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domingo, 27 de octubre de 2019

Miremos nuestra vida a través de la transparencia del evangelio para ver dónde realmente estamos y las actitudes y posturas con que nos acercamos a Dios y miramos al prójimo

Miremos nuestra vida a través de la transparencia del evangelio para ver dónde realmente estamos y las actitudes y posturas con que nos acercamos a Dios y miramos al prójimo

Eclesiástico 35, 15b-17. 20-22ª; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 16-18; Lucas 18, 9-14
El orgullo nos ciega, nos hace prepotentes, nos eleva sobre falsos pedestales porque queremos aplastar al que no obra como nosotros o pretende hacernos sombra, nos hace considerarnos los únicos, superiores a todo y a todos, nos vuelve intransigentes e intolerantes, nos hace pensar que somos merecedores de todo y hasta queremos pasar factura por todo lo que hacemos, no entiende de gratuidades ni de compasión y misericordia, nos impide ver la realidad de lo que somos y de lo que verdaderamente valemos.
A la larga qué triste es un hombre orgulloso porque al final vive el peor vació y soledad y no estoy recargando las tintas. Nadie querrá estar a su lado porque él mismo se ha endiosado y se ha apartado de todos. Por sobresalir creyéndose el centro de todo ha terminado apartándose de cuánto y de cuantos le rodean. Aunque quiera justificarse creyéndose justo no llegará a sentir la paz en su corazón, porque nunca será capaz de reconocer su debilidad y acudir a la fuente de la misericordia y del amor.
Hoy el evangelista comienza diciéndonos que por algunos que se tenían por justos, Jesús les propuso esta parábola. Ya sabemos, la de los dos hombres que subieron al templo a orar, y nos señala concretamente, un fariseo y un publicano.
Con escuetas palabras Jesús nos los describe. Se colocó en medio, de pie delante de todos, y oraba en altavoz para que todos lo escucharan. Palabras de autosuficiencia y orgullo, hace una lista de todo lo que hace porque él sí es un cumplidor, pasa factura de lo que ha hecho pero todo eso le ciega y le encierra en sí mismo pero para no ser capaz ni de verse a sí mismo.
El no es como los demás y aparece el desprecio en su corazón; allí está el publicano, pero él no es como el publicano por eso puede ponerse en medio y recitar todo lo bueno que él hace y que cree que lo justifica. Solo hay orgullo y desprecio a los demás en su corazón que verdaderamente está vacío, por eso no es ni siquiera capaz de postrarse humilde ante la presencia de Dios. Parece que no tiene nada que reconocer ante Dios ni de pedirle.
Su corazón está parapetado detrás de sus cumplimientos de los que se siente orgulloso y un corazón así no llegará a encontrarse con Dios. Ha puesto en torno a sí un círculo que no lo contamine, por eso se pone lejos del otro al que desprecia pero no es capaz de mirarle a la cara, pero ese círculo con el que se aleja del prójimo le está alejando también de Dios.
Mientras el publicano que sí se sentía pecador allá en un rincón no osaba ni siquiera levantar los ojos sino que humildemente pedía la compasión y el amor del Señor. No importaba ya que fuera despreciado por todos a causa de su trabajo y profesión que hacia que casi lo consideraran un espíritu inmundo, sino que él en la presencia de Dios, porque sí sentía a pesar de todo en la presencia de Dios, se consideraba pecador e invocaba la misericordia del Señor.  ‘Sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’.
Se sentía pecador y buscaba a Dios. Nos recuerda otro episodio del evangelio, Zaqueo, el publicano de Jericó, que quería ver a Jesús y se subió a la higuera. No podía o no se atrevía a ponerse en medio de la gente – y no era solo que siendo de baja estatura los demás le ocultaban la visión de Jesús – pero buscó la forma de ver a Jesús y se encontró con Jesús. ‘Hoy quiero hospedarme en tu casa’, le decía Jesús invitándole a bajar de la higuera en la que se había subido. Y aquel día había sido la salvación para aquella casa. Llegaba también la salvación a aquel publicano que allá en un rincón del templo no se atrevía a levantar los ojos, porque él sí volvió a su casa justificado.
En su humildad, a pesar de que se sentía pecador, había también mucho amor y deseos de Dios y de su misericordia, como aquella mujer pecadora que un día se atrevió a lavar los pies de Jesús con sus lágrimas. ‘Porque ama mucho se le perdonan sus muchos pecados’, le diría Jesús al fariseo que estaba atónito ante los gestos de la mujer pero sobre todo de las palabras y la acogida de Jesús.
Todo esto tendría que llevarnos a sinceras consideraciones para nuestra vida. Mirémosla a través de la transparencia de este evangelio para ver dónde realmente estamos, qué es lo que hay en nuestro corazón, las actitudes y posturas no solo con que vamos a Dios sino con las que nos relacionamos con los demás.

Cada uno tiene que mirarse con sinceridad. Ahí está el espejo del evangelio y miremos cómo nos reflejamos en él. Busquemos a Dios con humildad, y aunque nuestra imagen muchas veces se vea deformada por negruras que llevemos en el corazón, hemos de saber de la acogida de Dios cuando con sinceridad nos vemos y sentimos pecadores. Es el camino de gracia para nosotros.

domingo, 6 de octubre de 2019

Tienes fe y no puedes quedarte cruzado de brazos, no puedes dejar que otros hagan y deshagan, tienes que ir con esa fuerza interior al mundo para hacerlo mejor



Tienes fe y no puedes quedarte cruzado de brazos, no puedes dejar que otros hagan y deshagan, tienes que ir con esa fuerza interior al mundo para hacerlo mejor

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94; 2Timoteo 1, 6-8. 13-14;  Lucas 17, 5-10
‘¿Hasta cuándo, Señor…?’ un grito dolorido que sale del corazón. Es el grito del profeta que recoge el grito del pueblo de Dios que vive entre violencias, desórdenes, injusticias de todo tipo y que clama al Señor. Igual que cuando nos vemos atormentados por el dolor, la enfermedad, el sufrimiento no solo físico sino también moral en medio de incomprensiones, críticas, situaciones difíciles en las que nos encontramos tantas veces. Y clamamos al Señor, que parece que no nos escucha y se alarga el tiempo y se alarga el sufrimiento del que nos parece no ver salida. Con mayor o menor intensidad en la vida pasamos por momentos así de angustia y hasta desesperación.
Escuchamos al profeta Habacuc en las profecías y clamores en su tiempo en que el pueblo pasaba por momentos difíciles, pero me atreve a hacer la lectura del profeta como si él estuviera viendo también nuestro tiempo, la situación social, la situación personal de tantos, la situación en que se vive en nuestra sociedad del mundo de hoy.
Algunas veces, o muchas quizás también, nos encontramos con la misma desorientación. Si vivimos la vida con una cierta sensibilidad nos damos cuenta de cuanto sufrimiento hay a nuestro alrededor, o nos damos cuenta de que parece un mundo que parece que camina sin rumbo donde los problemas parece que cada vez se ahondan más. Podríamos pensar en muchas cosas, el mundo de la inmigración en que no terminamos de ponernos de acuerdo y que parece que eso no se acaba, por ejemplo.
En un mundo en que hablamos tanto de libertades y de progreso, no parece que lo haya demasiado porque cada vez nos volvemos más intolerantes y si  no predominan nuestras particulares ideas todo lo que hagan los demás está mal y nos lleva al desastre; un mundo que decimos que avanza, pero parece que lo que avanza es la falta de respeto a los sentimientos de los demás, ni se valora ni se respeta el hecho religioso, nos tratan de imponer no solo una sociedad laica sino podríamos decir que atea porque se quiere desterrar de la vida todo lo que suene a Dios, a religión, a pensamiento cristiano.
Se quejan de algunos momentos de la historia donde se perseguía por las ideas y formas de pensamiento, pero ¿no hay una auténtica persecución religiosa en nuestra sociedad actual donde se hace mofa de todo sentimiento religioso, donde no podemos expresar y manifestar públicamente nuestra fe mientras otros puedan hacer públicas sus ideas, y a quienes se le ve con una orientación claramente cristiana se les quiere excluir de toda acción pública o de influencia en la sociedad?
En medio de todo esto, ¿Cómo nos sentimos? Surgirá también el grito que le escuchábamos al profeta ‘¿hasta cuándo, Señor?’ pero también hemos de escuchar la respuesta de Dios en el mismo profeta que nos invita a mantener la fe y la esperanza. Algo que no podemos perder porque sería dejarnos vencer por esos mismos que quieren destruirnos interiormente y hacer que rompamos nuestra relación con Dios. ‘El justo vivirá por su fe’, termina diciéndonos el profeta.
En el evangelio veremos que los discípulos le piden a Jesús que les aumente la fe. ¿Se sentirían ellos también confusos ante lo que estaba sucediendo, ante los anuncios que Jesús hacía con motivo de su subida a Jerusalén o acaso porque no terminaban de ver claro quién era Jesús y lo que Jesús les ofrecía? Querían creer pero seguramente muchas veces les costaba, se les hacía difícil la fe.
Todo aquello que Jesús hablaba de lo que era el Reino de Dios, de las nuevas actitudes que habían de tener en su vida, de ese espíritu nuevo de servicio como para hacerse los últimos seguramente que les costaba. Ya vemos que en ocasiones no entienden claro lo que Jesús les dice y hasta les da miedo preguntar. Lo que Jesús les ofrecía era algo bien distinto de lo que vivían muchos a su alrededor. Lógico que pidieran que les aumentara la fe.
Y Jesús les dice que con que tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, que aparentemente es bien insignificante, podrían mover montañas, o trasladar las moreras al mar. ¿Qué significaban estas palabras de Jesús? ¿Qué tenían que mover montañas o arrancar árboles de un sitio para otro? Pensemos que son imágenes que nos ofrece Jesús y nos dicen algo más. ¿Qué el mundo está difícil y que todo parece que va en contra? ¿Tú tienes fe? Pues vete a ese mundo y comienza a cambiarlo, a sembrar las semillas nuevas del amor que lo vayan transformando. Tienes fe y no puedes quedarte cruzado de brazos; tienes fe y no puedes dejar que sean otros los que hagan y deshagan; tienes fe y tienes que ir con esa fuerza interior que Dios te da a ese mundo para hacerlo mejor.
¿Es difícil? ¿Cuesta? ¿No vemos el avance que nosotros quisiéramos? El justo vivirá de su fe, en su fe va a encontrar fortaleza, y esperanza, y vida para luchar y para hacer que en verdad seamos mejores y sea mejor también nuestro mundo. Gritamos, pero no nos desesperamos; nos duele todo lo mal que vemos alrededor y que quiere incluso hacernos la vida imposible, no nos desanimamos, no nos falta la esperanza, no nos falta nuestra fe en el Señor y nos mantenemos vivos. Es un compromiso serio nuestra fe, pero es una alegría que sentimos en el corazón porque Dios está con nosotros. ‘¡Señor, auméntanos la fe!’.

viernes, 12 de julio de 2019

Los valores del evangelio no los podemos dejar de testimoniar aunque su luz moleste a los que prefieren andar entre sombras y tinieblas




Los valores del evangelio no los podemos dejar de testimoniar aunque su luz moleste a los que prefieren andar entre sombras y tinieblas

Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36;  Mateo 10,16-23
Cada uno vamos por la vida con nuestros valores y principios tratando de ser mejores nosotros mismos, pero también de poner nuestro grano de arena para que nuestro mundo sea mejor. Porque creemos en nuestros valores no nos apartamos de ellos, sino más bien tratamos de transmitirlos a los que están a nuestro lado, aunque no siempre es tarea fácil.
Lo normal sería un diálogo amigable donde queremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos, al tiempo que queremos descubrir también lo bueno que hay en los demás, aunque nuestros principios o el sentido de la vida sea muchas veces diverso, sin embargo en lugar de ello parece que hay una confrontación que en ocasiones se vuelve hasta violenta.
En caminos de intolerancia incluso quieren impedirnos lo que nosotros queremos vivir y no solo se cierran sino que se enfrentan a lo que nosotros queremos transmitir. Es el diálogo de sordos que muchas veces se vuelve hasta violento en palabras y hasta en gestos que contemplamos en tantos aspectos de nuestra sociedad.
No somos capaces de construir juntos, sino que más bien siempre queremos destruir lo de los que consideramos nuestros contrincantes. Es triste muchas veces el espectáculo que muestra sociedad en lo social y en lo político algo que vivimos muy intensamente en nuestra tierra. Parece que en lugar de constructores estemos llamados a ser siempre destructores de lo que hacen los demás. Parece como si molestara que alguien que no sea de los suyos pueda hacer algo bueno.
Y esto nos pasa en los caminos de la vivencia de nuestra fe. Llamamos sociedad plural pero solo quieren imponer sus ideas y molesta para muchos la fe de los que nos llamamos creyentes y cristianos. Pero esto es algo que a nosotros los cristianos no nos tendría que hacer perder el sueño. Jesús nos lo anunció y también nos prometió la fuerza que necesitamos para afrontar esas situaciones que se convierten en tantos momentos en persecución como ha sido a lo largo de la historia, pero que también se viven en estos tiempos.
‘Mirad que os mando como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’, nos dice Jesús. Y nos habla de tribunales y de persecuciones, pero que en todo momento tenemos que seguir dando nuestro testimonio, pero nuestro testimonio tiene que ser siempre desde la paz. La paz que tenemos que llevar a los demás, a ese mundo que tanto lo necesita, pero la paz que no nos puede faltar en nuestro interior, por difíciles que se puedan poner las cosas. Por eso nos dice que no nos preocupemos de lo que hemos de decir en nuestra defensa, porque tenemos un Defensor, el Espíritu de la Verdad que está con nosotros y pondrá palabras de sabiduría en nuestros labios, y paz en nuestro corazón.
Nos vamos a encontrar a quien no le gusta nuestro mensaje o el testimonio que queremos dar con nuestra vida, y buscarán de todos modos acallarnos de la forma que sea. Es la intolerancia que se quiere imponer en nuestro mundo cuando tanto se habla de un mundo plural, pero donde no se respeta lo que puedan opinar los demás porque es distinto. Siempre la verdad es molesta, siempre el testimonio del bien hace escozor en los que tienen otros caminos en la vida. No nos debe extrañar, no hemos de perder el ánimo, con nosotros está el Señor y hemos de seguir dando ese testimonio.
Es un testimonio de luz el que nosotros queremos dar, y la luz a los que prefieren estar en tinieblas les molesta, porque les hace ver sus malas obras y las deja patentes también ante los demás. Mantengamos encendida nuestra luz que no es otra que la luz de Jesús y su evangelio que queremos llevar a nuestro mundo.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Tenemos que despertarnos, alejar de nosotros temores y cobardías, fortalecernos en nuestra fe y dar valientemente la cara porque el mundo espera a pesar de todo y necesita nuestro testimonio


Tenemos que despertarnos, alejar de nosotros temores y cobardías,  fortalecernos en nuestra fe y dar valientemente la cara porque el mundo espera a pesar de todo y necesita nuestro testimonio

Apocalipsis 15,1-4; Sal 97; Lucas 21,12-19

Te lo había advertido, sabías bien que eso te podía pasar, te hablé claro para que estuvieras prevenido… cosas así seguramente nos han dicho más de una vez cuando hemos tenido que enfrentarnos a momentos difíciles, a problemas o dificultades en aquello que estábamos haciendo y que al sucedernos quizás nos quedamos preocupados y sin saber bien cómo afrontarlo. Son cosas de todos los días, de las luchas de cada día y de los buenos consejos que siempre un amigo tiene para nosotros para prevenirnos, quizá desde su experiencia para lo que nos pudiera pasar.
Cuando los cristianos tenemos dificultades para vivir nuestra fe, sentimos inquietud y agobio en nuestro interior y de alguna manera nos llenamos de temor ante lo que nos pudiera pasar. Quisiéramos que todo fuera tranquilo y en paz, que no tuviéramos dificultades, que pudiéramos vivir nuestra vida y expresar nuestra fe con total libertad y respeto por parte de todos. Pero ya sabemos que el discípulo no es mayor que su maestro.
Tenemos miedo a la soledad en esos momentos, porque el tormento se haría muy fuerte; enfrentarnos a momentos de contradicción con los que nos rodean no nos gusta y nos hace sentir mal y causa sufrimiento en nuestro corazón. Jesús nos advirtió de esas persecuciones que podríamos vivir, y si El pasó la soledad de Getsemaní solo acompañado por el ángel del cielo, nos asegura que no estaremos solos porque su Espíritu estará siempre con nosotros.
Hay momentos en que nos pueden parecer lejanas esas situaciones y que a nosotros no nos van a llegar y en estos tiempos vamos a vivir momentos así. Pero bien sabemos como esa persecución está presente hoy en nuestro mundo de muchas maneras. Quizá pensamos en otros lugares, y escuchamos en estos días como en Republica Centroafricana están sucediendo en estos momentos situaciones de persecución, o que en la China a pesar de los últimos acuerdos con la Santa Sede las cosas no están claras y los cristianos fieles a Roma siguen teniendo dificultades, y que de muchos países de América nos llegan noticias de muertes de sacerdotes, y así en tantos y tantos países a lo largo de nuestro mundo.
Pero tenemos que pensar en algo más cercano a nosotros como puede ser en nuestro propio país, donde la intolerancia de tantos está poniendo dificultades para la expresión libre de nuestra fe, de cómo aparecen en los medios de comunicación tantos desprecios a la religión y a la fe, al sentido cristiano de la vida y al actuar de la Iglesia con manifestaciones irrespetuosas y soeces que se atreven a hacer hasta en las puertas de nuestras iglesias, como ha sucedido en días pasados. Cuántas reticencias a la manifestación de lo cristiano en nombre de no sé qué libertades, porque parece como si se tratase de imponer un mundo sin religión, sin valores espirituales, y desterrando todo lo que suene a cristiano.
Desgraciadamente los cristianos no somos lo suficientemente valientes para manifestar nuestra fe públicamente y la frialdad con que vivimos el sentido religioso de la vida nos hace ir abandonando paulatinamente esas expresiones religiosas por miedo, por cobardía, por inseguridad, por falta de firmeza en nuestros principios dejando el campo abierto a que los demás hagan lo que quieran.
Tenemos que despertarnos; tenemos que alejar de nosotros todos esos temores y cobardía; tenemos que fortalecernos en nuestra fe y dar valientemente la cara. El mundo espera a pesar de todo y necesita nuestro testimonio. ‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’, nos dice el Señor.

lunes, 27 de octubre de 2014

La presencia de Jesús viene a traernos la verdad libertad con su perdón y su misericordia

La presencia de Jesús viene a traernos la verdad libertad con su perdón y su misericordia

Ef. 4, 32-5, 1-8; Sal. 1; Lc. 13, 10-17
La presencia de Jesús siempre es para la vida, nos manifiesta la vida, los llena de vida, transforma nuestra vida. Con Jesús se nos manifiesta lo que es el amor de Dios y donde está el amor de Dios presente hay vida, porque hay gracia, porque hay perdón; Jesús con su vida nos transforma liberándonos desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿No anunció en la sinagoga de Nazaret que lleno del Espíritu del Señor venía a traer a los oprimidos la libertad, porque llegaba el año de gracia del Señor?
Nos lo va manifestando a lo largo del evangelio en la Palabra de vida que nos anuncia, en los signos que realiza, en el amor que nos regala, en su compasión y en su cercanía allí  donde hay alguien oprimido por el diablo liberando de todo mal.
El episodio del evangelio que hemos escuchado en todo él, en todos sus detalles, una manifestación de esa libertad y esa vida que Jesús nos trae con su salvación. Nos dice el evangelista que estando en la sinagoga ‘había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar’. Pero allí está Jesús que cura a la mujer liberándola de aquel mal espíritu, ‘le impuso las manos y en seguida la mujer se puso derecha’.
La imagen que expresa la falta de libertad o la esclavitud es ver a uno encorvado bajo el peso de un pesado yugo. Por eso este milagro que Jesús realiza en aquella mujer encorvada es un buen signo que nos puede hablar de esa liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Pero no nos quedamos solo en la enfermedad de aquella mujer, porque a lo largo de este episodio van a aparecer otros yugos que esclavizan al hombre, como pueden ser los rigorismos o las intolerancias, la falta de misericordia y la insensibilidad del corazón que nos incapacita para tener compasión del que sufre, los juicios condenatorios y las imposiciones de todo tipo que muchas veces queremos hacer a los demás para que hagan las cosas solo según nuestro particular parecer.
Es lo que se nos manifiesta en la actitud farisaica del que poner de forma rigurosa el mero cumplimiento de las normas o leyes por encima del bien del hombre. Fue la reacción del jefe de la sinagoga que poco menos que quería poner horarios para el amor y la misericordia. No era, según él, el día para la misericordia y la compasión el sábado; como les dice hay otros seis días para trabajar. Y Jesús trata de hacerle ver que la misericordia, la compasión, el amor no tienen horarios ni días, sino que esas actitudes han de llenar nuestro corazón las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, dirá Jesús en otra ocasión recordando el texto de la Escritura.
El milagro que Jesús está realizando con la curación de aquella mujer encorvada a causa de la enfermedad está siendo un signo maravilloso de cuántas cosas nos quiere liberar el Señor si en verdad dejamos que llegue a nuestra vida. No caben en nuestro corazón esas esclavitudes que nos hacen intolerantes e  inmisericordes, que nos impiden amar y tener compasión para con los demás. Muchas veces se nos endurece el corazón y se nos insensibiliza.
Que Jesús nos libere de esas ataduras y esclavitudes, que nos dé la verdadera libertad del amor. Como decíamos al comenzar nuestra reflexión allí donde está Jesús hay vida; Jesús llega a nosotros para darnos vida; Jesús viene a nosotros para transformar nuestra vida y nunca más haya nada que nos esclavice. Viene Jesús y se restablece la dignidad del hombre; nunca más tenemos que ir encorvados bajo el peso de ningún yugo que nos esclavice. Viene Jesús y nos trae la gracia y el perdón. Viene Jesús y no solo nos está manifestando lo que es el amor infinito y eterno del Padre, sino que nos está llenando de su amor.
Dejemos que Jesús nos dé la verdadera libertad. Acudamos a El con tantas cosas que nos esclaviza, acudamos a El con nuestro pecado, que sabemos que siempre en El vamos a encontrar la misericordia y el perdón.

lunes, 23 de enero de 2012


Necesitamos aprender a no ser intolerantes y saber descubrir lo bueno de los demás

2Samuel, 5, 1-7.10; Sal.88; Mc. 3, 22-30
En los días pasados eran los fariseos, ahora son los escribas o letrados los que se oponen a Jesús. Les costaba aceptar las enseñanzas de Jesús y rechazaban todo lo bueno que hacía; ahora de forma incluso blasfema incluso atribuyen el poder de Jesús y las cosas buenas que hace al poder del maligno.  ‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios’, le dicen.
Jesús quiere hacerlos recapacitar en lo que se atreven a decir porque en una pura lógica humana es algo que no se puede sostener. ‘Un reino en guerra civil no se puede sostener… Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido’, trata de explicarles Jesús.
Esta actitud tan negativa de aquellos letrados podría ayudarnos a reflexionar también en nuestras actitudes negativas en nuestra relación con los demás. Podría enseñarnos hermosas lecciones. Pero cuando nos ofuscamos en nuestras ideas y pensamientos, sobre todo cuando hacemos daño a los demás, nos resulta casi imposible razonar y ver las cosas de manera buena. Es algo blasfemo querer atribuir a Dios las obras del maligno, como decir que son hechas con el poder del maligno las obras buenas de Dios. Es el mal que se mete dentro de nosotros y nos ciega.
Cuántas veces nos cegamos en nuestro trato y relación con los demás y en el juicio que podemos hacer de las obras de los otros. Cuando se nos mete por dentro la envidia, el orgullo la pasión no somos capaces de ver las cosas buenas de los demás, y todo lo miramos detrás del cristal turbio de nuestros malos pensamientos o de nuestras malas ideas. Nos llenamos de pasión y solo vemos lo malo. Cuando nos dejamos encender por la ira que fácil brota la violencia de nuestro corazón y qué fácil se manifestará en las obras de nuestra vida. Cuando nos subimos al pedestal del orgullo no sabemos ver con buenos ojos a los demás y terminamos humillando y haciendo daño a los otros.
Nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras relaciones mutuas y que hará mermar una buena convivencia de los unos con los otros. El fanatismo en la defensa de nuestras ideas o maneras de pensar nos hace intolerantes y nos puede llevar hasta los odios, resentimientos y rencores. Cuántas personas ni se hablan porque les ciega el fanatismo de sus ideas en lo político, en los social o cultural. Y, repito, qué difícil es la convivencia con personas fanáticas de esta manera. Un fanático de esta manera nunca será capaz de ver lo bueno que pueda haber en el otro, aunque sea distinto, y siempre lo verá todo bajo ese prisma de la sospecha para pensar que todo lo que hace, piensa o dice el otro siempre es malo.
Qué importante y necesario es que sepamos respetarnos aunque opinemos distinto. Qué importante es que sepamos actuar con serenidad en la vida para mirar con ojos distintos a los demás y lo que hacen, para saber descubrir lo bueno que hay en los otros y saber aprovechar cada granito de arena bueno que cada uno podamos poner para conjuntamente hacer que nuestro mundo, nuestra sociedad sea mejor.
El amor cristiano que viene a enseñarnos Jesús nos enseñará a suavizar y mejorar esas actitudes negativas que se  nos pueden meter en el corazón. Nos enseña a ser humildes y sencillos, a respetar y valorar a los demás, a alejar de nosotros envidias, resentimientos, malos deseos hacia los demás, no nos permitirá ser orgullosos sino que llenará siempre nuestro corazón de humildad. Nos convendría leer y meditar una y otra vez el himno del amor cristianos que nos ofrece san Pablo en la carta a los Corintios.