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jueves, 30 de julio de 2026

Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús

 

Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús

Jeremías 26, 1-9; Salmo 68; Mateo 13, 54-58

¿Qué me va a enseñar ese a mí?, habremos oído en alguna ocasión a alguien que con su prepotencia trataba de descalificar a alguien que quizás le estaba dando la solución a un problema, estaba planteando algo nuevo que bien podría valer para su vida, o simplemente le estaba dando un consejo en alguna situación compleja en que se encontrase. Quizás nosotros también en más de una ocasión habremos actuado así, porque aquel que nos está queriendo decir algo decimos que lo conocemos de siempre y que sabemos de dónde viene o por donde anda. Es la rebaja que siempre queremos hacerle a lo que nos puedan ofrecer otros porque nosotros sí sabemos y no necesitamos que nadie nos enseñe o nos diga nada. Es la respuesta que damos cuando nos dicen algo para hacernos caer en la cuenta en algo que no pensábamos, pero que enseguida decimos, ‘yo lo sé, ¿qué me vas a decir?’.

Estamos hablando de ámbitos meramente humanos, de nuestras relaciones de los unos con los otros, pero que cosas así adquieren unas tonalidades especiales cuando entrabamos en ámbito de lo espiritual o de la práctica y vivencia de nuestro ser cristiano. ¿Nos dejamos enseñar? ¿Nos dejamos acompañar? ¿Escuchamos lo que el otro pueda ofrecernos desde su propia experiencia espiritual y de vida cristiana? Es que yo soy cristiano de siempre, es que mi familia, mi madre… estaban mucho en la Iglesia; es que yo hice la primera comunión y recibí todos los sacramentos… y así seguimos argumentando que parece más bien que estamos cerrando puertas a lo que de los demás podamos recibir.

Es lo que estamos viendo hoy en el relato del evangelio de la visita de Jesús a su pueblo, Nazaret, donde se había criado. Como enseguida comenzarán a decir cuando le escuchan en la sinagoga, es que es el hijo del carpintero, ahí están sus hermanas y su familia, ¿dónde ha aprendido todo eso?, porque siempre le habían visto allí en Nazaret como un niño o como un joven cualquiera. Y como comenta el evangelista Jesús se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro; en otro momento se nos dirá que estaban esperando que allí realizara los signos y milagros que ellos sabían que hacía en otros lugares; claro, era su pueblo, su familia, sus amigos, allí tenía que manifestar que con ellos tenía alguna preferencia.

¿Por qué hacemos las cosas o qué es lo que buscamos? Nos mueven muchas veces los intereses, y unos intereses egoístas y muy llenos de orgullo. Cuando no hay disponibilidad no puede aparecer la fe; cuando no hay humildad que nos lleve a una apertura del corazón no seremos capaces de ver lo bueno que se nos ofrece; cuando no hay deseo de abrir el corazón a una nueva sintonía seguirán prevaleciendo los ecos de nuestro egoísmo y orgullo que ahogarán lo que de verdad podría llenar de paz nuestro corazón.

Malos acompañantes de camino son el orgullo y la vanidad porque nos desfigurarán haciéndonos perder lo mejor de nosotros mismos y lo que tendría que ser nuestra verdadera identidad. Entraremos en un camino de ramplonería, donde simplemente o nos dejamos arrastrar por luces que nos encandilan y confunden o nos deslizamos por las pendientes de las rutinas que nos impedirán darle nuevos rumbos a nuestra vida.

Mucho tendríamos que analizar para comenzar a corregir rumbos y dejarnos enseñar y conducir. El Señor va poniendo señales a nuestro lado, muchos signos de lo que es la voluntad de Dios podríamos descubrir en nuestro entorno si fuéramos capaces de salirnos de esa ceguera que nos encierra en nosotros mismos. Hagamos un alto en el camino, comencemos a quitar esos filtros en que nos hemos envuelto para iluminarnos con la verdadera luz, para aprender la verdadera sabiduría del Evangelio que de muchas maneras se nos puede manifestar. Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús.


miércoles, 4 de febrero de 2026

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

 


El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

2 Samuel 24, 2. 9-17; Salmo 31; Marcos 6, 1-6

¿Qué se cree él? ¿Quién se cree que es? Reacciones así hemos visto más de una vez, o quizás nosotros mismos hemos tenido, ante alguien que nos dice cosas que no nos gustan porque nos están poniendo el dedo en la llaga, diciéndonos la verdad que no nos gusta escuchar. Una persona que trata de comportarse con gran nobleza y rectitud, que quizás la vemos comprometida en acciones a favor de los demás o que se convierte en denuncia de situaciones que no son tan buenas, pero que quizás nos molestan, nos sentimos heridos porque nos están diciendo las cosas claras; y nos surgen esas preguntas que cuestionan a la persona, a la que quitamos autoridad en lo que dice porque buscamos sombras que la desprestigien. ‘Si ese individuo lo conozco yo de toda la vida… y sé quien es su familia…’ y así nos montamos buenas historias con tal de no aceptarlo.

Le estaba pasando a Jesús. Había ido a su ciudad y se había puesto a enseñar en la sinagoga como hacía por todos los lugares por donde iba anunciando el Reino de Dios. El evangelista Marcos a quien corresponde este relato no nos detalla cual era el mensaje de Jesús, pero sin lugar a dudas era el anuncio de la llegada del Reino de Dios pidiendo la conversión para creer esa Buena Noticia; como en otros los signos que realizaba daban autoridad a sus palabras.

Pero la gente se cuestiona. ‘¿De donde la viene esta sabiduría?’ Lo conocían de toda la vida porque allí en Nazaret se había criado, y allí estaban sus familiares, y allí había trabajo con su padre José. ‘¿No es este el carpintero?’ se decían. Y mencionaban a todos sus parientes conocidos de todos como era además normal en un pueblo pequeño. Y comenzó a aparecer la desconfianza, no le creían, no le aceptaban; ¿qué podían recibir ellos de alguien que era como ellos? ¿Si viniera revestido de autoridad de otros lugares o de alguna escuela rabínica? ¡Qué difícil se nos hace comprender los misterios de Dios!

‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’, les dice Jesús con palabras que se han convertido en sentencia y en refrán. Y como continúa diciendo el evangelista ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe’, pero como se continúa diciéndonos Jesús continuó con su misión profética por todos los lugares y aldeas de Galilea.

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, hablará las palabras que tiene que decir aunque no sean escuchadas, manifestará las maravillas del Señor aunque no sean reconocidas, seguirá sembrando la semilla de la Palabra de Dios aunque no siempre encuentre la tierra apropiada; en algún lugar brotará esa semilla, algunos terminarán reconociendo las maravillas del Señor, Dios sigue actuando y acercándose a nosotros aunque seamos las tinieblas que rechazamos la luz. Y es que Dios se manifiesta en lo humilde y lo sencillo, se manifiesta en los pequeños y en los parece que no son nada, se acerca a la humanidad para hacer su mismo camino pero para abrir nuevos caminos ante él. Será costosa la misión y tiene mucho de pascua, de pasión y de muerte, pero de la muerte hará resurgir la vida porque ahí está siempre el paso del Señor.

Contemplamos el actuar de Jesús pero en El tenemos que vernos reflejados, no en vano con Cristo nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes, y esa misión no la podemos abandonar. No siempre nos será fácil, muchas veces también nos encontraremos que no somos aceptados, no a todos va a gustar el anuncio de verdad que tenemos que hacer, pero hay una fidelidad y una lealtad en nuestro corazón que no podemos abandonar; con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor que nos alienta, que pone palabras en nuestros labios, pero que nos transforma para que seamos en verdad testimonio ante el mundo que no nos quiere creer y que en ocasiones tratará de quitarle valor a nuestras palabras. Somos pecadores, es cierto, pero por eso mismo somos testigos de lo que es el amor del Señor, es el hermoso testimonio que tenemos que dar.

miércoles, 5 de febrero de 2025

El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

 


El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

Hebreos 12,4-7.11-15; Salmo 102;  Marcos 6,1-6

Si es el hijo del carpintero… fue la reacción, tenemos que decir que totalmente ordinaria y normal, de la gente de su pueblo. Hasta ellos había llegado la fama de lo que Jesús venía haciendo en Cafarnaún y los distintos pueblos y aldeas por toda Galilea; la fama de sus milagros, la gente que se entusiasmaba y se iba detrás de Jesús, sus enseñanzas que entusiasmaban a la gente porque les parecía escuchar algo nuevo, o algo dicho de una manera distinta a como estaban acostumbrados. Y la fama había llegado hasta Nazaret y ahora lo tenían en medio de ellos. ‘¿De donde saca esa sabiduría?’

¿Dónde habrá aprendido este muchacho tanto?, decimos también en nuestros pueblos y en nuestros ambientes cuando alguien destaca. Como nos conocemos de siempre ahora nos sentimos quizás asombrados, pero sabemos que siempre surge algo más. Hay un orgullo de pueblo cuando destaca alguien de los nuestros y podemos tender a ponerlo como el que no va más; nadie ha salido de nuestro pueblo como este; aunque también aparecen por debajo, disimuladamente quizás al principio, ciertas desconfianzas, buscamos segundas intenciones, tratamos de recordar cosas reales o imaginarias muchas veces, socavamos el prestigio cuando nos pueden hacer sombra, y ya sabemos cuando somos cuando nos dejamos arrastrar por esas malicias y desconfianzas.

Conociéndonos no nos extraña la actitud desconfiada de la gente de Nazaret. Nos sucede con mucha facilidad entre nosotros, vamos de la euforia y el entusiasmo a la descalificación y a las envidias con una velocidad de vértigo. Siempre tenemos nuestros peros y nuestras pegas. Es lo que le estaba pasando a la gente de Nazaret con Jesús. Lo conocemos de siempre, sabemos quien es su familia, es el hijo del carpintero. Y ya Jesús dirá que un profeta nunca será bien mirado en su pueblo.

Y siente pena Jesús por la falta de fe su gente. Allí ha venido a anunciar con toda claridad, con palabras del profeta como nos narrará san Lucas este mismo episodio, lo que era su misión, la tarea evangelizadora que quería realizar. Su Palabra y su presencia querían ser siempre buena noticia para todos, porque eso como se nos dirá en otra parte anuncia la amnistía del Señor, el año de gracia del Señor. Pero no lo aceptaban porque simplemente era el hijo del carpintero.

Nos tiene que hacer pensar en nuestra aceptación personal de esa Buena Noticia, esa aceptación del Evangelio que nos anuncia Jesús. ¿Qué filtros ponemos por medio cuando escuchamos las palabras del Evangelio? El peor filtro es ya no ser capaces de escuchar el evangelio como una buena noticia; nos lo damos por sabido, no nos significa nada nuevo, vamos llevando por delante nuestros prejuicios, sí, nuestras previas interpretaciones, porque recordamos esto y lo de más allá, nos acordamos lo que en otro momento escuchamos o nos explicaron, y ha perdido la frescura de la novedad con que tenemos que escucharlo.

Pero además hemos de decir y reconocer que el Evangelio, es cierto, nos llega a través del texto escrito, pero el evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado. Es el evangelio hecho testimonio en la vida de tantos testigos. Y es el evangelio que tanto nos cuesta aceptar, recibir, escuchar. La gente de Nazaret no escuchaban entonces el mensaje porque era el hijo del carpintero a quien tenían delante; también nosotros vemos a tantos como el ‘hijo del carpintero’ que ya nada nos dice porque decimos que lo conocemos de siempre.

Cuánto nos cuesta aceptar el testimonio de los demás, cuánto nos cuesta ver las cosas en las que se manifiestan esos testigos delante de nosotros. Son filtros que vamos poniendo a la Palabra de salvación que Jesús nos ofrece. Hay muy bonitos testimonios a nuestro lado que tenemos que saber descubrir, porque a través de ellos el Señor nos habla. ¿Aprenderemos de una vez por todas a dejarnos sorprender por el evangelio?

 

viernes, 2 de agosto de 2024

Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo ante nosotros con la novedad del evangelio

 


Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo ante nosotros con la novedad del evangelio

Jeremías 26, 1-9; Salmo 68; Mateo 13, 54-58

‘¿De donde saca todo eso?’, lo habremos dicho también. Nos sentimos sorprendidos porque no pensábamos que aquella persona pudiera tener aquellos razonamientos. Quizás incluso le dimos la mano, como se suele decir, en sus comienzos animándolo a hacer cosas distintas, a emprender algo que parecían ser sus sueños, a que intentara al menos hacer algo aunque le pareciera que le salía mal, dándole confianza para que creyera en si mismo. Pero ahora nos sentimos sorprendidos, sus apuntes de reflexiones tienen una profundidad que no pensábamos que esa persona pudiera lograr.

Y claro por nuestra parte caben también varias reacciones, porque incluso nos encontramos divididos en nosotros mismos; y aunque le dimos el impulso, vemos que está llegando a donde no imaginábamos, y hasta se nos pueden meter unos celos ahí dentro de nosotros, porque esa persona logras cosas que no pensábamos que fuera capaz; ¿tendremos miedo que nos haga sombra? Cosas así se nos pueden meter en la cabeza y hay el peligro que nuestras reacciones no sean tan positivas; somos humanos.

Me hago esta reflexión partiendo de cosas que realmente así nos pueden suceder en la vida y contemplando la reacción de las gentes de Nazaret ante la presencia de Jesús en su sinagoga. Es cierto, lo habían visto de niño y de joven entre ellos. ¿Destacaría en aquel Jesús, el hijo del carpintero? No vamos a dejarnos llevar por las imaginaciones que nos encontramos en los evangelios apócrifos que tan poco valor histórico y teológico nos presentan, pero es cierto por otra parte que algo podrían haber descubierto en aquel niño, en aquel joven sus convecinos de Nazaret. Sin embargo era solamente el hijo de María, el joven carpintero de Nazaret.

Ahora les habrán llegado noticias de las andanzas de Jesús, por Cafarnaún, por los alrededores de Tiberíades, por los pueblos y aldeas de Galilea, que sabían que iba anunciando la llegada del Reino nuevo de Dios y su predicación iba acompañada de signos y milagros. ¿Qué esperan que haga en Nazaret? ¿Tendría que hacer algo especial allí, pues en fin de cuentas era su pueblo y por allí andaban sus parientes?

Admiración sienten, porque se preguntan que de donde ha sacado todo eso, pero sus dudas tienen por dentro que llena sus corazones de desconfianza. No terminaban de creérselo. ¿Qué era eso que Jesús anunciaba que por lo que podían intuir les tendría que hacer salir de sus rutinas y de su modorra? Es que Jesús hablaba de cambio, de conversión, mientras ellos estaban bien como estaban. Si aquel profeta no producía la revolución que ellos esperaban para verse liberados del yugo opresor de los romanos, nada les hacía que creyeran en El. Por eso marcan sus distancias, recordando que ellos sabían bien quien era, porque era solo el pobre hijo del pobre carpintero, que a nada de lo que eran sus aspiraciones había llegado. Sus caminos parecían divergentes.

¿Andaremos también por caminos de ese calibre donde en cierto modo mantenemos también nuestras distancias de la Palabra que escuchamos en el evangelio? ¿No querremos nosotros también permanecer en nuestras modorras, en nuestras rutinas, en nuestras viejas costumbres que parece que con ellas tan bien nos iba?

Cuando nos llega la Palabra que nos hace despertar porque la sentimos como un grito en el alma, también tratamos de calmar nuestros ánimos, porque nos decimos que no es para tanto, que tenemos que hacer nuestras interpretaciones, que tenemos que conjugar la novedad que ahora escuchamos con lo que hemos hecho siempre. Nos acostumbramos a las mismas veredas y no tenemos ánimo para descubrir los nuevos caminos que el Espíritu va abriendo delante de nosotros.

Nos cuesta arrancarnos, despertarnos, salir de lo mismo que siempre hacemos; parece que se acaban las iniciativas, que no terminamos de ver la novedad del evangelio, que nos encontramos en la disyuntiva del camino que hemos de tomar.

miércoles, 1 de febrero de 2023

Nos hace falta algo para descubrir el misterio que se nos revela en los demás, solo así podré llegar a descubrir también el misterio de Dios que se nos revela en Jesús

 


Nos hace falta algo para descubrir el misterio que se nos revela en los demás, solo así podré llegar a descubrir también el misterio de Dios que se nos revela en Jesús

Hebreos 12,4-7.11-15; Sal 102; Marcos 6,1-6

Aunque decimos que no hemos de reconocer que en nuestra vida social, en nuestras relaciones con los demás nos dejamos arrastrar demasiado por los prejuicios,  por las ideas preconcebidas que tengamos de otras personas, porque aquello que quizá mamamos hasta sin darnos cuenta en el propio ámbito familiar. Siempre habíamos visto una cierta aprensión por parte de nuestra familia hacia unos vecinos y eso se ha quedado marcado en nuestro subconsciente y no lo podemos quitar; hacia aquellos que no son de nuestro ámbito, que quizás no son de nuestro pueblo, sino del pueblo de al lado con quien siempre se ha mantenido una cierta tirantez, ahora nos mostramos con unas ciertas reservas que nos llenan de desconfianza aunque algunas veces ni sabemos por qué; cuando vemos que alguien de nuestro entorno destaca en alguna cosa, comenzamos a mirar sus raíces familiares, lo que pudo o no pudo haber sido en su niñez o en su juventud, y ahora lo miramos a distancia, no terminamos de fiarnos, queremos como poner a prueba todo lo que hace o lo que dice.

Cuánto nos cuesta ir con mirada limpia, sin condicionamientos ni reservas al encuentro con los otros para quizás ponernos a trabajar juntos.

Un día, uno que luego seria un discípulo, cuando le hablan de Jesús, porque además no es de su pueblo se pregunta que si de Nazaret puede salir algo bueno. Pero es que no son solo los del pueblo de al lado, sino la misma gente de Nazaret es la que mira con lupa lo que Jesús dice y hace. Ha venido Jesús a su ciudad, nos dice el evangelista, va a la sinagoga el sábado, y como ya le precedía la fama de lo que había ido haciendo por otros lugares, ahora se adelanta a hacer la lectura de la Palabra. Todos le miran. Hay un orgullo porque es uno de ellos, allí en Nazaret se ha criado, allí están sus parientes, todos conocen a José el carpintero, su hijo está ahora en la sinagoga enseñando.

Pero esos primeros orgullos pronto se transformarán en desconfianzas; aquello de que lo conocen de siempre, les comienza a hacer que se pregunten que dónde ha aprendido tanto, de dónde le viene esa sabiduría, y aparecen los recelos en el corazón. No es precisamente la fe la que brilla en ellos. Además Jesús no está haciendo allí los milagros que esperaban que hiciera como en otras partes. ¿Han ido a ver al ‘mago’ de turno que les embelece con las maravillas que hace?

A Jesús le extraña también su falta de fe. Y de alguna manera se los recuerda. Están esperando a ver qué milagro va a realizar, pero no están abriendo el corazón al mensaje que Jesús quiere transmitirles. Hay prejuicios y desconfianza en sus corazones. Jesús no pudo hacer allí ningún milagro. Era importante la fe, como le había recordado a Jairo cuando caminaban hasta su casa por la niña que estaba enferma; fue importante la fe de aquella mujer que se contentó con tocar el manto de Jesús porque tenía la confianza plena de su curación.

Si no hay apertura a la fe no podemos descubrir las maravillas de Dios, no podremos ver más allá de lo que ven los ojos de la carne, como se suele decir no vemos más allá de la punta de nuestras narices, y no se han abierto los ojos del alma para sentir la presencia de Dios. Por eso no reconocieron a Jesús. Se quedó para ellos en que era el hijo del carpintero, de ahí no pasaron, y no descubrieron el misterio de Dios.

Y nosotros ¿hasta dónde llega nuestra fe?  ¿Estaremos también poniendo ante nuestros ojos, ante los ojos de nuestro corazón, esos filtros con los que tantas distinciones vamos haciendo en la vida en nuestras relaciones con los demás? ¿Seremos capaces de ver más allá? Nos hace falta algo para descubrir el misterio que se nos revela en los demás; cuando aprendamos a descubrir en positivo ese misterio del hombre o mujer que está a mi lado, podré llegar a descubrir también el misterio de Dios que se nos revela en Jesús.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

 


Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

Todos conocemos esas personas que hay en nuestros pueblos, muchas veces alrededor de nuestras iglesias, que pasan desapercibidas, que parece que no hacen nada, pero que están atentas a cualquier problema o necesidad y quizás casi sin que nadie lo note se acercan a quien quizá pudiera ayudar o hacer algo para hacer una sugerencia; son personas también que, como decíamos, podemos ver en el entorno de nuestras iglesias, personas muy piadosas, de práctica religiosa diaria, pero a quienes quizás no somos capaces de valorar, porque incluso en nuestros lenguajes decimos son las beatitas del pueblo que lo que hacen es rezar. Y nos equivocamos de todas todas en esa poca valoración que hacemos de esas personas, porque muchas veces son un pilar muy fuerte – con su beaterio o como lo queramos llamar – de muchas cosas que se realizan y que nadie sabe quien las hizo.

He querido comenzar haciéndome esta consideración – porque además muchas veces somos injustos con esas personas – contemplando lo que nos ofrece hoy el evangelio. Es continuación del que ayer escuchábamos y de alguna manera hicimos en nuestro comentario referencia a esta persona que aparece de manera especial hoy en el evangelio.

Ayer destacábamos la profecía de aquel anciano que es capaz de descubrir en aquel niño presentado en el templo por unos padres pobres al que venía a ser el Salvador esperado. Y hoy nos aparece este otro personaje, una anciana, viuda, con muchos años alrededor del templo desde que quedó viuda y que cuantas cosas en silencio habría realizado en servicio de los peregrinos que subían al templo a la oración y al culto, y que ahora se une al cántico de alabanzas de Simeón porque ella también reconoce en aquel Niño al que venía como luz y como salvación para todo el pueblo. La veremos silenciosamente deslizándose entre la gente para hablarles de aquel niño a todos los que esperaban la futura liberación de Israel. Son los ojos de la fe, pero es el corazón siempre dispuesto al servicio lo que contemplamos en aquella anciana; es la esperanza que ya ella ve también cumplida como el anciano Simeón y no se cansará de anunciar a todo quien quiera escucharla.

Es el testimonio de una mujer creyente y entregada; es el testimonio de la persona valiente, aunque poco pudiera ser considerada por quienes la contemplaban todos los días en los alrededores del templo, pero que ahora anuncia sin cesar quien es aquel niño. Aquí es cuando nosotros tendríamos no solo que valorar esas personas que nos parece que pasan desapercibidas, sino aprender también a dar ese testimonio valiente de nuestra fe y de nuestra esperanza. Profetiza solemos llamar a esta anciana que también parece que pasa desapercibida por el evangelio porque de ella no se volverá a hablar, pero nos recuerda nuestra misión también profética en medio del mundo para el anuncio de Jesús y el anuncio del Evangelio.

Y va concluyendo de alguna manera el evangelio de la infancia de Jesús, porque ahora ya se nos dice que marcharon de nuevo a Galilea y se establecieron en Nazaret. Y Jesús estaba con ellos formando parte de aquella familia de Nazaret. ‘El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él’.

Jesús, un niño más entre los niños que habría entonces en aquel pequeño pueblo. Jesús que igualmente pasaría desapercibido como uno más entre los habitantes de Nazaret; de El dirán más tarde que era el hijo del carpintero; todos los conocían como se conocen todos los habitantes de un pequeño pueblo. Pero ‘la gracia de Dios estaba con El’, como nos dice el evangelista. Crecía y maduraba como crecemos todos, puesto que aunque era el Hijo de Dios precisamente se había querido hacer hombre, uno como nosotros para ser en verdad Dios con nosotros, haciendo nuestros mismos caminos, realizando las mismas etapas de la vida que todos tenemos que recorrer.

Algunas veces nos puede parecer incomprensible este tiempo de silencio y a lo largo de la historia y sobre todo en los primeros tiempos por una piedad no siempre bien entendida se ha querido contar o inventar hechos milagrosos realizados por el Jesús niño, como nos quisieron trasmitir aquellos evangelios que nunca fueron aceptados en la fe de la Iglesia y que por eso se les llama apócrifos; algunas veces hoy intentan algunos recuperar esos evangelios apócrifos dándole una autoridad a sus palabras que no tienen pero que entonces no tenemos que sacar a flote para alimentar nuestra imaginación.

El silencio de ese tiempo de Jesús en Nazaret es también muy importante y mucho nos puede ayudar en nuestra vida y en nuestra fe, para que sepamos valorar ese tiempo de crecimiento y de maduración que todos hemos de hacer en la vida. Es todo un grito profético para nuestra vida tan llena de bullicio. De ese tiempo silencioso de la semilla sembrada y oculta en la tierra brotará la nueva planta sino de esa nueva e intensa vida que con madurez hemos de vivir.

miércoles, 31 de enero de 2018

Con qué facilidad queremos ensombrecer la luz que podemos recibir de los demás


Con qué facilidad queremos ensombrecer la luz que podemos recibir de los demás

2Samuel 24,2.9-17; Sal 31; Marcos 6,1-6

Ante quien comenzamos a ver destacar de entre nuestro entorno más cercano o de los que hemos conocido de siempre suelen surgir distintas reacciones; están los que se sienten orgullosos de que alguien de su pueblo vaya teniendo nombre propio y sea conocido por lo que sabe o por lo que hace, aunque también aparecen los que se quieren apuntar un tanto como quien arrastra el ascua hasta su propia sardina para decir que se conocen de siempre, que son amigos íntimos y no se cuantas cosas más; pero están también los que no soportan que alguien de sus vecinos destaque más que los demás, y surgen o se crean las desconfianzas, aparecen las envidias, se trata de desprestigiar de la forma que sea, les decimos que ya los conocemos y que detrás de tanta facha hay aviesas intenciones y así muchas cosas más; en un pueblo pequeño esto se multiplica de manera exagerada, mientras otros que se creen poderosos no pueden permitir que nadie les haga sombra.
Así somos los humanos, como aquello del perro del hortelano que ni como él ni deja comer al amo. No nos extrañe pues la reacción de las gentes de Nazaret ante la llegada de Jesús. A sus oídos habían llegado noticias de lo que hacia por Cafarnaún y otros lugares, cómo la gente lo acogía y corría detrás de él para escucharle, y cómo los enfermos eran curados por las obras maravillosas que realiza.
‘¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?’
Son las reacciones y los comentarios cuando el sábado Jesús va a la sinagoga y hace el comentario a la lectura de los profetas que se ha proclamado. ¿Dónde ha aprendido todas esas cosas? ¿Quién se cree que es El? Y le quieren recordar que ellos bien lo conocen porque allí estas sus parientes y allí ha pasado su infancia y su juventud y a ningún sitio, a ninguna escuela rabínica ha ido a aprender. Qué bien refleja este texto lo que entre nosotros sucede tantas veces.
Nos dirá el evangelista que no hizo allí milagros por su falta de fe. Y Jesús les recuerda lo que era un dicho popular entre ellos: ‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’. Pero Jesús continúa su misión enseñando por otros lugares.
Creo que el mensaje que hoy quiere trasmitirnos la Palabra de Dios quiere incidir en nosotros en cómo acogemos nosotros la Palabra de Jesús; pero en concreto como acogemos esa Palabra que nos llega a través de la Iglesia y de sus ministros. Es cierto que los ministros de la Palabra han de testimoniar con su vida la Palabra que proclaman y el mensaje que quieren trasmitirnos, pero bien nos sucede cuantas veces somos críticos con lo que nos dicen o enseñan porque quizá están tocando muy directamente en las llagas de nuestra vida que habría que curar. Una nueva actitud de acogida nos está pidiendo hoy el Señor a través de su Palabra.
Pero recogiendo el primer pensamiento con el que iniciamos nuestra reflexión también tendríamos que pensar como acogemos y valoramos nosotros lo bueno de los demás. Hemos de aprender a quitar esos ‘peros’ que tantas veces ponemos en la vida a lo que recibimos de los otros.
Con qué facilidad queremos ensombrecer la luz que podemos recibir de los demás; cómo nos duele en muchas ocasiones que otros puedan resplandecer con su propia luz; cuántos sentimientos negativos aparecen fácilmente en nuestro corazón; qué manchado está el cristal a través del cual miramos a los otros porque dejamos que se peguen en nuestro corazón esos malos sentimientos y así pensamos o vemos a los demás. Quitemos esas vigas que se nos meten en nuestros ojos y que nos impiden mirar nítidamente la claridad que podamos recibir de los otros.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32
‘Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás’. Jonás había predicado la conversión en Nínive y los ninivitas escucharon su palabra y se convirtieron al Señor. Bien sabemos, incluso, cómo Jonás se resistía a cumplir su misión pero llevado por los acontecimientos en los que él supo descubrir el designio de Dios al final fue a Nínive como Dios le pedía.
San Pablo dirá que ‘los griegos piden sabiduría y los judíos piden signos’, pero que él no anuncia otra cosa que a Cristo crucificado. Ahora Jesús les pone como una señal a Jonás y a la reina del Sur. Jonás porque se dejó conducir por la palabra del Señor y predicó la conversión a los ninivitas que escucharon su palabra; la reina del Sur porque vino buscando conocer la sabiduría de Salomón, y como Jesús les dice allí hay alguien que es más que Salomón, porque allí ante ellos está la Sabiduría de Dios, el Verbo de Dios, la revelación de Dios para el hombre con la que alcanzará la verdadera salvación.
En muchas ocasiones a lo largo del evangelio vemos como las multitudes se admiraban de lo que Jesús hacía - ‘nunca hemos visto una cosa igual’, decían - ante los milagros que Jesús realizaba; o en otras ocasiones se habían admirado de su sabiduría, porque hablaba con autoridad y ‘nadie ha hablado como El’. Sin embargo no terminan de creer en Jesús; aunque el pueblo le aclame y le bendiga porque viene en el nombre del Señor, por allá habrá quienes sigan dudando o incluso oponiéndose a la obra de Jesús. Era para muchos, como los de su pueblo, simplemente ‘el hijo del carpintero’, pero no sabían descubrir la obra de Dios en El; ya vemos como algunos se atreven incluso a decir que si expulsa los demonios lo hace con el poder del príncipe de los demonios. ¡Cuánto les costaba aceptar a Jesús!
Pero no nos quedemos en la reacción de las gentes en los tiempos de Jesús; para nosotros eso tiene que ser también una señal que nos hable mucho más y nos haga reflexionar sobre nosotros mismos y la manera de aceptar a Jesús y su salvación en el día a día de nuestra vida.
También dudamos muchas veces; también nos cuesta ver los signos de Dios que se van manifestando en nuestra vida; se nos cierran los ojos y no sabemos descubrir esa acción de Dios en nosotros. Pedimos muchas cosas desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestros deseos de algo mejor; pero tenemos el peligro de pedir y pedir y no saber descubrir esa presencia de Dios en nuestra vida que se nos puede manifestar de muchas maneras.
Que sepamos descubrir esas señales de Dios, es paz que podamos sentir en nuestro corazón, esa respuesta que nos va dando a lo que le vamos pidiendo, esa fuerza que hay en nosotros en nuestra lucha y en nuestros esfuerzos que son señales de esa gracia de Dios. Que se nos abran los ojos de nuestro corazón para saber descubrir y vivir esa sabiduría de Dios. El Señor continuamente realiza maravillas en nosotros. Que sepamos reconocerlo y cantarlo como María.

viernes, 1 de agosto de 2014

Admiración, sí, pero confesión de fe intensamente vivida, expresada y celebrada

Admiración, sí, pero confesión de fe intensamente vivida, expresada y celebrada

Jer. 26,1-9; Sal. 68; Mt.13, 54-58
Solo la admiración no es suficiente para una confesión de fe, aunque necesitamos saber admirarnos de las maravillas de Dios y así llegar a una confesión de fe intensamente vivida, expresada y celebrada.
Es cierto que hemos de saber admirarnos ante las maravillas que podemos contemplar ante nosotros. Es necesario, sí, saber admirarnos de las maravillas que Dios realiza a favor nuestro. Es importante dejarnos sorprender por ese actuar de Dios que se nos manifiesta en todo lo grandioso de la obra de su creación, cómo en esa cercanía que nos manifiesta en Jesús que camina a nuestro lado porque se hace hombre y uno como nosotros viviendo nuestra propia vida. Pero no nos podemos quedar ahí, hemos de saber dar un paso adelante en el camino de la fe para reconocer la grandeza del amor de Dios y saber acoger la salvación que El nos ofrece en Jesús. Y entonces expresar esa fe y celebrarla con toda intensidad.
Las gentes de Nazaret se admiraron ante las palabras de Jesús cuando va a la sinagoga el sábado hace la lectura de la Escritura y les enseña. Pero no pasaron de ahí, no llegaron a la fe. Comenzaron pronto sus pegas y su resistencia; era solo ‘el hijo de María’,  ‘el hijo del carpintero’, aquel cuyos familiares estaban allí entre ellos. ‘¿De donde saca esta sabiduría y estos milagros?’ Si nosotros desde chiquito lo conocemos, porque aquí siempre estuvo entre nosotros, poco menos que se decían. ‘Y desconfiaban de él’, dice el evangelista, que terminará recalcando ‘que no hizo allí Jesús muchos milagros, por su falta de fe’.
Se extrañaba Jesús de su falta de fe, porque desconfiaban de él. Quien no confía - desconfianza - es porque no cree. No habían llegado a descubrir que el hijo de María era el Hijo de Dios que venía a traerles la salvación. Como dirían en otra ocasión ‘si éste es el hijo de María y de José, ¿cómo se atreve a decir que ha bajado del cielo?... ¿cómo es posible que un hombre sepa tanto sin haber estudiado?’ Será algo que vemos que repite en diferentes momentos del Evangelio ante las enseñanzas y ante el actuar de Jesús.
Cuando hay fe las maravillas de Dios se multiplican, aunque sea en ocasiones desde gestos pequeños y sencillos. Cuando acuden a Jesús pidiendo milagros El les preguntará por su fe, o en otras ocasiones, les explicará que todo ha sucedido ‘conforme a su fe’, porque han creído. Ahora en Nazaret sin embargo le rechazan.
Pero siempre nosotros tenemos que hacernos la pregunta, y ¿cómo verá Jesús nuestra fe? ¿Sabremos maravillarnos ante las obras de Dios, pero sabremos dar el paso adelante para reconocer en verdad lo que es la acción de Dios en nuestra vida?
Las pegas que ponían las gentes de Nazaret y muchos de los judíos como hemos visto a lo largo del evangelio, era que para ellos Jesús era simplemente el hijo del carpintero y no veían nada más para admirar la obra de Dios en El. Nosotros quizá afirmamos muy bien todo lo que dice el Credo y somos capaces de decir todo muy hermoso acerca de Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías salvador y todo lo demás que podemos confesar con nuestra fe.
Pero nos puede suceder algo. Que nos acostumbremos a hacer esa confesión de fe y ya nuestro corazón no se admire de la obra de Dios; que podamos caer en rutina e incluso cuando venimos a nuestras celebraciones no le demos en verdad intensidad de vida a lo que es la celebración de nuestra  fe. Lo vemos todo tan normal porque cada día forma parte del rito de  la celebración, que no somos capaces de admirarnos del milagro grande y maravilloso de la Eucaristía que ante nosotros se realiza. Y cuando nos acostumbramos a las cosas les hacemos perder intensidad; cuando nos acostumbramos tenemos el peligro de la rutina que es camino de frialdad y es poner en peligro a la larga nuestra fe.
Pidámosle al Señor que no nos sucede algo de eso. Que vivamos intensamente la celebración de nuestra fe cantando las maravillas del Señor y así nuestra misma celebración sea una proclamación gozosa que hacemos frente al mundo que nos rodea.

viernes, 11 de abril de 2014

A quien vamos a contemplar subir a Jerusalén hasta lo alto del Calvario es a nuestro Salvador, verdadero Hijo de Dios



A quien vamos a contemplar subir a Jerusalén hasta lo alto del Calvario es a nuestro Salvador, verdadero Hijo de Dios

Jer. 20, 10-13; Sal. 17; Jn. 10, 31-42
‘Si hago las obras de mi Padre, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre’. Admirable revelación que nos está haciendo Jesús de sí mismo. Pero los judíos no entienden y lo rechazan. Por las obras que hace Jesús podemos conocerle. Hace las obras de Dios.
Ya en otra ocasión, como alguna vez hemos recordado, escuchábamos decir a Nicodemo cuando fue de noche a ver a Jesús que tiene que ser un enviado de Dios, alguien con quien esté Dios, porque de lo contrario no podría hacer las obras que hace. Ya era una confesión de Nicodemo reconociendo cuanto de Dios había en Jesús. Ahora nos dice el mismo Jesús que El es aquel ‘a quien el Padre consagró y envió al mundo’, y que por eso es el ‘Hijo de Dios’.
Los judíos lo veían como un hombre más; algunos podían decir que era un gran profeta que había aparecido entre ellos y hasta llegarían a aclamarle entusiasmados como el hijo de David, en la entrada en Jerusalén, como vamos pronto a celebrar; pero otros se quedaban en el Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, aquel cuyos parientes estaban entre ellos; pero no eran capaces de vislumbrar algo más; tenían cerrados los ojos de la fe para escuchar lo que Jesús les decía. En verdad era el consagrado de Dios, el que venía lleno del Espíritu Santo, ungido por el Espíritu Santo como escuchábamos en la sinagoga de Nazaret, y verdaderamente el Hijo de Dios.
Abramos nosotros también los ojos de la fe, cuando nos disponemos en los próximos días a celebrar la pasión y la muerte de Jesús. Seamos capaces, con esos ojos de la fe bien abiertos, a reconocer a Jesús como verdadero Dios al mismo tiempo que como verdadero hombre, reconociendo en El al Mesías salvador que por nosotros dará su vida para obtenernos la gracia del perdón de los pecados.
Ese reconocimiento de la divinidad de Jesús es necesario y muy importante. No vamos simplemente a ver a un hombre bueno que es capaz de sacrificarse por los demás; no vamos a contentarnos con considerar la envidia o la maldad de aquellos que no aceptan a Jesús porque puede desestabilizarles sus vidas o sus intereses, y por eso querrán quitarlo de en medio; no  nos quedamos en los intereses de todo tipo que pudieran tener los contemporáneos de Jesús y que por eso traman contra su vida hasta llevarlo a la condena por parte de las autoridades sociales o políticas del momento.
Nosotros a quien vamos a contemplar subir a Jerusalén y subir hasta lo alto del Calvario es a nuestro Salvador que dio su vida por nosotros para que nosotros tuviéramos vida para siempre; nosotros contemplaremos a Jesús verdadero Hijo de Dios, consagrado y enviado por el Padre, ungido del Espíritu divino, que nos viene a proclamar el año de gracia del Señor anunciando a los pobres y a los que sufren, a los pecadores y a cuantos hemos vivido de espaldas a Dios, que para nosotros es la gracia y el perdón, para nosotros es la Salvación. No es una sangre cualquiera la que se va a derramar porque es el Hijo de Dios que viene a establecer la nueva y eterna alianza de salvación en su sangre derramada para el perdón de los pecados.
Es lo que nos disponemos a celebrar y a vivir; es la gracia que se va a derramar sobreabundantemente sobre nuestras vidas para alcanzarnos la vida y la salvación. Es el misterio pascual que nosotros vamos a vivir porque vamos a sentir que en la pasión y en la muerte de Cristo y en su resurrección contemplamos ese paso salvador de Dios por nuestras vidas, que no viene para destruirnos sino para salvarnos, que nos viene a traer el perdón y la misericordia, que nos viene a hacer sentir la paz nueva de los amados de Dios y que nos convertimos también en sus hijos.
No es algo ajeno a nosotros lo que vamos a contemplar y celebrar. Ahí está nuestra salvación, y vaya que sí tiene que importarnos. Ahí tenemos que poner nuestra vida abriendo nuestro corazón a ese paso de Dios que nos trae la vida y la salvación. Pongamos todo nuestro empeño en ahora prepararnos y luego vivir con toda intensidad ese misterio de salvación que es la Pascua del Señor, que tiene que ser nuestra Pascua.

miércoles, 1 de mayo de 2013


El trabajo que nos ennoblece y nos hace creadores para la gloria de Dios

Col. 3, 14-15.17.23-24; Sal. 89; Mt. 13, 54-58
‘¿De dónde saca toda esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero?... ¿de dónde saca todo eso?’ Así se preguntaban sus convecinos de Nazaret cuando escuchaban a Jesús en sus enseñanzas y contemplaban los milagros que hacía.
El hijo del carpintero, así conocían a Jesús. Así mencionaban a José a quien hoy una vez más estamos celebrando, el carpintero de Nazaret, el esposo de María de la cual nació Jesús, llamado el Cristo, como dice el principio del evangelio de Mateo en la genealogía.
La liturgia nos ofrece este texto con esta mención en esta celebración que hacemos en el primero de Mayo en honor de san José, contemplándolo desde ese aspecto de hombre trabajador. La festividad litúrgica principal de san José es el 19 de Marzo, pero en este día para ayudarnos a darle un sentido cristiano a la fiesta del trabajo que en el ámbito civil se celebra el Papa Pío XII instituyó esta fiesta en honor de san José, llamándola la fiesta de san José obrero.
‘Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla’, es el mandato de Dios al hombre en la creación. El hombre dotado de inteligencia y voluntad, con todas las capacidades que tiene en su naturaleza humana, se desarrolla a través del trabajo que viene a ser camino de plenitud para el hombre. En el uso de su inteligencia, en la capacidad creadora de su ser, desarrollando sus cualidades, sus potencialidades, sus valores el hombre se desarrolla así mismo. El trabajo hace al hombre creador en el desarrollo de si mismo y para bien de la humanidad y de la creación.
El trabajo no es un castigo para el hombre ni una maldición. Las consecuencias del pecado sí endurecerán el trabajo del hombre porque lo llenamos al mismo tiempo de ambiciones y orgullos, de egoísmos y maldades que nos hacen insolidarios y que nos enfrentan unos a otros en ese camino de la vida convirtiéndonos en dominadores los unos de los otros. Pero eso son las consecuencias del pecado, no del trabajo en si.
Si lo que buscáramos fuera ese desarrollo de todas esas potencialidades que hay en nosotros y no pensando solo en nosotros mismos sino en el bien de esa humanidad a la que pertenecemos, encontraríamos la verdadera riqueza de nuestro trabajo, que no es solo ni principalmente un lucro económico. Es en lo que tendríamos que reflexionar para llegar a descubrir su verdadero valor y la verdadera riqueza que nos va a ayudar a ser grandes de verdad. Lejos de materializarnos y embrutecernos en el trabajo nos haríamos creadores y llenos de nobles valores.
Hoy contemplamos a San José, el carpintero de Nazaret, hombre justo y trabajador que además fue forjador en lo humano de Jesús, que si era verdadero Dios era también verdadero hombre. ¿Cómo sería el trabajo en aquel hogar de Nazaret? Y pensamos en el trabajo de José, pero pensamos en el trabajo de toda la familia, de María y de Jesús que también trabajó con sus manos en el mismo taller de José.
Hoy nos ha dicho algo hermoso la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses. ‘Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de gracias a Dios Padre por medio de él’. Todo para la gloria del Señor como tantas veces decimos. Sí, nuestro trabajo, nuestro actuar, ese desarrollo y ese crecimiento de la persona en sus valores y cualidades creadoras, sea siempre para la gloria de Dios.
Que cada tarea que vayamos realizando en nuestra vida seamos capaces de hacerla siempre en el nombre del Señor como cuando Pedro echó las redes para la pesca, y así estaremos siempre dando gloria a Dios.

domingo, 21 de octubre de 2012


Dispuestos a hacer como Jesús y beber el cáliz de ser el último y servidor de todos

Is. 53, 10-11; Sal. 32; Hb. 4, 14-16; Mc. 10, 35-45
Hay ocasiones en que, aunque nos hayan explicado bien las cosas, sin embargo se nos ha metido una idea en la cabeza que no podemos quitar y parece que todo lo que hacemos es un buscar o conseguir aquello que habíamos imaginado o deseado. Somos algo así como de ideas fijas que siempre nos están rondando en la cabeza y no queremos detenernos hasta que lo hayamos conseguido.
Algo así les pasaba a los discípulos de Jesús; se habían hecho una idea del Mesías que, aunque Jesús tratara de explicarles una y otra vez lo que iba a suceder, en el fondo seguían con sus sueños y aspiraciones. Jesús les había anunciado en diversas ocasiones lo que iba a ser su pasión, lo que le iba a suceder cuando subieran a Jerusalén, pero no les cabía en la cabeza. En diversos momentos lo hemos escuchado, incluso cómo Pedro trataba de quitarle esa idea de la cabeza a Jesús.
Aunque en versículos inmediatos, lo que cronológicamente pudiera haber sucedido también poco antes, ahora dos de los discípulos, dos del grupo de los Doce que Jesús había escogido para hacerlos apóstoles, se atreven a acercarse a Jesús para manifestarle lo que son sus sueños y aspiraciones. La idea de triunfo estaba muy presente en sus aspiraciones; el hecho de que mucha gente siguiera entusiasmada a Jesús les hacía tener sus sueños, y además ellos un día lo habían dejado todo para seguirle, para estar con El; justo sería aspirar a primeros puestos en su Reino, sin haber entendido bien lo que era el Reino de Dios anunciado por Jesús.
‘Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir… ¿qué queréis que haga por vosotros?... Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. ¿A qué gloria se estaban refiriendo? ¿Sería la gloria inmediata del Mesías liberador que aguardaban para darle la libertad al pueblo de Israel y establecer un reino nuevo? ¿Sería la gloria futura en una referencia de trascendencia hasta el cielo? Podría ser de una manera o de otra pero en nuestros sueños muchas veces, demasiadas veces nos quedamos de tejas para abajo en lo más inmediato.
‘No sabéis lo que pedís’, es la primera respuesta de Jesús. ¿Aún seguís soñando? ¿No habéis terminado de ver lo que sido mi camino y mi vida y no habéis escuchado los anuncios que he hecho de lo que va a ser mi pascua? Estáis conmigo, os he llamado incluso de manera especial para constituiros apóstoles, habéis sido testigos muy directos de lo que yo he ido haciendo y anunciando, estáis conmigo y habéis visto bien lo que es mi camino, mi vida, ¿Queréis estar conmigo? ¿Queréis seguir mi camino? ¿Seréis capaces de hacerlo? ‘¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’
Seguir a Jesús para estar con El en su reino no es algo que podamos tomarnos a la ligera. Seguir a Jesús tiene sus exigencias, porque seguir a Jesús es querer vivir su misma vida. Y vivir su vida es ponernos en la misma actitud de amor con que El vivía y se entregó. Vivir su vida no es buscar grandezas ni primeros puestos. ‘El pasó haciendo el bien’, diría más tarde Pedro. Y el pasar haciendo el bien fue una vida de entrega, de amor, de servicio, de humildad.
Es la actitud permanente de Jesús, el Hijo de Dios que el Padre nos había entregado para manifestarnos así lo que era el amor que nos tenía. Lo vemos entre los pobres y sencillos; lo vemos al lado de los que sufren y de los que necesitan salud, vida, paz; lo vemos acercándose a los pequeños, a los niños, a los que nada tenían.
Su nacimiento fue pobre entre los pobres de manera que ni había sitio para El en la posada y el primer anuncio de su nacimiento se hizo a los pobres de Belén, a los pastores que estaban al raso cuidando sus rebaños. La mayor parte de su vida la pasó oculto en Nazaret un pequeño pueblo que ni era bien considerado por los pueblos limítrofes y entre los humildes y trabajadores de manera que mereciera ser llamado ‘el hijo del carpintero’.
Cuando le vemos caminar por las aldeas y pueblos de Palestina, ya fuera en Galilea, Samaría o Judea, será entre los pobres y los sencillos, como los pescadores del mar de Galilea, o entre los que no eran bien considerados por los que se creían poderosos porque comería con los publicanos, los pecadores, las prostitutas que a El se acercaban, aunque los letrados y fariseos por eso mismo lo rechazaran.
Ahora sube a Jerusalén donde ha anunciado que va a ser entregado en manos de los gentiles y donde va a beber el cáliz de la pasión y de la muerte. ¿Será ese el cáliz que ellos estarán dispuestos a beber?
La respuesta fue rápida y rotunda. ‘Podemos’, responden. Por Jesús están dispuestos a todo, aunque haya cosas que aún no terminen de entender. Beberán el cáliz y merecerán entrar en su gloria, pero lo de puestos a la derecha o la izquierda eso serán otras cosas, se necesitará algo más. Es cosa del Padre del cielo, pero que se conseguirá si seguimos en verdad las pautas que Jesús nos propone para nuestro camino por la tierra.
Los otros diez andan por allí alborotados. ‘Se indignaron contra Santiago y Juan’.  Parece como si andaran divididos. El grupo de los doce con el que Jesús tanto había trabajado para hacerlos vivir en una especial comunión parecía que pudiera romperse. Pero ese no puede ser el estilo de los discípulos de Jesús en que por causa de nuestras ambiciones andemos con nuestras reticencias y envidias que nos pueden llevar por malos caminos.
Cuánto tenemos que seguir escuchando desde la sinceridad del corazón estas palabras y enseñanzas de Jesús, porque aun seguimos nosotros - también en la iglesia de Jesús, tenemos que reconocer con pena - con nuestras aspiraciones a hacer carrera o con nuestros malos deseos que nos hacen echarnos el traspié los unos a los otros en la vida.
Y Jesús los llama, y pacientemente vuelve a repetirles la lección. El estilo de los que seguimos a Jesús no puede ser nunca el del dominio, la manipulación o la opresión sobre nadie. ‘Vosotros nada de eso; el que quiera ser grande, sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero que sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
No podemos hacer otra cosa que lo que hizo Jesús. ‘Pasó haciendo el bien’. Ya lo hemos recordado. Ya contemplamos sus actitudes, su manera de ser y de hacer las cosas. Es el modelo, es el camino, es la verdad, la única verdad de nuestra vida. Servir, hacerse el último, ser capaz de gastarse por los demás olvidándose de si mismo. Estar entre los humildes y pequeños para siempre pequeño y servidor. No nos importe pasar desapercibidos si hacemos el bien aunque no nos lo reconozcan.
‘Aprended de mí’, nos dirá Jesús en otra ocasión y seamos capaces de llenar nuestro corazón de mansedumbre, de amor, de entrega, de humildad, de ser capaces de pasar desapercibidos y no importa también que ignorados; llenemos nuestro corazón de comprensión, de capacidad para perdonar siempre porque siempre para nosotros lo primero sea el amor.
Aunque muchas veces se nos pueda meter en la cabeza la tentación de la ambición y los deseos de grandeza, nosotros queremos seguir a Jesús y hacer como El. No podemos hacer otra cosa que lo que hizo Jesús y estaremos también dispuestos a beber el mismo cáliz que bebió El.

viernes, 1 de mayo de 2009

¿No es éste el hijo del carpintero?

Col. 3, 14-15.17
Sal. 89
Mt. 13, 54-58

'¿No es éste el hijo del carpintero?' Así era conocido Jesús por los vecinos de Nazaret. Lo habían visto crecer desde niño y ya de joven estaba en la carpintería con su padre José. Era el hijo del carpintero. El que había venido a encarnarse y hacerse hombre 'pasando por uno de tantos' allñi había vivido en Nazaret – lo conocerían también por Jesús el Nazareno – y había compartido en todo nuestra realidad humana también en el trabajo.
En este día primero de mayo, en que la sociedad civil celebra la fiesta del trabajo, la Iglesia quiere mirar a aquel hogar de Nazaret donde se crió el Hijo de Dios como hombre contemplando también el mundo del trabajo donde Jesús también vivió su vida como el hijo del carpintero. Miramos a san José, el hombre de fe y el hombre justo. Así nos lo presenta en el evangelio en los cortos retazos que nos da de su vida. Y cuando nos dice un hombre justo, lo contemplamos en la responsabilidad de su vida y de su trabajo siendo así ejemplo para nosotros.
Una fiesta de la sociedad civil nacida desde las reivindicaciones laborales en pro de un trabajo digno y justo, pero que tiene también ese sentido de fiesta, de alegría, de gozarnos por esa realidad de nuestra vida que nos realiza y nos dignifica y con la que todos contribuimos al bien y desarrollo de nuestra sociedad. Porque el trabajo no sólo es un medio de nuestro desarrollo personal, sino que es también nuestra contribución a la vida de ese mundo en el que vivimos. Los aires de fiesta de este día quizá se ven ensombrecidos por la realidad social que vive en estos momentos nuestra sociedad de crisis económica, pero la fiesta ha de tener entonces también un sentido de solidaridad con los que están pasando situaciones precarias en tantos miles que diariamente se suman al número de los parados.
La iglesia, decíamos antes, mira este mundo del trabajo que quiere ver también desde la luz del evangelio. Reflexionar sobre el sentido del trabajo que no solo ayuda a nuestra propia realización personal desde un trabajo digno, sino que lo vemos también como una continuación de la obra creadora de Dios, cuando ha puesto ese mundo creado por El en nuestras manos y nos ha dado unas capacidades y unos valores para que continuemos su desarrollo. 'Llenad la tierra, dominadla...' fueron las palabras del Creador al hombre al poner el mundo en sus manos. Ese talento que Dios ha puesto en nuestras manos no lo podemos enterrar, sino que hemos de sentirnos responsables de esa vida, don de Dios, pero también de ese mundo, de esa naturaleza que hemos de cuidar para que en verdad sea ese jardín donde todos, toda la humanidad, nos sintamos felices.
Pero para el creyente cristiano es aún algo más. Es un medio de santificación. 'Todo lo que hagais... sea en el nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de El', nos dice san Pablo en la carta a los Colosenses. Todo para la gloria de Dios. El trabajo hecho con responsabilidad y dignidad es también un medio para ir a Dios, para glorificar al Señor. Lo ha puesto Dios como desarrollo de nuestra personalidad pero también como una contribucion necesaria para el desarrollo de nuestra sociedad. Vivimos en una estrecha relación.
Si hablábamos antes de la situación de crisis que vive nuestra sociedad en la que tantos están sufriendo las consecuencias de la falta de trabajo, creo que esta fiesta también tiene que despertarnos a la solidaridad. Una solidadaridad en el compartir generoso para aliviar esas difíciles situaciones que pasan muchos. Una solidaridad que nosotros los creyentes la manifestamos con nuestra oración. Pedimos al Señor por la solución de este tiempo de crisis; pedimos al Señor para que ilumine a los que tienen en sus manos el poder político o económico para que encuentren soluciones satisfactorias y logremos de nuevo una sociedad en bienestar y paz.

jueves, 7 de agosto de 2008

La transfiguración del Señor nos transfigura

Daniel, 7, 9-10.13-14
Sal.96
2Ped. 1, 16-19
Mt. 17, 1-9

‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta’. Así comienza diciéndonos el evangelista. ¿A qué se los llevó a una montaña alta? Solamente Lucas nos dice que los llevó a orar.
Era algo habitual a Jesús, pasarse las noches en oración, retirarse a lugares solitarios y apartados para orar. Nos lo repite el evangelio. Los discípulos veían orar a su Maestro y por eso en alguna ocasión le piden: ‘Enséñanos a orar’. Lo contemplamos en oración, como fue en el huerto de Getsemaní siendo testigos estos mismos tres discípulos Pedro, Santiago y Juan. Allí fue una oración dolorosa, de agonía y sufrimiento ante la pasión que se avecinaba. ‘Que pase de mí este cáliz... pero no se haga mi voluntad sino la tuya’.
Hoy le contemplamos en lo alto de la montaña, que situamos en el Tabor en medio de las llanuras de Yesrael en Galilea. ¿Cómo fue su oración? Por lo que contemplamos a continuación podemos deducir. ‘Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz’. Se manifestaba la gloria de Dios en su unión íntima y profunda de su oración con el Padre. Qué gozo poder contemplar la gloria de Dios. Así podía exclamar Pedro: ‘¡Qué bien se está aquí!’ Ya no quería bajar de la montaña. Se sentía él también inundado de la gloria de Dios. Y no era para menos.
La liturgia de este día nos ayuda a ahondar en el significado de la Transfiguración. ‘Fortaleció la fe de los apóstoles...’ nos dice el prefacio. ‘En la gloriosa Transfiguración de tu Hijo confirmaste los misterios de la fe...’ dijimos en la oración. Aquel Jesús que los discípulos comenzaban a vislumbrar como alguien que venía de Dios – ‘quien no viene de Dios no puede hacer las obras que tú haces’, le dijo Nicodemo, ‘un profeta ha aparecido entre nosotros’, exclamaría el pueblo sencillo, ‘nadie ha hablado como El...’ decían otros, ‘tú tienes palabras de vida eterna’, confesaría Pedro – ahora lo contemplan resplandeciente con la gloria de Dios.
Pero será voz del cielo quien lo venga a confirmar todo. ‘Este es mi Hijo, el amado, el predilecto. Escuchadle’. Así se le estaba señalando desde el cielo. Es el Hijo de Dios. A quien tenemos que escuchar y seguir. El que va a ser nuestro Salvador y nuestra vida. El que va a hacernos partícipes de la vida de Dios para hacernos a nosotros también hijos.
Por eso la transfiguración es también un mensaje de esperanza. ‘Alentó la esperanza de la Iglesia, al revelar en sí mismo la claridad que brillará un día en todo el cuerpo que le reconoce como cabeza suya’, que cantaremos en el prefacio. ‘Prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos’, que rezamos en la oración. Nosotros también estamos llamados a participar de su gloria. Nosotros estamos llamados a ser hijos en el Hijo. Un día vamos a llenarnos de su luz en plenitud para siempre en el cielo.
Cristo había dicho ‘Yo soy la luz del mundo’, y ahora lo contemplamos resplandeciente de luz. Pero también nos había dicho ‘vosotros sois la luz del mundo’, y quiere que nosotros nos llenemos de su luz para que también iluminemos nuestro mundo. Por eso le pedimos que su luz nos ilumine.
Que la luz de la transfiguración transfigure también nuestras vidas.
Que la luz del transfiguración abra nuestro corazón para que escuchando al hijo nos hagamos hijos y podamos ser también coherederos de su gloria.
Que la luz de la transfiguración limpie nuestros pecados, como pedimos en la oración sobre las ofrendas.
Que la luz de la transfiguración nos transforme en imagen de su Hijo, cuya gloria se ha manifestado en el misterio de la Transfiguración.