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martes, 23 de agosto de 2016

Hagamos florecer la comprensión y la misericordia manifestando con sinceridad la rectitud que hay en nuestro corazón

Hagamos florecer la comprensión y la misericordia manifestando con sinceridad la rectitud que hay en nuestro corazón

2Tes.  2,1-3a.14-17; Sal 95; Mateo 23,23-26

‘Hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno…’  Hablaba duramente Jesús a los escribas y fariseos. Se creían buenos y cumplidores. Hasta de la menta y el comino pagaban impuestos y ya se creían justificados. Estrictos en lo externo, en las apariencias, en lo que los demás podían ver que hacían, pero allá en su interior todo eran malicias, malos deseos, falsedad, vanidad, hipocresía. Era la palabra apropiada porque actuaban con una doble cara, una era la apariencia externa y otra cosa lo que había en su interior.
Nos puede pasar, sigue pasando hoy como en todos los tiempos. Gentes que se preocupan por aparentar, justificaciones que nos hacemos porque en algunas cosas somos cumplidores, pero nos falta misericordia y compasión en el interior. Nos puede pasar, digo, porque nos podemos creer buenos, pero dentro están las malicias que nadie ve, pero que corroen el corazón y algún día también se han de manifestar; nos puede pasar porque nos insensibilizamos por dentro, nos falta ternura, comprensión, y aparecen nuestros juicios y condenas, aparecen los rechazos que hacemos de las personas porque nos parece que no son como nosotros.
Qué importante que arranquemos de raíz esas malas hierbas que nos aparecen en nuestro interior con nuestros juicios, con nuestras reticencias hacia los demás, con nuestras desconfianzas, con la envidia que amarillea nuestros sentimientos, con ese orgullo y amor propio que no somos capaces de controlar, con esos resabios de egoísmo e insolidaridad que tantas veces aparecen en nuestras desconfianzas de los demás, con esa soberbia que nos quiere levantar sobre pedestales para creernos mejores, superiores, ponernos por encima de los demás.
‘Descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad…’ Actuar con justicia porque respetamos a los demás, valoramos a la persona, mantenemos siempre la dignidad de todo ser humano, pero al mismo tiempo nuestro corazón está lleno de compasión, de ternura, de misericordia, de amor. No están reñidos unos valores con los otros, sino más bien se complementan y nos hacen vivirlos en mayor plenitud. Nunca en nombre de la justicia podemos hacernos insensibles en nuestro corazón, sino que siempre ha de aparecer la ternura y la compasión.
Cuánto necesario hoy es que hagamos florecer la comprensión y la misericordia con todos, porque al final nos damos cuenta que todos necesitamos de esa misericordia. Y junto a todo ello la sinceridad de nuestra vida; no vale la doblez, la vanidad ni la apariencia; en esa sinceridad nos manifestamos como somos, también con nuestras debilidades y nuestras flaquezas, pero haciendo siempre florecer el amor.  

viernes, 3 de septiembre de 2010

Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios

1Cor. 4, 1-5;
Sal. 36;
Lc. 5, 33-39

Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios…’ Una referencia a la vida del Apóstol; una referencia a la vida de todo el que tiene que ser apóstol, pastor en medio del pueblo de Dios. Servidores de Cristo. Administradores de los misterios de Dios. Una vida vivida en total fidelidad. ‘Lo que se pide a un administrador es que sea fiel’, continuaba diciéndonos san Pablo.
Una fidelidad que no actúa por miedo a los juicios humanos, que no busca alabanzas ni reconocimientos humanos. Actúa con rectitud y en conciencia. Tiene que ser fiel allá en lo hondo de su conciencia. El único juicio válido es el de Dios. ‘Mi juez es el Señor… El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón, entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece’. Pido al Señor que no sea severo sino misericordioso cuando me presente ante El. El Señor es rico en misericordia, a ella me quiero acoger.
Pero tenemos que decir que este texto, aunque con esa clara referencia a los pastores, sin embargo ilumina también la vida de todo cristiano. En nuestras manos está el evangelio que tiene que iluminar la vida de cada uno, pero también con el que tenemos que iluminar la vida de los demás. El Señor ha puesto su evangelio en nuestras manos y hemos de reconocer que todo somos apóstoles y mensajeros del Reino. En consecuencia también con fidelidad y con que rectitud hemos de vivir nuestra vida. Todos.
Lo que nos dice el salmo, que nos ha valido como siempre para nuestra oración de respuesta a la Palabra proclamada, nos da pautas de cómo ha de ser esa rectitud que ha de adornar la vida de todo cristiano con una serie de hermosas virtudes y valores.
‘El Señor es quien salva a los justos’, fuimos repitiendo. Pero se nos decía, lo meditábamos, lo íbamos rumiando en nuestro interior, ‘confía en el Señor y haz el bien… practica la lealtad… la justicia, el derecho…’ la búsqueda del bien y de lo bueno tiene que estar siempre presente en mi vida. Mucho más que un adorno, actitudes profundas que se manifiestan en los actos de nuestra vida, en nuestra relación con los demás, en todo lo que vamos haciendo.
Justicia, derecho que nos llevan al buen trato al otro, sea quien sea, al respeto de la dignidad de todos, a la valoración de toda persona; justicia, derecho que nos llevan a un compartir solidario y tendríamos que decir también en justicia; lo que tenemos no es sólo nuestro sino que todo tiene que redundar en el bien común, a los otros les pertenece también porque son bienes que Dios creó para el hombre, para todo hombre. ¿Cómo en justicia puedo yo estar en la abundancia, mientras el hermano a mi lado está en necesidad?
‘Apártate del mal y haz el bien’, seguía diciéndonos el salmo porque el Señor y sus mandatos son nuestra delicia, nuestra dicha, nuestra gloria. Caminemos por caminos rectos, caminos de amor y de bondad, caminos de justicia y santidad y el Señor será nuestro premio, nuestra dicha. ‘Cada uno recibirá de Dios lo que merece’, que nos decía el apóstol.
Que así sea nuestra vida, y que así nos manifestamos ante los demás. Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Serán caminos que atraerán a los otros hasta el Señor.

lunes, 19 de julio de 2010

Respeta el derecho, ama la misericordia y sé humilde ante Dios

Miqueas, 7, 14-15.18-20;
Sal. 84;
Mt. 12, 38-42

‘Pueblo mío, ¿qué te hice? ¿en qué te molesté?’ Un texto que nos recuerda los improperios del viernes santo y que viene a ser cómo un diálogo que se establece entre Dios y su pueblo a través del profeta. Estamos escuchando al profeta Miqueas en la primera lectura en este sistema de lecturas continuadas y escogidas que nos ofrece la liturgia a través de los diferentes ciclos para tener un conocimiento más completo del conjunto de la Biblia; aún mañana volveremos a escuchar al profeta Miqueas.
Un improperio, una pregunta de parte de Dios que le recuerda al pueblo cómo el Señor lo liberó y lo sacó de Egipto enviándoles a Moisés, a Aarón y a Miriam, la hermana de Moisés. Una lista grande de cosas tendría que recordar el pueblo de Dios de ese actuar del Señor con él. Es toda la historia de la salvación vivida en su propia historia. Una pregunta que le hace al pueblo recordar cómo no han respondido con fidelidad a la fidelidad de Dios y sintiéndose pecador ahora no sabe qué puede ofrecer a Dios al acercarse a la purificación.
¿Holocaustos? ¿sacrificios de animales? ¿Qué pueden ofrecer a Dios para agradarle? Aparece en las preguntas hasta la posibilidad de los sacrificios humanos como era normal en aquellos pueblos primitivos que rodeaban a Israel. Pero no es eso lo que agrada al Señor, lo que pide el Señor.
‘Te he explicado, hombre, el bien, lo que Dios desea de ti; simplemente que respetes el derecho, que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios’. Como se nos diría en el salmo ‘tus sacrificios y holocaustos están siempre ante mí’; pero no será eso lo que sea acepto al Señor. ‘El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’.
Nos pide el Señor justicia, santidad en nuestra vida, rectitud en nuestro obrar. ¿Quién puede hospedarse en la tienda del Señor?, nos preguntábamos con el salmo recitado el domingo. ‘El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales’ y obra en todo momento el bien alejando la maldad de su corazón. Caminar por el camino de la justicia, seguir la senda recta que nos conduce hasta Dios, es caminar por caminos de santidad.
Pero nos dice más el profeta Miqueas, ‘que ames la misericordia y andes humilde ante Dios’. Amar la misericordia que es reconocer humilde y gozosamente la misericordia que el Señor nos tiene. Cuánto tenemos que reconocer del amor de Dios en nuestra vida. Pero amar la misericordia es vivir en misericordia, llenar nuestro corazón de misericordia, actuar con misericordia para con los demás.
Algunas veces parece que nos cuesta actuar así porque parecemos mas justicieros que misericordiosos. ‘Los que son misericordiosos alcanzarán misericordia’, nos dice la bienaventuranza. Pero es que quien ha experimentado la misericordia y el amor de Dios en su vida ¿no tendrá que actuar y vivir siempre con misericordia para con los demás? ¡Cuánto tendríamos que recordar también nosotros en nuestra propia historia personal! Por eso le hemos pedido al Señor con el salmo. ‘Muéstranos, Señor, su misericordia’.
Es la gran señal que nos da Jesús. Los letrados y fariseos le piden señales cuando tantos milagros habían contemplado. Pero la señal que les da Jesús será su propia muerte y resurrección. ‘No se les dará más signo que el del profeta Jonás…’ en referencia a su propia muerte y resurrección.