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martes, 26 de mayo de 2026

Desde la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos

 


Desde la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos

1 Pedro 1, 10-16; Salmo 97; Marcos 10, 28-31

Retomamos de nuevo el  tiempo ordinario una vez que hemos terminado el tiempo pascual y aunque ayer lunes de Pentecostés tuvimos una celebración muy especial de la Virgen María, sin embargo entraba ya en el ritmo del tiempo Ordenarlo. Hoy ya con los textos propios recomenzamos de nuevo a rumiar la riqueza de la Palabra de Dios que se nos va ofreciendo cada día.

Esa oportunidad que nos ofrece la Palabra de Dios para alimentar nuestro camino de fe, ir renovando nuestra vida dejándonos interrogar en lo hondo del corazón por los diversos temas que se nos van ofreciendo. Hemos de reconocer que es una riqueza inmensa que tenemos a mano y que va construyendo nuestra vida. Interrogantes a nuestra conciencia, nuevos planteamientos que nos van abriendo nuevos horizontes, un camino abierto para hacer juntos, compartiendo toda esa riqueza que nos ofrece la Palabra de Dios.

Quizás nos hace ver las mismas tentaciones a las que nos vemos sometidos, porque en la rutina de cada día no siempre sabemos descubrir la sabiduría para la vida que nos ofrece la Palabra de Dios. Pensamos que son exigencias que nos obligan a dar pasos, y por supuesto hemos de estar atentos a lo que nos sorprende la misma Palabra de Dios. Nos parece quizás que todo son exigencias para nuestra vida y es lo que en ocasiones hace que nos sintamos incómodos con lo que nos pide la Palabra de Dios. Pero ¿habremos pensado en lo que nos ofrece?

Claro que cuando descubrirlos ese riqueza de amor Dios para con nosotros que se nos manifiesta de mil maneras y al mismo tiempo nos sentimos como transportados en la santidad con que Dios se nos manifiesta, necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos, como nos dice hoy san Pedro en su carta. ‘Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo’. Es la consecuencia del amor y de la santidad de Dios.

Pero como de alguna manera hemos dicho ya en nosotros puede estar la queda por lo que hacemos y por lo que nos parece que es poco lo que recibimos. Es el planteamiento que le hace Pedro a Jesús. ‘Pedro se puso a decir a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Ante esto a veces nos sentimos avergonzados porque nos parece que somos un poco mezquinos. Pero son los pensamientos humanos que surgen espontáneos en nuestro interior. Y Jesús no se hace sordo a aquella petición de Pedro. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’.

Las palabras son claras pero a veces parece que no sabemos interpretarlas, por el miedo quizás que llevamos dentro de aparecer interesados. Pero las palabras de Jesús están ahí, y tenemos que mirar nuestra vida, tenemos que mirar lo que tenemos a nuestro alrededor, tenemos que comenzar a hacer esa lista interminable de lo que cada día recibimos del Señor, de esa satisfacción interior que sentimos cuando hacemos el bien, cuando sembramos una buena semilla, esa alegría que llevamos en el corazón por lo que estamos haciendo, de las personas de nuestro entorno que nos quieren y nos aprecian, de los que en nuestras comunidades cantan con nosotros las alabanzas del Señor. ¿No estaremos recibiendo el ciento por uno?

domingo, 31 de agosto de 2025

Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir, no andamos en la carrera de un concurso de méritos

 


Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir, no andamos en la carrera de un concurso de méritos

Eclesiástico 3, 17-20. 28-29; Salmo 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14

¿Un concurso de méritos? ¿Será en eso lo que hemos convertido nuestra vida? Es cierto que tenemos que aspirar a ser el mejor y que seguramente cuando busquemos un colaborador para nuestros proyectos busquemos siempre lo mejor. Los buenos valores tenemos que saber utilizarlos, quien tiene las mejores cualidades ha de saber desarrollarlas. Claro que seguramente tenemos que preguntarnos qué entendemos por ser el mejor, cuáles son esos valores tan valiosos – y valga la redundancia – o las mejores cualidades de la persona.

El evangelio de hoy y toda la Palabra de Dios proclamada nos da pautas que tenemos que saber entender. La ocasión de las palabras de Jesús ha venido desde los codazos que El contempla que se dan los invitados por conseguir los mejores puestos, o los puestos de honor en aquel banquete al que han sido invitados. Y nos habla de humildad, no como una táctica para obtener posteriores reconocimientos sino como un sentido de vida en la verdad y en la autenticidad. ¿Será por ahí por donde nos chirríen nuestros engranajes y nuestras maneras de entender la vida?

La humildad es una actitud interior, no es mera apariencia, no es ocultar nuestra realidad ni nuestros valores, es reconocimiento de sentirnos amados aunque nos parezca que somos pequeños, es un constatar el regalo que hemos recibido simplemente porque somos amados. ¿No reconocía María que en la pequeñez de una esclava Dios había realizado obras grandes? Humildad que tampoco es pasividad ni conformismo; humildad que nos hace fuertes para ser generosos y nos dará una nueva lucidez a nuestra vida para saber valorar a los demás, sean quienes sean, o tengan lo que tengan. Quien es humilde tampoco necesita de la aprobación de nadie para hacer lo que él considera que debe hacer. Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir.

Igualmente nos dice que actuemos con humildad y generosidad no para ir consiguiendo réditos y méritos. Nuestra generosidad no puede terminar en arrogancia porque ya le quitaríamos su valor. Simplemente nos damos porque nos sentimos amados y con ese mismo amor nosotros queremos amar. Nos corresponderán o no nos corresponderán, pero nosotros seguimos amando, seguimos siendo generosos porque la satisfacción nos la dará el que por nosotros mismos seamos capaces de amar. Ojalá siempre sepamos gozarnos en nuestro interior por el bien que hacemos o por los caminos de crecimiento interior que logramos para los demás. Y es que el amor nunca es interesado, el amor peca siempre de generosidad y nunca se sentirá culpable de amar.

Hoy Jesús les dice a los invitados que no anden así con esos raquitismos de andar peleándose por esos honores mundanos. ¿Será ocupar un puesto de honor en la vida y recibir reconocimientos o serán también esas actitudes y posturas que de alguna manera tratamos de disimular para escoger con lupa a aquellos con quienes nos juntamos? ¿No nos sucede muchas veces que no queremos que nos vean con determinadas personas o con ciertos sectores de la sociedad para que, decimos, la gente no se confunda al vernos y piensen que todos somos de la misma calaña? Ya procuramos hacerlo con mucha sutileza pero de alguna manera son costumbres demasiado arraigadas en nosotros.

Jesus hoy aparece rompiendo moldes, tanto por lo que le dice a los invitados como por lo que le dice también al que realiza la invitación. No invites, les viene a decir Jesús, a quienes pueden ofrecerte una compensación por tu invitación invitándote ellos también a ti. Invita, les dice, a los que no pueden corresponder con una invitación, a los pobres, a los lisiados, a los que nada tienen, a los que incluso no te darán las gracias, porque eso sucede también muchas veces.

Son los caminos de la gratuidad que muchas veces no entiende el mundo que nos rodea, porque siempre parece que todo se hace por interés, todo lo que hacemos ha de tener una ganancia o sacar unos beneficios. Y cuidado que puede ser una tentación en la que fácilmente caigamos en aquellas cosas buenas que queremos hacer por los demás. Algunas veces pudiera parecer que vamos acumulando puntos porque en el Reino de los Cielos vamos a presentar la cartilla para ver qué mejor lugar podemos ocupar. Hasta en las cosas espirituales podemos ser interesados.

Nuestro premio es el Señor y teniéndolo a El, qué más da el lugar o la altura del pedestal, porque el gozo es el Señor. No andamos en la carrera de un concurso de méritos.

 

martes, 14 de noviembre de 2023

No busquemos reconocimientos ahora por lo que hacemos, somos servidores que hacemos lo que tenemos que hacer, es el gozo y la sabiduría de vivir el Reino de Dios

 


No busquemos reconocimientos ahora por lo que hacemos, somos servidores que hacemos lo que tenemos que hacer, es el gozo y la sabiduría de vivir el Reino de Dios

Sabiduría 2,23-3,9; Sal 33; Lucas 17,7-10

Nos creemos merecedores de todo; por la más mínima cosa buena que realicemos pronto estamos esperando reconocimientos. ¡Qué ingrata es la gente!, nos decimos, porque no nos echan incienso, porque no nos dan las gracias, porque no pregonan a bombo y platillo las cosas tan buenas que nosotros hacemos. ¡Qué autosuficientes somos en muchas ocasiones! Hasta nos creemos que si nosotros no lo hacemos, no habrá nadie que lo haga, y nos creemos insustituibles.

Podemos pensar que estoy exagerando un poco, quizás haya que poner las cosas así de una forma espectacular, pero para que recapacitemos y nos demos cuenta que algo de eso hay en nuestro interior. Bueno, gente humilde y generosa la hay y mucha, que no busca aplausos, que hace las cosas calladamente, que es fiel aquello que nos dirá Jesús en el evangelio que no sepa tu mano izquierda lo que haces con la derecha; pero, sí tenemos que reconocer que en el fondo buscamos esos reconocimientos y nos sentimos un tanto rato cuando no nos mencionan entre aquellos que hace tantas cosas buenas.

Lo que tendría que llevarnos a pensar, por qué hacemos nosotros las cosas, cuál pudiera ser el motivo oculto que nos guardamos incluso cuando protestamos de nuestra humildad y decimos que no queremos que nadie sepa lo que hacemos; porque decirlo es fácil, pero fáciles pueden ser también esas dobles intenciones que nos guardamos dentro de nosotros mismos.

Y nos pasa en múltiples aspectos de la vida; nos pasa en el trabajo que decimos que nadie nos lo reconoce, nos puede suceder incluso en la familia cuando los llamamos ingratos, nos pasa en el ámbito de la vida social de los convecinos o de los miembros de la comunidad en la que andamos que no reconoce nuestros méritos y nos tienen por un cualquiera, nos puede suceder hasta en el ámbito de la Iglesia donde nos sentimos quizás arrimados a un lado y nuestro orgullo herido.

Hoy Jesús nos da un toque de atención. Nos dice que somos unos servidores y eso es lo que tenemos que hacer. Que nuestra actitud de servicio nos hace estar siempre alerta para ver donde nos necesitan, qué es lo que tenemos que hacer, el mejor servicio que siempre podamos prestar. Nos habla de los sirvientes que trabajan en una casa y cuya misión es tenerlo todo preparado; que el sirviente no se puede sentar a la mesa para que le sirvan, sino que su función es la de prestar esos servicios, que además se convierten en una responsabilidad por la que incluso tenemos que dar cuentas.

No es que andemos en servilismos trasnochados, como tampoco es cuestión de que nos tengamos como insustituibles, pero sí hay algo que tengo que hacer y que nadie hará por mí, y que el bien que yo haga o deje de hacer es responsabilidad que tenemos. Por eso nunca tenemos que buscar las grandezas de tener a los otros a nuestro servicio, sino que nos dirá que nuestra grandeza está en hacernos los últimos y los servidores de todos.

Si el amo, como hoy mismo nos dice, cuando llega de su trabajo, no nos va a decir que nos sentimos a la mesa nosotros que él nos sirve, sin embargo sí tenemos una certeza de algo que nos ha dicho Jesús en otro lugar. Cuando llegue el momento final sí que nos va a decir que vayamos a participar del banquete del Reino que para nosotros tiene preparado desde la creación del mundo, porque allí donde vimos un hambriento lo vimos a El, allí donde dimos de beber un vaso de agua a un sediento a El se lo hicimos, allí donde estaba un enfermo al que fuimos a visitar, a acompañar y a consolar a El se lo estábamos haciendo.

Y nos llamará ‘benditos de su padre’; es la gran bienaventuranza porque con el amor y la misericordia con que caminamos por el mundo vamos a ser recibidos nosotros también en el Reino de los cielos, y aunque muchas veces hayamos sido débiles y hayamos tropezado, para nosotros habrá misericordia y podremos contemplar el rostro de Dios.


jueves, 19 de mayo de 2022

Soy feliz porque amo, ojalá llegamos a esa sublimidad en el amor que no busca premios ni recompensas

 


Soy feliz porque amo, ojalá llegamos a esa sublimidad en el amor que no busca premios ni recompensas

Hechos de los Apóstoles 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

Podríamos decir que entre los parámetros humanos del amor está el que nos sintamos felices porque seamos correspondidos en nuestro amor. Amamos y nos llenamos de alegría, es cierto, cuando al mismo tiempo nos sentimos amados por aquel en quien hemos depositado nuestro amor y todas las muestras señales de ese amor. Es cierto que nos sentimos felices cuando somos amados; y nos llena de satisfacción el ver que a quien amamos nos corresponde.

Pero ¿nos podemos quedar ahí? ¿Habrá algún paso más sublime en el amor? Si no somos correspondidos, ¿seríamos capaces de seguir amando? Creo que es un peldaño más que subimos en nuestro amor que así se hace más sublime, cuando nos sentimos felices simplemente por el hecho de amar, aunque no fuéramos correspondidos. Humanamente es difícil pero en ello se manifiesta toda la sublimidad del amor. Ser capaces de amar así, con un amor gratuito, porque no estamos buscando ninguna recompensa, porque sentimos en nosotros mismos esa satisfacción de lo bueno que hacemos, del amor que regalamos.

Es de ese amor del que nos habla Jesús. Nos habla de un amor tan grande que es capaz de dar la vida por aquel a quien amamos. Es lo que contemplamos en Jesús. Es la sublimidad del amor de Dios. ‘Aunque no hubiera cielo, yo te amara’, era una oración hermosa que algunos aprendimos de chicos, porque el regalo, la felicidad está en el mismo hecho de amar.

Sin embargo aplicamos demasiados parámetros humanos a nuestro amor y al amor que le tenemos a Dios, porque buscamos la recompensa, porque buscamos el premio, y pareciera que todos aquellos gestos de amor que vamos realizando en la vida son puntos y valores que hacen crecer nuestra cuenta para buscar y merecer un premio cada vez más grande.

Muchas hemos andado con esas contabilidades en nuestra vida espiritual, tantos rosarios, tantas limosnas, tantas Misas, tantas visitas al Santísimo, tantos primeros viernes, tantos enfermos que visitamos o atendimos, y así queremos ir haciendo crecer nuestra cuenta, como si fuera la factura de gastos que le vamos a presentar a Dios cuando nos pongamos en su presencia tras la hora de la muerte. Y claro como ya hicimos una buena cantidad de cosas, ahora ya nos podemos relajar un poquito y no hace falta darle tanta intensidad. ¿No tendríamos que reconocer que hay una cierta mezquindad en un amor así que contabiliza lo que ha hecho?

Hoy Jesús nos dice simplemente que permanezcamos en su amor. Y hemos aprendido a permanecer en ese amor desde el amor grande que Dios nos tiene. No es otra cosa que vivir esa unión de amor a semejanza de lo que es el amor de la Trinidad de Dios. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, nos dice Jesús. Y nos lo está diciendo para que aprendamos a disfrutar de la alegría del amor. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.

Es que Jesús nos está hablando de la sublimidad del amor. Un amor siempre gratuito, siempre generoso, siempre universal; un amor que es darse sin medida, que me hace olvidarme de mi mismo, porque lo que importa es que amo, a quien amo. Soy feliz, porque amo, tendríamos que terminar diciendo, no importa nada más. Puede parecer difícil, porque siempre puede aparecer nuestro orgullo y nuestro amor propio, pero cuando aprendemos a hacerlo, será lo más fácil y lo más hermoso del mundo.

miércoles, 18 de agosto de 2021

Siempre hay una hora donde podemos de nuevo comenzar a sembrar porque grande y amplio es el campo que tenemos ante nosotros

 


Siempre hay una hora donde podemos de nuevo comenzar a sembrar porque grande y amplio es el campo que tenemos ante nosotros

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a

¿A dónde voy yo a estas alturas?, pensamos algunas veces.  Bien porque nos parece que se nos ha pasado la hora, y ya llegamos tarde, bien porque pensamos qué es lo que podemos nosotros aportar si ya hay tanta gente que está haciendo cosas. Lo pensamos en referencia a nuestras actividades de la vida social, nuestra relación con los demás, o los compromisos que podríamos adquirir. Lo pensamos porque quizás ya nos creemos mayores y que nuestra hora se ha pasado, y que quizás ya nuestra vida se ha de reducir a ir viviendo sin más pero sin complicarnos demasiado las cosas. Lo pensamos en todo lo que significa el progreso de nuestra propia vida, en los deseos de superación que tendríamos que tener, en las cosas que podríamos mejorar en nosotros mismos o incluso en el desarrollo de valores que podemos tener ocultos ahí en nosotros y nos da pereza hacerlos salir a flote.

Muchas son las cosas que podríamos pensar en este sentido. Mucha puede ser la pasividad con la que vivamos, o quizá las cansancios que han ido apareciendo en la vida desde frustraciones de cosas no logradas, de fracasos en algunos momentos y ya pensamos que a dónde vamos a ir.

Hoy Jesús con su parábola en el evangelio nos da respuesta. Nunca podremos decir que es demasiado tarde, nunca podremos pensar que se nos pasó la hora; nunca nos podemos resignar a decir aquí no hay nada que hacer o yo no puedo aportar nada; nunca cabe la pasividad en la vida de quedarnos simplemente sentados en la plaza sin salir al encuentro de algo nuevo que siempre se nos puede ofrecer; nunca podemos pensar que ya es tarde para comenzar a esta hora; nunca nos podemos dejar envolver por actitudes pasivas ni por el conservadurismo que ya todo está hecho porque otros lo han hecho muy bien y yo nada puedo aportar. Siempre hay un momento para comenzar.

Es el hombre que salió a buscar jornaleros para su vida desde muy de mañana, pero que luego siguió saliendo en distintas horas del día e incluso cuando parecía que ya todo se iba a acabar, y siempre encontró a alguien nuevo que enviar a su viña. Para todos tenía su denario.

Pensamos en la vocación y la llamada que nos hace el Señor que puede ser a cualquier hora del día de nuestra vida, pero tenemos que pensar también en ese campo abierto que tenemos ante nosotros y en el que tenemos tanta semilla que sembrar. Un testimonio, una palabra, un gesto, una mano tendida hacia el otro lo podemos hacer o lo podemos dar en cualquier hora de nuestra vida.

Siempre hay en ti una buena semilla que sembrar, siempre hay la posibilidad de un campo abierto ante tu vida donde puedes realizar tu labor. No podemos andar con cobardías ni mezquindades, no nos podemos quedar en conservadurismos ni pasividades, no podemos ir enterrando talentos sin hacerlo fructificar, no podemos seguir parapetándonos tras nuestras comodidades que muchas veces son cobardías.

Lo hacemos por la gloria de Dios. Eso es lo importante. No nos podemos quedar en nuestros cálculos humanos para sacar nuestros rendimientos. No podemos andar con medidas ni contabilidades de lo que hemos hecho o dejado de hacer. Nuestro premio es el Señor. En sus manos nos ponemos con toda confianza porque ya es un gozo grande poder trabajar en la viña del Señor. Y el Señor sigue confiando en nosotros.

sábado, 25 de mayo de 2019

Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad


Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad

 Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21
Podríamos pensar algunas veces que porque somos creyentes, unas personas piadosas quizá, y queremos vivir con toda fidelidad nuestra vida cristiana y nuestro seguimiento de Jesús, ya todo tendría que salirnos bien, que los problemas tendrían que desaparecer, que a nosotros no nos puede pasar nada malo. Un poquito aquello del orgullo de sentirnos cristianos pero al mismo tiempo la seguridad de que nuestra vida va a discurrir siempre con toda paz y armonía, porque en algo tendría quizá que premiarnos el Señor ya que nosotros queremos ser buenos.
Y claro cuando nos surgen problemas y contradicciones quizá con aquellos que más cercanos están a nosotros y no nos comprenden, nos puede entrar el desaliento y un poco ponernos quizás contra Dios que así nos trata y no escucha nuestras peticiones y las cosas que le ofrecemos cada día.
Para algunos la tentación puede ser tan fuerte que pudiera ponerse en peligro su fe y su confianza en el Señor; casos podemos conocer de gente que por esas circunstancias adversas de la vida todo lo abandona y al final hasta nada quieren saber de religión ni de cristianismo. Claro que eso estaría demostrándonos la debilidad de nuestra fe, y también lo poco que quizá escuchamos la palabra del Señor. ¿Buscamos la vivencia de la fe solo como un remedio o una solución de nuestros males o nuestros problemas?
Pero no nos dice el Señor que por seguirle lo vamos a tener todo solucionado en la vida y no nos aparecerán problemas. Cuántas veces nos habla Jesús de las persecuciones incluso con que nos podremos encontrar. Cuando Pedro un día le dice qué es lo que les espera a ellos que lo han dejado todo por seguirle, Jesús además de decirle que todo aquello que han dejado lo van a ver multiplicado pero quizá en otro sentido, pero también les dice que no les faltarán persecuciones, pero que al final alcanzarán en su fidelidad la vida eterna. Tendemos a ir buscándonos premios por lo que hacemos, y cuanto más pronto nos aparezcan esos premios mejor.
Pero Jesús ya nos advierte que el siervo no es más que su amo, ni el discípulo mayor que su maestro. Y nos dice Jesús que si a El lo persiguieron, también nosotros vamos a encontrar persecuciones en nuestra vida. Nos habla de que el mundo nos odia, como le odiaron a El. Ya el anciano Simeón le anunció a María y a José allá en el templo cuando la presentación que aquel niño iba a ser signo de contradicción. Y ya lo vemos a través del evangelio la gente se va decantando ante El, unos le seguirán, alabarán sus palabras y su mensaje por tanta esperanza que va sembrando en sus corazones, pero otros se pondrán en contra, nunca querrán entender sus palabras y le llevarán hasta la Cruz.
Eso es lo que significa el mensaje de Jesús en medio del mundo, un signo de contradicción. Unos lo entenderán, otros se pondrán en contra. Eso es la Iglesia en medio del mundo, eso tenemos que ser nosotros en medio de los que nos rodean.
No es que busquemos la contradicción porque siempre nuestro mensaje, con nuestras palabras y con el testimonio de nuestra vida, tendría que ser un mensaje de esperanza, un rayo de luz en medio del mundo, pero ya decía el evangelio de san Juan desde el principio que las tinieblas no quisieron recibir la luz, la rechazaron; y es lo que vamos a encontrar nosotros en la medida en que seamos fieles de verdad al mensaje de Jesús.
No entenderán nuestro mensaje, sino que mas bien lo malinterpretarán, querrán hacernos decir cosas que no hemos dicho ni entran en nuestros principios, querrán arrimar siempre el ascua a su sardina, se van a creer en la posesión de la verdad absoluta y se mostrarán siempre enfrentados al mensaje del evangelio aunque muchas veces se haga de una forma muy sutil.
Pero eso nos obliga a ser fieles de verdad al mensaje del evangelio, a no tratar de hacernos rebajas para ganarnos a los otros, porque ese no es el camino. Tampoco tenemos que amoldarnos a los deseos del mundo, y esa es una gran tentación que sufrimos los cristianos y que padece también la Iglesia.
Cuidemos que no nos pongamos a hablar de tantas cosas que le interesan al mundo, y olvidemos el auténtico mensaje del evangelio. Es cierto que tenemos que preocuparnos por los problemas del mundo, pero nunca podemos obviar ni ocultar lo que es el mensaje del evangelio que es el que da verdadera vida al mundo. Hay quien denuncia que nos puede estar pasando eso también en la Iglesia de hoy y olvidemos el mensaje de Jesús. No nos importe ser signo de contradicción porque puede ser signo de nuestra fidelidad.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Apóstoles y evangelizadores corremos la carrera por el premio de la vida eterna

1Cor. 9, 16-19.22-27;
Sal. 83;
Lc. 6, 39-42

‘¡Ay de mi si no anuncio el evangelio!’, dice Pablo. ‘No lo hago por propio gusto, porque eso mismo sería mi paga… sino que me han encargado ese oficio de dar a conocer el Evangelio…’
Este texto de la carta de Pablo a los Corintios nos vale en primer lugar a los que tenemos la misión y el ministerio del apostolado y de la predicación del Evangelio. Nos ayuda a valorar y considerar nuestra misión, nuestra manera de ejercerla, revisando y purificando actitudes y maneras de actuar, y a sentirnos cada vez más comprometidos con el evangelio que tenemos que anunciar. Un texto, digo, que nos ayuda a reflexionar, a meditar y dar gracias a Dios por la misión que nos ha confiado.
Pero es bien válido también para todos los cristianos; para que todos comprendamos y valoremos la misión de los pastores de la Iglesia, siendo al mismo tiempo comprensivos y ayudándoles a mantener esa fidelidad, esa generosidad y esa entrega. Muchas veces podemos ser exigentes con nuestros pastores si hacen o no hacen, si tienen estas actitudes o les faltan aquellos valores, si parecen interesados o están llenos de generosidad y entrega, pero quizá no siempre la comunidad sabe estar al lado de sus pastores apoyándolos, rezando por ellos, animándolos, que también necesitan de ese apoyo o de esa oración.
Pero además de esto que estamos considerando podemos fijarnos también en esas imágenes o ejemplos que nos propone el apóstol en este texto. Emplea la imagen del corredor atlético que para realizar su carrera en el estadio previamente se ha impuesto toda clase de privaciones y sacrificios en su entrenamiento, como nos dice el apóstol, por una corona de laurel, o, podemos decir hoy, por una medalla o trofeo de metal, en fin de cuentas perecedero.
Lo que nos plantea el apóstol es si seremos nosotros capaces de correr de semejante manera la carrera de la fe y de la vida cristiana. No lo haríamos nosotros por una corona perecedera, una corona que se marchita, sino que lo haríamos por el Señor. Nuestro premio es El, poseerle a E, vivir esa vida eterna que El nos ofrece que no es otra cosa que vivirle a El en plenitud.
Cuando le damos esa trascendencia eterna a nuestros actos y a nuestra vida, sí seremos capaces de luchar por superarnos cada día en esa ascensión que tiene que significar nuestra vida cristiana. Un ascender – ascesis lo llamamos - en un camino de perfección, de santidad, venciendo tentaciones, superando defectos y debilidades, purificándonos también a través de nuestras privaciones y sacrificios, creciendo más y más en nuestras virtudes. Hermoso camino que nos lleva a la plenitud de la vida en el Señor.
Finalmente una palabra del evangelio donde Jesús sigue haciéndonos unas recomendaciones sobre esa superación que hemos de hacer en nuestra vida de cada día. ‘¿Cómo puedes decirle a tu hermano: hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’. Somos fáciles en fijarnos en los defectos o fallos de los demás, pero no somos capaces de fijarnos en nosotros mismos. Pues en ese camino de superación hemos de fijarnos mucho en nuestra vida, porque mucho seguramente tenemos que purificar. Además si llevamos nuestros ojos turbios con las vigas de nuestra maldad, con poca claridad, con poco amor podremos ver lo bueno que siempre hay en los demás.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios

1Cor. 4, 1-5;
Sal. 36;
Lc. 5, 33-39

Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios…’ Una referencia a la vida del Apóstol; una referencia a la vida de todo el que tiene que ser apóstol, pastor en medio del pueblo de Dios. Servidores de Cristo. Administradores de los misterios de Dios. Una vida vivida en total fidelidad. ‘Lo que se pide a un administrador es que sea fiel’, continuaba diciéndonos san Pablo.
Una fidelidad que no actúa por miedo a los juicios humanos, que no busca alabanzas ni reconocimientos humanos. Actúa con rectitud y en conciencia. Tiene que ser fiel allá en lo hondo de su conciencia. El único juicio válido es el de Dios. ‘Mi juez es el Señor… El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón, entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece’. Pido al Señor que no sea severo sino misericordioso cuando me presente ante El. El Señor es rico en misericordia, a ella me quiero acoger.
Pero tenemos que decir que este texto, aunque con esa clara referencia a los pastores, sin embargo ilumina también la vida de todo cristiano. En nuestras manos está el evangelio que tiene que iluminar la vida de cada uno, pero también con el que tenemos que iluminar la vida de los demás. El Señor ha puesto su evangelio en nuestras manos y hemos de reconocer que todo somos apóstoles y mensajeros del Reino. En consecuencia también con fidelidad y con que rectitud hemos de vivir nuestra vida. Todos.
Lo que nos dice el salmo, que nos ha valido como siempre para nuestra oración de respuesta a la Palabra proclamada, nos da pautas de cómo ha de ser esa rectitud que ha de adornar la vida de todo cristiano con una serie de hermosas virtudes y valores.
‘El Señor es quien salva a los justos’, fuimos repitiendo. Pero se nos decía, lo meditábamos, lo íbamos rumiando en nuestro interior, ‘confía en el Señor y haz el bien… practica la lealtad… la justicia, el derecho…’ la búsqueda del bien y de lo bueno tiene que estar siempre presente en mi vida. Mucho más que un adorno, actitudes profundas que se manifiestan en los actos de nuestra vida, en nuestra relación con los demás, en todo lo que vamos haciendo.
Justicia, derecho que nos llevan al buen trato al otro, sea quien sea, al respeto de la dignidad de todos, a la valoración de toda persona; justicia, derecho que nos llevan a un compartir solidario y tendríamos que decir también en justicia; lo que tenemos no es sólo nuestro sino que todo tiene que redundar en el bien común, a los otros les pertenece también porque son bienes que Dios creó para el hombre, para todo hombre. ¿Cómo en justicia puedo yo estar en la abundancia, mientras el hermano a mi lado está en necesidad?
‘Apártate del mal y haz el bien’, seguía diciéndonos el salmo porque el Señor y sus mandatos son nuestra delicia, nuestra dicha, nuestra gloria. Caminemos por caminos rectos, caminos de amor y de bondad, caminos de justicia y santidad y el Señor será nuestro premio, nuestra dicha. ‘Cada uno recibirá de Dios lo que merece’, que nos decía el apóstol.
Que así sea nuestra vida, y que así nos manifestamos ante los demás. Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Serán caminos que atraerán a los otros hasta el Señor.