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miércoles, 17 de junio de 2026

Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

 


Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

No eches a perder aquello que haces poniéndole demasiados galones, tantos que no se va a valorar lo que tú has sido capaz de realizar por ti mismo, por lo que tú eres y sabes hacer, sino que esos adornos externos realmente lo van a ocultar.  Para que quede bonito, decimos, y lo que estamos haciendo es desvirtuándolo.

Así nos puede suceder en muchas situaciones de la vida, por eso hemos de cuidar la autenticidad de lo que hacemos, que eres tú mismo en tu interior el que tienes que saber darle valor. Cuando ponemos otras intenciones y quiere aparecer el lucimiento realmente hemos desvalorado lo que en principio con nuestra buena voluntad habíamos querido hacer. No busquemos las alabanzas externas sino mejor lo que tú en tu interior sientas. De eso nos está previniendo Jesús.

Nos habla hoy de tres momentos o de tres situaciones, en este caso concreto, en referencia a nuestra religiosidad, pero que lo podríamos ampliar a todo lo bueno que podamos hacer en la vida. La apariencia y la vanidad están reñidas con la autenticidad, porque cuando hacemos las cosas buscando esa alabanza de los demás, aparte de nuestra vanidad le añadimos más cosas para que tengan brillo que encandile a los demás, lo que empañará el auténtico brillo que debería tener y ya ha perdido su autenticidad.

Jesús parte siempre de cosas concretas, señala situaciones que observa en su entorno, nos da pautas para nuestra autenticidad, pero quiere que evitemos las vanidades que podamos contemplar en otros que quieran presentarse como modelos para nuestra vida. Seré modelo auténtico si actúo desde mi mismo en lo que soy y en lo que vivo en lo más profundo de mi, no porque así quiera presentarme ante los demás como su yo estuviera en un estadio superior al que tienen que aspirar los que me rodean. Hemos de reconocer que somos débiles y a pesar de nuestra buena voluntad y de nuestro esfuerzo en ocasiones pueda ser que no aparezca tan perfecto para los demás. Hemos de pasar por el camino de la humildad, de reconocer lo que somos, lo que somos capaces de hacer, pero también de las limitaciones que envuelven nuestra vida.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración y del ayuno. Nos está pidiendo autenticidad, no apariencia. Ya en otro momento nos dirá que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, luego no podemos ir tocando campanillas por delante nuestro cuando vamos a compartir con los demás. La discreción hará valiosa tu generosidad pero además no humillará a quien recibe lo que compartamos.

Y al hablarnos de la oración nos dice que vayamos al lugar escondido. Recordamos la parábola que un día nos propondrá de los dos que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano. Rezar en lo escondido significa la interioridad que hemos de darle a nuestra oración, que no es cuestión de muchos rezos, como nos dice, no hacen falta muchas palabras; la oración es vivir un encuentro de amor. Es por donde tenemos que comenzar y lo que tiene que ser el meollo de nuestra oración; nos sentimos amados y nos dejamos inundar por el amor, y para eso no hacen falta muchas palabras, lo importante es vivir, es sentir en el corazón, es entrar en esa sintonía de amor que será escuchar y saborear todo ese amor que sentimos. Cuanto tendríamos que decir, cuanto tendríamos que reflexionar, cuanto tendríamos que mirar nuestra forma de orar.

Es el sentido de autenticidad que hemos de darle a nuestros ayunos. ¿Es la ofrenda de un sacrificio? Pero tiene que ser algo salido de verdad del corazón. Lo importante no es la apariencia que podamos manifestar exteriormente, sino ese control de nuestra vida que podemos aprender a hacer desde lo más hondo de nuestro corazón. No son ofrendas o sacrificios de cosas lo que le agrada al Señor, sino ese corazón contrito, ese corazón humilde que reconoce cuanto tiene que transformar en si mismo en ese camino de ascensión y superación que tiene que ser su vida.

Aprenderemos a decir no, no para machacarnos en el sufrimiento, sino como un aprendizaje de liberación; no nos ata nuestro capricho, no se nos impone nuestro egoísmo, no nos dejamos arrastrar por nuestro amor propio, no queremos que prevalezca nuestra vanidad que nos hace orgullosos y soberbios, no dejamos que se impongan sobre nosotros las pasiones, no nos queremos dejar arrastrar por el ambiente que nos rodea, y para eso tenemos que aprender a decir no; el ayuno no es en sí una limitación del alimento por si mismo, sino que el ayuno tiene que pasar por todas esas cosas de las que no nos queremos dejar dominar en la vida. No es apariencia ni se queda en gestos externos, pasa por la transformación de nuestra vida que es un camino de conversión.

Todo envuelto por la autenticidad del amor.

viernes, 27 de febrero de 2026

Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

 


Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129; Mateo 5, 20-26

El decir o proclamar los mandamientos algunas veces nos suena a solemnidad mayor, palabras solemnes y categóricas que nos definen grandes principios que se convierten en norma y ley de nuestra vida; algunas veces nos puede parecer que por esa solemnidad están por encima de todo y de nosotros mismos, de manera que nos pueden parecer lejanas de la realidad de las cosas pequeñas y ordinarias de cada día. Es cierto que tenemos que proclamarlos con cierta solemnidad porque nos decimos que es la ley del Señor, son las pautas fundamentales que Dios nos ha dado para el camino de nuestra vida pero tenemos que reconocer que están constituidos por pequeños detalles que marcan los pasos diarios que en nuestra vida hemos de ir dando.

No nos quedamos en la solemnidad, por ejemplo, de un ‘no matarás’ sino que nos está señalando esos pasos de encuentro o desencuentro que cada día vamos teniendo en el camino de nuestra vida y señalando hasta esos pequeños detalles donde vamos a manifestar el amor que tengamos o no a los que están a nuestro lado. Es lo que nos va contraponiendo hoy Jesús en este pasaje del evangelio y en todo el conjunto del sermón del monte que ha comenzado precisamente con la descripción de las bienaventuranzas.

Las palabras de Jesús entran en detalle en ese camino del día a día, no se quedan en el derramar la sangre del hermano porque le arranquemos la vida, sino en todo aquello que puede mermar nuestra buena relación con los demás. Surge así el reconsiderar las palabras, por ejemplo, con que nos dirigimos a los demás donde puede aparecer el desprecio o la discriminación, el valorar o el querer anular los valores o las cosas buenas que hagan los demás, el respeto que nos lleva a la cercanía pero también a la concordancia de los corazones, la actitud de comprensión que podamos tener con los demás para ser generosos en ese perdón que ofrecemos como mano que ayuda a levantar al caído, porque todos además podemos tener también los mismos tropiezos y querríamos tener también la comprensión y el perdón de los demás.

No nos vale una vida de apariencias si no hay autenticidad y sinceridad en nuestras vidas, siendo capaces de quitarnos esas máscaras de hipocresía con que tantas veces cubrimos nuestras incongruencias y nuestras debilidades. Camino de respeto y comprensión que nos ha de impulsar a valorar los esfuerzos que cada uno realiza en su momento por superarse y que nos impide marcar con el sambenito de los errores pasados una vida que quiere reconstituirse y rehacerse. Tropezamos muchas veces en la vida pero todos tenemos el derecho y al mismo tiempo también el deber de querer levantarnos, de rehacer nuestra vida, de comenzar a hacer nuevos caminos. Y eso que es posible en nosotros también hemos de ser capaces de contemplarlo en los demás y valorar el esfuerzo de recuperación que quieren hacer.

Por eso la reconciliación es algo que siempre tiene que estar presente en nuestra manera de actuar, es lo que tenemos que buscar cuando sabemos que hemos tropezado y alguien puede tener quejas contra nosotros, pero es también lo que estaremos dispuestos a ofrecer cuando el otro se acerca con verdad y humildad a reconocer sus errores; todos podemos levantarnos, a todos hemos de dar el derecho de que se puedan levantar.

Una cosa que no tendríamos que permitirnos en la vida es querer seguir manteniendo las distancias y abismos que un día creamos con nuestros errores sino que siempre tenemos que saber ir tendiendo puentes de acercamiento y rellenando con la generosidad de nuestro amor esos abismos que hemos ahondado entre nosotros. Si vuestra justicia no está por encima de esas sombras que tantas veces oscurecen nuestra vida, no seremos merecedores del Reino de los cielos.

martes, 25 de noviembre de 2025

De la belleza del templo no quedará piedra sobre piedra, dice Jesús, pero pensemos igualmente qué quedará de nuestra vida si estamos vacíos por dentro

 


De la belleza del templo no quedará piedra sobre piedra, dice Jesús, pero pensemos igualmente qué quedará de nuestra vida si estamos vacíos por dentro

Daniel 2,31-45; Dn 3,57-61; Lucas 21,5-11

La vanidad se disuelve como el humo. ¿A qué viene esto que estoy diciendo? La vanidad es humo. Así serán las cosas que hacemos por vanidad, nos quedamos en la apariencia pero dentro están vacías de contenido. Demasiado vamos en la vida con ese sentido. ¿Hacemos las cosas para que nos vean? ¿Por quedar bien? ¿Para que piensen de nosotros cosas bonitas? ¿Y de todo eso qué es lo que queda?

Me estaba acordando ahora de la casa aquella que tenía dos cocinas, una muy bonita, muy arreglada, siempre limpia y pulcra, con buenas vajillas en las alacenas y muchos utensilios de lujo. Pero no se utilizaba para nada, ni en los días de fiesta, era para decir que se tenía buena cocina e incluso enseñársela llenos de orgullo a las visitas; para hacer la comida, para encender el fogón sin miedo a los humos se tenía otra en el patio, donde los humos no se metieran dentro de la casa; esa no importaba como estuviera, era la de todos los días.

¿No andaremos en la vida en muchos aspectos, en muchas de las cosas que hacemos o tenemos con esos criterios de duplicidad? Apariencias, pero vacíos; mucha buena presencia por fuera, pero sin humanidad por dentro; locuras y carreras de la vida para tener muchas cosas de apariencia, pero luego una vida vacía, sin ilusión ni entusiasmo, sin ganas de hacer de verdad algo útil y que deje huella. Vanidad de vanidades y todo es vanidad, como decían los libros sapienciales del Antiguo Testamento.

Y eso puede ser pauta de la vida social, de lo que se hace y se vive en nuestra sociedad muchas veces tan llena de hipocresía, pero eso nos puede suceder en nuestra vida religiosa y lo que en verdad tendría que ser nuestra vida cristiana. Sabemos muchas cosas, pero pocas cosas vivimos; nos sabemos el evangelio de memoria, pero los valores del evangelio están lejos de nuestra vida; no gloriamos de que tenemos una hermosa iglesia, y con eso nos estamos refiriendo a nuestros templos que podremos incluso tener bien cuidados, pero poco se siente el sentido de comunión, el sentido de comunidad y familia en nuestras parroquias; podemos hacer unas celebraciones muy suntuosas y bonitas, que se quedan como un adorno, porque es la Palabra de Dios a la que menos se le da importancia.

Mucho podríamos seguir abundando en este sentido en nuestra reflexión. Si viene alguien de fuera y le vamos a enseñar nuestra iglesia, hablaremos de si historia y de su arte, recordaremos las hermosas y artísticas imágenes que tenemos e incluso parece que hiciéramos una lucha entre una imagen y otra, entre un santo y una virgen para decir quien es más milagroso y tiene más devotos; pero ¿le hablaríamos de la intensidad de vida de aquella comunidad, hablaríamos de los grupos de apostolado o de formación que tenemos, hablaríamos del interés que la gente pone no en adornar la iglesia para que esté muy bonita sino en el anuncio del evangelio queriendo llegar a todos, buscando siempre nuevos cauces de evangelización?

La pantalla que ponemos delante con nuestras vanidades no nos deja ver ni encontrar lo profundo que tendríamos que llevar en el corazón. El humo de la vanidad que se disuelve y del que no queda ni el rescoldo que mantiene caliente el corazón.

Hoy el evangelio comienza diciéndonos las ponderaciones que se hacían algunos de la belleza y grandiosidad del templo de Jerusalén. Pero pareciera que Jesús les arroja un jarro de agua fría frente a todas aquellas alabanzas. Ya en otra ocasión defenderá la pureza del templo que en verdad tenía que se casa de oración pero como les decía entonces la habían convertido en cueva de ladrones, pues más parecía un mercado que un lugar sagrado para el encuentro con Dios.

También nos enseñaba cómo habíamos de ser templos de la gloria de Dios por la santidad de nuestra vida y por eso quiere hipocresías sino autenticidad; justo alababa también a quien era capaz de darlo todo, aunque no tuviera ni para comer como aquella viuda que recientemente hemos contemplado, porque en realidad buscaba siempre primero la gloria de Dios, ‘primero buscad el reino de Dios y su justicia, nos decía, que lo demás se os dará por añadidura’.

Pero hoy cuando se hacen tantas ponderaciones de la belleza del templo les anuncia que todo aquello que están contemplando no quedará piedra sobre piedra. No es que Jesús quisiera que se destruyera el templo, pero era profeta de la historia y sabía en qué había de quedar todo aquello.

Pero ¿no será profeta también de nuestra vida y nos está diciendo que solo nos quedamos en la vanidad y en la apariencia mientras estamos vacíos por dentro todo se va a quedar en nada? Un interrogante para lo que hacemos de nuestra vida, para lo que hacemos de nuestra iglesia ¿estaremos vacíos por dentro y todo se nos queda en vanidad exterior? Creo que tenemos que preguntárnoslo seriamente como tiene que preguntárselo también la Iglesia.

lunes, 24 de noviembre de 2025

Una ofrenda que puede significar el desprendimiento generoso porque somos agradecidos a Dios o reflejar también la mezquindad y superficialidad de nuestra vida

 


Una ofrenda que puede significar el desprendimiento generoso porque somos agradecidos a Dios o reflejar también la mezquindad y superficialidad de nuestra vida

Daniel 1, 1-6. 8-20; Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Perdona es que no tengo monedas sueltas en el bolsillo, otra vez será, decimos mientras hacemos el amago de estar rebuscando en el fondo del bolsillo y no encontramos nada. Quizás sea la respuesta que más de una vez hemos dado al muchacho que nos ayudó a llevar el carro de la compra a nuestro coche. Pero quizás no hemos mirado las cosas superfluas que llevamos en nuestro carro de compra, pero como fue pagado con VISA sí teníamos dinero.

Esto puede reflejar mucho de nuestro sentido de vida. No se trata ya solamente de lo mezquinos que somos en ocasiones cuando se trata de dar – pensemos también en lo que rebuscamos en nuestros bolsillos cuando en la iglesia nos pasan la bandeja de las ofrendas – sino que puede significar la mezquindad con que andamos también en muchos aspectos de la vida.

Puede significarnos los mezquinos que andamos a la hora de compartir con las personas que nos rodean, y no se trata ya del compartir cosas materiales en las necesidades que puedan pasar las personas de nuestro entorno sino en las reservas que nos ponemos en la hora de la amistad. Tenemos nuestras líneas rojas para saber a quien aceptamos y a quien queremos tener lejos de nosotros; son las desconfianzas y la falta de sinceridad en nuestras relaciones; las barreras que vamos poniendo o los abismos que creamos porque no nos caen bien, porque un día tuvimos un tropiezo, porque… porque… porque y ya sabemos como somos en nuestras mutuas relaciones.

Una mezquindad en no querernos dar, abrir nuestro corazón, saber caminar juntos, ser comprensivos con los demás, no juzgar ni condenar, pero que puede ser señal también de la superficialidad con que vivimos muchas veces solo desde la apariencia; queremos aparecer como buenos, pero dentro de nosotros no hemos borrado aun la malicia para sospechar siempre de los demás.

Cuando hay vacío dentro de nosotros porque no hemos buscado lo que da verdadera profundidad a la vida, ponemos una mascarilla por fuera para disimular y para aparentar. Necesitamos vientos que nos hagan caer esas mascarillas, para que a nosotros mismos nos descubramos cuál es nuestra realidad; decimos que somos buenos porque un día encontramos esa calderilla, pero ni a nosotros mismos nos conocemos.

Nos da mucho que pensar este episodio que parece sencillo e insignificante que nos narra hoy el evangelista. Están a la entrada del templo, aquel espacioso y amplio templo de Jerusalén con muchos pórticos en los que se arremolinaba la gente a la hora de las ofrendas, o escuchaban a los maestros de la ley que enseñaban al pueblo tras la proclamación de la Ley y los Profetas, como era tradicional. Por otros momentos del evangelio conocemos el bullicio que allí se forma con los que venían de distintos lugares a aquel lugar que tenía que ser casa de oración y de encuentro con Dios.

Jesús está observando a los que van entrando. Con mucha solemnidad y aspaviento aquellos que se consideraban los poderosos dejaban caer de manera sonora sus monedas en el arca de las ofrendas. Muchos también silenciosamente dejaban su ofrenda grande o pequeña porque era también una forma de pagar sus diezmos y primicias como estaba regulado en la ley de Moisés. Las ofrendas eran también una muestra del corazón agradecido a Dios de quien todo habían recibido. No es un regalo sino una respuesta, no es una imposición sino una forma de decir gracias. ¿Lo habremos pensado así nosotros de nuestras ofrendas?

Pero Jesús se fija en algo especial porque parece que solo El se ha dado cuenta de la ofrenda de aquella pobre viuda. Y Jesús comentará que aquella mujer aunque solo ha puesto unos cuartos, la moneda más pequeña, ha dado sin embargo mucho más que los habían hecho ofrendas cuantiosas. Como dice Jesús aquella mujer ha dado todo lo que tenía, mientras los otros daban de lo que les sobraba.

Es todo un interrogante para nuestra conciencia, es preguntarnos donde está la generosidad de nuestro corazón, es analizar la profundidad que le damos a nuestra vida y a lo que hacemos, es la manifestación de un corazón agradecido que quiere así cantar la alabanza del Señor. ¿Seremos también mezquinos en eso?

miércoles, 27 de agosto de 2025

El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

 


El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

1Tesalonicenses 2, 9-13; Salmo 138; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí, nos decimos tantas veces, haciendo comparación quizás entre los que nos parece que son las actitudes de algunos de los que nos habla el evangelio y lo que nosotros hubiéramos hecho en su lugar. Las comparaciones, como siempre solemos decir, son odiosas, pero quizás algunas veces nos tendríamos que poner como a trasluz de esas personas o citaciones que allí se nos mencionan con lo que somos o con lo que hacemos nosotros. ¿Seremos iguales o parecidos? Hoy que vemos que Jesús está cargando contra aquellos dirigentes que no es precisamente buen testimonio y ejemplo para nosotros. Pero acaso nosotros nos parecemos en mucho y también arrastramos posturas y actitudes negativas bien lejanas de lo que son los valores del evangelio.

Jesús vuelve a incidir en la autenticidad o la falsedad de aquellas vidas, en las apariencias que nos vuelven hipócritas y la autenticidad que debería de brillar en un seguidor de los valores del evangelio. Por eso cuando escuchamos estas palabras de Jesús, que incluso nos suenan fuertes y airadas, no es solo aquellas actitudes de entonces las que Jesús está denunciando sino que nos hace mirarnos a nosotros mismos porque quizás muchas de esas cosas, de manera sutil, también están brillando de por demás en nosotros.

La fachada de buenos no queremos quitárnosla. No es algo fácil de transformar; al menos muchas veces se nos atraganta, porque algo siempre queremos dejar a nuestro favor, buscamos apoyos que nos sostengan y si no hemos cimentado bien nuestra vida no encontramos nada en nuestro interior que nos sirve de apoyo en esa carrera que hemos de emprender. Seguimos con nuestros apegos y nuestras apariencias, seguimos con una vida llena de fantasías que demuestra nuestra superficialidad; por eso nos cansamos tan fácilmente, nos aburrimos, se nos marchita nuestra vida. No hemos echado raíces profundas y no nos llega la humedad que necesitamos.

Tenemos que saber drenar nuestra vida, para quitar todo lo que sea superficial, todo lo que se va convertir en hojarasca que solo nos valdrá para prenderle fuego, podar esas ramas que solo dan apariencia, como dicen los agricultores, son chupones que la restan vitalidad a los frutos que de ese árbol podamos obtener. Es un trabajo que algunas veces nos puede resultar costoso y doloroso, pero que es necesario y por eso mismo se convierte en trabajo hermoso por los frutos que podemos obtener.

Tenemos que analizar bien nuestra vida, tenemos que darnos cuenta de esas rémoras que no nos dejan avanzar para desprendernos de ellas, darnos cuenta de esas malas costumbres o rutinas que se han metido en nuestra vida y nos impiden alcanzar los buenos objetivos que nos proponemos. Tarea de reflexión, tarea de ahondar en nuestra espiritualidad, tarea de ir escardando nuestro corazón para quitar esos apegos que no le dejan moverse con flexibilidad, tarea de oración y de escucha para dejar que esa semilla de la Palabra de Dios quede bien plantada y abonada en nosotros.

Es la manera de superar esa superficialidad a la que nos sentimos tentados cuando todo nos parece igual y nos parece bueno, cuando simplemente nos dejamos llevar porque decimos que siempre se ha hecho así, cuando comenzamos a hacer las cosas casi como una rutina sin darle sentido hondo ni a lo que decimos en nuestras oraciones ni las prácticas que realizamos en nuestra vida, cuando hacemos las cosas por mimetismo porque sin preguntarnos el por qué y el sentido de las cosas hacemos lo que otros hacen.

Una escucha atenta del evangelio siempre tiene que ser una revolución para el corazón porque nos hace descubrir en nosotros aquello de lo que ni nos habíamos dado cuenta, pero también porque nos hace emprender nuevos caminos, arriesgándonos a buscar con sinceridad esos caminos de vida. Al final será también para nosotros un remanso de paz porque nos sentiremos más llenos de Dios.

domingo, 24 de agosto de 2025

Cantidades o calidades, autenticidad o vanidad, remiendos o vestidura nueva, exigencia de radicalidad o quedarnos adormilados, con El o contra El

 


Cantidades o calidades, autenticidad o vanidad, remiendos o vestidura nueva, exigencia de radicalidad o quedarnos adormilados, con El o contra El

Isaías 66, 18-21; Salmo 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13; Lucas 13, 22-30

Seguramente que lo hemos escuchado, quizás también empleado, no sé si como una disculpa por no lograr lo que pretendíamos, el escaso eco que pueden tener nuestras palabras, pero fácilmente decimos aquello de que más vale la calidad que la cantidad. ¿Nos escudamos en eso para justificarnos de nuestro poco celo o nuestro deficiente esfuerzo para conseguir unos frutos? Pero es cierto que nos agrada mucho cuando vemos cantidades, nos entusiasmamos ante una multitud que responde a una convocatoria, sea de lo que sea, y nos sentimos frustrados cuando son pocos los que responden. ¿A qué tendríamos que darle verdadera importancia?

No podemos dejar de reconocer que nos gustaría ver las iglesias llenas como en otros tiempos, la multitudinaria asistencia de toda la gente a la convocatoria de nuestros actos religiosos o de piedad popular, nos lamentamos de tantos vacíos y tantas ausencias y nos hacemos preguntas de a donde vamos a llegar. ¿Es malo que tengamos esa preocupación y esa inquietud? ¿Debemos de dejar de hacernos preguntas de a donde vamos a parar por el camino que llevamos? Ahí están también la carencia de vocaciones, los seminarios vacíos, las casas de religiosos o religiosas que se cierran por falta de consagrados. A mi se me plantean tengo que reconocerlo continuamente estos interrogantes.

Pero no estoy tirando piedras sobre mi propio tejado al hacer comparación de todo esto que vengo diciendo con lo que hoy nos plantea el evangelio. Jesús, en su subida a Jerusalén, va pasando por distintos pueblos y como siempre va anunciando la buena nueva; hay gentes que se entusiasman por seguirle, como habrá otros que desde la orilla, por decirlo de alguna manera, lo ven o lo dejan pasar. Pero entre las inquietudes que van apareciendo en muchos corazones está la pregunta eje de este evangelio de hoy, Ante todo lo que va planteando Jesús, ante el anuncio que está haciendo, habrá gente a la que le inquieta la respuesta que han de dar. ¿Serán muchos los que creen y siguen a Jesús?

Pero la pregunta que realmente le plantean va más allá. Al final, ‘¿serán muchos o serán pocos los que se salven?’ En alguna ocasión, en la sinagoga de Cafarnaún algunos dirán que es dura la doctrina que plantea Jesús, y dice el evangelista, que ya no quisieron seguir con Jesús. De ahí la pregunta que Jesús le hacia a los mismos discípulos más cercanos, ‘¿tambien vosotros queréis marcharos?’

Pero Jesús no responde con números. Recordemos como los mismos evangelistas y los autores sagrados se regodean cuando pueden hablar de multitudes que siguen a Jesús, de los cinco mil hombres allá en el descampado cuando la multiplicación de los panes, de las multitudes que se convertían ante la predicación de Pedro y los apóstoles en aquellos primeros momentos del comienzo de la Iglesia. Siempre nos interesan los números, queremos multitudes. Pero Jesús a eso no responde.

Jesús lo que nos pide es autenticidad, que Jesús no quiere que andemos nadando entre dos aguas, que nos contentemos con los remiendos, lo que nos pide es un paño nuevo, unos odres nuevos y auténticos para que no haya rotos, para que no se desperdicie el vino nuevo que se nos ofrece.

Hoy nos hablará de puerta estrecha, pero que no significa que todo sea dificultades para entender o para vivir los valores del Reino de Dios. Lo que Jesús nos está señalando que el camino pasa por El, porque El es la Vida y la Verdad; ya en otro momento nos dirá que es la puerta, porque la única que se puede entrar al redil, por la única que podrán entrar los que son dueños del rebaño, que no es la que buscarán los salteadores, la única por la que las ovejas entrarán en el redil.

No hay otra. Estamos con El o estamos contra El, por lo que será también para nosotros un signo de contradicción, un interrogante para nuestra vida que no nos deja dormidos y apelmazados. Tenemos que estar despiertos, tenemos que mantener nuestra luz encendida y para eso tenemos que cuidar que no nos falte el necesario aceite que alimente esas lámparas. Es el planteamiento serio de autenticidad que nos está haciendo Jesús.

Y bien tendríamos que escucharlo frente a todas las fantochadas en que nos envolvemos en la vida, disfraces o caretas para nuestros disimulos, o vanidades de las que nos revestimos para aparentar lo que no somos. Es serio y radical el planteamiento que nos está haciendo Jesús.

Es lo que tenemos que buscar para nosotros mismos como para nuestra iglesia, es lo que en verdad tiene que resplandecer en la vida de los cristianos porque por ahí anda la verdadera calidad de nuestra vida.

sábado, 23 de agosto de 2025

En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

 


En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

Rut 2,1-3.8-11; 4, 13-17; Salmo 127; Mateo 23,1-12

La vanidad es una tentación que a todos nos ronda de una manera o de otra. Cuando decimos vanidad quizás lo primero que se nos venga a la cabeza es pensar en esas personas presumidas, llenas de alhajas y adornos, con vestimentas aparatosas y que llaman la atención, y que quieren una nota y apariencia muy especial que de alguna manera acapare la atención de los demás. Pero eso es quizás un signo externo, que puede denotar muchas cosas, pero la vanidad es algo mucho más hondo y expresado con mucha sutileza.

Es apariencia, sí, pero donde nos manifestemos con signos de poder; es querer presentarnos mucho más allá de lo que somos y nos vamos revistiendo, en este caso no solo de unas vestiduras o unos perfumes, sino de una sensación de grandeza y de poder aparentando lo que realmente no somos. Quizás las deficiencias que en lo secreto notamos dentro de nosotros mismos tratamos de ocultarlas tras esa apariencia vanidosa; no nos exigimos a nosotros mismos en un deseo de superación y crecimiento interior, pero sí nos volvemos exigentes con los que están a nuestro lado, porque en el fondo queremos manipular sus vidas.

¿Somos realmente en nuestro interior la fachada que queremos presentar? La pobreza de nuestro interior tratamos de disimularla con esas apariencias de poder y manipuladoras. Nos estamos, incluso, manipulando a nosotros mismos para no presentar lo que realmente somos. Y al final llenamos nuestra vida de falsedad e hipocresía.

Es de lo que Jesús nos previene en el evangelio de hoy; es lo que Jesús denuncia en aquellos dirigentes de la sociedad de entonces - ¿será también una denuncia para nosotros los dirigentes de nuestra sociedad hoy? –; es en lo que no quiere Jesús que caigamos simplemente porque nos dejemos arrastrar por lo que podría parecer tan natural, porque como decimos quizás todo el mundo lo hace.

Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen...’ nos dice Jesús. Y habla de las filacterias y de las orlas de los mantos bien aparatosas, y habla de esa vanagloria que se buscan de si mismos haciendo que la gente se entere de aquello que hacen, aunque solo sea por apariencia; y nos dice que no nos dejemos llamar maestro ni estemos pendientes de los títulos, porque lo realmente importante es lo que hagamos, no lo que digamos; y nos habla de bajarnos de nuestros pedestales, de buscar reconocimientos, de querer buscar lugares de honor donde todo el mundo nos vea.

El camino que hemos de seguir es el de la humildad, reconociendo nuestra pobreza pero siendo también conscientes de que aquello que hemos recibido no es solo para nosotros; los dones de los que estamos dotados desde nuestras cualidades y valores estarán siempre en función del servicio a los demás. Que tenemos que enseñar, enseñemos, que tenemos abrir caminos para otros, pongamos al frente de esa tarea pero solamente como el que quiere ayudar a los demás. Por eso nos dice que tenemos que ser servidores, que no nos importe ser los últimos si con ello estamos ayudando a caminar a quien no puede o no saber hacerlo.

‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’, termina diciéndonos Jesús. Nos cuesta como les costaba entenderlo a los discípulos; ya muchas veces los veremos discutiendo por los caminos sobre quien iba a ser el más importante. Pero entre nosotros no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Cuánto cuesta bajarnos del pedestal, cuánto cuesta reconocer que otro lo puede hacer mejor, cuanto cuesta aceptar lo que lo demás puedan ofertar porque parece que lo único que vale es lo nuestro, cuanto cuesta dar razón al que no piensa como nosotros.

Es en otra órbita en la que hemos de entrar. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos anuncia e instaura.

 

miércoles, 25 de junio de 2025

Tenemos que meditar el evangelio y rumiarlo bien en nuestro corazón, sin miedos, sin suavizantes, sin filtros, con valentía, con apertura del corazón

 


Tenemos que meditar el evangelio y rumiarlo bien en nuestro corazón, sin miedos, sin suavizantes, sin filtros, con valentía, con apertura del corazón

Génesis 15,1-12.17-18; Salmo 104; Mateo 7,15-20

A veces pensamos ¿y de quien nos podemos fiar? Nos sentimos engañados, bonitas apariencias, bonitas palabras, promesas que ya no sabemos a qué más pueden llegar, pero pronto la apariencia se desbarata, la máscara bonita que se han puesto para dar una buena imagen se cae y al final es como una máscara de carnaval tirada por los suelos cuando se acaba la fiesta, las palabras, como se suele decir, se las lleva el tiempo y las promesas con engodo para engatusarnos que al final resulta venenoso. Lo estamos viendo demasiado en nuestra sociedad y parece que se acaban las ilusiones, porque ya nos cuesta creer en alguien.

Puede parecer un cuadro demasiado trágico y triste el que estoy presentando pero por una parte no hago sino reflejar mucho de lo que estamos viendo en la vida social, en la política, en las relaciones entre unos y otros muy llenas de vanidad y en consecuencia de demasiadas apariencias y caretas. Y es que además nos podemos ver envueltos en esa turbina y terminar nosotros viviendo también de las apariencias y perdiendo autenticidad en nuestra vida.

Nuestras palabras y nuestras obras han de estar en la misma sintonía. Eso que llamamos congruencia, eso que nos tiene que manifestar auténticos, tal como somos, quizás también con nuestros fallos, pero con la aceptación de nuestros errores, con nuestros deseos de superarnos aunque nos cueste, con nuestras ganas de querer seguir avanzando y subiendo esos peldaños que nos llevan a ser mejores y a contribuir también a que nuestro mundo sea mejor.

Jesús nos previene por una parte para que no nos dejemos embaucar, pero también para que trabajemos por esa autenticidad de nuestra vida. Y es que en nuestros ámbitos, llamémoslos religiosos, también podemos encontrar esas tentaciones, o esos cantos de sirena que quieren atraernos, como nos dice Jesús esos falsos profetas que no nos trasmitirán con autenticidad la Palabra de Dios.

Ovejas con piel de lobos, los llama Jesús. Muchos predicadores en todos los ámbitos o que de rigurosos se ponen catastrofistas, lo que está muy lejos del sentido del evangelio que siempre es un anuncio de alegría y de esperanza, o vienen con la suavidad de dulces palabras que nada nos dicen o que nos confunden, personas que no son constructivas con lo que nos dicen sino que sintiéndose furibundos profetas todo lo quieren destruir para comenzar algo nuevo a su imagen. Pero también podemos encontrarnos los que no se acercan con radicalidad y apertura de corazón a la palabra y solo nos ofrecerán o cosas bonitas, o cosas repetidas tantas veces como de memoria como una cantinela que ya no nos dicen nada. De todo nos podemos encontrar.

¡Qué difícil es muchas veces ser fieles de verdad a la Palabra de Dios! Algunas veces parece que le tenemos miedo, o que aquello que vamos a escuchar o tengamos que decir nos compromete y nos exige algo nuevo en nosotros que no estamos dispuestos a dar. Tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu del Señor, es quien nos lo revelará todo, es quien va a conducirnos de verdad por esos caminos nuevos del Reino de Dios; es quien inspira de verdad nuestra vida, pero tenemos que dejarnos conducir por El.

Recuerdo de nuevo íntegro el texto del evangelio que hoy se nos ha ofrecido. Tenemos que meditarlo y rumiarlo bien en nuestro corazón, sin miedos, sin suavizantes, sin filtros, con valentía, con apertura del corazón. ‘Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis’.

Y nosotros, ¿qué fruto es el que estamos manifestando?

 

viernes, 13 de junio de 2025

Busquemos la autenticidad, mostrémonos como somos y no adornados de apariencias, aunque el tesoro esté en vasijas de barro la fuerza nos viene del Señor

 


Busquemos la autenticidad, mostrémonos como somos y no adornados de apariencias, aunque el tesoro esté en vasijas de barro la fuerza nos viene del Señor

2Corintios 4, 7-15; Salmo 115; Mateo 5, 27-32

Más de una vez habremos escuchado o nos lo hemos reflexionado por nosotros mismos que lo importante no es parecer sino ser. Si le damos importancia a lo de parecer lo de menos es lo que nosotros seamos porque estaremos haciéndonos como un disfraz para aparentar lo que no se es. Esto está muy relacionado con lo de la hipocresía; sabemos que esta palabra proviene de la forma del teatro griego que en las representaciones utilizaban una máscara para representar al personaje que correspondiera. Así andamos muchas veces por la vida bien por un lado juzgando a la gente por las apariencias que muchas veces puede ser también algo subjetivo nuestro porque según lo que pensamos es también lo que imaginamos de aquella persona, pero también es cuando nosotros nos disfrazamos con esas apariencias porque queremos dejar traslucir todo lo que llevamos dentro. Aquí tendríamos que hablar de la autenticidad en la vida.

Es lo que Jesús quiere enseñarnos en el evangelio. Que cuidemos nuestro interior, porque además por mucho esfuerzo que hagamos por aparentar, al final se nos saldrá de forma espontánea lo que llevamos dentro. Es necesario que nos manifestemos en todas las cosas con toda rectitud, y por supuesto las obras que realicemos sean buenas, pero cuidemos nuestro interior, cuidemos nuestros pensamientos, cuidemos esos juicios que podemos hacernos de los demás, cuidemos de las malas intenciones que a la callada llevamos dentro y que en un momento determinado se desbordarán.

Habla Jesús de forma concreta del adulterio, pero que nos dice que lo somos no solo cuando externamente caigamos en esos lazos, sino cuando desde nuestro interior estamos deseando a la mujer de nuestro prójimo. Hoy quizás la gente se ría de nosotros si les hablamos de malos pensamientos y nos ponemos nuestras rebajas diciendo que si consentimos o no consentimos, si llegamos a hacer realidad lo que estamos pensado o solo se queda en los pensamientos. Pues eso es lo que hay que cuidar, en nuestro pensamiento estaremos deseando hacer el mal, aunque luego aparentemente por nuestros respetos humanos o por nuestros miedos no lleguemos a realizarlo, pero la podredumbre la tenemos dentro y nos está corroyendo por dentro.

¿No recordamos lo que nos dice Jesús en otro momento de que lo que nos hace impuros no es lo que entra por la boca sino lo que sale de nuestro corazón, porque de ahí salen los malos propósitos y deseos, de ahí salen nuestros orgullos o nuestras violencias incontroladas, desde ahí buscamos esa vanidad de la vida y esas apariencias?

Por eso ese mal deseo es el que tenemos que arrancar de cuajo, desde la raíz. Jesús nos dice que si tu ojo te hace pecar, sácatelo, o si tu mano te hace caer, córtala, que más vale entrar ciego o manco en el reino de los cielos que con todo quedarnos fuera. Esas miradas nuestras tantas veces llenas de maldad, esas miradas que traslucen la envidia que llevamos en el corazón, esas miradas nuestras que parece que están desconsoladas por los oros que brillan, por las riquezas y la posesión de las cosas que nos hace ambiciosos, esas miradas turbias para desconfiar, para querer ver siempre el lado oscuro de las personas, o nos hacen sospechar de todo y de todos, esa mirada que enturbia el corazón y nos hace perder la paz y la serenidad de la vida; no hacemos pero estamos dispuestos a hacer lo que sea por aquello que ambicionamos. Así podríamos seguir pensamos en muchas más cosas que como decíamos nos enturbian el corazón, y eso turbio que llevamos dentro un día va a rebosar de nosotros y todo lo manchará a su paso.

Busquemos esa rectitud de nuestra vida, esa pureza del corazón, esos buenos deseos que buscan siempre lo bueno, esas miradas luminosas que llenan de luz la vida. Habrá autenticidad en la vida a pesar de lo débiles que podamos ser y los tropiezos en los que podamos caer. Nos decía san Pablo que llevamos un tesoro en vasijas de barro, pero la fuerza nos viene de Dios.

martes, 21 de enero de 2025

Dejémonos de superficialidades y apariencias, busquemos el sentido de las cosas, lo que en verdad valore a las personas, siempre lo que busca la mayor dignidad

 


Dejémonos de superficialidades y apariencias, busquemos el sentido de las cosas, lo que en verdad valore a las personas, siempre lo que busca la mayor dignidad

Hebreos 6,10-20; Salmo 110; Marcos 2,23-28

Caminando uno por esos mundos de Dios, como solemos decir, nos encontramos con cosas sorprendentes que al final no terminamos de entender por qué se hicieron así o cual sería en verdad su motivación. Podría uno pensar en muchas cosas, pero en este caso pienso en una ciudad que quien nos guiaba nos señalaba una fachada de un edificio y nos decía que tras aquellas paredes monumentales de su frente no había posibilidad alguna de hacer ningún tipo de vivienda por lo poco que tenia de profundidad; no había ningún tipo de vivienda ni nada que pudiera tener alguna utilidad, todo se quedaba en fachada.

Me hace pensar en si algo así nos pueda suceder a nosotros con nuestra vida, incluso con algunas cosas que regulamos para nuestra vida social; todo fachada, pero nada en el interior, todo apariencia pero nada de profundidad en la vida; todo normas y preceptos para decir que tenemos bonitas leyes, pero nada que en verdad esté en servicio del hombre, en servicio de la persona. ¿Hacemos las cosas solo para que sean bonitas? Tenemos sí que cultivar la belleza, pero la belleza será mayor cuando lo que buscamos es el bien de la persona, de toda persona y en nada queremos perjudicar a nadie. Quizás muchas veces estamos buscando tanta perfección de las cosas en si mismas, que nos olvidamos de las personas que tendrían que ser las beneficiadas de aquello que hacemos.

El pueblo de Israel se preciaba de tener las mejores y más sabias leyes de todos los pueblos. Así se manifiestan incluso los textos de la Escritura sagrada; era el orgullo de aquel pueblo el pensar en la sabiduría de sus leyes, porque en su fe sentían que habían sido dictadas por Dios a Moisés. Pero queriendo perfeccionarlas tanto la habían llenado de preceptos y de normas cuyo cumplimiento algunas veces se podía convertir en un suplicio cuando lo hacían con radicalidad.

Contados estaban hasta los pasos que podían dar el sábado para poder dar cumplimiento perfecto al descanso sabático. ¿Qué sentido tenía en su origen aquel precepto sabático del descanso? Primordialmente era el tener tiempo para el culto a Dios, pero al mismo tiempo, y no era de menor importancia, el lograr el descanso de las personas de sus trabajos, para que no cayeran en una esclavitud de ese mismo trabajo. Pero lo habían convertido todo en un precepto religioso tan radical que ya no importaba la persona para su descanso o para su relación con Dios sino era el cumplimiento en si mismo midiendo hasta lo más mínimo lo que pudieran o no pudieran hacer.

De ahí nace la cuestión que le plantean a Jesús los fariseos cuando ven que los discípulos de Jesús mientras van atravesando los sembrados cogen algunas espigas, para abrirse paso o también para echarse a la boca unos granos que mitigase la fatiga del caminar. ¿Era aquello un recolección de la cosecha, un segar aquellos trigales y en consecuencia un trabajo? Seguro que veremos con buenos ojos que tratasen de mitigar su cansancio o incluso sus ganas de echarse algo a la boca mientras iban de camino, porque lo importante eran aquellas personas con su fatiga y su caminar. ¿Había simplemente que cumplir la ley por cumplirla? ¿No sería eso una fachada sin contenido de profundidad detrás?

No podemos hacer las cosas simplemente porque queden bonitas o por quedar nosotros bien con lo que hacemos. Este pueblo, les decía el profeta y les recordaba Jesús, me honra con los labios pero su corazón está bien lejos de mí. Es lo que nos sucede cuando nos quedamos en la fachada, cuando nos puede por encima de todo la vanidad, cuando hacemos las cosas simplemente por cumplir, cuando no le hemos dado verdadera profundidad a nuestra vida.

Busquemos el sentido de las cosas, busquemos lo que en verdad valore a las personas, busquemos siempre lo que nos hace vivir con mayor dignidad y con mayor plenitud, busquemos lo que nos hace grandes desde el corazón, busquemos lo que da verdadero sentido a nuestra vida y autentico valor a lo que hacemos. El valor no está en unas ganancias, el valor no son unos adornos que se quedan como oropeles, el valor no está en un brillo que pronto se va a desvanecer, el valor no está en lo superficial. Busquemos lo que tiene que ser el verdadero tesoro del corazón. El evangelio nos ayuda a encontrarlo, porque nos ayuda a encontrarnos con las personas; es el mejor camino para finalmente encontrarnos con Dios.

lunes, 26 de agosto de 2024

Un desafío a la autenticidad de nuestra vida y de nuestra fe, a centrarnos en lo verdaderamente importante y con responsabilidad dar ese buen testimonio para los demás

 


Un desafío a la autenticidad de nuestra vida y de nuestra fe, a centrarnos en lo verdaderamente importante y con responsabilidad dar ese buen testimonio para los demás

2Tesalonicenses 1,1-5.11b-12; Salmo 95; Mateo 23,13-22

Los caminos no siempre son llanos y rectos, carecen en ocasiones de buen firme o fácilmente nos encontramos obstáculos que nos lo dificultan; pueden ser los accidentes del propio terreno, pueden ser cosas ocasionados por la propia climatología que lo pueden invadir con escorrentías o quebradas y en ello tenemos que poner nuestro esfuerzo y nuestro ingenio para superar esas dificultades. Pero bien sabemos cómo también pueden aparecer esos obstáculos por el uso que deteriora ese camino, pero también desde quienes quieren hacernos perder el rumbo y unas veces de forma un tanto inconsciente pero otras de forma maliciosa nos pueden entorpecer nuestro tránsito por ese camino.

Claro que como comprenderéis no me quiero referir a esos sendas por las que podemos transitar de un lugar a otro, sino quiero pensar en la vida misma que también es un camino. Un camino que no siempre es fácil, aunque lo quisiéramos placentero, pero desde nosotros mismos por el desorden o descontrol de nuestras propias pasiones, por la forma egoísta con que queremos vivir la vida, por la superficialidad con que vamos haciendo las cosas hará que muchas veces seas dificultoso. Es ahí donde tiene que aparecer la seriedad con que nos tomamos la vida, ese espíritu de superación que siempre tiene que haber en nosotros, esas ganas de avanzar buscando una plenitud de nuestra existencia.

Lo terrible sería que no solo nosotros no alcancemos a recorrer ese camino de la vida de la forma mejor, sino que incluso algunas veces nos podamos convertir en obstáculo para los demás por esa superficialidad con que nosotros hacemos el recorrido, por esos contra testimonios que nosotros podamos ofrecerle a los demás, o por esas desviaciones que nos apartan de esa senda de superación, pero que pueden convertirse en piedra de tropezar para los demás.

Hoy Jesús nos está haciendo recapacitar, pero al mismo tiempo está denunciando las actitudes y posturas de aquellos que teniéndose por dirigentes del pueblo sin embargo viven una vida de vanidad y superficialidad. Son las diatribas de Jesús contra algunos de aquellos grupos de dirigentes sociales y religiosos como puedan ser los fariseos, los escribas y maestros de la ley o hasta los mismos dirigentes religiosos como podían ser los sumos sacerdotes.

Hoy vemos como Jesús denuncia su hipocresía que les hace vivir una vida doble, por un lado mucha apariencia y vanidad, pero por otra superficialidad para olvidar lo que verdaderamente tiene que ser importante. Hipócritas, los llama recordando aquella máscara que se ponían los actores en el teatro para representar un personaje que realmente ellos no eran. Con la máscara nos cubrimos con una apariencia y es la vanidad con que vivimos la vida tantas veces.

Pero cuando hoy nosotros leemos este pasaje del evangelio que para nosotros tiene que ser buena noticia, no nos podemos contentar en considerar la hipocresía de aquellos fariseos y maestros de la ley en aquellos tiempos; esas palabras tienen que ser un espejo en el que nos miremos nosotros por si acaso realmente nosotros nos podamos ver reflejados en ellas.

La palabra de Dios nos interroga por dentro, nos tiene que llevar a hacernos también muchas preguntas a nosotros mismos por si acaso nosotros no seamos también esa piedra de tropiezo en el camino de los demás. Este pasaje es un desafío para nosotros, para la autenticidad de nuestra vida y de nuestra fe, para que nos centremos en lo que verdaderamente importa y para que seamos responsables y lleguemos a dar ese buen testimonio para los demás.

Ya en otro momento nos pedirá que seamos luz y que seamos sal para nuestro mundo y nuestra tierra, pero no podemos dar una luz que no tenemos, no podemos contagiar un sabor del que nosotros carecemos, lo que tiene que llevarnos a una autenticidad de nuestra vida no desde las apariencias sino desde nuestra responsabilidad pero también desde la ternura y la misericordia con la que inundemos nuestro corazón.

miércoles, 10 de julio de 2024

Parece que predicamos muchos pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio

 


Parece que predicamos muchos pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

¿Qué significa tener poder? La pregunta podría tener diferentes y variadas respuestas según lo que sean las apetencias y los deseos de cada uno. Queremos ser poderosos, no lo ocultemos – bueno algunos no lo ocultan sino que de muchas maneras manifiestan sus deseos de poder – pero para algunos sentirse poderoso será poder disponer de todo lo que apetece, no carecer de nada, y mostrar así su grandeza delante de los demás; tener poder puede significar tener autoridad, lo que significa mandar, disponer no ya sólo de cosas sino incluso de la vida o de la manera de vida de los demás, porque desde mi poder haré y manipularé lo que sea necesario para que se haga lo que yo quiera y como yo lo quiero; poder entonces puede ser dominio que exige sumisión en los demás porque yo soy el que mando y el que digo como tienen que ser las cosas… así podríamos seguir desgranando esas muchas maneras con las que yo me manifestaría poderoso, por encima de los demás, en actitud y postura de dominio.

¿Será ese nuestro estilo y lo que tiene que ser el sentido de nuestra vida? Ya les dirá Jesús en algún momento en que los discípulos andan discutiendo por detrás de Jesús quién será más poderoso, quien va a ocupar los puestos de dominio, que entre ellos no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Es un camino distinto por el que debemos transitar.

Hoy el evangelio nos habla sin embargo de que Jesús dio poder y autoridad a aquellos que había escogido como apóstoles. ¿Cuál es el sentido de ese poder y de esa autoridad? No les dice jesus que les da poder para que vayan mandando sobre los demás, sino para que puedan ir liberando de todo lo que signifique mal entre aquellos a los que Jesús envía a anunciar la buena noticia del Reino de Dios. No nos confundamos con las palabras.

Claramente nos trasmite el evangelio lo que fueron las palabras y la intención de Jesús.  ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia…’ Expulsar los espíritus inmundos y curar todo lo que signifique sufrimiento. No es dominio, no es estar en primer lugar, no es mostrar grandezas a la manera de los poderosos de este mundo que se rodean de personas que les sirvan, es arremangarse para ponerse a curar y a sanar. No es vestirse ropas lujosas que manifiesten poder y grandeza, sino quitarse el manto y ceñirse bien ceñido para coger una jofaina y ponerse a lavar los pies a los demás, como lo hizo en la cena pascual, donde incluso dirá que lo llaman Maestro y Señor y en verdad lo es. ¿Cómo? En el ejemplo del servicio.

No sé, aquí me quedo pensando en mi vida, en mis actitudes y en mis posturas, en mi manera de hacer las cosas y de trabajar con los demás. ¿Estaré yo ciñéndome bien para estar disponible para el trabajo y para el servicio? Incluso cuando voy haciendo el bien muchas veces llevamos dentro de nosotros esos pensamientos y sueños por los que me siento grande porque quizás estoy haciendo cosas buenas.

Me quedo pensando en muchos tramos de mi vida en las que quizás he perdido el tiempo porque ese orgullo que llevamos dentro ha echado a perder muchas cosas buenas que aparentemente estaba haciendo pero que las malograba desde mi interior por mis orgullos y mis sueños.

Me quedo pensando en la Iglesia ¿qué imagen estaremos dando? ¿No habrá demasiados oropeles, no habrá demasiadas vestimentas lujosas, no habrá demasiados signos de grandeza y de poder en lugar de ceñirnos bien para ir a lavar los pies a la humanidad sufriente que nos rodea y que no sea solo por apariencia y espectáculo? Parece que predicamos mucho pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio. Tendríamos que leer muchas veces más este texto que hoy se nos ofrece.


sábado, 15 de junio de 2024

Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, hagamos brillar la lealtad

 


Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, hagamos brillar la lealtad

1 Reyes 19, 19-21; Salmo 15; Mateo 5, 33-37

¿Por qué nos costará tanto en el mundo en que vivimos creer en la palabra de los demás? Será quizás porque ya voy siendo mayor que recuerde aquellos tiempos en que no eran necesario ni papeles ni contratos para llegar a un acuerdo entre las personas incluso hasta en la compra de terrenos; bastaba la palabra dada, y como se solía decir entonces, aquella palabra iba a Misa. La garantía era la palabra, la honradez, la rectitud. Ahora demasiado vivimos en un mundo de desconfianzas; oímos tantas cosas que luego no se cumplen, escuchamos tantas promesas que no llegan a nada; se está creando un mundo de fantasía y de mentira, no hay sinceridad.

Es doloroso que tengamos que vivir así. Vivimos tras las apariencias, y porque sabemos que hay un velo de apariencia que todo lo tapa, desconfiamos. Necesitamos aprender a vivir en sinceridad y en rectitud. Quien obra rectamente actuará con sinceridad, no tiene nada que oculta, nada de lo que avergonzarse. Es cierto que podemos equivocarnos, cometemos errores, pero sin con sinceridad vamos por la vida, no tenemos que avergonzarnos sino aprender de esos errores reconociendo nuestra debilidad, nuestra posibilidad de errar, y creo que quien se presenta así con sinceridad delante de los demás, también con sus errores, será más apreciado y valorado.

Tenemos que saber apreciar la valentía de quien sabe levantarse, quien tiene valor para decir que se ha equivocado y pide disculpas, quien es capaz de recomenzar de nuevo para tratar de hacer las cosas bien; ahí está la verdadera rectitud, no en las apariencias, no en la ocultación.

Hoy Jesús en el evangelio nos está enseñando a actuar con esa rectitud y con esa sinceridad tan necesaria en la vida. ‘Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no’. Es la forma de actuar rectamente. Jesús sale al paso con esta enseñanza al tema de los juramentos. Jurar es poner una garantía, es poner a algo o alguien como testigo de la verdad de aquello que decimos o del compromiso serio y cierto de cumplir aquello a lo que nos comprometemos. El juramento, por así decirlo, más sublime es poner a Dios por testigo de la verdad que decimos o prometemos. Es algo serio, algo grandioso, pero con lo que no podemos jugar. Por eso nos dice Jesús que vaya por delante nuestro si o nuestro no, que no es suficiente más.

Por eso en nuestra ética más fundamental sabemos que no hemos de jurar sin necesidad. Y no hay necesidad si estamos acostumbrados, como se suele decir, a ir siempre con la verdad por delante, a hablar y actuar siempre con sinceridad, a actuar siempre con rectitud alejando de nosotros toda falsedad o toda apariencia, sea lo que sea lo que hagamos. Por eso a la persona que actúa siempre con rectitud no es necesario pedirle el juramento. Basta la palabra, que está avalada con la verdad de su vida.

Peor es cuando en el juramento no hay ni verdad ni sinceridad en nuestro compromiso. Pecado grande contra Dios es ponerle por testigo de algo que no es verdad, de algo falso, de algo en lo que no queremos actuar con sinceridad. Por eso en nuestra ética está como condición para un juramento necesario y auténtico el hacerlo con justicia, hacerlo con verdad.

Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, aunque tenga también sus limitaciones; esa sinceridad será lo que nos hará grandes a pesar de nuestra pequeñez. Es la lealtad con que hemos de aparecer siempre en la vida. Nos ganaremos el respeto y la confianza, sabremos colaborar mejor los unos con los otros, estaremos haciendo un mundo mejor desde la verdad.


viernes, 14 de junio de 2024

La autenticidad y la rectitud que nos plantea Jesús en el evangelio es algo hermoso y gratificante, nos lleva al mayor gozo y nos hace caminar por caminos de verdadera felicidad

 


La autenticidad y la rectitud que nos plantea Jesús en el evangelio es algo hermoso y gratificante, nos lleva al mayor gozo y nos hace caminar por caminos de verdadera felicidad

1 Reyes 19, 9a. 11-16; Salmo 26; Mateo 5, 27-32

Hay gente a la que le gusta improvisar, van siempre al salto de mata, como se suele decir, a lo que salga, y cuando van apareciendo las cosas buscamos una salida o una solución. Es cierto que la vida tiene imprevistos, porque todo no depende de nosotros, vivimos en relación con otras personas que también van actuando en la vida con toda su libertad y en un momento determinado tendremos que reaccionar a algo que haya hecho otra persona; vivimos en medio de la naturaleza y aunque la naturaleza tiene su propio orden, sus propias leyes podríamos decir, sin embargo hay cosas que no esperamos y nos obligarán en momentos determinados a tomar unas decisiones.

Pero aparte de todo eso que venimos diciendo y que podríamos ampliar en más ejemplos, sin embargo cada uno ha de tener, por así decirlo, su plan de vida, su hoja de ruta. Desde nuestros principios, desde nuestros valores vamos a vivir esa vida, y tenemos que saber lo que queremos, lo que buscamos, lo que nos planteamos, y eso nos obligará a tener una idea, unos objetivos o unas metas, un camino por donde queremos caminar. Como quien va a hacer un recorrido, un camino, una excursión, y tenemos que saber a donde queremos ir, por donde podemos ir, y tener precaución para lo que nos podamos encontrar. ¿Tendremos siempre claro el camino de la vida? ¿Sabremos ciertamente lo que queremos y a donde vamos? Algunos, como decíamos al principio, pueden ir al salto de mata, a lo que salga.

Es lo que Jesús va planteándonos en el evangelio. Como hemos comentado estamos en estos días escuchando el llamado sermón del monte, que se inició con la proclamación de las bienaventuranzas. Ahí nos plantea nuestra meta, porque quiere que nosotros seamos felices en plenitud. Y cuanto afrontamos en la vida nos lo hemos de plantear desde ese ideal y esa meta que nos propone Jesús.

Ahora en los siguientes capítulos, en este como resumen que nos hace el evangelista san Mateo, Jesús va descendiendo a las cosas de cada día, a esos problemas que nos podemos ir encontrando, pero sin olvidar nuestra el ideal y la meta, cuando nos anuncia el Reino de Dios. Ya nos ha dicho que le demos sentido a lo que hacemos, que busquemos en verdad la plenitud de nuestra existencia y que las pautas que El nos da, primero con los mandamientos de Dios que El no viene a abolir y lo que en cada momento nos va señalando vayamos dándole sentido a todo lo que hacemos y vivimos desde la autenticidad más profunda de nuestra vida.

No nos valen apariencias ni meros cumplimientos. ‘Si vuestra justicia no es mayor que la de los fariseos, nos decía ayer, no seremos dignos del Reino de los cielos’. Nos pide la autenticidad del amor. Solo desde esa autenticidad podremos ser plenamente felices como nos ha prometido.

Hoy nos habla de la integridad de nuestras relaciones mutuas pero también de la integridad desde lo más hondo de nosotros mismos. No podemos andar con componendas con el mal. El mal tenemos que arrancarlo de raíz, pero lo arrancamos de raíz cuando desde nuestro pensamiento no hay maldad, cuando actuamos con un corazón limpio que nos lleva a valor y a respetar la dignidad de toda persona. No podemos utilizar a las personas como si fueran juguetes solo para nuestra satisfacción personal, para dejarnos arrastrar por nuestras pasiones.

En toda relación tiene que haber un profundo encuentro con la persona, con el otro, dejándome yo también encontrar. Y cuando actuamos desde esa rectitud de intención no va a ser la pasión lo que nos domine, no va a ser un juguete en nuestras manos, va a ser alguien con quien construimos un mundo de plenitud y de felicidad. Lo otro no tendría sentido porque sería inhumano. Y todo lo que sea inhumano tenemos que arrancarlo de nuestra vida. Como nos dice del ojo que nos hace pecar o de la mano que nos lleva a hacer el mal.

Es hermoso lo que nos plantea Jesús en el evangelio. Es hermoso y gratificante, nos lleva al mayor gozo y nos hace caminar por caminos de verdadera felicidad.