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miércoles, 24 de junio de 2026
Sintamos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en el nacimiento de Juan en el desierto de nuestro mundo
sábado, 7 de junio de 2025
Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes
Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes
Hechos. 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21, 20-25
Hay gente que siempre se está comparando con los demás; si es mejor o peor, más guapo o más feo, si ha tenido más suerte en la vida o no ha tenido, si lleva una vida próspera o nosotros somos unos infelices, y así mil cosas más. Comparaciones que muchas veces están nacidas de envidias y de resentimientos, comparaciones no para sentirnos estimulados por nosotros mismos y en la búsqueda de nuestro crecimiento espiritual, comparaciones que nos destruyen a nosotros mismos mientras quizás estamos queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás. Comparaciones de índole personal, particular podríamos llamarlas, pero comparaciones en lo social, entre pueblos o entidades, que muchas veces llevan a enfrentamientos innecesarios que en fin de cuentas llevan a dañarnos a nosotros mismos, como sociedad o como pueblo. No es camino de superación y crecimiento personal o como comunidad, sino que son resentimientos ahogados que aunque nos creamos mejores que los demás realmente no nos harán felices.
Creo que es bueno detenerse a pensar en estas cosas, aunque nos parezcan muy de índole personal y muy particulares de nosotros mismos, porque nos ayudarán a descubrir actitudes que se transforman en envidias o en orgullos mal curados y por otra parte es sentirnos invitados a ese crecimiento personal valorando el crecimiento de los demás que nos puede servir de estímulo positivo. Puede parecer que poco tiene relación con el mensaje de la Palabra de Dios, pero una curiosidad de Pedro que no se pudo callar ante lo que podía esperarle al discípulo amado de Jesús, me ha motivado a comenzar la reflexión de hoy desde estos aspectos muy humanos, pero que también han de formar parte de nuestra espiritualidad cristiana.
Como decíamos, Pedro que le había porfiado – en el buen sentido de la porfía – su amor que a pesar de sus tropiezos no dejaba de querer expresar a Jesús con toda la fuerza de su ser – Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo, le había dicho – pero cuando Jesús le anuncia lo que incluso va a padecer por su nombre – ‘otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras' - al ver por allí cerca al discípulo, como dice el evangelio, que Jesús tanto amaba, le surge la pregunta ‘y de éste ¿qué va a ser?’. Y poco menos que Jesús ahora le dice que no se meta en la vida de los demás, que no le importa a él lo que Jesús le tenga reservado para el discípulo amado.
No veamos aquí correcciones duras e incomprensibles de Jesús a Pedro como no queramos ver intenciones oscuras en la pregunta que le ha hecho a Jesús. ¿No nos estará diciendo Jesús que cada uno tiene que hacer su camino y cada uno tiene que llevar su cruz cuando le toque? Es cierto que en nuestra vida cristiana hay algo muy importante que es la comunión que tenemos que sentir los unos con los otros; estamos llamados a la comunión y a la comunidad, y Jesús así en ese sentido ha constituido la Iglesia. Pero la respuesta de fe siempre tiene que ser personal, aunque la hagamos caminando junto a los hermanos; pero ni tú puedas dar la respuesta que le toca dar al otro, ni nadie va a sustituir lo que tú tengas que hacer.
Cuando Jesús te invitó a seguirle lo ha hecho por tu nombre personal. Es bonito lo que se expresa en la liturgia del Bautismo cuando el sacerdote al principio de la celebración pregunta por el nombre de aquel que va a ser bautizado. Y será con ese nombre con el que recibe las aguas del bautismo. Es nuestra decisión personal, es nuestro camino personal, que haremos, es cierto, y viviremos en comunión con los hermanos que están a nuestro lado, no para envidiarnos, sino para apoyarnos mutuamente, para servirnos de aliciente y estímulo los unos a los otros. En la liturgia aunque cuando oremos a Dios digamos ‘Padre nuestro’, no mío sino nuestro, a la hora de la confesión de fe diremos ‘Creo’, de una forma personal, porque estoy poniendo mi yo, mi persona, mis valores, mis actos, mi vida en esa fe que estoy proclamando.
lunes, 20 de enero de 2025
No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo
No
echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para
el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo
Hebreos 5,1-10; Salmo 109; Marcos 2,18-22
‘Las comparaciones son siempre
odiosas’, es un socorrido dicho popular, algo así como una sentencia, de la
que echamos manos cuando nos encontramos con gente que siempre está haciendo
comparaciones entre unos y otros, pero donde de alguna manera tienen siempre
alguna relación con nosotros mismos; si a este le dieron y a mi no, si a aquel
lo trataron de una determinada manera mientras a mi no me escucharon, si porque
aquel tiene amigos influyentes consigue las cosas, pero de mi nadie se
preocupa, y cosas así. Son odiosas solemos decir, porque siempre por medio
aparece el amor propio, los orgullos, las desconfianzas que van creando
enfrentamientos y barreras que nos distancian o que nos pueden llenar incluso
de amarguras. Siempre nos encontramos personas así, siempre podemos caer
nosotros por esa misma pendiente resbaladiza.
Jesús ha comenzado a predicar y en
torno a El se ha ido formando un grupo de los que quieren seguirle más de
cerca; son los llamados discípulos, de entre los que Jesús en un momento
determinado escogió a los que serían sus apóstoles, sus enviados. Juan el
Bautista también tenía sus seguidores allá en el desierto – algunos de ellos
fueron los primeros en seguir a Jesús – y aunque la figura de Juan tras ser
encerrado en la cárcel y posteriormente decapitado por Herodes había
desaparecido, aquellos que le seguían aun siguen manteniendo el espíritu de
Juan y siguen realizando lo que de Juan habían aprendido. Pero también había
otros grupos sociales que se habían ido formando en torno a figuras o a
influencias como las que los fariseos querían imponer en la sociedad de entonces.
Todos tenían sus reglas y costumbres, seguían formalmente con algunas
costumbres que se convertían para algunos como unas reglas a seguir.
Y es ahora cuando surge la comparación
entre los discípulos de unos y de otros, entre lo que hacían los discípulos de
Juan y de los fariseos y lo que Jesús les exigía a sus discípulos. Es lo que
ahora en sus tiquismiquis le vienen a
plantear a Jesús, la comparación entre el rigorismo que vivían los discípulos
de Juan y los fariseos, por ejemplo, en la cuestión de los ayunos y
penitencias, y lo que Jesús planteaba a quienes querían seguirle. El
planteamiento de Jesús les resultaba novedoso ante lo que estaban acostumbrados
que eran las exigencias de los profetas en algunos momentos. Esto era
incomprensible para muchos sobre todo los que vivían aquel antiguo rigorismo.
Pero Jesús siempre nos ha dicho que lo
que El nos anuncia es una Buena Noticia y las buenas noticias están llamadas a
dar esperanza, a levantar los ánimos, a sembrar una nueva ilusión en los
corazones; y Jesús había hablado de liberación y de tiempos nuevos, que por
algo proclamaba una amnistía, un año de gracia del Señor, que tenia su base y
fundamento en lo que era el año jubilar donde todo había de renovarse, donde se
encontraría el perdón de antiguas deudas, donde a partir de ese año de gracia
todo habría de tener la novedad de lo nuevo, valga la redundancia que tiene su
sentido.
Por eso ante las preguntas que le hacen
desde sus comparaciones y desconfianzas Jesús hablará de un hombre nuevo,
hablará de odres nuevos para vino nuevo, Jesús hablará de que no hemos de andar
con remiendos a paños viejos, sino que ha de ser un vestido nuevo que el que
hemos de portar. Pero eso es difícil de entender para los que se quieren
mantener en viejas costumbres que de verdad no liberan de nada sino que
realmente nos hacen caer en una rutina que siempre será ruinosa. Claramente nos
lo está diciendo Jesús. No se trata de simples reformas sino de total
renovación. Pero nosotros seguimos simplemente queriendo hacer reformas.
Esto tendría que hacernos pensar para
muchas cosas, en nuestra vida personal, en ese crecimiento y renovación que
tenemos que hacer de nuestra vida, o sea una vida nueva; es el mensaje que
tenemos que sentir hondamente en nuestra Iglesia muchas veces tan dada a
conservadurismos y no se deja conducir por la novedad del espíritu, por la
verdadera novedad del Evangelio de Jesús.
Cuidado hayamos hecho viejo el
evangelio, no le terminemos de encontrar su novedad cada vez que lo escuchamos,
y tampoco sepamos ofrecerlo como novedad al mundo de hoy. Para muchos, quizás
por nuestra forma de presentarlo, puede parecer algo anquilosado, algo de otro
tiempo, y no una buena noticia para el mundo de hoy, para el hoy de la vida del
hombre actual. No echemos a perder el sabor autentico del evangelio.
viernes, 27 de diciembre de 2024
Hacen falta testimonios de experiencias de fe, el mundo necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo, lo que vimos y palpamos es lo que transmitimos
Hacen
falta testimonios de experiencias de fe, el mundo necesita testigos y eso
tenemos que ser nosotros ante el mundo, lo que vimos y palpamos es lo que
transmitimos
1 Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8
Yo viví con él… Están hablando de
alguien al que todos creen conocer, cada uno manifiesta por qué lo aprecia, lo
que conoce de él, quizás las cosas que haya hecho y no terminan de ensalzar sus
valores y virtudes, cada uno desde su apreciación, pero llega alguien que dice
‘yo lo conozco, yo viví con él mucho tiempo…’ Ya nadie pudo decir nada
nuevo, allí estaba quien lo conocía mejor, porque con él había convivido.
Es lo que nos viene a decir hoy el
evangelista al que estamos celebrando. Ya desde los primeros momentos junto con
Andrés se había atrevido a acercarse a Jesús y le preguntaba ‘¿Dónde vives?’
y Jesús les había respondido ‘venid y lo veréis’ y se fueron con él
aquella tarde; tan importante había sido aquel momento que siempre recordaría
incluso la hora de ese encuentro y esa petición. ‘Serían como las cuatro de
la tarde’.
Hoy nos dirá al principio de su carta
que lo que han visto y oído, lo que han palpado con sus propias manos – y
recordamos como estuvo recostado en el pecho de Jesús en la noche de la ultima
cena – ahora no pueden callarlo, tienen que decírnoslo, tienen que trasmitirlo
y de eso nos quieren dejar constancia. Está su evangelio, están sus cartas que
nos hablan de Jesús, que nos trasmiten el mensaje de Jesús, que no solo es
relatarnos hechos, sino algo más hondo porque nos trasmiten la vida misma.
Es el apóstol y evangelista que hoy
estamos celebrando aquí en estas fechas tan cercanas al nacimiento de Jesús,
dentro de la octava de la Navidad. Aquel discípulo, como nos narra hoy el
evangelio, que entrando al sepulcro vacío, viendo las vendas por el suelo y el
sudario enrollado por otro lado, nos dice ‘vió y creyó’.
¡Qué importante esta experiencia! Nos
habla de lo que vio, lo que experimentó, lo que palpó y ya tenemos que decir
que no solo con las manos sino con su corazón, y desde ahí nos está hablando,
desde ahí nos está haciendo conocer a
Jesús, desde ahí nos trasmite la buena noticia, el evangelio de nuestra
salvación.
Pero qué importante lo que nosotros
experimentemos, lo que nosotros vivamos, porque el testimonio que tenemos que
dar no pueden ser solo palabras, no puede ser solamente desde cosas aprendidas
o que hayamos recibido de los demás, aunque eso también sea importante; es lo
que nosotros hemos de vivir, es esa experiencia de fe que nosotros tengamos, es
lo que ha ido alimentando nuestra vida y nos ha hecho llegar a donde estamos, a
ser lo que somos, a la vivencia que hay en nosotros.
Somos testigos que no solo tenemos que
decir lo que otros nos han transmitido, sino lo que hemos hecho experiencia de
nuestra vida. Y todos tenemos un camino recorrido, todos tenemos una
experiencia de vida que parece que algunas veces se nos queda obnubilada con el
paso del tiempo, hay muchas experiencias pasadas a las que tenemos que saber
dar importancia, porque han sido los pasos que hemos dado; nunca son pequeños
ni insignificantes, siempre tienen su importancia.
Es bueno que recordemos, es bueno que
revivamos y reavivemos, es bueno que volvamos a caldear nuestro espíritu, para
que nuestra fe no se enfríe ni se debilite, para que entonces nuestro
testimonio sea más creíble, para que nosotros con el calor de la fe que vivimos
caldeemos también el corazón de los demás y despertemos su, les ayudemos a que también
tengan esa experiencia de fe. Así haremos camino de Iglesia, así podremos
seguir haciendo ese anuncio, así podrá crecer el numero de los que creen en
Jesús.
Hacen falta esos testimonios. El mundo
necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo.
sábado, 8 de junio de 2024
Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos
Junto
al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y
hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos
amamos
2 Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Lucas 2, 41-51
A todos nos hace aflorar una inmensa
ternura y los más emocionados sentimientos el contemplar como un niño se
acurruca junto al corazón de su madre y pronto se siente calmado en sus llantos
y en sus lagrimas, porque allí encuentra el deseado calor del cariño de la
madre que le hace sentirse seguro frente a cualquiera de los peligros que
pudieran aparecer. Lo hemos contemplado muchas veces; y es más tenemos que
decir que también nosotros, aunque mayores, iríamos a refugiarnos en el regazo
de la madre cuando nos sentimos atormentados por los problemas de la vida, por
las soledades que tanto nos hieren, por tantas angustias que nos va deparando
con demasiada frecuencia la vida.
¿No es hermoso que hoy podamos celebrar
precisamente la memoria y la fiesta litúrgica del Sagrado corazón de María?
¿Qué mejor imagen podemos encontrar para expresar lo que María es y sigue
siendo para la Iglesia y para los cristianos de todos los tiempos?
Del corazón agonizante de Cristo salió
aquella entrega que en ese momento cumbre quiso hacernos cuando nos confió a la
madre y cuando confió a su madre para que fuera la madre de todos los que
creyéramos en El. ‘He ahí a tu hijo’, le dice Jesús señalando al discípulo
amado en quien todos estábamos representados. ‘He ahí a tu madre’, le
confía a Juan en aquel momento y Juan se la llevó a su casa.
Hoy contemplamos su corazón, hoy
contemplamos nuestro mejor refugio, hoy queremos ser como el niño que se
refugia en los brazos de su madre que lo acuna junto a su corazón, hoy nosotros
ponemos nuestro oído junto a su pecho para sentir sus latidos y para aprender a
latir con ese mismo ritmo que solo las madres saben tener.
María, la que nos dice el evangelio que
guardaba todo en su corazón. Nos lo repite el evangelista cuando nos habla de
los acontecimientos de la infancia de Jesús. Vienen los pastores de forma
inesperada tras el anuncio del ángel a aquel humilde portal donde había nacido
el Hijo de Dios, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Vienen
los magos de Oriente a ofrecer sus dones entre la admiración de los transeúntes
ante tal inesperada caravana en los caminos de Belén, y María mira y contempla,
María guarda en su corazón. Será aquello que parecía travesura del niño
quedándose en Jerusalén sin que lo supieran sus padres, y cuando lo encuentran
en medio de los doctores y maestros de la ley y ante las respuestas de Jesús
que había de ocuparse de las cosas del Padre, María mira y contempla, María
guarda cuanto ha sucedido en su corazón.
Es lo que hacen las madres que desde
que llevan al hijo en sus entrañas están guardando los latidos y los
movimientos del niño en su propio seno y lo van guardando en su corazón; como
serán los primeros pasos, los primeros balbuceos, los primeros intentos de
crecer y de ser mayor, que la madre lo irá recordando todo porque lo va guardando
en su corazón. Cuántas veces escuchamos a las madres como nos van contando la
historia de sus hijos desde los primeros instantes que lo llevan en sus
entrañas, porque todo lo van guardando en su corazón, como sucederá a lo largo
de la vida en largos silencios muchas veces, porque contemplan y dejan hacer,
porque contemplan y quizás sufren en su corazón, porque viven sus alegrías y
las mantendrán siempre vivas en lo hondo del corazón.
Es lo que hoy estamos celebrando de
María, la que guardó todo lo referente a la vida de Jesús en su corazón -
¿Quién pudo contar al evangelista los momentos de la infancia de Jesús si no
fue su propia madre? – pero ella también nos ha puesto, desde el momento en que
Jesús en el Calvario le confió la misión de ser madre de todos los creyentes,
en lo más hondo de su corazón. Miramos hoy el corazón de María y miramos el corazón
de madre. Junto a su corazón también queremos acurrucarnos, de su corazón
queremos aprender los latidos del amor para hacerlos ritmos de nuestra vida. En
ello nos gozamos, con ella aprendemos lo que es el amor, a la manera de ella
queremos también poner en nuestro corazón a cuantos amamos.
lunes, 20 de mayo de 2024
Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor
Sintamos
el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de
tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor
Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86; Juan 19,
25-34
¿A quien no le gustaría tener a la
madre siempre junto a sí? Es uno de los dolores y desconsuelos más fuertes que
tenemos en la vida, siempre estaremos recordándola, queriéndola hacer presente,
y de mil maneras queremos mantener sus recuerdos junto a nosotros. Por el
contrario, si somos nosotros los que nos vemos abocados a tener que abandonar
su presencia por nuestra propia muerte y estuviera en nuestras manos hacerlo,
buscaríamos a quien confiarla para que siga cuidándola y con ella se comporte
como el hijo que nosotros quisiéramos ser para siempre. Decir esa palabra
‘madre’ o escuchar sus labios la palabra ‘hijo’ es uno de los gozos más
profundos que podemos sentir en el alma.
No nos extrañe, pues, lo que nos narra
el evangelio y en este día hemos proclamado. ‘Junto a la cruz de Jesús
estaba su madre… y el discípulo amado’. Y es en esa circunstancia donde se
establece ese diálogo que parece más bien testamento y ultima voluntad. Viendo Jesús
a su madre y al discípulo amado, a una le dije ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’,
mientras al discípulo amado le dice también ‘ahí tienes a tu madre’.
El discípulo amado era en aquel momento
algo más que Juan el hijo del Zebedeo. En el discípulo amado estábamos todos,
estábamos nosotros, porque también somos los amados del Señor. Por eso aquel
confiar que María a partir de aquel momento tuviera un hijo que la cuidara, o
un hijo a la que ella como madre cuidara, no se trataba solo de Juan el hijo
del Zebedeo, sino que allí estábamos todos los amados del Señor, todos nosotros
que por amor nuestro precisamente se estaba entregando en la mayor muestra del
amor que se pudiera manifestar.
Por eso hoy, cuando hemos concluido la
Pascua con la fiesta del Espíritu en Pentecostés, la Iglesia nos invita a
celebrar y a sentir esa presencia de María junto a nosotros en esta fiesta
recientemente instituida con el título con que el papa Pablo VI quiso invocarla
al final del concilio Vaticano II, María, Madre de la Iglesia.
¿Qué mejor que llamarla Madre de la
Iglesia, cuando eso es lo que ella ha sido a lo largo de los siglos, a lo largo
de toda la historia de la Iglesia? Como madre de Dios fue invocada y proclamada
al finalizar el concilio de Nicea que definía a Jesús como verdadero Hijo de
Dios en aquella primera espontánea procesión del pueblo de Dios junto a los
padre del Concilio; pronto fueron proliferándose templos en su honor a lo largo
y a lo ancho de la Iglesia y del mundo, aunque cada uno desde nuestro amor
especial la invoquemos con distintos nombres que vienen a significar siempre su
presencia de madre junto a nosotros.
María ha estado siempre junto al
peregrinar del pueblo cristiano y su amor nos ha ayudado a mantener integra
nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia. Justo es pues que la invoquemos
como Madre de la Iglesia como en este día después de celebrar Pentecostés se
nos invita a celebrar. Cuidemos nuestro amor y nuestra devoción a Maria que
siempre nos conducirá hasta Jesús; sintamos con vivo agradecimiento de hijos
ese amor de la Madre que así siempre ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado
de tantos peligros, y ha mantenida viva en nosotros la llama del fuego del
amor.
sábado, 18 de mayo de 2024
También nos dice hoy a nosotros Jesús ‘tú, sígueme’, para que mantengamos nuestro camino de fe, de fidelidad y de amor que tenemos que llevar hasta el final
También
nos dice hoy a nosotros Jesús ‘tú, sígueme’, para que mantengamos nuestro
camino de fe, de fidelidad y de amor que tenemos que llevar hasta el final
Hechos de los apóstoles 28, 16-20. 30-31;
Salmo 10; Juan 21, 20-25
Un día también como Pedro o como los
otros discípulos nosotros también escuchamos la voz del Maestro que nos decía ‘ven
y sígueme’. Cada uno tenemos nuestra propia historia, distinta y diversa
fue la llamada del Señor a seguirle, bien porque en la fe cristiana fuimos
educados por nuestros padres, por la influencia que recibimos de la comunidad
cristiana que nos rodeaba donde se nos impartió una catequesis, recibimos
quizás desde niños los sacramentos, o cualquier otra circunstancia que a lo
largo de la vida hizo que nos fuéramos encontrando con el Señor y sintiéramos
el amor de Dios en nuestro corazón.
Hoy estamos haciendo este camino de fe,
participamos en la vida de la comunidad y de ella recibimos una inmensa riqueza
espiritual que nos va haciendo crecer en nuestra fe, en nuestro amor y en
nuestro compromiso. No siempre ha sido fácil ni siempre todo fue claridad;
muchos momentos oscuros pueden haber ido apareciendo en nuestra vida que no nos
terminan de abandonar del todo. Nuestro camino y nuestra historia hay tenido
sus luces y sus sombras, sus altos y sus bajadas, sus momentos de entusiasmo y
hasta de euforia espiritual, como también ha aparecido el decaimiento, la
tibieza y hasta el cansancio. Pero aquí seguimos, aquí estamos hoy llegando al
final del camino de la Pascua de este año, cuando mañana celebremos la Pascua
de Pentecostés.
¿Habrá sido nuestro camino como el de
Pedro al que tantas veces hemos contemplado a lo largo del evangelio? Cada uno
hemos tenido nuestro propio camino, pero también Pedro, como el resto de los
apóstoles, como el de tantos santos en la Iglesia a lo largo de la historia,
han sido un estímulo para nosotros.
Un camino que hemos ido haciendo de
forma personal, pero siempre acompañados de la comunidad cristiana que se
manifiesta a nuestro lado de diferentes maneras. Un camino que nos exige, en
nombre del amor que tiene que envolver nuestra vida, a vivir en comunión con
los que están a nuestro lado. ¿Nos facilita nuestros pasos, nos facilita el
camino?
Tendría que ser así, pero realmente
sabes que no siempre ha sido así. Y no vamos a pesar en los malos ejemplos que
hayamos podido recibir de los demás y de quienes tenían la obligación de estar
especialmente a nuestro lado, sino que tenemos que pensar en las malas hierbas
que muchas veces reverdecen en nuestro corazón y nos hace desconfiados y
envidiosos, nos llenan de orgullos o nos envuelven en vanidades, tropiezos en
nuestras pasiones que se nos desbordan y nos hacen daño, que nos pueden llevar
a decaimientos y a desánimos.
Miramos demasiadas veces para detrás, para
nuestro lado, nos podemos sentir incómodos con ciertas cosas que puedan haber
sucedido en la vida o que aparecen en quienes nos acompañan en el camino, pero
no podemos perder el animo, no podemos perder el rumbo que tenemos que seguir,
no nos podemos hacer comparaciones ni para creernos mejores que los demás ni
para llenarnos de envidia por lo que a ellos les esté sucediendo. Otras tienen
que ser nuestras actitudes y nuestras posturas.
Estos días hemos contemplado ese
momento de porfía de amor de Pedro por Jesús y esa confianza que Jesús sigue
depositando en él. Pero Pedro hoy miró para detrás, y por allí andaba aquel discípulo
que se decía que era el amado de manera especial por Jesús. Sabemos lo que nos
puede suceder en el corazón en momentos así. Por eso Jesús parece ser cortante
con Pedro como diciéndole que no se meta donde no tiene que meterse.
Es lo que nos sucede tantas veces,
parece como que queremos manejar también la vida de los demás y nos olvidamos
de la exigencia que tiene que haber en nuestra propia vida. Es lo que Jesús
viene a decirle a Pedro, ¿Por qué tienes que andar pendiente en lo que le pueda
suceder o no a Juan? Lo importante ahora es que tú me sigues. ‘Tú, sígueme’.
También nos lo dice a nosotros Jesús. No olvidemos nuestra fidelidad y no
olvidemos el amor que tenemos que llevar hasta el final.
domingo, 14 de enero de 2024
Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’, con valentía y con arrojo, vayamos a estar con Jesús para poder llegar esa Buena Noticia a nuestro mundo
Andrés
y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’, con valentía y con arrojo, vayamos a
estar con Jesús para poder llegar esa Buena Noticia a nuestro mundo
1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39; 1Corintios 6,
13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42
Vamos y tú mismo lo ves, le decimos al
amigo o le decimos a alguien cuando queremos mostrar algo que podríamos dudar
si nos creyesen o no; mejor compruébalo por ti mismo, tú lo ves y te
convencerás. Un suceso o un acontecimiento, un paisaje o un lugar espectacular
para el que no tenemos palabras con qué describirlo, la manera de actuar de
unas personas, de algún grupo o colectividad, quizás algo que ofrecemos para la
venta. Ven, lo ves y tú me dirás si te convence.
Es el proceso que contemplamos hoy en
el evangelio. El Bautista había señalado a Jesús que pasaba como ‘el Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo’. Algunos de sus discípulos se fueron
detrás de Jesús. Si Juan se los había señalado así, algo tendría que ver con el
Mesías esperando y que Juan con tanta insistencia anunciaba y podría ser
interesante conocerle. Detrás de Jesús caminaban quizás recelosos o
desconfiados cuando Jesús se volvió y les preguntó ‘¿Qué buscáis’?
Pienso que se vieron sorprendidos y
ahora casi no sabían que responder aunque ellos tenían claro lo que buscaban,
porque era escuchar y conocer a Jesús para ver si se manifestaba tal como Juan
lo había presentado. A la pregunta que sorpresivamente Jesús les hace, sin
saber cómo expresarse, le responden a su vez con una pregunta sobre el lugar en
que vive. ‘Maestro, ¿dónde vives?’
Es cierto que cuando conocemos el lugar
donde una persona ha elegido vivir se nos está definiendo esa persona. A esa
nueva pregunta Jesús simplemente les dirá que vayan con El para que vean. ‘Venid
y lo veréis’. No ofrece nada, solamente que vayan con El y lo vean. Mas
tarde ya en la orilla del lago les dirá también que se vayan con El, pero ahora
será para algo más, porque querrá que cambien aquellas redes que allí están
utilizando porque serán pescadores de hombres.
El evangelio de hoy es parco en
palabras, pero sí será muy sugerente de lo que allí sucedió. Nos dirá que se
fueron con él, nos apuntará incluso la hora en que sucedió aquel encuentro, ‘era
como la hora décima’, y finalmente nos los presentará a la mañana siguiente
muy cambiados, porque ahora serán ellos los que vayan a buscar a otros para que
conozcan también a Jesús, como hará Andrés con su hermano Simón. ‘Hemos
encontrado al Mesías’. Importante fue aquel encuentro.
Es muy importante lo que estamos
contemplando. Es muy importante esa búsqueda, pero también que nos dejemos
encontrar. Algunas veces en esas búsquedas podemos ir con miedos en el alma,
con desconfianzas. Cuántas veces estamos a las puertas de algo que buscamos y
nos volvemos para atrás. Cuántas veces comenzamos la búsqueda pero nos ponemos
a la distancia, dejando margen por medio para recular si es necesario, si nos
puede parece que las cosas se complican o nos comprometen. Cuántas veces
caminamos en esa búsqueda y damos rodeos, nos distraemos con lo que encontremos
por el camino, estamos siempre con la duda del paso final. Andrés y Juan no
dudaron, ‘se fueron con Jesús’. Con valentía, con arrojo.
Hemos concluido las celebraciones de
Navidad que quizás por muchas circunstancias son propicias para el entusiasmo,
pero esos entusiasmos hay el peligro que se queden en momentáneos; ahora
estamos iniciando el tiempo ordinario hasta que lleguemos el próximo mes a
comenzar la cuaresma que nos conduce a la pascua, y podríamos pensar que
entramos en un tiempo que es como un paréntesis, que luego ya vendrán momentos
de nuevo de especial fervor.
Pero aquí está el paso de Dios de cada
día por nuestra vida, no son ni bajadas de tensión ni paréntesis en nuestro
camino, porque la vida sigue y sigue con intensidad en sus luchas, en sus
problemas, con nuestras trabajos, con las crisis que pueda vivir la sociedad,
con sus momentos de sombras pero también con resplandores de luz que no nos
faltarán.
No es momento de bajar la guardia, de
perder el entusiasmo, de tomarnos las cosas con calma. El paso de Dios por
nuestra vida siempre es intenso y siempre está lleno de vida porque es como
nosotros lo hemos de vivir. Todas esas situaciones de la vida tenemos que
seguirlas afrontando y tenemos que aprender a vivirlas desde el sentido nuevo
que nos da el evangelio. Siempre Jesús será buena noticia de alegría para
nuestra vida, siempre Jesús nos quiere poner en camino, por eso tenemos que
seguir buscando a Jesús con intensidad, aprender a estar con El para poder
salir al día siguiente a nuestro mundo con esa Buena Noticia que es Jesús
siempre para todos.
Vayamos, pues, al encuentro con Jesús
queriendo saber donde vive, queriendo estar con El y dejándonos inundar de su
gracia con la fuerza del Espíritu que El siempre derrama sobre nosotros.
jueves, 21 de diciembre de 2023
Seamos capaces como María de llevar a Dios en nuestra vida para que vibren los corazones de los que están a nuestro lado porque sientan la presencia de Dios como el niño Juan
Seamos
capaces como María de llevar a Dios en nuestra vida para que vibren los
corazones de los que están a nuestro lado porque sientan la presencia de Dios
como el niño Juan
Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32;
Lucas 1, 39-45
Con los medios de los que hoy
disponemos es mucho más fácil y fluida la comunicación de cualquier noticia que
queramos transmitir; recuerdo aquellos tiempos, en que hasta el teléfono no era
fácil tenerlo en todas partes y eran además de dificultosas también muy
costosas las llamadas y la comunicación habitualmente era por carta. Vivó con
familiares emigrantes en América y cuando llegaba una carta era un
acontecimiento y después de leerla en la casa y con la familia se llamaba o se
salía a las casas de los vecinos para comunicar la alegría de haber recibido
noticias de los que estaban lejos; era una alegría y un regocijo para todos.
¿No es eso lo que hoy estamos
contemplando en el evangelio? María corre presurosa a las montañas de Judá
porque tiene algo que compartir con Isabel. Sí, ¿por qué no verlo así? A aquel
humilde hogar de Nazaret han llegado grandes noticias. María recibió la visita
del ángel de Dios que le anunciaba cómo Dios quería contar con ella y en
consecuencia su futura maternidad, pero en medio, podíamos decirlo así, se han
colado otras noticias, su prima Isabel, allá en las montañas de Judea va a ser
madre también y ya está de seis meses de embarazo. Algo que María no podrá
guardarse para sí, y presurosa se pone en camino. Será la profunda comunicación
entre aquellas dos futuras madres, cada una en sus circunstancias, y donde se
palpaba la obra de Dios, sino que está también la disponibilidad de la joven
María para servir y para ayudar a su anciana prima en aquellos momentos que se
avecinan. Un episodio muy humano pero que al mismo tiempo nos manifiesta la
grandeza de aquellos corazones.
Es el diálogo entusiasta y lleno de
alegría que se entablará entre aquellas dos mujeres en su encuentro que podríamos
decir que mutuamente se comunican sus noticias. Es el runrunear de Dios en
medio de aquel episodio que hará que se desborden los cánticos de alabanzas y
se derrame hasta derrocharse la gracia de Dios en aquellos lugares. El niño
saltará de alegría en el seno de su madre como la misma Isabel manifiesta
al escuchar las palabras de María; pero es la presencia del Hijo de Dios en el
seno de María que va derramando sus gracias y en este hecho se quiere expresar
la santificación de aquel niño que va a nacer y que viene como Precursor de
quien está ya en el seno de María. Pero nos hablaré también de cómo el Espíritu
Santo inunda el corazón de aquellas mujeres de manera que Isabel llegará a
reconocer la grandeza de quien viene desde la lejana Galilea a visitarla,
porque es la madre de su Señor.
‘¿Quien soy yo, reconocerá humilde,
para que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ Y todo será entonces cantar la gloria del Señor,
todo serán felicitaciones para María – ¿no dirá más tarde que todas las
generaciones la felicitarán? – porque ha creído y la Palabra del Señor se
cumplirá. Es la antesala de la salvación, es el anuncio de la llegada del
Emmanuel.
Y esto lo estamos contemplando en este
marco del Adviento y en las casi vísperas del nacimiento del Señor. ¿Nos estará
invitando la palabra del Señor a que también nosotros nos pongamos presurosos
en camino porque hay noticias que tenemos que comunicar? Decimos que nuestro mundo de hoy en cierto
modo se ha hecho sordo para recibir la verdadera noticia de la Navidad -
¡cuántas noticias se han creado en torno a este hecho y a este misterio bien
lejanas de la auténtica realidad de la navidad que nos ensordece para su
verdadero sentido! – pero ¿no será que los cristianos no hemos sabido llevar la
autentica noticia de la navidad al mundo que nos rodea?
He mirado con un poco de atención la televisión
estos días para ver lo que nos decía de la navidad. ¿Cuál es el anuncio que nos
hace? Unos regalos – cuántas cosas nos ofrece la publicidad estos días que
terminan en puro consumismo -, una lotería de la suerte – que nos hace soñar en
la posibilidad de ya no tener que trabajar más -, unas comidas de amigos o de
familiares - hechas simplemente muchas veces desde un compromiso social porque así
se impone en estos días -, unos encuentros momentáneos y fugaces - que tendrán
su continuación en distanciamiento continuado a través de todo el año -, unos
determinados dulces o muy sabrosas bebidas – que al final seguirán manteniendo
el amargor en los corazones -… tantas cosas que nos dicen que es la navidad,
pero no terminamos de ver a quien tendría que ser el centro y la motivación de
la verdadera alegría de la navidad.
¿Seremos capaces, como María, de llevar
a Dios en nuestros corazones y en nuestra vida para que vibren de verdad los
corazones de los que están a nuestro lado porque sienten la presencia de Dios
entre ellos, como sucedió aquel día en las montañas de Judo? ¿No tendremos que
dejar que nos inunde el Espíritu del Señor para llevar ese servicio del anuncio
del Evangelio a nuestro mundo de hoy?
viernes, 14 de abril de 2023
Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro
Alguien
quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos
de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al
encuentro
Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117;
Juan 21, 1-14
Una noche
bregando sin obtener ningún resultado, unas manos con las manos vacías sin nada
que ofrecer, de una manera o de otra nos habrá pasado alguna vez. Trabajos que
no resultan fructuosos, momentos en que nos sentimos vacías y hasta en cierto
modo fracasados porque nada hemos conseguido, no hemos podido resolver los
problemas, no encontramos el ‘quid’ de la cuestión, trabajos infructuosos que
pudieran llenarnos de desaliento, nos van sucediendo unos tras otros tantas
veces en la vida.
No tenían
claro aun los discípulos lo de la resurrección de Jesús. Para Galilea se habían
venido tras el comunicado que les había llevado Maria Magdalena y las otras
mujeres que habían ido al sepulcro. Ahora están en Galilea mano sobre mano sin
saber qué hacer. Es Pedro el que se adelanta para ir de nuevo a pesar, y
algunos de los discípulos que están con él se deciden también a acompañarle.
¿Para qué? La noche había salido infructuosa, habían perdido la buena costumbre
y la habilidad para tener una buena pesca, incluso cuando todos sabían lo que
tenían que hacer. No dan muchas señales de que lo tuvieran claro. La noche los
ha ido envolviendo, pero las noches son preanuncios de un nuevo amanecer.
En el
amanecer les preguntan sobre la pesca recogida. Se les cae la cara de vergüenza
por no tener nada que ofrecer. Pero desde la orilla les están dando
indicaciones de por donde han de echar las redes. Los orgullos son malos para
recibir esas indicaciones en momentos malos como los estaban pasando. Pero
hacen caso y no se arrepentirán, la redada de peces ha sido muy grande, y
seguramente los recuerdos habían vuelto a la mente. Juan sabe interpretar lo
sucedido porque es quien reconoce al que está en la orilla. Por lo bajo se lo
insinúa a Pedro, no hacía falta más, porque muchas cosas estaban sucediendo
como en repetición de lo un día sucedido, pero ahora parecía que tenía otros
aires, otro sentido.
No hace falta
mucho para que Pedro se tire al agua para llegar a los pies de Jesús. ‘Es el
Señor’, le había dicho Juan por lo bajo. El arrastrar la red repleta de tantos
peces lo dejó en las manos de los otros, pero él quería estar junto al Maestro.
Jesús está allí. No hace falta más para correr al encuentro con Jesús. Más
tarde llegarán los otros arrastrando la red que está casi para romperse. ¿No
les había dicho Jesús que los haría pescadores de hombres? Aquí tenemos la señal.
Ahora ya
nadie se atreve a preguntar nada. Todos saben que es Jesús. Los desánimos y los
cansancios se habían difuminado, como se difuminan las tinieblas de la noche
con la luz del sol que amanece en la mañana. Era para todos un nuevo amanecer.
No siempre es
fácil dejarse iluminar por la luz de ese nuevo amanecer. Tan ensimismados
andamos en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones. Cuando hay parones en la
vida podemos ponernos a pensar en muchas cosas, nos ponemos a pensar en nuestro
futuro, volvemos a recordar los instrumentos de trabajo que tuvimos en otro
tiempo y que habíamos dejado a un lado. Como Pedro y aquellos discípulos que
aquella tarde se fueron de nuevo a la pesca. ¿Qué vamos a hacer? ¿En qué vamos
a entretener nuestro tiempo? ¿Podríamos seguir con nuestras habilidades de
siempre? ¿Aparecerán otros nuevos caminos y cómo voy a tener la certeza de que
ese es mi camino?
Alguien quizá
está haciéndonos señales allá desde la orilla del lago ¿Las sabremos
interpretar? Dios va poniendo señales en nuestro camino de cual ha de ser
nuestra certeza. ¿Seguiremos buscando entretenimientos? Estemos atentos, que de
una forma u otra el Señor nos saldrá al encuentro para ponernos en camino para
algo nuevo, para que miremos por el otro lado, para que sepamos aceptar las
voces y señales que nos llegan desde la orilla.
miércoles, 8 de marzo de 2023
¿Cómo casamos lo que Jesús nos habla de entrega y de servicio con lo que siguen siendo nuestras aspiraciones y nuestra manera de entender el seguimiento de Jesús?
¿Cómo
casamos lo que Jesús nos habla de entrega y de servicio con lo que siguen
siendo nuestras aspiraciones y nuestra manera de entender el seguimiento de
Jesús?
Jeremías 18, 18-20; Sal 30; Mateo 20, 17-28
Cuando se nos
mete algo entre ceja y ceja, parece que nada ni nadie nos hará cambiar; y no
empleo una expresión que se ha introducido en nuestra manera de hablar que para
un creyente me parece lo menos respetuosa, por no decir medio sacrílega, cuando
le negamos hasta el poder a Dios para cambiarnos el corazón, o cambiar las
cosas.
Pero
volviendo a nuestra cabezonería nos sucede en muchas ocasiones, nosotros
tenemos una visión de las cosas y las cosas tienen que ser como nosotros las
vemos, y no aceptamos que nadie pueda tener una manera de ver o que realmente
las cosas son distintas a como nosotros las vemos; nos empeñamos en que una
cosa se ha de hacer de determinada manera y no aceptamos el que otro pueda
tener otra forma y que incluso pueda ser mejor que la nuestra; cuando entramos
en el tema de las opiniones nos volvemos tercos de verdad. No vemos otra cosa
sino lo que a nosotros nos parece.
Algo así
obcecados andaban los discípulos y los que rodeaban a Jesús. En varias
ocasiones ya le ha anunciado lo que iba a suceder en Jerusalén en que iba a ser
entregado en manos de los gentiles que llegarían a darle muerte, pero ellos
siguen sin entender. Hoy ha hecho ese anuncio Jesús una vez más, pero
inmediatamente la madre de los Zebedeos se acerca a hacer una petición a Jesús
a favor de sus hijos. ¿La influencia familiar quizás porque andaban en la misma
familia? ¿La confianza que habían depositado en Jesús a lo que se unía su amor
de madre que quiere lo mejor para sus hijos? Parece que sus oídos han estado
sordos para escuchar lo que Jesús acaba de anunciar.
Por eso viene
a pedirle primeros puestos para sus hijos en su Reino. La idea preconcebida que
tenían del Mesías no había quien se las quitara de la cabeza. A ello se unen
las ambiciones humanas; quienes han vivido tiempos duros de opresión y de
pobreza, escuchar la palabra liberación daba opción a muchas cosas, entre ellas
estaba el poder, las grandezas humanas, un nuevo reino con nueva gente que
enseguida se apunta a ver lo que puede caer.
Somos humanos
y ahí están nuestras aspiraciones, nuestros sueños; quienes habían vivido
pobremente en una situación de opresión, aquel cambio tenían que significar
unas nuevas posibilidades. Y si sus hijos habían estado al lado de Jesús bien
merecerían ahora lugares importantes.
‘No sabéis
lo que pedís’,
les dice Jesús, como nos dice a nosotros cuando seguimos con nuestras
ambiciones, con nuestras rutinas, con nuestros apegos de los que parece que no
podemos desprendernos. Y luego va y rezamos y pedimos no sé cuantas cosas, y
queremos suerte, y queremos que nos salga la lotería, y queremos que siempre
las cosas nos vayan bien, y queremos que aquellos que nos molestan desaparezcan
del mapa. Y ahí están nuestras peticiones y nos creemos que ahí está Jesús para
que nos resuelva nuestros problemillas.
‘No sabéis
lo que pedís’,
y nos sigue hablando de cáliz y de pasión, y pareciera que poco menos que nos
lo tomamos como un juego o como un entretenimiento. Porque ahora en esta subida
a Jerusalén que nosotros estamos haciendo, cuaresma es subida y subida hasta la
pascua, hasta un monte donde habrá pasión y sufrimiento, donde abr muerte y
habrá cruz, donde se nos anuncia la luz de la vida en la resurrección, nosotros
seguimos erre con erre pensando en lo mismo de siempre para nuestra semana
santa. Y no es que nos pensemos ir de vacaciones, sino que ya estamos pensando
en las cosas que tenemos que preparar para la semana santa y todas las cosas
que en la Iglesia tenemos que hacer. Pero seguimos sin pensar en lo que Jesús
nos dice que es la Pascua y lo del bautismo del que le habla a los hermanos
Zebedeos, y seguimos con nuestros mismos pensamientos y planteamientos.
Y nos tendrá
que Jesús reunir de nuevo para decirnos qué es lo importante, cuáles son los
valores por los que hemos de optar, cuáles han de ser nuestras verdaderas
aspiraciones, y nos hablará de entrega, de sacrificio, de hacernos los últimos,
de dar la vida, pero ¿llegaremos a entender? ¿Cómo casamos estas palabras de
Jesús con lo que luego nosotros seguimos entendiendo que es la semana santa y
cómo tenemos que celebrarla?
Parece que
aún estamos lejos. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús. Abramos nuestro
corazón. Quitemos esas cosas que se nos meten entre ceja y ceja y no nos dejan
cambiar.
miércoles, 23 de diciembre de 2020
La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza
La
alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que
motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada
esperanza
Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1,
57-66
El nacimiento de un niño siempre se ve
rodeado de alegría y de expectativas. Es como un signo de esperanza que se
levanta al surgir esa nueva vida y en el fondo todos nos preguntamos qué va a
ser de aquel niño; su nacimiento viene rodeado de muchos sueños, llenos de
imaginación quizá, pero que son deseos de un futuro bueno al que miramos con
esperanza. Todos se alegran y se felicitan en su nacimiento, porque todos al
contacto de esa nueva vida que en aquel niño está palpitando nos hace desear
incluso lo que nosotros no hemos conseguido pero con la esperanza que esos
mejores sueños se conviertan en realidad de vida para aquel ser que allí
comienza a palpitar.
Es lo que nos está reflejando el
evangelio de lo sucedido entonces en las montañas de Judea. Felicitan a la
madre y todos mutuamente se felicitan. Las circunstancias especiales que
acompañan el nacimiento de aquel niño de unos padres que parece que se les ha
pasado la edad de engendrar, hace suscitar mayores esperanzas porque los que
mantienen su actitud creyente están viendo la mano de Dios en el nacimiento de
aquel niño.
En cierto modo lo miran como algo
propio cuando todos se disputan cual ha de ser el nombre de aquel niño. Pero el
nombre que va a llevar vendrá determinado por lo que se está ya manifestando
que es la acción de Dios con su pueblo a través del nacimiento de aquel niño,
por eso su nombre será Juan. Lo señala la madre, lo corrobora el padre a través
de la escritura en una tablilla, pero es que está expresándose como Dios ama a
su pueblo y está con él.
El nacimiento de Juan es algo verdaderamente
importante porque llega la voz del mensajero que nos vendrá a señalar donde
está la Palabra. Su misión será grande porque está llamado como había anunciado
el profeta porque venia a convertir el corazón de los padres hacia los hijos
y el corazón de los hijos hacia los padres, porque había de preparar para el
Señor un pueblo bien dispuesto.
El será la voz que grita en el desierto
para preparar los caminos del Señor, el mensajero que nos anuncia la inminente
llegada del Salvador, por eso también con regocijo hemos de acoger al mensajero
que llega porque es una forma de escucharle y es una forma de preparar en
nuestros corazones los verdaderos caminos del Señor.
Necesitamos escuchar y acoger al
mensajero. Es más necesitamos hoy un mensajero que nos anuncie una Buena Nueva
cuando parece que todo fueran malas noticias. Necesitamos un mensajero que
brille como una luz porque son muchas las tinieblas de muerte que nos están
envolviendo en el hoy de nuestra vida.
Escuchemos las noticias y fijémonos bien
en lo que nos están diciendo cada día; cada día parece que con mayor intensidad
se nos anuncian números teñidos de luto y de muerte, nos hablan del crecimiento
de la pandemia, nos hablan del número de muertos y pocas son las esperanzas que
se suscitan en nuestros corazones incluso con las noticias buenas y que podrían
ser esperanzadoras que en ocasiones se intentan transmitir. Aumenta el
desasosiego en nuestros corazones, nos sentimos frustrados cuando no vemos
mejoría y nuestros corazones se visten cada vez más de luto.
Por eso, como decíamos, necesitamos un
mensajero que alumbre alguna nueva esperanza; no podemos seguir viviendo con
nuestros espíritus turbados por la incertidumbre. Necesitamos que la Navidad
sea en verdad para nosotros una luz de nueva esperanza, porque ahora más que
nunca necesitamos un Salvador pero que no queremos recibir solamente de una
forma ritual.
Nuestra navidad a pesar de todas las
turbulencias tiene que estar llena de vida y de luz. Escuchemos al mensajero,
predispongamos nuestro espíritu para algo nuevo y para algo bueno. El Señor
puede realizar maravillas en nuestros corazones. Avivemos nuestra fe para que
no decaiga la esperanza, encendamos ese fuego del amor que dé un calor nuevo y
vivo a nuestra vida, alejémonos de todo lo que signifique frialdad de muerte.
La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que
motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada
esperanza.
‘¡Levantaos, alzad la cabeza, se
acerca vuestra liberación!’




