Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta títulos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta títulos. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de mayo de 2024

No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama, porque Dios siempre va tomando la iniciativa, nos elige y nos regala con su amor

 


No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama, porque Dios siempre va tomando la iniciativa, nos elige y nos regala con su amor

Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Vivimos en un mundo de méritos; nos lo hemos ganado, decimos; nos creemos merecedores de todo porque tengamos unos títulos, porque hayamos hecho un recorrido en la vida, porque hayamos acumulado unos méritos. No digo que no tengamos que tener en cuenta esas cosas, y está por medio nuestra preparación, el desarrollo de cualidades y valores, la buena ejecución de aquello que se nos haya encomendado; es una forma de valorarnos y de estimularnos, es una forma de que otros también se sientan impulsados a crecer. Pero la vida es más.

No son unos méritos o unos títulos los que nos ganan el corazón de las personas; no es con una carrera con la que vamos a presentarnos ante alguien para exigirle que nos acepte y nos meta en su vida; no es lo que tengamos acumulado en nuestras ganancias lo que en verdad nos hace grandes como personas; es otra cosa que tenemos que sentir en el corazón, en lo más hondo de nosotros mismos, donde vamos a manifestar lo que es la verdadera realidad de nuestra vida y nuestra grandeza.

¿Qué es lo que verdaderamente dará grandeza a nuestra vida? ¿Qué es el fondo lo que nos puede producir mejor y más honda felicidad? Todos andamos buscando esa grandeza, esa dignidad que también tenemos que saber reconocer en los demás, esa felicidad que nos llenará de las satisfacciones más hondas. ¿Dónde encontrarlo?

Sentimos así la necesidad de amar y de sentirnos amados. Es esa relación de comunión que queremos establecer con las personas, con las personas que amamos y de las que nos sentimos amadas. Es el camino que tenemos que aprender a descubrir. Es de lo que hoy Jesús nos está hablando en el evangelio.

Como bien sabemos, estos textos que estamos escuchando estos domingos, aunque también en las lecturas de pascua en medio de la semana, están tomadas en gran parte del evangelio de san Juan y en especial de la cena pascual antes del comienzo de la pasión. Momentos de emociones fuertes, momentos de desahogo y de despedida, momentos de últimas recomendaciones. Jesús está desparramando toda la ternura de su corazón. Los discípulos amaban a Jesús y por eso su emoción y hasta su tristeza porque realmente aún terminaban de comprender todo lo que iba a suceder, por eso les veremos luego despistados, desparramados, que huyen y se esconden. Pero allí Jesús les va dejando todas las señales de su amor, que tendría que ser en verdad en lo que ellos tendrían que apoyarse para no sentirse tan escandalizados por lo que luego sucedería.

Y les dice una cosa muy bonita. Hay como una corriente de amor que parte del Padre y que a través de Jesús les llega a ellos también. De manera que si entran en esa corriente de amor algo nuevo habrán de sentir en sus corazones para que su vida fuera distinta. Pero aunque Jesús les habla claramente ellos andan como aturdidos y terminan de saborear hondamente las palabras de Jesús. Será después de la resurrección, cuando se llenen del Espíritu, cuando lo comprenderán todo y comenzarán a vivirlo intensamente.

Jesús les está diciendo que no los mira como siervos, no los mira como alguien ajeno a su corazón, para El son sus amigos, los amados, los que también se están llenando de ese amor de Dios. Porque no es lo que ellos realmente por si mismos hayan hecho como merecimientos en el tiempo que han estado con Jesús. Es Dios quien ha tomado la iniciativa.

A vosotros os llamo amigos’, les dice, porque ya conocéis todo lo que es el amor de Dios que se nos ha manifestado. Conocer, bien sabemos, en el sentido bíblico es algo más que tener conocimiento de algo, un conocimiento intelectual, o como quien conoce una noticia que le comunican; conocer es experimentar en si mismo, es algo mucho más hondo. Cuando María dice que no ha conocido hombre está queriendo decir que no ha tenido experiencia de lo que es el amor de un hombre, recordamos. Es ahora lo que les está diciendo Jesús. Ellos han experimentado en sí mismo lo que es ese amor y esa elección de Dios. ‘Yo os he elegido’, les dice Jesús. Les ha elegido porque les ama; en esa elección de Jesús están experimentando en sí mismos el amor que Jesús les tiene.

Todo es iniciativa de Dios. ¿Qué sucedió en el texto que hemos escuchado en la primera lectura cuando Pedro es llamado a ir a visitar la casa de aquel gentil y de repente siente que el Espíritu Santo ha inundado aquella casa llenándolos a todos del Espíritu Santo? No eran judíos, no estaban bautizados, llamaron a Pedro porque estaba en un camino de búsqueda de conocer el evangelio de Jesús, pero el Espíritu del Señor tomó la iniciativa, y por eso dirá Pedro como podrán negarles entonces el bautismo de Jesús.

Es lo que nos viene a decir también san Juan en la segunda lectura. Repito, la iniciativa es de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios primero nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados’. Es que Dios es amor, y todo va a ser una derivación de ese amor que es Dios, de ese amor con Dios nos ama y nos entrega a su Hijo. Es mucho más que un amor de amistad, aunque Jesús empleará esa palabra para referirse a sus discípulos. Es el amor que es entrega. Por eso no hay amor más grande que el de quien da su vida por los que ama, del que se entrega por los que ama. No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama.

¿Seremos capaces de amar con un amor así? Es el amor que Jesús nos pide, porque nos pide que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Y no es poca cosa.


martes, 15 de marzo de 2022

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino


 

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino

Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Hemos de estar preparados para afrontar los retos que nos presenta la vida, es cierto; podíamos decir que la vida cada día es más compleja, surgen problemas nuevos, hay mayor diversidad de pareceres y opiniones y bien sabemos que no es cuestión de hacer las cosas así como por rutina, porque siempre se ha hecho así, sino que tenemos que afrontar nuevos retos y nuevos estilos, problemas que se nos van presentando en esa complejidad de la población en la que vivimos, avance que se va realizando técnicamente y también en el orden del pensamiento. Como decíamos, nos exige preparación, profundización en nuestro pensamiento, revisión de muchas cosas, tener fundamentos sólidos en aquello que vamos presentando.

Cuando hablamos de preparación podemos hablar de estudios, podemos hablar de profundización de nuestro propio pensamiento, podemos hablar de nuevas categorías académicas que van surgiendo, pero también nos podemos ir encontrando como diversos y distintos escalones en los que la misma población se va situando. Y es ahí donde aparecen títulos y reconocimientos que en un momento dado en ese orgullo de aquello que hacemos o que hemos conseguido nos puede llevar a subirnos en pedestales que nos alejan, en jaulas que nos encierran, en distanciamientos que nos creamos entre unos y otros.

Esos escalones de crecimiento intelectual, por llamarlo de alguna manera, que vamos consiguiendo en nuestro camino de preparación y profundización, ¿qué finalidad tiene?, podríamos preguntarnos. Todo siempre tendría que tener una función de servicio a esa comunidad a la que pertenecemos, porque esos respuestas que vamos encontrando, ese avance que vamos realizando tendría que ser siempre en función de ese servicio, función del bien de esa comunidad. Pero algunas veces tenemos la tendencia a encasquillarnos en nuestros saberes creando un aislamiento de cuanto nos rodea, y fundamentalmente creando un aislamiento de esos hermanos nuestros a los que estamos llamados a servir.

Hoy Jesús nos previene. El quiere un nuevo estilo de comunidad, un nuevo sentido de humanidad; un mundo en el que desterremos todo aquello que nos pueda distanciar y separar; un mundo de comunión en el que tenemos que saber caminar juntos aportando cada uno desde sus valores, desde sus cualidades y capacidades, un mundo donde nunca nos pongamos unos sobre otros, sino que sepamos caminar codo con codo; un mundo de sencillez donde desterremos los alardes que puedan crear distinciones entre nosotros, un mundo en que en verdad nos sintamos hermanos.

Puede parecer una utopía, pero es algo que podemos hacer realidad. No son sueños vanos, sino realidades que tenemos que crear; por eso nadie puede estar en un pedestal superior; un mundo donde desterremos categorías y jerarquías que nos quieran hacer depender los unos de los otros. Por eso, hoy claramente nos dice, fuera los títulos que crean esas distinciones. Ya en otro momento nos dirá que la verdadera grandeza está en el servicio, en poner a disposición de todos aquello que somos.

Nada de imponer sobre los demás lo que nosotros no seamos capaces de hacer. Nada de apariencias vanidosas en que nos llenemos de adornos que crean diferencias ni de títulos que nos suban a pedestales. Ni nos llamemos maestros, ni nos llamemos padres de nadie, porque todos somos hermanos y todos estamos haciendo el mismo camino. Nada de búsquedas de reverencias ni halagos, porque nos creamos más merecedores que los demás. Nada de reconocimientos honoríficos, sino todos caminos en la sencillez y en la humildad.

martes, 2 de marzo de 2021

Seamos capaces de presentar a Cristo con el testimonio de nuestra vida y descubrir al Cristo roto en los hermanos que sufren

 


Seamos capaces de presentar a Cristo con el testimonio de nuestra vida y descubrir al Cristo roto en los hermanos que sufren

Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

El mejor predicador es el ejemplo. No tenemos dudas de ello. Por eso quien nos convence de verdad es Jesús. Pero es la alerta que hoy Jesús nos sigue haciendo. No se trata solo de lo que Jesús echa en cara a los maestros de la ley de su tiempo, sino de la Palabra de Jesús que llega a nosotros  hoy. No nos podemos quedar en apariencias ni vanidades.

En el evangelio se nos dice que en ocasiones querían poner a prueba a Jesús y por allá iban en ocasiones maestros de la ley, en otros momentos eran directamente los fariseos o los fariseos los que se enfrentaban a Jesús con preguntas capciosas, o se valían de los partidarios de Herodes o de cualquiera que se atreviera a enfrentarse a Jesús para poner en duda su autoridad. Mira por donde en algunas ocasiones parecen preguntas de examen, a ver si Jesús decía algo contrario a lo que enseñaba la ley como aquello de preguntar cuál es el primer mandamiento de la ley. De Jesús no se sabía que hubiera estudiado en alguna escuela rabínica de las que había en Jerusalén, y esa era la pregunta que se hacían sus convecinos de Nazaret preguntándose de donde sacaba toda aquella doctrina que enseñaba si lo vieron siempre allí en su pueblo de Nazaret.

Jesús por otra parte no se mostraba como los maestros de la ley de entonces o los principales dirigentes en sus distintas opciones de fariseos, saduceos, herodianos y otros grupos. No buscaba primeros puestos, no buscaba asientos de honor en las sinagogas, no hacía las cosas a bombo y platillo para que todos se enteraran y reconociesen su influencia y su poder. Cuántas veces le vemos en el evangelio tras realizar alguno de los milagros que hacía recomendarles que aquello no lo dijeran a nadie, aunque su fama se extendía y todos los reconocían viniendo de todas partes para buscar algún tipo de salvación o salud.

Pero decíamos antes que cuando hoy nosotros escuchamos el evangelio es para descubrir cómo es luz para nuestra vida hoy. Si en aquella época buscaban lugares de honor o de influencia en la sociedad, cuidado hoy no andemos nosotros también buscando alguna de esas cosas. Y ya tenemos que recordar una y otra vez que Jesús no quiere vanidades en nuestra vida ni son esos reconocimientos los que tenemos que buscar. Nuestra influencia en la sociedad como cristianos es tratar de llevar esos valores que aprendemos del evangelio y de ello contagiar a nuestro mundo para que se abra al reino de Dios. Pero acaso algunas veces ¿no estaremos más pendientes de títulos, de lugares de importancia o de influencia que del testimonio que tendríamos que dar de la Palabra hecha vida en nosotros?


Os cuento algo; hace unos días llegó a mis manos un video con un mensaje muy hermoso en el que un sacerdote se había encontrado con una imagen de un Cristo roto y era lo que él quería presentar en esta cuaresma, en estas circunstancias en que vivimos en que en nuestro entorno podemos encontrarnos muchos cristos rotos en las personas rotas por tantos sufrimientos. Presentaba con mucha sencillez ese mensaje y yo quise compartirlo con mucha gente a través de las redes sociales, pues me parecía que era un mensaje que nos ayudaba a pensar.

Muchos me lo agradecieron y alabaron el mensaje, pero hubo un comentario que me llamó la atención; una persona que enseguida me dijo que conocía al sacerdote del mensaje, que era un hombre muy preparado con no sé cuantos títulos en teología y me dio la impresión que el mensaje para esa persona se quedó diluido en los grados universitarios y en la importancia de ser una persona conocida para él. Me pregunto ¿si no tuviera esos títulos su mensaje no tendría valor ni sería una enseñanza para nuestra vida?

No quiero entrar en juicio de nadie ni contra nadie, pero me ha parecido bien compartirlo desde lo que venimos reflexionando porque ¿qué era más importante? ¿el mensaje en sí que nos hacía descubrir a esos cristos rotos con que nos podemos ir tropezando en los caminos de la vida o la importancia del que nos trasmitía el mensaje por toda la instrucción teológica que llevase en su vida? ¿En qué de verdad tenemos que apoyarnos para alimentar nuestra fe, para buscar esos caminos que nos lleven a dar frutos, a la transmisión del mensaje de Jesús que tiene que ser una tarea nuestra de cada día?

jueves, 8 de noviembre de 2012

Cuáles son nuestros títulos


Flp.3,3-8; Sal. 104; Lc.15, 1-10

En la vida parece en ocasiones que tenemos que ir mostrando nuestros títulos - de lo que somos, de lo que sabemos o de lo que hemos hecho, lo que llaman el curriculum vitae -, para que puedan valorarnos, tenernos en cuenta, o podamos conseguir aquello que deseamos. Y si para la consecución de trabajos tenemos que utilizar estos títulos de méritos, alguna vez nos puede parecer que para presentarnos ante de Dios, o para que los demás valoren nuestra vida cristiana necesitaríamos también de esos títulos de merecimientos. Se nos pueden meter también por cualquier resquicio de nuestro corazón esos orgullos y vanidades, con lo que, por otra parte, estaríamos echándolo todo a perder.

Hay una hermosa lección en este sentido en la carta de Pablo a los Filipenses. Se puede deducir por lo que dice que por allá se han metido algunos que se las dan de sabios y entendidos y pretenden imponerles algunos ritos externos o costumbres que como seguidores de Jesús tendrían que estar superados. No son las marcas rituales las que nos alcanzan la salvación, sino que la salvación nos viene de Cristo Jesús, Señor nuestro, que por nosotros se ha entregado para regalarnos su salvación. Nuestra respuesta ha de ser la de la fe y la del amor.

Por eso san Pablo aduce lo que podrían ser sus títulos de judío recto, fiel y cumplidor. Con fidelidad a la ley había vivido siempre y hasta con radicalidad e intransigencia había perseguido a la Iglesia de Dios porque le parecía que andaban errando lejos de la ley de Moisés que para todo buen fariseo - y él pertenecía al grupo de los fariseos más radicales - era algo que había que cumplir hasta en lo más mínimo.

Pero tras su encuentro con Jesús todo había cambiado. ‘Todo eso que para mi era una ganancia, nos dice, lo consideré pérdida comparado con Cristo… todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor… todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.

Este ahora es su título verdadero y más valioso. Todo lo demás lo estimo pérdida y basura, nos dice. La excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. La fe que nació en su corazón para descubrir y reconocer a Cristo. Ahí está su verdadera sabiduría. Como dirá en otras cartas lo que otros consideran locura o necedad para él es sabiduría. Y nos hablará de la Sabiduría de la cruz. Por eso predicará sin cesar a Cristo y éste crucificado.

¿Será así de importante para nosotros nuestra fe en Jesús? En este año de la fe al que nos ha convocado el Papa será este un tema en el que incidiremos una y otra vez. Es necesario que vayamos ahondando cada día mas en nuestra fe, en nuestro conocimiento de Jesús. Por eso es necesario que vayamos reflexionando mucho sobre nuestra fe para poder llegar a vivir desde esa fe, desde ese sentido que en Cristo encontramos para nuestra vida.

Hoy hemos escuchado cómo Pablo, que sí era un hombre creyente, sin embargo se sintió transformado desde su encuentro con Jesús de manera que desde entonces toda su vida fue distinta, y lo que antes considera quizá muy importante ahora, como dice él, lo consideraba basura. El punto de apoyo de su fe y de su vida desde entonces era Cristo y Cristo lo era todo para él.

Por eso tantas veces hemos dicho de la importancia de vivir ese encuentro con Jesús, un encuentro vivo, un encuentro de gracia, un encuentro transformador. Somos cristianos, porque la luz que ilumina nuestra fe y nuestra vida es Cristo. Dejémonos encontrar con El, como lo hizo Pablo.