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martes, 3 de marzo de 2026

Vayamos despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias en quien se dice discípulo de Jesús

 


Vayamos despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias en quien se dice discípulo de Jesús

Isaías 1, 10. 16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12

Es en el camino de la sencillez y de la humildad donde manifestamos nuestra verdadera grandeza. Eso lo sabemos todos porque aunque seamos como seamos sin embargo nos queda algo de sensatez en nuestro interior, en nuestro pensamiento; diríamos que es algo que hemos ido aprendiendo en la medida en que hemos ido madurando en la vida y quizás tras experiencias donde quizás un día nos dejamos llevar por el orgullo y la vanidad y al final salimos chamuscados, por decirlo de alguna manera.

Sin embargo la tentación de la vanidad nos aparece continuamente en nuestra vida; porque nunca queremos quedar por debajo de los demás y haremos todo lo posible por estar en el escaño superior para intentar ver por debajo a los otros; algunas veces sin ser nada sin embargo nos creemos superiores y comenzamos a hacer nuestras discriminaciones en la vida; en el orgullo que se nos va metiendo por dentro nos cuesta aceptar que tenemos que mezclarnos con todos porque todos somos iguales y nos dejamos llevar por las aspectos externos que contemplemos en los otros o por lo vanidosos que nosotros nos presentemos; y vamos a decir algo más, pudiera ser que estemos dotados de especiales dones y cualidades, pero tenemos que pensar que cuanto enriquece nuestra vida no es para nosotros mismos sino para el servicio generoso y desinteresado con los demás.

Es de lo que nos está hablando Jesús, partiendo de aquellas actitudes dominantes con las que se presentan los que se creen dirigentes de la comunidad por las funciones que quizás tengan que realizar; pero se olvidan de la sencillez y de la humildad como hemos venido diciendo, se creen maestros y con autoridad para imponer sus criterios a los demás, o para valerse de esa preponderancia para tener una actitud de dominio sobre los otros.

Por eso Jesús les dice que entre sus discípulos no pueden ser como ellos; nuestra actitud siempre ha de ser la del servicio y esa misión que quizás hayamos recibido o esos dones que pudieran adornar nuestra vida nos han de poner siempre en actitud de servicio. Recordamos lo que hizo Jesús en la última cena; ‘me llamáis y el maestro y el Señor, y en verdad lo soy’, les dice porque quizás se han sentido sorprendidos por el gesto que ha realizado Jesús de lavarles los pies a todos. Pero a continuación nos dirá que eso es lo que nosotros tenemos que hacer con los demás.

Por eso hoy, en el texto que se nos ofrece en este día nos dice que no nos dejemos llamar ni maestros ni padres, porque todos estamos a la misma altura, ‘todos vosotros sois hermanos’, les dice. El sí era el maestro, pero no le importó quitarse el manto, ceñirse la toalla y ponerse a los pies de los discípulos. Y nosotros vamos con nuestra prepotencia pidiendo reconocimientos y aplausos, mirando por encima del  hombro a los demás, no queriendo mezclarnos con todos, haciendo nuestras distinciones.

¿Tratamos igual a todos los que conocemos o a todos los que están a nuestro lado? Ya sé que es muy humano que haya simpatías y sintonías, pero eso no quita para que con aquel que no nos cae simpático también seamos amables, lo saludemos con una sonrisa, y le tendamos la mano con generosidad para hacer algo por él.  Cuántas oportunidades tenemos de ir sembrando sintonías a nuestro lado, no pases nunca a la distancia del otro cambiando de acera porque te cae mal. No es fácil, porque las fibras de nuestro corazón están dañadas y aparece pronto la discordancia, pero por encima de todo eso tiene que haber algo más. ¿Somos o no somos discípulos y seguidores de Jesús?

Vayamos, pues, despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias. Es el camino humilde y sencillo con el que vamos haciendo presente el Reino de Dios en nuestro mundo. Cuando has comenzado a amar de verdad a todo el que está a tu lado es que has entrado en la sintonía del Reino de Dios.

domingo, 23 de noviembre de 2025

No es un líder carismático y un dirigente, para nosotros es el Señor, dispuestos a tener parte con El porque nos lavaremos los pies los unos a los otros

 


No es un líder carismático y un dirigente, para nosotros es el Señor, dispuestos a tener parte con El porque nos lavaremos los pies los unos a los otros

2Samuel 5,1-3; Salmo 121; Colosenses 1,12-20;  Lucas 23,35-43

Si nosotros tuviéramos la posibilidad real de elegir – y no es cuestión ya de elecciones que llamamos democráticas que tenemos muy reglamentadas y muy marcadas con muchas connotaciones no siempre tan luminosas – decíamos, de elegir a un dirigente capaz de conducirnos por los mejores caminos no elegiríamos a uno a quien vemos fracasado y poco menos que derrotado en la vida,, sino quien sea capaz de tener un verdadero liderazgo desde su propia rectitud pero manifestado también en un camino recorrido de triunfo y de victorias en cosas conseguidas.

Como respuesta en cierto modo a esto que estamos planteando la primera lectura de este domingo nos habla de cómo los de Israel fueron a buscar a David, rey ya de Judá, para que fuera su rey; es el David que han visto que es un buen estratega y salir victorioso ya en muchas batallas; no es solo un pastor de un rebaño en Belén sino un vencedor en muchas contiendas.

Pero en contraposición a esto que venimos diciendo en el evangelio veremos que aquel ladrón que está también crucificado allí en el Calvario, en postura diferente y contraria a todas las burlas de los que presenciaban la agonía y muerte de Jesús diciéndole que se salve a si mismo, que se baje de la cruz, es precisamente a ese que aparece como un fracasado a quien pide que se acuerde de él cuando llegue a su Reino. Podría parecer algo contradictorio y chocante que ponga la fe en quien a los ojos de todos aparece como un condenado que ha fracasado en lo que proponía como reino de Dios.

Mi reino no es de este mundo’, le había respondido Jesús a Pilatos, que no tenía ejércitos que ahora vinieran en su auxilio. Pero Jesús sí había centrado toda su predicación y toda su vida en el anuncio de la llegada del Reino de Dios. No le habían entendido, mientras unos no quitaban de la cabeza la idea de un Mesías guerrero y libertador de Israel, otros no llegaban a entender ese estilo nuevo que Jesús venía ofreciendo para nuestras vidas; no podían entender que el amor tenía que ser el verdadero constructor de un mundo nuevo y no basándonos en otras fuerzas o manifestaciones de poder.

Para muchos escuchando a Jesús, por no entenderlo por tener la mente cerrada con sus ideas preconcebidas, su mundo se les resquebrajaba y se les venía abajo, porque querían construir la vida desde la vanidad o desde un poder que manipula. Es la oposición que va encontrando en aquellos que pensaban que las cosas siempre habían sido así y por qué iban a cambiar, sobre todo cuando su prestigio, su preponderancia, y las apariencias de sus vanidades se venían abajo.

Era algo nuevo lo que Jesús proponía y por eso le decía a sus discípulos que entre ellos no podía ser como entre los poderosos de este mundo; era un camino de sencillez y de humildad, era un camino de mansedumbre y de autenticidad, era un camino de servicio y de desprendimiento de si mismo, era un camino en que todos tendríamos que sentirnos cercanos los unos a los otros porque entre todos había de haber una nueva comunión que tendría que hacer que nos sintiéramos hermanos. Es el camino del Reino de Dios que era comenzar a vivir una vida nueva.

Hoy estamos celebrando ese Reino de Dios y decimos que Jesús es nuestro Rey y Señor. Así comenzaron a verlo con toda claridad sus discípulos a partir de la resurrección. Es cuando comenzaron a comprender muchas cosas que habían visto y escuchado a Jesús en aquellos años de predicación. Ejemplo nos había dado, podemos recorrer todas las páginas del evangelio. Si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, así tenéis que lavaron los pies los unos a los otros, les diría en la cena pascual después de aquellos momentos de desconcierto que se quitó el manto y se puso a lavarles los pies uno a uno.

‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’, le había dicho al renuente Simón Pedro; y querrá Pedro que le lave no solo los pies, sino las manos y la cabeza y todo. No era una ablución cualquiera, una ablución ritual lo que Jesús estaba realizando. Estaba mostrándonos nuestro camino. A nosotros nos dirá que si no nos lavamos los pies los unos a los otros no tendríamos parte con El. Pero que pronto lo olvidamos.

En la liturgia de este domingo, último del ciclo litúrgico, pues el próximo domingo entraremos en el Adviento, queremos hacer esta proclamación de Jesucristo como Rey. Es el fruto del camino recorrido, es la consecuencia de todo lo que hemos vivimos a lo largo del año litúrgico desde las grandes celebraciones que han centra nuestra vida en este año, pero desde esa celebración de cada semana en el domingo, día del Señor, o lo que hemos vivido cada día.

Ha sido como un camino de ascensión el que hemos recorrido; muchas experiencias intensas en la vida de nuestra fe habremos tenido a través de las celebraciones y de lo que sido el compromiso de nuestra vida cristiana, como quizás también hemos constatado nuestra debilidad, nuestra poca perseverancia y los tropiezos que hayamos podido tener. Pero una cosa hemos de tener como muy cierta y segura, en ese camino hemos querido estar con el Señor, la presencia del Señor en nuestra vida no ha faltado aunque a veces hayamos camino medio ciegos y sordos.

‘¡Es el Señor!’, tenemos que saber reconocer como Juan allá a la orilla del lago de Tiberíades. Mucho más que un líder o un gran dirigente. Es nuestro Rey y Señor. El nos promete que estaremos con El en el paraíso, como le dijo al buen ladrón. ¿Nos lanzaremos al agua como Pedro tal como estamos porque queremos estar cerca del Señor?

 

martes, 18 de marzo de 2025

Jesús quiere para nuestra vida y para nuestro mundo un nuevo estilo y sentido de vida hecho de cercanía y fraternidad, ternura y generosidad, señales del nuevo Reino de Dios

 


Jesús quiere para nuestra vida y para nuestro mundo un nuevo estilo y sentido de vida hecho de cercanía y fraternidad, ternura y generosidad, señales del nuevo Reino de Dios

Isaías 1, 10. 16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12

¿A quien le amarga un dulce?, solemos decir. Y es cierto. Claro que nos sentimos halagados cuando somos reconocidos en lo que hacemos, cuando escuchamos una alabanza sobre nosotros, sentirnos apreciados, valorados, queridos. Son buenos deseos, buenas sensaciones, pero que no han de permitir que se nos suba el gallo. Un aprecio y una valoración será también un estímulo para nuestra vida que nos impulsa a seguir haciendo lo bueno, y de la misma manera nosotros mostrar nuestro aprecio por los demás.

Bueno es que no solo lo miremos como lo que nosotros podamos recibir de los demás, sino la buena actitud que tendría que haber en nuestra relación con los demás, cómo una palabra oportuna les hará subir su propia estima, y así con esa buena actitud nuestra hacia los demás de alguna manera nos estamos mostrando también agradecidos por lo ellos son de estímulo para nosotros.

Podría parecer que con esta primera reflexión que me estoy haciendo pretendo enmendar la página del evangelio que acabamos de escuchar. Ni mucho menos, sería una osadía por mi parte. Pero lo que nos está diciendo Jesús no es que no queramos aceptar la valoración de lo bueno que los demás hacen de nuestros actos, porque Jesús nos está enseñando por otro lado que eso es lo que tenemos que hacer nosotros, sino que lo bueno que hagamos no lo hacemos con la intención, por ejemplo, de buscar esas alabanzas o reconocimiento de los demás. Lo que quiere es que alejemos la vanidad y el orgullo de nuestra vida.

Nos enseña Jesús a andar en la rectitud, pero también en la sencillez; a ser responsables con lo que hacemos, pero que no vayamos buscando las ganancias que engordan nuestro orgullo; que es la sencillez y la humildad el estilo que hemos de dar a nuestra vida y a lo que hacemos, que es el espíritu de servicio el que nos tiene que impulsar siempre a hacer lo bueno o a ayudar a los demás y en consecuencia no nos podemos presentar desde la autosuficiencia y la soberbia de unos títulos que en si mismos son papel mojado no subidos en unos pedestales con los que nos presentemos con un grado de superioridad. Nos dice que no nos dejemos llamar maestros ni siquiera padres, porque otros son los roles de cercanía que tienen que haber entre nosotros.

Si tenemos que enseñar  porque esas son las cualidades y valores de los que estamos dotados, enseñamos; si tenemos la función de padre desde el cariño de nuestro corazón nos mostramos caminantes que acompañamos con nuestra cercanía para el crecimiento de la persona; si nos sentimos enriquecidos por lo que hemos recibido de la vida o como fruto también de nuestro esfuerzo compartimos porque eso bueno que tengamos no lo tenemos que guardar solo para nosotros mismos.

Es la riqueza del mundo que Dios ha creado y puesto en nuestras manos, que tenemos que hacer crecer, pero que tenemos que ayudar a los demás a que también se desarrollen a si mismos. Siempre desde la actitud de servicio, siempre con la generosidad de un corazón abierto a los otros, siempre con la ternura que da el amor y que tiene que envolver nuestra vida, siempre regalando todo aquello que pueda hacer más felices a los demás con lo que yo también seré feliz.

Es el estilo del mundo nuevo que Jesús quiere que construyamos; son las señales del Reino de Dios que Jesús viene a constituir; es la muestra de una fraternidad llena de amor porque todos en verdad nos sentimos hermanos; es lo que hacía que la presencia de Jesús en medio de las gentes creará esa sensación de algo nuevo que estaba surgiendo con la palabra de Jesús y los gestos de Jesús que nosotros ahora hemos de copiar y realizar en nuestra vida. Es ese nuevo sabor que damos a la vida con la sal y con la dulzura del evangelio.

domingo, 5 de noviembre de 2023

El mensaje que tenemos que trasmitir siempre ha de ser una buena noticia, evangelio, también para los corazones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo

 




El mensaje que tenemos que trasmitir siempre ha de ser una buena noticia, evangelio, también para los corazones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo

Malaquías 1, 14b-2, 2b. 8-10; Sal 130; 1 Tesalonicenses 2, 7b-9. 13;  Mateo 23, 1-12

¿Seremos en verdad los cristianos hoy congruentes con el mensaje del evangelio? ¿Dejaremos sentir que en verdad somos una comunidad de hermanos que se quieren y que queremos ser fieles a toda costa del mensaje de amor y de vida que nos ofrece el evangelio? ¿No estaremos donde más la impresión de ser una sociedad estructurada para alcanzar unas metas y que así quiere presentarse fuerte ante el mundo casi más como una estructura de poder que una comunidad de vida? ¿Será en verdad atractiva para los hombres de hoy la imagen que damos como Iglesia?

Perdónenme mis amigos que siguen esta semilla de cada día si pudieran parecer fuertes las palabras que estoy diciendo. Pero es necesario tener valentía para plantearse muchas cosas que en nuestra vida de cada día necesitan un enfoque más acorde con el evangelio. Nos podemos parecer mucho más a una sociedad como tantas que se organizan en el mundo, y algunas veces pudiera parecer que seguimos actuando con aquellos criterios, aquellas maneras de actuar, que Jesús critica en el evangelio con los grupos religiosos y de presión de aquellos tiempos. No queremos escandalizar ni producir perturbaciones en el espíritu de nadie, pero sí tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús que plantea inquietudes en los corazones.

Y el mensaje que tenemos que trasmitir siempre ha de ser una buena noticia para los corazones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo también. Una buena noticia que siembre esperanza, una buena noticia de un mundo nuevo en que nos amemos más, una buena noticia que nos despierte para salir de una vida amorfa en la que tantas veces nos sumergimos, una buena noticia que sea de verdad alegría en la esperanza para muchos corazones inquietos y que buscan algo nuevo, una buena noticia que sea creíble por el testimonio de vida que ofrecemos para las gentes de nuestro tiempo, que parecen que ya vienen de vuelta de todo y nada se creen.

Por eso es tan importante el testimonio que demos los creyentes, la congruencia con que vivamos una vida cada vez más acorde con los valores que nos enseña el evangelio. Nuestras vidas tienen que ser interrogantes para los que están a nuestro lado no para cargarlos de culpabilidades porque les estemos echando en cara los posibles errores que vivan en sus vidas, sino para abrir sus corazones a ponerse en camino de aquello que les va a producir verdadera paz en sus corazones. El testimonio que ofrezcamos con nuestra vida tiene que ser siempre invitación a algo nuevo y a algo que nos va a dar la verdadera alegría.

Y eso tenemos que reflejarlo en nuestra vida, en la sencillez y en la humildad con que nos presentamos, en el amor que envuelve nuestras vidas para estar siempre disponibles para el servicio, para la ayuda, para poner esperanza y alegría en los corazones, por nuestra ternura y por nuestra cercanía para saber caminar haciendo el mismo camino con los que van renqueantes por la vida pero convirtiéndonos en estímulo para buscar algo nuevo. No siempre damos esa imagen de alegría, de paz, de serenidad, de fortaleza, que se convierta en un estímulo para los que nos rodean. Es la imagen que también tiene que dar la Iglesia.

Necesitamos hombres y mujeres que vivan con intensidad su fe, testigos capaces de transparentar en sus vidas el Evangelio de Jesús y que encuentren palabras y gestos que narren al Dios de Vida a las personas que viven sus experiencias de alegría, dolor y esperanza en el hoy y respondan con amor a sus preguntas y necesidades. Necesitamos ser con nuestras vidas acogida para todos los que necesitan amor, amistad, paz, aliento y esperanza para vivir una vida sana y plena compartiendo y construyendo juntos una comunidad cada vez más humana, fraterna y solidaria. Grande es nuestra tarea.

Es la forma de presentarnos, es la forma de estar al lado de los otros, es el abajarnos de los pedestales y de las vanidades, es el sentirnos hermanos que hacemos el camino juntos aprendiendo los unos de los otros; de muchas cosas tenemos que despojarnos porque también son muchas las tentaciones en ese sentido que podemos padecer; no nos podemos presentar con imágenes de poder ni de grandezas humanas, ni con la imagen de que nosotros somos los únicos maestros. Es necesaria más humildad y más sencillez. Nuestro único Maestro es Jesús con su evangelio, nuestro único Padre es Dios. Jesús es muy claro en el evangelio de hoy. Tenemos que escucharlo con corazón abierto.

Es hermosa nuestra tarea pero que nos exige autenticidad en nuestra vida. No solo tenemos que decirlo, sino que tenemos que vivirlo nosotros primero. Será así cómo seremos verdaderos testigos. Será así como seremos buena noticia para el mundo en el que vivimos.

domingo, 14 de mayo de 2023

Envueltos por el Espíritu de Jesús en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán, no estarán huérfanos ni solos

 


Envueltos por el Espíritu de Jesús en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán, no estarán huérfanos ni solos

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65;  1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando en el camino de la vida nos sentimos acompañados por alguien que por su prestigio, por su bien hacer, por sus características de líder y sentimos que de un momento a otros nos va a fallar, no lo vamos a tener a nuestro lado, nos sentimos mal, nos sentimos como abandonados y nos entran los temores de qué va a ser de nosotros, de nuestro grupo, de los proyectos que traemos en mano.

En todo grupo humano siempre tenemos una persona así, que lo es todo para aquel grupo, que sabe mantenerlo unido, manteniendo en alto los ideales y metas; sucede hasta en cualquier grupo de muchachos como lo tenemos en cualquier organización. Hoy le ponemos diferentes nombres, será ‘coach’ como está ahora de moda, será dirigente, acompañante que es lo que realmente significa esa palabra mencionada, será maestro, será animador, será defensor, llamémoslo como queramos, pero si nos falta parece que el mundo se nos viene abajo, aunque la misión del líder es ponernos a caminar para que seamos capaces de hacerlo por nosotros mismos.

¿Por qué no podemos pensar que así se sentían los discípulos en relación a Jesús y que ahora en estos últimos momentos están sintiendo tantas palabras de despedida? La tristeza y la incertidumbre les embargan, porque aun no sabe lo que realmente va a suceder después de aquella cena tan llena de signos. La incertidumbre y la preocupación que también nos envuelve tantas veces a los cristianos frente al mundo y con la misión que en el mundo tenemos que realizar. También nos llenamos de miedos.

Pero Jesús les dice que no tienen por qué estar tristes, El marcha – es el momento de la entrega definitiva – pero les promete quien les va a acompañar siempre. El Espíritu de Jesús no les va a faltar. Les promete el Espíritu de la verdad, que se lo revelará todo, pero que será el acompañante, el Defensor que estará siempre con ellos. No se van a sentir solos, aunque ellos ahora no lo entienden.

No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros… Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad…’ Les costará entenderlo a los discípulos y su consuelo, de alguna manera, es confiarse a las palabras de Jesús. Lo pasarán mal en aquella pascua, más tarde Jesús les abrirá el entendimiento para que comprendan las Escrituras, para que comprendan todo lo que El les ha anunciado. Cuando se sientan envueltos por el Espíritu en Pentecostés todo cambiará en sus vidas, porque los miedos y las cobardías desaparecerán.

Tenemos que poner nosotros también toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Su Espíritu también ha inundado nuestras vidas porque desde el Bautismo nos hemos convertido en morada de Dios y en templos del Espíritu. Como don especial lo recibimos en el sacramento de la Confirmación y ya nosotros con la fuerza del Espíritu tenemos que ser testigos.

El Espíritu que abrió las puertas de la Iglesia para que se expandiera el mensaje del Evangelio, y llegara, como hemos escuchado hoy en la primera lectura, incluso a aquellos lugares a los que en principio tenían temor de llegar porque pensaban que no iban a ser recibidos. Fue el Espíritu el que impulsó a los que salieron de Jerusalén en aquellas primeras persecuciones para anunciarlo en Samaría, que para los judíos era una tierra maldita, y sin embargo vemos como acogen la predicación del diácono Felipe y bajarán luego Pedro y Juan para que por la imposición de las manos sobre ellos se realizara un nuevo Pentecostés.

¿Nos dejaremos conducir por el Espíritu para llegar también a las fronteras, esas fronteras que tenemos ahí cerca de nuestro lado, vecinos nuestros quizá en nuestro mismo pueblo en tantos a los que parece que no interesa el evangelio,  no interesa la Iglesia, para que también may hagamos un anuncio del mensaje del Evangelio?

Es el Espíritu que, como nos decía el apóstol Pedro en la segunda lectura de hoy, que nos hará dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza al mundo que nos rodea. Es el testimonio que tenemos que dar con nuestra vida, que el mundo crea que hay razones para la esperanza, que el mundo vea que es importante mantener viva la fe; que con el testimonio de nuestra vida, por lo que hacemos y por lo que vivimos, por nuestro compromiso serio, por esa lucha que mantenemos contra el mal y la injustita, por esos gestos de humanidad y de cercanía con que nosotros caminamos tendiendo la mano, curando heridos de la vida, levantando caídos, acompañando soledades, poniendo el amor y la comprensión siempre por delante demos razón de la fe que anima nuestra vida, de la esperanza que llevamos en el corazón y que nos mantiene con espíritu alegre para poner alegría en nuestro mundo.

Y lo podremos hacer porque estamos llenos del Espíritu que nos ha dejado Jesús como nuestro acompañante y nuestro defensor, el Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena. Abramos las puertas de nuestro corazón para dejarnos inundar por la fuerza del Espíritu.

 

martes, 7 de marzo de 2023

A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 


A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Con qué facilidad damos un consejo; hablar cosas, opina, decir cómo se tienen las cosas es algo para lo que estamos siempre prontos. Pero una cosa es decir y otra cosa es hacer; con facilidad nos convertimos en consejeros, todos sabemos dar consejos – al menos eso decimos – pero poner manos a la obra, dar ejemplo con lo que nosotros hacemos, realizar nosotros eso que aconsejamos a los demás, ya no es tan fácil. Modelos de palabras, pero no de hechos, no de lo que hacemos, porque al final terminamos no haciendo nada. Y eso nos pasa a todos, bueno, es algo que puede suceder con mucha facilidad. Ahora y siempre, porque siempre ha sucedido así, pero eso no nos justifica.

Confieso que cuando preparo y os ofrezco estas semillas de cada día, yo también puedo caer en lo mismo; muchas veces me lo cuestiono, me interrogo a mi mismo, si yo sería en verdad capaz de hacer lo que aquí voy diciendo. No es fácil. Os digo, sí, que primero que nada leo el evangelio para ver qué es lo que me dice a mi; y trato de que lo que os voy ofreciendo con estas reflexiones, sea algo que primero vea en mi mismo, lo realice en mi mismo. Y repito, no es fácil. Y Dios me libre de caer en esa tentación de ser el consejero bueno para los demás, que me quede en palabras que son solo para los demás y primero no me aplico a mi mismo.

Hoy nos encontramos en el evangelio con lo que Jesús le dice a la gente en referencia a aquellos maestros de la ley que tenían en Israel. Jesús desconfía, los ha llamado hipócritas, por las dos caras, por las apariencias. Vanidades en las que nosotros podemos caer también. Queremos dar una buena cara, como decía un amigo mío, pongo el lado bonito de la cara para salir bien en la foto. Eso hacemos con demasiada facilidad, es lo que ahora Jesús dice de aquellos maestros de la ley, ponen la buena cara, se las dan de cumplidores, se convierten en unos exigentes para los demás, pero no son capaces de mover un dedo por hacer algo bueno, por hacer aquello incluso que dicen a los demás.

Jesús nos está pidiendo otras actitudes, otros valores, algo que nazca de lo más hondo del corazón, algo en lo que nos impliquemos de verdad, algo que envuelva totalmente nuestra vida. Son los planteamientos que tenemos que ir haciéndonos en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua. Es la autenticidad de nuestra vida la que tiene que brillar; son los vestidos viejos de los que hemos de desprendernos, es la transformación profunda que tenemos que ir haciéndonos, son esas vanidades que se convierten en falsedad e hipocresía de las que tenemos que ir desprendiéndonos.

Es ir haciendo pascua en nosotros, porque es mucho a lo que tenemos que morir para llenarnos de la vida nueva que nos hace hombres nuevos. Es como tendrá sentido y verdadero valor la fiesta de la Pascua cuando lleguemos a celebrarla. Caminos de humildad y de sencillez, los que tenemos que emprender, porque son los que en verdad nos llevarán a la Pascua. Nos dice Jesús que ni nos dejemos llamar padre, ni maestro, ni consejero. Cuando ya vamos poniendo el titulo por delante, estamos comenzarnos a vestirnos de unas vestiduras que en verdad no son las nuestras. Y de eso tenemos que despojarnos.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que el que se humilla será verdaderamente enaltecido, que ser primeros es convertirnos en servidores de todos siendo capaces de ponernos en los últimos lugares. A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el autentico camino que hemos de emprender. Y es de lo que tiene que convertirse en testimonio nuestra vida.

sábado, 20 de agosto de 2022

Ser humilde es exigirnos a nosotros mismos para estar siempre en camino de búsqueda de metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto somos

 


Ser humilde es exigirnos a nosotros mismos para estar siempre en camino de búsqueda de metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto somos

Ezequiel 43, 1-7ª; Sal 84;  Mateo 23, 1-12

Las mediocridades suelen ser pendientes muy resbaladizas, y las pendientes nos suelen precipitar al abismo. Yo soy bueno decimos, y vamos haciendo lo que buenamente podemos y nuestra vida se convierte en ramplona, no salimos del pe al pa, no avanzamos, siempre andamos en lo mismo, hace falta esfuerzo y deseos de superación.

Claro que cuando nos contentamos lo de siempre podemos convertir en principios inmutables lo que pudieron haber sido buenas costumbres que valían en otro momento, y aquello quedó obsoleto, fuera de lugar en el momento presente, no hubo búsqueda sincera y profunda de algo mejor, y terminamos por imponer cosas que se quedan en superficiales, pero que las queremos convertir en leyes y normas.

No eran malos los fariseos, querían ser cumplidores y se toman muy radicalmente cosas que pudieron valer en otro momento negándose a abrirse a algo nuevo y renovador. Claro que con su influencia social su estilo que decían muy de cumplidores, pero que a la larga era ramplón por lo repetitivo y por lo rutinario se quería imponer a los demás. No había apertura en su corazón sino cumplimiento ciego y radical llenando la vida de los que los rodeaban de agobios y angustias al sentirse incapaces de vivir encorsetados en tantas normas y reglas y se manifestaba todo eso en una falta de paz en el corazón.

Jesús viene abriéndonos caminos, enseñándonos a aspirar a lo más alto, pero al mismo tiempo a darle profundidad hasta en las cosas más pequeñas cuando le damos el sentido más verdadero. No nos quiere encorsetados en normas que nos tratan de imponer, sino que quiere la autenticidad del corazón. No quiere que nadie se sienta esclavo de nadie, pero nos enseña también que nuestro camino no es el imponernos los unos a los otros, sino el de caminar como hermanos que se dan la mano para superar esos obstáculos y escollos de la vida. Quiere alejar de nosotros todo lo que signifique vanidad y nos hace darnos cuenta que el orgullo es mal compañero para el camino de la vida. Lejos de nosotros la búsqueda de títulos o de pedestales, de reverencias o de reconocimientos que despierten  nuestro ego que pronto se llene de orgullo. Es en el espíritu de la humildad y de la sencillez, donde todos nos sentimos igualmente débiles, pero cuando caminamos juntos nos sentimos más fuertes, el sentido que le hemos de dar a nuestro camino.

‘Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabí”, porque Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías’.

Por eso terminará diciéndonos algo que muchas veces nos repetirá y que tanto nos cuesta comprender y aceptar. ‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Ser humilde no es llevar una vida ramplona; ser humilde es ser sencillo y saber ponernos a la altura del otro; es reconocer nuestra debilidad, pero reconocer también los valores que Dios ha puesto en nuestro corazón que hemos de desarrollar. Ser humilde no es ocultar los talentos, sino exigirnos a nosotros mismos para no quedarnos en la rutina, para no quedarnos en una vida ramplona y repetitiva de lo de siempre, para estar siempre en camino de búsqueda, para saber levantarnos para buscar metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto tenemos en nosotros. Por eso nos dirá que el que se humilla, será enaltecido, porque llegará a encontrar la verdadera grandeza de su vida.

martes, 19 de abril de 2022

No perdamos la sensibilidad ni nos acostumbremos a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sintonía del amor, un día todo será distinto porque nos encontraremos con el Señor

 


No perdamos la sensibilidad ni nos acostumbremos a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sintonía del amor, un día todo será distinto porque nos encontraremos con el Señor

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Las lágrimas cuando dejamos que se conviertan en amargura en el corazón fácilmente nos ciegan y no terminamos de ver lo que está palpable ante nosotros. Había allí un corazón ardiente de amor; había amado mucho y se le habían perdonado sus muchos pecados; pero seguía amando, desde aquellos primeros momentos en que se había visto liberada por Jesús de sus siete demonios, no se apartaba del lado de Jesús. Fue de las pocas que fueron capaces de subir al Gólgota para estar a los pies de la cruz de Jesús.

Cuando el corazón se llena de dolor y de tormento todo se nos hace difícil de comprender; aquellas cosas que con más ardor nos habíamos como bebido de la persona amada ahora parece que se olvidan y no somos capaces de aunar unos acontecimientos con unas palabras previamente anunciadas y todo se vuelve noche en nuestro interior. Los interrogantes surgirían en su interior como toda persona que sufre y no podía entender que la vida de Jesús terminara así en un sepulcro. Le queda ahora quedarse junto al sepulcro de su amado, pero no habían podido realizar con su cuerpo lo mínimo para su embalsamamiento y por eso junto a las otras mujeres, siendo aun de noche, habían venido para culminar los ritos funerarios. Pero el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Habían corrido como locas por las callejuelas de Jerusalén para anunciar a los discípulos que no estaba el cuerpo de Jesús y aunque las otras mujeres hablarían de Ángeles aparecidos junto a la tumba y de que les habían dicho que estaba vivo, para ella, María Magdalena, lo que había sucedido era que se habían robado o llevado de allí el cuerpo de Jesús.

Allí está llorosa a la entrada del sepulcro, vigilando sin saber qué, esperando sin saber qué; es la fidelidad incansable aunque todo permanezca oscuro. De nuevo unos ángeles que se le manifiestan ‘¿Por qué lloras?’ No sabe decir otra cosa. ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Es como su cantinela dispuesta a preguntar a todo el mundo dónde se han llevado el cuerpo del Señor Jesús.

Cuando se vuelve porque siente pasos o siente presencia de alguien, sin darse cuenta de con quién está hablando, pensando que era el encargado del huerto que por alguna razón habría quitado el cuerpo de aquel sepulcro nuevo, y ante la misma pregunta ‘¿por qué lloras?’ vuelve con lo mismo. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’.

No sabe con quién habla, las amarguras cuando se apoderan del corazón nos ciegan y nada somos capaces de reconocer. Pero será una voz, será una palabra ‘¡María!’, la que le haría volver en sí. Era la voz que bien conocía, y aunque los ojos no son capaces de ver, el corazón si es capaz de sentir. ‘¡Rabboni! ¡Maestro!’. Y ahora sí se le han abierto los ojos, se le ha abierto la vida.

No podemos perder la sensibilidad del corazón aunque se nos cieguen todos los demás sentidos. Los latidos del amor tienen que seguir estando presentes en nuestra vida por muchas que sean las oscuridades. Cuidado no endurezcamos el corazón de tal manera que ya no seamos capaces de oír, que ya no seamos capaces de sentir los latidos del amor. El corazón de Magdalena quería seguir latiendo al unísono con el corazón de Cristo y por eso pudo verlo de nuevo, pudo sentirlo y escucharlo.

No perdamos esa sensibilidad, no nos acostumbremos a las negruras y a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sensibilidad del amor; aunque pase largo tiempo de sombras y de tinieblas no perdamos la sensibilidad del amor. Aprendamos a mirar a nuestro alrededor, no temamos tener que enfrentarnos a oscuridades y a sufrimientos, por debajo de todo tiene que seguir circulando la sangre del amor; un día nos curaremos, un día volveremos a la luz, un día se despertará de nuevo la esperanza, un día podremos ver que las cosas comienzan a ser distintas, un día vamos a sentir fuerte la presencia del Señor y nos sentiremos transformados.

martes, 15 de marzo de 2022

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino


 

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino

Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Hemos de estar preparados para afrontar los retos que nos presenta la vida, es cierto; podíamos decir que la vida cada día es más compleja, surgen problemas nuevos, hay mayor diversidad de pareceres y opiniones y bien sabemos que no es cuestión de hacer las cosas así como por rutina, porque siempre se ha hecho así, sino que tenemos que afrontar nuevos retos y nuevos estilos, problemas que se nos van presentando en esa complejidad de la población en la que vivimos, avance que se va realizando técnicamente y también en el orden del pensamiento. Como decíamos, nos exige preparación, profundización en nuestro pensamiento, revisión de muchas cosas, tener fundamentos sólidos en aquello que vamos presentando.

Cuando hablamos de preparación podemos hablar de estudios, podemos hablar de profundización de nuestro propio pensamiento, podemos hablar de nuevas categorías académicas que van surgiendo, pero también nos podemos ir encontrando como diversos y distintos escalones en los que la misma población se va situando. Y es ahí donde aparecen títulos y reconocimientos que en un momento dado en ese orgullo de aquello que hacemos o que hemos conseguido nos puede llevar a subirnos en pedestales que nos alejan, en jaulas que nos encierran, en distanciamientos que nos creamos entre unos y otros.

Esos escalones de crecimiento intelectual, por llamarlo de alguna manera, que vamos consiguiendo en nuestro camino de preparación y profundización, ¿qué finalidad tiene?, podríamos preguntarnos. Todo siempre tendría que tener una función de servicio a esa comunidad a la que pertenecemos, porque esos respuestas que vamos encontrando, ese avance que vamos realizando tendría que ser siempre en función de ese servicio, función del bien de esa comunidad. Pero algunas veces tenemos la tendencia a encasquillarnos en nuestros saberes creando un aislamiento de cuanto nos rodea, y fundamentalmente creando un aislamiento de esos hermanos nuestros a los que estamos llamados a servir.

Hoy Jesús nos previene. El quiere un nuevo estilo de comunidad, un nuevo sentido de humanidad; un mundo en el que desterremos todo aquello que nos pueda distanciar y separar; un mundo de comunión en el que tenemos que saber caminar juntos aportando cada uno desde sus valores, desde sus cualidades y capacidades, un mundo donde nunca nos pongamos unos sobre otros, sino que sepamos caminar codo con codo; un mundo de sencillez donde desterremos los alardes que puedan crear distinciones entre nosotros, un mundo en que en verdad nos sintamos hermanos.

Puede parecer una utopía, pero es algo que podemos hacer realidad. No son sueños vanos, sino realidades que tenemos que crear; por eso nadie puede estar en un pedestal superior; un mundo donde desterremos categorías y jerarquías que nos quieran hacer depender los unos de los otros. Por eso, hoy claramente nos dice, fuera los títulos que crean esas distinciones. Ya en otro momento nos dirá que la verdadera grandeza está en el servicio, en poner a disposición de todos aquello que somos.

Nada de imponer sobre los demás lo que nosotros no seamos capaces de hacer. Nada de apariencias vanidosas en que nos llenemos de adornos que crean diferencias ni de títulos que nos suban a pedestales. Ni nos llamemos maestros, ni nos llamemos padres de nadie, porque todos somos hermanos y todos estamos haciendo el mismo camino. Nada de búsquedas de reverencias ni halagos, porque nos creamos más merecedores que los demás. Nada de reconocimientos honoríficos, sino todos caminos en la sencillez y en la humildad.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Oídos atentos para saber discernir lo bueno que nos puede enriquecer espiritualmente y para descubrir los signos de Dios en el mundo que nos rodea

 


Oídos atentos para saber discernir lo bueno que nos puede enriquecer espiritualmente y para descubrir los signos de Dios en el mundo que nos rodea

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién eres tú para decirme nada a mí?, respondemos enfadados cuando nos dicen algo que no nos gusta, nos llaman la atención por alguna cosa, o cuando esa persona nos está mostrando con su buen hacer que nosotros andamos equivocados o no estamos haciendo lo que debemos hacer.

Y vaya si estaban enfadados los fariseos y los letrados o maestros de la ley o los sacerdotes del templo. La vida de Jesús en sí misma ya era un duro reproche para su manera de actuar, pero además Jesús les señalaba claramente cómo se movían movidos por sus intereses o sus ganancias, por las situaciones que se habían creado en torno a sí buscando siempre lugares de privilegio o por lo que Jesús se había atrevido a hacer en el templo expulsando a vendedores y diciéndoles que lo habían convertido en una cueva de ladrones. Sus privilegios, su status quo se veían amenazados porque la gente podía llegar a tomar conciencia de lo que Jesús decía y denunciaba y ellos podían perder muchos privilegios.

Además a Jesús no se le conocía que perteneciera a ninguna de las escuelas rabínicas de Jerusalén o de alguna parte de Israel, y para ellos era solo un galileo que había comenzado por aquellos lugares a ganarse un prestigio y ahora en Jerusalén ya no se lo quieren permitir. Hasta Galilea, hasta Cafarnaún había llegado en ocasiones gente que espiaba a Jesús y que querían analizar con lupa lo que hacía y lo que decía. Por eso ahora, cuando está abiertamente enseñando a la gente, le vienen con la pregunta. ¿Cuál es tu autoridad? ¿Quién eres tú para ponerte a enseñar a la gente si no eres ni de la casta sacerdotal, ni los que han aprendido con otros maestros de la ley?

Quieren desmontarle la autoridad a Jesús pero es Jesús el que les desmonta sus preguntas porque ellos no saben o no se atreven – a vuelta con sus intereses – a responder a la pregunta de Jesús. Les pregunta por la autoridad del bautista para administrar aquel bautismo allá en las orillas del Jordán; les pregunta por el valor o el sentido del bautismo que Juan administraba, ¿era cosa de Dios o era cosa solamente de los hombres? Estaban cogidos, si era cosa de Dios, ¿por qué ellos no lo aceptaron? Y si era solo fruto de caprichos humanos se las iban a ver y desear con el pueblo que tenía a Juan como un profeta.

La autoridad de Jesús está por encima de ese tiquis-mikis tan propio de los hombres. Las obras de Jesús daban testimonio de su autoridad. Como vendría a reconocer un fariseo y maestro de la ley, ‘nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él’. Por eso Jesús en otros momentos les querrá hacer comprender que sus obras son obras de Dios y que El no hace nada sino lo que el Padre le ha mandado hacer, con lo que está manifestando que está lleno del Espíritu de Dios.

¿Podrá hablarnos con Jesús como lo hace con toda claridad y con toda autoridad? ¿No seremos capaces de ver las obras de Dios en Jesús? Pero pensemos además que el Espíritu de Dios aletea por donde quiere y muchas veces se nos puede manifestar en lo que escuchamos o en lo que nos dicen los que están a nuestro lado.

Oídos atentos hemos de tener para saber discernir la bueno que nos puede ayudar y nos puede enriquecer espiritualmente escuchando esos signos de Dios en la voz de los que nos rodean. Siempre hay un mensaje bueno, siempre hay una buena palabra, siempre hay una señal que nos hable. No es que andemos como veletas de acá para allá dejándonos llevar por cualquier comentario, pero sí tenemos que saber discernir lo bueno, esa semilla buena que plantada en nuestro corazón nos puede llevar a dar buenos frutos. Estemos atentos a los signos de Dios.

sábado, 21 de agosto de 2021

Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior

 


Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior

Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17; Sal 127; Mateo 23,1-12

Creo que con una cierta sensibilidad podemos darnos cuenta fácilmente quien lleva algo en el corazón y quien va vacío por dentro. Cuando buscamos solamente las apariencias, los halagos, las alabanzas de los demás denotamos la superficialidad con que vivimos la vida y que realmente no tenemos nada que ofrecer desde dentro de nosotros mismos.  Podemos encontrar mucha gente así. Quieren vivir al día, a lo que salga, queriendo probar todo para disfrutar de todo, lo que significa que aun no han encontrado los verdaderos valores que den sentido a su vida, que le den grandeza a su existencia.

Quizás querrán manifestarse más cumplidores de los demás y con vanidad van enseñando las cosas que hacen para encontrar los elogios que alimenten su ego, pero lo que hay es un vacío interior. Para mantener su llamémosle prestigio hasta se volverán exigentes con los demás, porque se sienten imbuidos de una autoridad ficticia que no tienen, porque realmente no tienen nada que ofrecer de su propia vida vacía. Se querrán mostrar como maestros cuando realmente su vida insulsa no nos da ninguna lección.

De estos nos previene hoy Jesús en el evangelio. Son palabras fuertes las que escuchamos a Jesús contra los maestros de la ley y contra los fariseos. Nos dirá Jesús que aprendamos la lección pero que no los imitemos, porque caeríamos nosotros también esa vida vacía y hasta sin sentido.

Y nos enseña la actitud que hemos de tener hacia los demás. Por eso nos dice que no nos dejemos llamar ni padres ni maestros. La expresión padre no era solo una referencia al progenitor, sino a esa forma paternalista con que se presentaban los maestros de la ley y los fariseos, que siempre consideraban a los demás en una escala inferior y se mostraban como redentores que les enseñaban el verdadero camino. No es esa la actitud que nosotros hemos de tener, porque en fin de cuentas todos somos discípulos que tenemos que estar aprendiendo y nuestra manera de actuar es saber caminar al lado y a la altura de los demás en una actitud humilde y generosa de servicio.

Por eso nos habla Jesús que tenemos que saber hacernos los últimos y los servidores de todos. Porque no vamos a engrandecernos vanidosamente poniéndonos por encima de los demás sino siempre con la actitud de servicio de quien ofrece lo mejor para los demás. Y aquello que llevo en el corazón es lo que mejor puedo ofrecer a los otros. Será esa disponibilidad y esa generosidad las que nos harán ricos de verdad por dentro, y desde ese amor que llevamos en el corazón es cuando podemos ofrecer lo mejor a los demás.


Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior; cuanto más generosos seamos en nuestro compartir más riqueza espiritual se acumula en nuestro corazón con la que podemos en verdad enriquecer a los que están a nuestro lado. No será nunca camino de prepotencias ni vanidades, sino siempre de disponibilidad generosa que no nos importa vaciarnos de nosotros mismos con tal de engrandecer a los demás. Es maravilloso el camino que nos señala Jesús en el evangelio. Haciéndonos pequeños nos haremos verdaderamente grandes.

jueves, 22 de julio de 2021

Todo el que ama y ama de verdad siente el ardor y el deseo en el corazón de estar con la persona amada y de la que se siente amada

 


Todo el que ama y ama de verdad siente el ardor y el deseo en el corazón de estar con la persona amada y de la que se siente amada

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Todo el que ama y ama de verdad siente el ardor y el deseo en el corazón de estar con la persona amada y de la que se siente amada. No queremos perder a aquel a quien amamos, lo buscamos, deseamos gozarnos de su presencia, sentir el calor de la cercanía del amor.

Y hablamos del amor en todas sus manifestaciones, serán los enamorados que se buscan, los amigos que quieren estar juntos y expresarse en confianza, el amor de los padres o de los hijos que damos lo que sea  por estar con los seres queridos y bien que notamos su ausencia, o es el amor que todos hemos de tenernos donde buscamos la buena convivencia y la armonía para sentirnos felices en medio de nuestro mundo aunque muchas puedan ser las dificultades que por otro lado siempre nos pueden aparecer.

Hoy celebramos a una enamorada, María Magdalena; enamorada con el amor más puro por Jesús cuando quizás antes en su vida pecadora no había sabido comprender lo que era el amor verdadero. Como dice el evangelista Marcos de ella el Señor había expulsado muchos demonios. Justo es que la veamos siempre en la cercanía Jesús con aquellas buenas mujeres que lo acompañaban junto con los discípulos por todos los caminos de Palestina. Valiente la veremos llegar hasta el pie de la cruz, pues allí el evangelista señala su presencia. No había pasión ni muerte que pudiera separarla de Jesús.

Por eso la veremos en aquella mañana del primer día de la semana, cuando pasado el sábado ya podían caminar libremente por la ciudad de Jerusalén que junto con otras mujeres acude al sepulcro para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús. Pero allí no está el cuerpo muerto de Cristo y mientras las otras mujeres marchan a avisar a los discípulos, ella permanece allí llorosa al pie de la tumba queriendo averiguar qué es lo que ha pasado, donde está el cuerpo de Jesús.

No le convencen las palabras de los ángeles dentro del sepulcro y cuando aparece alguien que ella cree que es el encargado del huerto pronto surge el diálogo y la pregunta. ‘¿Por qué lloras?... Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto... Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré…’ El ardiente amor de su corazón y sus copiosas lágrimas le nublan la visión para reconocer a aquel con quien está hablado; cree ella que es el hortelano.

Pero surge la palabra que le llegará al alma y despertará todos sus sentidos para reconocer la voz, para reconocer al Maestro. ‘¡María!’ Fue suficiente para que se tirara a sus pies en el deseo de abrazarle y de no dejar que se pudiera marchar. ‘¡Raboni! ¡Maestro!’, es el grito de amor de María Magdalena. Ya luego correrá a decir a los apóstoles que ha visto al Señor.

Es la fuerza del amor. La fuerza del amor que también nos hará buscar Jesús porque queremos estar con El. Es el amor de nuestra vida. Es el que da sentido a todo nuestro ser y a toda nuestra vida. Es lo que hemos de desear, estar para siempre con Jesús después de que nos hayamos encontrado con El. Es la manera en que tenemos que caldear nuestro corazón. Es la búsqueda continua de nuestra vida y nuestro deseo más profundo. Estar con Jesús para dejarnos inundar de su amor.

martes, 6 de abril de 2021

Que vuelen nuestros pies con las alas del amor como María Magdalena para llevar la Buena Nueva de Cristo resucitado y renazca de nuevo la esperanza en nuestro mundo

 


Que vuelen nuestros pies con las alas del amor como María Magdalena para llevar la Buena Nueva de Cristo resucitado y renazca de nuevo la esperanza en nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Algunas veces parece que nos cegamos; no vemos lo que tenemos delante. Pero no solo es cuando no vemos cosas, sino lo peor porque además luego lo pasamos mal es cuando nos sucede con personas; alguien que nos habla, nos mira, notamos que aquella persona nos conoce y nosotros deberíamos conocerla, pero parece que nos cegamos y no caemos en la cuenta de quien es.

Cuántas veces nos habrá sucedido que le hemos seguido un tanto la conversación y al final nos hemos marchado sin saber quien es, sintiéndonos mal porque la otra persona quizá se ha dado cuenta de que no la hemos reconocido. Andamos despistados por la vida. Quizás al final aquella persona nos llama por nuestro nombre, ese que tantas veces hemos oído en sus labios, y parece que despertamos, y surge la alegría del reconocimiento.

Esto a lo que estoy refiriéndome es quizás es en aspectos sin importancia a causa de nuestros despistes, pero nos sucede también como consecuencia de nuestros agobios, nuestro estrés, nuestras preocupaciones; quizá andamos envueltos en problemas que nos absorben por completo y no nos dejan respirar, no nos dejan reaccionar, todo el mundo se nos cae encima y no sabemos como salir adelante; y claro no estamos para nada, y podíamos decir también, tampoco estamos para nadie. No reconocemos ni lo más palpable que tengamos ante nuestros ojos.

Es lo que sucedía a María Magdalena. Podríamos decir que el amor había cegado sus ojos, porque en el amor grande que sentía por Jesús – ¿agradecimiento quizás por todo lo que de El había recibido cuando la había perdonado? – ahora su ausencia, su muerte en la cruz, y el no poder encontrarle ni siquiera en el descanso de su sepultura, hacía que sus ojos llorosos no fueran capaces ni de reconocerle a El.

Allí estaba al pie de la tumba; había venido muy temprano con las otras mujeres porque deseaban embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, pero se habían encontrado la tumba abierta y el cuerpo de Jesús allí no estaba; unos personajes que parecían Ángeles les habían dicho que había resucitado, las otras mujeres marcharon a llevar la noticia a los demás discípulos, pero ella se había quedado allí llorando a la entrada del sepulcro. No lo podía evitar, no podía desprenderse de aquel sitio.

Quien a ella le pareció el encargado del huerto se había acercado para preguntarle por qué lloraba, y allí estaba ella contándole y preguntándole si se había llevado por alguna razón el cuerpo de Jesús que le dijera donde lo había colocado que ella iría a buscarlo. Grande era la pena que embargaba su corazón que le hacía no reconocer a quien ella buscaba y con ella estaba hablándole.

Será necesario que El la llame por su nombre ‘¡María!’ para ella despertar y tirarse a sus pies. ‘¡Rabonni! ¡Maestro!’ fue su grito y su respuesta. Ahora sí era el sonido de su voz, ahora era la palabra que ella escuchara de sus labios tantas veces, ahora era la voz que un día le había perdonado y le había hecho recobrar la dignidad de su nombre. Ahora reconoció al Señor.

‘Y María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’.

Con que alegría desandaría sus pasos para llegar de nuevo a donde estaban los discípulos reunidos. Sus pies llevaban alas, las alas del amor, que la harían ir volando – como es la expresión que solemos usar para decir cuando vamos rápido y con prisa a llevar una buena noticia – porque tenía que comunicar que era verdad que el Señor había resucitado. Ahora ella era testigo también, a sus pies se había abrazado, y era también su corazón el que había resucitado porque se había encontrado con el Señor Jesús resucitado.

¿Será la alegría con que nosotros estamos yendo a los demás para comunicar esta gran noticia? ¿Volarán también nuestros pies en las alas del amor porque tenemos verdaderas ansias de que en el mundo vuelva a aparecer la esperanza? ¿Nos sentiremos también nosotros resucitados con Cristo y llenos de nueva vida?

 

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Ya es hora de que no seamos unos cristianos descafeinados y superficiales sino que con radicalidad sepamos comprometernos por el evangelio


Ya es hora de que no seamos unos cristianos descafeinados y superficiales sino que con radicalidad sepamos comprometernos por el evangelio

Romanos 13,8-10; Sal 111; Lucas 14,25.33
Hay un dicho popular que creo que puede reflejar la novelería – podríamos llamarlo así – con que vamos muchas veces por la vida. ‘¿A dónde vas, Vicente? A donde va la gente’.
Fijémonos, por ejemplo en una calle cualquiera de nuestros pueblos o ciudades. Vemos gente que va de acá para allá, cada uno con sus preocupaciones, deseoso de realizar sus tareas o sus encargos, caminamos deprisa los unos al lado de los otros y casi no nos vemos ni nos percatamos de la existencia de los demás. Pero basta que haya un pequeño accidente, que sucede algo que llame la atención, y pronto quienes íbamos de carrera de un lado para otro nos detenemos y poco a poco se va aglomerando en torno a aquel suceso o aquel hecho multitud de personas, que pronto Irán engrosando su número porque de aquí o de allá van apareciendo nuevas personas atraídas por lo sucedido. Bastó que uno se detuviera ante algo extraño para que pronto a su alrededor se aglomeraran multitud de personas.
Y si lo sucedido no es en aquel lugar en que nos encontramos y oímos que fue más allá, pronto correremos curiosos a ver qué es lo que ha pasado. Vemos incluso aglomeraciones en manifestaciones y nos preguntamos qué hace toda aquella gente allí,  y serán muchos los que se apuntan casi sin tener mucho conocimiento de la razón de lo que se hace, sino simplemente porque todos van nosotros vamos también. Habría, pues, que preguntarse si realmente vamos allí porque es algo de nuestro interés, o lo hacemos solamente por curiosidad, o por dejarnos arrastrar por lo que hacen los demás.
Hoy escuchamos en el evangelio que era mucha gente la que seguía a Jesús, en ocasiones incluso trasladándose en búsqueda de Jesús o simplemente caminando con El, pero parece que Jesús da algo así como un golpe sobre la mesa para plantear seriamente lo que tendría que significar ir con Jesús.
Discípulo es el que sigue el camino de su maestro. No es el que simplemente escucha en una ocasión pero al momento nos vamos tras otra cosa. Ser discípulo es hacer una camino; ser discípulo es no solo escuchar sino asumir los planteamientos que hace el maestro siendo fiel a su enseñanza. Ser discípulo entraña unas exigencias, empezando por querer conocer en profundidad lo que nos plantea el maestro; ser discípulo no es querer ir por varios caminos a la vez, sino radicalmente decidirse a seguir un único camino; ser discípulo no es estar de acuerdo en una cosas pero en otras nos hacemos nuestras rebajas, nuestros arreglos o ponemos nuestras condiciones. Ser discípulo es comenzar a pensar y a obrar de una manera nueva conforme lo que vamos recibiendo de nuestro maestro.
Es lo que nos cuesta entender a la mayoría de los cristianos que nos lleva a vivir un cristianismo descafeinado, una vida cristiana superficial y poco comprometida, una tibieza espiritual tan peligroso que nos lleva a la pendiente de la indiferencia y el abandono, una vida llena de componendas y de arreglos, de estar siempre poniendo mis condiciones para hacer simplemente lo que me sea fácil y para no llegar nunca a compromiso serio, un estilo conformista de decir esto lo hemos hecho siempre así pero sin la ilusión y el coraje de ver lo que tiene que ser mejor o los nuevos campos que se nos abren delante de nosotros.
Nos habla Jesús de radicalidad para ponernos a su lado siendo capaces de renunciar a todo aquello que no entra en la órbita del evangelio, nos habla del que se siente a calcular bien lo que va a hacer para no dejar las cosas a medios y quedarse luego en el ridículo, nos habla de renuncias y saber decirnos no para saber encontrar lo que es fundamental, de buscar unas raíces fuertes y hondas para que haya una verdadera profundidad en la vida, nos habla de una confianza porque sabemos que el camino es exigente siempre estará con nosotros la fuerza del Espíritu que nos ayudará en el camino.
¿Seremos capaces de vivir una vida cristiana exigente y comprometida? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?