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martes, 3 de marzo de 2026

Vayamos despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias en quien se dice discípulo de Jesús

 


Vayamos despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias en quien se dice discípulo de Jesús

Isaías 1, 10. 16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12

Es en el camino de la sencillez y de la humildad donde manifestamos nuestra verdadera grandeza. Eso lo sabemos todos porque aunque seamos como seamos sin embargo nos queda algo de sensatez en nuestro interior, en nuestro pensamiento; diríamos que es algo que hemos ido aprendiendo en la medida en que hemos ido madurando en la vida y quizás tras experiencias donde quizás un día nos dejamos llevar por el orgullo y la vanidad y al final salimos chamuscados, por decirlo de alguna manera.

Sin embargo la tentación de la vanidad nos aparece continuamente en nuestra vida; porque nunca queremos quedar por debajo de los demás y haremos todo lo posible por estar en el escaño superior para intentar ver por debajo a los otros; algunas veces sin ser nada sin embargo nos creemos superiores y comenzamos a hacer nuestras discriminaciones en la vida; en el orgullo que se nos va metiendo por dentro nos cuesta aceptar que tenemos que mezclarnos con todos porque todos somos iguales y nos dejamos llevar por las aspectos externos que contemplemos en los otros o por lo vanidosos que nosotros nos presentemos; y vamos a decir algo más, pudiera ser que estemos dotados de especiales dones y cualidades, pero tenemos que pensar que cuanto enriquece nuestra vida no es para nosotros mismos sino para el servicio generoso y desinteresado con los demás.

Es de lo que nos está hablando Jesús, partiendo de aquellas actitudes dominantes con las que se presentan los que se creen dirigentes de la comunidad por las funciones que quizás tengan que realizar; pero se olvidan de la sencillez y de la humildad como hemos venido diciendo, se creen maestros y con autoridad para imponer sus criterios a los demás, o para valerse de esa preponderancia para tener una actitud de dominio sobre los otros.

Por eso Jesús les dice que entre sus discípulos no pueden ser como ellos; nuestra actitud siempre ha de ser la del servicio y esa misión que quizás hayamos recibido o esos dones que pudieran adornar nuestra vida nos han de poner siempre en actitud de servicio. Recordamos lo que hizo Jesús en la última cena; ‘me llamáis y el maestro y el Señor, y en verdad lo soy’, les dice porque quizás se han sentido sorprendidos por el gesto que ha realizado Jesús de lavarles los pies a todos. Pero a continuación nos dirá que eso es lo que nosotros tenemos que hacer con los demás.

Por eso hoy, en el texto que se nos ofrece en este día nos dice que no nos dejemos llamar ni maestros ni padres, porque todos estamos a la misma altura, ‘todos vosotros sois hermanos’, les dice. El sí era el maestro, pero no le importó quitarse el manto, ceñirse la toalla y ponerse a los pies de los discípulos. Y nosotros vamos con nuestra prepotencia pidiendo reconocimientos y aplausos, mirando por encima del  hombro a los demás, no queriendo mezclarnos con todos, haciendo nuestras distinciones.

¿Tratamos igual a todos los que conocemos o a todos los que están a nuestro lado? Ya sé que es muy humano que haya simpatías y sintonías, pero eso no quita para que con aquel que no nos cae simpático también seamos amables, lo saludemos con una sonrisa, y le tendamos la mano con generosidad para hacer algo por él.  Cuántas oportunidades tenemos de ir sembrando sintonías a nuestro lado, no pases nunca a la distancia del otro cambiando de acera porque te cae mal. No es fácil, porque las fibras de nuestro corazón están dañadas y aparece pronto la discordancia, pero por encima de todo eso tiene que haber algo más. ¿Somos o no somos discípulos y seguidores de Jesús?

Vayamos, pues, despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias. Es el camino humilde y sencillo con el que vamos haciendo presente el Reino de Dios en nuestro mundo. Cuando has comenzado a amar de verdad a todo el que está a tu lado es que has entrado en la sintonía del Reino de Dios.

martes, 11 de marzo de 2025

No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 


No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

En ese deambular por la vida, que es la vida misma con lo que hacemos, en lo que nos relacionamos con los demás, en lo que vamos encontrando o en los pensamientos o que van surgiendo dentro de nosotros o en las ideas que otros nos proponen, quizá en un momento determinado descubrimos algo que nos llama la atención, que nos sorprende, que nos deja llenos de admiración de manera que queremos poseerlo, queremos llegar a ese lugar si de un espacio se tratara, o queremos vivirlo; y nos ponemos en camino para conseguirlo, para tenerlo, para vivirlo y luego nos sentiremos como transformados por esa felicidad y de ninguna manera queremos perderlo; ya buscaremos medios, formas de poder seguir disfrutándolo.

Podemos estar pensando en cosas materiales, en cosas que nos darían una riqueza, podemos pensar en un lugar paradisíaco, podíamos pensar en un estado de vida. ¡Cómo nos gustaría conseguirlo, disfrutarlo!

Pues os voy a decir que lo tenemos a nuestro alcance. Leamos con atención de nuevo el texto del evangelio de hoy. De entrada decimos es la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, la oración que nos enseña a nosotros. Ahí lo tenemos. Está bien descrito. Es lo maravilloso de sentirnos en Dios, del encuentro con Dios, de la presencia de Dios en nosotros, en nuestra vida y que tenemos que hacer que sea también en nuestro mundo.

En tres palabras quiero resumir hoy lo que es la oración del padrenuestro, que Jesús nos ha enseñado: contemplación, camino, compromiso.

¿Qué es lo primero que nos llena de admiración cuando comenzamos a rezar el padrenuestro? Qué podamos llamar Padre a Dios. Como nos dirá san Juan en sus cartas es una maravilla que podamos llamarnos hijos de Dios, y nos dice, pues en verdad lo somos. Es para quedarse extasiado. Dios que nos ama, porque es nuestro Padre, que nos llama sus hijos, que quiere que vivamos como hijos. Los hijos no son esclavos, los hijos viven la libertad de su condición, de su filiación; como tal nos trata, como tal nos ama. Por eso no podemos hacer otra cosa que bendecir a Dios, bendecir su nombre, sentirnos dichosos con su amor que es sentirnos bendecidos por Dios. Es una contemplación esta primera parte de nuestra oración. No podemos pasar de largo, no lo podemos hacer a la carrera, tenemos que detenernos para contemplar, para alabar, para dar gracias, para santificar el nombre de Dios en el que nos sentimos santificados.

Como decíamos antes, eso tan bello y hermoso lo queremos poseer; nos ponemos en camino para conseguirlo. Por eso nos abrimos a Dios, a su Palabra que queremos que se plante en nosotros, que se cumpla en nosotros esa palabra del Señor, como pedía y quería María en la anunciación. Queremos hacer la voluntad de Dios; no nos queda otra, es la voluntad del Padre, y a los padres se les obedece, a los padres les somos fieles u leales, a los padres queremos agradarles con nuestro amor y se lo manifestamos haciendo su voluntad. Un camino que hemos de recorrer en esa búsqueda de la voluntad de Dios.

Un camino que se hace compromiso porque ahora veremos las cosas de otra manera; un camino en el que sentimos su presencia junto a nosotros y teniéndole a El, nada nos faltará; un camino que nos lleva a una nueva comunión con los que nos rodean, porque de ellos también Dios es Padre, ¿no decíamos al principio padre nuestro? No es solo mío sino de todos, todos entonces tenemos que sentirnos hermanos, entre todos ha de haber una nueva comunión, a todos tenemos que aceptar y comprender; y nos amamos y nos perdonamos, porque así es la garantía de que seguiremos sintiendo el amor de Dios sobre nosotros a pesar de nuestros errores y debilidades. Con Dios a nuestro lado, nos sentiremos fuertes para no dejarnos arrastrar por el mal, para sentir la fortaleza que nos lleve a hacer siempre el bien.

Una oración para saborear, como siempre tiene que ser nuestro encuentro con Dios, ante el que muchas veces nos quedaremos mudos sin saber qué decir, nos quedamos en silencio, dejando que nuestra mente contemple ese misterio de Dios, pero nuestro corazón se derrita en ese amor de Dios que se está derramando en nosotros. No hacen falta muchas palabras, nos decía Jesús; sólo nos es necesaria una, saborear el poder llamar a Dios Padre.

domingo, 23 de febrero de 2025

Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

 


Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

1Samuel 26, 2. 7-23; Salmo 102; 1 Corintios 15, 45-49; Lucas 6, 27-38

Nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer, parece la pataleta de quien se comporta como un niño chico cuando nos están recordando lo que tienen que ser las pautas de la vida; es la rebeldía, decimos, de los jóvenes, pero es muchas veces también nuestra rebeldía; lo hemos pensado nosotros mismos quizás muchas veces cuando no hemos podido hacer lo que queríamos hacer, o lo hemos escuchado también más de una vez a nuestro lado; y no son esas rebeldías juveniles, sino que es esa rebeldía interior que nosotros mostramos también, aunque tratemos de disimularlo, cuando se nos recuerdan los mandamientos o cuando se nos recuerda la altitud de miras que como cristianos hemos de tener y en la forma como hemos de manifestarnos.

Sí, cuando no enfrentamos a un evangelio como el que en este domingo nos ofrece la liturgia fácilmente decimos eso es imposible, si actúo así me van a mirar como a un tonto, es que ante lo que me hacen tengo que reaccionar de alguna manera y no puedo permitir que se pongan sobre mí. Es lo que muchas veces pensamos cuando se nos habla del amor a los enemigos, se nos habla de la comprensión y el perdón, cuando se nos dice que tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, cuando se nos pone el listón bien alto, porque en algo tenemos que diferenciarnos.

Tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús y no podemos ir haciéndonos nuestras interpretaciones y nuestras rebajas, diciendo que eso son formas de hablar, pero que no es necesario llegar a tanto. Realmente hemos de reconocer que el listón está bien alto, pero ¿es que queremos seguir con mediocridades y rebajas? Los presupuestos de nuestro corazón tenemos que cambiarlos. Por eso Jesús desde que comenzó a anunciar la llegada del Reino de Dios nos pedía conversión para poder creer en esa buena noticia que nos ofrecía. Por eso un cristiano no puede andar con componendas.

Reconocer el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor, que Dios es un Padre que nos ama y nos ama a todos por igual, un Dios del que somos hijos porque ese es el regalo que nos hace cuando creemos en El pero igual que nosotros los somos Dios quiere que todos sean sus hijos, lo que entraña que todos hemos de mirarnos como hermanos. Por eso la regla básica, por así decirlo, que nos pone es la del amor. Es mi mandamiento, nos dice, que os améis los unos a los otros como yo os he amado. El modelo y estilo de ese amor lo tenemos en Dios, se nos manifiesta en Jesús.

Eso, así, que parece tan sencillo realmente es algo grandioso y que va a cambiar todas nuestras perspectivas. Es una nueva mirada, son unos nuevos ojos, es un nuevo corazón el que tiene que latir. Es un nuevo sentido de nuestra relación, es una nueva forma de tratarnos los unos a los otros, es un comenzar no a mirarnos a nosotros mismos sino comenzar a mirar a los demás, mirar a los que nos rodean y con una mirada nueva, la mirada del amor. Todo cambia.

Aunque en la vida tengamos nuestras diferencias nunca podré mirar al otro como un adversario con el que me voy a enfrentar, voy a mirar a un hermano con el que vamos a caminar juntos; las diferencias se superar, las esquinas donde puedan surgir roces se liman, las debilidades se comprenden porque también nosotros somos débiles, en los momentos de tensión hacemos surgir dentro de nosotros la humildad, cuando hay un contratiempo lo arreglamos, cuando nos sentimos molestos nos disculpamos y ponemos comprensión. Y esto se hace desde los pequeños detalles, con la delicadeza con que vamos a ir por la vida, con la mano tendida que siempre se está ofreciendo para ayudar, con el olvido de aquellas cosas que pudiera producirnos inquietud y tristeza, con la alegría del que se siente hermano y quiere encontrarse con el hermano para hacer el camino juntos.

En Jesús tenemos el ejemplo y el modelo de lo que tenemos que hacer; es la cercanía con que Jesús andaba con todos, es la misericordia que derramaba su corazón para dejar que le tocaran el manto o le lavaran los pies aunque fuesen personas consideradas impuras o pecadoras, es la ternura con que se acercaba a los débiles para llegar junto al paralítico de la piscina, es el impulso que significaba su presencia para que los que estaban caídos quisieran levantarse, es el camino que hacía junto al que sufría o como sabía detenerse a la orilla del camino para llamar al ciego que pedía limosna o para decirle a Zaqueo que quería hospedarse en su casa. Podríamos seguir deteniéndonos en muchas páginas del evangelio, pero escuchémosle pedir al Padre cuando lo crucificaban que los perdonara porque no sabían lo que hacían.

¿Seremos capaces nosotros de una cosa así, hacer ese mismo camino, vivir en ese mismo amor? Intentémoslo. Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer. Empecemos a caminar caminos de humildad que nos conducen al amor verdadero.

martes, 28 de enero de 2025

Ha sido para mí como una madre… es para mí como un hermano… amigos más afectos que un hermano… El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre

 


Ha sido para mí como una madre… es para mí como un hermano… amigos más afectos que un hermano… El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre

Hebreos 10,1-10; Salmo 39; Marcos 3,31-35

Ha sido para mí como una madre… es para mí como un hermano. Son expresiones que probablemente habremos empleado alguna vez cuando estamos con una persona, que aun sin ser familia, a la que tenemos un afecto especial. Personas que han sido cercanas a nosotros en la vida, que no nos ha faltado su compañía en momentos importantes, o en momentos que han sido trascendentales en nuestra existencia. Nos acompañaron en momentos de soledad, en momentos tormentosos quizás de la vida, que tuvieron para nosotros palabras verdaderamente orientadoras, que nos mostraron su cariño, no siempre necesariamente con palabras, pero sin con los hechos, con su presencia, con su ayuda. Hay una familia en la vida que no siempre es la familia de la carne y de la sangre, sin menoscabar en nada lo que significa la familia carnal, pero con la que hemos contado y seguiremos contando. Ya dice la Escritura en los libros de la Sabiduría que ‘hay amigos que son más afectos que un hermano’.

¿Por qué saco a colación todo esto? Son cosas que necesariamente hemos de saber valorar, pero viene a cuento con lo que hoy nos presenta el evangelio. Se hacen presentes allí donde está Jesús enseñando a la gente, realizando algunos signos quizás, su madre y sus familiares. En el lenguaje semítico empleado por el evangelio la expresión es que le anuncian a Jesús que allí están su madre y sus hermanos.

¿Tuvo más hermanos Jesús? Ya sé que esté es un punto de batalla en ciertas interpretaciones que se hacen muy literalmente de los evangelio en ciertos sectores de algunas iglesias cristianas y que son aprovechadas muchas veces para confundir a la gente y atraerlos a sus caminos. No es una manera muy leal de anunciar el evangelio de Jesús. Nosotros siempre hemos interpretado que esta expresión de ‘hermanos’ en el lenguaje semítico se aplica a todos los que son familiares cercanos; el concepto y sentido de familia no es tan reductivo como en occidente tenemos de alguna manera sino que se amplia a todo el ámbito familiar. Todos sin embargo tenemos quizás la experiencia de tener primos que algunas veces son más queridos para nosotros que los propios hermanos por distintas circunstancias de la vida. Pero no es la cuestión que más nos importa hoy al comentar el evangelio.

Cuando le anuncian a Jesús la presencia de María, su madre, y sus hermanos Jesús se hace la pregunta. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y nos dice el evangelista que volviéndose a todos los que le rodeaban y como queriendo envolverlos a todos en un mismo abrazo el mismo Jesús nos responde. ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

¿Está negando Jesús la importancia de su madre y de su familia como queriendo dejarlos a un lado? Jesús lo que está haciendo es darnos una nueva amplitud, con una nueva universalidad y fraternidad, que tiene que hacer que en verdad nos sintamos unidos desde una misma fe pero desde esa escucha que hacemos de la Palabra de Dios.

El ejemplo, por decirlo así, lo tenemos en María. El Verbo de Dios se encarna en su seno para ser la madre de Jesús, para ser la madre de Dios, porque ella antes ha plantado la Palabra de Dios en su corazón. No es solamente lo que luego al final de la visita del ángel responderá María, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, sino que en el camino de María había estado como plan de su vida, como trayectoria de su vida, el buscar siempre lo que era la voluntad del Señor. ¿Por qué, si no, el ángel la llama la agraciada de Dios, la que ha encontrado gracia ante Dios? Porque era lo que María siempre estaba buscando, conocer la voluntad de Dios, escuchar la Palabra de Dios en su corazón. Es lo que realmente la ha convertido en la Madre de Dios.

Hoy precisamente la carta de los Hebreos, escuchada como primera lectura, nos habla de lo que fue la voluntad del Hijo de Dios desde su entrada en el mundo. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Esa búsqueda de la voluntad de Dios, esa aceptación de la voluntad de Dios en nuestra vida, esa escucha de la Palabra de Dios plantándola en nuestro corazón es lo que nos hace hijos de Dios. Así nos lo dice el principio del evangelio de san Juan. ‘Estos nos han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’.

¿Cómo, entonces, nos hacemos en verdad esa familia de Dios? Mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de Dios, como nos dice hoy Jesús en el evangelio. Es así como nos hacemos hermanos los unos de los otros, es así como entramos a formar parte de esa nueva familia; será así, desde la escucha de la Palabra de Dios, cómo comprenderemos que somos hermanos y como tales tenemos que tratarnos, amarnos, es la trayectoria que también nosotros hemos de seguir en nuestra vida. Así tenemos que sentirnos, así tenemos que amarnos.


martes, 24 de septiembre de 2024

Una nueva dinámica para nuestra vida, la del amor, con nuevas actitudes y nuevos horizontes a los que no podemos poner barreras

 


Una nueva dinámica para nuestra vida, la del amor, con nuevas actitudes y nuevos horizontes a los que no podemos poner barreras

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Nada que tenga que ver con el amor podrá jamás encerrarnos en nosotros mismos. Dejaría de ser amor. El amor siempre es expansivo, el amor abre horizontes, nunca puede ser un circulo cerrado, nunca convierte a nadie en el centro de si mismo, amarse a si mismo para excluir a los demás no tiene sentido, nunca puede ser excluyente. Es algo de la esencia de la persona. En nombre del amor nunca podremos excluir a nadie. Cuando vamos por la vida excluyendo a personas no hemos entendido la esencia de nuestro ser y podríamos decir que nos estamos traicionando a nosotros mismos.

Sería lo que en verdad nos haría felices y crearía una humanidad de felicidad, pero sabemos que nos cuesta. No todos lo entienden ni lo viven y pueden parecer tan felices. Pero hay un vacío. Sin embargo nos confundimos y nos dejamos contagiar por esos brotes de insolidaridad y de un amor propio que no es verdadero amor y que nos llevan a la guerra. Nos hemos inventado muchas maneras de hacernos la guerra cuando dejamos meter las sombras del egoísmo y de la insolidaridad en nuestro corazón. Tenemos que estar atentos y vigilantes para encontrar lo que de verdad va a llenar nuestra vida.

Es lo que ha venido a enseñarnos Jesús. Estando con El nuestros horizontes tienen que ampliarse porque nos pone en un camino nuevo que nos lleva a la plenitud de nuestro ser. No quiere Jesús que en nombre de ningún amor entremos en esas dinámicas de exclusivismos y de exclusiones.

Hoy en el relato del evangelio se nos habla de una visita de María y sus parientes a Jesús en medio de su predicación. ‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’, le dicen. Siempre en una primera impresión nos ha sorprendido la respuesta de Jesús. Se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Nos podría parecer sorprendente esa pregunta que se hace Jesús y la respuesta que les da. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’, viene a decirles Jesús.

Nos podría parecer que Jesús niega la importancia de aquella visita y de la presencia de María y su familia junto a El, pero no es así. Jesús nos está abriendo horizontes, por así decirlo. Amamos a los padres, amamos a la familia, amamos a aquellos por quienes nos sentimos queridos y amados, pero nuestro amor nunca se puede quedar ahí. El sentido de vida que Jesús nos está dando es que tenemos que ampliar esos horizontes del amor y nuestro amor tiene que ser más universal; no es un amor exclusivo, sino siempre un amor abierto. Porque quienes le escuchan, quienes escuchan la Palabra de Dios están entrando en otra órbita de la vida porque nos sentimos obligados a amar, y amar a todos sin exclusión.

Por eso como hemos venido reflexionando se acaban los exclusivismos. Como nos dirá en otro momento no solo saludamos a los que nos saludan, no solo amamos a los que nos aman, entramos en otra dinámica con un amor que tiene que ser siempre universal. Nos salimos de nosotros mismos pero no hacemos círculos que nos encierren sino que siempre tienen que estar las puertas abiertas, al horizonte de esos campos de la vida en que entramos ya no podremos poner barreras.

Qué lástima que no lo terminemos de entender; pero no solo hemos de saberlo en la cabeza – como tantas veces decimos, ‘eso lo sé yo’ – sino que tenemos que comenzarlo a sentir desde lo más hondo de nuestro corazón. Es una nueva humanidad que nace desde el amor cuando así nos sentimos amados de Dios. Porque ‘el amor consiste’, como nos dirá san Juan en sus cartas, ‘no en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Dios nos amó primero’. Es una nueva dinámica para nuestra vida que tenemos que traducirla en muchas nuevas actitudes para cuantos nos rodean.

 

domingo, 9 de junio de 2024

Queremos ser nosotros la familia de Jesús, llenarnos de su paz, rebosar de amor, sentirnos hombres nuevos, para comenzar a hacer un mundo nuevo

 


Queremos ser nosotros la familia de Jesús, llenarnos de su paz, rebosar de amor, sentirnos hombres nuevos, para comenzar a hacer un mundo nuevo

Génesis 3, 9-15; Sal. 129; Corintios 4, 13–5, 1; Marcos 3, 20-35

‘Mira tú, ese muchacho, por lo que le ha dado’. Así pensamos alguna vez, o hemos escuchado el pensamiento de alguien, cuando vemos que alguien cercano a nosotros, vecino o familiar quizás, se ha dedicado a cosas que nos parecen extrañas, porque quizás en lugar de buscarse un trabajo con el que forjarse un futuro, se dedica a ir por ahí complicándose la vida, porque quiere ayudar a todo el mundo, porque se implica en cualquier batalla reivindicativa ante problemas que hay entre el vecindario o en la comunidad, y vemos que quizás unos lo aprecian, pero otros no lo ven con tan buenos ojos y andan sembrando desconfianzas incluso entre aquellos a los que ha ayudado ese muchacho, como decíamos. ‘Mira tú por lo que le ha dado’.

¿Pensarían así los vecinos de Nazaret cuando se enteraron de las andanzas de Jesús? ¿Pensarían así los familiares y vecinos que le conocían de toda la vida, porque allí se había criado? Ya sabemos, por otra parte, que no fue muy exitosa su visita a Nazaret. No nos extraña pues esos primeros párrafos en que tras presentarnos como la casa se le llenaba a Jesús de gente de manera que ni podían comer tranquilos, ahora aparecen por allí unos familiares que quieren llevarse a Jesús porque eso no es vida, no anda en sus cabales. Pero nada pudieron hacer.

Y Jesús sigue rodeado de aquella gente sencilla que se siente dichosa de escucharle; por eso andan allí metidos en su casa. Pero no todos piensan lo mismo. Han llegado unos emisarios de Jerusalén, representantes de aquellos partidos que se sentían o creían poderosos en medio del pueblo. No se sienten tranquilos con lo que escuchan de Jesús y lo ven un peligro. Hay que buscar la manera de desprestigiarle.

¿Qué Jesús cura a los endemoniados? No podían admitir que aquello era obra de Dios, liberar a cuantos se sentían oprimidos por el mal; era lo que Jesús realmente iba haciendo cuando ayuda a la gente a que realizara una transformación de sus corazones. El mal no es algo que nos domine de fuera, aunque hay muchas cosas que pueden ser opresión pero siempre procede de la maldad de los corazones, sino que tenemos que descubrir ese mal que tenemos dentro de nosotros y del que tenemos que librarnos.

Es algo que cuesta, pero cuando lo vamos logrando nos sentimos transformados, porque nos llenamos de una nueva paz, de un nuevo sentido y valor para la vida. Es lo que Jesús va realizando en los corazones con esa palabra salvadora que nos anuncia. Es así como se va realizando de verdad el Reino de Dios, porque no será el mal el que nos domina, sino que Dios es el verdadero Señor de nuestra vida y con El sentimos la paz.

Pero esa liberación no les convence a aquellos venidos de Jerusalén que vienen sembrando cizañas de desconfianza. Lo que hace Jesús, vienen a decir, lo hacer con el poder del príncipe de los demonios. ¿Quién los puede entender en su propia contradicción? Y escuchamos hoy a Jesús como quiere hacerles comprender donde está esa verdadera liberación que viene de Dios. Es el actuar de Dios en nuestras vidas, es la fuerza del Espíritu del Señor.

La gente sigue apretujada junto a Jesús, porque no escuchan a aquellos sembradores de cizañas. Alguien más quiere llegar hasta Jesús. Ahora no son unos familiares cualesquiera, son su madre y sus hermanos, que tampoco pueden llegar por la aglomeración de la gente. Es lo que le anuncian a Jesús. ‘Fuera están tu madre y tus hermanos que andan buscándote’.

Y ahora Jesús nos dice algo muy importante. No niega la valoración de la familia, de su madre y parientes que están allí porque quieren estar a su lado también. Jesús nos abre horizontes, porque nos dice que todos podemos ser su familia. Estos son mi familia, mi madre, mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.

Queremos ser nosotros esa familia de Jesús. Queremos dejarnos impregnar por esa palabra salvadora que nos libera, nos sana y ya no es solo de nuestros males físicos sino de ese mal que se nos puede meter por dentro, nos llena de gracia, nos hace hijos, nos hace hermanos de Jesús.

Dejémonos liberar por Jesús, dejémonos sanar por esa Palabra de vida. Nos llenaremos de su paz, comenzaremos a rebosar de amor, nos sentiremos en verdad unos hombres nuevos, comenzaremos a hacer un mundo nuevo, comenzaremos a actuar a la manera de Jesús aunque también nos puedan decir que no estamos en nuestros cabales, como san Juan de Dios seremos los locos de Dios por el amor.

martes, 23 de enero de 2024

Levantemos nuestros oídos y escuchemos, el Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’

 


Levantemos nuestros oídos y escuchemos, el Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’

2Samuel 6, 12b-15. 17-19; Sal 23; Marcos 3, 31-35

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Es la pregunta que se hace Jesús cuando estando rodeado de mucha gente que va a oírle, que van están allí a su alrededor con sus sufrimientos y esperanzas, con sus desconsuelos y con sus amarguras, le dicen que fuera están sus madre y sus hermanos que quieren verle.

No es una pregunta cualquiera la que se hace Jesús. No es decir simplemente, mira que bien, que ha venido mi familia, sería bueno que estuviera con ellos un rato; no es valerse de su autoridad o su influencia para abrirles paso y que puedan llegar más pronto y mejor hasta El, Algo más quiere decirnos Jesús con esa pregunta que se hace, cuando le dicen que allí están su madre y sus parientes que quieren verle.

Parece como si Jesús quisiera hacer una distinción, sin quitarle importancia, por supuesto, a lo que significa la familia. ¿No estará abriéndonos Jesús a que esos sentimientos que tenemos cuando pensamos en la familia, en los hermanos, en los que son cercanos a nosotros por razón de la sangre, les demos una mayor amplitud para darnos cuenta de que podemos amar con un amor así, un amor que nos hace sentir familia, un amor que nos hace sentir hermanos, con un carácter más universal?

También nosotros decimos muchas veces a alguien a quien apreciamos mucho que para nosotros es más que un amigo, que es un hermano. Y no hablamos aquí de un amor afectivo que nos lleve, por ejemplo, a la unión matrimonial. Es una relación que establecemos entre personas que nos sentimos eso, amigos, pero que crean otros lazos, otro estilo de comunión. Una relación, tenemos que reconocer, que muchas veces es mucho más honda que la que podamos tener con muchos familiares por lazos de sangre. Es también la belleza y hermosura de la amistad.

Pero sí, Jesús cuando se hace esta pregunta en aquellas circunstancias está abriéndonos los horizontes. Es esa nueva comunión y fraternidad que vamos a tener todos los que pongamos en El nuestra fe y nuestro amor. Dirá Jesús en aquel momento, mirando alrededor nos dice el evangelista, que su madre y sus hermanos están allí, en todos aquellos que le escuchan, en todos aquellos que no se contentan con oír algo que pronto quizás podrán olvidar, sino que aquello que escuchan de labios de Jesús lo van a plantar en su corazón. ‘Estos son mi madre y mis hermanos, dirá. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

Mira Jesús alrededor mientras pronuncia estas palabras y mira, sí, a aquellos que allí y ahora están escuchándole, pero mira más allá, lo que sus ojos no pueden ver porque está detrás de la puerta, y es que está también mirando a su madre, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón. ‘Hágase en mi según tu palabra’, según lo que Dios me está transmitiendo por tu palabra, le respondió María al ángel de la anunciación.

Es el camino que hemos de seguir. Y no es solamente oír, porque oímos muchas cosas, muchas palabras resuenan continuamente en nuestro mundo, muchas músicas o muchos ruidos aturden continuamente nuestros oídos, muchos mensajes nos pueden llegar desde todos lados, oímos muchas cosas, pero ¿qué escuchamos?

Cuando estamos en un lugar donde hay mucho bullicio a nuestros oídos llegan muchos sonidos, pero cuando entre todo eso surge algo que nos interesa, levantamos nuestros oídos podríamos decir siguiendo la imagen de los animalitos que levantan sus orejas para prestar atención, para poder escuchar mejor. Levantemos nuestros oídos y escuchemos. El Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’.

lunes, 19 de junio de 2023

Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto, entrar en la sintonía del amor que acalla y apaga todo deseo de venganza

 


Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto, entrar en la sintonía del amor que acalla y apaga todo deseo de venganza

2Corintios 6, 1-10; Sal 97;  Mateo 5, 38-42

Algunos incluso se lo toman a broma, como si las palabras de Jesús fueran dichas de una manera superficial. Las palabras de Jesús encierran siempre un gran contenido y aunque nos parezcan simples imágenes como si fueran puestas de una forma retórica casi como si fueran un adorno, el sentido de las palabras de Jesús siempre tienen una gran hondura y ojalá fuéramos valientes para aceptarlas y convertirlas en verdadera pauta de nuestra vida.

Es aquello de poner la otra mejilla, como su eso fuera una cobardía porque nos dejaríamos violentar antes que nosotros caer en esa misma violencia. Y ya sabemos muy bien que si no ponemos freno, y una imagen de ello es el poner la otra mejilla cuando nos han agraviado, la violencia seguirá engendrando más violencia, convirtiéndose en una espiral difícil de detener cuando comienza a girar porque cada vez adquirirá más velocidad, más intensidad.

En una palabra nos viene a decir Jesús, ‘no hagáis frente al que os agravia’. Ese ser capaces de poner freno cuando la violencia comienza a crecer será algo que desestabiliza al que viene a nosotros con violencia, porque lo que espera es nuestra respuesta, para sentirse fuerte y con más razones para seguir con su violencia. Pero es algo que nos cuesta mucho entender. Nos es más fácil entender que quien ha sido agraviado u ofendido responda buscando una compensación, que podemos darle el nombre que queramos, pero que a la larga es una venganza. El amor propio herido, el orgullo que ha sido machacado con esa violencia con que han actuado contra nosotros, grita muy fuerte dentro de nosotros clamando venganza.

Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto; nos es difícil porque todo canta a nuestro lado en contra nuestra, en contra de esos principios y valores que nos ofrece Jesús en el Evangelio. Y es ahí donde tenemos que mostrar la diferencia, presentarnos como una imagen de que es posible algo distinto, que es posible un mundo sin violencia. Es el mundo que quiere construir Jesús para nosotros cuando nos habla del Reino de Dios. No es fácil, es cierto.

Como base de todo Jesús ha puesto en nosotros el amor. Y el va por delante en esa muestra de amor, porque lo primero es el reconocimiento del amor que El nos tiene, y que es con lo que nosotros tenemos que responder. Jesús nos enseña a ser hermanos, porque somos todos hijos del mismo Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos, como ya nos ha dicho en otro momento del evangelio. Y los hermanos que se aman, se comprenden y se ayudan, los hermanos que se aman son capaces de perdonarse no siete veces sino setenta veces siete porque lo que tiene que estar predominando siempre es el amor. Si alguien ha roto ese lazo del amor, no vamos nosotros a seguir haciendo leña del árbol caído, sino que tenemos que reconstruir, restaurar, rehacer ese lazo del amor.

Es lo que nos está pidiendo Jesús, cuando nos dice que no hagamos frente al que nos agravia. Es el camino que tenemos que saber emprender. No es una broma lo de poner la otra mejilla, es una actitud profunda que hemos de tener en la vida.

sábado, 20 de mayo de 2023

No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor

 


No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Escuchamos estas palabras de Jesús pronunciadas en el marco de la última cena, cuyos textos hemos venido reflexionando en estos días, palabras que nos hablan de despedida, de marcha al Padre, precisamente cuando litúrgicamente vamos a celebrar mañana la Ascensión.

Como hemos venido notando en las reflexiones que en torno a la Palabra nos hemos venido haciendo hay algo en lo que insiste Jesús una y otra vez. Siempre la sensación de despedida es de abandona, de la soledad en que se van a quedar después de la despedida, como suele suceder en la vida. lloramos siempre la partida de alguien por la soledad que vamos a padecer los que nos quedamos, ya sea en la despedida de alguien que marcha a otro lugar, ya sea en la partida a la hora de la muerte.

¿Nos vas a dejar solos? Jesús está repitiéndonos insistentemente que no nos deja solos, estará siempre la presencia de su Espíritu, el Espíritu de la Verdad que, como hemos reflexionado, nos lo enseñará todo, nos irá recordando todo lo referente a Jesús. Pero ahora el texto nos insiste en la oración. Tendremos la certeza de que seremos escuchados, tenemos la certeza del Padre que nos ama y nos escucha. Como nos dice Jesús, no es que El interceda por nosotros, aunque en otro momento nos diga que será nuestro intercesor, sino que el Padre nos escucha porque somos sus hijos.

‘Aquel día pediréis en mi nombre, - nos dice y nos añade aun más - y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. El Padre nos ama por el amor que le tenemos a Jesús, por la fe que hemos puesto en Jesús.  Es hermoso. Es como si alguien nos dijera que nos ama y que nos escucha, porque somos amigos de su hijo, o aquello otro que decimos tantas veces, los amigos de mis amigos son mis amigos también.

Jesús se vuelve al Padre pero no nos deja solos. La maravilla de nuestra fe nos hace descubrir una presencia que no tenemos que ver con los ojos de la cara, es lo que podemos sentir en el corazón. Algunas veces en nuestros momentos de fervor nos llenamos de añoranzas y nos ponemos a pesar si nosotros hubiéramos estado allí, en aquellos momentos de los que nos habla el evangelio, cómo habría sido nuestra fe, como nosotros no le hubiéramos abandonado ni rechazado, con cuanto fervor hubiéramos vivido junto a El. Pero en la maravilla de nuestra fe, como decíamos, no necesitamos de esa presencia que palpemos con los ojos de la cara. Hay algo místico y maravilloso que nos hará sentir, nos hará vivir esa presencia de Jesús junto a nosotros. Es lo que ahora tenemos que intensificar.

Es lo que vivimos en nuestro sentido de Iglesia, es lo que vivimos en los sacramentos, es lo que vivimos con nuestra oración y mira que Dios nos escucha, pero es también lo que vivimos en el encuentro con los hermanos; cuando estamos reunidos en su nombre allí está en medio de nosotros. Pero es también que en cada hermano que viene a nuestro encuentro está viniendo Jesús a nosotros, en cada gesto de amor que nosotros tengamos para los demás es como si a El se lo estuviéramos haciendo. ‘Todo lo que hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis’, que nos dice Jesús.

No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor.

martes, 15 de marzo de 2022

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino


 

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino

Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Hemos de estar preparados para afrontar los retos que nos presenta la vida, es cierto; podíamos decir que la vida cada día es más compleja, surgen problemas nuevos, hay mayor diversidad de pareceres y opiniones y bien sabemos que no es cuestión de hacer las cosas así como por rutina, porque siempre se ha hecho así, sino que tenemos que afrontar nuevos retos y nuevos estilos, problemas que se nos van presentando en esa complejidad de la población en la que vivimos, avance que se va realizando técnicamente y también en el orden del pensamiento. Como decíamos, nos exige preparación, profundización en nuestro pensamiento, revisión de muchas cosas, tener fundamentos sólidos en aquello que vamos presentando.

Cuando hablamos de preparación podemos hablar de estudios, podemos hablar de profundización de nuestro propio pensamiento, podemos hablar de nuevas categorías académicas que van surgiendo, pero también nos podemos ir encontrando como diversos y distintos escalones en los que la misma población se va situando. Y es ahí donde aparecen títulos y reconocimientos que en un momento dado en ese orgullo de aquello que hacemos o que hemos conseguido nos puede llevar a subirnos en pedestales que nos alejan, en jaulas que nos encierran, en distanciamientos que nos creamos entre unos y otros.

Esos escalones de crecimiento intelectual, por llamarlo de alguna manera, que vamos consiguiendo en nuestro camino de preparación y profundización, ¿qué finalidad tiene?, podríamos preguntarnos. Todo siempre tendría que tener una función de servicio a esa comunidad a la que pertenecemos, porque esos respuestas que vamos encontrando, ese avance que vamos realizando tendría que ser siempre en función de ese servicio, función del bien de esa comunidad. Pero algunas veces tenemos la tendencia a encasquillarnos en nuestros saberes creando un aislamiento de cuanto nos rodea, y fundamentalmente creando un aislamiento de esos hermanos nuestros a los que estamos llamados a servir.

Hoy Jesús nos previene. El quiere un nuevo estilo de comunidad, un nuevo sentido de humanidad; un mundo en el que desterremos todo aquello que nos pueda distanciar y separar; un mundo de comunión en el que tenemos que saber caminar juntos aportando cada uno desde sus valores, desde sus cualidades y capacidades, un mundo donde nunca nos pongamos unos sobre otros, sino que sepamos caminar codo con codo; un mundo de sencillez donde desterremos los alardes que puedan crear distinciones entre nosotros, un mundo en que en verdad nos sintamos hermanos.

Puede parecer una utopía, pero es algo que podemos hacer realidad. No son sueños vanos, sino realidades que tenemos que crear; por eso nadie puede estar en un pedestal superior; un mundo donde desterremos categorías y jerarquías que nos quieran hacer depender los unos de los otros. Por eso, hoy claramente nos dice, fuera los títulos que crean esas distinciones. Ya en otro momento nos dirá que la verdadera grandeza está en el servicio, en poner a disposición de todos aquello que somos.

Nada de imponer sobre los demás lo que nosotros no seamos capaces de hacer. Nada de apariencias vanidosas en que nos llenemos de adornos que crean diferencias ni de títulos que nos suban a pedestales. Ni nos llamemos maestros, ni nos llamemos padres de nadie, porque todos somos hermanos y todos estamos haciendo el mismo camino. Nada de búsquedas de reverencias ni halagos, porque nos creamos más merecedores que los demás. Nada de reconocimientos honoríficos, sino todos caminos en la sencillez y en la humildad.

martes, 20 de julio de 2021

Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

Éxodo 14, 21 — 15, 1; Sal.: Ex 15,8-9.10.12.17; Mateo 12,46-50

‘Aquí está la esclava del Señor’, había dicho un día María allá en Nazaret. ‘Hágase en mí según tu palabra’. Y había plantado la Palabra del Señor en su corazón. No había otra razón de ser para su vida. Ese era todo el sentido de su existencia. Obediencia de la fe, obediente siempre a la Palabra del Señor.

Lo que acabamos de oír hoy en el evangelio no es una minusvaloración de María hecha por su propio hijo Jesús. Todo lo contrario. El también obediente al Padre su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo. ‘Aquí estoy para hacer su voluntad’ había proclamado Cristo a su entrada en el mundo.

Un día María lo había visto partir de Nazaret. Se ponía en camino. En los datos casi cronológicos de algunos evangelistas parecía que su marcha de Nazaret había sido para ir también a escuchar al Bautista en las orillas del Jordán. Pero allí había de ser señalado desde el cielo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Era la Palabra que se había encarnado y plantado su tienda en medio de nosotros; era la Palabra que había de resonar bien fuerte por los caminos y aldeas de Galilea y por toda Palestina. Era el camino que había emprendido desde su salida de Nazaret.

Aunque había vuelto por Nazaret donde no habían querido escucharle y poner su fe en El, ahora es María con sus hermanos la que viene hasta Jesús. Le avisan. ‘Ahí están tu madre y tus hermanos’, pero El quería resaltar muy bien quien era su madre y quienes serían para siempre sus hermanos. Los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón. Como había hecho María como ya lo proclamara ella en Nazaret.

Esos son mi madre y mis hermanos. Esa es mi madre, la que escucha la Palabra y la planta en su corazón. Es lo que nos está queriendo decir Jesús. Es el camino que está abriendo también delante de nosotros. Cómo tenemos que acoger la Palabra de Dios. Y nos hablará de la semilla sembrado en toda tierra, y nos hablará de la semilla de la que se espera que dé fruto al ciento por uno, y nos hablará de la semilla que se enraíza en nuestro corazón y comienza a germinar en nueva vida, sin que sepamos cómo, y nos hablará de ese misterio de Dios que es su Palabra produciendo fruto en nuestro corazón.

María está siendo para nosotros un modelo de esa acogida de la Palabra de Dios. Palabra de Dios que la abre al misterio de Dios. Cuántas maravillas se realizan en su corazón desde su acogida de la Palabra de Dios. El Espíritu del Señor, que la fecundó con su sombra está realizando obras maravillosas en ella, que se siente la pequeña, la esclava del Señor. Cómo lo canta María en el Magnificat. ‘El Señor hizo en mí obras grandes’. ‘El Señor que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, a María la ha levantado, la ha exaltado porque ella es la Madre del Señor. ‘¿De donde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ proclamará también Isabel reconociendo las maravillas de Dios.

Es la Palabra de Dios que la pone siempre en camino. Irá presurosa a la montaña para servir a su prima Isabel de la que ha tenido conocimiento de que va a ser madre y necesitará alguna ayuda. Pero es la María que estará siempre con los ojos abiertos para detectar una necesidad pero también para provocar el milagro que transformará el agua en vino cuando somos capaces de hacer lo que El nos diga.

Pero es también la María que estará en el corazón de la Iglesia, como estuvo allí en cenáculo acompañando a aquella comunidad que estaba naciendo, ayudando a que aquellos discípulos abrieran también su corazón a Dios y se dejaran transformar por el Espíritu. ¿Queremos ser en verdad la comunidad de Jesús, la familia de Jesús? Hagamos como María, dejémonos fecundar por la Palabra de Dios y nuestros corazones se transformarán, y nos llenaremos de amor, y seremos capaces de estar siempre en camino como María para llevar a Dios a los demás.

jueves, 10 de junio de 2021

Que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad, haciendo que la ternura y la delicadeza nos hagan más humanos y más hermanos

 


Que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad, haciendo que la ternura y la delicadeza nos hagan más humanos y más hermanos

2Corintios 3, 15-4, 1. 3-6; Sal 84; Mateo 5, 20-26

Si uno se pone a pensar un poquito y observa lo que vemos alrededor, pero en lo que caemos nosotros también con tanta facilidad, tenemos que reconocer la certeza de aquel aforismo antiguo, latino, que nos hablaba de que el hombre se ha convertido en un lobo para el hombre. Es la acritud con que vamos por la vida, reconozco que me pasa muchas veces, la facilidad con que levantamos la voz cuando queremos imponernos, pero son también las expresiones hirientes que empleamos frecuentemente en nuestro trato con los demás.

Hago mención a estos aspectos porque es algo que tenemos muy claramente delante de los ojos, pero reconozcamos también cuántos distanciamientos se producen entre familiares o entre vecinos, cuánto cuesta el entendimiento cuando nos encontramos con opiniones enfrentadas y en nuestro orgullo perdemos la serenidad para el diálogo, y cuántas violencias se provocan en el día a día de nuestras relaciones con los demás.

Desgraciadamente entre los que están ahí como espejos en que mirarnos, en los dirigentes de la sociedad, contemplamos demasiada acritud, con unos partidismos que encierran a cada uno en su castillo y no es poco lo que escuchamos en la manera de tratarse los adversarios con descalificaciones tantas veces insultantes. Por aquello de la libertad de expresión parece que todo está permitido y la verdad tenemos que reconocer que poco contribuye a una educación para la paz en las generaciones más jóvenes.

Muchas veces nos atrevemos a hacer manifestaciones que decimos a favor de la paz pero llenas de violencia y acritud en sus gritos o en las expresiones con las que se trata de descalificar a los que no piensan igual. ¿Ese es el mundo que queremos? ¿Esa es la sociedad que pretendemos construir?

Hoy Jesús en el evangelio nos da la pauta de cómo han de ser nuestras relaciones en ese mundo de fraternidad que pretendemos construir. Es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y en el que se nos piden unas actitudes nuevas y nuevos gestos de cercanía, fraternidad y amor. Decir Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor y cuando reconocemos que Dios es nuestro único Señor necesariamente hemos de entrar en un estilo de relaciones mutuas donde han de prevalecer esos valores del Reino de Dios.

Dios es el único Señor de nuestra vida, pero es un Dios de amor que se nos manifiesta y se nos presenta como Padre. Así nos lo enseñó a llamar Jesús. Siendo, pues, hijos de Dios entraña que todos hemos de sentirnos hermanos, de ahí entonces esos gestos de amor que hemos de tenernos los unos con los otros porque somos hermanos. Y es lo que nos está señalando hoy Jesús en el evangelio subrayando algunos aspectos.

Un mundo de armonía y de paz manifestado en gestos de cercanía y comprensión y en palabras llenas de ternura y de respeto para con los otros; nunca nuestras palabras pueden herir u ofender al hermano; un mundo en que sepamos aceptarnos y respetarnos tal como somos pero buscando siempre el encuentro que rompa las distancias o nos abaje de los pedestales del orgullo. Por eso nos dirá Jesús es tan importante la reconciliación y el perdón de manera que no tendría sentido que quisiéramos hacer ofrenda de amor a Dios mientras estamos distanciados del hermano.

Qué distinto sería nuestro mundo y que hermosas serían las relaciones que tendríamos los unos con los otros. Que la ternura y la delicadeza nos haga más humanos; que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad.

martes, 26 de enero de 2021

Como María, la madre de Jesús, y sus hermanos queremos ver a Jesús para estar con El y empaparnos de su presencia

 


Como María, la madre de Jesús, y sus hermanos queremos ver a Jesús para estar con El y empaparnos de su presencia

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 3, 31-35

El episodio que nos narra hoy el evangelio tiene los rasgos de algo muy normal y al mismo tiempo refleja una gran humanidad. Es normal que una madre se interese por donde está su hijo, como le va en las tareas que ha emprendido, quiera tener noticias de El o vaya a buscarlo o a verle cuando se entera que está cerca. Jesús había marchado de Nazaret y se había establecido en Cafarnaún; desde allí iba de un lugar para otro haciendo el anuncio del Reino y no hay datos por el relato del evangelio que nos hable de su madre y de su familia como siguiéndole allá por donde vaya haciendo el anuncio del Reino. Esporádicamente aparece casi al comienzo en las bodas de Caná – ambos estaban invitados a la boda -, ahora en esta búsqueda de Jesús, y solamente más tarde la veremos en Jerusalén a la hora de la Pascua. Por eso digo entra en lo más normal y con los rasgos de humanidad que sabe vivir una familia.

Sin embargo aparentemente pareciera que hay un choque y casi como que Jesús no quisiera en esos momentos hablar de su madre y su familia ni incluso atenderlos. Y digo aparentemente, porque si nos ponemos a profundizar en las palabras de Jesús estaremos viendo la profundidad del testimonio que nos quiere ofrecer de su madre.

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús dirigiéndose a los que le traían el recado pero también a todos los presentes. Y nos dice el evangelista que señalando con su mano a todos los presentes viene a hacer esta afirmación. ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

No niega Jesús lo que significan su madre y sus hermanos. Cuando en otra ocasión una mujer anónima en medio de las gentes grite a pleno pulmón en alabanzas para la madre que lo parió, Jesús afirmará entonces que dichosos son los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón, la cumplen en su vida. Dichosa era María, sí, porque era la madre de Jesús, porque era la Madre de Dios, pero más dichosa aun porque así acogía ella la Palabra de Dios en su vida.

¿No fue María la que plantó la Palabra de Dios en su corazón, porque de Dios se sentía la humilde esclava del Señor y quería que se realizase en ella, se cumpliese la Palabra del Señor? Ahora podemos afirmar lo mismo con las palabras de Jesús, María es la que hace lo que es la voluntad de Dios. Entonces, de alguna manera, nos la está poniendo como ejemplo, como modelo para nosotros para que así plantemos en nuestra vida la Palabra de Señor y así seremos la familia de Dios.

Es la reflexión que surge para nosotros en nuestro interior ante esta Palabra de Dios que hoy se nos proclama. ¿Somos nosotros en verdad la familia de Jesús porque así aceptamos y acogemos en nuestra vida la Palabra de Dios? Como María y los hermanos y las hermanas de Jesús, queremos ir también nosotros a estar con Jesús.

Estar con Jesús, qué cosa más importante; qué cosa más necesaria para nuestra vida. Estamos a su lado y nos gozamos de su presencia, estamos muy cerca de El y nos bebemos sus palabras, no queremos dejar perder ninguna de sus palabras, queremos escucharle atentamente, masticar y saborear cuanto nos dice, sentir la alegría de su mirada llena de ternura pero que llega a lo más hondo de nosotros mismos desnudándonos por dentro, disfrutar conociéndole más y más pero al mismo tiempo sintiendo como se corren muchos velos de nuestro corazón y nos conocemos más sintiéndonos cada vez más impulsados a parecernos a El, a vivir como El, a llenarnos de su vida y de su amor.

Es muy importante para nosotros ese saber estar con Jesús, porque solamente cuando estemos con El desde lo más profundo, podremos ponernos en camino para esa misión que nos confía, para que vayamos a hablar de El a los demás, para que trasmitamos con toda sinceridad y valentía el evangelio, la buena nueva de la salvación que nos trae Jesús. Nos sentimos nosotros salvados porque nos sentimos inundados de su amor, pero sentimos que no nos podemos quedar quietos porque eso tenemos que transmitirlo a los demás.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Ojalá nos sentemos en esa mesa en común donde todo lo compartimos, donde todos nos encontramos, donde vivimos las señales del Reino de Dios también presente entre nosotros

 


Ojalá nos sentemos en esa mesa en común donde todo lo compartimos, donde todos nos encontramos, donde vivimos las señales del Reino de Dios también presente entre nosotros

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Mateo 15, 29-37

Al escuchar los textos que nos ofrece hoy la Palabra de Dios que nos habla por una parte de ese festín de manjares suculentos preparado en el monte del Señor, del que nos habla el profeta, o de la multiplicación de aquellos siete panes y dos peces allá en el monte en los alrededores del lago de Tiberíades, me ha venido a la mente el recuerdo de algunas experiencias vividas en algunas comunidades por donde he estado.

Hay tradiciones, costumbres en los pueblos que algunas veces olvidamos pero que son fáciles de rescatar con un poco de entusiasmo como pueden ser esos días de fiesta en que se pone todo en común y se hace una comida con la participación de todos cada uno ofreciendo lo que buenamente puede y quiere. Son momentos hermosos en que lo de menos es lo mucho o lo bueno que comamos sino esa convivencia de sentirnos unidos como pueblo compartiendo entre todos lo que cada uno desde su sencillez y generosidad puede aportar. He de confesar que he vivido en ese sentido momentos muy hermosos, muchas veces casi surgidos desde la espontaneidad y generosidad de la gente.

Ya sé que hoy nos es más fácil encargar a un lugar que nos prepare la comida y llegamos allí y lo tenemos todo dispuesto; muchas veces quizá se hace así por determinadas circunstancias o quizá evitando el engorro de lo que hemos de preparar, pero la espontaneidad de lo que cada uno ofrece y todos compartimos tiene una enorme belleza y es señal de cosas hermosas que todos llevamos en el corazón pero que no siempre somos capaces de sacar a flote. ¿No pueden ser señales y signos del Reino de Dios a la manera de ese festín de manjares enjundiosos del que nos habla el profeta hoy?

Me podéis decir quizás que soy un iluso, pero sueño con comunidades que tengan esos gestos y esa capacidad de encontrarse, porque esa comunicación que entre todos se establece tiene una riqueza muy grande y esa cercanía que creamos entre unos y otros elimina diferencias, acerca los corazones, hace superar viejas cosas que podamos guardar en el corazón y que tanto daño nos hacen.

Ahora es cierto estamos viviendo unos momentos por la pandemia que sufrimos que tenemos que evitar contactos que nos puedan llevar a contagios, pero creo que todos anhelamos en el fondo de nuestro corazón el que podamos volver a tener contacto los unos con los otros y creemos una nueva cercanía que cree ese ambiente nuevo que necesitamos. La ausencia de cosas que incluso habíamos medio olvidado nos hace resucitar en el corazón buenos deseos de nuevas formas de encontrarnos, porque si de algo que tenemos que contagiarnos es de cercanía, cariño, amor fraternal y una nueva armonía que cree de verdad paz en los corazones para mejorar nuestro mundo.

Este tiempo de desierto que ahora estamos viviendo lo podemos convertir en verdadero Adviento de nuestra vida, un tiempo de deseos y de espera de algo nuevo, de algo mejor, que es a lo que nos tendría que llevar una reflexión seria y con el corazón lleno de paz en los momentos que vivimos. Ojalá aprendamos a sacar la lección y todo este tiempo como de silencio y en cierto modo alejamiento sea un gestar un tiempo nuevo, un estilo nuevo, una nueva forma de vivir.

Ahora vamos a hacer como aquellas gentes con las que se encontró Jesús cuando subió al monte, según el relato del evangelio que hemos escuchado. Allí le llevaron a Jesús toda clase de sufrimientos, y dice el evangelista que los ponían a los pies de Jesús. Así nos vamos a poner nosotros, sí, con nuestros sufrimientos, con esas cosas que nos duelen por dentro, con esos anhelos y con esas frustraciones que quizás tantas veces vivimos, con esos dolores y con esos miedos por los que pasamos cuando no sabemos como van a terminar las cosas, con esas actitudes que por ahí andan escondidas de tantas veces que quizá no quisimos unirnos a los demás, no quisimos compartir, nos aislamos y ahora cuando lo pensamos nos duele porque sabemos que no hicimos bien.


Vamos a sentir que Jesús llega hasta nosotros, pasa en medio de nuestros cuerpos doloridos pero también de nuestros espíritus muchas veces atormentados y El nos irá sanando, irá poniendo su mano sobre nosotros, nos ir ayudando a abrir el corazón para emprender nuevos caminos y nuevas tareas, va a ir despertando en nosotros actitudes nuevas que nos lleven a la solidaridad para ser capaces de poner esos siete panes, aunque nos parezcan que son poca cosa, a los pies de Jesús para que los transforme y los multiplique.

Es lo que tiene que ser este Adviento nuevo que estamos viviendo que nos va a llevar a un auténtico encuentro con el Señor en un nuevo estilo de vida que vamos a vivir en el estilo del evangelio. Nos sentaremos así en esa mesa en común donde todo lo compartimos, donde todos nos encontramos, donde vivimos las señales del Reino de Dios también presente entre nosotros.