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miércoles, 18 de octubre de 2023

Que se despierte ese ansia y espíritu misionero para sentir la urgencia del evangelio porque ¡ay de mi si no anuncio el evangelio!

 


Que se despierte ese ansia y espíritu misionero para sentir la urgencia del evangelio porque ¡ay de mi si no anuncio el evangelio!

2Timoteo 4, 10-17b; Sal 144; Lucas 10,1-9

Con frecuencia escuchamos en cualquier reivindicación laboral que se esté haciendo, y no digamos nada cuando se trata de colectivos que tienen que realizar servicios públicos, que el personal no es suficiente, que es mucho el trabajo, que tendría que contratarse más personal para poder atender debidamente aquellos servicios. Nos vemos desbordados trabajando en cualquier empresa por falta de personal y eso hará que en ocasiones las empresas estén abocadas al fracaso si no se hace una conveniente reestructuración del personal o se contratan más trabajadores. O son las tareas de casa que nos desbordan y las madres se sienten agobiadas porque no pueden atender todas las tareas y todo lo que quisieran a la familia; lo solucionamos cuando hay posibilidades contratando a personas que ayuden en esas tareas para que la familia esté debidamente atendida.

Me vienen a la mente estos hechos precisamente escuchando el evangelio que en esta fiesta del evangelista san Lucas se nos propone, pero contemplando la inmensa tarea de la Iglesia en medio del mundo donde no siempre se cuenta con las suficientes personas que realicen esa tarea pastoral. Y pensamos en la escasez de sacerdotes con tan pocas vocaciones que nos garanticen un futuro relevo, pero pensamos también en el poco compromiso que encontramos en nuestras comunidades en personas que realicen esas múltiples tareas pastorales.

Algunas veces en nuestras parroquias y comunidades cristianas parece que nos contentamos con una mínima pastoral de mantenimiento realizando mismamente unas tareas para al menos llegar a los que puedan estar mas cercanos o más interesados; echamos de menos una pastoral misionera, aunque el Papa nos está repitiendo continuamente esa salida de la iglesia de los cristianos para llegar también a las periferias, pero miro a mi alrededor y contemplo a tantos y tantos a los que no llega el anuncio del evangelio, notando además como crece a nuestro alrededor la indiferencia en lo religioso pero también ante los valores cristianos que nos ofrece el evangelio.

Y la Iglesia tiene que ser misionera, los cristianos hemos recibido esa misión de ir por delante anuncio la buena nueva del Reino de Dios a todos. Y cuando estoy hablando de la Iglesia misionera no estoy pensando en ese anuncio del evangelio que también hemos de hacer llegando también a lugares lejanos. Pienso en ese mundo cercano y que nos rodea, es mundo nuestro donde aun conservamos Iglesias y unas mínimas prácticas religiosas en torno a la figura de Jesús, pero donde sabemos que hay un gran desconocimiento de Jesús y del evangelio. Países que nos llamamos cristianos, pero que realmente están descristianizados aunque se hayan conservado algunas prácticas religiosas, pero donde no resplandecen demasiado los valores del evangelio.

Oímos hablar con frecuencia de una nueva evangelización, y algunas veces no terminamos de entender la densidad y el compromiso que eso significa. Pero es una tarea urgente que hay que realizar para que de nuevo el evangelio sea la sal de nuestra tierra y la levadura que nos haga fermentar en una vida cristiana auténtica.

Hoy nos está diciendo Jesús que la mies es abundante y los obreros son pocos; creo que con una mínima sensibilidad somos conscientes de eso. Y Jesús nos pide que roguemos al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies. ¿Estaremos de verdad comprometidos en esa oración tal como nos pide Jesús? No son solo las empresas las que necesitan más trabajadores, como reflexionábamos al principio, sino que es la Iglesia la que necesita más apóstoles y misioneros en medio del mundo.

Hoy estamos celebrando la fiesta del evangelista san Lucas y puede ser un buen toque de atención a nuestras conciencias para que se despierte en nosotros esa ansia y ese espíritu misionero. Estamos en esta semana a las puertas de la Jornada del Domund que celebraremos el próximo domingo. Un motivo más para despertar, un motivo más para sentir esa urgencia del evangelio – como decía san Pablo ‘Ay de mi si no anuncio el evangelio’ -, un motivo más para esa oración al Señor.

Ojalá pudiéramos decir como el apóstol san Pablo, ‘Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones’.

domingo, 19 de octubre de 2014

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Tes. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21
Quizá podríamos comenzar nuestra reflexión en torno a la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado con el lema de esta Jornada del Domund que estamos celebrando: ‘Renace la alegría’. Es una invitación, como lo es esta jornada misionera, a compartir la alegría del evangelio, la alegría de nuestra fe con todos.
No podemos perder esa alegría porque eso podría significar que se está debilitando nuestra fe. ¿De dónde arranca esa alegría? ¿Es que puede haber algo más hermoso y que pueda hacer nacer mejor alegría en nuestro corazón que sentirnos hijos de Dios, sentirnos amados de Dios? De ahí tenemos que partir. Ese es el gran anuncio del Evangelio; esa es la gran Buena Noticia de nuestra vida que tiene que llenarnos de la alegría más grande que nadie nos puede quitar y que nos obligará a anunciarla a los demás.
Nos lo recuerda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en las distintas lecturas. San Pablo, por ejemplo, habla de la fe, del entusiasmo de la fe que viven los tesalonicenses a los que dirige su carta; una fe que se manifiesta en el amor que se tienen y en la esperanza que los mantiene firmes a pesar de las dificultades o problemas que pueden ir apareciendo en la vida. Se sienten amados y elegidos de Dios y eso hace que su vida sea distinta.
Pero ya en la primera lectura se nos hace una proclamación muy clara de lo que es nuestra fe. Como verdaderos creyentes reconocemos un solo Dios y Señor de nuestra vida y como venido de su mano y de su amor cuanto nos sucede. Son manifestaciones de ese amor de Dios que reconocemos con nuestra fe. El profeta está haciendo una lectura de su historia, de la historia del pueblo de Israel. El texto del profeta Isaías que escuchamos es un texto de después del exilio de Babilonia. Y están viendo en la actuación de Ciro que ha dado la libertad a su pueblo un actuar de Dios.
Ciro es un rey pagano que no conoce a Dios y sin embargo se le llama el Ungido; es el elegido y llamado por Dios, aunque no lo conozca, para dar la libertad al pueblo de Dios. ‘Te llamé por tu nombre, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay otro Dios. Te pongo la insignia, aunque no me conozcas, para que sepan que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro’.
Ahí tenemos una proclamación de fe en el Señor en quien tenemos que reconocer como nuestro único Dios. Es el Dios que nos ha elegido y nos ha amado con amor eterno, desde toda la eternidad, a pesar de que en nuestra indignidad muchas veces no lo conozcamos o no lo reconozcamos. En ese amor eterno de Dios nos ha enviado a Jesús, su Hijo, para manifestarnos ese amor, para obtener para nosotros la redención y el perdón de nuestros pecados, para regalarnos su Espíritu de amor que nos hace hijos, nos convierte en hijos amados de Dios. Pero podríamos decir que el texto viene a ser una invitación para que lo reconozcamos, reconozcamos su amor y así se llene de alegría nuestro corazón.
 El evangelio también viene a ser en el fondo una invitación a reafirmar nuestra fe. Vienen hasta Jesús a ponerlo a prueba, a comprometerlo con una pregunta. Por allí andan los fariseos que se valen de unos herodianos, que no eran partidarios de pagar los tributos al dominador romano. Vienen con preguntas donde no se están manifestando con toda sinceridad, porque aunque alaban la veracidad de Jesús - ‘sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie ni te fijes en la apariencias’, bonitas palabras que ocultan la trampa que quieren tender - le preguntan si es o no lícito pagar el impuesto del César.
Si ellos vienen con sagacidad Jesús conoce mejor que nadie los corazones de los hombres y saben que quieren tenderle un trampa; de ahí la respuesta de Jesús utilizando la efigie reflejada en la moneda. ¿Es la imagen del César? Luego aquella moneda pertenecerá al César. Por eso les responde: ‘Pues pagadle al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios’.
Por encima de las trampas que quieren tenderle Jesús nos está diciendo en qué lugar tenemos que poner a Dios en nuestra vida. El es nuestro único Señor y siempre ha de estar por encima de todo y en el centro de todo. Cuando le preguntaban una y otra vez también con las mismas torcidas intenciones cuál era el mandamiento principal, Jesús siempre les responderá con el texto del Deuteronomio ‘el Señor, tu Dios, es el único Señor; a El amará con todo tu ser, con toda tu mente, con todo corazón’; como decimos en los mandamientos ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’.
Brevemente recordar aquí que en el fondo, como consecuencia, nos estará diciendo Jesús que nuestras obligaciones y nuestro compromiso con el mundo en que vivimos, con la sociedad en la que hacemos nuestra vida no lo podemos descuidar, sino todo lo contrario también desde nuestra fe hemos de sentir ese compromiso por contribuir a hacer que nuestro mundo sea mejor; un compromiso que está en la colaboración que también con los impuestos realizamos, pero que además tendríamos que ver hasta donde más tendría que llegar ese compromiso para con nuestra participación activa trabajar en bien de nuestra sociedad. No nos podemos desentender así porque si del mundo en que vivimos. También desde nuestra fe nos tenemos que sentir obligados y comprometidos a participar. Por ahí tendríamos que traducir también lo de ‘dad al Cesar lo que es del Cesar’.
Pero conectemos con el pensamiento con que iniciamos nuestra reflexión, la alegría de nuestra fe. Es la alegría llena de esperanza con que hemos de vivir todo esto que venimos reflexionando, porque no se nos puede quedar en una teoría, por así decirlo, que tengamos en la cabeza. Este pensamiento del amor de Dios tiene que llegarnos al corazón. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría’, nos decía el Papa en la encíclica del gozo del evangelio y nos vuelve a recordar ahora en el mensaje para esta Jornada del Domund. 
Tenemos que hacer renacer esa alegría en nosotros si se ha mermado o acaso la hemos perdido. No tiene sentido un cristiano que no viva con alegría; la fe que lleva en su corazón y que impregna toda su vida le tiene que hacer explosionar de alegría, que tiene que manifestarse de muchas maneras en su vida. Primero ya no caben esas caras de circunstancias donde vamos por la vida con rostros serios y adustos. Esa fe que llevamos en el corazón nos da paz, y esa paz se tiene que expresar en nuestros rostros, en nuestra sonrisa, en ese entusiasmo con que vivimos nuestra fe y toda nuestra vida. No cabe que sea de otra manera.
Este año se nos ha propuesto como lema para esta jornada misionera del Domund, porque es esa alegría de la fe la que queremos llevar a los demás, la que queremos compartir con todos, la que queremos anunciar a los que no tienen fe, la que se ha de convertir en evangelio, en Buena Nueva de salvación que trasmitamos a los demás. Como nos dice el Papa Francisco, ‘¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!
Así nos decía en su mensaje: El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 2). Por lo tanto, la humanidad tiene una gran necesidad de alcanzar la salvación que nos ha traído Cristo. Los discípulos son aquellos que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización’.
No lo olvidemos, somos misioneros, tenemos que ser misioneros de la alegría de nuestra fe. Pensamos en lugares lejanos, el tercer mundo, pero pensamos también esos lugares cercanos a nosotros donde se ha perdido la alegría de la fe. El mundo nos necesita, necesita el mensaje del Evangelio. Y no olvidemos que hemos de empezar por los que están a nuestro lado para compartir con ellos también esa alegría que llevamos en el corazón.

domingo, 23 de octubre de 2011

El amor a Dios y al prójimo sentido profundo de la vida del creyente

Ex. 22, 20-26;

Sal. 17;

1Tes. 1, 5-10;

Mt. 22, 34-40

‘Yo te amo, . Señor; tú eres mi fortaleza’, hemos repetido en el responsorio del salmo¡Qué otra cosa podemos hacer! El amor es la razón de ser de la vida del hombre; el amor es el sentido profundo de la vida del creyente.

‘Dios es amor’, nos enseña san Juan en sus cartas y en el mensaje profundo y fundamental que nos trasmite Jesús. Quien cree en Dios y desea vivir unido a Dios y vivir su vida no puede hacer otra cosa que amar. Y no con un amor cualquiera, sino con el amor de Dios, con un amor semejante a aquel con que nos sentimos amados de Dios. Por eso, ése tiene que ser nuestro grito: ‘Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza’, tú lo eres todo para mí y tengo que amarte, Señor, con un amor como el tuyo.

Sin embargo, reconocemos que no siempre es fácil. Tendría que serlo pero ya sabemos cómo somos. Ahí queremos poner nuestras medidas o nuestras exigencias; miramos si nos aman o no nos aman para saber hasta donde amamos o a quien amamos; y hasta queremos poner nuestras normas o leyes y terminamos desfigurando, destrozando el amor.

Estamos hechos para el amor y ese sería el camino que nos llevara a la mayor dicha y felicidad, pero bien sabemos cuánto nos cuesta, porque al mismo tiempo, ya sabemos, el mal se mete dentro de nosotros y nos llena de egoismo, de orgullo, de envidias y de no sé cuantas pasiones desordenadas que nos encierran en nosotros mismos y nos alejan del amor verdadero.

Hoy hemos escuchado que una vez más se acercan a Jesús con preguntas para ponerlo a prueba. Un fariseo experto en la ley es el que le hace la pregunta. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ Parecería innecesaria la pregunta porque estaba bien claro en la ley de Moisés, pero se habían impuesto tantas normas y preceptos que al final terminaban confudidos y entre ellos en las escuelas rabínicas las discusiones eran interminables.

Jesús responde con el texto del Deuteronomio y del Levítico que todo buen judío tenía que conocer, porque incluso había de repetirlo como una oración varias veces al día y hasta estaba grabado en las puertas de las casas, la Mezuza. Lo hemos escuchado: ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Pero concluirá Jesús: ‘Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas’.

Aquí está el fundamento de todo. Amar a Dios y amar al prójimo son inseparables. Si de verdad amamos a Dios, amamos al prójimo; si amamos al prójimo con un amor verdadero, es que amamos a Dios. Como decíamos antes, porque creemos en Dios que es amor, tenemos que amar; y amamos a Dios y amamos al prójimo porque queremos amar todo lo que Dios ama; amamos al prójimo porque amando a Dios y queriendo estar unidos a El que es Amor, necesariamente tenemos que amar también al prójimo. Dios quiere hacernos partícipes de su amor, para amarle y amar, por El, con El y en El a todas las personas, a nuestro prójimo.

Y cuando estamos llenos de ese amor ya no caben medidas ni distinciones; ya el amor tiene que ser un amor generoso como es el amor de Dios generoso hasta el infinito. Y amando así caminamos caminos de plenitud y de felicidad verdadera. Y tenemos además una certeza y es que no nos faltará la gracia y la fuerza del Señor. ‘Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza’, que hemos rezado en el salmo. Y si venimos a la Eucaristía a comerle e inundarnos de su vida, estaremos inundándonos de su gracia y de su amor para amar con su mismo amor.

Muchas conclusiones tendríamos que sacar de aquí para nuestra vida de cada día, y para la relación que mantenemos con cuantos están a nuestro lado. Porque todo esto no se puede quedar en palabras bonitas sino que tiene que hacerse realidad en el día a día, en ese día a día que tantas veces se nos hace dificil en nuestra convivencia ordinaria con los que están a nuestro lado.

El texto del Exodo que hemos escuchado en la primera lectura nos señala cosas muy concretas, que no sólo eran válidas en aquel momento sino que nos están señalando muchas cosas que hoy tenemos que hacer. Nos habla del forastero y del emigrante, de la viuda y del huérfano, como nos habla del pobre que pasa necesidad a nuestro lado y al que tenemos que ayudar y con el que tenemos que compartir. Este texto daría para muchas reflexiones de cosas muy concretas porque esas situaciones las tenemos cada día a nuestro lado.

Sin querer alargarme excesivamente hemos de tener en cuenta en nuestra reflexión también la jornada misionera que hoy estamos celebrando, el Domund. Precisamente en nombre de ese amor con el que llenamos nuestra vida hemos de sentir la urgencia de trasmitir y comunicar a los demás esa fe que vivimos, ese amor de Dios que experimentamos en nuestra vida, para lograr que todos lleguen a ese conocimiento de Dios, a esa vivencia del evangelio salvador.

El Papa Benedicto XVI en su mensaje para esta Jornada nos recuerda la necesidad de renovar el empeño de llevar a todos el anuncio del Evangelio con “el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos” (Carta ap. Novo millennio ineunte, 58). Es el servicio más precioso que la Iglesia puede hacer a la humanidad y a cada persona que busca las razones profundas para vivir en plenitud su propia existencia’.

Nos sigue diciendo que ‘destinatarios del anuncio del Evangelio son todos los pueblos. La Iglesia “es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Ad gentes, 2). Esta es “la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 14). En consecuencia, no puede nunca cerrarse en sí misma’.

‘La misión universal implica a todos, todo y siempre, nos sigue diciendo el Papa. El Evangelio no es un bien exclusivo de quien lo ha recibido, sino que es un don que compartir, una buena noticia que comunicar. Y este don-compromiso está confiado no sólo a algunos, sino a todos los bautizados, los cuales son “raza elegida … una nación santa, un pueblo adquirido por Dios” (1Pe 2,9), para que proclame sus obras maravillosas’.

‘Así, a través de la participación corresponsable en la misión de la Iglesia, el cristiano se convierte en constructor de la comunión, de la paz, de la solidaridad que Cristo nos ha dado, y colabora en la realización del plan salvífico de Dios para toda la humanidad. Los retos que ésta encuentra, llaman a los cristianos a caminar junto con los demás, y la misión es parte integrante de este camino con todos. En ella llevamos, aunque en vasijas de barro, nuestra vocación cristiana, el tesoro inestimable del Evangelio, el testimonio vivo de Jesús muerto y resucitado, encontrado y creído en la Iglesia. Que la Jornada Misionera reavive en cada uno el deseo y la alegría de “ir” al encuentro de la humanidad llevando a todos a Cristo’.

He entresacado algunos párrafos del mensaje del Papa que nos ayuden en esta Jornada y aviven en nosotros ese espíritu misionero que en todo cristiano tiene que brillar. Sentimos como nuestra la obra misionera de la Iglesia, y con ella colaboramos como algo propio con nuestro testimonio, nuestra oración y también nuestra colaboración económica para que se pueda realizar esa tarea inmensa de la Iglesia y que abarcará muchos aspectos. Es un fruto también de nuestro amor.

viernes, 31 de octubre de 2008

Demos cabida en nuestro corazón con la ternura del amor a toda la Iglesia

Flp. 1, 1-11
Sal. 110
Lc. 14, 1-6

‘Grandes son las obras del Señor’. Así hemos reconocido y rezado en el salmo. Así podemos decir que también san Pablo lo está reconociendo en este principio de la carta a los Filipenses, cuya lectura hoy comenzamos.
Pablo visitó Filipos por primera vez en su segundo viaje apostólico. Era una ciudad importante de Macedonia, cuyos ciudadanos tenían derecho a la ciudadanía romana. Estando en Troas Pablo había escuchado la voz del Señor que le impulsaba a saltar a Europa, en Macedonia para allí hacer también el anuncio de la Buena Noticia. Así llega a Filipos. Recordamos cómo allí se encontró con Lidia a la orilla del río donde se reunían a rezar, que lo invitó a su casa. Posteriormente a causa de una adivina que lo seguía diciendo a todos quién era Pablo, es encarcelado. Y recordamos lo acaecido allí; las puertas de la cárcel se abren, el carcelero que piensa que los presos han huido y quiere suicidarse, Pablo que lo detiene, le anuncia la Buena Nueva de Jesús, y cree él y toda su familia. En otra ocasión probablemente Pablo volvería por Filipos.
Pablo tiene un buen recuerdo de aquella comunidad, que incluso en momentos difíciles para él estando en la cárcel saben estar a su lado. Lo manifiesta en este principio de la carta. ‘Doy gracias a Dios... rezo por vosotros... os llevo dentro... testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero...’
Pablo tiene esperanzas en aquella comunidad. Confía en que la semilla plantada en ellos dará fruto. ‘Esta es mi confianza: que el que ha inaugurado en vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’. Es la confianza en la gracia del Señor que riega nuestros esfuerzos y trabajos. Pero aquella comunidad va dando respuesta. ‘Habéis sido colaboradores míos desde el primer día hasta hoy... esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo dentro tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís el privilegio que me ha tocado’.
Por eso Pablo ora con gratitud por ellos. ‘Esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis límpidos e irreprochables, cargados de frutos de justicia...’
Es la oración del Apóstol y es la oración de todo pastor por su comunidad, aquella que le ha sido confiada en el nombre del Señor. Los pastores queremos llevaros también muy dentro de nuestro corazón y nuestra oración siempre es por nuestras comunidades, para así sigan creciendo en la fe y en el amor.
Pero creo que también tiene que ser la oración de la comunidad, por sus pastores y por la comunidad misma. Para se siga proclamando el anuncio de la Buena Noticia; para que la comunidad vaya creciendo más y más siendo y formando verdadera comunidad entre sus miembros.
Pero quería decir algo más. Sí tenemos que rezar por esa comunidad a la que pertenecemos, sea una parroquia o sea ese pequeño grupo en el que vives y convives y en el que compartes tu vida y tu fe. Pero nuestra oración no se puede quedar encerrada en unos límites o en unas fronteras. Tenemos que ampliar nuestro círculo. Sentirnos miembros de una comunidad grande que es la Iglesia, y pensamos en nuestra Iglesia local o diocesana, o pensamos en la Iglesia de nuestro país, como pensamos en la Iglesia universal.
Es importante esa oración por la Iglesia. Por que la oración nos une más. Porque la oración muestra nuestra inquietud y nuestro espíritu misionero. Porque así tenemos que sentirnos siempre católicos y universales. Que crezca más y más nuestra Iglesia. Que seamos cada vez más ese signo del amor de Dios en medio de nuestro mundo.
Que como Pablo le demos cabida a todos en nuestro corazón con esa ternura tan hermosa del amor.

domingo, 19 de octubre de 2008

Constructores solidarios de un mundo mejor

Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Ts. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21

Algunas veces parece que nos sentimos confundidos al ver los derroteros por los que camina nuestra sociedad y nuestro mundo. Hay quizá muchas cosas que no nos gustan o que desearíamos que fueran de otra manera, pero tenemos el peligro de que el árbol no nos deje ver el bosque. Porque quizá lo más llamativo que podamos tener delante no nos agrada, eso nos puede hacer pensar que todo lo que sucede en nuestra sociedad es de la misma característica. No somos capaces, o nos cegamos de tal manera, que no vemos tantas cosas buenas que, a pesar de todo, pueda haber en nuestra sociedad, o en las otras personas.
Creo que la Palabra de Dios de este domingo pueda darnos luz en estas situaciones y nos pueda llevar también a un compromiso muy concreto con la sociedad en la que vivimos arrancando precisamente desde nuestra fe. La primera lectura nos ha hablado de Ciro, rey de Persia. Un rey pagano que en nada se acercaba en su fe a Yavé, el Dios de Israel. Pero Dios se vale de él para que los judíos alcancen la liberación de la cautividad que tantos años les había tenido lejos de su tierra y puedan volver a su patria y reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén. Vemos incluso que el profeta le llama el ‘Ungido del Señor..., a quien lleva de la mano, le llama por su nombre y le da un título, auque no me conocías’, que le dice.
Se convierte en un instrumento de Dios para liberación de los judíos. Así se vale el Señor de todo lo bueno y lo justo que pueda haber en las personas de buena voluntad y que actúan con rectitud. En ellas, aunque no lo sepan, también se dan tantas veces semillas del Reino de Dios. Gentes generosas que podemos tener a nuestro lado y que son para nosotros y para los demás mediaciones del amor de Dios.
El evangelio también es luz que nos ilumina. Como hemos escuchado los fariseos y los herodianos se pusieron de acuerdo para comprometer a Jesús. Van con buenas palabras hasta Jesús, aunque Jesús les desenmascara. ‘Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea...’ Son palabras, es cierto, que nos están definiendo la rectitud de Jesús en su actuar y en lo que nos dice. Actitudes que bien tenemos que aprender para nosotros.
El planteamiento que le hacen es sobre el impuesto que han de pagar al César. Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘¿De quién son esta cara y esta inscripción?... Del Cesar... Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Una respuesta llena de sabiduría. Pero ¿significará eso que hay contraposición entre la sociedad civil y el Reino de Dios que Jesús nos anuncia?
Vivimos en este mundo y en medio de esta sociedad. Y ahí precisamente tenemos que ser constructores también de la convivencia y de la armonía entre todos, de la justicia, del orden social y de la paz de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Tenemos que decir que no está reñida esa contribución que hemos de hacer a nuestra sociedad en todo lo que sea bueno y justo con nuestra fe en Dios y nuestra condición de cristianos. Sino más bien tenemos que considerar todo lo contrario, es una exigencia del compromiso de nuestra fe.
Tenemos que aprender a valorar todo lo que es bueno y es justo, la contribución que toda persona hace a la paz y a la convivencia, al desarrollo y al bienestar de nuestra sociedad y de todas las personas por encima de que sus creencias coincidan o no con las nuestras. Hemos de reconocer que hoy las contrapuestas ideologías partidistas nos hacen pensar muchas veces que todo lo que hace el otro que no piensa como nosotros, siempre es malo. Y creo que es un fuerte error y me atrevo a decir muchas veces da la impresión de una falta de madurez en nuestros razonamientos y apreciaciones cuando pensamos así.
No es una mezcolanza ni sincretismo innecesario sino valoración de todo lo bueno que pueda haber en los demás. Nos creemos muchas veces redentores tan insustituibles que pensamos que sólo nosotros sabemos hacer las cosas bien. Y eso pasa en muchas situaciones de la vida, y nos sucede a veces también en los mismos grupos de Iglesia.
No dejaremos a un lado, ni tenemos por qué ocultarlos sino todo lo contrario, nuestra fe, nuestros principios morales, el sentido de nuestra vida, sino que precisamente manifestándonos como somos desde nuestra fe podemos y tenemos que hacer la mejor contribución. Y es que nuestra sociedad necesita cristianos comprometidos que sean verdaderamente testigos. Cristianos como aquellos que alababa san Pablo de la comunidad de Tesalónica: ‘Recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor’. Nos lo está recordando continuamente el Papa en sus mensajes.
Cuando este domingo estamos celebrando el Domund, el domingo de las misiones, y recordamos y celebramos ese compromiso que tenemos de ser misioneros, de propagar nuestra fe, este puede ser un primer paso que demos en nuestro compromiso misionero.
Al hablar de las misiones, nuestro pensamiento se va a lo que podríamos llamar las avanzadillas de la Iglesia, los llamados países de misión donde por primera vez se ha de anunciar el Evangelio. Claro que tenemos que pensar en ello y poner toda nuestra contribución y compromiso para que el Evangelio sea anunciado en todas partes.
Pero es que no todos estamos llamados a ir a esos llamados países o lugares de misión, pero todos sí tenemos que ser misioneros, y tenemos que serlo en nuestros ambientes concretos, en esa sociedad concreta, que está ahí a nuestro lado, o en la que estamos viviendo, donde se necesita también ese testimonio de nuestra fe.
Y lo podemos hacer y lo tenemos que hacer, aprendiendo a valorar también todo lo bueno que hay en los demás y que hay en nuestra sociedad, además de poner nuestra contribución concreta para que nuestra sociedad sea cada vez más concorde con ese Reino de Dios que nos anuncia e instaura Jesús.