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sábado, 25 de abril de 2026

Llamados nos sentimos a dar testimonio ante los que nos rodean de la Buena Noticia de Jesús, alegría y paz para nuestra vida y salvación para todo el mundo

 




Llamados nos sentimos a dar testimonio ante los que nos rodean de la Buena Noticia de Jesús, alegría y paz para nuestra vida y salvación para todo el mundo

1Pedro 5, 5b-14; Salmo 88; Marcos 16, 15-20

Celebramos hoy a san Marcos, evangelista, decimos, o podemos decir también, el hombre del Evangelio. Es lo que nos ha dejado, su gran mensaje, el Evangelio de Jesús. Así comienza su relato, ‘comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios’, pero en el mismo sentido lo termina recordándonos el mandato de Jesús, ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.

¿Qué es el evangelio? ¿Qué significa decir evangelio? Buena noticia. Cuando decimos evangelio de Jesús estamos diciendo ‘buena noticia de Jesús’, y Marcos nos está diciendo que es el Mesías, el Cristo (por eso se emplea la palabra Jesucristo), verdadero hombre – nos contará lo que hizo y lo que dijo, nos expresa todo lo que fue su existencia – pero al mismo tiempo nos está diciendo que es el Hijo de Dios. Buena noticia como nos dirá al final que hemos de proclamar a toda la creación; y concluirá diciéndonos que ‘ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Quien ha recibido esa buena noticia no puede menos que comunicar, transmitir a los demás.

Es la consideración que nos está ofreciendo san Pedro en su carta, pidiéndonos humildad porque así nos hacemos gratos a Dios y Dios se nos manifestará. Es la acogida humilde que hemos de hacer a esa buena noticia de Jesús.  ‘Sed humildes bajo la poderosa mano de Dios, para que él, os ensalce en su momento…’ En El nos confiamos porque en El nos sentimos amados, es la gran noticia, el amor de Dios que nos tiene como hijos y cuenta con nosotros aunque no siempre seamos buenos hijos. Es el mejor y más hermoso regalo que podamos recibir. Lo necesitamos, porque nos sentimos débiles, lo necesitamos porque además nos vemos zarandeados por el maligno que nos tienta de mil maneras y quiere apartarnos del camino que hemos emprendida, que nos agobia con mil pensamientos y mil cosas que nos distraen o que nos pueden hacer perder la paz. Pero en el amor de Dios nos sentimos seguros. ‘Descargad en él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros’.

Cuando experimentamos todo esto en nuestra vida ¿no nos vamos a sentir en paz? ¿No es esta una gran noticia para nosotros? Es la buena noticia de Jesús que llega a nuestra vida y nos llena de paz, como nos pone en camino de algo nuevo que hemos de vivir. ‘Y el Dios de toda gracia que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de sufrir un poco, él mismo os restablecerá, os afianzará, os robustecerá y os consolidará’, continúa diciéndonos el apóstol. Nos hemos de sentir fuertes en el Señor. Y con esa alegría tenemos que seguir anunciando esa buena noticia a los demás. No nos podemos callar.

Es el mensaje que yo estoy recibiendo en lo hondo de mi corazón en esta fiesta del Evangelista san Marcos que hoy celebramos. Como Él nosotros hemos de hacernos también mensajeros del evangelio, pero no como algo aprendido porque así nos lo hayan enseñado sino como algo vivido y experimentado en nuestro corazón. Miremos las diversas situaciones por las que habremos pasado a lo largo de nuestra vida, no siempre fáciles, también con nuestros agobios o momentos de decaimiento, como en otros momentos en que se ha hecho experiencia viva en nosotros ese amor de Dios. Como nos sigue diciendo el apóstol Pedro tenemos que ‘dar testimonio de que esta es la verdadera gracia de Dios’. Recordemos y reavivemos esas experiencias vivas de fe que hemos vivido en nuestra vida. De ello tenemos que ser testigos en medio del mundo.


viernes, 27 de diciembre de 2024

Hacen falta testimonios de experiencias de fe, el mundo necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo, lo que vimos y palpamos es lo que transmitimos

 


Hacen falta testimonios de experiencias de fe, el mundo necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo, lo que vimos y palpamos es lo que transmitimos

1 Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

Yo viví con él… Están hablando de alguien al que todos creen conocer, cada uno manifiesta por qué lo aprecia, lo que conoce de él, quizás las cosas que haya hecho y no terminan de ensalzar sus valores y virtudes, cada uno desde su apreciación, pero llega alguien que dice ‘yo lo conozco, yo viví con él mucho tiempo…’ Ya nadie pudo decir nada nuevo, allí estaba quien lo conocía mejor, porque con él  había convivido.

Es lo que nos viene a decir hoy el evangelista al que estamos celebrando. Ya desde los primeros momentos junto con Andrés se había atrevido a acercarse a Jesús y le preguntaba ‘¿Dónde vives?’ y Jesús les había respondido ‘venid y lo veréis’ y se fueron con él aquella tarde; tan importante había sido aquel momento que siempre recordaría incluso la hora de ese encuentro y esa petición. ‘Serían como las cuatro de la tarde’.

Hoy nos dirá al principio de su carta que lo que han visto y oído, lo que han palpado con sus propias manos – y recordamos como estuvo recostado en el pecho de Jesús en la noche de la ultima cena – ahora no pueden callarlo, tienen que decírnoslo, tienen que trasmitirlo y de eso nos quieren dejar constancia. Está su evangelio, están sus cartas que nos hablan de Jesús, que nos trasmiten el mensaje de Jesús, que no solo es relatarnos hechos, sino algo más hondo porque nos trasmiten la vida misma.

Es el apóstol y evangelista que hoy estamos celebrando aquí en estas fechas tan cercanas al nacimiento de Jesús, dentro de la octava de la Navidad. Aquel discípulo, como nos narra hoy el evangelio, que entrando al sepulcro vacío, viendo las vendas por el suelo y el sudario enrollado por otro lado, nos dice ‘vió y creyó’.

¡Qué importante esta experiencia! Nos habla de lo que vio, lo que experimentó, lo que palpó y ya tenemos que decir que no solo con las manos sino con su corazón, y desde ahí nos está hablando, desde ahí  nos está haciendo conocer a Jesús, desde ahí nos trasmite la buena noticia, el evangelio de nuestra salvación.

Pero qué importante lo que nosotros experimentemos, lo que nosotros vivamos, porque el testimonio que tenemos que dar no pueden ser solo palabras, no puede ser solamente desde cosas aprendidas o que hayamos recibido de los demás, aunque eso también sea importante; es lo que nosotros hemos de vivir, es esa experiencia de fe que nosotros tengamos, es lo que ha ido alimentando nuestra vida y nos ha hecho llegar a donde estamos, a ser lo que somos, a la vivencia que hay en nosotros.

Somos testigos que no solo tenemos que decir lo que otros nos han transmitido, sino lo que hemos hecho experiencia de nuestra vida. Y todos tenemos un camino recorrido, todos tenemos una experiencia de vida que parece que algunas veces se nos queda obnubilada con el paso del tiempo, hay muchas experiencias pasadas a las que tenemos que saber dar importancia, porque han sido los pasos que hemos dado; nunca son pequeños ni insignificantes, siempre tienen su importancia.

Es bueno que recordemos, es bueno que revivamos y reavivemos, es bueno que volvamos a caldear nuestro espíritu, para que nuestra fe no se enfríe ni se debilite, para que entonces nuestro testimonio sea más creíble, para que nosotros con el calor de la fe que vivimos caldeemos también el corazón de los demás y despertemos su, les ayudemos a que también tengan esa experiencia de fe. Así haremos camino de Iglesia, así podremos seguir haciendo ese anuncio, así podrá crecer el numero de los que creen en Jesús.

Hacen falta esos testimonios. El mundo necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo.

viernes, 18 de octubre de 2024

También tenemos que ponernos en camino porque tenemos que contagiar y empapar a nuestro mundo del Salvación que Jesús nos ofrece

 


También tenemos que ponernos en camino porque tenemos que contagiar y empapar a nuestro mundo del Salvación que Jesús nos ofrece

Timoteo 4, 10-17b; Salmo 144; Lucas 10,1-9

Hacer camino no es solo una tarea que tenemos que hacer todos los días porque nos recomiendan que por nuestro bienestar no podemos hacer una vida sedentaria sino que necesitamos caminar, movernos, ejercitar nuestro cuerpo para lograr tener un mejor bienestar. Caminar es salud, nos dicen. Pero ¿no será algo más?

Caminar es una función muy importante de la vida y ya no estamos hablando solo de la vida de nuestro cuerpo. Caminar, ponernos en movimiento forma parte esencial de la vida, que en si mismo tiene que ser siempre crecimiento, pero que necesariamente nos tiene que llevar a salir de nosotros mismos, sí, para ponernos en camino, en camino de búsqueda, en camino hacia el encuentro, en camino hacia la vida misma. No nos encontraremos de verdad con la vida si no salimos y nos ponemos en camino; es descubrir otros mundos y otros pensamientos, es descubrir ese campo en el que tenemos que desarrollarnos, es descubrir el valor de las otras personas y buscamos el encontrarnos con ellas, es descubrir donde encontraremos la plenitud de nuestra vida, es descubrir que tenemos que elevar el punto de mira de nuestra vida para buscar más altas metas, es ponernos en camino hacia lo espiritual que es lo que nos eleva, es camino hacia Dios.

Tenemos un peligro de vivir un sedentarismo, llamémoslo así, espiritual, porque nos da pereza, porque queremos quedarnos en nuestra comodidad, porque nos acostumbramos y nos acomodamos en lo que estamos y perdemos de vista valores superiores que tenemos que buscar, porque tememos el conflicto, la dificultad, incluso la adversidad que podamos encontrar, porque nos llenamos de miedos, y estamos cortándoles las alas a la vida, no estaremos de verdad caminando a esa plenitud a la que estamos llamados, porque todos estamos llamados a crecer.


Hoy nos dice Jesús en el evangelio que nos pongamos en camino. En la fiesta litúrgica de san Lucas evangelista que estamos celebrando hoy se nos propone el evangelio del envío de Jesús de los setenta y dos discípulos que habían de ir porque donde luego El habría de ir también anunciando el evangelio. Es un primer anuncio el que tienen que hacer; y lo harán con su palabra, pero lo harán con el testimonio de su vida. Por eso Jesús los envía en medio de la mayor austeridad, ni alforjas ni pan para el camino, solamente un bastón en la mano para hacer el camino y un poder en su palabra y en su corazón para comenzar a hacer presente el Reino de Dios liberando a todos los oprimidos por el mal. Solo han ha de apoyarse en la fuerza del Señor con ese mensaje de la paz que han de transmitir.

Es también el camino en que nosotros nos hemos de poner, el camino que también hemos de emprender. Como decíamos antes, algo nos faltará a la vida si no sabemos ponernos en camino; no solo ya es ese camino humano que todos hemos de recorrer como personas, como miembros de la sociedad en la que vivimos y que nos lleva a ese crecimiento personal como decíamos. Es el camino que como creyentes en Jesús hemos de saber emprender. Es el envío que Jesús nos hace a nosotros también a ese mundo en el que vivimos, esa sociedad de la que participamos y a la que tenemos que hacer también el anuncio del Reino de Dios.

Nos entenderán o no querrán entendernos, pero el testimonio tenemos que darlo, el camino hemos de recorrerlo, el anuncio tenemos que hacerlo. Porque es anuncio de vida que vamos a hacer desde nuestra vida, en nosotros llevamos también esa fuerza del Espíritu del Señor para transformar nuestro mundo, para curar a nuestro mundo. El poder de Jesús en nosotros está, tenemos que saberlo utilizar; nos mostramos llenos de esa vida y de esa salud (salvación) que Jesús nos ha regalado y la compartimos, la contagiamos a los demás.

Una pregunta quizás tenemos que hacernos, ¿qué le pasa a nuestra vida de cristianos que no somos capaces de contagiar de esa salud al mundo en el que vivimos? ¿Todavía no nos habremos dejado curar del todo por Jesús?

jueves, 25 de abril de 2024

Urgencia de la Buena Noticia que tenemos que comunicar al mundo cuando les hablamos de Jesús en quien todos encontramos la Salvación

 


Urgencia de la Buena Noticia que tenemos que comunicar al mundo cuando les hablamos de Jesús en quien todos encontramos la Salvación

1Pedro 5, 5b-14; Salmo 88; Marcos 16, 15-20

Qué reconfortante es el llevar una buena noticia a quien la está esperando con ansiedad; parece como si en la vida fuéramos más portadores de malas noticias que de buenas; sucede cualquier accidente y la noticia corre como reguero de pólvora, pronto todos tienen noticia de ello; hay algo que le hace daño a alguien que quizás, por los motivos que sea, no nos cae bien, y qué pronto estamos para comentarlo, para hacer que todos se enteren, para hacer leña del árbol caído. Y parece que las buenas noticias, o las noticias de cosas buenas no tienen tanto eco, porque además parece como que nos gustara meter las narices en la basura y si podemos expandir su desagradable olor.

Pero nosotros estamos llamados a dar buenas noticias; estamos obligados y sería lo más reconfortante que podríamos hacer. Y es que este mundo en el que vivimos necesita de buenas noticias; todo es hablar de guerras y de muertes, de violencias y de corrupciones, de noticias de cosas desagradables y de calamidades de la naturaleza. Pero es que detrás de todo eso contemplamos un mundo de angustias y desesperanzas, un mundo de tristezas, sufrimientos y agobios, un mundo que se vuelve insolidario e injusto porque quizás desde la situación en que vive lo que hace es encerrarse en sí mismo algunas veces parece que como autodefensa, un mundo que parece que ha perdido la ilusión y lo ve todo turbio y oscuro.

Es un mundo que necesitaría una buena noticia, que todo eso puede cambiar, que en verdad podemos hacer un mundo nuevo, que puede renacer de nuevo la esperanza en los corazones, que podemos recuperar la alegría de la vida, que podemos hacer que las cosas sean distintas, que alguien ha venido a romper esa inercia de la vida donde nos vamos dejando arrastrar, pero que ahora podemos hacer las cosas de otra manera, que ese mal ha sido vencido y que la muerte no tiene el dominio de la victoria.

Es lo que nosotros los cristianos tenemos que transmitir, es la buena noticia que nosotros tenemos que dar cuando hablamos de Jesús, cuando hablamos del evangelio, o sea esa Buena nueva de Jesús que instaura un mundo nuevo, un reino nuevo que es el Reino de Dios. En verdad, nos decimos creyentes, pero ¿realmente creemos en esa Buena Noticia que tendríamos que dar? Porque si lo ponemos en duda, tengamos en cuenta que estamos poniendo en duda nuestra fe, porque estamos poniendo en duda el Evangelio de Jesús. Es muy serio esto que estoy diciendo y es algo que tendríamos que planteárnoslo de verdad desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Nos llamamos o no cristianos?

Hoy estamos, en medio de este camino pascual, celebrando la fiesta de san Marcos, evangelista. Efectivamente esa fue su misión, el anuncio del Evangelio. No solo porque nos haya trasmitido ese texto que llamamos precisamente el evangelio de san Marcos y por eso lo llamamos evangelista. Fijémonos en el comienzo y en el final de este evangelio de san Marcos. Comienza diciéndonos que nos va a trasmitir una buena noticia. Esas son sus primeras palabras, ‘comienzo del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios’. Con ello nos lo está diciendo todo. Luego en esos diez y seis capítulos nos lo irá describiendo. Pero, ¿cómo termina? Con el mandato de Jesús. ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación… y ellos fueron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’.

¿No es, pues, una buena noticia la que nosotros tenemos que llevar a todo el mundo, ese mundo que hemos descrito anteriormente con sus angustias, sus sufrimientos, sus desesperanzas? La buena noticia de algo bueno tenemos que comunicar, tenemos que trasmitir. Es la urgencia que tenemos que sentir en el corazón. ‘¡Ay de mí si no evangelizara!’ que decía el apóstol san Pablo.


sábado, 22 de julio de 2023

En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más honda en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor

 


En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más honda en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Hoy no hacemos sino hablar de amor, de amor nos habla la literatura y nos habla la música, mensajes de amor estamos trasmitiendo en todas direcciones en todos los rincones del mundo, es la palabra que más fácil y pronto sale de los labios, la gente dice que está muriendo de amor. Suena muy romántico, parece ser que es una cosa sabida, pero también podemos decir que se muere de amor porque quizás no se alcanza el amor; no sabemos llegar al amor y ser felices porque quizás algunas veces creamos confusiones con la palabra y con el concepto y cuando se está hablando decimos de amor, quizás son otras cosas las que están en nuestro deseo interior. Hemos de tener cuidado con no jugar con esa palabra de amor y lo echemos a perder.

Hoy estamos celebrando y contemplando en algunos momentos de su vida en el evangelio a quien vivió una búsqueda intensa de amor. María Magdalena y el evangelio con certeros trazos nos describe su búsqueda del amor. Marcos nos dirá que de ella Jesús arrojó siete espíritus, que pueden reflejar etapas de su vida y de su búsqueda de amor quizás no siempre de forma correcta; pero se encontró con Jesús y se vio liberada del mal y de la muerte, la vemos caminando con Jesús entre aquellas mujeres que le acompañaban y le ayudaban, pero destacan esos momentos en que la vemos en toda la fidelidad de amor junto a la cruz de Jesús. Nos lo describe el evangelista. No era fácil estar al lado de un reo en el momento de su condena, pero allí está María Magdalena; no era fácil en ese momento supremo de la muerte estar a su lado sin poder hacer nada, pero allí estaba María Magdalena. No podría nunca arrancar de su corazón al amor que había encontrado.

Pero su presencia no termina ahí, porque será del grupo de mujeres que en el primer día de la semana al amanecer corren al sepulcro porque había que cumplir con todos los ritos funerarios en la víspera del sábado no pudieron cumplir. ¿Quién moverá la piedra de la entrada del sepulcro?, iban pensando en el camino pero sentían que la fuerza del amor haría lo posible. Pero la piedra estaba corrida y el cuerpo de Jesús no estaba allí. La llamo la mañana de las carreras; había que contarlo a los discípulos que seguían encerrados en el cenáculo, Pedro y Juan vendrían y constatarían lo mismo, y mientras María se quedaba a la entrada del sepulcro entre sus lágrimas y sollozos porque quería saber donde estaba el cuerpo de Jesús que de allí habían sacado.

Sus lágrimas le impiden ver y entender el mensaje de los ángeles, por cuando alguien se acerca pensando que era el encargado del huerto ya está pidiendo, reclamando donde se ha llevado el cuerpo de Jesús, que ella lo recogería. Será la voz de Jesús la que le hará escuchar y comprender, para encontrarse con Jesús mismo que le ha salido al encuentro. ‘¡Maestro!’ exclama y quiere agarrarse a sus pies porque ya nada ni nadie podrán separarla de Jesús, aunque recibirá un encargo y una misión. Hay que llevar la Buena Noticia a los apóstoles, por eso se convertirá en la primera portadora de evangelio para comunicarlo a los demás. ¿Quién mejor podía ser la primera portadora del evangelio que quien tanto había llenado su corazón del amor de Jesús?

El amor la hace buscar y el amor la hace misionera. ¿Por qué lloras? ¿A quien buscas? Habían sido las preguntas que se le habían repetido en aquella mañana. Ahora había encontrado definitivamente el amor y tenía que ser esa mensajera de amor, del amor verdadero, del amor de quien había dado su vida por aquellos que amaba, que es el amor más sublime.

Es nuestra búsqueda y son también nuestras lágrimas, porque muchas veces buscamos pero no encontramos ese amor porque no sabemos bien donde hemos de ponerlo y se crean tantas confusiones en nuestra mente y en nuestro corazón. No era suficiente para María Magdalena buscar en un lugar de muerte, sino que tenía que encontrarse con quien en verdad estaba vivo. Buscamos a veces amores de muerte, que no nos satisfacen, que nos dejan vacíos, que se nos desbordan en nuestras vidas en cosas que no son verdadero amor. Tenemos que aprender de María Magdalena, aunque también tengamos que pasar muchas veces por el dolor del calvario, pero sabemos que es camino a la vida verdadera, al amor verdadero.

En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más hondo que podemos sentir en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor. Hagamos ese recorrido con arrojo y valentía, porque sabemos además que luego tenemos que seguir caminando porque tenemos que convertirnos en mensajeros del amor verdadero que puede salvar a nuestro mundo. Es el evangelio que tenemos que comunicar.

 

lunes, 21 de septiembre de 2020

Mateo aprendió del resplandor de los ojos de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús

 


Mateo aprendió del resplandor de los ojos de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

La vida está llena de contrastes, de luces y de sombras, de miradas limpias y de corazones turbios. No es difícil encontrarnos esos contrastes llenos de sombras ante un mismo acontecimiento y con diversidad de personas alrededor. Cada uno tiene su mirada que no siempre es mutuamente enriquecedora, sino que depende del filtro que tengamos ante nuestros ojos, del filtro que tengamos en nuestra mente ante lo que estamos contemplando o lo que sucede en nuestra presencia. Así será la opinión o el juicio que le hagamos a las personas que contemplamos, así son las interpretaciones que haces de cuanto sucede. Esa diversidad desde un aspecto positivo podría ser enriquecedora, pero en la negatividad que llevamos muchas veces en nuestro corazón resultará más bien destructiva.

Es la diversidad de matices y de opiniones que contemplamos en el pasaje del evangelio que hoy se nos propone. No era la misma la mirada de Jesús a Leví, el recaudador de impuestos a quien Jesús llama a seguirle, que la opinión que tenían de él, incluso podríamos decir que por prejuicio, los escribas y fariseos que vemos en el entorno.

Es cierto que era un recaudador de impuestos y éstos tenían mala fama y eran mal considerados por los judíos, que los tenia como unos colaboracionistas con el poder extranjero, y como todos los que manejaban dineros – como sigue sucediendo hoy – ya por eso se les consideraba siempre como unos ladrones. Ya se llevaban el sobrenombre de publicanos o pecadores.

Pero Jesús quiere contar con él. Y es que Jesús mira con una mirada distinta al hombre, a la persona, no pone por medio ese filtro de maldad al que tan dados somos nosotros. Y lo invita a seguirle y va a formar parte no solo de los discípulos en general, sino que formará parte del grupo de los Doce, especialmente escogidos por Jesús. Mientras, los fariseos porque Jesús come con Mateo y sus amigos los publicanos en aquel banquete que le ofrece a Jesús, ya estaban con sus prejuicios y condenas, criticando que Jesús comiera con lo que ellos consideraban pecadores.

Pero Jesús tiene una respuesta para resaltar lo que es la misericordia de Dios que El refleja en sus posturas y actitudes y en toda su vida. El médico no es para los sanos, sino para los enfermos y El ha venido a curar y a salvar. ‘Aprended lo que significa Misericordia quiero y no sacrificio: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores’.

Claro que también tendríamos que resaltar otros momentos de luz que podemos contemplar en este pasaje. Es la prontitud con que Mateo responde, en contraste con esa actitud reticente de los que se creían justos, como sucedía con los fariseos. ‘Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió’. Aparte de lo que hemos dicho de la mirada luminosa de Jesús hacia el corazón de aquel hombre al que llama, tenemos que destacar esta prontitud de respuesta; podría ser un pecador, era considerado como decíamos un publicano, pero allí estaba pronto para seguir a Jesús, - ‘se levantó’ inmediatamente - dejándolo todo.

Mucho nos dice para nuestra vida. Ya hacíamos referencia al principio de esos claroscuros que muchas veces encontramos también en nuestro corazón. No es solo el contraste que podemos contemplar en las opiniones, juicios y prejuicios de los que nos rodean, sino que es algo que muchas veces nos sucede en nuestro propio interior. Por la malicia que quizás tengamos dentro de nosotros mismos, por las influencias que podemos recibir del mundo que nos rodea, por la timidez o la cobardía con que algunas veces actuamos en que no somos capaces de enfrentarnos a lo negativo de los demás ofreciendo nuestra opinión, ese lado positivo de las cosas en el que tenemos que fijarnos.

Nos vemos envueltos en ese torbellino y demasiados cristales tamizados llevamos delante de nuestros ojos. Cuando el cristal está muy tamizado con colores predeterminados nos sucede como con esas gafas que cuanta más luz reciben más oscuras se nos vuelven y así vemos tantas veces la vida con tanta oscuridad y negatividad aunque hubiera mucha luz alrededor.

Mateo aprendió, podríamos decir, de esa mirada de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús. Hoy estamos, precisamente, celebrando la fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista.

viernes, 18 de octubre de 2019

El evangelio del amor y la misericordia de Dios no nos lo podemos guardar para nosotros sino que hemos de ser verdaderos evangelistas de ese mensaje para el mundo de hoy


El evangelio del amor y la misericordia de Dios no nos lo podemos guardar para nosotros sino que hemos de ser verdaderos evangelistas de ese mensaje para el mundo de hoy

2Timoteo 4,9-17a; Sal 144; Lucas 10,1-9
Designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él’. ¿Qué misión les confiaba Jesús? Anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba, anunciar el nombre de Jesús.
Algo que no podemos olvidar. Entonces, de entre todos aquellos que le escuchan y le comienzan a seguir Jesús escoge a setenta y dos que envía con su misma misión. Más tarde, después de la resurrección, Jesús enviará a los apóstoles (los enviados) por todo el mundo a hacer anuncio de la buena noticia, a hacer anuncio de la salvación que Jesús ofrece a todos los hombres. ‘Seréis mis testigos’, les dice, pero no solo en Jerusalén y Judea, sino hasta los confines de la tierra. Y es que todo los hombres han de conocer ese anuncio, todos los hombres han de recibir esa buena nueva, ese evangelio de Jesús nuestro salvador.
He querido comenzar recogiendo estos dos momentos en que se enmarca el evangelio de san Lucas, a quien hoy estamos celebrando, porque es crucial que recibamos ese anuncio y esa misión. El mismo Lucas al comienzo de su relato nos dirá que ha querido escribir por orden todos aquellos acontecimientos en torno a Jesús y su salvación para que a todos pueda llegar ese mensaje. Ha recogido el relato de aquellos que fueron testigos de la vida de Jesús, ha recopilado información de lo que ya algunos habían intentado hacer pues bien sabemos que bebió de otras fuentes, de otro primer evangelio escrito del que también bebió en sus fuentes Marcos para escribir su evangelio, los exegetas lo llaman Evangelio Q.
Pero no nos metamos ahora por esos vericuetos de la exégesis, sino que tengamos claro que como Lucas nosotros también bebiendo de las fuentes del Evangelio lo hemos de hacer vida en nosotros pero para ser testigos en el mundo de hoy que necesita escuchar el nombre de Jesús, escuchar esa buena nueva de salvación que también es para el hombre de hoy.
Tenemos que ser muy conscientes de esa misión que nosotros también hemos recibido. Porque quienes hemos recibido el regalo de la gracia, el regalo de poder conocer a Jesús y querer convertir el Evangelio en vida de nuestra vida, no nos podemos guardar ese regalo para nosotros sino que necesariamente nosotros también tenemos que convertirnos en testigos. Testigos del amor y de la misericordia de Dios que hemos experimentado en nuestra vida y a todos también hemos de decir qué grande es la misericordia y al amor del Señor. Recordemos que es un mensaje fundamental del evangelio de san Lucas. Ahí encontramos las más hermosas páginas, las más hermosas parábolas que nos hablan del amor y de la misericordia del Señor. Está muy patente en este evangelio esa buena noticia que es Jesús para los pobres y para los que sufren desde lo más hondo de su corazón.
El mundo necesita de ese anuncio. Aunque parezca que el sentido del pecado esté desapareciendo de las gentes de hoy sin embargo en el fondo de las conciencias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo ahí está latente ese darse cuenta de los errores que se comenten en la vida y de cómo muchas veces por ese mal que aparece en nuestras vida hacemos mucho daño a los demás. Y aunque se trate de disimular de falaces alegrías que quieran señalar una efímera felicidad en el fondo del corazón perdura la amargura y la angustia. En ese mundo en el que queremos hacer desaparecer cualquier elemento religioso que pueda responder a las inquietudes de nuestra vida, sin embargo acudimos más que nunca a sanadores del cuerpo y del espíritu en la psicología o la psiquiatría. Angustia en el corazón cuando no sabemos encontrar caminos que nos lleven a la verdadera paz que nos obtenga el perdón por lo malo que hayamos hecho.
No digo que no acudamos a estos hombres y mujeres de ciencia que puedan ayudarnos a abrir nuestros corazones a un equilibrio interior. Pero sigo diciendo que necesitamos el mensaje de Jesús y de su evangelio que nos habla de la misericordia y del amor que sí nos llena el corazón de paz cuando nos sentimos perdonados por el amor de Dios que nos hace abrirnos a mundo en el que hemos de saber poner paz porque sepamos encontrar los medios de reconciliación entre todos. Es lo que Jesús nos ofrece y que tantas veces rechazamos, de lo que el mundo no quiere oír, pero que necesita reencontrarse de nuevo con el verdadero mensaje del Evangelio.
Esta fiesta que hoy celebramos de san Lucas evangelista pienso que puede ser una buena interpelación para nosotros. Lo que Lucas conoció de Jesús no se lo guardo para él, sino que se convirtió en evangelista. ¿Nos podemos guardar para nosotros el mensaje del Evangelio sin anunciárselo a nuestro mundo que tanto lo necesita? Hemos de ser evangelista también con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con todo el compromiso de nuestra vida.


viernes, 30 de noviembre de 2018

Celebramos a San Andrés que pronto dijo Sí al proyecto de Jesús y pronto comenzó a hacer su anuncio para nosotros tener también esa misma prontitud


Celebramos a San Andrés que pronto dijo Sí al proyecto de Jesús y pronto comenzó a hacer su anuncio para nosotros tener también esa misma prontitud

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Que alguien llegue a tu lado y de buenas a primeras te diga que te vayas con él, aparte de no ser algo muy habitual, creo que nos quedaríamos indecisos ante lo que hacer. ¿Me voy con él? ¿Para qué me quiere? ¿Qué quiere decirme o qué quiere enseñarme? Con lo desconfiados que somos a veces en la vida, no creo que la respuesta sea algo que demos inmediatamente. Nos lo tenemos que pensar.
Hoy en el evangelio vemos, sin embargo, la prontitud con que dieron respuesta aquellos pescadores del lago de  Galilea a la invitación que les hacia Jesús. ¿Fue una respuesta inmediata? La aparición de Jesús por aquellos lugares tampoco era cosa de ese momento con toda seguridad. Habría ido dándose a conocer, en círculos pequeños quizás habría ido hablando de sus proyectos; es lo que normalmente se suele hacer.
Si compaginamos unas páginas con otras del evangelio, Juan nos habla de su primera llamada y encuentro con Jesús estando con Andrés allá en las orillas del Jordán cuando habían ido a escuchar a Juan y el Bautista les había presentado a Jesús como el Cordero de Dios que viene a quitar el pecado del mundo. Nos detalla el evangelista que se habían tras Jesús y cuando Jesús se había vuelto hacia ellos preguntándoles qué es lo que buscaban, al preguntarle dónde vivía, los había invitado a ir con El. ‘Venid y lo veréis’.
Ya Andrés, entonces, se había quedado impresionado con Jesús – no sabemos donde estuvieron ni de qué hablaron – pues tan pronto se encuentra con su hermano Simón le dice que han encontrado al Mesías y se lo lleva para que conozca a Jesús.
Allí ellos buscaban y Jesús les invita a estar con El para que le conozcan. Ahora es Jesús el que pasar por la orilla, cuando ya había hecho los primeros anuncios del Reino de Dios, es el que invita primero a Simón Pedro y a Andrés luego también a Santiago y Juan a irse con El para hacerlos pescadores de hombres. Es el episodio que en la fiesta de san Andrés nos presenta el Evangelio en su liturgia.
El primer anuncio que Jesús va haciendo del Reino de Dios que llega, de que hemos de creer en esa Buena Noticia que significa ese anuncio que va haciendo, y la conversión del corazón que es necesario hacer para creer en ese anuncio va sembrando inquietud entre quienes le escuchan. Algo nuevo va a comenzar, hay mucho que cambiar empezando por el corazón para que se haga realidad eso que anuncia Jesús.
No viene anunciando Jesús cambios externos, como tantas veces escuchamos que vamos a mejorar el mundo, pero destruimos todo lo que hay y enseguida comenzamos a dar normas y leyes para imponer esa revolución que pretendemos. No se comienza por cambiar las cosas externamente, sino que tenemos que comenzar por cambiar nosotros desde dentro de nosotros mismos. Esa es la verdadera revolución cuando vemos lo nuevo que hemos de vivir y entonces lo que tenemos que transformar dentro de nosotros. No cambiamos a los otros imponiendo nuestras cosas, sino que cambiamos nosotros desde nuestro interior. Es la Buena Noticia que nos trae Jesús y en la que hemos de creer.
Andrés, su hermano Simón Pedro, los hermanos Zebedeos estuvieron pronto para responder. Jesús les estaba invitando a algo nuevo, por eso les habla de otra pesca, otra manera de ver y entender la vida. Un proyecto que Jesús presenta y al que ellos se unen. Son capaces de dejarlo todo, de hacer esa transformación de sus vidas para entrar en el proyecto de Jesús. Formarían parte del grupo de los Doce, los Apóstoles enviados por Jesús al mundo.
Y hoy estamos celebrando a uno de ellos, que respondió, que dijo Sí, que pronto estuvo para hacer el anuncio como lo hizo con su hermano, para llevar a los demás a Jesús como lo hico con aquellos gentiles que un día le dijeron que tenían ganas de conocer a Jesús. Cuando hoy celebramos a San Andrés nosotros queremos hacer lo mismo que él, responder pronto, y pronto comenzar a hacer el anuncio, y pronto estar dispuestos a llevar a los que nos rodean para que también conozcan a Jesús. Queremos entrar en el proyecto de Jesús, queremos y tenemos que ser apóstoles en medio del mundo.

martes, 25 de abril de 2017

La Buena Noticia es Jesús, el Mesías y Salvador, el Hijo de Dios, rostro compasivo y misericordioso de Dios

La Buena Noticia es Jesús, el Mesías y Salvador, el Hijo de Dios, rostro compasivo y misericordioso de Dios

1Pedro 5,5b-14; Sal 88; Marcos 16,15-20
‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación… Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Es el mandato de Jesús que nos recoge Marcos al final de su evangelio. ¿Cuál es ese evangelio que han de anunciar, que hemos de anunciar a toda la creación? Al principio de su relato había comenzado escribiendo Marcos: ‘Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios’.
La Buena Noticia es Jesús; la Buena Noticia es que Jesús es el Ungido de Dios, el Mesías; la Buena Noticia es que Jesús es el Hijo de Dios. La Buena Noticia no son ni parábolas ni milagros, hechos asombrosos o extraordinarios o que las gentes siguieran a Jesús, lo buscaran o quisieran escucharle. Se nos narran todas esas cosas para anunciarnos a Jesús, para anunciarnos que Jesús es el Hijo de Dios; no es decirnos que sea un hombre extraordinario o que las gentes estuvieran asombradas con El. A quien tenemos que anunciar es a Jesús.
Creo que este podría ser el primer mensaje que nos ha de llegar en esta fiesta de san Marcos evangelista que hoy celebramos. Ya el apelativo que le damos a san Marcos nos lo esta diciendo, evangelista, el que anuncia el evangelio, el que nos ha trasmitido el segundo evangelio. Este fue su deseo cuando nos lo relata, cuando nos lo presenta como ya hemos expresado.
Es el mensaje que recibimos y el mensaje que hemos de trasmitir. Con claridad y contundencia. Aunque no nos lo quieran oír. Tenemos que saber presentarlo. Ya sabemos de cuantas maneras la gente ve a Jesús o quiere verlo. Para muchos se queda en un personaje maravillo como hay quien lo ve como un revolucionario; un personaje de la historia pero que lo ven como algo del pasado, de otro tiempo; como también muchas veces quizás nosotros los cristianos lo hemos presentado, olvidándonos de lo esencial. Y no podemos andar con confusiones. Igual que entonces algunos se habían hecho una imagen muy particular de lo que había de ser el Mesías, nos puede seguir sucediendo ahora. Vayamos a lo que es el centro y el meollo del evangelio.
Claro que ese anuncio de nuestra fe lo hemos de hacer con las actitudes nuevas de nuestra vida que muestren ese reconocimiento de que Jesús es el Hijo de Dios. Y es que desde esa fe nuestra vida tiene que ser distinta, nuestro reconocimiento lo hemos de hacer por las obras, por el amor, por esa nueva forma de vivir que hemos de tener quienes sentimos esa salvación en nuestra vida. Las obras de la oscuridad y de las tinieblas no tienen que aparecer ya de ninguna manera en nosotros. Jesús nos ha liberado de nuestros pecados y ahora con una nueva vida resplandeciente de santidad tenemos que presentarnos ante nuestro mundo. Todo lo que sea pecado, y pecado es todo lo que nos aleja de Dios, tenemos que alejarlo de nosotros, de nuestra vida.
Se confirmaba con señales la Buena Noticia que anunciaban, nos dice hoy Marcos. Con señales de compromiso por el bien, de lucha por la justicia, de búsqueda de la verdad, de vivir en el amor tenemos que manifestarnos ante el mundo para confirmar ese anuncio que estamos haciendo. Envueltos en la misericordia divina que nos ha salvado con su amor vamos nosotros también llevando misericordia al mundo que nos rodea.
Cuanto falta hace que envolvamos de misericordia nuestro mundo. Esa misericordia que manifestamos con los pecadores, esa misericordia con que nos acercamos a los que sufren, esa misericordia que nos hace compasivos con los que yerran en la vida, esa misericordia que nos hace acoger a todos en lo mas profundo del corazón, esa misericordia que siempre se hace perdón para los que hacen el mal o los que nos han ofendido, esa misericordia que llena de ternura nuestra vida y vamos a sanar a los que sufren las amarguras del dolor.
Proclamemos de verdad que creemos en Jesús, el Mesías y Salvador, el Hijo de Dios, que nos manifiesta en todo momento el rostro compasivo y misericordioso de Dios.

viernes, 18 de octubre de 2013

Qué hermosos los pies del mensajero que anuncia la paz y la misericordia

FIESTA DE SAN LUCAS, EVANGELISTA

2Tim. 4, 9-17; Sal. 144; Lc. 10, 1-9
‘¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!’ Es la antífona con la que comienza la liturgia de la Eucaristía en esta fiesta del evangelista san Lucas. Así podemos decir del evangelista. Así contemplamos los pies de aquellos discípulos de los que nos habla el evangelio que fueron enviados por Jesús a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, a llevar la paz. ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: paz a esta casa… y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’.
Celebramos en este día la fiesta del evangelista que no solo nos trasmitió el evangelio, llamado precisamente por su nombre, el evangelio de San Lucas, pero que nos trasmitió la historia de las primeras comunidades cristianas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Hemos escuchado por otra parte la referencia que hace san Pablo de la presencia de Lucas, ‘su querido médico’, a su lado, como lo había acompañado en gran parte del recorrido de sus viajes apostólicos, que luego nos trasmitiría.
Partiendo de lo que expresa la liturgia de la fiesta del evangelista en las antífonas o en los textos eucológicos (las oraciones) quería fijarme en algunos aspectos de lo que fue la trasmisión que El nos hace del Evangelio de Jesús.
‘San Lucas al darnos su evangelio nos anunció el sol que nace de lo alto, Cristo, nuestro Señor’, que nos propone la antífona del cántico del Benedictus en Laúdes. Es el anuncio que proféticamente hace Zacarías en ese cántico con el que bendice a Dios por el nacimiento de Juan. ‘Nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’, que canta Zacarías. Juan viene como precursor a preparar los caminos; no es la luz, como se nos dirá en el evangelio de Juan, sino el testigo de la luz; es el que viene a anunciar la llegada del sol que nace de lo alto. Cristo será nuestra luz.
¿Qué nos manifiesta esa luz? ¿Cómo ilumina nuestra vida? Llenándonos de la misericordia de Dios. Es el otro aspecto a destacar en el evangelio de Lucas. ‘Dichoso evangelista san Lucas, que resplandece en toda la Iglesia por haber destacado en sus escritos la misericordia de Cristo’. Así dice la Antífona de las vísperas al cántico del Magnificat. Es una palabra que se repite tanto en el cántico de Zacarías como el cántico de María. ‘Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos… realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres y recordando su santa alianza’, dice por una parte. Pero luego cuando nos anuncia ese sol que nace de lo alto lo hace desde el mismo sentido. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto…’
Pero María también canta la misericordia de Dios.  ‘Su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, nos dice María como motivo grande de la alegría que hay en su corazón. Su ahora se están cumpliendo las profecías cuando en sus entrañas lleva ya al Salvador del mundo es porque el Señor ‘auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre’. Todo es cantar la misericordia del Señor.
No podemos extendernos en recorrer las páginas de este evangelio de la misericordia del Señor con su pueblo, pero podríamos recordar por una parte el encuentro de Jesús con la mujer pecadora donde se derrama la misericordia del Señor sobre su corazón lleno de amor, y la parábola del hijo pródigo que más tendríamos que llamar la parábola del padre misericordioso.
Y finalmente otro aspecto a destacar que nos lo subraya la oración litúrgica. ‘Elegiste a san Lucas para que nos revelara, con su predicación y sus escritos, tu amor a los pobres…’ Es san Lucas el que nos trae el episodio de la sinagoga de Nazaret donde se lee aquel texto de Isaías que anuncia al que viene ungido por el Espíritu del Señor para anunciar la Buena Nueva, el Evangelio, a los pobres.
Pobres pastores de los alrededores de Belén serán los primeros en acoger la Buena Noticia del nacimiento de Jesús en el anuncio de los ángeles. Y a los pobres les veremos no pasar necesidad en la primera comunidad de Jerusalén, como nos narrará en los Hechos de los Apóstoles, porque todo lo ponían en común para que nadie pasara necesidad. Muchos más textos podríamos aducir del Evangelio o de los Hechos de los Apóstoles para que corrobore lo que expresamos en la oración de la Iglesia.
Pues que lo que expresamos para concluir la oración litúrgica del día se vea en verdad reflejado en nuestra vida como un fruto de la celebración que ahora estamos viviendo. ‘Concede a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’. Nos sentimos enviados también a hacer ese anuncio de la misericordia del Señor que sentimos en nuestra vida y no solo hemos de hacerlo con nuestras palabras sino con el testimonio de una vida en comunión de verdadero amor con nuestros hermanos, en especial con los que nos rodean y con los pobres y los que sufren.
‘¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!’, como expresábamos al principio de nuestra reflexión recogiendo el sentir de la liturgia.

sábado, 21 de septiembre de 2013


Andemos conforme a nuestra vocación para la unidad de la Iglesia

Fiesta del evangelista san Mateo
Ef. 4, 1-7.11-13; Sal. 18; Mt. 9, 9-13
‘Vio a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’. Lo que nos relata el evangelio es la vocación de Mateo: la llamada del Señor y su pronta respuesta.
Esto es algo que nos tendría que hacer reflexionar. Es lo que está en el fondo de lo que es nuestra vida cristiana. Un encuentro con el Señor y una llamada a la que damos respuesta. Es el Señor el que nos sale al encuentro y nos invita a ir con El, como a Mateo.
Es la gracia del Señor que llega a nuestra vida regalándonos esa presencia del amor del Señor que viene a transformar nuestra vida. Desde ese encuentro con la gracia ya no puede ser igual en nuestra vida, en nosotros. No lo fue igual para Mateo; hasta entonces estaba dedicado a ser recaudador de impuestos y ahora emprendía un camino nuevo para seguir a Jesús; por eso lo vemos que lo deja todo. ‘El se levantó y lo siguió’.
De parte nuestra esta la respuesta; una respuesta que no son solo palabras sino un ponernos en camino, en camino de algo nuevo y distinto que nos ofrece el Señor. Nos hemos acostumbrado a eso de ser cristiano porque nos decimos que todos somos cristianos que al final no sabemos bien ni lo que somos, porque nuestra vida no refleja siempre lo que tendría que reflejar cuando nos decimos seguidores de Jesús.  No todo puede ser igual entre quienes se deciden de verdad por seguir a Jesús o se quedan en lo que estaban no dando respuesta a esa llamada. El testimonio que nos ofrece hoy Mateo es bien aleccionador y tendría que hacernos recapacitar mucho.
Los textos que nos ofrece la liturgia en esta fiesta del evangelista san Mateo, sobre todo la primera lectura de la carta a los Efesios abundan en este tema de la vocación. Nos recuerda el apóstol cómo hemos de vivir dando respuesta a esa llamada del Señor, a esa vocación que hemos recibido. ‘Os ruego que andéis conforme a la vocación a la que habéis sido llamados’. Y nos señala esas características de nuestra vida, de la vida de quien sigue a Jesús. Humildes, amables, comprensivos, aceptándonos mutuamente con todo respeto y amor, unidos en una nueva comunión, llenos de paz y constructores de la paz. Y nos habla de esa unidad en el Espíritu ‘como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’.
Todo esto que nos dice el Apóstol se hace eco de lo que a través de su Evangelio san Mateo nos ha trasmitido del mensaje de Jesús. Ese mensaje del Reino de los cielos del que fue empapándose en su estar al lado de Jesús. Un día lo dejó todo para seguir a Jesús, para responder a su llamada, pero esa respuesta la fue dando en ese estar con Jesús día a día empapándose de su mensaje que luego nos trasmitiría en su predicación y en su evangelio.
Como sabemos a él se le atribuye el primero de los evangelios, llamado precisamente de san Mateo. Podemos recorrer sus páginas y ver por ejemplo como en el sermón de la montaña nos deja plasmado ese mensaje de Jesús de lo que ha de ser nuestra vida conforme a nuestra vocación como antes destacábamos con las palabras de la carta de san Pablo. Lo mismo podríamos decir en las parábolas que nos recoge los diversos capítulos del evangelio o sus discursos.
Nos sentimos hoy estimulados, en esta fiesta del Apóstol san Mateo, a tener esa decisión pronta para seguir a Jesús, para escucharle y empaparnos de su mensaje y hacer que con nuestra vida de amor, de humildad, de sencillez, de espíritu de servicio, de generosidad vayamos dando respuesta a tanto amor cómo Dios derrocha sobre nosotros. Y algo más, que este encuentro con el Señor y su Palabra en esta fiesta nos ayude a descubrir ese lugar concreto donde hemos de realizar nuestra vocación cristiana, como nos señala también el apóstol, al tiempo que reconocemos las diversas vocaciones, los diversos ministerios que a nuestro alrededor se manifiestan en la Iglesia en tantos que viven su compromiso cristiano.
‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’, nos decía el apóstol. Y habla de esos diferentes ministerios en el seno de la Iglesia. ‘Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo…’ Todos vamos edificando la Iglesia cada uno desde esa respuesta que va dando a la llamada del Señor y en ese servicio que presta a los hermanos.

Por nuestro amor, por nuestro servicio, por nuestra generosidad y humildad, por las obras buenos que vamos haciendo, seamos en verdad constructores de la comunidad, constructores de la unidad de la Iglesia. Que el Señor nos bendiga por todo eso bueno que podamos ir haciendo.

miércoles, 25 de abril de 2012


Queremos seguir las huellas de Cristo para ayudar a los demás a encontrarlas también

1Pd. 5, 5-14; Sal. 88; Mc. 16, 15-20
Cuando queremos encontrar algo o a alguien y andamos un tanto desorientados sin saber bien donde encontrarlo, aunque tengamos indicios de que pueda estar cerca de nosotros o quizá haya pasado muy cerca tratamos de seguir su rastro o de encontrar las huellas que haya podido dejar a su paso que nos llevarán a que podamos encontrarle. Habremos visto quizá películas con imágenes en este sentido o nosotros mismos hayamos hecho un rastreo en alguna ocasión.
Queremos buscar a Jesús, queremos encontrarnos con El, sabemos que está cerca de nosotros o habrá tocado nuestra vida de alguna manera. Busquemos las huellas que nos haya dejado de su presencia. ¿Cómo hacerlo? Tenemos, sí, que abrir los ojos de nuestro corazón para poder descubrirle y escucharle allá dentro de nosotros mismos. Pero tenemos algo más.
Hoy precisamente estamos celebrando la fiesta de un evangelista, san Marcos. Y ¿qué es lo que ha hecho un evangelista? Dejarnos unas huellas bien certeras por las que podemos llegar a Cristo, conocerle y vivirle. Son los evangelios. Jesús mandó predicar, anunciar la Buena Noticia – evangelio – de su salvación a todos los  hombres. ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación’. Hoy mismo lo hemos escuchado. Y los apóstoles, como enviados de Jesús, se derramaron por el mundo entero anunciando la Buena Noticia de Jesús.
Pronto surgen quienes quieren dejar por escrito las palabras y la obra de Jesús, trasmitirnos esa Buena Nueva de la salvación. Inspirados por el Espíritu quisieron recoger aquellas catequesis de los apóstoles que alimentaban la fe de los fieles y nos trasmitieron los evangelios. Hoy estamos ante el que es quizá el primer evangelista que nos trasmite por escrito el evangelio de Jesús, san Marcos. Como aparece junto a san Pedro en sus cartas, como hoy mismo hemos escuchado – ‘os saluda la comunidad de Babilonia y también Marcos, mi hijo’ – es por lo que se suele decir que su evangelio viene a recoger la predicación del apóstol Pedro.
Marcos aparece en determinados momentos en los textos sagrados. ¿Será aquel joven que seguía a Jesús después del prendimiento de Getsemaní envuelto en una sábana y que al intentar prenderlo huye soltando la sábana? En los Hechos de los Apóstoles aparece en diversos momentos Juan Marcos, que acompañaría a Bernabé y Saulo al principio del primer viaje apostólico de Pablo durante el recorrido de Chipre, pero que al llegar al continente no sigue con ellos y se vuelve a Antioquía. Más tarde acompañará a Bernabé cuando se va de nuevo a predicar a Chipre y lo vemos en Roma junto a San Pedro. Su nombre aparece también en algunas cartas de san Pablo. Finalmente la Iglesia Copta en Egipto considera que su origen está precisamente en la predicación de san Marcos.
Pero quedémonos con el mensaje con el que comenzábamos nuestra reflexión. En la oración litúrgica de esta fiesta pedíamos que sepamos ‘aprovechar de tal modo las enseñanzas de Marcos, enaltecido con el ministerio de la predicación evangélica, que sigamos siempre fielmente las huellas de Cristo’. Queremos seguir a Jesús, queremos conocer su mensaje de salvación para hacerlo vida nuestra. Acudamos, pues, al evangelio que así estamos siguiendo fielmente las huellas de Cristo. Seguir las huellas de Cristo es seguir sus mismos pasos, vivir su misma vida, amar con su mismo amor.
Pero también que de san Marcos aprendamos a tener la inquietud honda en nuestro corazón, el deseo grande de que el nombre de Jesús sea conocido para que su salvación llegue a todos los hombres. No olvidemos que en virtud de nuestra fe somos testigos, como hemos venido reflexionando repetidamente en estos días de pascua, y los testigos tenemos que hablar de lo que hemos visto y oído, tenemos que trasmitir aquello que es nuestra vida. Creer en Jesús y vivir la salvación es lo más grande que nos puede suceder. Luego no lo podemos callar, tenemos que anunciarlo, tenemos que convertirnos también en evangelistas, en trasmisores del evangelio para el mundo que nos rodea.

jueves, 28 de octubre de 2010

El crecimiento de la Iglesia en vitalidad de fe y en carismas de servicio


FIESTA DE LOS APOSTOLES SAN SIMON Y SAN JUDAS

Ef. 2, 19-22;
Sal. 18;
Lc. 6, 12-19


Que ‘por la intercesión de los santos apóstoles tu iglesia siga siempre creciendo con la conversión incesante de los pueblos’. Así pedíamos en la oración litúrgica de la fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
Apóstoles elegidos por el Señor para ser, como nos enseña el apóstol Pablo en la carta a los Efesios, cimientos sobre los que se edifica la Iglesia. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular’. Hemos escuchado por su parte en el evangelio el relato de la elección de los apóstoles que hizo Jesús. ‘Pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación en la que aparecen ‘Simón, apodado el Celotes – el cananeo lo llama otro de los evangelistas – y Judas, el de Santiago – llamado también Judas Tadeo -.
Es importante la misión que confía a los Apóstoles porque a ellos de manera especial envía por todo el mundo a predicar el Evangelio, la Buena Noticia del Reino de Dios, que se ha realizado en la muerte y en la resurrección del Señor. Van a ser ese cimiento de la Iglesia porque en tornos a ellos se va a reunir la comunidad que va naciendo de los que creen en Jesús. Por Cristo, y sobre el cimiento de los apóstoles, como nos dice Pablo, 'todo el edificio queda ensamblado y se va levantando para formar un templo consagrado al Señor'.
Qué importante la misión de los Apóstoles y de sus sucesores los Obispos en la formación, en el crecimiento y en el mantenimiento de la comunión y de la unidad de la Iglesia de Jesús. Los Obispos, como verdaderos sucesores de los Apóstoles, van a seguir realizando su misma misión. Por eso en torno al Obispo, repito auténtico sucesor de los apóstoles es congregada en unidad cada una de la Iglesias, formando en comunión y en unidad con el Papa y con todas las Iglesias la única Iglesia de Cristo.
Esa Iglesia que queremos ver crecer, como pedíamos en la oración. Crecer porque cada día llegue a más gente y a más pueblos el evangelio de Jesús y así crezca el número de los discípulos de Cristo y miembros de la Iglesia. Estos días hemos estado viviendo unas jornadas misioneras en torno al Domund que nos habla de esa inquietud por el anuncio del evangelio que todos hemos de sentir.
Pero el crecimiento no es sólo en número, sino que tiene que manifestarse en la intensidad de la fe de la Iglesia, la intensidad de todos y cada uno de los que formamos la Iglesia. Es importante esta vitalidad de los cristianos, de los que creemos en Jesús. Vitalidad en una fe firme, una fe comprometida, una fe que se manifiesta en la intensidad del amor cristiano, vitalidad que se verá reflejada en la santidad de sus miembros.
Crecimiento de la Iglesia en la medida en que los que la formamos nos sentimos más comprometidos con la Iglesia y así vayan surgiendo esos diferentes carismas y ministerios de servicio dentro de la comunidad cristiana. En los versículos anteriores a los hoy leídos, y que no hace pocos días también escuchamos, el apóstol nos dice cómo el Espíritu va haciendo surgir esos diferentes carismas en la Iglesia. ‘A unos ha constituido apóstoles, a otros, profetas, a otros evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo’.
Así veremos la riqueza y vitalidad de nuestras comunidades cuando vemos a las distintas personas comprometidas en diversos servicios en nuestras parroquias. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con parroquias con esa vitalidad. Ese es el crecimiento de la Iglesia junto con la santidad de todos y cada uno de sus miembros que tenemos que buscar.
Es lo que hoy de manera especial con la intercesión de los Santos Apóstoles, san Simón y san Judas, queremos pedir al Señor. Para nuestra iglesia, y para cada uno de nosotros.