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jueves, 5 de febrero de 2026

Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

 


Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

1Reyes 2, 1-4. 10-12; 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Quien recibe el encargo de algo importante y que puede tener enorme trascendencia para muchos puede experimentar encontrados sentimientos en sí mismo ante la tarea que tiene por delante, desde el orgullo que siente porque han confiado en él y también la incertidumbre de si será capaz de llevar a cabo aquello que se le encomienda; pero si además los recursos humanos que se le ofrecen son escasos, o más bien se le pide que no se apoye en esos recursos sino en la fuerza de lo que está realizando, la sinceridad de su palabra y el testimonio que a través de sí mismo pueda ofrecer de la validez e importancia de lo que realiza, podríamos pensar que en esos sentimientos aflora también el temor de que además no lo vayan a aceptar los que le rodean o con quienes ha de realizar dicho encargo.

Me hago esta previa consideración ante lo que escuchamos hoy en el evangelio. En torno a Jesús se había ido formando una pequeña comunidad de seguidores, de discípulos que le siguen continuamente por todas partes, que están siempre con Él y a los que en esa cercanía les ha ido, podíamos decir, enseñando, manifestándoles todo el sentido que tenía el Reino de Dios que anunciaba. Ahora de entre ellos escoge a doce a los que a enviar a hace ese mismo anuncio del Reino de Dios que Jesús venía haciendo, confiándoles su misión y toda su autoridad.

Pero aquí viene lo que podríamos llamar lo paradójico. Los envía con las manos vacías, podríamos decir. Les pide que se olviden de los recursos humanos, por no llevar solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas sandalias para sus pies. Ni dineros, ni siquiera provisiones, ni siquiera túnica de repuesto. Solo han de ir con lo puesto. Comerán lo que les ofrezcan allí donde vayan llegando y donde sean acogidos, quedándose en la casa donde entren hasta que se vayan de aquel sitio; si son rechazados sacudirán el polvo de sus pies y marcharán a otra parte. Solo sus palabras anunciando la conversión por la llegada del Reino de Dios y la autoridad de Jesús para ir transformando los corazones con las señales de algo nuevo que han de manifestar con su amor, porque sobre todo a los que más sufren han de atender de manera primordial.

Como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. No eran cosas extraordinarias las que realizaban ni se apoyaban en medios extraordinarios. Era la sencillez y autenticidad de sus vidas. Era la verdadera riqueza del evangelio. Era el comienzo de algo nuevo que como buena semilla plantada tenía que ir haciendo brotar una planta nueva, un nuevo sentido de vida.

¿Seremos capaces de hacer nosotros lo mismo que realizaron aquellos Doce a los que Jesús les confió esta misión de anunciar el Reino de Dios? Tenemos que decir que es nuestra tarea porque un cristiano tiene que ser siempre misionero. Algunas veces cuando oímos hablar de esto quizás nos ponemos a pensar, y yo, ¿qué puedo hacer? ¿Qué es lo que tengo que hacer para ser misionero en medio de los que nos rodean? ¿Con qué medios voy a contar?

Tienes una palabra que anunciar y un testimonio que dar. Y eso has de hacerlo con la autenticidad de tu vida. Y nosotros pensamos en rodearnos de tantos medios, y estamos imaginando las técnicas que tenemos que aprender, los medios de los que nos hemos de valer. Jesús los mandó con lo puesto, porque lo importante era la autenticidad de sus vidas y el testimonio del amor con lo que así manifestarían la autoridad que Jesús les confió.

Si decíamos antes de los encontrados sentimientos con que nos podemos encontrar ante una misión que se nos confía, muchas veces nosotros vamos por los temores de no saber qué hacer o cómo hacer, pero no llegamos a ver la necesidad de la confianza en la providencia divina que estará con nosotros y con la fuerza del Espíritu que nos conducirá a ese testimonio de vida que hemos de dar. Llenémonos del amor de Dios y nuestra vida va a resplandecer en múltiples gestos que manifiestan que vivimos el Reino de Dios.


domingo, 14 de julio de 2024

Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje, los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia del Reino de Dios que tenemos que proclamar

 


Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje, los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia del Reino de Dios que tenemos que proclamar

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Nos confían un trabajo o una tarea y enseguida nos hacemos nuestras planificaciones y nuestros presupuestos; necesitamos esto, lo otro y lo de más allá… pronto vamos a ver con qué contamos, qué es lo que vamos a necesitar para sacar esa obra adelante. No digo que no tengamos que hacerlo en nuestras tareas humanas, en el desempeño de nuestras responsabilidades, pero ¿habría que contar solo con esto o con otras cosas?

Lo mismo podemos decir de un viaje que vamos a emprender; siempre pagamos la novatada en los primeros viajes, nos cargamos de multitud de cosas por lo que pueda suceder, decimos, por los imprevistos que puedan surgir, y llevamos la maleta a reventar de cosas que volverán sin que las hubiéramos tocado y con la incomodidad del peso que hemos ido arrastrando.

Hoy Jesús nos sorprende y bien que tenemos que aprender de esa sorpresa. Ha escogido de entre los discípulos a los apóstoles que va a enviar con su misma misión y autoridad. Han de ponerse en camino para anunciar el Reino de Dios, como había hecho Jesus desde el comienzo de su actividad pública y apostólica.

El también había ido itinerante de pueblo en pueblo anunciando la buena noticia de la llegada del Reino de Dios. Es el envío que ahora realiza en aquellos a los que llama apóstoles. ¿Y qué van a necesitar? Solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas buenas sandalias, pero nada de suministros, nada de repuestos, nada en el bolsillo que dé seguridades. Han de ponerse en camino con la confianza de que su fuerza estará en la Palabra que pronuncien, el mismo anuncio que están haciendo.

¿No nos tendría que hacer pensar mucho estas recomendaciones de Jesús a los cristianos que nos sentimos también enviados con la misma misión de Jesús? Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje. Cuidado que los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia que tenemos que proclamar. Con tanto que nos preocupamos de los recursos y de los preparativos no va a llegar a tiempo la Buena Noticia que tenemos que anunciar.

Jesús pone en camino a aquellos discípulos que envía para que con su presencia sean en verdad signos de ese Reino de Dios que anuncian; es anunciar que solo Dios es el Señor, el Rey de nuestras vidas pero lo rodeamos de tantas cosas que pareciera que esas cosas son verdad los señores de nuestra vida. La presencia de los enviados tiene que convertirse en señales y signos de amor; van a acercarse allí donde está el sufrimiento, allí donde se ha perdido la esperanza, allí donde ha reinado la insolidaridad y el desamor para poner señales de vida, para despertar al amor.

Es lo que tenemos que ir curando, es lo que en verdad tenemos que ir transformando nuestro mundo. ¿Irán floreciendo en verdad en torno a donde haya unos cristianos las flores de la solidaridad y del amor? ¿Habrá más corazones sanos porque con nuestra presencia hemos ido contagiando de vida a nuestro mundo enfermo?

Es la autoridad con la que van los discípulos de Jesus, mientras nosotros tantas veces nos preocupamos de organizar muchas cosas, pero no terminamos de ser esos signos de amor. No terminamos de despertar esperanzas en este mundo tan lleno de amarguras y de sufrimientos. Es nuestra tarea, es la misión que Jesus nos ha confiado, es la siembra de evangelio que tenemos que ir haciendo. Nuestras palabras, nuestros gestos, nuestra presencia tienen que ser en verdad unos rayos de luz para nuestro mundo.

No es tarea fácil, no siempre seremos bien recibidos, pretenderán desprestigiarnos de mil maneras, podemos tener la tentación de sentirnos fracasados porque no logramos realizar lo que Jesus nos ha confiado, hay el peligro de que nuestro corazón se llene de amargura por la desconfianza que encontramos cuando estamos intentando hacer las cosas de la mejor manera posible.

Hay una cosa que nos puede pasar desapercibida en este texto del evangelio. Nos dice Jesus que cuando tengamos que marcharnos de un lugar porque no nos reciben, a la salida nos sacudamos el polvo de nuestros pies. Muchas veces lo hemos interpretado como un echarles en cara a los que no nos ha recibido, lo que han hecho. Pero quiero verlo de otra manera distinta. Nos sacudimos el polvo de nuestros pies, porque no podemos dejar que quede sobre nuestros corazones la amargura y el resentimiento. Son esos lodos los que tenemos que quitar de nuestros pies para poder seguir caminando livianos para ir a hacer el anuncio en otro lugar.

Con el bastón en la mano, con las sandalias limpias de desánimos y desconfianzas tenemos que seguir caminando, porque la semilla tenemos que seguirla sembrando, porque el resplandor de la paz no puede faltar de nuestros rostros, porque tenemos que seguir siendo signos de ese reino que anunciamos con nuestro desprendimiento, con nuestro amor, con nuestra comprensión y nuestro perdón.


jueves, 1 de febrero de 2024

Nos hace falta a los que nos llamamos discípulos de Jesús romper el círculo y salir a las plazas haciéndonos aventureros del anuncio del evangelio

 


Nos hace falta a los que nos llamamos discípulos de Jesús romper el círculo y salir a las plazas haciéndonos aventureros del anuncio del evangelio

1Reyes 2, 1-4. 10-12; Sal. 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Hay quien es aventurero en la vida y se lanza por el mundo a lo que salga; sin mayores alforjas se lanzan a caminar por el mundo preocupándose solo del momento, refugiándose en lo que salga, y ateniéndose al día a día comiendo lo que encuentren, o lo que las buenas gentes con las que se encuentre le puedan ofrecer.

Pero lo habitual es que si vamos a hacer un viaje, nos preocupemos previamente de prepararnos, buscando algún tipo de información sobre el lugar que vamos a visitar, pero proveyéndonos en nuestra maleta o nuestra mochila de aquellas cosas que podamos necesitar, ya sea de las ropas que vayamos a necesitar, del dinero del que podemos disponer, y de aquellas cosas que pensamos que nos pueden ser útiles en el desplazamiento que vayamos a realizar. Hay que ser precavidos, previsores, nos decimos, y algunas veces ponemos tantas cosas en nuestras maletas o mochilas que luego no hay quien las cargue. Si además vamos con alguna misión que realizar más aún nos preparamos para ello y poder desempeñar dignamente la tarea que se nos haya encomendado.

Esos son nuestros planteamientos humanos. Pero hoy Jesús nos rompe todos los esquemas. Nos cuenta el evangelista que ha escogido a Doce entre el grupo de los discípulos y los envía con la misión de ir adelantando el anuncio de la Buena Noticia por todas aquellas aldeas y pueblos de alrededor. Los envía con autoridad, pero los envía escasos de provisiones y de previsiones. Un bastón para el camino, una túnica de repuesto, unas sandalias para su camino y nada de dinero en la alforja. Allí donde vayan han de hospedarse donde los acojan y si no los acogen, a sacudirse el polvo de los pies pero a marchar para otro lugar.

Solo pide disponibilidad y generosidad de espíritu. Su misión es curar, su misión es hacer un anuncio de vida, su misión es rescatar de todo lo que sea muerte y sufrimiento, pero solo lo han de realizar en el  nombre de quien los ha enviado. Y realizan su misión, y vuelven llenos de alegría por lo que han realizado, han ungido a los enfermos y los han curado, ha quedado hecho el primer anuncio del Reino de Dios, han transmitido esa buena noticia de que llega y se establece el Reino de Dios.

Es el Evangelio. El evangelio que también nosotros tenemos la misión de anunciar. El evangelio que nos pide a nosotros también esa disponibilidad y esa generosidad. El evangelio del que hemos de estar tan impregnados que nos convirtamos nosotros mismos en esa buena noticia, porque estemos contando lo que Dios ha hecho con nosotros, como un día le pidiera a aquel hombre liberado del demonio allá en Gerasa. Pero esos son los signos que nosotros también tenemos que dar hoy en medio de nuestro mundo. Nos estamos preparando tanto que nunca terminamos de salir al camino, nunca nos ponemos en camino en el nombre de Jesús; solo con el bastón, las sandalias y la túnica, pero nosotros nos queremos buscar tantos recursos, nos queremos preparar tanto que terminamos dando vueltas sobre nosotros mismos, pero no nos ponemos en camino.

Nos hace falta más salir a la calle y a los caminos los que nos sentimos comprometidos con Jesús, para encontrarnos de verdad con la vida, allí donde están los sufrimientos, también los gozos y las alegrías, pero también las esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Tenemos que romper el círculo de quedarnos con los que siempre estamos, de quedarnos sentados en nuestro lugar y contentarnos con aquellos que puedan venir hasta nosotros, de ir al encuentro con los otros aunque sean unos desconocidos, aunque nunca los veamos en el templo, de llegar a la plaza donde está de verdad la vida de nuestras gentes y de nuestro pueblo, y allí tenemos que presentarnos con nuestro mensaje en nombre de Jesús.

Pudiera ser que nos lleváramos la sorpresa de que nos escuchan más de lo que nosotros pensábamos; nos daremos cuenta que ahí tenemos una palabra que decir, un signo de vida que dejar; seremos conscientes de que tenemos que ser más misioneros, que la Iglesia tiene que ser más misionera. ¿Cuándo nos pondremos en camino? ¿Seremos en verdad aventureros por el evangelio?


jueves, 3 de febrero de 2022

Los enviados de Jesús solo necesitaron un bastón y unas sandalias para ponerse a caminar y anunciar lo que ellos habían vivido con Jesús, el amor de Dios en sus vidas

 


Los enviados de Jesús solo necesitaron un bastón y unas sandalias para ponerse a caminar y anunciar lo que ellos habían vivido con Jesús, el amor de Dios en sus vidas

1Reyes 2, 1-4. 10-12; Sal.: 1Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Cuando en nuestras tareas y responsabilidades queremos hacer algo, enseguida nos hacemos nuestros proyectos donde detallaremos todo lo que vamos a hacer y por qué lo vamos a hacer, hacemos lo que hoy llamamos estudios de mercado para ver si realmente es algo que interesa, nos planificamos muy bien con nuestros objetivos y con las acciones concretas que vayamos a realizar y por supuesto no nos pueden faltar los presupuestos, que se convierten en algo fundamental para poder llevarlo a cabo. No está mal, en la vida tenemos que ser organizados y las cosas no se pueden hacer a lo loco.

Pero esto que estoy relatando – cosas que uno va aprendiendo en la vida y que te obligan a realizar para cualquier cosa – sin embargo contrasta mucho con lo que hoy nos dice el evangelio. Jesús ha escogido de entre todos sus discípulos a doce, a los que llamará sus enviados, sus apóstoles, les confía una misión y los envía; pero aquí está el detalle, los envía simplemente con un bastón en la mano; no necesitarán nada más; incluso les dice que no lleven una túnica de repuesto. ¿Una mala planificación? Desde nuestros parámetros de hoy quizá nos echamos las manos a la cabeza, porque incluso en nuestras actividades pastorales nos exigen toda aquella planificación que antes mencionábamos.

No quiero que nos sintamos desconcertados por esto que estoy comentando, como si yo quisiera enmendar la plana incluso a lo que nos dice el evangelio; ni mucho menos. ¿Qué está pidiendo Jesús a sus enviados? Yo diría una disponibilidad grande para dejar conducirse por el Espíritu de Jesús. Van a realizar su misma misión, el anuncio del Reino de Dios que llega, van a dar señales de esa llegada del reino de Dios con los signos que pueden realizar, pero eso no lo realizan por sí mismos, es la obra de Dios. no necesitaran ni sus saberes humanos ni de poderes o influencias que se reciban de aquí o de allá, ni lo que puedan tener desde sus propias simpatías; han de ponerse a caminar, solo necesitan unas sandalias y un bastón, porque su apoyo está en el Señor; y lo importante es la disponibilidad de su corazón.

Jesús los había llamado para que estuvieran con El, vivieran con El, de El se impregnaran y a El es al único que tienen que transmitir. Van a comunicar a los demás lo que ellos ya han vivido en su contacto con Jesús; no serán sus palabras o lo que ellos por si mismos sepan hacer – un día habían abandonado sus redes y sus barcas que era lo que ellos sabían hacer -, si antes eran pescadores en aquel lago ahora iban a emprender una nueva pesca, porque serían pescadores de hombres. Y la única red que han de echar es transmitir la palabra de Jesús, realizar los signos de Jesús para manifestar así que en verdad estaba llegando el Reino de Dios.

Demasiado vamos por la vida con nuestros saberes, confiándonos más en los recursos humanos que estén a nuestra mano, que en esa disponibilidad generosa para dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. ¿Qué es lo que enseñamos muchas veces? Nos entretenemos con nuestros recursos y nuestras técnicas, echamos manos de doctrinas que hasta obligamos a aprender de memoria e imponemos protocolos de comportamiento y mandamientos, y al final nos quedamos sin anunciar a Jesús como nuestro único Salvador. Nos refugiamos en lo que nos parece más fácil que es poner en las manos un libro de catecismo o de teología, y no hacemos lo que realmente tendría que ser fácil que es anunciar al Jesús en quien nosotros creemos y que es nuestra vida.

Algunas veces nos ponemos a pensar qué es lo que voy a decir o qué es lo que voy a enseñar a través de cualquier medio que tengamos en nuestras manos, y nos olvidamos que es una buena nueva lo que tenemos que anunciar, una buena noticia para todos porque Jesús es nuestro salvador. ¿Será acaso que quizás nosotros no terminamos de vivirlo así y por eso somos incapaces de anunciarlo? ¿Es en verdad lo que vivimos con Jesús lo que nosotros estamos anunciando de Jesús?

domingo, 11 de julio de 2021

Un bastón y unas sandalias para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro y para dejar unas huellas señalando que con el camino de Jesús es posible ese mundo mejor

 


Un bastón y unas sandalias para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro y para dejar unas huellas señalando que con el camino de Jesús es posible ese mundo mejor

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Un bastón y unas sandalias, signos del caminante, del que sale a los caminos, del que se pone en camino, del que va a la aventura porque una aventura es ir a lo desconocido, una aventura es llevar la alforja vacía confiando solo en lo que va a encontrar, en lo que le van a ofrecer en la acogida, si la hay. Un camino hecho desde la confianza en nosotros mismos que vamos haciendo el camino, o en aquellos con los que nos encontramos que nos van a recibir y a los que le vamos a ofrecer no cosas, porque nada llevamos en la alforja, sino lo que nosotros mismos somos.

Un bastón y unas sandalias, signo de la vida misma que es camino, camino nuevo que no hemos recorrido, camino nuevo que hemos de hacer, de trazar incluso con nuestros pasos. Así es la vida, no la habíamos vivido sino que cada día nos iremos encontrando algo nuevo que es la vida misma que vivimos. Un camino del que al irlo recorriendo iremos recogiendo cosas, iremos aprendiendo a vivir, iremos dándole un sentido y un destino, pero un camino donde vamos dejando unas huellas, las huellas de nuestros pasos, las huellas de lo que hemos hecho, las huellas de nuestra vida misma.

Un bastón y unas sandalias que lo único que Jesús les permite llevar a aquellos que El envía. Las alforjas irán vacías de provisiones materiales, para que puedan ir cargadas del amor que será lo que acompañará al mensaje. No eran profetas ni hijos de profetas, como humilde y sabiamente reconocía Amós en lo que hemos escuchado en la primera lectura; él solo era un cultivador de higos que el Señor había sacado de su tierra y de su trabajo para ir a anunciar lo que el Señor le pidiere. Con las alforjas vacías, solo con las sandalias y el bastón, con la pobreza en sus manos pero con la misión que el Señor les encomendaba ellos ahora tenían que salir y ponerse en camino.

Han de salir a anunciar el Reino y lo único que llevarán será la experiencia que ellos mismos han tenido, lo que han vivido en sus vidas en el encuentro con el Señor. Para estar con Jesús se han tenido que descargar de muchas cosas, los pescadores un día habían abandonado sus barcas y sus redes y todos habían dejado atrás las ataduras humanas de sus casas y sus pertenencias o de sus familias; se habían tenido que liberar de muchas ataduras para poder estar con Jesús.

Por eso ahora irán con el poder de ayudar a liberar a los demás de sus ataduras. Les dio ‘autoridad sobre los espíritus inmundos’, dice el evangelista y luego comentará que ‘salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’.

Es la tarea ilusionante de la evangelización en la que todos también hemos de estar embarcados. Porque es lo que a nosotros Jesús también nos confía. Así, simplemente con un bastón en nuestras manos porque sabemos bien de quien nos confiamos y unas sandalias en nuestros pies porque largo es el camino que tenemos que realizar también tenemos que ir al encuentro del mundo para hacer ese anuncio del evangelio. Es un camino nuevo cada día, como cada día es nueva la vida que vivimos; es quizá con la incertidumbre de lo que nos vamos a encontrar donde no siempre puede ser que no seamos tan bien acogidos, pero con la alegría que llevamos en nuestro corazón desprendido de muchas cosas, pero apoyado totalmente en el Señor.

Y en ese camino que hacemos tenemos que ir dejando nuestras huellas, las huellas de nuestro amor y de nuestra generosidad. También nos vamos a encontrar enfermos, es más, un mundo enfermo al que tenemos que curar. Podemos hacerlo, el Señor nos ha dado autoridad para ello porque ha depositado todo su amor en nuestro corazón. No sabemos algunas veces como hacerlo pero vayamos siempre con el corazón abierto a lo que nos encontremos y el amor de nuestro corazón nos irá dictando lo que en cada momento tenemos que hacer. Son tantas las heridas que tenemos que curar, tantos los dolores que tenemos que mitigar, tantas las angustias y tristezas que tenemos que llenar de esperanza.

Sepamos hacer como Jesús estando al lado del que sufre o caminando juntos con los que van desesperanzados y desorientados por la vida, tendiendo la mano para levantar a los caídos o dejando que toquen también la orla de nuestro manto porque sientan sobre sus vidas la sonrisa de nuestro amor, dejando marcadas las huellas de nuestro amor para que haya alguien que sepa encontrarlas y llegue a entender el sentido y el valor del camino que hacemos.

Seamos todo oídos para sintonizar y escuchar las llamadas y los lamentos de muchas soledades que buscan una escucha o una compañía, y tengamos los ojos atentos para encontrarnos con aquellos en los que nadie se fija y se sienten abandonados por todos en el olvidado rincón donde parece que nadie los va a encontrar.

Un bastón y unas sandalias, para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro de los otros llevando un mensaje y dejando unas huellas que señalen a todos que es posible otro camino, que es posible ese mundo mejor con el que todos soñamos y a donde nos va a llevar este camino que hacemos con Jesús.

 

domingo, 12 de julio de 2015

Elegidos y enviados solo con sandalias en nuestros pies y un bastón en nuestra mano pero con el corazón ardiente de amor para ser profetas en medio de nuestro mundo

Elegidos y enviados solo con sandalias en nuestros pies y un bastón en nuestra mano pero con el corazón ardiente de amor para ser profetas en medio de nuestro mundo

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13
‘Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá, come allí tu pan y profetiza allí’, le dice el sacerdote del santuario de Dios a Amós. ‘No soy profeta ni hijo de profetas - no soy profeta de profesión - solo soy un pastor y cultivador de higos’. Pero el Señor le había llamado. Allí tenía que profetizar denunciando aquel mundo de corrupción en que vivía el reino de Israel, donde los ricos banqueteaban y se acostaban en camas de marfil mientras los pobres no tienen nada que comer. Y el profeta habla claro; molestan sus palabras y el sacerdote de Betel le llama visionario y que se marche a su tierra.
Pastores y cultivadores de higos quizá necesitamos también que nos digan palabras proféticas; no los profesionales de las visiones, sino quienes tengan en verdad la visión de Dios en su corazón y sean capaces de decirnos palabras valientes de denuncia para recordarnos lo que de verdad Dios quiere de nosotros. Nos pueden resultar duras e incomodas, como le resultaban las palabras de Amós al sacerdote del santuario de Dios. También podemos sentir la tentación de llamar visionarios a los que nos hablen claros y querremos hacerlos callar porque nos molesten sus palabras.
Pero hay una cosa que no hemos de olvidar. Esta Palabra que en este domingo se nos proclama en el nombre del Señor nos está recordando a los que seguimos a Jesús que hemos de ser esos profetas, que escuchemos en nuestro corazón esa Palabra de Dios pero que la proclamemos con valentía en medio del mundo en el que vivimos. No son solo los que podríamos llamar los profesionales de las cosas de Dios los que tienen que anunciar esta palabra valiente al mundo. Desde nuestra unión con Cristo en el Bautismo cada uno de los cristianos - y no hace falta que sean solo los consagrados, los sacerdotes o los religiosos - hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.
Hoy en el evangelio, es cierto, escuchamos la llamada especial que Jesús hizo a Doce de entre sus discípulos para que sean los apóstoles enviados en su nombre a hacer el anuncio del Reino. Pero creo que hemos de saber entender que esa llamada y ese envío de Jesús nos afectan a todos los que creemos en su nombre. A todos nos pone en camino Jesús.
Somos los enviados en nombre de Jesús con unas sandalias en nuestros pies y con un bastón en la mano. No nos pide Jesús que llevemos nada más sino el mensaje. Un mensaje que no es nuestro ni que vamos a hacer en nuestro nombre o con nuestro poder. Por eso nos pone así en camino, con un par de sandalias y un bastón en la mano. Somos los enviados que itinerantes hemos de ir a nuestro mundo; no podemos pararnos ni detenernos de ninguna manera ni en otra cosa hemos de apoyarnos sino es en el nombre de Jesús.
Enviados a los pobres y a los que sufren, a los que están atormentados en su espíritu y a los que nada tienen, a los que están atenazados con el dolor de tantas cosas que queman el alma pero que hacen también sufrir el cuerpo y a los que andan extraviados como ovejas sin pastor; por eso no podemos quedarnos encerrados en nosotros ni en los nuestros sino que siempre hemos de estar en camino de búsqueda de todo el que sufre; no podemos ir haciendo ostentación de nuestras cosas ni nuestros poderes sino con la pobreza de unas sandalias y de un bastón porque quien en verdad hará llegar la salvación a todos es el Señor y para su gloria nosotros nos sentimos sus instrumentos.
La tarea es inmensa porque el anuncio de ese mundo nuevo ha de hacerse a todos para que todos se puedan sentir invitados a volver sus corazones a Dios; pero además a cuantos están atenazados por el maligno nosotros hemos de llevarles la liberación de quien venía a traer la libertad a todos los oprimidos y para eso derramó su sangre en la cruz para poner paz en todos los corazones y derribar los muros de odio que nos separaban; a cuantos llevan la cruz del sufrimiento sobre sus cuerpos o su espíritu nosotros hemos de ungirlos con el óleo de la alegría que nos trae la salud y la salvación. ¡Cuánto tenemos que hacer y de lo que no podemos escaquearnos!
Nuestra tarea tiene que convertirse en gesto profético que grite ante el mundo que nos rodea que no podemos permitir que el mal, la injusticia, la mentira, el odio y todos esos males sigan imperando en nuestro mundo, sino que todos hemos de comprometernos a hacer un mundo nuevo y mejor. Nosotros lo llamamos Reino de Dios, porque queremos que Dios sea en verdad el centro de todos los corazones y de toda la historia porque es el que nos trae la verdadera libertad y nos enseña los verdaderos caminos que nos pueden llevar a ese mundo mejor.
Cultivadores de higos o pastores como aquel profeta del antiguo testamento o pescadores como la mayoría de los apóstoles escogidos por Jesús, cada uno desde nuestro lugar, desde nuestra profesión, desde nuestros trabajos y las responsabilidades que desempeñemos en la vida en medio de nuestra sociedad, porque somos creyentes en Jesús, porque somos sus seguidores y elegidos hemos de ser esos profetas en medio de nuestro mundo. Y claro que no será una tarea que hagamos solos o por nuestra cuenta, porque hemos sido enviados de dos en dos con todas sus consecuencias.
Hace falta cristianos valientes en nuestra sociedad, en todos los ámbitos en que desarrollemos nuestra vida, que proféticamente anunciemos con nuestra vida y nuestro compromiso esa palabra buena que en nombre de Jesús podemos decir para la salvación de nuestro mundo, para hacer que nuestro mundo sea en verdad mejor y vaya desapareciendo tanto mal y tanto sufrimiento que nos causamos los unos a los otros. Podrán querer hacernos callar y llamarnos visionarios, pero hemos de tener muy claro que somos profetas porque el Señor así nos ha elegido y nos ha enviado. Con fidelidad hemos de realizar nuestra misión.
Es el compromiso al que el Señor nos llama y nos envía con unas sandalias en nuestros pies, un bastón en nuestra mano, pero con el fuego del amor en el corazón.