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viernes, 15 de noviembre de 2024

Allí donde estamos o con la responsabilidad que tenemos muchas cosas tendríamos que cambiar en nosotros mismos para gestionar nuestra vida y lo que hacemos

 


Allí donde estamos o con la responsabilidad que tenemos muchas cosas tendríamos que cambiar en nosotros mismos para gestionar nuestra vida y lo que hacemos

2Juan 4-9; Salmo 118; Lucas 17, 26-37

La vida no siempre es fácil, todos lo sabemos. Exige esfuerzo y deseos de superación, nos pide muchas veces estar en pie de lucha ante las dificultades que van apareciendo, muchas veces nos suceden cosas que nos lo pueden trastocar todo y quedarnos como con las manos vacías sin saber que hacer, pero siempre podemos encontrar el ánimo, la fuerza de voluntad, el apoyo que necesitamos en ese camino. Son las luchas y los trabajos de cada día, familia, responsabilidades, crecimiento personal, que muchas veces desde nosotros mismos nos encontramos con tropiezos, por nuestros cansancios y nuestra falta de constancia, por nuestras propias pasiones que en ocasiones nos hacen perder el sentido más profundo, por cuanto nos sucede a nuestro alrededor. Pero yo diría que no podemos sentirnos derrotados.

Tiene que aparecer toda la madurez de nuestra propia persona, para reflexionar y para discernir, para saber encontrar el camino y no perder la esperanza, para mantenernos fieles a nuestros valores y a nuestros principios, para sentir también que la mano de Dios está detrás de todo eso y quizás a través de esas mismas cosas que nos suceden El quiere hablarnos al corazón, como al mismo tiempo abrirnos a nuevos horizontes. Aquí tiene que aparecer el discernimiento de nuestra fe, para no confundirnos, para saber que siempre hay una luz, que no nos faltará el amor de Dios, aunque el camino nos parezca oscuro. En cañadas oscuras El nos conduce como rezamos en alguno de los salmos.

El evangelio de hoy nos puede parecer un tanto enigmático y difícil de comprender. Jesús está en el camino de su subida a Jerusalén para la pascua y sabe bien cuál es la pascua que allí ha de vivir. En su entorno aunque los discípulos más fieles están siempre con El, alguno fallará sin embargo, comienza también a notarse el rechazo de algunos principales y que más tarde en Jerusalén se hará bien patente. Las palabras de Jesús de alguna manera tienen este trasfondo.

En los próximos días también vamos a escuchar mucho que Jesús hablará de los tiempos finales, de los últimos tiempos, como también anunciará proféticamente lo que va a suceder en medio de su pueblo, aunque a la gente le cueste entender las palabras de Jesús. Pero ahí han quedado en el evangelio y son palabras iluminadoras en todos los tiempos en que siempre los cristianos o nos vamos a encontrar con momentos difíciles, o vivimos también en la expectación de los últimos días. Por eso las palabras de Jesús siguen siempre palabras que iluminan, palabras de esperanza para los hombres de todos los tiempos.

Hemos hablado de nuestras luchas y de lo difícil que se nos pone la vida de muchas maneras, pero también hemos insinuado la necesidad de que reflexionemos sobre la vida y cuanto nos sucede, y seamos capaces de hacer un discernimiento para encontrar lo que tiene que ser nuestro camino, nuestro camino precisamente iluminado por esa fe que ponemos en Jesús.

En todo momento de la vida tenemos que descubrir esa luz que no nos falta, porque Dios estará siempre con nosotros aunque tengamos que pasar por momentos negros en la vida. Cuanto sucede a nuestro alrededor nos ha de servir de lección, de toque de atención, de plantearnos que es lo que de verdad estamos haciendo que la vida, qué estamos haciendo nuestro mundo, qué respuesta tenemos que ir dando.

En nuestra tierra hemos pasado – sobre todo en aquellas regiones más afectadas aunque todos queremos sentirlo como algo que nos ha sucedido a nosotros, como algo nuestro – unos momentos difíciles donde ha aparecido la destrucción y la muerte. ¿Todo esto no nos tendría que hacer pensar? ¿Cuáles han de ser los verdaderos afanes que hemos de tener en la vida? ¿Qué estamos haciendo allí donde estamos, allí donde vivimos, allí donde ejercemos nuestras responsabilidades por hacer que nuestro mundo sea mejor?

En medio de tanto dolor y oscuridad siempre podemos encontrar una luz, como siempre tenemos que sentir una llamada del Señor. Se ha despertado la solidaridad de muchos, hemos roto esa cadena de insensibilidad en que a veces parece que caminamos en la vida, ha habido una respuesta hermosa en tantos y tantos que han sentido como propios los sufrimientos de esas personas y de tantos que de una forma o de otra se han movilizado para ayudar.

¿No tendría que hacernos pensar en que sería de otra manera como gestionáramos nuestro mundo? Incluso desde nuestra vida personal, allí donde estemos o con la responsabilidad que tengamos, ¿no nos daremos cuenta que quizás haya muchas cosas que tendríamos que cambiar en nosotros mismos, en nuestra manera de hacer las cosas o donde empleamos lo que somos y lo que tenemos? Pueden ser llamadas que Dios está haciendo a nuestro corazón.

sábado, 28 de septiembre de 2024

En los momentos oscuros, siempre nos aparecen crisis, tenemos que aprender a no desinflarnos sino sacar toda nuestra fortaleza interior, Dios siempre va con nosotros

 


En los momentos oscuros, siempre nos aparecen crisis, tenemos que aprender a no desinflarnos sino sacar toda nuestra fortaleza interior, Dios siempre va con nosotros

Eclesiastés 11, 9 – 12, 8; Salmo 89; Lucas 9, 43b-45

Pájaro de mal agüero, dicen algunos; otros dicen, hay que ser realistas. Pero parece que se nos atraviesa una nube cuando estando en buenos momentos que parece que todo marcha bien, que las cosas van saliendo adelante, que nos encontramos muy felices con lo que hacemos o con la aceptación que los otros tengan de nosotros, si viene alguien y nos dice que esto no va a ser siempre así, que pueden venir malos momentos, que lo que parece que tenemos a favor un día se nos puede volver en contra, nos sentimos mal, no lo queremos aceptar, nos duele que pueda parecer que fracasamos en lo que hacemos. Y algunos nos dicen es la vida. Pero en el fondo no sabemos como reaccionar.

Y muchas veces nos suceden cosas así. No todo es un camino de rosas, como se suele decir, pero también se nos recuerda que en ese camino de rosas hay espinas y algo nos puede doler. Problemas en nuestros trabajos, cosas que se nos vienen abajo en nuestros proyectos, temblores (y vamos a decirlo así más suavemente) en nuestras relaciones familiares o en el trato con los amigos. En la vida nos van apareciendo sombras y hemos de estar preparados, fortalecidos interiormente para afrontarlas sabiendo que no nos va a faltar siempre una luz en ese camino. Tendremos que saber a quien acudimos, quien nos acompaña en ese camino, y que la presencia del Señor, aunque a veces nos parezca turbia, no nos faltará.

Para los discípulos las palabras de Jesús eran como un jarro de agua fría. Ya nos dice el propio evangelista que en medio de la admiración general por lo que hacía Jesús que iba caminando con los discípulos en lugares un tanto apartados para poder tener con ellos algo más de intimidad les va anunciando lo que va a suceder en Jerusalén. Habían tenido un buen momento cuando Jesús les había preguntado que significaba El en sus vidas y allí se habían manifestado libremente, desahogando su corazón y con aquella tan hermosa confesión de Pedro. Pero ahora Jesús les dice que vendrán sombras, pero que serán anticipo del encuentro con la luz verdadera. Sería su Pascua, donde en verdad iban a ver todo el sentido de su vida.

Pero aquello no lo entienden. Si toda la gente le aclama, sienten admiración por El, cómo es que van a suceder esas cosas que Jesús está anunciando. Pero el choque que ha supuesto en sus vidas aquellas palabras de Jesús les hace que ellos se queden sin palabras, no pueden entender. Era para ellos un lenguaje oscuro y difícil de entender. Provocará incluso que ellos se encierren en sí mismos. Les daba miedo preguntar.

Son también las crisis que se provocan tantas veces en nuestra vida cuando de repente todo comienza a irnos mal. Nos desinflamos, también nos encerramos en nosotros mismos, tenemos la tentación de abandonar, también nos hacemos muchas preguntas y dirigimos nuestra mirada a lo alto no siempre con confianza y muchas veces con resquemor. Nosotros no merecíamos esto, pensamos, como si todo estuviera girando en torno a merecimientos.

Como decimos tantas veces tenemos que aprender a sacar nuestra fortaleza interior. Y la vida nos va enseñando, y de esos momentos tenemos que sacar nuestras lecciones para cuando nos pueda volver a suceder otra vez lo mismo. Nos cuesta aprender la lección. Pero no podemos perder la paz en nuestro interior, tenemos que aprender a actuar con serenidad, las huidas no son buen camino, no podemos convertir esos momentos en una derrota.

viernes, 13 de mayo de 2022

Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

 


Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

A veces parece que nos caen en tromba las noticias, los acontecimientos, los sucesos que nos pueden afectar de alguna manera a nuestra vida y terminamos quedándonos como descolocados porque nos cuesta asumir las diversas cosas que nos han contando, nos cuesta comprender porque están pasando las cosas que tanto daño nos hacen o nos podemos referir a los mismos acontecimientos de la sociedad en que parece que hay momentos que son especialmente negros.

Podemos pensar en lo que nos ha tocando enfrentar en estos últimos tiempos en nuestra sociedad, pandemias, crisis económicas, desorganización de la vida que os obligan a nuevos protocolos de forma de vivir, y para colmo nos encontramos en tiempos de guerra en las puertas de Europa que no está tan lejana de nosotros y que no terminamos de ver el rumbo que van a tomar las cosas. Nos cuesta tomar decisiones que nos puedan afectar en un futuro, algunas veces nos cuesta entender las cosas más elementales, porque no hacemos sino pensar en esas oscuridades y turbulencias de la vida, y nos cuesta hasta lanzarnos con arrojo a emprender cosas en la vida. Decimos que no queremos perder la paz, pero dentro de nosotros nos corroen el pensamiento muchas cosas.

Aquella noche de la cena de Pascua de los discípulos con Jesús fue de esos momentos en los que se van sucediendo tantas cosas, se tienen presentimientos de lo que va a suceder aunque no saben por donde va a salir todo, en que tenían que estar produciéndose en su corazón una fuerte revoltura de la que no sabían como salir. Eran las palabras de Jesús con sus anuncios, fueron aquellos gestos con los que Jesús quiso comenzar la cena, estaban aquellas palabras que para ellos resultaban enigmáticas que le había dirigido a Judas de que lo que tenia que hacer que lo hiciera pronto, estaba la desenvoltura de Pedro que decía que estaba dispuesto a todo por Jesús, pero que éste le había hecho anuncio de negaciones y traiciones, ahora hablaba Jesús de vuelta al Padre, de preparar unas estancias, de una nueva venida para buscarles, pero todo se les hacía incomprensible.

Por allá sale uno diciendo que no entiende de caminos, que no saben cual es el camino y que definitivamente Jesús se los enseñe. No terminan de entender las Palabras de Jesús. Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’, les señala tajantemente Jesús a ver si por fin comprenden. Viendo el estado de ánimo, en cierto modo revuelto, en que se encuentran Jesús ha comenzado invitándoles a no perder la paz, a sentirse seguros, a confiar en El y en su Palabra. Pero les resulta difícil. Son muchas las cosas que se están sucediendo y tenemos el peligro de perder la paz en el c corazón.


Es lo que necesitamos escuchar nosotros. En el mundo revuelto en que vivimos, en medio de tantas cosas que se van sucediendo, con la misma situación que vemos en la Iglesia, o el desánimo de tantos cristianos a nuestro alrededor que abandonan el barco, como se suele decir, que van dejando de lado valores religiosos, principios cristianos, dejándose influir por tantas cosas que vemos en nuestro entorno en la sociedad. Y podemos perder los ánimos, podemos perder la paz. Tenemos que aprender a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús.

Se nos abren caminos delante de nosotros y podemos tener la esperanza de una renovación de tantas cosas; tenemos delante a Jesús que nos está señalando el camino porque no nos está pidiendo otra cosa sino que hagamos como El, porque se puede despertar una esperanza, porque el final podemos ver luz si nos llenamos de la vida de Jesús, que para eso es el camino y la verdad y la vida.

‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’, nos dice Jesús. No nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos.

domingo, 6 de marzo de 2022

Dejemos que la Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve a que Dios sea el único Señor de nuestra vida

 


Dejemos que la Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve a que Dios sea el único Señor de nuestra vida

Deuteronomio 26, 4–10; Sal 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

Hemos emprendido el camino de la Cuaresma un año más. Pero así de entrada me atrevo a decir que no es pensar en un año más que vamos a hacer este camino, sino que tiene que ser el camino que aquí y ahora, este año concreto, tenemos que emprender. Aunque nos parezca repetición, no la hay; aunque se nos ofrezcan unos mismos textos litúrgicos bien sabemos que la Palabra de Dios llega en el hoy concreto de la vida que vivimos y es por lo que para nosotros es Evangelio, es Buena Noticia, porque es noticia que de Dios nos llega hoy a nuestra vida. Por eso no vamos a decir un año más, sino el camino que hoy, este año hemos de realizar con sus circunstancias concretas.

Un camino que nos obliga a hacernos preguntas, porque lo que ahora vivimos nos llena de incertidumbres y de angustias, nos puede hacer perder las esperanzas, o nos hace entrar en una dinámica de cansancio ante tanto que tenemos que luchar. Esas contradicciones de nuestro mundo que se llena de violencias algunas veces nos hace dudar, o nos puede llenar también de pesimismo; pero están también tantas influencias que recibimos de un lado y de otro que nos desestabilizan, no hacen que no sepamos por donde salir, o nos tientan para vivir dejándonos arrastrar por lo que nos rodea.

Si difíciles fueron las condiciones que vivimos en otros momentos recientes de nuestra historia y que arrastraron a nuestra sociedad a nuevos planteamientos o a una nueva visión de la misma realidad de la vida, ahora no es menos difícil lo que vivimos que de nuevo nos llevará también a nuevos planteamientos, a un nuevo sentido o estilo de vivir, a nuevas búsquedas. La humanidad siempre ha sentido deseos de paz pero nos vemos envueltos por las ambiciones que se transforman en violencias y que nos llenan de dolor y de muerte. Una guerra es una grave crisis para la humanidad. Y las crisis nos pueden hacer perder el pie, no sabiendo a veces donde apoyarnos para que nos sintamos seguros, nos hacen buscar nuevas seguridades, o nos pueden arrastrar a angustias de las que no sabemos cómo salir.

Tradicionalmente en este primer domingo de Cuaresma en el Evangelio se nos presentan las tentaciones de Jesús en el desierto. Diciéndolo de una manera fácil fueron momentos de crisis para Jesús. Era el momento del comienzo de su misión y ante él se abría aquel mundo al que había que anuncia una buena nueva, la buena nueva del Reino de Dios. ¿Cómo realizar aquella misión?

Se podían ofrecer caminos fáciles, pero que serían caminos muy lejanos de los valores nuevos que con el Reino de Dios se quería para la vida y para el mundo. No podían ser caminos de manipulación de nada ni de nadie; no podían ser caminos que encandilaran sino que tenían que ser caminos que llevaran al encuentro con la verdadera luz que diera sentido a la vida de las personas. Si Jesús había de presentarse como el camino y la verdad y la vida, no lo podía hacer por caminos del engaño, de vanidad, de mentira. Y era por donde lo estaba tentando el diablo.

Tienes el poder porque eres el Hijo de Dios, venía a decirle Satanás, manifiéstate con esas aureolas realizando milagros y cosas extraordinarias y la gente confiará en ti. Era el milagro de convertir las piedras en pan, porque si tenia hambre allí tenía la solución fácil, o era el ser aclamado porque si caía desde el pináculo del templo y no le pasaba nada, todos los que lo verían creerían en el. ‘No tentarás al Señor, tu Dios’, le responde Jesús. ¿Qué no damos nosotros por ser aclamados o ser tenidos en aprecio por todos llenando nuestro corazón de vanidad?

Ya veremos luego en el evangelio como Jesús estará evitando todo eso con lo que va realizando. Les prohibía a los que eran beneficiados por los milagros de su amor que hablaran de ello a los demás, porque no era ese el camino por el cual quería ser aceptado. Y nosotros seguimos pidiendo milagros para creer. Los milagros solo tenían que ser signos del nuevo reino de Dios, de cómo cuando pusiéramos a Dios en nuestra vida el mundo se iría transformando y el mal se iría venciendo.

¿Quieres en verdad un reino nuevo en que tú seas el señor de todo?, viene a decirle Satanás cuando le presenta todos los reinos del mundo desde una montaña alta. ‘Todo eso te daré si me adoras’. Los afanes de grandeza y de poder, sea como sea, a que nos vemos tan fácilmente tentados; parece que no importa cómo lo logremos, los apegos que tengamos en el corazón o los ídolos que nos busquemos, o no importa que haya destrucción y muerte por medio, como estamos viendo en la realidad de nuestro mundo. No es ese el camino de Jesús. ‘Apártate de mi, Satanás, solo al Señor, tu Dios, darás culto’.

Pero esto que estamos escuchando hoy en el evangelio tiene que traernos una buena noticia para nosotros y para nuestro mundo en esta hora concreta que estamos viviendo. ¿Nos estará abriendo a que busquemos nuevos caminos para la paz? ¿Nos estará haciendo planteamientos en lo hondo del corazón para que analicemos seriamente esas posturas y actitudes con las que actuamos habitualmente en la vida?

Esto que estamos viendo a lo grande en el momento presente de nuestra historia que ha desencadenado la situación presente tan dura que estamos viviendo, tenemos que verlo en el día a día de nuestro interior, de lo que hacemos cada día, de lo que son nuestras relaciones con los que están cerca de nosotros, de las ambiciones y vanidades que seguimos manteniendo en muchas actitudes y posturas de la vida. ¿No tendremos muchas de esas cosas en el día a día con los que están cercanos a nosotros, familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo? ¡Cuántas guerras nos hacemos!

Como se nos dice el evangelio no solo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. Dejemos que esa Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve de verdad a que Dios sea el único Señor de nuestra vida. Tiene que ser algo muy concreto en el hoy de nuestra vida.

sábado, 24 de octubre de 2020

También venimos nosotros y le contamos a Jesús los graves problemas de hoy pero escuchemos su palabra de paz, de serenidad, de esperanza, de invitación a caminos nuevos

 

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También venimos nosotros y le contamos a Jesús los graves problemas de hoy pero escuchemos su palabra de paz, de serenidad, de esperanza, de invitación a caminos nuevos

Efesios 4, 7-16; Sal 121; Lucas 13, 1-9

En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían…’ Era algo que había conmocionado a toda Jerusalén, no digamos nada de cómo estarían los sumos sacerdotes y servidores del templo, el Sanedrín garante de las leyes y costumbre judías y sobre todo aquellos judíos piadosos como los fariseos. Era algo sacrílego lo que había hecho Pilatos.

Como si nosotros ahora venimos y le contamos a Jesús los graves problemas que está pasando nuestra sociedad de los que nos hacemos nuestras lecturas quizá muy particulares y a la vez diversas con el tema de la pandemia del coronavirus que estamos padeciendo con todas sus consecuencias. Profetas calamitosos los ha habido en todos los tiempos y no es raro que aun en la sociedad en que vivimos escuchemos alguna vez la voz de esos profetas de calamidades que nos pueden llegar a hablar de castigos divinos y apocalípticos que más zozobra pueden dejar en nuestro espíritu.

Cuando le hablan a Jesús de lo hecho por Pilatos en el templo Jesús quiere que se detengan un poco a reflexionar y les recuerda también otro hecho calamitoso que no hacia mucho tiempo había sucedido cuando se cayeron algunas arcadas de la piscina de Siloé y murieron algunos judíos. ¿Pensáis que aquellos que murieron en la piscina, o los que ahora ha dado muerte Pilatos en el templo eran más pecadores que los demás por tener una muerte así?  Era una reacción en cierto modo natural cuando no había una respuesta racional a las preguntas que se pudieran hacer ante algo sucedido de manera extraordinaria. Un castigo del cielo, algo habrían hecho que merecieron una muerte así…

Esos acontecimientos algunas veces cruentos que nos suceden ante los que nos pueden quedar muchas dudas y preguntas en nuestro interior hemos de saber hacerles una lectura creyente pero buscando siempre la paz que Dios quiere trasmitirnos en su palabra. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez que sentido tiene la muerte de un inocente, por ejemplo, un niño con un cáncer, una madre joven con muchos hijos afectada por la grave enfermedad, un accidente sin sentido en el que pierden la vida quienes tranquilamente transitaban por aquel lugar…?

La respuesta de Dios, podemos decirlo así, es invitarnos a la paz y a la esperanza, no perder la serenidad de nuestro espíritu para saber encontrar un día respuesta a esas preguntas, mantener la confianza en la sabiduría de Dios que como suele decir el refrán escribe recto en renglones torcidos, escuchar esa llamada en nuestro interior a preguntarnos por nuestra propia vida y qué es lo que estamos haciendo con ella, sentir la invitación a una renovación de nuestra vida y a una auténtica conversión del corazón que todos siempre necesitamos. No es un conformismo ante las situaciones inesperadas sino una apertura de los oídos del alma para escuchar lo que solo en el silencio de nuestro corazón podremos escuchar.

Entre toda esta barahúnda de mensajes que estos días escuchamos con motivo de la pandemia y crisis que estamos viviendo escuchaba sin embargo un mensaje muy positivo de un joven a sus compañeros jóvenes  invitando sí a tomarse en serio la situación, pero también a hacerse preguntas sobre todo para descubrir la riqueza que tenemos en la vida y que no  hemos sabido aprovechar, pero también a mirarse por dentro para descubrir como todo esto tiene que hacernos crecer y madurar, transformar muchas cosas que hemos llenado de muchas rémoras en la vida y comenzar a actuar en positivo para encontrar nuevos caminos.

Es una invitación grande la que podemos escuchar haciendo una buena lectura de cuanto nos sucede, pero que nunca nos falte ni la paz ni la esperanza. Podemos salir, podemos seguir caminando en la vida, tenemos quizá que transformar muchas cosas no solo en estructuras de la sociedad sino principalmente dentro de nosotros mismos que cuando las hagamos tendrán como consecuencia también la mejora de nuestro mundo. Y todo esto lo hacemos no solo con los grandes problemas que podemos ver en la sociedad sino también en esos problemas que cada uno de nosotros tenemos en el camino de la vida y que muchas veces se nos atraviesan en el alma.

domingo, 9 de agosto de 2020

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

 

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra parece que los brazos son pocos para hacerla avanzar, una sensación de soledad en el silencio de la noche porque aquel que más deseaban que estuviera con ellos los había apremiado a embarcarse pero él se había quedado en tierra, imágenes que aparecen ante sus ojos que les parecen frutos de su imaginación pero que no terminan de comprender todo su sentido. Una descripción de la situación anímica en que muchas veces nos encontramos en la travesía de la vida. Nos sentimos solos y sin fuerzas, parece que nunca vamos a alcanzar la meta hacia la que queremos avanzar.

Este episodio del evangelio que nos presenta la liturgia en este domingo lo podemos transportar y traducir a muchas situaciones en las que nos encontramos en la vida. No siempre los caminos son fáciles, no siempre logramos lo que ansiamos a la primera sino que muchas veces parece que todo se nos viene en contra. Lo pensamos a nivel individual de nuestras luchas particulares pero lo pensamos en el camino de nuestra sociedad y en el camino de la Iglesia.

Puede reflejar muy bien el momento presente de nuestra sociedad con sus crisis y con sus pandemias; porque ahora nos vemos muy afectados por esta crisis sanitaria que vive toda la humanidad y que luego se deriva en muchísimos otros problemas sociales que están desequilibrando la vida y el sentido y valor que le hemos dado a las cosas hasta el momento presente. Pero no es la única crisis del mundo de hoy tan envuelto en corrupción, con tantos intereses encontrados, con tantos enfrentamientos sociales de todo tipo, con la falta de paz en nuestro mundo tan lleno de violencias que no son solamente las guerras entre pueblos y naciones, sino en esa acritud con que vivimos la vida y con esa violencia que aparece a cualquier momento o a cualquier tensión.

El viento en contra. Son muchas las personas de buena voluntad que quieren un mundo mejor y por ello y para ello intentan trabajar pero aparecen tantas cosas que destruyen ese trabajo, rompen esas ilusiones, nos hacen perder la fuerza y el empuje que tanto necesitamos para ir levantando poco a poco ese mundo mejor. Pero son muchos los vientos en contra.

Y decíamos antes también es el camino de la Iglesia. Los que creemos en Jesús hemos sido enviados al mundo con una Buena Nueva de salvación y así la Iglesia va atravesando esas aguas procelosas de nuestro mundo que tantas veces incluso se le vuelve adverso. Hubo quizá momentos de cristiandad en que todo parecía triunfalismo y nos creíamos que ya el mundo estaba convertido al evangelio, pero nos vamos dando cuenta de cuántos vacíos hay en nuestra sociedad, de cuánta falta la fe y cómo en tan poco valor se tienen los valores del Evangelio.

El mundo que nos creíamos tan religioso no lo es tanto porque un nuevo paganismo aflora por todas partes y algunos quieren incluso resucitar viejas tradiciones paganas porque nos dicen que no teníamos derecho a transformar nuestro mundo según los valores del evangelio. Son muchos los vientos en contra con los que nos encontramos y sentimos también en ocasiones, por nuestra falta de fe, una sensación de soledad y casi como si estuviéramos abandonados a nuestra suerte.

Y nos pueden aparecer fantasmas que nos confundan. O quizá nosotros mismos nos creamos expectativas de cosas extraordinarias, milagros espectaculares en los que queremos encontrar a Dios y encontrar el camino de salvación que El nos ofrece. Pero hoy nos está pidiendo que sencillamente nos mantengamos firmes en nuestra fe, sin desconfianzas ni miedos, sin buscar cosas espectaculares, sino sabiendo sentir en silencio esa mano de Dios que está con nosotros, nos levanta, y nos hace sentir su presencia con nosotros en la barca. Pedro quizá quiso hacer cosas espectaculares y él caminar también sobre las aguas, pero cuando se levantó un poco de viento y se movieron un poco las olas dudó y casi se hundía.

Pero allí estaba el Señor, aquí está el Señor tenemos que decir con toda confianza. Y hacer silencio en nuestra oracion para escuchar el susurro de su presencia y el susurro de amor de sus palabras. Elías allá en el monte de Dios no lo encontró ni en la tormenta ni en el viento impetuoso, lo sintió y experimentó en el silencio de la suave brisa. Tenemos que aprender a saborear esa suave brisa de la presencia del Señor en nuestra vida, en medio de nuestras tormentas, nuestras luchas, nuestras dudas, nuestros miedos e incertidumbres, en medio de ese mundo revuelto en el que vivimos y que nos parece que no sabemos como vamos a salir adelante. Cada uno pensemos también en nuestras propias tormentas personales. A través de todo eso y en el silencio de nuestro corazón nos habla el Señor, se hace presente el Señor.

Pero ahí está el Señor, que viene a nosotros cuando está el viento en contra, que viene a nosotros en la suave brisa, que viene a nosotros en el silencio de la montaña, que viene a nosotros cuando nos parece que nos sentimos en soledad pero El nos hace sentir a su manera las llamadas del amor.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Que no nos falte nunca la luz de Jesús que nos trae la salvación y nos da sentido y fuerza para la lucha de la vida


Que no nos falte nunca la luz de Jesús que nos trae la salvación y nos da sentido y fuerza para la lucha de la vida

Hechos 12, 24 — 13, 5ª; Sal 66; Juan 12, 44-50
Que mal lo pasamos cuando nos falla la energía eléctrica, como decimos normalmente, nos quedamos sin luz. Ya no son solo todas las cosas que tenemos a nuestra mano y que necesitan de esa energía para poder funcionar, y parece que nos quedamos mancos y cojos, inútiles que ya nada podemos hacer, sino que cuando nos llegan las tinieblas de la noche sin esa luz que nos ilumine nos encontramos mal. No podemos caminar ni hacer nada sin luz.
Pero esa energía de la electricidad intentamos suplirla con otros medios que nos puedan también iluminar y tenemos baterías y tenemos linternas, pero hay otra luz que tanta veces nos falta, que parece que no le damos importancia, pero que nos hace andar desorientados por la vida, encontrarle un sentido a lo que hacemos o a lo que nos sucede, saber encontrar un camino ante los problemas que se nos presentan. Es una luz que hemos de mantener encendida en nuestro interior, que nos haga ver en las profundidades de nosotros mismos, pero que también se refleje en cuanto nos rodea para saber caminar por la vida.
Cuando nos falta esa luz, cuando vivimos en la superficialidad de los sucedáneos, cuando nos llegan los problemas y las dificultades de la vida todo se nos vuelve tan oscuro que nos parece que ya nada tiene sentido. Si hay algo de madurez en nosotros, puede ser que esos mismos problemas nos hagan pensar y nos hagan buscar, aunque muchas veces no sepamos por donde encontrar salida. Quizá sea de alguna manera lo que ahora mismo les pueda estar sucediendo a tantos, nos pueda estar sucediendo a nosotros también, en esta crisis en que se ve sumergida nuestra sociedad con tantos problemas que se acumulan por todas partes de la pandemia que estamos viviendo en nuestro mundo. A algunos quizá les ha ayudado a reflexionar y descubrir cosas importantes de su vida que quizás habíamos dejado a un lado o que en nuestras locas carreras no habíamos sabido apreciar.
¿Los que creemos en Cristo nos encontramos también en esa misma situación de oscuridad? Tendríamos que decir que no. los problemas y las dificultades las sentimos como todos, también tenemos momentos de flaqueza y en los que de igual manera nos llenamos de miedos y de dudas. Todo ese revolcón que nos está dando la vida con la situación por la que estamos pasando también a nosotros nos afecta. Habrá momentos en que habremos lanzado un grito al cielo desde nuestros miedos y desde las oscuridades que se nos pueden meter si se nos apagan las luces de la esperanza. Pero tenemos la certeza de una luz.
Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’. Nos lo repite muchas veces el evangelio porque Jesús nos dice que El es la luz del mundo. Y si El es nuestra luz, no tenemos por qué quedarnos en tinieblas a pesar de las turbulencias de la vida. El ha venido para ser nuestro salvador, y la salvación está en que con El no nos falte nunca la esperanza, con El tengamos en nosotros la fuerza y la luz para darle un sentido a lo que vivimos, con El a nuestro lado no tenemos por qué sentirnos turbados y llenos de miedos, porque de El hemos aprendido a llenarnos de su amor y con ese amor acercarnos al mundo para curar sus heridas, con su presencia nunca nos tiene por qué faltar la paz y la serenidad en todo momento por muy mala que sea la situación que vivimos.
Y de eso tenemos que ser testigos ante el mundo. Y en nuestra manera de actuar, en la paz que no nos falta, en el amor que llena nuestra vida el mundo tiene que inundarse de esperanza para aprender a caminar buscando siempre lo que es lo fundamental de la vida, lo que será nuestra fuerza, lo que dará profundidad a nuestra vida, a encontrar en un camino solidario de amor una salida hacia la luz.

domingo, 19 de abril de 2020

La presencia pascual del resucitado nos renueva en la fe y en la esperanza, para encontrar la paz en el corazón y ser mensajeros de misericordia y de paz para el mundo que sufre


La presencia pascual del resucitado nos renueva en la fe y en la esperanza, para encontrar la paz en el corazón y ser mensajeros de misericordia y de paz para el mundo que sufre

Hechos de los apóstoles 2, 42-47; Sal 117; 1Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31
Siempre hemos dicho que la paz es el saludo pascual de Cristo resucitado pero que además a quienes creemos en El nos convierte en mensajeros de paz. Hoy lo escuchamos repetidamente en labios de Jesús en los dos momentos en que se encuentra con los discípulos reunidos en el cenáculo. ‘Paz a vosotros’, les dice. Era la experiencia que vivían todos los que se encontraban con Jesús. Lo vemos a lo largo de todo el evangelio. Cuantas veces lo vemos llevando paz a los enfermos y a los pecadores, a cuantos tenían su corazón y su cuerpo lleno de sufrimientos, y quienes iban a escucharle. ‘Vete en paz y no peques más’.
Es la Buena Noticia que nos trae la presencia de Jesús y el evangelio que tenemos que comunicar. No temáis les dice Jesús a las mujeres en sus apariciones o era la sensación espiritual que Vivian quienes se iban encontrando con Jesús, aunque hubiera momentos en que casi no se daban cuenta de que era Jesús quien estaba con ellos.
Hoy es especialmente intensa esa vivencia de la paz con la presencia de Jesús. Ya nos dice el evangelista que los apóstoles estaban reunidos en el cenáculo pero con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Había sido dura la experiencia vivida con la pasión y la muerte de Jesús y de alguna manera temían por sus vidas pues eran sus seguidores. Aún no habían sentido la presencia del Espíritu con ellos, pues ya veremos como tras la experiencia de Pentecostés se lanzarán a la calle para hablar sin ningún temor de Jesús.
Por eso la primera palabra de Jesús resucitado en su encuentro con los discípulos es la paz. Y fue suficiente esa palabra para que se llenaran de alegría y todos aquellos temores y aquellas dudas que les habían llevado a no creer a los que les habían venido a decir que había resucitado se disipan. Pero es que además ya se sienten llenos del Espíritu de Jesús para la misericordia y para el perdón. Eran ya los enviados con el anuncio de la misericordia, con el anuncio de la paz. ‘A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados’. ¿Y puede haber una paz más intensa en el corazón que la de sentirse perdonado? Son enviados, pues, como mensajeros de paz, como portadores del perdón y de la misericordia de Dios para con todos los hombres. Será una de sus bienaventuranzas, dichosos los constructores de la paz.
Pero había alguien que no estaba con el grupo en aquel momento. Por eso cuando los demás discípulos llenos de alegría le anuncian que ha estado allí Jesús con ellos él sigue con sus dudas y su búsqueda de pruebas. Aún no había llegado la paz a su corazón. Cuando a los ocho días vuelva Jesús a encontrarse con ellos Tomás encuentra aquella paz que le faltaba y ya no será necesario meter el dedo en las llagas de sus manos ni la mano en el costado de Jesús abierto por la lanza. Bastó que él estuviera allí con la comunidad de los discípulos cuando llegara Jesús. Y saldrán de sus labios temblorosos por la emoción las palabras de una fe profunda ‘¡Señor mío y Dios mío!’.
Aquella experiencia pascual es la que nosotros tenemos  hoy que vivir. Nosotros seremos de aquellos de los que habla Jesús de que son dichosos sin haber visto. No estábamos nosotros en el Cenáculo en aquella tarde, pero creemos en la Palabra de los testigos que nos lo han trasmitido de tal manera se hace experiencia en nosotros esa presencia de Cristo resucitado. Es lo que vivimos por la fe y lo que estamos celebrando.
Y podríamos decir este año con unas circunstancias muy especiales, por cuanto no hemos podido vivir en vivo y en directo con nuestra presencia las celebraciones pascuales. Pero no nos tiene que faltar la fe, tenemos que aprender a sentir también en estos momentos y de esta manera esa presencia pascual de Cristo resucitado en nosotros, en nuestra vida, y en la vida de la Iglesia. Y de una manera espiritual muy intensa ser capaces de sentir esa experiencia de la paz que nos trae Jesús, para nosotros y para nuestro mundo.
También nosotros tenemos que convertirnos en mensajeros de paz, en constructores de paz. Cuánto lo necesitamos y cuanto lo necesita nuestro mundo hoy. El momento que vivimos puede agobiarnos, puede hacernos perder esa serenidad espiritual que necesitamos para afrontarlo dignamente. Detrás de ese primer plano de los contagiados, de los que han fallecido, del peligro de poder nosotros contagiarnos también hay otro telón que oscurece nuestras esperanzas, nos llena de miedos, nos interroga sobre muchas cosas, sobre el futuro, sobre la salida de esta situación que tantos problemas de todo tipo ya comienzan a generarse en nuestra sociedad. Y aparecen los miedos y nos podemos encerrar cobardes incluso con posturas de insolidaridad porque pensemos solo en nosotros mismos. Hay inquietud en los corazones y podemos perder la paz y serenidad del Espíritu.
Como los discípulos encerrados en el cenáculo con sus miedos o como los que dispersos, como Tomás, querían quizá buscar otros caminos por su cuenta. La presencia del Señor resucitado en medio de los ellos los renovó, renovó fe y renovó su esperanza, les hizo encontrarse con la paz en el corazón y se convirtieron en mensajeros de misericordia y de paz con el envío de Jesús.
Es lo que sentimos que tiene que ser para nosotros la celebración de esta pascua que queremos seguir viviendo con toda intensidad. Tenemos que convertirnos en mensajeros de paz y de serenidad en medio de nuestro mundo. Con nuestro testimonio convertirnos en verdaderos constructores de esa paz, de ese mundo nuevo que tiene que surgir de las ruinas en las que se está quedando nuestro viejo mundo.
Hay lucecitas hermosas que van apareciendo en tantos gestos de responsabilidad y de solidaridad que nosotros tenemos que avivar aun más. Podemos hacer que nuestro mundo sea mejor, tenemos que hacer que nuestro mundo sea mejor del que desterremos tantas violencias e injusticias, tantos egoísmos y tantos odios, tantas vanidades y tantos orgullos que nos han llenado de vacío el corazón.
Creo que por ahí tiene que ir nuestro compromiso pascual. Es así como con la fuerza de Cristo resucitado transformaremos nuestro mundo. Es así como llegará a tener profundo sentido la pascua que hemos celebrado.

viernes, 10 de enero de 2020

Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades y los que creemos en Jesús la tenemos en nuestras manos ¿qué hacemos?


Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades y los que creemos en Jesús la tenemos en nuestras manos ¿qué hacemos?

1Juan 4, 19–5, 4; Sal 71; Lucas 4, 14-22a
Ya no les prestamos atención a las buenas noticias o será acaso que no hay buenas noticias que lleguen a nosotros. Son tantas las cosas impactantes que recibimos a cada momento a través de los medios de comunicación que quizá tendríamos que detenernos un poco y respirar cuando en medio de tantas calamidades aparece una buena noticia. Nos cansamos de todo y sobre todo, valga la redundancia, que lo que nos llega sea la mayor parte desagradable y no haga sino en abundar en las violencias que cada día nos envuelven, y no precisamente con papel de regalo. Terremotos, incendios, asesinatos, corrupción, mentiras y falsedades… son tantas las cosas que al final no queremos oír nada y si acaso llega una buena noticia queda traspapelada y perdida en ese cajón de desastres.
Es importante todo esto que voy reflexionando porque es constatar unas realidades, pero también como seguidores de Jesús tenemos que hacer que esas cosas cambien, no nos podemos conformar quedándonos con los brazos cruzados. Tenemos que aprender a destacar las cosas buenas aunque sean pequeñas e imperceptibles, porque son semillas poderosas que a la larga pueden darnos buenos frutos.
Hoy contemplamos en el evangelio que Jesús va a su pueblo de Nazaret. Desde el comienzo de su actividad pública se había establecido en Cafarnaún pero ahora vuelve a su pueblo y el sábado se presenta en la sinagoga, como era su costumbre. Le ofrecen hacer la lectura del profeta y hace el comentario. Y con la palabra del profeta en la mano les viene a decir que es el Ungido del Espíritu que trae una buena noticia para los pobres, que habrá libertad para los cautivos y que llega el año de gracia del Señor. Pero lo más importante y radical es decirles que eso ya se está comenzando a cumplir. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.
Una buena noticia que es anuncio de libertad y de perdón, una buena noticia de manera especial para los pobres y para los que se sienten cautivos, cautivos en la cárcel o cautivos en sus limitaciones, ciegos, cojos, inválidos... En aquel momento podríamos decir que aquello era revolucionario, porque era un cambio radical lo que se anunciaba. La buena noticia no era para los poderosos o los que sentían bien, la buena noticia era para los pobres y para los que sufrían. Y no era algo para otro tiempo sino que era algo para ‘hoy’. Hoy se cumple, porque allí está el ungido del Señor, el enviado con el poder del Espíritu. Comenzaba una vida nueva, comenzaba un mundo nuevo.
¿No necesitamos hoy nosotros escuchar también esa buena noticia? Pobres, cautivos, con multitud de limitaciones e imposibilidades en nuestro mundo en crisis y desorientado, en ese mundo de mentiras y de falsedad que vivimos, en ese mundo inquieto pero al que le falta la paz, que ha perdido su norte, en ese mundo en que los que se creen poderosos solo actúan desde sus intereses y les falta una visión amplia para ver lo mejor que necesita nuestra sociedad y trabajar por ello, en esa lucha de poder que vemos que cada día aflora con un matiz nuevo pero no para mejorar sino para hundirnos más en nuestras crisis que no hacen vislumbrar la posibilidad de un mundo mejor. Miremos lo que hacen los dirigentes de nuestra sociedad, veamos por el camino que nos llevan o nos quieren llevar como corderitos porque quien no piense como ellos ya no las tiene todas consigo.
Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades. Nosotros los creyentes en Jesús tenemos esa buena noticia en nuestras manos, porque tenemos el evangelio de Jesús, pero ¿qué estamos haciendo con esa buena noticia? ¿En qué se nota que nos sentimos comprometidos con ese evangelio? ¿Qué es lo nuevo que le ofrecemos a nuestra sociedad desde esos valores en los que creemos? Podría seguir diciendo o preguntándome muchas cosas, pero es hora de que cada uno nos pongamos a pensar seriamente pero seriamente a comprometernos.

martes, 26 de noviembre de 2019

En ese mundo revuelto y confuso, desconcertados y desorientados en ocasiones, tenemos que saber estar siempre en la búsqueda comprometida de la verdad y la justicia


En ese mundo revuelto y confuso, desconcertados y desorientados en ocasiones, tenemos que saber estar siempre en la búsqueda comprometida de la verdad y la justicia

Daniel 2,31-45; Salm. Dn 3,57-61; Lucas 21,5-11
Ojalá en la vida todo fuera plácido y tranquilo, que los proyectos con los que soñamos pudiéramos sacarlos adelante sin contratiempos, que no tuviéramos problemas ni encontronazos con los demás sino que fuéramos capaces de ponernos de acuerdo para sacar adelante nuestra sociedad superando retos, buscando siempre metas mal altas, aunando esfuerzos.
Parece algo idílico pero es en cierto modo lo que soñamos, lo que deseamos, lo que nos anima cuando ponemos nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, pero bien sabemos que muchas veces se nos vienen abajo esos proyectos cuando quizá nos parecía que los teníamos encaminados, que nos vamos a encontrar enfrente y en contra nuestro aquellos que antes quizá caminábamos en el mismo surco, que surgen las crisis de entendimiento entre unos y otros y en los carriles por los que quisiéramos que caminara nuestra sociedad.
¿Qué hacer? ¿Tirar la toalla y marcharnos a otro lugar? ¿A dónde vamos a ir? ¿Refugiarnos en nosotros mismos o solo en nuestras cosas personales batallando cada uno su batallita particular? ¿Desentendernos y dejar que otros hagan a su antojo dispuestos a soportar lo que sea con tal de no meternos en líos?
Muchas de esas tentaciones tenemos en muchas ocasiones. Nos sucede en la vida social, nos sucede muchas veces hasta en la misma vida familiar, nos sucede con aquellos que están o han estado más cercanos a nosotros y considerábamos amigos, lo estamos viendo en la misma vida política que tendría que aunarse para buscar soluciones. No sabemos que hacer y nos encerramos en nuestro cascarón, nos desentendemos. Nos situamos en ocasiones como la expectativa, mirando como meros espectadores, para criticar quizá lo que otros hacen sin poner nada de mi parte. Qué fácil es hablar y cuanto cuesta comprometerse. ¿Pero me puedo quedar tranquilo con posturas pasivas y negativas?
Creo que el evangelio de hoy puede ser un rayo de luz que nos ayude a encontrar caminos. Jesús les anuncia a los discípulos las fuertes crisis por las que habrán de pasar, tanto el pueblo judío en si mismo con muchas cosas que les afectarán hasta en lo más hondo de su identidad, como a los propios seguidores de Jesús con el paso de los años.
Parte de las consideraciones que se hacían por la hermosura del templo de Jerusalén y Jesús les anuncia de todo aquello no quedará piedra sobre piedra porque todo seria destruido. Posiblemente cuando el evangelista nos narra estas palabras proféticas de Jesús ya se había realizado la destrucción de Jerusalén y su templo. Supuso una grave crisis en la identidad del pueblo judío que les llevaría a la dispersión y la diáspora a través de los siglos por todas las naciones.
Pero las palabras de Jesús no se quedan en ese anuncio sino que les dirá que sus discípulos tendrán que afrontar momentos difíciles y es cuando nos invita a ser fuertes, a mantener la esperanza, a tener paciencia porque nunca el discípulo de Jesús se ha de sentir solo y abandonado. No es la huida el camino que han de tomar, sino afrontar con paciencia todas esas dificultades en que muchas veces les parecerá – nos parecerá porque a través de los tiempos esas mismas situaciones seguimos viviendo - que el mundo se viene abajo.
Paciencia, no significa una actitud pasiva, sino una actitud de esperanza y de confianza. Es lo que necesitamos en la vida, que parece que esos valores se han evaporado. Y aquí podemos hacer referencia a lo que vivimos en el mismo seno de la Iglesia, de nuestras comunidades cristianas, pero también a todo el ámbito de la vida social que vemos tan revuelto y sin saber muchas veces qué partido o qué camino tomar.
Pero ahí tenemos que estar sin cruzarnos de brazos, sin huidas ni búsquedas de refugios sino dando el callo, poniendo nuestro esfuerzo y nuestro saber aunque quizá muchas veces podamos equivocarnos, pero siempre en la búsqueda de la verdad, de lo bueno, de lo justo, porque siempre tenemos que sentirnos comprometidos en hacer un mundo mejor.

domingo, 17 de noviembre de 2019

En un mundo de conflictos y crisis donde parece que todo se va a derrumbar no perdamos la esperanza cristiana confiados en las palabras de Jesús que nos abre a un mundo nuevo


En un mundo de conflictos y crisis donde parece que todo se va a derrumbar no perdamos la esperanza cristiana confiados en las palabras de Jesús que nos abre a un mundo nuevo

Malaquías 4, 1-2ª; Sal 97; 2Tes. 3, 7-12;  Lucas 21, 5-19
No sé si recordáis hace unos años cuando los talibanes destruyeron a bombazos unas inmensas imágenes sin ninguna posibilidad de recuperación el impacto que se produjo por la destrucción de una cultura de siglos reflejada en aquellas imágenes que se habían guardado religiosamente en aquellas montañas de Afganistán; lo mismo sucedió cuando no hace mucho tiempo las ruinas de la antigua ciudad de Palmira en Siria fueron  igualmente destruidas en medio de las guerras tenidas en los últimos años en aquel lugar de medio Oriente. Fue una conmoción en los pueblos y en las gentes de cultura por esas destrucciones que hacían desaparecer, por así decirlo, siglos de historia.
Recuerdo todo esto porque pienso en el asombro ante las palabras de Jesús cuando admiraban y ponderaban la belleza del templo de Jerusalén y Jesús les viene a decir que todo aquello será destruido y no quedará piedra sobre piedra. Cuando se escribe el evangelio de Lucas que nos transmite estas palabras de Jesús, ya había sucedido la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén. Algo nuevo estaba sucediendo para aquel mundo y para aquella sociedad.
Podíamos preguntarnos, qué pretendía Jesús con esos anuncios que de alguna manera hablaban de un final apocalíptico y de alguna manera daban la sensación de que se estaba hablando del final de la historia y del mundo. Aunque producen cierto temor en el corazón, porque nunca nos gusta escuchar hablar del final de los tiempos y de la historia podríamos decir que Lucas al transmitirnos estas palabras de Jesús pretende preparar a la gente de su tiempo, como a nosotros también, para que sepamos leer los signos de los tiempos, nos ayude a prepararnos para esos momentos difíciles a los que tengamos que enfrentarnos tantas veces en la vida, y no nos falte la esperanza por una parte y sepamos descubrir por otra el mundo nuevo que Jesús quiere ofrecernos.
A lo largo de la historia no es la primera vez que la humanidad haya que enfrentarse a momentos difíciles en los que parecía que todo se acababa. Guerras y destrucción no han faltado a lo largo de los siglos, como muchas veces no son solo las guerras los que nos pueden producir pánico y temor sino esas otras situaciones difíciles llenas de incertidumbres de cara a la solución de los problemas a los que el mundo y la sociedad tienen que enfrentarse. Nos parece que todo se acaba, que es la destrucción de la sociedad, de una cultura, de unas tradiciones y de alguna manera se produce inquietud en el interior de las personas. Como nos dice Jesús ‘todo esto tiene que suceder primero – no os dejéis envolver por el pánico – pero el final no vendrá enseguida’.
Y nos habla Jesús de perseverancia, de fidelidad hasta el final, y nos habla también de las persecuciones a las que nos veremos sometidos. Pero como nos dice ‘así tendréis ocasión de dar testimonio’. Y es que por mucha que sea la perturbación que tengamos que sufrir, a la que tengamos que enfrentarnos, nosotros hemos de tener una seguridad interior que nos llena siempre de paz. Nos dice incluso que no tengamos preocupación de preparar nuestra defensa ‘porque yo os daré palabras y sabiduría a las que nadie podrá hacer frente’. Y es que Jesús nos promete siempre la asistencia del Espíritu Santo en nuestro corazón, por eso en nuestro corazón no nos ha de faltar la paz.
Es difícil, nos cuesta cuando nos vemos envueltos en problemas, en dificultades, en oposición, que nos difamen o nos quieran hacer perder el honor, donde todo parece que se vuelve en contra nuestro. Es difícil mantenerse en pie y muchas veces en medio de esas revueltas que tantas veces nos aparecen en la vida, mantenernos firmes, no perder la paz en el corazón, no echarlo todo a rodar porque nos parezca que todo lo tenemos perdido. Como nos dice Jesús ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.
Y es que hemos de tener la esperanza, tener la visión de fe para ver como de todo eso puede surgir algo nuevo. Muchas cosas pueden cambiar, nuestra situación pudiera ser distinta, pero en medio de todo hemos de saber descubrir la presencia de Dios en nosotros, el actuar de Dios en nosotros que siempre abrirá caminos nuevos. No podemos acongojarnos porque veamos ese camino nuevo que tengamos que recorrer sin saber bien como va a terminar. Hemos de tener puesta nuestra confianza en el Señor.
Seguro que tenemos la experiencia cuando nos hemos visto en situaciones así, que tras aquellos momentos de oscuridad luego se abrió una nueva luz delante de nosotros con otras posibilidades nuevas en la vida. Es la perseverancia que hemos de mantener, es la apertura del corazón a eso nuevo que nos está ofreciendo el Señor detrás de esas tormentas de la vida.
Y esto hemos de experimentarlo en todo lo que es nuestra vida cristiana, nuestro compromiso de fe, pero también en los cambios que se puedan suceder en nuestra sociedad después de momentos de perturbación, de incertidumbres, de oscuridad porque la situación social que nos envuelve muchas veces no la entendemos. Se nos pueden barruntar momentos difíciles y oscuros en que como cristianos nos veamos en la sociedad postergados o incluso en cierto modo perseguidos. Pero confiemos en las palabras de Jesús, mantengamos firme nuestra fe y nuestra esperanza y estemos atentos a las nuevas señales que pueden aparecer ante nosotros que nos abren a un mundo mejor.
Sepamos hacer una lectura creyente de la historia, pero también del vivir de cada día en cuanto sucede a nuestro alrededor o en esa sociedad concreta en la que vivimos. Hay muchos momentos revueltos en esta sociedad de hoy, cuantos conflictos y situaciones de crisis contemplamos cada día en tantos lugares a lo largo y ancho del mundo, pero sepamos actuar siempre movidos por la esperanza cristiana

martes, 23 de julio de 2019

Una luz que no se alimenta con el necesario combustible o una planta que no se cuida y abona lo suficiente termina por apagarse y morir, así nos sucede con la fe



Una luz que no se alimenta con el necesario combustible o una planta que no se cuida y abona lo suficiente termina por apagarse y morir, así nos sucede con la fe

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8
No pretendo yo enmendar a nadie. Pero quienes siguen con cierta frecuencia lo que se publica en distintos medios sobre la Iglesia y sobre los cristianos, ya sea en revistas mas especializadas en el tema religioso o eclesial, o también en grandes medios con una amplitud mayor de noticias de todo tipo, nos damos cuenta por los comentarios allí expresados que algo está sucediendo, que el tema de la fe o de la Iglesia hace aguas; continuamente nos están hablando de distintos problemas que surgen en el seno de la Iglesia y que nos ponen a mal parir, que se palpa una cierta crisis en el abandono de muchos, pero también en el poco coraje de los cristianos por hacer un anuncio de la fe.
Podemos ponernos nerviosos, quedarnos intranquilos, tener la sensación de que la cosa se puede ir desmoronando, y nos puede entrar como un cierto pesimismo. Pero creo que en momentos así no es cosa de amilanarse, de esconderse, sino de afrontar las cosas, pero sobre todo de despertar. Preguntarnos que nos puede estar pasando, pero no ya solo a nivel de iglesia institución, sino a pie de calle, en nosotros los cristianos para que de alguna manera hayamos perdido ese ardor misionero.
¿Estaremos siendo higuera que no da frutos o viña que no produce uvas? El evangelio en algún momento nos hace ese planteamiento y quiere que nos preguntemos que hemos hecho de nuestra fe, de la intensidad de nuestra vida cristiana, donde tenemos ese ardor o espíritu misionero o por qué se nos ha apagado. Planteamientos para todo lo que es la vida de la Iglesia pero, como decíamos, preguntas que nos tenemos que hacer a nosotros mismos. ¿Nos habremos detenido lo suficiente en el evangelio que hoy se nos propone?
Nos habla de sarmientos, nos habla de vid y de cepas a las que tienen que estar unidos los sarmientos para que puedan tener vida y llegar a dar fruto, y termina, por así decirlo, con la afirmación de Jesús de que si no estamos unidos a El no daremos fruto sino que moriremos. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’.
Nos está hablando de toda la espiritualidad del cristiano, verdadero fundamento de la vida cristiana. Y aquí tendríamos que hacernos serias reflexionemos. ¿Cómo mantenemos esa espiritualidad? ¿Qué unión con Jesús estamos viviendo? Tenemos el peligro y la tentación de convertir nuestra vida en puro activismo. Nos dejamos influenciar por el espíritu del mundo que solo pide efectividad, resultados y todo se va en trabajar, llenando la vida de agobios, pero sin saber detenernos para alimentarnos por dentro, para alimentar nuestro espíritu.
Porque tenemos mucho que hacer, no rezamos, no buscamos ese tiempo para nosotros mismos y para Dios; todo se nos va en planear, trabajar, hacer cosas, tener reuniones interminables, organizar cosas, pero, ¿dónde está el tiempo de oración en nuestra vida? ¿Dónde está el tiempo para nuestra escucha de Dios? Porque no ha de ser solo buenas cosas que organicemos por nosotros mismos buscando los mejores métodos, las formas más eficaces, como si de un negocio se tratara. Es algo mucho más hondo lo que tiene que ser nuestra vida cristiana. Y si nos falla esa unión del sarmiento con la vid, si nos falta esa unión con Jesús todo se nos quedará en bonitas cosas pero realmente no es la gloria del Señor lo que buscamos.
Caemos en un enfriamiento espiritual, y todo es como una pendiente en declive, en que nos vamos cayendo y cayendo sin poder pararnos. ¿Problemas en la Iglesia? ¿Crisis en la vida de la Iglesia? ¿Disminución de los que vivimos comprometidos? ¿Dónde estamos alimentando nuestra vida cristiana? ¿Dónde podremos encontrar ese optimismo y alegría de la fe, ese entusiasmo por el anuncio del evangelio, ese impulso misionero que nos lleve a anunciar a Jesús para que en verdad la Iglesia crezca? Lo sabemos pero no lo hacemos y así nos va.
Mucho se tendría que reflexionar sobre todo esto, porque hay demasiado la creencia en muchos de que lo importante es que hagamos cosas, que vivamos un compromiso por los demás, y dejamos a un lado nuestra vida espiritual, y no tenemos vivencias y experiencias religiosas que nos ayuden a hacer crecer nuestra vida. Y una luz que no se alimenta con el combustible que necesita, al final termina apagándose. Me miro a mí mismo el primero.

jueves, 10 de mayo de 2018

Llenemos nuestro corazón de la alegría del Espíritu venciendo toda tristeza y dejémonos inundar por su amor para llenar de la alegría de Dios a nuestro mundo


Llenemos nuestro corazón de la alegría del Espíritu venciendo toda tristeza y dejémonos inundar por su amor para llenar de la alegría de Dios a nuestro mundo

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16,16-20

Las palabras de Jesús que venimos escuchando en el evangelio en estos últimos días de pascua se corresponden a aquella larga conversación de sobremesa tras la cena pascual. Palabras en las que se hace presentir lo que inmediatamente ha de suceder, aunque ya Jesús lo había anunciado una y otra vez; palabras que suenan a despedida; pero palabras con las ultimas recomendaciones del Señor en la que nos manifiesta una vez más lo que ha de ser el distintivo de los que le siguen y le aman; palabras, como hemos venido diciendo, en la que Jesús derrama su corazón sobre ellos con toda su ternura por lo que terminará orando al Padre por ellos, como escucharemos en días sucesivos.
Las palabras que hoy le escuchamos tienen la connotación de lo que inmediatamente va a suceder, su pasión, pero también tienen el sentido profético de hablarnos de cómo nos vamos a sentir nosotros también a lo largo de los tiempos que no serán fáciles para la Iglesia ni para los que seguimos a Jesús.
‘Dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver’, es una referencia clara a su próxima pasión y muerte y a su resurrección. Ellos escandalizados por todos aquellos acontecimientos se van a dispersar y a dejar solo a Jesús. Solo algunas mujeres con María y el discípulo amado van a llegar hasta el Calvario. Será una experiencia dura que les llenará de tristeza y de sentido de fracaso por lo que terminaran refugiándose en el cenáculo con las puertas cerradas por miedo a que a ellos les pueda suceder igual. Los sumos sacerdotes, los fariseos y todos los enemigos de Jesús se alegrarán porque les parece una derrota de Jesús. Pero ellos volverán a verle resucitado y su tristeza se transformará en gozo, un gozo que ya nadie les podrá quitar y que luego con la fuerza del Espíritu Irán proclamando esa buena nueva por todo el mundo.
Pero es el camino que seguirá viviendo la Iglesia a través de los tiempos. Habrá momentos duros y difíciles; bien conocemos las persecuciones de todos los tiempos que nos ha dado tantos mártires, tantos testigos de la fe que fueron semilla de nuevos cristianos. Pero no serán solo los que derramaron o derramarán su sangre, sino es la entrega día a día de quienes creemos en Jesús también en momentos difíciles, momentos que se nos pueden volver oscuros, en que se siembra la duda en nuestros corazones, en que nos podemos sentir igualmente fracasados, donde contemplamos esa sangría de tantos que abandonan y se olvidan de su fe.
Momentos de crisis para la Iglesia como los ha habido en todos los tiempos y sigue habiendo ahora por unas razones o por otras. Momentos en que nos parece que nos sentimos solos y no nos parece sentir la presencia de Jesús con nosotros y flaqueamos porque no captamos la fuerza de Espíritu que está con nosotros. Algunas veces igualmente podemos sentirnos tristes, pero no tenemos motivos, porque sabemos bien que el resucitado ha vencido a la muerte, y que con la fuerza de su Espíritu nosotros podemos vencer también. Con nosotros está el Señor.
Estamos en el tiempo de la Ascensión, no solo porque hoy se cumplen los cuarenta días de la resurrección y el próximo domingo celebraremos su solemnidad, sino porque estamos en el tiempo de la Iglesia; sí, el tiempo en que viviendo en Iglesia seguimos sintiendo la presencia de Jesús con nosotros, aunque tengamos dudas, no lo veamos con los ojos de la cara como nos gustaría hacerlo, y podamos pasar por numerosas crisis. Es el tiempo de abrirnos al Espíritu para abrirnos así a la presencia del Señor que siempre está con nosotros como precisamente en ese día de la Ascensión nos prometió.
Superemos las tristezas, que tienen que estar reñidas con lo que es la vida de un autentico creyente en Jesús; llenemos nuestro corazón de la alegría del Espíritu y dejémonos inundar por su amor; con amor en nuestro corazón la tristeza no nos vencerá sin que llenaremos de la alegría de Dios a nuestro mundo.