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domingo, 30 de marzo de 2025

Sepamos buscar los hilos del amor y la compasión que van a tejer ese reencuentro que todos necesitamos en nosotros mismos, con los que nos rodean y con Dios

 



Sepamos buscar los hilos del amor y la compasión que van a tejer ese reencuentro que todos necesitamos en nosotros mismos, con los que nos rodean y con Dios

 Josué 5, 9a. 10-12; Salmo 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32

Los reencuentros suelen ser costosos, claro que dependiendo de las actitudes que mantengan las partes del reencuentro. Digo reencuentro que es volver a encontrarse cuando por algún motivo se habían rotos los hilos que nos mantenían unidos desde aquel primer encuentro; se hace difícil encontrar de nuevo esos hilos que nos mantenían unidos, quizás porque quien produjo la ruptura ahora siente las culpabilidades, se ve abrumado por su peso, se ve avergonzado y no sabe como salir de esa situación y levantarse; quizás aparece la desconfianza porque no sabe como lo van a recibir, la acogida que va a tener, y se le hace difícil dar los pasos; además porque reconocer los errores no es fácil, nos mantenemos quizás en una actitud de quien siempre tiene la razón y serán los demás los culpables; la actitud del que acoge también es importante, porque por el hecho de sentirnos heridos no tenemos razón para seguir manteniendo las distancias, hacer nuestras reservas o poner nuestras condiciones.

Qué difícil se hace el diálogo en nuestra sociedad para conseguir la paz, lo estamos viendo cada día, en situaciones que nos suceden a nuestro lado, o en los grandes conflictos que está sufriendo nuestro mundo; siempre están por medio las condiciones que ponen las partes de las que no se quieren apartar con sus orgullos heridos, con su prepotencia que se vuelve dañina y con la ambición que motiva todos nuestros movimientos. Los diálogos en busca de la paz se han interminables y siguen sin encontrarse los hilos que nos pueden unir de nuevo en ese reencuentro de paz.

Es de lo que viene a hablarnos hoy el evangelio. Es más que conocida la parábola que nos propone Jesús y muchas reflexiones nos hemos hecho muchas veces sobre ella. Un padre con dos hijos; el hijo mejor que marcha de la casa del padre viviendo de mala manera con la herencia que le había pedido a su padre; el hermano mayor que permanece en la casa. La vuelta y el reencuentro se hacen difíciles. El que ha marchado lejos se ve una situación desastroso y arrepentido quiere volver a la casa del padre.

Pero, ¿cómo restaurar aquellos hilos que se habían roto? La desconfianza de cómo sería recibido corroe su corazón, pero tiene la valentía de levantarse, no temiendo las condiciones que le pudieran imponer, pero quiere estar aunque sea como un jornalero en la casa del padre. Pero la actitud del padre es distinta de lo que puede imaginar, porque será el padre el que correrá al encuentro del hijo que temeroso se acerca a la casa. Para el padre los hilos no están rotos, porque en el corazón del padre no ha faltado el amor y la esperanza en la vuelta del hijo perdido que ahora lo siente renacido. Desde esos valores y principios del padre es normal la fiesta de la acogida. No son necesarias muchas palabras aunque el hijo las llevase preparada sino van a estar los gestos de la acogida que con los gestos del amor y de fiesta en el reencuentro.

Pero difícil va a ser el reencuentro de los hermanos porque el niño prodigio que se quedó en casa sí pone condiciones, si crea distancias, si presenta resentimientos, si abona exigencias. Cuando al oír la música de la fiesta se entera de la vuelta del hermano, no quiere entrar aunque el padre venga a buscarlo. Y como decíamos aparece la lista de los reclamos, la lista de las cosas que mantenían su corazón más que enfermo muerto porque no sabe amar.

¿No nos parecemos muchas veces más a este hijo prodigio que al hijo pródigo en que siempre nos fijamos? Cuantas prevenciones tenemos nosotros para con los demás. Ya nos dice el evangelista que Jesús por aquella actitud que tenían los fariseos y los escribas contra Jesús porque comía con publicanos y pecadores es por lo que nos propone la parábola. Una postura como la del hijo mayor que no quiere mezclarse con su hermano porque es un pecador. Esas barreras que nos seguimos poniendo los unos y los otros en la vida, esas distancias que mantenemos porque no nos vamos a mezclar con todo el mundo, ese pasar sin mirar a la cara al lado del que nos está tendiendo la mano para pedirnos una ayuda, esos círculos cerrados que nos creamos donde estamos los que nos creemos los buenos y los que hacen muchas cosas por los demás.

Son esas cosas que llevamos en el corazón y nos enferman por dentro; son esas actitudes que contemplamos en la sociedad que se convierte en una sociedad enferma; esas cosas que podemos encontrar también entre nosotros en nuestras comunidades de iglesia que también nos creamos nuestras estancias estancas; son esas condiciones que ponemos para aceptarnos mutuamente, para recibir al emigrante o para acoger a los que hayan cometido errores en la vida que siempre serán para nosotros unos malditos.

Miremos al padre, su corazón lleno de compasión y de misericordia, rebosante de amor; vayamos con confianza, pero aprendamos a ir con los mismos sentimientos hacia los demás; transformemos nuestro corazón para encontrar esos hilos del amor que siempre nos mantendrán unidos y nos harán sentir la verdadera alegría del reencuentro y de la paz.

jueves, 28 de diciembre de 2023

Ese niño recién nacido en Belén ha venido para destruir toda muerte, ha venido para que reine la vida, ha venido para transformar nuestro mundo, es nuestro salvador

 


Ese niño recién nacido en Belén ha venido para destruir toda muerte, ha venido para que reine la vida, ha venido para transformar nuestro mundo, es nuestro salvador

1Juan 1, 5 – 2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

¿No será lo que nosotros quisiéramos hacer también? A los que no son de los nuestros, a quienes nos pueden presentar alguna oposición a lo que nosotros queremos lograr, a aquellos que nos pudieran parecer un peligro para nuestros triunfos, si pudiéramos. Los queremos quitar de en medio. Son tantos a los que queremos descartar, hacer desaparecer.

El evangelio de hoy es de escalofríos, por el relato que se nos hace; la muerte de aquellos niños inocentes en Belén y sus alrededores. Todo, porque Herodes podía ver en peligro su trono. La habían anunciado que había nacido un nuevo rey de los judíos. Y él no se había enterado, tuvieron que venir aquellos Magos de países lejanos, que leyendo el curso de las estrellas había adivinado que se cumplían las promesas de los profetas, que contenían sus Escrituras Santas, y habían llegado hasta Jerusalén. Sus medios de información quedaban en entredicho y con ello se ponía en peligro su autoridad. Y aunque había advertido a aquellos personajes que si encontraban el niño le avisaran, a él no le volvieron a llegar noticias, y como los había enviado a Belén, porque así lo decían las Escrituras Santas consultadas a los maestros de la ley, ahora reaccionaba con aquella matanza.

No está tan lejano este cuadro de los trapicheos en los que andamos tantas veces; a los juegos sucios que vemos a los que tienen poder; a las luchas por el poder, por las influencias, por las manipulaciones que vemos en tantos que se creen poderosos o al menos tienen algunos hilos de poder en sus manos; pero también en núcleos más cercanos, en los ámbitos de los negocios o en la consecución de algún tipo de influencias que nos puedan mantener en ciertas posiciones en la vida social donde contemplamos tantas zancadillas, tantos desprestigios. Parece que el cuadro de Herodes con sus revanchas y con tantas sombras de muerte en su entorno, es algo que se sigue reflejando en nuestra sociedad. Como decíamos antes, es de escalofrío.

Es cierto que cuando contemplamos el evangelio este relato está haciendo una referencia clara ala rechazo de Jesús que ya vislumbramos de estas primeras páginas. Pero contemplamos también esa corona de mártires alrededor de Jesús en aquellos niños que fueron masacrados en los alrededores de Belén. Aparece de nuevo, como reflexionábamos hace unos días, esa Pascua, ese paso de Dios que algunas veces se nos puede hacer misterioso e incomprensible. Pero bien tenemos que comprender que el grano de trigo que es enterrado es el que nos va a producir fruto, y que la muerte de esos inocentes viene a ser como un preludio y un anticipo de lo que iba a significar la Pascua de Cristo, que no podemos olvidar ya desde estos primeros momentos en que estamos celebrando aun su nacimiento.

Nos hará mirar nuestros propios sufrimientos, que algunas veces nos puede parecer que padecemos de forma injusta; piedras que nos hacen sufrir y que nos aparecen en el camino de nuestra vida que nos tienen que ayudar por otra parte a encontrarle un sentido y un valor, cuando somos capaces de ponernos al lado de la pasión de Cristo, porque con El tenemos que aprender a morir para poder renacer a nueva vida.


También nos hace reflexionar en algo más cuando contemplamos el sufrimiento y la muerte de tantos inocentes en nuestro mundo, desde la violencia de las guerras, desde ese mundo tan injusto en el que vivimos con tantas desigualdades, desde ese violencia que se adueña de nuestras calles, de nuestros hogares o en esos locos que van sembrando terror y muerte a su paso. ¿No tendremos que mirar al trasluz de la muerte de los niños inocentes todo ese cuadro de muerte que enmarca la vida del hoy de nuestro mundo?

Ese niño recién nacido en Belén, que ahora le vemos incluso huir como tantos desterrados a Egipto, ha venido para destruir esa muerte, ha venido para que reine la vida, ha venido para transformar nuestro mundo, es nuestro salvador. Pongamos en El nuestra fe y nuestra esperanza que nos haga luchar por la vida, que nos ayude a desterrar tanta muerte de nuestro mundo.

jueves, 6 de julio de 2023

Aprendamos a mirar a los ojos para entrar en la onda de la confianza desterrando recelos, sospechas y prejuicios a la manera de Jesús que quiso contar con Mateo

 


Aprendamos a mirar a los ojos para entrar en la onda de la confianza desterrando recelos, sospechas y prejuicios a la manera de Jesús que quiso contar con Mateo

Génesis 23,1-4.19; 24,1-8.62-67; Sal 105; Mateo (9,9-13

Me van a permitir que comience con una pregunta que me hago a mi mismo, y que me da vergüenza la respuesta que tendría que dar. Cuando vas por la calle y te encuentras tu mismo camino, por la misma acera, una persona, de esas que tantas veces rechazamos por su apariencia, por lo que sabemos, o algunas veces simplemente sospechamos, de lo que se dedica en su vida, que nos resulta sospechosa y desconfiamos evitando entrar en contacto o en algún tipo de relación, esta es la pregunta, ¿nos habremos detenido alguna vez a mirarle a los ojos?

Es una de las formas de nuestras evasivas, incluso si necesariamente tenemos que detenernos a hablar con esa persona, seguro que nuestra mirada andará perdida, pero probablemente no somos capaces de mirarle a los ojos, porque nos sentiríamos obligados a un tú a tú de conversación directa, de interés por la persona, de tender incluso nuestra mano en un saludo. ¿Cómo nos sentimos con nuestras reacciones? ¿Dónde buscamos argumentos para justificarnos?

Me ha hecho pensar en este hecho concreto lo que nos narra hoy el evangelio. Jesús se ha detenido junto a la garita de un publicano. Ya sabemos cómo era considerados entre los judíos, por decirlo pronto y fácil, llamarlo publicano era decir que era un pecador. En su entorno se olía todo lo que significar usura, por la forma de cobrar los impuestos, pero también todo lo que rodeaba ese mundo de prestamos y finanzas; además para un judío se le consideraba como un colaboracionista con el poder romano que venía avasallando e imponiendo sus impuestos, en detrimento de lo que pudiera ser beneficio para el pueblo de Israel. Era una fama realmente bien ganada.

Y allí se detiene Jesús y le habla directamente a quien allí está ejerciendo su oficio. No va a ser una conversación cualquiera, sino que era una invitación. Y una invitación no la podemos hacer si no miramos a la cara a quien vamos a invitar. Por eso en lo que hoy quiero fijarme es en esa mirada de Jesús a Mateo, de tal manera que se sintiera interpelado por la palabra de Jesús y cogido en su corazón para dar la respuesta de seguir a Jesús.

Jesús mira más allá de lo que puedan ser las apariencias externa, lo que sea la consideración que los demás puedan tener de esa persona, incluso de lo que haya sido esa persona en su vida, pero la mirada de Jesús es un querer contar con la persona, la mirada de Jesús no es una mirada de reproches sino de confianza, la mirada de Jesús es una invitación que llega al corazón. Y Mateo, que sostuvo aquella mirada, dio respuesta.

Por allá andarían los desconfiados de siempre pensando en sus cavilaciones de siempre donde se da por sentado la condena de la persona, y no terminarán de entender la decisión de Jesús. ¿Cómo iba a contar Jesús entre sus amigos a un recaudador de impuestos con toda la fama que traía consigo? Para más escándalo Jesús se sienta en la mesa de aquel hombre donde estarán también todos los considerados publicanos y pecadores.

¿No tendremos que ir aprendiendo nosotros a mirar a los ojos de los demás, también de esos que tantas veces descartamos y de una forma o de otra vamos marginando en la vida? ¿Seremos capaces de entrar en esa onda de la confianza desterrando de nuestro pensamiento sospechas y prejuicios, siendo capaces de creer siempre en la persona por encima de todo?

miércoles, 1 de febrero de 2023

Nos hace falta algo para descubrir el misterio que se nos revela en los demás, solo así podré llegar a descubrir también el misterio de Dios que se nos revela en Jesús

 


Nos hace falta algo para descubrir el misterio que se nos revela en los demás, solo así podré llegar a descubrir también el misterio de Dios que se nos revela en Jesús

Hebreos 12,4-7.11-15; Sal 102; Marcos 6,1-6

Aunque decimos que no hemos de reconocer que en nuestra vida social, en nuestras relaciones con los demás nos dejamos arrastrar demasiado por los prejuicios,  por las ideas preconcebidas que tengamos de otras personas, porque aquello que quizá mamamos hasta sin darnos cuenta en el propio ámbito familiar. Siempre habíamos visto una cierta aprensión por parte de nuestra familia hacia unos vecinos y eso se ha quedado marcado en nuestro subconsciente y no lo podemos quitar; hacia aquellos que no son de nuestro ámbito, que quizás no son de nuestro pueblo, sino del pueblo de al lado con quien siempre se ha mantenido una cierta tirantez, ahora nos mostramos con unas ciertas reservas que nos llenan de desconfianza aunque algunas veces ni sabemos por qué; cuando vemos que alguien de nuestro entorno destaca en alguna cosa, comenzamos a mirar sus raíces familiares, lo que pudo o no pudo haber sido en su niñez o en su juventud, y ahora lo miramos a distancia, no terminamos de fiarnos, queremos como poner a prueba todo lo que hace o lo que dice.

Cuánto nos cuesta ir con mirada limpia, sin condicionamientos ni reservas al encuentro con los otros para quizás ponernos a trabajar juntos.

Un día, uno que luego seria un discípulo, cuando le hablan de Jesús, porque además no es de su pueblo se pregunta que si de Nazaret puede salir algo bueno. Pero es que no son solo los del pueblo de al lado, sino la misma gente de Nazaret es la que mira con lupa lo que Jesús dice y hace. Ha venido Jesús a su ciudad, nos dice el evangelista, va a la sinagoga el sábado, y como ya le precedía la fama de lo que había ido haciendo por otros lugares, ahora se adelanta a hacer la lectura de la Palabra. Todos le miran. Hay un orgullo porque es uno de ellos, allí en Nazaret se ha criado, allí están sus parientes, todos conocen a José el carpintero, su hijo está ahora en la sinagoga enseñando.

Pero esos primeros orgullos pronto se transformarán en desconfianzas; aquello de que lo conocen de siempre, les comienza a hacer que se pregunten que dónde ha aprendido tanto, de dónde le viene esa sabiduría, y aparecen los recelos en el corazón. No es precisamente la fe la que brilla en ellos. Además Jesús no está haciendo allí los milagros que esperaban que hiciera como en otras partes. ¿Han ido a ver al ‘mago’ de turno que les embelece con las maravillas que hace?

A Jesús le extraña también su falta de fe. Y de alguna manera se los recuerda. Están esperando a ver qué milagro va a realizar, pero no están abriendo el corazón al mensaje que Jesús quiere transmitirles. Hay prejuicios y desconfianza en sus corazones. Jesús no pudo hacer allí ningún milagro. Era importante la fe, como le había recordado a Jairo cuando caminaban hasta su casa por la niña que estaba enferma; fue importante la fe de aquella mujer que se contentó con tocar el manto de Jesús porque tenía la confianza plena de su curación.

Si no hay apertura a la fe no podemos descubrir las maravillas de Dios, no podremos ver más allá de lo que ven los ojos de la carne, como se suele decir no vemos más allá de la punta de nuestras narices, y no se han abierto los ojos del alma para sentir la presencia de Dios. Por eso no reconocieron a Jesús. Se quedó para ellos en que era el hijo del carpintero, de ahí no pasaron, y no descubrieron el misterio de Dios.

Y nosotros ¿hasta dónde llega nuestra fe?  ¿Estaremos también poniendo ante nuestros ojos, ante los ojos de nuestro corazón, esos filtros con los que tantas distinciones vamos haciendo en la vida en nuestras relaciones con los demás? ¿Seremos capaces de ver más allá? Nos hace falta algo para descubrir el misterio que se nos revela en los demás; cuando aprendamos a descubrir en positivo ese misterio del hombre o mujer que está a mi lado, podré llegar a descubrir también el misterio de Dios que se nos revela en Jesús.

miércoles, 23 de febrero de 2022

No nos creamos poseedores únicos de la verdad y seamos capaces de ver los rasgos de humanidad y de bondad que hay en lo que otras personas distintas a nosotros realizan

 


No nos creamos poseedores únicos de la verdad y seamos capaces de ver los rasgos de humanidad y de bondad que hay en lo que otras personas distintas a nosotros realizan

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40

Hemos de reconocer que nos estamos haciendo una sociedad muy llena de acritud. En todo vemos un contrincante, en todo vemos oposición o hacemos oposición. Qué difícil resulta ver a la gente colaborar cuando no son de la misma cuerda; y cuando digo de la misma cuerda me estoy refiriendo a los que sean mis amigos o de mi manera de pensar, a los que tienen un mismo perfil ideológico que el mío o tenemos los mismos ideales sobre la vida o la sociedad.


Nos cuesta aceptar que el que no piensa como yo pueda hacer algo bueno, o algo de lo que hace sea bueno; así vemos a los partidos políticos siempre enfrentados y echándose en cara algunas veces las mismas cosas que hacen, no aceptando que puedan estar en lo cierto en sus planteamientos porque ya de antemano no son mis planteamientos. Y eso lleva como consecuencia palabras duras, actitudes enfrentadas, violencia verbal que fácilmente es un caldo de cultivo de violencias más intensas que las palabras. Tengo ganas de encontrarme con alguien del matiz político que sea que acepte que lo que el otro hace o lo que hizo cuando tenía el poder en sus manos estuvo acertado.

Qué triste que no sepamos colaborar cada uno de sus propios planteamientos uniendo direcciones para hacer que las cosas salgan adelante. Nos creemos en exceso poseedores de la verdad, y la verdad mía parece que es lo único que vale. En el fondo en lo que estoy diciendo sabemos que nos referimos a muchos aspectos de la vida social o política de nuestra sociedad, pero que nos encontramos también en otros ambientes donde parecería que ese no podría ser el sentido del trabajo o de la vida; y ahora me estoy refiriendo también en el ámbito de los grupos cristianos y en muchos aspectos de la vida de la Iglesia, a la que muchas veces estamos politizando en demasía.

Dentro de nuestras parroquias los diferentes grupos en la vida religiosa andan muchas veces a las greñas, hay que reconocerlo, o vemos como en las pequeñas comunidades se crean grupos enfrentados que no logran el entendimiento que tendrían que tener. Con libertad de espíritu tengo que decirlo y reconocerlo, que ojalá esto pueda ayudar a muchos a que abran los ojos con una mirada nueva y con nuevas actitudes, porque algunas veces incluso en nuestros grupos cristianos nos puede faltar ese espíritu verdaderamente evangélico.

A todos nos conviene escuchar lo que hoy nos narra el evangelio. Algo muy sencillo y realizado incluso por algunos de los discípulos con muy buena voluntad y vienen a contárselo a Jesús con toda ingenuidad. ‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros’. Y vemos cómo Jesús les reprende. ‘No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Los que se creen poseedores únicos de la verdad... Nos puede pasar y con demasiada frecuencia. Hay tantas personas que hacen cosas buenas, que son generosas y comparten, que luchan por la justicia y hacen el bien, que se comprometen dedicando su tiempo y su trabajo a los demás, aunque en su corazón no hay principios religiosos sino meramente humanitarios y de altruismo. ¿Se lo vamos a impedir? ¿Por qué no lo valoramos y cooperamos con ellos también en lo que hacen? Son humanos y viven con humanidad, y esto es lo que el Señor quiere de nosotros también. A nosotros quizás nuestra fe nos pide dar un paso más, demos nosotros ese paso, pero seamos capaces de valorar los pasos buenos que también están dando los demás.

¿Por qué no pensar que esas cosas buenas, realícelas quien las realice, son también semilla del Reino de Dios? Como nos dice hoy Jesús ‘el que no está contra nosotros está a favor nuestro’. Ellos también dan señales del Reino de Dios en esos gestos humanos que realizan, colaboremos nosotros también con ellos. Quitemos esa acritud en la vida, sepamos valorar lo bueno que hacen los demás, continuemos construyendo a partir de esos buenos cimientos que otros hayan colocado. Así un día podremos ver un mundo mejor.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Cuando tenemos un corazón libre de maldad las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y haremos siempre resplandecer la luz

 

Cuando tenemos un corazón libre de maldad las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y haremos siempre resplandecer la luz

 Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

La generosidad de los buenos produce salpullidos en el corazón de los recelosos.  Hay gente que recela de todo, va por la vida siempre de desconfiado, siempre está sospechando de lo que hacen los demás sobre todo cuando ven personas generosas y buenas que quieren hacer el bien o simplemente vivir su vida de un forma honrada pero también con generosidad; parece que esas personas buenas molestan, y por eso ahí aparece enseguida el receloso de turno que siembra cizaña, que provoca sospechas, que quiere dejar como en interrogante las buenas intenciones de los que quieren ser buenos.

Qué distintas serían nuestras relaciones si supiéramos hacer desaparecer esos recelos y desconfianzas; si supiéramos apreciar lo bueno de los demás y valorar la generosidad de los que se preocupan por los otros. Andamos en la vida con demasiadas desconfianzas, no hay la suficiente sinceridad de corazón, y terminamos queriendo destruir lo bueno que hacen los demás.

Un mensaje en este sentido descubro yo hoy en la parábola que nos ofrece el evangelio. Las parábolas son comparaciones que nos presenta Jesús para hablarnos del Reino de Dios, del Reino de los cielos; quiere señalarnos esas actitudes buenas que debían de resplandecer en quienes queremos vivir el reino de Dios. Y creo que la parábola que hoy se nos ofrece eso es lo que quiere destacar.

Aquel hombre, propietario de unas viñas, que sale en distintas horas del día a buscar trabajadores para su viña; ha quedado desde el principio en que les ofrece un denario por el día trabajado. Al final del día cuando llega el momento de la paga todos reciben igualmente un denario, pero por allá aparecen los que protestan porque quieren comparar su trabajo que ha sido todo el día con los que han venido casi al final de la tarde y reciben la misma paga. Quieren poner en entredicho la generosidad de este propietario, que quizá ve y comprende la razón por la que algunos no habían conseguido trabajo durante el día y con los que quiere ser generoso pagando de la misma manera y con generosidad la misma cantidad. Pero los recelosos de turno no le perdonan la generosidad que hay en el corazón de aquel hombre y le interpelan.

Creo que por ahí va principalmente el mensaje de la parábola. Muchas veces nos hemos hecho muchas interpretaciones en referencia a que somos llamados a trabajar en la viña del Señor en distintas horas de nuestra vida y a cualquier hora que nos llame el Señor hemos de responder. Es cierto que podemos ver también ese mensaje. Pero cuando Jesús nos ofrece la parábola nos dice que el Reino de los cielos se parece a un propietario que salió a buscar trabajadores para su viña. Entonces en la actitud del propietario está el mensaje. Y al final precisamente se recalca la generosidad de este hombre, al que porque es generoso se le tiene envidia. Los recelosos en los que se les levantan salpullidos en el alma cuando ven la generosidad de los demás de la que ellos no son capaces.

Nos enseña, pues, a tener otra mirada en la vida, a saber ver con buenos ojos la bondad y generosidad de los demás, a valorar lo bueno que hacen los otros, a aprender a tener también nosotros un corazón generoso pero limpio de toda maldad para que no hagan mella en nosotros esos recelos y desconfianzas que tantas tratan de sembrar como mala cizaña en nuestros corazones. Que aprendamos a tener un corazón puro y generoso, un corazón limpio de maldad pero siempre lleno de amor; cuando tenemos un corazón así las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y así haremos siempre resplandecer la luz.

 

viernes, 20 de julio de 2018

Un mundo de entendimiento y no de exigencias, un mundo que construyamos juntos y que nunca destruyamos lo que los demás hacen, en el que desaparezcan las intransigencias



Un mundo de entendimiento y no de exigencias, un mundo que construyamos juntos y que nunca destruyamos lo que los demás hacen, en el que desaparezcan las intransigencias

Isaías 38,1-6.21-22.7-8; Sal.: Is. 38; Mateo 12,1-8

Las intransigencias no ayudan nada al crecimiento de la persona; ya sea en las posturas intransigentes que tomemos con los demás, ya sean incluso aquellos que están a nuestro cuidado, ya sea en nosotros mismos porque de alguna manera es como si nos encorsetaran o nos encorsetáramos a nosotros mismos.
No es difícil encontrarnos con posturas así en la vida en nuestras relaciones con los demás. Dicen que tienen sus principios o su visión de la vida y todo lo quieren reglamentar conforme a sus ideas queriendo imponérselo a los demás. Podríamos pensar en personas de un cierto tinte conservador que quieren mantener a toda costa su visión de las cosas que entienden que no pueden cambiar, pero es que en este mundo de libertades que ahora vivimos y donde tantos nos vienen diciendo que hay que cambiar todo pero conforme a sus ideas o maneras de plantear la vida también se vuelven intransigentes porque si las cosas no son de la manera nueva que ellos plantean, nada sirve, o quieren hacer desaparecer de la forma que sea a quienes tienen otras ideas o planteamientos.
La intransigencia nos puede venir por todos lados cuando queremos, no ofrecer, sino imponer nuestra manera de ver las cosas. Pensemos en cuanto de todo esto esta sucediendo en nuestra sociedad. Hoy se habla mucho de diálogo y de entendimientos pero para algunos no hay más dialogo que imponer sus pensamientos, sus ideas, la manera de hacer las cosas; si quieres ofrecerle otra visión ya no hay dialogo y ya todo se rompe. ¿Estaremos en verdad construyendo con la aportación de todos, o lo que vale es destruir sea como sea lo que no va con mis ideas? A veces parece que hay más un afán destructivo.
Cuando leo el evangelio y trato de reflexionar sobre él, intento trasponer de alguna manera aquellas situaciones que se nos reflejan en él en situaciones similares que de alguna manera estemos viviendo hoy. No es fácil muchas veces, pero es un intento de leer con nuevos ojos, a la luz del evangelio también, las situaciones que vivimos hoy.
Como decíamos en el evangelio vemos la intransigencia de los fariseos a la hora de cumplir con el descanso sabático. El hecho de que los discípulos al paso por un trigal arranquen unas espigas que estrujan en sus manos para comer sus granos, ya lo interpretan como el trabajo de la siega. Es sábado y no se puede realizar ningún trabajo; así se muestran intransigentes.
Jesús quiere darnos un sentido más liberador a lo que hacemos, también al culto que le demos al Señor. Dios siempre quiere el bien del hombre, y la gloria del Señor está en que hagamos que en verdad los hombres seamos más felices y en consecuencia seamos mejores. Serán los caminos del amor y de la misericordia los que hemos de transitar; es lo que tiene que prevalecer en el corazón. Y eso ha de llevarnos a entendernos y a comprendernos, a no volvernos ni recelosos ni intransigentes con los que caminan a nuestro lado sino siempre abrirnos a la comprensión y a la misericordia.
Nos exigiremos a nosotros mismos en nuestro crecimiento personal pero siempre hemos de tener el corazón lleno de ternura y de amor para quienes están a nuestro lado. Por eso siempre arrancaremos de nosotros sentimientos de desconfianzas, de recelos, de resentimientos, de orgullo y de amor propio, dispuestos siempre a la misericordia y al perdón porque es lo que cada día estamos recibiendo del Señor. Qué distinto seria nuestro mundo si llegáramos a esa capacidad de entendimiento y de armonía, de ser capaces de construir juntos para hacer que nuestro mundo sea mejor.

jueves, 12 de mayo de 2016

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Cuando ponemos gran empeño en sacar un proyecto adelante, un proyecto que consideramos de gran trascendencia para nosotros y para ese mundo nuevo que queremos construir, lo menos que desearíamos es que desde dentro, desde las personas que realizan ese proyecto se pusieran trabas o maquinásemos para destruirlo. Un encargo y un deseo sería que en verdad lo cuidáramos y no hiciéramos nada que pudiera ser obstáculo para llevarlo adelante. La experiencia de la vida nos dice cómo siempre encontraremos quienes están poniendo palos a las ruedas, desde las envidias, los orgullos, los recelos y en lugar de construir destruimos. Esto lo vemos claro en tantos hechos de la vida.
Son las recomendaciones y la oración que Jesús está haciendo por los discípulos, por el Reino de Dios que se está constituyendo, por la Iglesia que está naciendo. Es la oración por la unidad. ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Es importante esa unidad de todos los creyentes para que el mundo crea. Si nos ven divididos ¿cómo van a creer en la Palabra que les anunciamos?  Si nos ven desunidos mala imagen estamos dando del Reino de Dios.
Este tema de la unidad nos puede llevar a variadas consideraciones con muchas consecuencias en nuestra vida cristiana y en la vida de la Iglesia. Ya es un drama grande que a lo largo de los siglos se haya producido tantas rupturas y que teniendo todos una misma fe en Jesús nos etiquetemos con tan diversos nombres y hayamos creado esos abismos inmensos de separación y división. Damos gracias a Dios por los gestos de cercanía que se están dando en los últimos tiempos.
Pero yo quiero pensar ahora en nuestras propias comunidades parroquiales o en las comunidades religiosas. ¿Trabajaremos de verdad para que haya esa verdadera comunión y unidad en el día a día de nuestras comunidades? Bien sabemos de los recelos y desconfianzas que muchas veces aparecen. Mucho daría que pensar, porque lo triste sería que fuéramos nosotros los propios cristianos los que desde dentro estuviéramos frenando el avance de la Iglesia. Nos pide Jesús que vivamos unidos, que no nos destruyamos. Con el corazón en la mano nos lo esta pidiendo Jesús. 

viernes, 2 de agosto de 2013

Los prejuicios nos impiden una aceptación sincera de los demás

Lev. 23, 1.4-11.15-16.27.34-37; Sal. 80; Mt. 13, 54-58
Muchas veces en la vida nos dejamos influenciar por ideas preconcebidas, prejuicios, que nosotros mismos nos hayamos hecho sobre las personas o los aconteceres de nuestro alrededor o también influenciados por la opinión de otros o las presiones que desde determinados lugares de poder (así podríamos decir de manera suave) nos puedan estar realizando.
Nos cuesta ser imparciales y objetivos, o tener justos criterios de juicio sin dejarnos influenciar para llegar a una opinión lo más justa posible. Es lo que dice o piensa todo el mundo y ya no nos molestar en analizar si es verdadero; salió en determinado medio de comunicación y ya se toma como una verdad absoluta; hacia aquella persona porque no es de mi misma opinión o no me cae bien en algún aspecto, ya tenemos nuestros prejuicios bien determinados y diga lo que diga o haga lo que haga ya siempre será tal o cual, por no poner aquí ningún epíteto.
En la vida social, en la política, en los enfrentamientos que pueden surgir entre vecinos o en las propias familias, porque lo dice fulanito o porque un día hizo algo que no nos agradó, vamos marcando a la gente y no somos capaces de aceptarnos y ya nunca veremos nada positivo en lo que haga o en lo que diga. Qué difícil, pienso, es que podamos con esas determinaciones construir entre todos el edificio de nuestra sociedad en el que a la larga todo tenemos que estar bajo el mismo techo, todos tenemos que convivir. Así nos va, que no terminamos de dar pasos verdaderos hacia adelante.
Me hago esta reflexión que creo que nos puede ayudar a pensar un poco en qué es lo que hacemos de nuestra sociedad y nuestro mundo, mirando por una parte esa realidad de nuestras relaciones mutuas y nuestra convivencia de cada día, pero escuchando al mismo el evangelio que se nos proclama en este día que nos habla de las reacciones de la gente de Nazaret ante la presencia y el actuar de Jesús.
Hacemos una lectura de este evangelio recordando en paralelo lo que de este mismo episodio nos narra san Lucas. Recordamos que fue cuando Jesús leyó aquel texto de Isaías que fue como su discurso programático al inicio de su vida pública. En principio parecen reacciones positivas de admiración ante la sabiduría de Jesús y el poder que manifiesta pues a sus oídos han llegado ya noticias de sus milagros. Pero es solo un primer momento, porque pronto comenzarán a recordar que si es el hijo del carpintero, que si allí están sus parientes, que de donde saca todos esos saberes y poderes, porque a El lo han visto desde niño allí entre ellos.
Los prejuicios porque de donde ha aprendido todas esas cosas, las pretendidas manipulaciones porque querrán presentarse con orgullo ante los pueblos vecinos como que tienen entre ellos alguien muy poderoso, los recelos y las desconfianzas. Terminará diciendo el evangelista que Jesús allí no hizo milagros por su falta de fe. El reconocimiento de lo que Jesús hacía no les sirvió para despertar su vida. Grandes eran los recelos, desconfianzas, los intentos incluso de manipulación podríamos ver en el fondo.
Qué parecido a lo que decíamos al principio de nuestra reflexión sobre lo que sigue sucediendo hoy entre nosotros y cuantas consecuencias tendríamos que sacar para nosotros. Cuantas consecuencias en el camino de nuestra fe, de nuestra manera de acercarnos a Jesús. A El tenemos que acercarnos con fe pura y limpia; hasta Jesús tenemos que llegar siempre con corazón bien abierto para que llegue a nosotros todo lo que es la novedad de la vida nueva de la gracia que El quiere regalarnos.
No podemos acercarnos a Jesús desde intereses torcidos ni desde prejuicios predeterminados; no podemos ir a Jesús para que nos diga simplemente lo que nos agrade a nuestros oídos, sino con la sinceridad de un corazón humilde que se deje interpelar por la palabra y la presencia de Jesús.
Y de la misma manera en nuestra relación con los demás; alejemos de nosotros prejuicios hacia las otras personas; cuantos juicios injustos de desconfianza, de condena incluso, nos hacemos en nuestro interior cuando nos acercamos así prevenidos contra los demás y que algunas veces manifestamos externamente con nuestras actitudes y posturas y hasta con nuestras palabras descalificatorias hacia los demás.
Qué difícil una convivencia sana y constructiva cuando llevamos en nuestro interior esas posturas. Qué difícil construir una sociedad mejor para todos cuando tenemos esa desconfianza en el corazón hacia los otros y en lugar de aprovechar todo lo bueno, destruimos con nuestras descalificaciones y nuestros enfrentamientos irracionales.

Mucho nos hace pensar este evangelio, si queremos recibirlo como una buena nueva de gracia de Jesús para nuestra vida.

martes, 16 de octubre de 2012


No nos contentemos con limpiar la copa y el plato sólo por fuera

Gál. 5, 1-6; Sal. 118; Lc. 11, 37-41
‘El fariseo se sorprendió al ver que Jesús no se lavaba las manos antes de comer’. Había invitado a Jesús a comer y éste había entrado y se había sentado a la mesa sin hacer las abluciones rituales que tenían por norma ya lo que los fariseos le daban mucha importancia.
Allí estaba el fariseo observando lo que hacia Jesús y juzgando en su interior. Ya conocemos cuáles eran sus rigorismos en este sentido. Pero también sus juicios y sospechas desde su puritanismo tan riguroso.
Pero Jesús conoce el corazón del hombre y lo que valora Jesús es lo que tenemos en nuestro interior. No son observancias externas vacías de contenido lo que hay que valorar y donde hemos de poner nuestra salvación. La salvación nos viene de Dios y nuestra respuesta no se puede quedar en meros formulismos ni en posturas rituales. La respuesta tiene que surgir desde la sinceridad del corazón y desde nuestro obrar con rectitud.
Es el camino que Jesús repetidamente nos enseñará y la ocasión es propicia para recordarnos cómo aunque aparentemente por fuera conservemos las formas, por así decirlo, sin embargo muchas veces tenemos el corazón lleno de maldad. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’.
Y lo que hemos de tener limpio de toda maldad es el interior del corazón del hombre. Es ahí donde tenemos que examinarnos, revisarnos continuamente. Cuesta, porque tratamos de ocultar esos malos deseos, no queremos dejar traslucir la maldad que tantas veces se nos mete en el corazón. Tenemos la tentación de dar una apariencia de buenos, pero tenemos que serlo de verdad. Por eso hemos de poner amor verdadero en nuestro corazón, porque si amamos de verdad a los demás nunca querremos lo  malo para los otros.
‘Los limpios de corazón verán a Dios’, es una de las bienaventuranzas que Jesús nos proclama en el sermón del monte. Por eso quitemos toda malicia, desconfianza, recelos, resentimientos, envidias. Ni en lo más oculto permitamos que esas posturas o actitudes se nos metan por dentro. Pidámosle al Señor que nos dé esa pureza interior. Seamos capaces de pensar siempre bien de los demás. Nunca deseemos lo malo a nadie por mucho mal que nos hayan podido hacer. Demos por supuesto siempre lo bueno y vayamos con el corazón y los brazos abiertos hacia los demás.
No nos contentemos con limpiar la copa y el plato sólo por fuera. Limpiemos el interior. Que nuestro corazón esté siempre limpio de toda  malicia. Si fuéramos capaces de ir por la vida con esos buenos deseos e intenciones cuántos problemas nos evitaríamos, cómo aprenderíamos a aceptarnos, y cómo lograríamos hacer más felices a los demás. Estaríamos realizando en verdad los valores del Reino de Dios.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Exigentes con nosotros mismos para poner nuestros valores al servicio de los demás
1Cor.1, 26-31; Sal. 32; Mt. 25, 14-30

Cuando no somos capaces de dar la talla de lo que se espera de nosotros, pudiendo darla, siempre tendremos o buscamos alguna disculpa que nos justifique. Porque quizá no somos exigentes con nosotros mismos para hacer lo que tenemos que hacer, nos es fácil decirle a los demás que ellos son los exigentes porque nos hacen ver que no estamos dando todo lo que podríamos dar.

Eso nos hace actuar con recelos, con miedos, con temores y desconfianzas, lo que nos anula aún más, y fácilmente pueden aflorar las envidias y rivalidades hacia los demás porque ellos sí son capaces de responder a las responsabilidades que se les han confiado. Y ya sabemos que cuando afloran las envidias nos podemos volver realmente destructores con los demás.

Tratando de leer con detenimiento y reflexionando un poquito sobre la parábola que hoy nos ha propuesto el evangelio, un poco de todo eso me parece ver en aquel a quien se le había confiado un talento y lleno de temores y desconfianzas lo enterró para no perderlo porque temía las exigencias de su amo. Sin embargo no supo ser exigente consigo mismo para salir de esa desconfianza que tenía en sí mismo quizá, o también de la abulia y pereza con que actuaba que no le hizo negociar o trabajar aquel talento que le había confiado.

Ya hemos escuchado el relato de la parábola que hemos meditado muchas veces. El hombre que marchaba de viaje y dejaba a sus empleados su bienes para que los administrasen en su ausencia. ‘A uno le dejo cinco talentos, a otro dos, y a otro uno, cada cual según su capacidad’. Ya hemos visto como dos de ellos sí supieron negociar aquellos talentos, pero el otro lleno de miedo y, como decíamos, de desconfianza en si mismo no fue capaz de hacerlos producir. Cada uno según su capacidad tenía que hacerlos producir. Es cierto que no todos tenemos las mismas cualidades, pero en cada uno de nosotros siempre hay unos valores que tenemos que saber desarrollar.

Nunca tenemos por que acomplejarnos ni sentirnos en inferioridad, sino que cada uno hemos de saber desempañar esas responsabilidades que se nos han confiado. Con muchos complejos vivimos muchas veces en la vida y no sacamos a flote todo lo que somos capaces. Ya hemos comentado en días anteriores que cada uno ha de examinarse a sí mismo para conocerse de verdad y conocer sus cualidades y valores.

Como decíamos antes los recelos y las envidias son malos consejeros en la vida porque a la larga nos hundirán cada vez más y al final también terminaremos haciendo daño a los que están a nuestro lado. Y eso en cualquier etapa o en cualquier estado de la vida. Siempre hay algo bueno que nosotros podemos aportar a los demás, con lo que podemos colaborar para hacer que nuestro mundo sea mejor y también para hacer más felices a los que están a nuestro lado. Y haciendo felices a los otros seremos nosotros mucho más felices.

Como siempre cuando escuchamos y reflexionamos sobre el evangelio podemos hacer concordancias con otros textos que nos ayudan con su mensaje. Recordemos cómo Jesús valoró los dos reales que puso la viuda en el cepillo del templo, o cómo nos dice que si no sabemos ser fieles en lo pequeño no sabremos serlo en lo grande. El grano que se siempre para que produzca mucho fruto es una pequeña e insignificante semilla, como pueda ser el grano de trigo o el grano de mostaza, como nos enseña Jesús en las parábolas. Lo pequeño se hace grande. Lo que hacemos con amor aunque nos parezca insignificante puede ser semilla que transforme nuestro mundo.

No enterremos nuestro talento. No actuemos con desconfianza ni hacia los demás ni con nosotros mismos. Seamos exigentes con nosotros para que siempre actuemos con responsabilidad y seamos capaces de poner todos nuestros dones en beneficio también de los demás.