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domingo, 23 de octubre de 2022

Si no somos sinceros con nosotros mismos, no lo seremos con Dios ni con los demás, quitemos las pantallas de las vanidades y vivamos con humildad

 


Si no somos sinceros con nosotros mismos, no lo seremos con Dios ni con los demás, quitemos las pantallas de las vanidades y vivamos con humildad

Eclesiástico 35, 12-14. 16-19ª; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 16-18; Lucas 18, 9-14

Si no somos sinceros con nosotros mismos, ni seremos sinceros con Dios ni seremos sinceros con los demás. Y ser sincero consigo mismo es conocer su propia realidad, reconocerla, sin poner pantallas, sin poner sombras que difuminen la realidad, pero también sin subirnos en pedestales, aunque también tengamos la humildad del reconocimiento de los dones recibidos. María reconoció que en su pequeñez el que es Poderoso hizo obras grandes, pero eso no le impidió reconocerse como la humilde esclava del Señor y ponerse en actitud permanente de servicio a los demás.

Pero algunas veces confundimos la palabra sinceridad con vanidad; y entonces comienza a aumentar la cuenta de lo que presentamos para exigir reconocimientos; entonces comenzamos a aislarnos de los demás, para que a nosotros no nos confundan con cualquiera, y pondremos barreras, y colocaremos pedestales  donde nos subimos para hacer alarde de lo bueno que somos; y por medio una soberbia que no tiene límites – que venga alguien y no reconozca mis méritos, que va a saber quien está aquí – y comienzan los desprecios porque nadie será capaz de hacer lo que yo hago. Nos encontramos tantas veces repitiendo el yo y el yo que dije, que hice, que estuve, que… está pidiendo alabanzas, en una palabra. De sinceridad nada, de vanidad y orgullo mucho es lo que nos envuelve, aunque muchas veces somos muy sutiles y sabemos disimularlo para que no se note tan a la descarada, pero ahí está.

Es en lo que Jesús quiere hoy hacernos recapacitar con esta pequeña parábola del Evangelio, de los dos hombres que subieron al templo a orar. Qué distinta la postura y qué distinta la oración. Uno erguido allí en medio para que todos lo vean, el otro oculto en último rincón porque no se considera digno de entrar al lugar santo. Uno todo alabanzas, pero no a Dios, aunque dice que da gracias a Dios, pero es por su vanidad, por su orgullo, por todas las cosas importantes -  o eso cree él – que es capaz de hacer; el otro pocas palabras, todo humildad, para reconocer sí, que es un pecador pero para invocar la misericordia y la compasión del Señor. No es necesario que entremos en demasiados detalles, porque ya vemos de lo que somos capaces.

Si el afligido invoca al Señor, él sabe que Dios siempre lo escucha porque tiene compasión del pecador, porque ‘el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él’. Terminará diciéndonos el evangelio que ‘el pecador bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Había sido sincero consigo mismo cuando se sentía pecador, fue sincero con Dios porque no iba a hacer alarde de ninguna cosa que hubiera hecho, era en verdad engrandecido a los ojos de todos, porque ante todos se presentaba según su condición. No había vanidad en su corazón, sino humildad y reconocimiento de su condición pecadora. Cuánto nos cuesta reconocerlo. Queremos mantener siempre la imagen de que somos buenos, nuestro prestigio. Cuánta vanidad envuelve nuestra vida. Por eso decirlo de una forma genérica puede ser hasta bonito y parece que quedamos bien, pero decirlo con la realidad de pecado en nuestra mano parece que nos humilla, pero es lo que en verdad nos engrandece.

Si en el camino todos somos cojos, cada uno arrastramos nuestros pies con nuestros propios tropiezos; tendríamos que aprender a tener una mirada distinta, pero también a presentarnos de una forma distinta ante los demás, reconociendo nuestra debilidad, sabiendo que necesitamos una mano que nos levante en tantos tropiezos que vamos teniendo en el camino; pero ya nos arreglamos para disimular nuestras cojeras, nuestras limitaciones, para que nuestro amor propio no se sienta herido.

Al final piensa que quien te aprecia de verdad no le importarán tus limitaciones y seguirá apreciándote por lo que tú eres y sabrá agradecer los momentos de luz que a pesar de tus sombras le hayas podido ofrecer alguna vez en la vida; quien no es capaz de valorarte por lo que eres y siempre tiene en cuenta algo que un día hiciste que no era bueno, seguro que está ocultando mucho de su vida en esa postura de orgullo y vanidad que se mantiene ante ti. Camina siendo capaz de unirte a esas personas que a pesar de sus debilidades quieren caminar y te ofrecen también una mano para seguir haciendo el camino, sabrás sentir en tu corazón el gozo de lo que es un verdadero aprecio y amistad.

Pero podrás sentir por encima de todo el gozo de un Dios que te ama y quiere seguir contando contigo. ¿Con quiénes se reunía especialmente Jesús? Con los pecadores, con los publicanos, con las prostitutas porque a la larga ellos estaban más cerca del Reino de Dios.

sábado, 21 de marzo de 2020

El estilo de los que seguimos a Jesús se presenta en la humildad, la verdad de su vida y su pobreza, con nuestras debilidades pero siempre con la actitud del servicio y del amor


El estilo de los que seguimos a Jesús se presenta en la humildad, la verdad de su vida y su pobreza, con nuestras debilidades pero siempre con la actitud del servicio y del amor

 Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14
Es una cosa que tenemos tendencia a hacer, compararnos con los demás. No lo reconocemos si nos lo preguntan, pero en nuestro interior lo llevamos y en ciertas actitudes o formas incluso de relacionarnos con los demás lo manifestamos. ‘Yo no soy así…’ decimos con facilidad y cuando estamos diciendo esto es porque estamos haciendo comparación. Nos gustará o no nos gustará lo que el otro hace, pero siempre tenemos el prurito de decir aunque fuera de una forma muy sutil que nosotros los hacemos mejor, que no somos como esa persona, que nosotros si estamos en la cierto porque sabemos bien lo que hacemos y que el otro… buenos vamos a dejarlo aquí porque algunas veces podemos tener expresiones que no son repetibles.
Y es que en nuestro orgullo queremos sobresalir; en nuestro orgullo nunca reconoceremos que hacemos algo mal o que nos hemos equivocado; nos sentimos muy heridos en nuestro amor propio cuando nos hacen reconocer nuestros errores, nuestros fallos y siempre estaremos buscando una justificación.
Bueno quizá en la presentación del tema estemos generalizando de una forma excesiva, porque bien sabemos que no todo el mundo es así, pero es que necesitamos enfrentarnos con nosotros mismos y ser capaces de mirarnos con sinceridad para reconocer también nuestros errores, para no echarnos demasiado incienso por aquellas cosas buenas que hacemos – que por supuesto también las hacemos -, para no subirnos en pedestales ni ponernos por encima del otro, porque si nos miramos con sinceridad seremos humildes.
Es por lo que Jesús nos propone la parábola que escuchamos en el evangelio. Nos dice el evangelista que ‘dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás’. Ya la conocemos porque muchas veces la hemos escuchado y meditado. Los dos hombres que suben al templo a orar, el fariseo y el publicano. Ya las posturas y la colocación lo están diciendo todo. El que se pone en medio, para que todos los vean; el que se pone en medio y mira por encima del hombro; el que se pone en medio con actitud prepotente que parece que va a avasallar a todo el mundo.
No será siempre el lugar físico quizás el que denote nuestra prepotencia, porque eso lo llevamos en el corazón, pero es bien significativo como Jesús nos narra la parábola. Cuantas veces vamos arrollando por la vida, con nuestras influencias, con el poder de lo que nosotros llamamos nuestro prestigio o quizá con el poder de nuestra riqueza; quizá con nuestra palabrería con la que no dejamos hablar a nadie o nuestras oratorias vacías y repetidas mil veces sin decir nada pero con las que queremos encandilar a la gente.
Mientras que el publicano anda poco menos que escondido en el último lugar, donde quizá nadie note su presencia ya que tan desagradable se hace para muchos; pero es la actitud y la postura del corazón. No se atrevía a levantar sus ojos, y humildemente se sentía pecador. Es cierto que no tenemos que mostrarnos con prepotencia, pero realmente tampoco tenemos por qué ocultarnos, con lo que somos nosotros queremos hacer el bien, dar gloria Dios, y tampoco tenemos que ocultar nuestros valores que pudiera convertirse eso en una soberbia camuflada. Vamos con la realidad de nuestra vida, que sabemos también llena de debilidades y defectos, pero queriendo poner mucho amor en lo que hacemos.
El estilo de los que seguimos a Jesús se presenta en la humildad, la verdad de su vida y su pobreza, con sus debilidades que todos tenemos pero siempre con la actitud del servicio. No queriendo nunca humillar, pero siempre tendiendo la mano para ayudar a levantarse al débil o al caído y para ayudar a caminar; nunca con la prepotencia del que se siente seguro en si mismo y de ninguna manera despreciando a los demás; con la certeza de nuestra fe y con las inseguridades de nuestras dudas; con la fuerza del amor y dejándonos siempre conducir por el Espíritu del Señor.

domingo, 27 de octubre de 2019

Miremos nuestra vida a través de la transparencia del evangelio para ver dónde realmente estamos y las actitudes y posturas con que nos acercamos a Dios y miramos al prójimo

Miremos nuestra vida a través de la transparencia del evangelio para ver dónde realmente estamos y las actitudes y posturas con que nos acercamos a Dios y miramos al prójimo

Eclesiástico 35, 15b-17. 20-22ª; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 16-18; Lucas 18, 9-14
El orgullo nos ciega, nos hace prepotentes, nos eleva sobre falsos pedestales porque queremos aplastar al que no obra como nosotros o pretende hacernos sombra, nos hace considerarnos los únicos, superiores a todo y a todos, nos vuelve intransigentes e intolerantes, nos hace pensar que somos merecedores de todo y hasta queremos pasar factura por todo lo que hacemos, no entiende de gratuidades ni de compasión y misericordia, nos impide ver la realidad de lo que somos y de lo que verdaderamente valemos.
A la larga qué triste es un hombre orgulloso porque al final vive el peor vació y soledad y no estoy recargando las tintas. Nadie querrá estar a su lado porque él mismo se ha endiosado y se ha apartado de todos. Por sobresalir creyéndose el centro de todo ha terminado apartándose de cuánto y de cuantos le rodean. Aunque quiera justificarse creyéndose justo no llegará a sentir la paz en su corazón, porque nunca será capaz de reconocer su debilidad y acudir a la fuente de la misericordia y del amor.
Hoy el evangelista comienza diciéndonos que por algunos que se tenían por justos, Jesús les propuso esta parábola. Ya sabemos, la de los dos hombres que subieron al templo a orar, y nos señala concretamente, un fariseo y un publicano.
Con escuetas palabras Jesús nos los describe. Se colocó en medio, de pie delante de todos, y oraba en altavoz para que todos lo escucharan. Palabras de autosuficiencia y orgullo, hace una lista de todo lo que hace porque él sí es un cumplidor, pasa factura de lo que ha hecho pero todo eso le ciega y le encierra en sí mismo pero para no ser capaz ni de verse a sí mismo.
El no es como los demás y aparece el desprecio en su corazón; allí está el publicano, pero él no es como el publicano por eso puede ponerse en medio y recitar todo lo bueno que él hace y que cree que lo justifica. Solo hay orgullo y desprecio a los demás en su corazón que verdaderamente está vacío, por eso no es ni siquiera capaz de postrarse humilde ante la presencia de Dios. Parece que no tiene nada que reconocer ante Dios ni de pedirle.
Su corazón está parapetado detrás de sus cumplimientos de los que se siente orgulloso y un corazón así no llegará a encontrarse con Dios. Ha puesto en torno a sí un círculo que no lo contamine, por eso se pone lejos del otro al que desprecia pero no es capaz de mirarle a la cara, pero ese círculo con el que se aleja del prójimo le está alejando también de Dios.
Mientras el publicano que sí se sentía pecador allá en un rincón no osaba ni siquiera levantar los ojos sino que humildemente pedía la compasión y el amor del Señor. No importaba ya que fuera despreciado por todos a causa de su trabajo y profesión que hacia que casi lo consideraran un espíritu inmundo, sino que él en la presencia de Dios, porque sí sentía a pesar de todo en la presencia de Dios, se consideraba pecador e invocaba la misericordia del Señor.  ‘Sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’.
Se sentía pecador y buscaba a Dios. Nos recuerda otro episodio del evangelio, Zaqueo, el publicano de Jericó, que quería ver a Jesús y se subió a la higuera. No podía o no se atrevía a ponerse en medio de la gente – y no era solo que siendo de baja estatura los demás le ocultaban la visión de Jesús – pero buscó la forma de ver a Jesús y se encontró con Jesús. ‘Hoy quiero hospedarme en tu casa’, le decía Jesús invitándole a bajar de la higuera en la que se había subido. Y aquel día había sido la salvación para aquella casa. Llegaba también la salvación a aquel publicano que allá en un rincón del templo no se atrevía a levantar los ojos, porque él sí volvió a su casa justificado.
En su humildad, a pesar de que se sentía pecador, había también mucho amor y deseos de Dios y de su misericordia, como aquella mujer pecadora que un día se atrevió a lavar los pies de Jesús con sus lágrimas. ‘Porque ama mucho se le perdonan sus muchos pecados’, le diría Jesús al fariseo que estaba atónito ante los gestos de la mujer pero sobre todo de las palabras y la acogida de Jesús.
Todo esto tendría que llevarnos a sinceras consideraciones para nuestra vida. Mirémosla a través de la transparencia de este evangelio para ver dónde realmente estamos, qué es lo que hay en nuestro corazón, las actitudes y posturas no solo con que vamos a Dios sino con las que nos relacionamos con los demás.

Cada uno tiene que mirarse con sinceridad. Ahí está el espejo del evangelio y miremos cómo nos reflejamos en él. Busquemos a Dios con humildad, y aunque nuestra imagen muchas veces se vea deformada por negruras que llevemos en el corazón, hemos de saber de la acogida de Dios cuando con sinceridad nos vemos y sentimos pecadores. Es el camino de gracia para nosotros.

sábado, 30 de marzo de 2019

Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano a los pequeños y humildes que caminan a su lado


Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano a los pequeños y humildes que caminan a su lado

Oseas 6,1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14
La autosuficiencia, el orgullo, la soberbia son malos compañeros para el camino de la vida. Aunque algunos crean que llevándoselo todo por delante son más fuertes, más importantes o más respetados.
Nos encontramos gentes que caminan por la vida así. Se creen que ellos son todo para el mundo, miran por encima del hombro a los demás considerándolos unos pobrecitos que nada saben o nada pueden, van avasallando a todo el que se encuentran en el camino con su prepotencia echando a la cuneta de la vida a quienes consideren que les pueden impedir conseguir sus objetivos.
Respeto no conseguirán sino quizá miedo, y salvo aquellos que los envidian y quieren ser como ellos nadie los querrá como amigos; claro que quienes siguen sus ejemplos y entran por caminos de adulación, pronto estarán buscando como echar la zancadilla para ocupar su lugar.
Si esto lo hemos de tener en cuenta en unas verdaderas relaciones humanas con los que caminan con nosotros en la vida, ese estilo de vida lleno de vanidad y orgullo no nos vale de  ninguna manera para nuestras relaciones con Dios. Ante Dios todo tiene que ser sinceridad porque El conoce bien nuestro corazón y bien sabemos que Dios se goza con los humildes, porque ellos de manera especial se revela y para ellos tiene las gracias más especiales.
Hoy nos dice el evangelio que Jesús propone una parábola por aquellos ‘que teniéndose por justos, despreciaban a los demás’. Y nos habla de aquellos dos hombres que subieron al templo a orar. En uno resplandece el orgullo y la autosuficiencia, el creerse justo y despreciar a todo el que se encuentra a su lado. Se refleja en sus posturas y en su manera de orar.
Es sintomático que nos diga que se puso en pie delante de todos. No quiere mezclarse con nadie y como se cree superior ese gesto de estar de pie nos está señalando como quiere estar por encima de los demás. Y son también sus palabras llenas de vanidad donde trata de justificarse pero de hacer lista de merecimientos en sus cumplimientos. ¿Vendrá a comprar el favor de Dios?
Mientras el publicano postrado en tierra no hacia sino repetir que se sentía un hombre pecador e imploraba la misericordia del Señor. Siente y reconoce la pequeñez de su vida; sabe que ante Dios nadie se puede considerar bueno por si mismo; no le importa ocupar el ultimo lugar, porque sabe que allí donde esté y si lo hace con humildad siempre sentirá el favor de Dios; no le importa estar a ras de tierra, porque así se siente más cerca de los que con él van haciendo también el camino de la vida; se siente pobre y necesitado en su condición pecadora, porque sabe que la justificación y el perdón solo vienen de Dios.
Ya sabemos, como nos dice la parábola, quien bajo del templo justificado aunque luego caminar en medio de los demás confundiéndose con todos, también con los pequeños y con los pecadores. Con su humildad y sencillez sabrá estar cercano a los demás sintiendo la pobreza y pequeñez de los otros como suya también. Sabrá estar cercano a los otros porque los pedestales no son los que lo levantan sino sola la misericordia y la compasión del Señor que se ha derramado en su corazón y que será la misericordia y la compasión con que también se acercarán a los demás.
¿Cuál es nuestra postura ante Dios y ante los demás? ¿Nos costará también a nosotros doblar las rodillas ante Dios? Quien no es capaz de doblar sus rodillas ante Dios, no sabrá abajarse para saber estar cercano con el amor con los pequeños y humildes que caminan a nuestro lado.
Demasiado vamos viendo hoy en nuestros templos gente que no sabe ponerse, o no quiere ponerse de rodillas delante de Dios. ¿No tendría que hacernos pensar en la pobreza de nuestros gestos cuando nos ponemos en la presencia de Dios que puede ser indicativo de la pobreza de nuestro acercamiento a los demás?

sábado, 10 de marzo de 2018

Un corazón humilde siempre será generoso para el amor porque sabe agradecer todo el amor que recibe y así está dispuesto a repartir amor con los demás.


Un corazón humilde siempre será generoso para el amor porque sabe agradecer todo el amor que recibe y así está dispuesto a repartir amor con los demás.

Oseas 6,1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

Que malo es cuando en la vida vamos de prepotentes subiéndonos a un pedestal y esperando que todos nos hagan la reverencia. Es como si  nos creyéramos dioses. Nuestra autosuficiencia nos hace creer que solo dependemos de nosotros mismos y que no necesitamos contar con nadie; el orgullo nos infla de tal manera que ya nunca cabremos al lado de los otros y siempre querremos ocupar su puesto y así vamos desplazando a tantos por la vida porque los creemos inútiles o que nada saben hacer; en su corazón no hay sino desprecio y no importa ya humillar al que sea con tal de sobresalir por encima de todos. Pero esos pedestales con pies de barro un día se desplomarán y nos veremos hundidos y quizás sin saber como reponernos de la humillación que sufrimos en nuestra caída.
Son cosas que pasan, que con demasiada facilidad vemos en los demás y juzgamos y condenamos, pero que se nos hace difícil verlo en nosotros porque muchas veces tenemos algo de todo eso en nuestras actitudes o en nuestros comportamientos. Y es que ser humildes para reconocer la realidad de nuestra propia vida y ser capaces de ver también esas cosas que nos hacen tropezar no nos es fácil. Siempre pueden aparecer esos resabios en nuestro corazón y hemos de estar atentos para no echarlo todo a perder.
Ser humildes no significa que tengamos que arrastrarnos ante los demás, sino ser capaces de reconocer la realidad de nuestra vida; y no somos perfectos porque todos tenemos siempre nuestro lado débil y nuestros tropiezos. Que tenemos cosas buenas también en nuestra vida, lo reconocemos y damos gracias a Dios por ello, pero al mismo tiempo nos damos cuenta que eso que somos no es solo para nosotros mismos sino que está también en bien de los demás, es riqueza para todos.
Hoy nos propone Jesús en el evangelio una parábola y ya nos dice el evangelista que era por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Y nos habla de los dos hombres que subieron al templo a orar, un fariseo y un publicano. Fuerte es el contraste entre los hombres; se expresa en la actitud y postura de su oración.
Altivez en uno y humildad en el otros, auto justificación creyéndose ya el santo y el justo por alguna cosa que hacia pero que la envenenaba con su soberbia y con su orgullo por una parte, mientras que el publicano se sentía pecador y pedía perdón a Dios por sus pecados. ¿Quién era más pecador? El tema está en que uno lo reconoce y alcanzará el perdón, pero el otro no será capaz de reconocerlo y no podrá nunca sentirse satisfecho.
Seamos capaces de reconocer, sí, lo bueno que hay en nosotros y que sea estímulo para hacer más cosas, y al mismo tiempo seamos conscientes de nuestra debilidad y de nuestro pecado que solo en Dios podremos encontrar ese perdón y esa paz que necesitamos.
Que distinta es nuestra vida y que agradable se hace nuestra relación con los demás cuando vamos actuando en la vida con sinceridad y humildad. Un corazón humilde siempre será generoso para el amor porque siempre sabe agradecer todo el amor que recibe y así está dispuesto a repartir amor con los demás.



domingo, 23 de octubre de 2016

No pongamos nunca barreras entre nosotros y los demás para que podamos encontrarnos de verdad con Dios

No pongamos nunca barreras entre nosotros y los demás para que podamos encontrarnos de verdad con Dios

Ecle. 35, 15b-17. 20-22ª; Sal 33; 2Tm. 4, 6-8. 16-18; Lc. 18, 9-14
El fariseo no sabe encontrar a Dios, porque tampoco es capaz de encontrar a su prójimo. Habían subido un fariseo y un publicano al templo para orar. Sus actitudes y sus posturas eran bien distintas. Jesús, no dice el evangelista, propone esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás’.
Allí el fariseo había hecho sus oraciones, o mejor, lo que él creía que habían de ser sus oraciones; había tratado de justificarse a si mismo en la complacencia egoísta y orgullosa de lo que él consideraba sus méritos, pero no había encontrado a Dios. Por mucho que quisiera justificarse a si mismo no bajó a su casa justificado. Había interpuesto excesivas barreras, se había subido en demasiados pedestales, no había sido capaz de postrarse humilde ante Dios.
Pero no solo no había abierto su corazón a Dios sino que lo había cerrado para el prójimo. Hacia el otro solo eran desprecios y condenas. No solo estaba su autocomplacencia proclamando orgulloso cuanto hacia, sino que no era capaz de ver nada de luz en el otro. Sus ojos, los ojos de su corazón estaban cegados con el orgullo que le llevaba a despreciar a los demás. No hacia sino cerrar puertas y cuando cerramos las puertas a los demás se las estamos cerrando a Dios.
Cuántas veces nos creemos buenos y vamos poniendo por delante nuestros méritos. Nadie hace lo que yo hago, pensamos en tantas ocasiones; nos creemos insustituibles; nadie entiende las cosas como nosotros ni es capaz de hacerlas tan bien como yo las hago. Algunas veces queremos darnos un barniz de humildad pero enseguida aparece el resabio de nuestro orgullo y hasta tratamos de justificar aquellos errores que hayamos cometido. Cuánto nos cuesta agachar la cabeza, doblar el lomo para reconocer que los otros también saben hacer las cosas, también son capaces y hasta se entregan con más generosidad que nosotros.
Tampoco queremos doblar nuestra rodilla ante Dios. Nos hablan hoy tanto de valorarnos a nosotros mismos que ya tenemos el peligro de no necesitar a Dios. Podemos hacerlo con nuestras fuerzas, con nuestras capacidades, todo es cuestión de voluntad nos decimos. Y podemos terminar olvidándonos de Dios, prescindiendo de Dios. Creemos tener tantos medios a nuestro alcance que materializamos nuestra vida, perdemos un sentido de espiritualidad y de trascendencia, convertimos nuestro yo y nuestro saber en el dios de nuestra vida.
Es la pendiente resbaladiza por la caemos desde la altura de los pedestales en los que nos hemos subido. Y cuando olvidamos a Dios y ya no lo tenemos como verdadero centro de nuestra vida, tampoco pensamos en el valor y la importancia de las otras personas que caminan a nuestro lado. Ya no seremos capaces de encontrar al prójimo, porque no veremos como verdadero prójimo al que camina a nuestro lado. El no ser capaces de ver al prójimo nos impide encontrarnos con Dios, pero el olvidar a Dios nos hace incapaces de encontrarnos profundamente con el prójimo.
Aquel hombre había subido en su autosuficiencia al templo para colocarse en un pedestal, y había bajado más solo del templo porque era incapaz de encontrarse con los demás. Muchas soledades que nos creamos en nuestras autosuficiencias y en nuestros orgullos. Nos creamos distancias hacia los demás, ponemos barreras y terminamos caminando solos porque ni siquiera en Dios vamos a saber encontrar lo que pueda llenar de verdad nuestro corazón.
Mientras, nos dice la parábola, el publicano en su humildad abría su corazón a Dios. ‘Ten compasión de este pecador’, pedía y reconocía humilde. El publicano solo se fía del amor y de la misericordia de Dios. Experimentará en su corazón esa misericordia. Bajó a su casa rusticado, nos dice la parábola. Bajó a su casa, a los suyos, al encuentro con los demás.
Podemos completar esta idea con otras imágenes del evangelio. El publicano Zaqueo cuando recibió en su casa a Jesús celebró un banquete, abrió su casa, su corazón no solo a Jesús sino a los demás. El publicano Leví cuando se encontró con Jesús y Jesús le invitó a seguirle celebró también un banquete y en la mesa estaban sentados Jesús y sus discípulos, pero también los amigos del publicano, porque el encuentro con Jesús no le impidió, sino todo lo contrario, el ir también al encuentro de los demás.
Siempre la alegría del encuentro con Jesús ha de llevarnos a ir al encuentro con los demás con quienes vamos a compartir esa alegría, con quienes vamos a mostrarnos misericordiosos como Dios ha sido compasivo y misericordioso con nosotros. Y es que desde ese encuentro con los demás con quienes compartimos lo mejor de nuestra vida – nunca podrá ser un encuentro ni orgulloso ni egoísta – nos llevará más profundamente a vivir a Dios.



sábado, 5 de marzo de 2016

Humildes nos reconocemos pecadores en la presencia del Señor para sentirnos justificados en su misericordia

Humildes nos reconocemos pecadores en la presencia del Señor para sentirnos justificados en su misericordia

Oseas 6,1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

Yo soy bueno… yo no tengo pecados. Lo habremos escuchado muchas veces o también lo hemos pensado más de una vez y hasta lo hemos dicho. Yo soy bueno, no tengo pecados, de qué me voy a confesar. Seamos sinceros, ya el solo pensarlo nos está dando unos aires de suficiencia que nos eleva sobre pedestales. Y se nos mete el orgullo dentro, y comenzamos a hacer comparaciones, y comenzamos a mirar a los otros y los vemos con tantos defectos, y nosotros somos buenos. Da que pensar.
Si vamos por ese camino ¿para que necesitamos a Dios? Si vamos por ese camino no necesitamos que venga Jesús con su misericordia a nosotros, porque ¿de qué nos va a perdonar? Si vamos por ese camino nos llenamos de tanta autosuficiencia que nos convertimos en reyes y dioses de nosotros mismos y también al final queremos ser reyes para los demás; si vamos por ese camino y llegáramos a ver algo bueno en los otros, pronto nos corroerá la envidia por dentro y queremos destruir cuanto pudiera hacernos sombra; si vamos por ese camino terminaremos avasallando a cuanto nos rodee, pero al final quizá terminaremos destrozándonos a nosotros mismos porque con nuestras ínfulas, ¿quién nos va a aguantar? Nada hay más odioso y repulsivo que un corazón autosuficiente y orgulloso que se sube en su pedestal a nuestro lado.
Nos dice el evangelio hoy que Jesús propone una parábola por ‘algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Y ya conocemos la parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar. Allí estaba el fariseo de pie delante de todos recordando lo bueno que era, las cosas buenas que hacia, con sus aires de superioridad despreciando a los demás que sí son unos pecadores. Mientras el publicano se sentía pequeño y allá en un rincón pedía a Dios que tuviera misericordia con él. ‘¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’, repetía una y otra vez.
No digo que no tengamos que reconocer lo bueno que haya en nuestra vida para dar gracias a Dios. Sería orgullo el no reconocerlo. Pero el reconocimiento de lo que somos, de nuestros valores o de las cosas buenas que hacemos ha de ser con humildad. Alabamos al Señor que nos regala su gracia para cuanto bueno hacemos y de cuanto malo nos apartamos. Pero en esa humildad seguimos mirando cuantas cosas pueden manchar nuestra vida y de lo que hemos de pedir la misericordia del Señor.
Es el Señor compasivo y misericordioso el que nos justifica. Así hemos de acogernos siempre a la bondad y a la misericordia del Señor. Así con humildad y con espíritu misericordioso caminamos junto a los hermanos que también siendo pecadores imploran esa misericordia del Señor. Somos un pueblo pecador que nos acogemos a la gracia del Señor. Que podamos salir siempre de la presencia del Señor justificados y llenos de su gracia porque humildes ante El nos hemos reconocido pecadores.

sábado, 14 de marzo de 2015

Mucho nos enseña Jesús para nuestra relación con Dios y nuestra relación con los demás

Mucho nos enseña Jesús para nuestra relación con Dios y nuestra relación con los demás

Oseas 6,1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14
‘El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador…Os digo que éste bajó a su casa justificado’. El corazón humilde es grato al Señor.
Jesús les había propuesto esta parábola por ‘algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Nos enseña muchas cosas; para nuestra relación con Dios y para nuestra relación con los demás. Nos hace descubrir las actitudes que debería haber en nuestro corazón.
La parábola se centra en la oración que aquellos dos hombres fueron a hacer a Dios en su subida al templo. Nos enseña la forma de acercarnos a Dios. ¿Quién nos justifica? ¿Las obras que nosotros podamos hacer? ¿Quién da mérito a nuestras obras? El que nos justifica es Dios; la salvación nos viene de Dios; es el amor gratuito de Dios el que nos justifica y nos salva. No podemos ir ya creyéndonos previamente justificados porque nos creemos buenos o hacemos muchas cosas buenas. Es que con nuestro orgullo estaríamos ya manchando eso bueno que podamos presentarle a Dios. Por eso nos es necesaria la humildad y el reconocimiento de lo que es la gracia y el amor del Señor.
Pero fijémonos que el evangelista nos da por otra parte el motivo de la parábola y es que ‘algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Es en lo que quiere enseñarnos el Señor. ¿Cuáles son las actitudes y posturas que tengamos hacia los demás? Siempre hemos de guiarnos por el amor y la humildad; nunca cabe en el corazón de un cristiano el orgullo, la prepotencia, el menosprecio; es algo que siempre tiene que estar lejos de nuestro corazón.
‘Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos’, nos decía el profeta y Jesús mismo nos lo recordará en el evangelio. Sentimos la misericordia y la ternura de Dios sobre nosotros y es esa misma misericordia y ternura de la que tiene que rebosar nuestro corazón en nuestra relación los demás.
Aunque podamos ver en los otros cosas que no nos gustan, tenemos que saber ser comprensivos y misericordiosos, porque también nosotros somos pecadores, también en nosotros habrá cosas que no gusten a los demás, pero tenemos que ser hermanos que caminemos juntos, que nos tendamos la mano los unos a los otros para ayudarnos a caminar, a superarnos, a ser mejores. ¿Quién puede tirar la primera piedra al hermano si con sinceridad se mira a si mismo y lo que se oculta en nuestro corazón?
No olvidemos la última sentencia que nos da hoy el evangelio. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

sábado, 29 de marzo de 2014

Justificados porque nos llenamos de la presencia y santidad de Dios, inundados de Dios

Justificados porque nos llenamos de la presencia y santidad de Dios, inundados de Dios

Os. 6, 1-6; Sal. 50; Lc. 18, 9-14
‘Os digo que éste, el publicano, bajó a su casa justificado, y aquel no, el fariseo’, nos dice Jesús como conclusión de la parábola que acaba de poner. Y nos deja una sentencia. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
El mensaje de Jesús está claro. Son las actitudes nuevas y los nuevos comportamientos que han de tener y vivir los que le siguen, los que quieren constituir el Reino de Dios. No podemos acercarnos de cualquiera manera a Dios; además, las actitudes que tengamos con los que nos rodean marcarán nuestra forma de acercarnos a Dios y en consecuencia nuestra manera de actuar cuando nos llamamos discípulos de Jesús.
¿Con qué actitud hemos de acercarnos a Dios? ¿cuál es nuestra postura y comportamiento? ¿qué es lo que vamos a buscar cuando nos acercamos a Dios en nuestra oración? La Parábola que nos propone Jesús nos da pautas de comportamiento, nos enseña que es lo verdaderamente importante que hemos de buscar en nuestro acercamiento a Dios a  través de la oración.
Es cierto que vamos al encuentro con el Señor en la oración y vamos con todo lo que son nuestras necesidades y problemas; mucho quizá queremos pedirle por nosotros y también por los que queremos, aquellos que están cerca de nosotros y nos importan algo. Pero ¿sólo hemos de acercarnos a Dios como quien va con la lista de la compra, llevando la lista de nuestros problemas y necesidades? El nos enseña a pedir, pero nos enseña algo más. En muchos lugares del evangelio se nos va señalando cómo ha de ser nuestra oración y con la confianza y con la humildad que ante El hemos de presentarnos.
Pero ¿hemos pensado que nuestra oración puede ser un gozarnos en la presencia de aquel que sabemos que nos ama y a quien también nosotros queremos amar sobre todas las cosas, como ayer  escuchábamos en el evangelio también? Gozarnos de la presencia de Dios; gozarnos en el amor de Dios, como dos personas que se aman y se sienten dichosos y felices solo con estar juntos el uno al lado del otro. ¿No sería esa una forma hermosa de hacer oración?
Hoy nos dice Jesús que el publicano, que se sentía pecador, bajó a su casa justificado y el otro no. ¿Qué querrá decirnos el Señor? Quizá utilizamos ese termino teológico de la justificación sin saberle dar un hondo sentido. Justificado es el que se llena de justicia, podemos decir, de gracia; justificado es el que se llena de la presencia y de la santidad de Dios, está inundado de Dios. Tendríamos que aprender a hacerlo. Es un regalo del amor de Dios. El regalo que El nos hace de su presencia, aunque nosotros no la merezcamos. Por eso quien se siente pecador es el que podrá saborear esa justicia y esa santidad de Dios.
El publicano se sentía pecador, necesitado de esa gracia de Dios que le llenara de santidad, porque reconocía que no era santo y solo en la misericordia de Dios podría alcanzarlo. No eran sus méritos, porque veía y sentía la miseria de su vida pecadora. ‘No se atrevía ni a levantar los ojos al cielo’, pero humilde pedía ‘Señor, ten compasión de este pecador’. El sí iba a saborear lo que era la misericordia de Dios, la gracia de Dios, el sentirse lleno de Dios.
Quien se había llenado de sí mismo y trataba de justificarse y presentar de antemano los méritos de las cosas buenas que había hecho, nada nuevo podría sentir en su corazón; no podría saborear en su corazón lo que es el perdón, porque él creía no necesitarlo; solamente alardeaba lleno de orgullo de aquellas cosas que hacía pero como se sentía pagado en sí mismo, ya no parecía necesitar nada de Dios, y no sería capaz de saborear esa presencia del Dios misericordioso en nuestra vida.
Los pobres y humildes de corazón serán los que verán a Dios; los que sienten necesidad de misericordia, pero al mismo tiempo son capaces de ofrecer misericordia a los demás, porque siempre estarán ofreciendo amor, serán los que alcanzaran la misericordia de Dios.
¿Qué vamos a buscar cuando nos acercamos a Dios en nuestra oración? ¿Tendremos verdaderos deseos de Dios, verdadera hambre y sed de Dios?

domingo, 27 de octubre de 2013

Si no abrimos nuestro corazón a los demás tampoco lo abriremos a Dios para encontrar gracia

Eclesiástico, 35, 15-17.20-22; Sal. 33; 2Tim. 4, 6-8.16-18; Lc. 18, 9-14
‘Si el afligido invoca al Señor, El lo escucha, porque el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos… cuando uno grita, al Señor lo escucha y lo libra de sus angustias’. Hermoso y consolador pensamiento que se nos ofrece como oración y meditación en el salmo. Nos está señalando con cuánta humildad y con cuanto amor y confianza hemos de acudir al Señor. Cuando así lo hacemos encontraremos la gracia del Señor que siempre nos escucha y nos regala con su amor.
No son buenos bagajes para nuestro camino, para llevar en la mochila del camino de la vida el orgullo y la autosuficiencia. Quien los lleva como principales compañeros de camino fácilmente terminará solo porque terminará encerrándose en sí mismo aunque se quiera poner siempre en un pedestal por encima de todo y de todos, y endiosándose de manera que su presencia se puede volver insoportable para quienes estén a su lado y porque creerá no necesitar ni de Dios ya que piensa que siempre en todo se puede valer por si mismo. Pero es una tentación fácil, el orgullo y la autosuficiencia, que podemos tener en nuestro trato con los demás, pero también en una pretendida relación con Dios.
Hoy Jesús quiere enseñarnos cuales han de ser las verdaderas y auténticas actitudes para ponernos ante Dios en la oración. Ya nos dice el evangelista que ‘a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de si mismos y despreciaban a los demás, les dijo Jesús esta parábola’ que hemos escuchado. Fijémonos de entrada la descripción que nos hace el evangelista: ‘se tenían por justos’, luego ellos eran los santos y por eso mismo se sentían por encima de los demás; ‘se sentían seguros de sí mismos’, luego se valían por si mismos, no necesitaban de nada ni de nadie; y como una consecuencia ‘despreciaban a los demás’, porque se creían que solo ellos eran los justos y buenos y todos los demás eran unos desgraciados pecadores. ¿Con una actitud así se puede ir a orar a Dios?
Y Jesús les habla de los dos hombres que subieron al templo a orar, pero con actitudes y posturas bien diferentes. Mientras el fariseo oraba con una actitud de arrogancia erguido allí en medio de todos, el publicano desde el último rincón humildemente suplicaba a Dios misericordia y compasión porque se consideraba pecador. El fariseo podría parecer bueno y cumplidor por todo lo que decía que hacía, y si hubiera sido humilde se podría haber convertido su oración en una hermosa acción de gracias al Señor, pero estaba lleno de orgullo y de desprecio hacia los demás. El sí era cumplidor, no como aquel publicano al que despreciaba por pecador. Malos bagajes para llevar en la mochila del camino de la vida su orgullo y su autosuficiencia.
‘Os digo que el publicano bajó a su casa justificado, y aquel no’, concluye Jesús la parábola. El publicano reconociendo su fragilidad y su pecado abrió su corazón a Dios porque fue humilde y supo reconocer su condición. ‘Oh Dios, ten compasión de este pecador’, repetía con humildad. Reconoce su pecado y se confía a la benevolencia de Dios. Por eso bajó a su casa justificado, perdonado, lleno de la gracia de Dios.
El reconocimiento de su pecado era un paso importante en ese querer transformar su corazón; se sentía perdonado y se sentía renovado, con una nueva vida de gracia en su corazón. Cuánto tenemos que aprender para ese reconocimiento auténtico por nuestra parte de nuestra condición de pecadores. No es sólo decir yo soy pecador, sino yo soy pecador y en Dios quiero renovar mi vida. Soy pecador pero abro mi corazón a la gracia de Dios que me perdona, me renueva y me transforma.
 Mientras, el fariseo no supo encontrarse con Dios, no abrió su corazón a la gracia de Dios porque más bien parecía con lo que decía que él no necesitaba de Dios porque ya era bueno por si mismo. Pero aún peor era que no solo su corazón no se abría a Dios, sino que estaba creando barreras a su alrededor alejándose de los demás a los que despreciaba. No se sentía pecador y nada creía que tenía que renovar en su vida. No encontró la gracia del Señor que lo justificara, porque en el fondo tampoco lo deseaba.
Y es que cuando no somos capaces de abrirnos a los hermanos, al menos intentarlo, difícilmente nos vamos a abrir a Dios y a su gracia. Ya sabemos aquello que nos dice la Escritura que no podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos y no amamos al hermano a quien vemos a nuestro lado. No podrá haber amor verdadero a Dios si no intentamos ese amor al hermano que está a nuestro lado. Es el mandamiento principal que nos dejó Jesús en el Evangelio.
Puede ser que en nuestras debilidades y flaquezas nos cueste abrirnos a los hermanos, porque eso muchas veces nos sucede, nos cuesta aceptar a alguien, nos cuesta poner amor en alguien del que quizá hemos recibido algo que nos haya dañado o molestado, pero hemos de querer hacerlo y reconociendo que somos débiles acudimos, sí, al Señor para que nos dé fuerza para abrirnos también al prójimo, para aceptar o para perdonar, y entonces si que nos estamos abriendo a Dios.
Es cierto que no somos santos y hay muchas cosas que nos cuestan, pero hemos de reconocerlo y con humildad pedir al Señor esa gracia que mueva y transforme nuestro corazón para aceptar y para perdonar al hermano, para lograr entrar en comunión con él, para vivir entonces esa vida nueva de la gracia.
Por algo será que cuando Jesús nos enseña a orar nos dice que comencemos llamándole Padre. Ese Dios en quien creemos y al que queremos invocar en nuestra oración, desde nuestra pequeñez y desde nuestra indignidad es el Padre bueno que nos ama. Por eso Jesús nos dice que le llamemos Padre. Como decía san Juan en sus cartas en verdad somos hijos de Dios, porque así nos ama Dios. ‘Mirad que amor nos ha tenido Dios que nos llama hijos, pues ¡lo somos!’ Pero fijémonos en el modelo de oración que nos enseña hemos de decir ‘Padre nuestro’. Cuando vamos a Dios siempre tenemos que ir con el corazón abierto también a los hermanos
Y no olvidemos las últimas palabras del evangelio de hoy como conclusión de este mensaje y como cambio de actitudes para vivir en relación a los demás y para acercarnos a Dios. ‘Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.