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martes, 4 de julio de 2023

Hay miedos y cobardías que nos paralizan en noches oscuras, no nos dejan ver salidas y nos incapacitan para solucionar las cosas, pero Jesús está ahí aunque nos parezca que duerma

 


Hay miedos y cobardías que nos paralizan en noches oscuras, no nos dejan ver salidas y nos incapacitan para solucionar las cosas, pero Jesús está ahí aunque nos parezca que duerma

Génesis 19,15-29; Sal 25; Mateo 8,23-27

Una tormenta en medio de la oscuridad de la noche no es plato apetecible para nadie, y menos aún en una barca entre los embates de un mar embravecido. Acudimos a santa Bárbara cuando truena y todos los santos del cielo, como solemos decir, para vernos libres de esos malos momentos. Ahora en la sociedad en que vivimos en que al menos para algunas cosas todo son precauciones estamos saturados de las alertas que continuamente nos están avisando de cualquier borrasca que se nos acerque y nos pueda traer malos tiempos. No queremos vernos sometidos a ningún peligro.

No sé si en todo en la vida andaremos con esas precauciones, no sé cómo afrontaremos tantas borrascas que en la vida tenemos y que no son de orden climatológico. Pasamos en la vida también por malos momentos, las dificultades de la vida misma, pero los problemas que van surgiendo, unas veces desde decisiones llenas de error que nos conducen a unas situaciones difíciles de las que no queremos salir, otras veces con los encontronazos que tenemos en esos vaivenes de la vida y de nuestras relaciones con los demás, también aunque no siempre sabemos reconocerlo desde nuestro mundo interior que se llena de dudas y de interrogantes, que se encuentra con esas situaciones desafiantes y que nos hacen dudar hasta del sentido de nuestra vida; de muchas maneras y en muchas ocasiones nos encontramos atravesando un callejón oscuro en la vida que nos deprime, que parece que nos hunde, que hasta pone en peligro nuestra fe.

¿Qué hacemos? ¿A quién acudimos? ¿A quien podemos sentir a nuestro lado que nos de fe y confianza, en quien encontrar fuerzas para salir de ese pozo? ¿Nos encerramos en nosotros mismos y nos llenamos de amarguras? ¿Tratamos quizás de olvidarlo todo y queremos seguir la vida como si nada pasara, o dedicándonos a ‘vivir la vida’ para olvidarnos de todo? ¿Dónde encontramos esas anclas que nos den seguridad para comprender que el barco no se hunde por muchas que sean las tormentas?

El evangelio hoy nos da luz. Atravesaban el lago los discípulos con Jesús. Eran frecuentes las tormentas que levantaban en el lago, la depresión que en si mismo constituía el lago, las altas montañas del Hermón por una parte, las corrientes de aire del desierto y demás circunstancias hacían propicias esas tormentas inesperadas. Como pescadores de aquel lago tendrían sus conocimientos, pero no querían verse envueltos en medio del lago en una de esas tormentas. Pero es lo que ahora sucede. Jesús va con ellos, pero aun en el fragor de la tormenta Jesús duerme plácidamente en un rincón.

¿Qué hacer? porque aquello parece que se hunde. Y despiertan al Maestro porque no pueden comprender como les deja solos en una situación así. ‘¿No te importa que nos hundamos? Señor, sálvanos, que perecemos’. Es el grito, es la súplica. Quién curaba a los enfermos, expulsaba a los demonios y resucitaba a los muertos, ¿no podía hacer algo para liberarles de aquella situación? Es la súplica y es la duda, son los miedos y son las cobardías que nos paralizan, que no nos dejan ver salidas, que parece que nos incapacitan para hacer algo por solucionar las cosas. Cuántas veces nos vemos en la vida así.

Y Jesús se levantó, increpó al viento y al mar y la tempestad cesó. Un silencio intenso se hizo al acabar el fragor de la tormenta; un silencio al contemplar la autoridad de Jesús; un silencio que surgía de su interior reconociendo miedos que no nos gusta reconocer y cobardías que tratamos de disimular. Así se quedaron frente a Jesús. ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’ fue el reproche de Jesús. No sé si podrían manifestar exteriormente algún signo de alegría después de pasar lo que pasaron, pero sobre todo después del reproche de Jesús que les hacía reconocer sus miedos y cobardías. Pero algo seguramente comenzaba a cambiar en su corazón.

¿Escucharemos también ese reproche que nos hace reconocer nuestros miedos y cobardías? Rumiemos en nuestro interior la lección de Jesús.


martes, 12 de abril de 2022

Jesús quiere tener palabras de luz y de glorificación para nosotros, porque cuenta con nosotros, sabe de nuestra porfía de amor aunque nos recuerda nuestra debilidad y flaqueza

 


Jesús quiere tener palabras de luz y de glorificación para nosotros, porque cuenta con nosotros, sabe de nuestra porfía de amor aunque nos recuerda nuestra debilidad y flaqueza

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Luces y sombras se entremezclan continuamente; así es la vida. Quisiéramos todo en armonía y paz, desearíamos que la convivencia con los que nos rodean, ya sean familiares, amigos, o compañeros de trabajo fuera siempre armoniosa; pero sabemos que surgen contratiempos, que hay momentos en que parecía que todo iba en paz y pronto surge una desavenencia, un mal entendido, algo que sucede que nos descoloca de nuestras rutinas de cada día y no entendemos por qué, no llegamos a comprender las reacciones de las personas, no sabemos a donde nos van a llevar esos imprevistos que nos van surgiendo.

Aparecen en medio de las luces, sombras que nos pueden quitar la paz, que nos oscurecen el panorama, que nos hacen surgir dudas y hasta desconfianzas en nuestro interior, no sabemos a donde nos llevarán esas sombras, como podrían repercutir en nuestra vida. Y tenemos que aprender a reaccionar ante esas situaciones para que no se nos sobrepongan.

En el evangelio de estos días de la semana de pasión van apareciendo retazos de lo que fue la cena pascual, como es el caso de hoy. La cena pascual tenía que ser una fiesta, era un recuerdo agradecido a Dios por la Pascua, por aquella primera pascua de Egipto, pero también por el paso de Dios por la historia de cada día de su pueblo. Pero aparte de algunos gestos extraordinarios de Jesús, como ya veremos en la tarde del jueves santo, hoy parece que se rompen esos aires de paz y de fiesta en aquella cena. Jesús anuncia lo que va a suceder – ellos ya presentían algo especial por todo lo que Jesús había ido anunciando – pero ahora habla de traición. El desconcierto se apodera de todos porque no lo entienden, y no pueden llegar a comprender que la traición estuviera allí en medio de ellos.

Pero Jesús como en un contraluz habla de la hora de la glorificación que ha llegado. ¿Recordarían los que habían subido con El al Tabor lo que allí entonces había sucedido en que había aparecido la gloria del Señor? ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros:
Donde yo voy no podéis venir vosotros’

Esa claridad que quiere imbuirles Jesús no la terminan de entender porque se andarán preguntando también a donde va a ir que ellos no puedan ir. Pedro porfiará que él está dispuesto a todo, incluso a dar su vida por Jesús. Pero llegará otra ráfaga de sombra que siguen sin entender. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’.

Nos hemos prometido en esta semana estar en todo momento al lado de Jesús para no perder ni un ápice de cuanto suceda. De rondón nos hemos metido nosotros en esta escena y estamos contemplando y estamos viviendo estos momentos. Estaremos quizá sintiendo como una espada nos está atravesando el alma con estos anuncios de Jesús, pero que no nos podemos contentar con contemplar como a la distancia. Porque es a nosotros a quienes Jesús está dirigiendo sus palabras, sus gestos, su cercanía, su presencia.

Para nosotros quiere tener palabras de luz y de glorificación, porque cuenta con nosotros, sabe de nuestra porfía de amor, como la de Pedro, aunque nos recuerda nuestra debilidad, nuestra flaqueza; en esa traición, en esa negación andamos también metidos nosotros. Sabemos que en nuestra vida no todo es agua limpia, porque también tenemos nuestras sombras en el corazón y hemos de recordar nuestras debilidades, nuestras flaquezas que tantas veces nos afloran. Nos prometemos tanto que luego no llegamos a cumplir, no llegamos a realizar.

¿Nos dirá a nosotros Jesús, como le dijo a Judas, ‘lo que has de hacer, hazlo pronto’? Claro que Judas sintió en aquel momento el impulso de salir a la noche oscura. Oscura iba a ser la noche para Judas y en esas tinieblas quería envolver a Jesús y a los demás discípulos, que así se vieron luego en Getsemaní sin saber que hacer, hasta que todos le abandonaron y huyeron. Pero a nosotros esas palabras tendrán que hacernos recapacitar, pero no para encerrarnos en la noche oscura, sino para salir al encuentro con la luz.

Es el camino de verdad que queremos hacer hacia la Pascua. Es por lo que queremos estar junto a Jesús en todo momento y no apartarnos por nada de El. Aunque hay un paso amargo de pasión y sacrificio, sabemos que todo va a terminar en la luz de la resurrección que es la verdadera luz pascual que nos va a iluminar para siempre.

miércoles, 28 de julio de 2021

El tesoro que hemos descubierto cuando nos hemos encontrado con Jesús que ilumina nuestra vida por muchos que sean los cantos de sirena no lo perdamos

 


El tesoro que hemos descubierto cuando nos hemos encontrado con Jesús que ilumina nuestra vida por muchos que sean los cantos de sirena no lo perdamos

Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46

¿Qué diríamos de aquel que tiene un preciado tesoro en sus manos y lo desecha? Alguien podría pensar en quien tenía un número de lotería en sus manos, pero lo desechó y escogió otro siendo premiado aquel que había desechado. Pero en este caso anda por medio la suerte y el azar y no depende tanto de la decisión de una persona que desecha algo conocido como valioso; una joya, un cuadro, una obra de arte en un rastro que quizás se le ofrecía, pero que no supo valorar y no quiso adquirirla. Los ejemplos pueden ser múltiples.

Tenemos una joya en nuestras manos y no sabemos valorarla. Nuestra fe, el evangelio, la gracia de Dios. Pero andamos tan afanados por las cosas de la vida, tan arrastrados por un sensualismo que se nos ofrece por todas partes, tan materializados en lo terreno de cada día, tan olvidados de las cosas del espíritu que le damos muy poca importancia. Algo que tenemos ahí pero que no sabemos descubrir la riqueza que tenemos. Y echamos mano de la fe agarrándonos a ella como de un clavo ardiente cuando parece que todo lo hemos perdido, que ya nada tiene sentido, pero tampoco sabemos descubrir todo su valor, todo lo que puede aportar a nuestra vida. Se nos queda en una tradición que hay que guardar, unas costumbres que no están mal, pero que casi nos parecen cosas de otro tiempo, pero que la tenemos ahí como escondida sin dejar que nos dé esa luz que nos ofrece y que nosotros tanto necesitamos.

Y hoy nos habla Jesús del Reino de Dios como ese tesoro que cuando lo encontramos seríamos capaces de vender todo lo que tenemos por conseguirlo. Pero no siempre sabemos descubrirlo a pesar de tenerlo en nuestras manos. En ese río revuelto de la vida son tantas las cosas que se nos ofrecen que no llegamos a darnos cuenta que es lo que en verdad tiene más valor.


Tenemos que saber tener ojos para descubrir ese tesoro, distinguiéndolo y separándolo de tantas otras cosas que al mismo tiempo se nos ofrecen; no todos son capaces de darse cuenta del valor de una perla preciosa; no todos son capaces de descubrir la belleza de una joya; un diamante para algunos les puede parecer un cristal más o menos brillante, pero no siempre sabemos descubrir su auténtico brillo y la belleza de sus aristas fina y delicadamente talladas. Hay que tener un ojo especial para captar su belleza y valor, hemos de aprender a mirarlo.

Es lo que tenemos que saber descubrir en el evangelio. Es esa mirada nueva y distinta, ese oído profundo para captar su verdadero mensaje. Quien no tiene ese buen oído y esa mirada luminosa verá simplemente unas bonitas y encantadoras historias pero que nada nos pueden decir para nuestra vida. Hay que saber entrar en una sintonía especial; tenemos que aprender a sintonizar las ondas del Espíritu con las que podemos captar toda su riqueza.

Claro que cuando lo descubramos, porque realmente nos hayamos encontrado con Cristo en lo profundo de nuestra vida, entonces seremos capaces de venderlo todo por adquirir ese tesoro. Los discípulos, como nos narra el propio evangelio, cuando se encontraron de verdad con Jesús lo dejaron todo para seguirle. Aunque luego estuviesen muchas veces reticentes, con la tentación quizás de volverse atrás, pero se habían encontrado con Cristo y ya no podían dejarlo, aunque tuvieran que pasar por las noches oscuras de la pasión.

Cuando nos encontremos con la fe en nuestra vida, no significa que ya todo va a ser fácil a partir de ese momento; volverán las noches oscuras, volverán las dudas y los miedos, aparecerán de nuevo las tentaciones y los cantos de sirenas que nos querrán atraer de aquí y de allá, pero hemos encontrado el tesoro, nos sentimos fortalecidos en nuestra fe porque no nos faltará la fuerza del espíritu, seguiremos caminando queriendo estar con Jesús.

martes, 30 de marzo de 2021

Nos hacen falta no las valentías de los bravucones que se quedan en fantasías sino la valentía de la fuerza del Espíritu para llegar a vivir la Pascua

 


Nos hacen falta no las valentías de los bravucones que se quedan en fantasías sino la valentía de la fuerza del Espíritu para llegar a vivir la Pascua

 Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Qué bravucones nos ponemos en algunas ocasiones, bravucones de salón. Sí, según donde estemos, las circunstancias que nos rodean, las personas que tenemos delante a los que queremos deslumbrar, la reacción que pueden haber tomado otros ante determinadas situaciones y donde no me voy a quedar detrás, y ¿por qué no decirlo también?, las cositas que hemos tomado que nos dan una especial alegría. Son los momentos de las promesas, los momentos en que somos capaces de hacer milagros, los momentos de derrochar fantasía, los momentos también de vanidad y de orgullo. Luego ¿en qué se queda todo? Si te vi, no me acuerdo.

¿Le pasaría a Pedro algo así en la cena pascual con el maestro? Ahora anda porfiando con Jesús que por qué  no puede seguirle a donde vaya si él está dispuesto a dar la vida por El. Ya sabemos lo que le responde Jesús, pero vayamos antes a todo lo que ha rodeado aquella cena.

Aunque los anuncios de Jesús en su subida a Jerusalén no les habían gustado ni los habían querido entender, las cosas hasta ahora parecía que no marchaban tan mal. Había sido éxito aquella entrada de Jesús en la ciudad santa en medio de las aclamaciones del pueblo; al menos eso les parecía a ellos. Ahora no les había sido tan difícil conseguir aquella sala para la cena pascual, porque a una simple indicación del Maestro se les había facilitado aquella sala y la comida hasta estos momentos había transcurrido dentro de la normalidad, si ponemos a un lado el detalle de Jesús de lavarles los pies, a lo que Pedro, como siempre que había algo nuevo se había resistido. Hoy diríamos quizá que parecía muy conservador y de fidelidades hasta más allá de la muerte. Cuántas cosas nos recuerdan.

Pero ahora Jesús había salido con aquello de que uno de ellos lo iba a traicionar. Le insiste Pedro – siempre tomando la iniciativa – a Juan que está recostado junto a la mesa muy cerca del pecho de Jesús que le pregunte por lo bajo a quien se refiere. Todos están extrañados ante este anuncio del Maestro y se preguntan quien puede ser. El gesto de Jesús y unas cortas palabras a Juan bastan para señalar a Judas que también irónicamente se pregunta si acaso será él.


‘Lo que has de hacer hazlo pronto’
, le dice a Jesús; los demás no entienden, quizá algún preparativo más para la fiesta de la pascua, alguna limosna a los pobres, el hecho está en que Judas sale a su destino sin que los demás entiendan. Pero el evangelista nos dice algo que pasa desapercibido pero que puede significar mucho. Cuando Judas salió fuera era de noche. ¿Querrá decirnos algo más de que ha transcurrido el tiempo casi sin darnos cuenta como tantas veces sucede? ¿Querrá expresar la negrura de la noche, de las tinieblas que están abarcando y llenando toda la tierra? ¿Querrá expresar las negruras del corazón de Judas envuelto en mantillas de traiciones o que simplemente está cumpliendo lo que el destino le ha señalado? ¿Qué lugar ocupa en todo esto la libertad de Judas?

Será ahora cuando Jesús hable de la hora que ha llegado, la hora de la glorificación porque es la hora de la entrega y del amor hasta ser capaz de dar la vida. Ya nos dirá que no hay amor más grande. Y son los pasos que Jesús se dispone a dar a partir de aquella cena. Son unos pasos que ha de dar El, aunque sienta la soledad del cielo y de la tierra, pero así es el camino del amor que algunas veces hace derramar la sangre. Es el camino que subirá al calvario y que lo hará solo, porque incluso no solo será la traición de quien lo entrega sino la huida y el abandono de todos los demás que se encerrarán en ese mismo cenáculo. Si alguno quiere hacerse el valiente y acercarse al fuego se quemará.

Es donde surgen las porfías de Pedro y sus valentías, sus bravuconadas, como decíamos al principio. Estoy dispuesto a todo por seguirte y por estar contigo, le dice Pedro sin saber lo que eso le puede comprometer o a donde lo va a llevar. Por eso Jesús le anuncia que no cantará el gallo esa noche sin que él le haya negado tres veces. Por el relato completo de la pasión ya sabemos como sucedería todo.

Es cierto que quería estar cerca de Jesús, que no entraba en sus cálculos el negarle ni el echarse atrás por eso se había atrevido a llegar al patio donde se calentaban al lado de una hoguera los que habían salido a prender a Jesús a Getsemaní. Y allí lo reconocieron, allí se dieron cuenta de que era uno de los que estaban con Jesús, y allí se vio solo y tuvo miedo, ya no tenía a donde recular porque se estaba quemando y fue cuando lo negó hasta en tres ocasiones entre las conversaciones de aquellos criados y criadas que jocosamente querían entrar en calor alrededor de la hoguera.


Pedro, tan valiente, se había quemado, había negado a Jesús. Ya nos hablará luego el evangelista de los gruesos goterones de lágrimas que salieron de sus ojos. No había medido sus fuerzas y se había querido sentir el valiente. El espíritu está pronto, pero la carne es débil, le había dicho esa misma noche Jesús en Getsemaní cuando los había invitado a orar, pero ellos se caían de sueño.

Y a todo esto ¿a nosotros, qué? ¿Hasta dónde llegan nuestras valentonadas? ¿Cómo estamos fortaleciendo nuestro espíritu para esta Pascua que hemos de vivir? ¿Cómo nos sentimos en medio de tantos embates que nos encontramos en la vida y de manera especial en estas circunstancias en que nos encontramos un año más? ¿Hasta donde estamos dispuestos a llegar? ¿Qué testimonio se nos estará pidiendo en las circunstancias concretas que vivimos? ¿Nos estaremos cayendo también de sueño,  cansados de nuestras luchas, o acobardados ante el mundo que tenemos enfrente?  Cosas muy concretas tenemos que afrontar y nos hacen falta no las valentías de los bravucones que se quedan en fantasías sino la valentía de la fuerza del Espíritu.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir

 


Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir

Isaías 29, 17-24; Sal 26; Mateo 9, 27-31

No sé que experiencia habréis tenido de oscuridad. En la oscuridad se siente uno como oprimido; envuelto en las tinieblas se sientes como atado, no sabes a donde ir, no sabes que hacer, es algo más o algo distinto al miedo aunque también lo es. Cuando hablo de oscuridad no es que en un momento determinado nos falle la energía y nos quedemos a oscuras; eso sentimos que es algo momentáneo, que pronto se va a restablecer la luz o buscamos unos sustitutivos, porque encendemos una vela, nos valemos de baterías y podemos encender una linterna o algún punto de luz; es otra oscuridad a la que quiero referirme, es como hallarse en un túnel oscuro y largo donde no vemos el final, pero tampoco sabemos lo que podemos encontrar, caminamos a tientas queriendo seguir una orientación pero no se termina nunca la oscuridad, no se termina el túnel para ver un punto de luz aunque sea a lo lejos y al final. Es opresivo. ¿Habremos pensado alguna vez seriamente como se siente un ciego que no ha visto nunca la luz?


En la vida ¿no habrá situaciones en las que nos encontremos de alguna manera así? Los problemas nos abruman y no vemos salida, todo se nos vuelve un sin sentido y no sabemos que rumbo tomar. Más o menos los problemas ordinarios los vamos timoneando y vamos buscando salidas, pero hay cosas que nos pueden llegar de repente y no sabemos qué respuesta dar. Y alguna vez alguno de los problemas parece que coge el centro de todo y hasta nos olvidamos de otros problemas que podamos tener porque quizá todo lo centramos en aquella situación nueva que nos ha aparecido, pero todo sigue sin encontrar salida, sin encontrar solución.

¿No nos estará sucediendo ahora con la problemática que estamos viviendo en nuestro mundo con la pandemia? La repetición una y otra vez de las mismas noticias, el ver que no hay una pronta solución ya nos va agobiando y hasta quizás no queremos ni oír las noticias. Pero ¿no nos damos cuenta que hay otros muchos más problemas en el mundo y parece que hasta los hemos olvidado? Nos olvidamos de guerras o de hambre en el tercer mundo, nos olvidamos de niños soldados o de otras epidemias y hambrunas que hay en otros lugares del mundo, hasta los problemas mas cercanos que tengamos parece que los dejamos a un lado. ¿Es bueno eso? ¿Nos sentiremos acaso que esto no hay quien lo arregle, que no vamos a salir de estas situaciones en las que nos vemos envueltos?

¿A dónde o a quién gritamos? ¿A quién podemos buscar que nos ayude a salir de todo esto? ¿Pensamos acaso solo en remedios o soluciones humanas? ¿No estaremos como los ciegos del camino caminando sin saber a dónde acudir o a quién pedir ayuda? Decimos que somos creyentes, ¿y a Dios donde lo hemos metido en todo este fregado? Queremos darles explicaciones muy humanas y racionales a los milagros y terminamos por no creer en esa fuerza superior que nos puede venir de lo alto. ¿Tenemos miedo quizá de lo que nos puedan tachar los que no tienen fe porque nosotros creemos de verdad en el Dios que en verdad puede ser nuestra fuerza y nuestra luz?

Hoy nos habla el evangelio de dos ciegos que iban gritando detrás de Jesús y parecía que Jesús no les hiciera caso. Cuando llegaron a la casa ante la insistencia de los ciegos Jesús se pone a hablar con ellos. ‘¿Creeis en verdad que puedo hacerlo?’ Una prueba más para la fe de aquellos hombres, como si Jesús fuera el que dudara. Pero la fe de aquellos hombres no era ciega aunque ellos fueran ciegos, la fe de aquellos hombres se apoyaba en la certeza de que con la mano de Jesús ellos podían volver a ver, todo sería de nuevo luz para ellos. Fue la respuesta pronta y segura de aquellos hombres. Claro que creían que Jesús podía hacerlo. Y Jesús les dice ‘que suceda conforme a vuestra fe’.

Ante la oscuridad que estamos viviendo y que tanto nos oprime quizá lo primero que tendríamos que ver es si en verdad nosotros hemos orado al Señor, pero orado con verdadera confianza por la salida o la solución de esta situación. Seguimos poniendo en duda quizás la posibilidad de los milagros, pero lo que estamos poniendo en duda es nuestra fe. Voy a decir que no sé si la salida es un milagro portentoso que a todos nos deje atónitos, o ver la presencia y la mano del Señor que se va manifestando de mil maneras junto a nosotros en esta situación que estamos viviendo. Creo que la generosidad, la solidaridad, la responsabilidad que se ha despertado en tantos ya es un signo de esa presencia del Señor que es el que mueve los corazones y ha movido así a tantos y tantos.

Pensemos también como el Señor por la fuerza de su Espíritu inspira los corazones, nos inspira allá dentro en lo más hondo de nosotros mismos tantas cosas buenas como puede estar inspirando a quienes están trabajando para dar salida a estas situaciones. Pero hay que querer escuchar esa inspiración.

Pensemos en la llamada que puede estar haciéndonos el Señor a través de estos signos para que cambiemos los ritmos de nuestra vida, busquemos lo que verdaderamente es importante ahora que nos hemos visto con las manos tan vacías, y tantos castillos en el aire que nos habíamos creado se nos han venido abajo.

Conforme sea nuestra fe el Señor va a ir actuando en nuestra vida y en nuestro mundo, y en estas cosas concretas que estamos viviendo y que tanto nos están haciendo sufrir. Claro que sí podemos encontrar la luz, salir de esta opresión que nos agobia, llegar a vivir de una forma nueva, distinta y hasta más humana; claro que el Señor alienta también nuestra fe.

Oremos, pues, con toda confianza y con toda la intensidad de nuestro amor al Señor. En este tiempo de Adviento también esta puede ser una motivación para nuestra oración y vivir un auténtico Adviento.

martes, 7 de abril de 2020

Cuidemos de no sentirnos envueltos en la noche de las dudas y de las angustias sin esperanza ante lo que vivimos como cuando salió Judas del cenáculo y era de noche



Cuidemos de no sentirnos envueltos en la noche de las dudas y de las angustias sin esperanza ante lo que vivimos como cuando salió Judas del cenáculo y era de noche

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38
En ocasiones pasamos por situaciones que bien porque nos sorprenden por inesperadas, porque en la problemática que vivimos los momentos se nos vuelven dolorosos, incomprensibles, no les encontramos un sentido, porque captamos en nuestro entorno también las dudas e incertidumbres que llevan tantos a nuestro lado que aunque no nos lo digan sin embargo somos capaces de captar que algo pasa, en que se nos van acumulando emociones y sentimientos encontrados, en que estamos a punto de estallar y algunas veces no sabemos ni como reaccionar.
Son las problemáticas de la vida de cada día que para cada uno tiene su misterio, o es lo que sucede en nuestro mundo, como ahora mismo podemos estar pasando con la crisis que nos envuelve. ¿Qué hacemos? ¿Dónde encontrar luz y sentido? ¿Cómo hacernos fuertes para sobrellevar todo lo que se nos viene encima? Hace falta una fortaleza del espíritu grande, como necesitamos a nuestro lado también personas fuertes que nos den esperanzas y levanten nuestro ánimo, nuestro espíritu.
El pasaje del evangelio que se nos ofrece en este día de martes santo que nos sitúa en los prolegómenos de la cena pascual, con la tensión en los discípulos que intuían que algo grave y gordo podía suceder, y digo intuían porque no habían sabido interpretar las palabras de Jesús que tantas veces se lo había anunciado, nos va ofreciendo la diversidad de sentimientos y emociones que van aflorando en el grupo de los discípulos que están en torno a Jesús para aquella cena pascual.
Hay una gravedad y hasta solemnidad en el momento y podíamos decir que las conversaciones se hacen murmullos, o serán las señas con las que quieren comunicarse unos a otros con miradas interrogantes, con sorpresa en el corazón, con gesto de generosidad, pero también de alguna manera con culpabilidades que pueden aflorar y no saben como asumir.
Con la emoción más profunda y que casi se quiebra en la garganta Jesús comienza diciéndoles que uno de los presentes esa noche le va a entregar. Podemos imaginar la sorpresa, las preguntas que se agolpan aunque casi no se pueden pronunciar, las miradas que unos a otros se dirigen quizá con cierta desconfianza, los sentimientos y emociones están muy encontradas. Solo el discípulo más cercano a Jesús porque casi se recuesta sobre su pecho, según la forma de colocarse a la mesa para la comida, podrá escuchar la respuesta de Jesús a su pregunta, pero que tampoco sabrá entender y descifrar claramente.
Solo escucharán a Jesús que le dice al Iscariote que lo que tiene que hacer que lo haga pronto, pero no saben interpretar sus palabras. Y Judas que ha tomado el pan que Jesús le ha ofrecido sale inmediatamente. Pero como dice el evangelista y ahora sí que nos quiere expresar muchas cosas, salió a la noche. Había entrado la oscuridad de la noche en el alma de Judas Iscariote, y aunque luego vaya al huerto acompañado de mucha gente que iluminaba el camino con antorchas para Judas seguía siendo de noche.
Y Jesús en aquel ambiente de tristeza, de angustia, de oscuridad en cierto modo les habla de que va a ser glorificado. A donde va a ir El no podrán seguirle los discípulos en ese momento. Ya veremos más tarde en el huerto que tras el prendimiento de Jesús todos le abandonaron y huyeron. Pero está el fervor y el entusiasmo de Pedro dispuesto a seguirle a donde sea y aunque todos le abandonen él no le abandonará. Qué malo es sentirse tan seguro de uno mismo sin medir de verdad sus fuerzas, sin reconocer seriamente sus debilidades. Y es cuando Jesús se lo anuncia, antes que el gallo cante esa noche dos veces, Pedro ya le habrá negado tres.
Bueno, y nosotros ¿qué? Hay también oscuridades, y angustias, y dudas y miedos, y momentos de fervor que parece que nos queremos comer el mundo al que le siguen nuestras debilidades que no siempre queremos reconocer. Y tenemos ganas de encerrarnos o de huir, porque ya no sabemos a qué carta quedarnos. Y nos sentimos envueltos por muchas oscuridades que nos hacen mirar el futuro con cierto temor, el más inmediato porque no sabemos lo que nos va a pasar mañana, o el que puede venir después que pase todo lo del momento presente. ¿Perderemos la paz? ¿Perderemos la estabilidad de nuestro espíritu? ¿Buscaremos camuflajes, disculpas, entretenimientos, sueños insulsos para no ver la realidad? ¿Dónde ponemos nuestra fe y nuestra esperanza en todo esto?
Oremos al Señor llenos de confianza con el salmo: ‘A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y sálvame…’ El Señor es nuestro alcázar y nuestra fortaleza, nuestra roca de refugio y nuestra esperanza, en quien ponemos toda nuestra confianza. Que sea así de verdad en nuestra vida y no nos faltará la luz. Cuando nos falta Dios en nuestra vida todo se vuelve noche oscura.

martes, 16 de abril de 2019

Momentos de especial sensibilidad y de emoción, recuerdos de traiciones y desamores, pero deseos de estar junto a Jesús y de ser capaces de dar la vida por El


Momentos de especial sensibilidad y de emoción, recuerdos de traiciones y desamores, pero deseos de estar junto a Jesús y de ser capaces de dar la vida por El

 Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38
Hay momentos en la vida que parece que se viven con especial sensibilidad y afloran los sentimientos, las emociones y hasta pueden aparecer sentimientos, actitudes o hechos realizados por realizar como muy encontrados los unos con los otros. Bien sea por momentos dolorosos por los que se esté pasando, bien sea porque la duda y la incertidumbre se nos ha metido por dentro, bien sea porque tengamos la certeza que se avecinan momentos difíciles en los que quizá tengamos que tomar partido o por circunstancias que nos rodean que no sabemos como afrontar o como tener dominio sobre ellas, el hecho está que los sentimientos están a flor de piel y todo lo que llevamos dentro puede aparecer o nos vemos abocados  a tener que actuar en aquello en lo que quizá teníamos miedo.
La cena pascual que iban a comenzar a celebrar estaba rodeada de muchas de estas emociones; Jesús había anunciado una y otra vez su subida a Jerusalén donde les hablaba de hechos o acontecimientos que ellos creían que no iban a pasar; Jesús sabia muy bien que aquella era su cena pascual, su Pascua que comenzaba y el momento era importante; allí estaban los discípulos mas queridos y cercanos, aquellos a los que había llamado para formar parte del grupo de los Doce apóstoles y había es cierto mucho amor, pero también las sombras de la noche se había metido en el corazón de alguno.
Es Jesús el que comienza a hablar y destapa la tensión que se vivía en aquellos momentos.  ‘Profundamente conmovido, dijo: - «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’. Los discípulos no se creen ni entienden lo que Jesús está diciendo. Se preguntan con la mirada los unos a los otros y solo Juan que está junto a Jesús, prácticamente recostado sobre su pecho – no olvidemos que no era un sentarse a la mesa sino recostarse quizá en divanes o lo que tuvieran en torno al mantel donde se servia la comida -, es el discípulo amado como se nos dice en el evangelio, el que se atreverá a preguntar quién es. La respuesta quizá la oyó solo Juan o los que estaban más cercanos. ‘Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado.» Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote’. El resto de los discípulos no entienden y siguen con sus cavilaciones.
‘Lo que tienes que hacer, hazlo pronto’, le dice Jesús a Judas que sale inmediatamente, que aunque el resto de los apóstoles piensan que Jesús le ha encomendado algo especial, sin embargo en el corazón de Judas entró la oscuridad de la noche en aquel momento. ‘Era de noche’, comentará el evangelista que nos contará todo esto.
Jesús sigue hablando abriendo su corazón a los discípulos y manifestándoles la importancia del momento que están viviendo. Todo suena a despedida. Con ardor los discípulos quieren seguir con Jesús, Pedro que quiere ir con El terminará diciendo que está dispuesto a todo, a dar la vida por Jesús. Es lo que lleva en su corazón, son los sentimientos de amor que impregnan íntimamente su corazón a pesar de su flaqueza y su debilidad. Por eso Jesús le anunciará que llegará a negarle tres veces antes de que el gallo cante en el amanecer del nuevo día.
En nosotros, en la medida en que nos vamos introduciendo en las celebraciones de la Semana Santa, participando en los diferentes actos piadosos que se realizan, o nos vamos empapando de la lectura de la pasión – muy recomendable que lo hagamos en estos días, también interiormente nos vamos sensibilizando espiritualmente y van apareciendo sentimientos y emociones que fundamentalmente tendrían que ayudarnos en la vivencia del misterio pascual. Nos ayuda el irnos poniendo en el lugar de esos diferentes personajes que nos van apareciendo en torno a Jesús, pero para que seamos capaces de darnos cuenta de cuánto de lo que a ellos les sucedía lo tenemos también en nuestro corazón o en nuestro vivir.
Simplemente hoy fijémonos en quienes aparecen en el entorno de Jesús en el inicio de esta cena pascual. Y aquello mismo que aparece en los distintos apóstoles de alguna manera lo llevamos nosotros por dentro. Que nos sirva de examen, de recuerdos de nuestras traiciones y nuestras debilidades, de las negaciones que también hacemos cuando no somos capaces de dar la cara por Jesús, o de los momentos en los que quizá ocultamos nuestra fe, nuestra condición de cristianos, de esos momentos de dudas y de incertidumbres que tantas veces se nos meten dentro y comenzamos a desconfiar de todo y hasta a desconfiar de nuestra fe.
Habrá también momentos de fervor, momentos intensos en que estamos dispuestos a todo aunque luego nuestra debilidad nos haga ocultarnos o echarnos para detrás. Saquemos a flote cuando llevamos dentro, negativo y positivo, y tratemos de ponernos al lado de Jesús para sentir su paz y llenarnos de esa vida nueva que El nos está ofreciendo. Que todo nos ayude en nuestra renovación pascual.

martes, 7 de agosto de 2018

Que se despierte nuestra fe y vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas porque nos sentimos seguros con Jesús


Que se despierte nuestra fe y vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas porque nos sentimos seguros con Jesús

Jeremías 30,1-2.12-15.18-22; Sal 101; Mateo 14,22-36

Dudas y miedos nos aparecen muchas veces en la vida; ante lo desconocido, ante las sorpresas que nos va dando la vida, ante los peligros que realmente nos acechan o que nosotros imaginamos en nuestra mente, por la posible pérdida de lo que ya tenemos, por los problemas y debilidades que sentimos en nosotros mismos o recibimos desde el exterior ya sean personas o acontecimientos adversos, si tenemos que arriesgarnos ante algo nuevo. Y nos encerramos en nosotros o huimos, o intentamos estoicamente quedarnos como impasibles como si eso no nos afectara.
Son las dudas que tenemos sobre nosotros mismos o el sentido y valor de nuestra vida, o son los interrogantes ante el misterio que no sabemos dilucidar; son las dudas que aparecen sobre nuestra fe y si todo lo que hacemos tiene sentido porque nos vemos muy tentados por un materialismo que quiere desterrar todo sentimiento religioso, pragmatismos decimos, ateismos camuflados, sincretismos que todo lo mezclan, agnosticismo que ahora tan de moda está sin saber muchas veces ni lo que queremos decir.
Pero ¿de verdad hay una fe en mi vida? ¿Jesús sigue siendo el sentido de mi vivir? ¿El evangelio tiene sentido para mi y trato de convertirlo en pauta de mi vida? ¿Dónde están esos principios y valores cristianos? Porque nos dejamos absorber por esos miedos y dudas, por esas influencias que recibimos de todos lados y ya nuestro vivir se distingue poco de los que viven sin fe y sin esperanza.
Quizá decimos que son duras las noches oscuras y las tormentas que nos aparecen en la vida; nos cegamos de tal manera que no llegamos a percibir la presencia del Señor junto a nosotros y lo confundimos con otras cosas. No es más fácil hablar de la energía positiva de la tierra, que de la gracia del Señor. Y así andamos en tantas confusiones. Comenzamos a crearnos fantasmas, luces fatuas que a nada nos llevan. Nos hace falta una mayor claridad y firmeza de nuestra fe. Primero nos vamos tras religiosidades novedosas que nos vienen no sabemos de donde, que profundizar en nuestra verdadera espiritualidad cristiana.
Hoy el evangelio nos habla de una difícil situación por la que van pasando sus discípulos en la travesía del lago. Jesús los había embarcado en aquella travesía pero se había quedado en la orilla del lago. Se sentían solos y las dificultades arreciaban; aparecieron las dudas y los miedos; todo los confundía. Hasta creyeron ver un fantasma en Jesús que finalmente venia hacia ellos. Y hasta se atrevieron a pedir pruebas a la palabra que escuchaban de Jesús. Cuantas pruebas vamos pidiendo tantas veces para no terminarnos de confiar en lo que Jesús nos dice.
Jesús está con ellos y les recrimina su falta de fe y sus miedos. Al final terminaron reconociéndolo y pudieron seguir avanzando hasta la otra orilla. Es lo que necesitamos. Reconocer a Jesús, que se despierte nuestra fe, que vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas, que busquemos donde en verdad vamos a encontrar la luz, que profundicemos en una verdadera espiritualidad cristiana. No tengamos miedo a la travesía de la vida ni a que tengamos que arriesgarnos. El nos prometió que estaría siempre con nosotros y para eso nos dio la fuerza y la presencia de su Espíritu.