese alimento de vida que nos llena de plenitud, que nos da vida eterna.  Creemos en Jesús y queremos llenarnos de El; creemos en Jesús y con El vamos a tener vida para siempre; creemos en Jesús y nos pone en camino de vida, no solo para nosotros sino también para los demás, porque quien tiene a Jesús  no podrá olvidarse jamás de los demás, del hermano, del que pasa necesidad, del que busca algo grande en su vida. Busquemos, pues, a Jesús y alimentémonos de El para tener vida para siempre.