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viernes, 9 de junio de 2023

También queremos escuchar con gusto a Jesús, en El ponemos toda nuestra fe y en quien encontramos la verdad de nuestra vida y la vida para nuestra existencia

 


También queremos escuchar con gusto a Jesús, en El ponemos toda nuestra fe y en quien encontramos la verdad de nuestra vida y la vida para nuestra existencia

Tobías 11, 5-18; Sal 145; Marcos 12, 35-37

‘Una muchedumbre numerosa le escuchaba con gusto’, nos dice el evangelista. El episodio se sitúa en Jerusalén. Es allí donde se originan grandes diatribas con Jesús. Los sumos sacerdotes del templo, los dirigentes del pueblo, pertenecientes al Sanedrín o formando parte de aquellos grupos que en cierto modo se disputaban su influencia sobre el pueblo, muchos de los cuales formaban parte también del Sanedrín que era como un Senado en las instituciones judías, les costaba entender las enseñanzas de Jesús, reconocer su figura y de alguna manera querían quitarlo de en medio para que no restara sus influencias sobre el pueblo.

Es lo que motiva, por así decirlo, las enseñanzas de este texto y episodio. Nunca llegaron a comprender lo que en verdad era la misión de Jesús. No aceptaban que pudiera ser el Mesías ni el origen divino de su persona y su mensaje. A esto viene esta interpelación que Jesús les hace recogiendo lo que proféticamente anunciaba el Rey David sobre lo que significaba el Mesías, al que llamaba Señor, una palabra que solo se podía atribuir a Dios.

La gente sencilla sin embargo, como terminará diciendo el evangelista, que no se metía en aquellas disquisiciones de los maestros de la ley, escuchaba con gusto a Jesús.  Esto me está invitando a que nos hagamos algunas reflexiones y preguntas. ¿Escuchamos igualmente con gusto a Jesús?

Queremos escucharle, sí, abrir nuestro corazón a su Palabra. Queremos escucharle porque queremos hacer crecer nuestra fe en El. Difícilmente amamos lo que no conocemos. Difícilmente podemos entrar en esa órbita de la fe y del amor a Jesús si no lo conocemos. Por eso queremos escucharle, queremos conocerle, porque aquí cuando estamos hablando de la fe estamos hablando al mismo tiempo del amor.

No se trata solamente de unos conceptos que tengamos como muy bien guardados en nuestra cabeza. Aunque necesariamente hemos de ahondar en ese conocimiento, para tener las cosas claras, tener bien ordenada nuestra cabeza y los conocimientos que tengamos en referencia, por ejemplo, a Jesús.

Hoy fácilmente en el entorno de la sociedad en la que vivimos podemos encontrarnos que no se tiene una idea clara de Jesús. Lo que significa religión ha pasado a un muy segundo plano en los intereses de la mayoría de la gente, muchos indiferentes ante todo lo que significa el hecho religioso cuando no en clara oposición. Nos encontramos igualmente un rechazo grande a la Iglesia y a todo lo que suene a cristiano; a Jesús a lo más muchos lo ven como un personaje de la historia pero poco más, porque ya comienzan a verle lejano, y le quieren quitar toda la trascendencia para la vida y para la historia que ha significado la presencia, la vida y las enseñanzas de Jesús.

Pero un cristiano no se puede quedar en solo eso, incluso llegando a lo mejor de lo dicho por la trascendencia que ha significado para la historia y para la vida.

Cuando un cristiano se acerca a Jesús se acerca por mucho más que todo eso. En Jesús nosotros reconocemos al Hijo de Dios que se ha hecho Emmanuel, Dios con  nosotros, y para nosotros es nuestra vida y nuestra salvación. Es reconocer que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, para todos los que ponemos nuestra fe en El. Ni nos quedamos en un personaje de la historia, pero de otro tiempo, ni pensamos en un visionario o soñador que puso en movimiento todo un nuevo sentido de la vida y de la historia, sino que nosotros hemos de verlo como el Hijo de Dios en quien ponemos toda nuestra fe, y en quien en verdad encontramos esa verdad de nuestra vida y esa vida para nuestra existencia. Jesús lo es todo para nosotros, por eso ponemos en El nuestra fe, por eso entramos en la nueva orbita del amor.

Es el Jesús a quien amamos, porque es quien en verdad nos está descubriendo toda la grandeza del amor de Dios. Por El dispuestos incluso a dar la vida. Por eso necesitamos crecer en nuestra fe, crecer en el conocimiento de Jesús, tener hambre de Dios, empapamos más y más de su evangelio. También nosotros queremos escuchar con gusto a Jesús.

lunes, 15 de noviembre de 2021

Ojalá lo tuviéramos tan claro como el ciego del camino de Jericó cuando Jesús nos está planteando también a nosotros ¿qué quieres que haga por ti?

 


Ojalá lo tuviéramos tan claro como el ciego del camino de Jericó cuando Jesús nos está planteando también a nosotros ¿qué quieres que haga por ti?

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Supongamos que ahora mismo se presenta alguien a la puerta de tu casa y te dice que le pidas lo que tú quieras que te lo dará. La sorpresa nos embotará o nos hará reaccionar, miraremos quizá con detalle a esa persona que llega delante de nosotros y trataremos de analizar la veracidad de sus palabras; ¿qué es lo que vemos en esa persona que nos la haga creíble en sus palabras? ¿Podrá en verdad hacer lo que dice y nos concederá así gratuitamente lo que le pidamos, sea lo que sea? ¿Le volveremos la espalda porque no nos queremos dejar engañar o probaremos a ver si es cierto, porque total de perdidos al río? ¿Creeremos o no creeremos?

Cuidado, que algo así nos puede pasar. Hemos hecho un supuesto, pero si miramos con atención la vida y cuanto nos rodea muchas veces andaremos en ese mar de dudas, de si creer o no creer, sin saber si encontramos verdaderos fundamentos. Así podemos andar en nuestros caminos de fe. ¿No decimos un poco filosóficamente en alguna cosa habrá que creer? ¿Y si de verdad hay algo más allá, por qué no probamos? Porque también decimos aquello de que nadie ha venido a decirnos cómo es ese más allá, aunque tendríamos que pensarnos esta aseveración. Pero parece que nuestras certezas y seguridades hacen agua.

Hoy el evangelio nos presenta un cuadro bien hermoso. Las afueras de Jericó con los caminos que bajan del valle del Jordán y los que suben a Jerusalén. Es un lugar de paso bastante importante, porque muchos son los peregrinos que suben a Jerusalén y muchas pueden ser también las caravanas de mercancías que desde el valle del Jordán o desde la más lejana Galilea por allí pasan con sus suministros para llegar a la ciudad santa. Un lugar propicio para situarse un pobre mendicante o un ciego para ver si alcanza alguna limosna.

Y allí estaba aquel ciego que oye tumulto de gente y que cuando logra adivinar quienes son esos peregrinos se pone a gritar ‘¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’ Lo quieren hacer callar porque sus gritos molestan o molesta quizás la manifiesta necesidad de aquel hombre por el que sentirán compasión y pena, pero que se quite de en medio porque ellos van haciendo su camino. Pero quien va en medio de aquel grupo es Jesús y sus discípulos y de aquellos que quieren escuchar sus palabras. Será entonces Jesús el que lo manda llamar.

Y es aquí cuando surge la pregunta de Jesús cuando ya lo tiene cerca. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ La respuesta del ciego no se hace esperar. ‘Señor, que recobre la vista’. ¿Qué otra cosa iba a pedir? Si allí estaba al borde del camino pidiendo limosna era a causa de su ceguera. Ante él estaba quien podía dárselo todo y no se iba a quedar en pedir migajas. Pedir ahora una limosna y seguir con su ceguera era pan para hoy y hambre para mañana. ‘Señor, que recobre la vista’, fue su petición. Si antes había gritado con tal entusiasmo llamando a Jesús hijo de David para que tuviera compasión de su miseria, la fe que le había hecho reconocer a Jesús se mantenía firme y allí estaba su petición. Mejor, allí estaba su curación. ‘Recobra la vista, tu te ha salvado’. No solo llegaba a él la recuperación de la vista sino que llegaba la salvación.

Pero no nos quedemos ahí. Pongámonos en aquel camino, pongámonos en su lugar. Y es Jesús el que ahora se está dirigiendo a ti, a mí, a nosotros y también nos está planteando la misma pregunta. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’  Sí, es una pregunta que nos interpela profundamente. Quizás no nos la esperamos. Quizás a nosotros también nos sorprende. ¿Qué responderíamos? ¿Cuál sería nuestra petición? Quizás como en una ráfaga interminable puedan pasar muchas cosas por nuestra cabeza.

Pensamos en nuestras necesidades y carencias quienes estamos siempre quejándonos; pensamos en nuestros dolores, en nuestras enfermedades, en esos sufrimientos por los problemas que nos agobian; pensamos quizás en el mundo que nos rodea y los problemas que ahora afectan a nuestra sociedad; pensamos y pensamos en tantas cosas que van desfilando por nuestra mente que ahora no sabemos en qué nos vamos a quedar. Si son tantas las cosas que yo le he pedido al Señor a lo largo de mi vida, podemos pensar. O puede surgir entonces la duda en nuestro interior, ¿será verdad que nos va a dar lo que le vamos a pedir? Ya sabemos cómo tantas veces incluso cuando vamos con nuestras listas de peticiones al Señor vamos con la duda metida por dentro que no nos hace tenerlas todas con nosotros y nos faltan seguridades y confianzas.

En esta reflexión ante este evangelio lo voy a dejar aquí, porque la respuesta tenemos que darla cada uno personalmente. No olvidemos que el Señor nos está diciendo ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Tendremos la fe de aquel ciego del camino de Jericó?

lunes, 16 de noviembre de 2020

Seamos signos de que pasa Jesús Nazareno en los caminos de dolor de la vida y seamos capaces de escuchar el clamor de los que sufren

 


Seamos signos de que pasa Jesús Nazareno en los caminos de dolor de la vida y seamos capaces de escuchar el clamor de los que sufren

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

‘Pasa el Nazareno’ fue la respuesta a su pregunta. Aquella afluencia de gente en la entrada o en la salida de la ciudad no era habitual; de cuando en cuando grupos de galileos que preferían el camino del valle del Jordán atravesaban Jericó para desde allí subir a la ciudad santa sin tener que pasar por la tierra de los samaritanos, conocida su rivalidad. Ahora el tumulto que se escuchaba era distinto y pregunta. No ve, pero sabe que eran muchos y aquello era algo especial.

Había oído hablar del profeta de Nazaret que en alguna ocasión ya había atravesado la ciudad y se contaba algún acontecimiento especial. Por eso grita con fuerza ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí’. Quieren hacerlo callar; quizá molestaba a los que querían escuchar las palabras de Jesús, pero él insiste más fuerte. No quiere que Jesús pase de largo. Era su oportunidad; en aquella ocasión no pensaba quizá en las limosnas que pudiera alcanzar de los acompañantes, que ahora en principio parecía que estaban en su contra, pero vislumbraba que algo especial podía suceder dada la fama que el profeta de Nazaret había adquirido y conocidos eran sus milagros.

Jesús no pasa de largo, como hacemos nosotros tantas veces; ni da el rodeo de aquel sacerdote y aquel levita de Jerusalén precisamente en ese mismo camino entre Jericó y Jerusalén. Jesús se detiene y lo manda llamar. ‘El maestro te llama’ y de un salto se postra a los pies de Jesús. ¿Qué podía hacer Jesús por él? ‘Que vuelva a ver’ eran sus deseos. La ceguera era señal segura de pobreza y de miseria, de vivir en la dependencia para siempre de lo que los otros buenamente pudieran dar, porque en su casa no podía entrar ningún jornal, siendo ciego como era y en aquella época los servicios sociales eran escasos.

Es tan poco lo que le está pidiendo a Jesús pero al mismo tiempo tan importante. No pedía riquezas ni poder ocupar primeros puestos en su reino, como desearían algunos de los discípulos cercanos a Jesús; no quería que solucionara los problemas que podrían preséntarsele con los demás, sino solamente recobrar la dignidad perdida. Sí, recobrar la vista era como recobrar la dignidad, porque ya entonces podría valerse por sí mismo. Podría trabajar, podría ganarse su sustento, no significaba salir de la pobreza total, pero sí al menos recobrar su dignidad para poder trabajar dignamente.

¿Qué pedimos nosotros o qué ofrecemos nosotros cuando nos encontramos con alguien en la miseria de su vida? Tendría que hacernos pensar el pensamiento de aquel hombre, como tendría que hacernos pensar la actitud y la postura de Jesús. Se ha detenido al borde del camino donde hay alguien malherido de la vida en su ceguera; pero además Jesús pide la colaboración de los demás, de aquellos incluso que antes querían impedirle que gritara desde su pobreza. Y también las actitudes de aquellas personas cambiaron, porque ahora lo ayudaron a llegar hasta Jesús. ‘El Maestro te llama’, y lo conducen hasta Jesús que allí está esperando la llegada de aquel hombre. ¿Algo así haremos nosotros también con el que vemos caído en el camino? ¿Seremos obstáculo de acercamiento a Jesús o tenderemos nuestra mano para ayudarle a encontrarse con Jesús y una nueva vida?

Claro que Jesús le hizo recobrar la vista, le devolvió su dignidad; aquel hombre se sintió engrandecido y con saltos de alegría alababa a Dios y quería seguir con Jesús. Lo que había recibido le impulsaba a algo distinto en la vida, no podía quedarse al borde del camino, tenía que ponerse también en camino, primero al encuentro con Jesús en su actitud de acción de gracias, siempre a Dios para alabarle por sus beneficios y seguro que ahora su encuentro con los demás, con los suyos o con sus convecinos sería totalmente distinto. Su vida era ya para siempre una alabanza al Señor.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Necesitamos mantenernos firmes y seguros a pesar de las dificultades en un crecimiento humano de nuestra vida pero también en la maduración de nuestra fe


Necesitamos mantenernos firmes y seguros a pesar de las dificultades en un crecimiento humano de nuestra vida pero también en la maduración de nuestra fe

Números 13,1-2.25; 14,1.26-30.34-35; Sal 105;  Mateo 15,21-28
Algunas veces nos crecemos cuando encontramos dificultades o todo se nos pone en contra; es cierto que hay momentos en que en situaciones así nos sentimos derrotados, lo queremos echar todo a rodar, nos desanimamos y al final no seguimos insistiendo. Pero cuando tenemos confianza en que aquello por lo que luchamos merece la pena, estamos seguros que lo podemos conseguir, las dificultades no nos arredran sino que seguimos insistiendo y luchando con una gran fortaleza de espíritu.
Ahí se manifiesta también la grandeza de la persona, aunque quizá nos pueda parecer llena de defectos y debilidades, que es incapaz o que no sabe cómo enfrentarse, pero sin embargo insiste y lucha por conseguir aquello que tanto anhela. Son ejemplos que quizá nos queremos ver o no sabemos valorar, porque quizá provienen de personas a las que nosotros de alguna manera consideramos inferiores o incapaces para esas luchas.
No queremos reconocerlo quizá porque realmente somos nosotros los incapaces para luchar y los que pronto tiramos la toalla desistiendo del esfuerzo que sería necesario. Ya simplemente con el ejemplo que no dan personas así podemos decir que tenemos aprendida una hermosa lección para nuestra inconstancia y nuestra falta de perseverancia.
Pudiera parecer excesiva la introducción fijándonos en aspectos meramente humanos con referencia a nuestra propia personalidad como entrada a la reflexión que nos ofrece el texto del evangelio de hoy. Y es que en este texto de la mujer cananea que va detrás de Jesús pidiendo compasión para ella y para su hija enferma, en este aspecto humano ya es una gran lección para nosotros que tendríamos que aprender.
Hoy se nos resalta en este texto la fe de aquella mujer. Es lo que finalmente Jesús alaba cuando al fin entra en conversación con ella para atender a su petición. Había ido rogando compasión y misericordia, haciendo incluso una confesión de fe en Jesús como Mesías - hijo de David, le llama -, cuando realmente aquella mujer era pagana. Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo, es el grito de aquella mujer.
En el relato hay cosas que nos pueden confundir en las palabras o en la actitud primera de Jesús, pero que de alguna manera reflejan lo que era el trato que los judíos daban a los gentiles, con los que incluso no querían ni mezclarse. Pero en el conjunto del relato descubrimos una apertura del evangelio y de la salvación que es para todos, y no se reduce al pueblo judío, basta con que se tenga fe. ‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’, le dirá Jesús y la niña quedó curada, liberada del maligno.
Un doble mensaje estamos descubriendo, por una parte de ese aspecto humano de nuestra vida donde tenemos que aprender a crecer y a madurar, donde hemos de ser perseverantes en aquello por lo que luchamos, aunque al mismo tiempo el respeto y la valoración que hemos de saber hacer de toda persona no discriminándola nunca por su condición sea cual sea; pero también en el crecimiento de nuestra fe, por la confianza que hemos de saber poner en Dios que aunque nos parezca en ocasiones en silencio o lejano a nuestras peticiones o a nuestros sufrimientos, siempre nos escucha y con nuestra perseverancia en la fe encontraremos la salvación.

domingo, 14 de abril de 2019

Emprendamos este tramo final del camino de la Pascua con estos días de contemplación y celebración del misterio pascual que nos lleven a renacer a una vida nueva


Emprendamos este tramo final del camino de la Pascua con estos días de contemplación y celebración del misterio pascual que nos lleven a renacer a una vida nueva

Lucas, 19, 28-40
‘Los niños hebreos, llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, extendían sus mantos por el camino y aclamaban: Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor’. Así se canta en una de las antífonas de esta fiesta recogiendo el sentir de lo que nos cuentan los evangelistas de la entrada de Jesús en Jerusalén.
En la bajada del Monte de los Olivos enfrente de la ciudad santa por el camino que venia del Jordán y por el que confluían los peregrinos que venían de Galilea se arremolinaban las gentes que conociendo los hechos inmediatos de lo realizado por Jesús – la resurrección de Lázaro de Betania – ahora le aclaman con cánticos de profundo sentido mesiánico. Algunos incómodos querrán acallar a la multitud e incluso se lo piden al Maestro. ‘Os digo que si estos callan, gritarán las piedras’, responde Jesús.
Suenan aires de triunfo, se canta la gloria del Señor, se aclama a Jesús como el que viene en nombre del Señor. Si un día Jesús no había permitido que allá en el descampado cuando la multiplicación de los panes le aclamasen como Rey, ahora lo permite porque sabe Jesús que es el inicio de la Pascua, de la verdadera Pascua. Son los sentimientos que también nosotros dejamos traslucir en este domingo de Ramos en la pasión del Señor. No podemos perder el sentido de este domingo con el que iniciamos la Semana que culmina con la Pascua.
Jesús había anunciado repetidamente que subía a Jerusalén donde iban a acontecer muchas cosas, que los discípulos les costaba comprender. Ahora mientras subía desde Galilea el evangelista nos dice que Jesús iba caminando delante, como si llevara prisa por lo que había de suceder. Había anunciado que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles, que habría de sufrir pasión y muerte pero que al tercer día habría de resucitar. Quizá los discípulos más cercanos que recordaban bien las palabras de Jesús ahora no terminaban de comprender lo que estaba sucediendo, y pareciera que les dieran la razón de que lo anunciado por Jesús no tenia por qué suceder. El triunfo y la gloria que ahora se proclama es el preanuncio de lo que había de ser la verdadera victoria. Todo se iría desarrollando a su tiempo porque llegaba el tiempo de la verdadera pascua, la pascua nueva y eterna de la nueva Alianza.
Este es el pórtico de esta semana que llamamos santa por los grandes misterios que en ella celebramos. Cuarenta días de subida hemos ido realizando a través de toda la Cuaresma para prepararnos para la celebración del Misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Desde el principio hemos escuchado también ese anuncio de la subida a Jerusalén, camino que hemos querido ir haciendo con Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra cada día. Llega ahora el momento de la celebración, de la contemplación, de hacer vida en nosotros esa Pascua de Jesús que también nos transforme y nos haga renacer a una nueva vida con la renovación de nuestro compromiso bautismal en la noche de la Pascua.
Son días de contemplación pero cuando hay verdadera contemplación hay transformación interior porque iremos rumiando una y otra vez en nuestro interior todo este misterio pascual. Iremos poniéndonos en cada situación y en cada momento – como hoy con aquellos niños hebreos que alfombraban el camino de Jesús – para hacernos presentes y de ninguna manera de forma pasiva en cada uno de esos momentos.
Necesitamos una predisposición en nosotros para no quedarnos en superficialidades o meros sentimientos compasivos. Muchas cosas podrían distraernos aun en medio de las celebraciones y los actos que vivamos en estos días a pesar de la buena voluntad. Tenemos que llenarnos de los sentimientos de Cristo Jesús, tenemos que dejarnos asombrar por la maravilla del misterio que contemplamos, tenemos que saber hacer silencio interior, tenemos que centrarnos de verdad en lo que es fundamental.
Es una contemplación que no hacemos como meros espectadores, porque nos pueden encandilar las manifestaciones artísticas que a la manera de catequesis a través de los tiempos han ido adornando y llenando de contenido nuestras celebraciones. Es una contemplación que hacemos del misterio de Dios y tenemos que dejarnos envolver por ese misterio que al mismo tiempo se acerca a nosotros y se mete en nuestra vida. Por eso tiene que ir surgiendo la verdadera oración que es también escucha, que se hace alabanza, que compromete nuestra vida, que despierta nuestra fe.
Vayamos día a día empapándonos de ese misterio, que es empaparnos de amor, que es dejarnos transformar desde lo más hondo de nosotros, que es comenzar a vivir con toda intensidad esa vida que se nos ofrece. Siempre tenemos que ir descubriendo la grandeza y la maravilla del amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús, en su entrega, en su pasión, en su muerte en la Cruz. Así podremos resucitar a una vida nueva y cantar con la alegría más profunda el aleluya de la resurrección.

domingo, 7 de enero de 2018

El Jesús anunciado como Salvador y Mesías por los ángeles a los pastores es verdaderamente el Hijo de Dios que nos bautizará en el Espíritu para hacernos también hijos de Dios

El Jesús anunciado como Salvador y Mesías por los ángeles a los pastores es verdaderamente el Hijo de Dios que nos bautizará en el Espíritu para hacernos también  hijos de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos de los apóstoles 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

‘Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán’. Hoy es la fiesta del Bautismo del Señor. Es el relato a que hace referencia el evangelio. Viene a ser la culminación de todas las fiestas de Navidad y forma parte de la gran fiesta de la Epifanía, la manifestación de Jesús.
A los pastores de Belén llegó el primer anuncio; luego vendrían los magos de Oriente guiados por la estrella como un signo de la universalidad de la salvación que no había de quedarse reducida a un pueblo y a una raza; hoy viene a ser toda una proclamación de lo alto revelándonos todo el misterio de Jesús como Hijo de Dios. Si el anciano Simeón allá en el templo, a los cuarenta días del nacimiento alababa y daba gracias a Dios porque sus ojos habían visto ya al Salvador de todos los hombres, ahora desde el cielo se nos confirma todo. Es el Hijo amado del Padre en quien pone todas sus complacencias y a quien hemos de escuchar.
Bien entendemos todos que Jesús no necesitaba de aquel bautismo de Juan. Era el signo de penitencia y conversión que Juan pedía a quienes esperaban el cumplimiento de las promesas hechas a Israel para que preparasen lo caminos del Señor porque su llegada era ya inminente. Juan era el Precursor anunciado por los profetas y bautizaba con agua, repito, como un signo de penitencia y conversión. Pero llegaba en quien estaba puesto el Espíritu del Señor y en Espíritu había de bautizar a quienes creyeran en El para hacer un pueblo nuevo.
Es lo que Juan anuncia y son sus reticencias cuando Jesús se pone en la fila de los pecadores para ser bautizado por él en el Jordán. ¿Soy yo el que ha de ser bautizado por ti y tu vienes a mi? Pero había de realizarse ese bautismo para que se manifestase la gloria del Señor. ‘Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto’. En aquella misteriosa y sobrenatural teofanía se estaba manifestando la gloria del Señor.
Aquel Jesús anunciado como Salvador y Mesías por los ángeles a los pastores y proclamado así también por anciano Simeón es verdaderamente el Hijo de Dios, el Emmanuel anunciado por los profetas y recordado como tal por José cuando lo acepta ante el anuncio del Ángel y a quien había de llamar Jesús porque era la salvación de todos los hombres.
Un nuevo Bautismo comienza a gestarse porque ahora habríamos de ser bautizados no solo con agua sino con agua y en el Espíritu, para nacer de nuevo - como le diría Jesús a Nicodemo - para que quienes creemos en Jesús comencemos también a ser hijos de Dios. Aquel bautismo de Juan no hizo Hijo de Dios a Jesús que por naturaleza divina lo era ya desde toda la eternidad – engendrado del Padre antes de todos los siglos, como confesamos en el Credo -, pero en este nuevo bautismo en el Espíritu hemos de ser bautizados nosotros para que por nuestra participación en el misterio pascual de Cristo nosotros podamos nacer a una vida nueva que por la fuerza del Espíritu a nosotros nos hace también hijos.
Esta celebración, culminación de toda la Navidad, nos tendría que hacer comenzar a ver los frutos de todas nuestras celebraciones navideñas. Ha de ser una celebración que nos ayude a proclamar en toda su integridad y plenitud nuestra fe y tendría que ayudarnos a que reflejemos ya en toda nuestra vida lo que con tanta intensidad hemos querido celebrar. Tendría que verse en nosotros, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos, en el compromiso que asumimos desde esa nuestra fe que en verdad queremos vivir en esos valores del Reino de Dios que Jesús nos enseña y en su nacimiento hemos celebrado.
Terminamos la Navidad y no puede ser un punto y aparte, un ciclo o etapa que acabamos, y ya todo quede atrás casi en el olvido porque volvamos a nuestras rutinas de siempre, porque entremos de nuevo en una tibieza espiritual que nos lleve a enfriarnos en nuestro entusiasmo y a perder todo ese espíritu de lucha y superación que tendría que haber siempre en nuestra vida. Hemos venido diciendo que una auténtica celebración de la navidad tiene que provocar en nosotros un sentido nuevo para nuestra vida porque en verdad creemos en esa salvación que Jesús nos ofrece.
Todo el misterio que hemos venido celebrando si lo hemos hecho con intensidad tiene que provocar en nosotros esa transformación, ese cambio, esos compromisos nuevos, ese en verdad ponernos en salida misionera como la Iglesia nos está ahora pidiendo continuamente. Hemos de hacer anuncio de evangelio pero tenemos que ser creíbles en ese anuncio porque en verdad manifestamos como la gracia del Señor nos transforma, nos hace vivir una alegría nueva y distinta, nos hace entusiastas por Jesús y no podemos ya parar de hablar de El para que el mundo se sienta transformado por su gracia.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Purifiquemos nuestra fe con la iluminación del Espíritu para ver cual es la salud y la salvación que Jesús quiere ofrecernos

Purifiquemos nuestra fe con la iluminación del Espíritu para ver cual es la salud y la salvación que Jesús quiere ofrecernos

Isaías 29, 17-24; Sal. 26; Mateo 9,27-31
‘¿Creeis que puedo hacerlo?’, pregunta Jesús a aquellos dos ciegos que venían gritando detrás de El. Pudiera parecer una pregunta innecesaria. Si aquellos hombres así gritaban detrás de Jesús era porque tenían la esperanza de que Jesús les podía curar. A ellos habrían llegado noticias de cómo Jesús había curado a otros enfermos, había hecho caminar a los paralíticos, limpiado a leprosos que se habían reincorporado a la vida de su familia, hablar a los mudos y también a muchos ciegos les había devuelto la visión. Tenían esperanza de que Jesús a ellos también los curara, les devolviera la vista.
Pero Jesús pregunta ‘¿creeis que puedo hacerlo?’. Tantas veces Jesús les había dicho a los que acudían a él y dudaban ‘basta que tengas fe’. Se lo había dicho a Jairo cuando iba a curar a la hija enferma pero por el camino le habían dicho que había muerto. Se lo dijo a la mujer de las hemorragias que con fe se había acercado a Jesús por detrás para tocar su manto y Jesús le dice ‘tu fe te ha curado’.
¿Quién los curaba? ¿Quién hacia el milagro? El poder divino estaba en Jesús, pero era necesario que se pusiera toda la fe en él. Como aquel hombre que no era judío, era un centurión romano, pero estaba seguro que la palabra de Jesús podía sanar a su criado enfermo; una palabra, una orden como él estaba acostumbrado a dar para que sus soldados o sus criados obedecieran, y con esa palabra de Jesús su criado podía curarse.
Se podía acudir a Jesús viendo solo en El al taumaturgo capaz de hacer cosas maravillosas, pero no ver la acción de Dios en El. Se podía acudir a Jesús como quien acude a un mago que con sus hechicerías hace cosas extraordinarias que nos encandilan y nos pueden confundir. Pero había que acudir a Jesús con otra fe. Lo que se realizaba en Jesús era obra de Dios, eran los signos y señales de lo más hondo y profundo que Dios quiere realizar en nuestra vida.
Jesús con su pregunta está calibrando la fe de aquellos hombres. Habían gritado ‘ten compasión de nosotros, Jesús, hijo de David’ y con esa expresión se estaban manifestando resonancias mesiánicas. Pero no era solo pensar en un Mesías como el que tantos esperaban en un sentido guerrero y liberador de opresiones de poderes extranjeros.
Habría que reconocer en Jesús a quien estaba lleno del Espíritu divino que le había enviado a realizar el año de gracia del Señor y como signo y señal los enfermos serian liberados de sus males, de sus dolores y sufrimientos, pero habría de nacer un mundo nuevo de libertad, de amor, de paz, de gracia y de santidad. Lo que Jesús quería realizar era mucho más que liberarnos de una enfermedad corporal o de unas limitaciones físicas, porque quiere liberarnos del mal más profundo que nos ata y nos esclaviza que es el pecado. No cabían dudas. Habría que tener la certeza de la fe, y de una fe madura y profunda.
Acudimos a Jesús, acudimos a Dios tantas veces y decimos que lo hacemos con fe, pero quizá nuestro corazón pudiera estar lleno de dudas y de confusiones. Tenemos que madurar nuestra fe. Tenemos que aprender a poner toda nuestra confianza en Dios. Tenemos que buscar allá en lo más profundo de nosotros esa presencia de Dios que nos ama, que nos salva, que nos llena de vida, que nos pone en camino de algo nuevo. Que de ninguna manera se nos debilite nuestra fe.
Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor en ese camino de la fe; dejemos que el Espíritu del Señor hable desde lo más profundo de nosotros cuando nos dirigimos a Dios en nuestra oración para saber hacer la mejor oración porque El sabe bien lo que mejor nos conviene. Sí, con la fuerza y la luz del Espíritu sabemos bien que Jesús puede curarnos, que en Jesús tenemos nuestra salvación.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Los gritos de los que sufren a nuestro lado pueden herirnos los oídos, pero tenemos que escucharlos con buena disposición para mirar, escuchar, tender la mano, ayudar a caminar

Los gritos de los que sufren a nuestro lado pueden herirnos los oídos, pero tenemos que escucharlos con buena disposición para mirar, escuchar, tender la mano, ayudar a caminar

 Apocalipsis 1,1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18,35-43

Rodeado de gente, de los discípulos que lo seguían a todas partes pero también de aquellos que salen a su encuentro, Jesús va llegando a Jericó. Pocos se dan cuenta quizá, entusiasmados por seguir o querer escuchar a Jesús, de que allí, al borde del camino, hay un ciego pidiendo limosna.
Era algo habitual encontrárselos en los caminos queriendo mover a compasión a los caminantes que se acercan a la ciudad; la ceguera algo muy corriente en aquellos lugares muy luminosos en el valle del Jordán conducía inevitablemente a la pobreza al impedirles realizar algún trabajo. La gente que iba a lo suyo al final pasa a su lado sin casi percibir su existencia.
Nos pasa tantas veces; vamos a lo nuestro, ensimismados en nuestras cosas, en nuestros pensamientos o en nuestras tareas, al calor quizá de nuestras necesidades más o menos cubiertas, o simplemente atareados en conseguir lo mejor para nosotros. Casi no nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta de los que están al borde del camino de la vida. O mejor no verlos para tener que sentir inquietudes dentro de nosotros que no nos dejarían tranquilos. O nos acostumbramos a verlos que nos damos mil disculpas para no hacer nada o incluso culpabilizarlos por la situación en la que viven. Pensemos en cuantos juicios pasan por nuestra mente en este sentido tantas veces.
Pero Jesús nos está enseñando a caminar por los caminos de la vida, caminando El junto a nosotros. Al oír el tumulto el ciego pregunta qué es lo que pasa. El que pasa por el camino es Jesús el de Nazaret. Jesús pasando por el camino, a nuestro lado y al lado de los que nada tienen, pero al lado también de aquellos que quizá vivimos tan insensibilizados que no nos damos cuenta o no queremos ver a los que están al borde del camino.
Se pone a gritar el ciego, pero quieren acallarlo. Les molesta. Pero él grita más fuerte. ‘¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’ Molestan esos gritos y queremos de mil maneras acallarlos. Pero a Jesús no les molesta, es más, quiere hacérnoslos oír. Quiere que el ciego no esté al borde del camino sino allí en medio de todos. Que todos los vean, que alguien se mueva a compasión para al menos traerlo. Que sus gritos nos interroguen, nos muevan a hacer algo; que comencemos al menos por mirarlos y tenderles una mano. Pasamos tantas veces sin querer mirar. ¿Quiénes serán los ciegos?
Ya sabemos lo que Jesús hizo. Pero ¿qué es lo que nosotros vamos a hacer? Es la gran pregunta que tenemos que hacernos. Es la decisión que hemos de tomar. No nos vale decir que seguimos a Jesús de cerca si no tomamos sus mismas actitudes y comportamientos, si no comenzamos a mojarnos, a comprometernos, a tenderle la mano, a mirar de frente la realidad que nos grita.
¿Seremos capaces de decir como le dijo Jesús a aquel ciego de Jericó ‘qué quieres que haga por ti’? Pudiera ser que nos diera miedo hacer esa pregunta porque ya sería un principio de compromiso. Preferimos muchas veces prejuzgar, ir con nuestras ideas por delante, nuestras soluciones, pero no sabemos realmente lo que los otros puedan necesitar. Por eso hacer esa pregunta es comprometida, porque será olvidarnos quizá de las respuestas que llevábamos preparadas para escuchar el planteamiento real que la situación, las personas nos pueden hacer. Y eso nos puede suceder en muchas ocasiones de la vida, en nuestras relaciones mutuas.
El ciego del borde del camino nos está interrogando. Los gritos de los que sufren a nuestro lado pueden herirnos nuestros oídos, pero tenemos que escucharlos. En nosotros debe haber una buena disposición para mirar, para escuchar, para tender la mano, para ayudar a caminar.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Disponibilidad humilde para la misericordia en nuestro corazón que nos hace experimentar con mayor gozo la misericordia del Señor

Disponibilidad humilde para la misericordia en nuestro corazón que nos hace experimentar con mayor gozo la misericordia del Señor

Números 13,1-2.25; 14,1.26-30.34-35; Sal 105; Mateo 15,21-28
Aquella mujer era perseverante porque era una mujer de una fe grande. Tenía toda la confianza en que iba a ser escuchada y eso le daba perseverancia en su oración, en su petición aunque en principio no pareciera ser atendida. Lo que la hacía ser una mujer humilde, como humildes son los que se sienten pobres y necesitados. No son exigencias sino es confianza llena de humildad. Se sentía pobre y no digna, pero sabía de quien se confiaba.
Cuánto tenemos que aprender de la mujer cananea. Tenía una hija enferma y sabía que Jesús podía curarla. Pero sabía también cual era la relación que había entre los judíos y los que no fueran tales. Aun así se siente como el cachorrillo que está rondando bajo la mesa esperando que caiga algo de las manos de sus amos. Es la humildad con que acude aquella mujer hasta Jesús. Por eso insiste, persevera en su petición. Iba detrás gritando: ‘Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. Hasta los discípulos se convierten en intercesores, aunque solo fuera por quitársela de encima ante tantos lloros y gritos. Pero la fe de aquella mujer se ganará el corazón de Cristo.
Nos recuerda la petición del centurión para que Jesús cure a su criado. También es un pagano el que viene a pedirle a Jesús y en este caso Jesús se ofrece para ir a su casa a curarlo. Pero con la petición y la seguridad de ser escuchado está la humildad de aquel hombre que no se siente digno de que Jesús entre en su casa. ‘Basta una palabra tuya y mi criado quedará sano’, le dice a Jesús. Y Jesús alabará también la fe aquel hombre como es el caso de la mujer cananea. ‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’.
Nosotros, podríamos decir, tenemos todavía muchos más motivos de confianza para acudir a Jesús. Somos los hijos, los que hemos experimentado en nuestra vida tantas veces el amor que el Señor nos tiene. Nos da confianza, pero no nos ha de faltar la humildad. Nos acogemos a la misericordia del Señor porque sabemos que somos pecadores e indignos. Queremos aprender a llenar también nuestro corazón de misericordia para nosotros alcanzar misericordia. Quien experimenta la misericordia en su vida está más capacitado para tener misericordia con los demás; de la misma manera quien tiene esa disponibilidad para la misericordia en su corazón podrá experimentar con mayor gozo la misericordia que tienen con él.
Tenemos que ser capaces de llenar de estos sentimientos el mundo en el que vivimos. Fácilmente nos hacemos duros e insensibles quizá como consecuencia de la dureza de la vida misma; pero hemos de romper ese círculo de insensibilidad y ser capaces de comenzar a poner ternura en nuestras mutuas relaciones. Puede ser que muchas veces choquemos contra un muro de insensibilidad, pero podemos socavarlo con nuestra ternura, con paciencia, poniendo amor, no cansándonos en nuestra lucha porque sabemos que podemos alcanzar la victoria. Es la tan necesaria perseverancia en aquello que emprendamos en la vida.
Y todo esto lo hacemos movidos desde nuestra fe que es capaz de mover montañas, como nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio. Siempre con la humildad en el corazón como buen carril que nos conduzca a conseguir nuestros buenos deseos.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Que desaparezcan las barreras que nos ponemos para que los ojos del alma se llenen de luz y vuelvan a ver otra vez

Que desaparezcan las barreras que nos ponemos para que los ojos del alma se llenen de luz y vuelvan a ver otra vez

Apoc. 1, 1-4; 2, 1-5; Sal. 1; Lc. 18, 35-43
‘¿Qué quieres que haga por ti?... Señor, que vea otra vez…’ Un ciego que está junto al camino en su pobreza pidiendo limosna. Al enterarse que pasa Jesús se pone a gritar hasta que logra llegar hasta los pies de Jesús. ‘Recobra la vista, tu fe te ha curado’.
Cuántas barreras se le crean a quien le falta la luz de sus ojos. Ya sabemos lo que les pasa. Bueno, decir que ya sabemos creo que es una exageración, porque eso sólo lo podrá saber a fondo quien lo haya experimentado. Más, en este caso que no era un ciego de nacimiento, sino que sus ojos se habían cegado perdiendo la visión. Dura tiene que ser la experiencia para quien ha tenido la luz algún día el perderla totalmente y quedarse ciego. Y no es solo que se vaya tropezando por todas partes. Se tiene ya una visión distinta de la vida, si es que podemos emplear esa palabra; pero es que la relación con los demás se hace distinta, como la apreciación que puedan tener los otros de quien es invidente.
En la época de Jesús una persona ciega estaba condenada necesariamente a la pobreza. Quien no podía ganarse el pan de cada día con su trabajo - ¿y cómo iba a hacerlo quien tenía los ojos cegados? - se veía abocado a muchas dependencias de los demás, con lo que le llevaría a pobrezas extremas para necesitar estar en las esquinas de las calles o en los cruces de los caminos pidiendo limosna.
Pero no podemos quedarnos en la ceguera del ciego - valga la repetición - porque en su entorno aparecían otras cegueras. Las cegueras culpables de los que no quieren ver, de los que teniendo la luz sin embargo no la utilizan para iluminar a los demás, de los que se convierten en obstáculos en el camino de los otros y todo son dificultades y creación de nuevas barreras.
Fijémonos en el texto del evangelio. El ciego está al borde del camino; escucha el tumulto de un grupo grande de gente que pasa y pregunta quién es; le dicen que es Jesús el Nazareno, pero nadie se preocupa de nada más; el ciego grita implorando la atención del profeta de Nazaret, ‘¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’ Y aparecen las nuevas barreras; ‘los que iban delante le regañaban para que se callara, pero el gritaba más fuerte’. Molestaban los gritos del ciego; quizá sus gritos les impedían a ellos poder escuchar lo que Jesús iba hablando, o molestaba la presencia de aquel pobre ciego pidiendo una ayuda.
Cuántas disculpas nos buscamos; cuántos rodeos nos damos, como aquel sacerdote y aquel levita que bajaba por el camino de Jericó en la parábola de Jesús.  Cuántas barreras ponemos. Ya ellos tenían la luz y no tenían necesidad. No tenían por que detenerse ni que los gritos del ciego retrasasen su camino.
Pero Jesús si se detiene, porque está siempre prestando atención a quien tenga un sufrimiento. ‘Jesús se paró y mandó que se lo trajeran’. Cuantas veces lo vemos en el evangelio acercarse allí donde está el sufrimiento de los hombres; acude a la piscina probática allí donde sabe que hay un hombre que sufre y no puede llegar al agua que lo sane; se detiene en la calle de Jerusalén para acercarse al ciego que mandará a Siloé a lavarse; deja que la gente acuda a él, aunque le rompan las tejas para hacerle llegar a los enfermos.
Allí está aquel ciego, para quien comienzan a desaparecer las barreras. Quienes antes querían impedirle que gritara, ahora lo llevan de la mano hasta Jesús. Y los ojos de aquel ciego se abrieron y se llenaron de luz. La fe apareció en su corazón y comenzó a iluminar su vida. ‘Te fe te ha curado’, le dice Jesús. Y después de curado ‘lo siguió glorificando a Dios’. Pero también llegó la luz a los ojos de los que no se daban cuenta de que también estaban ciegos. ‘Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios’.
¿Sabremos acudir nosotros a Jesús para que se caigan las escamas de la ceguera de nuestros ojos,ded la ceguera de nuestro corazón? ¿Comenzaremos a romper barreras para acercarnos con fe a Jesús y llenarnos de su luz? ¿Seremos en verdad conscientes de las barreras que tenemos o ponemos muchas veces en nuestra propia vida o en la vida de los demás? ‘Señor, que vuelva a ver otra vez’,  que nos llenemos de tu luz, que se despierte y resplandezca de nuevo nuestra fe. ‘¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’

viernes, 11 de abril de 2014

A quien vamos a contemplar subir a Jerusalén hasta lo alto del Calvario es a nuestro Salvador, verdadero Hijo de Dios



A quien vamos a contemplar subir a Jerusalén hasta lo alto del Calvario es a nuestro Salvador, verdadero Hijo de Dios

Jer. 20, 10-13; Sal. 17; Jn. 10, 31-42
‘Si hago las obras de mi Padre, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre’. Admirable revelación que nos está haciendo Jesús de sí mismo. Pero los judíos no entienden y lo rechazan. Por las obras que hace Jesús podemos conocerle. Hace las obras de Dios.
Ya en otra ocasión, como alguna vez hemos recordado, escuchábamos decir a Nicodemo cuando fue de noche a ver a Jesús que tiene que ser un enviado de Dios, alguien con quien esté Dios, porque de lo contrario no podría hacer las obras que hace. Ya era una confesión de Nicodemo reconociendo cuanto de Dios había en Jesús. Ahora nos dice el mismo Jesús que El es aquel ‘a quien el Padre consagró y envió al mundo’, y que por eso es el ‘Hijo de Dios’.
Los judíos lo veían como un hombre más; algunos podían decir que era un gran profeta que había aparecido entre ellos y hasta llegarían a aclamarle entusiasmados como el hijo de David, en la entrada en Jerusalén, como vamos pronto a celebrar; pero otros se quedaban en el Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, aquel cuyos parientes estaban entre ellos; pero no eran capaces de vislumbrar algo más; tenían cerrados los ojos de la fe para escuchar lo que Jesús les decía. En verdad era el consagrado de Dios, el que venía lleno del Espíritu Santo, ungido por el Espíritu Santo como escuchábamos en la sinagoga de Nazaret, y verdaderamente el Hijo de Dios.
Abramos nosotros también los ojos de la fe, cuando nos disponemos en los próximos días a celebrar la pasión y la muerte de Jesús. Seamos capaces, con esos ojos de la fe bien abiertos, a reconocer a Jesús como verdadero Dios al mismo tiempo que como verdadero hombre, reconociendo en El al Mesías salvador que por nosotros dará su vida para obtenernos la gracia del perdón de los pecados.
Ese reconocimiento de la divinidad de Jesús es necesario y muy importante. No vamos simplemente a ver a un hombre bueno que es capaz de sacrificarse por los demás; no vamos a contentarnos con considerar la envidia o la maldad de aquellos que no aceptan a Jesús porque puede desestabilizarles sus vidas o sus intereses, y por eso querrán quitarlo de en medio; no  nos quedamos en los intereses de todo tipo que pudieran tener los contemporáneos de Jesús y que por eso traman contra su vida hasta llevarlo a la condena por parte de las autoridades sociales o políticas del momento.
Nosotros a quien vamos a contemplar subir a Jerusalén y subir hasta lo alto del Calvario es a nuestro Salvador que dio su vida por nosotros para que nosotros tuviéramos vida para siempre; nosotros contemplaremos a Jesús verdadero Hijo de Dios, consagrado y enviado por el Padre, ungido del Espíritu divino, que nos viene a proclamar el año de gracia del Señor anunciando a los pobres y a los que sufren, a los pecadores y a cuantos hemos vivido de espaldas a Dios, que para nosotros es la gracia y el perdón, para nosotros es la Salvación. No es una sangre cualquiera la que se va a derramar porque es el Hijo de Dios que viene a establecer la nueva y eterna alianza de salvación en su sangre derramada para el perdón de los pecados.
Es lo que nos disponemos a celebrar y a vivir; es la gracia que se va a derramar sobreabundantemente sobre nuestras vidas para alcanzarnos la vida y la salvación. Es el misterio pascual que nosotros vamos a vivir porque vamos a sentir que en la pasión y en la muerte de Cristo y en su resurrección contemplamos ese paso salvador de Dios por nuestras vidas, que no viene para destruirnos sino para salvarnos, que nos viene a traer el perdón y la misericordia, que nos viene a hacer sentir la paz nueva de los amados de Dios y que nos convertimos también en sus hijos.
No es algo ajeno a nosotros lo que vamos a contemplar y celebrar. Ahí está nuestra salvación, y vaya que sí tiene que importarnos. Ahí tenemos que poner nuestra vida abriendo nuestro corazón a ese paso de Dios que nos trae la vida y la salvación. Pongamos todo nuestro empeño en ahora prepararnos y luego vivir con toda intensidad ese misterio de salvación que es la Pascua del Señor, que tiene que ser nuestra Pascua.

sábado, 5 de abril de 2014

Estudia la Escritura y conocerás más a Dios y tu vida será más conforme al Evangelio



Estudia la Escritura y conocerás más a Dios y tu vida será más conforme al Evangelio

Jer. 11, 18-20; Sal. 7; Jn. 7, 40-53
‘Unos decía: Este es de verdad el profeta. Otros decían: Este es el Mesías’. Pero otros lo ponían en duda porque el Mesías no podía ser Galileo como lo era Jesús, o decían que tenía que venir del linaje de David y de Belén. No terminaban de conocer a Jesús. Andaban divididos. ‘Surgió la discordia entre la gente por su causa’. Estaba anunciado ‘sería signo de contradicción’. Recordamos lo que anunciaba el anciano Simeón, cuando la presentación de Jesús en el templo.
Querían prenderlo, pero eran incapaces. Los sumos sacerdotes y los fariseos habían enviado a los guardias del templo y se volvieron más bien dando testimonio de Jesús. ‘Jamás nadie ha hablado así’, decían. Pero como hemos escuchado en textos anteriores, ‘todavía no había llegado su hora’.
Ante Jesús tenemos que decantarnos, no podemos andar nadando entre dos aguas, no podemos estar a medias tintas, como se suele decir. Tenemos que decidirnos; tiene que clarificarse bien nuestra fe. Ni nos podemos quedar con entusiasmos superficiales ni podemos permanecer siempre en la duda. Por eso, tenemos que fortalecer nuestra fe. Y para eso hemos de procurar cada día más crecer en nuestro conocimiento de Jesús y para ello tenemos que acudir más y más al evangelio, la Escritura Santo. Hemos de empaparnos de Evangelio, abrir nuestro corazón al Espíritu divino que nos lo vaya revelando en el corazón.
Lo mismo que hemos escuchado hoy y que quería servirles de argumento contra la defensa que hacía Nicodemo de Jesús, nos puede valer a nosotros para ese crecimiento de nuestra fe. ‘Estudia la Escritura y verás’, le decían a Nicodemo, aquel fariseo que había ido de noche a ver a Jesús y que ahora les decía que no se puede juzgar ni condenar a nadie sin haberlo oído previamente. Ellos querían argumentar  que de Galilea no salía ningún profeta. Nosotros sí tenemos que ir a la Escritura Santo pero para fundamentar más y más nuestra fe.
Es una lástima que a los cristianos se nos caiga de las manos el libro de la Biblia, porque realmente no leemos con atención ni meditamos profundamente el mensaje de la Palabra de Dios que tenemos contenido en la Biblia. Tendría que ser el vademécum de nuestra vida, el libro que nos acompañara en todo momento, para que en toda ocasión y circunstancia lo tomáramos en nuestras manos para empaparnos de su sabiduría.
Son palabras de vida eterna las que tenemos contenidas en la Biblia y nos ayudarían a encontrar y empaparnos de esa sabiduría de Dios. Crecería más y más nuestra fe en la medida en que fuéramos creciendo en ese conocimiento de Jesús y de su Buena Nueva de Salvación.
Ya es una riqueza para los que venimos cada día a la celebración la proclamación que se nos hace de la Palabra de Dios y lo que aquí podamos reflexionar. Pero no tendríamos contentarnos con este momento, sino que luego en nuestra oración personal, en esos momentos que tengamos en el día para nuestra reflexión, la lectura de una página de la Biblia, del Evangelio, o el volver a releer los textos que se nos han proclamado en la celebración nos ayudaría a darle todavía una mayor profundidad y riqueza espiritual.
Ya vamos bien avanzados en este camino cuaresmal que estamos haciendo y tenemos cercanos ya los días en que celebraremos el misterio pascual de Cristo en su pasión, muerte y resurrección. Sería una hermosa oportunidad para intensificar ese crecimiento espiritual, ese ir en verdad caldeando más y más nuestro corazón, para no echar en saco roto esa gracia que el Señor nos ofrece y nos regala en las próximas celebraciones pascuales. No nos hagamos oídos sordos a esta invitación que el Señor nos hace.

martes, 17 de diciembre de 2013

Confesamos a Jesús, el hijo de David,  el hijo de Abrahán como el Hijo de Dios y nuestro Mesías Salvador

Gén. 49, 2. 8-10; Sal. 71; Mt. 1,1-17
La Navidad está cerca. Lo mismo que el Bautista anunciaba que el Reino de Dios estaba cerca porque era inminente la aparición del Mesías, así nosotros podemos decir hoy también: la Navidad está cerca. Sólo faltan ocho días y la liturgia se intensifica en su preparación para que todo esté a punto, para que nuestros corazones y nuestras vidas estén a punto.
La liturgia adquiere un ritmo nuevo y más intenso. Las oraciones, las antífonas, la Palabra del Señor que vamos escuchando ya nos están hablando de esa inminencia de la Navidad. Así por ejemplo las antífonas de las vísperas de cada día, sobre todo la antífona al cántico de María, que son las mismas que repetimos con el Aleluya antes del Evangelio, tienen un especial sabor donde vamos saboreando el misterio de Cristo que se nos manifiesta y se acerca a nosotros y nos hace hacer como una especial oración invocando, suplicando la llegada del Emmanuel que es nuestra Sabiduría, que es el Sol que nace de lo alto, el Rey de las naciones y deseado de todos los pueblos, por mencionar ahora alguna de esas invocaciones que iremos haciendo.
Pero también la palabra del Señor que iremos escuchando cada día tiene una especial resonancia en esa inminencia de la Navidad, porque iremos leyendo el principio del evangelio de Mateo, hoy y mañana, y luego todo el inicio del evangelio de Lucas con lo sucedido inmediatamente antes del nacimiento de Jesús, el anuncio del nacimiento del Bautista, el anuncio del ángel a María, su visita a Isabel, el nacimiento de Juan, etc…
Hoy el evangelio nos ha presentado la genealogía de Jesús según el relato del evangelio de san Mateo. El Jesús que confesamos como Hijo de Dios y que veremos nacer en Belén en unos días es ese deseado de las naciones y de manera especial del pueblo judío como Mesías salvador. Por eso hemos comenzado escuchando hoy: ‘Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán…’ para concluir diciéndonos que ‘de María, la esposa de José, nació Jesús, llamado Cristo’, el Mesías.
Jesucristo,  verdadero Dios y verdadero hombre, nacido en una familia concreta y en un pueblo concreto; se nos da su genealogía, pero al mismo tiempo se nos está señalando cómo hay una línea de continuidad desde Abrahán, el padre en la fe del pueblo de Israel, pasando por David para señalarnos así que es el Mesías anunciado, prometido y esperado como Salvador del pueblo judío pero también de todas las naciones.
Precisamente la primera lectura nos ha señalado esa línea de continuidad que luego veremos reflejada en la genealogía, pues Jacob señala a su hijo Judá como el que va a llevar el bastón del mando, como signo de que es él y no ningún otro de los hijos de Jacob del que ha de nacer el Mesías de Dios. Recordamos así lo que el ángel le anunciaba a María, como hemos escuchado tantas veces y volveremos a escuchar estos días, ‘el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de  Jacob para siempre…’
Confesamos así a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre; lo vemos entroncado en el pueblo judío siendo el Mesías Salvador, el Cristo; por eso decimos siempre para referirnos a Jesús esa palabra compuesta, Jesucristo, o lo que es lo mismo decir, Jesús es el Cristo, el Mesías, el Salvador.
Confesamos nuestra fe y queremos en verdad prepararnos con toda intensidad en estos días que nos faltan para la navidad para su celebración. Queremos que sea en verdad una celebración viva, profunda; no queremos quedarnos en lo superficial. Si confesamos que Jesús es nuestro Salvador es porque queremos llenarnos de su salvación, llenarnos de su gracia salvadora.

Todo lo que hemos venido reflexionando y orando a lo largo del tiempo del Adviento nos tiene que servir para esa renovación de nuestra vida. Pero no es solo lo que nosotros queramos hacer, sino lo que la gracia de Dios quiere realizar en nosotros. Para ello hemos de ir a buscar esa gracia, hemos de acercarnos a los sacramentos, hemos de sentir ese perdón de Dios que nos llena de su salvación; hemos de pensar entonces en el Sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia. Aprovechemos esa oportunidad de gracia que estos días se nos ofrece.

lunes, 17 de diciembre de 2012


Una invitación a una auténtica y renovada profesión de fe cuando llegue la navidad

Gén. 49, 2.8-10; Sal. 71; Mt. 1, 1-17
Iniciamos el último tramo de nuestro camino de adviento. Son ocho días de preparación inmediata que tiene sus textos especiales en la liturgia, en las lecturas de la Palabra de Dios, en el texto de las oraciones y de las antífonas, destacando de manera especial las antífonas para el canto del Magnificat en las vísperas de cada uno de estos ocho días anteriores a la navidad.
En el evangelio escucharemos el inicio del evangelio de Mateo hoy y mañana, y el resto de día los primeros capítulos del evangelio de Lucas hasta que lleguemos en la nochebuena a las lecturas del nacimiento de Jesús en Belén. Los textos de la primera lectura, del Antiguo Testamento siempre en una relación con el mensaje del evangelio.
La liturgia nos irá llevando de la mano a la confesión de nuestra fe en Jesús, verdadero hombre, nacido en el pueblo de Israel, del linaje de Judá, de la dinastía de David, el anunciado por los profetas, como verdadero Hijo de Dios, en quien vamos a obtener nuestra salvación. Y vamos a pedir hoy, al confesar nuestra fe en Jesús, verdadero Hijo de Dios que se ha encarnado y se ha hecho hombre, Palabra eterna de Dios encarnada en el seno de María, que nosotros alcancemos la gracia de transformarnos plenamente en hijos de Dios.
Hoy el evangelio nos ofrece la ‘genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán’. Es Jesús, el Mesías de Dios, enraizado plenamente en el pueblo judío, al pertenecer al linaje y dinastía de David y de Judá, que va a ser el Cristo, el Ungido, el Mesías de Dios que nos viene a traer la salvación. La liturgia quiere que apuntalemos bien nuestra fe contemplando lo que es la historia de la salvación. Ese anuncio y promesa de Dios desde el principio, desde que el hombre cayó en el pecado y abandonó el camino y vida de Dios, pero en el que Dios  no abandona al hombre sino que siempre tendrá una promesa de salvación.
Nos viene bien recordar estos aspectos fundamentales de nuestra fe y más en este año de la fe al que nos ha convocado el Papa que ‘es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31)’, como nos dice en su convocatoria de este año.
Renovaremos en plenitud la conversión de nuestro corazón al Señor en la medida en que vaya creciendo nuestra fe, creciendo en el conocimiento de las verdades reveladas, en que la vayamos confesando con mayor y más viva conciencia. Es importante esa formación que vayamos adquiriendo en nuestra vida cristiana para que podamos en verdad dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza pero con las obras de nuestra vida.
Como nos dice el Papa ‘así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios’.
Por eso nos sigue diciendo: ‘Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo’.
Que nos ayude este camino que vamos haciendo y estas reflexiones que en torno a la palabra nos hacemos a ese crecimiento y fortalecimiento de nuestra fe, y así vivamos en la mayor plenitud ese encuentro con el Señor que ha de ser la Navidad.