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miércoles, 9 de noviembre de 2022

No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

 


No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Puede parecer una anécdota lo que nos cuenta hoy el evangelio sin embargo es un hecho bien significativo. Nos habla de las costumbres que se habían creado alrededor del templo de Jerusalén.

Allí cada día se ofrecían sacrificios a Dios, en los cuales además de las ofrendas de las primicias que todo buen judío estaba obligado a realizar – podríamos decir que era como una contribución necesaria para el mantenimiento del culto – muchos eran los animales que eran sacrificados, como un rito ya preestablecido, como signo de la acción de gracias a Dios reconociendo que todo don nos viene de él, o también de purificación de los pecados.

Era en cierto modo normal que en torno al templo se había creado un mercado donde podían adquirirse aquellos animales que habían de ser sacrificados, pero también donde se ofertaba el necesario cambio monetario porque en los cepillos del templo solo se podían utilizar las monedas oficiales del mismo templo.

Nos podemos sentir como escandalizados que así se desvirtuara el verdadero culto que en el templo debía ofrecerse al Señor y de alguna manera toda esa barahúnda mercantil silenciaba, o al menos hacía difícil el que se pudiera escuchar, la Palabra del Señor que allí había de ser proclamada. Era en aquellos pórticos del templo donde los maestros de la ley enseñaban al pueblo y era el lugar propicio para ese encuentro con la Palabra del Señor. ¿No nos habla el evangelio de que Jesús en su primera subida a la Pascua en Jerusalén, tras su pérdida fue encontrado precisamente en el templo escuchando y discutiendo con los doctores de la le? Algo realmente premonitorio.

Desde el hoy de nuestra vida, como decíamos, nos podemos sentir escandalizados por ese desvirtuar el verdadero sentido del templo, pero ¿qué sucede en torno a nuestros templos y santuarios? ¿Qué es lo que nos encontramos? Cuando no es desde el mismo templo, desde la misma organización de la Iglesia, que ofrecemos la oportunidad de llevarnos ‘un recuerdo’ del santuario, será todo un montaje comercial el que se crea en nuestros pueblos o ciudades en torno a nuestros templos y santuarios de especial devoción. ¿Cuál tendría que ser el auténtico ‘recuerdo’ que nos tendríamos que llevar tras nuestra visita al templo del Señor?


Hemos escuchado en el evangelio. ‘Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’.

‘No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’. Causaría gran conmoción este gesto de Jesús. Todo un gesto profético. Algo nuevo tiene que comenzar. Algo que tiene que tener verdadero sentido de vida. Algo nuevo nos está ofreciendo Jesús. Cuando le recriminan con qué autoridad está haciendo aquello pronuncia también unas proféticas palabras, que sin embargo un día van a ser utilizadas en su contra en el juicio ante el Sanedrín. Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’. Estaba hablándonos de algo distinto, como nos comentará el evangelista, se refería al templo de su cuerpo.

Jesús verdadero templo de Dios en medio de nosotros los hombres. ¿No decimos que es el Emmanuel, Dios con nosotros? en Jesús podemos ofrecer el mejor culto a Dios, por El, con El y en El todo honor y toda gloria como proclamamos en el momento solemne de la ofrenda de la Eucaristía. Anunciaba su muerte y su resurrección, pero nos anunciaba también algo nuevo, en lo que podíamos convertirnos nosotros si en verdad vivimos unidos a El. Vamos a ser nosotros ese templo de Dios. Así nos lo recordaba san Pablo. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ Con Cristo en nuestro bautismo hemos sido convertidos en sacerdotes, profetas y reyes. Así podremos ofrecer el verdadero culto a Dios. Grandeza y santidad de nuestra vida.

Nos estamos haciendo estas consideraciones cuando estamos celebrando la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que como todos sabemos es la Catedral del Roma, la sede del Obispo de Roma. En un sentido de comunión eclesial celebramos esta fiesta, que por otra parte desde la Palabra de Dios proclamada tan hermoso mensaje nos ha dejado para nuestra vida.

Cuidamos que no solo nuestros templos sean verdadero santuario de Dios y auténtica casa de oración despojándolos de tantas cosas que hemos montado en su entorno, sino que también nuestras vidas, por la santidad que vivimos, sean ese santuario de Dios y signo de la presencia de Dios para los que nos rodean. Es el testimonio que tenemos que dar.

sábado, 25 de junio de 2022

El camino de María junto al camino de Jesús, un corazón en silencio que todo lo guardaba, es el camino de la madre junto al camino de los hijos que nos habla con su presencia

 


El camino de María junto al camino de Jesús, un corazón en silencio que todo lo guardaba, es el camino de la madre junto al camino de los hijos que nos habla con su presencia

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19; Sal 73; Lucas 2, 41-51

Hoy vamos a hablar del corazón de una madre, del corazón de las madres. Pero ¿qué podemos decir nosotros sino simplemente lo que intuimos? Tendríamos que dejar que fuera una madre la que nos hablara, de su corazón, de lo que guarda en él, de sus suspiros y de sus pensamientos, de sus sueños, pero también de sus amores, y de sus dolores, de tantas y tantas cosas que en silencio va metiendo en él, va guardando en su corazón.

Uno se pone a pensar en su propia madre y se admira de cuantas cosas ha de tener guardadas en su corazón maternal; porque vamos recorriendo nuestro propio camino, y descubriremos que siempre estaba ella allí, con su silencio, con su mirada, con su palabra, con su estímulo, con su ánimo, con lo que en secreto iba guardando y nos pareciera que no se enteraba de lo que hacíamos, bien sabíamos que ella lo llevaba en el corazón. Mira uno ahora para detrás y se emociona, al recordar como la madre siempre estuvo allí a tu lado cuando más lo necesitabas aunque no te dijera nada, aunque te dejara caminar dando trompicones, pero ella siempre estaba para recogerte, para ponerse quizás ella por medio para que tu sufrieras menos con lo que te pasaba.

No he podido menos que recordar las propias experiencias cuando contemplamos hoy a María y queremos contemplar, como la liturgia nos ofrece, su corazón de Madre. El mismo evangelio que hoy la liturgia nos ofrece nos está recordando esa grandeza del corazón de la madre, del corazón de María.

Habían subido al templo, porque el niño ya no era niño, estaba en la edad en que en aquella época y cultura comenzaban a ser tenidos en cuenta, y por eso ya sube con los mayores a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Han transcurrido los días de la fiesta y toca regresar, pensaban que estaba haciendo camino con ellos, pero tras una jornada Jesús no está con ellos; es el dolor de unos padres que han perdido a su hijo porque quizá se ha extraviado por los caminos; es la angustia de la búsqueda en una nueva jornada de regreso a Jerusalén, será al tercer día cuando lo encuentren en el templo en medio de los doctores que allí en las diferentes explanadas del templo enseñaban al pueblo; Jesús está entre ellos, dialoga y discute con ellos, como una premonición de lo que un día en aquellos mismos soportales volvería a suceder. Pero allí está la angustia de la madre que corre hasta el hijo.

‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados... ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la cosas de mi Padre?’ Es el corto diálogo de aquellos momentos. Serán los interrogantes que quedarán en el corazón de la madre y que guardará en su corazón. No siempre era fácil de entender las cosas y ya sabemos como una madre rumia en su interior cuanto va sucediendo; ya sabemos cómo María ante todo lo que va sucediendo en su vida se quedará en silencio haciéndose preguntas en su corazón, como sucediera un día con el ángel allá en Nazaret. ‘Su madre conservaba todo esto en su corazón’.

Será en varios momentos en el que el evangelista nos repetirá lo mismo, casi como un mantra. Cuántas cosas María iba guardando en su corazón de madre. ¿Interrogantes? ¿Preguntas que se hacía a sí misma o que le hacía también a Dios? ¿Aceptación del misterio divino que ella sabía muy bien que se estaba realizando y manifestando también en su vida? Era el camino de la madre junto al Hijo, en silencio la mayor parte del camino, en alguna ocasión la veremos asomar como en las bodas de Caná, o como cuando va a ver a Jesús. Así la veremos llegar hasta la cruz, también en silencio en la calle de la amargura, pero en silencio también en lo alto del Calvario. Pero será desde entonces el camino de la madre con sus hijos, aquellos que recibió como herencia de su Hijo al pie de la cruz. Por eso la veremos con la iglesia naciente en el Cenáculo, allí con los discípulos que esperaban el don del Espíritu estaba María, la que un día se había dejado inundar por el Espíritu divino.

Es la madre que sigue estando con sus hijos, que sigue estando a nuestro lado. Mil manifestaciones, por decirlo de alguna manera aunque el número no importa, ha tenido María como madre para estar con sus hijos, para estar con la Iglesia, para estar con nosotros, para estar de manera especial con los que sufren.

Sus santuarios a lo largo y a lo ancho del mundo han sido siempre una puerta abierta para recibir a sus hijos con sus dolores y sufrimientos, con sus amores y con sus alegrías, con sus luchas y con sus esperanzas, en los momentos oscuros y terribles como en los momentos de luz. Por algo siempre alrededor de los santuarios marianos veremos a los enfermos y a los que sufren. Es la casa y el corazón de la madre que a todos nos acoge. María, siempre ha estado aquí con el corazón abierto, con el corazón como un buzón en el que podemos seguir depositando nuestras quitas, nuestros dolores, nuestra vida, porque el corazón de la madre siempre habrá un lugar.

Hoy contemplamos el corazón de María, el corazón de la madre como el corazón de todas las madres. Cuánto tendríamos que decir. Pero pidamos que también nosotros tengamos un corazón así, abierto, acogedor, lleno de amor y de ternura, de puertas abiertas, de cobijo seguro, para los que están a nuestro lado, para los que sufren en nuestro mundo.

martes, 1 de febrero de 2022

Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

 


Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

2Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43

El refrán dice que nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Y bien que es cierto porque sólo cuando nos vemos con el agua hasta el cuello es cuando pedimos socorro. Normalmente nos queremos valer por nosotros mismos; es cierto que si yo puedo hacer una cosa, es junto que me afane por tenerla o conseguirla. Pero eso nos vuelve muchas veces autosuficientes en muchos sentidos y aspectos en nuestra relación con los demás, donde como decimos no queremos deber nada a nadie, pero nos afecta también al sentido religioso que podamos tener en la vida. En Dios buscamos nuestros refugios, y parece muchas veces que solo contamos con El cuando nos vemos en la más extrema necesidad, o en el mayor peligro. Es el supermercado donde vamos cuando necesitamos algo, o la farmacia a la que sólo acudimos cuando necesitamos una medicina.

Mal se estaban viendo los dos personajes de los que nos habla el evangelio. Parece como muy sencilla a simple vista que aquel jefe de la sinagoga acudiera a Jesús porque tenía enferma a su hija. El tenía su prestigio, en cierto modo era de la clase dominante y de los que de alguna manera ejercían algún poder. Pero ahora se ve en la necesidad de acudir a Jesús. Su hija está en las últimas. Ya no hay solución por otros caminos, y ha oído hablar de los milagros que hace Jesús, pues ahora viene a pedirle que vaya a poner su mano sobre ella para que se cure. En el fondo, no juzguemos del todo, porque era también un hombre de fe, aunque ahora no sabía ni a quien acudir.

Mal se estaba viendo también aquella mujer que había gastado toda su fortuna buscando la salud y sus hemorragias no cesaban. Fue un atrevimiento grande meterse en medio de la gente sabiendo que tenía que sentirse una mujer impura, a causa de sus hemorragias y no tendría que meterse en medio de la gente. Pero entre toda la gente que se apretujaba junto a Jesús está aquella mujer que no se atreve ni a hablar ni a pedir ayuda pero que tiene la fe de que solo tocando el manto de Jesús puede curar. Y es lo que hace. Y es lo que siente, que ‘las fuentes de sus hemorragias cesaron de inmediato y su cuerpo estaba curado’.

Esto hace que aquella comitiva, vamos a llamarla así, de los que se dirigían a la casa de Jairo encabezados por Jesús, se detenga. ‘¿Quién me ha tocado?’ por allá está el espabilado de Pedro diciendo ‘¿cómo se te ocurre preguntar eso, si ves toda la gente que se apretuja junto a ti?’ Pero Jesús no hace caso de las indicaciones de Pedro y está esperando la salida valiente de quien se ha atrevido a tocar su manto. La mujer temerosa se acerca y lo explica todo. ‘No te preocupes, viene a decirle Jesús, tu fe te ha curado… vete en paz porque tu fe ha curado’.

Mientras, llegan los sirvientes de Jairo para decirle que ya no hay nada que hacer, porque la niña ha muerto. Pronto estarán allí las plañideras para iniciar el duelo. No merece la pena molestar más al maestro. Parece que todo se pone en contra. Y ahora ha sido a causa de aquella mujer por lo que se ha detenido Jesús y no ha podido llegar a tiempo. Parece que todo se derrumba. Pero allí está la Palabra de Jesús. ‘No temas; basta que tengas fe’.

Cómo necesitaríamos tantas veces nosotros escuchar esa palabra de Jesús. Dudamos, nos derrumbamos, nos parece que nadie nos escucha, todo parece muchas veces que se nos pone en contra, los problemas se agravan y no encontramos soluciones, el camino para encontrar la luz se nos hace largo, se tambalea nuestra fe. En nuestros agobios y desesperanzas todo nos parece una montaña que se nos viene encima, las oscuridades parecen mayores. Pero mantengámonos anclados en esa fe que tenemos, aunque nos parezca débil y muchas veces imperfecta. ‘No temas, basta que tengas fe’, nos está diciendo Jesús.

Y El nos toma de la mano, y nos dice que las cosas no son tan grandes como nosotros las imaginamos, ‘la niña no está muerta, sino que está dormida’, y nos invita a confiar, y nos invita a entrar con El al santuario interior donde nos vamos a encontrar con El de verdad, donde vamos a recobrar la luz y la vida.

Dejémonos llevar por El, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo meternos, nos vamos a encontrar con nosotros mismos, vamos a ver quizá nuestra debilidad y nuestras oscuridades, pero ahí vamos a encontrar la luz, porque ahí está El esperándonos y tendiéndonos la mano. Toquemos la orla de su manto, agarrémonos fuerte a esa mano que se nos tiende, sintamos fuertemente su presencia. Esa fe también nos va a curar.

¿Nos invitará también a que le comamos para que tengamos vida y vida para siempre?

jueves, 30 de julio de 2015

Ungidos en el Bautismo para ser templos del Espíritu nos hemos de convertir en signos de la presencia de Dios en medio del mundo

Ungidos en el Bautismo para ser templos del Espíritu nos hemos de convertir en signos de la presencia de Dios en medio del mundo

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!’, decimos con el salmista ansiando entrar en la presencia del Señor.
Aunque muchas veces por nuestra debilidad y nuestro pecado nos alejamos del Señor y parece que rehuimos su presencia, en el fondo del corazón humano tenemos las ansias de la plenitud de Dios. Buscamos a Dios, queremos sentir su presencia, ansiamos gozar un día de las moradas eternas.
El relato del Éxodo nos describe cómo Moisés fue construyendo el santuario de Dios ‘ajustándose en todo a lo que el Señor le había mandado’; nos lo repite como una muletilla una y otra vez según va poniendo todos los paramentos del santuario del Señor. Dios que los había liberado de Egipto y los había hecho pasar el mar Rojo, como un paso de libertad, y les había dado su ley allá en lo alto del Sinaí estableciendo con su pueblo su Alianza, quiere manifestarles que su presencia permanece para siempre entre ellos. El Santuario donde se manifiesta la gloria del Señor es un signo de esa presencia.
Nosotros también tenemos en medio de nuestro pueblo esos signos de la presencia de Dios en los templos sagrados donde nos reunimos en Asamblea para celebrar la Eucaristía, alimentar nuestra fe y sentir el gozo de la comunión de los hermanos. Con respeto santo nos acercamos a ese lugar sagrado queriendo sentir esa presencia de Dios que se hace gracia para nosotros, porque es un regalo de amor.
Pero también somos conscientes de que el verdadero templo de Dios somos nosotros que para eso fuimos ungidos y consagrados en nuestro Bautismo, para ser esa morada de Dios y ese templo del Espíritu. Dios quiere habitar en nuestros corazones y así en todo momento hemos de saber también sentir su presencia y su gracia de amor. Decíamos antes que por nuestra debilidad y nuestro pecado nos alejamos de Dios, manchamos ese templo del Espíritu que somos nosotros, pero siempre confiamos en el amor y la misericordia del Señor que nos purifica, que restaura esa gracia en nosotros, que nos santifica una y otra vez.
Y una consideración más que nos tendríamos que hacer es que si aquel santuario levantado por Moisés se convertía en un signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo como son también nuestros templos, no hemos de olvidar que por la santidad de nuestra vida también nosotros hemos de ser signos de la presencia de Dios en nuestro mundo. Nuestro amor y nuestra santidad son signos del amor y de la santidad de Dios a la que todos estamos llamados.
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!’, recordábamos al principio con el salmista. No olvidemos que somos esa morada de Dios, gocémonos con su presencia.

jueves, 28 de julio de 2011

¡Qué deseables son tus moradas…!

Ex. 40, 16-21.34-38;

Sal. 83;

Mt. 13, 47-53


‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Lo hemos repetido en el salmo. Es la expresión del deseo de todo verdadero creyente. Estar con el Señor. Vivir en la gloria de Dios. ‘Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo’.
Este responsorio y este salmo lo hemos ido recitando, como respuesta de oración a la Palabra proclamada, después de escuchar la descripción que el libro del Exodo nos ha hecho del Santuario del Señor construido por Moisés allá en medio del campamento. Pero ese santuario material, con toda su suntuosidad, con toda la riqueza con que era adornado, porque era para el Señor, es imagen del Santuario de los cielos. Es la imagen terrena que nos recuerda esa presencia del Dios en medio de su pueblo, repito, imagen del Santuario del cielo. Allí está el verdadero y auténtico santuario de Dios.
Todo para manifestar y expresar la gloria del Señor. Porque ¿qué es el cielo? No nos quedamos en un lugar fisico, porque al estar hablando de la presencia de Dios estamos hablando de algo espiritual. El cielo es Dios, es estar en Dios, vivir a Dios en plenitud, gozar de la gloria de Dios. Humanamente mientras caminamos por la tierra necesitamos de esos templos materiales, de esos santuarios que nos manifiesten esa gloria de Dios, nos hagan presente esa gloria del Señor, nos recuerden esa presencia de Dios en medio nuestro. Es una imagen, pues, porque la presencia y la gloria del Señor no la podemos encerrar en ningun templo material. Es algo mucho más profundo e intenso con toda la inmensidad que es Dios.
Eso era, significaba, aquel Santuario levantado por Moisés allí en medio del campamento de Israel. Era la tienda del encuentro, aquel lugar que ‘cuando la nube se posaba sobre él la gloria del Señor llenaba el Santuario’. Esa presencia de la gloria del Señor estaba siendo quien en verdad guiase al pueblo en su peregrinar. Todas las imágenes con que se describe de eso nos están hablando. ‘Cuando la nube se alzaba del Santuario, los israelitas levantaban el campamento en todas sus etapas… de día la nube del Señor se posaba sobre el Santuario, y de noche el fuego, en todas sus etapas, a la vista de toda la casa de Israel’. Era la señal cierta de cómo Dios estaba con ellos.
Cuando ya se establezcan definitivamente en el territorio de Canaán David querrá levantar un templo para el Señor, pero será su hijo y sucesor Salomón el que lo podrá construir. Pero ya sabemos cómo Cristo nos viene a decir que El es el verdadero templo de Dios, porque es la más grande, la más intensa, la más maravillosa presencia de Dios en medio nuestro, Emmanuel, Dios con nosotros, para nuestra vida y salvación.
Seguimos nosotros levantando templos materiales pero ya sabemos siempre que son imagen del templo celestial. Todo a imagen de Cristo, por eso nuestros templos se convierten también en signos de Cristo en medio de nuestro mundo. Seguimos aspirando a habitar en las moradas del Señor, pero ya sabemos nosotros que ese habitar en las moradas del Señor es habitar en Dios. Así centramos nuestra vida en Cristo y en El y por El siempre queremos vivir. Nuestro vivir ya no será otro que vivir a Cristo, o que Cristo viva en mí. Por lo que nosotros, como hemos reflexionado recientemente, nos convertidos en esos templos del Espíritu, en esa morada de Dios.
El templo sigue siendo para nosotros ese Santuario de Dios, ese lugar sagrado que es ‘Tienda del Encuentro’, lugar del encuentro con el Señor porque allí escuchamos de manera especial su Palabra y celebramos el culto a Dios viviendo los sacramentos. El templo sigue siendo en medio de nosotros ese signo de la presencia de Dios, pero que nos habla de ese Santuario en plenitud de los cielos que todos deseamos un día poder habitar.
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Cuánto deseamos estar con el Señor. vivamos esa santidad que nos llena de la gracia del Señor y sentiremos en verdad cómo Dios habita en nosotros, somos esa morada de Dios y ese templo del Espíritu.

jueves, 29 de enero de 2009

Tenemos entrada libre al Santuario gracias a la Sangre de Jesús

Hebreos, 10, 19-25

Sal. 23

Mc. 4, 21-25

‘¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?’ se preguntaba el salmista del Antiguo Testamento. Y en el mismo salmo se le respondía: ‘El hombre de manos inocentes y puro corazón que no confía en los ídolos’.

¿Podemos nosotros subir al monte del Señor y entrar en su recinto sacro si nuestras manos están manchadas y nuestro corazón es el de un hombre pecador?

Podemos, sí, porque el Señor nos ha purificado y hemos sido lavados en la sangre del Cordero. Cristo nos ha redimido. Cristo nos ha purificado. Cristo nos ha salvado y nos ha abierto las puertas para entrar en el Santuario de Dios; nos ha puesto en camino para que marchando por sus sendas lleguemos hasta el altar de Dios.

‘Teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús; contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne…’ Así nos decía el autor sagrado en la Carta a los Hebreos. Emplea de nuevo la imagen de la cortina que separaba el Santuario en el templo de Jerusalén, y que recordamos - como nos decían los evangelistas, ‘el velo del templo se rasgó de arriba abajo’ -, a la muerte de Cristo en la Cruz esa cortina ya ha sido quitada para que podamos llegar hasta Dios.

‘¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?’ Con corazón humilde nos lo preguntamos una y otra vez cuando venimos a la presencia del Señor. Por eso la liturgia, por ejemplo, nos pide cada vez que vamos a celebrar la Eucaristía que nos reconozcamos pecadores en la presencia del Señor. Misterio grande de Dios al que nos acercamos cuando venimos a la Eucaristía. ¿Seremos dignos? Nos reconozcamos pecadores con fe y con esperanza. Porque sabemos quién nos purifica, quién nos salva. Y una vez más antes de acercarnos a comer a Cristo volvemos a confesar ‘yo no soy digno, pero una palabra tuya bastará para sanarme…’

Y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura’. Corazón humilde y sencillo. Corazón lleno de fe y de esperanza. Tenemos a Cristo que nos ha purificado. Reconocemos nuestra indignidad y pecado. Con sinceridad nos ponemos ante Dios.

Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa…’ No nos puede faltar la esperanza. Dios nos ha prometido y dado su salvación, su perdón y su gracia.

Pero hay un aspecto más que no es menos importante. ‘Fijémonos los unos en los otros para estimularlos a la caridad y a las buenas obras’. Es que no andamos solos. Es un camino que hacemos en comunión con los demás. ¡Ay de aquel que quiere caminar solo y quiere prescindir de los demás! El que solo anda, solo se cae y nadie le tenderá una mano para levantarse.

Cuando nos fijamos en los demás tenemos la tendencia de fijarnos más bien en lo malo que en lo bueno. Así somos. Pero aquí se nos pide que nos fijemos en los demás para sentirnos estimulados a la bueno, al amor, a las obras buenas. Y es que el hermano que camina a mi lado, débil y pecador como yo, puede ser un estímulo para mí si yo se apreciar su esfuerzo, su lucha, sus ganas de salir adelante, de hacer cosas buenas; tendrá fallos, defectos y debilidades como yo que también los tengo, pero puede ser y de hecho es un aliciente para mí. Y cuando contemplamos a los santos que lograron vivir su santidad a pesar de sus debilidades y tentaciones, me siento más impulsado a mi lucha y a mi superación.

‘¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?’