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lunes, 13 de octubre de 2025

No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

 


No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

Romanos 1, 1-7; Salmo 97; Lucas 11, 29-32

Cuando no tenemos confianza en la persona, todo serán dudas, todo se convertirá a la larga en un rechazo, nos pondremos en guardia ante lo que pueda hacer o lo que pueda decir la otra persona y todo se transformará en rechazo.  La confianza no es simplemente que podamos permitirnos cosas que van más allá del respeto, porque entonces nos sintamos en libertad para expresar incluso lo que pueda ser ofensivo para la otra persona. La confianza partirá de la credibilidad que le demos a lo que haga o lo que diga la otra persona, que nos llevaría a una aceptación incluso sin limitaciones ni censuras.

Por la falta de esa confianza o credibilidad pretenderemos que todo lo que nos puedan decir o presentar tiene que venir acompañado de unas pruebas claras y palpables. Siempre andaremos buscando esas pruebas, esas garantías, que parece que por otro lado no tenemos o no se nos ofrecen. Pero esa credibilidad no solo nace de la persona  que queremos aceptar, sino de las exigencias que nosotros pongamos por nuestra parte, esas garantías que nosotros pedimos, quizás por nuestros prejuicios o nuestras desconfianzas.

Al final parece que es el pez que se come la cola, no sabiendo a ciencia cierta por donde comenzar a tener o ganarnos esa confianza que exigimos. Pero ¿la daremos nosotros? ¿Mereceremos esa confianza? ¿Nos habremos ganado esa confianza? ¿Qué motivos realmente tenemos para pedir esas pruebas? ¿Será quizás ya como una costumbre en nosotros de estar pidiendo pruebas sin querer ver las que realmente tenemos ante nuestros ojos?

¿Será lo que estaba pasando con Jesús? Le están pidiendo signos sin querer descubrir todas las señales que Jesús está dejando a su paso para que en verdad creamos en El. Están por un lado estas palabras de Jesús que son como una queja ante lo retorcido de las peticiones de señales que le están haciendo continuamente. Les recuerdan quizás lo del episodio de Jonás que consideraban como un gran signo de la antigüedad. Frente a las palabras y enseñanzas de Jesús querrán quizás recordarle la proverbial sabiduría de Salomón ante la que se rindió la reina de Sabá que era reconocida por su gran sabiduría. En ese mundo de increencia que estaba surgiendo por doquier – como sigue quizás sucediendo también en nuestro tiempo – recuerdan como la gente de Nínive se convirtió a partir de la predicación de Jonás.

¿Jesús podría darles esa clase de señales? ¿O eran ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que realizaba, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas? ¿Sería a ellos los que en fin de cuesta les costaba tanto convertirse ante el actuar de Jesus como aquellas le sucedía a las gentes de Nínive?

Y Jesús viene a decirles que allí hay alguien que es mucho más poderoso que Jonás o mucho más sabio que Salomón. Todo estaba dependiente de la ceguera de sus mentes y de la cerrazón de su corazón. Pero, ¿no nos estará sucediendo de forma parecida a nosotros hoy? No terminamos de saborear la sabiduría del evangelio y nos vamos corriendo tras cualquiera que nos traiga las cosas más exóticas. Muchos nos hablan hoy de esa meditación trascendental que descubren en personajes que se nos presentan de forma exótica y extraña, pero nos olvidamos de meditar, de interiorizar en el Evangelio y en toda la Palabra de Dios.

Invitamos a la gente a un silencio espiritual, a un retiro espiritual en el clima religioso de nuestras celebraciones y de nuestra liturgia y nos dicen que se aburren, que eso no sirve de nada, pero ¿no será que no quieren abrirse a lo trascendente, no será que tienen miedo de que Dios llegue a sus vidas y hable a su corazón? Dejamos a un lado toda nuestra espiritualidad cristiana fundamentada en el evangelio y con la experiencia de tantos grandes santos que han ido marcando los surcos de la historia, por irnos detrás de cualquier novedad que nos llega sin ningún fundamento verdaderamente espiritual.

¿Qué sucede en nuestros corazones para rechazar esa espiritualidad profunda que nos viene del Evangelio y donde de verdad podremos llenarnos del Espíritu de Dios? ¿No será una falta de confianza por nuestra parte la que nos está encerrando para no abrirnos al misterio de Dios?

lunes, 21 de julio de 2025

El signo somos nosotros, nuestra vida, nuestras actitudes, nuestro compromiso, nuestro amor, la valentía y autenticidad de nuestra fe

 


El signo somos nosotros, nuestra vida, nuestras actitudes, nuestro compromiso, nuestro amor, la valentía y autenticidad de nuestra fe

Éxodo 14,5-18; Sal. Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Hay un dicho que algunas veces habremos escuchado o también nosotros mismos hemos empleado que es aquello de ‘ver para creer’; aunque nos digan y nos demuestren, si no lo veo no lo creo, pero es que además andamos hoy en un mundo tan confuso que ni aunque veamos las cosas nos las creemos. Algunas veces uno siente lástima cuando ve tal increencia, tal desconocimiento muchas veces que nos habla de una cultura con muchas lagunas, tal desconfianza que se ha ido sembrando porque todo se quiere poner en duda, porque aun los hechos históricos que ahí están más que comprobados por quienes con toda seriedad los han estudiado, ahora nos vienen con tantas interpretaciones confusas, muchas veces nacidas de intereses con los que de alguna manera se quiere marcha a la sociedad de hoy. Nos afecta a la historia, al sentido de la sociedad, a lo que queremos ser o lo que queremos construir según los intereses de cada uno.

Hoy en el evangelio vemos que algunos se acercan a Jesús pidiendo signos, pidiendo pruebas. No les basta lo que están contemplando en lo que Jesús enseña y en lo que Jesús hace y vive El mismo, sino que aun siguen pidiendo unos signos. ¿Y todos los milagros que estaban contemplando? ¿Y toda la sabiduría que se destilaba de los labios de Jesús? Claro que quienes estaban pidiendo aquellos signos no era porque quisieran creer, sino porque realmente querían sembrar esa desconfianza en los que rodeaban a Jesús. No accede Jesús a lo que le piden porque simplemente Jesús no es un mago milagrero; les habla de una señales antiguas como fue la sabiduría de Salomón, la acción del profeta Jonás con todo lo que le sucedió además, y desde ahí tienen que descubrir la gran señal que será su propia pascua, su muerte y resurrección; pero hay siempre quienes quieren poner en duda las palabras de Jesús.

Unas actitudes desconcertantes que vemos en muchos que rodean a Jesús, pero ¿no serán también las actitudes desconcertantes que podemos estar contemplando en nuestro mundo de hoy? No se cree en los signos de Dios, se sigue poniendo en duda el ser de la iglesia, se hacen mil interpretaciones diferentes para querer explicar las cosas a su manera y quieren darnos esas explicaciones quienes quizás menos conocimiento tienen de lo que hablan. Cuántas cosas disparatadas escuchamos en los medios de comunicación cuando se trata de hablar de la Iglesia; cuanta falta de cultura de lo más elemental descubrimos en quienes quieren ser precisamente unos comunicadores fiables para nuestra sociedad. Y todo eso va llevando a la gente a una confusión cada vez mayor.

¿Qué tenemos que hacer nosotros los cristianos? ¿Cruzarnos de brazos y dejar las cosas como están porque nos parece imposible remediarlo o darle una buena explicación? ¿No estará en juego el anuncio del evangelio en el mundo de hoy y la credibilidad de ese anuncio para las generaciones que nos rodean?

Queremos un signo, parece que nos están pidiendo y exigiendo. ¿Qué signo le daremos? ¿Qué es lo que podemos ofrecer que haga en verdad creíble nuestro mensaje?

Pues el signo somos nosotros, nuestra vida, nuestras actitudes, nuestro compromiso, nuestro amor, la valentía de nuestra fe. Tenemos que manifestarnos convencidos y auténticos y congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos, para que en verdad nos hagamos signos creíbles. No son cosas las que tenemos que presentar, son nuestras vidas que en verdad están reflejando eso en que creemos. Quitémonos de máscaras y tapujos, manifestémonos a cara descubierta, hablemos con claridad de aquello en lo que creemos, de ese Dios del que nos sentimos amados, expresemos la autenticidad de nuestras vidas. Y nos manifestamos tal como somos también con nuestras debilidades porque nuestro deseo de superación hará que merece la pena de verdad por lo que luchamos y de lo que hablamos.

El mundo necesita testigos. La Iglesia tiene que manifestarse como el gran testigo. Los cristianos tenemos que ser testigos de esa fe aunque nos costara sangre.

miércoles, 12 de marzo de 2025

Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de fe que pone Dios ante nosotros de las que no nos podemos desentender, ni andar tan distraídos que no las veamos

 

Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de fe que pone Dios ante nosotros de las que no nos podemos desentender, ni andar tan distraídos que no las veamos

Jonás, 3, 1-10; Sal.50; Lucas, 11, 39-42

Nuestros caminos y carreteras están llenas de señales que nos indican las direcciones que hemos de tomar, las diferentes opciones que tenemos, pero también nos advierten de los peligros que podemos encontrar, los cuidados y precauciones que hemos de tener y lo que podemos hacer o no hacer en aquel camino. Pero hay ocasiones en que vamos tan absortos en nosotros mismos, en nuestras preocupaciones o nuestros sueños que nos pasamos de la señal; allí estaba, nos lo decía claramente, nos advertía del peligro o de la dirección que habíamos de tomar para llegar a nuestra meta, pero no fuimos capaces de verla; luego quizás nos quejamos, como sucede tantas veces, que si no estaba bien situada, si podía crearnos confusión y no se cuantas disculpas más que nos buscamos, pero la señal estaba allí y no la vimos.

Y no vamos a hablar de esos problemas de esas señales de carreteras o caminos, pero sí de la señal que hemos de saber descubrir en el camino de la vida; hay llamadas en nuestro interior que no queremos escuchar, suceden cosas a nuestro lado que pueden ser una buena lección para nosotros, palabras que escuchamos y a las que no atendemos o que decimos que no entendemos pero realmente no les prestamos atención, testimonios hermosos en personas de buena voluntad y de gran entrega que tendrían que ser un toque de atención y un estimulo para que nosotros comencemos también a hacer algo distinto. No vemos las señales o no escuchamos las llamadas pero estamos quizás un milagro, algo extraordinario por lo que sí saldríamos corriendo a buscarlo, aunque luego se nos quede en un fuego fatuo.

En el evangelio que hoy se nos ofrece contemplamos cómo Jesús se queja de aquella generación que no hacen sino pedir signos y señales para creer. Lo tienen delante y no quieren creer, no saben leer la señal. Se pasan de largo, podíamos decir con la imagen que antes empleábamos, y no saben descubrir quien está allí delante de ellos. Y le habla del signo de Jonás, o la reina del Sur que vino a conocer la sabiduría de Salomón, o la actitud de las gentes de Nínive que creyeron la palabra del profeta y se convirtieron. Aquí está en medio de ellos el Hijo del Hombre y no lo saben ver, la Sabiduría eterna de Dios que se manifiesta en la Palabra encarnada y no la escuchan aunque se admiran de que la Reina del Sur viniera a escuchar la sabiduría de Salomón.

Jonás es todo un signo que nos hace dirigir nuestra mirada a Jesús. Largo fue el recorrido, el camino de vida de Jonás para aceptar la misión que Dios le había confiado. Muchas cosas tuvieron que sucederle para que él cambiara de actitud y fuera fiel a su misión, que tendría los hermosos frutos de aquel pueblo que creyó en su palabra y se convirtió al Señor. Como una señal que viene a ser tipo del misterio de Jesús en su muerte y resurrección fue aquella zozobra del barco en medio de la tormenta y el ser devorado por el cetáceo que a los tres días lo devolvería vino a la tierra donde había de realizar su misión. Supo ver Jonás las señales que Dios puso en su camino.

Llegaremos a entender el recorrido que nosotros hemos de hacer también que es recorrido pascual, que es de muerte para la vida, de morir a nosotros mismos, nuestros miedos y cobardías como Jonás, nuestros pecados e infidelidades, nuestro tantas veces querer desengancharnos de nuestras responsabilidades o de las misiones que tenemos que desarrollar hasta llegar a comprender el verdadero sentido de nuestra vida que pasa por la entrega y por el amor. Atravesamos nosotros tormentosos mares de la vida, llenos de dudas y de flaquezas, zarandeados por mil cosas que nos atraen de aquí y de allá y que pretenden desviarnos del camino que hemos de recorrer, de la misión que tenemos que cumplir. Pero todo eso tenemos que hacerlo pascua, todo tenemos que transformarlo en vida, todo nos ha de llevar a un nuevo renacer, a resurrección.

Un camino maravilloso, así tiene que ser, que hemos de ir realizando en esta cuaresma guiados por la Palabra del Señor, Sabiduría de Dios, que transformará nuestra vida, que nos llevará a la Pascua, que dará sentido a la celebración de la Pascua de la muerte y resurrección del Señor. Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de las que no nos podemos desentender, no podemos andar tan distraídos que no las veamos.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se nos manifiestan

 


Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se nos manifiestan

 Jonás 3, 1-10; Salmo 50;  Lucas 11, 29-32

En la vida casi sin darnos cuenta estamos rodeados de signos y señales que de alguna manera marcan lo que hacemos, a donde vamos, donde no podemos estar y muchas cosas así. ¿Queremos salir de un edificio? Buscamos la señal que nos indique donde está la puerta de salida; ¿queremos buscar una determinada cosa? Nos encontraremos señales que nos indiquen a donde debemos ir, donde debemos preguntar, y así muchísimas cosas más. Vamos por nuestras calles y caminos, y nos entraremos toda una serie de señales que nos dan direcciones, por donde podemos pasar o no, donde hay un peligro. Y vamos atendiendo a esas señales, y obedecemos esas señales que nos dan direcciones, prohibiciones o indicaciones de cómo debemos ir.

Pero ¿esas son las únicas señales o signos que nos vamos a encontrar en la vida? Decimos que tenemos que saber interpretar los signos de los tiempos, como aquellas cosas que podemos descubrir en la naturaleza que nos anuncian un tiempo meteorológico, o nos pueden prevenir incluso de posibles sucesos extraordinarios. Pero creo que pensando en signos de la vida, podemos o tenemos que saber descubrir mucho más. Hay cosas que nos pueden ayudar a descubrir la marcha de la humanidad, de la sociedad en la que vivimos, y por ahí andan los economistas haciéndonos anuncios de lo que nos puede devenir en el futuro, sociólogos que quieren interpretar la marcha de la sociedad, o personas visionarias que quizás unas veces de forma calamitosa, y otras con buen sentido nos hacen pensar en lo que estamos haciendo con la vida.

Pero creo que no nos podemos quedar ahí, ni perder solo en esas cosas. Como creyentes también hemos de tener como un sentido de Dios para descubrir señales que Dios pone en la vida, pone en nuestro mundo, pone en lo que sucede a nuestro alrededor y nos tendrían que hacer descubrir lo que Dios quiere de nosotros, a lo que Dios nos llama, el compromiso que como creyentes y cristianos también tendríamos que asumir en la vida.  Necesitamos tener una sintonía de Dios en nuestro corazón, necesitamos darle una visión profunda a nuestra vida desde una espiritualidad que vayamos construyendo en nuestro corazón.

No es cuestión de buscar milagros, o cosas extraordinarias. Es saber descubrir, quizás desde pequeñas cosas, ese sentido nuevo para nuestra vida. Tenemos que saber afinar, por decirlo así, las antenas del alma para poder entrar en esa sintonía de Dios que nos hablará quizás muchas veces a través de pequeñas cosas. Son esos signos, son esas señales que Dios va poniendo a nuestro lado, en cosas que nos suceden, en personas que nos acompañan, en buenas palabras que escuchamos y pueden hacernos pensar, en testimonios que contemplamos a nuestro lado en personas sencillas y de humilde corazón pero que están llenas de Dios.

Hoy escuchamos en el evangelio la queja de Jesús sobre aquella generación que no hacía sino pedir signos y milagros, pero no sabían sin embargo descubrir el milagro de Dios, el signo de Dios que en Jesús tenían delante de ellos. Jesús les recuerda que los ninivitas supieron comprender el signo de Jonás que apareció predicando en medio de ellos y le escucharon y se pusieron en camino de conversión. Les recuerda aquella reina del Sur que desde lejos vino para conocer a Salomón por su sabiduría, pero ahora les dice que hay alguien delante de ellos que es mucho más que Salomón. Y Jesús les viene a decir que no hay más signo que el Hijo del Hombre, no hay más signo para ellos que Jesús mismo.

¿Estaremos pidiendo también nosotros milagros y cosas extraordinarias en nuestro tiempo? Bien sabemos que somos muy crédulos y somos capaces de ir de aquí  para allá porque nos dicen que aquel lugar es muy milagroso, que allí están sucediendo cosas extraordinarias, milagros y curaciones, pero no sabemos descubrir el signo de Dios que tenemos delante de los ojos, no sabemos apreciar todo lo que en la Iglesia podemos recibir, no sabemos apreciar la riqueza de la Palabra de Dios que cada día se nos ofrece, no sabemos apreciar la riqueza de gracia que son los Sacramentos donde Dios mismo se hace presente en nuestra vida.

Pero como decíamos, descubramos con ojos de fe esos signos sencillos pero maravillosos que de mil maneras Dios va poniendo en nuestro camino. Sepamos entrar en esa sintonía de Dios y dejémonos conducir por su Espíritu que de tantas maneras llega a nuestra vida. Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida.

lunes, 11 de octubre de 2021

La vida de cada día, la historia pasada o la historia que estamos haciendo en los acontecimientos que vivimos son una lección y pueden ser una llamada del Señor

 


La vida de cada día, la historia pasada o la historia que estamos haciendo en los acontecimientos que vivimos son una lección y pueden ser una llamada del Señor

Romanos 1,1-7; Sal 97;  Lucas 11,29-32

Los golpes de la vida nos enseñan, decimos algunas veces en el sentido de que lo que nos va sucediendo en la vida tendría que ser para nosotros una lección de la que aprendiéramos. Ojalá tuviéramos la sabiduría de saber leer los acontecimientos de cuanto nos sucede para de ahí tomar lecciones para nuestra vida.

Pero tendríamos que decir que no solo es lo que a nosotros nos suceda sino que hemos de tener esa mirada sabia a la historia. No son solo acontecimientos que guardamos en la memoria sino que podrían ser lecciones para nuestra vida. en fin de cuentas esos acontecimientos de la historia fueron consecuencia de decisiones que tomaron unos hombres o unos pueblos, que con aciertos o con errores desencadenaron esos sucesos; no es que nosotros vayamos a juzgar con criterios de hoy lo sucedido en otros tiempos, porque no estábamos allí o los criterios que tenían no son los mismos que los nuestros y porque en fin de cuenta son también consecuencias de una cultura, pero sí podemos aprender de ellos para que muchas cosas no se repitan en lo malo o aprendamos para lo bueno.

En lo que leemos hoy en el evangelio Jesús les recuerda algunos momentos de la historia de su mismo pueblo. Jesús de alguna manera se queja de la dureza de corazón de aquellos que lo oían pero realmente no lo escuchaban, contemplaban sus signos en los milagros que realizaba pero se hacían sus interpretaciones, y no sabían descubrir la sabiduría que Jesús les estaba transmitiendo cuando les anunciaba el Reino de Dios y cómo habían de vivirlo. Y ahora le piden signos y señales pero no han sabido descubrir la sabiduría de Dios.

Jesús les recuerda a Jonás y la ciudad de Nínive, como también a la Reina del Sur que vino a escuchar a Salomón. La predicación de Jonás, aunque en principio se había resistido a aceptar la misión que Dios le confiaba produjo su fruto, porque los ninivitas lo escucharon y se convirtieron al Señor. De la reina de Saba les recuerda que había venido desde lejanas tierras porque quería empaparse de la sabiduría de Salomón, cuya fama se había extendido por todas partes. Y allí ahora había alguien mayor que Salomón, con sabiduría divina porque era la misma Palabra de Dios encarnada y sin embargo no querían escucharle. Por eso les dice Jesús que los ninivitas con Jonás y su predicación y la reina del Sur se convertirán para ellos en un signo en su contra.

Esto nos tiene que hacer pensar en nosotros, en nuestra vida, en la respuesta que damos a la Palabra de Dios; esto tendría que hacernos pensar también en las señales que Dios va poniendo en el camino de nuestra vida que pueden ser para nosotros en llamadas de Dios a nuestro corazón. Algunas veces pensamos que aquellos acontecimientos más duros y negativos que nos puedan suceder o que puedan suceder en nuestro entorno pueden ser esos avisos que Dios nos da; ojalá supiéramos leerlos. Pero es que también en las cosas positivas que nos suceden, en lo bueno que podamos ver en los demás también tenemos que encontrar ese estímulo para nuestra vida, esa llamada que nos despierte para que nosotros actuemos también así.

Quiero pensar también en los momentos duros que estamos viviendo en nuestra tierra con el volcán que está arrasando la isla de La Palma, pero quiero resaltar la hermosa ola de solidaridad que se ha despertado en la gente de todos los lugares; no solo es la acogida que mutuamente se están realizando aquellos pueblos a favor de los que se han quedado sin nada o los que por precaución han tenido que abandonar sus casas, sino la respuesta de tanta gente de todos los lugares que están ofreciendo su ayuda con generosidad y desprendimiento.

Son lecciones que a todos nos tienen que despertar. Es ese leer la historia y también lo que en este mismo momento nos está sucediendo con una visión positiva y de esperanza, para no decaer en la lucha, para mantenerse firmes a pesar de lo doloroso de la tragedia. Quizás nosotros vivamos alejados de esas situaciones, aunque en nuestra solidaridad no los podemos olvidar, pero también esa lucha, ese esfuerzo, esa solidaridad que vemos en los demás tenemos que sentirlo como una llamada fuerte en nuestro corazón. Son las lecciones de la vida, de la historia, no solo de lo pasado, sino de la historia que ahora mismo estamos viviendo.

lunes, 19 de julio de 2021

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

 


Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

Éxodo 14,5-18; Sal: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Cuando nos obstinamos en nuestras ideas, por muchas pruebas o razonamientos que nos hagan, si no queremos verlo, nunca lo llegaremos a ver; y decimos que somos razonables, que lo que queremos son pruebas, todo lo queremos pasar por el tamiz de nuestros razonamientos, pero hay algo que se nos pone delante de los ojos como una sombra y no hay manera de que veamos claro. Queremos pruebas, todo lo queremos pasar por lo que decimos nuestras lógicas humanas.

Pero hay cosas que nos trascienden, que van más allá de esas lógicas y de esos razonamientos, porque son cosas que tenemos que ser capaces de sentir en nosotros. Cuando andamos en esos caminos de la fe andamos muchas veces como en una lucha entre nuestros razonamientos, nuestras visiones, y algo que es mucho más hondo y que de alguna manera se convierte en inexplicable, pero que podemos llegar a vivir.

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, tenemos que ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual, tenemos que abrirnos a algo distinto y que nos trasciende de nuestra vida, tenemos que ser capaces de palpar algo que no lo podemos hacer con las manos, pero que si lo podemos hacer cuando le damos posibilidades a la fe. Por eso decimos que entramos en una sintonía espiritual, por eso hablamos de un don sobrenatural que nos viene concedido de lo alto, por eso llegamos a apreciar otros sabores y otras sabidurías que le llegan a dar a nuestro espíritu un toque distinto. Algo que muchas veces no tenemos palabras para expresar ni para explicar, pero algo que nos eleva por dentro y nos hace aspirar a cosas más altas y más elevadas por decirlo de alguna manera.

Aquellos mismos que habían visto cómo Jesús liberaba al hombre poseído por el espíritu del mal y que comienzan a atribuírselo a Jesús a otras fuerzas malignas, ahora le piden signos para creer. Han tenido el signo ante los ojos y los han cerrado para no querer creer en el signo, pero que es lo que ahora piden. Y Jesús les dice que no se les dará signos a la manera que ellos piden.

Y les habla de Jonás aquel profeta que un día desoyó la voz de Dios que le llamaba a una misión y más quiso irse en dirección contraria. Sería engullido por el cetáceo del mar pero había sido devuelto vivo y sano para que cumpliera su misión; y aquellos a los que invitó a la conversión, cambiaron sus vidas para escuchar la voz del profeta. Y les dice Jesús que los ninivitas que creyeron la palabra de Jonás un día se levantarán con aquella generación que ni quisieron creer a quien era mucho más que un simple profeta.

Y les habla de la Reina del Sur que vino de tierras lejanas para disfrutar de la sabiduría de Salomón, pero ahora hay alguien que tiene una sabiduría mayor que la de Salomón y la generación contemporánea no lo escucha.

¿No serán signos para nosotros para que en verdad descubramos la obra salvadora de Jesús y la sabiduría de sus palabras? Cerramos nuestros ojos a las obras de Dios, cerramos nuestros oídos y nuestro corazón a la sabiduría del Evangelio de Jesús. ¿Hay algo mayor o mejor que el evangelio que nos lleve a una mayor plenitud de vida y por caminos de mayor felicidad?

Algunas veces tenemos a nuestro alcance las mejores comidas con los mejores sabores, pero nos hemos acostumbrado de tal manera que ya no sabemos apreciar eso tan rico y sabroso que se nos ofrece. Nos puede pasar con el evangelio de Jesús que de tal forma nos acostumbremos que hayamos perdido el sabor de su sabiduría.

lunes, 24 de julio de 2017

No nos ceguemos para reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor

No nos ceguemos para reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor

Éxodo 14,5-18; Sal.: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Qué hermoso es ir por la vida con sinceridad y siendo auténticos. Las hipocresías y las falsedades oscurecen nuestro ser, no nos dejan ser lo que realmente somos sino que tratamos de parapetarnos tras apariencias vanas. Un día se caerán esos cortinajes de vanidad y mentira tras lo que tratamos de ocultarnos y entonces nos sentiremos peor porque nos sentiremos desnudos ante los demás con la mentira como corona de nuestra vida. Por eso, digo, es mucho más hermoso ir con sinceridad.
Desgraciadamente sabemos que esto no es siempre así. Muchos se parapetan tras esas vanidades y orgullos queriendo ocultar lo que realmente son o lo que sienten en su interior. Querrán ocultar quizás esa maldad que han dejado introducir en la vida y al final van a quedar peor. Es una tentación que todos podemos sufrir de una manera o de otra. Muchas veces en la vida no queremos manifestarnos como somos, bien porque queramos ponernos a unas alturas que no son las nuestras, bien porque queramos ocultar esas intenciones sesgadas que aparecen muchas veces en nuestro interior.
Y cuando vamos así por la vida sospechamos enseguida de los demás, vemos malas intenciones en lo que puedan hacer los otros, nos entra la desconfianza y así es difícil mantener una buena relación con los otros. Las desconfianzas rompen los lazos de afecto que puedan unirnos a los demás; con la confianza no sabremos colaborar en lo bueno que los otros hacen; aparece la envidia en nuestro corazón y la malquerencia. Nuestros ojos se vuelven turbios y opacos y no seremos capaces de ver lo más claro de la bondad que hay en los otros.
Es lo que le sucedía a muchos en torno a Jesús como contemplamos en el evangelio. Siempre estaban en la desconfianza, al acecho, viendo dobles intenciones, pidiendo una y otra vez pruebas y signos, sin llegar a ver el amor que Jesús nos mostraba, los signos maravillosos que hacia, la esperanza y la vida que podían encontrar en sus palabras y en sus gestos. No creían en Jesús. No se terminaba de despertar la fe en ellos porque su corazón estaba demasiado agriado, demasiado lleno de cosas turbias, sus ojos estaban cegados.
Una vez más le piden a Jesús un signo para creer en El. No les bastaban todos aquellos milagros que hacia, no les bastaba aquella palabra de vida eterna que Jesús les decía. Y Jesús les habla de las gentes de Nínive que creyeron en Jonás que fue un signo de salvación para ellos con lo que le sucedió en su vida y con su predicación; y les habla de la Sabiduría de Salomón reconocida en su tiempo hasta por la reina del Sur que vino para escucharle.
Ante ellos está quien con su vida, con su entrega hasta la muerte, con su resurrección va a ser ese verdadero signo de salvación para todos los hombres; ante ellos esta la Sabiduría eterna de Dios, la Palabra eterna de Dios que en Dios estaba y que de Dios vino a nosotros plantando su tienda entre nosotros para que quienes creyeran pudieran ser hijos de Dios.
Que nosotros no nos ceguemos para que podamos reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación. Que reconozcamos a Jesús y escuchemos su Palabra para que llenándonos de vida comencemos a vivir esa vida nueva donde todos nos amamos, nos aceptamos, vamos con sinceridad caminando los unos junto a los otros, creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32
‘Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás’. Jonás había predicado la conversión en Nínive y los ninivitas escucharon su palabra y se convirtieron al Señor. Bien sabemos, incluso, cómo Jonás se resistía a cumplir su misión pero llevado por los acontecimientos en los que él supo descubrir el designio de Dios al final fue a Nínive como Dios le pedía.
San Pablo dirá que ‘los griegos piden sabiduría y los judíos piden signos’, pero que él no anuncia otra cosa que a Cristo crucificado. Ahora Jesús les pone como una señal a Jonás y a la reina del Sur. Jonás porque se dejó conducir por la palabra del Señor y predicó la conversión a los ninivitas que escucharon su palabra; la reina del Sur porque vino buscando conocer la sabiduría de Salomón, y como Jesús les dice allí hay alguien que es más que Salomón, porque allí ante ellos está la Sabiduría de Dios, el Verbo de Dios, la revelación de Dios para el hombre con la que alcanzará la verdadera salvación.
En muchas ocasiones a lo largo del evangelio vemos como las multitudes se admiraban de lo que Jesús hacía - ‘nunca hemos visto una cosa igual’, decían - ante los milagros que Jesús realizaba; o en otras ocasiones se habían admirado de su sabiduría, porque hablaba con autoridad y ‘nadie ha hablado como El’. Sin embargo no terminan de creer en Jesús; aunque el pueblo le aclame y le bendiga porque viene en el nombre del Señor, por allá habrá quienes sigan dudando o incluso oponiéndose a la obra de Jesús. Era para muchos, como los de su pueblo, simplemente ‘el hijo del carpintero’, pero no sabían descubrir la obra de Dios en El; ya vemos como algunos se atreven incluso a decir que si expulsa los demonios lo hace con el poder del príncipe de los demonios. ¡Cuánto les costaba aceptar a Jesús!
Pero no nos quedemos en la reacción de las gentes en los tiempos de Jesús; para nosotros eso tiene que ser también una señal que nos hable mucho más y nos haga reflexionar sobre nosotros mismos y la manera de aceptar a Jesús y su salvación en el día a día de nuestra vida.
También dudamos muchas veces; también nos cuesta ver los signos de Dios que se van manifestando en nuestra vida; se nos cierran los ojos y no sabemos descubrir esa acción de Dios en nosotros. Pedimos muchas cosas desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestros deseos de algo mejor; pero tenemos el peligro de pedir y pedir y no saber descubrir esa presencia de Dios en nuestra vida que se nos puede manifestar de muchas maneras.
Que sepamos descubrir esas señales de Dios, es paz que podamos sentir en nuestro corazón, esa respuesta que nos va dando a lo que le vamos pidiendo, esa fuerza que hay en nosotros en nuestra lucha y en nuestros esfuerzos que son señales de esa gracia de Dios. Que se nos abran los ojos de nuestro corazón para saber descubrir y vivir esa sabiduría de Dios. El Señor continuamente realiza maravillas en nosotros. Que sepamos reconocerlo y cantarlo como María.

lunes, 14 de octubre de 2013

Aquí está la verdadera Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios que nos invita a convertirnos al Señor

Rm. 1, 1-7, Sal. 97; Lc. 11, 29-32
Hay de todo en la vida y nosotros no somos menos. Igual que hay gente valiente y decidida que no teme afrontar las cosas con decisión y tomar postura claramente por aquello que considera justo y bueno también nos encontramos con los indecisos, ya sea porque nunca tienen claras las cosas y siempre están buscando razones y motivos para aplazar una decisión, o ya porque quizá haya una cierta cobardía en su vida para mostrar claramente lo que son o lo que piensan, o ya sea porque en su malicia quieren como socavar lo bueno que hacen los demás.
Haciéndonos este comentario no podemos menos que recordar a los 522 mártires que hayan fueron inscritos en el numero de los beatos para recibir culto en la Iglesia que en momentos difíciles de persecución religiosa en el pasado siglo en España fueron capaces de dar su vida por la fe que profesaban en Jesús como nuestro único Salvador.
Pero también hemos de reconocer que no siempre tenemos la valentía de los mártires, aunque ese tendría que ser en verdad nuestro sentir y nuestro estilo de vivir, y estamos muy llenos de limitaciones, de debilidades, de dudas y nos cuesta ponernos totalmente del lado de Jesús con nuestras posturas en la vida y con nuestra manera de vivir.
Pero el evangelio que hoy escuchamos quiere hacernos recapacitar ante tantos que les cuesta hacer una opción clara por Jesús y siempre andan buscando disculpas, pidiendo pruebas para poner toda nuestra fe en Jesús o hasta viendo con no muy buenos ojos todo aquello que nos enseña o nos pide Jesús. Ya escuchábamos en pasados días como había quien atribuía las obras de Jesús al poder del espíritu del maligno, pero escuchábamos también cómo Jesús nos decía que no podíamos querer ir andando o nadando entre dos aguas, sino que nuestra decisión por El y su evangelio había que tomarla con toda radicalidad. ‘El que no está conmigo, está contra mi; el que no recoge conmigo, desparrama’, nos decía Jesús.
Es la queja, podíamos considerarla como amarga, que hoy escuchamos en labios de Jesús. ‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se les dará más signo que el signo de Jonás’. Ya escuchábamos en pasados días que el evangelista decía que ‘otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo’. Ya comentábamos la ceguera para no ver las señales que Jesús nos iba dando de quien era y las señales del Reinado de Dios que se expresaban en los milagros que iba realizando. Pero no todos eran capaces de verlo y aún seguían pidiendo signos.
Como nosotros cuando no queremos decidirnos de verdad, que vamos dando largas, buscando plazos, pidiendo pruebas, que nada nos satisface, pero no es porque realmente no veamos la verdad que se nos revela, sino porque quizá nos cuesta arrancarnos de muchos apegos que tenemos en nuestra vida y en nuestro corazón y de los que tendríamos que desprendernos si en verdad nos decidimos por Jesús y la vivencia de su Evangelio.
Como nos ha dicho hoy no se les dará más signo que el de Jonás. El signo de Jonás estaba en su propia vida en que él mismo se convirtió al Señor después de todos los acontecimientos que se fueron sucediendo, para aceptar y para cumplir lo que el Señor le pedía de invitar a la conversión a las gentes de Nínive. El haber sido devorado por el cetáceo que al poco tiempo lo vomitó vivo en la playa de nuevo, se convierte en un signo de la muerte y de la resurrección del Señor al tercer día de entre los muertos.
Pero el signo de Jonás está también en la conversión de los ninivitas ante la predicación de Jonás. Como les dice el Señor esa conversión de los ninivitas por la predicación de Jonás se convertirá en un signo de condena para aquella generación. Los ninivitas solamente tuvieron un profeta, aquella gente tenía a Jesús, verdadero Hijo de Dios hecho hombre en medio de ellos para traer la salvación.
Lo mismo dice de Salomón y la reina del Sur que vino desde lejos para escuchar la sabiduría de Salomón. ‘Y aquí hay uno que es más que Salomón’, les dice Jesús. ¿Cómo no escuchar al que es la verdadera Sabiduría de Dios, verdadera Palabra viva de Dios que se nos revela en Jesucristo encarnado para nuestra salvación?
¿Qué nos moverá a nosotros a convertir nuestro corazón al Señor? Cuánto hemos recibido de la Palabra de Dios que cada día se nos proclama; cuánto hemos recibido y podemos recibir de la presencia de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros que se convierte en nuestro alimento y nuestra vida. Y nosotros cerramos los ojos y no queremos creer, cerramos nuestro corazón y no queremos convertirnos al Señor. Y también seguimos pidiendo plazos, o queriéndolo dejar para otro momento, o pidiendo una prueba mas para creer en Jesús.

Despertemos nuestra fe y decidamos con valentía por seguir a Jesús y vivir su vida de santidad y de gracia. Que el ejemplo de nuestros mártires sea para nosotros estímulo y fortaleza.

jueves, 28 de julio de 2011

¡Qué deseables son tus moradas…!

Ex. 40, 16-21.34-38;

Sal. 83;

Mt. 13, 47-53


‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Lo hemos repetido en el salmo. Es la expresión del deseo de todo verdadero creyente. Estar con el Señor. Vivir en la gloria de Dios. ‘Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo’.
Este responsorio y este salmo lo hemos ido recitando, como respuesta de oración a la Palabra proclamada, después de escuchar la descripción que el libro del Exodo nos ha hecho del Santuario del Señor construido por Moisés allá en medio del campamento. Pero ese santuario material, con toda su suntuosidad, con toda la riqueza con que era adornado, porque era para el Señor, es imagen del Santuario de los cielos. Es la imagen terrena que nos recuerda esa presencia del Dios en medio de su pueblo, repito, imagen del Santuario del cielo. Allí está el verdadero y auténtico santuario de Dios.
Todo para manifestar y expresar la gloria del Señor. Porque ¿qué es el cielo? No nos quedamos en un lugar fisico, porque al estar hablando de la presencia de Dios estamos hablando de algo espiritual. El cielo es Dios, es estar en Dios, vivir a Dios en plenitud, gozar de la gloria de Dios. Humanamente mientras caminamos por la tierra necesitamos de esos templos materiales, de esos santuarios que nos manifiesten esa gloria de Dios, nos hagan presente esa gloria del Señor, nos recuerden esa presencia de Dios en medio nuestro. Es una imagen, pues, porque la presencia y la gloria del Señor no la podemos encerrar en ningun templo material. Es algo mucho más profundo e intenso con toda la inmensidad que es Dios.
Eso era, significaba, aquel Santuario levantado por Moisés allí en medio del campamento de Israel. Era la tienda del encuentro, aquel lugar que ‘cuando la nube se posaba sobre él la gloria del Señor llenaba el Santuario’. Esa presencia de la gloria del Señor estaba siendo quien en verdad guiase al pueblo en su peregrinar. Todas las imágenes con que se describe de eso nos están hablando. ‘Cuando la nube se alzaba del Santuario, los israelitas levantaban el campamento en todas sus etapas… de día la nube del Señor se posaba sobre el Santuario, y de noche el fuego, en todas sus etapas, a la vista de toda la casa de Israel’. Era la señal cierta de cómo Dios estaba con ellos.
Cuando ya se establezcan definitivamente en el territorio de Canaán David querrá levantar un templo para el Señor, pero será su hijo y sucesor Salomón el que lo podrá construir. Pero ya sabemos cómo Cristo nos viene a decir que El es el verdadero templo de Dios, porque es la más grande, la más intensa, la más maravillosa presencia de Dios en medio nuestro, Emmanuel, Dios con nosotros, para nuestra vida y salvación.
Seguimos nosotros levantando templos materiales pero ya sabemos siempre que son imagen del templo celestial. Todo a imagen de Cristo, por eso nuestros templos se convierten también en signos de Cristo en medio de nuestro mundo. Seguimos aspirando a habitar en las moradas del Señor, pero ya sabemos nosotros que ese habitar en las moradas del Señor es habitar en Dios. Así centramos nuestra vida en Cristo y en El y por El siempre queremos vivir. Nuestro vivir ya no será otro que vivir a Cristo, o que Cristo viva en mí. Por lo que nosotros, como hemos reflexionado recientemente, nos convertidos en esos templos del Espíritu, en esa morada de Dios.
El templo sigue siendo para nosotros ese Santuario de Dios, ese lugar sagrado que es ‘Tienda del Encuentro’, lugar del encuentro con el Señor porque allí escuchamos de manera especial su Palabra y celebramos el culto a Dios viviendo los sacramentos. El templo sigue siendo en medio de nosotros ese signo de la presencia de Dios, pero que nos habla de ese Santuario en plenitud de los cielos que todos deseamos un día poder habitar.
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Cuánto deseamos estar con el Señor. vivamos esa santidad que nos llena de la gracia del Señor y sentiremos en verdad cómo Dios habita en nosotros, somos esa morada de Dios y ese templo del Espíritu.

domingo, 24 de julio de 2011

Va a vender todo lo que tiene para poder conseguir el tesoro escondido


1Rey. 3, 5.7-12;

Sal. 118;

Rm. 8, 28-30;

Mt. 13, 44-52

Hay cosas y acontecimientos que suceden en la vida y en la historia que dejan una huella, que se convierten en trascendentes incluso para la vida o para la historia de la humanidad. Un hecho especial que nos sucede en la vida, un descubrimiento científico, un hecho que pudiérmos considerar histórico para la humanidad, y así muchas cosas en todos los órdenes que nos producen un impacto grande y que pueden marcar y cambiar la vida. A partir quizá de ese momento, de ese descubrimiento o de ese acontecimiento ya las cosas no son igual.

Hoy Jesús en las parábolas escuchadas nos está diciendo que eso tiene que ser para nosotros el Reino de Dios, el evangelio, la propia presencia de Jesús en medio nuestro. Es el tesoro escondido y encontrado, es la perla más preciosa por lo que hemos de saber dejarlo todo. Parábolas las hoy escuchadas que nos pueden parecer pequeñas y hasta insignificantes pero que tienen, creo, un mensaje muy profundo e importante. Nos está hablando Jesús de la radicalidad con que hemos de hacer opción por El, por el Reino de Dios, por la Buena Noticia que nos anuncia. Tanto, como para venderlo todo para conseguir ese tesoro; tanto, como para darle totalmente la vuelta a la vida para vivir ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

Nos sucede sin embargo a los cristianos que tenemos el tesoro y no sabemos valorarlo. Nos hemos acostumbrado – mala costumbre, tendríamos que decir - a eso de que somos cristianos desde siempre porque desde pequeño nos bautizaron y todo esto lo escuchamos una y otra vez que luego ya el evangelio no significa novedad para nosotros; no nos sentimos sorprendidos por el mensaje del Evangelio.

Cuando nos cuentan quizá que una persona que nosotros conocíamos de siempre ha cambiado su vida porque en el evangelio ha encontrado una nueva luz para su existencia y que ahora está queriendo vivir con una mayor intensidad y hasta radicalidad lo que le pide el Señor, quizá nos miramos extrañados preguntándonos qué es lo que le habrá pasado a esa persona para ese cambio. Pues sencillamente eso, que se ha encontrado con la perla preciosa, con el tesoro escondido del Evangelio que ha tenido siempre delante de sus ojos, como lo tenemos nosotros, pero que hasta entonces no le había hecho caso y ahora sí lo ha descubierto.

En otros momentos del evangelio escuchamos mensajes en este sentido a los que muchas veces no le damos toda la importancia y la profundidad que tienen. Por ejemplo, cuando Jesús comienza a hacer el anuncio del evangelio habla de conversión. Nos hemos acostumbrado a esa palabra y quizá la recordamos un poco más en el tiempo de la cuaresma. Pero es que Jesús nos está diciendo que creer en esa Buena Noticia del Reino que nos anuncia, significa darle una vuelta total, radical a nuestra vida. No es decir creo en el Reino de Dios y las cosas siguen igual, mi vida sigue igual.

Cuando vemos, por ejemplo, que a aquel joven que le pregunta qué es lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna – una referencia al reino de Dios – Jesús le pide que venda todo lo que tiene para que tenga un tesoro en el cielo y le siga. Es serio lo que Jesús le está planteando. Nos quedamos tan tranquilos pensando, bueno, era rico y no fue capaz de desprenderse de sus riquezas. Pero es que ahí se está manifestando lo que hoy nos enseña la parábola. Aquel agricultor o aquel comerciante lo vendieron todo con tal de adquirir aquel tesoro o aquella perla preciosa y valiosa; tan importante era para ellos el tesoro o la perla encontrada.

Para poseer, para vivir el tesoro del Evangelio, la perla preciosa del Reino de Dios que Jesús nos anuncia, significa dar esa vuelta profunda a nuestra vida. Son nuevos valores, es nueva forma de vivir, son actitudes nuevas, es una nueva forma de pensar y de actuar. Es más, encontrarme con el tesoro del Reino es encontrarme con Jesús. Ese es el verdadero tesoro de nuestra vida. Y ese encuentro sí que es algo trascendental para mi vida y que tiene que transformar toda mi existencia. Mucho más que cualquier acontecimiento histórico o cualquier descubrimiento maravilloso que se haya podido hacer en beneficio de la humanidad.

Encontrarme con Cristo y decir que soy cristiano no es simplemente vivir como siempre he vivido o como vive cualquiera a nuestro alrededor. Es una nueva vida, un nuevo vivir, porque es vivir con la vida de Cristo, en vivir a Cristo. Aquello que dice san Pablo y que hemos escuchado más de una vez, ‘he crucificado mi vida con Cristo de manera que ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’.

¿He pensado alguna vez que si en verdad es Cristo quien vive en mi lo que estoy haciendo lo haría de la misma manera? ¿Sería de la misma forma cómo me relacionaria con Dios? ¿Rezaríamos u oraríamos de la misma manera? ¿Sería el mismo trato el que tengo con los demás? ¿Le daríamos el mismo uso a esas cosas que poseemos y por las que tanto nos afanamos? ¿Tendríamos los mismos afanes y agobios con que vivimos hoy?

Muchas preguntas tendríamos que hacernos porque nuestra relación con la sociedad en la que vivimos y el compromiso con nuestro mundo seguro que sería otro. Ese tesoro del Reino de Dios que encontráramos seguro que nos pondría en un camino de mayor solidaridad, no nos dejaría tan insensibles ante las necesidades o problemas que podamos ver alrededor, nos saldríamos más de nuestras actitudes egoístas donde pensamos más en nosotros mismos que en los otros. Encontrarnos con ese tesoro del Reino de Dios nos va a poner en camino de más amor, de más cercanía a los otros; nos va a impulsar al compartir y al vivir unidos, nos va a motivar para que hagamos un mundo mejor donde todos seamos más felices; nos va a enseñar donde están las cosas verdaderamente importantes.

Las parábolas que hemos venido escuchando en estos domingos anteriores – todas forman parte de este capítulo trece del evangelio de Mateo – creo que nos han venido preparando para que con sinceridad abramos nuestro corazón a la Palabra de Dios, a esa semilla que nos hace encontrarnos de verdad con el Reino de Dios por el que tendríamos que dejarlo todo. Nos han ayudado a preparar la tierra de nuestra vida para hacer que esa semilla dé fruto en nosotros.

En la primera lectura escuchábamos cómo Salomón le pide a Dios no larga vida ni riquezas ni la vida de sus enemigos, sino sabiduría para saber gobernar a aquel pueblo. ¿Qué le pedimos nosotros al Señor? Pidámosle esa Sabiduría del Espíritu que nos ayude a descubrir ese tesoro inmenso que Dios pone en nuestras manos; esa sabiduría y fortaleza para de verdad empeñarnos por el Reino de Dios; esa sabiduría que nos ayude a comprender el misterio de Dios, el misterio de Jesús para convertirlo en el verdadero centro de nuestra vida; sabiduría y fortaleza para dejarlo todo por seguir a Jesús y vivir su evangelio; que nos dé su Espíritu de Sabiduría para saber redescubrir el Evangelio.


miércoles, 16 de marzo de 2011

Pregona allí el pregón que te diré para que se conviertan de su imperfecta vida


Jonás, 3, 1-10;

Sal. 50;

Lc. 11, 29-32

Suena de nuevo en nuestro camino cuaresmal la palabra conversión. El profeta es enviado a Nínive, aunque bien le costó aceptar aquella misión de la que en principio quería huir embarcándose en camino contrario. Pero Dios le había confiado una misión que tenía que cumplir y aunque los caminos fueran tortuosos al final terminó aceptando y cumpliendo aquella misión. Conocemos por otros momentos lo de la tormenta en el mar, lo del cetáceo que se lo tragó y demás cosas.

‘Vino de nuevo la Palabra del Señor a Jonás: Levántate y vete a Nínive, la gran capital y pregona allí el pregón que te diré’. Y Jonás hizo como le había dicho el Señor. ‘Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando lo que el Señor le decía: Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada’.

Es admirable la prontitud con que la ciudad entera acogió la llamada del profeta. Todos se visten de penitencia convirtiéndose al Señor de su mala vida y de las maldades cometidas. Y el Señor vio el arrepentimiento del pueblo y para ellos hubo perdón.

Nosotros también escuchamos esa invitación al arrepentimiento y a la conversión que el Señor nos va haciendo en la Palabra que la Iglesia nos proclama cada día. De forma concreta iremos escuchando cada día lo que la Palabra nos va señalando de las cosas que tenemos que ir transformando, cambiando en nuestra vida.

La Cuaresma va siendo ese momento de reflexión, de examen, de mirarnos la vida, pero de mirar la gran bondad del Señor que nos acompaña con su gracia. En nosotros está ahora la respuesta que tenemos que ir dando en esa purificación de nosotros mismos, en esa renovación de la vida, en esa conversión sincera al Señor.

Jesús se queja hoy, en el evangelio que hemos escuchado, de aquella generación porque una y otra vez piden signos y señales, pero tienen los ojos cegados y no terminan de descubrir todo lo que les está ofreciendo. ‘Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación’. A la hora del juicio se levantará la reina del Sur que vino a escuchar la sabiduría de Salomón, se levantarán los ninivitas que escucharon las palabras del profeta y se convertirán en acusación. Allí está quien es más que Salomón con toda su sabiduría, porque allí esta la Palabra viva de Dios; allí está alguien que es más que Jonás que solo era un profeta, porque está el Hijo de Dios con su salvación.

¿Qué dirá el Señor de la respuesta que ahora nosotros damos? ¿Estaremos también cegados o aplomados en nuestras rutinas de siempre pensando que ya somos buenos y que de nada tenemos que convertirnos? Muchas veces nos cegamos. Yo no tengo pecados, decimos tantas veces. Nos falta inquietud en nuestro corazón para crecer cada día más como personas y como cristianos. Nos falta finura espiritual para ir purificándonos más y más de esas cosas que nos pueden parecer pequeñas e insignificantes pero que tanta rémora pueden ser en nuestra vida para ese crecimiento espiritual.

Saben ustedes que los cascos de los barcos hay que estar haciéndoles continuamente un mantenimiento no solo pintándolos para evitar la corrosión en el contacto contínuo con el agua, sino además para limpiarlos de muchas cosas, algunas pueden parecer pequeñas, rémoras que se van adhiriendo a su superficie y que les impedirán el que puedan deslizarse con fluidez en medio de las aguas.

Así en nuestra vida. Necesitamos quitar esas pequeñas cosas que también nos impiden realizar con toda prontitud y fluidez en esa carrera espiritual de nuestra vida. Esa purificación nos hará crecer espiritualmente; esa purificación nos conducirá a esa vida santa a la que estamos llamados arrancándonos de esas imperfecciones en nuestros gestos, en nuestras actitudes, en las cosas que hacemos, decimos o pensamos, que tanto nos limitarían.

Escuchemos sin miedo esa invitación a la conversión, a la purificación, al crecimiento espiritual, en una palabra, a la santidad.

lunes, 11 de octubre de 2010

Aquí hay uno que es más que Jonás…

Gál. 4, 22-23.26-27.31 -5,1;
Sal. 112;
Lc. 11, 29-32

Como se va haciendo una lectura continuada del evangelio, en este caso de san Lucas, los textos escuchados en días precedentes tienen una íntima relación de continuidad con el que hoy se ha proclamado. En días pasados hemos visto distintas reacciones ante Jesús, desde quienes le achacaban de forma blasfema, decíamos, su poder para expulsar demonios al poder del príncipe de los demonios, pasando porque quienes siempre estaban pidiendo signos extraordinarios del cielo para creer en Jesús, hasta aquella gente sencilla como aquella mujer anónima que prorrumpió en bendiciones y alabanzas para la madre de Jesús.
Escuchamos, entonces, por una parte la bienaventuranza de Jesús para quienes escuchan la Palabra y la cumplen plantándola en su corazón y en su vida, pero también el que tenemos que decidirnos de forma rotunda por seguir a Jesús. ‘Quien no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’.
El texto de hoy es una invitación a creer en Jesús a reconocer sus obras y su autoridad, su sabiduría y la luz que es para nuestra vida. ‘Piden signos y no se les dará más signo, que el signo de Jonás’. El profeta Jonás que, aunque en principio no quería ir a Nínime a anunciar el mensaje que Dios le decía, sin embargo cuando, tras todas las incidencias por las que tuvo que pasar que también son signo en algunas cosas de Jesús, por fin predica en Nínive, los ninivitas escucharon y creyeron en las palabras del profeta y se convirtieron al Señor haciendo penitencia.
‘Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación’, les dice Jesús. ‘Ellos se convirtieron con la predicación de Jonás y aquí hay uno que es más que Jonás’. Allí está Jesús, el Hijo de Dios, nuestro Salvador, el que murió y resucitó por nosotros al tercer día. Recordamos también cómo Jonás estuvo tres días en el vientre del cetáceo y al final vivo y salvo fue a cumplir su misión profética. Pero nosotros creemos en Jesús, el Señor, resucitado de entre los muertos, como nos decía ayer san Pablo, ‘éste ha sido mi evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas, pero la palabra de Dios no está encadenada’.
Les recuerda Jesús a la Reina del Sur ‘que vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón’. A Salomón el Señor le concedió el espíritu de sabiduría para gobernar a su pueblo y fue la admiración de todos. Pero nosotros creemos en Jesús, verdadera Sabiduría de Dios, porque es la Palabra viva de Dios que se ha encarnado, se ha hecho hombre, y es el que en verdad puede darnos a conocer todos los misterios de Dios.
Recordemos lo que nos dice en otros lugares del evangelio. ‘A Dios nadie lo ha visto jamás; sólo el Hijo único del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer… nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo da a conocer’.
Vayamos, pues, hasta Jesús. Creamos firmemente en El. Pongámonos en silencio ante El para dejar que penetre hondamente dentro de nosotros y podamos conocerle y vivirle. Abramos nuestro corazón con humildad haciéndonos pequeños y sencillos para que podamos conocer a Dios, porque Dios, su sabiduría, sólo se manifiesta a los pequeños y a los sencillos.
Pidamos, pues, que nos conceda ese espíritu de Sabiduría para conocerlo, para saborear todos los misterios de Dios. Algunas veces podamos sentirnos desbordados por tanto misterio pero tengamos la certeza de que El quiere dársenos a conocer, quiere llenarnos de su Espíritu para que no sólo lo conozcamos, podíamos decir, de una forma intelectual, sino para que lleguemos a ese conocimiento más profundo que es vivirle. Démosle gracias a Dios por el don de la fe.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La boca del justo expone la sabiduría

1Rey. 10, 1-10
Sal. 36
Mc. 7, 14-23


Recordamos que hace unos días cuando Dios le decía a Salomón ‘pídeme lo que quieras’ la petición fue ‘un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien’; le pedía sabiduría, aunque Dios le prometía también prosperidad y riquezas ya que no había sido egoísta en su petición. ‘Te daré lo que has pedido: un corazón sabio y prudente, como no lo ha habido ante de ti ni lo habrá después de ti. Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama mayores que las de rey alguno’.
El texto que hoy escuchamos nos lo corrobora. ‘La reina de Saba oyó la fama de Salomón… y vino a Jerusalén para comprobarlo’. Nos hace el texto una descripción de dicha visita donde aparece la sabiduría de Salomón, pero también el esplendor de su reino. ‘En sabiduría y riquezas superas todo lo que yo había oído’, le dice. ‘Dichosa tu gente, dichosos todos los que están en tu presencia aprendiendo de tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que por el amor eterno que le tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono y seas su rey…!’
Es hermosa esta alabanza, pero principalmente este reconocimiento que se hace del actuar de Dios. Reconocer las bendiciones del Señor. Fáciles somos para suplicar al Señor cuando estamos en situaciones difíciles o con problemas, pero el reconocimiento del actuar de Dios es algo que pronto olvidamos. Creo que hay aquí un hermoso mensaje, que nos enseña también a ser agradecidos para con Dios por cuanto de El recibimos.
Me hace pensar en aquel pasaje del evangelio donde Jesús curó a diez leprosos y sólo uno fue capaz de volver hasta Jesús para dar gracias y bendecir al Señor que le había restablecido la salud. Y recordemos cómo Jesús se preguntaba ‘y los otros nueve ¿dónde están?’ Que no tenga el Señor que hacernos nunca ese reproche, porque siempre tengamos muy presente en nuestra vida la acción de gracias a Dios.
‘La boca del justo expone la sabiduría’, hemos dicho en el salmo responsorial ‘porque lleva en el corazón la ley de su Dios y sus pasos no vacilan’, continuábamos diciendo. Que aprendamos nosotros esa sabiduría de Dios porque plantemos de verdad la ley del Señor en nuestro corazón. Que sepamos empaparnos de Dios y de lo que es su voluntad.
El evangelio que hoy hemos escuchado viene a completar lo que reflexionábamos ayer cuando Jesús respondía a lo que decían los fariseos de los discípulos que comían sin lavarse las manos. ‘Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’. Y concluirá Jesús explicándole a los apóstoles que les costaba entender. ‘De dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad…’ no es necesario mucha explicación porque creo que todos lo podemos entender fácilmente.

viernes, 5 de febrero de 2010

Estando con Jesús saboreemos la sabiduría de Dios

1Rey. 3, 4-13
Sal. 118
Mc. 6, 30-34

 
Quiero subrayar brevemente varios pensamientos que me surgen a partir de la reflexión de los textos de la Palabra proclamados hoy.
Hemos hablado en varias ocasiones recientemente cómo Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con El. Y hemos escuchado en días pasados cómo los envió a predicar de dos en dos anunciando el Reino, predicando la conversión y dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Hoy contemplamos el regreso de los apóstoles que ‘volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’.
A continuación nos dice el evangelista que Jesús quiso llevárselos a un lugar tranquilo y apartado para estar con El. ‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco’. Nos está manifestando la preocupación de Jesús por ese grupo de los apóstoles y cómo, podríamos decir, el trata de cuidarlos de manera especial.
Estar con Jesús. En la intimidad de la soledad. Como amigos que se encuentran y quieren estar juntos para contarse muchas cosas. Lo necesitamos hacer con Jesús. Después de un encuentro así cómo crece la amistad y el amor. Lo necesitamos para alimentar nuestra fe. Es la intimidad de la oración. Es el descanso y el alimento del alma. Es el diálogo de amor. Es sentir la paz del Señor en la vida. Es el hablarle, contarle nuestras cuitas y preocupaciones, pero también es el escucharle, sentir lo que El quiere decirnos allá en lo más hondo del corazón. Es el silencio, quizá, de estar simplemente con El. Necesitamos de ese silencio de paz.
Un segundo pensamiento al hilo de lo que sigue contándonos el evangelio. La gente quiere estar también con Jesús. En esta ocasión vemos que no lo dejan en paz y le buscan a donde quiera que se vaya. ‘Eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer’. Ahora vienen de todas partes e incluso se les adelantan para cuando llegue a desembarcar. ‘Al desembarcar Jesús vio una multitud’ que se les habían adelantado.
Pero aquí aparece una vez más el corazón lleno de amor de Jesús. ‘Le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles con calma’. Nunca nos faltará ese amor. Siempre El está dispuesto a alimentarnos. Ahora lo hace con su Palabra. Si siguiéramos leyendo el texto del evangelio, lo veríamos realizar el milagro de la multiplicación de los panes. Es un amor que da totalmente por nosotros.
Finalmente el tercer pensamiento lo tomamos del texto del libro de los Reyes. ¿Qué desearíamos en realidad pedir nosotros al Señor como deseo más importante? Nos lo va a enseñar este texto. Salomón ha heredado el reino de David, su Padre. Se acerca a los santuarios para hacer las ofrendas y dar gracias. ‘Pídeme lo que quieras’, le dice el Señor.
¿Qué es lo que le pediría Salomón? Comienza reconociendo la misericordia que el Señor ha tenido con David, su padre. Para él sólo pide sabiduría y prudencia. No pide riquezas, ni pide poder ni ostentación. ‘Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien…’ Un corazón dócil y discernimiento. En una palabra, sabiduría. Saber encontrar el sentido de la vida y de las cosas. Saber discernir el bien del mal. Un corazón que aprecie lo bueno, que busque lo bueno, que sus aspiraciones sean metas altas y nobles.
¿Qué le pedimos nosotros al Señor? ‘Bendito eres, Señor; enséñame tus leyes’, decíamos en el salmo; que sepamos descubrir lo que es la voluntad del Señor. Que por nuestra rectitud y bondad seamos gratos al Señor y toda nuestra vida será bendición y alabanza para el Señor.

viernes, 16 de octubre de 2009

Una levadura para el mal

Rom. 4, 1-8
Sal. 31
Lc. 12, 1-7


Cuidado con la levadura de los fariseos…’ les dice Jesús a los discípulos. ¿Qué querrá decir? Ya sabemos la función de la levadura; un pequeño puñado de levadura se mezcla con toda la masa y la hace fermentar. Para la cantidad grande que es la masa, el puñado de levadura apenas se nota, es insignificante; sin embargo mira cómo la transforma.
Pues Jesús advierte a los discípulos de la levadura de los fariseos, y especifica de forma concreta, de la hipocresía, de la falsedad, de la mentira, de la doblez de corazón. Es como contagiosa. Cómo apenas sin darnos cuenta se nos infiltra en nuestro corazón y cambiamos
Jesús habló entonces de la levadura de los fariseos y hoy nos hablaría de la levadura del mundo en el que vivimos. Somos nosotros los que tenemos que transformar el mundo con la semilla del Reino de Dios, pero cómo se infiltra en nuestra vida el espíritu del mundo. Casi sin darnos cuenta comenzamos a pensar a la manera del mundo. ‘Tú piensas como los hombres, no como Dios le decía Jesús a Pedro’. Y nos pasa a nosotros.
Sutilmente se nos va metiendo en nuestra vida. Es que todo el mundo lo hace, todo el mundo piensa así, nos dicen. Es que las cosas han cambiado, nos dicen otros. Y se nos introduce el materialismo en la vida; y sentimos apegos desorbitados por una sensualidad que nos está invitando a gozar y disfrutar y a pasarlo bien de la forma que sea. Y nos dicen que todas las religiones son buenas, y nosotros nos lo creemos y renunciamos a la verdad del Evangelio y su salvación. Y así no sé cuantas cosas.
Vendrá la frialdad, seguirá la indiferencia, todo nos parece igual, ya no nos merece la pena esforzarnos tanto, desatendemos la vigilancia necesaria en la vida y vamos cayendo como por una pendiente sin darnos cuenta, donde al final casi abandonamos todo.
Hace unos días reflexionábamos en lo que Salomón le pidió al Señor. Sabiduría. Saber gobernar recta y sabiamente a su pueblo, y saber discernir el mal del bien. Necesitamos de esa sabiduría. Porque nos mezclan las cosas de tal manera y de tal manera nos las presentan que todo nos parece igual de bueno, y las cosas no tienen importancia, y al final nos vemos enredados en las redes de la tentación y el pecado.
A continuación Jesús les decía ‘no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a los que tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar en el fuego…’ Quien nos puede matar la vida divina en nosotros, quien nos hace perder la gracia y rodar por las honduras del pecado, quien nos puede engañar para llevar por el mal camino, quien nos puede llevar a la condenación eterna, a esos son a los que hay que temer. Es la vigilancia necesaria de la que hablábamos, es el cuidado de la mala levadura que nos transformará para mal.
Pero al mismo tiempo Jesús nos dice que no hay que temer. Nos puede parecer contradictorio pero no lo es. No tememos porque tenemos a un Dios que nos ama y que nos cuida. A un Dios que está a nuestro lado y nos ilumina y fortalece con su gracia. A un Dios que nos conoce profundamente, pero cuida del más pequeño detalle de nuestra vida. Porque no nos tiene que mover el temor sino el amor. Y sintiendo lo que es el amor que Dios nos tiene hemos de estar seguros. Pero hemos de saber aprovechar esa gracia; no dejar que caiga en saco roto.
Es el camino por el que nos quiere llevar Jesús. Es el camino que nos conduce a la santidad. Es el camino hermoso del amor de Dios, que tiene que ser también nuestro amor.