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sábado, 24 de agosto de 2013

Con san Bartolomé fortalecemos nuestra fe para ser signo de salvación para el mundo

Apoc. 21, 9-14; Sal. 144; Jn. 1, 45-51
‘Afianza en nosotros aquella fe con la que el apóstol san Bartolomé se entregó sinceramente a Cristo’. Es parte de lo que pedimos en la oración litúrgica de esta fiesta de san Bartolomé. Hagámoslo con intensidad cuando estamos celebrando este año de la fe, al que nos convocó el Papa con la intención de que se intensificara nuestra fe, se purificara y se hiciera verdaderamente madura. A eso hemos de tender con nuestras celebraciones, que son celebraciones de la fe. Ese es el programa de vida para el creyente en todo momento, pero en especial en este año.
Fijémonos en los detalles del evangelio. Es conducido hasta Jesús por su amigo Felipe que ya siguiera a Jesús a su invitación. La experiencia que ha tenido Felipe, de la que no nos dan detalles los evangelios tiene que haber sido muy fuerte para insistir con tanto vigor ante su amigo Natanael para que vaya hasta Jesús. ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret’.
Pero ya conocemos la resistencia de Natanael, pero Felipe insiste. ‘Ven y lo verás’. Y Natanael, nuestro San Bartolomé, se deja conducir. No lo tenía claro. Aparecen incluso las desconfianzas de pueblos vecinos, pues era de Caná: ‘de Nazaret no puede salir nada bueno’. Pero se dejó guiar y encontró a Jesús, se encontró con Jesús.
Habla Jesús de la integridad de Natanael - ‘aquí tenéis a un israelita de verdad’ -, pero sigue la desconfianza - ‘¿de que me conoces?’, le dice - y Jesús le recuerda algo que ha quedado en el secreto del misterio de cada corazón, pero que provoca en Natanael una hermosa profesión de fe: ‘Rabí, Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
Algo profundo había sucedido en el corazón de Natanael que no podía ser otra cosa que un encuentro vivo con Jesús. Sólo desde un encuentro así puede surgir una fe tan grande como ahora lo expresa Natanael. Quien tenía sus reticencias, al final se dejó encontrar por Jesús, se dejó ganar en el corazón por Jesús.
¿Será lo que nosotros necesitamos? Es importante esa experiencia de Jesús, dejar que llegue a nuestro corazón, dejar que nos mire allá en lo más hondo de nosotros mismos, en el secreto de nuestra vida para que así nos dejemos cautivar por Jesús. Hay el peligro de que, aunque porfiemos tantas veces que nosotros tenemos fe, que creemos en Dios, en la Iglesia y en todo, sin embargo sigan habiendo puertas cerradas en nuestro corazón donde no dejamos entrar a Dios. Así esa planta de la fe no puede crecer, no podrá llegar a desarrollarse nunca, porque le falta el encuentro con la luz del Sol verdadero.
Que se afiance en nosotros esa verdadera fe, tenemos que pedir hoy al Señor, con la intercesión de san Bartolomé, para que como él también nos lancemos al mundo como misioneros de esa fe. Es lo que pedíamos también en la oración. ‘Que la Iglesia se presente ante el mundo como sacramento universal de salvación’. Y cuando decimos la Iglesia estamos diciendo nosotros, que somos Iglesia, que pertenecemos a esa comunidad de salvación, que vivimos nuestra fe en esa comunidad de salvación que es la Iglesia.
Tenemos que ser signos de esa salvación para el mundo que nos rodea; nuestra vida, lo que hacemos y lo que vivimos, nuestra manera de pensar y de actuar tienen que dar señales de que somos creyentes, y creyentes en Jesús. Los signos se presentan como indicadores de que vamos a encontrar aquello que representan. Nosotros tenemos que ser signos de esa salvación, porque estamos señalando que hemos sido salvados por esa fe que tenemos en Jesús, de que en El hemos encontrado la salvación y entonces nuestra vida tiene que convertirse en ese signo que les hable de la fe que tenemos a los que nos rodean.
Es importante que el mundo vea ese signo en nosotros para que así puedan acercarse a Jesús. Nuestra tarea es ser ese signo, luego Dios actuará en el corazón de cada hombre y cada hombre dará su respuesta a esa invitación a la fe. Pero no podemos dejar de ser signos, sacramentos de salvación para cuantos nos rodean.

lunes, 22 de abril de 2013



Yo soy la puerta de las ovejas… quien entre por mí, se salvará…

Hechos, 11, 1-8; Sal. 41; Jn. 10, 1-10
‘Yo soy la puerta de las ovejas… quien entre por mí, se salvará…’ La salvación solo la tenemos en Jesús. El es nuestro único Salvador. ¿Buscamos en El de verdad la salvación?
Seguimos con la imagen del pastor, de las ovejas, de los apriscos o rediles donde se guardan las ovejas, como ayer domingo que celebrábamos el domingo del Buen Pastor. Parte Jesús de las imágenes de lo que sucedía entonces y quizá aun en algunos ambientes pastoriles pueden seguir siendo costumbres. Todas las ovejas eran guardadas en un mismo redil; cada pastor iba a buscar a sus ovejas para sacarlas a pastar y llevaría solo sus ovejas, pero cada oveja solo seguiría a su pastor porque es a quien conocían. Al redil solo podrían entrar quienes eran de verdad los pastores de aquellas ovejas y quien quisiera entrar por otro lado, como nos dice, es el ladrón y bandido que va a robar. El pastor entra por la puerta porque le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz y le siguen. Al extraño no lo seguirán sino huirán de él, porque no conocen su voz.
Como antes nos preguntábamos ¿buscamos al que es el verdadero pastor de nuestra vida, el único en quien encontraremos la salvación? ¿Escucharemos y reconoceremos su voz o andaremos algunas veces perdidos buscando la salvación donde en verdad no vamos a encontrarla? Tenemos que reafirmar bien nuestra fe en Jesús creciendo más y más en su conocimiento.
Son los peligros de las confusiones que podemos tener en la vida, porque quizá puedan venir de aquí o de allí diciéndonos cosas que nos confunden y nos alejan del verdadero camino de nuestra salvación que solamente en Jesús vamos a encontrar. Cuando se acercan a nosotros tratando de atraernos a sus caminos algunos nos dicen que lo que enseñan no es malo, y tenemos que escuchar a todos. Pero cuando  no tenemos unos sólidos fundamentos en nuestra fe, terminamos haciendo una mezcla de cosas y de ideas que nos apartan de la verdadera fe católica que nos une a nuestra Iglesia.
Creo que tenemos que sentirnos bien seguros de nuestra fe y formarnos debidamente para que no nos entren esas confusiones. Cuando somos débiles en la fe porque no  nos hemos formado debidamente todo nos puede parecer bueno y al final terminamos abandonando lo que es la fe en Jesús que en la Iglesia recibimos y en la Iglesia hemos de vivir. Y hay muchos que quizá quieran aprovecharse de esa nuestra debilidad.
Estamos celebrando el año de la fe al que nos convocó el Papa durante este año en las diversas conmemoraciones que estamos celebrando tanto del inicio de Concilio Vaticano II como de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica que compendia todo el contenido de nuestra fe.
Precisamente en la convocatoria del Papa para este año se nos hablaba de la puerta de la fe, una buena referencia a lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Y la intención de la celebración de este año es el que ahondemos en nuestra fe, revitalizándola de verdad, para que podamos dar ese testimonio claro y valiente de nuestra condición de cristianos en medio del mundo. Y una forma de revitalizar nuestra fe no es solamente decir que yo si creo, sino el que trate de ahondar, estudiar, repasar todo lo que es el contenido de nuestra fe que se nos recoge en el catecismo para luego con toda firmeza y sin confusión confesar nuestra fe.
Cuando a los mayores se les habla de Catecismo y de esto que ahora estamos diciendo algunos parece como que se sienten ofendidos porque piensan que eso es cosa para niños o cosa de aprendernos unas fórmulas de memoria. De ninguna manera podemos pensar así. En cada etapa de la vida necesitamos esa profundización en nuestra fe, porque no podemos profundizar lo mismo siendo niños que de jóvenes o de mayores.
Lástima esa reacción tan negativa en la mayoría de nuestras gentes a conocer con profundidad su fe. Claro que luego todos quieren hablar y opinar sobre la Iglesia y sobre lo que tendría que enseñar para que se nos hagan rebajas, como se suele decir, porque estos son otros tiempos. Por esa falta de hondura en el conocimiento de lo que es nuestra fe, de lo que nos contiene el catecismo, vienen esas confusiones de las que hablábamos antes y que tanto daño nos hacen en la vivencia de nuestra fe y nuestra vida cristiana. Tenemos que conocer con más profundidad lo que son los fundamentos de nuestra fe y los principios de la moral cristiana, y en eso andamos con muchas carencias en nuestro pueblo cristiano. Ojalá el Espíritu del Señor mueva nuestros corazones que nos lleven a esa proclamación auténtica de nuestra fe.
Cristo es la puerta por la que tenemos que entrar para alcanzar la salvación porque El es nuestro único salvador. Y todo ese depósito de la Salvación lo dejó confiado a su Iglesia. No  nos apartemos nunca de lo que es la fe auténtica de la Iglesia.

miércoles, 13 de marzo de 2013


Creciendo en nuestra fe pregustemos con esperanza la alegría pascual

Is. 49, 8-15; Sal. 144; Jn. 5, 17-30
En la medida en que en nuestro camino cuaresmal nos vamos acercando más y más a la pascua vamos pregustando ya el gozo en el alma por la salvación que está cerca y que vamos a vivir con toda intensidad en el triduo pascual. Cuando nos hablan de una comida muy gustosa y nos la van describiendo ya parece que en nuestra boca saboreamos los sabores y sentimos hasta su olor. Así nos sucede con lo que la liturgia nos va ofreciendo en estas últimas semanas de la cuaresma. Queremos vivir con tanta intensidad nuestra preparación que ya vamos pregustando la alegría pascual.
‘Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo, se compadece de los desamparados’, era la invitación gozosa del profeta. Palabras que le decía Isaías al pueblo que se encontraba desamparado y cautivo, porque se anunciaban ya los tiempos en que se abrirían los caminos para la vuelta de nueva la libertad de su tierra. Es el gozo que nos da la esperanza de la salvación, del perdón que el Señor nos concede cuando volvamos a El y que vamos a vivir intensamente en la celebración de la pascua.
Algunas veces  hemos revestido demasiado el tiempo de la cuaresma de telones negros que parece que nos llenan de tristeza, pero cuando vivimos en esperanza no podemos vivir en la tristeza porque tenemos la certeza de la salvación que llega a nuestra vida. Aunque sintamos el peso en la conciencia de que somos pecadores y que tantas veces nos alejamos del Señor, tenemos la seguridad del abrazo del padre que nos espera y que quiere hacer fiesta con nuestra vuelta porque por encima de todo siempre va a vencer el amor del padre, va a vencer el amor de Dios.
Recordemos además que Jesús rompiendo todos los moldes y costumbres de su época nos decía que cuando ayunáramos o hiciéramos penitencia nos laváramos la cara y nos perfumáramos porque nuestro ayuno o penitencia quien tiene que notarlo es el Señor que ve nuestro corazón.
El evangelio de los días en medio de la semana desde ayer hasta que lleguemos a la semana de pasión prácticamente vamos a hacer una lectura literalmente continuada del evangelio de san Juan. Son los momentos en que Jesús cada vez más claramente se nos va manifestando como Hijo de Dios y como nuestro salvador, pero que motivará el rechazo por parte de los judíos a la palabra y a la acción de Jesús que conducirán a su pasión y a su muerte en la cruz.
En Jesús se va manifestando el actuar y la palabra de Dios; será algo que les cuesta entender a los judíos - y cuando en el evangelio de Juan se dice judíos se está refiriendo de manera especial a sus dirigentes - y ‘por eso los judíos tenían ganas de matarlo, como nos ha dicho hoy el evangelista, porque no solo violaba el sábado - recordemos el episodio de ayer de la curación del paralítico de la piscina que fue en sábado - sino porque también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios’.
¿Qué nos ofrece Jesús? Viene a darnos vida. Es la salvación que Jesús nos ofrece. Y nos habla de resurrección; y nos habla de que hemos de escucharle y creer en El y creer en Jesús es creer en quien le envió, es creer en Dios. ‘Os aseguro, nos dice, quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha pasado de la muerte a la vida’.
Aquí tenemos un aspecto que hemos venido resaltando continuamente, la fe, sobre todo como estamos en el año de la fe. Tenemos que crecer en nuestra fe; tenemos que hacer que nuestra fe sea cada vez más madura y más viva; tenemos que cuidar nuestra fe, preocupándonos de formarnos debidamente porque vayamos creciendo más y más en el conocimiento de Jesús y de su evangelio. Creemos en Jesús y estamos llamados a la vida eterna. ¿No tiene eso que llenarnos de esperanza y con gozo en el alma ir pregustando ya la Pascua que vamos a celebrar?

miércoles, 6 de febrero de 2013


Tenemos que revisar y fortalecer nuestra fe

Hebreos, 12, 4-7. 11-15; Sal. 102; Mc. 6, 1-6
‘Desconfiaban de él… se extrañó de su falta de fe…’ nos dice repetidamente el evangelista. Hoy estamos escuchando a san Marcos y estos domingos pasados hemos escuchado el relato de esta visita a Nazaret que nos hace san Lucas y le hemos dedicado grandes comentarios.
Pero siempre hay un mensaje de vida en la Palabra del Señor cada vez que la escuchemos; siempre hay algo que nos puede ayudar en nuestra fe, en el camino de nuestra vida cristiana; siempre hay algo que nos ayuda a revisar nuestra vida; siempre hay algo que enriquece nuestro corazón.
Ya hemos comentado las reacciones primero de admiración, después de interrogantes y desconfianzas y finalmente de rechazo porque como nos relataba san Lucas hasta quisieron despeñarlo por un barranco que había junto al pueblo. San Marcos no entra en esos detalles, pero sí nos habla de la extrañeza por la falta de fe. Se admiraban de lo que Jesús y hacía pero al mismo tiempo había una desconfianza en su corazón porque lo habían conocido de siempre, conocían su familia y lo que había vivido allí con ellos en su pueblo, y aun no terminaban de entender todo el misterio de Dios que se manifestaba en Jesús.
¿Qué buscaban en Jesús o por qué lo buscaban? ¿Podrían llegar a descubrir ese misterio de Dios que en Jesús se les revelaba? Es necesario desprenderse quizá de ideas preconcebidas; es necesario una apertura y una disponibilidad del corazón; es necesario ser capaz de confiar en Jesús y en su palabra para comenzar a caminar los caminos de la fe. Como tantas veces hemos dicho es necesario caminar caminos de humildad, porque solo desde esa humildad de corazón podemos llegar hasta Dios. El Papa el pasado domingo en este sentido nos decía: Creer en Dios significa renunciar a los propios prejuicios y acoger el rostro concreto con el que Él se ha revelado: el hombre Jesús de Nazaret’.
Es nuestro camino, el camino que nosotros hemos de hacer también para crecer en nuestra fe. Porque tampoco nos vale decir es que yo he creído de siempre, a mi no hay quien me cambie, yo ya estas cosas de la religión y de Dios ya me las sé. Hemos de descabalgarnos de estas actitudes autosuficientes y dejarnos conducir. El Señor nos habla al corazón, pero también pone a nuestro lado quienes en su nombre nos ayuden a recorrer esos caminos.
A la gente de Nazaret le costaba llegar a reconocer las maravillas de Dios que se manifestaban en Jesús por su falta de fe. Tenemos que pedirle al Señor que nos  haga crecer más y más en nuestra fe. Es un don de Dios, es una gracia de Dios, es un don sobrenatural, pero nosotros hemos de responder a esa gracia de Dios, colaborar dejándonos conducir por su Espíritu, queriendo conocer más y más nuestra fe y dejándonos enseñar.
Este año de la fe al que nos ha convocado el Papa y que vamos recorriendo a eso tiene que llevarnos. Como nos decía el Papa en su convocatoria es ‘exigencia de la misma fe que profesamos el redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo’. La fe que para nosotros no ha de ser nunca una carga pesada, sino algo que hemos de vivir siempre con entusiasmo y alegría.
Esa fe que tenemos que hacer vida nuestra, porque es la que moverá y dará sentido profundo a nuestra existencia. Así nos dice el Papa: ‘Gracias a la fe, esta vida nueva de Jesús plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre’.
Que crezca así la fe en nuestro corazón. Aceptemos a Cristo y a su evangelio y dejémonos conducir por el Espíritu del Señor.

lunes, 17 de diciembre de 2012


Una invitación a una auténtica y renovada profesión de fe cuando llegue la navidad

Gén. 49, 2.8-10; Sal. 71; Mt. 1, 1-17
Iniciamos el último tramo de nuestro camino de adviento. Son ocho días de preparación inmediata que tiene sus textos especiales en la liturgia, en las lecturas de la Palabra de Dios, en el texto de las oraciones y de las antífonas, destacando de manera especial las antífonas para el canto del Magnificat en las vísperas de cada uno de estos ocho días anteriores a la navidad.
En el evangelio escucharemos el inicio del evangelio de Mateo hoy y mañana, y el resto de día los primeros capítulos del evangelio de Lucas hasta que lleguemos en la nochebuena a las lecturas del nacimiento de Jesús en Belén. Los textos de la primera lectura, del Antiguo Testamento siempre en una relación con el mensaje del evangelio.
La liturgia nos irá llevando de la mano a la confesión de nuestra fe en Jesús, verdadero hombre, nacido en el pueblo de Israel, del linaje de Judá, de la dinastía de David, el anunciado por los profetas, como verdadero Hijo de Dios, en quien vamos a obtener nuestra salvación. Y vamos a pedir hoy, al confesar nuestra fe en Jesús, verdadero Hijo de Dios que se ha encarnado y se ha hecho hombre, Palabra eterna de Dios encarnada en el seno de María, que nosotros alcancemos la gracia de transformarnos plenamente en hijos de Dios.
Hoy el evangelio nos ofrece la ‘genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán’. Es Jesús, el Mesías de Dios, enraizado plenamente en el pueblo judío, al pertenecer al linaje y dinastía de David y de Judá, que va a ser el Cristo, el Ungido, el Mesías de Dios que nos viene a traer la salvación. La liturgia quiere que apuntalemos bien nuestra fe contemplando lo que es la historia de la salvación. Ese anuncio y promesa de Dios desde el principio, desde que el hombre cayó en el pecado y abandonó el camino y vida de Dios, pero en el que Dios  no abandona al hombre sino que siempre tendrá una promesa de salvación.
Nos viene bien recordar estos aspectos fundamentales de nuestra fe y más en este año de la fe al que nos ha convocado el Papa que ‘es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31)’, como nos dice en su convocatoria de este año.
Renovaremos en plenitud la conversión de nuestro corazón al Señor en la medida en que vaya creciendo nuestra fe, creciendo en el conocimiento de las verdades reveladas, en que la vayamos confesando con mayor y más viva conciencia. Es importante esa formación que vayamos adquiriendo en nuestra vida cristiana para que podamos en verdad dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza pero con las obras de nuestra vida.
Como nos dice el Papa ‘así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios’.
Por eso nos sigue diciendo: ‘Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo’.
Que nos ayude este camino que vamos haciendo y estas reflexiones que en torno a la palabra nos hacemos a ese crecimiento y fortalecimiento de nuestra fe, y así vivamos en la mayor plenitud ese encuentro con el Señor que ha de ser la Navidad.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Cuáles son nuestros títulos


Flp.3,3-8; Sal. 104; Lc.15, 1-10

En la vida parece en ocasiones que tenemos que ir mostrando nuestros títulos - de lo que somos, de lo que sabemos o de lo que hemos hecho, lo que llaman el curriculum vitae -, para que puedan valorarnos, tenernos en cuenta, o podamos conseguir aquello que deseamos. Y si para la consecución de trabajos tenemos que utilizar estos títulos de méritos, alguna vez nos puede parecer que para presentarnos ante de Dios, o para que los demás valoren nuestra vida cristiana necesitaríamos también de esos títulos de merecimientos. Se nos pueden meter también por cualquier resquicio de nuestro corazón esos orgullos y vanidades, con lo que, por otra parte, estaríamos echándolo todo a perder.

Hay una hermosa lección en este sentido en la carta de Pablo a los Filipenses. Se puede deducir por lo que dice que por allá se han metido algunos que se las dan de sabios y entendidos y pretenden imponerles algunos ritos externos o costumbres que como seguidores de Jesús tendrían que estar superados. No son las marcas rituales las que nos alcanzan la salvación, sino que la salvación nos viene de Cristo Jesús, Señor nuestro, que por nosotros se ha entregado para regalarnos su salvación. Nuestra respuesta ha de ser la de la fe y la del amor.

Por eso san Pablo aduce lo que podrían ser sus títulos de judío recto, fiel y cumplidor. Con fidelidad a la ley había vivido siempre y hasta con radicalidad e intransigencia había perseguido a la Iglesia de Dios porque le parecía que andaban errando lejos de la ley de Moisés que para todo buen fariseo - y él pertenecía al grupo de los fariseos más radicales - era algo que había que cumplir hasta en lo más mínimo.

Pero tras su encuentro con Jesús todo había cambiado. ‘Todo eso que para mi era una ganancia, nos dice, lo consideré pérdida comparado con Cristo… todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor… todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.

Este ahora es su título verdadero y más valioso. Todo lo demás lo estimo pérdida y basura, nos dice. La excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. La fe que nació en su corazón para descubrir y reconocer a Cristo. Ahí está su verdadera sabiduría. Como dirá en otras cartas lo que otros consideran locura o necedad para él es sabiduría. Y nos hablará de la Sabiduría de la cruz. Por eso predicará sin cesar a Cristo y éste crucificado.

¿Será así de importante para nosotros nuestra fe en Jesús? En este año de la fe al que nos ha convocado el Papa será este un tema en el que incidiremos una y otra vez. Es necesario que vayamos ahondando cada día mas en nuestra fe, en nuestro conocimiento de Jesús. Por eso es necesario que vayamos reflexionando mucho sobre nuestra fe para poder llegar a vivir desde esa fe, desde ese sentido que en Cristo encontramos para nuestra vida.

Hoy hemos escuchado cómo Pablo, que sí era un hombre creyente, sin embargo se sintió transformado desde su encuentro con Jesús de manera que desde entonces toda su vida fue distinta, y lo que antes considera quizá muy importante ahora, como dice él, lo consideraba basura. El punto de apoyo de su fe y de su vida desde entonces era Cristo y Cristo lo era todo para él.

Por eso tantas veces hemos dicho de la importancia de vivir ese encuentro con Jesús, un encuentro vivo, un encuentro de gracia, un encuentro transformador. Somos cristianos, porque la luz que ilumina nuestra fe y nuestra vida es Cristo. Dejémonos encontrar con El, como lo hizo Pablo.

jueves, 11 de octubre de 2012


Comienzo del Año de la Fe

Esta fecha del 11 de octubre este año tiene un especial significado. Para esta fecha nos ha convocado el Papa Benedicto XVI para iniciar el Año de la fe con motivo del cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. Comienza el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013.  El santo padre señaló el domingo en la homilia del inicio del Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización que, a partir del Concilio Vaticano II, se produjo un nuevo dinamismo de evangelización al que diversos papas llamaron "nueva".
Como nos señala el Papa en la convocatoria de este año de la fe, ‘las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»’.
Es necesario recorrer y reactualizar la historia de la fe. Por eso nos convoca a este Año de la fe. Así nos dice que A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.
Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación’.
Os ofrezco estos textos entresacados del Motu Propio del papa convocando el Año de la fe, sin más comentarios, pues estos días no puedo hacerme presente con otras reflexiones sobre la semilla de la Palabra de cada día. 

lunes, 24 de septiembre de 2012


Es necesario que brille la luz y recuperemos el entusiasmo de la fe
Prov. 3, 27-35; Sal. 14Lc. 8, 16-18

‘Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo esconde debajo de la cama’. Dicho en un lenguaje coloquial, es de cajón. No encendemos una luz para esconderla; si encendemos una luz es para que ilumine aquel lugar donde estamos, por donde vayamos a pasar e ilumine también a los demás, porque no vamos a querer la luz para nosotros solos.

¿Qué nos querrá decir Jesús? Creo que el mensaje es claro cuando recordamos que El nos ha dicho que es la luz del mundo y que nosotros también tenemos que ser luz. Pero aunque esto en principio lo veamos tan claro, ha de hacernos reflexionar porque muchas consecuencias podemos y tenemos que sacar. 

Recordamos que esa luz de Jesús se nos puso en nuestras manos en el día de nuestro bautismo cuando nuestros padres y padrinos como un signo encendieron una vela, una luz desde el Cirio Pascual. Así recordamos que Jesús es la luz; que la luz de Cristo resucitado ha de iluminar nuestra vida y nuestro mundo, y si se nos ha dado esa luz es como imagen de cómo nosotros hemos de ser iluminados por la luz de Cristo, pero también como signo de cómo nosotros esa luz hemos de llevarla a los demás, 

Y aquí vienen muchas preguntas que hemos de hacernos con sinceridad en nuestro interior. ¿Le damos importancia a esa Luz? ¿Significa algo para nosotros? ¿Nos dejamos iluminar por Cristo? Y si somos unos iluminados por la luz de Cristo - a los cristianos se les llamaba los iluminados - ¿somos capaces de llevar esa luz a los demás para iluminar de verdad nuestro mundo con la luz de Cristo?

Como decíamos todo esto nos tiene que hacer pensar, reflexionar, revisar nuestra vida, nuestras actitudes, nuestras posturas, lo que hacemos. Decimos que somos tantos los que nos llamamos cristianos y creemos en Jesús. ¿Por qué nuestro mundo sigue aún a oscuras sin que la luz de Jesús sea en verdad el sentido de la vida de tantos que nos rodean? Porque decimos que somos tantos cristianos y en las estadísticas aparecen los millones de cristianos y de católicos, pero pareciera sin embargo que a nuestro alrededor la fe se va debilitando, como que cada día tienen menos influencia en nuestro mundo los valores de Cristo y del Evangelio. ¿Habremos desvirtuado la luz? 

Creo que todo esto nos ha de hacer reflexionar para que cuidemos cada vez más nuestra fe y en verdad sea una luz que brille en nuestra vida porque desde ese sentido de la fe, desde ese sentido de Cristo vayamos nosotros ordenando nuestra vida para no sólo llamarnos sino ser en verdad cristianos. Que este año de la fe que vamos a comenzar sea en verdad un estímulo en nuestra vida para querer formarnos mejor, para crecer más en nuestra fe. 

Otra cosa triste sería que nos avergonzáramos de la fe y por eso ocultemos la luz. Nos puede suceder. Sería triste pero es una realidad en tantos cristianos que nos sentimos temerosos de dar la cara por nuestra fe, porque quizá los familiares, quizá la gente que nos rodea, porque quizá el ambiente en que vivimos eso ya no se lleva y nos pueden decir tantas cosas si nos manifestamos creyentes, Tenemos que despertar nuestra fe y despertar la valentía con que vamos a proclamar nuestra fe para que en verdad nuestro mundo, empezando por nuestro entorno más cercano sea cada día más iluminado por Cristo y su evangelio. 

Como decíamos será una ocasión propicia este año de gracia que vamos a comenzar para que los cristianos revitalicemos nuestra fe. Es lo que el Papa quiere cuando ha convocado este año; que los cristianos nos preocupemos de nuestra fe para hacerla crecer más y más y para que entonces con esa luz de Jesús podamos iluminar de verdad nuestro mundo. No podemos ocultar la luz, tenemos que ponerla muy alta, sentirnos orgullos de la fe que tenemos; orgullos y alegres, para vivir siempre con entusiasmo la alegría de nuestra fe.

viernes, 21 de septiembre de 2012


Permanecer unidos en fidelidad a Cristo como san Mateo
Ef. 4, 1-7.11-13; Sal. 18; Mt. 8, 9-13

‘Has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles, para que permanezca ante el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’, así proclamamos con la liturgia en la fiesta de los santos apóstoles. 

Por eso es tan importante para nosotros celebrar la fiesta de un apóstol. A través del año vamos celebrando cada uno de los apóstoles como una proclamación de nuestra fe y al mismo tiempo como un estímulo en ese camino de fe y amor que es nuestra vida cristiana. Hoy precisamente cuando estamos celebrando la fiesta del Apóstol san Mateo hemos pedido que ‘fortalecidos con su ejemplo y con su intercesión, podamos seguirte siempre y permanecer unidos a ti con fidelidad’. 

Seguir al Señor y seguirlo con fidelidad. Ejemplo de prontitud en la respuesta a la llamada del Señor es para nosotros san Mateo. Al pasar ‘vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. El se levantó inmediatamente y lo siguió’. Supo escuchar en lo hondo de su corazón la llamada del Señor y allí estaba pronto para seguirle. Como un día Pedro y los otros pescadores habian dejado las barcas y las redes y se fueron con Jesús, deja ahora Mateo sus ocupaciones, era cobrador de impuestos, - publicano, como los llamaban los judíos - ‘y se va inmediatamente con Jesús’. 

No importa la condición social cuando el Señor llama. Jesús es el médico que viene a curar no a los sanos sino a los enfermos, como nos dirá hoy mismo. Mateo era un publicano, mal considerado por los judíos al que consideraban un colaboracionista con el poder y a los que tenían por ladrones, pero el Señor quiere contar con Mateo. Como un día quisiera entrar en casa de Zaqueo allá en Jericó y mereciera los comentarios maliciosos de los fariseos y escribas, ahora quiere llevarse con El a Mateo y en Mateo está esa disponibilidad de corazón para no sentirse apegado ni por lo material ni otros condicionamientos. ‘Se levantó inmediatamente y lo siguió’. Una lección para nuestra vida. 

De san Mateo tenemos el primer evangelio. Evangelio de Mateo que quiere reafirmarnos en nuestra fe en Jesús que es el Mesías anunciado por los profetas en el Antiguo Testamento. Hace continuas referencias al Antiguo Testamento para afianzarnos en la seguridad de que Jesús es el Mesias prometido, en quien se cumplen todas las promesas. Así comenzará el evangelio proponiéndonos la ‘genealogía de Jesús, el Mesias, el hijo de David, el hijo de Abrahán…’ Serán muchas las citas del Antiguo Testamento que irán apareciendo a lo largo del evangelio. No podemos hacer en la brevedad de una reflexión homilética un estudio completo de todos estos textos.

Permanecer unidos a Cristo en fidelidad, pedíamos en la oración, para que andemos conforme a la vocación a la que hemos sido convocados, como nos decía el apóstol. Permanecer firmes en nuestra fe que nos exige que cada día tratemos de profundizar más y más en nuestra fe. Dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza, que nos enseña la Escritura. Necesitamos esa proclamación firme de nuestra fe y nuestra esperanza ante el mundo que nos rodea, lo que nos exige conocer y profundizar en nuestra fe, ahondar en todo el misterio de Cristo y todo el misterio de Dios.

Vamos a comenzar dentro de unos días el ‘año de la fe’ al que nos ha convocado el Papa Benedicto XVI con motivo del cincuenta aniversario del inicio del concilio Vaticano II. Ya pocos años después de concluido el Concilio el Papa Pablo VI convocó también un año de la fe conmemorando el XIX centenario del martirio de los santos Apóstoles Pedro y Pablo. En su conclusión entonces Pablo VI proclamó el ‘Credo del Pueblo de Dios’, que también nos va a servir mucho en la reflexión que a lo largo de este año nos hagamos. 

Ya tendremos ocasión de hablar más de todo esto. Si ahora hacemos mención es, desde esta fiesta del apóstol y evangelista san Mateo, para sentirnos motivados e impulsados a ese crecimiento de nuestra fe e irnos preparando también para aprovechar este año de gracia que vamos a celebrar.