Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta fraternidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fraternidad. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de agosto de 2025

Invitados al banquete del Reino vistamos el traje de fiesta de nuestra fraternidad para que seamos en verdad signos de comunión y fraternidad para todos

 


Invitados al banquete del Reino vistamos el traje de fiesta de nuestra fraternidad para que seamos en verdad signos de comunión y fraternidad para todos

Jueces 11.29-39ª; Salmo 39; Mateo 22,1-14

Las disculpas que no se sostienen. Puede ser que en ocasiones tengamos que disculparnos realmente por algo que hemos hecho mal, por un mal momento que hayamos tenido que nos ha llevado a unas actitudes no siempre correctas, pero son disculpas con humildad y sinceridad. Pero en ocasiones, ya sabemos, porque no queremos participar rechazamos cosas en las que han querido hacernos partícipes, porque no queremos mezclarnos, como solemos decir, con toda clase de gentes, pero que realmente son barreras que nosotros queremos poner por nuestra falta de comunión, porque son cosas que se salen de nuestros planes en que preferimos nuestras comodidades y no queremos tener el fastidio, como decimos, de tener que participar, porque no somos agradecidos con quienes nos ofrecen algo, aparecen las disculpas que no se sostienen, como decíamos al principio, que son realmente un rechazo a lo que se nos ofrece.

Seamos sinceros y reconozcamos cuantas disculpas ponemos en la vida en muchas situaciones porque no queremos implicarnos, porque nos falta esa disponibilidad y generosidad, porque no queremos comprometernos, porque no queremos que nos vean algo que tendríamos que hacer, y aparecen, como decíamos, las disculpas que no se sostienen, o que son reflejos de nuestros orgullos o de la insolidaridad a pesar de que con palabras proclamemos tantas cosas.

Es de lo que nos quiere llamar la atención Jesús con la parábola que hoy nos propone y que tantas veces habremos meditado. Un banquete de bodas que el rey prepara para su hijo, pero al que los invitados no quieren venir, no quieren participar. Y escuchamos sus disculpas que incluso se convierten en actitudes violentas con quienes les trasmiten la invitación del rey.

Es una parábola que nos está hablando del reino de Dios, del reino de los cielos. Ese banquete al que estamos invitados es un signo de esa fiesta del Reino de Dios del que todos hemos de participar, porque todos hemos sido invitados. Es cierto que una connotación primaria de la parábola en el momento en que fue pronunciada por Jesús viene a ser como una denuncia de lo que en aquel momento está sucediendo con el rechazo al Reino de Dios por parte de muchos allí en Jerusalén, donde al final será entregado Jesús a la muerte.

Pero la convocatoria al reino de Dios sigue siendo universal, porque todos estamos invitados. Como se nos dice en el relato de la parábola todo estaba preparado y la mesa de comensales había que llenarla. Salen a los cruces de los caminos y a todos los que encuentran los van llevando a la sala del banquete. ¿Será eso en verdad lo que en nombre de Jesús estamos haciendo los cristianos? ¿Estaremos en verdad comprometidos a ir donde sea necesario para atraer a alguien a participar del Reino de Dios? Nos quejamos muchas veces que nuestras iglesias cada día más se nos están quedando vacías, pero no solo tenemos que pensar en quienes dicen no, en quienes buscan disculpas para quedarse fuera, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos que estamos llamados a ser signos que llamen, que convoquen, que atraigan, que inviten a todos a escuchar esa buena nueva de salvación que nos ofrece Jesús.

Pero hay otro detalle que nos ofrece la parábola. En la sala del banquete había alguien que no estaba con traje de fiesta. No vamos a ponernos ahora a elucubrar si aquellos pobres de los caminos podían o no podían tener un traje digno de fiesta para participar en el banquete. ¡Qué guapos nos ponemos cuando nos invitan a un banquete, cuando nos invitan, por ejemplo a una boda! Los cristianos, los que nos decimos que estamos más cerca de la Iglesia, de Jesús y de la religión, ¿nos mostraremos siempre con ese traje de fiesta como un signo para los demás de lo que queremos vivir en nuestro corazón?

Me parece que muchas veces nos falta ese traje, no estamos con el traje de fiesta de la fraternidad, el traje de fiesta de la apertura de nuestro corazón para acoger a todos, el traje de fiesta de la comunión y de la amistad sincera, el traje de fiesta de nuestros compromisos por lograr esa paz y esa comunión entre todos; nos falta el traje de fiesta de nuestro testimonio, ¿cómo podemos estar tan tranquilos participando de nuestras celebraciones si no somos capaces de ser signos para los demás? Tampoco nosotros podemos andarnos con disculpas que no se sostienen.

martes, 18 de marzo de 2025

Jesús quiere para nuestra vida y para nuestro mundo un nuevo estilo y sentido de vida hecho de cercanía y fraternidad, ternura y generosidad, señales del nuevo Reino de Dios

 


Jesús quiere para nuestra vida y para nuestro mundo un nuevo estilo y sentido de vida hecho de cercanía y fraternidad, ternura y generosidad, señales del nuevo Reino de Dios

Isaías 1, 10. 16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12

¿A quien le amarga un dulce?, solemos decir. Y es cierto. Claro que nos sentimos halagados cuando somos reconocidos en lo que hacemos, cuando escuchamos una alabanza sobre nosotros, sentirnos apreciados, valorados, queridos. Son buenos deseos, buenas sensaciones, pero que no han de permitir que se nos suba el gallo. Un aprecio y una valoración será también un estímulo para nuestra vida que nos impulsa a seguir haciendo lo bueno, y de la misma manera nosotros mostrar nuestro aprecio por los demás.

Bueno es que no solo lo miremos como lo que nosotros podamos recibir de los demás, sino la buena actitud que tendría que haber en nuestra relación con los demás, cómo una palabra oportuna les hará subir su propia estima, y así con esa buena actitud nuestra hacia los demás de alguna manera nos estamos mostrando también agradecidos por lo ellos son de estímulo para nosotros.

Podría parecer que con esta primera reflexión que me estoy haciendo pretendo enmendar la página del evangelio que acabamos de escuchar. Ni mucho menos, sería una osadía por mi parte. Pero lo que nos está diciendo Jesús no es que no queramos aceptar la valoración de lo bueno que los demás hacen de nuestros actos, porque Jesús nos está enseñando por otro lado que eso es lo que tenemos que hacer nosotros, sino que lo bueno que hagamos no lo hacemos con la intención, por ejemplo, de buscar esas alabanzas o reconocimiento de los demás. Lo que quiere es que alejemos la vanidad y el orgullo de nuestra vida.

Nos enseña Jesús a andar en la rectitud, pero también en la sencillez; a ser responsables con lo que hacemos, pero que no vayamos buscando las ganancias que engordan nuestro orgullo; que es la sencillez y la humildad el estilo que hemos de dar a nuestra vida y a lo que hacemos, que es el espíritu de servicio el que nos tiene que impulsar siempre a hacer lo bueno o a ayudar a los demás y en consecuencia no nos podemos presentar desde la autosuficiencia y la soberbia de unos títulos que en si mismos son papel mojado no subidos en unos pedestales con los que nos presentemos con un grado de superioridad. Nos dice que no nos dejemos llamar maestros ni siquiera padres, porque otros son los roles de cercanía que tienen que haber entre nosotros.

Si tenemos que enseñar  porque esas son las cualidades y valores de los que estamos dotados, enseñamos; si tenemos la función de padre desde el cariño de nuestro corazón nos mostramos caminantes que acompañamos con nuestra cercanía para el crecimiento de la persona; si nos sentimos enriquecidos por lo que hemos recibido de la vida o como fruto también de nuestro esfuerzo compartimos porque eso bueno que tengamos no lo tenemos que guardar solo para nosotros mismos.

Es la riqueza del mundo que Dios ha creado y puesto en nuestras manos, que tenemos que hacer crecer, pero que tenemos que ayudar a los demás a que también se desarrollen a si mismos. Siempre desde la actitud de servicio, siempre con la generosidad de un corazón abierto a los otros, siempre con la ternura que da el amor y que tiene que envolver nuestra vida, siempre regalando todo aquello que pueda hacer más felices a los demás con lo que yo también seré feliz.

Es el estilo del mundo nuevo que Jesús quiere que construyamos; son las señales del Reino de Dios que Jesús viene a constituir; es la muestra de una fraternidad llena de amor porque todos en verdad nos sentimos hermanos; es lo que hacía que la presencia de Jesús en medio de las gentes creará esa sensación de algo nuevo que estaba surgiendo con la palabra de Jesús y los gestos de Jesús que nosotros ahora hemos de copiar y realizar en nuestra vida. Es ese nuevo sabor que damos a la vida con la sal y con la dulzura del evangelio.

jueves, 27 de febrero de 2025

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

 

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

Eclesiástico 5, 1-8; Salmo 1; Marcos 9, 41-50

Yo, a mi vida, a mis cosas, a disfrutar de mi vida; yo no tengo que ver con nadie ni nadie tiene que meterse conmigo y con lo que hago. Hay gente que vive así, solo se preocupan de sí mismos y quieren como crear un mundo solo para ellos; pero no vivimos en una burbuja y por mucho que queramos desentendernos de los demás, estamos relacionados y lo que hacemos no nos afecta solo a nosotros sino que repercute en los demás; podemos dañar o podemos arrastrar, como también nosotros podemos vernos arrastrados por el ambiente que nos rodea, influidos por lo que los otros hacen. Vivir es algo más serio.

Por naturaleza estamos hechos para la relación, aunque haya momentos de individualismo o de egoísmo en que nos queramos aislar de los demás; el hombre, y cuando digo el hombre quiero decir la persona no puede vivir sola, aislada de los demás; esa es la constitución del ser humano; tenemos voz para comunicarnos, tenemos ojos para contemplarnos, tenemos oídos para escucharnos, nuestros pasos no los damos aislados de los demás, ni el trabajo que realizamos solo es para nosotros mismos; hay una mutua relación entre unos y otros.

Por eso además tenemos que cuidar lo que hacemos para que no repercuta de mala manera en quienes nos rodean; tiene que surgir una delicadeza en el trato, como tenemos que dejar buenas huellas que ayuden a ir por buen camino a los demás; de la misma manera que no queremos que nadie nos dañe con lo que hace, nosotros también tenemos que cuidar el dañar a los demás con lo que hacemos; como no podemos dejarnos influir por lo que no es tan bueno que hagan los demás, tampoco nosotros podemos hacer algo que influya de manera negativa en los otros.

Hoy nos habla Jesús de esas cosas pequeñas y ordinarias de cada día con las que tenemos que crear esa buena relación entre unos y otros; desde esa generosidad de nuestro corazón para dar un vaso de agua al que está sendiento como para evitar aquello que distraiga del buen camino a los que están a nuestro lado.

Y habla Jesús de la importancia de no escandalizar a los que son pequeños y sencillos; y escandalizar es impulsar con nuestro mal ejemplo por el mal camino a quienes están a nuestro lado; y nos habla Jesús, entonces, de cómo tenemos que evitar en nuestra vida aquellas cosas, aquellos gestos, aquellas cosas que hagamos que nos lleven por lo mano. Es radical Jesús que nos dice que nos vale más entrar en el cielo manco de una mano, o que esa mano nos lleve a la perdición del mal. Y nos habla de esas miradas turbias que están llenas de malicia y que pueden pervertir nuestro corazón.

Y nos habla del sabor que le hemos de dar a nuestra vida y en consecuencia al mundo en el que vivimos. Es el sentido que le damos a nuestra existencia que nunca nos puede convertir en el ombligo del mundo, porque todo lo centremos en torno nuestro sino de esa apertura que hemos de darle a la vida porque, como decíamos al principio, vivimos en una relación con los demás.

Todo aquello que contribuya a esa buena relación que cree armonía y paz, que haga florecer el amor y la amistad, que nos haga sentirnos miembros de una misma familia será lo que le dará ese sentido y ese sabor a nuestra vida; nada de arideces y amarguras, nada de malquerencias y desconfianzas, nada de orgullos ni vanidades que nos quieran hacer crecer sobre los demás; mucho de sencillez y humildad para crear cercanía, para hacer fraternidad, para forjar comunión, para transmitirnos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría y al que no le falte ilusión. Es lo que nos hará grandes de verdad porque nos hemos anudado en la fraternidad. Es el buen sabor que le hemos de dar a la vida.

martes, 23 de enero de 2024

Levantemos nuestros oídos y escuchemos, el Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’

 


Levantemos nuestros oídos y escuchemos, el Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’

2Samuel 6, 12b-15. 17-19; Sal 23; Marcos 3, 31-35

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Es la pregunta que se hace Jesús cuando estando rodeado de mucha gente que va a oírle, que van están allí a su alrededor con sus sufrimientos y esperanzas, con sus desconsuelos y con sus amarguras, le dicen que fuera están sus madre y sus hermanos que quieren verle.

No es una pregunta cualquiera la que se hace Jesús. No es decir simplemente, mira que bien, que ha venido mi familia, sería bueno que estuviera con ellos un rato; no es valerse de su autoridad o su influencia para abrirles paso y que puedan llegar más pronto y mejor hasta El, Algo más quiere decirnos Jesús con esa pregunta que se hace, cuando le dicen que allí están su madre y sus parientes que quieren verle.

Parece como si Jesús quisiera hacer una distinción, sin quitarle importancia, por supuesto, a lo que significa la familia. ¿No estará abriéndonos Jesús a que esos sentimientos que tenemos cuando pensamos en la familia, en los hermanos, en los que son cercanos a nosotros por razón de la sangre, les demos una mayor amplitud para darnos cuenta de que podemos amar con un amor así, un amor que nos hace sentir familia, un amor que nos hace sentir hermanos, con un carácter más universal?

También nosotros decimos muchas veces a alguien a quien apreciamos mucho que para nosotros es más que un amigo, que es un hermano. Y no hablamos aquí de un amor afectivo que nos lleve, por ejemplo, a la unión matrimonial. Es una relación que establecemos entre personas que nos sentimos eso, amigos, pero que crean otros lazos, otro estilo de comunión. Una relación, tenemos que reconocer, que muchas veces es mucho más honda que la que podamos tener con muchos familiares por lazos de sangre. Es también la belleza y hermosura de la amistad.

Pero sí, Jesús cuando se hace esta pregunta en aquellas circunstancias está abriéndonos los horizontes. Es esa nueva comunión y fraternidad que vamos a tener todos los que pongamos en El nuestra fe y nuestro amor. Dirá Jesús en aquel momento, mirando alrededor nos dice el evangelista, que su madre y sus hermanos están allí, en todos aquellos que le escuchan, en todos aquellos que no se contentan con oír algo que pronto quizás podrán olvidar, sino que aquello que escuchan de labios de Jesús lo van a plantar en su corazón. ‘Estos son mi madre y mis hermanos, dirá. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

Mira Jesús alrededor mientras pronuncia estas palabras y mira, sí, a aquellos que allí y ahora están escuchándole, pero mira más allá, lo que sus ojos no pueden ver porque está detrás de la puerta, y es que está también mirando a su madre, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón. ‘Hágase en mi según tu palabra’, según lo que Dios me está transmitiendo por tu palabra, le respondió María al ángel de la anunciación.

Es el camino que hemos de seguir. Y no es solamente oír, porque oímos muchas cosas, muchas palabras resuenan continuamente en nuestro mundo, muchas músicas o muchos ruidos aturden continuamente nuestros oídos, muchos mensajes nos pueden llegar desde todos lados, oímos muchas cosas, pero ¿qué escuchamos?

Cuando estamos en un lugar donde hay mucho bullicio a nuestros oídos llegan muchos sonidos, pero cuando entre todo eso surge algo que nos interesa, levantamos nuestros oídos podríamos decir siguiendo la imagen de los animalitos que levantan sus orejas para prestar atención, para poder escuchar mejor. Levantemos nuestros oídos y escuchemos. El Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’.

jueves, 21 de septiembre de 2023

La vocación de Mateo viene a ser una invitacion para que seamos capaces de crear esa mesa de fraternidad donde quepamos todos sin ningun tipo de discriminación

 


La vocación de Mateo viene a ser una invitación para que seamos capaces de crear esa mesa de fraternidad donde quepamos todos sin ningún tipo de discriminación

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

Muchas veces escuchado el relato que nos ofrece hoy el evangelio nos habremos hecho eco en nuestros comentarios de la prontitud de Leví para responder la llamada de Jesús, de la generosidad y alegría de su corazón al ofrecer aquel banquete a Jesús y los discípulos pero al que estaban invitados los que hasta entonces había sido su compañeros de profesión; en consecuencia nos habremos detenido en nuestras consideraciones en los comentarios de los fariseos porque Jesús estaba sentado a la mesa con publicanos y pecadores y la respuesta de Jesús. 

Leví o Mateo como queramos decir según el relato evangélico que escuchemos por su profesión no era bien considerado por ciertos sectores de los judíos; se le consideraba un colaboracionista con los romanos que ahora ostentaban el poder sobre el pueblo judío contribuyendo con su oficio de recaudador de impuestos; pero en una generalización a todos los recaudadores de impuestos se les consideraba igual en el sentido de que eran unos usureros que cargaban no solo en los impuestos sino también en los prestamos a los que tuvieran necesidad de sus servicios. Eran considerados como unos pecadores, los publicanos se les llamaba.

Y es con este hombre con quiere contar Jesús, igual que un día había querido ir a hospedarse a la casa también de un publicano, Zaqueo. Pero es que Jesús lo va a contar entre sus amigos - a vosotros os llamo amigos, les diría un día Jesús - y posteriormente sería elegido para formar parte del grupo de los doce, los apóstoles sus enviados. 

¿Sabía Jesús quién era Mateo y como era considerado por los demás? ¿Qué es lo que mira Jesús? ¿Qué es lo que miramos nosotros cuando prestamos atención a una persona? ¿Simplemente lo que diga la gente, o la fama que pueda traer de su vida anterior? Reconozcamos que nos cuesta liberarnos de esos tabúes, que nos cuesta ser libres en la apreciación que tengamos a las personas pensando por nosotros mismos. ¿Qué sabemos nosotros de lo que hay en el corazón de cada persona? Un primer mensaje que nos está dejando Jesús en este episodio del evangelio.

Jesús le dice a Mateo, 'ven y sígueme', es inmediatamente levantándose de su garita de cobrador de impuestos se dispuso a seguir a Jesus.  Pero esa llamada no la está haciendo Jesús solo a Mateo. Cuando se sienta a la mesa del publicano ¿no nos estará diciendo a nosotros también 'ven y sígueme'? Mateo de forma inmediata se dispuso a seguir a Jesús, ¿estaremos de la misma manera dispuestos a seguir a Jesús y sentarnos a la mesa también con ese que tantas veces discriminamos. 

Sí, sentarnos a la mesa con ese del que pasamos de largo cuando lo encontramos en el camino y nisiquiera lo saludamos; con ese que nos ha tendido la mano tantas veces y nunca tenemos 'suelto en el bolsillo' para compartir y seguimos a lo nuestro sin ni siquiera mirarle a la cara; con ese con quien no nos hablamos por un no sé qué pasó ni sé cuando, pero que desde entonces he mirado mal y lo ignoro aunque sea un vecino que tenemos a la puerta; con tantos y tantos a los que miramos llenándonos de prejuicios y condenas, porque no son como nosotros, porque piensan distinto a lo que  nosotros pensamos, porque son de otros sentimientos religiosos, porque son de otro partido político, porque vinieron no se de donde y ahora decimos que se están aprovechando de nuestra hospitalidad... son tantos a los que queremos excluir de esa mesa de fraternidad en que tendríamos que convertir nuestro mundo.

Nos cuesta esa prontitud que hoy vemos en Mateo para seguir a Jesús y crear esa mesa de fraternidad en la que hemos de caber. Todavía hay entre nosotros, y puede ser que seamos nosotros mismos de alguna manera, como aquellos fariseos que con comentarios maliciosos juzgaban la actitud de Jesús de sentar a su mesa también a publicanos y pecadores. 

Nos queda mucho que transformar en nuestro corazón, mucho que transformar también en nuestras comunidades y en nuestra Iglesia incluso porque no siempre reflejamos esas actitudes nuevas que nos está enseñando Jesús. Transformemos nuestros corazones.


sábado, 25 de diciembre de 2021

Navidad es el milagro de la presencia de Dios en este mundo concreto que vivimos que nos llena de esperanza y nos pone en camino de un mundo nuevo de fraternidad y paz

 


Navidad no es una fecha

ni una fiesta más del calendario. 

Navidad no es un simple recuerdo o conmemoración

que podamos hacer con cierta nostalgia. 

Navidad es un hecho y es vida. 

Navidad es el milagro de la presencia de Dios

entre nosotros los hombres

porque se hace Emmanuel. 

Navidad es Dios que viene nuestro mundo y a nuestra vida

en la realidad concreta que vivimos. 

Navidad es Dios que responde

a nuestras inquietudes y problemas de cada día. 

Navidad es esperanza de un mundo nuevo

que con la presencia de Dios entre todos podemos construir. 

Navidad es ese mundo de fraternidad, de amor y de paz

que todos tanto deseamos. 

Hagamos una verdadera Navidad

celebrando y viviendo el nacimiento de Jesús,

el Hijo de Dios hecho hombre. 

De corazón feliz navidad.


Navidad es el milagro de la presencia de Dios en este mundo concreto que vivimos que nos llena de esperanza y nos pone en camino de un mundo nuevo de fraternidad y paz

Isaías 9, 1-6; Sal 95; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14

Llegó el 25 de diciembre y estamos celebrando Navidad. Hemos ido haciendo un recorrido a través de las cuatro semanas del Adviento y llega el momento de la celebración del nacimiento del Señor. Pero no es un día más, no es una fecha más que tenemos que celebrar, no es una fiesta como otras como algunas veces nos quieren hacer ver haciendo incluso desaparecer la palabra Navidad. Lo hemos de tener claro, lo hemos de vivir con toda intensidad, lo hemos de hacer notar de verdad los que creemos en Jesús.

También es cierto que para muchos es una fiesta o una celebración llena de nostalgias, porque comenzamos a pensar en las personas que han estado en otras ocasiones con nosotros, y al final terminamos llenándonos de tristeza, pero porque quizás por una parte nos falta esperanza, pero también porque parece que no siempre tenemos claro el sentido de la navidad.

Hay algo que no podemos olvidar, Navidad es el milagro de la presencia de Dios. Sí, presencia de Dios. El ha querido hacerse Emmanuel, Dios con nosotros, y es el hecho que celebramos, es lo que en verdad tenemos que vivir. Porque no se nos queda en una conmemoración o un recuerdo, es una vivencia que tenemos que sentir aquí y ahora, porque aquí y ahora Dios está con nosotros.

Está con nosotros en lo que es nuestra vida de cada día, con sus preocupaciones, con sus problemas, con sus angustias, con sus alegrías también. Dios en aquel momento se hizo presente en un pueblo concreto, que tenía sus problemas, que vivía su pobreza, que tenía sus inquietudes en el corazón. Un pueblo con su historia y además Dios se sirve incluso de esos momentos de su historia para que así se cumpliera su plan de salvación.

Hoy hemos contemplado a José y a María tener que caminar lejos de su pueblo para llegar a Belén porque a un gobernador todopoderoso se le ocurrió la idea de hacer un censo; pero Dios se vale de esas circunstancias para que Jesús naciera en Belén, porque era la ciudad de David y de él había de descender el Mesías. Y nace en medio de la pobreza de no tener ni una plaza en una posada para ser en verdad el que venía a traer la Buena Nueva a los pobres; los pobres serían evangelizados, los primeros a los que se anunciara la Buena Noticia, como había anunciado el profeta y lo vemos realizado en el anuncio del angel a los pastores de Belén.

Esto nos está diciendo como Dios hoy viene a nuestra historia concreta, en lo que vivimos en estos días concretos en nuestra sociedad y en nuestro mundo, porque Dios viene a dar respuesta en verdad a esos interrogantes que hoy se nos plantean desde la realidad que vivimos, pandemias, pobreza, inestabilidad social y desorientación de nuestra sociedad, angustias de tantos a los problemas que se les presentan, momentos duros como los que vive la sociedad actual o las catástrofes naturales como las que han azotado estos días a nuestra propia tierra canaria.

Todo eso produce inquietud en el corazón, interrogantes a los que no sabemos responder en ocasiones, dudas y sombras que ennegrecen nuestra vida; pero estamos celebrando a quien es la luz, el que ha venido como la luz del mundo, aunque las tinieblas de nuestro mundo no quieran reconocer o rechacen esa luz. Pero esa presencia de Dios en medio nuestro nos llena de esperanza, esa presencia del Señor nos hace levantarnos para no quedarnos hundidos en nuestras sombras y encontrar rumbo en nuestro caminar. Y es lo que queremos vivir en la navidad, es lo que tiene que significar la navidad para nosotros.

Navidad es esperanza de ese mundo nuevo que podemos construir con la presencia y la fuerza del Señor. ¿No anunciará Jesús precisamente la llegada del Reino de Dios? Será el anuncio y la tarea fundamental de su vida. Será lo que nos trasmite el evangelio; será a lo que nos invita convirtiendo nuestro corazón a El. Es el camino que se abre ante nosotros a partir de Navidad, a partir de que sentimos y vivimos la presencia del Señor en medio nuestro. Se encarnó y se hizo hombre para caminar a nuestro lado y enseñarnos a hacer ese camino.

Navidad es ese mundo de fraternidad, de amor y de paz que todos tanto deseamos. Son las palabras que más repetimos en estos días, son los deseos que tenemos los unos para con los otros; es lo que queremos expresar con nuestras felicitaciones de Navidad. Pero que no se quede en palabras, que sea compromiso de nuestra vida, que sea camino que queremos recorrer.

Y si estos días algo en lo que todos hacemos tanto hincapié son los encuentros familiares, los encuentros de los amigos y en lo que ponemos tanto empeño, que no sean cosas efímeras de un día, de un momento o de una ocasión, sino que estos reencuentros que hemos realizado o estamos realizando sean comienzo de nuevos reencuentros que seguiremos realizando. Que en verdad vivamos el compromiso de la fraternidad.  Si la palabra paz es la que más repetimos incluso de cara al nuevo año que va a comenzar, que sea en verdad compromiso para trabajar por esa paz.

Busquemos vivir con todo sentido y con toda profundidad nuestra navidad. Hagamos verdadera navidad en que celebremos ciertamente el nacimiento de Jesús el Hijo de Dios que se ha encarnado y se ha hecho hombre por nosotros. Es Emmanuel, es Dios con nosotros. En el relato del evangelio que tanto se ha repetido en estos días en nuestras celebraciones hemos contemplado el portal de Belén; allí en ese portal estábamos nosotros representados con nuestras pobrezas y también con nuestras esperanzas. Sobre aquel portal brilló la gloria del Señor con los ángeles cantando la gloria del Señor. Sobre nosotros tiene que comenzar a brillar también con toda intensidad esa luz de la gloria del Señor que nos llena de esperanza nueva de un mundo nuevo y mejor. Es la tarea de nuestra navidad.

De corazón para todos, Feliz Navidad.

jueves, 10 de junio de 2021

Que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad, haciendo que la ternura y la delicadeza nos hagan más humanos y más hermanos

 


Que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad, haciendo que la ternura y la delicadeza nos hagan más humanos y más hermanos

2Corintios 3, 15-4, 1. 3-6; Sal 84; Mateo 5, 20-26

Si uno se pone a pensar un poquito y observa lo que vemos alrededor, pero en lo que caemos nosotros también con tanta facilidad, tenemos que reconocer la certeza de aquel aforismo antiguo, latino, que nos hablaba de que el hombre se ha convertido en un lobo para el hombre. Es la acritud con que vamos por la vida, reconozco que me pasa muchas veces, la facilidad con que levantamos la voz cuando queremos imponernos, pero son también las expresiones hirientes que empleamos frecuentemente en nuestro trato con los demás.

Hago mención a estos aspectos porque es algo que tenemos muy claramente delante de los ojos, pero reconozcamos también cuántos distanciamientos se producen entre familiares o entre vecinos, cuánto cuesta el entendimiento cuando nos encontramos con opiniones enfrentadas y en nuestro orgullo perdemos la serenidad para el diálogo, y cuántas violencias se provocan en el día a día de nuestras relaciones con los demás.

Desgraciadamente entre los que están ahí como espejos en que mirarnos, en los dirigentes de la sociedad, contemplamos demasiada acritud, con unos partidismos que encierran a cada uno en su castillo y no es poco lo que escuchamos en la manera de tratarse los adversarios con descalificaciones tantas veces insultantes. Por aquello de la libertad de expresión parece que todo está permitido y la verdad tenemos que reconocer que poco contribuye a una educación para la paz en las generaciones más jóvenes.

Muchas veces nos atrevemos a hacer manifestaciones que decimos a favor de la paz pero llenas de violencia y acritud en sus gritos o en las expresiones con las que se trata de descalificar a los que no piensan igual. ¿Ese es el mundo que queremos? ¿Esa es la sociedad que pretendemos construir?

Hoy Jesús en el evangelio nos da la pauta de cómo han de ser nuestras relaciones en ese mundo de fraternidad que pretendemos construir. Es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y en el que se nos piden unas actitudes nuevas y nuevos gestos de cercanía, fraternidad y amor. Decir Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor y cuando reconocemos que Dios es nuestro único Señor necesariamente hemos de entrar en un estilo de relaciones mutuas donde han de prevalecer esos valores del Reino de Dios.

Dios es el único Señor de nuestra vida, pero es un Dios de amor que se nos manifiesta y se nos presenta como Padre. Así nos lo enseñó a llamar Jesús. Siendo, pues, hijos de Dios entraña que todos hemos de sentirnos hermanos, de ahí entonces esos gestos de amor que hemos de tenernos los unos con los otros porque somos hermanos. Y es lo que nos está señalando hoy Jesús en el evangelio subrayando algunos aspectos.

Un mundo de armonía y de paz manifestado en gestos de cercanía y comprensión y en palabras llenas de ternura y de respeto para con los otros; nunca nuestras palabras pueden herir u ofender al hermano; un mundo en que sepamos aceptarnos y respetarnos tal como somos pero buscando siempre el encuentro que rompa las distancias o nos abaje de los pedestales del orgullo. Por eso nos dirá Jesús es tan importante la reconciliación y el perdón de manera que no tendría sentido que quisiéramos hacer ofrenda de amor a Dios mientras estamos distanciados del hermano.

Qué distinto sería nuestro mundo y que hermosas serían las relaciones que tendríamos los unos con los otros. Que la ternura y la delicadeza nos haga más humanos; que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad.

jueves, 20 de mayo de 2021

Nos sentimos amados de Dios y ese amor crea comunión no solo con Dios sino también con todos los que creemos en Jesús y todos los que formamos una misma humanidad

 


Nos sentimos amados de Dios y ese amor crea comunión no solo con Dios sino también con todos los que creemos en Jesús y todos los que formamos una misma humanidad

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Todo grupo humano que no se mantiene unido se autodestruye a si mismo. Humanamente es hermoso ver cómo surgen muchas veces en nuestro entorno grupos de buena voluntad que con unas metas muy concretas, con unos objetivos muy determinados se van creando y se van formando. Desde una problemática social, desde unos deseos de actuar y de participar para mejorar las cosas, con fines en principio muy altruistas o con afanes de superación en el mismo entramado social se van creando esos grupos. Pero también somos conscientes de que cuando surgen los personalismos y la búsqueda de protagonismo de algunos en la discordancia entre unos miembros y otros algunas veces esos grupos no se mantienen y fracasan.

Sea del tipo que sea cualquier grupo humano ha de saber mantener la unidad para que aun con la diferencias que pudiera haber entre unos miembros y otros y la variedad de respuestas que se puedan dar se sepan mantener unidos para alcanzar aquellos fines por los que se formaron. Creo que es una riqueza humana muy importante la promoción de estos grupos que incluso a nivel individual pueden ayudar mucho al crecimiento humano y a la maduración de su persona de sus miembros.

¿Qué decir de comunión que tendría que haber entre todos los que creemos en Jesús? Precisamente le damos el nombre de comunidad cristiana, o hablamos también del pueblo de Dios. y es lo que contemplamos hoy en el evangelio, la oracion de Jesús para que todos los que creen en El formen esa verdadera comunidad, creemos esa profunda comunión, seamos en verdad ese pueblo de Dios que camina unido. Es la oración de Jesús al Padre por los que creen en su nombre.

Y tenemos una razón profunda. No son meras razones de estrategia, es algo mucho más profundo. Y es que el modelo que Jesús nos está poniendo para esa unión es la unión que El tiene con el Padre. Ya nos había venido hablado de que teníamos que estar unidos a El como el sarmiento a la vida, porque sin El nada somos. Pero ahora nos dice que la misma unión que hay entre el Hijo y el Padre, es la unión que hemos de tener nosotros. ‘Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. No vamos a unirnos solamente entre nosotros sino que vamos a sentirnos profundamente unidos en el Señor. ‘Que ellos sean uno en nosotros’.

Esto tiene muchas consecuencias para nuestra vida como cristianos y para la comunión que en Iglesia todos hemos de tener. Si nos sentimos uno con Dios, unidos en Jesús y en el Padre, ¿cómo es que no vamos a sentirnos unidos también con aquellos que ya están también unidos a Dios? necesariamente nuestra unión con Dios nos tiene que llevar a la comunión con los hermanos. Por ejemplo, ¿cómo podemos decir que vamos a tomar la comunión en el Cuerpo de Cristo si no estamos viviendo, si no queremos vivir esa misma comunión con los hermanos? Sería un contrasentido. Por eso en otro momento Jesús claramente nos dice que ‘si un hermano tiene quejas contra ti cuando vas a presentar tu ofrenda al altar, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano’.

¿No nos dice Jesús que su principal mandamiento es el amor? Quienes se aman de verdad se sienten en comunión los unos con los otros. Y esa comunión, por así decirlo, tiene muchos nombres, porque se llama mutua aceptación y mutuo respeto, se llama valoración de los demás, se llama escucha del otro, significa mutua colaboración para caminar juntos, significa llenar el corazón de misericordia y compasión para ser comprensivo con los demás, significa sinceridad y autenticidad en la relación y en el trato, se llama tender la mano al caído para ayudar a levantarlo, significa la alegría de la fraternidad para ser capaces de cantar juntos incluso en la adversidad. En cuantas cosas podemos y tenemos que traducir el amor verdadero.

Y todo porque nos sentimos amados de Dios. Fomentemos también todo lo que sea unidad entre los que formamos una misma humanidad.

jueves, 22 de agosto de 2019

Quienes no abren su corazón al amor y a la comunión verdadera no puede sentarse en la mesa de la hermandad


Quienes no abren su corazón al amor y a la comunión verdadera no puede sentarse en la mesa de la hermandad

Jueces 11.29-39ª; Sal 39; Mateo 22,1-14
‘Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir’. Así nos dice Jesús en la parábola que proponía a sus discípulos y cuantos lo escuchaban. Mal se sentiría el rey que había preparado con mimo la boda de su hijo y había invitado a los que consideraba sus amigos, pero que ahora lo dejan en la estacada. Cada uno se fue por su lado, a sus cosas o a sus disculpas, como tantas veces nosotros hacemos en muchas situaciones de la vida. Casi vamos como normal la reacción llena de ira de aquel hombre.
Jesús les está hablando de una forma concreta aunque sea con las imágenes del banquete de bodas del Reino de Dios que El estaba proclamando, pero que puede ser muy bien una referencia a toda la historia de la salvación para el pueblo judío. Ahora no aceptan a Jesús, no quieren escuchar sus palabras o las malinterpretan, no quieren entrar en la órbita del Reino de Dios que les está proclamando como tantas veces también a través de la historia habían rechazado la Palabra que Dios les ofrecía a través de los profetas.
Ellos iban a su bola, como se dice en las jergas de hoy; tenían sus intereses en quienes estaban bien situados en la sociedad de su tiempo, vivían en sus rutinas de las que no querían salir y se conformaban con un culto tantas veces vacío y sin sentido, porque realmente no implicaba sus vidas, y así tantas y tantas cosas. Jesús quería hacerles cambian su manera de ver las cosas, darle otra visión a las realidades de la vida, buscar una profundidad a cuanto hacían para que todo tuviera un sentido y un valor. Jesús les estaba ofreciendo caminos de salvación que habían de pasar por caminos de cambio y de conversión, pero ellos se sentían bien en lo que estaban y no les parecía necesitar de lo nuevo que Jesús les ofrecía. Por eso estaban rechazando el banquete de bodas, estaban rechazando el sentido nuevo del Reino de Dios que Jesús les ofrecía.
Pero aunque Jesús encuentra ese rechazo por parte de algunos, El sigue anunciando el Reino de Dios, y se va por los caminos, por las aldeas, allá en la orilla de la playa del lago o por las montañas, allí donde está la gente sencilla y humilde que son los que en verdad se sienten necesitados y abren su corazón. La invitación que Jesús hace al Reino de Dios es universal, es para todos.
Todos están invitados. Solo es necesaria una cosa. Ponerse el traje de fiesta. ¿Qué significa ese ponerse el traje de fiesta? Es la conversión del corazón; hemos de dejar atrás los harapos de nuestra miseria, de nuestro pecado, de nuestros egoísmos e insolidaridades, de nuestros orgullos y vanidades, para sentir que han de haber unas actitudes nuevas, unos nuevos comportamientos, un nuevo sentido de la vida. No podemos colarnos en ese banquete de cualquier manera sino que hemos de aceptar ese cambio del corazón que Jesús nos está pidiendo siempre, porque quienes viven encerrados en si mismos no podrán sentarse en la mesa de la hermandad, porque realmente no se sienten hermanos.
Nos puede parecer duro en el relato de la parábola ese final en que uno que había querido sentarse a la mesa sin el traje de fiesta fuera arrojado fuera. Pero ya sabemos, quienes no abren su corazón al amor y a la comunión verdadera no puede sentarse en la mesa de la hermandad. Tendría que hacernos pensar, porque tantas veces seguimos encerrados en nuestros egoísmos y en nuestros orgullos y queremos sentarnos en la mesa de la Eucaristía creando una situación que es insostenible por si misma. Es la necesaria conversión del corazón.


lunes, 18 de marzo de 2019

El que le está poniendo medidas y límites al amor no está amando del todo, no está amando de verdad



El que le está poniendo medidas y límites al amor no está amando del todo, no está amando de verdad

Daniel 9,4b-10; Sal 78; Lucas 6,36-38
Cada vez que escucho este evangelio que hoy nos ofrece la liturgia me viene a la memoria al que vi. Hacer de pequeño a mi padre y me fue una hermosa lección. Cuando me mandaba a dar a alguien alguna cosa, recuerdo en concreto en cesto de papas, yo llenaba lo que podía dicho cesto pero cuando llegaba él me decía que se podía poner más; a mí me parecía que el cesto ya estaba lleno pero él lo remecía, lo movía de una lado para otro y me decía, ¿ves como caben más?, y entonces ponía hasta completarlo. Era una medida remecida.
Es la medida de la que nos habla Jesús hoy en el evangelio. En el amor siempre podemos poner más; en el amor no podemos andar con medidas raquíticas y es que el que le está poniendo medidas y límites al amor no está amando del todo, no está amando de verdad.
Hoy nos propone Jesús que nuestro amor ha de parecerse al amor que Dios nos tiene que es compasivo y misericordioso. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos decía. El nos ofrece siempre su perdón, nos ofrece siempre su amor; y la generosidad de Dios es infinita. Nos acercamos a El con nuestras limitaciones y deficiencias, con nuestras debilidades y con nuestro amor imperfecto y El nos ofrece un amor infinito. ¡Cómo tenemos que sentirnos cuando somos amados con un amor así! No nos queda más remedio que reconocer nuestras mezquindad.
Por eso Jesús nos dice que en nosotros no caben los juicios y las condenas, cuando estamos tan llenos de prejuicios, cuando son tantas las sospechas que enturbian nuestro corazón, cuando tenemos una mirada tan turbia en la que solo vemos en los demás oscuridades y negruras. Nos pide Jesús una mirada limpia, porque cuando el cristal con el que miramos está lleno de manchas le estamos cargando esas manchas a lo que vemos tras el cristal.
Limpiemos los ojos de nuestro corazón de esos prejuicios y sospechas, de esas malas intenciones, de esas desconfianzas, de esos recelos o resentimientos que guardamos dentro de nosotros y tanto daño  nos están haciendo, de ese amor propio y orgullo que nos vuelve despectivos hacia los demás. ¿Nos gustaría a nosotros que los demás nos miraran así? ‘Dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros’, nos dice el Señor.
Cuando queremos hacer un mundo de fraternidad, cuando queremos crear comunión entre nosotros para amarnos y para saber caminar juntos, cuando queremos que nuestro mundo sea mejor, no podemos llenarlo de falsas alegrías, no podemos andar con ocultamientos que crean desconfianzas, sino que tenemos que ir con corazón abierto, disponible para que en él quepan todos y nadie sea excluido. Por eso es necesaria esa mirada limpia, sin malicia y muy llena de amor, ofreciendo cariño, amistad, lealtad, confianza.
Caminemos en un amor generoso y haremos que nuestro mundo sea mejor; contagiemos con nuestra generosidad y con la alegría que sale de la paz que llevamos en el corazón y estaremos construyendo el Reino de Dios. Una medida remecida, donde siempre cabe más amor.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Si Dios viene a visitar a su pueblo trayéndonos la redención y la paz, vivamos ya para siempre el compromiso de esa fraternidad y armonía entre todos


Si Dios viene a visitar a su pueblo trayéndonos la redención y la paz, vivamos ya para siempre el compromiso de esa fraternidad y armonía entre todos

Lucas, 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, peque ha visitado y redimido a su pueblo’. Eran las palabras con las que Zacarías inició su cántico de alabanza y bendición al Señor después del  nacimiento de Juan habiendo recuperado el habla.
Turbado su corazón se había llenado de dudas, no porque no tuviera fe sino porque cuanto el ángel le señalaba le sobrepasaba y no terminaba de entenderlo, cuando se le manifestó allá en el templo mientras hacia la ofrenda del incienso. Se había quedado mucho sin poder proferir palabras. Por señas quiso explicarse al pueblo que esperaba fuera de la cortina inquieto al ver su tardanza en la ofrenda, y de la misma manera se habría expresado con Isabel su mujer.
Al imponerle el nombre al niño, aún lo había expresado escribiéndolo en una tablilla – ‘Juan es su nombre’, como también lo había señalado Isabel -, pero pronto sus labios se soltaron y comenzó el cántico de alabanza al Señor.
El Señor visitaba y redimía a su pueblo. Ya hemos comentado que aquella visita de María a la Montaña había sido la visita de Dios. Pero aquella visita no se quedaba reducida al ámbito de aquella casa y aquel hogar allá en la montaña de Judea, sino que era la visita de Dios a su pueblo. Allí estaba aquel ‘niño, profeta del Altísimo, que iría delante del Señor para preparar sus caminos, para anunciar al pueblo la salvación por medio del perdón de los pecados’.
Es lo que vamos a celebrar; es lo que significa el misterio de la Navidad que nos disponemos a vivir. ‘Hoy sabréis que vendrá el Señor y mañana veréis su gloria’, dice una de las antífonas de la liturgia de las horas. Esta noche los ángeles cantarán en los alrededores de Belén la gloria del Señor, y amaneceremos en un día radiante de luz, porque nos ha llegado el Salvador.
Todo será alegría y jubilo. El mundo entero se viste de fiesta y las luces resplandecen por doquier porque es Navidad, es la Navidad del nacimiento del Hijo de Dios hecho carne, es el Emmanuel ya para siempre Dios entre nosotros, es la Aurora de la salvación porque amanece un nuevo día, el día del Señor.
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz’. Así cantaba aquel día Zacarías bendiciendo al Señor. Así queremos nosotros cantar con los ángeles la gloria del Señor porque para nosotros, para la humanidad llega para siempre la paz.
Es lo que queremos vivir haciéndolo compromiso de nuestra vida. No son utopías, son realidades si nosotros queremos. Con Jesús llega la salvación y la paz, de nosotros los hombres depende ahora que queramos recibir esa salvación y vivir en esa paz. Nuestra historia está llena de sombras porque no siempre hemos sabido responder, porque tantas veces hemos preferido la guerra a la paz, el odio al amor, el egoísmo a la solidaridad.
Hoy vamos a hacer muchos gestos de cercanía, de amor, de paz, de fraternidad, porque nos queremos unir las familias, los amigos queremos sentirnos cercanos, todos los hombres queremos sentirnos en una misma fraternidad, porque al menos por una noche queremos enterrar el hacha de la guerra para vivir en paz. Pero que no se quede en el gesto de un día; si un día podemos llegar a vivirlo es señal de que lo podemos vivir siempre.
Por eso navidad tiene que ser un compromiso para nuestra vida. Dios nos viene a visitar para traer la paz y el amor a nuestros corazones; El nos ofrece su perdón, pero también su fuerza y su gracia para que podamos realizarlo.


martes, 7 de noviembre de 2017

El encuentro en torno a una mesa de amigos nos llena de alegría, nos hace revivir momentos vividos o soñar en un camino que se quiere seguir haciendo y es un signo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia

El encuentro en torno a una mesa de amigos nos llena de alegría, nos hace revivir momentos vividos o soñar en un camino que se quiere seguir haciendo y es un signo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia

Romanos 12, 5-16ª; Sal 130; Lucas 14, 15-24

La experiencia que se suele de tener de una participación en una comida suele ser buena. Y no es porque simplemente busquemos ricos manjares, sino por el ambiente de cordialidad, de cercanía, de amistad que se suele vivir en esas ocasiones.
Ya sea una comida familiar donde se reúnen los hijos con los padres, se encuentran de nuevo los hermanos, participan también las nuevas generaciones que van surgiendo en los nietos y en todos los que van formando parte de la familia; ya sea en un encuentro de amigos y compañeros bien sea que habitualmente se vean y relacionen, o sea un motivo que se busca para reunirse de nuevo quienes por las circunstancias de la vida se encuentran mas alejados pero que vuelven a reencontrarse; ya sea entre compañeros de trabajo que en ocasiones especiales se reúnen desde la camarería que se vive en el lugar de trabajo, o ya sea por alguna efemérides especial de cualquiera de los participantes, cumpleaños, algún aniversario especial.
Es la alegría del encuentro, es el recuerdo de momentos vividos, es el sueño de un camino que se quiere seguir haciendo, es el cariño y la amistad compartida que no se apaga; se echan de menos los que faltan, los que no han podido participar, o se recuerda con cierta añoranza quizás a los que no han querido participar. Son momentos que nos llenan de vida, que nos dan fuerzas para seguir adelante, que nos hacen ver los pasos recorridos en la vida; son muchas las sensaciones hermosas que se pueden sentir.
Por eso quizá en el evangelio veremos que con frecuencia Jesús para hablarnos del Reino de Dios nos presenta la imagen de un banquete, en la forma que sea, una boda, el reencuentro del hijo perdido, la alegría por el encuentro con Jesús, las invitaciones de los que aprecian a Jesús y lo acogen en sus casas, la gratitud por las maravillas que ven realizar a Jesús, son algunos de los momentos que vemos reflejados en el evangelio.
Y Jesús nos propondrá parábolas en las que nos indicará como todos estamos invitados a ese banquete, a ser capaces de dar en la vida de esas señales del Reino de Dios que se nos manifiestan en los valores que apreciamos en un banquete. Pero en las parábolas de Jesús, como la que hoy se nos propone con el evangelio de san Lucas también nos refleja la actitud y la respuesta negativa que nosotros manifestamos o damos en ocasiones.
Sabían bien lo que podía significar aquel banquete que el rey ofrecía con motivo de la boda de su hijo, pero vemos como muchos invitados rehúsan de alguna manera a participar en dicha comida. Se van a sus cosas, pretenden pensar que en otras cosas y lugares podrían pasarlo mejor, no quieren aceptar la generosidad de quien les ofrece la oportunidad de vivir momentos buenos y agradables. Se van a sus cosas, ofrecen disculpas carentes de sentido y de valor.
Nos está retratando. Sabemos bien de toda la bondad que significa vivir en los valores que nos ofrece Jesús en el Reino de Dios. Muchas veces, en muchas ocasiones hemos saboreado en la vida todas esas cosas buenas de la amistad, de la cordialidad, de la cercanía de los demás, del camino de felicidad por el que nos lleva Jesús cuando en verdad queremos escucharle y poner en práctica su palabra. Pero preferimos nuestros caminos, nuestra manera de hacer las cosas, nuestras ambiciones personales que nos absorben el sentido para no hacernos ver lo que verdaderamente es bello y bueno, nuestros egoísmos y endiosamientos para no bajarnos de nuestros pedestales, o porque no queremos compartir con los demás lo bueno que puede haber en nuestra vida.
Pero de una cosa estamos seguros, el Señor sigue llamándonos, sigue buscándonos por todos los caminos y por todas las plazas de la vida donde nos hayamos dispersado, el Señor sigue con las puertas abiertas para que entremos a su banquete, para que formemos parte de ese Reino de Dios. Y nos dice también ‘dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios’.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La Buena Noticia de Jesús nos hace dichosos porque el Reino de Dios hace un mundo distinto y mejor para todos

La Buena Noticia de Jesús nos hace dichosos porque el Reino de Dios hace un mundo distinto y mejor para todos

1Corintios 7,25-31; Sal 44; Lucas 6,20-26

Cuando Jesús comenzó su predicación por los caminos y pueblos de Galilea su invitación era a la conversión para creer en el Reino de Dios que anunciaba. Algo nuevo habría de surgir y poniendo nuestra fe y nuestra confianza en su palabra tendríamos que cambiar el corazón. En la Sinagoga de Nazaret, en lo que solemos llamar discurso programático de Jesús, proclamaba el texto de Isaías en el que se anunciaba que los pobres serían evangelizados, que para los pobres era la Buena Noticia del Reino de Dios. Anunciaba entonces toda una transformación en el corazón de los hombres para alcanzar la ansiada libertad, liberación de todo dolor y sufrimiento porque llegaba el año de gracia del Señor. Es la Buena Noticia que Lucas nos irá describiendo y desarrollando a lo largo de todo su Evangelio.
Es lo que en ese mismo sentido le escuchamos decir hoy en el llamado sermón de las Bienaventuranzas, que los pobres serían dichosos porque de ellos sería el Reino de Dios. Jesús ha bajado de la montaña, nos describe Lucas, en donde había escogido y elegido a los que serían los doce apóstoles, y ahora en la llanura cuando se encuentra con todos los discípulos, con todos aquellos que le buscan porque quieren escucharle y en El encontrar salud y salvación, va desgranando ese anuncio de las llamadas bienaventuranzas, ese anuncio de dicha porque llega el Reino de Dios.
Llega el Reino de Dios y para todos es la dicha y la felicidad. Llega el Reino de Dios y un mundo nuevo ha de comenzar. Y esa buena nueva se anuncia a los pobres, y a los que sufren, a los que lloran y a los que se ven perseguidos. Llega el Reino de Dios y cuando todo se ha de transformar porque sentimos que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida encontraremos paz y encontremos consuelo, iremos encontrando en esa solidaridad nueva del amor que va surgiendo solución a nuestros problemas y carencias y nuestra vida de penurias y necesidades va a cambiar, va renaciendo una nueva esperanza en los corazones y vamos a ir encontrando ese consuelo para nuestras lagrimas y sufrimientos y esa fortaleza para los momentos duros con que nos vayamos tropezando en la vida.
Comienza, sí, un mundo de dicha distinta, porque distinta tiene que ser nuestra vida y distintas tienen que ser nuestras relaciones haciéndolas más humanas y más fraternales. Y cuando nos humanizamos y nos sentimos hermanos cambiaran nuestras actitudes y también nuestras maneras de actuar, miraremos con ojos nuevos a los que están a nuestro lado y comenzaremos de verdad a sentirnos hermanos y ya no nos tendríamos que hacer sufrir los unos a los otros.
Tendrían que desaparecer nuestras actitudes egoístas y las ambiciones que nos encierran en nosotros mismos; no apegaríamos el corazón a las cosas terrenas sino que sabremos utilizar todo lo que está en nuestras manos para el bien y para el bien común desarrollando con nuevo ardor nuestras capacidades no buscando riquezas para nosotros mismos, sino un desarrollo que haga un mundo mejor y más feliz.
Qué dichosos nos haría el evangelio si supiéramos escucharlo de verdad en nuestro corazón y ponerlo en práctica en nuestra vida.

miércoles, 14 de octubre de 2015

No seamos fáciles para juzgar a los otros y decirles lo que tienen que hacer, sino sepamos caminar juntos con sentido de fraternidad

No seamos fáciles para juzgar a los otros y decirles lo que tienen que hacer, sino sepamos caminar juntos con sentido de fraternidad

Romanos 2,1-11; Sal 61; Lucas 11,42-46

Qué fácil es decirles a los demás lo que tienen que hacer antes que hacerlo uno mismo. Somos muy dados a caer en esa tentación. Vemos lo que hacen los demás y enseguida entramos en el juicio, ya estamos pensando en nuestro interior si eso se puede hacer así o no se puede hacer, pensamos que nosotros los haríamos mejor aunque no hagamos el mínimo esfuerzo por hacerlo, y le estamos diciendo al otro lo que tiene que hacer.
Ahí entran muchas cosas como son nuestros juicios y hasta nuestras fáciles condenas, nuestro orgullo de considerarnos mejores y más perfectos y nuestros deseos de imposición sobre los otros desde nuestro complejo de superioridad. Nos ponemos en un escalón superior y miramos por encima. Nos consideramos tan perfectos que nos cegamos y no nos damos cuenta de los errores en los que nosotros también podemos caer. Enseguida nos consideramos maestros que enseñamos y decimos lo que los otros tienen que hacer.
Cuánta humildad necesitamos en nuestra vida; cuanta capacidad de mirarnos a nosotros mismos y juzgarnos, pero a nosotros, siendo capaces de reconocer nuestros errores, nuestros fallos, nuestros tropiezos. Cuanto espíritu de fraternidad que nos hace sentirnos iguales y cercanos, caminantes que hacemos los caminos juntos y somos capaces de ayudarnos mutuamente, no estando siempre por ayudar a los demás sino también por el dejarnos nosotros ayudar.
Me hago esta reflexión que es también algo así como un auto examen al escuchar las palabras que Jesús dirige a los fariseos y a los letrados. Ciegos guía ciegos, los llama en ocasiones, que tropiezan los dos en la misma piedra y caen ellos y hacen caer también a los otros en el mismo hoyo. Es lo que le venimos escuchando a Jesús estos días en el evangelio.
‘¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!’, les dice hoy Jesús a los letrados que se quejan porque se sienten ofendidos por las palabras de Jesús. Se sienten ofendidos porque se sienten tocados y señalados por la denuncia de Jesús.
‘¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle! Así les dice a los fariseos tan quisquillosos para fijarse en las cosas más menudas dejando a un lado las que son verdaderamente importantes. Asientos de honor, lugares de importancia, pedestales en los que subirse para estar por encima de los demás como unos intocables. Pero Jesús enseña que otras han de ser las actitudes, otra la manera de actuar donde siempre ha de prevalecer la humildad y la misericordia.
Ojalá aprendamos la lección de Jesús, el que vino no ser servido sino a servir, el que estuvo siempre cercano a nosotros haciendo nuestro mismo camino, el que cargó sobre sus hombros toda nuestra miseria para ayudarnos a llevar nuestra cruz, pero para levantarnos también desde las caídas y honduras de nuestras miserias.  Ojalá sepamos hacerlo nosotros también con nuestros hermanos aprendiendo a caminar juntos siendo en verdad cireneos los unos de los otros, y yo dejando también que otro cireneo se acerque a mí para ayudarme a llevar mi carga.