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sábado, 30 de noviembre de 2024

La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo… y nadie que crea en El quedará confundido

 


La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo… y nadie que crea en El quedará confundido

Romanos 10, 9-18; Salmo 18; Mateo 4, 18-22

Supongamos que queremos contarle a alguien algo que pensamos que es una buena noticia para esa persona, que podría beneficiarla mucho, que a nosotros también nos ha llenado de alegría y enseguida pensamos que teníamos que contárselo y en ese intento estamos, pero esa persona no quiere escuchar, porque nos dice que no le interesa, porque está entretenida en otras cosas por las que muestra mayor interés - ¡cuántas veces queremos hablar con alguien pero está entretenido con su móvil y no presta ni la más mínima atención a lo que le estamos diciendo! – seguramente que nos sentiríamos más, que esa persona una desagradecida, que no tiene interés por nada sino por sus entretenimientos. Claro que lo podríamos ver en sentido inverso, nos quieren hablar de algo que consideran importante, y nosotros tampoco le prestamos caso, seguimos entretenidos en nuestras cosas.

Nos parecen situaciones aberrantes, seguramente pensamos. Pero es mucho más frecuente de lo que queremos pensar. Y ya no se trata de esas noticias de cada día, que nos pueden llegar por los periódicos o por otros medios de comunicación. Estamos hablando entre creyentes, ¿cuál es la escucha y la atención que nosotros prestamos habitualmente a la buena noticia del Evangelio? La escuchamos, decimos, pero tendríamos que preguntarnos ¿cuántas veces cuando salimos de la Iglesia y de Misa al rato ya ni nos acordamos de lo que escuchamos en el evangelio que se nos proclamó en la celebración? ¿Dónde estábamos? ¿De qué o en qué estaba prendida nuestra mente y nuestra imaginación?

Hoy nos decía cosas hermosas el apóstol en su carta en la primera lectura de la celebración de este día de san Andrés. ‘Nadie que crea en él quedará confundido… pues todo el que invoque el nombre del Señor será salvo… ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!’ Pero a continuación nos dice: ‘Pero no todos han prestado oídos al Evangelio… la fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo…’

¿Dónde está nuestra fe? ¿Escucharemos de verdad el mensaje que nos llega a través de la Palabra de Cristo? Es algo muy serio. Algo muy serio porque no siempre hemos tenido ese encuentro de fe con el Señor; no siempre nos hemos dejado sorprender por su llamada y por su amor; no siempre hemos querido vivir esa cercanía de la fe que se hace viva en nuestro corazón en ese encuentro con Jesús. Oímos y oímos, pero no escuchamos, no prestamos atención, no nos dejamos encontrar; buscamos quizás solo desde una curiosidad momentánea pero no llegamos al fondo de eso que buscamos y que en Jesús se nos ofrece.

Hoy estamos celebrando al apóstol san Andrés, hermano de Simón Pedro. Fue uno de aquellos que escucharon a Juan allá en la orilla del Jordán cuando señalaba el paso de Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y con Juan, el Zebedeo se fue detrás de Jesús. ‘¿Qué buscáis?’ todos conocemos ese diálogo, querían ver donde vivía Jesús. Era algo más que la búsqueda de un lugar, era la búsqueda de una luz, de una vida, de una persona. Saber donde vivía era querer conocer a Jesús en lo más íntimo y profundo de su persona. ‘Venid y lo veréis’, les dice Jesús y se fueron con El.

Ya sabemos lo que paso porque a la mañana siguiente ya estaba contando a su hermano lo que habían encontrado, a quien habían encontrado, y se lo llevo a Jesús. Pero será más tarde, a la orilla del lago, cuando Jesús pase a su lado y les diga ‘venid conmigo que os hará pescadores de hombres’. Y ahora sí que lo dejaron todo y se fueron con Jesús. Escucharon y se encontraron con Jesús; escucharon y la fe nació en sus corazones; escucharon y se fiaron de Jesús y no se sintieron defraudados porque se encontraron con la salvación.

¿Tendríamos que revisar muchas cosas en nosotros quizás? ¿Serán otras las actitudes que tengamos ante la Palabra que se nos proclama? ¿Tendremos en verdad deseos de escuchar esa buena noticia que se nos quiere transmitir y que tantas veces hemos dejado de lado?

domingo, 14 de enero de 2024

Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’, con valentía y con arrojo, vayamos a estar con Jesús para poder llegar esa Buena Noticia a nuestro mundo

 


Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’, con valentía y con arrojo, vayamos a estar con Jesús para poder llegar esa Buena Noticia a nuestro mundo

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42

Vamos y tú mismo lo ves, le decimos al amigo o le decimos a alguien cuando queremos mostrar algo que podríamos dudar si nos creyesen o no; mejor compruébalo por ti mismo, tú lo ves y te convencerás. Un suceso o un acontecimiento, un paisaje o un lugar espectacular para el que no tenemos palabras con qué describirlo, la manera de actuar de unas personas, de algún grupo o colectividad, quizás algo que ofrecemos para la venta. Ven, lo ves y tú me dirás si te convence.

Es el proceso que contemplamos hoy en el evangelio. El Bautista había señalado a Jesús que pasaba como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Algunos de sus discípulos se fueron detrás de Jesús. Si Juan se los había señalado así, algo tendría que ver con el Mesías esperando y que Juan con tanta insistencia anunciaba y podría ser interesante conocerle. Detrás de Jesús caminaban quizás recelosos o desconfiados cuando Jesús se volvió y les preguntó ‘¿Qué buscáis’?

Pienso que se vieron sorprendidos y ahora casi no sabían que responder aunque ellos tenían claro lo que buscaban, porque era escuchar y conocer a Jesús para ver si se manifestaba tal como Juan lo había presentado. A la pregunta que sorpresivamente Jesús les hace, sin saber cómo expresarse, le responden a su vez con una pregunta sobre el lugar en que vive. ‘Maestro, ¿dónde vives?’

Es cierto que cuando conocemos el lugar donde una persona ha elegido vivir se nos está definiendo esa persona. A esa nueva pregunta Jesús simplemente les dirá que vayan con El para que vean. ‘Venid y lo veréis’. No ofrece nada, solamente que vayan con El y lo vean. Mas tarde ya en la orilla del lago les dirá también que se vayan con El, pero ahora será para algo más, porque querrá que cambien aquellas redes que allí están utilizando porque serán pescadores de hombres.

El evangelio de hoy es parco en palabras, pero sí será muy sugerente de lo que allí sucedió. Nos dirá que se fueron con él, nos apuntará incluso la hora en que sucedió aquel encuentro, ‘era como la hora décima’, y finalmente nos los presentará a la mañana siguiente muy cambiados, porque ahora serán ellos los que vayan a buscar a otros para que conozcan también a Jesús, como hará Andrés con su hermano Simón. ‘Hemos encontrado al Mesías’. Importante fue aquel encuentro.

Es muy importante lo que estamos contemplando. Es muy importante esa búsqueda, pero también que nos dejemos encontrar. Algunas veces en esas búsquedas podemos ir con miedos en el alma, con desconfianzas. Cuántas veces estamos a las puertas de algo que buscamos y nos volvemos para atrás. Cuántas veces comenzamos la búsqueda pero nos ponemos a la distancia, dejando margen por medio para recular si es necesario, si nos puede parece que las cosas se complican o nos comprometen. Cuántas veces caminamos en esa búsqueda y damos rodeos, nos distraemos con lo que encontremos por el camino, estamos siempre con la duda del paso final. Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’. Con valentía, con arrojo.

Hemos concluido las celebraciones de Navidad que quizás por muchas circunstancias son propicias para el entusiasmo, pero esos entusiasmos hay el peligro que se queden en momentáneos; ahora estamos iniciando el tiempo ordinario hasta que lleguemos el próximo mes a comenzar la cuaresma que nos conduce a la pascua, y podríamos pensar que entramos en un tiempo que es como un paréntesis, que luego ya vendrán momentos de nuevo de especial fervor.

Pero aquí está el paso de Dios de cada día por nuestra vida, no son ni bajadas de tensión ni paréntesis en nuestro camino, porque la vida sigue y sigue con intensidad en sus luchas, en sus problemas, con nuestras trabajos, con las crisis que pueda vivir la sociedad, con sus momentos de sombras pero también con resplandores de luz que no nos faltarán.

No es momento de bajar la guardia, de perder el entusiasmo, de tomarnos las cosas con calma. El paso de Dios por nuestra vida siempre es intenso y siempre está lleno de vida porque es como nosotros lo hemos de vivir. Todas esas situaciones de la vida tenemos que seguirlas afrontando y tenemos que aprender a vivirlas desde el sentido nuevo que nos da el evangelio. Siempre Jesús será buena noticia de alegría para nuestra vida, siempre Jesús nos quiere poner en camino, por eso tenemos que seguir buscando a Jesús con intensidad, aprender a estar con El para poder salir al día siguiente a nuestro mundo con esa Buena Noticia que es Jesús siempre para todos.

Vayamos, pues, al encuentro con Jesús queriendo saber donde vive, queriendo estar con El y dejándonos inundar de su gracia con la fuerza del Espíritu que El siempre derrama sobre nosotros.

jueves, 30 de noviembre de 2023

Tendremos que ponernos en camino, escuchando la llamada de Jesús para estar con El y ser esos pescadores de hombres en el mundo que necesita de esa luz de Jesús

 


Tendremos que ponernos en camino, escuchando la llamada de Jesús para estar con El y ser esos pescadores de hombres en el mundo que necesita de esa luz de Jesús

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Caminando se realizan los más hermosos encuentros. Ponerse en camino es de alguna manera ir en búsqueda; caminamos y podemos observar cuanto hay alrededor; serán los monumentos de la naturaleza tan rica y tan variada como pueden ser los monumentos elaborados por mano de los hombres, donde también vamos dejando nuestra impronta y nuestro ser, pero podemos admirar el monumento más hermoso salido de las manos del Creador, contemplamos y admiramos a nuestros hermanos los hombres. 

Pero sin con la naturaleza nos quedamos en la distancia contemplando, con las personas ese ver y ese contemplar nos llevará al encuentro, y nos puede llevar a que juntos seamos capaces de ponernos en camino. Camino que se hace encuentro, camino que se convierte en llamada, camino que nos pone en misión.

Jesús caminaba por la orilla del mar de Galilea y si en otros momentos veremos que la gente se acerca a El buscándole, porque quieren estar con El, porque quieren escucharle, en el relato que hoy nos hace el evangelio es Jesús el que se va acercando a aquellos que allí están en la orilla en sus tareas y ocupaciones pero para invitarles a ponerse también en camino con El.

Son todos detalles muy significativos. Dos hermanos, Simón y Andrés, que estaban echando la red al mar porque eran pescadores y Jesús les invita a seguirle porque para ellos tiene otra forma de pescar, ‘os haré pescadores de hombres’; pero en su camino más adelante se encontrará con otros dos hermanos, que este caso estaban con su padre repasando las redes, y les invita también a seguirle, ‘venid conmigo, les dice también, y os haré pescadores de hombres’. Y lo dejan todo, redes, barca, familia, y se van con Jesús.

Jesús hacía poco que había comenzado a anunciar la llegada del Reino de Dios. Había pedido disponibilidad desde el corazón, porque había que cambiar desde lo más hondo para aceptar el anuncio de Jesús. La gente sentía que algo nuevo se avecinaba. Es cierto que todos vivían con el anhelo de la pronta llegada del Mesías y las palabras de Jesús despiertan inquietud en el corazón y deseos de conocer en verdad lo que significaba aquello que Jesús anunciaba.

Ahora no anuncia la pronta llegada del Reino de Dios sino que está dando por sentado que ya el Reino de Dios está presente entre ellos. Hay que reconocer sus signos. ¿Y qué manera mejor que estar con aquel que nos anuncia su llegada? Con El podremos saber bien lo que significa ese Reino de Dios.

Y las señales comienzan a darse; ahí está la disponibilidad de aquellos hermanos, lo dejan todo para irse con Jesús; ahí está la señal de ese Reino nuevo donde nos vamos a sentir como una familia especial, no en vano son unos hermanos en pareja los primeros que se van con Jesús para formar una nueva comunidad con los demás que poco a poco se vayan uniendo. 

Pero es necesario estar con Jesús, de lo contrario nunca se entenderá de verdad lo que es ese Reino de Dios. Y ahí, pues, están las primeras señales. Son caminos nuevos, es vida nueva, es un estilo nuevo de vivir, poco a poco Jesús irá sembrando en ellos la semilla de esos cimientos del Reino de Dios. Serán ellos los pescadores que habrán de lanzarse por el mundo para hacer ese anuncio, para llevar esa Buena Noticia a todos los hombres.

Jesús está pasando también por nuestro camino, ahí donde estamos con nuestras redes, con nuestras tareas, con nuestras preocupaciones, como aquellos pescadores que o echaban la red al mar o las remendaban en la orilla, y Jesús también va poniendo su mirada en nosotros, Jesús también va tocando a la puerta de nuestro corazón, también a nosotros nos está invitando a que vayamos con El, a que estemos con El, a que también nos pongamos en camino. 

¿Tendremos la disponibilidad y la generosidad de Andrés y de Simón, de Santiago y de Juan para ponernos también en camino? ¿También nosotros queremos estar con Jesús para empaparnos de su vida y recibir la misión que a nosotros también nos confía?

‘Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo, nos decía el apóstol, y nadie quedará confundido’. Pero para invocar el nombre del Señor hay que anunciarlo para conocerlo. Miremos a nuestro alrededor y nos daremos cuenta que encontramos un mundo desorientado, un mundo que no ha terminado de conocer a Jesús. 

¿Podrán los hombres y mujeres de nuestro tiempo invocar de la misma manera el nombre del Señor y alcanzar la salvación? ¿Habrá quienes hagan ese anuncio para que a todos llegue la salvación de Jesús? ¿No estaremos demasiado dormidos los que nos decimos que ya creemos en Jesús que no terminamos de tener el coraje y la valentía de salir a hacer ese anuncio al mundo que nos rodea?

Escuchemos la llamada y la invitación de Jesús para estar con El y empaparnos de El, para que luego en verdad seamos eso que nos pide Jesús, esos pescadores de hombres. Tendremos también que ponernos en camino. 

Que la fiesta de san Andrés el que estuvo pronto para ir a anunciar a su hermano que habían encontrado al Mesías y que hoy celebramos sea una llamada a nuestro corazón


miércoles, 30 de noviembre de 2022

Ojalá tengamos el coraje de san Andrés para levantarnos y desenredarnos de nuestras redes para abrirnos a los nuevos horizontes que nos ofrece Jesús

 


Ojalá tengamos el coraje de san Andrés para levantarnos y desenredarnos de nuestras redes para abrirnos a los nuevos horizontes que nos ofrece Jesús

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Tengo un proyecto muy interesante y quiero contar contigo. No sé si alguien se ha acercado a ti en alguna ocasión y te ha hecho una propuesta así. Es así cómo en muchas ocasiones se proyectan cosas, se hacen planes de futuro, nos embarcamos o nos embarcan en proyectos que unas veces nos parecen interesantes y nos ilusionan, en otras no lo tenemos muy claro pero nos confiamos de aquella persona que nos lo propone, y comenzamos una nueva tarea en la en alguna ocasión ni habíamos soñado que se pudiera realizar, ni estaba en nuestra mente. Alguien notó tu capacidad, tu disponibilidad, que eres una persona soñadora e inquieta y se fijó en ti llegando a comprometerte.

Era el proyecto de Jesús, algo que había comenzado a dejar caer cuando hablaba con la gente; algunos le escuchaban con gusto, otros quizás se hacían preguntas por dentro; estaba además el momento que vivían en la situación social y política del pueblo de Israel, pero en el fondo estaban las esperanzas que todos mantenían y que se alimentaban aun más cuando los sábados escuchaban a los profetas en las sinagogas. Había aparecido no hacia mucho tiempo un nuevo profeta en las orillas del Jordán y allá habían ido muchos a escucharle, porque algo nuevo estaba anunciando que alimentaba sus ilusiones y sus esperanzas. Estaba por llegar el Mesías, aquel profeta del desierto decía que era la voz que preparaba los caminos del Señor.

Entre los que le escuchaban estaban también unos pescadores de Galilea que hasta el lugar de la predicación del Bautista se habían trasladado; habían escuchado como Juan señalaba a alguien, sobre el que había visto cómo el Espíritu del Señor se manifestaba con ocasión de un bautismo general de todos los que allí acudían, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y ellos, Juan y Andrés, se habían puesto a seguirle. Con El habían estado una tarde y una noche y salieron entusiasmados comunicando a los demás lo que habían encontrado.

Pero sus tareas habían continuado en lago de Tiberíades con la pesca de cada día para su sustento y de sus familiares. Por aquellas orillas andaba aquel nuevo profeta anunciando la llegada del Reino de Dios, como también el Bautista en el desierto había prometido. Es ahora Jesús el que se acerca hasta aquellos pescadores para invitarles a algo nuevo. Por así decirlo, como decíamos al principio, les presentaba unos nuevos proyectos y quería contar con ellos. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, les había dicho primero a los dos hermanos, Simón y Andrés, y luego también a los hijos del Zebedeo. Y ellos se habían ido con Jesús, dejando las redes y la barca.

Son los primeros momentos del anuncio del Reino de Dios. Jesús había comenzado invitando a la conversión para creer en el Buena Noticia que les estaba comunicando. No de cualquier manera se entusiasma uno por algo nuevo para no quedarse en lo superficial. Había que estar dispuesto a cambiar la mente y el corazón para aceptar lo nuevo que se nos propone. Si no hay esa disposición difícilmente escucharemos y difícilmente tomaremos decisiones que son opciones por algo nuevo, por una nueva vida. Y ahora eso se estaba manifestando en aquellos primeros discípulos, aquellos pescadores dispuestos a cambiar, se les ofrecía otro tipo de pesca, no era salir a aquellos mares sino a unos mares distintos y más profundos; en fin de cuentas aquello en lo que estaba era solo un pequeño lago con todas sus limitaciones.

Así nosotros en la vida, tenemos que tomar decisiones, tenemos que estar dispuestos a aceptar lo nuevo que se nos ofrece; es necesario estar dispuestos a cambiar esos pequeños lagos de los rincones en que hacemos nuestra vida de cada día en lo que fácilmente caemos en la rutina, por otros mares más profundos, por otros horizontes más amplios, por otros caminos que algunas veces se han hecho inescrutables, pero que ahora estaríamos dispuestos a recorrer.

Es la oferta que Jesús nos hace a nosotros también para seguirle. No nos podemos quedar encerrados en lo mismo, tenemos que abrir nuestros horizontes, tenemos que dejarnos entusiasmar por la Palabra de Jesús y la misión que a nosotros también nos quiere confiar, porque cuenta con nosotros.

¿Seremos capaces de levantarnos como Andrés, a quien hoy estamos celebrando, para desenredarnos de nuestras redes y comenzar a seguir en serio a Jesús?

martes, 30 de noviembre de 2021

Saber ponernos a remar con confianza mar adentro en búsqueda constante de la señal de la vida y al tiempo saber escuchar la invitación para adentrarnos en otros mares

 


Saber ponernos a remar con confianza mar adentro en búsqueda constante de la señal de la vida y al tiempo saber escuchar la invitación para adentrarnos en otros mares

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Búsqueda y llamada. Dos palabras en las que quiero centrar el mensaje que hoy se nos puede ofrecer en esta fiesta de san Andrés.

¿Qué buscamos? ¿Qué buscas? ¿Qué esperas encontrar? Nos preguntamos a nosotros mismos cuando queremos algo en la vida. Nos hacen la pregunta cuando quizás nos encuentran donde no nos esperaban encontrar, o nuestro interlocutor se da cuenta de que hay poco común en nuestros intereses cuando nos encontramos en ese lugar. Nos la hacemos nosotros aclarando expectativas, comparando lo que se nos ofrece con lo que son nuestros deseos. Son muchas las pistas que se nos abren en esos caminos de búsqueda o en esos caminos de la vida. Es la inquietud que llevamos dentro ansiosos de algo mejor, de algo distinto, de algo que nos haga encontrarnos de verdad.

Quien en la vida se ha cansado de buscar y ha tirado la toalla de sus búsquedas entra en un camino de desolación y un camino de vacío quizás. Forman parte de lo más profundo de nuestro ser esas búsquedas que vamos haciendo en la vida y quizás nunca se acaban. Quien se siente desolado y se detiene en sus búsquedas entra en un camino de nada, un  camino de muerte de su ser existencial. Búsquedas que nos dejan insatisfechos porque queremos más, porque queremos lo mejor, porque queremos llegar más lejos, porque buscamos apuntar más alto. Cuántas cosas podemos decir del sentido de la búsqueda.

Fue la pregunta que les dirigió Jesús a aquellos dos discípulos de Juan que inquietos por lo que el Bautista anunciaba, pero también por sus palabras en aquella mañana, les habían puesto en camino. ‘¿Qué buscáis?’ Evidentemente Andrés andaba buscando algo cuando se había venido desde su Betsaida natal ahora a las profundidades del Jordán, allá cercano quizá a los desiertos de Judea, porque había un profeta que anunciaba algo. Pero no se había quedado en el Jordán, ante las palabras del Bautista se había puesto en camino de nuevo, ahora en compañía del joven Zebedeo detrás de aquel a quien Juan había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ya solo por eso es merecedor de que lo tengamos en cuenta y nos fijemos en su vida.

Habían ido, habían estado con Jesús, y a la mañana siguiente ya se está convirtiendo en portador de buenas nuevas anunciándole a su hermano que habían encontrado al Mesías. Pero todo no se había quedado ahí. Aquella estancia con Jesús, aquellas palabras que escuchaba al nuevo profeta de Galilea seguían rondando en su corazón, pero él seguía en sus tareas, en sus obligaciones con su hermano y con la barca para salir a pesar y ganarse el sustento. Fue necesario otro paso. Y el paso fue el de Jesús a su lado, que se acercaba a ellos allá en la orilla del lago. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, había escuchado entonces y presto lo había dejado todo para seguirle.

O sería en aquel otro momento en que Jesús se tomaría prestada la barca para enseñar a la gente desde la orilla, pero luego les había invitado a remar mar adentro porque había que echar de nuevo la red para pescar, aunque en la noche anterior nada habían cogido.  Pedro, su hermano, había sido el más decidido en esta otra ocasión porque creyendo en la palabra de Jesús había echado la red a pesar de todo lo que lo aconsejaba en contra. Y la redada de peces fue tan grande que necesitaron pedir ayuda. Y ahora se había repetido la invitación del Maestro ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Y claro que lo habían dejado todo. Había encontrado, pero sobre todo había sido llamado.

Es importante la búsqueda. Ha de ser una actitud fundamental en la vida. Está en ello nuestro vivir, nuestro ser, el sentido y el valor de la vida. Pero cuando nuestra búsqueda no se queda solo en el ras de tierra, sino que quiere elevarse en un más allá lleno de trascendencia, tenemos que saber tener la humildad de dejarnos encontrar, de ponernos a remar mar adentro con la confianza en el corazón y de escuchar la llamada tan importante para que todas nuestras cortinas se descorran y podamos encontrar la luz verdadera. Solo Dios va a descorrer esa cortina, solo Dios es el que va hacer esa llamada a nuestro corazón, solo Dios es el que abrirá ante nuestros pasos caminos de plenitud.

Busquemos, sí, pero escuchemos esa voz, esa llamada, esa invitación y traspasemos esa puerta sin miedo ni temor, que con quien nos vamos a encontrar es el que va a dar la mayor plenitud a nuestra vida. Hoy lo descubrimos en el camino y en la vida de Andrés, el pescador de Galilea, el hermano de Simón Pedro, el apóstol del Señor a quien estamos celebrando.

 

domingo, 17 de enero de 2021

Ir y estar con Jesús, le veremos, le escucharemos, nos encontraremos con El y seremos en verdad sus discípulos

 


Ir y estar con Jesús, le veremos, le escucharemos, nos encontraremos con El y seremos en verdad sus discípulos

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42

¡Oye, que me gustaría hablar contigo! Mira cuando tienes un rato y podemos vernos. Una experiencia así nos habrá surgido en más de una ocasión, bien porque nosotros seamos los interesados en hablar con alguien o porque otra persona quiere hablar con nosotros. Cuando quieras, nos ofrecemos, ahora mismo si quieres, tengo tiempo.

Queremos hablar porque hay algún tema importante que tratar o que resolver, o desde esa curiosidad que llevamos por dentro donde queremos preguntar por cosas, desde esa búsqueda interior y que quizás intuimos que en aquella persona podemos encontrar respuestas. Porque hemos de reconocerlo siempre andamos como a la búsqueda, y no es ya el conocimiento externo que podríamos decir de conocer lugares o conocer la historia, es donde vamos buscando el sentido de las cosas y queremos explicaciones, es esa búsqueda interior, repito, donde vamos buscando un sentido o un valor para la vida misma.

De esa búsqueda o de esas búsquedas mucho quizá podríamos o tendríamos que decir. Porque es el camino de nuestro crecimiento como personas, de nuestra maduración en la vida, de interiorización para no quedarnos en superficialidades y hacer la vida vana. Y encontramos apoyos o encontramos revulsivos que nos despiertan, mediaciones en la vida en los propios acontecimientos que nos hacen hacernos muchas preguntas sobre el por qué de lo mismo que sucede, o en personas que vienen a ser como un estímulo, un interrogante, un empuje para ese camino de búsqueda.

Es lo que estamos contemplando en esta página del evangelio que hoy se nos ofrece. Aunque estamos en el ciclo B y correspondería el evangelio a san Marcos, en este domingo se nos propone un texto del evangelio de Juan. El Bautista ha señalado al paso de Jesús que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y aquellas palabras no caen en el vacío, dos de sus discípulos – de uno sabemos que es Andrés por lo que luego se  nos dice, del otro intuimos que es Juan, uno de los Zebedeos – se van tras Jesús. ‘Oye que queremos hablar contigo, queremos conocerte’, aquello que decíamos al principio. Lo muestran en su actitud de ir detrás de Jesús, porque será Jesús el que pregunte ‘¿Qué buscáis?’ y es ahora cuando manifiestan sus deseos ‘¿Dónde vives?’

Qué buscan, pregunta Jesús y la respuesta de ellos es a su vez preguntar dónde vive. Pregunta y repregunta que tenemos que entender bien. Realmente no buscan cosas ni lugares. Realmente allí no vivía Jesús porque andaban quizás por Judea en las orillas del Jordán y si algún lugar de referencia tenía Jesús era Galilea, como ellos mismos. Por eso Jesús les invita a ir y estar con El. Ir y estar con Jesús, cosa importante. Si queremos conocer a alguien, y ellos querían conocer a Jesús, lo importante es estar con esa persona a la que queremos conocer. Ni son definiciones ni simples descripciones las que nos pueden ayudar a conocer a alguien, lo mejor es ir y estar con él, como hicieron aquellos dos primeros discípulos, seguidores de Jesús. Importante este pensamiento que se tiene que convertir en actitud por nuestra parte.

Queremos hablar contigo, era la expresión que hemos venido empleando; cuando queremos hablar con alguien no es solo lo que nosotros tengamos que decir, sino lo que nosotros queremos escuchar o tenemos que escuchar. No es un monólogo por nuestra parte sino un diálogo donde necesariamente tenemos que escuchar.

Es la manera de la búsqueda de Dios que tenemos que realizar en nuestra vida. Puede estar ese buen deseo por nuestra parte y nos ponemos a caminar para buscar, pero tenemos que darnos cuenta de que es el Señor quien nos sale al encuentro, y al final será El quien nos invite a estar con El. ‘Venid y lo veréis’, que les respondió Jesús. Iremos y veremos, iremos y escucharemos, iremos y encontraremos. A la mañana siguiente Andrés ya le dirá a su hermano ‘hemos encontrado al Mesías’, y también lo llevará hasta Jesús para que vea, para que escuche, para que se encuentre.

Es el camino que nosotros hacemos o tenemos que hacer; es el camino que en verdad nos hace discípulos; es el camino del verdadero encuentro que tenemos que realizar. Tenemos que reconocer que mucho nos ha faltado ese encuentro. Somos cristianos, y el cristiano es un discípulo de Cristo, muchas veces solo por tradición; fue lo que nos trasmitieron nuestros padres, ha sido lo que hemos ido recibiendo por muchos caminos en la Iglesia misma, han sido convicciones que nos hemos ido haciendo dentro de nosotros ante cosas que hemos escuchado o aprendido, pero quizás nos han faltado encuentros profundos, vivos con Jesús.

No fue suficiente que Juan les dijera que Jesús era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, sino que fue necesario que fueran con Jesús, estuvieran con Jesús, escucharan a Jesús, se encontraran de una manera viva con Jesús. No son solo razones que nos lleguen a la cabeza sino vivencias de encuentro que tengamos desde lo más profundo de nosotros mismos. Y eso muchas veces nos cuesta realizarlo, o tenemos miedo de realizarlo porque entonces sí que nuestra vida sería distinta, sí que nos tendríamos que sentir mucho más comprometidos.

También Jesús nos dice ‘venid y lo veréis’. Vayamos con Jesús, no tengamos miedo, dejémonos encontrar con El.

lunes, 30 de noviembre de 2020

A la manera de Andrés tendríamos que ser capaces de decirle al que te encuentras en el camino ‘me he encontrado con Jesús que es mi Salvador’

 


A la manera de Andrés tendríamos que ser capaces de decirle al que te encuentras en el camino ‘me he encontrado con Jesús que es mi Salvador’

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

¡Oye! ¿No te has enterado? Viene alguien contándonos. Algún acontecimiento, algo que alguien hizo o que alguien dijo y que en su entorno llamó la atención. Las noticias vuelan, solemos decir. Por eso si nos encontramos con alguien que no se ha enterado, nos extraña. Pero puede suceder, o vive aislado, o vive en su mundo sin importarle demasiado lo que sucede a su alrededor, o aun no ha habido tiempo para que llegue alguien contando. Pero ha venido ese amigo, impresionado quizá por la cosa, y nos cuenta y nosotros nos convertimos también en vehículo que trasmite a los demás porque también nosotros contamos si nos parece la cosa interesante o importante.

Me hago esta primera reflexión en esta fiesta de san Andrés, apóstol, que hoy estamos celebrando. Aunque el evangelio nos habla de la llamada de Jesús en el lago y ya comentaremos algo también, sin embargo en el evangelio de Juan la vocación de Andrés aparece de otra manera. Formaba parte de aquellos Galileos que habían bajado hasta el Jordán para escuchar a Juan – aquí tendríamos que decir también, alguien le llevó la noticia del bautista – y de labios de Juan Bautista escucha como señala a Jesús que pasaba como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Le llamó la atención a él y a Juan el Zebedeo que con él estaba y se fueron tras Jesús. Yo hemos meditado quizá muchas veces en el diálogo de Jesús con aquellos dos jóvenes inquietos. ‘¿Qué buscáis? Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo veréis…’ y se fueron con Jesús. No sabemos más, lo único es que a la mañana siguiente – es la forma de narrarnos las cosas el evangelista, lo de la mañana siguiente – Andrés se encuentra con su hermano Simón y ya le está anunciando que han encontrado al Mesías, y lo llevaron con Jesús. Como decíamos antes, las noticias corren, las noticias vuelan, aquí vemos su transmisión en este caso.


Creo que puede ser el mensaje importante que hoy escuchemos en esta Palabra de Dios que se nos proclama en la fiesta de san Andrés y de la misma figura de Andrés. No podemos callar ni ocultar aquello que hemos encontrado. Lo que son buenas noticias tenemos que transmitirlas y más en este mundo nuestro que necesita tanto de buenas noticias cansados como estamos de negruras y cosas negativas. Esa fe que vivimos y que da sentido a nuestras vidas no nos la podemos guardar para nosotros solos. Como aquellos primeros discípulos que estaban dispuestos a todo. Buscando se fueron tras Jesús porque el Bautista se los señalaba; querían conocer a Jesús, dónde vivía, cuál era su vida, querían estar con El. Pero no se guardaron lo que encontraron.

Si allá en la orilla del lago mientras están echando las redes Jesús pasa y les invita a seguirle para ser pescadores de algo más que de unos peces del lago, es porque a ellos había llegado la noticia de Jesús, se la habían transmitido unos a otros y ahora están prontos, están dispuestos a todo por seguir Jesús. ‘Dejaron todo y lo siguieron’, que dice el evangelista. En otro momento veremos también que unos griegos, unos gentiles se acercan a Felipe y a Andrés porque quieren conocer a Jesús, y ellos prontamente los llevan hasta Jesús. Es un apóstol, no solo porque Jesús lo ha escogido para enviarlo en su nombre, sino porque ya él desde el primer conocimiento que tiene de Jesús está hablando de El, está transmitiendo ese mensaje a los demás.

Creo que esto tiene que hacer que nos hagamos muchas preguntas en nuestro interior. ¿Hasta dónde estaremos dispuestos a hacer como Andrés? O simplemente te pregunto, para que te respondas en la sinceridad de tu corazón, ¿a cuántas personas has hablado de lo que ayer domingo cuando fuiste a Misa escuchaste en el evangelio y de la reflexión que surgió en tu interior? ¿Cuántas veces le hablas de Jesús, de Dios, de la Iglesia, del Evangelio a aquellos que te rodean, con los que te encuentras todos los días? O seamos sinceros ¿quizá no fue buena noticia para ti el evangelio que escuchaste por la poca atención que le prestaste?

Muchas veces nos ponemos negativos y nos quejamos del rumbo de nuestro mundo, de la indiferencia con que viven los demás a todo lo que sea religioso o cristiano, de la pendiente de maldad y corrupción por la que vamos cayendo, pero quizá tendríamos que preguntarnos ¿qué de positivo estamos haciendo en nuestra vida de cada día para que el mundo sea mejor? ¿Qué transmisión estamos haciendo de nuestra fe, del evangelio que decimos que queremos vivir? ¿Cuántas veces a la manera de Andrés le hemos dicho a alguien ‘me he encontrado con Jesús que es mi salvador’?

Tendríamos que recordar lo que nos decía el apóstol; ‘Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? y ¿cómo anunciarán si no los envían?’

sábado, 4 de enero de 2020

Una palabra nuestra, un gesto o un detalle nuestro, un testimonio que nosotros podamos ofrecer se puede convertir en un signo de llamada para alguien que está a nuestro lado


Una palabra nuestra, un gesto o un detalle nuestro, un testimonio que nosotros podamos ofrecer se puede convertir en un signo de llamada para alguien que está a nuestro lado

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1, 35-42
‘Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús’. Así, sin más. Unas palabras bastaron para ponerse en camino. Grande tuvo que ser el impacto. Era una buena noticia que ellos recibieron, pero abrieron su corazón.
Algunas veces nos parece que no puede ser. Pero hay cosas que nos impactan. Una palabra, un acontecimiento, un detalle, algo que quizá para otros pasa desapercibido, una persona que pasa junto a nosotros en la vida, pero nos sentimos tocados. No solo llama la atención sino que nos hace poner toda nuestra atención, toda nuestra vida.
Por eso hoy quizás los medios de comunicación buscan impactarnos con las noticias; los que mueven los ejes de las campañas publicitarias buscan los mejores recursos para hacer que aquello que publicitan nos impacte y nos sintamos atraídos; los ideólogos ya se preocupan de tener gestos, darnos unos flashes impactantes para llevarnos por su camino. Y hasta se crean situaciones ficticias que nos llamen la atención y no digamos la maldad de las malas noticias como recurso para atraernos o para llevarnos según sus intereses por sus caminos o planteamientos. Por eso tenemos también que saber estar atentos para descubrir lo que es bueno y lo que no es tan bueno, alertas en la vida para no dejarnos engañar.
Pero lo que sucedió a Juan y Andrés, que nos cuenta el evangelio hoy, no eran noticias falsas. Era algo realmente importante y por eso ellos se pusieron a buscar. Querían conocer y conocer a fondo, querían que la experiencia no fuera el impacto de un momento sino una decisión firme y bien tomada que marcara para siempre sus vidas. ‘¿Qué buscáis? Maestro, ¿Dónde vives? Venid y lo veréis…’ son las breves palabras que resumen un diálogo que los ponía en camino. Se fueron con Jesús. Será algo que no olvidarán nunca. Hasta recordarán la hora en que fue aquel primer encuentro. De ello pronto comenzarán a hablar, a comunicar a los demás, como Andrés cuando se encuentra con su hermano Simón.
Y a todo esto, ¿nosotros, qué? Tendríamos quizá que renovar ese encuentro que un día tuvimos, es palabra que en una ocasión escuchamos, ese gesto o ese detalle que en un momento nos impactó, pero quizá se nos ha quedado en la penumbra del tiempo y ya lo vemos como algo pasado, tan pasado que quizás hasta de alguna manera hemos olvidado, o se ha enfriado en nosotros aquel impacto que entonces recibimos. Así somos los humanos, tan inconstantes, tan olvidadizos, con tantas rutinas en nosotros que pueden más que aquellas cosas o aquellos momentos que fueron verdaderamente importantes.
Tenemos que reavivar ese deseo de búsqueda, de ponernos en camino detrás de Jesús. Que no se nos enfríe el entusiasmo, que no se nos debilite la fe, que mantengamos el calor del corazón para que se mantenga viva la llama de nuestro amor. Por eso es bueno revivir esos buenos momentos vividos para que se aviven las llamas de esos rescoldos que aun nos quedan en el corazón.
Pero también tendríamos que darnos cuenta de una cosa. Una palabra nuestra, un gesto o un detalle nuestro, un testimonio que nosotros podamos ofrecer se puede convertir en un signo de llamada para alguien que está a nuestro lado. Cuidemos que esa ráfaga de luz que nosotros podamos ofrecer sea verdaderamente brillante y no refleje otra luz sino la de Cristo. Que seamos un buen signo para los que nos rodean que lleve a los otros a seguir a Jesús.

sábado, 30 de noviembre de 2019

A partir de un encuentro en Andrés nació la fe para seguir a Jesús y convertirse en su mensajero ¿habremos tenido nosotros un encuentro así con Jesús en nuestra vida?


A partir de un encuentro en Andrés nació la fe para seguir a Jesús y convertirse en su mensajero ¿habremos tenido nosotros un encuentro así con Jesús en nuestra vida?

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22
Hay encuentros que son poco más que tropezarnos con alguien y hay encuentros que dejan huella. Vivimos en mundo de comunicaciones y estamos en contacto quizá con las personas que están al otro lado del mundo porque hoy los medios nos lo permiten, pero no somos capaces de detenernos a hablar en un tú a tú con el que está a nuestro lado, o con quienes tengamos la oportunidad de vernos cara a cara.
Decimos que conocemos mucha gente y tenemos muchos amigos, pero en verdad ¿ese conocimiento nos lleva a algo hondo, a una comunicación más profunda de nuestro yo, a un encuentro vivo con la persona? Enseguida quizá corremos porque queremos irnos a otro lado o no queremos permitir que se nos metan en el yo más profundo que nos guardamos. Y eso nos hace superficiales, nos impide incluso encontrarnos con nosotros mismos, porque ocultando tanto quizá hasta queremos ocultarnos a nosotros mismos.
Cuando hay un encuentro verdadero quedará siempre una huella en nosotros, será algo que ni podremos olvidar ni permitirá quizá que nuestra vida sea igual. Pero de esos no-encuentros tenemos muchos en la vida y seguimos en nuestra loca carrera.
Hoy estamos celebrando a alguien que encontró la importancia de su vida en un encuentro. Había inquietud en su corazón, es cierto, y allá había acudido al Bautista junto al Jordán porque todos hablaban de aquel profeta que predicaba en el desierto, en la orilla del Jordán. Quizá ya las palabras de Juan comenzarán a hacer mella en él y a preparar su corazón, porque eso cuando Juan les señala al que iba pasando ante ellos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, o lo que es lo mismo, señalándolo como el Mesías esperado, Andrés y otro amigo procedente también del mar de Galilea se fueron detrás de aquel a quien Juan había señalado.
‘¿Qué buscáis?’ les había preguntado. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ había sido la respuesta como si hubieran estado más interesados en el lugar de residencia que en la persona. ‘Venid y lo veréis’ Había sido la respuesta y con El se fueron. El compañero anotaría más tarde incluso la hora que era en aquel momento. ‘Eran las cuatro de la tarde’, comentaría. Y se les pasaron las horas, la tarde y la noche, el tiempo con El.
¿Qué sucedería en esos momentos? Solamente podemos decir que se habían encontrado con El, porque a la mañana siguiente – o no importa el tiempo que habría pasado aunque pareciera que fue a la mañana siguiente – cuando Andrés se encontró con su hermano Simón y le anuncia que habían ‘encontrado’ al Mesías. Un encuentro, que no había sido cualquier cosa. Un encuentro en que no importa el tiempo que había pasado en él. Un encuentro que le hace descubrir muchas cosas. Un encuentro por el que se siente cogido. Un encuentro que no podrá callar y por eso con el primero que se da de bruces ya le está contando lo que le ha sucedido. Fue el encuentro con Jesús que marcó sus vidas.
Los otros evangelistas nos contarán que allá en la orilla del lago estaban repasando las redes después de la pesca, o que habían salido a pescar y habían cogido una redada grande donde en la noche anterior no habían cogido nada, pero siempre está ese encuentro. Jesús que pasa junto a ellos y les invita a seguirle; Jesús que les dice que hay que echar de nuevo las redes al agua para pescar y que les dirá luego que van a ser pescadores de hombres.
A partir de entonces ya va a estar siempre con Jesús. Nada lo va a detener; será del grupo de los doce, será de los más cercanos a Jesús, con El subirá también a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, en el Cenáculo estará en la noche memorable de la cena pascual, y en el cenáculo se van a encontrar definitivamente con Cristo resucitado. De labios de Jesús antes de la Ascensión escuchará su mandato de ir por el mundo anunciando el Evangelio, la buena nueva que él un día había escuchado y ahora como hizo primero con su hermano, ahora tendrá que hacerlo con todos los hombres anunciando que Jesús es el Señor.
Y todo a partir de un encuentro. ¡Qué importante! Nos decimos nosotros también discípulos de Jesús y en El decimos que tenemos puesta nuestra fe. De una forma o de otra habremos tenido también, con mayor o menos intensidad a lo largo de nuestra vida, un encuentro con Jesús, del que ha brotado nuestra fe en El. Es necesario que revivamos ese encuentro de fe que un día vivimos, es necesario que lo reavivemos para mantener viva esa experiencia y ese recuerdo que hay el peligro que se nos haya quedado un tanto diluido.
Esa frialdad que se nos mete en el espíritu tantas veces puede significar que esa señal está llegando débil a nuestro corazón – como nos sucede con la señal de las redes sociales que nos llega débil y nos debilita la comunicación – y se nos puede estar enfriando nuestra fe y nuestro entusiasmo por Jesús. Tenemos que buscar manera de reavivar nuestra fe, nuestra vivencia de Jesús, ese encuentro profundo con El que cada día hemos de mantener.
¿Necesitaremos una oración más intensa de encuentro vivo con el Señor? ¿Necesitaremos escuchar con una mayor intensidad en nuestro corazón la Palabra de Dios? ¿Necesitaremos encender el fuego de una espiritualidad profunda porque en verdad nos dejemos llenar por el Espíritu?
Esta fiesta del apóstol san Andrés que hoy estamos celebrando puede ser una llamada y una gracia para nosotros. No la echemos en saco roto.

viernes, 4 de enero de 2019

No rompamos la cadena del anuncio de la buena nueva del evangelio que un día recibimos nosotros para que también los hombres de hoy conozcan el evangelio de Jesús



No rompamos la cadena del anuncio de la buena nueva del evangelio que un día recibimos nosotros para que también los hombres de hoy conozcan el evangelio de Jesús

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1,35-42

Hay momentos en que nos sentimos impactados ya sea en el encuentro con alguien que de una forma o de otra nos llama la atención, ya sea por algo que acontece a nuestro alrededor, o ya sea también por una palabra que escuchamos, un testimonio que recibimos de alguien, algo que se  nos trasmite de la forma que sea, pero que nos llega dentro, nos causa impresión, no podemos olvidarlo.
Puede ser también que esa impresión o ese impacto sea algo fugaz, porque dejamos pasar el tiempo y ya no volvemos a pensar en ello, u otros acontecimientos que se van sucediendo se van solapando y vamos dejando en segundo lugar aquello que antes nos había impactado tanto. Pero también nos puede suceder que nos lo tomemos en serio, no lo echemos en el saco del olvido, sino que eso nos haga buscar más, profundizar en aquello que nos había llamado la atención y ya procuraremos de la forma que sea seguir indagando para conocer más que nos puede llegar a tomar decisiones importantes en la vida.
Puede sucedernos en el ámbito de lo espiritual y de lo religioso, o nos puede suceder solamente desde un lado humano en aquello a lo que dedicamos nuestra vida, o que nos pueda impulsar a que le cojamos gusto a una profesión, por ejemplo, o a algo a lo que vamos luego a dedicar nuestra vida. Así nacen las vocaciones, que nos hacen descubrir capacidades que llevamos dentro y que podemos desarrollar en nosotros para darle una mayor plenitud y sentido a nuestra existencia. Aquello que vimos o que descubrimos nos hace abrir horizontes para la vida y desde ahí un paso para dedicar nuestra existencia a algo que nos damos cuenta que nos llena profundamente por dentro.
Toda esta experiencia humana que subyace debajo de esta reflexión que me vengo haciendo lo podemos contemplar hoy en lo que nos relata el evangelio. Al paso de Jesús, como ya ayer escuchábamos en el evangelio Juan da testimonio de Jesús. También él se había visto impactado en su encuentro con Jesús y lo que había sucedido allí junto al agua del Jordán en el Bautismo de Jesús. Ahora ante los discípulos que le siguen proclama rotundamente: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
No caen en el vacío estas palabras y testimonio de Juan. Dos de sus discípulos impactados por estas palabras no las echan en el olvido sino que se van detrás de Jesús. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ es lo que se atreven a balbucear cuando Jesús se vuelve para preguntarles que es lo que buscan. ‘Venid y lo veréis’, les dice y ellos se fueron con El. Algo les estaba marcando por dentro que nunca olvidarían incluso ni la hora en que todo esto había sucedido. Cuando el evangelista – que era uno de los dos que se fueron con Jesús – escribe el evangelio nos dirá que serían como las cuatro de la tarde.
Las cosas se van sucediendo aunque con lenguaje escueto nos lo narra el evangelista y comenzaría como una cadena que parece que no tiene fin. Lo que ellos habían vivido pronto lo comunican a los demás; Andrés se encontrará con su hermano Simón y le lleva la noticia, pero diciendo ya que han encontrado al Mesías, y lo traerá hasta Jesús. Es el testimonio y comunicación que se ha seguido repitiendo a lo largo de los siglos, porque además ese sería el mandato de Jesús. Así ha llegado la noticia de Jesús hasta hoy. Y como nos dicen cuando nos envían cadenas por las redes sociales, que no se rompa esta cadena.
Podemos recordar aquí como fue nuestro primer encuentro con Jesús de una forma viva, el testimonio o enseñanza que recibimos y que nos hizo a nosotros creer en Jesús. Pero tendríamos que recordar ese testimonio que de una forma u otra nosotros también hemos dado a muchos a nuestro alrededor con nuestras palabras, con el testimonio de nuestras acciones, con nuestros gestos y posturas en distintos momentos de la vida, en una palabra, con toda nuestra vida. No podemos dejar que ese anuncio caiga en saco roto, sino que nuestro testimonio tiene que ser claro y valiente.
Que no se rompa la cadena. El evangelio tenemos que seguirlo anuncio, esa buena nueva de Jesús, esa buena nueva que es Jesús. Quienes están a nuestro lado necesitan ese anuncio, nuestro mundo necesita ese anuncio, nuestra sociedad está necesitada de evangelio, ¿lo estaremos haciendo bien? ¿Qué impacto sigue produciendo nuestra vida cristiana en los que están a nuestro lado?


viernes, 30 de noviembre de 2018

Celebramos a San Andrés que pronto dijo Sí al proyecto de Jesús y pronto comenzó a hacer su anuncio para nosotros tener también esa misma prontitud


Celebramos a San Andrés que pronto dijo Sí al proyecto de Jesús y pronto comenzó a hacer su anuncio para nosotros tener también esa misma prontitud

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Que alguien llegue a tu lado y de buenas a primeras te diga que te vayas con él, aparte de no ser algo muy habitual, creo que nos quedaríamos indecisos ante lo que hacer. ¿Me voy con él? ¿Para qué me quiere? ¿Qué quiere decirme o qué quiere enseñarme? Con lo desconfiados que somos a veces en la vida, no creo que la respuesta sea algo que demos inmediatamente. Nos lo tenemos que pensar.
Hoy en el evangelio vemos, sin embargo, la prontitud con que dieron respuesta aquellos pescadores del lago de  Galilea a la invitación que les hacia Jesús. ¿Fue una respuesta inmediata? La aparición de Jesús por aquellos lugares tampoco era cosa de ese momento con toda seguridad. Habría ido dándose a conocer, en círculos pequeños quizás habría ido hablando de sus proyectos; es lo que normalmente se suele hacer.
Si compaginamos unas páginas con otras del evangelio, Juan nos habla de su primera llamada y encuentro con Jesús estando con Andrés allá en las orillas del Jordán cuando habían ido a escuchar a Juan y el Bautista les había presentado a Jesús como el Cordero de Dios que viene a quitar el pecado del mundo. Nos detalla el evangelista que se habían tras Jesús y cuando Jesús se había vuelto hacia ellos preguntándoles qué es lo que buscaban, al preguntarle dónde vivía, los había invitado a ir con El. ‘Venid y lo veréis’.
Ya Andrés, entonces, se había quedado impresionado con Jesús – no sabemos donde estuvieron ni de qué hablaron – pues tan pronto se encuentra con su hermano Simón le dice que han encontrado al Mesías y se lo lleva para que conozca a Jesús.
Allí ellos buscaban y Jesús les invita a estar con El para que le conozcan. Ahora es Jesús el que pasar por la orilla, cuando ya había hecho los primeros anuncios del Reino de Dios, es el que invita primero a Simón Pedro y a Andrés luego también a Santiago y Juan a irse con El para hacerlos pescadores de hombres. Es el episodio que en la fiesta de san Andrés nos presenta el Evangelio en su liturgia.
El primer anuncio que Jesús va haciendo del Reino de Dios que llega, de que hemos de creer en esa Buena Noticia que significa ese anuncio que va haciendo, y la conversión del corazón que es necesario hacer para creer en ese anuncio va sembrando inquietud entre quienes le escuchan. Algo nuevo va a comenzar, hay mucho que cambiar empezando por el corazón para que se haga realidad eso que anuncia Jesús.
No viene anunciando Jesús cambios externos, como tantas veces escuchamos que vamos a mejorar el mundo, pero destruimos todo lo que hay y enseguida comenzamos a dar normas y leyes para imponer esa revolución que pretendemos. No se comienza por cambiar las cosas externamente, sino que tenemos que comenzar por cambiar nosotros desde dentro de nosotros mismos. Esa es la verdadera revolución cuando vemos lo nuevo que hemos de vivir y entonces lo que tenemos que transformar dentro de nosotros. No cambiamos a los otros imponiendo nuestras cosas, sino que cambiamos nosotros desde nuestro interior. Es la Buena Noticia que nos trae Jesús y en la que hemos de creer.
Andrés, su hermano Simón Pedro, los hermanos Zebedeos estuvieron pronto para responder. Jesús les estaba invitando a algo nuevo, por eso les habla de otra pesca, otra manera de ver y entender la vida. Un proyecto que Jesús presenta y al que ellos se unen. Son capaces de dejarlo todo, de hacer esa transformación de sus vidas para entrar en el proyecto de Jesús. Formarían parte del grupo de los Doce, los Apóstoles enviados por Jesús al mundo.
Y hoy estamos celebrando a uno de ellos, que respondió, que dijo Sí, que pronto estuvo para hacer el anuncio como lo hizo con su hermano, para llevar a los demás a Jesús como lo hico con aquellos gentiles que un día le dijeron que tenían ganas de conocer a Jesús. Cuando hoy celebramos a San Andrés nosotros queremos hacer lo mismo que él, responder pronto, y pronto comenzar a hacer el anuncio, y pronto estar dispuestos a llevar a los que nos rodean para que también conozcan a Jesús. Queremos entrar en el proyecto de Jesús, queremos y tenemos que ser apóstoles en medio del mundo.

viernes, 29 de junio de 2018

Confió Jesús en Pedro a pesar de debilidad y negación, confía en nosotros y en su Iglesia a pesar de nuestros tropiezos y caídas tendiéndonos siempre su mano


Confió Jesús en Pedro a pesar de debilidad y negación, confía en nosotros y en su Iglesia a pesar de nuestros tropiezos y caídas tendiéndonos siempre su mano

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Jn. 21, 15-19

‘Tú, Simón, el hijo de Juan, en adelante te llamarás Cefas, Pedro’. Fue como el saludo y el recibimiento. Es que su hermano Andrés la tarde anterior se había ido con Jesús y ahora la mañana siguiente fue la búsqueda de Simón y le había dicho que habían encontrado al Mesías. Eso de las inquietudes parecía que era de familia, pues en sus búsquedas Andrés se había venido a la orilla del Jordán para escuchar al Bautista y a la indicación de este se había ido con Juan el Zebedeo detrás de Jesús.
Por eso aquella recepción y aquel saludo, pero también el gesto significativo del cambio de nombre. Ya se intuía lo que Jesús esperaba de aquel nuevo discípulo. ‘Te llamarás de ahora en adelante Pedro’. Un signo de confianza, pero de confianza en el futuro. Un signo de confianza como para de alguna manera estarle anunciando que tiene una misión reservada para él.
Más tarde, cuando después de llevar tiempo siguiendo a Jesús, porque un día les había invitado a dejar lo que estaban haciendo para seguirle y habían dejado barcas y redes en un hermoso gesto de disponibilidad, ante la confesión de Simón Pedro de quien era Jesús para El – ‘Tú eres el Ungido de Dios, el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios vivo’ – ya Jesús comenzará a dar significado a aquel cambio de nombre. ‘Serás piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’. El significado del nombre de Pedro es piedra, y ahora se entenderá por qué Jesús le llama Pedro, piedra, porque será la piedra sobre la que fundará la Iglesia, sobre la que se va a fundamentar aquella nueva comunidad del Reino de Dios que va a nacer y que ahora Jesús está preparando.
Con este entusiasta discípulo en el que crece cada más y más su amor por Jesús, éste tendrá unos apartes especiales. Será testigo de su transfiguración en el Tabor, entrará con Jesús en el aposento donde yace muerta la niña de Jairo aunque Jesús diga que solo está dormida para ser testigo de su vuelta a la vida, habrá momentos de conversación mas intima donde Pedro le manifestará a Jesús que no puede permitir que le pase nada de todo aquello que anuncia que sucederá en Jerusalén teniendo Jesús un exabrupto con Pedro apartándolo de su lado como si fuera un diablo tentador, finalmente podrá estar cerca de Jesús en la oración y la agonía de Getsemaní aunque se caigan de sueño y se les cierren los ojos.
Podríamos decir que Jesús lo va preparando. Tendrás que mantenerte firme, le dirá en una ocasión, porque cuando te recuperes de tus debilidades en las que incluso caerás tendrás que ser el sostén de la fe de los hermanos. Y vaya sí que es débil a pesar de sus porfías de amor, porque tres veces le negará antes de que aquella noche cante el gallo. Tarde se dará cuenta de que se ha metido en la boca del lobo, pero llorará con amargas lágrimas su traición que un día se verá compensada con una triple protesta de amor. ‘Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero’. Y Jesús le confiará ser pastor de su rebaño ‘apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, le dirá.
Así aparecerá pronto Pedro como nexo de unión de los discípulos, de los apóstoles. Incluso en los momentos oscuros de la pasión allá quedan escondidos en el cenáculo y pedro en medio de ellos. Será el primero que ante el anuncio de Magdalena correrá con Juan para llegar hasta el sepulcro y constatar que está vació. Juan, dice el evangelio, creyó al ver el sepulcro vacío, de Pedro no se dice nada, pero sabemos que de manera especial Jesús resucitado se le aparecerá a él.
Después de la Ascensión, en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre y de Jesús, ya aparece el liderazgo de Pedro, como lo había anunciado Jesús, porque con el están todos reunidos y a su iniciativa se elegirá al que sustituya al traidor que se había suicidado. Luego tras la inundación de sus corazones con el Espíritu divino será el primero que se enfrente a la multitud para anunciarles que aquel a quien ellos habían crucificado Dios lo había resucitado de entre los muertos constituyéndolo Señor y Mesías.
Cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de San Pedro – no podemos olvidar a san Pablo a quien hoy también celebramos – con estos breves retazos de lo que aparece de él en el evangelio nos podremos hacer unas consideraciones que nos ayuden también en nuestro camino de fe y en nuestro camino de seguimiento de Jesús.  Aparece siempre la disponibilidad generosa de Simón que se deja guiar que aunque en sus impulsos le haga tropezar y caer siempre estará ese amor total del corazón de Pedro para seguir a Jesús, para proclamar que su Palabra es y será siempre palabra de vida eterna y que está dispuesto a todo por seguir a Jesús.
No temamos tener una disponibilidad así de un corazón generoso y siempre dispuesto a dar, a seguir a Jesús, a hablar valiente y claramente de él. Podremos incluso equivocarnos, tropezar y caer – no tengamos miedo – que si hay suficiente amor generoso en nuestro corazón pronto nos levantaremos y seguiremos con los mismos impulsos.
Es algo que no hace falta a los cristianos de nuestro tiempo. Nos entran miedos y temores, queremos guardar la ropa, queremos guardarnos por si acaso vamos a tener dificultades o tropezar. Pero los valientes serán los que den testimonio y el señor mirará esa generosidad de nuestro corazón y estamos seguro que cuando nos parezca que nos hundimos como Pedro allá en las aguas del lago, la mano de Jesús está ahí y nos levanta.
No seamos cobardes, hombres de poca fe, sino que tengamos ese arrojo y esa valentía como le vemos a Pedro que siempre querrá estar cerca de Jesús y que con esa misma valentía lo anunciará incluso a aquellos que crucificaron a Jesús y a nosotros nos pueden llevar al martirio. El ángel del Señor estará con nosotros para arrancarnos de esas cárceles de nuestras cobardías.