Desde
la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también
nosotros que amar, que así tenemos que ser santos
1 Pedro 1, 10-16; Salmo 97; Marcos 10, 28-31
Retomamos de nuevo el tiempo
ordinario una vez que hemos terminado el tiempo pascual y aunque ayer lunes de
Pentecostés tuvimos una celebración muy especial de la Virgen María, sin
embargo entraba ya en el ritmo del tiempo Ordenarlo. Hoy ya con los textos
propios recomenzamos de nuevo a rumiar la riqueza de la Palabra de Dios que se
nos va ofreciendo cada día.
Esa oportunidad que nos ofrece la Palabra de Dios para alimentar nuestro
camino de fe, ir renovando nuestra vida dejándonos interrogar en lo hondo del corazón
por los diversos temas que se nos van ofreciendo. Hemos de reconocer que es una
riqueza inmensa que tenemos a mano y que va construyendo nuestra vida.
Interrogantes a nuestra conciencia, nuevos planteamientos que nos van abriendo
nuevos horizontes, un camino abierto para hacer juntos, compartiendo toda esa
riqueza que nos ofrece la Palabra de Dios.
Quizás nos hace ver las mismas tentaciones a las que nos vemos
sometidos, porque en la rutina de cada día no siempre sabemos descubrir la
sabiduría para la vida que nos ofrece la Palabra de Dios. Pensamos que son
exigencias que nos obligan a dar pasos, y por supuesto hemos de estar atentos a
lo que nos sorprende la misma Palabra de Dios. Nos parece quizás que todo son
exigencias para nuestra vida y es lo que en ocasiones hace que nos sintamos incómodos
con lo que nos pide la Palabra de Dios. Pero ¿habremos pensado en lo que nos
ofrece?
Claro que cuando descubrirlos ese riqueza de amor Dios para con
nosotros que se nos manifiesta de mil maneras y al mismo tiempo nos sentimos
como transportados en la santidad con que Dios se nos manifiesta, necesariamente
tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos
que ser santos, como nos dice hoy san Pedro en su carta. ‘Al contrario, lo mismo que es santo el que os
llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está
escrito: Seréis santos, porque yo soy santo’. Es la consecuencia del amor y
de la santidad de Dios.
Pero como
de alguna manera hemos dicho ya en nosotros puede estar la queda por lo que
hacemos y por lo que nos parece que es poco lo que recibimos. Es el
planteamiento que le hace Pedro a Jesús. ‘Pedro se puso a decir a Jesús: Ya
ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Ante esto a
veces nos sentimos avergonzados porque nos parece que somos un poco mezquinos. Pero
son los pensamientos humanos que surgen espontáneos en nuestro interior. Y Jesús
no se hace sordo a aquella petición de Pedro. ‘En verdad os digo que no hay
nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o
tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien
veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones—
y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos
últimos primeros’.
Las palabras
son claras pero a veces parece que no sabemos interpretarlas, por el miedo quizás
que llevamos dentro de aparecer interesados. Pero las palabras de Jesús están ahí,
y tenemos que mirar nuestra vida, tenemos que mirar lo que tenemos a nuestro
alrededor, tenemos que comenzar a hacer esa lista interminable de lo que cada día
recibimos del Señor, de esa satisfacción interior que sentimos cuando hacemos
el bien, cuando sembramos una buena semilla, esa alegría que llevamos en el corazón
por lo que estamos haciendo, de las personas de nuestro entorno que nos quieren
y nos aprecian, de los que en nuestras comunidades cantan con nosotros las
alabanzas del Señor. ¿No estaremos recibiendo el ciento por uno?
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