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jueves, 30 de julio de 2026

Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús

 

Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús

Jeremías 26, 1-9; Salmo 68; Mateo 13, 54-58

¿Qué me va a enseñar ese a mí?, habremos oído en alguna ocasión a alguien que con su prepotencia trataba de descalificar a alguien que quizás le estaba dando la solución a un problema, estaba planteando algo nuevo que bien podría valer para su vida, o simplemente le estaba dando un consejo en alguna situación compleja en que se encontrase. Quizás nosotros también en más de una ocasión habremos actuado así, porque aquel que nos está queriendo decir algo decimos que lo conocemos de siempre y que sabemos de dónde viene o por donde anda. Es la rebaja que siempre queremos hacerle a lo que nos puedan ofrecer otros porque nosotros sí sabemos y no necesitamos que nadie nos enseñe o nos diga nada. Es la respuesta que damos cuando nos dicen algo para hacernos caer en la cuenta en algo que no pensábamos, pero que enseguida decimos, ‘yo lo sé, ¿qué me vas a decir?’.

Estamos hablando de ámbitos meramente humanos, de nuestras relaciones de los unos con los otros, pero que cosas así adquieren unas tonalidades especiales cuando entrabamos en ámbito de lo espiritual o de la práctica y vivencia de nuestro ser cristiano. ¿Nos dejamos enseñar? ¿Nos dejamos acompañar? ¿Escuchamos lo que el otro pueda ofrecernos desde su propia experiencia espiritual y de vida cristiana? Es que yo soy cristiano de siempre, es que mi familia, mi madre… estaban mucho en la Iglesia; es que yo hice la primera comunión y recibí todos los sacramentos… y así seguimos argumentando que parece más bien que estamos cerrando puertas a lo que de los demás podamos recibir.

Es lo que estamos viendo hoy en el relato del evangelio de la visita de Jesús a su pueblo, Nazaret, donde se había criado. Como enseguida comenzarán a decir cuando le escuchan en la sinagoga, es que es el hijo del carpintero, ahí están sus hermanas y su familia, ¿dónde ha aprendido todo eso?, porque siempre le habían visto allí en Nazaret como un niño o como un joven cualquiera. Y como comenta el evangelista Jesús se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro; en otro momento se nos dirá que estaban esperando que allí realizara los signos y milagros que ellos sabían que hacía en otros lugares; claro, era su pueblo, su familia, sus amigos, allí tenía que manifestar que con ellos tenía alguna preferencia.

¿Por qué hacemos las cosas o qué es lo que buscamos? Nos mueven muchas veces los intereses, y unos intereses egoístas y muy llenos de orgullo. Cuando no hay disponibilidad no puede aparecer la fe; cuando no hay humildad que nos lleve a una apertura del corazón no seremos capaces de ver lo bueno que se nos ofrece; cuando no hay deseo de abrir el corazón a una nueva sintonía seguirán prevaleciendo los ecos de nuestro egoísmo y orgullo que ahogarán lo que de verdad podría llenar de paz nuestro corazón.

Malos acompañantes de camino son el orgullo y la vanidad porque nos desfigurarán haciéndonos perder lo mejor de nosotros mismos y lo que tendría que ser nuestra verdadera identidad. Entraremos en un camino de ramplonería, donde simplemente o nos dejamos arrastrar por luces que nos encandilan y confunden o nos deslizamos por las pendientes de las rutinas que nos impedirán darle nuevos rumbos a nuestra vida.

Mucho tendríamos que analizar para comenzar a corregir rumbos y dejarnos enseñar y conducir. El Señor va poniendo señales a nuestro lado, muchos signos de lo que es la voluntad de Dios podríamos descubrir en nuestro entorno si fuéramos capaces de salirnos de esa ceguera que nos encierra en nosotros mismos. Hagamos un alto en el camino, comencemos a quitar esos filtros en que nos hemos envuelto para iluminarnos con la verdadera luz, para aprender la verdadera sabiduría del Evangelio que de muchas maneras se nos puede manifestar. Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús.


viernes, 1 de agosto de 2025

¿Dónde está la conexión de fe con el espíritu y el mensaje del evangelio en muchas de nuestras celebraciones, fiestas, tradiciones de nuestros pueblos?

 


¿Dónde está la conexión de fe con el espíritu y el mensaje del evangelio en muchas de nuestras celebraciones, fiestas, tradiciones de nuestros pueblos?

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Salmo 80; Mateo 13,54-58

¿Dónde ha aprendido este tanto? Es quizás el comentario que nos sale pronto y fácil cuando vemos a alguien que conocemos de toda la vida y que ahora destaca en alguna cosa, sus palabras son certeras y sensatas, la prudencia va moviendo sus pasos, pero no ceja en ofrecernos posibilidades de algo mejor, de algo bueno, de la búsqueda de una armonía entre todos. Si nosotros lo conocemos de siempre, nos decimos, si jugaba en nuestra calle o en nuestras plazas, si lo conocemos bien que conocemos a su familia… pero estamos admirados por su sensatez, por su prudencia, por las ideas que nos presenta para la solución de los problemas. ¿Dónde habrá aprendido tanto?

Era la sorpresa también y la admiración que se suscitaba en torno a Jesús, por aquellos pueblos y caminos de Galilea, sobre todo, donde la gente se agolpaba para escucharle, eran capaces de ponerse en camino con El para estar con El y para escucharle, donde le traían los enfermos para que los curase, donde todos se habían lenguas de admiración y alabanza; pero sucede ahora en su pueblo, allí donde se había criado, donde había pasado gran parte de su niñez y su juventud en las mismas tareas artesanales en que se ocupaba José y su familia; se sentían sorprendido y también se preguntaban de donde sacaba aquella sabiduría, porque siempre lo habían visto allí y no asistiendo a las escuelas rabínicas de Jerusalén.

Una sabiduría que podemos adquirir desde los conocimientos que nos da la escuela, pero también y eso es muy importante de la sabiduría que aprendemos en la vida cuando sabemos tener ojos atentos y mente reflexiva ante lo que sucede en nuestro entorno. Solo había alguien que no podía ser otra que la madre, como las madres que lo guardan todo en el corazón, que sin embargo sabía de su sabiduría con la que le había encontrado discutiendo en medio de los doctores del templo, donde lo habían encontrado cuando se había perdido en su subida a Jerusalén.

Y más aun se admiraban por los signos que realizaba, que venían a ratificar lo que de palabra les enseñaba de cual era el sentido del Reino nuevo de Dios que anunciaba. Aquellos signos que transformaban una vida de carencias y dolor en una nueva vida sana y sin limitaciones – las curaciones que Jesús realizaba – que eran señales de esa transformación que había de realizarse en nuestras vida con la vivencia de unos valores nuevos, de un sentido nuevo de la vida y donde Dios sería siempre el centro de esa vida, de esa existencia. No siempre llegaban quizás a percibir ese nuevo sentido de todo quedándose muchos en lo material, por decirlo así, que se realizaba con aquellas curaciones, pero ahí quedaba y queda para nosotros esa señal, ese signo de vida nueva que hemos de vivir.

Es lo que les sucede ahora a aquellas gentes de Nazaret aun en medio de toda la sorpresa y admiración que sentían por Jesús. Pero no fueron capaces de ver el signo, se quedaban en un orgullo egoísta – es de nuestro pueblo, aquí está su familia… -, o en algo interesado de lo que incluso querían sacar partido, porque más que el signo era la fama de los milagros que Jesús allí realizara lo que les interesaba. ‘No pudo hacer allí ningún signo, ningún milagro, nos dice el evangelista, por su falta de fe’.

Es el paso importante que quizás muchas veces nos puede faltar, aun en medio de nuestros santuarios, nuestras fiestas religiosas y tantas costumbres que mantenemos en nuestros pueblos pero que se quedan en tradiciones de las que nos sentimos orgullosos, porque son las tradiciones de nuestro pueblo y no hay ningún que se le asemeje o sea como lo nuestro.

¿Dónde está muchas veces esa conexión de fe con el espíritu y el mensaje del evangelio en muchas de nuestras celebraciones, en muchas de nuestras fiestas, en muchas de esas cosas que llamamos tradiciones de nuestros pueblos que tienen un origen y un fondo religioso? ¿Nos quedamos en lo milagroso que es nuestro santo, nuestro Cristo o nuestra Virgen y andamos con comparaciones entre unos y otros y rivalidades, permítanmelo decirlo así, entre santos? ¿Terminaremos de darnos cuenta que muchas de esas cosas que hacemos tienen poco de evangélico y por esas rivalidades en las que andamos parece que estamos muy lejos del sentido del Reino de Dios anunciado por Jesús?