Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta futuro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta futuro. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de febrero de 2021

Necesitamos en la vida más que unas vacaciones un tiempo de encontrarnos con nosotros mismos pero sobre todo de encontrarnos a solas con Jesús

 


Necesitamos en la vida más que unas vacaciones un tiempo de encontrarnos con nosotros mismos pero sobre todo de encontrarnos a solas con Jesús

Hebreos 13,15-17.20-21; Sal 22;  Marcos 6,30-34

Hoy una cosa que se ansía en medio de cualquier actividad o trabajo es el poder tener unas vacaciones. Ya vemos a la gente con cuanto tiempo de antelación planifican sus vacaciones, esos días en que suspendemos el trabajo, si nos es posible nos alejamos incluso de aquellos lugares habituales de nuestra vida y buscando ese tiempo de descanso, de relax, de romper el ritmo y la monotonía del trabajo de todos los días y poder dedicarnos a otra cosa sin mayores obligaciones o responsabilidades.

Será desde nuestros trabajos en las empresas, será desde la rutina que vivimos en nuestros hogares en aquellas personas que no tienen otra responsabilidad que la de su hogar y su familia, será el estudiante en su ritmo de estudios, pero es algo que todos ansiamos. Años, como el que hemos pasado azotado por la pandemia, no los deseamos porque incluso de esa rutina de unas vacaciones también nos hemos tenido que desprender, y así algo nos ha faltado. Claro que no todos pueden tener vacaciones.

Parece que eso de las vacaciones es tan viejo como la misma humanidad, aunque exageremos un poco, pero por decirlo un tanto superficial vemos que Jesús también quiere llevarse de vacaciones a los apóstoles y discípulos más cercanos. Los había enviado a hacer un primer anuncio del Reino y ahora están de vuelta contando todo cuanto les había sucedido. Jesús quiere llevárselos a solas con El a un lugar apartado, ¿cómo un descanso? Al menos para que tengan la oportunidad de compartir toda aquella experiencia que habían vivido. Jesús quería que estuvieran a solas con El.

Pero las cosas se tuercen porque al llegar la gente se les ha adelantado y mientras ellos iban en barca, por tierra ha llegado mucha gente antes, con los que se encuentran cuando desembarcan al llegar al lugar. No les dejaban tiempo ni para comer, dice el evangelista; ahora les vemos que no les dejan tiempo ni para descansar. Porque allí afloró el corazón lleno de amor de Jesús y compasivo y misericordioso se puso a enseñarles y a curarles de sus enfermedades. No tendrían tiempo para todo lo que deseaban estar a solas con Jesús pero la lección quedaría aprendida porque el amor y el espíritu de servicio está por encima de todo que sería para siempre la pauta de los apóstoles de Jesús.

Pero vamos a detenernos un poco en ese deseo de estar a solas con Jesús a raíz de lo que hemos venido hablando de los deseos de vacaciones o de descanso, de cambios de ritmo en la vida y de un tiempo relajado para nosotros mismos. Ya sé que en los tiempos que vivimos necesitamos de ese tiempo de descanso o de vacaciones, pero necesitamos también un tiempo para nosotros mismos, para saber hacer un silencio y una parada en nuestras carreras para encontrarnos más con nosotros mismos; un tiempo que no es simplemente no hacer nada, que al final puede ser hasta un tiempo aburrido del que nos cansemos, sino ser capaces de mirar nuestra vida, lo que hacemos y sobre todo lo que somos; será el momento en que miremos hacia atrás y veamos nuestro camino y analicemos muchas cosas, pero también un tiempo para mirar hacia delante, descubriendo caminos por recorrer.

No se trata de coger una revista de viajes, como todos entendemos, para ver a donde vamos a ir a parar – que tampoco estaría mal si vamos al encuentro de otras culturas, de otras personas -, sino que se trata del viaje de nuestra propia vida, en lo que somos y en lo que tendríamos que ser, en ese camino de ascensión en nosotros o si queremos llamarlo de otra manera de crecimiento espiritual.

Y aquí, aunque fuera brevemente, vuelvo a incidir en lo de ir y estar a solas con Jesús. Es algo que un cristiano necesita cada día, porque ahí está el verdadero motor de su existencia, de su vivir, de su espiritualidad. Necesitamos esos momentos de silencio para escuchar a Dios, necesitamos esos momentos de pausa para encontrarnos con Dios, porque así aprenderemos también a tener esa pausa que necesitamos en la vida para sabernos encontrar con los demás.

Pero en algún momento tiene que ser algo más que ese rato de cada día, necesitamos de un tiempo más amplio, donde seamos capaces de dejar a un lado también nuestros quehaceres y descubrir ese quehacer de Dios en nuestra vida. Podremos descubrir maravillas. Intentémoslo. No nos vamos a arrepentir.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Soñemos que ese diamante en bruto que es la vida que Dios nos ha confiado si no lo enterramos puede transformar nuestra vida y transformar mejorando nuestro mundo

 


Soñemos que ese diamante en bruto que es la vida que Dios nos ha confiado si no lo enterramos puede transformar nuestra vida y transformar mejorando nuestro mundo

Apocalipsis 4, 1-11; Sal 150;  Lucas 19, 11-28

Todos en la vida soñamos. Y no son los sueños mientras estamos dormidos en que la imaginación como la loca de la casa nos hace evocar recuerdos, nos hace imaginar muchas cosas como si la vida fuera una novela, o nos saca cosas que tenemos dentro de nosotros que algunas veces ni queremos confesar; pero esos son sueños de un momento, que quizás alguna vez se repiten, que se olvidan tan fácilmente que al despertar ya ni los recordamos.

Me refiero a otros sueños que tenemos bien despiertos; el niño sueña con ser mayor, crecer para ser como esos seres queridos e ideales que va fraguando en su cabeza; el joven quizá sueña en su futuro, querrá prepararse, querrá alcanzar sus sueños y quizás lucha y trabaja por ellos; el padre contempla a su niño o a su hijo ya mayorcito y sueña en su futuro aspirando a lo mejor, a conseguir que sean algo en la vida y cada paso que den sus hijos lo llenan de orgullo porque en ellos va viendo quizá reflejado lo que para si mismo no consiguió. Pero todos soñamos, y pensamos en nuestro futuro o pensamos en lo que hay a nuestro alrededor que queremos mejor y nos vamos trazando un mundo ideal por el que queremos comprometernos y así van surgiendo las diversas vocaciones en la vida como servicio a esa comunidad que hemos idealizado en nuestro interior y por la que queremos trabajar.


Pero esos sueños un día se pueden desvanecer, porque el niño se da cuenta que cuesta crecer y habrá nuevas exigencias para él y mejor seguir siendo niño; el joven se cansa de luchar porque no encuentra caminos o se le hacen costosos y tendría que renunciar quizá a muchas apetencias que ve reflejadas en tantos que viven irresponsablemente a su lado; y nos sentimos defraudados porque no encontramos la colaboración que desearíamos para conseguir nuestros sueños, y nos falla el compromiso, y nos puede la dejadez o se nos meten miedos en el alma.

Pudimos hacer muchas cosas, alcanzar esas metas soñadas pero los miedos se nos metieron en el alma y no nos sentíamos capaces, y nos encerramos en nuestras rutinas y siempre se han hecho las cosas así y por qué vamos a cambiar, por qué vamos a esforzarnos si tantos viven tan felizmente sin complicarse la vida. Abandonamos los sueños, enterramos nuestros talentos, nos pudo la desgana y la falta de ilusión, fueron muchos los espejismos que nos engañaron y nos hicieron desistir. Claro que no todos tiraron la toalla, hubo muchos que siguieron en su lucha y fueron alcanzando algunas de las metas con las que habían soñado, se labraron un futuro y si nos fijáramos más en ellos podrían ser un buen estímulo para nuestro camino.

Me he ido haciendo esta reflexión a partir de la parábola que nos ofrece hoy el evangelio. El hombre que se marchó a buscar el título de rey pero dejó su dinero confiado a sus servidores para que lo trabajaran y sacaran fruto para su vuelta. Quiero imaginar, ya que hemos venido hablando de sueños, lo que aquellos hombres soñarían con la onza de oro que les habían puesto en sus manos. ¿Castillos en el aire? No, porque algunos supieron hacer producir beneficios a aquella onza de oro y cuando llegó el amo pudieron presentar sus beneficios. Pero hubo uno que cogió miedo, sabía de las exigencias del amo, no quería perder la onza, así que la escondió bien escondida para no perderla ni que se la robaran, pero no pudo presentar beneficios.

Hablábamos antes de sueños, que pueden ser todas esas posibilidades que tenemos en la vida, que como un diamante en bruto están encerradas en nuestra vida. Si miramos el diamante en bruto nos puede parecer un trozo de carbón quizá envuelto en muchas escorias, mucha tierra y mucha suciedad. Pero pacientemente hay que limpiarlo, pulirlo, hacerle salir su brillo y resplandor después del correspondiente tallado. Así nuestra vida, ahí está con sus sueños, con sus posibilidades, que tenemos que trabajar, que tenemos que pulir, que tenemos que tallar. Pero a veces nos da miedo, no nos creemos capaces, nos parece que nos podemos equivocar, que podemos fallar en lo que pretendemos lograr y nos parece que aquello no es para nosotros, que es mucho para nosotros; y desistimos, y enterramos el diamante, lo dejamos perdido entre los carbones y las escorias.

Y todo esto lo miramos con ojos de fe, con una mirada creyente, porque esas posibilidades que hay en nuestra vida Dios las puso en nosotros. Y confía en nosotros como aquel hombre confió en aquellos a los que dio la onza de oro. Tenemos una responsabilidad, sí, ante nuestra conciencia, pero tenemos una responsabilidad ante la sociedad en la que vivimos a quienes hemos de beneficiar con todo eso que nosotros somos en todas nuestras posibilidades, pero tenemos una responsabilidad ante Dios que nos ha dado la vida, que nos acompaña con su gracia, que confía en nosotros y que con nosotros camina a nuestro lado. Miremos a Jesús caminando a nuestro lado.

viernes, 16 de octubre de 2020

Miedos, temores, inseguridades pero no es solo que perdamos la vida sino que caigamos por la pendiente resbaladiza de la inmoralidad y la irresponsabilidad


 
Miedos, temores, inseguridades pero no es solo que perdamos la vida sino que caigamos por la pendiente resbaladiza de la inmoralidad y la irresponsabilidad

Efesios 1, 11-14; Sal 32; Lucas 12, 1-7

Quizás estamos volviendo de nuevo a épocas de inseguridades y de miedos; ya sabemos como hay lugares donde es un tema muy grave y la gente tiene miedo; la situación social que se vive les lleva a esa inseguridad y muchos incluso temen por su vida. En otros tiempos quizá teníamos miedo a los asaltos en los caminos o en la noche donde tantos perdían no solo sus bienes sino también la vida. No será de la misma manera o circunstancias pero volvemos a llenarnos de miedo cuando salimos de nuestros lugares habituales.

Cuando escuchamos noticias de robos y violencias de todo tipo comenzamos a temer por la seguridad de la vida y nos llenamos de desconfianza ante todo lo que nos pueda parecer sospechoso. Decimos que vivimos en un mundo en paz, pero no siempre es así y de nuevo aparece la agresividad en el trato, en las relaciones humanas o en cualquier tipo de desencuentro que tengamos con los demás donde las reacciones fácilmente las llenamos de violencias. ¿Habremos progresado de verdad en humanidad de la misma manera y con la misma intensidad como vemos el progreso en otros campos?

Comento estas cosas a raíz de lo que escuchamos hoy en el evangelio. Repetidamente Jesús nos dice que no tengamos miedo. Y habla de los miedos a los que nos puedan quitar la vida. Pero Jesús quiere decirnos algo más y quizá tendríamos que pensar en otros miedos que podemos o no podemos tener por esas desconfianzas que se nos meten en el alma que nos hacen ir por la vida temerosos. Si hablamos antes de la situación social que nos llena de inseguridades, la inseguridad no está solo en perder o no perder la vida o lo que tenemos porque la inseguridad la podemos tener ante un futuro incierto en medio de las sombras que muchas veces nos envuelven donde parece que no tenemos salida.

En la vida llevamos muchos temores en el corazón ante lo que nos puede suceder a nosotros o a aquellos a los que amamos, pero también pensamos en otros peligros de tantas cosas que nos acechan y nos cercan, nos llenan de confusiones y nos pueden hacer perder la estabilidad de unos principios morales y al final caemos en la trampa y la pendiente de tanta corrupción como contemplamos en la sociedad. No queremos, pero algunas veces las ofertas que recibimos del mundo son tentadoras y nos hacen caer en sus redes; vemos a tantos que quisieron ir construyendo su vida desde la rectitud de unos principios y valores, pero que de la noche a la mañana cambian y ya no les importa entrar en esa espiral ambiciosa de la que tan difícil es salir. ‘Los negocios son los negocios’, dicen algunos para olvidar unos principios y valores de ética y justicia social. ¿No será un temor que también nos aceche de alguna manera?

Cuando andamos envueltos en un ambiente de irresponsabilidad, donde la gente va a salir del paso como pueda y no le importa la seriedad de sus trabajos sino unas ganancias que pueda obtener si es posible con el menor esfuerzo, podemos estar tentados también a esa dejadez, a ese abandono de responsabilidades, a esa poca seriedad en los compromisos y caer por esa resbaladiza pendiente de hacer como todos hacen.

Ese mundo tan sensual que nos rodea donde parece que la diversión y el placer es lo primordial es algo que a todos nos puede contagiar. No es que no tengamos que ser felices y disfrutar de las cosas buenas que la vida nos ofrece, pero para algunos parece que es la única motivación, el único pensamiento y no se sabe afrontar lo que pueda ser sacrificio diciéndonos incluso no en un momento determinado en búsqueda de valores más espirituales que nos llenen de verdad interiormente y no nos dejen ese sabor a vacío que muchas veces nos dejan esos placeres cuando los convertimos en único objetivo de nuestras vidas.

Nos decía Jesús que no temiéramos a los que nos pudieran matar el cuerpo, sino a quienes pudieran destruirnos en lo más profundo de nosotros mismos cuando nos destruyen nos valores, nos cautivan en esas redes de injusticia e irresponsabilidad o nos quieren envolver en esa sensualidad que termina por no ser verdaderamente humana. Hemos mencionado algunas cosas pero ahí podemos pensar en tantas cosas que nos tientan en la vida, que destruyen nuestros valores, que nos hacen olvidar nuestros principios, que terminan por embrutecernos porque nos van restando incluso en nuestra dignidad humana. ‘Cuidado con la levadura de los fariseos…’ les decía Jesús a los discípulos. Cuidado con esa levadura del mal que nos hace caer por pendientes resbaladizas, tendríamos que decir.

Algo más que aquellos miedos de los que hablábamos al principio por los peligros a perder la vida o los bienes con aquellas inseguridades que mencionábamos. Esas cosas si hemos de temerlas, pero el temor no se puede convertir en angustia y en obsesión, porque sabemos quien está a nuestro lado, quien es nuestra fuerza y nuestra vida, quien eleva nuestro espíritu y nos llena de algo verdaderamente grande, noble y espiritual. 

martes, 7 de abril de 2020

Cuidemos de no sentirnos envueltos en la noche de las dudas y de las angustias sin esperanza ante lo que vivimos como cuando salió Judas del cenáculo y era de noche



Cuidemos de no sentirnos envueltos en la noche de las dudas y de las angustias sin esperanza ante lo que vivimos como cuando salió Judas del cenáculo y era de noche

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38
En ocasiones pasamos por situaciones que bien porque nos sorprenden por inesperadas, porque en la problemática que vivimos los momentos se nos vuelven dolorosos, incomprensibles, no les encontramos un sentido, porque captamos en nuestro entorno también las dudas e incertidumbres que llevan tantos a nuestro lado que aunque no nos lo digan sin embargo somos capaces de captar que algo pasa, en que se nos van acumulando emociones y sentimientos encontrados, en que estamos a punto de estallar y algunas veces no sabemos ni como reaccionar.
Son las problemáticas de la vida de cada día que para cada uno tiene su misterio, o es lo que sucede en nuestro mundo, como ahora mismo podemos estar pasando con la crisis que nos envuelve. ¿Qué hacemos? ¿Dónde encontrar luz y sentido? ¿Cómo hacernos fuertes para sobrellevar todo lo que se nos viene encima? Hace falta una fortaleza del espíritu grande, como necesitamos a nuestro lado también personas fuertes que nos den esperanzas y levanten nuestro ánimo, nuestro espíritu.
El pasaje del evangelio que se nos ofrece en este día de martes santo que nos sitúa en los prolegómenos de la cena pascual, con la tensión en los discípulos que intuían que algo grave y gordo podía suceder, y digo intuían porque no habían sabido interpretar las palabras de Jesús que tantas veces se lo había anunciado, nos va ofreciendo la diversidad de sentimientos y emociones que van aflorando en el grupo de los discípulos que están en torno a Jesús para aquella cena pascual.
Hay una gravedad y hasta solemnidad en el momento y podíamos decir que las conversaciones se hacen murmullos, o serán las señas con las que quieren comunicarse unos a otros con miradas interrogantes, con sorpresa en el corazón, con gesto de generosidad, pero también de alguna manera con culpabilidades que pueden aflorar y no saben como asumir.
Con la emoción más profunda y que casi se quiebra en la garganta Jesús comienza diciéndoles que uno de los presentes esa noche le va a entregar. Podemos imaginar la sorpresa, las preguntas que se agolpan aunque casi no se pueden pronunciar, las miradas que unos a otros se dirigen quizá con cierta desconfianza, los sentimientos y emociones están muy encontradas. Solo el discípulo más cercano a Jesús porque casi se recuesta sobre su pecho, según la forma de colocarse a la mesa para la comida, podrá escuchar la respuesta de Jesús a su pregunta, pero que tampoco sabrá entender y descifrar claramente.
Solo escucharán a Jesús que le dice al Iscariote que lo que tiene que hacer que lo haga pronto, pero no saben interpretar sus palabras. Y Judas que ha tomado el pan que Jesús le ha ofrecido sale inmediatamente. Pero como dice el evangelista y ahora sí que nos quiere expresar muchas cosas, salió a la noche. Había entrado la oscuridad de la noche en el alma de Judas Iscariote, y aunque luego vaya al huerto acompañado de mucha gente que iluminaba el camino con antorchas para Judas seguía siendo de noche.
Y Jesús en aquel ambiente de tristeza, de angustia, de oscuridad en cierto modo les habla de que va a ser glorificado. A donde va a ir El no podrán seguirle los discípulos en ese momento. Ya veremos más tarde en el huerto que tras el prendimiento de Jesús todos le abandonaron y huyeron. Pero está el fervor y el entusiasmo de Pedro dispuesto a seguirle a donde sea y aunque todos le abandonen él no le abandonará. Qué malo es sentirse tan seguro de uno mismo sin medir de verdad sus fuerzas, sin reconocer seriamente sus debilidades. Y es cuando Jesús se lo anuncia, antes que el gallo cante esa noche dos veces, Pedro ya le habrá negado tres.
Bueno, y nosotros ¿qué? Hay también oscuridades, y angustias, y dudas y miedos, y momentos de fervor que parece que nos queremos comer el mundo al que le siguen nuestras debilidades que no siempre queremos reconocer. Y tenemos ganas de encerrarnos o de huir, porque ya no sabemos a qué carta quedarnos. Y nos sentimos envueltos por muchas oscuridades que nos hacen mirar el futuro con cierto temor, el más inmediato porque no sabemos lo que nos va a pasar mañana, o el que puede venir después que pase todo lo del momento presente. ¿Perderemos la paz? ¿Perderemos la estabilidad de nuestro espíritu? ¿Buscaremos camuflajes, disculpas, entretenimientos, sueños insulsos para no ver la realidad? ¿Dónde ponemos nuestra fe y nuestra esperanza en todo esto?
Oremos al Señor llenos de confianza con el salmo: ‘A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y sálvame…’ El Señor es nuestro alcázar y nuestra fortaleza, nuestra roca de refugio y nuestra esperanza, en quien ponemos toda nuestra confianza. Que sea así de verdad en nuestra vida y no nos faltará la luz. Cuando nos falta Dios en nuestra vida todo se vuelve noche oscura.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

El anuncio del nacimiento de Juan que provoca tanta alegría es para nosotros un signo de la verdadera alegría en el anuncio de la Salvación que nos llega con Jesús


El anuncio del nacimiento de Juan que provoca tanta alegría es para nosotros un signo de la verdadera alegría en el anuncio de la Salvación que nos llega con Jesús

Jueces 13, 2-7. 24-25; Sal 70; Lucas 1, 5-25

Anoche a última hora me llegaba un WhatsApp de un sobrino anunciándome el nacimiento de su nieto. Las breves palabras del mensaje resumaban la alegría de la familia por el nacimiento del niño; de la misma manera hace unos meses cuando me anunciaba el embarazo y el futuro alumbramiento todo expresaba la alegría que sentían por tal acontecimiento, aunque siempre estuviera por detrás la incertidumbre del futuro además de las responsabilidades.
Siempre en todas las familias la noticia de un futuro alumbramiento de una nueva criatura está llena de sorpresiva alegría y suele ser noticia que enseguida comunicamos al resto de la familia y a los amigos en medio de los parabienes de todos. Es un nuevo ser que se abre a la luz de la vida y en esa alegría rebrotan sentimientos de esperanza y de futuro. Valga esta experiencia como referencia en la reflexión que nos hacemos ante el anuncio de Juan el Bautista con todo su significado.
Es lo que se nos manifiesta hoy en el evangelio en el anuncio del nacimiento de Juan Bautista. Cuando leamos en unos días el relato de su nacimiento contemplaremos la alegría de las gentes de la montaña y como toda felicitaban a Isabel porque el Señor le había hecho gracia. Hoy el ángel en el anuncio que hace a Zacarías le dirá que aquel niño será motivo de alegría tanto para él y para Isabel como para cuantos viven en su entorno.
Nosotros, en estas vísperas de la Navidad de Jesús, también nos llenamos de alegría por el anuncio del nacimiento del que iba a ser el precursor del Mesías. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacía los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Es lo que el ángel le anuncia a Zacarías.
Delante del Señor, abriendo los caminos del Señor no solo fue la misión de Juan en aquellos momentos y así lo proclamará allá en el desierto con su predicación y su bautismo penitencial, sino que sigue siendo para nosotros hoy esa voz que grita y que nos anuncia, que estimula nuestra esperanza mientras caminamos por el Adviento, pero nos enseña también a hacer esos caminos de esperanza en el día a día de nuestra vida, pero unos caminos de esperanza que quieren abrir nuestro corazón al reconocimiento de la llegada del Señor a nuestra vida.
Por eso lo escuchamos con atención durante este tiempo, y siempre estará ahí como una señal para nosotros, como una invitación a la conversión para creen en el Reino de Dios que llega, en la Buena Noticia de ese Reino de Dios que día a día tenemos que construir en nuestra vida y en nuestro mundo.
No nos preguntamos ya como hacían aquellas gentes sobre lo que iba a ser aquel niño que con signos tan especial nacía allá en la montaña, como nos seguimos preguntando en medio de la alegría sobre el futuro que le espera a todo recién nacido, sino que ahora nos preguntamos más bien que vamos a hacer de nosotros, qué vamos a hacer de nuestra vida, qué es lo que en verdad tiene que cambiar en nuestro corazón para que acojamos en toda plenitud la salvación que Jesús nos viene a traer.
Tiempo de preguntas sobre nosotros mismos pero tiempo también de compromisos concretos en nuestra vida. La figura del bautista va a estar presente ahí ante nosotros como un signo, como una señal que nos invita a seguir un camino nuevo cuando pongamos toda nuestra fe en Jesús como nuestro Salvador. Porque eso es lo que verdaderamente tenemos que celebrar en la Navidad. Que no esté ausente Dios en nuestra navidad, que no sea solo una ocasión para unas fiestas muy jubilosas sino que sea ocasión para un verdadero encuentro salvador con el Señor.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Ante lo que nos sucede o nos puede suceder no valen ni fatalismos ni estoicismos, ni desesperanzas ni abandono de obligaciones sino vigilancia en la responsabilidad y esperanza ante la vida futura

Ante lo que nos sucede o nos puede suceder no valen ni fatalismos ni estoicismos, ni desesperanzas ni abandono de obligaciones sino vigilancia en la responsabilidad y esperanza ante la vida futura

Sabiduría 13,1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37

Comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían…’ así refería Jesús lo que era la vida ordinaria de la gente y pone dos situaciones distintas. Les recuerda los tiempos de Noe con el diluvio universal, y los tiempos de Lot y la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra.  La vida transcurría con normalidad, hacían lo que se hace todos los días y en todos los tiempos y vinieron aquellas catástrofes del cielo, ya fueran aquellas lluvias torrenciales que todo lo inundaron, o aquel fuego bajado del cielo que destruyo aquellas ciudades del valle del Jordán, fuera lo que fuera lo que realmente sucedió.
Como sucede en todos los tiempos, hacemos nuestra vida, comemos, bebemos, compramos, vendemos, trabajamos, construimos, hacemos vida de familia, nos relacionamos con los demás, y nos suceden cosas inesperadas, un terremoto, unas inundaciones, un volcán que todo lo destruye… Noticias de este tiempo escuchamos continuamente. ¿Significa eso que hemos de vivir la vida con un fatalismo al que no nos podemos oponer? ¿Nos desesperamos o vivimos estoicamente aguantando lo que venga por que nada podemos hacer? ¿Dejamos de cumplir con lo que es nuestra vida porque quizá en algún momento nos pueda sobrevenir algún tipo de calamidad o catástrofe? ¿Vivimos con miedo o sin sentido porque no sabemos como ni cuando va a ser el final de todo?
No es eso lo que nos quiere decir Jesús. Ni fatalidades ni estoicismos. No nos puede abrumar la desesperanza de ninguna manera. Tampoco nos vale abandonar nuestras obligaciones porque las cosas pueden suceder de manera inminente. Es una tentación que se puede tener como se ha tenido en todos los tiempos y así han surgido formas de pensamiento y sentidos o sin sentidos de la vida. Ya san Pablo advierte a los cristianos de Tesalónica que no se podía abandonar las obligaciones; había corrido el pensamiento de que la segunda venida del Señor era inminente y ya algunos se dedicaron a vivir sin trabajar. Es cuando san Pablo les deja aquella sentencia de que ‘el que no trabaja que no coma’.
Jesús quiere invitarnos a la esperanza y a la vigilancia. Tienen las palabras de Jesús también un sentido escatológico de hablarnos del final de los tiempos, pero quiere advertirnos también de la responsabilidad con que hemos de vivir el momento presente. Hay unas obligaciones y responsabilidades con la vida que no podemos abandonar. Pero no olvidamos que todo esto terreno tiene un final pero que vivimos con trascendencia cada uno de los momentos de la vida con sus responsabilidades y esperamos una vida sin fin, un más allá, digámoslo así, que nos habla de vida eterna en el encuentro definitivo con el Señor.
Vigilancia, atención al momento presente y al futuro que ha de venir, responsabilidad en la vida pero trascendencia en lo que hacemos, esperanza de una plenitud que un día en Dios hemos de encontrar, y prepararnos para ese momento del encuentro definitivo con el Señor que queremos que sea siempre para vida y para salvación.
En estos momentos finales del año litúrgico tendremos oportunidad de seguir abundando en nuestra reflexión con el tema.

sábado, 3 de junio de 2017

Escuchar a Jesús allá en lo más hondo de nosotros mismos y seguirle, hacer lo que El nos pida para descubrir esos caminos nuevos que se pueden abrir delante de nosotros

Escuchar a Jesús allá en lo más hondo de nosotros mismos y seguirle, hacer lo que El nos pida para descubrir esos caminos nuevos que se pueden abrir delante de nosotros

Hechos 28,16-20.30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25
¿Qué será de esta persona en el futuro? Algunas veces pensamos o nos preguntamos, ya sea de personas a las que apreciamos, ya sea de un niño que comienza sus primeros pasos en la vida, ya sea de un adolescente que le vemos abrirse a la vida lleno de incertidumbres, de interrogantes y también de ilusiones. Nos gustaría vislumbrar su futuro, desearíamos estar a su lado o tenerlo con nosotros si son personas que apreciamos, nos preocupamos por los palos que pueda recibir en el futuro, pues todos tenemos o tendremos momentos oscuros o de dificultades. Pueden ser inquietudes e interrogantes que se nos planteen en el corazón. Quizá somos mayores y tenemos hecho nuestro recorrido, o todavía se nos están abriendo puertas de ilusión con cosas por realizar, y en la incertidumbre de nuestro propio futuro podemos pensar también en el futuro de aquellos a los que apreciamos deseando siempre lo mejor.
¿Estaría pensando en algo de todo esto Pedro en aquellos momentos? El estaba viviendo una experiencia muy singular porque sentía el amor de su Maestro y la confianza que seguía poniendo en él, así como el amor que él le tenía a Jesús. Se le había confiado en esos momentos de nuevo, a pesar de sus debilidades en los momentos de la pasión de Jesús, el primado de ser el pastor de aquel nuevo rebaño que nacía y que Jesús ponía en sus manos. ‘Pastorea mis corderos, pastorea mis ovejas…’ le había repetido Jesús a quien un día le había dicho que iba a ser piedra sobre la que se fundamentara su Iglesia. Habría de mantenerse firme para confirmar en la fe a sus hermanos y una hermosa tarea tenia por delante.
Pero allí cerca estaba Juan, el discípulo que todos reconocían que era muy querido por Jesús, aquel apóstol que con Pedro había vivido especiales experiencias de la vida de Jesús, aquel que desde los primeros momentos había querido ponerse en camino detrás de Jesús preguntándose por su vida, preguntando donde vivía, aquel que un día había escuchado también la voz de Jesús que le invitaba a ser pescador de nuevos mares y había dejado la pesca, las redes, la barca, a su padre y a su familia para seguir a Jesús, aquel que hace unos momentos fue el primero en reconocer la presencia de Jesús allá en la orilla cuando todos en aquel clarear de la mañana no lo habían reconocido pero habían hecho lo que les había pedido de echar las redes por el otro lado de la barca. ¿Qué iba a ser de él?
Es lo que Pedro se preguntaba. ¿Iba a seguir unos pasos semejantes a los que a él se le anunciaban? Ya Jesús a Pedro le había anunciado también lo que habría de ser su muerto, pues llegaría en que ya no ceñiría por si mismo sino que otro lo ceñiría. ¿A Juan le iban a suceder cosas semejantes?
Es bueno preocuparse por los otros, preocuparse por Juan, le viene a decir Jesús, pero tú lo que tienes que hacer ahora es seguirme. Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme’. Lo importante ahora es seguir a Jesús. Son los pasos que cada uno de nosotros tenemos que seguir dando. Tendremos, sí, que ayudar a los demás y preocuparnos por ellos, porque eso entra dentro de los caminos del amor que hemos de vivir, pero preocupémonos de seguir con fidelidad al Señor.
Escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos y seguirle, hacer lo que El nos pida. Tendremos quizás que seguir dejando a un lado nuestras propias redes y nuestras propias barcas, lo que nosotros pensábamos que era nuestro o que era nuestro camino, para descubrir esos caminos nuevos que se pueden abrir delante de nosotros. Tú, sígueme, también le estamos oyendo decir a Jesús.