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martes, 26 de diciembre de 2023

Desde el nacimiento de Jesús estamos queriendo emprender un camino de amor que nos llevará a una entrega sin límites y a un nuevo sentido de vida

 


Desde el nacimiento de Jesús estamos queriendo emprender un camino de amor que nos llevará a una entrega sin límites y a un nuevo sentido de vida

Hechos 6, 8-10; 7, 54-59; Sal 30; Mateo 10, 17-22

Hay cosas que nos pueden caer en un momento determinado como un jarro de agua fría en un ambiente que está hirviente. Nos cuesta comprender quien nos puede echar ese jarro de agua fría.

¿Será esto lo que podemos sentir en este ambiente festivo de la navidad que estamos celebrando – estando aun en el primer día de la semana de la octava de la Natividad – que hoy se nos presente la figura de un mártir como primera celebración? Pudiera parecer que desentonara el rojo de la sangre de los mártires en medio del blanco radiante de la alegría de la Navidad. Pero así nos lo presenta la liturgia, no solo en este día, sino que en próximos días volverá a aparecer el rojo de la sangre derramada con el martirio. Parece que viniera a romper el jolgorio, vamos a llamarlo así, que nos hemos creado en torno a las fiestas navideñas. ¿Nos podrían llamar aguafiestas?

¿Qué es lo que estamos celebrando precisamente en la Navidad? ‘Le pondrá por nombre Jesús porque el salvará al pueblo de sus pecados’, algo así venía a ser el mensaje del ángel tanto a María como a José. Jesús viene como nuestro salvador, y ahí tenemos el motivo más hondo, es cierto, de nuestra alegría y nuestra fiesta. Nos vendrá a mostrar un camino de amor que será el que en verdad va a transformar nuestras vidas.

Y amor significa entrega hasta lo infinito, hasta el sacrificio; amor es un camino nuevo que nos enseñará a morir a nosotros mismos para arrancar de lo más hondo de nosotros cualquier raíz de egoísmo, de odio o de maldad. Y arrancar una raíz produce un desgarro allí donde está enterrada aquella raíz; es lo que se va a producir en el corazón cuando frente a la tentación del egoísmo y del orgullo nos veamos obligados a realizar una transformación profunda de lo más hondo de nosotros mismos. Y por ese amor que va a envolver totalmente nuestras vidas estaremos dispuestos a lo más.

Y ese testimonio que vamos a dar con nuestra transformación va a producir chirríos en el mundo que nos rodea. Lo que podría parecer ser aspiración a grandezas y a orgullos, lo que es una vida de superficialidad y de vanidad, lo que son esos sueños de poder y dominación, lo que es esa fiesta ilimitada que queremos hacer de la vida donde solo pensamos en disfrutar de todo y en hacernos el centro de todo, se va a topar con ese nuevo plan de vida que nosotros presentamos con nuestro testimonio.

Será un testimonio que nos costará ofrecer y por el que estamos dispuestos hasta derramar sangre. Y viene la oposición, y vendrán las formas como querrán desprestigiarnos para que nadie nos escuche, vendrá el eliminar esa nueva luz que está queriendo iluminar de manera nueva nuestro mundo, vendrá el querer ocultar esa luz.

Cuando ahora mismo nosotros queremos ofrecer al mundo una nueva forma de vivir la navidad porque no nos satisface en lo que el mundo ha convertido la navidad, vamos a encontrar muchos a nuestro lado que no nos entiendan, que quieran justificar lo que la mayoría hace, de la misma manera que en cierto modo ha ido desapareciendo el nombre y el testimonio de Jesús en la misma fiesta de la Navidad; pensemos en cuántas cosas nos hemos creado para ir eliminando todo elemento religioso y que no se haga referencia a Jesús.

No nos extrañe, pues, que en este primer día de la navidad la Iglesia nos proponga la figura de quien fue el protomártir, el primero en dar testimonio con su sangre del nombre de Jesús. El relato de los Hechos de los Apóstoles nos presenta incluso su martirio casi como una repetición calcada en gestos y palabras con lo que fue la muerte de Jesús en la cruz. Es el testimonio que se nos ofrece de lo que ha de ser el convertirnos en verdaderos testigos del nombre de Jesús. Ya El nos lo había anunciado, como escuchamos en el evangelio, ‘pero el que persevere hasta el final se salvará’, concluirá diciéndonos Jesús.

No es aguarnos la fiesta, como expresábamos al principio. Es poner ante nuestros ojos el valor del amor que nosotros hemos de testimoniar, incluso si es necesario con nuestra vida. Somos unos testigos, y también hemos de serlo con la autenticidad con que queremos celebrar la navidad, aunque haya muchos que no lo entiendan.


martes, 2 de febrero de 2021

Entrada de Jesús en el templo con ecos de pascua en ofrenda de amor que nos evoca cómo de manos de María de Candelaria fue la primera entrada de Jesús en nuestra tierra canaria

 


Entrada de Jesús en el templo con ecos de pascua en ofrenda de amor que nos evoca cómo de manos de María de Candelaria fue la primera entrada de Jesús en nuestra tierra canaria

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria’.

Pueden ser perfectamente ecos de la entrada del Arca de la Alianza en el Santuario, en el templo de Jerusalén que tenemos en los salmos y que hoy recoge la liturgia en esta fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. Todo hoy nos está hablando de entrada; una primera referencia el salmo, como decíamos, a la entrada del Arca de la Alianza en el templo de Jerusalén, pero especialmente hoy, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, es su primera entrada en el templo de Jerusalén con amplios sones pascuales.

Hubiera sido una entrada desapercibida, como realmente en parte fue a pesar de la importancia del momento, si no hubiera sido por aquellos ancianos que en el templo habían envejecido esperando el cumplimiento de las promesas del Señor. son ellos los que movidos por la acción del Espíritu Santo en sus corazones los que descubrieron en aquel niño llevado en brazos por aquel matrimonio joven de Galilea al que era la salvación del mundo y la luz para todos los hombres.

Ya hemos escuchado el relato en el evangelio; cómo el anciano Simeón coge en brazos a aquel niño para cantar las alabanzas del Señor. Su corazón se ha llenado de gozo porque sus ojos han visto al Salvador como así había sentido inspirado por el Espíritu Santo y ahora ya puede poner totalmente su vida en las manos del Señor. ‘Ya puedes dejar morir a tu siervo en paz, Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

Aunque los oídos humanos en aquel momento no lo pudieran escuchar seguro que el coro de los ángeles en el cielo estaría cantando aquel cántico de alabanza al Señor que hoy la liturgia nos ha ofrecido en el salmo responsorial, como ya hicimos mención al principio. Creo que nosotros en nuestra celebración tendríamos que hacernos de verdad eco con todo sentido de dicho cántico de alabanza. ‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria’. Nosotros podemos confesar, repito con todo sentido, esa confesión de fe, allí está, sí, ‘el Señor, Dios de los Ejércitos, el Rey de la gloria’, y más si lo vivimos en todo su sentido pascual.

Decíamos todo nos habla de subida y tiene sentido de pascua y es que en aquellas palabras que luego Simeón dedicara a María llevaban incluido ese sentido pascual. Jesús, es cierto, iba a ser ese signo de contradicción, ante El habrían de decantarse los hombres y los pueblos de todos los tiempos, como lo fue en aquella otra subida a Jerusalén de Jesús para su pascua. Su templo y altar iba a ser la cruz, porque el sacrificio que se iba a ofrecer no era un sacrificio cualquiera. Ahora sus padres, en su pobreza, habían ofrecido un par de tórtolas, pero Jesús sería el que se ofrecería a sí mismo en el altar de la cruz siendo sacerdote, victima y altar. Su sangre derramada, signo grande del que nos ama hasta entregar su vida por nosotros, iba a ser la señal de aquel gran sacrificio e iba a ser la sangre de la nueva Alianza, de la eterna Alianza que sería ya para siempre una Alianza de Amor y de salvación.

Y allí en aquella primera subida de Jesús al templo estaba la madre, cuya alma iba a ser atravesada por una espada de dolor, que ella también al pie de la cruz convertirá en una espada de amor cuando con el Hijo ella también se entrega para ser como madre corredentora de aquellos hijos que de Jesús recibía en aquel momento supremo de la entrega y de la muerte.

Por eso podemos decir que también es la subida y entrada de la madre, de María, que ya sería para siempre la madre de todos los hombres. Esta celebración lleva unida a la presentación de Jesús en el templo aquel rito de purificación de la madre a los cuarenta días del parto. Para María no fue solo una purificación ritual, sino que podríamos decir que el comienzo de su ofrenda de amor.

A María siempre la tenemos delante de nuestros ojos como el mejor modelo y ejemplo de lo que ha de ser también nuestro amor; muchas imágenes de María llevan en sí la impronta de su vivencia de la Pascua cuando la queremos llamar Madre de los Dolores o Madre de la Esperanza con el reflejo de su presencia al pie de la cruz, que fue para ella también la culminación de esa ofrenda de amor.

Y aquí es donde hoy yo quiero ver otra entrada, en este caso de manos de María. María fue la primera que nos trajo a Jesús, fue primer evangelio de Jesús. Hoy, nosotros, los canarios la celebramos con al Advocación de la Virgen de Candelaria y recordamos y celebramos como su bendita imagen estuvo en nuestra tierra antes incluso que llegara el conquistador o el misionero.


Aquella imagen aparecida en las playas de Chimisay antes de la conquista de nuestras Islas fue el primer evangelio que llegó a nuestra tierra. Nuestros antepasados los guanches en aquella imagen querían ver a la que ellos llamaban la madre del sol, Chaxiraxi, la madre de la luz podríamos traducir nosotros y en aquella imagen de María estaba también Jesús. Por eso la llamamos nosotros la Candelaria, la que trae para nosotros en sus manos la luz, una candela en una mano y a Jesús en su otro brazo. Fue como la presentación que María hace de Jesús a nuestros antepasados los guanches, por eso digo que podemos hablar de entrada de Jesús de manos de María en nuestra tierra.

Que de manos de María entre Jesús en nuestra vida, como de manos de María y con Jesús reinando en nuestro corazón entremos nosotros en la gloria del Señor. Que se alcen las antiguas compuertas que va a entrar el Rey de la gloria. Sí, muchas antiguas y viejas barreras tenemos que levantar en nuestro corazón para dar paso al Señor y Rey de la gloria a nuestra vida. Queremos hacer ofrenda y ofrenda de amor nosotros hoy en esta fiesta en que también de manera especial celebramos a María. Que ella prenda esa luz en nuestro corazón y nunca se apague, que vivamos siempre en la claridad de la luz para que así resplandezcan las obras de nuestro amor.

 

jueves, 6 de agosto de 2015

Contemplando la transfiguración del Señor nos sentimos igualmente transfigurados y con su luz queremos transfigurar nuestro mundo


Contemplando la transfiguración del Señor nos sentimos igualmente transfigurados y con su luz queremos transfigurar nuestro mundo

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; 2Pedro 1, 16-19; Marcos 9, 2-10
Contemplamos hoy la transfiguración del Señor en el Tabor para nosotros sentirnos igualmente transfigurados y con esa luz transfiguremos nuestro mundo. Así vengo a resumir el sentido de esta fiesta que hoy celebramos. La experiencia de la transfiguración nos transfigura y es semilla de transfiguración para cuantos nos rodean. Y hemos de decir que si no llegamos a esto es porque nos falta intensidad en esa experiencia de transfiguración.
En la vida suele tener uno en momentos determinados experiencias muy fuertes que nos marcan y dejan huella en nosotros de manera que nuestra vida a partir de ese momento ya no es igual. Un accidente en el que nos hemos visto envueltos y que quizá puso en peligro nuestra vida, un acontecimiento impactante acaecido a nuestro lado o en las personas con quienes tenemos una especial relación, un momento de oscuridad y crisis que nos lo ha hecho pasar mal pero en el que luego se nos abrió una luz que lo cambió todo, el testimonio heroico de alguien a nuestro lado o del que hemos tenido noticias… cosas que nos suceden o que suceden en nuestro entorno y que se convierten en experiencias fuertes en nuestra vida. Fueron para nosotros un rayo de luz que nos hizo ver las cosas de otra manera y ya nuestra vida fue distinta.
Algo así les sucedió a Pedro, Santiago y Juan en lo alto del Tabor de manera que Pedro ya se quería quedar allí para siempre. ‘¡Qué bien se está aquí!’, y ya no quería bajar del Tabor. Jesús les había invitado a subir con El a aquella montaña alta en medio de las llanuras de Galilea. Cuando Jesús se iba a solas a estos sitios apartados es porque buscaba el lugar propicio para la oración y en momentos que iban a ser muy trascendentales en su existencia en medio de nosotros lo vemos que busca esos lugares y momentos para la oración.
Iban a emprender el camino de subida a Jerusalén y ya había comenzado a anunciarles a los discípulos lo que iba a significar aquella subida; era la subida para la Pascua, pero no iba a ser una pascua como la de todos los años en que se contentaban con recordar y celebrar aquella pascua de la salida de Egipto de sus padres. Iba a ser su Pascua, iba a ser el paso definitivo del Dios de la Salvación en medio de la historia de los hombres. Y aquella pascua iba a significar pasión y muerte, porque ya no sería el cordero sacrificado en recuerdo de la antigua pascua, sino que iba a ser la sangre definitiva derramada para la salvación de los hombres; habría pasión y habría cruz, habría muerte pero también se vislumbraba la luz de la resurrección.
Era la oración de Jesús, mientras sus discípulos como siempre andaban medio dormidos porque aun no habían aprendido a entrar en la intensidad de la oración de Jesús. Era la oración que transfiguraba a Jesús y de El emanaban todos los resplandores de su gloria. Aquel Jesús que iba a padecer estaba lleno de la gloria de Dios. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’, era la voz que iban a oír los discípulos mientras ellos también se veían envueltos en la gloria del Señor como se veían todos envueltos en aquella nube que lo cubría todo. Y ellos sintieron sin terminar de comprenderlo del todo la gloria del Señor que les envolvía.
Era una experiencia nueva la que estaban viviendo. Se querían quedar en aquellos gozos y en medio de aquellos resplandores. Pero Jesús les dice que hay que bajar de la montaña, hay que volver a los caminos de la vida, pero ahora iluminados por aquellos resplandores; había que volver hasta los hombres sus hermanos para llevar aquella luz, para transformarlos también con la luz nueva, con lo vida nueva del evangelio que había de anunciar.
No sería ahora, sería más tarde, después que sucediera aquella pascua, después de la resurrección cuando tendrían que comenzar a hablar. Ellos no lo entienden pero acatan la palabra de Jesús. ¿No les había dicho la voz venida desde el cielo que habían de escuchar a Jesús? Es el camino nuevo de transfiguración que van a emprender.
Es lo que hoy nosotros queremos vivir. Tenemos que aprender a subir al Tabor de la oración para tener profundamente esa experiencia de Dios que nos transforme, que nos ilumine, que nos transfigure también a nosotros, que ahora nos ponga en camino para llevar esa luz, para hacer ese anuncio de pascua, para comenzar a transfigurar a nuestro mundo. Tras aquella experiencia los discípulos se sintieron marcados y de una manera especial escogidos y se lanzarían por el mundo hasta sus últimos confines para llevar ese anuncio de Buena Nueva, ese anuncio de salvación.
En esa experiencia fuerte de Dios que tiene que ser nuestra oración de cada día, que tiene que ser siempre nuestra celebración de la Eucaristía también nos sentimos fortalecidos con la fuerza del Espíritu para que se acaben nuestras dudas, para que desaparezcan nuestros miedos y cobardías, para que desterremos de nosotros todo tipo de complejos y temores, para que vayamos haciendo ese anuncio claro y valiente de Jesús y su salvación a nuestro mundo. Con nosotros está, a nosotros nos transfigura y a través de nosotros quiere que se transfigure nuestro mundo para hacerlo imagen del Reino de Dios.

sábado, 3 de enero de 2015

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios


‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, dice Juan señalando a Jesús que venía hacia él. Ya Juan había sido testigo de la teofanía de Dios que se había producido después del Bautismo de Jesús. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él’.
Reconoce que no conocía a Jesús, para allá en su interior había recibido la revelación divina. ‘Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu Santo y posarse sobre El, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’. Aquí estamos contemplando un corazón humilde abierto a Dios. No lo conocía, pero se dejó conducir por el Espíritu de Dios.
Cuántas veces no sabemos, no conocemos, tenemos nuestras ideas o nuestras maneras de pensar, pero no  hay quien nos baje de ellas, nos encerramos en nosotros mismos, en nuestros saberes o en nuestras maneras de ver las cosas como si ya tuviéramos la verdad absoluta. Hay que estar abiertos a la verdad; hay que reconocer humildemente nuestras carencias; tenemos que saber abrirnos a otra posibilidad y seguro que el Señor nos va guiando para que le conozcamos de verdad.
Juan pudo llegar a reconocer en Jesús al Mesías, al verdadero cordero pascual que con su sangre nos purifica de nuestros pecados, pero nos da aún más, porque nos hace entrar en una vida nueva de libertad y de gracia cuando nos hace hijos de Dios. La sangre de los corderos sacrificados en la primera pascua y con la que se marcaron las puertas de los judíos les liberaron de la muerte y les abrieron las puertas a los caminos de la libertad. Ahora es una sangre más preciosa, es la sangre derramada de Cristo en la cruz la que nos da una nueva vida, porque nos lleva a hacernos hijos de Dios. Es la sangre que nos ha redimido, la sangre con la que hemos sido comprados; es la sangre de la nueva y eterna Alianza.
Juan bautista llegó a dar testimonio. ‘Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios’. Como se nos dirá al final del evangelio, ‘todas estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que creyendo tengáis en El vida eterna’.
Que así al final nosotros demos testimonio también proclamando nuestra fe, porque nos hemos lavado y purificado en la sangre del Cordero, como se nos dice en el Apocalipsis, y para que confesando  nuestra fe en el Hijo de Dios nos llenemos de su vida que a nosotros también por la fuerza del Espíritu nos hace hijos. ‘¡Qué amor nos ha tenido el Padre!’ como decía Juan en su carta. Nos llama, ¡somos hijos de Dios!

viernes, 15 de julio de 2011

Será un día memorable para vosotros porque es el paso del Señor


Ex. 11, 10-12, 1-4;

Sal. 115;

Mt. 12, 1-8

‘Este será un día memorable para vosotros… es la Pascua, es el paso del Señor… decretaréis que sea fiesta para siempre’. Con estas palabras resumimos la importancia de lo sucedido y que nos relata el libro del Exodo.

Fue un momento importante y trascendental para el pueblo judío. Ya hemos escuchado cómo Dios, que escucha el clamor de su pueblo, ha elegido a Moisés y lo ha enviado al Faraón para que saque al pueblo de la esclavitud de Egipto. ‘Moisés y Aarón hicieron muchos prodigios en presencia del Faraón; pero el Señor hizo que el Faraón se empeñara en no dejar marchar a los israelitas de su tierra’.

Lo que en la liturgia hemos escuchado no nos detalla todo lo que fueron las plagas con las que el Señor azoló a Egipto ante el empecinamiento del Faraón. Para un mejor conocimiento de todo esto necesitaríamos una lectura personal de todos los capítulos de referencia en estos pasajes. En lo que hemos escuchado se hace referencia a lo sucedido en el último momento. Más bien a los preparativos que ha de hacer el pueblo y la manera como luego lo van a recordar de generación en generación.

Es el mandato de comer el cordero pascual, con cuya sangre habían de marcar las puertas de los judíos al paso del Señor, y que cada año habían de celebrar como solemne fiesta de la Pascua. Es lo que, cuando leemos la Biblia, o leemos los evangelio, vemos que se nos habla de la fiesta de Pascua a la que subían a Jerusalén a celebrar los judíos cada año, o la cena del cordero pascual a la que se hace especial referencia en la última cena de Jesús.

Lo que ahora sucede y se nos narra es la Pascua, el paso del Señor que les liberaba de Egipto. Lo sucedido entonces en Egipto con los judíos y también con los egipcios cuyos primogénitos varones fueron exterminados en aquella noche. Ahora la señal era aquella sangre con la que fueron marcadas las puertas de las casas judías. ‘La sangre será vuestra señal en las casa donde habitéis…’ La sangre derramada más tarde al pie del Sinaí sobre el altar del sacrificio y con la que fue aspergiado el pueblo será la señal de la Alianza entre Dios y su pueblo que marcaría para siempre su historia. Como la Sangre de Cristo derramada, verdadero Cordero Pascual, será para nosotros la señal de la gracia y de la salvación que inaugura el nuevo pueblo de Dios, el pueblo de la Nueva Alianza que es la Iglesia, que somos nosotros.

Fijémonos cómo hay un hilo conductor para aquel pueblo, el pueblo de la Antigua Alianza, y también para nosotros, el pueblo de la Nueva y Eterna Alianza en el Cordero Pascual inmolado, y en la sangre derramada para el perdón de todos los pecados. Herederos de aquel pueblo de la Antigua Alianza, somos los hijos de la Alianza Nueva y Eterna en la Sangre de Cristo derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo es ese Cordero Pascual que por nosotros se inmola y se entrega por nuestra salvación.

Nos es bueno recordar estas cosas porque así entenderemos mejor el sentido de nuestra fe y el sentido de nuestras celebraciones. Son palabras que se van repitiendo continuamente en la liturgia como se repiten incluso en la proclamación de la Palabra y en la predicación, pero que hemos de saber entender en todo su sentido, para que entonces podamos vivir en plenitud ese sentido de la Alianza que de alguna manera marca también toda la historia de nuestra vida.

Los judíos celebraban cada año ese día memorable ‘como fiesta en honor del Señor’. Nosotros celebramos también la Pascua y no sólo ya en las fiestas de Pascua en los días en que rememoramos de manera especial la pasión, muerte y resurrección del Señor, sino que es lo que celebramos en cada Eucaristía, lo que ahora mismo estamos celebrando al anunciar la muerte y proclamar la resurrección del Señor. Es también la Pascua, es el paso del Señor hoy y ahora por nuestra vida con su salvación.

viernes, 4 de febrero de 2011

El martirio de Juan nos habla de testimonio valiente y de congruencia en la vida


Hebreos, 13, 1-8;

Sal. 26;

Mc. 6, 14-29


‘Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él’. ¿Quién es este Jesús? ¿quién es este hombre? Se preguntaba Herodes. Las preguntas y posibles respuestas se parecen a lo que un día Jesús preguntara a sus discípulos, como nos cuenta Mateo, y las respuestas que estos le daban. ¿Será un profeta, como los antiguos, que habrá aparecido? ¿será el Mesías anunciado y prometido? ¿será Juan Bautista que ha vuelto a la vida? ‘Herodes, al oírlo, decía: es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado’.

Esto motiva al evangelista a narrarnos el martirio de Juan y a establecer de nuevo una estrecha relación entre Juan y Jesús, entre el que había sido el precursor y el Mesías Salvador; de alguna manera a corroborar con el testimonio del Bautista hasta derramar su sangre y dar su vida en fidelidad a la verdad y al bien, y la entrega de Jesús para conducirnos a la verdad de la vida eterna y verdadera. Cuánto nos puede enseñar.

Ya hemos escuchado el evangelio y conocemos los detalles. Muchas veces habremos reflexionado sobre el. Juan en la cárcel encandenado por denunciar la vida corrupta del rey Herodes. Al mismo tiempo una incongruencia: ‘Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía’, pero lo tenía en la cárcel, terminaría decapitándolo dejándose arrastrar por las insidias de Herodías. Ya vemos cómo los respetos humanos y las alegres promesas de momentos de euforia, le llevan a claudicar y mandarlo a decapitar. El mal que aparentemente parece que vence sobre el bien, porque el odio de una persona lleva a la muerte al Bautista. El odio, la incongruencia, la cobardía…

Pero la sangre derramada no será inútil e infructuosa, porque es un testimonio, es un testigoPublicar entrada que nos despierta para el bien. Es la sangre de la fidelidad como lo será a lo largo de la historia la sangre de tantos mártires que por la fe y por la verdad han entregado su vida. Es un anuncio también del camino de Jesús que le llevaría hasta la cruz.

Creo que tiene que hacernos pensar. Nos daría para muchas reflexiones. Nos tiene que animar mucho en nuestra fe y en el testimonio que de ella tenemos que dar en todo momento aunque sea costoso. Porque además en el fondo nos está hablando de un triunfo final. Nos podrá ser doloroso ese testimonio de nuestra fe que tenemos que dar, pero con Cristo tenemos asegurada la victoria, porque para eso El nos da su Espíritu, como tantas veces hemos reflexionado.

Pero esas incongruencias de Herodes también nos hacen pensar en esas incongruencias que muchas veces tenemos en nuestra vida. Cuando sabemos el bien que tenemos que hacer, pero no lo hacemos; el testimonio que tendríamos que dar de nuestra fe, y nos echamos atrás; ese mal que tendríamos que evitar, pero que sin embargo nos dejamos arrastrar.

¿Debilidad? ¿cobardía? ¿respeto humano? ¿miedo al qué dirán? ¿falta de decisión? ¿tentaciones que no dominamos? Muchas cosas se nos atraviesan en el alma tantas veces y no hacemos lo que tendríamos que hacer. Y eso nos pasa en muchas situaciones de la vida. Nos decimos cristianos, seguidores de Jesús pero luego no comportamos en consecuencia con esa fe que decimos que tenemos. Y las consecuencias de esa fe pasan por el camino del amor, y ya sabemos cuánto nos cuesta a veces.

Pidámosle al Señor que nos dé valentía y fortaleza para dar en todo momento ese testimonio cristiano de nuestra fe. Que no nos dejemos enturbiar por esos miedos o cobardías, sino que siempre brillemos con esa luz de nuestra fe y de nuestro amor. Tenemos que ser unos testigos que demos testimonio valiente de Jesús por todas las obras buenas que realicemos. Congruencia de una fe manifestada en la vida y con las obras.

domingo, 25 de julio de 2010

Beber el cáliz del Señor con alegría en el camino del servicio y de la entrega


Hechos, 4, 33.5, 12.27-33. 12, 2;
Sal. 66;
2Cor. 4, 7-15;
Mt. 20, 20-28


Nos alegramos y nos regocijamos en el Señor en la fiesta de Santiago Apóstol que hoy estamos celebrando. Muchos son los motivos para la alegría en nuestra celebración y en la vivencia de nuestra fe.
Ya por ser la fiesta de un apóstol la Iglesia se regocija porque celebramos a uno de aquellos doce que el Señor llamó junto a El y los envió con esa misión especial del anunciar el Reino de Dios por todo el mundo; pero cuánto más nosotros nos alegramos en la fiesta del Apóstol Santiago porque mantenemos la tradición de que en nuestras tierras hispanas el fuera el apóstol que viniera a anunciaros el evangelio y porque aquí en el solar de nuestra tierra tenemos la secular tradición de su tumba convertida a través de los siglos en un punto importante de peregrinación de cristianos venidos de todas partes.
Este año con un gozo especial al ser año del jubileo jacobeo al coincidir la festividad del apóstol en un domingo. El camino de santiago que arranca de todos los puntos de Europa converge hoy en el campo de las estrellas, en Compostela junto a la tumba del Apóstol. Camino que nos lleva a Santiago, cuántos peregrinos hacen su recorrido, pero es camino que lleva al encuentro consigo mismo, pero más aún a un encuentro vivo con el Señor, que ese es su más hondo sentido y valor. Cuánto nos puede enseñar el hacer camino y cuántas reflexiones podríamos hacernos en torno a esa imagen del camino.
Santiago, testigo predilecto como lo llama la liturgia, fue el primero entre los apóstoles en beber el cáliz del Señor como se nos repite una y otra vez en nuestra celebración, como especial referencia a su martirio, del que nos ha hablado el texto de los Hechos de los Apóstoles, pero referencia también a lo escuchado en el evangelio. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’, que les pregunta Jesús.
Bien sabemos que fue de los primeros llamados por Jesús allá en la orilla del lago mientras estaba en la barca repasando las redes con su hermano Juan y con su padre y los jornaleros; pero al escuchar la voz del Maestro atrás quedaría todo para seguirle de forma generosa y desinteresada, aunque pronto pudieran aparecer los deseos de primeros puestos en el Reino en la petición de la madre, quizá por aquello de que eran los parientes de Jesús.
‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda’, pide la madre que como toda madre sueña siempre con lo que le parece mejor para sus hijos. Pero la pregunta de Jesús no va dirigida a la madre sino a aquellos que pudieran estar pensando en lugares importantes en su reino. ‘No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ La respuesta está pronta - ‘Podemos’ -, pero la promesa de Jesús es solamente que ese cáliz si habrán de beberlo. ‘Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toda a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre’.
¿Quiénes serán los afortunados que tendrán esa reserva garantizada? ¿Qué significará beber el cáliz que Jesús ha de beber? Lo que sigue a continuación, motivado quizá por los recelos de los otros diez, en las palabras de Jesús, podemos encontrar la pista que de respuesta a esas preguntas.
Beber el cáliz es seguir los mismos pasos de Jesús; es ponerse en camino para seguir a Jesús y hacer que nuestra vida se identifique totalmente con la de El; beber el cáliz es compartir la experiencia de la vida y de la muerte de Jesús; es ser capaces de negarse a sí mismos para tomar la cruz de cada día, esa cruz que nos puede aparecer en el sufrimiento y en el dolor, en los mismos contratiempos que nos da la vida o en esas incomprensiones que podamos sufrir por parte de los demás; es renunciar a los honores y a las grandezas porque solamente los que saben hacerse los últimos, podrán ser importantes en el reino de los cielos; es ponernos en esa misma actitud de servicio que Jesús; pasa por el camino del desprendimiento y del olvido de sí mismo para vivir una entrega como la de Jesús; pasa por ser capaz de llegar hasta el final haciendo la ofrenda más hermosa que se pueda hacer en el nombre del amor, siendo capaces de dar la vida también por Cristo en el martirio que vivió el apóstol.
Nos lo dice Jesús con la explicación que les da a partir de los recelos y desconfianzas que surgen y nos lo explicará también el apóstol en lo que hemos escuchado en la carta a los Corintios. ‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo’. Con eso no hacemos sino imitar a Jesús, seguir sus pasos, vivir sus mismas actitudes, copiar en nosotros su amor. ‘Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos’.
En este sentido san Pablo nos hablará de la humildad y pequeñez de nuestra vida, porque lo importante no es lo que nosotros seamos o hagamos sino lo que hace el Señor. ‘Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros…’ nos dice. Es la grandeza del apóstol que se siente un instrumento en las manos de Dios. Un instrumento que pasa muchas veces por caminos de incomprensión y de oposición pero que se siente seguro en el Señor. Nunca tememos hacernos los últimos, sino que, todo lo contrario, lo hacemos con alegría y hasta con entusiasmo. Como ‘los apóstoles que daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor en medio del pueblo’, que nos decía la primera lectura.
Será el camino del martirio – nos habla la primera lectura del martirio de Santiago que fue mandado a pasar a cuchillo por Herodes – pero como es una entrega de amor será siempre vivido con alegría y con esperanza porque así se manifiesta mejor el nombre de Jesús a todos los pueblos. ‘Llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, nos dice el apóstol, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal…’ Es el testimonio que estamos invitados a dar cuando celebramos esta fiesta del Apóstol.
Que con la guía y el patrocinio del Apóstol Santiago se conserve la fe en nuestro corazón y en nuestro pueblo y se dilate por toda la tierra, le pedimos al apóstol hoy siguiendo el rastro de la liturgia. Que de la misma manera que la sangre derramada del apóstol Santiago consagró los trabajos de los primeros apóstoles, así se sienta hoy fortalecida la Iglesia manteniéndonos en total fidelidad a Cristo.
Que no temamos beber el cáliz del Señor porque emprendamos sin ningún temor ese camino de servicio vivido en alegría y esperanza, porque, además hemos de reconocer, que un servicio que no se presta con alegría no será nunca un servicio completo; por eso aunque tengamos que tomar la cruz para seguir al Señor lo vamos a hacer siempre con esa alegría y ese gozo hondo que encontramos en la gracia que nunca nos falta. Nos es necesaria, nos hace falta esa alegría a los cristianos en el testimonio que damos de nuestra fe.

sábado, 27 de marzo de 2010

Subamos con Jesús a la Pascua

Ez. 37, 21-28
Sal. Jer. 31
Jn. 45-56

‘Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Por supuesto entendemos el sentido de las palabras de Caifás según sus propios supuestos.
La gente se estaba yendo con Jesús y para ellos era un fracaso. Tras la resurrección de Lázaro muchos judíos habían comenzado a creer en Jesús. Así nos lo ha ido explicando el evangelista en distintas situaciones. Según las suposiciones de los sumos sacerdotes, de los fariseos y del Sanedrín aquella podría acabar en división y en una posible revuelta y los romas actuarían y podría haber grandes matanzas. Mejor que muera uno, no muchos o todo un pueblo que podría verse aplastado.
Pero aunque esta era la buena posición en su lógica política, los creyentes en Jesús desde un principio entendieron estas palabras de Caifás como una profecía y así nos lo recoge el evangelista. ‘Esto no lo dijo por propio impulso sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos'.
La muerte de Jesús no fue sólo una trama humana de quienes no quisieran aceptar a Jesús como Mesías o como Hijo de Dios. Con ojos de fe detrás de todo eso estamos viendo el designio de Dios. Un designio amoroso en el que quiere darnos la paz y la salvación. Un designio divino ya anunciado en el paraíso terrenal cuando anuncia la derrota de la serpiente. Pero un designio divino mantenido en la fe y la esperanza del pueblo creyente por los profetas en la espera de un Mesías Salvador. Es cierto que habían confundido muchas veces el sentido de ese Mesías Salvador, pero así estaba anunciado como aquel que iba a restablecer de una vez para siempre la Alianza de Dios con su pueblo, con toda la humanidad, como hoy mismo lo hemos escuchado en el profeta Ezequiel como muchas veces en otros profetas. ‘Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… con ellos moraré, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo…’
Por eso nos hablará Jesús de su voluntad decidida de subir a Jerusalén cuando llegaba el tiempo y la hora. Se mantiene lejos de Jerusalén mientras no ha llegado esa hora, como le vemos en estos momentos que se va más allá del Jordán. Nos hablará de que nadie tiene poder para quitarle su vida, sino que El la entrega libremente.
Cuando llegue la hora de pasar de este mundo al Padre El iniciará todos los preparativos y dará los pasos. Lo veremos prontamente cuando se disponga a celebrar la Cena del Cordero Pascual, el cordero de la Antigua Alianza. El será el Cordero de la Nueva Alianza que se entregará y se inmolará, que nos dará la más suprema prueba de amor. Que derramará su Sangre para sellar la Alianza nueva y eterna. Es verdad, el va a morir por nosotros y por todos los hombres. Se entrega El para que nosotros no muramos sino que tengamos vida. A precio de su sangre hemos sido rescatados. Su muerte por nosotros en la Cruz es el inicio de una vida nueva porque podremos comenzar a llamarnos y ser hijos.
Es lo que nos disponemos a celebrar y a vivir. Hemos de disponer de verdad nuestro espíritu, abrir nuestro corazón a la gracia divina, celebrar y vivir con toda intensidad esta fiesta pascual a la que vamos a subir con Jesús.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres

Dan. 3, 14-20.91-92.95
Sal. Dan. 3, 52-56
Jn. 8, 31-42


‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Algunos van comenzando a creer en Jesús. Ayer al finalizar el texto que proclamamos, versículos inmediatamente anteriores a los hoy proclamados, se nos decía: ‘Cuando les exponía esto, muchos creyeron en El’.
Podemos decir que las palabras que hoy escuchamos en labios de Jesús son palabras de ánimo y de esperanza para aquellos que comienzan a creer en El. Merece la pena creer en Jesús, a pesar de las dificultades, contratiempos, oposición por parte de algunos, incluso persecuciones. Jesús nos dice ‘seréis mis discípulos… conoceréis la verdad…’ Con Jesús, siguiéndole, siendo su discípulos, confiando plenamente en El, alcanzaremos la plenitud total de su libertad… ‘la verdad os hará libres’.
Algunos siguen sin entender, incluso le recuerdan a Jesús que ellos son libres porque son hijos de Abrahán. ‘Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie’. Pero la libertad de la que está hablando Jesús no va ni por raza, ni por pertenencia a un determinado pueblo, ni por otras razones externas. No es por esos caminos por donde alcanzamos la libertad verdadera.
Es algo más hondo, dentro de nosotros mismos. No son sólo ataduras externas o imposiciones que otros hagan sobre nosotros las que nos quitan la libertad. Hay otra esclavitud mayor que es la del pecado. ‘Os aseguro que quien comete pecado es esclavo’, viene a afirmar Jesús tajantemente.
Y Cristo es el que nos ha liberado de verdad. Nos ha hecho libres porque nos ha arrancado de la esclavitud del pecado. El ha venido a perdonarnos, a rescatarnos, a darnos la verdadera libertad. Y esa es la libertad que hemos de cuidar, la más hermosa.
Nos estamos acercando a estos días en que vamos a celebrar de manera especial nuestra total liberación, nuestra total libertad, cuando celebremos la Pascua de Jesús, su pasión, muerte y resurrección. Cristo nos ha rescatado, nos ha comprado a precio de sangre, su sangre preciosa y redentora derramada en la Cruz. Como nos dice san Pedro ‘no hemos sido comprados ni a oro ni a plata, sino con la sangre preciosa de Cristo’.
Con su entrega, con su pasión y muerte, con su sangre derramada nos ha traído el perdón de los pecados. Se realizó así la nueva Alianza en la sangre de Cristo. En la antigua alianza fueron los animales los que eran ofrecidos y la sangre de aquellos sacrificios selló la Alianza del Sinaí. Ahora es la sangre de Cristo la que viene a sellar la nueva y eterna alianza que nos devuelve la libertad para siempre. ‘Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados’.
Ahora en verdad somos libres para siempre. Que no nos volvamos a dejar esclavizar porque volvamos a la antigua vida de pecado. Vivamos con toda intensidad estos días que nos conducen a la Pascua. Sigamos en ese camino de preparación que vamos recorriendo a través de toda la cuaresma y aprovechemos en verdad la gracia que el Señor nos ofrece. Mantengámonos en la Palabra salvadora de Jesús para ser en verdad sus discípulos.

jueves, 29 de enero de 2009

Tenemos entrada libre al Santuario gracias a la Sangre de Jesús

Hebreos, 10, 19-25

Sal. 23

Mc. 4, 21-25

‘¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?’ se preguntaba el salmista del Antiguo Testamento. Y en el mismo salmo se le respondía: ‘El hombre de manos inocentes y puro corazón que no confía en los ídolos’.

¿Podemos nosotros subir al monte del Señor y entrar en su recinto sacro si nuestras manos están manchadas y nuestro corazón es el de un hombre pecador?

Podemos, sí, porque el Señor nos ha purificado y hemos sido lavados en la sangre del Cordero. Cristo nos ha redimido. Cristo nos ha purificado. Cristo nos ha salvado y nos ha abierto las puertas para entrar en el Santuario de Dios; nos ha puesto en camino para que marchando por sus sendas lleguemos hasta el altar de Dios.

‘Teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús; contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne…’ Así nos decía el autor sagrado en la Carta a los Hebreos. Emplea de nuevo la imagen de la cortina que separaba el Santuario en el templo de Jerusalén, y que recordamos - como nos decían los evangelistas, ‘el velo del templo se rasgó de arriba abajo’ -, a la muerte de Cristo en la Cruz esa cortina ya ha sido quitada para que podamos llegar hasta Dios.

‘¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?’ Con corazón humilde nos lo preguntamos una y otra vez cuando venimos a la presencia del Señor. Por eso la liturgia, por ejemplo, nos pide cada vez que vamos a celebrar la Eucaristía que nos reconozcamos pecadores en la presencia del Señor. Misterio grande de Dios al que nos acercamos cuando venimos a la Eucaristía. ¿Seremos dignos? Nos reconozcamos pecadores con fe y con esperanza. Porque sabemos quién nos purifica, quién nos salva. Y una vez más antes de acercarnos a comer a Cristo volvemos a confesar ‘yo no soy digno, pero una palabra tuya bastará para sanarme…’

Y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura’. Corazón humilde y sencillo. Corazón lleno de fe y de esperanza. Tenemos a Cristo que nos ha purificado. Reconocemos nuestra indignidad y pecado. Con sinceridad nos ponemos ante Dios.

Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa…’ No nos puede faltar la esperanza. Dios nos ha prometido y dado su salvación, su perdón y su gracia.

Pero hay un aspecto más que no es menos importante. ‘Fijémonos los unos en los otros para estimularlos a la caridad y a las buenas obras’. Es que no andamos solos. Es un camino que hacemos en comunión con los demás. ¡Ay de aquel que quiere caminar solo y quiere prescindir de los demás! El que solo anda, solo se cae y nadie le tenderá una mano para levantarse.

Cuando nos fijamos en los demás tenemos la tendencia de fijarnos más bien en lo malo que en lo bueno. Así somos. Pero aquí se nos pide que nos fijemos en los demás para sentirnos estimulados a la bueno, al amor, a las obras buenas. Y es que el hermano que camina a mi lado, débil y pecador como yo, puede ser un estímulo para mí si yo se apreciar su esfuerzo, su lucha, sus ganas de salir adelante, de hacer cosas buenas; tendrá fallos, defectos y debilidades como yo que también los tengo, pero puede ser y de hecho es un aliciente para mí. Y cuando contemplamos a los santos que lograron vivir su santidad a pesar de sus debilidades y tentaciones, me siento más impulsado a mi lucha y a mi superación.

‘¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?’

sábado, 24 de enero de 2009

Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza

Hebreos, 9, 2-3.11-14

Sal. 46

Mc. 3, 20-21

Como hemos venido reflexionando en la carta a los Hebreos que se nos ofrece de forma continuada en estos días se nos quiere presentar el Sacerdocio de Cristo, Sumo y eterno Sacerdote de la Nueva Alianza.

Para ello se nos hace una comparación con el sacerdocio del Antiguo Testamento y el culto del templo de Jerusalén. Así hoy se nos ha descrito como era el Santuario del Templo de Jerusalén, o la llamada también Tienda del Encuentro. Dividido en dos partes por una cortina – ya comentaremos algo de la cortina – la primera, llamada el Santo, era donde estaba el Candelabro de los siete brazos, la mesa para los panes de la ofrenda y era allí donde cada día entraba el sacerdote en la mañana y en la tarde para hacer la ofrenda del incienso.

Hay cosas que conocemos pero no siempre unimos lo suficiente, pero recordemos que era aquí donde entró el sacerdote Zacarías para hacer la ofrenda del incienso, como nos narra Lucas en su evangelio, cuando se le manifestó el ángel del Señor para anunciarle el nacimiento de su hijo, Juan, que iba a ser el Precursor del Mesías.

El otro recinto de la Tienda del Encuentro era el Santísimo, donde en su tiempo se conservaba el Arca de la Alianza, y donde entraba el Sumo Sacerdote una vez al año el día de la Expiación. Mencionamos la cortina que separaba los dos recintos, y podemos recordar cómo un evangelista nos dice que al morir Jesús en la Cruz el velo del templo se rasgó – ‘en ese momento la cortina del templo se rasgó por la mitad’, que nos dice san Lucas y san Marcos -; hecho bien significativo para referirnos cómo comenzaba un nuevo tiempo, el tiempo de la Nueva Alianza, en la Sangre de Jesucristo para la Alianza nueva eterna.

Ya no eran necesarios los sacrificios antiguos. ‘Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los tiempos definitivos. Su templo es más grande y más perfecto; no hecho por manos de hombre…’ Recordamos que los sacerdotes ofrecían cada día sacrificios, por sus propios pecados y por los del pueblo. Pero ahora ya hay un solo sacrificio, el de Cristo, derramando su Sangre en la Cruz. No son necesarios los sacrificios de animales, ni es necesario repetir el sacrificio. ‘Cristo lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo…’ Como nos dice el texto de hoy: ‘Y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna’.

Somos nosotros los redimidos en la Sangre de Cristo, Sangre de la Alianza nueva y eterna. Es la Sangre de Cristo la que nos purifica y santifica de verdad. ‘Si la sangre de los machos cabríos y de toros y el rociar de las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa; cuánto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha para purificarnos’ y arrancarnos de la muerte y darnos nueva vida ‘llevándonos al culto del Dios vivo’.

Por el sacrificio de Cristo hemos sido purificados y hechos hijos de Dios, dándonos nueva vida. Por los sacramentos participamos en la muerte y en la resurrección del Señor. Eso ha sido el bautismo y eso es cada uno de los sacramentos que vivimos y celebramos. Que en verdad nos dejemos lavar en la Sangre del Cordero, en la Sangre de Cristo. Que en Cristo podamos por la fuerza del Espíritu dar ese culto verdadero al Padre.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes


Apoc. 5, 1-10

Sal. 149

Lc. 19, 41-44

Un libro con sus sellos, un Cordero degollado, una Sangre derramada, un rescate y una nueva dignidad (dinastía sacerdotal)… Son cosas que aparecen en este texto sagrado del Apocalipsis que hoy hemos escuchado y en el que seguimos contemplando la visión de la gloria de Dios que se manifiesta.

¿Quién puede abrir el sello, revelarnos el misterio de Dios? ‘Y vi a un ángel poderoso, gritando a grandes voces: ¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos? Y nadie… podía abrir el rollo y ver su contenido…’

‘Nadie conoce al Padre… nadie conoce al Hijo…’ escuchamos en una ocasión decir a Jesús en el Evangelio.

‘Pero uno de los ancianos me dijo: No llores más. Sábete que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y que puede abrir el rollo y sus siete sellos’. ¿De quién nos está hablando? A lo que antes escuchábamos a Jesús, sabemos bien cómo terminaba la frase. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, y nadie conoce al Hijo sino el Padre…’ Es Jesús es que nos viene a revelar el misterio de Dios. El Verbo de Dios, la Palabra de Dios que se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros. Es el Mesías de Dios que de la tribu de Judá había de nacer, y de la familia de David, como bien sabemos.

Por eso sigamos escuchando lo que contemplamos en el Apocalipsis. ‘Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado…’ ¡Cuántas cosas nos recuerda del evangelio. Juan Bautista lo señala a sus discípulos como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y ya Isaías lo había señalado cuando nos hablaba del Siervo de Yavé, ‘como cordero llevado al matadero… enmudecía y no abría la boca… torturado en el sufrimiento... entrega su vida como expiación…’ Y pensamos también en el Cordero Pascual inmolado, cuya sangre liberó a los judíos de la muerte y se convirtió en el signo de la Pascua que cada año celebraban.

‘Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de perfume, son las oraciones del pueblo santo, y entonaron un cántico: eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu sangre has comprado para Dios, hombres de toda tribu, pueblo y nación; has hecho de ellos un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra’.

La sangre de Cristo derramada en la Cruz es la Sangre de la Alianza nueva y eterna. Su entrega y su sangre derramada nos ha rescatado del poder del enemigo, pero no solo eso sino que nos ha elevado a una dignidad nueva y distinta. Nos ha hecho partícipes de su vida; nos ha unido a El para que con El seamos una sola cosa; nos ha configurado con el para hacernos sacerdotes, profetas y reyes, como recordamos, desde nuestro Bautismo. ‘Has hecho para nuestro Dios un reino de sacerdotes’, hemos repetido hoy en el salmo. ‘A los vencedores los sentaré en mi trono junto a mí…’ escuchábamos que le decía a las Iglesias. ‘A los vencedores los vestiré con vestiduras blancas…’ como en el Bautismo fuimos revestidos con la vestidura blanca signo de nuestra dignidad de cristianos, de hijos de Dios.

Demos gracias a Dios. Cantemos también nosotros la alabanza del Señor. Entonemos también ese cántico nuevo. ¡Cuántas cosas recibimos en Cristo!