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sábado, 7 de marzo de 2026

Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

 


Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; 15, 1-3. 11-32

¿A quien no le ha sucedido que cuando comete un error, cuando hace algo que tiene conciencia de que está mal lo que en cierto modo siente es la cara que se le cae de vergüenza cuando tiene que presentarse ante los demás por lo que ha hecho y las represalias o castigos que pueda recibir? Somos humanos y no siempre sabemos valorar la exquisitez del perdón; somos humanos y de la misma manera que nos queda la cicatriz en el alma por aquello que alguien nos ha hecho y parece que siempre lo vamos a estar recordando manteniendo nuestras reticencias y de alguna manera buscando la revancha o el castigo que le podamos infligir a quien nos ha herido, así pensamos del sentido del perdón que podamos recibir.

El evangelio y toda la palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a desmontar esas ideas preconcebidas que nosotros podamos tener. Así nos lo decía el profeta Miqueas. ‘¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas…’ Es un texto, es cierto, del Antiguo Testamento, pero que resonancias nos trae de lo que Jesús nos viene a enseñar en el evangelio.

Hoy se nos presenta la parábola que llamamos habitualmente del ‘hijo pródigo’, aunque por una parte tendríamos que decir de los ‘dos hijos pródigos’ pues no solo hace referencia al que se fue de casa, sino que el otro aunque seguía viviendo bajo el mismo techo también era un ‘hijo pródigo’ bien alejado de su padre; sin embargo siempre al comentar esta parábola  decimos que más bien tendría que llamarse del ‘Padre misericordioso’ que es el verdadero protagonista de amor de la parábola.

Un reflejo por una parte de lo que es nuestra vida o de cómo termina cuando buscamos libertades que al final terminan esclavizándonos. Quería ser libre, liberarse de estar bajo el dominio, digamos así, de su padre, quería vivir la vida a su manera y al final sintió el peor vacío en sí mismo que jamás pudiera imaginar. Pero no solo el que marchó de casa, sino también en aquel que pareciendo sumiso sin embargo también tenía el corazón muy lejos de aquella misma casa y que sin embargo bien le costó reconocer.

Hay vacíos que cuando no sabemos llenar en la superficialidad de lo material o de los placeres al final nos hacen recapacitar y desear el camino donde podamos encontrar lo que de verdad llene nuestro espíritu. Era el recuerdo del hogar, de aquella vida que tanto le había costado aceptar y que le había llevado a tantas rupturas, era el deseo de volver a encontrarse bajo el paraguas del amor del padre, aunque sintiera que no lo mereciera, que las cosas no podían ser como antes, y que al menos deseaba un puesto, aunque fuera en el último lugar, de aquel hogar. ‘Trátame al menos como a uno de tus jornaleros’ era lo que quería pedir a su padre, pues no se consideraba digno de su perdón.

Aquí se nos está mostrando la maravilla del rostro de misericordia de nuestro Dios. ¿No nos había dicho Jesús en más de una ocasión que fuéramos compasivos y misericordiosos como lo es Dios siempre compasivo y misericordioso? Si el hijo que había marchado ahora daba pasos de vuelta a la casa del padre, era aquel padre el que salía corriendo a su encuentro para devolverle toda su condición de hijo amado. Revestido de nuevo con el traje de fiesta de los hijos, con anillo de la dignidad recuperada en sus manos y con nuevas sandalias en sus pies para no tener los mismos tropiezos era recibido con fiesta por su padre porque el hijo perdido se había encontrado y para él estaba preparado el gran banquete con el mejor ternero cebado.

Así es el corazón de Dios que sale a nuestro encuentro y nos busca como aquel padre con sus dos hijos pródigos. Y Dios nos dice que todo lo suyo es nuestro porque hemos recuperado la dignidad de hijos y si somos hijos somos herederos y coherederos de su gloria. Es el camino de dejarnos encontrar por la misericordia de Dios que hemos de saber emprender; pero es el camino del que también tenemos que saber ir dejando huellas porque con esa misma compasión y comprensión nosotros hemos de saber tratar a los demás. Es la confianza de sabernos perdonados pero es también la alegría que con que sabemos nosotros ofrecer el rico regalo de perdón a los demás.

¿Será esto una buena noticia de salvación para nosotros que hará nacer en nosotros una vida nueva?


domingo, 30 de marzo de 2025

Sepamos buscar los hilos del amor y la compasión que van a tejer ese reencuentro que todos necesitamos en nosotros mismos, con los que nos rodean y con Dios

 



Sepamos buscar los hilos del amor y la compasión que van a tejer ese reencuentro que todos necesitamos en nosotros mismos, con los que nos rodean y con Dios

 Josué 5, 9a. 10-12; Salmo 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32

Los reencuentros suelen ser costosos, claro que dependiendo de las actitudes que mantengan las partes del reencuentro. Digo reencuentro que es volver a encontrarse cuando por algún motivo se habían rotos los hilos que nos mantenían unidos desde aquel primer encuentro; se hace difícil encontrar de nuevo esos hilos que nos mantenían unidos, quizás porque quien produjo la ruptura ahora siente las culpabilidades, se ve abrumado por su peso, se ve avergonzado y no sabe como salir de esa situación y levantarse; quizás aparece la desconfianza porque no sabe como lo van a recibir, la acogida que va a tener, y se le hace difícil dar los pasos; además porque reconocer los errores no es fácil, nos mantenemos quizás en una actitud de quien siempre tiene la razón y serán los demás los culpables; la actitud del que acoge también es importante, porque por el hecho de sentirnos heridos no tenemos razón para seguir manteniendo las distancias, hacer nuestras reservas o poner nuestras condiciones.

Qué difícil se hace el diálogo en nuestra sociedad para conseguir la paz, lo estamos viendo cada día, en situaciones que nos suceden a nuestro lado, o en los grandes conflictos que está sufriendo nuestro mundo; siempre están por medio las condiciones que ponen las partes de las que no se quieren apartar con sus orgullos heridos, con su prepotencia que se vuelve dañina y con la ambición que motiva todos nuestros movimientos. Los diálogos en busca de la paz se han interminables y siguen sin encontrarse los hilos que nos pueden unir de nuevo en ese reencuentro de paz.

Es de lo que viene a hablarnos hoy el evangelio. Es más que conocida la parábola que nos propone Jesús y muchas reflexiones nos hemos hecho muchas veces sobre ella. Un padre con dos hijos; el hijo mejor que marcha de la casa del padre viviendo de mala manera con la herencia que le había pedido a su padre; el hermano mayor que permanece en la casa. La vuelta y el reencuentro se hacen difíciles. El que ha marchado lejos se ve una situación desastroso y arrepentido quiere volver a la casa del padre.

Pero, ¿cómo restaurar aquellos hilos que se habían roto? La desconfianza de cómo sería recibido corroe su corazón, pero tiene la valentía de levantarse, no temiendo las condiciones que le pudieran imponer, pero quiere estar aunque sea como un jornalero en la casa del padre. Pero la actitud del padre es distinta de lo que puede imaginar, porque será el padre el que correrá al encuentro del hijo que temeroso se acerca a la casa. Para el padre los hilos no están rotos, porque en el corazón del padre no ha faltado el amor y la esperanza en la vuelta del hijo perdido que ahora lo siente renacido. Desde esos valores y principios del padre es normal la fiesta de la acogida. No son necesarias muchas palabras aunque el hijo las llevase preparada sino van a estar los gestos de la acogida que con los gestos del amor y de fiesta en el reencuentro.

Pero difícil va a ser el reencuentro de los hermanos porque el niño prodigio que se quedó en casa sí pone condiciones, si crea distancias, si presenta resentimientos, si abona exigencias. Cuando al oír la música de la fiesta se entera de la vuelta del hermano, no quiere entrar aunque el padre venga a buscarlo. Y como decíamos aparece la lista de los reclamos, la lista de las cosas que mantenían su corazón más que enfermo muerto porque no sabe amar.

¿No nos parecemos muchas veces más a este hijo prodigio que al hijo pródigo en que siempre nos fijamos? Cuantas prevenciones tenemos nosotros para con los demás. Ya nos dice el evangelista que Jesús por aquella actitud que tenían los fariseos y los escribas contra Jesús porque comía con publicanos y pecadores es por lo que nos propone la parábola. Una postura como la del hijo mayor que no quiere mezclarse con su hermano porque es un pecador. Esas barreras que nos seguimos poniendo los unos y los otros en la vida, esas distancias que mantenemos porque no nos vamos a mezclar con todo el mundo, ese pasar sin mirar a la cara al lado del que nos está tendiendo la mano para pedirnos una ayuda, esos círculos cerrados que nos creamos donde estamos los que nos creemos los buenos y los que hacen muchas cosas por los demás.

Son esas cosas que llevamos en el corazón y nos enferman por dentro; son esas actitudes que contemplamos en la sociedad que se convierte en una sociedad enferma; esas cosas que podemos encontrar también entre nosotros en nuestras comunidades de iglesia que también nos creamos nuestras estancias estancas; son esas condiciones que ponemos para aceptarnos mutuamente, para recibir al emigrante o para acoger a los que hayan cometido errores en la vida que siempre serán para nosotros unos malditos.

Miremos al padre, su corazón lleno de compasión y de misericordia, rebosante de amor; vayamos con confianza, pero aprendamos a ir con los mismos sentimientos hacia los demás; transformemos nuestro corazón para encontrar esos hilos del amor que siempre nos mantendrán unidos y nos harán sentir la verdadera alegría del reencuentro y de la paz.

sábado, 22 de marzo de 2025

Una nueva y distinta dimensión de nuestras relaciones con los demás porque estamos queriendo entrar en la dimensión del amor que todo lo transforma

 


Una nueva y distinta dimensión de nuestras relaciones con los demás porque estamos queriendo entrar en la dimensión del amor que todo lo transforma

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Hay dichos y refranes que nos trasmitimos unos a otros y que decimos que reflejan una sabiduría popular y que pueden ser pauta para decisiones o formas que tengamos de ver la vida. Es cierto, son formas de ver la vida, pero que no siempre tenemos que tragarnos como cosas absolutas sino que tenemos que analizar, descubrir su verdadero sentido desde unos criterios y unos valores que tengamos con los que muchas veces puedan chocar. Siempre hemos de tener ojo crítico que nos lleve a reflexionar y cribar todas esas cosas que de un lado o de otro nos llegan.

Habremos oído en más de una ocasión aquello de ‘dime con quien andas y te diré quien eres’. Seguramente fueron consejos de buena voluntad que pudimos recibir incluso de nuestros educadores, para prevenirnos de malas compañías que podrían arrastrarnos en la debilidad de nuestro carácter por caminos no siempre convenientes. Cuando hoy escucho el evangelio, sobre todo ese primer cuadro que se nos ofrece, ese podría ser el criterio de aquellos fariseos y escribas que se están fijando en que Jesús come con los publicanos y con aquellos que ellos llamaban pecadores. De alguna manera querían meter en el mismo saco, como se suelo decir, también a Jesús y sus discípulos.

Esto da pie a una parábola de Jesús con la que nos viene a decir si acaso nosotros nos atrevemos a corregir las actitudes, digámoslo así, que Dios tiene con nosotros. Era en cierto modo enmendarle la plana a Dios que a todos nos ama, y que también ama a aquellos que nosotros decimos pecadores, como nos ama a nosotros que pecadores también somos.

Un padre y dos hijos, nos dice la parábola. Dos hijos con caminos distintos, porque el menor le exige en vida a su padre la herencia y se marcha a disfrutar de la vida; el mayor se queda en casa, aparentemente más obediente, pero pronto veremos luego que su corazón no está tan limpio. Y si el menor un día se dio cuenta de que había perdido la paz de su corazón cuando se había alejado de su padre y ahora deseaba acercarse para estar a su lado aunque simplemente lo consideraran como un jornalero, el mayor seguía guardando en su corazón resentimientos y mal querencias, primero porque no quería reunirse de nuevo con su hermano, y también porque hacia su padre no era tanto el amor que sentía con sus resentimientos por no tener lo que él quería.

Pero allí está el amor del padre que no faltará nunca. Su hijo se ha marchado, pero no lo ha sacado de su corazón; habrá malgastado todo lo que su padre le había dado que era mucho más que lo material de una herencia, pero el padre estará siempre esperando su vuelta de manera que cuando tímidamente y con temor el hijo parece acercarse, será el padre el que corra a su encuentro porque es el hijo que ha vuelto, es el hijo que estaba muerto pero que ha vuelto a la vida, como saldrá también en búsqueda del hijo mayor que ahora quiere quedarse fuera porque no quiere mezclarse en la fiesta de la vuelta de su hermano.

El amor del padre los envuelve a los dos, como el amor de Dios nos envuelve a todos. ¿Le vamos a decir al padre que no ame a sus hijos? ¿Le vamos a decir que no los deje entrar en casa porque vienen envueltos en la miseria del abandono en que se han metido? ¿Le vamos a decir que no les ame porque no se lo merecen?

Nos retrata, es cierto, Jesús en la parábola, pero los protagonistas no somos nosotros; el retrato más hermoso que Jesús nos está haciendo es el de Dios que es nuestro Padre y nos ama siempre. Es el retrato del corazón de Dios que tenemos que saber reflejar en nuestro corazón.

Así nos sentimos amados de Dios, que nosotros también somos pecadores; pero así tenemos nosotros que comenzar a amar, y amar es acercarnos también a aquel que ha errado en los caminos de su vida, amar es tratar de llevar luz con nuestro amor donde nos parece que todo son sombras, amar es poner comprensión en la vida sabiendo mirar con el corazón, amar es estar cerca del otro para decirle una buena palabra que le ilumine, para que nuestros gestos y nuestra cercanía despierten en él nuevos sentimientos y nuevos deseos, es amar no es temer mancharnos en el fango que podamos encontrar alrededor si con nuestra mano podemos sacar a alguien de ese pozo para que encuentre de nuevo la vida, amar no es huir de la manzana podría porque podría contagiarnos sino con la salud de nuestro amor transformarla para hacerla una manzana buena.

Es una nueva y distinta dimensión de nuestras relaciones con los demás porque estamos queriendo entrar en la dimensión del amor que todo lo transforma. Sintámonos fuertes en ese amor.

sábado, 2 de marzo de 2024

Aprendamos a descubrir un nuevo rostro misericordioso de Dios, a mirarnos con humildad y esperanza de poder ser mejores y despertar nuevas actitudes hacia los demás

 


Aprendamos a descubrir un nuevo rostro misericordioso de Dios, a mirarnos con humildad y esperanza de poder ser mejores y despertar nuevas actitudes hacia los demás

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Que aspiremos a cosas mejores no podemos decir que es malo, pues siempre tendría que haber en nosotros un deseo de superación y de crecimiento, lo que nos haría buscar lo que sea mejor; que mejoren nuestras condiciones de trabajo entra dentro de las normales y justas reivindicaciones en cualquier situación laboral; de entrada no podemos juzgar a quien no se encuentre a gusto en un sitio y quiera cambiar, eso está dentro de nuestras inquietudes humanas que es lo que nos lleva también a una mejora en las relaciones entre unos y otros e incluso a un desarrollo de nuestro mundo y en consecuencia también de nosotros mismos. Siempre andamos inquietos, parece lo normal de la vida.

Hoy se nos presenta una parábola en el evangelio en la que se nos comienza hablando de un hijo que lo tenía todo en casa de su padre, pero que un día decide romper; no se encuentra satisfecho, aspira para su vida otra cosa y parece como que se siente coartado en el hecho de estar bajo la autoridad del padre. Quiere hacer una renuncia a todo, pero comienza con exigencias que le llevan a una ruptura y a hacer que su vida se deslice por una pendiente muy resbaladiza que le lleva finalmente a malgastar cuanto ha recibido de herencia familiar y vivir de mala manera.

No escogió buen camino ni buenas formas para emprender su nueva vida que al final se convirtió en un infierno para él. Las rupturas violentas son muy dañinas porque nos dejan muchas huellas y malos recuerdos en el alma.

Y mientras estaba en aquel infierno de carencias y necesidades, se dio cuenta de la gran carencia de su vida pero no quería reconocerlo. Aunque pueda parecer lo contrario cuando añora los tiempos de trabajo junto a su padre está añorando un cariño que ahora le falta y le parece imposible recuperar.

Cuántas veces cuando nos vemos hundidos nos parece imposible que podamos recuperar aquello que habíamos tenido y que perdimos. Cuántas veces nos cuesta dar el paso para reconocer nuestros vacíos, nuestras soledades, la basura que hemos echado sobre nosotros mismos y nos cuesta sacudirnos de esos miedos para dar un paso adelante. A lo más vamos a ver si hacemos algunos arreglos y con el disimulo de unas cosas queremos comenzar de nuevo.

Pero había un padre que estaba esperando; había quien, a pesar de todo el dolor del corazón, seguía esperando y quería seguir confiando; había un padre que no había perdido la sensibilidad del alma y era capaz de sintonizar la presencia de un hijo que volvía aunque se tratara de disimular. Allí está el padre que ve de lejos, allí el padre que siente la presencia aunque nos parezca que nos queremos introducir por la puerta de atrás pero que sin embargo nos hacemos sentir; allí está el padre que no sabe de resentimientos ni echará nunca en cara porque el que vuelve siempre es el hijo aunque antes le hubiéramos dado por perdido; allí está el padre que no solo está esperando al hijo que viene de lejos sino que sale también en búsqueda del que aparentemente aún está en la casa, pero que sin embargo también en sus resentimientos había puesto grandes abismos de por medio.

Esta parábola que hoy nos propone Jesús cuya primera finalidad es hablarnos del amor de Dios siempre misericordioso que siempre nos busca, no le importa bajar a nuestro lado aunque parezca que puede manchar la blancura intachable de su amor – no le importa a Jesús mezclarse con prostitutas y pecadores porque es el médico que viene a sanar a los que están heridos -, y que siempre estará con los brazos bien abiertos para recibirnos como  hijos a pesar de que seamos tan pecadores porque para nosotros siempre tendrá una túnica nueva pura y blanca con la que revestirnos de nuevo.

Pero esta parábola puede decirnos mucho más. Siempre podemos volver a Dios, siempre podemos reemprender de nuevo del camino que nos haga encontrar la salud para nuestro espíritu, siempre podremos levantarnos de nuestros infiernos y de nuestras postraciones porque podemos tener la esperanza de un padre bueno que nos está esperando con los brazos abiertos. Grande es la misericordia del Señor.

Pero la parábola nos enseña también actitudes nuevas que nosotros hemos de tener con los demás. Ya sabemos que la motivación de la parábola fueron aquellos que criticaban y juzgaban la actitud de Jesús que buscaba a los pecadores.

Algunas veces nosotros somos así también, porque no terminamos de mirarnos con sinceridad a nosotros mismos, con nuestros juicios y condenas, con los abismos que vamos creando en la vida con tantos a nuestro alrededor, de las discriminaciones que seguimos haciendo porque aquel no me parece bueno, porque el otro quizás un día hizo algo que no me gusto, porque quizás el que estaba a mi lado se separó de mí y yo no soy capaz de dar un paso para acercarme a él para que no vuelva a haber esa distancia.

Unas actitudes nuevas, una nueva forma de mirar, una nueva prontitud para acercarme al otro sea quien sea. Muchas cosas nuevas también tendrían que haber en mí. Es algo en lo que yo también tengo que aspirar a ser mejor.


sábado, 11 de marzo de 2023

Un retrato de un camino de retorno en el que nuestros pasos van a ser siempre ayudados por el abrazo del amor del Padre

 


Un retrato de un camino de retorno en el que nuestros pasos van a ser siempre ayudados por el abrazo del amor del Padre

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Muchos somos los pródigos que andamos por la vida sin saber lo que es el verdadero amor y con los corazones resecos, que más bien parecen estar llenos de cardos que hacen daño a quien se atreve a acercarse a él.

Pródigos porque escogimos andar nuestros caminos porque ansiábamos la libertad pero cuando nos separamos de la casa del padre sentimos la más amarga de las soledades con el corazón roto en mil pedazos hasta no llegar a decidirse por la vuelta a la casa del padre donde verdad se encontrará la verdadera reconstrucción del corazón; pero pródigos cuando vamos por la vida con el corazón lleno de aristas, donde pronto aparecerán los descontentos y las desconfianzas, los resentimientos pero también los endiosamientos cuando nos creemos por encima, cuando nos creemos cumplidores, cuando mantenemos la queja en el corazón porque aun no se ha descubierto que tenemos que buscar lo que nos une antes de poner distancias y abismos que cada vez nos separarán más.

Podemos irnos de la casa del padre, pero podemos también físicamente cerca, y en ambos casos ponemos distanciamientos que crean brechas muchas veces difíciles de reparar. El que físicamente se marchó lejos, pronto sintió la soledad y el abandono, porque en lo que creía que iba a encontrar la felicidad, lo que terminó por hacerle es romperle el corazón y los deseos de vivir. Su vida ya no era vida, de tal manera que deseaba comer la comida de los cerdos, lo que significa la indignidad en la que cae la persona.

El que se quedó pero poniendo distancias aunque ahora tenía a su mano un banquete que había preparado el padre por la vuelta del hermano, no querrá participar en aquel banquete ni en aquella fiesta, porque su orgullo lo  había atragantado perdiendo también el verdadero sentido de la vida.

Los orgullos crean más cerrazones en el espíritu que otras miserias en que podamos enfangarnos. Por eso el que se había ido lejos fue humildad para reconocer por qué había llegado aquella situación y su deseo era estar de nuevo al lado del padre aunque él no se supiera merecedor. Volveré a la casa de mi padre y le diré, Padre he pecado contra el cielo y contra ti. Para él había una túnica nueva, un traje de fiesta que volver a vestir, para él había de nuevo el anillo que le devolvió la dignidad, para él había un banquete de fiesta porque en fin de cuentas finalmente había optado por la vida y el padre se alegraba porque había recobrado vivo a aquel hijo que le parecía muerto.

Los orgullos ponen barreras a los pasos que tendríamos que dar; el orgullo nos impedirá reconocer incluso al hermano y lo que es la dignidad de cada persona sea cual sea el estado en que se encuentre; el orgullo nos volverá en contra de aquello o de aquellos a los que más amamos o tendríamos que amar, porque ya no sabremos entrar en la onda del amor. El padre quiere que participe de aquel banquete, de aquella alegría y aquella fiesta, pero el corazón sigue enfermo y mientras no se sane el corazón no llegaremos a tener la grandeza de espíritu que nos haga reconocer nuestros errores y nos haga valorar a los que están a nuestro sean quienes sean, porque siempre serán unos hermanos.

Qué tremendo retrato nos está haciendo la parábola, sí, de nosotros y de nuestra situación. Quiere abrir caminos para nuestros pasos de retorno y de reencuentro. Y es que por el contra tenemos el más hermoso retrato de Dios. Es el Padre que nos ama y nos espera, es el padre que nos restituye siempre nuestra dignidad y nuestra grandeza, es el padre que sale también a la puerta y al camino, allí donde nos hemos marchado o donde nos hemos quedado paralizados, porque los últimos pasos siempre podemos darlos empujados y levantados por el abrazo de su amor.

domingo, 11 de septiembre de 2022

Con las palabras de Jesús nos sentimos reconfortados interiormente y regalados con su amor, podemos siempre esperar su perdón, que también hemos de ofrecer a los demás

 


Con las palabras de Jesús nos sentimos reconfortados interiormente y regalados con su amor, podemos siempre esperar su perdón, que también hemos de ofrecer a los demás

Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32

Todos más o menos tenemos la experiencia de encontrarnos en nuestro entorno con esas personas que les decimos que son unos desgraciados, unos perdidos; los vicios, el alcohol, ahora la droga, los juegos de azar, la mala cabeza para saber salir adelante, los problemas que se les acumulan, les hace que ahora se vean envueltos en una vida de pena.

Nuestro juicio hacia esas personas no suele ser muy favorable, sentimos cierta repulsa, no querríamos vernos envueltos en una situación así, y de alguna manera los evitamos, no queremos que sean mal ejemplo para nuestros hijos, y en cierto modo los culpabilizamos de su situación sin hacernos más consideraciones que quizá nuestros prejuicios; se han metido en ese mundo que ahora sepan salir, que se las arreglen, y ya nos quedamos tan tranquilos, dando gracias quizás porque ni nosotros ni los ‘nuestros’ estamos metidos en esos líos.

¿Qué hacemos por ellos? Hasta quizás no queremos darle unas monedas porque en nuestro prejuicio ‘ya sabemos’ donde va a ir a parar ese dinero. Y pasamos de lado y de largo. ¿Nos podemos quedar así tan tranquilos? Seguramente tranquilizamos nuestra conciencia con mil justificaciones, porque en el fondo nos dice que algo nos está fallando. Pero seguimos sin hacer nada.

Hoy la Palabra de Dios nos pone en un aprieto. Es un interrogante fuerte. Y no podemos cerrar los ojos ni los oídos. Hoy se nos está dando una imagen de Dios que pudiera trastocar muchas cosas que llevamos en nuestro interior y en nuestra manera incluso de concebir la religión. No es un calmante lo que se nos ofrece sino un revulsivo.

Es la imagen de Dios que siempre está en búsqueda, está en nuestra búsqueda. Parte Jesús al proponernos estas parábolas de lo que aquellos fariseos y escribas – normalmente hombres que se consideraban muy religiosos y muy ligados a la religión oficial y al templo – murmuraban sobre que Jesús siempre andaba rodeado de publicanos y de pecadores. Y nos viene a decir que Dios siempre nos está buscando, y está buscando de manera especial esos que consideramos perdidos en nuestra sociedad, los publicanos, las prostitutas y los pecadores, y aquí podemos poner toda la lista de esos que nosotros habitualmente descalificamos.

Es el pastor que busca a la oveja que se le extravía por los campos y por los barrancos, es la mujer que revuelve la casa buscando la moneda que ella consideraba preciosa y que se le había perdido, es el padre que no solo espera pacientemente al hijo que se marchó, y le abraza y hace fiesta a su vuelta, sino que sale a buscar al otro hermano que renuente en su orgullo no quiere entrar a la fiesta. Es la imagen que nos están ofreciendo las distintas parábolas que nos propone Jesús.

Es la imagen de Dios que nos ama siempre, por encima incluso de nuestras infidelidades y nuestro desamor; el amor de Dios siempre es fiel; el amor Dios siempre quiere levantarnos, darnos otra oportunidad, el amor de Dios nos busca, es un regalo que Dios nos ofrece aunque seamos nosotros los que nos hayamos perdido, marchado, o nos queramos mantener en nuestros orgullos. Es el amor de Dios que nos enseña a amar de un modo nuevo.

No es la compasión y la misericordia lo que muchas veces aflora en nuestros corazones cuando nos encontramos con los demás; parece que siempre estamos llenos de desconfianzas, siempre nos creemos merecedores, siempre nos creemos distintos a los demás, siempre vamos poniendo barreras y distancias. Como aquel hermano que en su orgullo no quería mezclarse con el que se había ido y había vuelto, cuando él estaba tan distante del padre y de todo con sus exigencias, con sus recelos, con sus rencores guardados y sin curar.

Aprendamos de la misericordia y de la compasión que Dios siempre nos ofrece; nunca la misericordia y la compasión humillan, sino que siempre levantan; es lo que tenemos siempre que saber ofrecer derribando barreras e ideas preconcebidas; desde esa experiencia de misericordia de Dios que tantas veces habremos sentido en nuestra vida, seamos capaces de ir también con corazón misericordioso hacia los demás. ¿No nos pedía Jesús que fuéramos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo? Da la impresión muchas veces que no saboreamos de verdad el perdón cuando lo recibimos; cuidado lo convirtamos en un rito y al final sea como una rutina para nosotros.

Cuando escuchamos estas parábolas que hoy nos ofrece Jesús nos sentimos reconfortados interiormente porque podemos siempre esperar su perdón, sentirnos regalados con su amor; pero cuando escuchamos estas parábolas nos hemos de sentirnos que hemos de ponernos en camino para llevar también a los demás esa misma compasión y misericordia. Ya no podremos mirar de la misma manera a esos que, como decíamos al principio, consideramos unos desgraciados y unos perdidos. Nadie tiene por qué sentirse desgraciado y perdido, porque siempre tienen que haber unos brazos de amor que se ofrecen para la acogida, para levantar y para ayudar a caminar.

Es también una tarea importante que tiene que realizar la Iglesia en todo momento y con todos sin hacer excepciones. Nunca la iglesia tiene que tener un rostro endurecido, sino el rostro dulce de la misericordia.

domingo, 27 de marzo de 2022

Una parábola que nos habla de la mirada misericordiosa de Dios y nos enseña a tener una nueva mirada hacia los hombres, nuestros hermanos, buscando caminos de reconciliación

 

Una parábola
que nos habla de la mirada misericordiosa de Dios y nos enseña a tener una nueva mirada hacia los hombres, nuestros hermanos, buscando caminos de reconciliación

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32

Algunas veces parece que nos duele que otros sean buenos y muestren un corazón misericordioso y compasivo con los demás; y es que muchas veces cuando le ponemos una marca a alguien, catalogándolo de una determinada manera, parece que esa marca es imborrable y por mucho que veamos que esa persona ha cambiado para nosotros sigue siendo la misma.

Es la dureza de nuestros juicios y condenas, es la malicia que ponemos en seguir marcando a alguien por un error, por algo que hizo mal en algún momento de su vida; como si nosotros hayamos sido siempre trigo limpio. Bien nos vendría recordar muchas veces aquello de Jesús cuando lo de la mujer adúltera que quien no tenga pecado que sea el que tire la primera piedra.

Siempre habrá alguien que recuerde, que saque de nuevo a relucir lo que sucedió con aquella persona en algún momento. Y cuidado que esas actitudes nos las encontramos alguna vez en personas que se tienen por buenas y piadosas. Bueno, era lo que sucedía en tiempos de Jesús, aquellos que se consideraban a si mismos los más puros serían los que andarían siempre recordando que los publicanos, las prostitutas, los pecadores siempre seguirían siendo los mismos y no merecerían la atención y el respeto de los demás, sino que había que alejarse de ellos, como se suele decir, como alma que lleva el diablo.

La motivación de la parábola que hoy Jesús nos ofrece está precisamente en la actitud de los fariseos y de los maestros de la ley que criticaban a Jesús porque se mezclaba con publicanos y pecadores. ‘Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Ya lo vemos en distintos momentos del evangelio que siempre están al acecho de lo que hace o dice Jesús.

Conocemos la parábola que hemos escuchado y meditado muchas veces y no es necesario repetirla de nuevo con todo detalle, aunque conviene releerla muchas veces - Lucas 15, 1-3. 11-32 - para escucharla de verdad en el corazón. El hijo que le pide su herencia a su padre y se marcha para vivir de mala manera. La vida dura e inhumana que tendrá que vivir cuando todo se acaba, y su ser capaz de levantarse para volver a la casa del padre.

Pero como bien sabemos la parábola no se acaba con la conducta negativa de ese hijo que se marchó de la casa del padre, sino que nos resaltará también la actitud negativa del hijo que parecía bueno, del que se quedó en la casa del padre, pero que su corazón estaba bien lejos de la actitud misericordiosa del padre que había recibido al que había marchado.

Es el orgullo y la envidia, es el desprecio y el resentimiento que invaden su corazón y le hace incapaz para la misericordia y el perdón. Tampoco él, como aquellos fariseos que no querían mezclarse con los publicanos, quiere mezclarse con su hermano que ha vuelto; para él seguirá siendo el hermano perdido, ya no lo llamará hermano; será un barrera que se interponga también con la actitud misericordiosa del padre para quien no tendrá sino quejas y reproches.

Pero en medio está el gran personaje, por así decirlo, de la parábola, el padre. El padre que siente el dolor de la ruptura de sus hijos, no solo es la ruptura de quien marchó de su casa y de su hogar, sino es el dolor del hijo que no sabe perdonar ni acoger como él lo está haciendo. Es el padre que espera paciente, que busca la manera de salir al encuentro, que corre gozoso al encuentro del hijo que vuelve, pero que va en búsqueda del hijo que con su actitud se quiere marchar, está creando barreras, sigue manteniendo un corazón endurecido e insensible.

Es el padre que nos está mostrando lo que es el amor de verdad, que no reprocha ni condena, que siempre espera y siempre está a la búsqueda, que tiene sensibilidad en su corazón para descubrir las tragedias que pueden están desarrollándose en el corazón de los hijos, ya estén lejos o ya estén físicamente cercanos, pero lejos de corazón como sucede con el hijo mayor.

Es la gran lección que nos está dando hoy Jesús, porque nos está hablando del amor misericordioso de Dios, que también a nosotros nos llama y nos espera, también viene en nuestra búsqueda y nos ofrece los brazos y abrazos de su amor. Porque ahí en esos hijos estamos retratados nosotros, porque muchas de esas posturas, actitudes y rupturas ha habido en muchas ocasiones en nosotros. Nos está enseñando a dirigir nuestra mirada a Dios y nos dejemos mirar por El, pero aún más que nosotros aprendamos también a tener una mirada como la de Dios. Nuestra mirada a Dios, repito, la mirada de Dios sobre nosotros, pero la nueva mirada que hemos de tener para los demás.

Es la mirada de la Pascua, es la mirada que vamos a recibir desde la cruz, como la mirada que nosotros elevaremos al que está levantado en lo alto; es la mirada con que hemos de bajar nosotros del Calvario y de la Pascua para ir al encuentro de ese mundo que nos rodea. Es una mirada que se hace oración porque invocamos la misericordia de Dios sobre nosotros y sobre nuestro mundo; pero es también una acción de gracias porque en esa mirada nos sentimos especialmente amados de Dios; pero es la súplica también por nuestro mundo roto por tantas miserias y tantas ambiciones, por tanta violencia y por tanta guerra, por tantos orgullos que nos dividen y crean barreras, es la súplica que se hace compromiso por la paz.

No olvidemos, como nos dice san Pablo, que tenemos que ser ministros de reconciliación.

sábado, 6 de marzo de 2021

Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos y es la llave que abre nuestro corazón a los demás

 


Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos y es la llave que abre nuestro corazón a los demás

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

‘Se acercaron a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo… y los fariseos y los escribas lo criticaban: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Esto da pie para que Jesús nos proponga la hermosa parábola de la misericordia.

¿Quién necesitaba aprender a saborear lo que era la misericordia? ¿Lo habremos saboreado nosotros también o acaso nos tenemos por tan justos que nos decimos que no lo necesitamos?

Cumplidores no significa siempre lo mismo que justos; podemos convertir lo de cumplidores en una pantalla que oculte muchas cosas que llevamos en el corazón pero no querríamos que aparecieran en público, que lo supieran los demás. Porque con lo de cumplidor ocultamos con apariencias otras actitudes profundas que hay dentro de nosotros y que no queremos dejar relucir, pero ahí están.

Porque están nuestros juicios y consideraciones, por no decir condenaciones, que nos hacemos de los demás. Sí, como los fariseos que estaban juzgando a Jesús queriendo meterlo todo en el mismo saco como hacemos tantas veces cuanto queremos desprestigiar a los demás. Cómo tan fácilmente marcamos con un ‘sambenito’ a quien un día cometió un error y ya lo tenemos marcado de por vida, no somos capaces de admitir que esa persona pudo tener un momento de debilidad pero puede levantarse de su debilidad y ahora no volver a tropezar en la misma piedra. Sabemos que  el ‘sambenito’ era algo así como un sombrero o un cartel que habían de llevar de por vida quienes fueran condenados por ciertos delitos, porque para ellos parece que no hubiera perdón.

Seguimos marcando, en lugar de tender la mano para levantar, para ayudar a corregir, tender la mano para animar a la persona a que busque ayudas o recursos para rehacer su vida, lo que hacemos con nuestro desprecio hundir más en la miseria. Y esto es algo que sigue sucediendo y hasta en ámbitos que llamaríamos cristianos pero donde se tienen unas actitudes y posturas tan distintas a las del evangelio. Aislamos, separamos, alejamos de nosotros, no queremos mezclarnos, como hizo el hijo mayor de la parábola que no quiso mezclarse con su hermano, ni siquiera lo llamaba hermano,  no fue capaz de acercarse para darle un abrazo lleno de alegría por su vuelta a la casa paterna.

La primera parte de la parábola, es cierto, nos habla de la miseria del hijo menor, que reclamó al padre la parte de su herencia, no quiso vivir en la casa del padre y se marchó a lugares lejanos donde vivió de una manera disoluta envuelto en las miserias del pecado. Pero fue capaz de entrar en sí mismo, recapacitar y ser capaz de volver a la casa del padre, aunque aún le quedaban muchos miedos en su interior. ‘trátame como a uno de tus jornaleros’, intentaba decirle al padre porque no se consideraba digno de ser aceptado y acogido.

Pero si manifiesta la miseria del pecado – y siempre nos hemos detenido mucho en ello a la hora de comentar esta parábola – manifiesta también lo que es la misericordia de Dios expresada en la actitud del padre que le acoge, le trata como a un hijo que siempre fue a pesar de sus infidelidades, y preparó un banquete para la vuelta del hijo pródigo.

Pero el hijo mayor no entendía de estas cosas, no sabía saborear en su corazón lo que es el amor y la misericordia, porque estaba lleno de resentimientos, de cosas guardadas de mala manera en su corazón que ahora incluso le echa en cara al padre. Cumplidor, sí, pero con el corazón endurecido; cumplidor, sí, pero ignorante de lo que es la misericordia y la compasión; cumplidor, sí, pero incapaz de tener amor en sus entrañas.

Siempre decimos nos parecemos al hijo menor, por tantas veces que nos hemos marchado de la casa del padre, pero aun permaneciendo en la casa del padre, aunque solo fuera de una forma aparente, quizás qué lejos hemos estado de ese amor del padre, de esa misericordia divina, de ese sentirnos en verdad hermanos de todos aunque también tengan tantas debilidades como las que nosotros tenemos, si acaso nosotros no tenemos más.


Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos. Saborear la misericordia abre nuestro corazón a Dios, pero es la llave que abre también nuestro corazón a los demás para sentirnos en verdad todos hermanos.

sábado, 14 de marzo de 2020

Miremos el amor del padre y aprendamos de su misericordia, de su paciencia, de la esperanza que nunca se agota ni se termina ansiando el abrazo del reencuentro



Miremos el amor del padre y aprendamos de su misericordia, de su paciencia, de la esperanza que nunca se agota ni se termina ansiando el abrazo del reencuentro

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32
‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Era la reacción de escribas y fariseos ante el nuevo estilo y sentido que Jesús quería ofrecer de la vida. A nadie rechazaba, a todos escuchaba, para todos era su amor y su cercanía. No importaba su condición pecadora, eran personas amadas de Dios aunque sus corazones estuvieran llenos de la negrura del pecado. No tenía en cuenta Jesús los prejuicios de la gente, las descalificaciones muchas veces gratuitas, miraba a la persona y su corazón y hasta allí quería ir a buscarlo. Pero no todos los entendían.
Estos primeros pensamientos ya tendrían que hacernos pensar cuando en la vida tan llenos de prejuicios vamos. También hacemos nuestras distinciones, vamos discriminando por una razón o por otra a aquellos que nos encontramos en el camino; muchas veces ni razones lógicas tenemos, pero se nos atraviesan las personas y no las dejamos pasar por nuestro corazón. Y vienen las descalificaciones. Porque un día hizo, porque un día dijo, porque un día quizá tuvo un mal momento, ya es suficiente para nosotros poner una marca.
Y para que aprendamos a superar esas cosas y tantas otras que se nos van metiendo en la vida Jesús nos habla de un padre lleno de amor y de misericordia, un padre que nos espera aunque nosotros nos hayamos marchado, un padre que nos viene a buscar cuando nosotros no queremos entrar, cuando ponemos barreras por medio y ya no sabemos mirar a los demás como hermanos. Es lo que nos enseña con la parábola que hoy nos propone el evangelio.
Creo que no es necesario entretenernos en hacer muchos comentarios, sino que la leamos una y otra vez pero nosotros poniéndonos en el lugar de los distintos personajes, del hijo menor y del hijo mayor, y también en el lugar del padre para que aprendamos a tener corazón. Mucho hincapié hacemos habitualmente cuando nos enfrentamos a estas palabras de Jesús en la marcha del hijo menor y el proceso de su regreso cuando no pensaba que el padre le estaba esperando. Claro que nos refleja que tantas veces nos hemos querido marchar para hacer nuestra vida a nuestra manera y hemos caído en las mismas negruras.
Pero es conveniente ponernos también en la piel del hijo mayor, de aquel que parecía que no había roto nunca un plato porque se había quedado en la casa, pero qué distante estaba. Distante del  hermano al que ni siquiera quiere reconocerlo como tal, pero distante también del padre contra el que tiene tantas recriminaciones. Cuantos muros y barreras había en su corazón. Cuantos muros y barreras ponemos en nuestro corazón.
Pero el personaje central como bien sabemos es el padre. El Padre que ve marchar al hijo y que sufre en silencio las distancias que ha puesto también el otro hijo. El padre que sufre en silencio, pero que está gritando de amor aunque los hijos no quieren oírle. El padre que espera a la puerta la vuelta del hijo para correr a su encuentro. El padre que busca al hijo que quizá se ha escondido en los rincones más recónditos de la casa  y no quiere salir para partir de la fiesta y de la alegría; claro cuando hay resentimientos en el corazón, cuando hay desconfianzas y malas miradas hacia los otros no puede haber alegría, no se puede celebrar fiesta verdadera aunque tantas veces nosotros lo disimulamos con risas y carcajadas aparentes pero muy vacías.
Miremos el amor del padre y aprendamos de su misericordia, de su paciencia, de la esperanza que nunca se agota ni se termina y seamos los hijos que ansiamos la vuelta para el encuentro con el abrazo del padre. Ya sabemos que se nos está hablando del amor de Dios.

domingo, 11 de septiembre de 2016

En el corazón de Cristo y en el de los cristianos nunca cabrá la discriminación ni la condena sino siempre manifestará la ternura de Dios abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón

En el corazón de Cristo y en el de los cristianos nunca cabrá la discriminación ni la condena sino siempre manifestará la ternura de Dios abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón

 Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
Quien no ha sabido o no ha querido tener la experiencia de la misericordia y la compasión porque en su orgullo se cree tan justo que no necesita nunca pedir perdón será igualmente inmisericorde y duro de compasión para con los demás no siendo capaz nunca de ser compasivo con nadie. Es algo duro, pero es el caparazón con el que seríamos capaces de recubrir nuestro corazón para no tener nunca ningún atisbo de ternura y misericordia.
Y nos puede suceder, porque aunque hayamos experimentado alguna vez esa compasión con nosotros podemos volvernos intransigentes con los demás e incapaces de perdonar a los demás. Muchos en la vida van con esa insensibilidad que incluso les hace expresarse con expresiones duras y hasta son incapaces de sonreír a nadie. Y lo más peligroso y terrible sería que nos podamos parapetar tras esas expresiones de intransigencia, de inmisericordia, de insensibilidad en nombre quizá de un sentido religioso, que por decirlo suavemente, es mal entendido.
Son los cumplidores, los que se creen impecables, los que son capaces de fijarse en la menor minucia para juzgar, para criticar, para condenar a los demás. Son los que van haciendo discriminaciones en la vida desde sus particulares apreciaciones, se quedan en las apariencias, y considerándose poco menos que intocables no se quieren rebajar a mezclarse con nadie; son los que van creando categorías en la vida, para ponerse ellos siempre en un estadio superior.
El evangelio hoy nos cuenta que todos los publicanos y pecadores llegaban hasta Jesús para escucharle. Pero por allá estaban los escribas y los fariseos juzgando y criticando desde sus distancias discriminatorias y puritanas. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. No quieren mezclarse; en su duro corazón está siempre por delante el juicio, la discriminación y la condena. No entienden lo que Jesús está haciendo para mostrarnos el rostro misericordioso de Dios.
Y la respuesta de Jesús es proponer unas parábolas. ¿Es que un pastor va a dar por perdida una oveja que se le ha quedado extraviada en el campo o en las laderas de los barrancos? Aunque solo fuera por el interés de no tener una pérdida, iría a buscarle y movilizaría todo lo necesario para encontrarla. Pero es que además este pastor, no moviliza antes, sino que movilizará luego a sus amigos para decirles que ha encontrado la oveja que se le había perdido.
¿O es que una mujer que se la extraviado en su casa una moneda valiosa la va a dar por perdida? La va a buscar aunque tenga que revolver toda la casa y poner todo patas arriba. Pero es que además cuando la encuentra llamará a sus vecinas y amigas para comunicarles la buena noticia de que encontró aquella moneda preciosa que tenia extraviada y lo hará con gran alegría.
Y nos dirá Jesús que más grande será la alegría del cielo por un solo pecador que se arrepienta, reconozca su pecado y se convierta a la misericordia de Dios. ¿Cómo no va, pues, Jesús a alegrarse cuando los pecadores vienen a escucharle y muestran señales de arrepentimiento y conversión? Claro que hará fiesta y comerá con ellos. Además, si antes para buscar a ese pecador y traerlo al buen camino necesita participar en una de sus comidas o banquetes para El no habrá dificultad porque por encima de todo va a primar la misericordia y la compasión. En el corazón de Cristo nunca cabrá la discriminación ni la condena. Su corazón siempre manifestará la ternura de Dios y estará abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón.
Y como bien sabemos no se acaban aquí las imágenes que Jesús querrá presentarnos de lo que es la misericordia de Dios, que ha de ser la misma misericordia con que nosotros hemos de actuar para con los demás. Será la parábola que todos bien conocemos y tantas veces habremos meditado que nos habla del padre que con una ternura grande en su corazón estará siempre esperando la vuelta del hijo que se ha marchado. Será el padre que espera pero que corre al encuentro; será el padre que hará fiesta con la vuelta del hijo, pero que intentará convencer al otro hermano para que sea capaz también de acoger a quien se consideraba muerto pero que ha vuelto a la vida.
Cargamos muchas veces las tintas fijándonos en maldad del hijo que se ha marchado y lo ha gastado todo viviendo de mala manera, no nos fijamos tanto en el resentimiento del otro hijo que en su orgullo no quiere recibir al hermano, pero tampoco entiende la actitud y la postura del padre, y nos fijamos poco en esa ternura de Dios que se manifiesta en aquel padre paciente, compasivo, misericordioso, que busca siempre nuestro encuentro no solo con El sino que seamos capaces de tenerlo también entre nosotros para que la fiesta sea grande.
Es lo que Jesús está queriendo decirles a aquellos letrados y fariseos que parece que no entendían o no querían entender lo que es la ternura y la misericordia porque en su orgullo habían endurecido demasiado el corazón. Es lo que Jesús está queriendo decirnos a nosotros también para que aprendamos a cambiar muchas actitudes y muchas posturas que muchas veces mantenemos en la vida. Y es que nuestra relación con Dios y su misericordia siempre ha de pasar por nuestra relación con los demás, por nuestra capacidad de encuentro siempre con los otros, con la ternura que brille en nuestro corazón para saber acoger a todos sin ningún tipo de discriminación.
Que nunca en nombre de nuestra fe o de nuestra religión queramos ser tan justicieros que no seamos capaces de mostrar nuestra ternura y capacidad de misericordia con los demás. Que la Iglesia no lo olvide nunca, porque algunas veces se hace demasiado justiciera y se puede contagiar de algunos criterios de nuestro mundo tan lleno de inhumanidad; sería algo triste que sucediera así en nuestra Iglesia. Alguien quizás pueda sentirse dolorido por cosas así en el seno de la Iglesia.

domingo, 6 de marzo de 2016

Una manifestación de que Dios es el Padre bueno que nos enseña a romper barreras para hacer que nos sintamos siempre cerca al calor del amor

Una manifestación de que Dios es el Padre bueno que nos enseña a romper barreras para hacer que nos sintamos siempre cerca al calor del amor

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32
Pensamos que están lejos solo los que física o geográficamente se han alejando de un punto determinado, del lugar en que nos hallamos, o de las personas con las que han relacionarse; muchas veces sucede, sin embargo, que sin alejarnos físicamente nuestra distancia es muy grande porque situamos barreras entre nosotros o nuestro corazón se ha endurecido de tal manera que somos incapaces de entrar en una auténtica relación.
Creo que somos conscientes de ello porque qué distantes estamos tantas veces de los que más cerca están de nosotros porque no nos comunicamos, porque nos entra la desconfianza en el corazón, porque nuestras miradas no son limpias, porque hacemos el camino cada uno muy por su lado sin saber realmente lo que el otro piensa o quiere. Un vivir con esas distancias, aunque tratemos de acostumbrarnos o entretenernos con muchas cosas, realmente es algo difícil y muchas veces desconcertante.
¿Sabemos realmente lo que piensan las personas de nuestro entorno y cuales son sus expectativas e ilusiones? ¿Qué sabemos de sus problemas, de sus luchas interiores, de sus esperanzas o de sus angustias? Por aquí podríamos hablar de muchas cosas, de muchas soledades, de muchas frustraciones, de muchos sufrimientos callados en el corazón de cada uno. Mucho de eso hay en el mundo que nos rodea, pero nuestra distancia la ponemos cerrando los ojos para no ver y no saber.
Pero vayamos al evangelio que se nos propone en este cuarto domingo de cuaresma. Una parábola que nos habla de un padre y dos hijos. Un padre con un amor de padre tan grande que nada ni nadie podrá arrancarle la ternura que se desborda de su corazón. Ya veremos. Y dos hijos que parece que recorren caminos muy divergentes pero que pronto descubriremos que son en cierto modo convergentes por las distancias que van poniendo o quieren poner en sus corazones endurecidos.
Uno marcha lejos, incluso físicamente porque marchará por otros lugares poniendo distancias del amor del padre que no sabe comprender porque quiere recorrer a su manera los caminos de la vida haciendo sus propios caminos, pero que en el vacío y la soledad a la que llegará un día le hará sentir de nuevo en su corazón el hambre por el amor de su padre.
El otro no se marcha, pero está lejos en su corazón y aunque cercano al padre no sabe disfrutar de su amor, porque su corazón se ha endurecido y todo en su interior son exigencias y recelos, desconfianzas y negruras que le hacen incapaz de disfrutar del amor y de repartir amor. Hemos bien escuchado los diálogos llenos de resentimientos con su padre al final de la parábola.
Pero en medio está la ternura del amor del padre que le hace esperar pacientemente la vuelta del que se ha marchado lejos para salirle al encuentro con un abrazo y una fiesta de amor y de perdón, o le hará ir también al encuentro del que ahora no quiere entrar a la fiesta para ayudarle a comprender lo que es el amor verdadero.
Es el retrato de la misericordia de Dios, que nos espera, que nos llama, que nos busca, que nos sale al encuentro tantas veces en ese camino que tanto nos cuesta hacer para reconocer nuestras lejanías y para descubrir lo que es el verdadero amor.
Y escuchando y meditando estas palabras de Jesús tenemos que ser capaces de mirarnos con toda sinceridad, no haciendo disimulos ni poniendo tapujos para reconocer nuestros caminos equivocados cuando los queremos hacer a nuestra manera y que nos llevan a la soledad más terrible, a la indignidad más rabiosa porque nos sentimos manipulados ya sea por nuestras propias pasiones o por la injusticia de los demás, a la insensibilidad del corazón que se endurece y ya no es capaz de mirar al que camina a nuestro lado como un hermano sino que siempre nos parecerá un contrincante contra el que luchar, al hambre del amor verdadero aunque a veces erremos el camino o no seamos capaces de vislumbrar claramente hasta donde llega el amor que Dios nos tiene para acogernos y darnos su abrazo de paz y de perdón.
No nos queda otra cosa que decir ‘Padre, he pecado’, me he alejado de ti, y aunque no lo merezco quiero volver a tu amor. Sí, es una invitación a saborear el amor de Dios para aprender a tener también un corazón misericordioso con los demás.
Es el Padre bueno que nos ama y nos perdona; es el Padre bueno que viene a nuestro encuentro; es el Padre que nos ayuda a encontrar con los otros mirándolos siempre como hermanos; es el Padre bueno que nos pone en un camino de vida que es amor; es el Padre bueno que nos enseña a romper barreras para hacer que nos sintamos siempre cerca al calor del amor; es al Padre bueno que nos llena e inunda con la alegría del amor verdadero, hace fiesta a nuestra vuelta, pero nos invita a entrar siempre en la fiesta del amor de los hermanos. Claro que tenemos que decir: ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’.