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miércoles, 14 de enero de 2026

Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

 


Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

1Samuel 3, 1-10. 19-20; Salmo 39; Marcos 1, 29-39

Las señales de Dios se van manifestando. La aparición de Jesús haciendo aquel primer anuncio de la llegada del Reino de Dios fue un rayo de esperanza para aquellos  pueblos. Las tinieblas pujaban por permanecer pero la luz se va abriendo paso en aquellos corazones. Se sorprenden con las palabras de Jesús, se sorprenden con los signos que realizaba y que manifestaban que Dios estaba con El. Era su presencia, su cercanía, sus palabras, los signos que se manifestaban en su vida. Quería estar cerca de todos y se dejaba llevar allí donde hiciera falta.

Hoy nos dice el evangelista que después de salir de la sinagoga, allí donde había liberado de su mal a aquel hombre poseído por un espíritu inmundo, los primeros discípulos, aquellos que primero han escuchado su llamada y ya le siguen de cerca, Santiago y Juan a los que había invitado a seguirle para ser pescadores de hombres, se llevan a Jesús a casa de Simón y de Andrés y le dicen que la suegra de Simón está enferma, está en cama.

¡Qué hermosa sintonía de aquellos primeros discípulos que viendo lo que hace y enseña Jesús le cuentan también de sus incidencias familiares o de sus vecinos! Algo en lo que es necesario detenernos en nuestra reflexión. Somos los discípulos de Jesús, al menos nos gloriamos de llamarnos cristianos, pero ¿hasta dónde llega nuestra sintonía y nuestra sensibilidad en nuestro trato con el Señor? ¿Le hablamos a Dios de lo que vemos y de lo que palpamos a nuestro alrededor?

Por distintas circunstancias, confieso, que estos días he caminado por distintos rincones de mi pueblo, con ese crecimiento demográfico de la población, las nuevas viviendas que se van promoviendo y levantando por distintos sitios y pensaba en qué medida los que nos llamamos cristianos sentimos inquietud por esas poblaciones que parecen tan alejadas de Dios, tan alejadas de la vida de la Iglesia, aunque estén viviendo casi a sus puertas. ¿No nos hará falta un mayor sentido misionero a los que nos sentimos más cercanos de la Iglesia para hablarle a Dios de esas gentes, pero para hablarle a esa gente de que el Reino de Dios está cerca? La verdad, os digo, que sentía una inquietud en mi interior que me hacía preguntarme a mí mismo por muchas cosas.

Y siguiendo con el comentario del evangelio vemos cómo Jesús se acerca a aquella mujer, la toma de la mano y la levanta. Y aquella mujer que estaba postrada en su enfermedad, inmediatamente se puso a servirles. Postrados y encerrados en nosotros mismos es la peor enfermedad, que nos vuelve pasivos, que nos hace insolidarios, que nos hace pensar solo en nosotros mismos y agrandamos incluso los males que nos envuelven quizás buscando una compasión. ¿No necesitaremos esa mano de Jesús que nos levante y nos ponga en camino de servicio? Seguro que nos sentiremos sanados desde lo más hondo y se acabará toda pasividad e insolidaridad, se descorrerán esos nubarrones que oscurecían nuestra vida y nos sentiremos con una vitalidad nueva. ¿Dejaremos que Jesús tienda su mano sobre nosotros y nos levante? ¿Seremos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciéndole el anuncio del Reino de Dios?

No quiero alargarme en el comentario. Al anochecer se agolpan muchos a la puerta para que Jesús los cure. A la mañana siguiente lo buscarán porque seguirán con sus deseos de estar con El. Jesús se había retirado al descampado para orar. Pero Jesús les dice que hay que ir a otros sitios, porque a todos ha de hacer aquel anuncio del Reino de Dios.

Después de estar con Jesús y escuchar su Palabra, ¿sentiremos nosotros deseos de ir a otros sitios para hacer también a todos ese anuncio del Reino de Dios?


viernes, 2 de febrero de 2024

Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios

 


Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hoy en la vida todo lo queremos racionalizar, buscamos explicaciones desde la ciencia y desde la técnica a cuanto sucede, materializamos la vida como si solo fuera el producto de unos elementos químicos que, por decirlo de alguna manera, engendran así la existencia de la vida de manera que tenemos la pretensión de querer ser los creadores de la materia y de la vida misma; por eso hemos ido desterrando todo lo que suene a espiritual y en consecuencia queremos eliminar a Dios de nuestra existencia.

No digo que no tengamos que progresar en el conocimiento científico de las cosas y del mundo, porque es desarrollo de una inteligencia que hay en nosotros y que precisamente nos eleva de ese materialismo en el que podamos caer. El lugar de Dios en el origen de la vida no lo podemos negar porque solo en El encontraremos el sentido que vaya a dar plenitud a nuestra existencia. Desgraciadamente vamos eliminando esos elementos religiosos de nuestra vida que nos hacen reconocer esa presencia de Dios en nuestra existencia y si algunos elementos se tratan de conservar se hace muchas veces como un costumbrismo que nos pueda recordar otros tiempos y que se nos pueden quedar solamente como una expresión o fiesta folclórica. Es lo que nos pretenden imponer muchas instancias de nuestra sociedad de hoy. No podemos estar de acuerdo ni dejarnos engullir por esos planteamientos.

La fiesta litúrgica que celebramos en este día 2 de febrero se hunde en ese sentimiento hondo del creyente que reconoce la vida como un don de Dios y al que tenemos que darle gracias por ese don que de El recibimos. Litúrgicamente este día, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, nos recuerda la presentación y consagración a Dios de todo primogénito varón. Era ese reconocimiento del don de Dios en la vida engendrada en una familia y era la ofrenda de esa primicia para el Señor. Y es lo que ritualmente José y María están queriendo realizar en el templo al hacer la presentación de su hijo primogénito al Señor. Era una resonancia también de aquella ofrenda de diezmos y primicias de todas las cosas que todo creyente tenía que realizar para el Señor.

Aquel gesto que parecía que se podía quedar en lo ritual de la ofrenda sin embargo en aquel momento en el templo de Jerusalén se convirtió en gesto profético de algo más grande que venía a anunciar la llegada de la salvación y el cumplimiento de las promesas con que a través de los siglos los profetas habían mantenido la fe y la esperanza del pueblo de Israel.

Es la intervención de aquellos dos ancianos, Simeón y Ana, que manteniendo encendida la esperanza en su corazón supieron descubrir en aquel niño al esperado Mesías del Señor. Nos dice el evangelio que cada día aquellos ancianos acudían al templo manteniendo esa esperanza. Simeón sentía en su corazón la inspiración del Señor para saber que un día sus ojos habrían de ver al esperado Salvador tantas veces anunciado por los profetas. Y es lo que descubren sus ojos creyentes en aquella pareja que aquel día estaba haciendo la ofrenda de su primogénito a Dios.

No era una ofrenda cualquiera la que en aquellos momentos se estaba realizando. ‘Aquí estoy, oh, Dios para hacer tu voluntad’ era la ofrenda de aquel niño que un día diría que su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo y que, aunque el cáliz fuera duro de beber y pedía verse liberado de ese cáliz sin embargo por encima siempre estaría la voluntad del Padre y que finalmente culminaría la ofrenda de su vida cuando desde la Cruz pondría su espíritu en las manos del Padre.

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’. Fue el cántico de acción de gracias que en aquel momento el anciano Simeón cantaba desde su corazón a Dios. ‘Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción… para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones’. Es el anuncio profético de la misión de aquel niño que iba a ser luz de las naciones y gloria de su pueblo. Mientras aquella buena anciana no paraba de hablar de aquel niño ‘a cuantos aguardaban la futura liberación de Israel’.

No faltaban los ojos de fe en aquellos ancianos. No tendrían que faltarnos esos ojos de fe en nuestra vida. Bien que lo necesitamos para no dejarnos envolver por ese materialismo de la vida que puede ir destruyendo dentro de nosotros los valores más espirituales y trascendentes de la existencia. Somos algo más que una materia.

Un hondo sentido tenemos que saber darle a nuestro caminar que nos haga encontrar la verdadera grandeza y dignidad de toda persona, nuestra verdadera grandeza y dignidad que desde nuestra fe en Dios podemos encontrar. No son simplemente unos días que vivimos en este mundo donde más o menos podamos ir realizando algunas cosas de provecho porque queremos ser felices – es buena ansia y buen deseo – pero donde todo se quede en pasarlo bien y de la mejor manera posible sin darle mayor trascendencia a la vida. Algo más hondo tenemos que saber buscar y en nuestra fe en Jesús encontraremos esos verdaderos caminos de plenitud. Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios.

Finalmente no puedo terminar esta reflexión que me ha sugerido el evangelio de hoy sin recordar a María, que nos aparece también hoy en el evangelio como la madre que ha presentado a su hijo a Dios en el templo. Aquella mujer, de la que diría el anciano Simeón, que una espada le traspasaría el alma sobre todo cuando le contemplara en la ofrenda de la cruz en el Calvario, porque su hijo iba a ser en medio del mundo un signo de contradicción.

Pero es que nosotros los canarios celebramos hoy a María en su Advocación de Candelaria, la portadora de la luz, porque ella fue la primera misionera de nuestra tierra canaria en su imagen aparecida en las playas de Chimisay. Así la recordamos y así la celebramos hoy y es para nosotros un motivo de fiesta y alegría y un estímulo para mantener viva nuestra fe y convertirnos también como ella en candelas misioneras que lleven la luz de la fe a ese mundo que nos rodea.


jueves, 1 de febrero de 2024

Nos hace falta a los que nos llamamos discípulos de Jesús romper el círculo y salir a las plazas haciéndonos aventureros del anuncio del evangelio

 


Nos hace falta a los que nos llamamos discípulos de Jesús romper el círculo y salir a las plazas haciéndonos aventureros del anuncio del evangelio

1Reyes 2, 1-4. 10-12; Sal. 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Hay quien es aventurero en la vida y se lanza por el mundo a lo que salga; sin mayores alforjas se lanzan a caminar por el mundo preocupándose solo del momento, refugiándose en lo que salga, y ateniéndose al día a día comiendo lo que encuentren, o lo que las buenas gentes con las que se encuentre le puedan ofrecer.

Pero lo habitual es que si vamos a hacer un viaje, nos preocupemos previamente de prepararnos, buscando algún tipo de información sobre el lugar que vamos a visitar, pero proveyéndonos en nuestra maleta o nuestra mochila de aquellas cosas que podamos necesitar, ya sea de las ropas que vayamos a necesitar, del dinero del que podemos disponer, y de aquellas cosas que pensamos que nos pueden ser útiles en el desplazamiento que vayamos a realizar. Hay que ser precavidos, previsores, nos decimos, y algunas veces ponemos tantas cosas en nuestras maletas o mochilas que luego no hay quien las cargue. Si además vamos con alguna misión que realizar más aún nos preparamos para ello y poder desempeñar dignamente la tarea que se nos haya encomendado.

Esos son nuestros planteamientos humanos. Pero hoy Jesús nos rompe todos los esquemas. Nos cuenta el evangelista que ha escogido a Doce entre el grupo de los discípulos y los envía con la misión de ir adelantando el anuncio de la Buena Noticia por todas aquellas aldeas y pueblos de alrededor. Los envía con autoridad, pero los envía escasos de provisiones y de previsiones. Un bastón para el camino, una túnica de repuesto, unas sandalias para su camino y nada de dinero en la alforja. Allí donde vayan han de hospedarse donde los acojan y si no los acogen, a sacudirse el polvo de los pies pero a marchar para otro lugar.

Solo pide disponibilidad y generosidad de espíritu. Su misión es curar, su misión es hacer un anuncio de vida, su misión es rescatar de todo lo que sea muerte y sufrimiento, pero solo lo han de realizar en el  nombre de quien los ha enviado. Y realizan su misión, y vuelven llenos de alegría por lo que han realizado, han ungido a los enfermos y los han curado, ha quedado hecho el primer anuncio del Reino de Dios, han transmitido esa buena noticia de que llega y se establece el Reino de Dios.

Es el Evangelio. El evangelio que también nosotros tenemos la misión de anunciar. El evangelio que nos pide a nosotros también esa disponibilidad y esa generosidad. El evangelio del que hemos de estar tan impregnados que nos convirtamos nosotros mismos en esa buena noticia, porque estemos contando lo que Dios ha hecho con nosotros, como un día le pidiera a aquel hombre liberado del demonio allá en Gerasa. Pero esos son los signos que nosotros también tenemos que dar hoy en medio de nuestro mundo. Nos estamos preparando tanto que nunca terminamos de salir al camino, nunca nos ponemos en camino en el nombre de Jesús; solo con el bastón, las sandalias y la túnica, pero nosotros nos queremos buscar tantos recursos, nos queremos preparar tanto que terminamos dando vueltas sobre nosotros mismos, pero no nos ponemos en camino.

Nos hace falta más salir a la calle y a los caminos los que nos sentimos comprometidos con Jesús, para encontrarnos de verdad con la vida, allí donde están los sufrimientos, también los gozos y las alegrías, pero también las esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Tenemos que romper el círculo de quedarnos con los que siempre estamos, de quedarnos sentados en nuestro lugar y contentarnos con aquellos que puedan venir hasta nosotros, de ir al encuentro con los otros aunque sean unos desconocidos, aunque nunca los veamos en el templo, de llegar a la plaza donde está de verdad la vida de nuestras gentes y de nuestro pueblo, y allí tenemos que presentarnos con nuestro mensaje en nombre de Jesús.

Pudiera ser que nos lleváramos la sorpresa de que nos escuchan más de lo que nosotros pensábamos; nos daremos cuenta que ahí tenemos una palabra que decir, un signo de vida que dejar; seremos conscientes de que tenemos que ser más misioneros, que la Iglesia tiene que ser más misionera. ¿Cuándo nos pondremos en camino? ¿Seremos en verdad aventureros por el evangelio?


miércoles, 18 de octubre de 2023

Que se despierte ese ansia y espíritu misionero para sentir la urgencia del evangelio porque ¡ay de mi si no anuncio el evangelio!

 


Que se despierte ese ansia y espíritu misionero para sentir la urgencia del evangelio porque ¡ay de mi si no anuncio el evangelio!

2Timoteo 4, 10-17b; Sal 144; Lucas 10,1-9

Con frecuencia escuchamos en cualquier reivindicación laboral que se esté haciendo, y no digamos nada cuando se trata de colectivos que tienen que realizar servicios públicos, que el personal no es suficiente, que es mucho el trabajo, que tendría que contratarse más personal para poder atender debidamente aquellos servicios. Nos vemos desbordados trabajando en cualquier empresa por falta de personal y eso hará que en ocasiones las empresas estén abocadas al fracaso si no se hace una conveniente reestructuración del personal o se contratan más trabajadores. O son las tareas de casa que nos desbordan y las madres se sienten agobiadas porque no pueden atender todas las tareas y todo lo que quisieran a la familia; lo solucionamos cuando hay posibilidades contratando a personas que ayuden en esas tareas para que la familia esté debidamente atendida.

Me vienen a la mente estos hechos precisamente escuchando el evangelio que en esta fiesta del evangelista san Lucas se nos propone, pero contemplando la inmensa tarea de la Iglesia en medio del mundo donde no siempre se cuenta con las suficientes personas que realicen esa tarea pastoral. Y pensamos en la escasez de sacerdotes con tan pocas vocaciones que nos garanticen un futuro relevo, pero pensamos también en el poco compromiso que encontramos en nuestras comunidades en personas que realicen esas múltiples tareas pastorales.

Algunas veces en nuestras parroquias y comunidades cristianas parece que nos contentamos con una mínima pastoral de mantenimiento realizando mismamente unas tareas para al menos llegar a los que puedan estar mas cercanos o más interesados; echamos de menos una pastoral misionera, aunque el Papa nos está repitiendo continuamente esa salida de la iglesia de los cristianos para llegar también a las periferias, pero miro a mi alrededor y contemplo a tantos y tantos a los que no llega el anuncio del evangelio, notando además como crece a nuestro alrededor la indiferencia en lo religioso pero también ante los valores cristianos que nos ofrece el evangelio.

Y la Iglesia tiene que ser misionera, los cristianos hemos recibido esa misión de ir por delante anuncio la buena nueva del Reino de Dios a todos. Y cuando estoy hablando de la Iglesia misionera no estoy pensando en ese anuncio del evangelio que también hemos de hacer llegando también a lugares lejanos. Pienso en ese mundo cercano y que nos rodea, es mundo nuestro donde aun conservamos Iglesias y unas mínimas prácticas religiosas en torno a la figura de Jesús, pero donde sabemos que hay un gran desconocimiento de Jesús y del evangelio. Países que nos llamamos cristianos, pero que realmente están descristianizados aunque se hayan conservado algunas prácticas religiosas, pero donde no resplandecen demasiado los valores del evangelio.

Oímos hablar con frecuencia de una nueva evangelización, y algunas veces no terminamos de entender la densidad y el compromiso que eso significa. Pero es una tarea urgente que hay que realizar para que de nuevo el evangelio sea la sal de nuestra tierra y la levadura que nos haga fermentar en una vida cristiana auténtica.

Hoy nos está diciendo Jesús que la mies es abundante y los obreros son pocos; creo que con una mínima sensibilidad somos conscientes de eso. Y Jesús nos pide que roguemos al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies. ¿Estaremos de verdad comprometidos en esa oración tal como nos pide Jesús? No son solo las empresas las que necesitan más trabajadores, como reflexionábamos al principio, sino que es la Iglesia la que necesita más apóstoles y misioneros en medio del mundo.

Hoy estamos celebrando la fiesta del evangelista san Lucas y puede ser un buen toque de atención a nuestras conciencias para que se despierte en nosotros esa ansia y ese espíritu misionero. Estamos en esta semana a las puertas de la Jornada del Domund que celebraremos el próximo domingo. Un motivo más para despertar, un motivo más para sentir esa urgencia del evangelio – como decía san Pablo ‘Ay de mi si no anuncio el evangelio’ -, un motivo más para esa oración al Señor.

Ojalá pudiéramos decir como el apóstol san Pablo, ‘Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones’.

lunes, 8 de agosto de 2022

La Iglesia, los cristianos que nos sentimos comprometidos con nuestra fe, hemos de dar respuesta al reto de descristianización que vive nuestra sociedad

 


La Iglesia, los cristianos que nos sentimos comprometidos con nuestra fe, hemos de dar respuesta al reto de descristianización que vive nuestra sociedad

Isaías 52, 7-10; Sal 95; Mateo 5, 13-19

Es fácil escuchar ruidos de festejos en estos días de verano cualquiera de los caminos que queramos tomar. Las pirotecnias de los fuegos artificiales iluminan la noche de nuestros pueblos mientras con una mayor o menor insistencia y volumetría secaremos la música que quieren alegrar y acompañar las fiestas de nuestros pueblos. Habitualmente celebramos a nuestros santos patronos, en cuyo honor están edificados nuestros templos, hacemos las fiestas de la Virgen en sus diversas advocaciones que se multiplican por todos lados en estos meses, o sobre todo en el mes de setiembre por nuestras tierras las fiestas de nuestros ‘Cristos’. Los ‘actos religiosos’ están especialmente resaltados en los programas festeros y las procesiones serán acompañadas por esas músicas y los sonidos y coloridos de las exhibiciones pirotécnicas. Frutos de unas tradiciones – muy dados somos a mantener tradiciones en nuestros pueblos aunque solo sean del año anterior – o restos que quedan de la religiosidad de nuestros pueblos que hemos de reconocer cada día va a menos reflejado como está en nuestros templos vacíos en las celebraciones habituales.

Confieso que me interrogo a mí mismo, por lo que vivo o por lo que contribuyo a mantener esas tradiciones, dónde está el evangelio y el sentido cristiano de la vida detrás de todas esas apariencias religiosas y esas manifestaciones. Se pregunta uno qué es lo que en verdad celebra la mayoría de nuestra gente en estas manifestaciones festivas para los que en una inmensa mayoría solo van a recordar el esplendor de una procesión o quizá solo el recuerdo de unos bonitos fuegos artificiales. Como Iglesia de Jesús, ¿qué es lo que realmente estamos haciendo?

Aunque son interrogantes que siempre me han ronroneado en mi interior, me ha venido a la mente con intensidad cuando me he puesto a recordar y a leer algo sobre santo Domingo de Guzmán a quien hoy estamos celebrando. Era a principios del siglo XIII cuando aquel sacerdote español de Burgo de Osma donde era canónigo de su Catedral acompañó a su Obispo en un viaje por el centro y norte de Europa. Diversas herejías asolaban la fe de muchos cristianos, pero era sobre todo la gran ignorancia del evangelio que tenía el pueblo cristiano, lo que mantenía una pobre religiosidad basada muchas veces sólo en vidas de santos muy llenas de leyendas, lo que impresionó a este sacerdote que le haría cambiar totalmente su vida. Sintió la urgencia en su corazón del anuncio del evangelio. ‘¡Ay de mí, si no evangelizara!’, como había dicho un día san Pablo. Había que hacer un anuncio de palabra y de obra del Evangelio. Había que llegar a todas esas gentes – como diría hoy el Papa Francisco a la periferia – con un anuncio vivo del Evangelio de Jesús.

Así nació la Orden de los Predicadores, con aquellos que en torno a santo Domingo se congregaron con la misma inquietud del anuncio del Evangelio. La sal y la luz del evangelio habían de llegar a todos para que todos tuvieran ese nuevo sabor y sentido para sus vidas. La sal no era para guardarla, porque si la guardamos mucho tiempo sin darle uso apropiado lo que hará será estropearse; la luz no puede esconderse debajo del celemín, sino que ha de poner en un alto candelero para que ilumine toda la casa; no se puede ocultar una ciudad edificada en lo alto de una montaña. No podemos ocultar el evangelio, tenemos que trasmitirlo para que se haga vida en los demás. La sal que pierde sabor no sirve sino para tirarla y que la pise la gente.

Ante lo primero que comenzamos a comentar me pregunto qué es lo que nosotros estamos haciendo con el Evangelio. Nos creemos ya un pueblo cristiano y evangelizado porque mantenemos la práctica de algunas tradiciones religiosas pero tenemos que reconocer que necesitamos un nuevo y vivo anuncio del evangelio para que dé sentido a lo que decimos que vivimos o a lo que decimos que somos, pero que muchas veces para muchos de nosotros esa sal ha dejado de dar sabor.

Vamos cada vez más en un proceso muy grave de descristianización de nuestra sociedad; son menos los niños que se bautizan, son pocos los que hacen pareja matrimonial recibiendo el sacramento del matrimonio, cada vez son menos los niños y jóvenes que asisten a las catequesis de nuestras parroquias y no reciben ni los sacramentos de la iniciación cristiana, cada vez se van sustituyendo por ceremonias civiles lo que antes eran celebraciones cristianas, cada vez vamos encontrando una indiferencia en nuestros jóvenes y no tan jóvenes ante el hecho religioso y no digamos ante la Iglesia y el sentido cristiano de la vida.

¿En verdad la Iglesia, los cristianos que nos sentimos más comprometidos con nuestra fe estamos dando respuesta a estos retos?

domingo, 3 de julio de 2022

Somos testigos y misioneros de la buena noticia de la paz que tenemos que anunciar para conseguir un mundo de justicia y de paz desde la transformación de nuestros corazones

 


Somos testigos y misioneros de la buena noticia de la paz que tenemos que anunciar para conseguir un mundo de justicia y de paz desde la transformación de nuestros corazones

Isaías 66, 10-14c; Sal 65; Gálatas 6, 14-18; Lucas 10, 1-12. 17-20

En todos los ámbitos de la sociedad nos solemos encontrar con semejantes problemas; aunque a veces pueda dar la sensación de que la gente tiene ganas de participar en la vida de la sociedad y nos encontramos con variadas iniciativas en el movimiento social, sin embargo en la general a la gente le cuesta implicarse, participar, formar parte de grupos de trabajo en el ámbito social; como se suele decir muchas, somos siempre los mismos. Y sin embargo tendríamos que ser conscientes de que la sociedad la constituimos todos y todos tendríamos que implicarnos más en su construcción.

Hoy el evangelio nos está invitando a esa implicación, a esa generosidad y disponibilidad por nuestra parte para ofrecer nuestro tiempo, nuestra presencia, nuestro trabajo, nuestras iniciativas en ese camino. Aunque el evangelio incide principalmente en ese anuncio del evangelio al que Jesús envía a aquellos setenta y dos discípulos escogidos de entre todos los seguidores de Jesús, creo que entendemos que tiene que ser la implicación que en todos los ámbitos de la sociedad hemos de tener todos.

Jesús en su subida a Jerusalén, en la que está inmerso el relato del evangelio de Lucas que vamos escuchando, va enseñando a sus discípulos cuál ha de ser su tarea, la respuesta que han de aprender a dar a la misión que Jesús a todos les va a confiar. Parece este pasaje como un adelanto del envío final que Jesús hará en su Ascensión de sus discípulos por todo el mundo para el anuncio del evangelio. Ahora les envía a aquellos lugares cercanos en donde Jesús ha de ir presentarse como buena noticia y que ahora a sus discípulos les toca abrir caminos.

Pero antes del envío Jesús hace una constatación para lo que invita también a orar a sus  discípulos. La tarea es inmensa, ‘la mies es mucha pero los obreros son pocos, rogad al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies’.

La tarea es inmensa constatamos nosotros hoy también; pero no solo pensamos quizás en esa falta de sacerdotes, de vocaciones especiales a esa tarea misionera en la Iglesia y en el mundo, tantos agentes de pastoral – catequistas, agentes de cáritas, visitadores de enfermos, agentes de movimientos cristianos de la familia, de la juventud… - tan necesarios en nuestras comunidades, sino que constatamos quizás también que falta la presencia de cristianos auténticos ahí en medio de esa sociedad, testigos en nuestras familias, en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, en la diferentes profesiones donde es necesario que brille la luz del evangelio; serán médicos cristianos, serán maestros cristianos, serán periodistas cristianos, serán empresarios cristianos, serán profesionales bien marcados por el sentido cristiano que ahí en su medio y en su lugar sean testigos, den testimonio del nombre de Jesús para hacer brillar la luz del evangelio, el Reino de Dios.

‘Poneos en camino’. Es la buena noticia de la paz que tenemos que anunciar. ¿No fue ese el primer anuncio que hicieron los ángeles allá en los campos de Belén a la hora del nacimiento de Jesús? y es que quienes nos vamos a sentir envueltos por el mensaje de Jesús un mundo nuevo tenemos que construir donde brilla paz porque brille el amor y la justicia; un mundo donde brille la paz porque desaparecen las vanidades y las falsedades de la vida para vivir en autenticidad nuestro ser humano como personas; un mundo donde brille la paz porque desterramos las violencias y los odios para vivir una auténtica reconciliación.

Nos pide Jesús que vayamos con la pobreza de nuestros pobres medios porque nada vamos a imponer sino a contagiar desde la autenticidad de nuestras vidas. Algunas veces pensamos que desde la imposición de unas leyes o de unos preceptos vamos a conseguir un mundo de justicia y de paz, pero es desde la transformación de nuestros corazones desde podemos lograrlos en verdad. Vamos a ofrecer no solo una palabra, sino el testimonio de una vida; vamos con el anuncio de la paz, pero no vamos a imponer la paz; vamos con la disponibilidad de nuestro corazón donde también sabremos aceptar lo bueno que recibamos de los demás.

‘Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

¿Sentiremos en verdad la urgencia del anuncio del Evangelio en nuestro mundo? ¿En qué medida somos capaces de comprometernos? ¿Somos conscientes de que tenemos que ser una Iglesia misionera en medio del mundo hoy también? ‘Poneos en camino’, nos está pidiendo Jesús hoy.

sábado, 19 de septiembre de 2020

No nos desanimen los momentos de desconcierto con que tropecemos en la vida, sino sigamos sembrando con esperanza la buena semilla que haga fructificar nuestro mundo

 


No nos desanimen los momentos de desconcierto con que tropecemos en la vida, sino sigamos sembrando con esperanza la buena semilla que haga fructificar nuestro mundo

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Sal 55; Lucas 8, 4-15

Hay momentos en que nos sentimos desconcertados en la vida porque quizás habíamos puesto mucha ilusión en algo que emprendíamos, una iniciativa nueva quizás trabajada con esperanza de unos frutos con los que podríamos lograr una vida mejor, pero las cosas no prosperaron, lo que esperábamos conseguir se vio mermado en sus frutos y algo así sentimos como sensación de fracaso por no haberlo logrado. Pueden ser nuestros trabajos, un negocio que emprendemos, la tarea que como padres queremos realizar con nuestros hijos que por mucho que quisimos luego no llegamos a palpar los frutos de nuestra tarea educadora, y así podíamos pensar en muchas situaciones.

Quienes queremos realizar una tarea pastoral en la Iglesia ponemos mucho empeño en la tarea que queremos realizar asumiendo unas responsabilidades y son los catequistas que trabajan con los niños o los jóvenes en la tarea de la educación en la fe, serán los que quieren animar grupos de trabajo en las parroquias, los que quieren realizar una tarea misionera en sus ambientes y forman parte de grupos apostólicos; pero puede sucedernos como antes mencionábamos que hay momentos en que nos sentimos desconcertados porque después de mucho esfuerzo parece que todo se esfumó, las personas en las que teníamos esperanza de frutos de vida cristiana de repente se vinieron abajo y abandonaron. Sentimos desencanto, sentimos desilusión, a veces nos sentimos fracasados sin en verdad no nos hemos fortalecido espiritualmente para esa tarea. ¿Qué ha sucedido para encontrar estas respuestas negativas?

Quizá, los mayores al menos eso nos parece recordar, hemos vivido en nuestra historia reciente momentos de gran fervor, de gentes que Vivian intensamente su religiosidad, donde contemplábamos quizá nuestros templos llenos de feligreses, pero de la noche a la mañana, nos parece, todo eso se ha enfriado, no hay el mismo fervor en las gentes, nuestros templos se han vaciado de feligreses. Sentimos quizá la angustia de preguntarnos qué es lo que hicimos, qué hicimos mal para tener estos resultados que ahora nos parecen tan negativos.

Escuchando la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio me han venido a la mente estos pensamientos, aunque nos pudiera parecer que no tiene relación una cosa con otra. La parábola es la del sembrador y que hoy escuchamos en el evangelio de san Lucas, estamos más habituados quizá a escuchar la misma parábola en el evangelio de san Mateo. El sembrador que sale a sembrar la simiente y lo va haciendo por todos lados.

Es así como esa buena semilla cae en tierra pero en diferentes terrenos; en todos parece que quiere brotar, pero en muchos de ellos va a encontrar dificultad no solo para germinar sino para luego poder crecer y llegar a dar fruto. La parábola nos habla del terreno duro y repisado del borde del camino, como nos hablará del terreno hecho un pedregal y sequedal, como también de los terrenos llenos de abrojos y malas hierbas; solo la semilla caída en tierra buena y preparada será la que dará fruto, pero también nos dice que no todo el fruto es el mismo porque producirá en diferentes proporciones.

Es lo que con la parábola ilumina esas situaciones de las que hemos venido hablando. Las actitudes del corazón de las personas son muy variadas; y digo las actitudes pero quizá tendríamos que decir mucho más, porque ahí están nuestras costumbres enraizadas en nuestra vida, ahí están las influencias que desde distintos lados podemos estar recibiendo, ahí están las rutinas de nuestra vida y los apegos a las cosas en la confusión de no saber qué es lo verdaderamente principal, ahí está esa tendencia a vivir un materialismo que nos lleva a querer disfrutar de lo primero que aparece delante de nosotros sin saber discernir bien porque quizás nos tomamos con mucha superficialidad la vida, ahí está ese dejarse llevar por lo primero que salga, el que no querer detenernos a pensar y reflexionar en algo hondo que pueda dar un sentido a la vida rehusando todo lo que nos pueda hacer pensar y reflexionar sobre nuestra misma vida. Son esos distintos terrenos en las que cae la semilla.

Quizá alguien podría decirnos que el sembrador tenía que haberse preocupado antes de preparar el terreno, como intenta hacer todo buen agricultor. Pero en el mensaje que quiere trasmitirnos la parábola el que llegue así la semilla a bote pronto a cualquier terreno quizás nos quiere interpelar a los que la escuchamos para que empecemos por darle importancia a esa semilla que llega a nosotros y no simplemente por azar sino que es algo con lo que Dios quiere interpelarnos a cada uno de nosotros porque de cada uno de nosotros está esperando un fruto, que no tiene que ser igual en todos, sino que cada uno responderemos desde lo que somos y desde lo que es nuestro terreno.

Hoy esta semilla está llegando a quienes queremos escucharla y recibirla. Respetemos que otros no estén interesados aunque con el deseo de que un día ellos también abran su terreno para acoger esa semilla. A ti y a mí que ahora nos está llegando esta semilla nos llega una interpelación muy profunda para que demos fruto, pero quizá también para que seamos sembradores de buena semilla en ese mundo que nos rodea, aunque algunas veces lo veamos endurecido y reseco o lleno de abrojos. No olvidemos que ahí también tenemos que sembrar la semilla, respetando la respuesta que cada uno quiera dar, pero ayudando de nuestra parte para que alguien pueda encontrarle su sentido.

domingo, 9 de agosto de 2020

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

 

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra parece que los brazos son pocos para hacerla avanzar, una sensación de soledad en el silencio de la noche porque aquel que más deseaban que estuviera con ellos los había apremiado a embarcarse pero él se había quedado en tierra, imágenes que aparecen ante sus ojos que les parecen frutos de su imaginación pero que no terminan de comprender todo su sentido. Una descripción de la situación anímica en que muchas veces nos encontramos en la travesía de la vida. Nos sentimos solos y sin fuerzas, parece que nunca vamos a alcanzar la meta hacia la que queremos avanzar.

Este episodio del evangelio que nos presenta la liturgia en este domingo lo podemos transportar y traducir a muchas situaciones en las que nos encontramos en la vida. No siempre los caminos son fáciles, no siempre logramos lo que ansiamos a la primera sino que muchas veces parece que todo se nos viene en contra. Lo pensamos a nivel individual de nuestras luchas particulares pero lo pensamos en el camino de nuestra sociedad y en el camino de la Iglesia.

Puede reflejar muy bien el momento presente de nuestra sociedad con sus crisis y con sus pandemias; porque ahora nos vemos muy afectados por esta crisis sanitaria que vive toda la humanidad y que luego se deriva en muchísimos otros problemas sociales que están desequilibrando la vida y el sentido y valor que le hemos dado a las cosas hasta el momento presente. Pero no es la única crisis del mundo de hoy tan envuelto en corrupción, con tantos intereses encontrados, con tantos enfrentamientos sociales de todo tipo, con la falta de paz en nuestro mundo tan lleno de violencias que no son solamente las guerras entre pueblos y naciones, sino en esa acritud con que vivimos la vida y con esa violencia que aparece a cualquier momento o a cualquier tensión.

El viento en contra. Son muchas las personas de buena voluntad que quieren un mundo mejor y por ello y para ello intentan trabajar pero aparecen tantas cosas que destruyen ese trabajo, rompen esas ilusiones, nos hacen perder la fuerza y el empuje que tanto necesitamos para ir levantando poco a poco ese mundo mejor. Pero son muchos los vientos en contra.

Y decíamos antes también es el camino de la Iglesia. Los que creemos en Jesús hemos sido enviados al mundo con una Buena Nueva de salvación y así la Iglesia va atravesando esas aguas procelosas de nuestro mundo que tantas veces incluso se le vuelve adverso. Hubo quizá momentos de cristiandad en que todo parecía triunfalismo y nos creíamos que ya el mundo estaba convertido al evangelio, pero nos vamos dando cuenta de cuántos vacíos hay en nuestra sociedad, de cuánta falta la fe y cómo en tan poco valor se tienen los valores del Evangelio.

El mundo que nos creíamos tan religioso no lo es tanto porque un nuevo paganismo aflora por todas partes y algunos quieren incluso resucitar viejas tradiciones paganas porque nos dicen que no teníamos derecho a transformar nuestro mundo según los valores del evangelio. Son muchos los vientos en contra con los que nos encontramos y sentimos también en ocasiones, por nuestra falta de fe, una sensación de soledad y casi como si estuviéramos abandonados a nuestra suerte.

Y nos pueden aparecer fantasmas que nos confundan. O quizá nosotros mismos nos creamos expectativas de cosas extraordinarias, milagros espectaculares en los que queremos encontrar a Dios y encontrar el camino de salvación que El nos ofrece. Pero hoy nos está pidiendo que sencillamente nos mantengamos firmes en nuestra fe, sin desconfianzas ni miedos, sin buscar cosas espectaculares, sino sabiendo sentir en silencio esa mano de Dios que está con nosotros, nos levanta, y nos hace sentir su presencia con nosotros en la barca. Pedro quizá quiso hacer cosas espectaculares y él caminar también sobre las aguas, pero cuando se levantó un poco de viento y se movieron un poco las olas dudó y casi se hundía.

Pero allí estaba el Señor, aquí está el Señor tenemos que decir con toda confianza. Y hacer silencio en nuestra oracion para escuchar el susurro de su presencia y el susurro de amor de sus palabras. Elías allá en el monte de Dios no lo encontró ni en la tormenta ni en el viento impetuoso, lo sintió y experimentó en el silencio de la suave brisa. Tenemos que aprender a saborear esa suave brisa de la presencia del Señor en nuestra vida, en medio de nuestras tormentas, nuestras luchas, nuestras dudas, nuestros miedos e incertidumbres, en medio de ese mundo revuelto en el que vivimos y que nos parece que no sabemos como vamos a salir adelante. Cada uno pensemos también en nuestras propias tormentas personales. A través de todo eso y en el silencio de nuestro corazón nos habla el Señor, se hace presente el Señor.

Pero ahí está el Señor, que viene a nosotros cuando está el viento en contra, que viene a nosotros en la suave brisa, que viene a nosotros en el silencio de la montaña, que viene a nosotros cuando nos parece que nos sentimos en soledad pero El nos hace sentir a su manera las llamadas del amor.

domingo, 2 de febrero de 2020

Como los ancianos Simeón y Ana, como María de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo signo y testimonio de evangelio




Como los ancianos Simeón y Ana, como María de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo signo y testimonio de evangelio

Malaquías 3, 1-4; Sal 23; hebreos 2, 14-18; Lucas 2, 22-40
Hoy hace cuarenta días que celebrábamos el nacimiento de Jesús. La liturgia en esta ocasión sigue fielmente los acontecimientos de forma cronológica nos recuerda hoy y celebramos algo que prescribía la ley del Señor para el pueblo de Israel. Todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Es lo que hoy celebramos, la Presentación de Jesús en el templo.
Como nos dirá la carta a los Hebreos Jesús al entrar en el mundo exclamó con aquellas palabras ya preanunciadas en la Escritura, ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. Significativamente hoy lo contemplamos cuando los padres de Jesús a los cuarenta días de su nacimiento llevaron a Jesús al templo para su presentación al Señor. Podríamos decir de alguna manera que es el inicio de la ofrenda de quien venia para hacer la voluntad del Padre – ‘no se haga lo que yo quiero sino tu voluntad’, exclamaría Jesús en Getsemaní y en el momento supremo de la cruz pone su vida en las manos del Padre ‘en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Es un camino que se nos señala. Es la ofrenda de nuestra vida cuando dejamos que la fe envuelva la totalidad de nuestra vida. Por algo nos enseñaría Jesús que aquello que ha de ser como meta de nuestra vida y ha de estar presente siempre en nuestro vivir y en nuestro actuar lo convirtiéramos en oracion que repetiríamos cada día. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Su alimento era hacer la voluntad del Padre y así se siente enviado del Padre para hacer lo que El quiere. ¿Será así también en nosotros el ‘sí’ que le damos a Dios con la obediencia de nuestra fe?
El evangelio nos habla hoy de que en el momento en que sus padres llegaron al templo para hacer la ofrenda les salió al paso, primero el anciano Simeón, y luego la profetisa Ana. Aquel anciano no es un sacerdote al servicio del templo y del culto al Señor, era simplemente alguien que esperaba la consolación del pueblo de Israel. Allí estaba lleno de esperanza porque sabía que sus ojos no se cerrarían sin ver el cumplimiento de las promesas anunciadas. Y aquel anciano canta lleno de alegría porque sus ojos han podido contemplar al que era presentado como la luz de las naciones y la gloria del pueblo de Israel. Pero señala también cómo será signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones.  ‘El que no está conmigo está contra mí’, diría Jesús porque ante El siempre hemos de hacer una opción clara y decisiva para posicionarnos de forma rotunda en lo que es la voluntad de Dios.
La anciana profetisa también se ha posicionado porque si en silencio había estado muchos años sirviendo a Dios en el servicio del templo de forma callada, ahora a aquella mujer se le soltaría la lengua no solo para cantar las alabanzas del Señor sino para contar a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel el cumplimiento de las promesas mesiánicas en aquel niño que ahora era presentado al Señor en el templo.
Ante Jesús no podemos callar; ante Jesús nos tenemos que decantar; desde el encuentro con Jesús siempre nos tenemos que convertir en misioneros que anuncien con valentía la Buena Noticia de nuestra salvación. Tenemos que decir que esta fiesta que hoy estamos celebrando no es para quedarnos estáticos contemplando las maravillas del Señor sino para ponernos en camino. Aquellos ancianos vinieron al encuentro de aquellos padres que llevaban un niño en sus brazos como tantos otros que en aquellos momentos hacían la misma entrada en el templo del Señor. Pero pronto aquellos ancianos se dieron la vuelta con Jesús en sus brazos para convertirse en anuncio jubiloso de buena noticia para todos los que allí entonces estaban.
Venimos al encuentro del Señor en nuestra celebración porque queremos cantar las alabanzas del Señor, pero cuando termina la celebración nos sentimos enviados ‘ite, misa est’, se nos decía en latín en el viejo ritual, y aunque se han suavizado las palabras en la traducción en un ‘podeis ir en paz’, sin embargo tiene ese sentido de imperativo, de mandato, porque tenemos que salir, porque tenemos que ponernos en camino, porque tenemos que ir a llevar la buena noticia a los demás.
Hoy estamos hablando mucho de una iglesia misionera, de una iglesia en salida, de un ir a la otra orilla para saber llegar a las periferias de nuestro mundo haciendo el anuncio. Nuestra Iglesia Diocesana de Tenerife celebrando este segundo centenario de su creación así quiere sentirse porque tiene que ir al mundo que le rodea llevando el anuncio del evangelio. Pero aun más podemos decir, porque en este día en nuestra Diócesis celebramos a nuestra Señora de Candelaria, nuestra patrona general de las Islas Canarias.
Ella fue la primera misionera, en su imagen encontrada en las playas de Chimisay, para los habitantes de nuestras islas que la llamaban la Chaxiraxi, la madre del Sol. Fue el primer signo cristiano que llego a nuestras tierras antes de que los misioneros pusieran pie en ella. Cuando hoy nosotros la celebramos queremos coger el testigo de sus manos, y el testigo es esa luz significada en esa candela que porta en una mano, mientras al brazo lleva a su Hijo Jesús. 
Cojamos esa candela, ese testigo, esa luz y no olvidemos que tenemos que ser testigos, que tenemos que llevar esa luz, que tenemos que anunciar a todos los hombres de nuestra tierra el mensaje de Jesús, el mensaje del Evangelio. Como los ancianos Simeón y Ana, como Maria de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo nosotros signo y testimonio del evangelio de Jesús.

lunes, 21 de enero de 2019

Nuestra vida cristiana está como estancada, no avanzamos, seguimos siempre en la mismo necesitamos ser odres nuevos para el vino nuevo del evangelio


Nuestra vida cristiana está como estancada, no avanzamos, seguimos siempre en la mismo necesitamos ser odres nuevos para el vino nuevo del evangelio

Hebreos, 5, 1-10 Sal. 109; Marcos, 2, 23-28
Quizás nosotros los mayores recordamos aquellos tiempos de más pobreza, de pocos medios y recursos que teníamos que irnos apañando con lo que teníamos aunque ya estuviera obsoleto, estropeado o roto; para eso teníamos el remedio de los remiendos que nuestras madres nos hacían en la ropa cuando en nuestros juegos de niños o en nuestros trabajos de mayorcitos se nos rompía el pantalón o la camisa; ya tenían su sabiduría nuestras madres, sobre todo con algún tipo de tela, de remojarlas previamente por si acaso encogieran y si se ponían así, al lavar la ropa a su tiempo aparecerán tirones en la tela de un lado o de otro.

Quizás nos quede algo de eso en la vida, y no es ya en los remiendos que se puedan hacer en la ropa – hoy tenemos la moda en la gente joven de comprar los vaqueros ya con roturas previamente hechas por 'eso mola' como se dice ahora – sino más bien son las actitudes que podamos tener en la vida y ante lo novedoso que podamos encontrar donde tratamos de acomodarnos pero sin quizá dejar del todo las viejas costumbres.

Nos cuesta renovarnos, porque nos cuesta cambiar; siempre queremos dejar algo de lo viejo en nosotros. Y esto nos sucede en el ámbito de nuestra vida cristiana y de lo que el Evangelio nos va pidiendo cada día. Escuchamos la palabra conversión y simplemente la traducimos por un arrepentimiento de lo mal que hayamos hecho, pero seguimos con nuestras mismas costumbres y rutinas, y no nos atrevemos a emprender nuevos caminos, cambios radicales en nuestra vida. Y la palabra conversión significa un dar totalmente la vuelta, es una renovación en la que no se trata solamente de hacer arreglitos sino transformarnos totalmente comenzando a vivir en unas actitudes nuevas, los valores que el evangelio nos va presentando cada día.

Lo triste sería que ya el evangelio no fuera una buena nueva para nosotros, una nueva y buena noticia que entraña el que sepamos encontrar lo nuevo que el Señor nos pide para nuestra vida. Y es que muchas veces cuando escuchamos el evangelio ya nos damos por sabido lo que nos dice y no somos capaces de pararnos en serio a reflexionar y ver lo nuevo que aquí y ahora nos está pidiendo para nuestra vida.

Por eso nuestra vida cristiana está como estancada, no avanzamos, seguimos siempre en la mismo. Escuchamos las llamadas que la Iglesia ahora nos está haciendo que seamos en verdad una iglesia en salida pero seguimos estancados en la mismo sin variar nada en nosotros ni ser capaces de presentar con verdadera ilusión y fuerza la novedad del evangelio a nuestro mundo de hoy. Nos contentamos con seguir haciendo lo mismo, y así no hay una verdadera renovación en nuestras comunidades cristianas.

Nos habla hoy el evangelio de que no podemos andar con remiendos, que no podemos andar todavía con odres o vasijas viejas, sino que tenemos que ser en verdad un hombre nuevo, tenemos que tener odres nuevos para ese vino nuevo que el Señor nos ofrece cada día. Seamos capaces de pararnos un poco en la vida y reflexionar hondamente en el mensaje que nos ofrece hoy el evangelio.



miércoles, 6 de septiembre de 2017

No podemos seguir siendo conservadores en la hora de la tarea de la nueva evangelización y saber encontrar nuevos caminos de encuentro con nuestro mundo


No podemos seguir siendo conservadores en la hora de la tarea de la nueva evangelización y saber encontrar nuevos caminos de encuentro con nuestro mundo

Colosenses 1,1-8; Sal 51; Lucas 4,38-44

Algunas veces nos sale a flote un cierto regusto conservador que casi sin darnos cuenta llevamos dentro de nosotros. Nos sentimos a gusto en una cosa, en una situación, en un lugar o incluso en un trabajo y no sentimos la inquietud o la curiosidad de buscar algo distinto o algo nuevo. Nos parece un riesgo que no queremos correr. Si estamos tan bien aquí por qué vamos a buscar otra cosa, pensamos. Tenemos miedo a lo mejor y nos contentamos con lo simplemente bueno, por miedo quizá a perderlo y quedarnos sin nada.
Nos sucede en muchas situaciones de la vida cuando nos falta ese deseo de superación y crecimiento; perdemos la ilusión y las ganas de mejorar quedándonos en lo de siempre; terminamos siendo incapaces de seguir poniéndonos metas altas por las que luchar, porque nos puede mas la desgana y caemos en la rutina de lo de siempre. Y la vida tiene que renovarse, como se renuevan constantemente las células de nuestro cuerpo. Necesitamos ese empuje del espíritu joven y emprendedor.
Hoy Jesús en el texto del evangelio de este día nos da un buen ejemplo que nos vale en esa tarea de superación personal en que todos hemos de vivir, pero también en la tarea de evangelización en la que tenemos que estar comprometidos. La iban muy bien las cosas a Jesús en Cafarnaún, iba los sábados a la sinagoga a enseñar, la gente se quedaba admirada de sus palabras, realizaba signos que corroboraban la veracidad del mensaje que les trasmitía, podía realizar la tarea de la caridad en todo su esplendor cuando le llevaban enfermos para que los curase, pero Jesús quiere marcharse a otro lugar.
A la mañana siguiente - nos dice el evangelista y eso es más que una expresión cronológica – Jesús se va al descampado – otro evangelista al narrarnos paralelamente este mismo hecho nos dice que se fue a solar a orar – y allí van a buscarlo. Quieren retenerlo, que se quede con ellos, allí puede seguir haciendo tantas cosas buenas, a ellos les gusta escucharle, pero Jesús les dice que tiene que ir también a otros lugares. Por muy cómodo que estuviera en Cafarnaún en casa de Pedro su misión era más amplia, más universal. Comenzará su recorrido por todos los pueblos y aldeas de Galilea; en esa ocasión nos dice el evangelista que llegó también a las sinagogas de Judea.
Ya lo hemos dicho. Nos sentimos a gusto en nuestro circulo de siempre, donde creemos que allí están los buenos, los buenos de siempre; nos cuesta salir, y al encuentro de otra gente nueva, de otras personas, a esos que quizá llamamos alejados, pero que quizá están lejos porque a ellos nunca ha llegado el mensaje.
Sucede en nuestra iglesia, sucede en nuestras parroquias; nos contentamos con los que ya vienen y con ellos queremos trabajar, nos sentimos a gusto en las cosas que ya hacemos de siempre, pero ¿y los otros? ¿Y esos que nunca vienen, o vienen de forma ocasional? ¿Para ellos no hay también una palabra de luz, de vida, un anuncio de salvación, un anuncio de Jesús, un anuncio de buena nueva?
Hoy en nuestras iglesias, en nuestras parroquias estamos viendo mucho un cartel que nos dice EN SALIDA. Pero tengo miedo que se quede en palabras, en buenos deseos, y no seamos capaces de llegar mas allá de los de siempre, de los muros de nuestras iglesias; no terminamos de llegar a esos lugares apartados y no es solo físicamente porque muchas veces los tenemos en la misma plaza del pueblo, de esas gentes que no tienen noticia de Jesús.
Tenemos que salir, ir de verdad al encuentro de los otros con ese mensaje del evangelio, aunque sean muchas las dificultades; quizá ahí encontremos una respuesta más generosa que la que dan los de siempre, los que siempre estamos metidos en nuestras iglesias. No podemos seguir siendo conservadores en la hora de la tarea de la nueva evangelización y tenemos que saber encontrar nuevos caminos de encuentro con los hombres y mujeres de nuestro mundo.